sábado, 25 de julio de 2026

JESÚS: DIOS CON NOSOTROS

 

"Y llamarás su nombre Emmanuel, que, declarado, es: Dios con nosotros" (Mateo 1:23).


En el Antiguo Testamento, desde el Génesis hasta Malaquías, tenemos una continua proclamación mesiánica. Israel aparece como un gigantesco pregonero del Mesías. Podemos por verlo ya, desde las manifestaciones vividas por los hombres de Dios, como, por ejemplo, Abraham ofreciendo a Isaac para el sacrificio, hasta la clara y sublime predicación, de Juan el Bautista. Israel no ignoraba aquella promesa que resonó en el Edén cuando el primer pecado, ni tampoco aquel pacto de alianza como pueblo sometido al servicio de Dios. Rodeados de pueblos entregados a ritos misteriosos y arrebatos pecaminosos, completamente hundidos en el lejano paganismo, no faltáronles los peligros de desviación, siempre denunciados por los profetas y los siervos de Dios; pero a pesar de todas estas circunstancias, el anuncio de la venida de Cristo estaba latente.

Cuando el anuncio tomó realidad, cuando el Verbo de Dios fue hecho carne, cuando vino el Emmanuel prometido -- Dios con nosotros— tendióse entonces el puente sobre el abismo de separación. La mediación redentora estaba realizada. El eslabón divino fue unido a la cadena rota. Dios ofrecía al hombre el medio para obtener la reconciliación. “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia por gracia”.

Consideremos, pues, la grata significación del Dios humanado y el de Dios en la vida del hombre. Lo primero, extracto maravillosa Cristología, y lo segundo, obtención del resultado positivo de la vida cristiana en el mundo. Vivimos hoy día en un mundo saturado de toda clase de crisis, de subversión de valores, fascinado totalmente por los adelantos científicos y técnicos. Conforme esa manera de vivir va ganando terreno y corazones, el hombre moderno está perdiendo todo sentido de la realidad soberana de Dios. Quieren sacudirse de encima todo contenido religioso o espiritual, considerándolos como ideas vacías o de peso inútil en el plano existencial. Existe una extensa mayoría, algunos, incluso, registrados como personas "religiosas", que piensan jactanciosamente que Jesús fue solamente un idealista, y mártir de su propia doctrina, pero que no admiten al Emmanuel, rechazan al verdadero Dios hecho hombre.

La gran trascendencia es que el Hijo de Dios vino para habitar entre nosotros, especialmente para siempre en los corazones reconocidos y redimidos. El testimonio del apóstol Pablo en Colosenses 1:9-23, es elocuente, bien definido. Cristo "es la imagen del Dios invisible", el primero de toda criatura, creador de todas las cosas, eterno, cabeza de la iglesia, reconciliador, “en el cual tenemos redención por su sangre, la remisión de pecados”. Estamos rodeados de gentes incrédulas, que niegan o reniegan del Mesías, así también, en contraste, de gentes dadas a las idolatrías más estrafalarias.

Hermanos creyentes, procuremos afianzar bien nuestra fe en la divinidad de Cristo. Estemos firmes permaneciendo en la verdad. Por todas partes florecen doctrinas contradictorias, ya sea en lo social, en lo religioso, como en lo filosófico. ¡El materialismo modernista y la idolatría desenfrenada por encima de los propósitos divinos! Olas de angustia y de tinieblas es el triste espectáculo de hoy. Todo es producto de la insubordinación a Dios.

Ciencia, arte, progreso, prosperidad, son valores secundarios. No hemos de dar tanta importancia a lo secundario descuidando lo verdaderamente trascendente. La santidad y majestad de Dios, la grandeza de sus obras, su amor y misericordia, es lo digno de admiración, motivos de adoración al Señor. De adoración ciertamente; pues es menester sentir esa reverencial inclinación del espíritu a su Creador. La adoración es el profundo sentimiento de gratitud y reconocimiento del corazón cristiano; rechazarla sería muestra de un corazón desagradecido, egoísta, falso e infecundo. Los ángeles alabaron a Dios, diciendo: "Gloria en las alturas a Dios, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres". La piedra principal la tenemos ya Jesús es Dios, es Emmanuel.

Dios envió al Señor Jesucristo por amor nosotros. La renuncia y la abnegación divina nos conmueve. Existe, por lo tanto, una invitación a que renunciemos de la vida y vivamos según Cristo. "A que dejéis, cuanto, a la pasada manera de vivir, el viejo hombre que está viciado conforme a los deseos de error; ya renovaros en el espíritu de vuestra mente, y vestir el nuevo hombre que es criado conforme a Dios en justicia y en santidad de verdad" (Ef. 4:22-24). Equivocados están aquellos que buscan en el cristianismo evangélico un refugio de tranquilidad o de seguridad terrenal, un lugar para servir a sus conveniencias personales, una armonía según la carne. San Pablo nos da una expresión excelente de su posición: "Las cosas que para mí eran ganancias, las tengo completamente perdidas por amor de Cristo". Sí, por encima de todo, que Cristo esté entronizado en nuestro corazón, sea el motivo de nuestra tendencia, de nuestra vida, sea Dios con nosotros, "para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y de los que, en la tierra, y de los que debajo de la tierra; toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor' a la gloria de Dios Padre". Amen.

Francisco Fernández Marín,Contendor por la Fe

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