sábado, 18 de julio de 2020

“UN SOLO CUERPO" Y "LA UNIDAD DEL ESPÍRITU"

 Pregunta: ¿Qué diferencia hay entre el hecho de retener la verdad de "un solo cuerpo", y el de guardar "la unidad del Espíritu"?

Respuesta: Todos los hijos de Dios, en quienes mora el Espíritu Santo son miembros del único y "mismo cuerpo", formado por un "mismo Espíritu. El cuerpo no puede ser destruido, ni dividido, porque es formado por el poder divino. Pero lo que fracasó completamente fue la MANIFESTACIÓN del único o solo cuerpo y del solo Espíritu, y de ahí viene la confusión que reina actualmente en la cristiandad.

            En la práctica, somos llamados a obrar como miembros del "solo cuerpo", a lo cual nos conduce la actividad del "solo Espíritu"; la Palabra de Dios no nos dice que debamos guardar la unidad del cuer­po, pero sí la "unidad del Espíritu". El Espíritu Santo es el poder para obrar todo lo que es según Dios, y por medio de la Palabra, Él ordena todo lo que se relaciona con nuestra marcha como individuos, y con nuestra acción colectiva sobre el terreno de la Asamblea.

            Cuando es el Señor el que habla a Sus iglesias, nos manda que oigamos "lo que el Espíritu dice"; y como solamente hay Un Espíritu (un solo Espíritu), el cual mora en la Iglesia que está sobre la tierra el Señor ordena a cada uno que oiga lo que el Espíritu dice a cada asamblea. "El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las igle­sias." (Apocalipsis 2 y 3). De modo que el Señor invita a cada miembro del solo o “único cuerpo" a estar atento a lo que dice tocante a cada iglesia o asamblea; y si todos los miembros del cuerpo prestaran oído a lo que el Espíritu dice a las iglesias y obrasen en consecuencia, la unidad del Espíritu sería guardada.

            Pero en realidad no todos los miembros del "solo cuerpo" oyen, están atentos, y tal vez los hay que no se preocupan por oír lo que el Espíritu dice. Resulta pues de ello, y de manera evidente, que todos aquellos que oyen deben obrar en fidelidad al Señor, y - por dolo­roso que sea - separarse de aquellos que no están atentos a lo que dice el Espíritu. Porque la Palabra nos ordena que guardemos, a toda costa "la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz". ¿Podríamos guardarla plenamente obrando de otra manera?

            Supongamos que algún mal de carácter desconocido hasta hoy, se manifieste en una asamblea local, en medio de aquellos que se congregan sobre el terreno de la Iglesia o Asamblea de Dios. ¿Qué harán los que deseen ser fieles? ¿Adoptarán una actitud de indiferencia? ¡En ninguna manera, aunque el mal se halle en una asamblea muy distante o alejada! Si creen que un "sólo Espíritu" mora en la Asamblea, serán ejercitados y acudirán al Señor buscando la "palabra de Su gracia". Esta es la senda donde el Espíritu guía los corazones sinceros. El Señor dice: "Oíd lo que el Espíritu dice", y los creyentes que oyen, sinceramente ejercitados, no tardarán en discernir que el Espíritu censura y condena este mal como profano, opuesto a la verdad y a la naturaleza de Aquél que se llama el Santo y el Verdadero. Los que miran a los hombres no discernirán el camino de la fidelidad, pero el pensamiento del Señor será revelado a aquellos que confían en El y honran al Espíritu Santo.

            Además, no olvidemos los puntos siguientes, de importancia primordial:

1.- La unidad del Espíritu es y debe ser conforme con la santidad, con la separación del mal, porque es el Espíritu Santo.

2.- Debe ser según la verdad, pues "el Espíritu es la verdad." (1 Juan 5:6), y guía "a toda la verdad" (Juan 16:13); "tu palabra es verdad".

3.- La senda del Espíritu nos llevará forzosamente a buscar la "gloria del Hijo", pues Jesús dijo: "El me glorificará".

4.- Aquellos que se oponen, de un modo u otro, a la acción del "sólo Espíritu", deshonran gravemente al Señor, contristan al Espí­ritu Santo con el cual son sellados, se perjudican a sí mismos, extravían tal vez a otros y debilitan el testimonio.

            Seamos ejercitados para mirar por encima de los hombres, y oír "lo que el Espíritu dice" ¡Confiemos plenamente en Aquél que puede preservarnos de caídas!

 

Traducido de "Le Messager Evangélique".

Revista "VIDA CRISTIANA", AÑO 1960, No. 48.-


EL REINO QUE IMPORTA

Ante todo, esto y en sorprendente contraste, nos encontramos con el reino de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. En Su reino, la prioridad y el énfasis está en lo espiritual, no en la carne; el valor de lo eterno sobrepasa con creces al de lo temporal. No es tanto que se desprecie el placer, sino que se busca en su forma y manifestación más pura, y tan sólo en su verdadera fuente.

Tengo sed, pero es distinta a cuando ayer

Deseaba las vanas delicias terrenas sorber;

Tus heridas me imponen y requieren, oh Emanuel,

Que no busque aquí en la tierra mi placer.

 

Tan sólo la entrañable cruz al contemplar

Logró de las cosas terrenas mi alma alejar,

Enseñándome a tener por basura lo demás,

La risa de necios y la pompa real.

—William Cowper

En el reino de Cristo, el verdadero deseo no está en la riqueza; la prosperidad espiritual es lo que realmente vale y cuenta. La preocupación del reino del cielo es la justicia, la paz y el gozo. Cristo, y no uno mismo, es el centro. Todo se valora según es a Sus ojos. Mientras que los del mundo aman al dinero y estiman ligeramente a Dios, los súbditos del reino de Cristo estiman ligeramente al dinero y aman a Dios.


William Macdonald, Mundos Opuestos, Capítulo 2


LA LEY Y LA GRACIA (2)


¿Qué podemos decir de la idea de que la gracia vino con el objeto de ayudarnos a guardar la ley, de modo que vayamos al cielo de esa manera?

Sencillamente que esto es totalmente opuesto a la Escritura. En primer lugar, la idea de que guardar la ley faculta a una persona a ir al cielo es una falacia. Cuando el intérprete de la ley le preguntó al Señor: “Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?”, él fue referido a la ley y, después de haber dado un correcto resumen de sus demandas, Jesús respondió: “Bien has respondido; haz esto, y vivirás” (Lucas 10:25-28). No se dice ni una palabra acerca de ir al cielo. La vida sobre la tierra es la recompensa por guardar la ley.

En segundo lugar, la gracia fue introducida, no para ayudarnos a guardar la ley, sino para traernos salvación de su maldición por Otro que llevó esta última por nosotros. El capítulo 3 de Gálatas nos muestra esto muy claramente.

Si se requiere no obstante una confirmación adicional, léase Romanos capítulo 3, y nótese que cuando la ley ha declarado culpable a un hombre y ha hecho cerrar su boca (v. 9-19), la gracia, a través de la justicia, justifica “sin la ley” (v. 20-24).

Léase también 1.ª Timoteo. La ley fue hecha para condenar a los impíos (v. 9-10). El evangelio de la gracia presenta a Cristo Jesús quien “vino al mundo para salvar a los pecadores” (v. 15), y no, nótese bien, a ayudar a los pecadores a guardar la ley para que así puedan salvarse a sí mismos.

 

Si la ley no fue dada para que la guardemos y seamos así justificados, ¿para qué entonces fue dada?

Dejemos que la Escritura misma conteste:

 

o   “Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice… para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios” (Romanos 3:19).

o   “Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase” (Romanos 5:20).

o   “Entonces, ¿para qué sirve la ley? Fue añadida a causa de las transgresiones” (Gálatas 3:19).

 

La ley, como toda otra institución de Dios, logró significativamente su propósito. Fue perfectamente capaz de declarar culpable y cerrar la boca del religioso más obstinado y presuntuoso. Sólo la gracia lo puede salvar.

 

¿Ha puesto a un lado la gracia entonces a la ley, y la ha anulado para siempre?

La gracia, personificada en Jesús, ha llevado la maldición de la ley quebrantada, redimiendo así de su maldición a todos los que creen (Gálatas 3:13).

Además, nos ha redimido de estar bajo la ley misma, y ha puesto todas nuestras relaciones con Dios sobre una plataforma totalmente nueva (Gálatas 4:4-6).

Ahora bien, si el creyente ya no está más bajo la ley, sino bajo la gracia, no debemos suponer que la ley misma es anulada ni puesta de lado. Su majestad nunca fue más tenida en alto que cuando Aquel justo sufrió como Sustituto bajo su maldición, y multitudes retrocederán de terror ante su acusación en el día del juicio (Romanos 2:12).

 

¿Qué daño se produce en un cristiano que adopta la ley como regla de vida?

Un gran daño. Al hacerlo, el cristiano “cae de la gracia” (Gálatas 5:4), porque la gracia no sólo lo salva, sino que también le enseña (Tito 2:11-14).

Al vivir guardando la ley, el cristiano rebaja la norma divina. Cristo, y no la ley, es la norma del creyente. Éste además se apodera así de un poder de motivación erróneo. Uno por recelo puede intentar, aunque insatisfactoriamente, guardar la ley, y tratar de regular el poder de la “carne” dentro de sí. Pero el Espíritu Santo es el poder que controla la carne y que conforma al creyente a Cristo (Gálatas 5:16-18).

Por último, él hace violencia a las relaciones en que está por la gracia de Dios. Aun cuando es un hijo en la libertad de la casa y del corazón del Padre, ¡él insiste en ponerse bajo el código de reglas formulado para hacerse cumplir en el recinto de los domésticos!

¿No hay nada de malo en todo esto? Creemos que sí.

 

Si se enseñara que el cristiano no está bajo la ley, ¿no conduciría eso a todo tipo de males?

Lo haría en el caso de que una persona profesara ser cristiana sin haber nacido de nuevo, o mostrara arrepentimiento, sin estar bajo la influencia de la gracia y sin haber recibido el don del Espíritu Santo.

Puesto que nadie es cristiano sin estas características, el caso toma un matiz diferente, y razonar de la manera sugerida no hace más que poner de manifiesto una deplorable ignorancia de la verdad del Evangelio.

El argumento se reduce simplemente a esto: que la única manera de que los cristianos pueden vivir vidas santas es guardando la ley, como si ellos tuviesen tan sólo una especie de naturaleza puerca, y la única manera de guardarlos fuera del fango fuese con palos. La verdad es que, aunque la carne está todavía en el creyente, él también tiene la nueva naturaleza, y con ella Dios lo identifica. El creyente tiene el Espíritu de Cristo como guía, y de ahí que pueda ser puesto con seguridad bajo la gracia; porque después de todo es la gracia la que domina.

Si la gente quiere contender con esto, su contienda es contra la Escritura citada al principio.

 

“El pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Romanos 6:14).

 

            Hombres inconversos pueden tratar de hacer uso de la gracia como excusa para el mal, pero ésa no es ninguna razón para negar la verdad declarada en ese versículo. ¿Qué verdad hay en la Biblia de la que los hombres perversos no hayan cometido abusos?

 

¿Indica la Escritura la manera en que la gracia mantiene al creyente en orden, a fin de que pueda vivir una vida que agrade a Dios?

Efectivamente. Tito 2:11-15 nos proporciona la respuesta:

 

 “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras. Esto habla, y exhorta y reprende con toda autoridad. Nadie te menosprecie.”

 

En el cristianismo la gracia no solamente salva, sino que además enseña; y ¡qué maestro efectivo resulta ser! Ella no llena nuestras cabezas de frías reglas y reglamentos, sino que somete nuestros corazones bajo la influencia del amor de Dios. Aprendemos lo que agrada a Dios tal como se ve manifestado en Jesús. Y, al tener el Espíritu Santo, comenzamos a vivir una vida sobria, justa y piadosa.

Hay una gran diferencia entre los hijos de una familia mantenidos en orden por temor al azote a causa de su mala conducta, y aquellos que viven en un hogar donde reina el amor. El orden puede reinar en el primer caso, pero terminará en una gran explosión antes que los niños entren en años. En el segundo caso, no sólo hay obediencia, sino también una respuesta gozosa a los deseos del padre, fruto de los correspondientes afectos.

Dios gobierna a sus hijos sobre la base del principio del amor, y no sobre el principio del castigo con la vara.

¡Que vivamos nuestras vidas cristianas con la feliz conciencia de esto!


LA SEGUNDA EPÍSTOLA A TIMOTEO (6)

3. La senda del Piadoso en un Día de Ruina

 

Capítulo 2

 


(a) La condición espiritual necesaria para la senda de Dios en un día de ruina (versículos 1-13)


         (V. 1). La gracia espiritual es la primera gran necesidad en un día de debilidad. Por eso la exhortación del versículo del comienzo es, "fortalécete en la gracia que hay en Cristo Jesús." (2:1 - LBLA). Para resistir la creciente marea del mal, para caminar en una senda que el Señor ha señalado para los Suyos en medio de las corrupciones de la Cristiandad, y para continuar caminando con determinación en esta senda a pesar del fracaso, de la oposición y del abandono, se requiere gran gracia - la gracia que hay en Cristo Jesús. Cualquiera que sea la oposición que pueda haber para con la senda de Dios, cualesquiera sean las dificultades al perseverar en ella, cualesquiera sean las tentaciones a apartarse de ella, la gracia del Señor es suficiente para permitir al creyente vencer toda oposición, elevarse por sobre cada dificultad, resistir toda tentación, y obedecer Su palabra y responder a Sus pensamientos. Como alguien ha dicho, 'Cualquiera sea la necesidad, Su plenitud es la misma, no disminuida, accesible y gratuita.' La gracia espiritual es el primer requisito para los "hombres fieles" en un día de infidelidad. Además, la gracia de la que el apóstol habla es más que un 'espíritu agradable'. Implica que, en el Cristo resucitado y ascendido, a partir de la época del inicio de la iglesia en la tierra hasta el último día de su estancia temporal aquí, está cada recurso que capacita al hombre de Dios a mantener su vida de testimonio y servicio sin recurrir a ninguno de los recursos del hombre que tantos han adoptado en un día de decadencia. Escribiendo a los Corintios, el apóstol puede agradecer a Dios por "la gracia de Dios" que les fue dada "en Cristo Jesús"; y al instante él muestra que esta gracia es "toda palabra", el "conocimiento" y los dones con los que ellos habían sido enriquecidos en Cristo ("Siempre doy gracias a mi Dios por vosotros, por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús, porque en todo fuisteis enriquecidos en El, en toda palabra y en todo conocimiento, así como el testimonio acerca de Cristo fue confirmado en vosotros; de manera que nada os falta en ningún don, esperando ansiosamente la revelación de nuestro Señor Jesucristo." 1 Corintio 1: 4-7 - LBLA). Cada exhortación en el capítulo que estamos considerando sólo profundizará nuestro sentido de la necesidad de la gracia que hay en Cristo Jesús si hemos de responder a la mente de Dios.

         (V. 2). En segundo lugar, no sólo la gracia es necesaria, sino que los fieles deben poseer también la verdad, si ellos han de ser provistos con la mente de Dios para un día de fracaso y deben ser idóneos para enseñar a otros. Además, la verdad necesaria para un día de ruina no es solamente la verdad que se encuentra en la Escritura como un todo, sino, muy especialmente, la verdad comunicada por el apóstol en presencia de muchos testigos. En un día de ruina, los escritos apostólicos se convierten en una prueba muy determinante a través de los cuales se puede discernir a los "hombres fieles." "Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios nos oye; el que no es de Dios, no nos oye." (1 Juan 4:6).

         Entonces, para que durante todo el tiempo podamos poseer la verdad, Timoteo es enseñado a encargar "las cosas" oídas del apóstol a hombres fieles, quienes, a su tiempo, estarán capacitados para enseñar a otros. Es el camino de Dios que la verdad encerrada en los escritos apostólicos sea encargada a aquellos que son idóneos para enseñar a otros. La autosuficiencia y la presunción de la carne pueden congratularse a sí mismas de que pueden prescindir de la ayuda de otros; pero, mientras Dios es soberano y puede enseñar directamente desde Su palabra, Su modo habitual es mantenernos mutuamente dependientes los unos de los otros - que recibamos como principiantes, y que comuniquemos a otros la verdad y la luz que hemos recibido.

         Además, es importante ver que lo que nosotros transmitimos no es autoridad oficial, o posición oficial, sino la verdad. Timoteo no tenía encargo ni poder para transmitir a cualquier individuo, o clase de individuos, el derecho exclusivo u oficial a predicar. Era la verdad revelada, afianzada contra el error por medio de testigos, la que tenía que ser encargada a otros. A la luz de esta Escritura bien podemos desafiarnos con respecto hasta dónde nosotros estamos respondiendo a nuestras responsabilidades de encargar a otros esta preciosa herencia de verdad que hemos aprendido de hombres fieles. Mantener la verdad y transmitirla a otros sólo es posible cuando somos fuertes en la gracia que es en Cristo Jesús.

         (V. 3). El mantenimiento de la verdad en un día de alejamiento general implicará penalidades. Nosotros, naturalmente, evitamos el sufrimiento. Por lo tanto, Timoteo es exhortado - y cada uno que desea ser fiel a Cristo - de esta forma, "Sufre penalidades conmigo, como buen soldado de Cristo Jesús." (LBLA). Comparado con Pablo, la parte de las penalidades que nosotros podemos ser llamados a sufrir será pequeña; pero, dondequiera que haya un santo hoy en día que rechace el error y defienda la verdad, él debe estar preparado, en cierta medida, para enfrentar oposición (2 Timoteo 2:25), persecución (2 Timoteo 3:12), desamparo (2 Timoteo 4:10), y maldad (2 Timoteo 4:14); y, de igual forma que con respecto al apóstol, estas cosas pueden venir incluso de sus hermanos. Esto, sin embargo, implica penalidades, y naturalmente cuando se sufre injustamente, nosotros estamos inclinados a desquitarnos. Se nos recuerda, por lo tanto, a tomar nuestra parte en las penalidades, no como un hombre natural, sino "como buen soldado de Cristo Jesús." Un buen soldado obedecerá a su Capitán y actuará como él. Cristo es el gran Capitán de nuestra salvación, y Él ha alcanzado Su lugar de gloria, y nos ha dejado el ejemplo perfecto de padecimiento y paciencia, pues "cuando le ultrajaban, no respondía ultrajando; cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a aquel que juzga con justicia." (1 Pedro 2:23 - LBLA). Actuar de una manera tan contraria a la naturaleza humana ciertamente requerirá de nosotros que nos fortalezcamos "en la gracia que es en Cristo Jesús." (2:1).

         El Señor Jesús está en el lugar de poder supremo y a su debido tiempo ejercerá el poder mediante el cual Él puede someter a todos los enemigos bajo Sus pies. Es aún, no obstante, el día de la gracia; el día de juicio para los enemigos de la gracia no ha llegado todavía. Por consiguiente, nosotros no necesitamos poder para aplastar a nuestros enemigos, sino que necesitamos gracia para tomar nuestra parte en las penalidades. Esteban, en presencia de sus enemigos, quienes crujían los dientes contra él, y le apedrearon con sus piedras, miró fijamente al cielo a "Jesús, puesto en pie, a la diestra de Dios." (Hechos 7:55 - VM). Pero, si bien Jesús es Señor en el lugar de poder supremo, Él no actúa por lo general en poder para aplastar a sus enemigos. Él hizo lo que estaba en perfecta congruencia con el día de la gracia. Él dio gracia mediante la cual Esteban se fortaleció tanto en la gracia que hay en Cristo Jesús que pudo tomar su parte en las penalidades, y, como un buen soldado de Cristo Jesús, no amenazó o respondió ultrajando a sus perseguidores; al contrario, él oró por ellos y encomendó su espíritu al Señor. Pablo, igualmente en su día, se fortaleció tanto en la gracia que hay en Cristo Jesús que soportó penalidades por Cristo y encomendó su vida, su felicidad, su todo, a Cristo para "aquel día." (2 Timoteo 1:12).

         (V. 4). En cuarto lugar, si nosotros, de corazón, aceptamos la senda de Dios en un día de fracaso, será necesario que nos guardemos de enredarnos en los negocios de esta vida. El apóstol no sugiere que nosotros no debamos atender los negocios de esta vida, o que seamos llamados a dejar necesariamente nuestros negocios terrenales. En otras Escrituras él rechaza tal pensamiento, pues nos enseña determinadamente a trabajar con nuestras manos para proveer las cosas honradamente, y puede decir de sí mismo, "vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido." (Hechos 20:34). Pero él nos advierte contra el hecho de que permitamos que los negocios de esta vida ocupen de tal manera nuestro tiempo, absorban nuestras energías, y ocupen tan completamente nuestras mentes, que lleguemos a quedar enredados en una red, y no seamos ya libres para llevar a cabo la voluntad de Dios. El buen soldado de Cristo Jesús es uno que procura, no agradarse él mismo, o incluso agradar a los demás, sino que en primer lugar procura agradar a Aquel que le ha escogido para ser un soldado. En fiel lealtad a Aquel que le ha escogido para ser un soldado bajo Su liderazgo, y procurando solamente Su deleite, nosotros deberíamos rechazar toda organización humana que involucre la dirección de alguna autoridad humana. Escapar de los enredos de esta vida y ser leales al Capitán de nuestra salvación sólo será posible en la medida que nos fortalezcamos en la gracia que es en Cristo Jesús.


LOS PROPÓSITOS DE DIOS Y NUESTRO COMPORTAMIENTO

La promesa

            El Capítulo 12 del Génesis empieza con una gran revelación de Dios a su siervo Abraham, y termina con un gran fracaso de parte de aquel patriarca.

            Dios le dijo: “Engrandeceré tu nombre, y serás bendición ... y serán benditas en ti todas las familias de la tierra”. Sólo por los sufrimientos de Cristo, la simiente de Abraham, hecho Él maldición por nosotros, se podría realizar esta promesa. Su pleno cumplimiento está en el futuro todavía, pero los propósitos de Dios en cuanto a Abraham eran que él fuese un canal de bendición.

            Y, sus propósitos en el caso de todo verdadero creyente son que seamos lo mismo, desde el día de la conversión hasta el fin de nuestros días sobre la tierra. Es por nosotros que el río de la gracia puede llevar hoy día el agua de vida a la humanidad sedienta.

            Pero estos propósitos divinos dependen en parte del comportamiento del creyente. Abraham empezó muy bien su carrera como peregrino, llegando a Siquem que quiere decir hombro o fortaleza, siendo así un tipo de Cristo. De allí pasó a Bet-el, “casa de Dios”, donde levantó su segundo altar y estableció contacto con el cielo. Allí le vino una prueba que no pudo soportar y él sufrió un lapso de fe. Se desvió del camino de la voluntad de Dios y descendió a Egipto, tipo del mundo.

La prueba

            Llegó el momento de la prueba, cuando el temor del hambre desvió al patriarca de la voluntad de Dios. En una falta de fe, se apoderó de Abraham en Egipto el temor del hombre, que le hizo confeccionar una mentira. La puso en boca de su esposa, exponiéndola a la humillación y al riesgo del adulterio. En ese momento crítico hubo la intervención divina y Dios hirió a Faraón y su casa con grandes plagas, salvando a Abraham y Sara de un gran desastre. Hay en esto una lección para nosotros, y es que consecuencias serias pueden resultar de apartarnos a buscar refugio o comodidad en el mundo de los impíos, aun cuando podamos razonar que estamos “obligados” a hacerlo por las circunstancias.

            En vez de traer a Faraón la bendición de Dios, Abraham por su mal comportamiento trajo sobre aquel rey la maldición de Dios. Luego notamos la indignación de Faraón. El había tenido un alto concepto de Abraham como hombre de Dios, y no le creía capaz de traer sobre él y su casa tan grande mal. El patriarca fue despedido de Egipto como persona no grata, su testimonio perdido en cuanto a ese rey.

Un contraste

            ¡Cuán distinta es la historia de José en el capítulo 39! Él fue llevado a Egipto en los propósitos de Dios; su comportamiento fue gobernado siempre por el temor de Dios y él no cedió a la tentación. Por eso Dios pudo bendecir la casa de Potifar. José supo darle la gloria a Dios; él diría después que, “No está en mí; Dios será el que dé respuesta propicia a Faraón”, Génesis 41.16.

            Más adelante la nación de Egipto fue salvada de hambre por intermedio de José, y finalmente éste llegó a ser el instrumento de Dios para la bendición de todos sus hermanos. Sin lugar a dudas, “Rama fructífera es José, rama fructífera junto a una fuente, cuyos vástagos se extienden sobre el muro”, 49.22.

            Su vida irreprensible y su temor de Dios le salvaron del desastre. De acuerdo con la promesa divina, él mismo fue bendecido y hecho un vaso de bendición en las manos de Dios para los demás. El temor de Dios salvó a José del desastre, cuando el temor del hombre había puesto a Abraham al borde del colapso.

Nosotros también

            Nosotros también, por nuestro proceder recto, viviendo diariamente en el temor de Dios, podemos ser los vasos escogidos para comunicar bendición a nuestros hermanos y a otros. Sepamos, hermanos, el propósito de Dios para nosotros: “No volviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo; sabiendo que vosotros sois llamados para que poseáis bendición en herencia”, 1 Pedro 3.9.

            Aun los que no son del Señor esperan una conducta proba en la vida del cristiano, y no pocas veces son los primeros en censurar algo fuera de orden en nuestras vidas. Estamos dando un ejemplo, sea para hacer tropezar a otros o para conducirlos al Señor Jesucristo.

S. J. (Santiago) Saword


MEDITACIÓN

No anduvieron los hijos [de Samuel] por los caminos de su padre, antes se volvieron tras la avaricia, dejándose sobornar y pervirtiendo el derecho.      (1 Samuel 8:3)

           Cuando pensamos en el error que cometió Samuel al establecer a sus hijos como jueces, nos preguntamos hasta qué punto esto demuestra su gran fracaso en la crianza de sus hijos. ¿Habrá imi­tado inconscientemente la debilidad de Eli, cuyo fracaso familiar fue tan severo que acarreó el juicio de Dios? Esto parece poco proba­ble, pues él había recibido la advertencia de parte de Dios mismo, cuando en su niñez Dios le dio un mensaje para Eli con respecto a este mismo asunto, y además fue testigo de la captura del arca y la muerte de los hijos de Eli. Su fidelidad a Dios, la cual se manifestó frente al pueblo, y su constancia en la oración, nos prohíben pensar que fue negligente o indiferente a su responsabilidad en el hogar.

            Por otro lado, también leemos que Abraham iba a mandar “a sus hijos y a su casa después de sí”, y que Josué dijo: “yo y mi casa ser­viremos a Jehová”. ¿No nos muestran estos ejemplos el vínculo que existe entre un padre y su familia? ¿Acaso no leemos en el Nuevo Testamento que un requisito indispensable para ser un conductor del pueblo de Dios es que “gobierne bien su casa”?

            Claramente, Samuel no era completamente inocente. Bien pode­mos pensar que sus frecuentes ausencias en el hogar y el absor­bente interés en los asuntos de toda la nación, lo hicieron ciego a sus responsabilidades en el hogar. Sin embargo, su servicio público no lo eximía para nada de sus obligaciones como padre de familia. “Mi viña, que era mía, no guardé” ha menudo se ha convertido en la triste confesión de quienes han trabajado en las viñas de otros. Esto no es una excusa, sino que nos recuerda que todos corremos el mismo peligro, más si pensamos que alguien como Samuel fracasó en este asunto. ¡Qué Dios tenga misericordia de los jefes de familia, dán­doles gracia, dependencia y perseverancia en la oración, para que sus familias puedan ser ejemplos de la sumisión al orden divino!

Samuel Ridout


ESCENAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO (46)

Salomón, el sabio


Se reconoce que de todos los sabios de la historia ninguno excede a Salomón, hijo de David, rey de Israel. En los propósitos de Dios, y como resultado de las grandes conquistas de su padre David, el período de su reino fue casi sin guerra alguna. 
            La prosperidad consecuente era de una paz notable, hasta que la plata en Jerusalén llegó a ser abundante como las piedras de la calle. El negocio marítimo con naciones lejanas y la agricultura dentro del país crecieron fenomenalmente; el progreso en todo el territorio llamó la atención de las demás naciones. Tanto fue así que la reina de Saba hizo largo viaje para averiguar lo que había oído de él.
            En todo caso semejante de paz y prosperidad, hay alguna razón, patente a los que la quisieran reconocer. El secreto de la grandeza y poder del rey Salomón se encuentra en la Biblia. El era sabio suficiente para ser humilde. Impresionado por la bondad y misericordia de Dios en elevarlo al trono, confesó y dijo: “Yo soy muchacho, que no sé cómo entrar ni salir ... da pues a tu siervo corazón entendido para juzgar a tu pueblo, para discernir entre lo bueno y lo malo”, 1 Reyes 3.7 al 9.
            ¡Sabiduría! ¡Cuán rara vez la buscan del cielo!
            Este rey hebreo escribió tres de los libros que componen la Santa Biblia, inspirados por el Espíritu de Dios: Proverbios, Cantares y Eclesiastés.
            Sus centenares de proverbios son reconocidos como de los más sabios y prácticos. El estilo con que personifica la Sabiduría, llamando a los jóvenes a participar de sus delicados manjares y tener una vida feliz, nos sirve de tipo de la llamada de Cristo al corazón humano, ofreciendo satisfacerlo como no puede ningún otro. Además, representa el mundo bajo la figura de la mujer extraña, engañosa e infiel.
            En su libro de Eclesiastés, este gran rey declara haber probado todas las cosas “debajo del sol”, para descubrir solamente que todo es vanidad y aflicción de espíritu. Los incrédulos han torcido este libro para hacerlo sostener sus dudas en cuanto a la eterna existencia del ser humano, haciendo ellos caso omiso de esta clave que hemos señalado: El hombre fue hecho por y para el Dios del cielo, y no puede hallar satisfacción en las cosas materiales, las cosas “debajo del sol”.
            Aquí el sabio hijo de David discurre sobre lo que hay en el mundo y la búsqueda por la satisfacción en lo que el mundo puede dar. Siglos después, el apóstol lo definiría como los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida; 1 Juan 4.16. Disponiendo de riquezas y oportunidad sin límite, él pudo dedicarse de todo corazón a saciarse, pero llegó a reconocer: “He aquí, todo ello es vanidad y aflicción de espíritu… El hombre no es mejor que el animal. Pasa, se va y es olvidado”.
            ¿El que lee es uno de aquellos que busca la satisfacción en las cosas debajo del sol? El animal se satisface con comer, descansar y procrear, pero no tiene espíritu como tiene todo ser humano. El hombre no puede estar satisfecho sin Dios. Expresamente para esto vino el Salvador, para reconciliar la criatura con el Creador. Cuando aún éramos débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos.
            El tercer libro escrito por Salomón, El Cantar de los Cantares, se reconoce como una poesía exquisita. Según 1 Reyes 4.32, es solamente uno de muchas obras literarias que este hombre redactó. Bajo el símil del afecto de dos enamorados, él prefigura el santo amor que existe entre Cristo el Esposo y la Iglesia su esposa. Volviendo al Nuevo Testamento, se declara que El ganó esta esposa al dar su vida en redención de ella. Se compone de los que, arrepentidos de sus pecados, han hallado misericordia por su fe en la sangre de Cristo.
            ¿Tiene usted parte en esta Iglesia a de Cristo? ¿Es salvo por la gracia de Dios? Si no, no podrá tener parte con Cristo cuando Él llegue a reinar en su gloria eterna. Será desconocido de él entonces, y arrojado a la perdición eterna. Hoy día Cristo, como la sabiduría en persona, llama a la puerta del corazón humano. En prueba de su divino amor, muestra las heridas en sus manos, pies y costado. Las sufrió por salvar a los hombres, las mujeres y los menores. ¿No dirá usted, “El sufrió por mí?” El herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados.