miércoles, 23 de febrero de 2022

Figuras de Cristo (2)

 

La Sangre derramada en el Huerto de Edén

Génesis 3


            Dios permitió a Adán comer de todos los frutos en el huer­to de Edén, excepto el de un árbol especial. Este árbol se llamaba el árbol de la ciencia del bien y del mal. Dios dijo que Adán y su mujer morirían si desobedecían su mandato y comían del fruto de este árbol.

Satanás se acercó a Eva para tentarla. Él vino en el cuerpo de una serpiente y le habló a ella en el lenguaje del hombre. Hizo burla de lo que Dios había dicho y trató de persuadir a Eva para que comiera del fruto.

Eva había entendido el mandato de Dios que les había pro­hibido comer del fruto y aún tocarlo. Si ellos hacían esto, morirían, Génesis 3:3. Pero Satanás engañó a Eva. La mu­jer miró el fruto de aquel árbol y deseó mucho comer de él. Así que ella tomó del fruto y le dio también a su marido, Génesis 3:6. Así fue como ambos pecaron. Eva había sido engañada, pero Adán sabía lo que estaba haciendo cuando comió del fruto, 1 Timoteo 2:14.

Dios había dicho que ellos morirían si comían del fruto. Ahora Adán y Eva se dieron cuenta de que estaban desnudos y tomaron hojas para cubrir su desnudez. Ahora eran pecadores y se escondieron de la presencia de Dios.

Pero Dios los buscó y los encontró escondidos entre los ár­boles del huerto. Adán acusó a su mujer y Eva acusó a la ser­piente porque ellos sabían que serían juzgados por Dios. Pero Dios en su gracia proveyó un camino para salvarlos. Ellos merecían morir, pero Dios mató a un animal y vistió a Adán y a Eva con ropas hechas de la piel del animal muerto. El animal murió en lugar de Adán y Eva. Así, Dios en su misericordia, hizo posible la salvación para ellos.

            Aquí vemos otra figura de Cristo. El animal tenía que morir y derramar su sangre para que Adán y Eva pudieran vestirse con su piel. Las hojas que ellos habían tomado para vestirse no eran suficientes. Era necesario que ellos usaran las ropas que Dios les había proporcionado. Entonces, Dios pudo ver sobre Adán y Eva algo que representaba la redención, que le recordara que había habido un sacrificio.

Adán y Eva no murieron inmediatamente, aunque Dios los juzgó expulsándolos del paraíso. Él hizo que el trabajo del hombre en el campo fuera muy duro y permitió que la mujer tuviera grandes dolores en el parto. Adán y Eva vivieron un tiempo más, pero Dios no les permitió regresar al huerto del Edén. El no quiso que ellos comieran del fruto del árbol de la vida y ellos no merecían permanecer por más tiempo en el jardín del Edén, Génesis 3:24.

Hoy día los pecadores tratan de agradar a Dios con sus buenas obras y piensan que pueden ser salvos de esta manera. Estas buenas obras son como las hojas con las cuales Adán y Eva se cubrieron delante de Dios. Pero la paga del pecado es la muerte, Romanos 6:23 y el alma que pecare, esa morirá, Ezequiel 18:20.

Pero Dios ha preparado un camino de salvación. Su Hijo, el Señor Jesucristo murió en lugar de nosotros, como el animal murió por Adán y Eva en el huerto. El Señor derramó su sangre para pagar la deuda del pecado. Ahora, una per­sona necesita solamente aceptar a Cristo como su Salvador para tener paz con Dios.

W. A. Deans

Preguntas y Respuestas

 

1. ¿Cuál es la diferencia entre la clase de sacrificios que los sacerdotes de Israel ofrecían y la clase que ofrecen hoy los creyentes, que constituyen el sacerdocio de Dios en la actualidad?

àLos sacerdotes en Israel ofrecían a Dios sacrificios de Animales. Los creyentes (el sacerdocio de Dios hoy) ofrecen al presente sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo, así como también, dones materiales (1 P 2:5; He 13:15, 16).

2. Se ha dicho que «la adoración es el resultado del ejercicio del sacerdocio santo; y el ministerio es el ejercicio de los dones que el Señor ha dado a Sus siervos. La adoración procede del alma hacia Dios. El ministerio procede de Dios hacia el alma. Los sacerdotes santos han de ofrecer sacrificios espirituales». ¿Qué sucede cuando los creyentes no están ejerciendo su sacerdocio santo?

àHay una pobreza de adoración a Dios, viéndose así privado de la porción a Él debida. También hay en el alma una ausencia de aquel gozo que se sentiría si los creyentes estuviesen ejerciendo su sacerdocio como debieran.

3. ¿Qué cree usted de un creyente que se ausente voluntariamente de la Mesa del Señor para sevir al Señor en alguna otra parte?

àEl Señor no exige del creyente que ejecute a un tiempo dos cosas que conflijan la una con la otra. El Día del Señor es mejor acudir a la cita que tenemos con Él para recordarle en Su muerte.

4. ¿Se preocupa el Padre por hallar verdaderos adoradores?

àSí, el Padre está buscando adoradores verdaderos (Jn 4:23).

5. ¿Cómo dijo el Señor Jesucristo que debe ser adorado Dios?

à«En Espíritu y en verdad» (Jn 4:24).

6. ¿Cuál es el poder para la adoración cristiana?

àEl Espíritu de Dios. En Fil 3:3 leemos: «Porque nosotros somos la circuncisión, los que en Espíritu servimos a Dios, y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne».

7. ¿Cuándo está el creyente mejor preparado para dar a Dios el culto que Él merece y a los hombres el ministerio que necesitan?

àCuando su corazón esté tan lleno de Cristo que «su copa esté rebosando».

8. Cite un versículo en Mt 23, el cual demuestra que el Señor no desea que Su pueblo se divida en clases.

àMt 23:8: «Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo; y todos vosotros sois hermanos».

9. ¿Quién es la fuente de todo ministerio cristiano verdadero?

àEl Cristo glorificado y ascendido al cielo, la Cabeza de la Asamblea, es la fuente de todo ministerio cristiano verdadero (Ef 4:7).

Fred Wurst

MUJERES DE FE DEL ANTIGUO TESTAMENTO (2)

 

2. Sara

“Sin fe es imposible agradar a Dios”. (Hebreos 11.6)

La historia está en Génesis 11 - 23, Hechos 7.1-5, 1 Pedro 3.6 y Hebreos 11.11.


            Sara, la bella y distinguida esposa del patriarca Abraham, estaba sentada en su tienda de pieles de camellos. Algo muy extraño había sucedido aquel día y seguramente ella se quedó pensativa. Tres varones que ella nunca había visto antes llegaron al mediodía. A las órdenes de su esposo, Sara preparó panes para los visitantes y él les sirvió la comida. Leemos en Hebreos 13.2 acerca de hospedar ángeles sin saberlo.

            Dos de ellos eran ángeles, y el otro, el Señor Jesucristo mismo, en una maravillosa visitación antes de tomar cuerpo humano.

            Sentada a la puerta de su carpa, Sara oyó al Señor decirle a Abraham que en un año Él iba volver y para ese tiempo Sara tendría un hijo. “No puede ser”, pensaba Sara. “Yo tengo 89 años y mi esposo 99, y no es posible que yo pueda dar a luz al hijo que hemos esperado por tantos años”. Entonces ella se rio por incredulidad.

            El Señor le preguntó a Abraham: “¿Por qué se ha reído Sara diciendo: ¿Será cierto que he de dar a luz siendo vieja? ¿Hay para Dios alguna cosa difícil?” Sara lo negó, diciendo: “No me reí”, porque tuvo miedo. El Señor le respondió: “No es así, sino que te has reído”. Los visitantes se fueron, pero sin duda Sara siguió pensando en el Dios Todopoderoso, en sus palabras y en los años de su peregrinación.

            Ciertamente en su larga vida Sara había recibido muchas veces la intervención de Dios. El Dios de la gloria se le apareció a su esposo, Abraham, cuando ellos vivían en Ur de los caldeos, una ciudad de comercio y cultura. “Sal de tu tierra y ven a la tierra que Yo te mostrare”, dijo Dios. Entonces Sara, aparentemente sin queja alguna, se despidió de sus familiares y se puso en marcha con Abraham y los suyos. Dejaron una ciudad rica y cómoda para vivir el resto de sus vidas en carpas como extranjeros y peregrinos.

            La vida de Sara tuvo altibajos. Al salir de Ur, y luego de Harán, su manera de vivir era nómada: vivieron en Siquem, Betel, Hebrón, Berseba, Egipto y Gerar. Sara no podía tener hijos, sufrió de escasez, del peligro de las riquezas y de la separación de Lot. Cuando llegaron a Canaán, el país estaba poblado de gente pagana y los campos eran áridos.

            Dios hablaba directamente con Abraham, un hombre de fe, pero tanto él como Sara sufrieron por deslices. Parece que pasaron muchos años antes de que Sara llegara a ser “una santa mujer que esperaba en Dios”, como el apóstol la describe en 1 Pedro 3.5. En dos ocasiones Abraham le pidió a Sara que dijera una media mentira para proteger su vida, y ella lo hizo. La belleza de Sara les causó problemas a los dos.

Aunque las Escrituras enseñan que la esposa debe estar sujeta a su marido, si el hombre está envuelto en un engaño la mujer creyente nunca debe ser copartícipe. Sara colaboró con Abraham, mintiéndole a Faraón en Génesis 12 y también al rey Abimelec en Génesis 20. Parece que su pecado no fue confesado, pero Dios, en su misericordia, los protegió.

            Pero Sara era la esposa de Abraham, y Dios los había escogido para ser los progenitores de Israel, su pueblo terrenal. Pasaron diez años, Sara era estéril, y el heredero que el Señor había prometido todavía no había nacido. En vez de confiar en Dios y esperar su voluntad, ella sugirió una manera de apurar el asunto y conseguir un heredero diciéndole a Abraham que tuviera relaciones sexuales con Agar, su sierva egipcia. En vez de ser una ayuda idónea para su esposo, le dio

            Las consecuencias de esa impaciencia de parte de Sara resultaron en enormes problemas. Cuando Agar concibió y quedó encinta, miraba a Sara con desprecio y Sara le echó la culpa a Abraham. ¡Cinco mil años después de aquel hecho todavía hay enemistad entre los judíos descendientes de Isaac y los árabes islámicos descendientes de Ismael!

            No obstante, cuando Abraham tenía 99 años Dios en su gracia se comunicó con él otra vez y bendijo a Abraham y a Sara, prometiendo que ella iba dar a luz un hijo y que sería “madre de naciones”. Abraham se rio de gozo y poco después el Señor Jesucristo apareció en la entrada de la tienda de Abraham, en una visitación antes de su encarnación, y repitió la promesa.

            En 1 Pedro 3.6 se nos dice que Sara llamaba a Abraham “señor”, pero la única ocasión cuando hallamos eso fue cuando ella se rio y dijo: “¿Después que he envejecido tendré deleite, siendo también mi señor ya viejo?”

            No pierda la lección que el Espíritu de Dios solícitamente nos ha dado. En aquel momento cuando Sara ha fallado, Dios encuentra en ella algo que podía alabar: ella llamó a Abraham su señor.

            Por eso, al año siguiente, en el tiempo determinado por Dios, nació Isaac. Su nombre significa “risa” y Sara dijo: “Dios me ha hecho reír, y todos los que sepan se reirán conmigo”. A pesar de la incredulidad de Sara Dios cumplió su propósito en ella.

            Vemos que la vida de Sara es una historia de la gracia de Dios. “Por la fe la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido” (Hebreos 11.11). ¿Cuándo aprendió Sara a confiar de todo corazón en el Dios Todopoderoso? Tal vez fue aquel día cuando, con la mentira todavía en sus labios, ella oyó al Señor preguntar si había algo difícil para Dios.

            Sara murió antes que su esposo, a la edad de 127 años, y Abraham, el anciano patriarca, hizo duelo y lloró. Isaac también se entristeció por su muerte (Génesis 24.67). Además de ser una buena esposa para Abraham, Sara llegó a ser una verdadera mujer de fe en Dios. En Hebreos 11 el nombre de Sara aparece junto con los nombres de Abraham, Isaac y Jacob, quienes “esperaban una ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios”.

            Nosotras, creyentes en Cristo, somos llamadas a ser hijas espirituales de Sara al mostrar nuestra confianza en Dios, con un comportamiento suave y apacible, que es de mucho valor delante de Dios (1 Pedro 3.4).

Rhoda Cumming

ACERQUÉMONOS A ÉL

 


Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. (Hebreos 10:22)


Bien podemos detenernos ante este versículo y preguntarnos: ¿Cuánto conocemos de este “acerquémonos”, que implica entrar dentro del velo? De hecho, podemos saber algo de aquella otra exhortación que el escritor hace en el capítulo 4, cuando dice: “Acer­quémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcan­zar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (v. 16). Allí hallamos un refugio al cual huir en medio de las tormentas de la vida; sin embargo, este "acerquémonos” es diferente, nos incita a ir a nuestro hogar para disfrutar bajo el calor de Su amor.

Un refugio es un lugar al cual huimos en tiempos de tormenta. Un hogar es un lugar donde nuestro corazón halla descanso. Todos conocemos a Cristo como refugio, sabemos ir a Él en medio de nuestras dificultades, pero cuán poco lo conocemos como la morada de nuestros afectos. De hecho, Cristo es “escondedero contra el viento, y como refugio contra el turbión ... como sombra de gran peñasco en tierra calurosa” (Is. 32:2). Mientras atravesamos este mundo, con todo su sequedal, esterilidad y cansancio, es de gran bendición tener a Alguien a quien dirigirnos en búsqueda de aliento y descanso. Sin embargo, recordemos que, si solo huimos a Cristo como refugio en tiempo de tormenta, corremos el peligro de soltar­nos de su mano cuando las dificultades se acaben.

¡Ay! Esto nos sucede muy a menudo. Nos dirigimos a Él en la tormenta; lo olvidamos en la tranquilidad. Pero si nuestros afectos son atraídos a Él, justo donde Él está ahora, si vemos que su lugar en el cielo también es nuestro, entonces el cielo se convertirá en el hogar de nuestros afectos, el lugar donde podemos tener comunión con Jesús en una escena donde nunca entrará la sombra de muerte, y donde todas las lágrimas serán enjugadas.

Hamilton Smith

El Señor está cerca 2021

LA EPÍSTOLA A LOS EFESIOS (8)

 


VIII ¾ 5.21 al 6.24;

Algunas lecciones prácticas


            Ahora Pablo se dirige a lo que alguien ha llamado la cuestión de las relaciones terrenales en la familia celestial, introduciendo todo el tema con la exigencia, “Someteos unos a otros en el temor de Dios”, 5.21. Lo dice porque lo que escribe no es su propia exhortación privada, sino tiene la autoridad del Señor y por lo tanto cualquier desobediencia es una cosa seria.

            Habla de las esposas y los esposos, los hijos y los padres, los trabajadores y los patronos. La secuencia es significativa: primeramente, aquellos que se sujetan y luego aquellos a quienes se sujetan. No se aboga por una tiranía, sino por lo que aporta a una sociedad sana.

Esposas y esposos

            Las esposas deberían sujetarse a sus respectivos esposos como al Señor. Habrán leído en esta carta que Cristo es Cabeza en relación con la Iglesia, y de esta verdad pueden aprender la dirección del esposo en relación con su esposa. Así como la Iglesia debe sujetarse a Cristo en todo, también la esposa a su esposo. Desde luego, se trata de lo ideal, sin suponer que las obligaciones impuestas por el esposo sean contravenciones de los deberes divinos. Al contrario, Cristo es el Salvador (protector, resguardo) del cuerpo, y el esposo debería serlo para con su esposa.

            Por el otro lado, al esposo se le exige amar a su esposa, y tiene como ejemplo la devoción de Cristo a la Iglesia. Él la amó y se entregó a sí mismo por ella (la cruz) con el fin de que la santifique (hacerla santa), habiéndola lavado por el agua de la Palabra (una palabra hablada), 5.25,26. Así como la fuente de antaño fue diseñada para permitir a los sacerdotes lavarse ante ella, la Palabra de Dios está provista hoy día con el mismo fin, como aprendemos en Juan 15.3, 17.17.

            Se visualiza aquí lo largo de los tiempos, desde el comienzo de la historia de la Iglesia hasta su consumación.

en el pasado hay el amor y sacrificio propio de Cristo

en el presente hay su limpieza con el fin de que sea santa

en el futuro habrá su presentación a él, sin defecto ni indicio de vejez.

            El propósito de Dios habrá sido logrado a la postre; “nos escogió en él antes de la fundación del mundo”, 1.4; “presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa”, 5.27. Cristo y la Iglesia son como Cabeza y cuerpo, y por esto son uno.

            Esto aplica también al esposo y la esposa, y está confirmado por su unión física. Cada cual es una parte complementaria de una unidad. Por lo tanto, ningún tercero debe intervenir. Por la parte del esposo debe haber un amor devoto y singular, y por la parte de la esposa un temor sumiso, no en el sentido de terror, sino en reconocimiento del papel de su esposo como cabeza.

            Esto es contrario a las ideas que prevalecen en nuestros días cuando se insiste en la igualdad de la mujer con el varón. Pero estas pautas obligatorias no están en desacuerdo con la igualdad. Si la cabeza de Cristo es Dios (un hecho que no da a entender desigualdad, sino sumisión y dependencia), así debe ser en la unión conyugal.

            Es difícil comprender cómo alguien puede inquietarse por el hecho de que la Iglesia sea comparada a una esposa, en vista del pasaje que estamos considerando. El conjunto es un relato de “amor, noviazgo y matrimonio”, el amor mencionado en el versículo 25, el cuidado devoto, sustento y consuelo en el versículo 29, y los preparativos para el día de las nupcias se notan en el versículo 26 ¾ todo con miras a su presentación al Esposo (en este caso por Él mismo) en el cercano día de la cena del Cordero; Apocalipsis 19.7,8.

            Se ha sugerido que el lavamiento en el 5.26 es el bautismo, y la palabra hablada es la interrogación y la respuesta a la misma. Pero a la luz de Tito 3.5 (“por el lavamiento de la regeneración”) parece que se trata aquí de la regeneración.

            Pablo cita Génesis 2.23,24, mostrando que en la institución original del matrimonio Dios tenía en mente un secreto que está revelado ahora ¾un misterio divino¾ con respecto a Cristo y la Iglesia.

Hijos y padres

Así como en el caso de los cónyuges, donde se dirige primero a las esposas aun cuando el esposo existía antes, en el caso de su prole se dirige primero a los hijos aun cuando obviamente los padres tenían la prioridad. Los padres pueden esperar obediencia de parte de sus hijos solamente si sus mandamientos están de acuerdo con la voluntad del Señor; la obediencia exigida es “en el Señor”. La frase no quiere decir “padres en el Señor”. Si los padres van a ser honrados, ellos deben merecer la honra. Se reconoce que hay misteriosas excepciones al cumplimiento de la promesa que acompaña el quinto mandamiento (“Honra a tu padre y a tu madre ... para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra”, 6.2,3) y que sus explicaciones han sido escondidas de nosotros, pero en términos amplios la declaración aplica.

            El deber de los padres es negativo y positivo a la vez. Ellos no deben provocar, pero sí deben disciplinar a sus hijos por su conducta e instruirles en lo que necesitan aprender. Nunca más que hoy hacían falta estas directrices a los hijos y los padres.

Trabajadores y patronos

            Esta carta fue escrita en tiempos de esclavitud, y si bien ni el Señor ni sus apóstoles atacaron el sistema, sí enseñaban de tal manera que se creaba una atmósfera adversa a su sobrevivencia. En nuestros días de negociación laboral los principios siguen vigentes. El trabajador cristiano debe guardar su ojo puesto siempre en el Señor, con “temor” y “temblor” ante su palabra. Su motivo debe ser uno solo y su servicio para Cristo no más. Es indigno de nuestro elevado llamamiento que rebajemos el empleo al nivel de meramente complacer a los hombres.

            Nunca perdamos de vista que nuestras acciones son como el bumerang; ellas vienen de regreso y dejan su marca sobre nuestro carácter. Sea lo que hagamos “el bien” del 6.8 o “la injusticia” de Colosenses 3.25, sea del tipo que fuere ¾ “lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo”, 2 Corintios 5.10¾ todo recibirá de nuevo lo que se hizo acá. En esto no hay parcialidad; aplica a todos por igual, sean esclavos o libres, trabajadores o patronos.

La guerra cristiana

            Pasamos ahora al 6.10 al 20. La panoplia ¾la armadura entera¾ está provista por Dios. No se nos llama a hacerla, sino a tomarla y vestirla. La armadura es la divina provisión objetiva y nuestro uso de ella es la expresión subjetiva de la misma. Hay un enemigo sutil con quien nos enfrentamos mano a mano, y él emplea artimañas”, 4.14, o, si éstas no bastan, “dardos de fuego”, 6.16.

            No se trata de un choque físico, sino uno experimentado en la esfera de los espíritus que intentan robarnos de la realización de nuestro verdadero lugar en lo celestial. No nos atrevemos a entrar en la contienda en nuestra propia fuerza, pero vestidos de la armadura divina podemos ganar la victoria. Con todo, debemos estar preparados para el próximo encuentro: “habiendo acabado todo, estar firmes”, 6.16.

            Toda la armadura es defensiva excepto “la espada del Espíritu”, versículo 17, que es la palabra de Dios hablada (la palabra apropiada para la ocasión). Fue ésta que el Señor mismo empleó con efectos dramáticos al ser tentado en el desierto. No hay armadura para la espalda; Dios no hace provisión para fugitivos.

            Pero cuán fácilmente el enemigo puede ganar ventaja si el creyente carece de verdad y santidad en su vida, sin tener “ceñidos los lomos con la verdad”, y sin haber puesto “la coraza de justicia”, 6.14. Fácilmente sus agentes propagarán sus filosofías erróneas si el hijo de Dios no está dispuesto a comunicar “el evangelio de la paz”, versículo 15, Romanos 10.15. Cuán seguro está el creyente si está vestido del escudo tamaño cuerpo que es fe, la cual acepta y aplica sin reserva para sí todo lo que está encerrado en la fe.

            Dos veces se le ha dicho que él es salvo, 2.5,8, y que es por fe; ahora debe poner “el yelmo de salvación” que le protegerá de las inquietudes y dudas. En 1 Tesalonicenses 5.8 es “la esperanza de salvación como yelmo”, con miras a la ira venidera, cosa aún futura. Pero en el pasaje delante de nosotros es un hecho presente a ser apropiado y experimentado por fe. Y como un cubre todo hay la oración y súplica, constante y dirigida por el Espíritu, todo inclusive y específico, Efesios 6.18.19.

            Estas son instrucciones giradas a todos por igual en la Iglesia, y no solamente a esposos y esposas, padres e hijos, o patronos y trabajadores. Todos están en el campamento de Dios y están provistos de la armadura, porque hay el campo del enemigo también; “el maligno” no es superior en fuerza, pero sí es sagaz y violento. Es la suerte de todo creyente en toda parte. No hay nada local o parroquial en cuanto a este peligro.

            Pablo se describe como un “embajador en cadenas”, pero ninguna cadena para su cuerpo podía cerrar sus labios. Los santos deberían orar a favor suyo que le fuese dada expresión apropiada, para que hablara con denuedo (libertad de expresión) el misterio del evangelio. En capítulos anteriores hemos visto qué era aquel “misterio”. El “evangelio” no es una cosa limitada, restringida a sólo los puntos esenciales de la fe cristiana, sino abarca “todo el consejo de Dios”, Hechos 20.27.

            “Como debo hablar”, 6.20, son palabras que Pablo debería decir, ya que él reconoció un compromiso solemne que le condujo a decir en otra ocasión, “¡Ay de mí si no anunciare el evangelio!” 1 Corintios 9.16.

Palabras de conclusión

            Se concluye con una mención breve de Tíquico, quien entregaría la carta y su contenido precioso. Él era “amado” de parte de los creyentes y “fiel” delante del Señor, y les informaría personalmente acerca de la condición de Pablo y de esta manera consolaría sus corazones. Qué percepción del sentir comprensivo que ellos guardaban para el apóstol a quien, bajo Dios, debían su existencia como creyentes y como iglesia local. ¡Y cómo se sentía Pablo hacia ellos y cuánto deseaba su consuelo! ¿Acaso él también no necesitaba ser consolado?

“Paz” era el saludo común de los judíos y “gracia” el de los gentiles. Aquí Pablo menciona ambas, pero no yuxtapuestas, versículos 23 y 24. Ya había advertido a los ancianos que de entre ellos se levantarían algunos hablando “cosas perversas” y que penetrarían su compañía “lobos rapaces”, Hechos 20.29,30, pero él está confiado que hay aquellos que “aman a nuestro Señor Jesucristo con amor inalterable” ¾o, en sinceridad¾ y para los tales él desea paz, amor, fe y gracia.

miércoles, 19 de enero de 2022

EL LADRÓN EN LA CRUZ

 Lucas 23: 32 al 46

       


    


 

            Ha sido dicho por alguien, refiriéndose a esta escena, «No hay más que un solo caso de arrepentimiento en el lecho de muerte en la Biblia, para que el hombre no se desespere; pero hay sólo uno, para que el hombre no pueda presumir.» Pero, cuánto el hedor del corazón humano farisaico se delata a sí mismo en estas palabras. La justicia propia latente del corazón humano, a la cual le agradaría añadir alguna pizca de sus miserables “obras”, a la obra perfecta de Cristo para el alma. Y, sin embargo, cuando llegamos a examinar esta escena maravillosa, nosotros encontramos que ¡todos deben ser salvados como lo fue este ladrón! Yo no hablo ahora del período en el cual una obra tal es llevada a cabo en el alma, sino del hecho de que todos deben ser salvados tal como él. Y si este es el caso, ¿por qué no ahora, mi lector? ¿Por qué no creer, y conocer el gozo y bienaventuranza de un interés en la obra salvadora de Cristo, antes que transcurra otro día, para que su alma pueda llenarse de todo gozo y paz en el creer, para que usted pueda abundar en esperanza por el poder del Espíritu Santo (Romanos 15:13)?

            Hay una necesidad absoluta de un cambio total y completo en el pecador antes de que él pueda ver el Reino de Dios. Un hombre puede estar en el apogeo de una reputación religiosa en el mundo; su nombre puede embellecer las listas de beneficencia — él puede ser mostrado como un modelo a ser imitado por los demás; y, aun así, puede no haber experimentado nunca este poderoso cambio. Es un hecho triste y humillante, que posea como él puede, piedad, o más bien aquello que se parece a ella, delante de sus semejantes; y la erudición más profunda, una naturaleza amable, una mente benevolente, todas estas cualidades, y muchas más por añadidura; y sin embargo él ni siquiera puede haber visto nunca el Reino de Dios. Esta es una dura expresión, ¿quién puede soportarla? No obstante, es una absoluta necesidad el hecho de que el hombre debe nacer de nuevo. Él debe ser renovado desde las fuentes mismas de su naturaleza, sus pensamientos, sus afectos, sus sentimientos, su corazón, su conciencia, sus acciones. Él debe ser lo que el Señor Jesús dijo al hombre de los Fariseos — el maestro en Israel — el principal entre los judíos — Nicodemo: él debía "nacer de nuevo." En el caso de este hombre, la lección sólo fue aprendida con lentitud. Él tuvo que renunciar a mucho. Para él fue doloroso que se le dijese que toda su vida era incorrecta; sus esfuerzos y energías, sinceras como indudablemente lo eran, habían brotado de una mala base; y que el hombre completo debía ser transformado desde las raíces mismas, antes de que él pudiese entrar en el Reino que Dios estaba estableciendo. Debió haber sido doloroso pensar en que lo que le daba importancia y autoridad, y por lo cual él era tenido en estima por parte de sus semejantes, caía bajo la aplastante condena por parte del divino Escudriñador de corazones, "De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios." (Juan 3:3). Fue para él doloroso saber que, si él entraría al Reino de Dios, él debía consentir hacerlo como el pecador más vil, despojado de todo lo que le pondría en ventaja con respecto de los demás, y le daría prioridad allí. Y, aun así, esta transformación total y completa es absolutamente necesaria para entrar en el Reino de Dios; necesario para el más vil, necesario para todos. Ello nivela todas las diferencias; coloca a los hombres, a la luz de esta solemne verdad, en un terreno parejo delante de Dios, para que ninguna carne pueda gloriarse en Su presencia. Querido lector, ¿ha experimentado o ha pasado usted por esa transformación poderosa? ¿O usted ocupa el mismo estrado sobre el cual usted fue introducido entre los pecadores de este mundo? ¡Importante pregunta! ¡Que el Señor le permita responderla honestamente en Su presencia!

            El caso del ladrón es una ilustración notablemente hermosa de esta obra poderosa en un alma — esta transformación total en el hombre. Y además de esto, nosotros tenemos en esta escena la obra poderosa de Cristo por él, la cual le permitió tomar este lugar — con Cristo aquel mismo día dentro del velo. La obra que hace aptos a todos los que creen en ella para tomar su lugar, por medio de la fe, con Jesús, en el mismo momento, en la presencia de Dios, dentro del velo.

            El caso del compañero del ladrón es, asimismo, verdadera y profundamente solemne. Un alma pasando de este mundo a otro; acercándose a los portales de una eternidad, de la cual no hay retorno, con una burla en su labio, y el insulto para el Bendito en su boca, "Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros." (Lucas 23:39). Profundamente solemne es una hora final semejante de la oscura vida de un hombre aquí, sin Cristo, sin fe, pecando contra su propia alma. Bien se dice acerca del inicuo, "Pues no hay para ellos dolores de muerte; más bien, es robusto su cuerpo. No sufren las congojas humanas, ni son afligidos como otros hombres." (Salmo 73: 4 y 5 - RVA).

            Consideremos la misma hora en la vida del otro — la más brillante que jamás había conocido. "Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios?", espléndida ilustración de la obra de Dios en un alma (Lucas 23:40). Ella comenzó con solo una palabra, pero una palabra mediante la cual uno desentraña un corazón que ha sido enseñado en los caminos de la sabiduría. Porque, "El principio de la sabiduría es el temor de Jehová." (Proverbios 1:7). Nosotros tenemos en esta pequeña palabra una preciosa obra de Dios en su alma. De los inicuos se dice, "No hay temor de Dios delante de sus ojos." (Romanos 3:18). Dios no está en todos los pensamientos de ellos. "¿Ni aun temes tú a Dios?" Aquí estuvo la raíz de este cambio poderoso en este hombre: el santo temor de Dios. Dios tuvo Su lugar correcto en sus pensamientos, aunque él no Le conocía aún como Salvador. El temor de Dios fue la palabra de Abraham a los hombres de Gerar, "Ciertamente no hay temor de Dios en este lugar, y me matarán por causa de mi mujer." (Génesis 20:11) Fue el temor de Dios el que guardó el corazón de José, cuando estuvo en la tierra de su exilio — "¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?" (Génesis 39:9). Es eso lo que guarda el corazón en un mundo de pecado. La ausencia de este santo temor brinda espacio para las actividades de la corrupta e inicua voluntad del hombre. Dicho santo temor es el principio de la sabiduría.

            ¿Cómo está usted con respecto a ello, mi lector? ¿Puede usted decir que este santo temor de Dios ha sido la guía y el modelador de todos los pensamientos e intenciones de su corazón, de las acciones de su vida, y de los motivos que han gobernado sus modos de obrar? ¿Han sido todos estos gobernados por el temor del Señor? ¿Ha tenido Dios Su lugar correcto en su corazón?; y este temor, ¿ha refrenado su voluntad? Job fue un hombre "temeroso de Dios y apartado del mal." (Job 1:1); Cornelio fue un varón "temeroso de Dios con toda su casa" (Hechos 10:2). "Los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero; y Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre." Malaquías 3). El temor de Dios fue la demostración de la fe de Abraham, "ya conozco que temes a Dios" (Génesis 22). Ahora bien, " El temor de Jehová es manantial de vida para apartarse de los lazos de la muerte." (Proverbios 14:27). El temor de Dios "conduce a la vida" (Proverbios 19:23 - VM); y nosotros vemos esto de manera tan notable en este hombre. El temor de Dios le llevó a tomar su lugar verdadero delante de Dios. "¿Tú ni siquiera temes a Dios, aunque estás en la misma condenación? y nosotros a la verdad justamente" (Lucas 23:40 - VM). ¿Puede usted decir con él, "nosotros a la verdad justamente"? ¿Puede usted, tal como él hizo, asumir la merecida y justa sentencia de muerte, para su propia alma; y reconocer, en plena honestidad de corazón, la Equidad de su sentencia? "Nosotros a la verdad justamente; porque recibimos la pena debida a nuestros hechos" (Lucas 23:40 - VM). ¿Reconoce usted la equidad de la sentencia; en efecto, la ha transferido usted a usted mismo, como la pena debida a sus pecados que usted merece? Bendita paz; reconocer en su totalidad su verdadera y correcta condición delante de Dios, y que su alma tenga claridad acerca de la sentencia de muerte, ¡tal como él! De qué manera la obra de Dios se hizo más y más resplandeciente, hasta que él estuvo con Cristo en el Paraíso. ¡Dios tuvo Su verdadero lugar en su alma, y él estuvo en su verdadero lugar delante de Dios! La Equidad de su sentencia pronunciada por sus propios labios; no excusándose, me atrevería a decir, como usted ha hecho a menudo; alegando circunstancias — una naturaleza maligna, para paliar sus pecados. Un pecador convicto estuvo allí no presentando excusa alguna por sus pecados y su sentencia, sino reconociendo que Dios era verdadero. Justificando a Dios, y condenándose a sí mismo, como uno de los hijos de la Sabiduría. "Yo reconozco mis transgresiones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo, he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos; lo confieso, a fin de que seas justo en tu sentencia, y exento de culpa en tu juicio." (Salmo 51: 3 y 4 - VM).

            Ya hemos hablado bastante de la obra en el alma de este hombre.

            Nosotros debemos considerar otra cosa ahora— la obra para él—para todos, en la cruz junto a él.

            Colgaba allí a su lado el Señor de Gloria: y de la boca del hijo de la Sabiduría, mientras la luz se hacía más resplandeciente en su alma, nosotros tenemos el testimonio de dos cosas— la impecabilidad y el Señorío de Cristo. "Éste ningún mal hizo." (Lucas 23:41). Y el Cristo inmaculado, y el pecador que se condenó a sí mismo, ¡estuvieron lado a lado! ¡Impresionante y solemne escena, la cual no será jamás contemplada nuevamente! Hermoso testimonio de aquel hombre moribundo, que le llevó a tomar su lugar con Jesús allí, en aquel momento, y en medio de la agitación de una escena como la que rodeaba la cruz. Un momento cuando el mundo se unió contra un hombre que "ningún mal hizo." Cuando incluso aquellos que Le habían amado y habían confiado en Él durante Su vida, Le abandonaron en la hora de su mayor dolor. Y sin embargo el alma de aquel hombre estaba absorta con Cristo, el cual colgaba allí. La visión completa de su alma estaba llena con Cristo; y él se olvidó de sí mismo. Una transformación completa y total había tenido lugar en el hombre; y, olvidando su agonía, todo su pensamiento fue, "Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino." (Lucas 23:42). ¿Cómo sería en su caso, mi lector, si usted estuviese muriendo en su confortable lecho, rodeado de sus amigos afligidos? ¿O qué sucede con usted ahora? ¿Sería Cristo tan precioso para su alma entonces? ¿Es Él tan precioso para usted ahora, como para absorber todos sus pensamientos, y colmar su alma con Él mismo? El terrible padecimiento de aquel momento no tuvo poder alguno para desagregar su corazón de Cristo. Y su única petición fue: Señor, ¡"acuérdate de mí."!

            Pero, ¿cuál fue la respuesta? La luz en su alma terminó de manera distinta de lo que él pensaba. En lugar de ser recordado cuando Jesús regresara en Su Reino, ¡él obtuvo un lugar aquel mismo día en el Paraíso con Cristo! La obra fue hecha por Jesús allí, la cual permitió a aquel hombre tener un lugar con Él ese mismo día; tal como es adecuado para toda alma que cree en ella, tomar su lugar en aquel momento ¡con Jesús dentro del velo!

            Querido lector, ¿ha contemplado usted con un corazón creyente, adorador, esa obra de Cristo, como aquello que lo ha librado a usted de la ira venidera? Y creyendo, ¿ha tomado usted su lugar, en virtud de ella, dentro del velo? ¿Dónde está usted, si no lo ha hecho? ¿Qué es usted? ¡Fuera del velo, un incrédulo, aún en sus pecados! Solemne lugar, solemne condición. No descanse ni por un momento, entonces. El mismo golpe que rasgó el velo, expuso la iniquidad del corazón del hombre, en la muerte de Cristo; y reveló el amor del corazón de Dios, al perdonar a Su Hijo; y ha quitado para siempre los pecados de Su pueblo creyente. No descanse ni por un momento hasta que usted tome su lugar, por medio de la fe, dentro del velo. Que ningún falso raciocinio del enemigo, o la incredulidad de su propio corazón, le prive a usted de esta alegría. Feliz realmente, si usted tiene, al igual que el ladrón salvado, el temor de Dios en su corazón: más feliz aún si usted ha reconocido su verdadero estado y condición delante de Dios — su propia alma ha asimilado la sentencia de muerte; y más feliz si usted se ha olvidado de usted mismo del todo tal como él, y que la visión de su alma esté absorta con Aquel que estuvo allí consumando Su amor al hacer una obra que le da a usted un nítido derecho a tomar su lugar en este momento ¡dentro del velo con Jesús! ¡Hoy . . . conmigo en el paraíso!

Traducido del inglés al español por: BRCO

F.G. Patterson

ÉTICA CRISTIANA: Pautas necesarias para nuestro caminar en esta tierra

 Introducción


            La Biblia establece pautas claras ACERCA DE LA ÉTICA, clasifica los actos humanos en buenos o malos y fija conductas a cumplir, basadas en una moral establecida por Dios, que nuestra sociedad suele ignorar o no tener en cuenta.

Es bueno buscar en la Biblia los principios que nos ayudarán a vivir con honestidad, sin maldad, lejos de la corrupción y la injusticia.

Lea con atención este libro, compuesto por pasajes cuidadosamente seleccionados de la Biblia, que le ayudarán a perseverar en la conducta moralmente aceptable, que Dios espera que usted practique.

Ore pidiendo a Dios que le ayude a experimentar una vida cristiana recta y sin mancha. Recuerde lo que dice su Palabra, en el libro de Romanos capítulo 12, versículo 2, recomendación que san Pablo escribe a los cristianos de Roma, pero que se aplica también hoy:

“No vivan ya según los criterios del tiempo presente; al contrario, cambien su manera de pensar para que así cambien su manera de vivir y lleguen a conocer la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que es grato, lo que es perfecto”.

La pérdida de la ética

La Biblia refiriéndose a los que actúan sin ética:

“Están llenos de toda clase de injusticia, perversidad, avaricia y maldad. Son envidiosos, asesinos, pendencieros, engañadores, perversos y chismosos.” Romanos 1.29

Los diarios anuncian:

“Hay alumnos que no quieren estudiar, muestran desinterés”

“Alumnos llevan al colegio, armas, drogas y revistas pornográficas" “Muchos alumnos falsifican sus exámenes, al copiarse”

“Hay profesores que demuestran favoritismo”

“Son numerosas las esposas golpeadas que no denuncian a sus maridos" “Empleadores no depositaron las cargas sociales de sus empleados”

“Hay muchos empleados ‘en negro’”

“Numerosos empleados trabajan a desgano, ocupan horas de trabajo en asuntos particulares, son deshonestos"

            La ética es, según el diccionario “la parte de la filosofía que trata del bien y del mal en los actos humanos”, el “conjunto de principios y reglas morales que regulan el comportamiento y las relaciones humanas”.

La ética tiene origen divino, viene de Dios. Pero el hombre le ha dado la espalda a Dios, no lo tiene en cuenta, trata de independizarse de esa fuente de verdad y moralidad. Y, lejos de Dios, sin sus principios, vive sin ética: miente, comete injusticias, es deshonesto, se corrompe, sus acciones son malas, llenas de graves errores.

En este capítulo reflejaremos cómo se vive cuando se pierde la ética.

La ética en los últimos tiempos, es decir, en los tiempos actuales

            Debes saber que en los tiempos últimos vendrán días difíciles. Los hombres serán egoístas, amantes del dinero, orgullosos y vanidosos. Hablarán en contra de Dios, desobedecerán a sus padres, serán ingratos y no respetarán la religión. No tendrán cariño ni compasión, serán chismosos, no podrán dominar sus pasiones, serán crueles y enemigos de todo lo bueno. Serán traidores y atrevidos, estarán llenos de vanidad y buscarán sus propios placeres en vez de buscar a Dios. Aparentarán ser muy religiosos, pero con sus hechos negarán el verdadero poder de la religión.

No tengas nada que ver con esa clase de gente. Porque a ellos pertenecen esos que se meten en las casas y engañan a débiles mujeres cargadas de pecado que, arrastradas por toda clase de deseos, están siempre aprendiendo, pero jamás llegan a comprender la verdad. 2 Timoteo3-1-7

¡Pero ustedes, al contrario, cometen injusticias y roban hasta a sus propios hermanos!

¿No saben ustedes que los que cometen injusticias no tendrán parte en el reino de Dios? No se dejen engañar, pues en el reino de Dios no tendrán parte los que se entregan a la prostitución, ni los idólatras, ni los que cometen adulterio, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los que roban, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los ladrones. 1 Corintios 6.8-10.

Tomado de librito “Acerca de la Ética”, editado por Sociedad Bíblica Argentina.

Se usa la Versión popular Dios Habla Hoy.