No todo conviene en la
evangelización
Generalmente es
conocido que hay tres clases de sacrificio en el mundo: sacrificio judaico,
sacrificio cristiano y sacrificio pagano. El sacrificio judaico no se efectúa
desde que el templo de Jerusalén fue derribado y su “casa fue dejada desierta”.
(Mateo 23:38) El sacrificio pagano está en su apogeo desde los días antes del
diluvio, posiblemente introducido por Caín o alguno de sus hijos, y
protagonizado por el romanismo en su multiplicación de altares, de misas
ofrecidas a los muertos y a las imágenes en sus festividades, llevando toda la
grosura del pagano con el nombre de cristiano. El sacrificio cristiano lo
estableció nuestro Señor Jesucristo para que los creyentes verdaderos hagan
memoria de la muerte y resurrección del Señor en todos los tiempos, hasta su
venida otra vez por su pueblo.
Con esto por
delante, quiero escribir sobre cinco sacrificios, todos con el fin a la
edificación de los creyentes.
Sacrificio
que escandaliza
“Sacrificio a los
ídolos” (1 Corintios 8:9,10) De seguro que algunos más fuertes o más
indulgentes consigo mismos estaban participando de lo sacrificado a los ídolos,
y los otros hermanos más débiles y sencillos eran escandalizados y expuestos a
caer en transgresión y extravíos que los llevaría lejos de la doctrina
apostólica.
Aplicamos esto a la libertad
que tenemos por el evangelio, y que algunos hermanos se toman desmedidamente en
participar en algunas cosas, aunque sean lícitas, sin considerar los efectos
que produciría en otros. Son varios los hermanos que, al oír de alguna
innovación, —“congreso evangélico”, “campaña de sanidades”, “evangelismo a
fondo”, y otros— ya tienen las narices metidas en el lugar. Por discreto que el
hermano sea, alguna cosa se le pega. ¿Quién es el que entra al monte y no
consigue cadillos? Si el efecto de esa libertad cundiera solamente en el
hermano autoindulgente, allá con el Señor, pero son las secuelas; pero son las
secuelas de arrastrar a otros consigo, escandalizando a los santos y a los
profanos. Algunos han ido muy lejos de la línea espiritual, y en su orgulloso
libertinaje les pareció bien que la cena del Señor debe celebrarse con miel y
pescado.
Otros son los nuevos “Movimiento Ebenezer”, que el
pueblo escandalizado los ha bautizado con el mote de “los evangélicos de la
nueva ola”. El nombre es bien confirmado porque diez o doce años atrás decíamos
que “los pentecostales tienen sus errores, pero son santos”. Hoy cuando vemos
esas reuniones que no apelan a nuestro “racional culto”, más bien es una
aberración. El escándalo ocupa el primer lugar, los gritos son de histéricos o
desquiciados. Observamos una de esas reuniones donde hombres, mujeres y niños
llegaban a paroxismo de la emoción provocados por la música, el palmoteo y la
gritería. Estos salían al centro del salón en ritmo bailable; mientras tanto un
pastor o anciano iba tocando la cabeza de las mujeres que, llenas de alboroto,
cantaban y palmoteaban en los bancos. Luego aquellas personas que bailaban iban
cayendo al suelo con una excitación espantosa, mujeres con las piernas
levantadas en alto mostrando un espectáculo deshonesto. Algunos tenían que ser
sujetados para no caer de bruces o de espaldas. Durante esto, el pueblo
escandalizado, es atraído por la barahúnda. El pueblo grita, palmotea y se
emociona también Entre ellos hay gente sensata que observan con discernimiento
y al fin se despiden diciendo: “El evangelio no es así”. Nosotros nos vamos
también y decimos: “Esto no es de Dios”.
No debe sorprendernos, ya que estas cosas son
manifestaciones de los últimos tiempos y peligros de los últimos días. No
importa lo que suceda, la generación presente está dispuesta, con o sin la
voluntad de Dios, a complacer sus caprichos y ambiciones. Cada uno quiere hacer
su sacrificio a su manera. Cada uno quiere hacer una torre. “Han comenzado la
obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer”. (Génesis
11:6) Hoy los caballos de carrera son dopados por una droga en ampolletas con
el fin de que los nervios se les contraigan, no rindan en el galope y pierdan
la carrera. La gente de bajo fondo se droga para llevar a cabo sus instintos
criminales. Estos ultras religiosos de los últimos tiempos cautivan con sus
coros, su balanceo, la bulla de sus instrumentos músicos, las maracas
religiosas y los gritos.
Cuando esa droga
de entusiasmo está en acción, de repente se oye la voz del pastor: “¡Ahora
vamos a hacer la colecta, una buena colecta porque Dios ama al dador alegre!” y
la gente como hipnotizada vacía instintivamente el bolsillo. Se dio el caso que
el día que fui a ver esta “nueva ola” pasaron el cepillo dos veces. El público
estaba hechizado. “Por lo cual, al oír todos los pueblos el son de la bocina,
de la flauta ... y de todo instrumento de música, todos los pueblos, naciones y
lenguas se postraron y adoraron la estatua”. (Daniel 3:7) El dios de la plata
de los evangélicos de la nueva ola.
El único apoyo que
estas gentes tienen para su extravío es Israel y su rey David saltando delante
del arca, y varios salmos proféticos mesiánicos. David era judío. ¿Son judíos
esos pentecostales? Los hebreos eran circuncidados. ¿Son circuncidados esos
pentecostales? Los judíos expiaban el pecado por la sangre de los sacrificios
ofrecida en el tabernáculo y en el templo. ¿Ofrecen sacrificios de sangre esos
pentecostales? Llama la atención que personas inteligentes no toman en cuenta
la transición de las dispensaciones. Mientras el tabernáculo estaba en el
desierto, nunca hallamos que los servicios o sacrificios fueron celebrados con
estruendo, porque el arca e Israel eran peregrinos.
Fue David cuando
ya reconoció que el arca iba a ser asentada y el pueblo había entrado en su
posesión, que dio principio al culto excitable y emocional en la dispensación
de la ley. Así también ahora en la dispensación de la gracia, la iglesia del
Señor es peregrina. Su culto es en el Espíritu, desprovisto de bullaranga hasta
que “el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de
Dios, descenderá del cielo”. (1 Tesalonicenses 4:16)
Decidme:
¿En qué parte del Nuevo Testamento el Señor o los apóstoles celebraron
reuniones o cultos escandalosos y extravagantes como los que celebran esos
nuevos pentecostales? “Pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz”. (1
Corintios 14:33)
Sacrificio
que beneficia
En el artículo
anterior hablé del sacrificio que escandaliza. Hoy me propongo escribir sobre
el sacrificio que beneficia.
“¿No
sabéis que los que trabajan en las cosas sagradas, comen del templo, y los que
sirven al altar participan?” Así también ordenó el Señor a los que anuncian el
evangelio, que vivan del evangelio. (1 Corintios 9:13,14) Era ordenado por Dios
que los sacerdotes se beneficiaran de las ofrendas de las cosas santas
reservadas al fuego: todo presente suyo, expiación por el pecado, expiación por
la culpa, las ofrendas elevadas de sus dones, mosto, trigo, aceite, primicias y
otros más. (Números 18:8-20) Queda señalado expresamente que los levitas y
sacerdotes eran partícipes del beneficio, ya que Dios a nadie le debe; más bien
retribuye con más de lo que nosotros pensamos.
Pablo
en poco se aprovechó de este beneficio ordenado por el Señor, y tenía razón.
¿Qué hubieran pensado y dicho los gentiles en los lugares donde él llegaba si
hubiera empezado a recoger dinero o a ser una carga para los nuevos creyentes?
(2 Tesalonicenses 3:8,9, 2 Corintios 11:7-9) Con todo, el Señor sostuvo a su
siervo en la medida y momento necesario.
El
que escribe cita la experiencia siguiente: Hace algunos años un hermano y yo
nos metimos en una montaña de San Casimiro llamada Roncador con el fin de
llevarle el evangelio a algunos agricultores que nunca habían oído ni sabido
nada del evangelio. Un hombre con un pequeño negocito nos recibió y nos
alimentó por tres días, y no quiso recibir un centavo ni aun cuando le rogamos
que lo hiciese. Cuando nos despedimos nos compró dos Biblias.
Otra anécdota nos
la refirió Don Juan Wells acerca de una de sus experiencias personales cuando
estuvo por primera vez en Venezuela. “Había muy pocas asambleas para aquel
tiempo, y las que había eran pobres en número y económicamente. Yo estaba pasando,”
nos dijo, “por pruebas agudas de diferentes maneras; mi esposa estaba en cama,
enferma. Teníamos dos niños tiernos ignorantes de nuestra situación, y por
recursos sólo me quedaban Bs 5,00. Cuando estaba en esta preocupación demasiado
extrema, me llegó por un medio extraviado y de donde menos pensaba la comunión
oportuna”.
“Al descender a
tierra, vieron dos brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan”. (Juan
21:9) ¡Pobre Elías! el camino había sido largo, estaba cansado, tenía hambre:
“y echándose debajo del enebro se quedó dormido; y he aquí luego un ángel le
tocó, y le dijo: `Levántate, come´.” (1 Reyes 19:2-8) Él nunca falta.
Pablo enseñaba
este mandamiento del Señor en las iglesias: “Si nosotros hemos sembrado para
vosotros cosas espirituales, ¿es mucho que cosechemos de vuestras cosas
temporales. El que es enseñado en la palabra de Dios comunique con aquel que le
enseña, en toda suerte de buenas cosas. A causa de vuestra participación en la
promoción del evangelio, desde el primer día hasta ahora. Mostradle, pues, en
presencia de la iglesia, la prueba de vuestro amor, y de lo que nosotros nos
hemos gloriado acerca de vosotros. Debemos pues acoger a los tales a fin de que
nosotros seamos cooperadores a la diseminación de la verdad”. (1 Corintios
9:11, Gálatas 6:6, Filipenses 1:5, 2 Corintios 9:24, 3 Juan 8)
El corazón
agradecido corresponde no como un deber, no por necesidad, no por caridad, no
por limosna sino por amor al Señor que nos salvó e instituyó el mandamiento.
Dar a la obra del Señor es un privilegio por cierto desconocido para los
muchos. Algunos no dan “porque no tiene que dar” (Lucas 14:14) Algunos no dan
porque no quieren dar. (1 Samuel 25:1) Algunos no dan porque quieren dar mucho
y al fin no dan nada. (2 Corintios 8:12) Algunos no dan como sacrificio sino de
lo que les sobra. (Lucas 21:4) Algunos dan por vanagloria, para ser mirados de
los otros. (Lucas 18:12) Pero hay los que dan como panal de miel, voluntaria,
silenciosa, alegre, amigable y devocionalmente.
El concepto muy
profundo que tienen aquellos que han trillado la senda del Señor por largos
años es que, si el Señor ha enviado sus siervos, él es responsable de su
sostén, ya que “ninguno sale a la guerra a sus propias expensas”. (1 Corintios
9:7) De modo que, si el obrero trabaja y no recibe salario, debiera asegurarse
si el Señor lo llamó. (Mateo 20:7) Muchos obreros hay cuya vocación es alentada
por el salario. Algunos han abandonado la grey porque sus ambiciones carnales
no son satisfechas y otros exigentes llegan a poner cargas a su congregación,
imponiendo un “señorío por torpe ganancia”. (2 Corintios 11:13-20)
¿Qué pasó con
Demas? Este llegó a ser partícipe del beneficio en Colosas como en Roma. Aquí
llegó a ser cooperador de Pablo en sus prisiones. ¿Qué le desvió? ¿el deseo a
las comodidades? ¿una codicia secreta? ¿el aplauso y el abrazo del mundo? ¿el
brillo falaz de la política? Sólo sabemos: “Demas me ha desamparado, amando
este siglo, y se ha ido a Tesalónica.” (2 Timoteo 4:10)
“Las
zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; más el Hijo del Hombre
no tiene donde recostar su cabeza”. (Lucas 9:57,58) El servicio del Señor tiene
sus altos y sus bajos, días de gozo y días de pruebas. A todo esto, el salmista
nos da un buen aliciente: “Aunque afligido yo y necesitado, Jehová pensará en
mí. Mi ayuda y mi libertador eres tú; Dios mío, no tardes”. (Salmo 40:17)
Sacrificio
que contamina
En el primer
remito os hablé del “sacrificio que escandaliza”; en el segundo os enseñé del
“sacrificio que beneficia”; ahora estoy escribiendo sobre el “sacrificio que
contamina”.
“Mirad
a Israel según la carne; los que comen de los sacrificios ¿no son partícipes
del altar? Antes digo que los que los gentiles sacrifican, a los demonios lo
sacrifican y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los
demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no
podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios”. (1
Corintios 10:18,20-22)
El Señor condena la apariencia, porque de aquí
se llega pronto al fingimiento, luego sigue a la hipocresía, de ahí pasa a la
traición, y al fin desemboca en la corrupción. El romanista asiste a la misa,
lleva las “aguas” a un brujo, carga con una cruz en el pecho, milita en el
comunismo, participa en una fiesta pagana y con la imagen de un santo patrón
bebe aguardiente y reza el rosario. El creyente en Cristo es santo, apartado y
consagrado para el servicio del Señor.
Se
contamina el creyente que voluntariamente se presta a participar de las cosas del
mundo. ¿Cómo pueden sentarse en camaradería los discípulos del Señor y los
discípulos del diablo? El Señor es celoso de su soberanía y santidad:
“¿Provocaremos a celos al Señor? ¿Somos más fuertes que él?” (1 Corintios
10:22) La separación del creyente es doctrina muy antigua. Al que Dios toma por
hijo lo hace partícipe de su santidad. “Como aquel que os llamó es santo, sed
también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir”. (1 Pedro 1:15)
La
primera cosa que el Señor le retira al creyente que juega dos cartas es su
poder; pierde el influjo hasta en su misma familia; es derrotado en sus
relaciones con el mundo, como Israel cuando entraba en comandita con los
paganos. El creyente que prospera en sus relaciones con el mundo, estando mal
con el Señor, debe examinarse si es salvo.
La biología enseña
por diferentes análisis cómo el cuerpo puede demostrar la contaminación de una
enfermedad. Examen de sangre, examen de esputos, de urea, de heces, por el
líquido de la médula, por las lágrimas o la cera de los oídos. Así también las
Escrituras nos enseñan las manifestaciones del individuo que está contaminado.
Los que causan
divisiones están contaminados por pecado grave. (Tito 3:10,11)
Los incrédulos están
contaminados en su propia conciencia. (Tito 1:15,16)
Los sofistas están
contaminados en sus propios argumentos. (2 Timoteo 2:16-18)
Los adúlteros y
fornicarios están contaminados en la inmundicia de su carne. (1 Corintios
5:5-11)
Los que buscan riquezas
por medio de loterías, terminales, carreras de caballos o petardista para apoderarse
de alguna herencia están contaminados de su propia avaricia. (Proverbios 28:20,
1 Corintios 5:11)
El que anda
desordenadamente está contaminado de su propio orgullo. (2 Tesalonicenses
3:6,7)
El que se une en yugo
desigual se contamina, y tendrá siempre como un acicate a su conciencia por su
desobediencia. (2 Corintios 6:14-18)
El
creyente que, por afinidad, o por incapacidad, o por libertad, o por falta de
autoridad participa involuntariamente de reuniones y fiestas sociales en la
casa donde habita, se debe sentir muy atribulado, porque el espíritu que está
en el hermano se rebela a participar de esas licencias. Se necesita mucho
ejercicio de oración para mantenerse limpio; aun con todo esto el creyente,
cuando va a su cama en la noche, sentirá delante del Señor que ha sido
derrotado por diferentes tentaciones.
Si
a las cosas insignificantes se le da lugar primero que, a las cosas del Señor,
aquellas llegan a contaminar y a enseñorearse del individuo. Conozco a una
hermana que lee la prensa todos los días. (Yo también la leo si tengo tiempo.)
Esta hermana al verme lo primero que me dice: “¿Qué le parece los asaltos, y al
hombre que mataron, y el incendio de la fábrica, y la niña que violaron, y
adonde llegó el precio del queso y las caraotas?” Nunca esta hermana me dice:
“El Señor viene pronto, porque yo leí hoy, `Que cuando digan paz y seguridad,
entonces vendrá destrucción repentina, como los dolores a la mujer en cinta y
no escaparán”.
Yo
no digo que esa hermana no lee su Biblia, pero ella se contamina, porque el
primer pan del día que da a su alma y su mente son las noticias del mundo. “Los
que son de la carne, piensan en las cosas de la carne; pero los que son del
Espíritu en las cosas del Espíritu”. (Romanos 8:5) “Todas las cosas me son
lícitas, mas no todas las cosas convienen; todas las cosas me son lícitas, más
yo no me dejaré dominar de ninguna”. (1 Corintios 6:12)
Sacrificio
que nos identifica
Os hablé del
sacrificio que escandaliza, del sacrificio que beneficia, del sacrificio que contamina.
Hoy quiero hablar del sacrificio que nos identifica.
“Tenemos
un altar, del cual no tienen derecho de comer los que sirven al tabernáculo,
porque los cuerpos de aquellos animales cuya sangre, a causa del pecado, es
introducida en el santuario por el sacerdote, son quemados fuera del
campamento. Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo con su propia
sangre, padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues a él, llevando su
vituperio”. (Hebreos 13:10-13)
Este sacrificio se
efectuaba el gran día de la expiación. Todo era tipo y sombra de bienes
venideros, porque ni el sacerdote ni el sacrificio eran perfectos, tampoco
podía haber una conciencia perfecta. Mas venido Cristo como sacerdote y víctima
a la vez, leemos: “Pero ya presente Cristo como sacerdote de los bienes
venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es
decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros,
sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el lugar santísimo,
habiendo obtenido eterna redención”. (Hebreos 9:11,12)
Cristo
salió fuera del cielo para identificarse con el hombre arruinado por el pecado.
Cristo padeció fuera de la puerta a fin de santificarnos y hacernos aptos para
las exigencias y virtudes divinas. Cristo padeció fuera de la puerta para
reconciliar a los que estaban dentro y a los que estaban fuera, “y mediante la
cruz reconciliar a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y
vino y anunció las buenas nuevas a vosotros que estabais lejos y los que
estaban cerca; porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por
un mismo Espíritu al Padre”. (Efesios 2:16-19)
En
los días en que el Señor estuvo presente en la tierra hubo los que creyeron en
él; reconocieron que era el Mesías, pero no tuvieron el valor de confesarlo
porque no estaban dispuestos a salir fuera del campamento. (Juan 12:42,43) El
ciego de San Juan capítulo nueve es tipo del creyente fiel en la ausencia del
Señor. Aquel ciego creyó por fe, sin haber visto a su Sanador. Sufrió el
vituperio de Cristo hasta ser echado fuera del campamento, pero ¡qué recompensa
cuando sus ojos contemplaron al Señor! “¿Crees tú en el Hijo de Dios? y él le
dijo: Creo, Señor, y le adoró” (Juan 9:1-38) La mayor recompensa para el que ama
y sirve al Señor, y sufre vituperios por su nombre, no es tanto la vida eterna
o entrar en el cielo; es ver y adorar a su Señor y Salvador.
Entendemos
que Pablo es el hombre que se pone más cerca del ejemplo del Señor, ya que
tenía muchas prerrogativas para permanecer bajo el techo de aquel campamento:
“Circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín,
hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor
de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible. Pero
cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de
Cristo”. (Filipenses 3:5-7)
Es
tema de reflexión el amor que Jonatán tenía por David y el conocimiento de su
persona. Con todo, aquel gran amigo tuvo sus límites y reservas; se acomodó a
la sombra del campamento, quedando como discípulo secreto que temía
identificarse públicamente con su benefactor. ¡Cuántos hay en el mismo dilema!
Saben que llamarse evangélico implica separación, vida santa, sana doctrina,
confesar a Cristo como nuestro Salvador. Sin embargo, se congregan donde
convive el mundo y la religión sin antagonismo. Saben que un pastor dirigiendo
la iglesia no es escritural, que cubitas de pan y copas individuales de vino no
es la enseñanza de la cena del Señor, que recoger una colecta de todo el mundo
es mezclar lo inmundo con los santos, etc.; por lo cual Dios los abomina.
Son pocos los que,
como Gamaliel, no les importa perder el título “Ilustrísima”, “Reverendo”,
“Monseñor”; son títulos que suenan muy bien dentro del campamento. Pero en la
iglesia del Señor suena tan dulce decir, “el más pequeños de los apóstoles”,
“soy menos que el más pequeño de todos los santos”, “tal cual soy, Pablo el
viejo”.
(1 Corintios 15:9, Efesios 3:8, Filemón 9)
El individuo que se asocia al Señor debe saber que Él
dijo: “Si alguno quiere ser mi discípulo, niéguese as í mismo, tome su cruz y
sígame”. Nuestra identificación con Cristo es en todo y completa. La posición
social que el hermano tenga no mitiga ni rebaja el vituperio de Cristo. Hace
poco tiempo que un hermano me dio a entender que él tenía en su nevera
diferentes clases de bebida, según fuera la clase social del visitante. ¿Qué
pensarían aquellos con la copa de whisky en la mano obsequiada por el evangélico?
Dirían: Este es fariseo. En la tribuna vocifera contra los que beben bebidas
embriagantes, y en su casa lo bebe “encapillado”. Si tal cosa fuese cierta,
esta persona reconocida como protestante, y no como discípulo de Cristo que ha
salido del campamento social de este mundo.
Los que no quieren padecer persecución por la Cristo,
se arreglan un campamento en armonía con el mundo, con un buen televisor, un
aparato de cine con la excuse de instruir a los niños o predicar el evangelio,
participan en el deporte, etc. Las damas se engalanan con pinturas, collares,
corte de cabello, vestidos de corte anatómico y otras cosas. Muy lejos está el
Señor de sus reuniones con coros organizados, voces, cruces, campanas, bandas
de música. “Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y
humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para
vivificar el corazón de los quebrantados”. (Isaías 57:15)
Hay
muchos que han cambiado el orden escritural introduciendo programas humanos y
mundanos que alejan al creyente del sacrificio que nos identifica: mucho
aparato, conversiones en masa, seminarios para preparar pastores, los cuales
preparan sermones floridos. Se glorían de sus grandes concentraciones y la
multitud de “decisiones”. Don Guillermo Williams decía que el fósforo enciende
la cocina para hacer la comida, o enciende un gran fuego donde hay muchas
pérdidas.
“Lejos
esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el
mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”. (Gálatas 6:14)
Jose Naranjo
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