domingo, 26 de febrero de 2023

Figuras de Cristo (14)

 El altar de bronce. Éxodo 27:1-8; 38:1-7


El Altar de Bronce permanecía dentro del patio cerca a la puerta. Permanecía allí como un vigilante porque la sangre debía ser derramada primero a todo el que quisiera aproxi­marse a Dios.

Los cuatro lados de este Altar eran todos de la misma longitud: 21/2 metros (aproximadamente), cada uno. Y tenía aproximadamente 1V2 metros de alto. Estaba hecho de madera de acacia que no se pudre y estaba cubierto con bronce, un metal que no se funde al fuego.

El Altar era cuadrado, lo cual significa que la gente de todo el mundo puede acercarse a Dios de la misma manera y beneficiarse del sacrificio ofrecido en el altar. La madera de acacia es una figura del cuerpo terrenal y sin pecado del Señor Jesucristo, 1 Pedro 2:22; Hechos 13:35.

En la Biblia el bronce habla del juicio de Dios. En este altar el bronce habla de Cristo como hombre. El altar mismo es una figura de Cristo que sufrió el juicio y la ira de Dios en nuestro lugar. El Señor Jesús es el altar, Hebreos 13:10 y él es también el sacrificio sobre el altar. Así que vemos aquí dos figuras de nuestro Salvador. Cristo mismo hace santo el sacrificio que fue ofrecido en el altar. En Mateo 23:19 leemos que el altar santifica la ofrenda.

El pecador podía traer un animal limpio (un toro, buey, una oveja, una cabra o una paloma), él colocaba su mano sobre la cabeza del animal para dar a entender que el animal tomaba su lugar. El animal era sacrificado y su sangre rociada al lado del altar. El sacerdote ponía pedazos del animal sobre el altar para quemarlo. El hombre era entonces aceptado por Dios y sus pecados eran cubiertos.

Cristo se ofreció a sí mismo como sacrificio y este sacrificio de Cristo agradó a Dios mucho más que los sacrificios de los animales. Ofreciéndose a sí mismo, Cristo obtuvo el perdón del pecado y la paz con Dios para toda per­sona que cree.

El Señor Jesús hizo la voluntad de Dios, su Padre, cuando se ofreció a sí mismo para tomar nuestro lugar. Él se presentó una sola vez y para siempre, para quitar el pecado por el sacrificio de sí mismo, Hebreos 9:26; Juan 10:17,18.

Varias clases de sacrificios se ofrecían sobre el altar de bronce. El libro de Levítico da las instrucciones concer­nientes a los diferentes sacrificios. Lea los capítulos 1 - 5 y se sorprenderá de las cosas preciosas que estos sacrificios enseñan acerca de Cristo.

Pensemos acerca de dos de estos sacrificios. En Levítico 4:1-12 leemos acerca de la ofrenda por el pecado. Compare esta ofrenda con el Señor Jesucristo que sufrió el juicio de nuestros pecados en nuestro lugar. Él era sin pecado, pero Dios lo hizo pecado para que nosotros pudiéramos compar­tir la justicia de Dios, 2 Corintios 5:21. Cristo vino a ser nuestra ofrenda por el pecado.

Veamos también en Levítico 1 los versículos 3 al 13, acerca de la ofrenda encendida. Esta era una de las ofrendas de olor grato que agradaban a Dios, vs. 9 y 12. Era quemada com­pletamente y es una figura de Cristo que se ofreció a sí mismo completamente como sacrificio de olor grato; agradable a Dios.

A través de Cristo, como la ofrenda por el pecado, nosotros somos librados del juicio de Dios y recibimos el perdón de nuestros pecados, Efesios 1:7. Por medio de Cristo, como la ofrenda encendida, somos aceptados por Dios, porque Cristo obedeció a Dios y murió por nosotros. El animal de la ofrenda encendida era aceptado en lugar de la persona que lo ofrecía, Levítico 1:4. De la misma manera, nosotros somos aceptados por Dios, porque el Señor Jesús murió en nuestro lugar. 

W.A. Deans


La devolución del arca del testimonio

 

No daré sueño a mis ojos ... hasta que halle lugar para Jehová, Salmo 132.4,5


En este hermoso salmo David manifiesta su gran preocupación por el arca del testimonio, símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo.

En el libro de Éxodo leemos de la hechura del arca de madera forrada con oro puro. Sobre ella estaba el propiciatorio con querubines de oro, y Dios dijo que allí moraría El con su pueblo. El arca, con su propiciatorio estaban en el lugar santísimo de más adentro del tabernáculo. Allí entraba el sumo sacerdote una sola vez al año en el día de la expiación, cuando rociaba sangre de la víctima siete veces delante del arca y una vez sobre el mismo mueble; Levítico 16.14,15. Se realizó en esas ocasiones una expiación perfecta por los pecados del pueblo, y solamente en este caso podría Dios habitar en medio de Israel.

En 1 Samuel 4.11 leemos que el arca del testimonio cayó en manos de los filisteos, cuando fue llevada al campo de batalla por los dos malvados hijos de Elí. Ellos no tuvieron temor de Dios, pero sí tenían una superstición que el arca podría salvarles. Al contrario, lo que hicieron fue para su condenación. Por nuestra parte, gozamos de grandes libertades, pero éstas no deben convertirse en licencia. La exhortación apostólica en Hebreos 12 es que sirvamos a Dios agrandándole con temor y reverencia, porque, dice, Él es fuego consumidor.

Los filisteos colocaron el arca en el templo de su dios Dagón, y por la mañana vieron a éste postrado en tierra. Le devolvieron a su lugar y el día siguiente Dagón estaba caído de nuevo, postrado en tierra, degollado y con las manos cortadas. El arca pudo defenderse a sí misma ante los filisteos hasta que ellos fuesen vencidos por el temor de Dios. Él puede defender la gloria suya sin que nadie intervenga.

Al cabo de siete meses los filisteos resolvieron devolver el arca a la tierra de Israel. Lo colocaron sobre un carro tirado por dos vacas, cuyos becerros se quedaron encerrados “en casa”. Sin guía, las vacas dieron las espaldas a sus becerros y se dirigieron por el camino de Bet-semes. Los príncipes de los filisteos seguían tras las vacas hasta ese punto, sin duda convencidos que el Dios verdadero estaba con el arca. 1 Samuel 6.12.

 Hubo gran regocijo de parte de la gente de Bet-semes. Ellos sacrificaron las vacas, pero su fiesta terminó en tragedia, ya que los hombres tuvieron el atrevimiento de mirar dentro del arca. Fue una profanación que resultó en gran mortandad, y el pueblo lloró diciendo: “¿Quién podrá estar delante de Jehová el Dios santo?”

Luego los de Quiriat-jearim llevaron el arca a la casa de Abinadab, donde se quedó por veinte años. Al fin se levantó David con todo el pueblo para llevarlo a Jerusalén, pero ellos no obedecieron las instrucciones divinas.

En lugar de dejar que el arca fuese llevada sobre los hombros de los levitas, ellos ensamblaron un carro nuevo para ser tirado por bueyes al estilo de los filisteos. Uza, uno de los que guiaba el carro, extendió la mano para sostenerlo porque los bueyes tropezaron. Enseguida Dios le mató por su temeridad, y David tuvo que abandonar su propósito.

Los filisteos son una figura del mundo religioso, y nosotros no debemos copiar sus innovaciones. Algunos ejemplos serían los de un pastor asalariado, las copas individuales en la cena, la música instrumental, la presencia de la dama cristiana en las reuniones con cabeza descubierta, la participación de las mujeres en las reuniones públicas, y las colectas tomadas de todas las personas presentes. Nuestra obligación es de someternos al mismo orden establecido por los apóstoles.

Por falta de reverencia los moradores de Bet-semes y Uza fueron castigados por la mano de Dios. Por participar de la cena del Señor indignamente, siglos después, algunos en la asamblea de Corinto ya habían muerto cuando el apóstol escribió, y otros estaban debilitados.

En cambio, el arca estuvo en la casa de Obed-edom por tres meses y Jehová bendijo aquel hogar. Este hecho animó a David de nuevo, con toda la gente, a trasladar el arca de Dios hasta Jerusalén de la manera indicada. La historia está en 2 Samuel capítulo 6.

De todo esto podemos aprender cómo Dios en su santidad escogió habitar en medio de Israel, su pueblo redimido por la sangre del cordero pascual. A su vez, nuestro Señor ha dado su promesa que, estando dos o tres congregados en su nombre, Él está en medio de ellos; Mateo 18.20.

Para Israel era necesario mantenerse santificados y en obediencia a las leyes de Dios. El les dijo: “Sed santos porque yo soy santo”. Cuando la nación se apartó y el arca cayó en poder de los filisteos, la mujer de uno de los hijos de Elí, gritó al dar a luz, “¡Traspasada es la gloria de Israel!”

Cosa solemne es cuando por incumplimiento con nuestro Señor, su presencia y poder no se sienten en la asamblea y prevalece la condición de Laodicea. Es grande nuestro privilegio de gozar de la presencia suya en medio de la congregación, pero debemos apreciarlo. Cada individuo está en la obligación de aportar al bien de la asamblea, renunciando a la impiedad y los deseos mundanos para vivir en “este siglo” piadosamente; Tito 2.12. Así alcanzaremos la condición ideal que se ve en el Salmo 132.

Santiago Saword

EL PROFETA JOEL (3)


 Arno Gaebelein

LA VENIDA DEL DÍA DEL SEÑOR: ARREPENTIMIENTO Y RESTAURACIÓN DE ISRAEL

 


1.   La alarma tocada y el día cerca (2:1-2)

2.    El ejército invasor del norte (2:3-11)

3.    El arrepentimiento del pueblo y su clamor por ayuda (2:12-17)

4.    "Entonces”. El gran cambio (2:18)

5.    Promesas de restauración, y la lluvia temprana y tardía (2:19-27)

6.    Derramamiento del Espíritu sobre toda carne (2:28-31)

7.    Libertad en el monte Sión y Jerusalén (2:32)

 

Vv. 1-2. Con este capítulo alcanzamos el corazón de la profecía de Joel. La descripción de las langostas literales no es más continuada. Como hemos mostrado, las langostas literales en sus diferentes etapas simbolizan a las naciones desolando la tierra como lo han hecho las langostas. Dispensacionalmente el primer capítulo nos muestra todos los tiempos de los gentiles, que comenzaron con Nabucodonosor (Dn. 2:36-38), y que continúan hasta que llegue el tiempo cuando el Dios del cielo establezca un reino que no puede ser destruido. El segundo capítulo nos lleva enseguida al fin de los tiempos de los gentiles, cuando el día del Señor sea establecido. Antes de que el Señor aparezca en ese día, la más grande angustia estará sobre la tierra y el pueblo; habrá un tiempo de tribulación tal como nunca lo ha habido (Mt. 24:21.) El remanente de Su pueblo clamará a Dios por intervención y libertad, y Dios responderá a su clamor y los libertará. Entonces su tierra vendrá a ser una vez más como el huerto de Edén, allí habrá un gran derramamiento del Espíritu sobre toda carne y desde Jerusalén el gran centro de bendiciones el reino se extenderá a todas las naciones.

Todo este capítulo como también el próximo no ha sido cumplido. Nada de esto ha sido cumplido. Antes de que esto pueda cumplirse una parte del pueblo de Israel debe ser restaurado a la tierra de la promesa y las antiguas ceremonias e instituciones serán al menos parcialmente restaurados.

El capítulo comienza con el sonido de alarma porque "el día de Jehová viene, y está cerca." La última semana profética de Daniel está ahora en proceso de cumplimiento. (Ver anotaciones sobre Dn. 9.) Una parte del pueblo volverá a la tierra, habiendo retornado allí en incredulidad, justo como lo vemos hoy en el movimiento sionista. Pero en medio de ellos se encontrará también un remanente piadoso. El toque de trompeta muestra que ellos han revivido sus antiguas costumbres (Núm. 10:1,2,9). También mencionamos que las trompetas están a menudo conectadas con la aparición del Señor y la restauración de Israel En el v.2 ese día es descrito y puede compararse con Sof. 1:15-16 e Isa. 60:2. Después tenemos un ejército invasor que es plenamente descrito en los versos que siguen. Las palabras, "como el amanecer se extiende sobre las montañas", son una descripción del día del Señor que es un día de oscuridad y tinieblas, por otra parte, es "como el amanecer se extiende sobre las montañas." Después de la oscuridad, aparecerá la luz de la mañana "la mañana sin nubes" (2 Sam. 23:4.)

Vv. 3-11. Muchos ejércitos en la historia pasada han ocupado y desolado la tierra de Israel, pero aquí está la futura gran invasión del norte. Esta invasión es mencionada también por el profeta Isaías. El asirio que vino en días de Isaías para tomar Jerusalén es el tipo del asirio final que amenazará la tierra y pueblo con destrucción. Él es también prefigurado por Antíoco Epifanes, quien vino a la tierra de Israel como el predicho cuerno pequeño, levantándose de una de las divisiones del imperio Greco-Macedonio (Dn.8)

Este ejército de enemigos de Israel encuentra la tierra como el huerto de Edén; ésta ha sido restaurada, regada y cultivada a través del sionismo político. Los judíos están ahora en ella, determinados a hacer de Palestina el huerto del mundo, su Edén, como se ha dicho. Después viene el rudo despertar. Ellos piensan que están seguros; ellos pensarán que los planes que han hecho sin confiar en Jehová y sin verdadero arrepentimiento, han tenido pleno éxito. Pero ahora la más grande tribulación de su larga historia de sangre y lágrimas está cerca. La tierra una vez más es despojada de su belleza.

 

"Ante ellos la tierra es como huerto de Edén,

Y detrás de ellos como un desierto desolado,

Si, y nada escapará de ellos"

 

Dios usará estos destructivos poderes para humillar a Su pueblo, para mostrarles que Él es su ayuda, cuando esta gran calamidad venga sobre ellos. El lenguaje simbólico aquí es característico de otras profecías.

 

"La tierra tiembla ante ellos;

Los cielos se sacuden,

El sol y la luna se oscurecen,

Y las estrellas dejan de brillar"

 

Porque el día de Jehová es grande y terrible. Compare esto con los siguientes pasajes: Isa. 11:11, Hab.1:6,12; zac.14:3,4.

Vv. 12-17. Aquí está Jehová llamando a Su pueblo a retornar a Él con verdadero arrepentimiento (compare con Oseas 5:15-6:1). Y durante esa gran tribulación habrá una verdaderamente penitente porción del pueblo que se volverá a Él de manera descrita en este capítulo. Es este remanente que será salvado en ese día, mientras la parte impenitente será cortada en juicio. Ezeq. 20:38 y Zac. 13:8-9 hablan de esto. Lo que Moisés dijo mucho tiempo atrás tendrá entonces lugar (Dt. 30:1-4). Los muchos ruegos proféticos registrados en los Salmos, como se ha señalado en las anotaciones de ese libro, serán entonces ofrecidos por este remanente piadoso (Sal. 44:13-14; 115:2-3; 79:9-10, etc.) Este lamento y ruego por liberación precede la manifestación visible del Señor en ese día de Su venida. Cuando al final llegue la libertad habrá otra lamentación. Esta se encuentra en Zac. 12:9-14 y Apoc.1:7.

V. 18. "Entonces Jehová será celoso por Su tierra y tendrá piedad de Su pueblo." Aquí está el gran cambio. Hasta este punto no hemos visto nada sino calamidad y juicios. Langostas literales han devorado la tierra, tipos de las naciones que desolarán la tierra. Ellos vinieron, y Jerusalén fue hollada por los gentiles. Los tiempos de los gentiles terminarán en la tribulación o angustia de Jacob, de la cual ellos serán salvados (Jer. 30:7.) Vimos su gran arrepentimiento. Aquí está la respuesta desde arriba. Cuando su poder haya desaparecido completamente (Dt. 32:36), entonces el Señor será celoso por Su tierra y tendrá piedad de Su pueblo. A menudo esta pequeña palabra "entonces" se encuentra en la palabra profética haciendo el gran cambio, de los juicios y rechazo pasados de Israel a la libertad y gloria. Los siguientes pasajes debiesen ser cuidadosamente examinados y comparados con el v.18 aquí: Isa.14:25; 24:23; 32:16; 35:5-6; 58:8,14; 60:12; Ezeq. 28:25-26, etc.

La manifestación personal del Señor no es manifestada aquí. La libertad no viene aparte de la segunda venida de nuestro Señor. Toda la palabra profética da testimonio de esto. "Entonces saldrá el Señor y peleará contra estas naciones como peleó en el día de la batalla. Y sus pies se afirmarán en ese día en el monte de los Olivos, que está ante Jerusalén" (Zac. 14:3-4). "Cuando Jehová edifique Sión, él aparecerá en gloria" (Sal. 102:16). "Jehová saldrá como poderoso hombre, movido a celos como un hombre de guerra; él clamará, si, rugirá, y prevalecerá contra sus enemigos" (Isa. 42:13.)

domingo, 29 de enero de 2023

PENSAMIENTO

 

Hay quienes desean imponer los valores del mundo en las iglesias, y muchas, incluso asambleas de hermanos, han copiado esas modas y valores. Pero eso digo, hermanos, que hay que resistir, porque no debemos meternos en ese molde (Ro. 12.1-2). Seamos santos y piadosos, y esto incluya nuestra forma de vestir y hablar. 2 Corintios 6.14-7.1 enseña y enfatiza la necesidad de practicar la separación. No hay comunión entre lo santo y lo mundano. Aunque le dolió a Abraham separarse de Lot, era para su salud y bienestar espiritual. Leemos que “después que Lot se apartó de él”, Dios habló con Abraham (v. 14). Le dijo que alzara los ojos, no como Lot, sino para mirar a los cuatro puntos cardinales y ver toda la tierra. Confirmó Su promesa: “toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre” (v. 15). Es unilateral, por lo que no puede ser invalidada por Israel. Es soberana, pues no depende de las naciones unidas ni otros. Y tampoco tiene fecha de caducidad, pues es “para siempre”. Lo que Lot escogió fue quemado y desapareció para siempre. Lo que Dios dio a Abraham será suyo eternamente, con gran bendición.

Lucas Batalla

El SEÑOR ESTUVO A MI LADO

 

La vida del apóstol Pablo está marcada por varias apariciones del Señor, lo cual nos da a entender la relación de intimidad que unía a este siervo con su Señor. También nos enseña lo que debe ser la dependencia de todo creyente comprometido en un servicio para el Señor.


El perseguidor

Como verdadero descendiente de Benjamín, “lobo arrebatador” (Génesis 49:27), Saulo de Tarso no se conmovió cuando asistió al martirio de Esteban. Al contrario, “respirando aún amenazas y muerte”, persiguió a los discípulos del Señor. De repente, cerca de Damasco, una luz deslumbrante lo rodeó y una voz venida del cielo le dijo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hechos 9:1-4).

Era, pues, la confirmación del testimonio de Esteban: Jesús estaba vivo, y además sufría con los humildes cristianos a quienes Saulo acosaba y perseguía. Esta revelación divina produjo una conversión extraordinaria y dejó una huella indeleble en la vida del que en adelante sería llamado Pablo.

La formación

Apartado durante tres años, el apóstol Pablo fue formado en la escuela de Dios (Gálatas 1:17-18), como también lo habían sido Moisés, David, Elías y muchos otros. Pronto el principio de su ministerio en Jerusalén le acarrearía la persecución.

 

De una manera sabia, los hermanos lo enviaron a Cesarea y después a Tarso, su ciudad natal (Hechos 9:30). En este texto sólo se narra el aspecto exterior de dicho acontecimiento, pero más tarde Pablo reveló el motivo que determinó su partida: “Y me aconteció, vuelto a Jerusalén, que orando en el templo me sobrevino un éxtasis. Y le vi (al Señor, el Justo) que me decía: Date prisa, y sal prontamente de Jerusalén… Ve, porque yo te enviaré lejos a los gentiles” (Hechos 22:17-21). En esta segunda aparición a Pablo, el Señor le confirmó la misión que le iba a confiar, pero antes quería instruirle en el marco de un campo misionero restringido. Respecto a esto podemos evocar las palabras del Señor Jesús al endemoniado: “Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti” (Marcos 5:19). Pablo permaneció en Tarso varios años y después se unió a la asamblea de Antioquía.

El siervo

En Hechos 18 vemos que, una vez llegado a Corinto, el apóstol Pablo anunció el Evangelio, mientras ejercía su antiguo oficio, para no ser gravoso a nadie. Desde el principio de su ministerio se enfrentó a una fuerte oposición por parte de los judíos. ¿Debía renunciar e ir a otra parte? La respuesta divina no se hizo esperar; el Señor se le apareció por tercera vez y le dijo: “No temas, sino habla, y no calles; porque yo estoy contigo” (Hechos 18:9-10). El tiempo para aprender en silencio había pasado; había llegado el momento de hablar sin temor, confiando en la promesa divina de que no sería abandonado. Su decisión de cumplir la voluntad de su Maestro, costara lo que costara, llevó a la formación de la asamblea de Corinto, y nos permite, casi veinte siglos más tarde, disfrutar aún de las enseñanzas de dos epístolas muy importantes.

El prisionero

En Hechos 23 encontramos a Pablo en Jerusalén, encerrado en la fortaleza después de dos días de dura prueba. La noche había caído y con ella había vuelto la calma. Pero muchos pensamientos se arremolinaban en la mente del apóstol. Entonces el Amigo divino se le acercó por cuarta vez: “Ten ánimo, Pablo” (v. 11). Estas mismas palabras habían tranquilizado a los discípulos en el mar agitado (Marcos 6:50). Sin embargo, el final del mensaje del Señor estaba lleno de consecuencias: “Pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma”. Para los discípulos, el viento se detuvo cuando Jesús subió a la barca; para Pablo, el “viento” no cesaría, pero Aquel que estaba a su lado nunca lo abandonaría.

El viaje de Hechos 27 era más que una travesía en un mar agitado. En medio de la tempestad, toda esperanza de salvación parecía desvanecerse. Qué gran consuelo para el apóstol cuando un ángel se le presentó y le dijo: “Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante César; y he aquí, Dios te ha concedido todos los que navegan contigo” (v. 24). Entonces Pablo, valiéndose de las palabras de Jesús a sus discípulos, a su vez pudo consolar a los marineros: “Tened buen ánimo” (v. 25).

 

Finalmente encontramos al prisionero en Roma, desde donde escribió su última epístola a Timoteo, su hijo en la fe: “Todos me desampararon… Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas… Así fui librado de la boca del león” (2 Timoteo 4:16-17). Sí, el viento soplaba sin cesar, pero el Señor, el Amigo fiel, seguía estando a su lado, aún en los días malos. ¿Qué dijo a Pablo durante esta sexta aparición? Es un mensaje sellado, pero podemos medir su alcance mediante este clamor de triunfo de aquel que iba a morir: “Y me preservará para su reino celestial. A él sea gloria por los siglos de los siglos. Amén” (v. 18).

Para este siervo fiel había llegado la hora de dejar esta tierra. Años atrás, cuando había sido arrebatado al tercer cielo, ya había gustado algo de la felicidad futura. Ahora, en esta etapa suprema, por la fe vislumbró la séptima aparición, la más maravillosa de todas, la venida del Señor por los suyos: “He acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (v. 7-8).

Finalmente, la recompensa suprema del siervo serán las palabras del Señor, al ponerle la corona de justicia: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor” (Mateo 25:21).

P. Jn.

Para Todos 01/2013

El Templo después Del Regreso de Babilonia

 

El Templo de Salomón duró hasta que Nabucodonosor lo destruyó (2°. Crónicas 36); y Ezequiel describe la salida de la gloria de Jehová de él, a causa de las abominaciones de Su pueblo, antes de que fuese consumido por fuego por los Caldeos. (Véase Ezequiel capítulos 8 al 10). Durante setenta años Jerusalén estuvo desolada (2°. Crónicas 36:21; Daniel 9:2), y entonces, "para que se cumpliese la palabra de Jehová por boca de Jeremías, despertó Jehová el espíritu de Ciro rey de Persia, el cual hizo pregonar de palabra y también por escrito por todo su reino, diciendo: Así ha dicho Ciro rey de Persia: Jehová el Dios de los cielos me ha dado todos los reinos de la tierra, y me ha mandado que le edifique casa en Jerusalén, que está en Judá." (Esdras 1: 1, 2, etc.). El gobierno, debido al pecado de Judá e Israel, había sido transferido ahora a los Gentiles, y por tanto Dios, en primera instancia, obró a través de Ciro como instrumento. El lector encontrará todos los detalles del regreso de un remanente de las dos tribus, Judá y Benjamín, con sacerdotes y Levitas, en respuesta a la proclamación del rey, registrados en el libro de Esdras. No fue sino hasta el año segundo de su regreso que ellos activaron "la obra de la casa de Jehová." (Esdras 3:8). "Y cuando los albañiles del templo de Jehová echaban los cimientos, pusieron a los sacerdotes vestidos de sus ropas y con trompetas, y a los levitas hijos de Asaf con címbalos, para que alabasen a Jehová, según la ordenanza de David rey de Israel. Y cantaban, alabando y dando gracias a Jehová, y diciendo: Porque él es bueno, porque para siempre es su misericordia sobre Israel. Y todo el pueblo aclamaba con gran júbilo, alabando a Jehová porque se echaban los cimientos de la casa de Jehová. Y muchos de los sacerdotes, de los levitas y de los jefes de casas paternas, ancianos que habían visto la casa primera, viendo echar los cimientos de esta casa, lloraban en alta voz, mientras muchos otros daban grandes gritos de alegría. Y no podía distinguir el pueblo el clamor de los gritos de alegría, de la voz del lloro; porque clamaba el pueblo con gran júbilo, y se oía el ruido hasta de lejos." (Esdras 3: 10-13).

Cuando se echaban los cimientos, ellos alabaron a Dios con címbalos, mientras los sacerdotes tocaron sus trompetas, y cantaron el mismo cántico que había sido cantado en la dedicación del Templo de Salomón. Pero muchos lloraron — los ancianos que habían sido testigos presenciales del esplendor de la casa primera (o, el primer templo). El contraste era realmente grande. La casa primera fue edificada en medio de las glorias del reino, y en una época cuando ese reino era preeminente — también una época de paz, prosperidad, y bendición, un período que tipificaba el reino del Mesías, cuando todos los reyes se postrarán delante de Él, y todas las naciones Le servirán (Véase Salmo 72). Esto fue comenzado por un débil remanente en medio de las desolaciones de la otrora ciudad gloriosa, a la que los hombres llamaban "la perfección de hermosura", "el regocijo de toda la tierra" (Lamentaciones 2:15 - VM), estando ellos mismos sometidos a un monarca Gentil, dependiendo de él, por la voluntad de Dios, para el permiso de edificar, y rodeados por todos lados por adversarios. Aun así, ellos edificaron; y finalmente, después de mucha infidelidad por parte de ellos, la casa fue terminada, y ellos "celebraron la dedicación de esta Casa de Dios con gozo." (Esdras 6: 15-22 - VM).

Esta casa tomó el lugar de la que Salomón había edificado. Sin embargo, hubo diferencias importantes. No hubo nube alguna, ninguna gloria de Jehová llenó la casa, como en el caso del tabernáculo y el primer templo; y ningún fuego descendió del cielo para consumir sus sacrificios, como sucedió con Moisés (Levítico 9:24) y con Salomón (2°. Crónicas 7:1). Es este hecho el que hace que el paralelismo entre este remanente y la Iglesia sea tan interesante. Tomás creyó cuando vio; pero el Señor anunció la bienaventuranza de los que creerían sin ver (Juan 20). Esta fue la posición de este débil remanente, así como la de nosotros. El hecho de que Dios aceptara sus sacrificios y morase en Su casa fue, en el caso de ellos, un asunto enteramente de fe — fe basada en la palabra de Dios, de la misma forma, por ejemplo, como la presencia del Señor Jesucristo en medio de los congregados a Su nombre es comprendida sólo por medio de la fe, fe engendrada y sustentada por Su propia palabra (Mateo 18). Pero Jehová consideró tan completamente esta casa como Su casa, que Él incluso la identificó con aquella que esta había sustituido. Hablando por medio de Hageo, uno de los profetas que Él había usado para estimular al pueblo y animarlos en su obra de edificar, Él dice, "La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera." (Hageo 2:9). La casa era solamente una — cualesquiera que fuesen sus circunstancias exteriores — en el pensamiento divino, y por tanto, era la habitación de Dios en igualdad con el templo de Salomón.

Esta casa existió hasta la época de Herodes el Grande, el cual la reconstruyó (aunque no tenemos ningún informe de esto en las Escrituras) en una escala de grandeza y magnificencia superiores, y fue a este templo al cual José y María llevaron al niño Salvador cuando ellos lo presentaron delante del Señor. Y es un hecho muy digno de mencionar que, edificado como lo fue este templo por un rey extranjero — ya que si bien él profesaba la fe judía él era probablemente de descendencia Idumea — el propio Señor lo reconoció como la casa de Su Padre. Rodeado, e incluso lleno, como lo estaba con corrupciones, aun así, Él lo reconoció (Mateo 21: 12, 13; Juan 2: 13-16, etc.); y Él no lo abandonó sino hasta que Su rechazo por parte de Su pueblo se hubo hecho evidente. Entonces Él pronunció la sentencia, "He aquí vuestra casa os es dejada desierta" (Mateo 23:38); e inmediatamente Él se fue y salió del templo. En paciencia y longanimidad Dios soportó a Su pueblo, y las corrupciones de Su casa, hasta que no hubo remedio, y entonces la abandonó, tal como Él lo había hecho antes con el templo de Salomón. Por Su parte había habido juicio mezclado con gracia y misericordia expresado una y otra vez; por parte de Su pueblo había habido pecado y corrupción, que alcanzaron su clímax en el rechazo y crucifixión de su verdaderamente Jehová-Mesías, el cual había condescendido a través de tantos siglos a tener Su morada en medio de ellos.

Esto concluye el período de la casa terrenal de Dios hasta los días mileniales; pero, aun así, ello fue solamente preparatorio para el cumplimiento de Su propósito de morar en la tierra de una manera más excelente.

¿Qué es el Evangelio? (7)


7 ¾ Los dos caminos


¿Qué significan los dos caminos?

La exhortación de Cristo en Mateo 7.13,14 es: “Entrad por la puerta estrecha”. Luego explica:  Ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella.  Estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.

La vida, pues, es parecida a un viaje. Cristo señaló que toda la humanidad se divide en dos grupos que andan por sendos caminos. La mayoría anda mal y termina en la perdición. La minoría halla el buen camino que conduce a la vida eterna. ¿Quién sale de viaje sin preparativos o sin saber a dónde va? Nos toca, por lo tanto, considerar las palabras de Cristo.

¿Por qué es ancho el camino malo?

Es ancho porque muchos andan por él. Dios dijo: “Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles”, Romanos 3.12. Aunque nos parezca un dicho extravagante, Él indica por esto que no hay quien no se haya extraviado de la senda de la justicia. Es porque empezamos mal. La puerta es ancha; nacimos todos con la raíz del pecado; seguimos por su camino por nuestra propia voluntad. No hay hombre ni mujer que no haya manchado su vida en algo.

La opinión humana no siempre concuerda con esto. Salomón escribió que todos los caminos del hombre son limpios en su propia opinión, y agregó que hay camino que al hombre le parece derecho, pero su fin es camino de muerte; Proverbios 14.12, 16.25. Por este camino andan todos los que practican el pecado. Junto con ellos, en ese camino ancho que admite a toda suerte de gente, andan los religiosos que no se hayan arrepentido de verdad para entrar por la puerta única y estrecha.

Caín, por ejemplo, era religioso y creía en Dios, ofrendándole las obras de sus manos en penitencia. Dios no las aceptó porque Caín había rehusado la sangre de un sacrificio; Génesis capítulo 4. El apóstol Judas, refiriéndose a este caso, lamentó que muchos siguen el camino de Caín; Judas 11. Van a la perdición a pesar de que dicen creer en Dios, y a pesar de sus penitencias.

En el discurso de Mateo 7, Jesús habló no sólo de dos puertas y dos caminos, sino también de dos árboles y dos casas. Él hizo ver que es la naturaleza del árbol lo que determina su fruto, y es el fundamento de la casa lo que da su seguridad. El fruto malo y la casa caída son ilustraciones de personas con la confianza mal puesta en cuanto a la eternidad. ¡En el camino ancho caben toda clase de pecadores!

¿Por qué es estrecha la puerta del camino bueno?

Es lamentable pensar que Cristo haya tenido que decir que pocos son los que hallan el camino a la vida eterna. Pero, hoy por hoy, es así. Cada cual parece estar satisfecho con su propio camino, y pocos buscan la verdad de todo corazón. Se dejan engañar por la astucia del Diablo quien genera tanta confusión por las muchas religiones. Cristo no dijo que son muchos los caminos al cielo. Hay uno solo. La puerta es estrecha porque la entrada se limita por las condiciones que Dios impone. No cabe toda opinión humana.

Sólo Jesús ha podido proclamar: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”, Juan 14.6. El apóstol Pedro afirma: “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”, Hechos 4.12. Este camino fue abierto por Cristo y su obra en la cruz. Por cuanto ningún otro ha derramado sangre inocente en expiación por los pecados, la entrada al cielo se limita a aquellas personas que son perdonadas por su fe en la sangre de Cristo. El que busca perdón de sus pecados de otra manera, o por otro nombre, indica claramente que no tiene fe en la eficacia de la sangre de Jesús. Para el tal Jesucristo ha muerto en vano.

¿Qué se debe hacer?

No debemos engañarnos. Debemos tener la seguridad de estar en el buen camino. Está equivocado el que confía en nombre alguno que no sea el de Cristo. Si uno se encuentra equivocado en cuanto al camino, debe buscar el correcto. Cristo dijo: “Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán”, Lucas 13.24. Siempre hay obstáculos que vencer. No debemos dejar que otro nos estorbe en buscar la salvación, ni tener temor de qué dirán los demás. Hay que confiar como dijo el Señor, no sea que se incluya entre los muchos que quedan en el mal camino.

Toda puerta tiene sus dos lados. Hablando de la salvación, Cristo dijo: “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo”, Juan 10.9. Cada cual está lado afuera, sin Cristo, o lado adentro, habiendo entrado por fe en la vida nueva y eterna.