"Y llamarás su
nombre Emmanuel, que, declarado, es: Dios con nosotros" (Mateo 1:23).
En
el Antiguo Testamento, desde el Génesis hasta Malaquías, tenemos una continua
proclamación mesiánica. Israel aparece como un gigantesco pregonero del Mesías.
Podemos por verlo ya, desde las manifestaciones vividas por los hombres de
Dios, como, por ejemplo, Abraham ofreciendo a Isaac para el sacrificio, hasta
la clara y sublime predicación, de Juan el Bautista. Israel no ignoraba aquella
promesa que resonó en el Edén cuando el primer pecado, ni tampoco aquel pacto
de alianza como pueblo sometido al servicio de Dios. Rodeados de pueblos
entregados a ritos misteriosos y arrebatos pecaminosos, completamente hundidos
en el lejano paganismo, no faltáronles los peligros de desviación, siempre
denunciados por los profetas y los siervos de Dios; pero a pesar de todas estas
circunstancias, el anuncio de la venida de Cristo estaba latente.
Cuando el anuncio tomó realidad, cuando el
Verbo de Dios fue hecho carne, cuando vino el Emmanuel prometido -- Dios con
nosotros— tendióse entonces el puente sobre el abismo de separación. La
mediación redentora estaba realizada. El eslabón divino fue unido a la cadena
rota. Dios ofrecía al hombre el medio para obtener la reconciliación. “Porque
de su plenitud tomamos todos, y gracia por gracia”.
Consideremos, pues, la grata significación del
Dios humanado y el de Dios en la vida del hombre. Lo primero, extracto
maravillosa Cristología, y lo segundo, obtención del resultado positivo de la
vida cristiana en el mundo. Vivimos hoy día en un mundo saturado de toda clase
de crisis, de subversión de valores, fascinado totalmente por los adelantos
científicos y técnicos. Conforme esa manera de vivir va ganando terreno y
corazones, el hombre moderno está
perdiendo todo sentido de la realidad soberana de Dios. Quieren
sacudirse de encima todo contenido religioso o espiritual, considerándolos como
ideas vacías o de peso inútil en el plano existencial. Existe una extensa
mayoría, algunos, incluso, registrados como personas "religiosas",
que piensan jactanciosamente que Jesús fue
solamente un idealista, y mártir de su propia doctrina, pero
que no admiten al Emmanuel, rechazan al verdadero Dios hecho hombre.
La gran trascendencia es que el Hijo de Dios
vino para habitar entre nosotros, especialmente para siempre en los corazones
reconocidos y redimidos. El testimonio del apóstol Pablo en Colosenses 1:9-23,
es elocuente, bien definido. Cristo "es la imagen del Dios
invisible", el primero de toda criatura, creador de todas las cosas,
eterno, cabeza de la iglesia, reconciliador, “en el cual tenemos redención por
su sangre, la remisión de pecados”. Estamos rodeados de gentes incrédulas, que
niegan o reniegan del Mesías, así también, en contraste, de gentes dadas a las
idolatrías más estrafalarias.
Hermanos creyentes, procuremos afianzar bien
nuestra fe en la divinidad de Cristo. Estemos firmes permaneciendo en la
verdad. Por todas partes florecen doctrinas contradictorias, ya sea en lo
social, en lo religioso, como en lo filosófico. ¡El materialismo modernista y
la idolatría desenfrenada por encima de los propósitos divinos! Olas de
angustia y de tinieblas es el triste espectáculo de hoy. Todo es producto de la
insubordinación a Dios.
Ciencia, arte, progreso, prosperidad, son
valores secundarios. No hemos de dar tanta importancia a lo secundario
descuidando lo verdaderamente trascendente. La santidad y majestad de Dios, la
grandeza de sus obras, su amor y misericordia, es lo digno de admiración,
motivos de adoración al Señor. De adoración ciertamente; pues es menester sentir
esa reverencial inclinación del espíritu a su Creador. La adoración es el
profundo sentimiento de gratitud y reconocimiento del corazón cristiano;
rechazarla sería muestra de un corazón desagradecido, egoísta, falso e
infecundo. Los ángeles alabaron a Dios, diciendo: "Gloria en las alturas a
Dios, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres". La piedra
principal la tenemos ya Jesús es Dios, es Emmanuel.
Dios
envió al Señor Jesucristo por amor nosotros. La renuncia y la abnegación divina
nos conmueve. Existe, por lo tanto, una invitación a que renunciemos de la vida
y vivamos según Cristo. "A que dejéis, cuanto, a la pasada manera de
vivir, el viejo hombre que está viciado conforme a los deseos de error; ya
renovaros en el espíritu de vuestra mente, y
vestir el nuevo hombre que es criado conforme a Dios en
justicia y en santidad de verdad" (Ef. 4:22-24). Equivocados están
aquellos que buscan en el cristianismo evangélico un refugio de tranquilidad o
de seguridad terrenal, un lugar para servir a sus conveniencias personales, una
armonía según la carne. San Pablo nos da una expresión excelente de su
posición: "Las cosas que para mí eran ganancias, las tengo completamente
perdidas por amor de Cristo". Sí, por encima de todo, que Cristo esté
entronizado en nuestro corazón, sea el motivo de nuestra tendencia, de nuestra
vida, sea Dios con nosotros, "para que en el nombre de Jesús se doble toda
rodilla de los que están en los cielos, y de los que, en la tierra, y de los
que debajo de la tierra; toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor' a la
gloria de Dios Padre". Amen.
Francisco Fernández Marín,Contendor por la Fe