domingo, 29 de octubre de 2023

Figuras de Cristo (22)

 

Más figuras aún del Señor Jesucristo

W.A. Deans


Hemos llegado al final de este libro y hemos visto muchas figuras del Señor Jesús descritas en el Antiguo Testamento. El Nuevo Testamento nos muestra de qué manera éstas figuras hablan de nuestro Salvador. Esto nos ayuda a aprender más acerca del Señor Jesucristo, su vida y su muerte.

No solamente pensamos acerca de las figuras del Señor Jesús, sino también de las verdades que ellas nos enseñan acerca del Señor. En Hebreos 10:1 leemos que la ley judía no era un modelo completo y fiel de las cosas reales. Así que, prosigamos en el entendimiento y significado de la ley y de otras figuras del Antiguo Testamento y aprendemos las ver­dades que nos enseñan del Señor Jesús. Recuerde que él vino a la tierra para cumplir la ley y no para destruirla, Mateo 5:17.

Hay otras figuras del Señor Jesús en el Antiguo Testamen­to:

Jonás, en el vientre del pez por tres días y tres noches nos hace pensar del Señor en la tumba, Mateo 12:40.

Booz, era pariente del primer esposo de Rut. Él redimió a Rut, así mismo, el Señor se hizo hombre para redimir a la iglesia y hacerla su esposa, Rut 4:1,6,9,10.

Rahab ató un cordón rojo a su ventana en el muro de Jericó para salvarse a sí misma y a su familia. Este cordón nos recuerda de la sangre del Señor Jesús, a través de la cual recibimos salvación y paz, Josué 2:21; 6:17-25.

Cuando los israelitas cruzaron el río Jordán, caminando sobre su lecho seco, ellos colocaron doce piedras en el sitio donde los sacerdotes estuvieron parados. Más tarde, el agua del río cubrió estas doce piedras. Ellas son una figura del Señor Jesús que soportó la ira de Dios por nosotros. Lea Salmos 42:7. Los israelitas tomaron doce piedras del río y la apilaron en la ribera del río Jordán, en tierra de Canaán. Estas tomaron el lugar de las que habían sido puestas en el río anteriormente. Estas cosas nos hacen pensar del Señor Jesucristo, redimiendo a su pueblo de la ira de Dios.

Anteriormente, en el viaje a través del desierto, los israelitas llegaron a Mara, un lugar donde el agua era amarga. Éxodo 15:22-25. Estaban todos muy sedientos, pero no podían tomar de esa agua; así que ellos se rebelaron con­tra Moisés. Moisés oró y Dios le mostró un árbol. Moisés lo cortó y lo lanzó al agua amarga la cual se convirtió en agua dulce. El pueblo bebió y vivió. ¡Qué figura de la cruz de Cristo, a través de la cual recibimos vida eterna!

La Biblia está llena de hermosas verdades y de preciosos tesoros. ¡Continuemos buscando en ella las riquezas espirituales que llenarán nuestras almas y las de otras per­sonas, de gozo y paz, para la gloria de nuestro Salvador, el Señor Jesucristo!

El autor estaba realizando buen éxito en el mundo de negocios en California cuando el Señor lo llamó al África. Desde entonces ha estado sirviendo al Señor con la enseñanza de la Palabra de Dios en in­glés, francés y por lo menos dos idiomas del África.

Este librito con figuras de Cristo será como un manjar en sus estudios del Antiguo Testamento y enfocará su vista en el Señor Jesús.

(Todos los artículos expuestos fueron tomados del libro “Figuras de Cristo” publicados por “Publicaciones Cotidianas”)

LEYENDO DIA A DIA EFESIOS(7)

 

3.14 al 21: Conociendo aquel amor


Gran gracia fue de parte de Dios preservar para nosotros las oraciones de varones de Dios como Nehemías y Daniel. Valiosos son los salmos como registro de las confesiones y oraciones privadas del rey David. Por pasajes como estos aprendemos a orar, porque somos gente de las mismas pasiones y tenemos que ver con el mismo Dios. En este pasaje de Efesios Pablo describe otra de sus oraciones.

Oración, ¿cómo? Pablo dobla sus rodillas al Padre. Caer de rodillas es expresar reverencia, dependencia y ruego. En Getsemaní el Señor mismo se arrodilló y oró. En Mileto, Pablo y los ancianos de Éfeso se arrodillaron en oración. Daniel lo hacía tres veces al día, dando gracias a Dios cuando oraba. La postura corporal es consecuencia de, y una ayuda a, nuestro estado espiritual.

Oración, ¿a quién?  La oración en Efesios 3 es “ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo”. David y Daniel no le conocían como Padre, pero ahora el Hijo le ha dado a conocer, y el Espíritu Santo es enviado a nuestros corazones clamando: “Abba, Padre”, Gálatas 4.6. A Él, el Padre de las luces, Padre de espíritus, tenemos acceso con confianza, 3.12. “Por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre”, Efesios 2.18.

Oración, ¿para qué?  Que Cristo haga de nuestros corazones su morada permanente, y que seamos capaces de comprender el vasto alcance del propósito y amor de Dios en Él. “Jesús le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él”, Juan 14.23. Un mero estudio intelectual es insuficiente. Hace falta que el Espíritu Santo nos habilite para conocer el amor que sobrepasa todo entendimiento.

Además, es un privilegio al alcance de todos; cada uno de nuestros co-creyentes tiene algo que ofrecer cuando buscamos un panorama completo del amor de Dios. Nadie puede pedirle demasiado; el Rey es sobremanera bondadoso.

Para comprender tenemos que ser arraigados y fundados en amor. La fuerza y hermosura de la ramita de un árbol depende de la profundidad y distribución de sus raíces. La estabilidad de un edificio depende de sus fundamentos. Así, la confianza y el disfrute del amor de Cristo es la tierra donde crece una apertura cada vez más amplia del corazón a Él.

“A Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos … sea gloria”, 3.20,21.

sábado, 30 de septiembre de 2023

PENSAMIENTOS

 

“¡Cuántas veces no seguimos el consejo que Dios le dio a Caín, y le abrimos la puerta al pecado y después lamentarnos de haberlo dejado entrar!”

SATANÁS SIEMPRE DERROTADO

 Satanás sabía lo que había en Job. Conocía las tendencias de una naturaleza que él mismo había corrompido con su mentira en el huerto de Edén. Dijo a Jehová: “¿Acaso teme Job a Dios de balde? ¿No le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene?... Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia” (Job 1:9-11). Satanás nos conoce en lo más profundo de nuestro ser y comprende los resortes de nuestros pensamientos y móviles. ¡Cuán solemne es esto!

Satanás conocía lo que había en Job, pero no conocía lo que había en Dios. Los designios de la gra­cia divina estaban por encima de su comprensión. Por esta razón, en la historia del mundo siempre trabajó para su propia derrota, aunque pensaba que ganaba ven­taja. Porque está obligado a enfrentarse con Dios aun en las cosas que hace y en los propósitos que entreteje contra nosotros.

Cuando Satanás vino hacia el hombre en el huerto de Edén, encontró a Dios para su propia confusión. Dios anunció su derrota (Génesis 3:15). Cuando incitó a David a censar a Israel, la era de Ornán fue descu­bierta, y el lugar en que la misericordia se glorifica frente al juicio vino a ser el lugar del templo (1 Cróni­cas 21-22:1). Cuando zarandeó a los apóstoles como a trigo, se vio superado por la oración de Jesús y, en lugar de una fe abatida, hubo hermanos confirmados (Lucas 22:31-32). Y, sobre todo, cuando Satanás con­dujo a los hombres a clavar a Jesús en la cruz, la misma muerte que provocó, fue su propia destrucción, completa y definitiva.

En todos los ataques que hace sobre cada uno de nosotros, Satanás descubre tarde o temprano que encontró al Dios Todopoderoso y no a un débil cre­yente. Entró en el dominio de Job para devastarlo y destruirlo. Pero Dios estaba allí tal como su siervo Job, y finalmente Satanás fue completamente confun­dido.

Es así en cuanto a los creyentes y su gran ene­migo. Un día reinarán y allí Satanás no tendrá lugar. Liberados de las tribulaciones que provocó alrededor de ellos y contra ellos, se adelantarán para traer sus coronas y cantar himnos de triunfo. En lugar de apare­cer otra vez “entre los hijos de Dios”, como en la his­toria de Job (Job 1:6), Satanás será prendido por un ángel poderoso y arrojado al abismo (Apocalipsis 20:1-3).

Satanás siempre es derrotado. Es el instrumento — instrumento voluntario— de la “destrucción de la carne”, pero esta destrucción tiene por resultado la sal­vación del espíritu (1 Corintios 5:5). Se deleita en recibir al que le es entregado para corrección, pero esto lleva a que el justiciado aprenda a no blasfemar (1 Timoteo 1:20). Da al creyente un aguijón en la carne, pero el resultado es bueno, porque guarda al siervo de Cristo de enaltecerse (2 Corintios 12:7).

Estos ejemplos nos muestran que Satanás siempre trabaja directamente para su derrota. Sus propias armas se vuelven contra él. Al que ataca, le es dado por este mismo ataque fuerza y energía contra Satanás. ¡Dichosa seguridad! Finalmente, nuestro gran adversa­rio nunca es el vencedor.

J. G. Bellet

VIVIR PARA DIOS

 F. ULRICH


Separación, santidad, consagración a Dios

La separación del mal, tal como la Palabra de Dios nos la enseña, no nos conduce al vacío, sino al bien y a la consagración a Dios.

Dios en su Palabra insiste constantemente en la necesidad de que aquellos que le pertenecen anden en un camino de santidad práctica. Ya era así con Israel. ¡Cuánto más con nosotros, creyentes del tiempo de la gracia, que hemos sido llevados infinitamente más cerca de Dios que los israelitas!

Dios mismo puso el fundamento de nuestra santi­ficación, es decir que somos apartados para El. “Somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:10).

Acordémonos de esto: “Somos santificados”. Es la posición en la cual Dios nos puso y en la cual ve a cada creyente. Nos escogió y apartó para él. En esto no hay ningún crecimiento, ninguna colaboración de nuestra parte. Todo es enteramente de Él.

Es el fundamento de nuestra seguridad. Dios mismo proveyó al sacrificio que nos separa del mundo y nos libra del juicio que pronto caerá sobre él. “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (v. 14). Al sellamos con el Espíritu Santo, Dios puso su marca sobre nosotros; somos su posesión.

Posición y realidad visible

Este es el fundamento: nuestra posición delante de Dios. Le pertenecemos. Pero ¿acaso ha de manifestarse esto solo cuando ocupemos los lugares que nos están preparados en el cielo? ¿Podría Dios contentarse con esto? Recordemos que el Señor Jesús nos ha “enviado al mundo” como el Padre lo había enviado a él al mundo (Juan 17:18). Nuestra posición delante de Dios debe reflejarse en nuestra vida práctica, sobre la tierra. El hecho de que Dios nos santificó tiene como conse­cuencia normal una vida de santidad práctica. Si Dios nos apartó para Él, vivamos para Él.

Miremos bien el orden de las cosas: primero está la obra de Dios; luego el hombre durante su vida aquí puede cumplir la voluntad de Dios. El hombre natural, aquel que no pasó por el nuevo nacimiento, no puede en absoluto satisfacer las exigencias de Dios. La santi­dad práctica puede ser solo la consecuencia de nuestra posición de redimidos. Pero esta santidad debe realizarse en la práctica. “La voluntad de Dios es vuestra santificación” (1 Tesalonicenses 4:3).

¿Qué es la santidad? Es un comportamiento gobernado solamente por la voluntad de Dios, y marcado por las normas divinas, porque Dios mismo es santo (véase 1 Pedro 1:15-16). Es vivir para Dios.

Un crecimiento

Y en esto Dios quiere ver un crecimiento, pro­greso. ¿Cómo hacer progresos en la santidad práctica? Está lo que debemos hacer nosotros y lo que hace Dios.

Tenemos que andar en la separación del mal. Man­tenemos lejos del mal nos acerca al Señor. “Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré” (2 Corintios 6:17). “Limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (7:1). Todo lazo con cosas o personas que des­honran a Dios, estorba nuestro crecimiento e impide a Dios utilizamos libremente. ¿Tenemos suficiente con­ciencia de esto? “Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra” (2 Timoteo 2:21, véase v. 20).

Sin embargo, no se nos dejó solos para lograr esto. Dios sostiene nuestro crecimiento. Nuestro Señor, en su oración dirigida al Padre en Juan 17, pide: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (v. 17). Jesús había enviado a sus discípulos al mundo, y nos envía hoy, como el Padre lo había enviado a él. Conoce las influencias a las cuales son sometidos aquellos que viven en el mundo. Por eso, en su oración al Padre, el Señor le pide que guarde a los que le había dado, de toda impureza y de las acechanzas de Satanás. Necesitan ser ayudados para discernir el mal y separarse resueltamente de este, a fin de vivir para Dios en el mundo y defender los intereses de Dios, como Jesús mismo lo hizo.

La verdad

El medio que Dios utiliza para nuestra santifica­ción es “la verdad”, palabra que nos es familiar y que sin embargo merece que nos detengamos en ella.

Se refiere al conjunto del libro que Dios nos dio: su Palabra, la Santa Escritura. Encontramos allí la verdad, porque ese libro nos muestra en toda pureza y claridad los pensamientos de Dios y su juicio sobre todas las cosas en cuanto al pasado, presente y futuro.

Pero, para nosotros, la verdad es también la manera con la que Dios se reveló en la época en que vivimos, el tiempo de la gracia. Hoy los creyentes son hijos de Dios porque en su Hijo se reveló como Padre. Cuando escuchamos o leemos la Biblia, nuestro Dios y Padre nos habla como a sus hijos. Él nos dio “a cono­cer el misterio de su voluntad” (Efesios 1:9), es decir, todos sus designios. El Espíritu Santo utiliza la Palabra para guiarnos, y “todos los que son guiados por el Espíritu de Dios” muestran que “son hijos de Dios” (Romanos 8:14).

Cuando Jesús pide al Padre: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad”, se funda en esta rela­ción, única en el curso de todas las épocas, en la cual estamos hoy. El conocimiento del hecho de que el Dios santo es nuestro Padre, debe llevarnos a una vida práctica que corresponde a esta posición maravillosa. Fuimos llevados muy cerca de él; vivamos también para El.

Vosotros también sed santos

En este mismo orden de ideas, Pedro escribe: “Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; por­que escrito está: Sed santos, porque yo soy santo. Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de perso­nas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación” (1 Pedro 1:15-17).

El “tiempo de vuestra peregrinación” aún no ha terminado. Pero nosotros ya estamos ahora sobre un fundamento inquebrantable. Nuestra posición perfecta resulta de la obra de Dios mismo por el sacrificio de su Hijo; somos “santificados”, apartados para Él, y para siempre. Pero mientras recorremos nuestro camino a través de un mundo lleno de influencias adversas, Dios nos sigue con sus ojos porque quiere ver en nosotros un compor-tamiento acorde con nuestra posición y con su propia santidad. Tenemos los maravillosos recursos de su Palabra y de su Espíritu. Y Cristo intercede por nosotros ante el Padre. Él se santificó a sí mismo por nosotros, para que seamos santificados en la verdad (Juan 17:19).

Creced 2015

El Juez Injusto

 (Lucas 18:1-8)

H. Rossier


La parábola del juez injusto, —así como los párrafos antecedentes del capítulo 17—, presenta la condición del remanente judío del fin. No obstante, es muy instructiva para nosotros los cristianos.

El juez injusto no poseía los primeros rudimentos del conocimiento de Dios. En esto era similar muchos dignatarios de la cristiandad actual. “Ni temía a Dios, ni respetaba a hombre” (v. 2). Para quien no tiene dicho temor de Dios, la sabiduría divina es letra muerta. Sin tal temor ni siquiera puede suponer el carácter del Dios que aborrece el mal bajo todas sus formas. El alma, pues, está sin Dios.

Tal hombre, al no tener a Dios, sino a sí mismo como punto de comparación, sólo obtiene este resultado: se constituye en juez de todos los hombres, salvo de sí mismo, pues sin Dios el hombre natural es incapaz de juzgarse. Entonces se coloca en el centro, en lugar de Dios y, sin juzgarse, juzga a los demás.

Semejante juicio siempre lo lleva a no respetar a los hombres, a despreciarlos. Así se levanta una estatua en medio de la bancarrota y de la ruina moral de la humanidad; y, según su propia opinión, permanece solo e intacto sobre tales escombros.

Como lo veremos, el carácter de la pobre viuda es un fiel retrato del remanente judío del fin; no obstante, ofrece un importante punto de contacto con el nuestro. Apurémonos a comprobarlo, pues al Señor le sirvió como tema de exhortación a sus discípulos. Éstos, así como esa viuda, debían “orar siempre, y no desmayar” (v. 1). Ante nosotros se presenta una infinidad de necesidades, ya sea en lo que nos concierne personalmente, sea en lo que se refiere al pueblo de Dios, o en lo que se relacione con el mundo. Todo ello son temas de oraciones, intercesiones y de súplicas continúas dirigidas al Dios de gracia. He aquí lo que tenemos que hacer; pero, en circunstancias muy diferentes a las de la viuda. Ella invocaba al juez; pero los cristianos jamás lo haríamos, porque invocamos al Padre. El Señor, entregado a las manos de sus verdugos dijo: “Padre, perdónalos.” La viuda dijo: “Hazme justicia (o véngame) de mi adversario”, mientras que nosotros sólo podemos implorar la misericordia de Dios sobre ellos. Sin embargo, en medio de las pruebas suscitadas por el mundo contra los santos, sabemos que Dios ejerce paciencia antes de intervenir por nosotros: “¿Y Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche, aunque sea longánime acerca de ellos?” (RV 1909). Sabemos que Dios juzgará; pero que su promesa es cierta y que usa de paciencia, “no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2.a Pedro 3:9).

En la parábola, el Señor alude a los “escogidos que claman a él día y noche”, para que se les haga justicia, como en el Salmo 83:1. Esa pobre viuda es, pues, la figura del remanente judío que atravesará la tribulación al final de los días y que podrá invocar con insistencia la venganza del Juez, porque dicha venganza será para tales creyentes el único medio de liberación. Toda esa escena no nos concierne directamente; sin embargo, además de alentarnos a orar siempre y no desmayar, nos asegura que Dios manifiesta paciencia antes de intervenir por los suyos por medio de juicios. De Su lado, no faltará nada: “Os digo que pronto les hará justicia” (Lucas 18:8). Estas palabras son proféticas; pero, por anticipación, los discípulos del Señor pudieron verificarlas como una realidad histórica y parcial cuando Jerusalén fue destruida.

Jesús añadió: “Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?”

De hecho, el remanente judío que “clama día y noche”, se convencerá de la intervención libertadora del “Hijo de Hombre”, solamente cuando lo vea. Será necesario, pues, que Él aparezca ante los ojos de esos fieles para que crean.      

Así sucedió con Tomás. El Señor le dijo: “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron... No seas incrédulo, sino creyente” (Juan 20:27-29). De modo que, únicamente bajo este aspecto, el remanente será incrédulo y no creerá en la realidad de la liberación por medio del Hijo del Hombre en persona, por medio de Aquel a quien el pueblo crucificó en la antigüedad, hasta que lo vean con sus ojos.

Así que, en los versículos que estamos meditando, en los que el Señor dice: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra? “no habla de aquella fe, de la fe que acompaña a la vista, sino de la fe de los que hayan creído en la intervención del Hijo del Hombre sin verlo. ¿La hallará quizás en uno u otro del remanente que, bajo la influencia de reminiscencias cristianas, haya esperado al Cristo como Hijo del Hombre, en lugar de esperar sólo en la intervención celestial de Jehová? Es la pregunta que el Señor deja abierta en este versículo, a la cual no se nos da respuesta. Pero, vemos el hecho de que, hasta que los del remanente lo vean a Él, permanecerán incrédulos en relación con dicha intervención personal. Hasta ese momento, la fe de ellos será en Dios (v. 7) a quien, sumidos

en la angustia, clamarán día y noche. Además, por esa misma fe en Dios, ellos sabrán que un día él intervendrá, puesto que leemos que dirán: “¿Hasta cuándo?”

Pero, la fe, nuestra fe en el Hijo del Hombre ahora invisible y que viene personalmente a manifestarse mediante el juicio, para establecer su reino, a ellos les faltará. Serán incrédulos hasta que el Hombre crucificado les muestre sus heridas.

H. Rossier (M.E. 1923)

Notas sobre el Sábado

 William Macdonald


El día del sábado era y siempre será el séptimo día de la semana.

Dios reposó en el día séptimo, después del sexto día de la creación (Gn. 2:2). Él no mandó al hombre que guardase el sábado entonces, aunque puede que tuviese la intención que se siguiese el principio —un día de reposo de cada siete.

La nación de Israel recibió el mandamiento de guardar el sábado cuando se promulgaron los Diez Mandamientos (Éx. 20:8-11). La Ley del Sábado era diferente de los otros nueve mandamientos: se trataba de una ley ceremonial, mientras que las otras eran morales. La única razón de que estaba mal trabajar en sábado era porque Dios lo había prohibido. Los otros mandamientos tenían que ver con cosas que eran intrínsecamente malas.

La prohibición contra el trabajo en sábado nunca fue dada para ser aplicada a: el servicio para Dios (Mt. 12:5), acciones de necesidad (Mt. 12:3, 4) o acciones de misericordia (Mt. 12:11, 12). Nueve de los Diez Mandamientos se repiten en el Nuevo Testamento, no como ley, sino como instrucciones para cristianos viviendo según la gracia. El único mandamiento que a los cristianos nunca se les ordena que guarden es el del sábado. Más bien, Pablo nos enseña que el cristiano no puede ser condenado por dejar de guardarlo (col. 2:1 6).

El día distintivo del cristianismo es el primer día de la semana. El Señor Jesús resucitó de entre los muertos aquel día (Jn. 20:1), prueba ésta de que la obra de la redención había sido completada y divinamente aprobada. Durante los dos siguientes domingos [término que se deriva del Día del Señor], se encontró con Sus discípulos (Jn. 20:19, 26). El Espíritu Santo fue dado en el primer día de la semana (Hch. 2:1; Cf. LV. 23:15, 16). Los primeros discípulos se encontraban aquel día para partir el pan, anunciando la muerte del Señor (Hch. 20:7). Es el día señalado por Dios en el que los cristianos deberían poner dinero aparte para la obra del Señor 1 co. 16:1, 2).

El sábado o séptimo día venía al final de una semana de afán; el Día del Señor, o domingo, comienza una semana con el conocimiento gozoso de que la obra de la redención ha sido consumada. El sábado conmemoraba la primera creación; el Día del Señor está unido con la nueva creación. El día del sábado era un día de responsabilidad; el Día del Señor es un día de privilegio.

Los cristianos no «guardan» el Día del Señor como medio de alcanzar la salvación o de lograr la santidad, ni por temor al castigo. Lo ponen aparte por amante devoción a Aquel que se entregó a Sí mismo por ellos. Debido a que este día quedamos liberados d los asuntos rutinarios y seculares, podemos apartarlo de una manera especial para el culto y servicio de Cristo.

No es correcto afirmar que el sábado fue transferido al domingo. El sábado es el séptimo día de la semana, y el Día del Señor es el domingo. El sábado era una sombra; el cuerpo es Cristo (Col 2:16, 17). La resurrección de Cristo marcó un nuevo comienzo, el día del Señor significa este comienzo.

Corno judío piadoso viviendo bajo la ley, Jesús guardó el sábado (a pesar de las acusaciones de los fariseos en contrario). Como Señor del sábado, Él lo liberó de las falsas reglas y normas con que había sido recubierto.