miércoles, 29 de noviembre de 2023

Engendra, y da a luz siete

 

Los siete hijos del pecado de David


Son raros y aislados en el mundo los casos en que una mujer ha dado a luz siete hijos, y generalmente ninguno vive. Hace poco los periódicos publicaron la noticia de una de estos casos, ocurrido en Albania, donde tampoco sobrevivieron los niños. En cambio, el pecado tiene todo el vigor necesario para engendrar siete hijos, y con tanta fortaleza que todos viven después de nacidos.

La concupiscencia tiene su concepción en las reincidencias y el pecado pare las consecuencias; de manera que, cuando el pecado se manifiesta es porque ha venido “empollando los huevos” con anticipación, como está escrito: “Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte”. (Santiago 1:14,15)

Hay una serie de pecados bíblicos con siete hijos, entre los que se cuenta el pecado de David. No me propongo en esta oportunidad argumentar sobre las secuelas de dicho pecado, en segunda persona, que fueron los siguientes: (i) Dios no aceptaba sacrificios de David (Salmo 51:16) (ii) Los enemigos aprovecharon para blasfemar el nombre de Jehová (2 Samuel 12:14) (íii) El séptimo día murió el niño (v. 18) (iv) Absalón comete incesto al tomar públicamente las mujeres de su padre (2 Samuel 16:22) (v) Ahitofel, resentido por el daño moral causado en la familia, traiciona a David (15:31) (vi) Hubo juicio sobre la casa de David (12:11)

Lo que pretendo en este artículo es nombrar y analizar los siete hijos del pecado de David.

· el descuido personal; David no salió a la guerra (2 Samuel 11:1)

David se quedó en la casa; su lugar era el frente, pero se quedó durmiendo. En esto es verdadero el dicho que afirma: “Mientras nosotros dormimos el enemigo no duerme”. Así ocurrió con Salomón, a quien Dalila puso sus rodillas por almohadas para que “él se durmiese”. (Jueces 16:19)

Esto confirma que en lo espiritual no puede haber posición intermedia; o se está peleando, o se es vencido. No hay tregua con la carne, porque con Dios tenemos paz interior y con el hombre paz exterior, pero con la carne tenemos una pelea espiritual continua. Como dijo el apóstol Pablo: “De esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que, habiendo sido heraldo para otros, yo mismo vengo a ser eliminado”. (1 Corintios 9:26,27)

Una de las expresiones claves dirigidas a las siete iglesias en Apocalipsis es “el que venciere”. Por eso, se puede aseverar que una iglesia que no está predicando el evangelio, ni adoctrinando a los creyentes o ejercitándose den buenas obras, es una iglesia dormida, o su candelero ha sido traspasado. Asimismo, la evidencia de que un creyente tiene vida está en que vive en el Espíritu, quien se opone a los deseos de la carne. (Gálatas 5:17)

· la codicia; Miró, codició y tomó la mujer ajena (vv 2-4)

David dio rienda suelta a la codicia carnal. Tiempo tuvo de refrenarse, porque envió a preguntar por aquella mujer y le dijeron: “Aquella es Betsabé hija de Eliam, mujer de Urías heteo”. (2 Samuel 11:3) Tiempo tuvo de pedir al Señor ayuda y consuelo para resistir aquella tentación, para considerar el daño que causaría a aquella familia, para reflexionar sobre los privilegios que perdería. Pero prevalido de la autoridad que tenía, él mandó a buscar la mujer, y cayó con ella. Con razón está escrito: “Bienaventurado el varón que soporta la tentación”. (Santiago 1:12)

Todas las tentaciones obran en una de dos maneras: atractiva o impulsiva; la primera, cuando viene de afuera y la segunda cuando “sale” de adentro. Si tenemos sobriedad y valor santo, podemos decir no a la tentación impulsiva, que fue lo que no hizo David. La tentación atractiva es más peligrosa que la impulsiva, porque viene con amenaza persecutoria. Pero si amamos al Señor, también podemos decir no a la tentación atractiva, sin importarnos lo que viniere como consecuencia de nuestra actitud. Esto fue lo que hizo José con la mujer de Potifar. (Génesis 39:12)

· la vergüenza; “Estoy en cinta”, (v. 5)

La noticia del embarazo, como llegó a David (1 Samuel 11:5), ha puesto en gran inquietud a muchos hombres y mujeres en todos los tiempos. Algunos celebran matrimonios repentinos y rápidos, con una apariencia de inocente castidad; otros hacen viajes largos fuera del lugar, tomando remedios para el aborto; y otros tantos, siendo engañados en el amor, ocurren al suicidio, y aún más, al infanticidio. Un rato de placer y toda una vida de conciencia acusadora.

¡Qué feo es el pecado! ¡Cuánto no debemos a la gracia de Dios que sobreabundó al pecado, a la sangre de nuestro Señor Jesucristo que nos limpia de todo pecado, y al Espíritu Santo que nos impulsa a confesar nuestros pecados! (Romanos 5:20, 1 Juan 1:7, Hebreos 3:7,8)

· el fruto; “Le dio a luz un hijo” (v. 27)

Generalmente en estos casos se engendran hijos de la carne, que si llegan a vivir casi siempre fueron y son una fuerza contraria en la obra del Señor. (Gálatas 4:29, Jueces 8:31, 9:1-57) Cuando estas cosas suceden en el evangelio, el asunto trasciende y escandaliza a muchos; entonces se repite el eco que se oyó entre los corintios: “De cierto se oye ...” (1 Corintios 5:1)

· la simulación; Emborrachó al marido (v. 13)

Es cuando aparece ese fulano llamado yo no, queriendo echar la culpa sobre otro, y aparece también la fulana llamada mentira. El pecado oculto roba la paz del creyente, y como resultado aparece el tercer candidato, llamado ira. El delincuente se torna delicado y soberbio. (Salmo 32:3,4) Esta susceptibilidad es debida al engaño del pecado. Algunos pueden hasta prosperar; los tales olvidan o ignoran voluntariamente que Dios abate y Dios ensalza.

· la mala conciencia; Fue el instrumento moral (intelectual) en la muerte de Urías (vv 14-17)

Es peligroso el estado de mala conciencia en el hombre, y si el Señor no interviene se puede llegar al naufragio o a la derrota espiritual. Para llegar al estado de mala conciencia se empieza por perder el temor a Dios, porque un pecado lleva a otro: “Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas”. (Salmo 42:7)

No pudiendo David encontrar “chivo expiatorio” para su pecado, se constituye en instrumento moral para la destrucción de Urías. “Estas cosas sucedieron como ejemplo para nosotros, para que no codiciemos cosas malas como ellos codiciaron”. (1 Corintios 10:6)

· el endurecimiento; Le respondió a Joab: “No tengas pesar por esto” (v. 25)

 El pecado escondido trae endurecimiento, y ese estado del corazón se manifiesta en el carácter que produce mal testimonio. Entonces los contrarios blasfeman y acusan el evangelio. A un corazón endurecido se le atrofia el sentimiento; se olvida de sus amigos; sus sentencias son fuentes fuertes e hirientes. (1 Samuel 11:25) “Un pecador destruye mucho bien”. (Eclesiastés 9:18)

No me anima ninguna malicia contra el gran David; más bien le alabo por su piedad, porque entre los corazones fieles y nobles a su Dios, David entra en el grupo, honrado por su Señor. (Hechos 13:22) No hay hombre por más santo que sea que no pueda pecar. (1 Corintios 10:12) La gracia de Dios, la oración al Señor y andar en el Espíritu nos guardarán de caer en tales tentaciones.

José Naranjo

Viviendo por encima del promedio (6)

 

No hay servicio demasiado pequeño


Dios había llamado a Doug Nichols a llevar el evangelio a la India; no había duda de eso. La necesidad espiritual de ese país era asombrosa. Millones estaban bajo las garras de las falsas religiones. Doug estaba seguro de que había sentido el toque divino sobre su hombro.

Si todo esto era verdad, ¿qué estaba haciendo inmovilizado ahora en la sala de tuberculosis de un hospital, y en un hospital de poca calidad para atenderlo? Habría sido fácil preguntarse por qué le había sobrevenido esta enfermedad. Podría hacer mucho más para el Señor si estuviera bien.

En lugar de sucumbir ante la duda y la depresión, decidió evangelizar la sala. Fue de cama en cama, ofreciendo tratados del evangelio. La respuesta fue inesperada. Los otros pacientes lo ofendían. Lo veían como el americano rico que ocupaba la cama de un hospital que podría haber sido asignada a un hindú. Se negaban con ahínco a recibir sus tratados.

El Señor tenía un método diferente para que Doug los alcanzara con las buenas nuevas. Una noche, un paciente que estaba extremadamente débil y enfermo salió de su cama con mucha dificultad. Quería ir al baño, pero estaba demasiado débil como para lograrlo. Se ensució y ensució el piso, llenando la sala de un horrible hedor.

Las enfermeras y las mucamas vinieron a él y le profirieron maldiciones ya que ahora tenían que limpiar el desastre. De hecho, una hasta lo golpeó. Todo el incidente hizo que los pacientes se retorcieran.

A la noche siguiente, el mismo paciente intentó salir de su cama nuevamente para ir al baño, pero estaba demasiado débil. Así que se desplomó en su cama, y lloró.

A pesar de su propia debilidad, Doug fue hacia él, levantó al hombre y lo llevó hasta el baño. Esperó hasta que el hombre terminara, y lo cargó de nuevo hacia su cama.

Para ese momento, todos estaban despiertos y vieron lo que había sucedido. Su actitud hacia el intruso americano cambió dramáticamente. Un paciente vino a la cama de Doug y le ofreció una taza de té caliente, señalando que quería un tratado. Los médicos, las enfermeras y el personal de limpieza le pidieron folletos evangelísticos y el evangelio de Juan. Finalmente, algunos de ellos vinieron a Cristo porque habían visto al Señor en la vida y la compasión de Doug Nichols.

Esto es lo que el Señor Jesús quiso transmitir cuando dijo que no es suficiente con hacer las bondades que la gente de este mundo puede hacer. Debemos ir más allá de eso Y mostrar a Cristo por medio de acciones de amor que son ajenas al mundo. Si nuestro comportamiento no se eleva por encima de la manera en que el mundo actúa, nunca hará un impacto en aquellos que están pereciendo.

William Macdonald

¿Cómo debo ver el movimiento carismático?

 

El siglo 20 contempló el sorprendente desarrollo de un movimiento entre los cristianos que ha desbordado las barreras tradicionales de las denominaciones y promete convertirse pronto en puntual del ecumenismo. ¿Cómo debe el creyente responder a las asombrosas demandas y la indiscutiblemente atractiva llamada del movimiento carismático, con sus ofertas de instantáneo éxito espiritual, experiencias sobrenaturales y el resurgimiento de los milagros del Nuevo Testamento?

            Primero vamos a explicar el significado de esa palabra usada tan a menudo, “carismático”. Se deriva de una palabra griega que significa un regalo que implica gracia (carisma) de parte de Dios como el dador. En el sentido escriturario, entonces, todo creyente es carismático en cuanto es, primero, un recipiente del don de la salvación que Dios da por gracia (Romanos 5:15, 16, 6:23); y segundo, el poseedor de por lo menos un don de servicio para beneficio de la asamblea (Romanos 12:6).

            Veamos cuatro razones por las cuales rechazo las demandas y prácticas distintivas del movimiento carismático moderno.

1. Interpreta mal el propósito de los milagros en la Biblia 

            Una de las primeras cosas que hay que decir acerca de los milagros en la Biblia es que son poco frecuentes. Ocurren agrupados en determinados momentos cruciales en la historia de la Redención, normalmente para señalar alguna etapa nueva en la relación de la Divinidad con los hombres; a saber, (i) en el éxodo de Egipto, (ii) en la época de Elías y Eliseo, (iii) durante el ministerio terrenal del Salvador y (iv) durante el de sus apóstoles.

            Pero grandes extensiones en la historia bíblica carecen de milagros en el sentido específico de sensacionales maravillas divinas. Reflexionemos en varones de Dios que no realizaron milagro alguno: Abraham, David, Jeremías, Daniel y el más grande que nació de mujer (Mateo 11:11), cual era Juan en Bautista.

            Nuestra conclusión debe ser que los milagros dependen en última instancia en los propósitos de Dios y no en la fe o espiritualidad del siervo. Ningún creyente niega que nuestro Dios sea capaz de hacer hoy lo mismo que hizo en el pasado, porque Él no cambia (Malaquías 3:6). La pregunta pertinente es qué es esa voluntad hoy por hoy. El Nuevo Testamento nos muestra (1) que los milagros son señales que identifican a un mensajero enviado por Dios (Lucas 11:20, Juan 5:36, 10:24 al 26); (2) que los judíos particularmente pedían señales (1 Corintios 1:22); (3) que las señales identificaban al Señor Jesús y a sus apóstoles (Hechos 2:22, 5:12, 2 Corintios 12:12, Hebreos 2:2 al 4).

            Desde que los apóstoles establecieron los fundamentos de la Iglesia (Efesios 2:20) y como no hay más apóstoles hoy en día (Apocalipsis 21:14), esas credenciales de identificación han dejado de existir. El creyente ahora descansa en la completa Palabra de Dios por medio de los apóstoles (2 Pedro 3:2), y no en señales milagrosas. ¡Cuán infinitamente más gloria lo es para Dios que su pueblo confíe sencillamente en Él, sin buscar lo sensacional!

2. Resta valor a los milagros 

            Esto puede parecer una crítica sorprendente de un movimiento que alardea de curaciones sobrenaturales, visiones, sueños y lenguas. Pero mi razonamiento es muy sencillo. Los milagros de la Biblia son invariablemente espectaculares, innegables y obvios para todos. La curación del hombre cojo en Hechos 3 causó extenso asombro (v. 10), no pudo ser negado (4:16) y se realizó a la vista de todos (3:16, 4:14). Esta incuestionable demostración del poder divino hace contraste con los “milagros” modernos con su trivialidad, incertidumbre y falta de transparencia. ¡Cuán radicalmente diferente de las maravillas de las Escrituras que honran a Dios y fueron hechas a la vista de todos!

            Los mismos que enseñan la necesidad de experiencias pentecostales fracasan estrepitosamente en su intento de producir el original divino. Hechos 2 recoge un poderoso y recio viento del cielo (v. 2), un despliegue visible de lenguas de fuego (v. 3) y una facultad sobrenatural dada a los discípulos galileos para hablar con soltura en lenguas extrañas (v. 4). Los carismáticos no sólo son incapaces de reproducir los dos primeros fenómenos, sino también carecen del tercero.

Sepamos bien que en Pentecostés Dios congregó a una multitud de judíos no palestinos (v. 5) que podían identificar las lenguas habladas en forma sobrenatural por los discípulos, certificando así tan extraordinario milagro. El moderno “hablar en lenguas” consiste en un balbuceo extático, sin significado, sin propósito y ciertamente sin ser un glorioso despliegue del poder divino.

            A la hora de someterse al examen de las Escrituras los carismáticos fracasan en la misma materia de la que alardean. Sus “milagros” no tienen que ver en absoluto con aquellas que figuran en la Palabra.

3. Eleva la experiencia por encima de las Escrituras. 

            La obsesión carismática por los dones, experiencias y sensaciones especiales es altamente peligrosa porque desvía la atención del creyente lejos de la sólida e inmutable Verdad de la palabra. Una vida cristiana construida sobre la supremacía de los sentimientos sólo será tan fuerte y duradera como lo sean esos sentimientos. Pero tenemos como fundamento algo mucho mejor que eso: la inalterable roca de las Escrituras (Mateo 7:24).

            Vemos como Pedro evoluciona desde su gozo por la experiencia única de la transfiguración hacia una poderosa afirmación de la suficiencia de la Palabra de Dios: “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos” (2 Pedro 1:16 al 19). Citando a Samuel Cox: “Pedro conocía una base más sólida para la fe que aquella de las señales y milagros; más segura, más cierta incluso que su propia y tremenda experiencia; era la autoridad de la Palabra de Dios escrita”.

            En Lucas 24 el Señor Jesús preparó a los discípulos para su ausencia física, no orientándolos hacia a la perpetuación de los milagros, sino hacia la Palabra de Verdad. A las mujeres en el sepulcro se les recordaron sus palabras (vv. 6 al 8); en el camino el Señor mismo les recordó parte de las Escrituras (vv. 25 al 27); y en el aposento alto llevó a sus seguidores al Antiguo Testamento como explicación de su propio ministerio y a la autoridad de ellos (vv. 44 al 48). El Salvador no se da a conocer hoy a través de señales y milagros, sino por la Palabra de Dios y tan sólo ésta preservará al creyente del error (Salmo 119:104).

4. Invalida el orden de Dios 

            El hablar en lenguas es el rasgo carismático más característico, el signo de una bendición especial. Sin embargo, incluso una lectura superficial del único juicio doctrinal que tenemos en la Biblia al respecto (1 Corintios 12 al 14) muestra cómo Pablo repetidamente pone de manifiesto su relativa insignificancia. Aparece de último en las dos listas o enumeraciones de dones (1 Corintios 12:10 al 28) y es muy inferior al de profecía (14:4). Aún más, es significativo que la única asamblea en el Nuevo Testamento que hablaba en lenguas era pobre en santidad. Fijémonos bien en que los dones espirituales no garantizan la espiritualidad (1 Corintios 3:3).

            En otra ocasión Pablo deja claro que las lenguas son una señal para los judíos incrédulos (1 Corintios 14:21,22), no un don para el crecimiento de la asamblea (14:19). Cuando el régimen de la relación gubernativa de Dios con Israel acabó con la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C. ese don desapareció de inmediato, como lo evidencia la historia eclesiástica.

            El movimiento carismático ha relegado casi por completo las enseñanzas de Pablo, situando en primer lugar lo que Dios colocó de último. En el último análisis los milagros y emociones son una decepción porque no cuadran con la verdad objetiva de la Palabra de Dios. El creyente joven ha de tomar el sabio consejo de Pedro, quien nos exhorta a n buscar las experiencias sino crecer “en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 3:18).

JESÚCRISTO, EL HOMBRE PERFECTO

 Todo él codiciable (Cantar de los Cantares 5:16). Eres el más hermoso de los hijos de los hombres; la gracia se derramó en tus labios (Salmo 45:2)


La hermosura de Cristo reside en su perfecta humanidad. Él semejante a nosotros en todo, excepto en nuestros pecados y en nuestra naturaleza pecaminosa. Cuando niño, Él crecía en sabiduría y estatura (Lc. 2:52). Trabajó, lloró, oró y amó. Además, él "fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado" (He. 4:15).

¡Él es perfecto y completamente humano! Marta lo retó; Juan, que había visto de cerca sus obras poderosas, no dudó en recostarse sobre su pecho. Sus discípulos le formularon preguntas necias, lo reprendieron, lo veneraron y lo adoraron. ¡En todo esto Él es todo codiciable! Recibió todo tipo de pecadores; siempre lleno de compasión (Mt. 9:36; 14:14; Mr. 1:41). No se fijaba solamente en aquellos que «merecían» ser sanados, sino que sanaba a todos (Mt. 8:16). Él era perfectamente humilde—podría haber escogido cómo y dónde nacer, pero entró en este mundo como uno más.

La hermosura del Señor Jesucristo se manifiesta de la forma más admirable y dulce en su modo de actuar con los pecadores. Por ejemplo, le hizo ver a Nicodemo cuán ignorante era sin utilizar ninguna palabra dura, sin ninguna expresión que dañara la autoestima de aquel que era considerado maestro en Israel. Y cuando lo vemos hablar con la mujer samaritana, ¡con qué paciencia le desplegó las verdades más profundas! ¡con cuánta gentileza, y al mismo tiempo con total fidelidad, confrontó su pecado!

En un carácter perfecto, todos los rasgos tienen un equilibrio armonioso. No hay debilidad en su gentileza. Su valentía nunca es despiadada ni cruel. Contémplenlo desde su arresto hasta su crucifixión: nunca perdió la calma ni su gran dignidad. Véanlo en la cruz cargando nuestros pecados sobre su cuerpo (1 p. 2:24) para que pudiésemos ser justificados (Gá, 3:24) y tuviésemos vida eterna (Jn.

3:36). ¿No es el más hermoso de los hijos de los hombres?

C. l. Scofield

El Señor está Cerca

MUJERES DE FE DEL ANTIGUO TESTAMENTO (23)

 Hulda

Andad sabiamente, para que sepáis como debéis responder a cada uno” (Colosense 4:5-6).

La historia está en 2 Reyes 22 y 2 Crónica 34:14-33.


Las mujeres en la Biblia que tuvieron un impacto positivo sobre sus semejantes fueron las que vivieron en comunión con Dios, obedecieron la Palabra de Dios y se expresaron con claridad. La profetisa Huida fue una de esas mujeres sobresalientas y fue guiada por Dios al darle un mensaje a un rey.

La nación de Israel se había dividido en dos reinos, las diez tribus del norte se llamaban Israel y fueron llevadas cautivas por los asirios, y el reino del sur fue llamado Judá. Tristemente, ambos se apartaron de los caminos de Dios. Los reyes malos introdujeron en Judá la idolatría, la prostitución ritual y los sacrificios humanos. La casa de Dios, profanada con la adoración pagana, estaba en un estado de ruina.

Unos siglos antes, Dios había dicho que había escogido a Israel para que fuera su pueblo especial y le dio a la nación sus mandamientos escritos, con la instrucción de que se los enseñaran a sus hijos. La obediencia no iba a ser demasiado difícil, pero lamentablemente la mayoría se desvió de su pacto con Dios. Entre los reyes más viles de Judá estuvieron Manasés y Amón, el abuelo y el padre del príncipe Josías.

Afortunadamente, después de la muerte de Amón, su hijo Josías ascendió al trono e hizo lo que agradaba a Dios, siguiendo el buen ejemplo de su antepasado, el rey David. Josías mandó a destruir todo lo que tenía que ver con la idolatría y dio órdenes a sus siervos para que repararan la casa de Dios. Cuando el templo estaba siendo reparado, el sacerdote Hilcías halló allí un libro de la ley. A pesar de que él era el sumo sacerdote, parece que no entendía la importancia de aquellas sagradas escrituras, tal vez el libro de Deuteronomio o una porción de ese libro.

Puede ser que tengamos diez Biblias en nuestra casa, pero la Palabra de Dios está perdida si la familia ha dejado de estudiar las Sagradas Escrituras.

Hilcías entregó el libro al escriba Safán, quien se lo leyó al rey Josías. Al oír la lectura del libro, Josías sintió temor por su nación y, en señal de duelo, rompió sus vestidos. Luego mandó al sumo sacerdote Hilcías, al escriba Safán y a tres oficiales suyos a buscar la voluntad de Dios en cuanto a las solemnes verdades escritas en el libro, porque sus padres no habían guardado la Palabra de Dios según lo que estaba escrito y como consecuencia la nación estaba en gran peligro (2 Reyes 22.13).

¿A quién irían para saber de la autenticidad del libro hallado? Algunos profetas vivían en Jerusalén en aquellos tiempos: Jeremías recibía mensajes de Dios (Jeremías 1.2), y también Sofonías (Sofonías 1.1). Pero el rey no mandó a sus siervos que fueran a ellos, sino a la profetisa Huida. Ella vivía en un barrio de Jerusalén con su esposo, Salum, el encargado del vestuario del rey. (Según la tradición judía, ella era profesora en la universidad).

Huida pudo dar la ayuda necesaria en aquel dilema. Confirmando la divina autoridad del libro que había sido hallado en el templo, ella dijo: “Decid al varón que os envió a mí: Así dijo Jehová: He aquí yo traigo sobre este lugar, y sobre los que en él moran, todo el mal de que habla este libro”. Luego afirmó que las maldiciones escritas en el libro se cumplirían porque la nación había rechazado a Dios y adoraba a los ídolos. Pero, aseguró ella, como el rey que los había enviado se humilló delante de Dios con un corazón tierno, el castigo no iba empezar durante su vida. Cuatro veces Huida afirmó que el mensaje había sido dicho por Dios mismo.

Cuando Josías recibió el mensaje divino, hablado por Hulda, hizo una santa convocación. Delante de todo el pueblo leyó del libro de la ley. Se estableció un pacto para obedecer todas las palabras de la ley de Dios. La idolatría fue abolida y la santa fiesta de la Pascua fue celebrada de nuevo. Estas reformas eran las mayores en la historia de la nación.

La madre de Josías fue Jedida (2 Reyes 22:1) y el versículo que sigue dice que el joven hizo lo que agradaba al Señor. Tal vez ese príncipe fue instruido por una madre espiritual y, cuando reinaba, mandó a sus oficiales que consultaran a otra mujer de fe en Dios. Huida, que vivía en comunión con su Señor, recibió el mensaje divino y sin temor a las personas lo declaró con claridad.

Huida fue una de las profetisas mencionadas en el Antiguo Testamento. Otras fueron María la hermana de Moisés, Débora y la esposa de Isaías. Como lo hacían los profetas, estas mujeres declararon el consejo de Dios, proclamando mensajes divinos acerca del presente y del futuro. Pero no hay ningún indicio de que ellas hablaban públicamente en la congregación de los santos ni de que viajaban de lugar en lugar. Más bien la gente acudía a ellas para oír consejos espirituales.

Aunque esta es la única referencia a Huida en la Biblia, su influencia sobre la nación fue enorme. Gracias a ella, el rey supo lo que Dios exigía de la nación. Cuando se presentó la necesidad de declarar el mensaje de Dios, Huida estaba preparada, sin preocuparse de la opinión de otros. Dios honró a Huida con el don de la profecía y por su parte ella honró a Dios por medio de su devoción y obediencia.

A cada creyente Dios ha dado por lo menos un don y, como Huida, debemos emplear este don según la voluntad del Señor. Nuestra responsabilidad como creyentes es conocer al Señor por medio de su Palabra y en nuestra experiencia personal. Lo que aprendemos de Él y ponemos en práctica podremos compartirlo con otros.

Rhoda Cumming

LEYENDO DIA A DIA EFESIOS (8)

 

2.11 al 22: Acuérdense … pero ahora … paz


4.1 al 16: El andar digno del llamamiento

¿Cómo debemos comportarnos en vista de la asombrosa gracia de Dios hacia nosotros? Primeramente, debemos estar marcados por la humildad, 4.2.

La humildad es la llave tanto para agradar a Dios como para el crecimiento cristiano. Es una planta rara en esta selva del mundo. Florece en la presencia de Dios. Brota cuando dependemos completamente de Él, reconociendo nuestras faltas y su grandeza. “Humillaos, pues”, 1 Pedro 5.6. La mansedumbre fue el espíritu que Moisés mostró cuando fue cruelmente criticado por María, Números 12.3. No es falta de espíritu, sino tener nuestro espíritu bajo control aun cuando nos traten injustamente. La longanimidad es paciencia larga con los hombres tal como Dios mismo lo ha hecho, 2 Pedro 3.15.

¡Cuán diferente hubiera sido la historia de la Iglesia si hubiese obedecido estos mandamientos! Todos ellos tienden al gran objetivo de Dios, de armonía y unidad.

Hay un cuerpo habitado por un Espíritu, y una esperanza común para cada miembro. Nosotros todos confesamos el mismo Señor, ejercitamos la misma fe, nos asimos de la misma esperanza, y nos sometemos al mismo bautismo. La unidad creada por el Espíritu está cimentada en nuestra búsqueda diligente de paz, Efesios 4.1 al 3, manifiesta el Espíritu que debe dirigirnos, 4.4 al 7, enfatiza nuestra unidad, 4.7 al 11, y señala que en los diversos miembros de un cuerpo hay diversidad de funciones.

Para la diversidad dentro de esta unidad nuestro exaltado y soberano Señor le ha dado a cada miembro la medida apropiada de dones y gracia. Los apóstoles y profetas de la Iglesia primitiva, los evangelistas, maestros y pastores de hoy: cada uno y todos debemos valer como dones suyos. ¡Cuán bajo descendió Él por nosotros! ¡Cuán alto ha ascendido! Él utiliza su triunfo para enriquecer a su Iglesia, dando más pródigamente de lo que un general romano enriquecía a aquellos que compartían su victoria.

Cada don es para la construcción de todo el cuerpo de Cristo, aunque muchos dones se ejercitan en las iglesias locales. Cada uno de nosotros es responsable de ayudar. ¿Estamos contentos con permanecer como niños? Si no nos ocupamos de crecer, estamos en peligro de ser llevados por doquier como una embarcación sin timón, perdiendo la vista de nuestro verdadero objetivo en la vida. Esto es para alcanzar el espíritu, carácter y comportamiento de Cristo mismo, “crezcamos en todo en aquel”.

“Vamos adelante a la perfección”, hacia un crecimiento completo; Hebreos 6.1.

K.T.C. Morris 

domingo, 29 de octubre de 2023

¿Realmente quiere ser Discípulo del Señor?

 

Hoy muchos profesan valorar el individualismo, el ser su propia persona, pero constantemente están siendo moldeados por el mundo alrededor. De ahí la exhortación de Pablo en Romanos 12:1-2. Cristo no nos llama a vivir o hacer las cosas a nuestro estilo, sino a seguirle. La Escritura dice: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Co. 11:1; Ef. 5:1; 1 Ts. 1:6). Hay pocos imitadores del apóstol, y se ve esto en la condición corriente de la iglesia.

Parte de la gloria de Israel que se desvaneció fue el decaimiento de los nazareos, el grupo de los especialmente separados seguidores de Dios. Ellos se habían consagrado voluntariamente, y eran santos al Señor. Le pertenecían y como Sus devotos se dedicaban a servirle. Dios estableció el nazareato por medio de Moisés (Nm. 6). Desde los tiempos de Samuel (1 S. 1:11), hasta Juan el Bautista (Lc. 1:15), eran parte de la gloria espiritual de la nación (Lam. 4:7; Am. 2:11). Desaparecieron de vista a la medida que la nación se iba apartando de Dios. De la misma manera, el verdadero discipulado se ha desvanecido en la iglesia. Algunos enseñan que era solo el celo especial de los tiempos apostólicos, una fase temporal, y creyendo esos errores la iglesia pierde su fervor, poder y bendición. Deja de impactar al mundo y se vuelve cada vez más como él. Gracias a Dios, todavía hoy existen algunos verdaderos discípulos, creyentes de toda edad que aman al Señor, sinceramente desean vivir para Él, y se disponen a obedecer Sus mandamientos, aunque sean ellos los únicos. No siguen la muchedumbre, la corriente general de la cristiandad, pues tienen ojos solo para el Señor.

Acerca de Jesucristo un salmo profetizó algo que se cumplió en el Nuevo Testamento: “El celo de tu casa me consume” (Sal. 69:9 – Jn. 2:17). Eso indica que el fuego santo del Espíritu de Dios ardía en Él mientras servía al Padre. El Señor dijo de Juan el Bautista: “Él era antorcha que ardía y alumbraba” (Jn. 5:35). Los que alumbran para Dios con el fervor de su sumisión a Él también pueden hacer temblar al mundo. Pero esa energía espiritual y bendición divina solo vienen a los que andan en comunión con Dios.

La Biblia asegura que nuestros adversarios espirituales no son pocos. “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef. 6:12). ¿Cómo podemos prevalecer a no ser que sigamos al Señor como Sus discípulos? Hemos sido llamados a militar “la buena milicia” (1 Ti. 1:18) y a ser buenos soldados de Jesucristo (2 Ti. 2:3-4) que no se enredan en las cosas del mundo. La doblez es nociva en las cosas de Dios (Stg. 1:7-8; 4:8), pues le desagrada y Él no bendecirá al creyente de doble ánimo. ¿Cómo podremos gozarnos de Su guía, poder y bendición si no seguimos al Comandante? ¿Podría vencer en la guerra espiritual alguien que no anda en comunión íntima con Dios, o que no se niega a sí mismo? El Señor Jesús presentó Sus demandas a los que serían Sus discípulos, sabiendo que solo así pueden vencer. Todavía hoy debemos tomar en serio la orden que dio hace más de dos mil años. Debemos llamar a todo creyente – hombres y mujeres – viejos y jóvenes – a tomar su cruz y negarse a sí mismo. Solo unos pocos responderán en verdad, tal como en aquellos días. Pero estos pocos pueden llegar a ser poderosos instrumentos de Dios para impactar al mundo para el Señor, al menos en la esfera donde ellos viven.

Amigo lector, si hoy el Señor Jesucristo te dijera: “Sígueme”, ¿lo harías? ¿Te unirías con Él en la Gran Comisión a ser Su discípulo, para tener tu vida cambiada radicalmente, para dedicarte a aprender de Él cómo vivir y agradar a Dios y cómo proclamar el evangelio y hacer discípulos? ¿O tendrá Él que decirte: “No puedes ser mi discípulo”, porque le rechazaste? ¿Quieres solo creer información acerca de Cristo, o que Él solamente te perdone tus pecados, o de veras confías en Él como Señor y Salvador, y le seguirás?

O. J. Gibson (1921-2006) servía al Señor en una asamblea en California