martes, 1 de marzo de 2016

UNA SOLA OFRENDA, VARIOS SACRIFICIOS (Parte III)

(Levítico 1 a 7)

"A Jesucristo, y a éste crucificado" (1 Corintios 2:2).
EL HOLOCAUSTO (Levítico 1; 6:9-13; 7:8)

Como ya lo hemos visto, el holocausto, el sacrificio que es enteramente quemado sobre el altar, viene en primer lugar. En efecto, era importante poner en evi­dencia primero la perfección de la víctima, perfección que sólo puede ser plenamente apreciada por Dios. El mismo Señor Jesús lo dijo: "Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida" (Juan 10:17). «El centro y el fundamento de nuestro acceso a Dios es la obediencia de Cristo y su sacrificio» (J. N. Darby). El israelita que se acercaba a la puerta del tabernáculo de reunión, estaba provisto de una ofrenda perfecta, un "macho sin defecto" (Levítico 1:3).

Cristo para Dios
Ya para la pascua, hacía falta un cordero "sin defecto, macho de un año" (Éxodo 12:5).
1 Pedro 2:22 nos dice que el Señor Jesús "no hizo pecado". Mientras que tan fácilmente faltamos nosotros, Él, en ninguno de sus hechos, en ninguna de sus actitudes, en ninguno de sus pensamientos, hizo pecado. Más aún, 2 Corintios 5:21 precisa: "Al que no conoció pecado". No tenía ninguna afinidad por el pecado, ninguna atracción, ningún deseo para con él, como nosotros lo comprobamos tan frecuentemente en nosotros mismos. Más todavía, 1 Juan 3:5 añade: "No hay pecado en él". No solamente no pecó, no faltó, sino que el pecado jamás lo rozó, la naturaleza peca­dora no estaba en él. Fue tentado en todo igual que nosotros, pero la Palabra precisa: "sin pecado" (Hebreos 4:15).
Tenemos el testimonio de aquellos que vivieron en su época y que no eran sus amigos. El malhechor crucificado a su lado declaró: "Este ningún mal hizo" (Lucas 23:41). Judas, lleno de remordimiento por haberlo vendido, volvió diciendo: "He pecado entre­gando sangre inocente" (Mateo 27:4). Sus enemigos, viéndolo en la cruz, declararon: "A otros salvó" (Mateo 27:42). Y Pilato, antes de condenarlo, repitió: "Ningún delito hallo en este hombre" (Lucas 23:4). "Inocente soy yo de la sangre de este justo" (Mateo 27:24). Podríamos multiplicar los pasajes en los que brilla y se impone esta perfección del Señor Jesús; será para cada uno un bendito tema de estudio intentar descubrirlos.
Pero si bien la víctima debía ser presentada sin defecto, también era necesario que la parte interior fuese manifestada en correspondencia con la exterior. Por eso era desollada, luego dividida en piezas. El Señor Jesús pudo decir por medio del salmista: "Me has puesto a prueba, y nada inicuo hallaste; he resuelto que mi boca no haga transgresión" (Salmo 17:3). Todas las partes de su Ser eran igualmente perfectas. Luego, la víctima era lavada con agua, el interior y las piernas. La Palabra puso a Cristo a prueba en su vida y en su dedicación hasta la muerte, no para quitar alguna mancha, sino para establecer que todo era perfecto. En su Ser interior, en sus íntimos pensamientos, en sus afec­tos, todo ha sido manifestado en plena correspondencia con el pensamiento de Dios. En su andar (las piernas) siempre mostró una entera dependencia y obediencia. «El lavamiento de agua del sacrificio figuraba lo que Cristo era, en su esencia, es decir puro» (J. N. Darby).
La víctima sin defecto, desollada, dividida en piezas, lavada, después era puesta sobre el fuego del altar. El juicio de Dios puso a prueba todo lo que era Cristo; todo fue encontrado excelente, "de olor grato para Jehová" (Levítico 1:9).
Jesús se ofreció a sí mismo; encontró el juicio de Dios. Durante las horas de tinieblas, las mujeres y los discípulos que se habían reunido al pie de la cruz, se alejaron y miraban "de lejos" (Mateo 27:55). Sólo Dios puede apreciar en plenitud la excelencia de la Persona de su Hijo y el valor de su sacrificio; pero aunque en esas cosas no podamos penetrar, sí nos corresponde contemplarlas y adorar.

Aquel que se acercaba a la puerta del tabernáculo de reunión, consciente de no estar limpio en sí mismo para la presencia de Dios, estaba provisto de una ofrenda perfecta. En virtud de ella, se atrevía a acer­carse para ser aceptado "delante de Jehová" (Levítico 1:3-4). Aquí no se trata de perdón de pecados ni de purificación. Es preciso saber que Jesús murió por nuestras faltas y que su sangre nos purifica plenamente, pero en cierto sentido es un lado negativo. Se trata de llevar a Dios una ofrenda que le sea agradable. ¿Será nuestro andar? ¿Nuestra devoción? ¿El fruto de nues­tros esfuerzos? Caín lo creyó al llevar el fruto de su trabajo, pero Dios no pudo aceptar ese sacrificio. Abel, consciente de no responder en sí mismo al pensamiento de Dios, presentó una ofrenda de los primogénitos de sus ovejas: sacrificio cruento de otra víctima por la cual podía ser aceptado (Génesis 4:4).
"Pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto" (Levítico 1:4). No sólo debía llevar una ofrenda perfecta, sino también identificarse con ella, decir con ese gesto: «ella será aceptada por expiación mía». 1 Juan 4:17 afirma: "Como él es, así somos nosotros". Dios nos ve en Cristo; "nos hizo aceptos en el Amado" (Efesios 1:6); nos recibe como recibe a su Hijo.
Tenemos un ejemplo en la epístola a Filemón. Onésimo, esclavo, había huido de la casa de su amo Filemón; al conocer al apóstol Pablo, mientras éste se hallaba en prisión, fue llevado al Señor. Entonces se trataba de enviar al esclavo a su amo, pero ¿cómo éste lo había de recibir? Pablo puso todo de sí para que Filemón recibiera a Onésimo, como, por así decirlo, Cristo puso todo de sí para que Dios nos reciba. Le escribió: "Si en algo te dañó, o te debe, ponlo a mi cuenta... yo lo pagaré" (Filemón v. 18-19). Estas palabras recuerdan el sacrificio por el pecado. El Señor Jesús responde por todas nuestras faltas; El pagó la deuda de nuestros pecados. Sin embargo, esto necesariamente no hacía a Onésimo agradable a Filemón; a lo sumo, un obstáculo para su recepción había sido qui­tado: puesto que Pablo pagaría, Filemón no podía rehusarse a recibir a Onésimo. Tenemos también lo que corresponde a 1 Juan 4:17 en Filemón 17: "Así que, si me tienes por compañero, recíbele como a mí mismo". El mismo apóstol era grato a Filemón, quien lo habría recibido con los brazos abiertos; debía, pues, recibir a Onésimo como habría recibido a Pablo. Así Dios nos recibe como recibe a su Hijo: "Como él es, así somos nosotros". Qué motivo para darnos "confianza en el día del juicio", y hacer que penetremos totalmente en el amor de Dios: "En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros" (1 Juan 4:17).
Así, al perder de vista lo que hemos hecho y lo que somos, podemos presentarnos ante Dios, no con las manos vacías, ni con el fruto de nuestro trabajo, sino "en Cristo". Cuando aquel que se acercaba ponía la mano sobre la cabeza de la víctima, los méritos de la ofrenda pasaban al adorador; le eran imputados: "Él" ha sido agradable en lugar de mí.
¿Sólo en lugar de mí? No, en lugar de todos mis hermanos, de todos los rescatados del Señor, quienes­quiera que sean, a pesar de su ignorancia o de sus faltas (seguramente no mayores que las mías). Sepamos ver siempre a los hijos de Dios "en Cristo", hechos perfectos como Él mismo lo es.
Después de haber llevado su ofrenda y haber puesto la mano sobre la cabeza de la víctima, siendo aceptado, el israelita ¿habría podido regresar a su casa? De ninguna manera. ¡Él mismo debía degollarla! Cada adorador debe sentir profundamente la necesidad de la muerte de Cristo. Para acabar la obra que el Padre le había dado que hiciera, no era suficiente que fuera per­fecto durante su vida, totalmente agradable a Dios, hacía falta que muriera: "¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas?" (Lucas 24:26). Sobre el monte de la transfiguración, todo era gloria y luz, pero ¿de qué hablaban Moisés y Elías con Jesús? "Hablaban de su partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén" (Lucas 9:31).
El adorador debía hacer más: Desollaba la ofrenda y la dividía en piezas. Para poder presentar las perfec­ciones del Señor Jesús a Dios en la adoración, hace falta profundizarlas, contemplar no sólo cómo exteriormente ha sido perfecto, sino cómo, en sus pensamientos, en lo íntimo de su ser, glorificó plenamente a Dios. Nuestros corazones así ejercitados, conducidos por el Espíritu, podrán entonces ofrecer a Dios sacrificios espirituales que recuerden algo mejor lo que su Hijo ha sido para Él.
Los hechos en relación directa con el altar eran reservados a los sacerdotes, hijos de Aarón. Un sacer­dote era una persona espiritual que, viviendo cerca de Dios, comprendía lo que le era debido. Los sacerdotes presentaban la sangre y hacían aspersión alrededor del altar: Esto muestra el infinito valor de la sangre de Cristo, quien entró en la muerte para cumplir hasta el fin la voluntad de Dios. Los sacerdotes debían también acomodar la madera y el fuego, y luego las piezas de la víctima, la cabeza, la grosura y hacer "arder todo sobre el altar" (Levítico 1:9). No podemos penetrar en el mis­terio de Cristo bajo el juicio de Dios, tal como, por ejemplo, el Salmo 22 nos lo presenta; pero sí podemos hablar de él a Dios, considerarlo ante él, hacerlo subir como un perfume de olor grato.
Efesios 5:2 lo precisa: Primero "Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros": es nuestra parte; pero después se entregó como "ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante": es la parte de Dios, el holo­causto. 

Figuras simbólicas en la Biblia (Parte III)

III - Minerales simbólicos


Las piedras preciosas son figura de la dignidad. El pectoral “llenarás de pedrería en cuatro hileras de piedras... y llevará Aarón los nombres en el pectoral sobre su corazón”, Éxodo 28.17, 29.





La sal
es emblema de la pureza, sinceridad y verdad como preservativo. “Vosotros sois la sal de la tierra”. “Tened sal en vosotros mismos”, Mateo 5.13, Marcos 9.50. “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal”, Colosenses 4.6.


El agua en plural representa el juicio, como vemos en el Diluvio, Génesis 7.10; “las aguas han entrado hasta el alma”, Salmo 69.1. El mar representa la humanidad, las grandes masas de los gentiles. “Vi subir del mar una bestia”, Apocalipsis 13.1.



El Mar Rojo nos recuerda del bautismo: “Fueron bautizados en la nube y en el mar”, 1 Corintios 10.2.






El agua en movimiento representa al Espíritu Santo, como vemos en las frases siguientes: “El que cree en mí, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu...” Juan 7.38, 39. “... una fuente de agua que salte para vida eterna”, Juan 4.14. Aplicada al cuerpo, como en una fuente, el agua representa la Palabra de Dios. “...lavados los cuerpos con agua pura”, Hebreos 10.22. “... para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la Palabra”, Efesios 5.26.



El bronce simboliza el juicio ejecutado o la resistencia. El altar de bronce es figura del juicio que fue ejecutado sobre el Cordero de Dios. Tocaba al sacerdote juzgarse a sí mismo con el agua de la fuente de bronce.



La roca representa el fundamento, la fortaleza y el refrigerio. “No cayó, porque estaba fundada sobre la roca”, Mateo 7.25. “Oh Jehová, fortaleza mía, roca mía y castillo mío”, Salmo 18.1, 2. “... sombra de gran peñasco en tierra calurosa”, Isaías 32.2.


El oro representa la gloria divina o la naturaleza divina. Todos los muebles del santuario estaban cubiertos de oro puro, y el altar de incienso y la mesa tenían cornisas de oro. “Vemos... a Jesús, coronado de gloria y de honra”, Hebreos 2.9.


La plata se asocia con el precio de la redención o del rescate. “Cada uno dará a Jehová el rescate de su persona... medio siclo” (de plata), Éxodo 30.12, 13.







El hierro es simbólico de la fuerza, el poder y el sufrimiento. “... tenía unos dientes grandes de hierro”, Daniel 7.7. El imperio romano, que era el más poderoso de los imperios, es simbolizado por las piernas de hierro en Daniel 2.33. “Afligieron sus pies con grillos”, (de hierro) Salmo 105.18.

El yugo desigual (Parte III)

El yugo social y político



¿Qué comunión la luz con las tinieblas?  2 Corintios 6.14.
El compañerismo con los mundanos —las personas que no han aceptado a Cristo como su Salvador— siempre conduce a mayores complicaciones. Por ejemplo, algunos se dejan llevar en equipos de deporte. Generalmente es obligatorio que los jóvenes jueguen deportes en las instituciones donde estudian, pero no es bueno que un creyente se incorpore en un equipo de buena gana. Esto bien puede conducir a otros compromisos, como entrenar y jugar los domingos y en horas de reuniones de la congregación. Hay presión para festejar y tomar aguardiente[1] con los compañeros de juego. El ejercicio corporal necesario para el desarrollo del niño llega a ser el dios del mundano. El deporte se hace ídolo.
Otras amistades conducen al creyente a la membresía en clubes sociales y asociaciones benéficas. Hay quienes se incorporan en partidos políticos, en sindicatos laborales o gremios de diversas índoles. Son yugos desiguales con los incrédulos. Las asociaciones benéficas hacen buenas obras pero el creyente debe hacer el bien en forma que no lo ligue en unión con los mundanos. Muy a menudo la forma de actuar entre ellos no agrada al Señor.
Un creyente no puede compartir en muchas de las actividades de los sindicatos laborales. Es verdad que recibe beneficios a través de ellos, pero la Biblia dice, “Estad sujetos con todo respeto a vuestros amos; no solamente a los buenos y afables, sino también a los difíciles de soportar. Porque esto merece aprobación si alguno a causa de la conciencia delante de Dios sufre molestias padeciendo injustamente”, 1 Pedro 2.16 al 19.
El creyente ora por su amo, le habla justamente pidiendo el sueldo merecido por ser cumplido y sumiso en su trabajo, pero no puede participar en amenazas ni salir en huelga. Esto no es la forma de actuar según la mansedumbre de Cristo. El hijo de Dios procura la paz con todos y se abstiene de luchar. Muchos hermanos fieles evitan empleo donde tendrían que sindicalizarse. Los que por necesidad tienen que laborar donde es obligatorio ser miembro del sindicato, pagan sus aportes sin ser activos en el gremio.
En cuanto a los partidos políticos, debemos entender que “nuestra ciudadanía está en los cielos”, Filipenses 3.20. Ahora no es el tiempo de reinar. Cristo nos mandó a predicar al mundo perdido, pero no a mejorarlo por la política. En ella hay celo, pero también el engaño de la codicia. El creyente no puede compartir con tales co­sas. Es imposible actuar con santidad y justicia y a la vez luchar con los impíos en asuntos políticos. El creyente debe orar “por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad”, 1 Timoteo 2.2.
Él debe cumplir también con patriotismo y sus deberes al Estado. “Sométase toda persona a las autoridades superiores, porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas … por lo cual es necesario estar sujetos … pues por esto pagáis también tributos … impuestos … respeto … honra”, Romanos 13.1 al 7. “Someteos a toda institución humana, ya sea al rey, como a superior, ya a los gobernadores”, 1 Pedro 2.13.
El que es de Cristo puede ser empleado por el gobierno, pero sin meterse en yugo desigual como miembro de un partido.




[1] N. de E.: En otros lugares son otros tipos de bebidas espirituosas (Vodka, etc.) o espumantes como la cerveza.

ALGUNAS MUJERES DEL ANTIGUO TESTAMENTO (Parte III)

Sara como madre destacada




                Génesis 11 al 25 cuentan eventos en la vida de Sara. Ella figura como la primera mujer en la Biblia realmente temerosa de Dios. Sin embargo, no hay indicios de esta espiritualidad hasta que creyó que iba a dar a luz un hijo. El hecho es que toda la familia de Sara está en el contexto de su vida matrimonial, y sus faltas también tienen que ver con su relación conyugal. Algunos pasajes relevantes son Isaías 51:2, Romanos 4:19, 9:9 y Hebreos 11:11.
         Fue la esposa de Abraham y su historia gira en torno de la manera en que su esposo y su hijo incidieron en su vida y su actitud ante ellos. Fuera del Génesis Sara es más de todo una madre:
En Hebreos 11.11 es madre de un solo hijo: Por la fe ... Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido. (Obviamente su fe precedió su momento de concebir).concepción..
En Isaías 51.2 es madre de la nación de Israel. Dice que Jehová le llamó a Abraham cuando era “uno solo”, pero dice también que Sara “dio a luz” al pueblo de Israel.
En Gálatas 4.21 al 23 es madre de todos nosotros que estamos libres bajo el nuevo pacto, la promesa de salvación por fe en Cristo.
En 1 Pedro 3.6 es madre de todas las santas mujeres que esperan en Dios y se sujetan a sus maridos con espíritu afable y apacible.
         Ella sufrió primeramente por causa de su esterilidad y luego por las contiendas entre el hijo de la esclava (Ismael, hijo de Agar) y el hijo de la promesa (Isaac, el de Sara). Nada se dice de Sara en la ocasión en que Isaac iba a ser ofrecido sobre el altar, pero es de pensar que ella sabía (“Toma a tu hijo” fue exigido antes que padre e hijo salieron de casa) y que lo sintió como sólo puede una madre.

        
Después de que Dios había prometido una simiente a Abraham, ella esperó diez años y luego decidió tomar el asunto en sus propias manos. Sugirió a su marido que suscitase simiente de la sierva egipcia, Agar. Posiblemente lo hizo en dedicación a su esposo, pero impaciencia ante las promesas de Dios. Las consecuencias de esa intriga las palpamos hasta el día de hoy en la enemistad que existe entre judíos (descendientes de Isaac) y árabes islámicos (descendientes de Ismael y Esaú).
         Su hermosura fue perdurable. Aun a la edad de los noventa años, ella fue codiciada. Dos reyes la querían: Faraón y Abimilec. Parece que compartió la mentira con Abraham en cuanto a la verdadera relación entre ellos dos. Acordaron decir que eran hermanos y no cónyuges, para que él no fuese muerto por causa de ella.
         Abraham se rió por gozo ante la promesa de que le nacería un hijo, 17.17. Sara se rió de incredulidad cuando Dios le dice a Abraham que ella sí tendría un hijo, 18.12. Pero cuando nació Isaac se rió de alegría, y dice: Dios me ha hecho reír, y cualquiera que lo oye se reirá conmigo, 21.6.
         El apóstol Pedro destaca su obediencia y reverencia. Al hablar de la conducta de las esposas y el atavío de las mujeres creyentes, dice: Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios. Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que (a) esperaban en Dios, (b) estando sujetas a sus maridos; como Sara obedeció a Abraham, llamándole Señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza.
         Es interesante que Sara y otras se hayan destacado, según el enfoque de Pedro, por su atavío interno, cuando el Génesis habla más de una vez de su hermosura externa. El pone a Sara como ejemplo de una mujer cuyo atavío interno se reflejaba en su conducta para con su marido. No dice si era así a lo largo de su unión, o sólo en todas o algunas de las circunstancias narradas en el Génesis. Lo cierto es que Abraham le traicionó al decirles a Faraón y Abimelec que ella era su hermana; véase Génesis 20.13.
         Sara murió a los 172 años. Es la única mujer de quien la Biblia especifica sus años de vida y su sepultura es la primera mencionada en la Biblia. Muerta, dejó un vacío palpable en el hogar. Abraham la lloró, y compró la heredad y cueva de Macpela para sepultarla allí. De Isaac su hijo dice que fue sólo al recibir a Rebeca por mujer que él se consoló después de la muerte de su madre.

Doctrina: Cristología. (Parte III)

II.           Profecías de Cristo en el  Antiguo Testamento.


En diversas partes del Antiguo Testamento encontramos párrafos acerca de la venida del Mesías prometido. La forma de mostrar el mensaje puede ser a través de promesas, así como el uso de personas para representar la vida del Mesías. Algunos de ellas eran claras y otras no se entendió su significado hasta que se cumplió en Jesús.
Estudiaremos estas promesas y profecías de dos formas, la primera desde el punto de vista de genealogía y el segundo, de las profecías  en sí mismas.
A)  Genealogía
Tanto en Mateo y Lucas se entrega la línea genealógica del Señor, aunque estas difieren entre sí, ya que son distintas tanto en personas como en extensión. Esto provoca problemas en algunas personas, porque aparentemente se contradicen mutuamente. La explicación más natural es entender que la línea entregada por Mateo corresponde a José, y la de Lucas a María. Lo importante es ver que ambas entroncan con David y de ahí podemos seguirla hasta Abraham.
Sin embargo podemos observar que la primera promesa, también llamado “protoevangelio”,  fue dicha a la mujer en Edén y relatada en Génesis 3:15 del siguiente modo: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:15). El pasaje describe la enemistad entre Satanás y el Mesías, identificado como la simiente. La promesa se cumple en María, de la cual nació Jesús, en cuya concepción no participó José como el marido de ella, y esto enfatizado en Mateo 1:16 con la frase “de la cual”.
En la bendición de Noé a Sem dice: “Bendito por Jehová mi Dios sea Sem…” (Génesis 9:26); “da a entender la preservación de la verdadera religión entre los descendientes de Sem”[1].
A Abraham Dios le promete “engrandeceré tu nombre” (Génesis 12:2c), y de esta promesa se entiende  que el Mesías saldría de su descendencia y que “serán benditas… todas las familias de la tierra” (Génesis 12:3c). Cuyo cumplimiento lo encontramos en el primer versículo del primer capítulo de Mateo: “Jesucristo… hijo de Abraham”. Y Pablo lo ratifica en su carta a los Gálatas: “…Y a tu simiente, la cual es Cristo” (Gálatas 3:16 cf. Génesis 12:7), dando cumplimiento a la promesa de Dios a Abraham.
Por medio de Isaac se continuaba la promesa dada a Abraham (Génesis 17:19).
A pesar que Isaac tuvo dos hijos, Dios designó a Jacob quien sería ascendiente del Mesías (Génesis 25:23; 28:13). Esto se enfatiza en Números 24:17 que muestra que el gobernante (“cetro”) y el  “dominador” (v.19) saldrá de él (compárese con Romanos 9:10-13).
Judá, hijo de Jacob, a pesar de no ser el hijo mayor, Jacob lo designó como cabeza de la familia, porque sus hermanos mayores se hicieron indignos de ella debido a sus faltas (Génesis 49:1-7). Como tribu conservó la primogenitura y el puesto de primacía, por lo cual (v.10) se afirma que el Mesías, el Rey,  saldrá de la tribu de esta tribu. Este rey  tendrá en su poder el “cetro”. La bendición de Jacob indica que Judá retendrá el derecho de regir hasta que llegue “Siloh”, y se entiende que este “Siloh” es el Mesías, que será un hombre de paz (cf.  Salmo 72:7; 122:7; Jeremías 23:6; Zacarías 9:10).  
David fue rey de Israel y se le prometió que Dios mismo iba a levantar un rey de su propia estirpe (2 Samuel 7:12-16). En el inmediato, se cumplió en Salomón, pero en sí la promesa es mucho más amplia en el tiempo, ya que el reino y el trono serian “eterno” (v. 16). El Salmo 89 detalla esta promesa a David con más detalles.
B)   Profecías
a.    Sobre el Nacimiento.
Isaías indica la forma en que el Mesías nacería: “Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel”  (Isaías 7:14). Evidentemente este pasaje tuvo un cumplimiento cercano, porque esta profecía  era una señal para el impío rey Acaz (2 Reyes 16:2), cuyo cumplimiento se concreta con el nacimiento de Maher-salal-hasbaz tal como expresa Isaías 8:3. Y un cumplimiento lejano, que se cumplió con el nacimiento virginal del Mesías (Mateo 1:23).
El lugar en que habría de nacer el Mesías era Belén de Judá tal como expresa Miqueas: “Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad” (5:2). Era un pueblo pequeño, insignificante (vea Josué 15:21-63 y note que no se nombra); y la profecía deja bien en claro que se encuentra en el territorio asignado a la tribu de Judá para diferenciarlo de Belén ubicada en el territorio de Zabulón (Josué 19:15).
Cuando los magos llegaron a Jerusalén y se presentaron ante Herodes, lo sabios (sacerdotes y escribas) no tuvieron duda de citar la  profecía de Miqueas para saber en qué lugar había nacido el Cristo; y el mismo Herodes confió en aquellas palabras del profeta.  Vea Mateo 2:1-12.

b.   La vida de Cristo.
En la profecía queda claro que el Mesías tendría un Precursor. Un hombre, dedicado al servicio, obediente al mandato Divino, que su función era llevar a su pueblo al Señor, preparándolos para cuando el Mesías apareciese. Las dos profecías  que hablan de esta función las encontramos en Isaías 40:3 y Malaquías 3:1 cuyo cumplimiento lo encontramos en Juan el Bautista (Mateo 3:3; 11:10; Juan 1:23; Marcos 1:2-3), que fue apartado desde antes de nacer para este servicio (vea Lucas 1:5-25; 57-80).
La Misión que tendría el Mesías fue claramente delineada en la profecías de Isaías y que el Señor Jesucristo declaró que se había cumplido ante los propios ojos de los oyentes de la sinagoga. Esta dice: “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados” (Isaías 61:1-2). Sin embargo, cuando el Señor leyó este pasaje (Lucas 4:18-19), dejó una parte inconclusa, parte de la profecía no se ha cumplido y se cumplirá cuando vuelva en su segunda venida, por lo cual queda claro que su Misión era llevar a su pueblo devuelta a Dios y no traer el día de la Venganza de Dios.
En Isaías 9:1-2 se muestra al Mesías que se identifica con las personas “en angustias” y establece la zona en que habitará, para iluminar a Israel y a los gentiles. Esta profecía ve su cumplimiento cuando Jesús se establece    en Capernaum, dejando Nazaret, su antigua residencia (Mateo 4:13-16).
En su Ministerio terrenal, Él llevó las enfermedades de los que sanó, tal como lo profetizó Isaías (53:4 cf. Mateo 8:17). Lo anterior podemos complementarlo con el mensaje que debían entregarle los emisarios a Juan el Bautista de parte del Señor: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio; y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí” (Mateo 11:5-6).  Estas palabras representan en forma resumida el ministerio del Señor, ya habían sido profetizadas por Isaías en dos partes diferentes de sus profecías y el Señor las usó para dar respuesta a las interrogantes de Juan el bautista (Isaías 35:5-6; 61:1-2).
Su ministerio, a diferencia de los fariseos, se basaba en la compasión por débiles y oprimidos, y no divulgaba ni se exaltaba por el  bien que hacía a las personas, prefería que no se supiera. Isaías nos muestra como Él era y por sus hechos vemos que los llevaba a la práctica: “No gritará, ni alzará su voz, ni la hará oír en las calles. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare; por medio de la verdad traerá justicia. No se cansará ni desmayará, hasta que establezca en la tierra justicia; y las costas esperarán su ley” (Isaías 42:2-4 cf. Mateo12:18-21).
         En el libro de los Salmos encontramos que dice: “Abriré mi boca en proverbios; hablaré cosas escondidas desde tiempos antiguos…” (Salmo 78:2). Este texto profetizaba la forma de enseñar que tendría el Mesías para mostrar las verdades Divinas y se cumplió en el Señor Jesucristo (cf. Mateo 13:34-35).
Con respecto a Su presentación a la casa de Israel, de acuerdo a Zacarías 9:9 (cf. Mateo21:5) debía ser sobre un pollino y en forma humilde. El pueblo debía aclamarlo, tal como lo predecía el Salmo 118:26:”Bendito el que viene en el nombre de Jehová; desde la casa de Jehová os bendecimos” (cf. Mateo 21:9). Y este Rey que llegó en forma tan humilde  cabalgando un hijo de asna era más grande que el propio David (Salmo 110:1 cf. Mateo 22:44).
El Salmo 118:22 (cf. Mateo 21:42) declara que el Mesías sería rechazado, y se le compara con la “piedra que desecharon los edificadores”, piedra que es fundamental para dar solidez al edificio. Si bien es cierto que el pueblo lo apoyó en forma entusiasta cuando entró a Jerusalén montado en un pollino, pero solamente era de boca para afuera. Ya Isaías predecía este hecho en el capítulo 29 versículo 13 (cf. 15:8-9).
Otro pasaje que habla del rechazo del Mesías es el que se encuentra  Zacarías 13:7, donde se sus amigos  lo huirían en el momento más crítico de su vida (Mateo 26:31, 56b) y lo dejarían solo en ese angustioso momento.
Con respecto a la traición de Judas,  Zacarías (11:12-13) predecía que sería entregado por treinta piezas de plata (cf. Mateo 27:3-10).

c.    Sobre su muerte.
Respecto a Su muerte dolorosa,  el Salmo 22 describe los sufrimientos profundos que padeció en la Cruz. Si bien es descrito con figuras y lenguaje poético, muestran la crudeza de ese dolor físico y moral que padeció. El primer versículo profetiza el grito de angustia que padeció el Mesías al estar separado del Dios por causa de llevar sobre sí el pecado de todos (Mateo 27:46; Marcos 15:34). Más adelante en este Salmo, en el versículo 7 se describe la burla que hacía sobre Él y que Mateo consigna que eran todos los que pasaban por aquel lugar y en especial destaca a los sacerdotes, fariseos, escribas, ancianos y los otros dos ajusticiados  (Mateo 27:39-44). En el Versículo 16 indica que hirieron sus manos y pies (cf. Marcos 15:24-25). En el Versículo 17, indica que ninguno de sus huesos fue quebrado (Juan 19:33-36). El verso 18 muestra que sus ropas fueron repartidas (Mateo 27:35; Juan 19:23-24).
Aparte de este Salmo, el otro pasaje que retrata con una profundidad única los padecimientos del Mesías es Isaías 52:13-53:12. Es una descripción de lo violenta que fue la muerte del Mesías. Por ejemplo, en Isaías 52:14 se muestra lo desfigurado de su rostro como resultado de los golpes (vea Mateo 26:67; Marcos 14:65; Lucas 26:63,64; Juan 18:22). También se profetiza que sería herido y los azotes y posterior crucifixión determina que su muerte no fue pacífica, sino de extrema violencia (Mateo 27:26; Marcos 15:15,25; Lucas 22:63-65; Lucas 23:16,33; Juan 19:1,18), y está en profundo  contraste  con quién se le compara al Mesías: como un cordero, obediente y silencioso (Isaías 53:7; Juan 1:29), característica que retratan el comportamiento de Mesías ante el tribunal y en su muerte (Mateo 26:63; 27:12; Marcos 14:60; 15:4,5; Lucas 23:9). 
d.   La victoria de Cristo.
En el discurso de Pedro a la multitud después que vino el Espíritu Santo, aplica a Cristo las palabras del Salmo 16 (v 10 cf. Hechos 2:27). En el cual dice: “Porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción” (Salmo 16:10). Esto que dice David no se cumplió en él (cf. Hechos 2:29), sino que  expone la resurrección del Mesías, tal como Pedro, guiado por el Espíritu Santo (cf. Hechos 2:4), lo entendía (Hechos 2:31). Pablo, comprendía del mismo modo la profecía que está comprendida en el Salmo 16 (Hechos 13:35-37).
Esta victoria se completa no solo con la resurrección del Mesías, sino el retorno a los lugares celestiales. Este hecho fue profetizado en el Salmo 68:18 dice: “Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad, Tomaste dones para los hombres, y también para los rebeldes, para que habite entre ellos JAH Dios” (cf. Efesios 4:8).
e.    Sobre el reinado de Cristo.
Con respecto al futuro reinado del  Mesías, en el Antiguo Testamento encontramos numerosos pasajes. 
a)    En el Salmo 2 encontramos al Mesías reinando
b)   El Salmo 24:7-10 muestra la entrada del Rey a Jerusalén para gobernar.
c)    Isaías 9:6-7 muestra al Hijo en su gobierno
d)   Isaías 11:1-16, muestra el reinado Justo y pacífico del Mesías sobre Israel y las naciones.
e)    El  reino del Mesías estará en Jerusalén (Isaías 24:23).
f)     Isaías 35 enfatiza el futuro esplendoroso del reinado del Mesías
g)   Daniel 7:13-14, muestra el gobierno del Mesías sobre todas las personas.
h)   Zacarías 14:9-21 profetisa que los enemigos de Israel serán destruidos y el gobierno sobre toda la tierra.



[1] Paul Enns, Compendio Portavoz de Teología, página 217, Editorial Portavoz.

Meditación.

“...conoceré como fui conocido” (1 Corintios 13:12).
Es muy normal y comprensible que nosotros como cristianos nos preguntemos si identificaremos a nuestros seres queridos en el cielo. Mientras que no hay ninguna Escritura que trate específicamente el tema, hay algunos argumentos que nos llevan a una conclusión positiva.
En primer lugar, los discípulos reconocieron a Jesús en Su cuerpo glorificado resucitado. Su apariencia física era igual. No había duda que se trataba de “este mismo Jesús”. Esto sugiere que también tendremos nuestras propias características distintivas en el cielo, aunque de manera glorificada. Nada se indica aquí que nos veremos todos iguales. Cuando se dice en 1 Juan 3:2 que seremos como el Señor Jesús, significa que seremos moralmente como él. Es decir, libres para siempre del pecado y sus consecuencias. Pero ciertamente no nos pareceremos a él al grado de que nos lleguen a confundir con él. ¡Jamás!
Segundo, no hay razón para creer que conoceremos menos en el cielo que lo que conocemos aquí. Aquí nos reconocemos unos a otros; ¿por qué debería ser extraño que allá nos reconociéramos unos a otros? Si conoceremos entonces como somos conocidos ahora, eso debe ser decisivo.
Pablo esperaba conocer a los Tesalonicenses en el cielo. Decía que ellos eran su esperanza, gozo y corona de que se gloriara (1 Tesalonicenses 2:19).
Hay indicaciones en la Biblia que a la gente le es dada y le será dada la capacidad de reconocer a aquellos que nunca han visto antes. Pedro, Santiago y Juan reconocieron a Moisés y a Elías en el Monte de la Transfiguración (Mateo 17:4).
El hombre rico en el Hades reconoció a Abraham (Lucas 16:24). Jesús dijo a los judíos que verían a Abraham, Isaac, Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios (Luc_13:28). Se nos manda que hagamos amigos por medio de las riquezas injustas, para que nos reciban en las moradas eternas (lo que asume que nos reconocerán como sus benefactores, Lucas 16:9).
¡Pero hay que añadir una palabra de advertencia! Mientras que parece claro que identificaremos a nuestros seres amados en el cielo, no los conoceremos en las mismas relaciones que existían en la tierra. Por ejemplo, la relación esposo-esposa ya no estará más vigente. Este parece ser el claro significado de las palabras del Salvador en Mateo 22:30, “...en la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento.

LA PRIMERA EPÍSTOLA DE JUAN (Parte III)

Capítulo 2: Las Características de la Vida Divina (1 Juan 2: 3-11)


La primera porción de la Epístola presenta la vida eterna como manifestada en perfección en Cristo en la tierra.  Esta vida, impartida al creyente, capacita a quien la posee para tener comunión con las Personas divinas y probar así la plenitud de gozo.
En esta segunda porción de la Epístola, el apóstol trae ante nosotros las dos grandes características de la vida divina en su manifestación aquí abajo -obediencia a Dios y amor a nuestros hermanos. La práctica de estas dos cualidades, o el fracaso al exponerlas, llega a ser la prueba  en cuanto a si la profesión de conocer a Cristo (versículo 4), de estar en Cristo (versículo 6), y andar en la luz (versículo 9), es verdad o no.

(Versículos 3, 4). Estar en la luz de la plena revelación de Dios, y tener comunión con Dios, es conocer a Dios. El verdadero conocimiento de Dios conducirá al reconocimiento de que Dios es soberano y nosotros somos Sus criaturas, y por consiguiente, a Dios se le debe sumisión. Nosotros somos dependientes de Dios, y esta dependencia es expresada por medio de sujeción u obediencia a Dios. Si decimos que conocemos a Dios, y con todo, andamos en desobediencia a Su voluntad, nuestra profesión es falsa y la verdad no mora en nosotros.

(Versículo 5). Más aún, "el que guarda Su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado."  El Señor Jesús, como Hombre, anduvo en perfecta sujeción y obediencia a la voluntad del Padre. La voluntad de Su Padre fue el motivo, así como la regla, para todos sus actos y palabras. Él pudo decir, "yo hago siempre lo que le agrada" (Juan 8:29). Como resultado, el amor del Padre fue perfectamente conocido y gozado por Él. Así el Señor puede decir a Sus discípulos, "Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor." (Juan 15:10 - LBLA).

(Versículo 6). Si, entonces, profesamos permanecer en Él y, bajo Su influencia, gozar de comunión con el Padre, esto nos conducirá a andar como Cristo anduvo, con las benditas experiencias del amor del Padre que Él gozó. Mientras estemos aquí abajo nosotros no podemos ser lo que Él era, porque Él era sin pecado; pero es nuestro privilegio andar como Él anduvo. Él no se agradó a Sí mismo, sino que hizo solamente aquellas cosas que agradaban al Padre. Nosotros hemos sido elegidos para obedecer como Cristo obedeció y a andar y agradar a Dios. (1 Pedro 1:2 - "elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas."; 1 Tesalonicenses 4:1 - "Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más.").

(Versículo 7). Lo que el apóstol escribe a los creyentes no es ningún mandamiento nuevo, sino la palabra que ellos habían oído desde el principio; ya que él está escribiendo de la vida, señalada por la obediencia y el amor, que fue expresada en absoluta perfección en Cristo. Cualquiera persona profesando escribir algo nuevo de esta vida estaría haciendo la falsa pretensión de dar luz más allá de lo ya expresado perfectamente en Cristo.

(Versículo 8). Lo que, en efecto, es nuevo, es que la vida que fue expresada en perfección en Cristo ha sido impartida a creyentes, de modo que puede ser dicho, "cosa que es verdadera en él y en vosotros." (1 Juan 2:8 - Versión Moderna). Para el creyente es posible vivir esta vida en comunión con Personas divinas, ya que Dios ha sido plenamente revelado en la Persona del Hijo, y ha venido así a la luz. Habiendo sido Dios revelado, las tinieblas e ignorancia de Dios que caracterizaban al mundo "van pasando." Cuando nazca el Sol de justicia, el mundo entero vendrá a la luz. Todos conocerán al Señor. Entonces las tinieblas habrán pasado; pero, incluso ahora, "las tinieblas van pasando", cuando emergen personas del Judaísmo y del paganismo, y vienen a la luz de la revelación de Dios en el Cristianismo.

(Versículos 9,10). El apóstol ha hablado de la obediencia como una de las dos grandes pruebas de la realidad de la profesión de conocer a Dios y estar así en la luz. Él habla ahora del amor como una segunda característica de aquellos que están verdaderamente en la luz. Se deduce, por una parte, que el que odia a su hermano está en tinieblas o ignorancia de Dios, por mucho que pueda profesar de tener la vida y estar en la luz. Por otra parte, aquel que ama a su hermano permanece en la luz y no actuará de forma que él tropiece.

(Versículo 11). Un judío profesaba tener el conocimiento de Dios y estar así en la luz, y con todo, él odiaba y perseguía al cristiano, probando que él no estaba en la luz de Dios revelada en Cristo. Una persona tal, "está en tinieblas, y anda en tinieblas, y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos." Este no es uno que esté simplemente en un estado de tinieblas, como podría ser el caso de un verdadero cristiano quien, habiendo caído bajo una nube, admite amargos pensamientos contra su hermano. Esto supone a uno que está "en tinieblas", es decir, en un sistema en el que no hay revelación de Dios. "Tinieblas" es la ausencia de la revelación de Dios, y es una expresión usada en contraste con "la luz verdadera", la cual es la revelación de Dios.
Aquí tenemos, entonces, las grandes características de la vida eterna -obediencia y amor. Más aún, el pasaje muestra claramente que si nosotros poseemos la vida, y vivimos la vida, esto nos conducirá a:
En primer lugar, al conocimiento de Dios el Padre nosotros Le conoceremos (versículos 3, 4).
En segundo lugar, conociendo al Padre, andaremos en obediencia a Su voluntad (versículos 3, 4).
En tercer lugar, guardando Sus mandamientos, nosotros seremos confirmados en Su amor (versículo 5).
En cuarto lugar, andando así en obediencia, nosotros andaremos como Cristo anduvo (versículo 6).
          En quinto lugar, andando como Cristo anduvo, nos amaremos los unos a los otros (versículo 10).