sábado, 30 de septiembre de 2023

El cristiano ¿En qué consiste? (2)

 C.H. MACKINTOSH


2.  El objeto del cristiano

Aquí nuevamente vemos que el cristianismo nos coloca delante de Cristo solo. El hecho “de conocerle” (Filipenses 3:10) constituye la aspiración del verdadero cristiano. Si la posición del cristiano es “ser hallado en él”, “conocerle” constituye su único objeto, su única meta. La filosofía de los antiguos tenía un adagio que era constantemente presentado a la atención de sus discípulos: «Conócete a ti mismo.» El cristianismo, al contrario, tiene otra palabra, que tiende a un objeto más noble y elevado. Nos insta a conocer a Cristo, a hacer de él el objeto de nuestro corazón, a fijar nuestra mirada en él.

Esto y sólo esto constituye el objeto del cristiano. Tener cualquier otro objeto no constituye en absoluto el cristianismo, y lamentablemente los cristianos tienen otros objetos en que ocuparse. Por eso decíamos al principio de nuestro artículo, que lo que deseábamos presentar a nuestros lectores es el cristianismo y no la marcha de los cristianos. Poco importa cuál sea el objeto que nos ocupa; desde el momento que no es Cristo, no es el cristianismo. El anhelo del verdadero cristiano tenderá siempre hacia lo que se dice en estas palabras: “A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte” (v. 10).

La meta del cristiano no es hacer su camino en el mundo, ir en busca del dinero, procurar alcanzar una posición social elevada, buscar engrandecer su familia, hacerse de un nombre y buscar fama. Él no aspira a ser considerado un gran hombre, un hombre rico, un hombre popular. No, ninguna de estas cosas es un objeto cristiano. Ellas pueden constituir las aspiraciones de aquellos que no han hallado mejores bienes; pero el cristiano ha hallado a Cristo. En esto reside toda la diferencia. Puede parecer natural para un hombre que no conoce a Cristo como su justicia, hacer lo mejor que pueda para forjar su propia justicia; pero para aquel cuya posición está en un Cristo resucitado, la más perfecta justicia que pudieran producir los esfuerzos humanos, no sería más que una pérdida. Es exactamente lo mismo cuando se trata de un objeto. La cuestión no es decir: «¿Qué hay de malo en tal o cual cosa?», sino: «¿Es esto de Cristo?».

Es útil considerar esto, pues estamos seguros de que una de las grandes causas de la baja condición espiritual que prevalece entre los cristianos, se debe justamente al hecho de que la mirada es quitada de Cristo, y fijada en tal o cual objeto inferior. El objeto puede tener en sí mismo cierto valor moral para un hombre del mundo, para un hombre que no ve nada más allá de su lugar en la naturaleza, en la vieja creación. Pero, para el cristiano, no es así. Él no es de este mundo. Está en el mundo, pero no es del mundo. Ellos “no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo”, dice nuestro amado Señor (Juan 17:14). “Nuestra ciudadanía está en los cielos” (Filipenses 3:20), y nunca debiéramos estar satisfechos con un objeto inferior a Cristo. No importa en lo más mínimo la posición social en la cual estemos. Un hombre puede ser un recolector de residuos o un príncipe, o puede ocupar uno de los numerosos grados entre estos dos extremos sociales; es todo lo mismo si Cristo constituye su único y verdadero objeto. No es la condición social de un hombre, sino el objeto que persigue, lo que le confiere su carácter.

El apóstol Pablo no tenía sino un solo objeto: Cristo. Ya sea que se quedase en un lugar o que estuviese de viaje, que predicase el Evangelio o que juntase ramas secas para las estacas (Hechos 18), que estableciese iglesias o que hiciera tiendas, su objeto era Cristo. Tanto de noche como de día, en casa o fuera de ella, por mar o por tierra, solo o con otros, en público o en privado, Pablo podía decir: “Una cosa hago” (v. 13); y esto, notémoslo bien, no se trata solamente de Pablo el diligente apóstol, Pablo el santo arrebatado al tercer cielo, sino de Pablo el cristiano vivo, activo y caminante; de aquel que podía decirnos: “Hermanos, sed imitadores de mí” (v. 17). Y no deberíamos contentarnos con nada menos. Nuestras faltas —es triste decirlo, pero es cierto—, son numerosas; pero mantengamos siempre ante nuestros ojos el verdadero objeto. El escolar, que escribe unas líneas, sólo puede esperar que la página que redacta quede prolija si mantiene sus ojos fijos en la primera línea del encabezamiento que subrayó con una regla. Ahora bien, si luego aparta su mirada de la línea modelo, y se empieza a fijar en la última línea que acaba de trazar —lo cual es una tendencia muy común—, entonces cada línea subsiguiente se irá desviando cada vez más de la precedente. Lo mismo ocurre con nosotros: Apartamos la mirada de nuestro divino y perfecto modelo, y comenzamos a considerarnos a nosotros mismos, a fijarnos en nuestros propios esfuerzos, en lo que somos nosotros, en nuestros propios intereses, en nuestra reputación. Comenzamos a pensar en lo que estaría de acuerdo con nuestros principios, con la profesión que hacemos, con nuestra posición en el mundo, en lugar de pensar en el único objeto que el cristianismo pone ante nosotros, esto es, Cristo.

Pero —dirá alguno— ¿dónde se halla esto? En efecto, si lo buscamos en las filas de los cristianos de nuestros días, ello será ciertamente difícil. Pero es lo que nos dice el tercer capítulo de la epístola a los Filipenses, y esto ha de bastarnos. Hallamos allí un modelo del verdadero cristianismo, que debemos tener única y continuamente ante los ojos. Si nuestros corazones quisieran ir en pos de otras cosas, entonces juzguémoslos. Comparemos las líneas que trazamos con la línea modelo, y busquemos seriamente reproducir una copia fiel a partir de ella. Sin duda habremos de llorar por nuestras frecuentes caídas, pero estaremos ocupados con nuestro verdadero objeto, y tendremos así formado nuestro carácter cristiano; porque, no lo olvidemos, éste es el móvil que nos hace actuar, que forma nuestro carácter; cada objeto anhelado, forma nuestro carácter. Si mi meta es el dinero, seré avaro; si busco el poder, seré ambicioso; si amo las letras, seré un literato; si mi objeto es Cristo, seré cristiano. No se trata aquí de una cuestión de vida o de salvación, sino de cristianismo práctico. Si alguien nos pidiera que definamos en pocas palabras qué es un cristiano, en seguida responderíamos que es un hombre cuyo objeto es Cristo. Esto es muy simple. ¡Ojalá que podamos experimentar el poder de esta verdad, de manera de manifestar un carácter de discípulos más sano y vigoroso, en estos días en que tantos cristianos, lamentablemente, tienen sus pensamientos en las cosas terrenales!

Concluiremos este breve e imperfecto esbozo de un tema tan amplio e importante, con algunas palabras sobre la esperanza del cristiano.

(continuará)

Los tres árboles y la zarza

 Santiago Saword


El capítulo 9 de Jueces relata el horroroso episodio de la matanza por Abimelec, sobre una piedra, de sus sesenta y nueve hermanos, hijos de Gedeón. Jotam escapó. Una vez que la gente de Siquem había hecho a Abimelec su rey, Jotam se puso en la cumbre del monte Gerizim para denunciar a los homicidas por su crimen sangriento.


La violencia

Su parábola se encuentra en Jueces 9.6 al 21, 56 y 57. Fue profética y se cumplió al pie de la letra, enseñándonos que Dios tiene su tiempo para arreglar la cuenta por todo acto de violencia y crueldad. En nuestros días hay muchos hombres salvajes que matan a sangre fría a personas pacíficas y superiores a ellos; se escapan del castigo merecido, pero irremisiblemente llegará el día cuando tendrán que comparecer delante del gran Juez de los vivos y muertos para sufrir el justo pago de su maldad.

En cuanto a la parábola de los tres árboles, primero nos enseña que Dios tiene su propósito doble en lo que producen: Dios es honrado y los hombres son bendecidos, versículo 9. Él tiene también un propósito doble en nosotros, cual árboles plantados en la casa de Jehová — Salmo 92.13 — y es el que Dios sea honrado y nuestros semejantes bendecidos. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe, Gálatas 6.10.

El olivo

El primer árbol nombrado es el olivo. Los árboles, según la parábola, querían elegir a uno para reinar sobre ellos, y convidaron al olivo para ser su rey. La noble respuesta del olivo fue: “¿He de dejar mi aceite, con el cual en mí se honra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles?” El aceite era esencial en el culto ordenado por Dios, y a la vez para ungir a los hombres.

En Apocalipsis 11.4 leemos de dos olivos que son testigos de Dios. Son lámparas que brillan mediante el aceite en medio de las tinieblas. El aceite habla del Espíritu de Dios que da poder para testificar fielmente delante de un mundo pecador. Cuando el creyente busca grandezas en este mundo su utilidad sufre, y su vida, que tanto le costó a Cristo, tiene poco para Dios y las almas de sus prójimos.

El mensaje de Dios al joven Baruc, quien había sido una gran ayuda a Jeremías, fue: “¿Buscas para ti grandezas? No las busques”, Jeremías 45.5. Para Baruc las grandezas solamente durarían por unos días; la nación estaba al punto de un gran desastre (el cautiverio). Igualmente, para el creyente; ya lo del presente siglo viene llegando a su fin. La venida del Señor se acerca y nosotros los salvos vamos a dejar atrás lo que es de este mundo; de acuerdo con nuestra fidelidad aquí, será nuestra herencia en el cielo.

La higuera

El segundo árbol nombrado es la higuera, que también fue resuelta en no dejar su dulzura y buen fruto “para ser grande sobre los árboles”. Ella sacó bien la cuenta y prefería más bien seguir en su vida de proveer lo agradable para los corazones y llevar mucho fruto para Dios en vez de satisfacer una ambición carnal sobre los demás.

En Jeremías 24.1 se puede ver que higos fueron puestos delante del templo de Dios, lugar de privilegio (“Me mostró Jehová dos cestas de higos ...”).

La vid

El tercer árbol nombrado es la vid, que también estuvo resuelta a continuar en su vocación según la voluntad de Dios, alegrándole a él y a los hombres.

En Juan 15 vemos que Cristo es la vid verdadera, y en Juan 6.15, después del milagro de los panes, los hombres querían hacerle rey, pero Él se fue. Él nos enseña que estamos unidos inseparablemente con él y como pámpanos podemos llevar mucho fruto por medio de él. En cambio, separados de él nada podemos hacer.

El vino habla del gozo del Señor y la salvación. Por buscar un puesto político o social el creyente va a perder el gozo del Señor, cosa que se pierde fácilmente pero sólo con dificultad se vuelve a conseguir. Sin este gozo, el creyente está impedido en ganar almas para Cristo, y su adoración pierde frescura, llegando a ser puro formalismo. Así, la vid rechazó la oferta, prefiriendo dar gozo a Dios y al hombre en vez de satisfacer el impulso de ambiciones engañosas.

La zarza

Como último recurso los árboles apelaron a la zarza. “Anda tú, reina sobre nosotros”, 9.14. La respuesta de la zarza es impresionante: “Venid, abrigaos bajo mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza ...” En realidad, la zarza no tenía nada que dar sino espinas y maldición; Génesis 3.17,18. Por dondequiera que se extiende, ahoga las matas buenas y sufre dolor quien la toque.

¡Qué tragedia terminar nuestra carrera como una zarza, lista para las llamas! Hemos conocido hombres que querían ser líderes entre el pueblo del Señor, buscando privilegios: la plataforma para predicar, e intentos vanos a enseñar. Ellos buscaban “el puesto” con motivos ulteriores en vez de reconocer su propia indignidad y hacer todo por amor de Cristo. En cambio, hay otra clase a quienes no les interesa ser algo en la asamblea; su gran afán es prosperar materialmente y llegar a la cumbre en lo de este mundo. Caen en tentación y lazo, y en “muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición”.

¡Ojalá que nuestra meta sea la del gran apóstol! “Prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”, Filipenses 3.14.

Tres dones naturales y comunes

 José Naranjo

Oír, hablar y escribir requieren el entendimiento


Oír, hablar y escribir: son gracias que, aunque nos parecen comunes, son dones especiales que entran en los predios del arte, y para desarrollarlos bien se requiere el ejercicio del entendimiento. No es monopolio de algunos el uso de esos dones, pero es indispensable que el individuo llegue al entero conocimiento de su capacidad real para que no incurra en el abuso de traspasar los linderos de lo desconocido, o aparecer ante los demás como ignorante, fanfarrón u orgulloso.


·         Oír

El que oye bien está llamado a ser inteligente. Un oído fino percibe y discierne con maestría las notas musicales. Tal vez por falta de oído atento es que se oye tanta discordancia en el cantar de nuestros himnos en las asambleas. Muchos de los profetas empezaban sus mensajes primero con esta alocución: “Oíd palabra de Jehová”. (Deuteronomio 32:2-4, Isaías 1:2-3, Jeremías 10:1-2, Oseas 4:1-2, Amós 4:1) Es abuso y mala educación oír de cualquier manera. El Señor Jesús se vio en el caso de llamar la atención a su auditorio en varias ocasiones. “Si alguno tiene oídos para oír, oiga”. Les dijo también: “Mirad lo que oís; porque con la medida con que medís, os será medido, y aun se os añadirá a vosotros que oís”. (Marcos 4:23,24)

Hay una tendencia de oír ligeramente con el consiguiente resultado de la exageración, de lo que resultan los chismes, no diciéndose lo real sino lo ficticio, imaginativo o sospechoso, y todo esto por oír mal. Don Guillermo Williams en una conferencia en Puerto Cabello nos habló de oír bien, y citó el caso de un hermano que le dijo: “¿En qué se basó ese predicador para decir que el eunuco era un negro feo?” Respondió: “Yo no oí así. El predicador dijo: “En Hechos de los Apóstoles capítulo 8 está la conversión del africano, o sea el negro; en capítulo 9 está la conversión del asiático, o sea el religioso fariseo; y en capítulo 10 está la conversión del blanco europeo”. Después, una hermana le dijo a uno de los ancianos: “Déjeme sentarme en la punta del banco, porque yo soy la que atiende al café”. El anciano le dijo: “¿Y por qué no se examina si tiene poca fe?”

Errores de esta y otra clase se cometen a diario, por no poner el sentido para oír bien. Del Señor Jesús como el siervo de Jehová está escrito: “Jehová el Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado: despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios. Jehová el Señor me abrió el oído, y yo no fui rebelde, ni me volví atrás”. (Isaías 50:4,5)

· Hablar

El Señor Jesucristo es reconocido como el maestro más excelente. Sus enemigos lo recocieron en sus días, cuando le mandaron a prender, pues cuando los principales sacerdotes y fariseos dijeron a los alguaciles, “¿Por qué no le habéis traído?” los alguaciles respondieron, “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” (Juan 7:32, 45,46) Ningún hombre ha pronunciado sermón como el Sermón del Monte. (Mateo 7:28,29) Un día una mujer muy emocionada por lo que oía, levantó la voz y le dijo: “Bienaventurada el vientre que te trajo, y los senos que mamaste”. (Lucas 11:27,28) Hay los que se expresan con una dialéctica natural, cuyos razonamientos, sin llegar a la elocuencia, son convincentes y transportadores, pero donde más se destaca esta virtud es en los humildes de corazón. “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe”. (1 Corintios 13:1)

Hay los que sólo tienen verborrea, y son de apariencia humilde hasta que se les exhorta, reprende o corrige; entonces se desahogan su orgullo escondido y hablan como si hubieran nacido primero que Adán. (Job 15:7-10) Posiblemente Coré, Alejandro, Diótrefes y otros eran tipos de esa calaña. Un hermano extranjero oyó a un criollo predicar, y cuando me vio me dijo: “Fulano tiene mucha palabrería”. Moisés fue de los humildes de corazón, pues sostuvo con sinceridad delante de Dios su torpeza para expresarse. (Éxodo 4:10) Pero la vocación de Moisés, y su constancia delante del Señor, le hicieron conseguir soltura de lengua y libertado de expresión, de tal manera que, por el Espíritu, improvisaba hasta llegar a la altura de la exégesis: “Entonces habló Moisés a oído de toda la congregación de Israel las palabras de este cántico”. (Deuteronomio 31:30) De veras que es agradable oír a una persona que se expresa bien. De ahí el proverbio del vulgo: “El que tiene más saliva traga más harina”. Pero mejor es lo que dice Salomón: “Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha como conviene”. (Proverbios 25:11)

· Escribir

Escribir es el arte que se expresa en estilo. Por la letra distinguimos a las personas que nos son familiares, y por el estilo discernimos a los que nos son algo conocidos. En la Biblia hay libros que nos son familiares, y hay libros que nos son conocidos. A vuelo de pensamiento distinguimos el estilo de escritura de Pablo, de Pedro, de Isaías, de Santiago, de Moisés, de Juan; pero tenemos que pararnos para discernir y dar respuesta a una pregunta de Ezequiel, de Zacarías, de Oseas o de Josué. Si escribir es arte, también es vocación; vocación que el que escribe lo ha deseado y lo ha podido alcanzar.

En meses pasados un hombre se halló con un evangélico y le dijo: “¡Ah! ¿Es usted periodista?” El evangélico le contestó: “No, yo lo que hago es escribir sermones”. El hombre le dijo: “Pero sus sermones son buenos”. Ciertamente son los sermones buenos los que impresionan. A veces salen al público unas cuartillas tan “pajizas” mal escritas, sin coordinación, mal impresas; la falta de gramática es demasiado pronunciada porque no pasa por manos de redactores de conocimiento. El sentido literario es tan escaso que cuando una persona recibe el folleto y lee los primeros renglones, lo tira por el cursi de su argumento. Se ha dicho que “no tienen dientes”.

Son muchos los millares que deseamos saber lo que nuestro Señor Jesucristo escribió en las arenas del templo. (Juan 8:6) Gracias a Dios por las cartas de Pablo; de él se dice: “A la verdad, dicen, las cartas son duras y fuertes: más la presencia corporal débil, y la palabra menospreciable”. (2 Corintios 10:10)

Todo el fin que debe perseguir la escritura es lo que dice Pedro: “Amados, esta es la segunda carta que os escribo, y en ambas despierto con exhortación vuestro limpio entendimiento”. (2 Pedro 3:1)

Viviendo por encima del promedio (4)

 

William Macdonald


El costo de la obediencia

 


La vida era una brisa para Bud Brunke. Tenía una espo­sa encantadora, Janice, seis hijos, y era socio en un negocio de mantenimiento de aeronaves, en un pequeño aeropuerto en Elgin, Illinois. El mundo era su ostra, o, al menos, eso pensaba él.

De repente, sin embargo, su paz fue trastornada cuando los pensamientos de su condición espiritual comenzaron a molestarlo. Hasta ese momento, había sido diácono y miembro fiel de la Iglesia Luterana local, pero esto no lo satisfacía. Lo que más le inquietaba de la iglesia era el bau­tismo infantil. El no podía tolerar la idea de que salpicar con agua a un niño lo hiciera miembro de Cristo y un here­dero del reino de Dios. Por un conjunto de extrañas circuns­tancias, comenzó a tomar clases en una escuela bíblica noc­turna. En las semanas sucesivas, la luz resplandeció en su alma, y se convirtió en un cristiano comprometido mientras miraba la transmisión de una cruzada evangelística.

Desde el principio, Bud tuvo un profundo deseo de cono­cer la Palabra de Dios y obedecerla. Si hubiera pensado que cuando fuera salvo no tendría más problemas, se habría equi­vocado. Hubo un problema en particular que se destacó. Ahora estaba asociado con un hombre que no era creyente. Antes, esto nunca había sido un problema. Pero ahora él leía:

“No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; por­que ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédu­lo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ído­los? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios y ellos me serán a mí por pueblo. Por lo cual, salid de en me­dio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo in­mundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre y me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso” (2 Co­rintios 6:14-18).

Estas palabras apuñalaban a Bud todas las veces que las leía. “¿Qué parte tiene el creyente con el incrédulo?” Era verdad. Su socio y él estaban en diferentes longitudes de onda. Tenían valores distintos. Las prácticas poco éticas nunca habían sido un problema antes, pero ahora cobraron mucha importancia. Era como si un buey y un asno estuvie­ran atados juntos. Ellos no tiraban juntos.

Bud sabía lo que debía hacer. Tema que salirse del yugo desigual. Pero el negocio de mantenimiento de aeronaves era su vida. Tema que pensar en su familia. No tendrían me­dios visibles de sustento si él renunciaba. ¿Cómo vivirían?

Primero, decidió consultar a un anciano de la iglesia lo­cal. Le contó al anciano toda la historia acerca de cómo se encontraba entre la espada y la pared.

El anciano dijo: “No hay un gran problema aquí. Só­lo compra la parte de tu socio para ser el único dueño del negocio.”

“No tengo suficiente dinero para hacer eso.”

“En ese caso, ¿por qué no dejas que él compre tu parte?”

Valía la pena investigar esa posibilidad. Habló con el so­cio, y, para su sorpresa, el socio parecía conforme con la idea. Prometió pagarle a Bud $40,000 por su parte del ne­gocio. Parecía la solución ideal al problema. El dinero co­menzó a gotear. Los cheques mensuales eran de $200. Lue­go los pagos se tomaron esporádicos. Más tarde, cuando

Bud fue a cobrar los cheques, retomaban con la notificación “fondos insuficientes.”

A Bud no le sorprendió cuando se enteró de que su socio se había declarado en bancarrota.

La determinación de Bud de obedecer el mandamiento de “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos” le había costado entre $38,000 y $40,000. ¿Qué debía hacer? Pero Dios no había olvidado Su promesa: “Y seré para vo­sotros por Padre” (2 Corintios 6:18). En poco tiempo Bud fue a trabajar para un cristiano, un cargo en el que permane­ció 25 años. Cuando llegó a los 65 años y se jubiló, recibió un pago que era tres veces más de lo que había perdido. Así es el Señor. Él no es deudor de ningún hombre.

¿Cómo puedo aprender a orar?

 No hace mucho que una joven cristiana me confesó que estaba pasando por problemas para orar. No recuerdo ahora exactamente cómo respondí, pero de seguro dije algo de, “¡Yo también!” Algo que el creyente aprende al crecer en la gracia es que los ejercicios realmente arduos de la vida cristiana son los básicos: la oración, el estudio de la Biblia, la comunión con los hermanos y el testimonio. Todos son problemáticos, y las Escrituras dan a entender convencido que nunca serán fáciles, pero con la ayuda de Espíritu Santo, y a pesar de todo, proseguiremos firmemente.

Uno de los grandes hombres del Antiguo Testamento nos da un ejemplo desafiante de las condiciones sencillas para que la oración sea eficaz. En Génesis 18 leemos acerca de la intercesión de Abraham a favor de Sodoma (vv. 23 al 32) y podemos deducir cuatro lecciones de esa narración.

1. Abraham creyó al Señor (vv. 9 al 21).

Frecuentemente se olvida que la oración de Abraham al final del capítulo no es un estallido espontáneo. Por el contrario, es considerada como el resultado de lo que había aprendido escuchando al Señor. Si compruebes todo lo que el Génesis cuenta acerca de su vida, encontrarás, quizá para tu sorpresa, que Dios habla a Abraham unas tres veces más de lo que Abraham habla a Dios. La moraleja es evidente; si queremos hablar al Señor debemos escucharle antes. La oración y la lectura de la Biblia son inseparables. Muchas de nuestras irreflexivas expresiones (“si es tu voluntad”) podrían convertirse en oraciones completas y llenas de fe, solamente con buscar la voluntad de Dios tal y como se nos revela en las Escrituras.

¿Qué aprendió Abraham de Dios en la primera parte del capítulo?

a. Aprendió que Dios ansía bendecir a su pueblo (vv. 10 al 14), y nuestro Dios es siempre el mismo. El Señor Jesús ascendió a la gloria en actitud de bendecir (Lucas 24:31) y esto es lo que ha caracterizado siempre su trato con los santos (Efesios 1:3). Tal conocimiento debe animarnos a estar más tiempo con un Dios cuyo deseo es nuestro bien.

b. Aprendió que Dios es el Dios de juicio (vv. 17 al 21). Mucho de la predicación del evangelio en estos tiempos ha diluido el mensaje claro de salvación en Cristo que encontramos en el Nuevo Testamento al omitir o suavizar la realidad del juicio. Pero podemos estar seguros de que Él juzgará (ver especialmente Romanos 2:1 al 16) y así como esta certidumbre le condujo a Abraham a interceder por su descarriado sobrino Lot, así debe forzarnos a nosotros a caer sobre nuestras rodillas e interceder por los amigos y familiares que no son salvos.

c. A Abraham se le recordó la omnipotencia divina (v. 14). Esta gloriosa verdad, repetida en Lucas 1:37, es la espina dorsal de la oración porque el Dios de la Biblia es omnipotente y por tanto “poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de los que pedimos o entendemos” (Efesios 3:20).

d. Él fue testigo de una pasmosa demostración de la omnisciencia de Dios, ya que Él conocía los pensamientos de Sara (vv. 10 al 13). Hay veces cuando le cuesta al creyente poner palabras a su oración, pero ¾y aquí el consuelo¾ nuestro Padre celestial conoce todo acerca de nosotros (Mateo 6:8) y el Espíritu que mora en nosotros habla en nuestro lugar (Romanos 8:26 al 27).

Encontrarás en Génesis capítulo 18 que Abraham aprendió también acerca del gran deseo que Dios tiene para confiar en sus amigos (v. 17), sus planes para los descendientes del patriarca (v. 18) y su lealtad hacia su Palabra (v. 19). ¿Puedo sugerir que nuestras oraciones sólo serán llenas y efectivas en la medida que sea nuestra percepción de las Escrituras? Si oramos con la Biblia como base, estamos orando de acuerdo con la voluntad divina; como alguien dijo, “La oración es un instrumento poderoso, no para conseguir que se haga la voluntad del hombre en el cielo, sino para hacer posible la voluntad de Dios sobre la tierra”,

2. Abraham se acercó al Señor (v. 23).

Es posible tener un buen conocimiento de las Escrituras y no orar. Pero Abraham era un creyente practicante; aquello que el Señor le enseñó lo puso en práctica inmediatamente, y “se acercó”.

Te darás cuenta de que los dos ángeles se habían marchado (v. 22); Dios y su hijo estaban solos. El Señor Jesús subrayó el valor de esto en Mateo 6:6: “Cuando ores, entre en tu aposento, y cerrada la puerta, ora.”., No lo olvides; ¡cierra esa puerta! El mundo y el diablo no se tardan en valerse de cualquier distracción para impedir o estorbar nuestra comunión con el Señor. Además, es vital hacer un deliberado esfuerzo para estar, como lo expresa cierto himno, “cerrado contigo, lejos, alto y alejado del mundo inquieto que lucha abajo”. Es maravilloso constatar que cuanto más nos acercamos a Dios, más se acerca Él a nosotros (Santiago 4:8).

3. Abraham pidió al Señor

Esta es la esencia de la oración: hablar con Dios. Abraham no tuvo tiempo para ir a un lugar especial (después de todo, el Señor estaba allí), o preparase y asumir una postura de rigor o esperar hasta que se sintiera movido a orar. ¡Simplemente oró! ¿No dijo el Maestro, “Pedid, y se os dará” (Lucas 11:9)? ¡Cuán necios somos, entonces, si estamos preocupados, impacientes o torpes en vez de hablarle humildemente!

La oración en sí misma es sencilla, sincera y corta. La Biblia no da premios a los de “largo fuelle”, ¡aunque así pareciera a algunos de nuestros hermanos! La oración de Abraham fue razonada, de acuerdo con el conocimiento de Dios que él tenía, y específica. Llegó al grano. Nosotros hemos recibido una revelación mucho más amplia, porque tenemos al Señor Jesús, la última palabra de Dios al hombre (Hebreos 1:1,2). Por tanto, podemos acompañar nuestras oraciones con el precioso nombre de Cristo (Juan 16:23).

Cuando pequeño aprendí de mi madre a terminar mis oraciones “en el nombre del Señor Jesús. Amén”. Cuando le pregunté por qué tenía que decir esto, me respondió ella, “Porque a Dios le agrada oírlo”, y a mí no se me ocurre una respuesta teológica que mejore esa expresión. El nombre del amado Hijo de Dios significa tanto en el cielo que el Padre está gozoso al recibir y contestar las oraciones de aquellos que lo ponen reverentemente sobre sus labios.

4. Abraham anticipó una respuesta (19:27 al 29)

            Este es la evidencia de que oró con fe (Mateo 21:22). Él se levantó temprano y volvió al lugar donde había hablado con el Señor. Ahora bien, Dios no garantizó su respuesta a la petición específica, porque no había diez justos en Sodoma (Génesis 19:15); sin embargo, sí satisfizo el deseo del corazón de Abraham, que su sobrino Lot fuese eximido del castigo, y al efecto éste fue sacado de la ciudad antes que cayera el castigo (19:16). La respuesta fue perfecta, si bien no fue exactamente lo que Abraham esperaba. Es evidente que Dios se reserva el derecho de darnos lo que más conviene.

“Dios se acordó de Abraham” (Génesis 19:29; compárese con 19:22). ¡Qué testimonio al valor de sus oraciones! Hoy en día estamos tan necesitados como pudo estarlo Abraham, y nuestro Dios es igual de bondadoso. Así que, no te pierdes el privilegio de hablar regularmente con el Padre celestial. ¿Te ocupas en la oración?

LEER LA BIBLIA Y ORAR

 

Yo Daniel miré atentamente en los libros el número de los años de que habló Jehová al profeta Jeremías, que habían de cumplirse las desolaciones de Jerusalén en setenta años, Y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego, (Daniel 9:2-3)

¡El profeta Daniel es un muy buen ejemplo de alguien que se tomaba un tiempo para leer su Biblia y orar todos los días! Había estado preocupado por la desolación de Jerusalén, y así, un día en particular, leyó el Libro del profeta Jeremías para ver lo que la Biblia tenía que decir sobre esto. ¡Conocía lo suficientemente bien las Escrituras como para ser capaz de saber dónde buscar la respuesta Gen días en que no existían softwares de búsqueda ni concordancias escritas!). La familiaridad de Daniel con las Escrituras no deja ninguna duda de que él era un lector regular y sistemático de la Biblia. Probablemente ese día él se desvió de su lectura regular con el fin de estudiar personalmente la Biblia buscando respuesta a su pregunta.

Esto fue luego de que Daniel se arrodillara en oración y se humillara delante de Dios. Él derramó su corazón en una extensa oración aquel día (9:4-19), Sin embargo, por otros pasajes, sabemos que su costumbre era orar tres veces al día (Dn. 6:10), tal como lo hacía David antes de él (Sal. 55:17),

Hay un cántico para niños que a menudo se canta en las escuelas dominicales y campamentos cristianos, y dice así: «Lee tu Biblia, ora cada día, si quieres crecer». Ahora bien, la verdad contenida en este pequeño cántico no debe limitarse solamente a los niños, sino que debemos aplicarla a todos los que profesan fe en Cristo, sin importar su edad. Daniel tenía más de ochenta años y sentía que era necesario tener un «tiempo de tranquilidad»—un tiempo puesto a Parte diariamente para leer la Biblia y orar. Si Daniel sentía que este era un ejercicio necesario, incluso a su avanzada edad, entonces cuánto más necesario es para nosotros en la actualidad.

Brian Reynolds

El Señor está Cerca

MUJERES DE FE DEL ANTIGUO TESTAMENTO (21)

 

Una Criada

Estos alcanzaron buen testimonio por la fe”

 (Hebreos 11:39)

La historia está en 2 Reyes 5:1-15.


La criada judía se paró delante de su señora y le dijo con firmeza:

“Si rogase mi señor al profeta que está en Samaría, él lo sanaría de su lepra”. En Israel, la patria de la muchacha, los leprosos eran excluidos de la congregación, pero ella estaba obligada a trabajar en el hogar de un leproso que andaba libremente y que era un gran personaje en su país.

Naamán, jefe del ejército del rey de Siria, gozaba del favor del rey porque a causa de su valor en los combates, el Señor le había dado la victoria a su país. Las tropas del rey de Siria hacían invasiones al país de Israel y se llevaban consigo a enemigos y su botín. Esta muchacha israelí fue sacada de su hogar donde la gente adoraba al verdadero Dios y apreciaba a su profeta Eliseo.

En aquel tiempo el general Naamán estaba muy afligido por causa de la enfermedad que sufría. Muchas veces los leprosos eran obligados a vivir aislados y no existía remedio contra la lepra.

En solamente 40 palabras las Escrituras nos dan la bella historia de esta jovencita. No sabemos su nombre, porque era una esclava que había sido llevada lejos de su país, su cultura y su familia, pero más importante que su nombre es lo que ella dijo.

Aunque tenía suficientes razones para odiar a sus amos, no había rencor en su corazón. En vez de sentir amargura, mostró compasión y preocupación por el bienestar de ellos. “No ha guardado silencio a causa de su timidez; no piensa que es demasiado joven para que hagan caso de lo que dice, y no siente que su posición es demasiado humilde para ser oída”.

Presentó su caso a la esposa de Naamán con fe y de una manera concisa, consciente del peligro que corría. Seguramente ella se había ganado el aprecio del general y su esposa, porque la mujer de Naamán oyó con mucho interés la sugerencia y se la comunicó a su marido.

Naamán no fue directamente al profeta Eliseo, sino que se presentó primero al rey de Siria y luego al rey de Israel, llevando dinero y cartas de parte de su rey. Por fin se humilló, obedeció el mensaje de Eliseo y se zambulló siete veces en el río Jordán. Cuando volvió, no solamente estaba curado de su lepra y su piel había sido limpiada, sino más importante, Naamán quedó convencido de que el Dios de Israel era el único Dios verdadero. “Se convirtió de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero” (1 Tesalonicenses 1.9).

Cuando el gran guerrero confió en el testimonio de la muchacha, él estuvo dispuesto a presentarse delante de dos reyes, buscar la ayuda de un extraño y zambullirse en agua sucia para su curación, todo en base a la recomendación de ella. El comportamiento de la muchacha y la manera en que ella servía a sus amos eran tales que lo que ella dijo fue tomado en cuenta. Lo que dijo fue poco, pero dio evidencia de su fe en Dios y en Eliseo, el siervo de Dios.

Ojalá que, como esta esclava de la antigüedad, nosotras podamos estar contentas con nuestras circunstancias y hablar palabras que ayuden a algún leproso espiritual a buscar el camino de la salvación. “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4.13).

¿Soy yo soldado de Jesús, un siervo del Señor;

Y temeré llevar la cruz sufriendo por su amor?

Lucharon otros por la fe; cobarde no he de ser:

Por mi Señor pelearé confiando en su poder.