lunes, 26 de junio de 2023

¿Puedo fiarme en la Biblia?


 “Desde luego que he confiado en el Señor Jesucristo como mi Salvador, pero no puedo aceptar todo lo que leo en la Biblia”,

            A menudo esta es la opinión de jóvenes cristianos influidos por un punto de vista mundano que califica mucho, si no todo, de lo concerniente a Dios como no científico, mímico y anticuado. A pesar del aparente alto concepto que se dice tener del Señor Jesús, este tipo de observaciones encierra en su base una mentira, a saber, que se puede confiar en el Salvador, pero no en las Escrituras.

            Permítanme sugerir dos razones por las que esto es totalmente erróneo. Primero, Cristo y Biblia son inseparables en esencia, ya que ambos disfrutan del mismo gran título de “la Palabra” (Juan 1:1, 1 Pedro 1:25). Dan testimonio el uno del otro, y el Salvador es en sí mismo el clímax del mensaje de Dios para los hombres (Hebreos 1:1,2).

            Segundo, para el creyente la evidencia sobresaliente de la fiabilidad de las Escrituras es las enseñanzas de Cristo. Al fin y al cabo un cristiano es aquel que se ha sometido, por su propia voluntad y sin reserva, a un Salvador que reclama y proclama categóricamente ser “la Verdad” (Juan 14:6), e insiste en que aquellos que aceptan su señorío lo demuestren con una obediencia absoluta (Lucas 6:46). Además, para honrar al Señor Jesús, tenemos que aceptar su declaración acerca de las Escrituras. No hay otra alternativa para el cristiano consecuente.

            ¿Qué, pues, nos enseñó el Maestro? Podemos resumirlo en tres palabras: bautoridad binfalibilidad bsuficiencia.

            En Juan 10:34 al 36 el Señor utiliza referencias del Antiguo Testamento para apoyar sus demandas de divinidad, juntando en una estas tres verdades importantes para nuestra edificación: “¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois? Si llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y la escritura no puede ser quebrantada), ¿al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy?”

1. Autoridad  Al llamar el Antiguo Testamento “la palabra de Dios” (v. 35), el Señor Jesús está subrayando su origen sobrenatural. Desde luego, Dios usó instrumentos humanos para escribir sus palabras, pero de cualquier modo es su voz la que nos habla. La persistencia de los profetas, “Así dijo Jehová,” no es una fórmula sin sentido; es un constante y necesario recordatorio de que estamos escuchando no un razonamiento humano sino una revelación divina.

            En Pentecostés Pedro cuidadosamente diferencia entre el mensaje y el portavoz: “Era necesario que se cumpliese la Escritura en que el Espíritu Santo habló antes por boca de David” (Hechos 1:16). ¡Cuán reverentemente hemos de acercarnos a Libro que es en su totalidad el consejo del Dios vivo! El salmista escribe: “Bendecid a Jehová, vosotros sus ángeles, poderosos en fortaleza, que ejecutan su palabra, obedeciendo a la voz de su precepto” (Salmo 103:20).

            En nuestra lectura bíblica diaria, ¿estamos persuadidos de que esta es la voz de Dios, tan real, poderoso y llena de autoridad tal como si Él estuviese hablando audiblemente desde el cielo? Seamos como los tesalonicenses que recibieron el evangelio “no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios” (1 Tesalonicenses 2:13).

2. Infalibilidad             Si la autoridad enfatiza el poder de la Palabra, la infalibilidad nos revela su pureza, “libre de toda falsedad o error ... totalmente cierta y fiable en todas sus afirmaciones”. Esto es lo que el Señor Jesús está enseñando cuando sostiene que “la escritura no puede ser quebrantada” (v. 35). Él cita unas sesenta veces del Antiguo Testamento (y de ninguna otra fuente), nunca para censurar sino siempre para confirmar su exactitud.

            Piensa en alguno de los sucesos históricos específicos que Él corrobora: el relato de la creación (Mateo 19:4,5), el primer asesinato (Lucas 11:51), el diluvio universal (Mateo 24:37 al 39), la destrucción de Sodoma (Lucas 17:29). No podemos escapar al hecho de que el Salvador dio su sello de aprobación al Antiguo Testamento como inspirado por Dios y Palabra sin tacha. De hecho, fue todavía más lejos al preguntar cómo la gente puede creer en Él si rechazan las palabras de Moisés (Juan 5:46,47). Es lógicamente imposible para aquel que acepta la autoridad de Cristo, dudar de cualquier parte del Antiguo Testamento.

3. Suficiencia               La autoritaria e infalible Biblia no es un libro de texto estéril y polvoriento; por el contrario, es gloriosamente suficiente para satisfacer todas las necesidades del creyente. El Señor Jesús utilizó el Antiguo Testamento como su última corte de apelación cuando contestó a los judíos: ¿No está escrito en vuestra ley ...?” (v. 34). Por lo tanto, cuando los problemas, preguntas y situaciones difíciles se ciernan sobre nosotros, debemos volvernos al Libro.

            La suficiencia de las Escrituras se ejemplifica magistralmente en el modo en que el Señor Jesús derrotó a Satanás en el desierto. La serpiente antigua es ahuyentada simplemente por la efectiva y apropiada mención de las Escrituras (Mateo 4:4,7,10). El Hijo de Dios requiere de nosotros no una educación universitaria sino un conocimiento profundo de la Biblia para disipar las dudas y temores con que Satanás busca corromper nuestra mente. Pero, recuerda que para usar esta espada de dos filos debemos conocerla bien. Sólo el estudiante consagrado de la Palabra probará verdaderamente su suficiencia cuando la oportunidad lo requiera.

            Por si exista alguna objeción en cuanto a que el Señor Jesús está evaluando solamente el Antiguo Testamento, podemos demostrar que Él también autoriza el Nuevo por adelantado: “el Espíritu Santo ... os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14:26). Estas palabras anticipan y autorizan los Evangelios. “Él os guiará a toda la verdad” y “os hará saber las cosas que habrán de venir” (Juan 16:13), cubre las Epístolas y el Apocalipsis. Esto escritos también son autoritarias, infalibles y suficientes porque nacen del Espíritu que revela toda la verdad necesaria.

            Los mismos escritores del Nuevo Testamento reconocían que estaban transcribiendo la Palabra de Dios (1 Corintios 14:37), y así podían situar sus escritos en el mismo nivel con aquellos de Antiguo Testamento (2 Pedro 3:2,16).

            La conclusión es bien simple. Si confiamos en el Señor Jesús, debemos confiar en la Biblia entera, porque ésta cuenta con su sello de aprobación. Volvámonos, pues, del error que sustentaba nuestra cita al principio de este capítulo, hacia el glorioso ejemplo de Handley Moule cuando dijo, “Voy, no de una manera ciega sino reverente, a confiar en el Libro por causa de Él”.

LA PERFECTA PAZ DEL CREYENTE

 La paz no es algo que crece en el corazón, sino algo que fue por la sangre del Señor Jesús derramada en la cruz y que le dada al creyente. El Señor de gloria consumó la obra que le dada hacer. El Padre lo resucitó de entre los muertos y lo sentó a su diestra, ¿Acaso esto no es para nosotros? ¿Piensas que Él tiene paz con su Padre? No te mires a ti mismo, sino a Él, a Aquel que está sentado en la presencia del Padre, donde ninguna sombra podrá entrar jamás. Aquel que es el principio y cabeza de una nueva creación, una vez fue coronado con espinas, pero ahora está coronado con gloria. ¿Pueden el pecado Y la muerte tener algo más que decirle? Si Él es nuestra paz, entonces la paz que Él tiene en la presencia del Padre es nuestra—su misma Persona en gloria es la paz del creyente. Y Él, que es nuestra paz, también es nuestra vida y estamos escondidos con Él en Dios.

El asunto no es si nos sentimos en paz. Aquel que sufrió por nuestros pecados, el Justo por los injustos, es quien ha hecho la paz, y Él es nuestra paz. Podemos conocerla y disfrutarla. La paz que el Señor Jesús tiene con Dios también es nuestra paz. En cuanto al pasado, tengo perfecta paz; en cuanto al presente, tengo absoluto favor; y en cuanto al futuro, tenemos nada menos que la gloria de Dios por esperanza, e incluso podemos descansar ya en tal esperanza.

Antes mis pecados estaban entre el Señor Jesús y yo, pero ahora Él está entre mis pecados y yo. Al tomar este lugar, Él me ha hecho saber que, al hacerlo, me ha llevado a sí mismo y que ha llenado mi corazón con su propia paz. En la Persona de mi Señor, estoy limpio y soy transportado más allá del juicio, para siempre. El poder de la muerte ha sido anulado; el poder de Satanás finalmente ha sido quebrantado. Con un corazón alegre, elevo mi cántico de victoria, porque el pecado y la muerte han quedado detrás de mí. nuestra paz" (Ef. 2:14).

C Stanley

El Señor está Cerca

MUJERES DE FE DEL ANTIGUO TESTAMENTO (18)

 


La Reina de Saba Ni aún se me dijo la mitad… Jehová tu Dios sea bendito” (1 Reyes 10:7, 9).

La historia está en 1 Reyes 10:1-13 y 2 Crónicas 9:1-12.



La primera reina mencionada en la Biblia es la reina del país de Saba (que ahora es Yemen, al sur de Arabia). Jesucristo dijo que ella “vino de los fines de la tierra”.

Oyendo la fama que Salomón había alcanzado “por el nombre de Jehová” y de lo muy sabio y poderoso que era, ella decidió ir y ver por sí misma la grandeza de aquel rey. Era una mujer inteligente y preparó una lista de preguntas difíciles antes de ir a conocerlo. La verdadera sabiduría va acompañada de humildad.

La reina llevó consigo un gran séquito, camellos cargando especias, oro y piedras preciosas, además de comida. Sentada sobre un camello, ella emprendió un viaje de más de 3,000 kilómetros en busca de la sabiduría. Cualquiera que viese pasar esa caravana sabría que la reina de Saba se dirigía a Jerusalén para consultar al gran rey Salomón.

Finalmente llegaron y vieron la ciudad, el palacio del rey, sus hermosos jardines, y lo más importante, el templo de su Dios con sus sacrificios. La reina sentía confianza y pudo decirle al rey todo lo que ella tenía en su corazón. “Salomón le contestó todas sus preguntas, y nada hubo que el rey no le contestase”.

Cuando oyó la sabiduría de Salomón y vio la grandeza de sus edificios y de los holocaustos para la adoración a Dios, se quedó asombrada y dijo: “Verdad es lo que oí en mi tierra de tus cosas y de tu sabiduría; pero yo no lo creía hasta que he venido, y mis ojos lo han visto”.

            “Bienaventurados tus hombres… que están continuamente delante de ti”, exclamó la reina, oyendo su sabiduría y observando que los ciudadanos de Israel eran los más felices del mundo. Rebosando de admiración dijo que ni la mitad de eso había oído ella en su tierra y cuánto superaba la realidad a la fama de lo que ella había oído.

¡Qué hermoso cuadro para nosotras! Como la reina de Saba le expresó a Salomón todo lo que tenía en su corazón, el Señor nos invita a acercarnos a Él en oración y hallar la sabiduría divina. Los siervos estaban siempre delante del rey Salomón, y Dios nos anima a nosotras a disfrutar de su comunión diaria. “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2.9).

La reina le dio a Salomón los tesoros que había traído de su país y Salomón, el hombre más rico en el mundo, los recibió amablemente. Luego él le dio mucho más a ella y la dádiva de más valor que recibió la reina fue un mayor conocimiento del Dios del cielo.

La reina de Saba tuvo la sabiduría para reconocer la mano de Dios en la vida de Salomón y alabó al Señor. Pero no hay evidencia de que aquella mujer se haya convertido de sus dioses paganos para adorar al Dios de Salomón. Su reconocimiento de Dios no implica que lo aceptara. Ojalá que las verdades espirituales hayan hallado un lugar en el corazón de esta reina y que su visita al rey Salomón la haya conducido a una relación personal con el Señor.

Muchos años después, el Señor Jesucristo les dijo a los fariseos:

“La reina del Sur se levantará en el juicio con esta generación, y la condenará; porque ella vino de los fines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y he aquí más que Salomón en este lugar” (Mateo 12.42). Esa mujer hizo un viaje largo para poder oír las palabras de un hombre. Aquellos fariseos podían recibir las palabras de vida de la boca del Hijo de Dios allí donde estaban. Pero rechazaron su oferta de salvación y les espera la condenación.

Como dijo el apóstol Pablo: “Ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros” (Hechos 17:27). “Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que, si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Romanos 10.8-9).

Figuras de Cristo (18)


El Altar del Incienso (Éxodo 30:1-10) 

W.A. Deans

El Lugar Santo en el tabernáculo estaba separado del Lugar Santísimo por un velo; una hermosa cortina de lino.

Ya hemos leído acerca de dos cosas que estaban en el lugar santo: el candelabro de oro y la mesa de oro para los panes. La tercera cosa que estaba en el Lugar Santo era el altar del in­cienso. El sacerdote usaba este altar para quemar el incienso que subía a Dios como olor fragante. No era usado para sacrificios de animales.

El altar del incienso estaba hecho de madera de acacia y cubierto de oro. Era de medio metro de longitud, medio metro de anchura y casi un metro de alto. Había cuatro cuernos en las cuatro esquinas y un borde de oro alrededor de él.

El altar del incienso per­manecía enfrente del velo que dividía el Lugar Santo del Lugar Santísimo. Cada mañana y cada tarde, el sacerdote cuidaba las lámparas del candelabro y al mismo tiempo tomaba car­bones encendidos del altar de bronce que estaba en el patio y los ponía en el altar del incienso. Así había siempre fuego e incienso aromático ardiendo en el altar de oro.

Una vez cada año en el día de la expiación, el Sumo Sacer­dote tomaba sangre de un sacrificio del altar de bronce y la traía al Lugar Santo y la ponía en los cuernos del altar del in­cienso para hacer expiación por él. Nosotros también debemos ser limpios por sangre, la sangre de Cristo antes de que Dios pueda aceptar nuestra adoración.

El altar del incienso nos hace pensar del trabajo de Cristo en los cielos por su pueblo en la actualidad. Él está en la presencia de Dios en nuestro favor e intercede por nosotros, Hebreos 7:25 y 9:24.

Podemos alabar a Dios solamente a través de Cristo, Hebreos 13:15. Él es como un altar de incienso para nosotros. Ya hemos visto que la madera de acacia nos habla de Cristo como hombre y que el oro nos muestra que él es Dios. Él es el Hijo del hombre y el Hijo de Dios. Es Cristo como hombre que intercede por nosotros en el cielo, Hebreos 7:25.

Así en Apocalipsis 8:3,4 leemos acerca del ángel que per­manecía delante del altar del incienso. Este ángel es el Señor Jesús, léanse estos dos versículos despacio y con cuidado. Hoy, el Señor Jesucristo, nuestro Gran Sumo Sacerdote añade su incienso aromático a nuestras oraciones y juntos se elevan a través del fuego del Espíritu Santo en olor fragante agradable a Dios.

Todos los cristianos tenemos el privilegio de adorar a Dios como sacerdotes. Pedro escribió que somos piedras vivientes que somos usados en la construcción del templo espiritual donde servimos como sacerdotes. Nuestro servicio consiste en ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios a través del Señor Jesucristo, 1 Pedro 2:5. Ofrecemos sacrificios de alabanza a Dios a través de Cristo, nuestro Gran Sumo Sacerdote.

Ya hemos leído acerca de los carbones encendidos que el Sumo Sacerdote tomaba del altar de bronce para quemar el incienso en el altar del incienso. No podían ser usados otros carbones. Estos carbones del altar del sacrificio nos hacen pensar en la sangre de nuestro Señor Jesucristo y del fuego del Espíritu Santo. Nosotros también podemos traer nuestros sacrificios de alabanza solo a causa de la muerte de Cristo y a través del poder del Espíritu Santo. No permitamos ningún otro fuego, fuego no santo, y no tratemos de adorar a Dios de ninguna manera que no esté de acuerdo con su voluntad. Recuerda a Eliab y a Abiú, Levítico 10:1,2.

LEYENDO DIA A DIA EFESIOS (3)

 

1.15 al 23: Oración por sabiduría espiritual


La gracia de Dios y la respuesta del creyente causan gratitud y oración en Pablo. ¿Cuántas gracias damos nosotros por todos los santos? ¿Cuánta mención hacemos por ellos por nombre, cada cual con su necesidad particular? ¿Oramos por su progreso espiritual, o sólo por su bienestar temporal? ¿Incluimos a todos; el que anda mal, el siervo fiel, el menor y el mayor? Hacer esto consume tiempo. Pablo nos dio un ejemplo: “Siempre orando por vosotros”, Colosenses 1.3; “orando en todo tiempo … por todos los santos”, Efesios 6.18.

Él ora al Padre de gloria, la fuente de donde emana toda verdadera gloria, para que alcancemos conocerle de veras. Debemos aprender su voluntad diligentemente de las Escrituras, y llegar a conocerle más y más. “… añadid a vuestra fe … conocimiento”, 2 Pedro 1.5; “a fin de conocerle”, Filipenses 3.10; “que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual”, Colosenses 1.9.

Él quiere que los ojos de nuestro corazón sean alumbrados para conocer tres cosas y tener una convicción personal acerca de ellas:

Primeramente, debemos recordar que nuestro llamamiento trae en sí una esperanza, un ancla segura y firme para el alma. Somos salvos en la esperanza de una relación eterna con Cristo en gloria. Estar a la expectativa de aquel día es fortalecernos por las pruebas del presente. Fijar nuestro corazón no solamente en la redención del cuerpo sino también en estar con Cristo y ser como Él, nos librará de aspiraciones humanas.

Segundo, debemos considerar la abundancia de gloria que Dios tiene en su herencia en los santos. Todo verdadero israelita atesoraba grandemente la herencia asignada para él en Canaán. Pero Dios también tiene una herencia. Dijo Moisés, “La porción de Jehová es su pueblo; Jacob la heredad que le tocó”, Deuteronomio 32.9.

Debemos percibir nuestra salvación, no como una bendición para nosotros en primer lugar, sino como causa de placer y eterna gloria para Dios. Su obra espléndida en la creación física está eclipsada por sus triunfos morales y espirituales en su pueblo.

Tercero, necesitamos una convicción firme en cuanto a la supergrandeza de su poder. Es la poderosa fuerza que fue ejercida contra todos los poderes de las tinieblas cuando Él resucitó a Cristo de entre los muertos y lo entronó a su diestra por encima de todo. Este poder está disponible a nosotros que confiamos en él, y es un poder disponible ya.

“Lejos sea de mí que peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros”, 1 Samuel 12.23.

por K.T.C. Morris

domingo, 28 de mayo de 2023

Decir no a Dios

 

“Pero el pueblo no quiso oír la voz de Samuel, y dijo: No…” 1 Samuel 8:19

 


La escena narrada en 1 Samuel 8 se nos presenta como un «referéndum»: se trata de saber si el pueblo de Israel estaba en contra o a favor del régimen en el cual Dios era el único soberano. El resultado fue decisivo: “y dijo: No”.

La voz del profeta era la voz de Dios mismo: “No te han desechado a ti, sino a mí” (1 Sam. 8:7).

Hoy día, cerrando sus oídos a la Palabra, el hombre rechaza a Aquel que la escribió: “Mirad que no desechéis al que habla” (Hebreos 12:25). Desechar también se traduce por “excusarse” en Lucas 14:18. Es pues encontrar pretextos para alejarse de lo que Dios dice. Dios habla y el hombre encuentra escapatorias. Se dice: «Eso no es para mí, es para otros, cada uno obra distinto, no hay que ser tan terminantes». ¡Cuántas sutilezas somos capaces de inventar, y qué largas explicaciones sabemos dar, de modo que, si las consideráramos honestamente, podrían resumirse en una sola palabra: No!

¿Quién de entre nosotros no ha dicho, más o menos consciente, un «no» a Dios, un «no» a tal o cual mandato de su Palabra, un «no» que detiene nuestra marcha y paraliza nuestro servicio? ¡Qué contraste con la respuesta que dio cierta mujer cananea a una palabra —pese a haber sido áspera— del Señor Jesús: “¡Sí, Señor...” (Mateo 15:27)!

“Pero vosotros habéis desechado hoy a vuestro Dios, que os guarda de todas vuestras aflicciones y angustias, y habéis dicho: No” (1 Sam. 10:19).

Con dolor el profeta denuncia la ingratitud del pueblo que Dios había salvado de tantos males y angustias. Dijeron no a Dios; este «no» era dictado por el orgullo. Para aceptar al Dios que salva, es necesario no solamente reconocerse incapaz de salvarse a sí mismo; hay que ir todavía más lejos y juzgar la causa de todas nuestras “aflicciones y angustias”, a saber, nuestro alejamiento de ese Dios al cual, solo por nuestra culpa, ahora estamos obligados a pedirle socorro.

Y pensamos en ese Dios Salvador a quien el hombre rechazó. En la cruz, toda la humanidad se encontraba representada, desde el gobernador hasta el miserable ladrón; todas las clases sociales estaban allí, los judíos, los romanos, religiosos, políticos, los soldados y el pueblo, y de común acuerdo todos dijeron no a Jesús. Todos son responsables de este rechazo.

Pero, a su tiempo, cada individuo es puesto ante una elección personal: Cristo o Satanás. ¿A quién quiere servir? El Señor Jesús le ofrece una salvación gratuita, espera su respuesta. ¿Será ella el no de los israelitas de antaño o el sí de Marta de Betania: “Sí, Señor; yo he creído...” (Juan 11:27)?

“Me dijisteis: No, sino que ha de reinar sobre nosotros un rey; siendo así que Jehová vuestro Dios era vuestro rey” (1 Sam.12:12).

¿Qué motivos incitaban al pueblo de Israel a pedir un rey? Parecerse a las naciones vecinas, escapar de la vida de fe y de las exigencias de santidad que se imponían al pueblo de Dios. Conformidad al mundo, búsqueda de poder humano, espíritu de independencia, son tendencias que conocemos bien. Aceptamos la salvación que da Jesús, pero sus derechos sobre nosotros no son reconocidos. ¿Jesús como Salvador? Sí, ¿cómo Señor? No; lo hallamos demasiado exigente. Es cierto que solo el amor por Él puede hacer que sus mandamientos resulten fáciles, por eso la ley comienza con este mandato: “Amarás a Jehová tu Dios” (Deuteronomio 6:5).

Para el cristiano, obedecer deja de ser una penosa molestia si ama a su Señor: “El que me ama, mi palabra guardará”, dijo Jesús a sus discípulos (Juan 14:23).

Dios ha hablado y habla todavía; cada uno debe darle una respuesta. ¿Le dio usted la suya? Para muchos hombres a quienes la gracia invita, esta respuesta es un no despectivo. «No, tu palabra no me interesa. No, yo no me reconozco culpable y sobre todo incapaz de reformarme. No, no te quiero en mi vida». Tal vez usted no se atreve a decirle no de una manera tan brutal, pero, ¿no es lo que manifiesta su actitud con su conducta en la vida cotidiana?

INSTRUCIONES PARA EL TIEMPO DE ANGUSTIA

 En los capítulos 30 y 31 de Isaías, encontramos unas palabras dichas a Israel, que también son muy buenas para nosotros en los tiempos de angustia.    Escuchando diariamente los diferentes problemas de otros, hemos escudriñado la Palabra de Dios para ver cuál es el camino de liberación en tales circunstancias.

            Miremos lo que Él dice: ¡La primera instrucción es negativa! “¡Ay de los que descienden a Egipto por ayuda”! Esta frase la encontramos repetida en los dos capítulos que tenemos a la vista: por lo tanto, lector, si estás en angustia o dificultad, ¡no desciendas a Egipto! Egipto es una figura del mundo. Como hijo de Dios que eres, no busques ayuda en los del mundo, en los que no son creyentes. Abraham bajó a Egipto en el tiempo del hambre, para escapar del sufrimiento, pero se metió en peores circunstancias y dificultades allí, que no solamente lo afectaron a él personalmente y a su familia inmediata, sino también a sus descendientes por siglos futuros, usando a Agar la egipcia como instrumento. PARECE a veces, que los del mundo nos ayudan, pero, en realidad, solo nos traen más complicaciones.

            La vieja naturaleza que está en nosotros, fácilmente nos desvía para buscar ayuda y alivio entre los amigos o familiares incrédulos, pero cuando buscamos al mundo no fácilmente nos podemos desprender de él. Muchas veces hemos visto a creyentes metidos hondamente en Serias dificultades, porque buscaron alivio de alguna angustia (tal vez relativamente pequeña o liviana) entre los mundanos, procurando encontrar ayuda en el camino de la carne o sea de Egipto.

            Notemos que aquel pueblo era culpable del pecado de incredulidad. “¡Ay de los hijos que se apartan, dice Jehová, para tomar consejo, y no de mí; para cobijarse con cubierta, y NO DE MI ESPIRITU, añadiendo pecado a pecado!” La Palabra está llena de promesas maravillosas de liberación de parte de Dios, el Dios Todopoderoso, y es pecado tenerlas en poco e irse al mundo para buscar la ayuda miserable que ofrecen los incrédulos, aun cuando sean amigos muy estimados.

“Invócame en el día de la angustia: Te libraré, y tú me honrarás” Sal. 50.15. Al hacer así. recibírnosla verdadera ayuda que necesitamos y eso trae gloria a Dios. ¿Por qué bajar del nivel tan alto donde estamos en el Señor, para buscar o esperar la ayuda del hombre?

            Hermano, cuando te encuentres en circunstancias duras y penosas, BUSCA LA AYUDA DE DIOS y solamente de Él. Los proyectos del hombre, aun cuando sean muy sabios e inteligentes, conducen siempre al creyente a hacer lo que es desagradable a Dios y alejan su propia alma de la comunión con El. “La fortaleza de Faraón se os tornará en vergüenza, y el amparo en la sombra de Egipto en confusión” v, 3.

Instrucción Positiva

            En el versículo siete empieza la instrucción positiva: “Ciertamente Egipto en vano e inútilmente dará ayuda: por tanto, yo le di voces, que su fortaleza sería ESTARSE QUIETOS”. Esto nos recuerda de Isaías 40.31: “Mas los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas”: y del Salmo 27.14: “Aguarda a Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón: sí, espera a Jehová”.

            La primera cosa, entonces, que hay que hacer cuando nos encontramos perplejos es “estarse quietos”, Hay una razón muy importante del porqué de esto. Primeramente, se necesita considerar y escudriñar el corazón para entender por qué ha venido la dificultad, perplejidad o prueba de la vida. Si no entendemos el porqué de ello podemos, con ligereza de carne, meternos más hondamente en la dificultad.

            En las esquinas da las calles en las ciudades grandes hay unas luces rojas que se encienden de vez en cuando para dar la señal al tráfico de “pararse”. Nuestra dificultad puede ser como esa luz, una señal para pararnos en nuestro camino, tal vez un, camino fuera de la voluntad de Dios. Sin duda Dios quiere, por medio de esa prueba o dificultad, dirigirnos a otro camino, el camino que Él quiere que sigamos.

            Las dificultades del pueblo de Israel fueron siempre causadas por el pecado; habían desobedecido a Dios. Insistieron en que los profetas les profetizaran no “lo recto” sino “cosas halagüeñas” v. 10. Es muy notable y muy triste que en las épocas cuando Israel desobedeció a Dios, no quería oír nada acerca de sus pecados. Esta condición es muy común entre los creyentes hoy día y la única liberación viene por confrontar el pecado honestamente, arrepentirse y confesarlo. Israel no lo hizo y, hasta hoy sufre las consecuencias, por lo tanto, no ha sido librado. Si tú es­tás en alguna prueba o ansiedad reconoce tu pecado, confiésalo y espera pacientemente en el Señor, para que Él te enseñe si hay algo en tu vida o conducta que te está causando sufri­miento. Hay muchas angustias en esta vida que no se pueden evitar, pero nos causa verdadero asombro, a veces, notar que algunos creyentes deliberadamente se causan dificultad a sí mismos, por su propia conducta mala o necia. Si Dios te enseña que estás equivocado, cambia tus caminos o tu proceder.

            “Su fortaleza sería estarse quietos”, v. 7. Mientras estamos esperando en el Señor, debemos tener la seguridad que Él nos va a librar. Unos creen que Dios se complace en afligir a sus hijos, pero la Palabra de Dios nos muestra que no es así: “Muchos son los males del justo; más de todos ellos lo librará Jehová” Sal. 84.19. “Empero Jehová esperará para tener piedad de vosotros...porque Jehová es Dios de juicio: bienaventurados todos los que le esperan” v. 18; Lam. 3.31-33.

Muchas veces, Dios espera hasta que quitemos el pecado o la desobediencia que obstruye. “El Dios de todo saber es Jehová, y a él toca el pesar las acciones” 1 S. 2.3.

            Cuando quites todo estorbo de tu vida y corazón: “el que tiene misericordia se apiadará de ti; en oyendo la voz de tu clamor te responderá” v. 19.

            Es mucho más fácil aguantar la angustia o aflicción si tenemos plena seguridad que Él nos va a librar a su tiempo. Lo que aumenta la pena es el temor y la falta de fe al no esperar en El para librarnos. Recibimos fuerza y aliento cuando sabemos que Él va a obrar a nuestro favor. ¡Qué consuelo es saber que “en oyendo la voz de tu clamor te responderá” v. 19; Dn. 3:17!

            En el versículo 20 vemos algo del propósito de Dios en afligir. “Bien que os dará el Señor pan de congoja y agua de angustia, con todo, tus enseñadores nunca más te serán quitados, sino que tus ojos verán tus enseñadores”. El resultado de la aflicción, cuando escudriñamos nuestro corazón y espera­mos quietamente en el Señor, es que aprendemos sabiduría para la vida. Muchos pueden testificar, con gozo y bendición, de lo que han aprovechado por medio de las angustias.

            La mañana de la resurrección sólo podía seguir a la crucifixión.

            La tierra que fluye leche y miel siempre se encuentra después de atravesar el Jordán. El grito de victoria sigue a la lucha. El valle de Baca (llorar) se convierte en una fuente que satisface al sediento.

            “Por la tarde durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría” Sal. 30.5.

            Además, las desazones nos enseñan cómo andar; “Entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él; y no echéis a la mano derecha, ni tampoco torzáis ala mano izquierda” v. 21.

            Conforme esperamos en el Señor, Él nos hablará por su Palabra, enseñándonos los pasos que debemos tomar, porque en un momento podemos dar un paso en falso que nos sumerge en grandes dificultades o aflicciones. Al oír su voz diciéndonos: “este es el camino, andad por él”, no hay más que obedecer, aunque sea largo y duro.

            La mayoría de los creyentes andan descuidados, sin ejercicio de alma en la presencia de Dios, y sin buscar cuál es el camino que Él quiere que tomen para sus vidas y actividades, especialmente en los tiempos cuando todo parece bien en sus asuntos. El creyente que vive así, de repente, se halla sumergido en una dificultad bien seria. Por ejemplo, encuentra que se ha casado con una persona con quien no debería haberse casado; ha tomado un mal paso en el negocio; ha comprado una propiedad que no convenía que comprara; ha aceptado un empleo que no debería o se ha trasladado a vivir a un lugar que no era bueno para su vida o para su salud corporal o espiritual.

            Los compañeros de Pablo en el buque, cuando sopló el viento del Sur, pensaron que ya tenían lo que deseaban y que habían conseguido su propósito, pero cuando ya estaban demasiado lejos para regresar, les vino el viento repentino que arrebató la nave y los llevó al naufragio inevitable. Así sucede al creyente descuidado o desobediente. La nueva criatura debe andar en un camino y de un modo diferente a los demás, primeramente, debe aprender a oír la voz de Dios, y luego tomar el paso indicado por Él.

            Tal vez nos parece un caminar muy despacio, porque antes, cuando hacíamos nuestra propia voluntad, no teníamos que esperar a nadie, pero cuanto más despacio el camino, tanto más seguro, porque nos trae la seguridad que estamos haciendo la voluntad de Dios.

            Notemos el resultado de este proceder: “Entonces dará el Señor lluvia a tu sementera, cuando la tierra sembrares; y pan del fruto de la tierra; y será abundante y pingüe; tus ganados en aquel tiempo serán apacentados en anchas dehesas’’ v. 23. Aquí vemos la bienaventuranza de la liberación de Jehová. Con razón leemos en el versículo 18; “Bienaventurados todos los que le esperan”. ¡Librados y bendecidos!

            Job fue librado de sus aflicciones tan tremendas, y no sola­mente librado sino bendecido doblemente. El libra de la pena y enriquece en su conocimiento. Pablo dice que, por la aflicción el amor de Dios está derramado en nuestro corazón. Después de pasar por un tiempo de prueba, tenemos más sabiduría y también podemos simpatizar con los otros para darles consejo oportuno y sano cuando ellos estén pasando por angustia. 2 Co. 1.3-7.

            Por el sufrimiento aprendemos la obediencia y Dios nos da el privilegio de servirle de una manera más amplia, ensancha el campo de servicio y nos guía a pastos verdes de comunión. Aprendemos también por experiencia, lo que tal vez hemos sabido ya de memoria, que: Jehová es mi Pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará yacer: Junto a aguas de reposo me pas­toreará. Confortará mi alma; guiaráme por sendas de justicia por amor de su nombre. Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno; porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento. Aderezarás mesa delante de mí, en presencia de mis angustiadores: ungiste mi cabeza con aceite: mi» copa está rebosando. Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida: y en la casa de Jehová moraré por largos días. Sal. 23.

Tr. por M. de K.