miércoles, 1 de junio de 2016

UNA SOLA OFRENDA, VARIOS SACRIFICIOS (Parte VI)

(Levítico 1 a 7)
"A Jesucristo, y a éste crucificado" (1 Corintios 2:2).



2. LA OFRENDA VEGETAL (Levítico 2; 6:14-23)


La sal del pacto
La sal representa ante todo la fuerza preservadora de lo que es divino, el poder santificador que nos mantiene separados de la corrupción. La sal no faltaba en la vida de Cristo. También exhorta a sus discípulos a tener sal en sí mismos. Muy diferente será el ambiente en el que se encuentren dos o tres creyentes que no temen mostrar a Quién pertenecen y dar testimonio en favor del bien y en contra del mal. Mientras estén pre­sentes, no se atreverán a comportarse como cuando están ausentes. "Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno" (Colosenses 4:6).
Pero la sal del pacto nos hace también pensar en la fidelidad que requieren las relaciones que Dios ha establecido con los suyos en la época en que se encuentran. La vida debe ser puesta en armonía con la ofrenda. Es necesario tener el deseo de reflejar a Cristo, y no —a causa de nuestro andar—, contradecir nuestras palabras y nuestras alabanzas respecto a él. Sin duda, siempre sentiremos lo lejos que estamos de la verdadera ofrenda vegetal, pero lo que cuenta es la decisión del corazón. ¿Cómo podemos hablar con bellas frases de toda la devoción de Cristo por los intereses de su Padre, de su obediencia a su voluntad, de sus compasiones y de su bondad, y, un instante más tarde, mostrarnos duros y viles con nuestros hermanos, y buscar exclusivamente nuestros intereses personales? "No harás que falte jamás de tu ofrenda la sal del pacto de tu Dios" (Levítico 2:13).
¡Que podamos nutrirnos verdaderamente de esta ofrenda vegetal! Se les enseña a los niños los relatos de los evangelios; se les narra los milagros del Señor y las parábolas que pronunció; todo tiene su lugar, pero alimentarse de él en su perfecta vida es otra cosa. Hace falta verlo con los ojos del corazón; hace falta sentir en nuestra propia alma algo de lo que él sintió; hace falta, en alguna medida, ahondar en la comunión de los sufri­mientos del "varón de dolores".

Meditación.

“¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?” (Lucas 17:17).
El Señor Jesús sanó a diez leprosos pero sólo volvió uno a darle las gracias, y ése era un samaritano menospreciado.
Una de las experiencias más valiosas que podemos tener en la vida es la de encontrar ingratitud, porque entonces podemos tener parte, aunque sea en un grado minúsculo, en las aflicciones de Dios. Cuando damos generosamente y no se nos reconoce, podemos valorar más profundamente a Aquél que dio a Su Amado Hijo por un mundo ingrato. Cuando derramamos nuestra propia vida en un servicio incansable por los demás, nos unimos a Aquél que tomó el lugar de esclavo por una raza de ingratos.
La ingratitud es uno de los rasgos más desagradables del hombre caído. Pablo nos recuerda que cuando el mundo pagano conoció a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias (Romanos 1:21). Un misionero en Brasil se encontró con dos tribus que no tenían palabras para decir: “Gracias”. Si un hombre era bondadoso con ellos, le decían: “Eso es lo que quería” o “Eso me será útil”. Otro misionero que trabajaba en el norte de África, encontró que aquellos a quienes ministraba nunca expresaban gratitud porque le estaban dando la oportunidad de ganar méritos con Dios. Era el misionero quien debía estar agradecido, pensaban, porque estaba obteniendo favores a través de la bondad que les mostraba.
La ingratitud impregna toda nuestra sociedad. Un programa de radio llamado “Centro de Trabajo del Aire” consiguió encontrar trabajos para 2.500 personas. El presentador informó más tarde que solamente diez de ellos se tomaron la molestia de agradecerlo.
Una dedicada maestra de escuela había dado su vida enseñando a cincuenta grupos de estudiantes. Cuando tenía ochenta años, recibió una carta de uno de sus antiguos alumnos en la que le decía cuánto apreciaba su ayuda. Había enseñado cincuenta años y ésta era la única carta de aprecio que había recibido.
Decimos que es bueno experimentar la ingratitud porque ésta nos proporciona un pálido reflejo de lo que el Señor experimenta continuamente. Otra razón de porqué ésta es una experiencia valiosa es que nos enseña la importancia de ser agradecidos. Con mucha frecuencia nuestras peticiones a Dios pesan más que nuestras acciones de gracias. Damos muy por sentado Sus bendiciones, y demasiado a menudo fallamos en expresar nuestro aprecio unos a otros por la hospitalidad, instrucción, transporte, provisión e innumerables actos de bondad. En realidad esperamos estos favores casi como si los mereciéramos.
El estudio de los diez leprosos debe ser un constante recuerdo para nosotros, que mientras muchos tienen grandes razones para dar gracias, muy pocos tienen el corazón para reconocerlas. ¿Estaremos entre los pocos?

ALGUNAS MUJERES DEL ANTIGUO TESTAMENTO (Parte VI)

6. Lea, una madre escogida


La historia está en Génesis 29 al 31; 33 al 35.
Aunque Lea no gozaba de las cualidades físicas de su hermana menor, ella fue la que Dios escogió para que fuese madre de seis de los hijos de Jacob, dos de cuyas tribus iban a traer mayor gloria a é1. Estos eran Judá y Levi. La bendición de las mujeres sobre Booz fue: “Jehová haga a la mujer que entre en tu casa [Rut] como a Raquel y a Lea, las cuales edificaron la casa de Jehová”, Rut 4.11.
“Vio Jehová que Lea era menospreciada, y le dio hijos”, 29.31. Sin embargo, su esposo no tuvo el debido amor para con ella; al nacer el sexto de sus hijos, 30.20, ella dijo, “Ahora morará conmigo mi marido”. Sin embargo, fue después de esto que dio a luz a Dina, la cual iba a traer graves problemas a la familia; capítulo 34.

Según los nombres que Lea dio a sus hijos, vemos en ella un progreso o crecimiento espiritual que no se nota en Raquel: Con su primogénito, Rubén, dijo: Ha mirado Jehová mi aflicción. Vemos en esto la salvación. Cuando nació Simeón, dijo: Oyó Jehová que yo era menospreciada. Vemos su oración. Leví significa: Ahora esta vez se unirá mi marido conmigo. Vemos su deseo de comunión. Nace Judá y ella dice: Esta vez alabaré a Jehová que yo era menospreciada. Aquí su alabanza. Pasan varios años y nace Isacar: Dios me ha dado mi recompensa. Su recompensa fue producto de su servicio. Y por último con Zabulón ella declaró: Dios me ha dado una buena dote; ahora morará conmigo mi marido. La vemos en figura morando en la gloria.
Lea, a diferencia de Raquel, fue sepultada donde yacían los restos de Abraham Sara, Isaac y Rebeca; 49.31. Los restos de su esposo serían llevados luego a este mismo campo de Macpela, 50.13.

NUESTRA ACTITUD HACIA EL DINERO


Empezando en Mateo capítulo 5, tenemos una colección de las enseñanzas, tal vez más claves del Señor Jesucristo. Estas han venido a conocerse como "el sermón del monte" y siguen hasta el final del capítulo 7. Para mí es de gran interés notar que de estos 111 versículos, el Señor dedica nada menos que una séptima parte para decirnos cómo debemos utilizar lo que poseemos.
Antes de leer este artículo, reto al lector PRIMERAMENTE a leer lo que dijo el Señor mismo en Mateo 6:19-34.
Asumiendo que ya ha leído el pasaje, miremos con detenimiento los siete puntos que Cristo nos da:
1.    No nos hagamos tesoros aquí en la tierra: Cuando miro la tendencia que existe en mi propio corazón, me doy cuenta de lo fácil que es utilizar mi dinero, mis cosas, mis riquezas ¡para amontonar un "tesoro"! Pero si quiero seguir al Señor, Él me ordena no construir mi propio "imperio", mi casa, mi carro, o lo que sea. Esto no quiere decir que no puede ser la voluntad del Señor que tengamos tales cosas; ¡claro que sí! Pero no deben ser mi tesoro. Hacer lo contrario, no sólo es inmadurez espiritual, sino deso­bedecer flagrantemente a nuestro Señor...
2.    Hagamos tesoros en el cielo: ¿Por qué? Porque son los UNICOS que duran, ¡los únicos que valen la pena! Dijo un misione­ro que fue martirizado en este siglo: "No es ningún tonto el que pierde lo que no podrá guardar, para obtener lo que no podrá perder" (Jim Elliot).
Bueno, ¿pero cómo puedo hacer un tesoro en el cielo? Parte de la respuesta está en 1 Timoteo 6:6-10 y 17-19: "... Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadi­vosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir...". Y en la parábola de Lucas 16, el Señor nos muestra que podemos utilizar riquezas materiales para hacernos tesoros en el cielo, si las empleamos para otros a nuestro alrededor.
3.    Tengo que ver la realidad desde el punto de vista de Dios: confieso que al principio no entendí por qué el Señor habló de "los ojos" en la mitad de este tema. Pero claro: si mi perspectiva es la de Dios, si yo veo mi vida y mis riquezas como Dios las ve, tendré  una verdadera luz que me guie cómo obra. Pero, advierte Cristo, " si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas  no serán  las mismas tinieblas? ¡Terminaré por malgastar lo que el Señor me ha dado!
4.    No puedo servir a dos señores: El Señor se toma el trabajo de advertimos que es IM­POSIBLE servirle a Él y a las riquezas. No dice que es difícil, o que no podremos servirles bien. Dice que terminantemente no se puede. Si amamos lo uno, aborreceremos lo otro. ¿Palabras fuertes? Es Cristo mismo quien lo afirma; y es El, quien nos presenta este ultimátum: "escogeos hoy a quién sirváis", a tu salario, a tu moto, a tu educación universitaria, a tu apartamento o a mí".
5.    No os afanéis por la comida, o el vestido o el cuerpo: Es interesante notar que Jesús se limita a mencionar estas tres cosas y no más. A un escriba que quiso seguirle, el Señor le advirtió ¡que ni en guarida de zorros le garantizaba dormir! (Mateo 8:20). El Omnipotente Dios del universo promete hacerse cargo de nuestras necesidades básicas, y podemos confiar completamente en El. Y si en su gracia nos da techo, dinero, transporte u otras cosas debemos ver esto como una bendición adicional,  ¡no como algo que nos debe!
6.    Nuestro Padre sabe de qué tenemos necesidad: "Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo... como el padre... se compadece Jehová de los que le temen" (Salmo 103). Y es importante que Dios promete hacerse cargo de nuestras necesidades, no de nuestros deseos. ¿Estoy dispuesto a aceptar que mi Padre sabe mejor que yo? ¿A dejar que El decida lo que necesito?
7.    Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia: En este verso está el secreto del creyente que prospera porque "... todas estas cosas os serán añadidas" (Mateo 6:33). Aquí está el llamado de Jesucristo. ¿Estoy dispuesto a pagar el costo? La promesa es grande, pero el costo también. ¿A quién serviré?
Sendas de Vida, Enero-Febrero 1986

Doctrina: Cristología (Parte VI)


A.   Introducción 


Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos, tocante al Verbo de vida (1Jn 1:1)

El evangelio de Juan fue escrito para demostrar la humanidad del Señor Jesucristo y con ello contrarrestar las enseñanzas de un grupo herético denominado docetistas, del cual Cerinto era su principal exponente. El docetismo decía que  Jesús no había sufrido la muerte de cruz, ya que su cuerpo era aparente y no real. Esta corriente gnóstica piensa que el cuerpo es maligno, de modo que Dios no podría haber habitado en cuerpo con esas características y de ahí que se indica que el Cristo “parecía” que estaba en un cuerpo humano y que no estaba realmente encarnado.
Juan, como testigo ocular, deja bien en claro que fue hecho carne (que físicamente se encontraba entre ellos), que “habitó entre nosotros”, que  vieron su “gloria” y que su persona completa era llena de “gracia y verdad” (Juan 1:14).
Por lo cual, quien reconozca que Él estuvo entre nosotros como un hombre más (“que ha venido en carne”), ese es un Hijo de Dios (1 Juan 4:2). Y sentencia que quienes no lo reconocen como un hombre, estos no son de Dios y es más están en contra del Cristo (Anticristo) (1 Juan 4:3).
De ninguna manera podemos creer, si decimos ser seguidores de Cristo, enseñanzas que contradigan la humanidad de Cristo. Creemos que Él fue un perfecto hombre y que en todo era semejante a nosotros, que no era un extra terrestre (como algunos pueden pensar) o que era un ser espiritual que se posesionó de un hombre y que lo llevó hasta la muerte en cruz. No. Creer estos, es ser hereje, porque contradice todo lo que la Biblia enseña acerca de su persona.
En todo tiempo ha sido puesta la humanidad de Cristo (y también su Deidad) entre dicho. Sin importar en que tiempo se viva, Satanás pondrá en duda esta importantísima doctrina. Por tanto, no nos sorprende que muchos de los ataques vienen de en medio de la misma iglesia, iglesia que debería seguirlo en forma incondicional.
Usando la Escritura veremos que era un hombre (o ser humano) en todo el sentido de la palabra.

   B.   Su Humanidad
Él era perfectamente humano. Con esto queremos decir que nuestro Señor, pese a que ha sido desde la eternidad, cuando Él se hizo carne, era tan normal como cualquier ser humano. Como veremos a continuación compartía todas las características que los seres humanos tenemos desde que nacemos hasta que morimos.
   a.    Nacido de mujer
De acuerdo con las Escrituras, nació de una mujer (Gálatas 4:4), y no llegó a habitar este mundo por arte de magia (cf. Lucas 1:31). Se nos dice en la Escritura que nació en forma normal como cualquier recién nacido (Lucas 2:6-7). Y Pablo  confirma la humanidad del Señor en la carta a los romanos: “acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne” (Romanos 1:3).
Ver también Mateo 2:11
   b.    Su cuerpo físico humano.
Se dice en la Escritura que el hombre está constituido por tres “elemento” que son el cuerpo, el espíritu y el alma y que la combinación de estos tres conforma el ser de una hombre o mujer (1 Tesalonicenses 5:23, cf Hebreos 4:12).
El Señor Jesús, en su humanidad, tenía un cuerpo. Era una persona real.  La Primera epístola de Juan fue escrita para manifestar esta verdad y contrarrestar las afirmaciones contrarias de Cerinto y los docetistas. Si Jesús no hubiese tenido un cuerpo humano, no habría podido llevar a cabo la obra de salvación.
Poseía:
1.   un cuerpo: “Porque al derramar este perfume sobre mi cuerpo, lo ha hecho a fin de prepararme para la sepultura.” (Mat. 26:12; vea también dice Hebreos 10:5);
2.   un alma: “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Más para esto he llegado a esta hora.” (Juan 12:27;   vea también lo que dice Mateo 26:38);
3.   y un espíritu; “Y conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué caviláis así en vuestros corazones?” (Marcos 2:8; vea también dice Lucas 23:46; Lucas 10:21).

  c.    Su apariencia humana.
La mujer de samaria junto al pozo reconoció a Jesús como un ser humano porque no huyó cuando lo vio (Juan 4:9). El apóstol Juan lo conoció personalmente y lo describe como un hombre; Mateo, Lucas y Marcos de igual modo hablan de un hombre y no de una apariencia de hombre como lo proclamaban los seguidores de Cerinto.  Y después de su resurrección Él todavía mantenía su apariencia humana: María vio a Jesús y lo confundió con   el jardinero, es decir, reconociéndole como un ser humano: “Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré.” (Juan 20:15b). Sin embargo ella y las otras mujeres reconocieron que quienes habían removido la piedra del sepulcro no era seres humanos por todas las características que se describen de ellos.  
  d.    Tuvo Familia.
Pese a que Dios era su Padre, el Señor Jesús tuvo una madre humana, lo cual prueba que Él fue humano, tal cual lo vimos en el primer punto. De hecho, con su madre asistió a una boda: “Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús” (Juan 2:1). Y sus detractores ven a un hombre que poseía una familia, con padre, madre, hermanos y hermanas: “¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas?” (Mateo 13:55-56; vea también Juan 8:57).
  e.    Su desarrollo humano.
Siendo perfectamente humano, el Señor nació, y creció como todo niño: “Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él... Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.” (Lucas 2:40, 52).
  f.     Sus limitaciones humanas.
Siendo Dios, llego a ser hombre, y cuando lo hizo, Él se limitó a sí mismo a las esferas de acción del hombre, tal como lo expresó Pablo en carta a los Filipenses (2:6-7). De ese modo, él tuvo limitaciones humanas, las cuales eran cuestiones no pecaminosas. (Tengamos cuidado de no confundir debilidad y limitación humana, con pecado). Él tuvo debilidades y limitaciones humanas, pero no pecado.
  1.    Tuvo hambre.
“Después de ayunar 40 días y 40 noches, tuvo hambre” (Mat. 4:2);
  2.     Él tuvo sed
“Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed.” (Juan 19:28; vea Juan 4:7)
  3.    Cansancio
Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta.", Juan 4:6);
  4.    Él durmió
Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía.” (Mat. 8:24).
 5.    Además:
Oraba (Marcos 1:35; Lucas 11:1); Fue tentado (Mateo 4:1; Hebreos 2:18; 4:15);  Aprendió obediencia (Hebreos 5:8); Amaba (Marcos 10:21);  Se compadecía (Mateo 9:36); se enojaba y entristecía (Marcos 3:5). Lloraba (Juan 11:35; Lucas 19:41); Sentía gozo (Hebreos 12:2; Lucas 10:21); Se conmovía (Juan 11:33; 12:27; 13:21; Marcos 14:33, 34). Sufrió (1 Pedro 4:1);
  g.    Su sacrificio humano y su muerte humana.
Su sacrificio y muerte fueron comunes a los experimentados por los hombres. Las Escrituras abundan en el hecho que El poseía un cuerpo humano y sufrió como humano (Mat. 26:26-35; Juan 19:20; Lucas 22:44). Sangró (Juan 19:34). En la cruz murió (Mateo 27:50; 1 Corintios 15:3) y como a cualquier humano que fallece fue enterrado (Mateo 27:59-60).
  h.    Su nombre humano.
Su nombre humano era común a todos aquellos de aquel tiempo: “Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” (Mat. 1:21). Ver también Lucas 2:21.
Si Jesús no fue un hombre, Él no podría haber muerto, porque Dios, en Su verdadera y sola esencia, no puede morir. Y ciertamente Él murió, “y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención.” (Hebreos 9:12). Y Él se levantó de entre los muertos. Y Él es ¡un hombre!





El yugo desigual (Parte VI)

El yugo matrimonial



¿Qué concordia Cristo con Belial?  2  Corintios 6.15.
En el matrimonio se prosigue la concordia y armonía. Este el secreto de la felicidad y se hace posible donde hay igualdad de naturaleza espiritual. Dios sabe que no se puede perfeccionar el gozo en un yugo desigual, y por consiguiente nos manda a no unirnos con los infieles. Otros yugos se pueden romper, pero éste es de por vida. El matrimonio, pues, es de suma importancia y nadie debe entrar ligeramente en este compromiso.
Dios nos da muchos ejemplos bíblicos para hacer hincapié en la seriedad del asunto.
Dijo Abraham a su mayordomo: “No tomarás para mi hijo (Isaac) mujer de las hijas de los cananeos”, Génesis 24.2, 3. Los cananeos eran incrédulos e impíos. Cuando posteriormente Esaú se casó con dos cananeas, “fueron amargura de espíritu a Isaac y Rebeca”. Luego dijo Isaac a su hijo: “No tomarás mujer de las hijas de Canaán… y Jacob obedeció a su padre y a su madre”, Génesis 28.6, 7.
Se demuestra la convicción de parte de los fieles de que el yugo desigual no agradaba a Dios. ¡Ojalá que todos los padres fuesen fieles como aquellos patriarcas, y todos los hijos obedientes a los consejos sabios, como Jacob fue en lo relatado!
Después de la redención de Egipto, Dios habló muy claramente a la congregación de Israel: “Guárdate de hacer alianza con los moradores de la tierra donde has de entrar, para que no sean tropezadero en medio de ti”, Éxodo 34.12. Él sabía que la amistad conduciría al matrimonio.
En Deuteronomio 7.1 al 4 leemos: “Cuando Jehová tu Dios… haya echado delante de ti muchas naciones, no emparentarás con ellas; no darás tu hija a su hijo, no tomarás a su hija para tu hijo. Porque desviará a tu hijo en pos de mí y servirán a dioses ajenos”. Dios conocía la tendencia del creyente de ceder a los gustos del impío en su yugo desigual.
Sansón es uno de los ejemplos más destacados de la tristeza del yugo desigual. Fue escogido por Dios para servirle con poder, pero terminó en fracaso: “Descendió Sansón a Timnat, y vio en Timnat a una mujer de las hijas de los filisteos… y su padre y su madre le dijeron: ¿No hay mujer entre las hijas de tus hermanos, ni en todo nuestro pueblo, para que vayas a tomar mujer de los filisteos incircuncisos? Y Sansón respondió: Tómame esta mujer, porque ella me agrada”, Jueces 14.1 al 3.  
Sansón no pensó en agradar a Dios, sino a sí mismo. El resultado fue triste. No había armonía, sino intriga, y el matrimonio no duró más de una semana. Él habló de su esposa como “mi novilla”. En realidad él había sido escogido por Dios como novillo para servirle, pero la que escogió era inmunda como asna en sentido figurativo. Era un yugo desigual.
Sansón no aprendió. Después se enamoró de una mujer llamada Dalila, que también era filistea. Este segundo yugo le llevó al fracaso. Su sueño en el regazo de Dalila indica que estaba también dormido espiritualmente. “Él no sabía que Jehová ya se había apartado  de él”, Jueces 16.20. Como resultado, perdió la vista y quedó ciego hasta la muerte.
Otro personaje que se destaca por su desobediencia es Salomón. “El rey Salomón amó… a muchas mujeres extranjeras… gente de las cuales Jehová había dicho a los hijos de Israel: No os llegaréis a ellas, ni ellas se llegarán a vosotros, porque ciertamente harán inclinar vuestros corazones tras sus dioses. A éstas, pues, se juntó Salomón con amor”, 1 Reyes 11.1, 2. “¿No pecó por esto Salomón? Aun a él le hicieron pecar las mujeres extranjeras”, Nehemías 13.26. El yugo desigual destruyó la espiritualidad de Salomón y le condujo a la ruina.
El rey Josafat fue causa de otra tristeza en el caso de su hijo Joram. Este se casó con la hija de Acab y Jezabel, llamada Atalía. Todo empezó con la amistad entre estas familias. “Después de algunos años descendió a Samaria para visitar a Acab; por lo que Acab mató a muchas ovejas y bueyes para él y para la gente que con él venía”, 2 Crónicas 18.2.
Joram era un joven de 17 años cuando conoció aquella muchacha. Sin duda ella se adornaba como su mamá, con los ojos pintados con antimonio y la cabeza ataviada, 2 Reyes 9.30. Dios nos indica que toda la familia era impía, y el joven se casó con una impía. Le parecía, quizá, que era mariposa inocente, pero resultó ser como una tigra. Durante su vida Joram perdió su familia en manos del enemigo como tantos hijos de los yugos desiguales se pierden. También perdió sus bienes y su salud, 2  Crónicas 21.17, 18.
La disciplina del Señor cayó sobre él. Después de su muerte, su esposa mató toda la descendencia real. Era mujer de sangre, como su madre Jezabel. ¡Qué los jóvenes no se dejen engañar por las “mariposas”!
La Biblia sigue dando ejemplos tristes una vez vuelto el remanente de Babilonia. “El pueblo de Israel y los sacerdotes y levitas no se han separado de los pueblos de las tierras… porque han tomado de las hijas de ellos para sí y para sus hijos, y el linaje santo ha sido mezclado con los pueblos de la tierra; y la mano de los príncipes y de los gobernadores ha sido la primera en cometer este pecado”, Esdras 9.1, 2.
Pasada una generación, se repitió el pecado. El sacerdote Eliasib había emparentado con Tobías (un amonita) y le había hecho una gran cámara, Nehemías 13.4. Nehemías sacó fuera a Tobías de la casa de Dios.

Pero el mal ejemplo de Eliasib ya había conducido al pueblo a hacer lo mismo. “Vi asimismo… a judíos que habían tomado mujeres de Asdod, amonitas, y moabitas; y la mitad de sus hijos hablaban la lengua de Asdod, porque no sabían hablar judaico”, Nehemías 13.23, 24. Esto demuestra un resultado común del yugo desigual. Por falta de acuerdo en las cosas del Señor de parte de los padres, los hijos se crían aprendiendo el lenguaje del mundo en vez de la Palabra de Dios.

LA PRIMERA EPÍSTOLA DE JUAN (Parte VI)

Capítulo 4: Manifestación de la Vida Eterna en los Creyentes
(1 Juan 2:28 - 1 Juan 3:23)


Habiendo puesto ante nosotros las diferentes etapas del crecimiento en la vida Cristiana, el apóstol, manteniendo aún ante nosotros el gran tema de la vida, presenta la vida eterna contemplada en las prácticas del creyente. El apóstol ya había presentado la justicia y el amor como caracterizando la naturaleza de la vida eterna. Estos rasgos han sido perfectamente expresados en Cristo y ahora deben caracterizar la vida de los creyentes. Además, si la manifestación de esas cualidades es la prueba práctica de la posesión de la vida, la ausencia de estas cualidades pondrá al descubierto toda falsa pretensión de tener la vida.
En esta nueva porción de la Epístola, el apóstol trae, en primer lugar, ante nosotros la Manifestación de Cristo como aquello que debería gobernar nuestra vida práctica (2:28 al 3:3).
En segundo lugar, él presenta las características de la nueva vida que distingue a los hijos de Dios de los hijos del diablo -justicia y amor (1 Juan 3: 4-16).
En tercer lugar, él aplica estas verdades a la vida práctica del creyente (1 Juan 3: 17-23).

(a) Práctica en relación con la Manifestación de Cristo (2: 28 al 3:3)
 En la porción precedente de la Epístola, el apóstol ha mirado hacia atrás a lo que nosotros hemos oído "desde el principio". Él presenta esta nueva porción mirando hacia delante a la venida del Señor.

(Versículo 28). Este versículo forma un eslabón conector con lo que está antes y la porción que sigue. Resume la porción precedente apelando a toda la familia de Dios en las palabras, "Y ahora, hijitos, permaneced en él". La única gran salvaguardia contra el mundo, y los maestros anticristianos de quienes él ha estado hablando, se encuentra en permanecer en la verdad tan perfectamente presentada en Cristo "desde el principio". Esto, además, conduce al apóstol a mirar adelante a la venida de Cristo, ya que es igualmente importante permanecer en Él para que nuestra conducta pueda ser consistente con Su manifestación. De esta forma se presenta la venida de Cristo para regular y poner a prueba nuestra práctica.
El apóstol desea que el andar del creyente pueda ser de una carácter tal que no habrá nada en los santos de lo cual ellos se avergonzarán en la venida de Cristo, cuando al fin nuestras palabras y modos y andar se harán manifiestos, sea "cuál sea", y las intenciones ocultas de los corazones sean manifestadas (1 Corintios 3:13; 1 Corintios 4:5; 2 Juan 8). ¡Es lamentable! cuán a menudo hay muchas cosas en nuestras palabras y modos y andar que incluso buscaríamos defender o excusar, pero que deberíamos condenar inmediatamente si son juzgadas en la luz de la manifestación de la gloria de Cristo.
En los versículos siguientes (1 Juan 2:29 - 3:3), el apóstol pone ante nosotros nuestros privilegios y la provisión llena de gracia que Dios ha hecho, para que podamos andar de un modo que sea conveniente a Cristo y no nos avergoncemos en Su venida.

(Versículo 29). En primer lugar, el apóstol muestra que toda buena conducta Cristiana encuentra su origen en la nueva naturaleza que los creyentes han recibido por medio del nuevo nacimiento. Es la misma naturaleza que estaba en Cristo, produciendo los mismos frutos de justicia, demostrando así que el creyente es nacido de Dios.

(1 Juan 3:1). En segundo lugar, el apóstol nos recuerda que somos llamados a la relación de hijos, y, como tales, somos los objetos del amor del Padre. Se ha señalado que toda relación tiene su afecto especial, y que es el afecto peculiar a la relación lo que le da dulzura y carácter a la misma. Somos llamados a contemplar este amor que fue expresado perfectamente en Cristo en la tierra y ha sido dado al creyente. Cuando Cristo estuvo aquí, Él fue el Objeto del amor del Padre y del odio del mundo. Él se ha ido, pero ha dejado aquellos que ha colocado en Su propio lugar ante el Padre y ante el mundo. En Su oración el Señor pudo decir, "...los has amado a ellos como también a mí me has amado" (Juan 17:23). Otra vez, el Señor pudo decir, "Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros" (Juan 15:18). Cuán bueno es, entonces, buscar tener plena conciencia de que somos amados por el Padre así como Cristo fue amado, y que somos privilegiados al compartir con Cristo, Su lugar de rechazo de parte del mundo.

(Versículo 2). Una tercera gran verdad es la bendita esperanza unida a la relación en la que somos puestos. Cristo va a aparecer, y cuando Él se manifieste, "seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es." En la tierra, Cristo fue el Varón de dolores y experimentado en quebranto; fue desfigurada su apariencia más que la de cualquier hombre, y su aspecto más que el de los hijos de los hombres. Para nosotros, aún no se ha manifestado lo que habremos de ser, ya que llevamos las marcas de la edad y de la preocupación y del dolor, pero nosotros esperamos Su manifestación. Por un momento los apóstoles vieron Su gloria en el Monte de la Transfiguración, y nosotros, por medio de la fe, le vemos "tal como Él es", coronado de gloria y de honra, y "sabemos" que seremos semejantes a Él, no como Él fue, sino "como Él es."
Además, cuando seamos semejantes a Él, le veremos cara a cara. Mientras estamos en este cuerpo de nuestro estado de humillación, verle tal como Él es sería abrumador. El propio apóstol Juan cayó ante Sus pies cuando, en la Isla de Patmos, él vio al Señor en Su gloria. Pero cuando al final seamos semejantes a Él

¡Gozo sin par al ver su hermosa faz!
que en este mundo es luz y siempre paz.

(Versículo 3). Entonces, si nosotros andamos en justicia, según los instintos de la nueva naturaleza, si, como hijos, caminamos conscientes del amor del Padre, si nos guardamos separados del mundo que no conoció a Cristo, si caminamos en el goce de la esperanza de que cuando Cristo se manifieste nosotros seremos semejantes a Él, entonces, en efecto, no nos alejaremos de Él avergonzados en Su venida, ya que todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, como Cristo es puro.
Nuestra esperanza está en Cristo, ya que es solamente por medio de Su poder que al final llegaremos a ser "semejantes a él", cuando leemos, "el cual transformará el cuerpo de nuestro estado de humillación en conformidad al cuerpo de su gloria, por el ejercicio del poder que tiene aún para sujetar todas las cosas a sí mismo" (Filipenses 3:21 - LBLA). Nosotros no podemos prescindir de Su obra pasada para arreglar todo asunto entre nuestras almas y Dios; no podemos prescindir de Su obra presente en las alturas para mantenernos de día en día; no podemos prescindir de Él para que suceda el último gran cambio; y cuando estemos en la gloria, nosotros Le necesitaremos por toda la eternidad. Nuestra bendición, nuestro gozo, nuestro todo, están unidos con Cristo por los siglos de los siglos.

Además, esperando el último gran cambio, aquel que tiene esta esperanza en Cristo llegará a ser moralmente semejante a Él. Esta esperanza tendrá un efecto transformador. Nosotros aún no somos puros como Él es puro, pero el bendito efecto de esta esperanza será el de guardarnos del mal y purificarnos según la perfecta norma de pureza presentada en Él.