domingo, 12 de febrero de 2012

LAS SIETE FIESTAS DE JEHOVA (Lévitico 23)


INTRODUCCIÓN
Estas fiestas eran consideradas fiestas solemnes de Dios, pero ya en el Nuevo Testamento vemos que se habían conver­tido en las fiestas de los judíos, por esto habla el mismo Señor Jesucristo en Juan 7:2 "fiesta de los judíos". Hubo olvido por parte de los judíos en la celebración de estas fiestas ya que perdieron el carácter de santas, de la exclusiva posesión de Jehová.
Por mucho tiempo se dejaron de celebrar, sólo hasta los días de Ezequías y Josías se volvieron a celebrar. En el tiempo actual, también se nota olvido de las enseñanzas que nos han sido dadas en las Escrituras, por ejemplo, muchas enseñanzas del apóstol Pablo.
El carácter santo de estas fiestas implicaba la exclusión de contaminación mundanal y nos introduce en el llamado a santidad que el Señor hace por medio de Pedro en su primera carta, capítulo 1, donde se notan dos tipos de santificación:
·        Posicional: Santificación adquirida, gracias a Jesucristo, versículos 18 y 19.
·        Progresiva: La cual está bajo mi responsabilidad. Versículos 14-18.
Sacrificio, según lo escrito en Números 28, donde hay un llamado del Señor a contemplar constantemente Su muerte y Su resurrección en un sacrificio, teniendo esta visión no sola­mente en el momento de la Cena, sino que recordemos siem­pre lo que El ha hecho por nosotros.
En Levítico 23 se menciona el día sábado, no como día de celebración de fiesta, sino como punto de referencia durante el cual se descansaría de la labor hecha y se gozaría de la obra de Dios. Es necesario meditar sobre esto, ya que se presentan tergiversaciones en cuanto a la forma de concebir el día sába­do en algunas doctrinas (Levítico 23:11).

I. FIESTA DE PASCUA
1. DIOS.
Hay necesidad de referirnos a Éxodo 12. El pueblo llevaba una vida rutinaria de esclavitud en Egipto y en el versículo 2 notamos que este mes de celebración de pascua sería contado como principio de meses. A los creyen­tes que hoy vivimos en el tiempo de la gracia, también nos en­seña el apóstol Pablo que "somos criaturas nuevas"; y así el Padre empieza a manifestar a su Hijo en nuestras vidas.
Condiciones del Cordero: II Corintios 5:21.
Sería un cordero sin defecto (Éxodo 12:5), sin mancha (II Corintios 5:21). Siendo el Señor Jesucristo sin pecado, se identifica con nuestro pecado, ya que dice " por nosotros lo hizo pecado”. Realmente no podemos profundizar en este sentir del Padre, que lo llevó a dar a su Hijo por nosotros. Dios aceptó su sacrificio, por esto, le resucitó de los muertos, manifestándose de esta manera el amor del Padre. En Éxodo 12 se habla singularmente "el animal" y no los animales; Jesucristo es el único Cordero.
La Palabra de Dios no es un libro más de aquellos titulados como científicos, los cuales tienen que pasar por pruebas que declaren su veracidad. La Biblia es un libro de inspiración divina y su discernimiento se hará bajo la dirección del Espíri­tu Santo.
            Los judíos debían obedecer primero que todo:
·        Matar al animal.
·        recoger su sangre.
·        Pintar el dintel de la puerta.
            Y ellos confiadamente lo hacían porque querían evitar la muerte del hijo primogénito de cada familia. Notamos un ele­mento importante para la salvación: fe en el Señor Jesucristo, y en los judíos esta confianza en Dios no dependía de sus sen­timientos (temor, complejo, alegría, etc.). No es necesario sentir algo explosivo o éxtasis, para decir que somos salvos; únicamente Dios mira lo que ha hecho Su Hijo con Su sacrifi­cio, así como antiguamente El miraba la sangre en el dintel de la puerta, entonces no miraba el interior de la casa.
En nuestras vidas Dios no mira nuestros actos como medio de salvación, sino únicamente la apropiación de la sangre de Su Hijo como elemento purificador de nuestras vidas. La sal­vación está en el Señor, no en nuestros sentimientos.

Los sacrificios y ofrendas deberían darse como Dios quería, no como los judíos quisieran. Debemos creer en Jesucristo como El es, no como nos convenga o como queramos. El es nuestro ejemplo, debemos andar como El anduvo
La carne del cordero debería ser asada al fuego y luego comida (vs. 8 y 9), notemos que no se podía comer cruda, ni cocida en agua. El fuego es símbolo del juicio de Dios el cual fue soportado por el Señor Jesucristo y de esta forma nosotros fuimos librados del juicio, así como el juicio (muerte) pasó sin detenerse por los dinteles que estaban pintados con la san­gre. Este es nuestro alimento porque el Señor en el momento de Su sacrificio nos dio vida.

4. LA PASCUA COMO MEMORIAL.
4.1 Mirada al futuro: Tierra prometida.
4.2  Mirada al pasado: De donde fueron sacados los judíos. En la celebración de la santa Cena también se contemplan estos dos puntos;
·        Mirada al futuro: Pronto regreso del Señor Jesucristo por nosotros.
·        Mirada al pasado: Recordar de dónde nos sacó Dios, para no vanagloriarnos. Realmente el nos escogió nosotros no lo esco­gimos a El (Juan 15) y no es sano discutir cual Iglesia local es mejor o pero en cuanto a este sentido.
            Al celebrar esta pascua los judíos estaban listos para el viaje (Éxodo 12:11). Nosotros somos peregrinos y nuestro deber es estar listos para que cuando el Señor venga no haya raíz aquí que nos detenga, ya que nuestra "vocación es celestial".
4.3 ¿Quiénes celebran la pascua? Éxodo 12:43.
            Exclusivamente la familia. Aquí hay un llamado de aten­ción a la expresión de comunión en forma "abierta". Unas iglesias locales tienen como excusa no juzgar a los hermanos; pero en este sentido es necesario juzgar para no ser juzgado. Atención especial a la palabra juzgar, que no significa criticar, ya que el ser criticones si es reprochado por el Señor.
4.4 ¿Cuándo?
      La Santa Cena del Señor es un buen recuerdo y es una opor­tunidad para meditar en todo lo que al Señor le costó darnos la salvación, entonces ¿cómo podríamos despreciar la Cena como memorial? Algunos hermanos permiten que otras cosas ocupen el tiempo en que, como cuerpo, la Iglesia rinde alabanza, oración y adoración a su Rey y Señor. También se ve el caso de hermanos que se alejan de la mesa del Señor por simple descuido o no examinan el problema que les impide expresar comunión en la asamblea y no procuran arreglarlo pronto, no valorando así el sacrificio hecho por el Señor Jesucristo. Otros celebran este memorial cada mes, cada seis meses, cada año. Realmente cada primer día de la semana no es celebrar excesivamente la Cena, pero hay que tener cuidado de no hacerlo rutinario, seco, insípido, sin la frescura que nuestro Buen Pastor da; pensemos en la obra de Cristo, en todo Su esplendor cada vez que celebramos Su Cena.
      Es necesario promover la calidad de la Santa Cena, por medio del ministerio de la Palabra, para despertar el afecto por el Señor Jesucristo, así como en el libro del Cantar de los Cantares donde la amada se encuentra dormida cuando el Amado toca a su puerta y ella no abre, pero luego despierta y siente un profundo deseo por estar siempre al lado de su Amado.
            La Santa Cena es responsabilidad de hermanos y hermanas, llegando con ánimo de alabar, desarrollándose una reunión espiritual mas no emocional, y las hermanas con su espiritua­lidad levantan el ánimo de la Cena.

II. FIESTA DE LOS PANES SIN LEVADURA Levítico 23:6-8
            En Levítico 28:17-22 encontramos una descripción más detallada sobre la celebración de esta fiesta. En el Nuevo Testamento:
1.   El Señor Jesucristo es él pan de vida eterna, sin levadura. Juan 6:54-58.
2.   I Corintios 5:6-9 y Colosenses 3:5-9 muestran en qué con­siste la levadura para nosotros los creyentes, y el Señor nos llama a dejar esto a un lado, presentándonos sin esta vieja levadura y adoptando la posición de santos. "Sed santos porque yo soy santo" I Pedro 1:16.
3.   Advertencias a cuidarnos de:
·        Levadura de falsas doctrinas. Mateo 16:5-12.
·        Hipocresía. Lucas 12:1-3.
·        Orgullo religioso.
4.   Recomendaciones:
·             Andar como hijos de luz. Efesios 5:1-4.
·     Tener cuidado con la pequeña cantidad de levadura que pueda existir en nuestra vida. Gálatas 5:9.

III. FIESTA DE LAS PRIMICIAS
LA OFRENDA MECIDA. Levítico 23: 9-14.
En Hebreos 12:22-24 notamos aspectos de esta ofrenda.
1. La gloria de Dios.
2.  El Señor Jesucristo como mediador ante esta gloria para que seamos aceptados por el Padre.
3.  No debemos despreciar este regalo tan grande, sino tener gratitud para con Dios. Hebreos 2:3; 12:25-28.
4. Amonestación contra la idolatría. I Corintios 10: 6, 7, 14. El Señor debe ser el centro de nuestra adoración y servicio. Vivimos en el tiempo de la gracia y no bajo la ley.

IV. FIESTA DE PENTECOSTES (Levítico 23:15; Hechos 2.)
            Notamos la obra del Espíritu Santo en el creyente.
1. En el momento de la conversión:
1.1 Bautismo del Espíritu Santo. I Corintios 12:13. Un mismo Espíritu nos bautizó en un solo cuerpo. En el mismo momento que recibimos a Cristo como nuestro salvador, participamos del día de Pentecostés. No somos llamados a buscar el bautismo del Espíritu Santo, pero sí somos llamados a buscar la plenitud del Espíritu Santo.
1.2     Sello del Espíritu Santo. Efesios 4:30.
No podemos contristar el Espíritu Santo con el cual fui­mos sellados para el día de la redención. El sello del Espíri­tu Santo indica propiedad que se ha obtenido por una compra cuyo precio ya se pagó, así este sello da seguridad de la propiedad. Ej.: Un señor compra un animal y lo marca con su logotipo para que todos lo reconozcan.
1.3     Arras. II Corintios 5:5.
Es un símbolo de una prenda de seguridad para las bodas del Cordero. El Espíritu Santo ha sido enviado por el Padre para buscar una novia para Su Hijo, esta novia es la Iglesia y el propósito es que ella esté en las bodas del Cordero. Tenemos el ejemplo de Abraham quien manda un mensaje­ro para que busque una esposa para su hijo Isaac.
2. En la vida cristiana después de la conversión.
La plenitud del Espíritu Santo es un mandato para todo creyente. Estorbos:
2.1 Contristarlo: Con una vida estéril por el pecado. Cuando no queremos oírle. Efesios 4:30.
2.2 Apagarlo: Lo podemos hacer de forma colectiva, con el formalismo de la Iglesia, ritualismo, enfriamiento, cuando los conceptos humanos son más importantes que el con­cepto bíblico. I Tesalonicenses 5:19.
      Levítico 23: 15 y 16. Contarían cincuenta días, hasta el día siguiente del séptimo día de reposo, y en ese día se ofrecería el nuevo grano a Jehová. Aquí tenemos una base bíblica para celebrar el día domingo como el día especial del Señor, en este tiempo de gracia.
            También habla de panes con levadura que simboliza la Iglesia actual, la cual es la combinación de dos grupos de gentes: los judíos y los gentiles. En Efesios 2:13-18 notamos la impor­tancia de darle la alabanza al Señor exclusivamente y no caer en el error de alabar al Espíritu Santo dejando de lado al Señor Jesucristo.
            Continuando en Levítico 23:22, encontramos un mensaje de evangelización para extranjeros, complementado en Deuteronomio 30:19 con un reto a escoger la vida o la muerte. En cuanto a la reunión de oración:
            Judas 20 habla sobre la oración guiada por el Espíritu Santo, ya que nosotros solos no sabemos cómo orar. Oraciones no guiadas por el Espíritu Santo son oraciones egoístas en con­traste con las oraciones guiadas por el Espíritu que son con­forme a la Palabra. Entre hermanos se nota descuido por la oración (reunión de oración), hay mucho activismo y poca oración. En el libro de Hechos se narra de muchas conversio­nes, mucha ayuda material y mucha oración.

V. FIESTA AL SON DE TROMPETAS.
      Son elementos que llaman la atención. Números 10:1-3. El objetivo de esta alarma es mantener al pueblo apercibido y en el libro de Nehemías también se nombra el sonido de trompetas indicando que pelearían juntos.
      Hoy existe el problema de la división de la Iglesia del Señor y El nos manda a unificar metas y propósitos. Nosotros mismos somos responsables. Ezequiel 33:1-4.
      Hay necesidad de despertar a la evangelización, a la oración: "despiértate tu que duermes". En la vida cristiana no hay vacaciones, seamos conscientes de la continuidad de la activi­dad demoníaca pero también recordemos que el Señor ya obtuvo la victoria.
            1 Corintios 15:52 y I Tesalonicenses 4:16 y 17 nos recuerdan el acontecimiento profético al son de trompetas. El Señor Jesucristo hará sonar su trompeta en el día del juicio (Sofonías 1:1.5 y 16; 2:2). La trompeta nos advierte que el Señor no sólo es amor, bondad, sino también que El es REY y ese día llegará.
            Las trompetas son para despertar a dormidos (Romanos 13:11 y 12). Nuestro Señor anuncia el tiempo y las señales de los tiempos, por esto aprendamos a discernir los tiempos en que estamos viviendo. Es muy triste cuando hemos estado dormidos y la casa ha sido habitada por Satanás, como ejem­plo tenemos la historia de Sansón.
Hebreos 10:35-37. Romanos 13:12. "La noche está avanza­da". Aunque se diga que este siglo que vivimos es el "siglo de las luces", espiritualmente hay más tinieblas que en ningún otro momento, es un tiempo de ceguera espiritual. Nuestro deber es hacer todo sin murmuraciones, dando ejemplo de no tener contiendas (Filipenses 2:14 y 15), y vistiéndonos con las armas de nuestra milicia (II Corintios 10:3-6).

VI. FIESTA DE EXPIACION. Levítico 16; 23:27
1.         Beneficiarios.
            En Levítico 16:11, Aarón haría expiación por él mismo y por su casa. En I Pedro 2:5 somos llamados a ser casa espi­ritual. Este sacrificio de expiación cubría a Aarón y a los de su casa primeramente, así como la sangre del Señor Jesucristo permite pasar por alto los pecados pasados; todos somos justificados cuando reconocemos este sacrificio Suyo.
2. Precio.
            Levítico 23:28 recalca que ningún trabajo se hará, lo mis­mo se dice en Levítico 16:29-30. La redención es obra del Señor Jesucristo y nada tenemos que hacer nosotros (Efe­sios 2:8 y 9) "por gracia sois salvos... no por obras". Nadie puede gloriarse en el cielo de haber hecho algo para estar ahí, ya que únicamente Cristo lo ha hecho posible. En este sacrificio había que hacer todo al pie de la letra y si alguno no lo hacía así sería cortado del pueblo.
            La palabra "propiciación" quiere decir: quitar algo que impide la manifestación de la gloria de Dios.
Azazel:
·        Az — Macho cabrío.
·        azel — enviar. Otro significado: Donde no hay más memoria.
Las entrañas del becerro se quemaban fuera del campamen­to, y se enviaba el macho cabrío al desierto, donde no había más memoria de él. En hebreos 10:17 dice el Señor que no recordaría más nuestros pecados.
Cuando el Señor Jesucristo murió, el velo del templo se ras­gó de arriba a abajo. Su cuerpo fue como el velo que se rasgó para que todos personalmente pudiéramos entrar al lugar donde Aarón únicamente podía entrar. El sólo hecho de que Dios recuerde uno solo de nuestros pecados cuando estemos en Su morada, nos condenaría de inmediato, pero el sacrificio del Señor fue perfecto y todo quedó borrado.
La actitud de aflicción no sólo implicaba tristeza y lloro por el pecado, sino que era una contrición verdadera, donde había el propósito de no volver a cometer este pecado, y este sentir era básico para la restauración del pueblo judío. En nuestro medio notamos profesiones de fe o conversiones superficiales, se toma a la ligera el hecho de arrepentirse y decidirse por una nueva vida en el Señor. Debemos de recor­dar el precio que pagó El por nosotros descrito en Isaías 53 y Zacarías 13:6.
3. Las vestiduras del sumo sacerdote.
            En el día de expiación debía quitarse el vestido de colores, el cual era muy vistoso y llamativo, y dejarse sólo la túnica blanca que llevaba debajo. Éxodo 28: 31-43; 29:5; Levítico 16:4. Notamos aquí una representación de Cristo en Su gloria. En el momento del sacrificio el Señor tuvo que des­pojarse de Su vestidura y dejarse la más sencilla; siendo rico se hizo pobre para darnos Su riqueza (II Corintios 8:9) y no se habla de pobreza material pues Su riqueza era Su gloria nuestro Salvador la deja a un lado sin despojarse de Su deidad, tomando la imagen caída del hombre, soportan­do tan grande humillación y mostrando tanta gracia para dejarnos en la misma gloria de Dios (Filipenses 2:6-8), por tal razón inclinémonos delante de El, reconociendo nuestra condición (Zacarías 12:10).
            El objetivo del propiciatorio es la reconciliación por medio de la sangre de Jesucristo. El Padre quiere que tengamos mayor aprecio por la sangre de Su Hijo, sintiéndola a todo momento que está sobre nosotros, recordando el precio que pagó el Señor para limpiarnos de nuestros pecados y así cantar el nuevo cántico de los redimidos.

VII. FIESTA DE LOS TABERNACULOS.
Levítico 23:33-34 En la celebración de esta fiesta Dios muestra Su propósito para Su pueblo Israel, en un tiempo futuro, cuando esta nación esté reunida como tal y reconociendo tanto a Dios como a Su Hijo. También muestra el triunfo de la Iglesia del Señor en el milenio cuando El reine aquí en la tierra.
Esta fiesta se celebraría durante siete días y el pueblo debe­ría estar alegre (Deuteronomio 16:14). En tiempos de Nehemías, el pueblo ha regresado de su cautividad y Esdras lee el libro de la Ley (Nehemías 8), produciéndose en el pueblo un sentir de tristeza y arrepentimiento por su forma de obrar delante de Dios, celebrando luego la fiesta de los taberná­culos con gozo (Nehemías 8:9, 10, 17).

            De igual forma podemos decir: "El gozo de Jehová es nues­tra fuerza". En Juan 7:37-39, se refiere al día de celebración de la fiesta de los tabernáculos (enramadas) y nosotros no tenemos necesidad de hacer estas enramadas como lo hacían los judíos, pues por el Espíritu Santo recibimos la plenitud de vida, ya que creyendo en el Señor, de nuestro interior corre­rán ríos de agua viva.

CONFERENCIA REGIONAL CALI MAYO 9-12 DE 1986 (Adaptado)

Teología Propia

Unidad de Dios


a)    Definición.

            El término de unidad tiene tres acepciones posibles en este concepto. El primero en relación numérica; segundo, en la relación de unidad esencial o trascendental; y, tercero, en relación a la singularidad o unicidad.

            El primero se define  como “cantidad que se toma por medida o término de comparación de las demás de su especie”  o  como “el uno de todas las cosas”.  Por lo cual, este tipo de definición de la unidad de Dios no le corresponde, ya que Él no es uno de muchos, Él es diferente a todo lo demás.
            El segundo punto tiene relación a la unidad que un ser está integrado en sí mismo y diferenciable de cualquier otro. Cuanto más perfecto es un ser, más perfectamente se encuentra integrado. Por ejemplo, tenemos  a la piedra que sus moléculas están perfectamente cohesionadas; la familia es perfectamente cohesionada cuando está perfectamente aglutinada por el amor; la iglesia es una unidad perfectamente ligada entre sí por el Espíritu Santo.
            El  tercer punto, se refiere a aquello que único en su especie. Si en la tierra existiese un único hombre, éste sería único. Por tanto, Dios es único, ya que no existe otro Dios a parte de Él.

b)    Monoteísmo
            La unidad de Dios  es la creencia que separó a Israel de sus vecinos que poseían  una multitud de dioses. Israel tenía la obligación de recitar lo que se conoce como Shema (“Oye”) y que se ubica  en Deuteronomio 6:4, y que dice: “Oye,  Israel: Jehová nuestro Dios,  Jehová uno es.” Esta declaración solemne es de monoteísmo, que indica que Dios es Uno en esencia y no puede dividirse. También la declaración,  lo afirmaba como absolutamente único; no hay otro que pueda comprársele (cf.  Ex 15:11).
            El Cristianismo tomó esta declaración de la unidad de Dios y la enseñó a todos los creyentes que aceptaron al Señor Jesucristo como Salvador.   En el discurso a los atenienses, Pablo expuso a Dios único y verdadero en contraste a la multitud de dioses de los griegos (Hechos 17:22-31). En las epístolas lo expone en 1 Timoteo 2:5, 1 Corintios 8:4; Romanos 3:30; 16:27; etc.
            Además de continuar aceptando que hay un sólo Dios, se reveló que está compuesto por tres personas, y se denominó esta  doctrina  de la Trinidad.  Baste indicar algunos pasajes para mostrar esta enseñanza, ya que lo estudiaremos más adelante: Mateo 3:16-17; 28:19; 2 Corintios 13:14, etc.

 

c)       El Monoteísmo en contraposición a otras enseñanzas.

            El solo hecho que la Biblia declara la Unidad de Dios, por consiguiente el monoteísmo, se contrapone  con el politeísmo y sus enseñanzas de la existencia de muchos y diversos dioses; al triteísmo, afirmado por algunas religiones, que son tres dioses; y al dualismo que afirma que existen dos fuerzas equivalentes pero de sentido opuesto.

            Revisemos los siguientes puntos de acuerdo a lo que nos enseña las escrituras: 
        i.            Con respecto al politeísmo
Mencionamos arriba que la unidad de Dios habla en contra de una multitud de dioses primarios y secundarios que el mundo a inventado para ocultar al verdadero y único Dios. Si damos una segunda lectura a los versículos anteriores, vemos que no solo se habla de la unidad de Dios, sino del único Dios. Por ejemplo, en Isaías 44:8, se dice “…No hay Dios sino yo”; en  1 Corintios 8:4, se  indica: “…un ídolo [dios] nada es…”. En  1 Timoteo, se menciona: “Porque hay un solo Dios…”.  Toda la biblia habla contra el politeísmo, por tanto, habla de la unidad de Dios y de un solo Dios.

     ii.            Con respecto al tri-teísmo.
      Como ya se describió ya se enseñó con anterioridad, el tri-teísmo enseña que existen tres dioses, a modo de un triunvirato, que rigen toda la creación.  Ya vimos en algunos versículo anteriores que esto no es así, ya que se habla de Un Dios,  que Dios uno es, y no que son tres dioses con roles particulares. Cuando  estudiemos la doctrina de la trinidad veremos que Dios es uno y que son tres personas.

iii.               Con respecto al dualismo.
      El Dualismo enseña que el bien y el mal están equilibrados por fuerzas iguales y antagónicas. Que existe un Dios del bien y un dios de mal. Enseña que Dios está al mismo nivel que Satanás. Por la escritura sabemos, que Satanás fue un ángel creado (Ez. 28:12-13), pero que fue encontrado maldad en él (Ez 28: 15-18; Is 14:11-15).  Sabemos que este mismo ser será juzgado en un futuro que solamente Dios sabe, y su condena será eterna (Ap. 20:10).
      Por lo anterior, queda claro que no existe un antagonista capaz de oponerse a Dios, porque  este ser es creado y no tiene las capacidades absolutas de su creador. Siempre ha querido emularlo, apoderarse de lo que pertenece a Dios.

En conclusión, como sólo el Señor es Dios, ningún otro puede y va a compartir Su gloria, de ahí la prohibición de adorar ídolos, y la indicación que es Dios celoso (Éxodo 20:2-6). Es más, no existe nadie que pueda suplirlo, es simplemente es el Único.

d)     Con respecto a su unidad, las escrituras lo confirman en los siguientes pasajes entre otros:
“Oye,  Israel: Jehová nuestro Dios,  Jehová uno es” (Deuteronomio 6:4). “Así dice Jehová Rey de Israel,  y su Redentor,  Jehová de los ejércitos: Yo soy el primero,  y yo soy el postrero,  y fuera de mí no hay Dios… No temáis,  ni os amedrentéis;   ¿no te lo hice oír desde la antigüedad,  y te lo dije?  Luego vosotros sois mis testigos.  No hay Dios sino yo.  No hay Fuerte; no conozco ninguno” (Isaías 44:6,8). “Porque hay un solo Dios,  y un solo mediador entre Dios y los hombres,  Jesucristo hombre…” (1 Timoteo 2:5). “Acerca,  pues,  de las viandas que se sacrifican a los ídolos,  sabemos que un ídolo nada es en el mundo,  y que no hay más que un Dios” (1 Corintios 8:4).

 

e)     Naturaleza de Unidad Divina

            La doctrina de la Unidad no excluye la idea de la pluralidad de personas  en la Divinidad. No quiere decir esto que en cada una de las personas de la divinidad sean tres dioses distintos. Como ya lo hemos indicado cuando revisamos en la sección anterior.  Creemos que en la divinidad hay tres personas pero un solo Dios.
            Los siguientes pasajes nos enseñan con respecto a la unidad, pero no de una unidad absoluta sino compuesta. Revisemos los siguientes pasajes: “Por tanto,  dejará el hombre a su padre y a su madre,  y se unirá a su mujer,  y serán una sola carne” (Génesis 2:24). “Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno,  y todos estos tienen un solo lenguaje;  y han comenzado la obra,  y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer” (Génesis 11:6). “Yo planté,  Apolos regó;  pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo,  ni el que riega,  sino Dios,  que da el crecimiento. Y el que planta y el que riega son una misma cosa;  aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor”. (1 Corintios 3:6-8)
            La palabra “uno” se usa en sentido colectivo. La unidad de la divinidad no es simple si no compuesto. La palabra hebrea por “uno” es yacheed (revise Génesis 22:2,12; Amós 8:10, Jeremías 6:26; Zacarías 12:10; Proverbios 4:3; Jueces 11:34),  que es usada en sentido absoluto, tal como la expresión “el Único” (expresado en la tercera definición que vimos en la introducción), y no se usa nunca para representar la unidad divina. Por el contrario, se usa la palabra “echad” (Esdras 3:1; Ezequiel 37:17; Deuteronomio 6:4), que significa “Uno”, en el sentido de unidad compuesta (ver la segunda definición dada en la introducción).

f)      La Palabra Hebrea Elohim
            Esta palabra, como ya vimos, se utiliza para referirse a Dios, pero en sí es una palabra genérica, ya que también se utilizan para referirse a los ídolos. Con mucha frecuencia  se utiliza en  forma plural, para expresar una multitud de dioses. En Deuteronomio 32:17 es un pasaje que se usa en plural. Leamos el pasaje: “Sacrificaron a los demonios,  y no a Dios;  a dioses [Elohim]  que no habían conocido,  a nuevos dioses venidos de cerca,  Que no habían temido vuestros padres”.
            También la palabra es utilizada en forma de singular.  Los siguientes pasaje muestran su uso en este modo: “Jehová dijo a Moisés: Mira,  yo te he constituido dios [Elohim] para Faraón,  y tu hermano Aarón será tu profeta” (Éxodo 7:1). En Ezequiel 28:2, “Hijo de hombre,  di al príncipe de Tiro: Así ha dicho Jehová el Señor: Por cuanto se enalteció tu corazón,  y dijiste: Yo soy un dios [el],  en el trono de Dios [Elohim] estoy sentado en medio de los mares (siendo tú hombre y no Dios),  y has puesto tu corazón como corazón de Dios [Elohim]…”.  “En el principio, creó Dios [Elohim]…” (Génesis 1:1).
            Dios usa con frecuencia pronombres plurales al referirse a si mismo: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen,  conforme a nuestra semejanza;  y señoree en los peces del mar,  en las aves de los cielos,  en las bestias,  en toda la tierra,  y en todo animal que se arrastra sobre la tierra” (Génesis 1:26). “Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros,  sabiendo el bien y el mal;  ahora,  pues,  que no alargue su mano,  y tome también del árbol de la vida,  y coma,  y viva para siempre” (Génesis 3:22). “Después oí la voz del Señor,  que decía:   ¿A quién enviaré,  y quién irá por nosotros?  Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí” (Isaías 6:8).

g)     Conclusión
            La unidad de Dios es una afirmación.  Dios es único y no hay otro. El mismo lo afirma: Ved ahora que yo,  yo soy,  y no hay dioses conmigo…”  (Deuteronomio 32:39). “Así dice Jehová Rey de Israel,  y su Redentor,  Jehová de los ejércitos: Yo soy el primero,  y yo soy el postrero,  y fuera de mí no hay Dios” (Isaías 44:6). “Acerca,  pues,  de las viandas que se sacrifican a los ídolos,  sabemos que un ídolo nada es en el mundo,  y que no hay más que un Dios” (1 Corintios 8:4). Esta unidad no determina lo que Dios es en si mismo, sino que tiene que ver con su modo de existencia.
            Esta unidad lo que nos expresa es que hay un solo Dios y no muchos como algunos quieren propugnar. Nos marca que la doctrina de monoteísmo es de suma importancia y esencial en nuestra fe; y no se contrapone por ningún motivo con la doctrina de la Santísima Trinidad.

EL LIBRO DEL PROFETA JONAS

Capítulo 2: El Profeta

Antes de recibir la orden de trasladarse a Nínive, Jonás había sido encargado con una misión profética para Israel.[1] Este acontecimiento ocurrió bajo Jeroboam II., o bastante poco tiempo antes de subir ese rey al poder. En 2 Reyes 14:25, se dice que Jeroboam "resta­bleció los límites antiguos de Israel, desde la entrada de Hamat hasta el Mar del Arabá; conforme a la palabra de Jehová, el Dios de Israel, la que El habló por con­ducto de su siervo Jonás el profeta, hijo de Amitai, que era de Gat-hefer". Oseas, Amos, Jonás también sin duda, conocían el triste estado de las diez tribus y de la realeza de Israel. ¡Con qué indignación los dos primeros no señalan los pecados de este pueblo y de sus conductores, al anunciar el juicio que esperaba a los unos y a los otros! Sin embargo "Vio Jehová que la aflicción de Israel era amarga en extremo; pues que no le quedaba cosa, ni preciosa ni vil; y no había quien ayudase a Israel: y Jehová no había dicho que raería el nombre de Israel de debajo del cielo; por lo cual salvólos por mano de Jeroboam, hijo de Joás" (2 Reyes 14:26-27). Se dice en otro lugar: "Y Jehová dió a Israel un salvador, de modo que salieron de bajo el dominio de la Siria" (Cap. 13:5). De modo que, mientras que los demás profetas anunciaban los juicios de Dios sobre Israel, Jonás fue llamado a una libera­ción momentánea por un salvador suscitado con este fin (independientemente, por lo demás, de su carácter).
La frontera de Israel fue restablecida; se volvió a tomar a Hamat, barrera principal contra los enemi­gos viniendo desde el Norte. Jonás había sido escogido para proclamar estas misericordias de Dios, en los días cuando Israel gemía bajo el yugo terrible del rey de Siria. Un profeta, anunciando tan sólo la libera­ción, era un fenómeno, si no único, por lo menos muy escaso en Israel. Cuando fue enviado a Nínive, Jonás conocía pues a Jehová (y lo expresa más tarde), como "un Dios clemente y compasivo, lento en iras y grande en misericordia, y que te arrepientes del mal que has amenazado traer" (Cap. 4:2). Cuando se trataba de Israel, Jonás no había vacilado en anunciar la libera­ción de su pueblo. Su corazón lo gozaba y su patrio­tismo encontraba allí su satisfacción, pero, en su orgullo espiritual, no podía aceptar una misión única y especial hacia las naciones, como había sido anteriormente su misión en Israel. Todavía podría pasarse si hubiese sido cierto que la amenaza de la destrucción de Nínive se cumpliese, pero ya había experimentado el carácter misericordioso de Jehová, tal, además, como se había revelado antiguamente a Moisés: "Jehová, Jehová, Dios compasivo y clemente, lento en iras y grande en mise­ricordia y en fidelidad; que usa de misericordia hasta la milésima generación; que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado" (Ex. 34:6, 7). Estaba dis­puesto a reconocer un acto de gracia, moderado además por la ley, hacia su nación, pero no lo podía aceptar cuando se trataba de naciones idólatras. Dios no les había hecho el don de la ley; ¿cómo admitir que les fuese otorgada libremente la gracia?
Pero otro motivo, y el más importante quizás, le empujaba al profeta a desobedecer: Jonás pensaba en sí mismo. Eso se ve en toda su conducta, en los Capí­tulos 3 y 4. Iba a clamar en Nínive: "De aquí a cuarenta días Nínive será destruida". Pero, ¿si la cosa no ocurriese? ¿Si Dios se arrepintiese de Su amenaza? ¿Qué vendría a ser su carácter de profeta? ¡La mise­ricordia de Dios sería el derrumbamiento de su autori­dad, de su dignidad, de él! Ni un instante llega al pensamiento de Jonás que Nínive pueda arrepentirse, y así cambiar para con él el curso de los caminos de Dios a su respecto. Sin embargo otros profetas, y más tarde el mayor de entre ellos, Juan Bautista, predicaron el juicio y el arrepentimiento. Jonás no ambicionaba siquiera semejante misión. Lo que quería proteger, era su carácter, su dignidad, su autoridad de profeta. ¿Qué vendrían a ser todos sus atributos, si lo que él había anunciado no se cumpliese? Cuando había proclamado de antemano la recuperación de Hamat, su palabra le había acreditado a los ojos del pueblo suyo; ahora quería que el anuncio del juicio lo acre­ditase ante las naciones. ¡Triste cosa es el egoísmo del hombre, pero aun más triste, el egoísmo de un profeta!
Es por eso que huye Jonás y lleva la penalidad de este acto de desobediencia. ¡Cuántas vocaciones cristianas se han tornado estériles por la propia volun­tad de los servidores de Dios, no importa cuáles hubiesen sido, además, sus motivos! Dios me quiere man­dar a Nínive; ¡yo prefiero irme a Tarsis de España! Hoy día, eso ha entrado tanto en las costumbres de los discípulos del Señor, que encuentran semejante desobediencia muy natural. Uno se embarca en el navío que le aleja del propósito de Dios, y hace peor que Jonás, pues que se adorna esa desobediencia con el nombre de misión divina y de obediencia hacia la di­rección del Espíritu. Jonás era, en un sentido, menos culpable que los de quienes hablamos, pues que él no temía declarar que huía de ante la faz de Jehová (Cap. 1:10). En otro sentido, era más culpable que ellos, pues que sabía que hacía su propia voluntad y que huía. Entre ellos, a menudo se trata de la igno­rancia más completa, y por lo tanto quedan guardados de la disciplina, mientras que "el siervo que conoció la voluntad de su señor, y no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, será castigado con muchos azotes" (Lucas 12:47). ¡Ojalá que los servidores o evangelistas que ignoran lo que es realmente una llamada de Dios, fuesen veraces ante El y no tran­quilizasen su conciencia al dar el nombre de obediencia a lo que es exactamente lo contrario!
Al final del Capítulo 2, Jonás parecía haber apren­dido, como testigo, su lección bajo la disciplina, pues que el pez lo había vomitado sobre terreno seco y el antiguo Jonás, tan parecido, por desgracia, al anti­guo Adam, había venido a ser, en figura, un Jonás resucitado; mas, como profeta, lejos está de haber aprendido toda su lección; lección, como parece según este relato, bien difícil para aprender. Había, sin duda, encontrado bajo el castigo, que era duro dar contra los aguijones y que, cueste lo que cueste, hacía falta obedecer. Por eso, durante la segunda intimación, no rehusó hacer lo que Jehová le mandaba: "Jonás por tanto se levantó, y fue a Nínive, conforme al dicho de Jehová" (Cap. 3:3). Pero, ¿cómo y en qué espíritu obedeció? ¿Cuál judío obedeciendo bajo la ley, en un espíritu de orgullo nacional y de justicia propia, con el pensamiento de que Dios debe juzgar las nacio­nes "estando extrañados de la ciudadanía de Israel, y siendo extranjeros con respecto a los pactos de la promesa; no teniendo esperanza, y sin Dios en el mundo"? (Efe. 2:12). Jonás deberá aprender que la última palabra de un profeta no es el juicio: por lo asegurado que sea, aun queda esperanza mientras no haya sido ejecutada la sentencia. Dios había dicho: "todavía cuarenta días". Pero en la antigüedad no había faltado más para que el juicio fuese alejado, en virtud de la intercesión de un Moisés (Ex. 34:28; 24:18); ni tampoco, más tarde, para que todas las astucias de Satanás fuesen desbaratadas, en virtud de la obedien­cia de Cristo (Lucas 4:2). La última palabra de la profecía es la gracia y la gloria, y es lo cual Jonás no sospechaba en absoluto. Su corazón era legal, orgulloso, duro, y se complacía en el juicio. El, a quien este mismo juicio acababa de alcanzar, debería haber cono­cido la gracia, no sólo por haberla anunciado en tiempos pasados, sino por haber él mismo sido el objeto de ella. ¿Qué es pues la dureza del corazón del hombre, si uno ve latir ese mismo corazón bajo la vestidura de un profeta? ¡Ah, cuán humillante es pensar que nuestra lección se aprende con tanta dificultad!
La profecía de Jonás produce un efecto conside­rable sobre la conciencia de la gente de Nínive. El propósito de Dios fue alcanzado, pues que, si hace cono­cer Sus juicios, es para que las almas se conviertan y vuelvan a El. Entonces el corazón del Dios de gracia puede revelarse. Pero, cuando se proclama la gracia, el orgullo y la propia justicia del profeta ceden el lugar a una irritación mal reprimida. Es lo que, desde siem­pre, ha caracterizado a los judíos. Se irritaban al ver que se anunciaba la salvación a las naciones, y no po­dían soportar el ser colocado en el mismo rango de ellos bajo el juicio. Jonás hace pensar en el hermano mayor del hijo pródigo que se enfada contra su padre, y rehúsa entrar, porque su hermano es objeto de gracia y tema de gozo. Como el padre de la parábola, Dios reprende a Jonás — ¡con qué paciencia! — pero lo entrega por fin a su obstinación, en la cabaña que se había hecho, privado de su calabacera y bajo el ardor del sol. Allí se para la historia; pero si no apren­demos qué cambio se operó en el corazón del profeta, sabemos que la gracia de Jehová no ha cambiado hasta hoy hacia las naciones, y somos los felices testigos de ello.
La primera parte de la historia de Jonás muestra, en el corazón del profeta, más gracia que la segunda. Eso sucede con frecuencia en la carrera de los siervos de Dios. A medida que va creciendo su importancia legítima, su satisfacción de ellos mismos crece tam­bién y termina en un desacuerdo con los pensamientos de Dios que les vuelve impropios para su servicio. Cuántos de entre ellos se dejan allí por el camino, como Jonás, con su carrera rota, por haber andado en la satisfacción de ellos mismos, en vez de progresar en el conocimiento de la gracia. En el capítulo 1, la disciplina que alcanza al profeta está llena de ense­ñanza para él. El reconoce, comprobación dolorosa, que él, profeta de Jehová, es causa del juicio que alcanza a sus compañeros y su navío (Cap. 1:12); acepta, como legítimo, el juicio que le alcanza a él mismo y anuncia que su rechazamiento viene a ser la liberación de las naciones. ¡Cuánto hubiera sido precioso ver esta hu­millación llevar sus frutos en la segunda parte de la historia del profeta!
Recibamos instrucción de todas estas cosas, y sobre todo, no empecemos por donde empezó Jonás. No evitemos la presencia de Dios; andemos en la luz; digámosle: "Escudríñame y conóceme". Así evitaremos más de un castigo doloroso. Dios no nos manda al mundo como profetas, pero sí nos confía una misión como siervos. No cumplirla fielmente sería hacer como Jonás: ¡volver la espalda a Dios!


[1] Decimos "Antes", porque la palabra "Y" que empieza sea el libro de Jonás, sea otros libros del Antiguo Testamento (Josué, Rut, 1 Samuel, Ezequiel), nos parece estar siempre en relación con hechos precedentes aunque más o menos inmediatos.

La Biblia - Resumen de Sus 66 Libros

Juan
“Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).

            Juan («Dios es dador de gracia») es un evangelio único en su gloria majestuosa. Aquí el Señor Jesús se manifiesta como el mismo Creador, el eterno, el unigénito Hijo de Dios, enviado del Padre para revelar plenamente su gloria. Esto sobrepasa la autoridad, el servicio o la gracia, y manifiesta la luz y el amor del eterno Dios. El Señor se presenta como el centro de nuestra adoración.
            El evangelio, por lo tanto, no es sinóptico (es decir, que no proporciona una vista general de la vida y de las obras del Señor en la tierra), como lo son los otros tres, sino que centra ante todo nuestra atención en su naturaleza, su persona y sus palabras. Incluso sus enemigos atestiguaron en cuanto a él: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” (7:46). Los milagros y parábolas aquí registrados proporcionan un claro testimonio de su divina gloria personal. Encontramos palabras pronunciadas por sus propios labios: “Antes que Abraham fuese, yo soy” (8:58). Y los siete “Yo soy” del evangelio de Juan son bien conocidos.
            Igualmente, el relato noble y digno de su crucifixión nos cautiva. Percibimos el carácter del holocausto (un sacrificio por fuego) de su servicio. La acción de quemar nos habla de todo lo que subía como olor grato para Dios; el sacrificio de Cristo es ante todo para la gloria de Dios.
            Por una parte, la dulce sencillez de este libro le confiere un poder de atracción para el menos inteligente. Por otra, sus profundidades de significado más secretas han despertado la sincera admiración de los más profundos eruditos.


Hechos
“Con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos” (Hechos 4:33).

            Los Hechos de los Apóstoles relatan la manera en que la sabiduría divina ordenó acontecimientos para sacar gradualmente a las personas de la precedente dispensación de la ley, establecida por Dios, a fin de que gocen de la plena libertad de la “administración (o dispensación) de la gracia de Dios” (Efesios 3:2). El poder y la obra del Espíritu Santo se ven aquí de forma hermosa, mientras que los apóstoles son empleados por Dios para el establecimiento del cristianismo.
            La obra comienza en Jerusalén con el descenso del Espíritu Santo en el capítulo 2, bajo la forma de lenguas repartidas (v. 3). Cuando Israel, al someter al martirio a Esteban (cap. 7), rehusó el segundo llamamiento de la gracia (puesto que antes habían rechazado a su propio Mesías), Dios entonces levanta al apóstol Pablo y lo envía como mensajero especial a los gentiles. La gracia de Dios se extiende al mundo entero. De esta manera se forma la Iglesia de Dios por el poder del Espíritu Santo, siendo bautizados en un solo cuerpo tanto los creyentes judíos como los creyentes gentiles.
            Observemos también en este libro el gran cuidado de nuestro Dios por conservar una unidad verdadera y vital de esta obra y de los creyentes en todo lugar.
            Somos fundamentados así por la realidad, la simplicidad y el consuelo de los primeros días de la Iglesia. Dios mantiene el orden y la unidad sin tener que llamar a una organización y a disposiciones humanas. Esto demuestra la suficiencia de Cristo como centro para reunir a su pueblo, y del poder del Espíritu de Dios como lo único que puede dirigir toda actividad espiritual, ya sea adoración, comunión, servicio o testimonio.



Romanos

“Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:24).


            Romanos («los fuertes») entrega la verdad que constituye el fundamento del cristianismo. Aquí Dios es el Juez soberano, absoluto en justicia, el que descubre y saca a luz el pecado de toda la humanidad, sin permitir ninguna excusa, sin perdonar ningún mal, cualquiera sea su grado, de tal modo que “el mundo todo se tenga por reo delante de Dios” (Romanos 3:19, V.M.).
            Sin embargo, en justicia pura, Él ofrece completa justificación de la culpa, porque ésta se basa en “la redención que es Cristo Jesús”, Aquel que se ve como el gran sustituto que lleva el castigo del pecado mediante su propio sacrificio. Todo creyente en Él es así declarado libre de todo cargo, y constituido justo delante de Dios.
            La importancia de la cruz se ve, también, con referencia a la liberación del poder del pecado que mora en nosotros. La verdad es presentada de tal manera que encuentra al pecador donde él está al comienzo, y lo saca, por medio de un trabajo en su alma, de la servidumbre y las tinieblas a la libertad y la luz, estableciendo sus pies en caminos de justicia.
            En los capítulos 9, 10 y 11, se muestra que los consejos y caminos de Dios respecto a Israel guardan armonía con estas verdades reveladas ahora en el cristianismo. Dios es el gran Vencedor y, por lo tanto, todos los que confían en él son bendecidos.
            Desde el capítulo 12, se dan instrucciones para una conducta práctica basada en el fundamento sólido y eterno de la gracia justificadora de Dios.
            ¡Cuán magnífico es este libro, que justifica y libera el alma, y estimula toda virtud piadosa!

No vestirás ropa de lana y de lino juntamente

(Deuteronomio 22:11).

            Aparte de los casos de David, de Pedro y de los discípulos, quienes en Lucas 9, con un celo carente de inteligencia para con el Señor hu­bieran querido vengarle, empujados por un sincero afecto, la Palabra señala otra clase de personas que están fuera de los caminos de Dios, por causa de la incertidumbre de sus pensamientos. La huella de esta generación puede seguirse de un extremo al otro de las Escrituras. Son personas con principios mezclados, que llevan vestiduras tejidas con lana y lino, en oposición al llamamiento de Dios y las ordenan­zas de su casa. En algunos más que en otros, puede ser humillante reencontrar una tal generación; pero puede ser de provecho para el alma, y el momento actual nos parece oportuno para ocuparnos de esto.

ABRAHAM Y LOT
            Lot estaba asociado al llamamiento de Dios, igual que Abraham, su tío, dejó la Mesopotamia; luego, después de la muerte de Taré, su abuelo, fue con Abraham al país de Canaán; era un hombre justo; ninguna mancha manifiesta se encontraba en él. Abraham obedeció más de una vez a su voz natural, tuvo también que soltarse con ver­güenza de más de un "lazo" de Egipto, también de Abimelec. Lot no incurrió en nada semejante durante toda su estadía en Sodoma; todo lo que leemos de él, es que atormentaba cada día su alma justa por la conducta abominable de la gente. A pesar de esto, tristemente tenemos que decir que él pertenecía a la clase de personas de las que nos ocupamos.
            Si Abraham manchó muchas veces sus vestidos, éstos sin embargo, no estaban tejidos "con diversos hilos", mientras que el vestido de Lot lo estaba: "de lana y de lino juntamente". No fue fiel al llama­miento de Dios; llegó a ser un ciudadano allí donde debía ser un extranjero. Había escogido las llanuras bien regadas, y se había instalado en una ciudad, mientras Abraham, el testigo de Dios, recorría el país, errante, de tienda en tienda. Toda su vida, Lot fue una persona de principios mezclados, mientras que Abraham fue toda su vida fiel al llamamiento de Dios. La conducta de Lot, impregnada de falsos principios, tuvo como resultado las aflicciones que causaron su ver­güenza. Es pues por los reproches justos de la conciencia que la aflic­ción se vuelve amarga.
            Lot fue llevado en cautividad cuando habitaba las llanuras de Sodoma; luego, la destrucción estuvo a punto de alcanzarle cuando se instaló en la ciudad; de tal manera que ha sido siempre, y que lo es todavía, para la Iglesia, un ejemplo contundente de alguien que, siendo salvo, no lo es sino como "a través del fuego". Su alma nunca estuvo feliz y con holgura; le afligía cada día. No hay nada de bri­llante en un testimonio tal. Cuando se trata de Lot, no hay referen­cia de ningún gozo, ninguna fuerza, ningún triunfo de espíritu. Los ángeles tenían reservas en cuanto a él, mientras que el Señor de los ángeles quería conversar en la intimidad con Abraham. Lot debió escapar sin otro botín que su vida, mientras que Abraham, desde lo alto, contemplaba a distancia el juicio. Lo que llama la atención es que desde que Lot escogió su propio camino, como un hombre de principios mezclados, abandonó el camino donde el llamamiento de Dios le habría mantenido con Abraham y que desde entonces no hubo más comunión entre ellos.
            Abraham va en socorro suyo cuando sus principios le colocan en la dificultad y la tristeza; pero no hay comunión entre ellos. No podían encontrarse en espíritu. Todo hijo de Dios puede reconocer a Lot como su pariente, le puede prestar el servicio que Abraham le prestó, pero ninguna comunión hay entre ellos. No es raro en estos días en­contrar situaciones semejantes. Lot, en lugar de afirmar su llamamiento y su elección, está entre aquellos que los hijos de Dios reco­nocen como hermanos en el testimonio positivo de la Palabra, antes que sobre la preciosa y plena confianza de la vocación de Dios para con él, o como uno de aquellos a quienes Pablo podía decir: "cono­ciendo, amados hermanos, que vuestra elección es de Dios".

DAVID Y JONATAN
            La naturaleza prevalece tristemente y de una manera variada en to­dos los santos de Dios, de los cuales nos hablan las Escrituras; en unos más que en otros, precisamente según la medida de la abundan­cia de frutos del Espíritu en ellos, en las afecciones y en el servicio; aquí treinta, allí sesenta y en otros cien. Pero es completamente otra cosa que ser personas con principios mezclados. Es el caso de David. La naturaleza tuvo su reacción en él, pero jamás entró en asociación con propósitos deliberados, con personas que no vivían en armonía con el llamamiento de Dios. Su carácter se había formado sobre este llamamiento, y sus caminos eran conformes a él. No fue lo mismo con su amigo Jonatán; su vida no estuvo regulada por este llama­miento de Dios y por la energía del Espíritu trabajando en él. Se condujo a veces de una manera noble y llena de gracia, pero jamás fue un hombre separado de lo que Dios había rechazado. No fue fiel a los puros principios establecidos por Dios en esos días; fue un hom­bre de fe, manifestando los afectos espirituales más tiernos, adqui­riendo por esto un lugar muy marcado en el recuerdo de los santos; pero con todo esto, nunca ocupó la posición donde el llamamiento de Dios le quería.
            La corte de Saúl era entonces un lugar de deshonra y de apostasía. Dios estaba con David. La gloria estaba con él en el desierto, en las cuevas y en los agujeros de la tierra. David tenía consigo el efod, el sacerdote, la espada de la fuerza de Dios, testigo de su victoria. La flor y la promesa del país le seguían también. Los de la cueva de Adullam y los del día de la venganza de Siclag adquieren renombre con él. Todos esos hijos de Israel, todos los que resplandecerían más tarde en la corte y en el campo del reino se encontraban con David en ese momento.
            Dios llamó a los suyos en compañía del hijo de Isaí en las cuevas, allí donde operó la energía del Espíritu. Pero Jonatán no estaba allí, no se encontraba donde estaba la gloria, el sacerdote, el efod, y el hombre según el corazón de Dios, despreciado y desechado por los hombres; no se encontraba allí donde se reunían todas las promesas del reino al que sería introducido. He aquí el lado triste de su historia. Personalmente Jonatán era amable, había realizado algunos actos de valentía; muchos de sus afectos tenían un "perfume celestial", y podemos asegurar que hasta el fin, David vivió en su corazón. No dudamos que sufrió cruelmente por los caprichos y las injusticias de su padre. Podemos decir que Jonatán ocasionaba gozo a David, mientras que otros que le seguían, a menudo fueron para él ocasión de ver­güenza y tristeza, hasta en sus aflicciones.

sábado, 14 de enero de 2012

El Verdadero Discipulado


Una vida que ha sido dedicada al Señor Jesús tiene una profunda recompensa. Hay go­zo y placer en seguir a Cristo y eso es vida en su sentido más verdadero.
El Salvador dijo repetidas veces: "El que pierde su vida por causa de Mí, la hallará." En realidad, este dicho se halla en los cuatro Evangelios con más frecuencia que cualquier otro dicho suyo (véase Mateo 10:39, 16:25; Marcos 8:35; Lucas 9:24; 17:33; Juan 12:25). ¿Por qué se repite tantas veces? Es porque establece uno de los principios fundamentales de la vida cristiana: que una vida guardada para sí es una vida perdida, pero entregar la vida por Cristo es encontrar la vida, es salvar­la, es gozarla y guardarla para la eternidad.
Ser un cristiano mediocre solamente ase­gura una existencia miserable. Estar entera­mente consagrado a Cristo es el camino más seguro para llegar a gozar de lo mejor de El. Ser un verdadero discípulo es ser un esclavo de Jesucristo y encontrar en su servicio perfecta libertad. Hay libertad en los pasos de to­do aquel que pueda decir "Amo a mi Señor; no saldré libre."
El discípulo no se enreda en pequeñas asuntos o en cosas pasajeras. Está preocupado con asuntos eternos, y como Hudson Taylor, goza de lujo de tener pocas cosas que cuidar. Puede ser desconocido, sin embargo bien co­nocido. Aunque está constantemente murien­do, vive persistentemente. Es castigado, pero no muerto. Aun en la tristeza tiene gozo. Po­bre, pero enriqueciendo a muchos. No tiene nada, pero lo posee todo (2 Cor. 6:9-10).
Y si se puede decir que la vida del verda­dero discipulado es la que más satisfacción espiritual produce en este mundo, también podemos afirmar con certeza que recibirá la más alta recompensa en la vida venidera. "Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras'' (Mateo 16:27).
Por lo tanto, el hombre verdaderamente bendecido en el tiempo y en la eternidad es el que puede decir con Borden de Yale: "Señor Jesús, yo saco mis manos en lo que concierne a mi vida. Ocupa Tú el trono de mi corazón. Cámbiame, límpiame, y úsame a tu arbitrio".
       No es su voluntad...

"No es su voluntad que ninguno perezca"
Jesús entronado en la gloria más excelsa
vio nuestro mundo pobre, dolorido y caído
y por ello derramó su vida compasivo.
Muchos perecen, atestan ya nuestra senda,
        corazones con cargas que no hay quien pueda.
Jesús salvaría, pero nadie les ha hablado
de quien libra de la desesperación y el pecado.

"No es su voluntad que ninguno perezca"
vestido en carne nuestra con sus penas y dolores,
vino a consolar y a salvar a los peores,
a sanar al quebrantado y a todo el que padezca.
Muchos perecen, la siega pronto se acaba;
los obreros son pocos, la noche se acerca;
Jesús te está llamando, su desafío acepta,
y adornarás tu corona con las almas salvadas.

Mucho para los placeres, poco para Cristo.
Tiempo para el mundo con sus placeres vanos.
        Solo hay tiempo para Cristo, para dar al convicto,
La palabra que falta para hacerle cristiano.
Muchos perecen, oíd, nos están llamando:
"El Salvador presentadnos, ¡Ay! de El habladnos.
Estamos tan cansados, de culpas tan cargados,
que nada hacer podemos para ser aliviados."

"No es tu voluntad que ninguno perezca:
siendo seguidor Tuyo, ¿puedo vivir, acaso,
tranquilo mientras almas se deslizan abajo
perdidas porque su ayuda no les ofrez­co?
        ¡Oh! Maestro, perdóname, inspírame de nuevo;
        quita la mundanalidad, pon en mí el anhelo
        de vivir conforme a lo eterno que no perece.