sábado, 25 de julio de 2026

LEYENDO DIA A DIA 2 CORINTIOS (7)

 

5.18 al 21 El ministerio de la reconciliación


La reconciliación es la sustitución de amistad por enemistad, y por insinuación señala a una amistad que existía una vez, pero fue perdida. El hombre fue hecho para amistad con Dios y cumple su destino cuando está en unanimidad con él. Pero hay una influencia perjudicial — el pecado. El pecado se ha interpuesto entre Dios y el hombre. El alejamiento del hombre de Dios, junto con la consiguiente enemistad proactiva contra Dios, fue consecuencia de la desobediencia y el pecado de Adán. La desobediencia a la voluntad de Dios imposibilitó la comunión entre el hombre y su Creador. Esta consecuencia, la comunión rota, sigue vigente hasta el día de hoy.

El hombre tiene que ser rectificado ante Dios; tiene que ser reconciliado, y en esto se prueba cualquier evangelio profeso. Es una prueba crucial, porque la cruz es el punto esencial. Dios nos reconcilió así al hacer pecado de Cristo por cuenta nuestra. Cristo era sin pecado, ni conocía pecado; era de un todo santo. Fue tentado en todo a semejanza de nosotros, pero nunca fue tentado por pecado innato. Desde luego, era inconcebible que Él pudiera pecar, porque era Dios manifestado en carne.

Fue hecho pecado. Su impecabilidad era la cualidad que permitía en la estima de Dios que fuese el agente de la reconciliación. Dios lo asoció a él con el pecado, el que no tenía pecado, cosa que requería nada menos que la muerte de cruz. Cristo no sólo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, sino también fue hecho pecado. Pesó en su contra todo el asunto del pecado, y mientras aquello estaba pendiente, la reconciliación era imposible.

Pero Cristo, siendo hecho pecado, murió y lo quitó una vez por todas. El pecado le fue impuesto por Dios, y su muerte es la ejecución de la sentencia divina sobre aquello. Al morir, Él quitó el pecado, de manera que no es una barrera ahora. Dios ha hecho la paz por la transacción del Gólgota, realizando así la reconciliación. El pecado podía ser atendido tan sólo por la muerte. Exigía la muerte de Aquel que, siendo Hombre, podía morir, y siendo Dios, podía impartir a su sacrificio expiatorio toda la dignidad, virtud y gloria de su Persona divina.

                “Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo al mundo”, v. 19. El creyente es un embajador del corte celestial que trae del Rey el ministerio de la reconciliación del hombre.

B.OSBORNE.


SIGNIFICADO DE ALGUNAS PALABRAS

 

EXPIACIÓN: Es la reconciliación o la restauración de relacione8 amistosas entre Dios y los pecadores.

El pensamiento en el Antiguo Testamento es que Dios ha cubierto los pecados de Su pueblo por la sangre del sacrificio, echándolos fuera de vista (tras sus espaldas, en la profundidad del mar). Esta palabra no se usa en el Nuevo Testamento.

MEDIACIÓN: Es el trabajo de un mediador, uno que actúa entre dos personas. Dios hizo nuestra salvación por Cristo, quien así fue nuestro Mediador. Se le llama el Mediador del Nuevo Pacto porque El, por Su muerte, aseguró para nosotros las promesas mejores que Dios hizo en ese Pacto.

"LO HIZO PECADO" (2 Cor. 5:21): significa que Cristo fue hecho la Ofrenda por el Pecado; nuestros pecados fueron imputados a Él y sufrió por ellos como nuestro Sustituto para que nosotros podamos tener Su justicia imputada a nosotros. por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él."

“HECHO MALDICIÓN” (Gál. 3:13): Porque nuestros pecados le fueron imputados, fue hecho maldición por causa de ellos. El sufrió la maldición y así nos redimió de ella; pagó el justo castigo de la ley. 5. PROPICIACIÓN (1 Juan 2:2; 4:10). La palabra en Rom.3:25 es la misma usada en Hebe 9:5. Es el lugar donde el pecador puede encontrarse con Dios porque allí la sangre ha sido rociada. Propiciación significa Satisfacción. Cristo ha satisfecho a Dios de parte nuestra. Él ahora es nuestra propiciación ante Dios (1 Juan 2:2), Aquel en quien Dios ha sido y es satisfecho.

RECONCILIACIÓN significa paz. El Señor hizo "la paz mediante la sangre de su cruz.

REDENCIÓN es rescate por un precio pagado. El Precio es el Rescate; la Redención, la libertad que le sigue.

SUSTITUCIÓN no es una palabra bíblica pero sí una grande verdad bíblica. Significa que uno toma el lugar de otro quien sustituye — un cambio bendito. Así Cristo fue el sustituto para todos 108 que creen, la Cabeza que murió por todos los miembros.

FIADOR. Uno que se hace responsable por la deuda de otro. El Señor Jesús se hizo Fiador por todos Sus santos y en la cruz pagó todo lo que debían.

— G. Goodman


 

NICOLAITISMO: SURGIMIENTO Y CRECIMIENTO DEL CLERO

 “Pero tienes esto, que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco... Y también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco” (Apocalipsis 2:6,15, en las epístolas del Señor dirigidas a las iglesias de Éfeso y de Pérgamo).

En las cartas proféticas dirigidas a las siete iglesias de Apocalipsis 2 y 3 (las cuales nos dan la historia espiritual de la Iglesia desde el tiempo de los apóstoles hasta la venida del Señor), la carta a la iglesia de Pérgamo sigue a las cartas a la iglesia de Éfeso y a la iglesia de Esmirna. Pérgamo marca la tercera etapa de la desviación de la verdad por parte de la Iglesia y es históricamente fácil de reconocer. Se aplica al tiempo en el cual, luego de haber atravesado las persecuciones paganas (Esmirna), la Iglesia fue públicamente reconocida y establecida en el mundo. El tema principal de la carta a Pérgamo es “la Iglesia que mora donde está el trono de Satanás”. La palabra correcta es «trono», no «asiento». Satanás tiene su trono en el mundo, no en el infierno, el cual será su prisión y en el cual nunca reinará. Él es llamado “el príncipe de este mundo” en Juan 12:31, 14:30 y 16:11.

Por la tanto, morar donde está el trono de Satanás es asentarse en el mundo, bajo el gobierno y la protección de Satanás. ¡Esto es lo que la gente llama la institución de la Iglesia! Tuvo lugar bajo el emperador romano Constantino, cerca del año 320 d.C. Aun cuando la tendencia de la Iglesia a unirse con el mundo había estado aumentando por algún tiempo, fue entonces cuando ella salió fuera del lugar que le era propio e ingresó en los lugares de la antigua idolatría pagana. La gente llama a esto el triunfo del cristianismo, pero el resultado fue que la Iglesia se posesionó con tal firmeza de las cosas del mundo como nunca antes. El lugar de liderazgo en el mundo fue de ella y los principios del mundo la invadieron rápidamente.

El nombre Pérgamo indica esto. Es una palabra griega que significa casamiento. El casamiento de la Iglesia con cualquier cosa antes que Cristo venga a llevársela consigo (en el arrebatamiento), es infidelidad hacia Él, con quien ella está desposada. Pero aquí está el matrimonio de la Iglesia y del mundo, el final de un noviazgo que había comenzado mucho tiempo antes.

Antes del tiempo de este «casamiento», una cosa importante se menciona en la primera carta a la iglesia de Éfeso, aunque sólo de manera incidental, pues ello no caracteriza la condición espiritual de la asamblea de Éfeso. El Señor les dice: “¡Pero tienes esto, que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco” (Apocalipsis 2:6)! Sin embargo, en Pérgamo tenemos más que las obras de los nicolaítas; tenemos una doctrina, y la Iglesia, en vez de rechazarla, la toleraba. En su tiempo, los santos de Éfeso aborrecían las obras de los nicolaítas, pero en Pérgamo la permitieron y no condenaron a aquellos que sostenían la doctrina.

¿Cómo hemos de interpretar estos versículos? Hallamos que la palabra nicolaítas es lo único que tenemos para ayudarnos. Muchos han realizado grandes esfuerzos para intentar demostrar que existió una secta de los nicolaítas —un grupo religioso llamado por ese nombre— pero la mayoría de los autores concuerdan en que esa hipótesis es muy improbable. Aun si existió tal secta, es difícil entender por qué debería haber en estas epístolas proféticas semejante mención repetida y enfática de una secta oscura acerca de la cual la gente nos puede decir poco o nada. El Señor denuncia solemne y poderosamente: “la cual aborrezco”. Ella debe ser especialmente importante para Él, y también debe ser significativa en la historia de la Iglesia, por poco comprendida que pueda ser. Además, la Escritura no nos remite a la Historia de la Iglesia ni a ninguna historia para que interpretemos sus significados. La Palabra de Dios es su propio intérprete a través del Espíritu Santo y no tenemos que acudir a otras fuentes para descubrir lo que está allí. De lo contrario, la interpretación de la Escritura dependería de hombres eruditos que buscan respuestas para aquellos que no tienen los mismos recursos o aptitudes, ¡las cuales, forzosamente, habrían de ser aceptadas sobre la base de su autoridad solamente!

A lo largo de la Escritura, el significado de los nombres es importante, y el significado de nicolaíta es llamativo e instructivo. Por supuesto, para aquellos que hablaban griego, el significado les habría resultado claro. Significa sojuzgador del pueblo. La última parte de la palabra (Laos) es la palabra griega que designa al «pueblo» y nuestro término de uso común «laicos» deriva de ella. Así pues, los nicolaítas fueron gente que estuvieron sometiendo o reprimiendo a los laicos —la masa del pueblo cristiano— para enseñorearse indebidamente sobre ellos.

Lo que hace que esto sea más claro aún es que en Pérgamo tenemos también a aquellos que sostenían la doctrina de Balaam; un nombre cuya semejanza en lo tocante a significado ha sido observada con frecuencia. Balaam es una palabra hebrea que significa destructor del pueblo, un significado muy importante en vista de su historia. Balaam “enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación” (Apocalipsis 2:14). Con este propósito instigó a Israel a mezclarse con las naciones, de las cuales Dios los había separado con cuidado.

El desbaratamiento de esa necesitada separación significó la destrucción de Israel, mientras prevaleciera. De igual modo, la Iglesia es llamada a salir fuera del mundo, y es sumamente fácil aplicar el tipo divino en este caso. Así, la estrecha relación de estos dos nombres (Balaam y nicolaíta), ayuda a confirmar el significado anterior de nicolaíta.

Observemos el desarrollo del nicolaitismo. Al principio sólo cierta gente adoptó una posición de superioridad sobre el pueblo. Sus obras demostraron lo que eran. Aún no hay doctrina en la carta a la iglesia de Éfeso, pero una doctrina, o enseñanza, se estableció ya en Pérgamo. Ahora el lugar de liderazgo es asumido para ser de ellos por derecho.

     La doctrina —la enseñanza sobre esto— es aceptada al menos por algunos, y la Iglesia se ha vuelto indiferente ante esta situación.
F. W. Grant,Revista Fe

Lecciones que aprendí en mi asamblea (4)

Separación a medias o completa

 Peter Fleming


Cuando se hizo manifiesta la oposición contra nosotros en esta posición de separación, algunos en el grupo pensaron que podríamos apaciguarla al asistir de vez en cuando a las reuniones de evangelización (donde las había) en los sistemas que habíamos dejado. Ciertos miembros del grupo participábamos, por supuesto, en los esfuerzos interdenominacionales los domingos en la noche mientras formábamos parte de las respectivas congregaciones, y la idea era ofrecer nuestra colaboración si aquellos hermanos parecían estar dispuestos a recibirla. Se hizo el intento por un tiempo corto, pero pronto se hizo evidente que éramos como peces fuera del agua. Sentimos más que nunca la servidumbre a los arreglos humanos a expensas de la dirección del Espíritu Santo que estábamos gozando en nuestras pequeñas reuniones propias.

Santa separación

Se nos hizo insoportable la creciente hostilidad de algunos. Estos emplearon tácticas nuevas para manifestar su disgusto ante nuestra posición como un pequeño grupo de adoradores sin pastor asalariado y sin un encargado humano. Hubo prédicas contra “los que causan divisiones”, sin hacer mención, por supuesto, de “contra la doctrina”, Romanos 16.17. Hay, como sabemos por Lucas 12.51, una “división” que es de Dios. Es obra suya separar a los vivos de los muertos y “lo precioso del vil;” Jeremías 15.19. En esos “esfuerzos evangelísticos” oíamos referencias a nosotros mismos como ladrones de ovejas y destructores de iglesias. Lo que habíamos hecho en realidad era restaurar a algunas ovejas del Señor a su debido Dueño y a los pastos que les correspondían, sacándolas de las sendas erradas adonde se habían extraviado entre el ganado cabrío.

Una santa separación de los creyentes de entre los inconversos no divide ni rompe nada que cuenta con la aprobación de Dios, ya que una “multitud mixta” de creyentes y no creyentes no es una iglesia o asamblea en el sentido que las Escrituras emplean el término. Salir de tal cosa no es división sino sencilla obediencia al llamado del Señor; 2 Corintios 6.17. Aprendimos que la separación no sería una experiencia teórica ni superficial sino una manera de vivir delante de Dios y aparte de los impíos. Al obedecer así el llamamiento de Dios, las cosas serían vistas pronto en su condición real, ya que es la presencia de unos pocos creyentes legítimos en los sistemas falsos que mantiene la cohesión de éstos y perpetúa su existencia.

Una separación completa y final

Una vez que vimos esto con claridad, nuestra separación de la religión mundana dejó de ser parcial; fue entera y definitiva. Estoy tan convencido como lo puedo estar que ningún grupo del pueblo del Señor puede estar donde la Palabra de Dios lo llevaría, sin que practique a la vez una separación resuelta de los sistemas religiosos de este mundo a pesar de que éstos se le opongan amargamente.

Cualquier atenuación de las normas de esta separación puede lograr cierta tolerancia de parte de aquellos sistemas. Si se suprime la verdad que separa al cristiano de la religión mundana, bien puede resurgir un intercambio entre los creyentes y los meros religionarios, según el gusto de cada cual. Pero donde se reconoce un solo Nombre y donde se guía por un solo Libro, no habrá ni afinidad ni amalgamación entre una asamblea de verdaderos creyentes congregados al Señor Jesús y las sectas del protestantismo u otro “ismo”.

La senda de la separación nunca conduce a agrupaciones donde no se reconozca la plenitud y la exclusividad de la autoridad de las Sagradas Escrituras. Eso sí: hay creyentes legítimos en aquellas congregaciones, y ellos son nuestros hermanos en Cristo. Son miembros del cuerpo de Cristo, y como tales, los amamos y tenemos una responsabilidad por su cuidado en la medida en que ellos quieran recibir nuestra atención. Lo que aborrecemos es el sistema, el esquema de religión humana que muchas veces hasta esclaviza a estos hermanos.


JESÚS: DIOS CON NOSOTROS

 

"Y llamarás su nombre Emmanuel, que, declarado, es: Dios con nosotros" (Mateo 1:23).


En el Antiguo Testamento, desde el Génesis hasta Malaquías, tenemos una continua proclamación mesiánica. Israel aparece como un gigantesco pregonero del Mesías. Podemos por verlo ya, desde las manifestaciones vividas por los hombres de Dios, como, por ejemplo, Abraham ofreciendo a Isaac para el sacrificio, hasta la clara y sublime predicación, de Juan el Bautista. Israel no ignoraba aquella promesa que resonó en el Edén cuando el primer pecado, ni tampoco aquel pacto de alianza como pueblo sometido al servicio de Dios. Rodeados de pueblos entregados a ritos misteriosos y arrebatos pecaminosos, completamente hundidos en el lejano paganismo, no faltáronles los peligros de desviación, siempre denunciados por los profetas y los siervos de Dios; pero a pesar de todas estas circunstancias, el anuncio de la venida de Cristo estaba latente.

Cuando el anuncio tomó realidad, cuando el Verbo de Dios fue hecho carne, cuando vino el Emmanuel prometido -- Dios con nosotros— tendióse entonces el puente sobre el abismo de separación. La mediación redentora estaba realizada. El eslabón divino fue unido a la cadena rota. Dios ofrecía al hombre el medio para obtener la reconciliación. “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia por gracia”.

Consideremos, pues, la grata significación del Dios humanado y el de Dios en la vida del hombre. Lo primero, extracto maravillosa Cristología, y lo segundo, obtención del resultado positivo de la vida cristiana en el mundo. Vivimos hoy día en un mundo saturado de toda clase de crisis, de subversión de valores, fascinado totalmente por los adelantos científicos y técnicos. Conforme esa manera de vivir va ganando terreno y corazones, el hombre moderno está perdiendo todo sentido de la realidad soberana de Dios. Quieren sacudirse de encima todo contenido religioso o espiritual, considerándolos como ideas vacías o de peso inútil en el plano existencial. Existe una extensa mayoría, algunos, incluso, registrados como personas "religiosas", que piensan jactanciosamente que Jesús fue solamente un idealista, y mártir de su propia doctrina, pero que no admiten al Emmanuel, rechazan al verdadero Dios hecho hombre.

La gran trascendencia es que el Hijo de Dios vino para habitar entre nosotros, especialmente para siempre en los corazones reconocidos y redimidos. El testimonio del apóstol Pablo en Colosenses 1:9-23, es elocuente, bien definido. Cristo "es la imagen del Dios invisible", el primero de toda criatura, creador de todas las cosas, eterno, cabeza de la iglesia, reconciliador, “en el cual tenemos redención por su sangre, la remisión de pecados”. Estamos rodeados de gentes incrédulas, que niegan o reniegan del Mesías, así también, en contraste, de gentes dadas a las idolatrías más estrafalarias.

Hermanos creyentes, procuremos afianzar bien nuestra fe en la divinidad de Cristo. Estemos firmes permaneciendo en la verdad. Por todas partes florecen doctrinas contradictorias, ya sea en lo social, en lo religioso, como en lo filosófico. ¡El materialismo modernista y la idolatría desenfrenada por encima de los propósitos divinos! Olas de angustia y de tinieblas es el triste espectáculo de hoy. Todo es producto de la insubordinación a Dios.

Ciencia, arte, progreso, prosperidad, son valores secundarios. No hemos de dar tanta importancia a lo secundario descuidando lo verdaderamente trascendente. La santidad y majestad de Dios, la grandeza de sus obras, su amor y misericordia, es lo digno de admiración, motivos de adoración al Señor. De adoración ciertamente; pues es menester sentir esa reverencial inclinación del espíritu a su Creador. La adoración es el profundo sentimiento de gratitud y reconocimiento del corazón cristiano; rechazarla sería muestra de un corazón desagradecido, egoísta, falso e infecundo. Los ángeles alabaron a Dios, diciendo: "Gloria en las alturas a Dios, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres". La piedra principal la tenemos ya Jesús es Dios, es Emmanuel.

Dios envió al Señor Jesucristo por amor nosotros. La renuncia y la abnegación divina nos conmueve. Existe, por lo tanto, una invitación a que renunciemos de la vida y vivamos según Cristo. "A que dejéis, cuanto, a la pasada manera de vivir, el viejo hombre que está viciado conforme a los deseos de error; ya renovaros en el espíritu de vuestra mente, y vestir el nuevo hombre que es criado conforme a Dios en justicia y en santidad de verdad" (Ef. 4:22-24). Equivocados están aquellos que buscan en el cristianismo evangélico un refugio de tranquilidad o de seguridad terrenal, un lugar para servir a sus conveniencias personales, una armonía según la carne. San Pablo nos da una expresión excelente de su posición: "Las cosas que para mí eran ganancias, las tengo completamente perdidas por amor de Cristo". Sí, por encima de todo, que Cristo esté entronizado en nuestro corazón, sea el motivo de nuestra tendencia, de nuestra vida, sea Dios con nosotros, "para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y de los que, en la tierra, y de los que debajo de la tierra; toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor' a la gloria de Dios Padre". Amen.

Francisco Fernández Marín,Contendor por la Fe

HE AQUÍ MI SIERVO (3)

 Alfred E. Bouter, El Señor está cerca 


Como se asombraron de ti muchos, de tal manera fue desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres, así asombrará él a muchas naciones; los reyes cerrarán ante él la boca, porque verán lo que nunca les fue contado, y entenderán lo que jamás habían oído.
Isaías 52:14–15


El texto bíblico de hoy forma parte de un poema. El Espíritu Santo utiliza la poesía para comunicar algo que la prosa ‘normal’ no podría lograr. Además, este pasaje muestra una conexión muy estrecha entre los intensos sufrimientos del Mesía (v. 14) y las glorias que vendrían tras ellos (v.15). Ambos versículos se basan en las afirmaciones hechas en el versículo 13, donde se dice que el Siervo sería obediente y prudente, lo que resultaría en su exaltación.

Esto contrasta fuertemente con la historia de Israel. Cuando Dios llamó a Moisés y lo envió a Faraón para liberar al pueblo, Jehová se refirió a Israel como su “hijo”, destinado a ser liberado de la esclavitud egipcia para servirlo (Éx. 4:23).

Los verbos “servir” y el sustantivo “siervo” están estrechamente relacionados con el concepto de servicio y, a menudo, con la filiación. Dios puso a Adán en una posición similar, para que cuidara del jardín en el que lo había puesto (véase Gn. 2:5–17), pero Adán y Eva cayeron (véase Gn. 3). En el caso de Israel, fracasó constantemente en responder a su llamamiento como siervo e hijo de Dios. Sin embargo, cuando el Señor Jesús vino a este mundo y se relacionó con su pueblo (véase Jn. 1:10–11), él cumplió los deseos de Dios de tener un Siervo e Hijo en quien hallar su complacencia (véase Mt. 3:16–17).

En el siglo venidero, cuando Jesús el Mesías reine sobre su pueblo y sobre esta tierra, Israel finalmente cumplirá su rol de siervo e hijo de Dios.

Hoy en día, todos los verdaderos cristianos tienen el privilegio de ser siervos e hijos de Dios (véase Ef. 6:6) y lo serán eternamente (véase Ap. 21:7 y 22:3) para la gloria de Dios.

Alfred E. Bouter,EL SEÑOR ESTÁ CERCA

(Continuará)

“CINCO DE PALABRAS… (1 CORINTIOS 14:19)

 

Es siempre maravilloso observar la manera en que las palabras de la Escritura cautivan el corazón. Ellas son ciertamente “como aguijones; y como clavos hincados son las de los maestros de las congregaciones” (Eclesiastés 12:11). A veces, una breve oración, o una simple expresión, prenden el corazón, penetran la conciencia u ocupan la mente de tal forma que demuestran, fuera de toda duda, la divinidad del Libro en que se encuentran. ¡Qué fuerza de argumento, qué plenitud de significado, qué poder de aplicación, qué desarrollo de los orígenes de la Naturaleza, qué descubrimiento del corazón, qué agudeza y penetración, qué energía acumulada encontramos de arriba abajo en las páginas sagradas! Uno se deleita cada vez que se detiene a considerar estas cosas; pero más particularmente en un tiempo como el presente, cuando el enemigo de Dios y del hombre está procurando, por todos los medios posibles, mancillar el honor del inspirado Volumen.

Todos estos pensamientos fueron no pocas veces sugeridos a la mente por medio de la expresión que constituye el título del presente artículo. Dice el humilde y devoto apóstol: “Prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a otros, que diez mil palabras en lengua desconocida” (1.ª Corintios 14:19). ¡Qué importante es que todos los que hablan recuerden esto! Sabemos, naturalmente, que las lenguas tuvieron su valor. Ellas fueron “por señal, no a los creyentes, sino a los incrédulos” (v. 22). Pero, en la asamblea, ellas no servían de nada a menos que hubiese un intérprete.

El gran fin de hablar en la asamblea es la edificación, y este fin sólo puede ser logrado, como sabemos, por personas que entienden lo que se dice. Es absolutamente imposible que un hermano pueda edificarme si no puedo entender lo que dice. Tendrá que hablar en un lenguaje inteligible y en una voz audible, pues, de lo contrario, no podré recibir ninguna edificación. Esto, seguramente, es claro y muy digno de la seria atención de todos cuantos hablan en público.

Pero, además, bien haríamos en tener en cuenta que nuestra única autorización para pararnos y hablar en la asamblea es que el Señor mismo nos haya dado algo para decir. Si sólo fuesen “cinco palabras”, profiramos las cinco y sentémonos. Nada puede ser más insensato que intentar hablar “diez mil palabras” cuando Dios no nos ha dado más que “cinco”. ¡Es lamentable que esto ocurra con tanta frecuencia! ¡Qué gracia sería si tan sólo nos mantuviésemos dentro de nuestra medida! Esa medida puede ser pequeña. Eso no importa; seamos simples, fervientes y genuinos. Un corazón fervoroso es mejor que una cabeza lúcida; y un espíritu vehemente es mejor que una lengua elocuente. Cuando hay un deseo sincero y genuino de promover el bien de las almas, se podrá ver que ese deseo es más efectivo con los hombres y más aceptable a Dios que los más brillantes dones sin él. No hay duda de que deberíamos anhelar fervientemente los dones mejores; pero también debemos recordar el camino “más excelente” (1.ª Corintios 13), esto es, el del amor, el cual siempre se oculta a sí mismo y procura solamente el beneficio de los demás. No estamos diciendo que valoramos menos a los dones, sino que valoramos más al amor.

Por último, recordar la siguiente regla sencilla ayudará muchísimo a elevar el tono de la enseñanza y la predicación públicas: «No se ponga a buscar algo de que hablar porque tenga la oportunidad de hablar; sino hable por cuanto tiene algo que debe decirse». Esto es muy simple. Es algo miserable que alguien esté meramente reuniendo el material suficiente para llenar un determinado espacio de tiempo. Esto nunca debería ocurrir. Que el que enseña o el que predica presten la debida atención a su ministerio; que cultiven su don; que dependan de Dios para su guía, poder y bendición; que vivan en el espíritu de oración, y que respiren la atmósfera de la Escritura. Entonces estarán siempre listos para ser usados por el Señor, y sus palabras ya sean cinco o diez mil seguramente glorificarán a Cristo y serán de bendición para los demás. Pero en ningún caso, por cierto, un hermano debería levantarse para dirigirse a sus semejantes, sin la convicción de que Dios le ha dado algo que decir, y sin el deseo de decirlo para edificación.

C.H. Mackintosh