jueves, 30 de septiembre de 2021

Ganando Almas a la manera bíblica (9)

 


            Uno de los problemas más comunes que el ganador de almas ten­drá que enfrentar es la dificultad que mucha gente presenta en relación con la seguridad de la salvación: “¿Cómo puedo saber si soy salvo?”.

            Existe una opinión bastante difundida que dice que el nuevo na­cimiento siempre es una experiencia emocional espectacular, acom­pañada de misteriosos sentimientos internos. Puesto que el cora­zón humano siempre está buscando señales, maravillas y milagros, no es sorprendente que también lo quiera hacer en el momento de la conversión.

Claro que es verdad que en algunos casos la salvación es realmente un evento conmovedor, que trae con él una gran expresión emocio­nal. Así fue con Saulo de Tarso. Sin embargo, es igualmente cierto que en otras oportunidades el nuevo nacimiento ocurre silenciosamente y sin ningún tipo de manifestaciones sensacionales.

            El punto que debe enfatizarse es que Dios no declara en ninguna parte que sabremos que somos salvos si experimentamos un éxtasis interno o sentimientos de felicidad. Hay tanta gente que realmente cree en el Señor Jesucristo que se decepciona o desilusiona cuando no reciben una señal sobrenatural, ya sea interna o externa. Su proble­ma es que están buscando algo que Dios nunca prometió.

            En lugar de eso, la constante enseñanza de la Biblia es que la certe­za de la salvación viene, en primer lugar, por medio de la Palabra de Dios. Permítame ilustrarlo de la siguiente manera. Tenemos el ejem­plo de una persona que ha tocado fondo, ha confesado toda su pecaminosidad e indignidad, y definitivamente ha invocado el nombre del Señor para ser salvo. Aun así, sus sentimientos no han tenido cambios particulares, y está lleno de dudas y temores.

            La pregunta es: “¿Ha nacido de nuevo?”.

            La respuesta es: “Sí”. Dios dice en Romanos 10:13: “Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo”.

            “Pero ¿cómo puede este pobre hombre temeroso saber que es salvo?”

            “Simplemente creyendo en la Palabra de Dios. Dios dice que todo el que invoca el nombre del Señor será salvo. Este hombre lo ha he­cho; por tanto, debería aceptar la promesa de Dios de que es salvo.”

            “¿Aunque sus sentimientos no den fe del hecho?”

            “Sí, a pesar de la evidencia de sus sentimientos, él debe creer lo que Dios dice.”

            Si las almas ansiosas dejaran de pensar al respecto, se darían cuen­ta de que no hay mejor autoridad en todo el mundo que la Palabra de Dios. “Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos” (Salmo 119:89). “La suma de tu palabra es verdad” (Salmo 119:160). “Es imposible que Dios mienta" (Hebreos 6:18). ¿Preferiría que algún otro hombre le dijera que es salvo? Ese hombre podría ser ignorante o engañoso.

            ¿Preferiría que los sentimientos de felicidad le confirmaran que es salvo? Esos sentimientos pueden fluctuar día a día.

            Pero, en cambio, está la invariable e infalible Palabra de Dios, ofre­ciendo la seguridad más firme posible de que todos los que han creído en Cristo son salvos para la eternidad. Nada puede ser más concluyen- te que esto.

            Se dice que una vez le preguntaron a Martín Lutero: “¿Siente que sus pecados han sido perdonados?”. Su respuesta fue: “No, pero estoy tan seguro de ello como de que existe un Dios en el cielo”.

“Los sentimientos vienen y van,

Y los sentimientos son engañosos

Mi garantía es la Palabra de Dios.

Nada mis vale la pena creer.”

            Es casi un insulto a Dios que una persona que ha puesto su fe y confianza en el Señor Jesús dude de su salvación. Dios dice que aque­llos que confían en Cristo son salvos. Desconfiar de Dios es como acusarlo de mentir. “El que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso” (1 Juan 5:10). “Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso" (Romanos 3:4).

            Previamente hemos dicho que no sabemos que somos salvos a tra­vés de sentimientos de felicidad. Sin embargo, no debe deducirse a partir de esto que la salvación no tiene nada que ver con las emocio­nes, o que una persona que sabe que es salva no debería sentirse feliz. Este no es el caso. Todo el que ponga su confianza en Cristo debería regocijarse (Salmo 5:11). Pero el punto importante es que una perso­na no puede sentirse feliz por su salvación, sino hasta que sabe que es salvo, y nunca sabrá que es salvo sino hasta que crea en el testimonio de la Palabra de Dios.

            Cuando un creyente lee y acepta la Biblia, el Espíritu de Dios testi­fica que él es hijo de Dios (Romanos 8:16; 1 Juan 5:10). Por ejemplo, al leer Juan 6:47, el Espíritu de Dios me dice que tengo vida eterna. He creído en Cristo, por tanto, el resto del versículo debe ser verdad—ten­go vida eterna. Estoy lleno de las emociones más felices y de la paz más profunda, porque sé que soy salvo.

            Luego de que una persona ha sido salva, recibe otras evidencias de la nueva vida. Tiene la certeza de que ha pasado de muerte a vida por­que ama a sus hermanos (1 Juan 3:14). Encuentra que tiene nuevos gustos, nuevos deseos y nuevas ambiciones. Tiene un nuevo despre­cio por el pecado, y temor de desagradar al Señor. Pero esto no siem­pre es aparente en el momento de la conversión. El primer e inmedia­to medio de certeza es la Escritura.

            Cuando el obrero contacta a alguien que está turbado por dudas y temores, debe llevar a esa persona a la Biblia. Cuando el Señor Jesús fue tentado por Satanás, Él citó la Escritura y Satanás huyó. Así que, cuando el enemigo pone dudas en la mente del cristiano, este debe ci­tar algún versículo bíblico que prometa vida a todo el que cree en Cris­to. Lo que está diciendo es, en efecto, “Dios dice que soy salvo; y no me importa lo que tú digas”.

            A veces el ganador de almas se encontrará con aquellos que pien­san que dudar de su propia salvación es una señal de humildad o pie­dad. Debe recordarles que, si realmente han recibido al Hijo de Dios, están deshonrando la majestad de Su Trono al dudar de Su promesa. Las personas con poca salud o de edad avanzada, frecuentemente dudan de su salvación, pero ese es un tema diferente. El Señor lo sabe todo, y Su promesa permanece a pesar de la enfermedad de la frágil mente humana.

            Para muchas personas, la seguridad de la salvación viene como una segunda conversión. Una de las grandes recompensas del ganador de almas es ver el gozo y la paz que sobrevienen a quienes descansan en la Palabra de Dios por la certeza del perdón de sus pecados. Vale mu­cho más que lo que el mundo pueda ofrecer.

            El siguiente verso es del poema “Las últimas palabras de Samuel Rutherford.” Rutherford era un gran siervo de Cristo que vivió en Anwoth, Escocia, en el siglo diecisiete.

 

“Oh, si tan solo un alma de Anwoth

Me encontrara a la diestra de Dios,

Mi cielo sería dos cielos

En la tierra de Emmanuel.”

ORACIÓN PRECISA. RESPUESTA PRECISA


 Y me ha dicho: Bástate mi gracia.   (2 Corintios 12:9)


            No sabemos exactamente cuál era el aguijón en la carne de Pablo. En esto vemos la sabiduría del Espíritu de Dios, pues al no revelár­noslo, todos los afligidos pueden recibir el mismo aliento que recibió Pablo.

Veamos cómo Pablo enfrentó esta aflicción. No se nos dice que simplemente se deshizo de ella, ni que se quejó, ni que se amargó, sino que oró. ¿No es este uno de los propósitos del aguijón: acercarnos a Dios y no alejamos de Él?

La oración de Pablo era específica: “respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí” (v. 8). ¡Con qué frecuencia oramos de forma genérica y nos sorprendemos al no recibir res­puestas específicas! Mientras que en otras ocasiones somos espe­cíficos, pero no perseveramos en la oración hasta obtener una res­puesta. Pablo no solo fue específico, también fue persistente. ¿Su oración fue contestada? Si y no. ¡Desde el punto de vista físico, no fue contestada! ¡Pero sí lo fue desde el punto de vista espiritual! Fue respondida de tal manera que trajo bendición y paz, no solamente a Pablo, sino a un número incontable de cristianos a lo largo de los siglos.

La respuesta de Pablo fue: “[Él] me ha dicho”. Es una palabra per­sonal de parte del Señor a su siervo. ¿No es así precisamente nues­tro Señor para con nosotros? Él nos da la palabra, el versículo, justo lo indicado para mí, justo lo indicado para ti.

Luego vinieron las palabras “mi gracia". Solamente el Señor puede expresar estas palabras en su verdadero significado. La gracia y la verdad vinieron por Jesucristo. Él derrama esta gracia sobre noso­tros, no sólo en la salvación, sino también ante todas las aflicciones que vienen sobre nosotros en nuestro peregrinaje. La provisión de gracia siempre es igual a la necesidad, o incluso superior, por eso el Señor le dice “bástate". Él se complace en dar una "medida buena, apretada, remecida y rebosando” (Le. 6:38).

P. E. Hall

El Señor Está Cerca 2021

CAVANDO Y PLANTADO UN HUERTO

 


Las hormigas cortadoras de hojas viven en muchas partes de los trópicos de América del Norte, Central y del Sur. Por lo general se las ve marchando una por una en fila india a lo largo de un sen­dero. Este sendero ha sido alisado por miles de pequeños pies de hormiga. Cada hormiga del desfile lleva un trozo de hoja verde que porta en su fuerte boca, y sostiene el trozo enhiesto sobre su ca­beza. Puede que pienses que este desfile es interesante de ver, pero estas hormigas están trabajando mucho para ganarse la vida. Están llevando estas hojas para ayudar a cultivar hongos en sus hor­migueros […] Empleará esta hoja para fertilizar el huerto subterráneo. Entonces encuentra su lugar en la fila, y marcha lenta y cuidadosamente de vuelta al hormiguero.

A veces una hormiga conseguirá una pieza que parece dema­siado grande para llevar. Entonces perderá su puesto en la línea y puede incluso que el tamaño de la hoja le haga dar una voltereta. ¡Pero no ceja! Se vuelve a poner sobre sus pies, y se retuerce y se vuelve hasta que consigue poner la hoja otra vez sobre su cabeza. Cuando por fin tiene la hoja en su lugar, se une a las otras en su marcha de regreso hacia el hormiguero.

Un hortelano puede ser una persona de cualquier edad que vive en cualquier parte del mundo. Puede que cultive su huerto para alimentar a su familia, o sencillamente como jardín para disfrutar de algunas hermosas flores.

Él es quien decide cuándo plantar su huerto y escoge un lugar determinado donde plantarlo. Comienza a trabajar, aunque la tierra pueda ser difícil de preparar y el tiempo sea demasiado frío o cá­lido. Un buen hortelano tiene que seguir trabajando semana tras semana. A veces trabaja más que en otras ocasiones porque sus plantas lo necesitan. Sigue trabajando incluso en medio de dificul­tades. También tiene que esperar con paciencia la lluvia y el creci­miento de las plantas.

Las hormigas hortelanas y los horticultores son buenos ejem­plos para los cristianos. Nos enseñan a preparar con paciencia la cosecha y a persistir en la tarea aún en tiempos difíciles. Las hor­migas preparan su huerto subterráneo cuando recogen hojas para el hormiguero. No cejan cuando las cosas se les ponen difíciles. Siguen trabajando día tras día llevando a casa sus hojas incluso cuando la vida es difícil. Debemos recordar que estamos de camino a nuestro HOGAR en el cielo, Filipenses 3:20.

[…]

Las hormigas y los horticultores tienen también una meta fija. La meta de la hormiga es mantenerse en el camino y llevar un trozo de hoja al nido para ayudar a que el huerto produzca alimentos. La meta del horticultor es cultivar frutas, hortalizas o flores. La meta del creyente es producir fruto espiritual, hacer la obra de Dios, Hechos 20:24 y verle un día a El cara a cara, Filipenses 1:21-24.

Adela de Letkeman, Las asombrosas hormigas, capitulo 12.

LA EPÍSTOLA A LOS EFESIOS (3)

 


III ¾ 2:1 al 10; ¡Qué cambio!

 


            Alguien ha dicho, “No soy lo que debo ser, pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y por lo menos esto es más de lo que era”. A lo mejor este dicho está basado en las palabras de Pablo en 1 Corintios 15.10: “Por la gracia de Dios soy lo que soy”. Sea como fuere, este trozo de Efesios trata de estas tres cosas, ya que en los versículos 1 al 3 Pablo hace recordar a los santos lo que eran en un tiempo; en el 4 al 7 les dice qué ha hecho la gracia de Dios en ellos; y en el resto de la sección él enfatiza lo que deberían ser.

            Dos veces dice que por la gracia son salvos, 2.5,8. Él emplea el tiempo del verbo que indica algo que sucedió en el pasado en un momento preciso, que tuvo, y que tiene un efecto duradero en cada creyente en particular. Uno fue salvo en un momento; uno es salvo para siempre. No es sólo por gracia de parte de Dios sino por fe de parte del individuo, 2.8. No es que la fe de uno le da mérito. El pecado original del hombre consistió en no creer y confiar en Dios, y para deshacer el daño de ese pecado uno tiene que renunciar ese desafío, creyendo y confiando en Dios.

            “Gracia” y “fe” son palabras femeninas, tanto en el griego como en el español, pero el “esto” en el versículo 8 es neutral: “esto no de vosotros”. Si fuera la gracia o la fe que el escritor tenía en mente, él hubiera escrito, “esta ... es don de Dios”. No es la fe que es el don de Dios, sino el hecho de ser salvo. La capacidad de creer y confiar es parte de la naturaleza humana. Nadie puede decir en verdad que él no puede creer a Dios; si así fuera, Dios no tendría por qué reclamar la incredulidad. Así, “el don de Dios” no debe ser restringido a una sola cosa; la frase abarca toda la obra de la salvación por gracia y por fe.

            Al decirles que son salvos por gracia, Pablo está asegurando a los efesios que están seguros por la eternidad y que su alabanza será eterna, por cuanto la salvación no fue cosa de ellos.

Lo que eran

El trozo 2:1 al 3 describe su condición anterior. “Vosotros” se refiere a los gentiles y “nosotros” a los judíos.

            Estaban muertos espiritualmente, ajenos a la vida de Dios, consecuencia de transgresiones y pecados. Estaban dominados físicamente; al decir que andaban así, 2.2, él se refiere al estilo de vida que tenían. Aun cuando hayan dicho que estaban libres, su conducta estaba gobernada por el estado terrenal (la corriente) de este cosmos ¾este mundo¾ cuyo “príncipe” es Satanás, Juan 14.30. En vez de conocer la libertad de la eternidad, ellos estaban restringidos por condiciones terrenales y materiales.

            Estaban en desobediencia moral. Eran “hijos de desobediencia” en el sentido de que su carácter era de persistir tercamente en desconocer la voluntad de Dios. Eran egoístas moralmente, motivados por la voluntad y los pensamientos de la carne, 2.3. Pablo reconoce que era así tanto entre judíos como entre gentiles, “todos nosotros”. Eran diferentes, pero ni el uno ni el otro amaba a Dios con corazón, alma y mente.

            Estaban condenados judicialmente. Eran “hijos de ira, lo mismo que los demás”. Es decir, aquellos judíos estaban tan perdidos como los gentiles. La ira de Dios estaba sobre ellos, aun cuando su terrible destino estaba todavía por realizarse.

            El pecado y sus consecuencias habían invalidado todo departamento de su ser: espíritu, alma y cuerpo. Su posición estaba de un todo opuesta a la que Dios deseaba; ellos se interesaban en lo terrenal, gobernados por Satanás, insensibles a las cosas divinas, opuestos a la voluntad divina. ¡Qué estado! ¡Con qué material tendría que trabajar Dios! Pero veamos lo que sigue en los versículos 4 al 7.

Lo que Dios hizo en ellos

Por la gracia de Dios,

las cosas viejas pasaron.

He aquí, todo fue hecho nuevo.

 

            Podemos emplear una ilustración para ayudarnos a entender estos versículos. Todo río, o casi todo, comienza con una fuente. Ésta se convierte en río, el río tiene una boca y fluye finalmente al vasto océano. Vamos a descubrir estas cuatro etapas en esta sección.

 

La fuente: Se define en el 2.4: “su gran amor con que nos amó”. Es “por causa” de ese amor. En ese amor se encuentra la gran razón de todo lo que Dios ha hecho por nosotros. El escritor no emplea aquí fileo sino la palabra más fuerte de Juan 3.16 y 1 Corintios 13, agápe.

 

¡Oh! quién jamás pudo expresar tu amor,

o sondear la hondura, oh Salvador,

del manantial en el Divino Ser,

o la extensión, o grande altura ver,

de tal amor!

 

            Tenemos que resistir aquí la tentación a quedarnos en este tema encantador del amor, eterno amor, de Dios. Diremos sólo que es la explicación de todo lo que sigue.

El río: “Pero Dios, que es rico en misericordia”, versículo 4. Él ha sido, es, y siempre será rico en misericordia. Fue misericordioso en anular de un todo el juicio.

            Ejemplos en el Antiguo Testamento son David y Manasés. Cuando uno lee Salmos 32 y 51 y 2 Crónicas 33.12,13 (“Dios oyó su oración y lo restauró”), se da cuenta de que el corazón de Dios abraza al ofensor cuando éste confiesa de veras su pecado. “Dios, sé propicio [misericordioso] a mí, pecador”, exclamó el publicano, y fue él ¾no el fariseo¾ que descendió a su casa justificado. Saulo de Tarso, en un tiempo blasfemo, perseguidor e injuriador, declara: “Fui recibido a misericordia”, 1 Timoteo 1.13. Podríamos multiplicar caso sobre caso, pero Dios es tan rico en misericordia que todavía la habrá en abundancia para el que la necesita.

            Aunque somos hijos de ira, la promesa es que “por él seremos salvos de la ira”, Romanos 5.9. Esa misericordia se extendió a nosotros cuando estábamos “muertos en pecados”. La verdad quería condenarnos y la justicia castigarnos, pero la misericordia nos salvó.

 

La desembocadura: La boca es más amplia, más profunda, más grande que el río. Y así es en el trozo que estamos estudiando. Obsérvese la redacción en el versículo 7: “las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús”.

 

            Gracia, perdón y paz consiguen

            El pecador que, a Jesús, contrito,

            pide su compasión y amor.

 

            Son “las abundantes riquezas” de su gracia. En el 3.8 el apóstol hablará de “las inescrutables riquezas de Cristo” en el evangelio. La gracia es el favor inmerecido, y no hay ningún objeto digno de semejante favor. Y el versículo habla también de la bondad de Dios para con nosotros. Fue ésta que suplió nuestra necesidad.

            Amor, misericordia, gracia, bondad: todos manifestados en Cristo Jesús. Y son abundantes, dice; la idea no es tanto de cantidad sino de calidad. Esta es para la alabanza de la gloria de la gracia de Dios, con la cual nos hizo aceptos, 1.6. Ninguna actividad de Dios, antes o después de la cruz, es de comparar con el hecho de que nosotros hayamos sido hechos aceptos en el amado Hijo de Dios.

 

El océano: En los siglos venideros de la eternidad Él manifestará lo que ha hecho y cuál es la esfera tan vasta en la cual ha introducido su pueblo redimido. “Nos dio vida juntamente con Cristo”. El Señor Jesús sucumbió a la muerte a causa de delitos y pecados, pero no los suyos. Lo hizo a favor de su pueblo para que fuesen redimidos. Él descendió adonde estábamos con el fin de llevarnos adonde Él está ahora.

            Conforme todos participamos en el solo acto de desobediencia de nuestra cabeza terrenal, Adán, así todo creyente participa ahora en lo que Dios ha realizado en el caso de nuestra Cabeza nueva, el Señor Jesús. Cuando Él recibió vida en muerte, ellos también. El hecho de que haya llevado los suyos al disfrute inmediato de todo lo que está vida encierra en la gloria, no debe ser causa de preocupación; todos los salvos estaban en la meta y el propósito de Dios en ese momento.

            La segunda vez que encontramos “para” en estas líneas está en el versículo 9: “no por obras, para que nadie se gloríe”. Lo que Dios ha hecho es para su propia gloria: “El que se gloríe, gloríese en el Señor”, 1 Corintios 1.31. “Todo esto”, dice 2 Corintios 5.18, “proviene de Dios”, no dejando nada de la salvación como tema de jactancia nuestra. Bien sabía Pablo, como comenta en el capítulo 3 de Filipenses, que en las cosas espirituales no hay ventaja por antecedentes morales, educacionales, nacionales o raciales.

            El tercer “para” lo encontramos en el versículo 10: “somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó ... para que anduviésemos en ellas”. Las buenas obras no son necesarias para que uno llegue a ser salvo, pero sí son requeridas después de la salvación. Nuestro andar diario debe ser caracterizado por ellas.    Anduvimos en otro tiempo (versículo 2) en egoísmo; los judíos en Éfeso andaban en un gran ritualismo. Ahora debemos ser como Dorcas, Hechos 9.36, quien “abundaba en buenas obras”.

            En todas estas cosas habrá defectos en nosotros, sin duda. ¡Cuán imperfecta es la manifestación nuestra de la bondad de Dios! Nos contradecimos a nosotros mismos muchas veces, ¡y aun nos jactamos de nuestra posición y logros! Cuán prestos somos a intentar esquivar oportunidades para “buenas obras” en vez de andar en una senda donde puede haber oportunidades para encontrarlas.

            Lo que yo era en mis tiempos en Adán es cosa del pasado. Lo que soy por la gracia de Dios es perfecto y no puede ser alterado. Lo que debo ser requiere una constante ocupación del Señor de gloria para que yo sea transformado día tras día a la semejanza suya, 2 Corintios 3.18.

            Es más: Él nos resucitó juntamente con Cristo, según el 2.6, de manera que participamos de la vida suya. Y: “nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús. El hecho de que esté allí ahora es garantía de que nosotros participaremos un día de su gloria y reino.

            Por ahora, Dios considera esto como un hecho consumado. Esta idea se desarrolla al final del capítulo 3, como veremos más adelante. Pero el océano no puede ser medido, y preguntamos ¿quién podrá medir la profundidad a la cual Cristo bajó, o la altura a la cual nos llevó, o la longitud del amor que lo hizo posible, o la anchura del Calvario?

Lo que deben ser

            Hemos visto qué es el pecador antes de la salvación y qué hace la gracia de Dios en uno. ¿Pero somos en la práctica lo que Dios quiere que seamos?

            Hay una palabra griega que figura tres veces en los versículos 7 al 10; es úna, en nuestro idioma “para”. En el versículo 7 leemos: “para mostrar ... las riquezas ... de su gracia”. Es cierto que es en el milenio mayormente que Dios va a mostrar sus riquezas, pero no podemos excluir el tiempo presente.

            Nos faltaría tiempo para contar casos sobresalientes y obvios de la manifestación de la gracia de Dios, tanto en tiempos bíblicos (Saulo de Tarso, por ejemplo) como en la historia posterior y en la generación actual. Cada lector sabrá de personas cuyas vidas han sido cambiadas radicalmente por el evangelio, y cada uno que es salvo debe saber algo de esto en su experiencia propia. El caso de Saulo de Tarso se comenta en 1 Timoteo 1.12 al 17.

E. W. Rodgers

domingo, 22 de agosto de 2021

PENSAMIENTO

 

En todas las pruebas y sufrimientos en las que podamos encontrarnos, es imposible dudar de la bondad de Aquel que ha querido tomar nuestro lugar en el juicio; si lo pensamos, eso pone una barrera infranqueable ante todo sentimiento indigno de nuestra parte hacia Él, quien nos demostró un amor tan grande. Los designios de Dios para con nosotros no pueden tener otra fuente más que su amor revelado en Jesucristo nuestro Señor.  Jean Foulquier

LA NECESIDAD DE AGUA

 


¡Es una cosa seria no tener agua! Las hormigas viven casi en todas partes, incluyendo lugares desérticos. Sin embargo, ¡no viven en medio de un gran desierto donde no haya agua en abso­luto!

Saben que el agua es importante. Debido a esto, intentan man­tener húmedo el aire en el hormiguero... A las hormigas les gusta el aire húmedo porque hace del hormiguero un lugar cómodo para criar a sus pequeños. No pueden siempre lan­zarse a conseguir agua con rapidez, por lo que tienen cuidado al elegir el emplazamiento del hormiguero…

            Algunas hormigas subterráneas llamadas «hormigas madereras» […] salen temprano por la mañana y llevan gotitas de agua de rocío que han caído durante la noche. Llevan estas gotitas de agua a zonas del hormiguero que se están secando…

Las hormigas no son las únicas en saber que el agua es impor­tante. Cada ser vivo necesita agua para vivir. Las plantas, los ani­males y las personas ingieren alimentos y agua. […] Un cuerpo emplea el alimento para fortalecerse, para cre­cer y para repararse, pero sólo puede hacerlo cuando el alimento se mezcla con agua.

            El agua (1) Da vida, (2) Produce energía, (3) Arrastra y sustituye, (4) Refleja la luz y (5) Es tres en uno.

Alguien que acude a Dios por medio del Señor Jesucristo recibe la vida eterna. En aquel momento, el Espíritu Santo acude a vivir dentro de él, Juan 14:17. El Espíritu puede dar satisfacción al más profundo anhelo de una persona, y puede suplir un poder y fuerza continuados que nunca se agotan. Este suministro es como el agua de un manantial que sigue manando y subiendo de la tierra.

El Espíritu Santo nos enseña también una nueva manera de adorar cuando viene a vivir en nuestro interior. La mayor parte de las religiones tienen un santuario o un edificio donde adorar a Dios. Los que creen en el Dios vivo y verdadero no tienen que estar en una ciudad o en un edificio especiales donde adorar. Es más importante cómo adoran que dónde adoran. El Dios verdadero es espíritu, y cualquiera que le adore debe hacerlo mediante la ayuda de su Santo Espíritu, Juan 4:23,24. El Padre desea una verdadera adoración. Él no quiere palabras carentes de significado, sino cora­zones y bocas que le adoren y den honra por ser El quien es.

El Señor Jesús le enseñó a la mujer en el pozo acerca de un manantial de agua dadora de vida que ella podría tener en su inte­rior. Un tiempo después, les dijo a otros que los que tuvieran sed de cosas espirituales acudieran a Él y bebieran. Él les daría aguas vivificadoras que saltarían de dentro de ellos, Juan 7:37-39. Esto nos habla del Espíritu Santo que puede llenar y refrescar nuestros corazones hasta que se derrame en las vidas de otros.

            El Espíritu Santo: (1) Da vida (Juan 6:63), (2) Produce poder (He­chos 1:8; 1 Corintios 2:4; Romanos 8:26,27; Efesios 3:16). (3) Arrastra y sustituye (Gálatas 5:19-25; Romanos 8:5.) (4) Refleja la luz (2 Corintios 3:18) y (5) Tres en uno (Isaías 43:10b; 44:6, 1 Corintios 12:4-6, Génesis 1:26; 3:22; Isaías 6:8; Efesios 4:6; Juan 1:1,14; Colosenses 2:9; Hechos 5:3,4).

Así como las hormigas saben que el agua es importante, tam­bién todas las personas debieran saberlo. Este mundo es como un desierto espiritual. Un desierto necesita un suministro de agua más que cualquier otra cosa. Podemos disponer de una corriente de agua inagotable brotando dentro de nosotros y derramándose a otros cuando acudimos a Cristo. Cada persona que no tiene el agua vivificadora de la que habló Jesús está bajo la condenación de Dios, Juan 3:36. El agua es una sustancia vivificadora, pero sólo nos puede ayudar cuando estamos sedientos y la bebemos. ¡Necesi­tamos recibir el ofrecimiento de Dios de suministramos el agua de vida! Apocalipsis 22:17.

Adela de Letkeman,

MEDITACIÓN

 


Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación.

(2 Timoteo 3:15)


Usted no puede hacer que a sus hijos les guste la Biblia; nadie sino el Espíritu Santo puede darnos un corazón que se deleita en la Pala­bra. Pero usted puede familiarizarlos con la Escritura, más tenga por seguro que ellos no podrán estar familiarizados con este bendito Libro demasiado pronto o demasiado bien. Un conocimiento de la Biblia es el fundamento de toda visión clara de la religión. El que está bien fundamentado en esto no se encontrará, por lo general, vacilando y siendo arrastrado a “todo viento de doctrina” (Ef. 4:14). Cualquier sistema de crianza que no tenga el conocimiento de la Escritura como asunto primordial es inseguro y poco sólido.

Necesitamos ser cuidadosos en esto, ya que el diablo está alrede­dor y los errores abundan. Algunos le dan a la Iglesia el honor que le corresponde a Jesucristo; otros hacen sacramentos para que sean un pasaporte a la vida eterna; otros honran un catequismo más que a la Biblia o llenan las mentes de sus hijos con libros de historias y cuentitos sin valor. Pero si usted ama a sus hijos, deje que la Biblia sea todo en la formación de sus almas; y deje que todos los otros libros bajen y tomen un lugar secundario.

Asegúrese que sus hijos la lean reverentemente; entrénelos para que la inquieran, no como palabra de hombres, sino como la Pala­bra de Dios, escrita por el mismo Espíritu Santo; toda verdad, toda provechosa y capaz de hacernos sabios para la salvación. Vele para que sea leída regularmente. Entrénelos para que la conside­ren como el alimento diario de sus corazones; como algo esencial para la salud de sus almas; cerciórese que la lean por completo. No necesita dejar de presentarles cualquier doctrina bíblica: los niños entienden mucho más de la Biblia de lo que suponemos.

Hábleles del Señor Jesucristo y de su obra consumada: la expia­ción, la cruz, la sangre, el sacrificio. Llene sus mentes con la Escri­tura. Deles la Biblia, toda la Biblia, incluso cuando ya son jóvenes.

J. C. Ryle

Devocional “El Señor está cerca”, 2020