domingo, 12 de junio de 2011

Doctrina Acerca de la Biblia

La espada es la Palabra de Dios

¿Cómo se Usa?

La palabra de Dios es  comparada con una espada por las características  de esta, porque puede ser cortante y penetrar hasta lo más profundo del ser. Hebreos 4:12, dice que puede penetrar  El Alma y el Espíritu y discernir los pensamientos, esos pensamientos escondidos y ocultos, pecaminosos y sentar claridad en ellos. Esta espada es cuchillo penetrante que puede separar las coyunturas y los tuétanos, y exponer lo oculto que en ellos hay. Esta espada es del Espíritu Santo (Efesios 6:17) y hay que dejar que Él  nos enseñe a usarla, así como un doctor enseña a sus alumnos a usar un bisturí en el cuerpo de un enfermo.
Si leemos Efesios 6:17 y Hebreos 4:12 (entre otros), en griego, la palabra traducida por espada se llama mákhaira”, y se utiliza para hacer un trabajo fino y delicado, de ayudar a alguien que tiene un problema espiritual. En contraste con Apocalipsis 2:16, 6:8, 19:15, 21, la palabra traducida por espada  es llamada Romphaia”, y es utilizada por los soldados en las batallas para herir y matar.
En realidad lo que quiere decir, es que es muy cortante. Es para usarla con cuidado, porque podemos herir en lugar de extirpar lo que es malo. Opera en el interior del ser, de la misma manera como lo hace un cirujano con el bisturí en un cuerpo enfermo.

¿Cómo se estudia?

Los Siguientes puntos son necesarios para poder tomar conocimientos de las Sagradas Escrituras (para un comentario mas completo ver los artículos  “Cómo estudiar Las Escrituras” y “Pauta para leer la Biblia”):
1.     Oración, pidiendo a Dios nos ilumine para entender su mensaje.
2.     Lectura pausada, para poder digerir bien.
3.     Humildad, sabiéndonos necesitados de Dios.
4.     No buscar solo conocimiento, sino un mensaje espiritual.
5.     No dejar pasar el día sin leer una página de la Sagrada Biblia.
6.     Opcionalmente, Leer explicaciones de buenos libros que comenten la Sagrada Escritura.

INTERPRETACION

En nuestro estudio diario de las Escrituras nos encontramos con la situación  de entender lo que ellas dicen y darle un sentido.  Por tanto, Interpretar la Escritura es dar el significado del pasaje conforme a lo que el autor tuvo en mente cuando le escribió y para quienes lo hizo.
Para ello existen dos sistemas de interpretación:
a)     Alegórico, es el que busca un significado oculto, diferente del que las palabras indican.  El peligro de este mé-todo es que la interpretación queda a juicio del intérprete, por lo que la Biblia puede decir lo que al intérprete le interese que diga.
b)    Literal, es la interpretación válida, en la que a cada palabra se le da el significado propio del tiempo en que fue escrita. De ahí que se llame también "método histórico-gramatical". En la interpretación literal se tiene en cuenta el "entorno textual", de modo que el significado esté de acuerdo con el pasaje en donde se encuentra.  El método literal interpreta en armonía con toda la Biblia, comparando cada texto con el resto de la Escritura, de modo que no haya contradicciones.

 

APLICACION PERSONAL

Como ya sabemos y hemos estudiado, la Biblia es la Palabra de Dios (Os.12:8); y, por lo tanto, es lo más grande que el hombre puede tener, ya que Dios mismo la inspiró para revelarse a la criatura. Y después de haberla estudiado e interpretado nos corresponde aplicándonos el significado de ellas en nosotros.
En esta aplicación  personal de las escrituras,  la mejor prueba de amor al Señor es obedecer su Palabra (Jn.14:15, 21,23), porque en ellas están directrices que el Espíritu Santo quiso dejar plasmadas. Desobedecerla es evidencia cierta de no amar al Señor (Jn.14:24).  La situación de falta de amor al Señor es propia de quienes no han creído en El (1.Cor.16:22).
La Biblia no sólo ha de ser leída, sino meditada, estudiada y obedecida. La razón fundamental es para que el creyente pueda llevar una vida concordante con las demandas de santidad (Sal.119:9).  Por tanto, la ocupación principal del creyente es meditar en la Escritura (Sal.1:2).  Y  la forma de vivir sin pecar es obedeciendo incondicionalmente la Escritura (Sal. 119: 11).  El creyente debe ser un asiduo lector de la Palabra de Dios (1.Tim. 4:13), por que en ella están las directrices de nuestra vida como cristianos.
La Biblia ha de ser respetada y obedecida en el hogar. Toda actividad ha de estar controlada y orientada por las enseñanzas bíblicas (Dt.6:6-9).  La Biblia ha de ser dada a los niños desde pequeños (2.Tim.3:15)  y  memorizada (Dt.6:7).

Conclusión

La Biblia es más que un libro, es Dios quien nos habla. Para oírlo necesitamos fe; debemos abrirle nuestro corazón e inteligencia; esperanza, para estar ciertos de que sólo siguiendo su voluntad y aceptando las invitaciones que nos hace el Espíritu Santo podemos ser verdaderamente felices.
Dios siempre ha estado junto al hombre, está presente en los hechos diarios y nos acompaña en nuestra peregrinación de vuelta a Él, es decir, durante toda nuestra vida. Dios nos escucha y nos habla siempre porque somos suyos, nos ama y formamos parte de su vida y de su amor.
La historia de la presencia de Dios es eterna, pues ha existido siempre y desde siempre estamos en su plan divino.
Leer la Biblia es el medio para animarnos a tener siempre presente a Dios en nuestras vidas. La Biblia nos entusiasma por Dios y nos llena de amor hacia Él. Nos anima a llenarnos de obras buenas. Nos da gran temor y aversión hacia el pecado. La Biblia consuela mucho y lleva al arrepentimiento, la conversión y cambio de vida.
Ahora, para responder  lo siguiente: ¿Cómo demostrar que la Biblia es verdad?, diremos que la Biblia es:
a)     Científicamente exacta, aun cuando no es un libro de ciencia. Históricamente también es exacta, aunque no es un libro de historia secular. Cada intento para probar que tiene equivocaciones históricas ha fallado.
b)    Proféticamente correcta. Así se ha visto en muchas profecías las cuales se han cumplido.
c)     Imparcial, pues presenta ambas cosas, lo bueno y lo malo de los hombres. No encubre los pecados de nadie; aun cuando se trate de alguien que sea un "varón según el corazón de Dios."
Para concluir  citaremos lo que dice Dr. Montalvo Suero: “Todo lo que hay en la Palabra de Dios, que sea de naturaleza histórica, es absolutamente cierto; pero la Biblia no afirma ser un tratado exhaustivo de la historia del hombre y ni la del mundo. Aunque en ellas encontramos reglas importantes de salubridad, tampoco es un tratado de salud pública. Ni es un libro de derecho, aunque nos hable de los principios y fundamentos del derecho moderno de las personas y de los Estados. Igual contiene normas de educación, principios y estrategias militares de defensa, de filosofía, de psicología, etc., la Biblia no es sin lugar a dudas un tratado científico de ninguna de estas áreas, ni pretende serlo”.
El lenguaje que emplearon los escritores sagrados, en la mayoría de los textos bíblicos, es coloquial; un lenguaje llano, claro, que el pueblo hablaba y que enten-dían con  facilidad. La Biblia fue escrita para que gente común la entendiera, sin necesidad de tener que ser expertos en historia, en ciencias, en filosofía, o en psicología para poder interpretar las Escrituras, por eso el lenguaje también es genotípico y no científico.
Cuando hablamos de un lenguaje fenotípico nos referimos que los escritores sagrados fueron por lo general testigos presenciales de los hechos y fenómenos que narraron, pero lo describen tal y como es observado por el ojo del ser humano, simplemente describen el fenómeno y no tratan de explicarlo científicamente.
Debemos tener siempre presente que el propósito principal de las Escrituras es comunicar el mensaje de Dios al hombre de tal modo que éste pueda entenderlo; es revelar al ser humano aquellas verdades divinas que de otra forma le es imposible obtener; de darle al hombre principios prácticos para dirigir su vida; de fortalecer su conducta y su fe.

La Biblia - Resumen de Sus 66 Libros

Salmos

"Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, Ni estuvo en camino de pecadores, Ni en silla de escarnecedores se ha sentado." Salmo 1:1





Salmos, al igual que Job, es un libro poético, una colección salida de las plumas de varios escritores inspirados por Dios ‑ David, Asaf, Moisés, Hemán, Etán, y posiblemente otros que se desconocen. Sin embargo, todo está arreglado en perfecto orden por la influencia del Espíritu de Dios. Cuán llenos de consolación están ellos, tratando con los sentimientos del corazón en todo tipo de circunstancias, trayendo la respuesta de Dios a cada necesidad del alma.
Preeminentemente, ellos hablan de Cristo, y aquí encontramos Sus propios sentimientos, en Su preocupación por la gloria de Dios y por la bendición de las almas; sufriendo como el humilde Varón de dolores, como desechado entre los hombres; sufriendo la angustia de la cruz, el abandono de Dios; en el gozoso resultado de aquella cruz; también la ira, contra la maldad del hombre - en efecto, sentimientos tan variados como las circunstancias que Él tuvo que enfrentar. Considerar Sus sentimientos es un bálsamo maravilloso para los sentimientos de nuestros propios corazones.
Debe ser recordado, no obstante, que los Salmos están escritos desde un punto de vista judío, y la bendición de Israel, junto con sus aflicciones, penas, y castigos, es lo más prominente en el libro. De esta manera, es profético de la historia de la nación de  Israel a través de todos sus problemas hasta que es establecida en la gloria del reino milenario. Con todo, esto de ninguna manera resta mérito a las bendiciones espirituales a ser encontradas allí para nosotros mismos: este es un libro de valores infinitamente dulces y de consuelo para nuestras almas.





Proverbios


"Oirá el sabio, y aumentará el saber, Y el entendido adquirirá consejo, Para entender proverbio y declaración,  Palabras de sabios, y sus dichos profundos." Proverbios 1:5, 6



El libro de Proverbios también es profético, escrito por el Rey Salomón en sus años más jóvenes, un libro de sabia instrucción referente a cada aspecto de la vida y conducta personales. Su gran y excepcional verdad es sencillamente esta: "El temor de Jehová es el principio de la sabiduría." Sus advertencias contra males sutiles son acompañadas por la instrucción en cuanto a los medios para evitar estos males.
Presenta las cosas en su verdadera luz, de tal forma que el lector pueda formar un juicio apropiado y claro. También va a la raíz de los asuntos y muestra los motivos que producen ciertas acciones, exponiendo así al lector la forma real de actuar de su propio corazón. Trata con los pensamientos, la boca, los labios, la lengua, el oído, el ojo, la mano, el pié, como estando todos relacionados con la conducta del individuo. Muestra fielmente los resultados de los pensamientos, las palabras o las acciones, buenas o malas; es decir, la cosecha de lo que se siembra. Y cuán claramente enseña que solamente el verdadero conocimiento del Señor mismo puede preservar el alma en las formas de la verdad.
Por lo tanto, estas cosas son principios apropiados del reino de Salomón, establecido en paz, y, por lo tanto, estrechamente relacionados con los principios del Reino de Dios, como en Mateo 5, 6 y 7. El capítulo 25, no obstante, comienza con proverbios copiados por los varones de Ezequías, y es, por tanto, una provisión de Dios para los tiempos en que el reino estaba en un estado de división y ruina. De esta manera, ellos son particularmente preciosos también para nuestro día en que el reino de los cielos está en un estado de degeneración.
El libro proporciona un excelente curso de psicología.


 

Eclesiastés


"Luego fijé la vista en todas las obras que habían hecho mis manos, y en todos los trabajos que yo me había afanado por efectuar; ¡y he aquí que el todo era vanidad y correr tras el viento; y no había provecho en nada debajo del sol!" Eclesiastés 2:11 (VM)



Eclesiastés ("el predicador"), también escrito por Salomón pero en sus años más avanzados, es un contraste asombroso con Proverbios. Él expone, por inspiración de Dios, el resultado de toda sabidu-ría humana, de las ventajas y aspiraciones terrenales, de toda la indulgencia que la riqueza y la sabiduría podían conseguir y que podrían mostrar la promesa justa de producir la suma felicidad en la tierra. Estando él en posición de probar todo esto completamente -más sabio y más rico que cualquier otro hombre- él aprende por amarga experiencia que "el todo era vanidad y correr tras el viento."
Comentemos cuidadosamente que esto es solamente sacar ventaja de toda cosa material "debajo del sol", es decir, considerar las cosas solamente desde un punto de vista terrenal. Por lo tanto, nos enseña que, con la excepción de la revelación dada por Dios, la historia del hombre es de miseria desesperada. ¡Cuán maravilloso contraste con la presentación en el Nuevo Testamento del Señor Jesucristo, de Su revelación de la gloria de Dios, de la herencia eterna de sus santos en luz!
Este libro, entonces, no puede ser considerado enseñando doctrinas como reveladas por Dios, sino como mostrando los pensamientos y conclusiones del hombre aparte de la suprema revelación de los pensamientos de Dios.
Por lo tanto, esto sólo enfatiza más fuertemente que debemos buscar mucho más alto la plena verdad que satisfará la necesidad del corazón. Esta verdad es plenamente provista en la bendita Persona del Señor Jesús, en quien es revelada la gloria de Dios, tal como se ve de forma tan hermosa en el Nuevo Testamento. Pero Eclesiastés proporciona el mejor curso que se puede obtener en cuanto a filosofía.


 

 

Cantar de los Cantares


"¡Mientras que el rey se reclina a su mesa, mi nardo difunde su fragancia!" Cantar de los Cantares 1: 12 (VM)




Escrito también por Salomón, este es un libro poético que trata de la comunión personal del alma con el Señor Jesús. Siendo muy figurativo en su lenguaje, este libro debe ser interpretado con un piadoso cuidado y sobriedad. El versículo arriba citado encuentra su hermoso equivalente en el ungimiento del Señor Jesús por parte de María de Betania con su precioso perfume de nardo puro, símbolo de la fragante adoración que deleita el olfato de Dios.
El profundo placer de la esposa al contemplar las bellezas y glorias del Esposo es un refrescante retrato del eventual gozo de Israel en el Señor cuando sean reunidos nuevamente en su tierra y restaurados en un permanente favor en la era del milenio. Ciertamente esto tiene una aplicación espiritual también ahora para la Iglesia, la esposa celestial de Cristo; con todo, el libro no enseña ninguna relación eterna plenamente establecida de la Iglesia con Cristo, como lo hace el libro de Efesios. Por lo tanto, su ayuda para nosotros es principalmente en relación con experiencias en cuanto a la comunión personal con el Señor.
El deleite del Esposo en la esposa no es menos precioso también, y es más asombroso en vista de sus muchas imperfecciones en contraste con su Amado. Pero es la divina gracia la que le imparte una belleza tal que regocija Su corazón. Es un libro para una tranquila y diligente meditación en lo secreto de la presencia del Señor.

Pronto el más profundo gozo nuestras almas llenará,
Pronto Tu propio gozo lo excederá aún todo,
Pronto nosotros Te veremos,
 para que tu extasiada esposa,
Pronto, para Tu gran delicia, esté a Tu lado.

Epístola de Santiago.

Capítulo 5

Las dos clases que hay en Israel están aquí nítidamente destacadas, en contraste la una con la otra, luego de lo cual el apóstol habla de la marcha que el cristiano debe seguir cuando es disciplinado por el Señor.
La venida del Señor es presentada como final de su situación, tanto para los ricos opresores incrédulos de Israel como para el remanente pobre que es creyente. Los ricos han acumulado tesoros para los últimos días (v. 3); los pobres oprimidos han de tener paciencia hasta que el Señor mismo venga para liberarles (v. 7). Por eso la liberación no tardará. El labrador aguarda la lluvia y el tiempo de la cosecha; el cristiano espera la venida de su Señor. Esta paciencia caracteriza, como lo hemos visto, la vida de fe. Se la ha visto en los profetas; y cuando las pruebas y la persecución caen sobre otros, tenemos por dichosos a aquellos que las soportan por amor al Señor (v. 11). Job nos enseña los caminos del Señor: él tuvo que tener paciencia, pero el fin del Señor era bendición y tierna compasión.
Esta espera de la venida del Señor es una solemne advertencia, un estímulo precioso, pero asimismo es lo que mantiene el verdadero carácter de la vida práctica del cristiano. Ella muestra también en qué terminará el egoísmo de la propia voluntad, y refrena toda acción de esta voluntad en los creyentes. Los mutuos sentimientos de los hermanos son puestos bajo la salvaguardia de esta misma verdad. No se debe tener un espíritu de descontento y de queja contra otros quizás más favorecidos en sus circunstancias exteriores: “El juez está delante de la puerta” (v. 9).
Los juramentos revelan aun más que se olvida a Dios y, por consecuencia, la acción de la propia voluntad de la naturaleza. El “sí” debe ser sí y el “no”, no (v. 12). La acción de la naturaleza divina que es consciente de la presencia de Dios y la represión de toda voluntad humana y de su naturaleza pecaminosa, es lo que desea el escritor de esta epístola.
El cristianismo tiene recursos tanto para la dicha como para la desdicha. Si alguien está afligido, que ore. Dios es la fuerza; él contesta (v. 13). Si se siente dichoso, que cante; si está enfermo, llame a los ancianos de la Iglesia, a fin de que oren por él y le unjan con aceite; el castigo será quitado y los pecados por los que ha sido castigado, según el gobierno de Dios, serán perdonados en cuanto se refiere a ese gobierno, porque sólo de eso se habla aquí (v.14-15). Aquí no se trata de la imputación de pecado para condenación.
Ahora nos es mostrada la eficacia de la oración de fe; pero ella está supeditada a la  sinceridad de corazón (v. 15). El gobierno de Dios se ejerce con respecto a su pueblo. Lo castiga por medio de la enfermedad, si es preciso; y es importante que la verdad en el hombre interior sea mantenida. Se ocultan las faltas, se desea andar como si todo fuera bien, pero ¡Dios juzga a su pueblo! Prueba el corazón y las entrañas. El creyente es mantenido en lazos de aflicción. A veces Dios le muestra sus faltas, a veces su propia voluntad sin quebrantar; sus huesos son castigados con fuertes dolores: “También sobre su cama es castigado con dolor fuerte en todos sus huesos” (Job 33:19). Entonces la Iglesia de Dios interviene por caridad y, según el orden establecido, por medio de los ancianos; el enfermo se encomienda a Dios al confesar su estado de necesidad; la caridad de la Iglesia actúa y pone ante Dios a aquel que es castigado, según la relación en la cual ella misma se encuentra según esta caridad, ya que la Iglesia goza de relaciones con Dios en las cuales se despliega el amor de Dios. La fe aduce esta relación de gracia; el enfermo es sanado. Si los pecados —y no meramente la necesidad de disciplina— fueran la causa de su castigo, esos pecados no impedirán que sea sanado, sino que ellos le serán perdonados.
Santiago presenta seguidamente el principio, en general, como la dirección para todos, según el cual los cristianos deben abrir sus corazones los unos a los otros, para mantener la verdad en el hombre interior en cuanto a uno mismo, y orar los unos por los otros para que la caridad esté en pleno ejercicio con respecto a las faltas ajenas (v. 16). La gracia, la verdad y una perfecta unión de corazón entre los cristianos son así espiritualmente formadas en la Iglesia, de modo que aun las faltas mismas dan ocasión para el ejercicio de la caridad, así como ellas lo son para que Dios la ejerza a nuestro favor. Una entera confianza de los unos en los otros, conforme a esta caridad, como así también en un Dios que restaura y da gracia, es establecida en medio de los santos. ¡Qué hermoso cuadro de principios divinos que animan a los hombres y les hacen actuar según la naturaleza de Dios mismo y la influencia de su amor sobre el corazón!
Se puede notar que no se trata de hacer confesión a los ancianos. Esta confesión habría sido confianza en algunos hombres, una confianza oficial. Dios desea la operación de la caridad divina en todos. La confesión recíproca de los unos a los otros muestra el estado que Dios desea para la Iglesia, y era el que realmente existía en el principio de ella. Dios quiere que el amor reine de tal manera que se esté lo bastante cerca de él como para tratar al pecador conforme a la gracia que se sabe que hay en Él, y que este amor divino en el corazón de los hermanos sea conocido de tal manera que la sinceridad perfecta e interior sea producida por medio de la confianza y la operación de esta gracia. La confesión oficial se opone a todo esto y lo destruye. ¡Qué sabiduría divina la que omitió la confesión cuando se refirió a los ancianos, pero que la prevé más adelante como la viva y voluntaria expresión del corazón!
Esto nos conduce también al valor de la enérgica oración del hombre justo (v. 16). Es la cercanía respecto de Dios y, por consiguiente, la conciencia que se tiene acerca de lo que Dios es, lo que (por medio de la gracia y la operación del Espíritu) da su fuerza a esta oración. Dios tiene en cuenta a los hombres; tiene en cuenta, según lo infinito de Su amor, la confianza depositada en él, la fe que le merece su Palabra a un corazón que piensa y actúa según una justa apreciación de lo que Él es. Es siempre la fe lo que hace sensible aquello que no se ve —a Dios mismo—, y que obra en consonancia con la revelación que Dios ha dado de sí mismo. El hombre que en el sentido práctico es justo por medio de la gracia, está cerca de Dios; como justo, personalmente no tiene que ver con Dios respecto del pecado que mantendría su corazón a distancia; su corazón es libre de acercarse a Dios —según la naturaleza de Dios mismo— en favor de otros; es movido por la naturaleza divina que le anima y que le hace apreciar a Dios; procura, conforme a la actividad de esa naturaleza, de hacer prevaler sus oraciones ante Dios, sea para el bien de otros, sea para la gloria de Dios mismo, en su servicio. Y Dios responde, según esa misma naturaleza, bendiciendo esta confianza y respondiendo a ella para manifestar lo que él es para la fe, a fin de alentar a ésta a legitimar la actividad cristiana del amor y para poner su sello sobre el hombre que anda por fe.
El Espíritu de Dios, sin duda, obra en nosotros cuando el corazón es así activado, pero aquí el apóstol no habla del Espíritu, sino que se refiere al efecto de la fe práctica en el alma y presenta al hombre tal como es, actuando bajo la influencia de esta naturaleza, aquí en su energía positiva con respecto a Dios y cerca de Él, de manera que ella obra en toda su intensidad, movida por el poder de esa cercanía. Pero si consideramos la acción del Espíritu, esos pensamientos son confirmados. El hombre justo no contrista al Es-píritu Santo, y el Espíritu obra en él según Su propio poder, al no tener que poner su conciencia en regla ante Dios, sino actuando en el hombre conforme al poder de la comunión de éste con Dios.
Finalmente, tenemos la seguridad de que la ardiente y enérgica oración del hombre justo tiene gran eficacia: es la ora-ción de la fe que conoce a Dios, que cuenta con él y se le acerca.
El ejemplo de Elías, mencionado aquí, es interesante porque nos muestra (y hay otros ejemplos semejantes) cómo el Espíritu Santo actúa en un hombre en el cual vemos la manifestación exterior del poder (v. 17-18). La historia nos refiere la declaración de Elías: “Vive Jehová... que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra” (1 Reyes 17:1.) Ésta es la autoridad, el poder, ejercido en el Nombre de Dios. En nuestra epístola, la operación secreta (lo que pasa entre el alma y Dios), es manifestada: el hombre justo oró, y Dios le oyó. Tenemos el mismo testimonio de parte de Jesús junto a la tumba de Lá-zaro, sólo que en este último caso tenemos reunidas la oración secreta y la autoridad personal, si bien la oración del Salvador no nos es dada, a menos que fuera ese suspiro inexpresable que subió del corazón de Jesús (Juan 11:41-44).
Al comparar Gálatas 2 con la historia de Hechos 15, vemos que es una revelación de Dios la que determinó la conducta de Pablo cuando subió a Jerusalén, cualesquiera hayan sido los motivos exteriores que todos conocían. Por medio de casos tales como los que el apóstol propone a la Iglesia, y los de Elías y del Señor Jesús, nos es revelado un Dios viviente, actuante, que se interesa en todo lo que ocurre en medio de su pueblo.
La epístola nos muestra también la actividad del amor en favor de aquellos que se extravían (v. 19-20). Si alguien se aparta de la verdad, y alguno le vuelve a traer por medio de la gracia, éste debe saber que el hecho de hacer volver a un pecador del error de sus caminos es el ejercicio (por sencilla que sea nuestra acción) del poder que libera a una alma de la muerte; por ello todos esos aborrecibles pecados que se exhiben tan odiosamente ante los ojos de Dios y ofenden su gloria y su corazón mediante su presencia en Su universo, quedan cubiertos. En cuanto un alma es llevada a Dios por la gracia, todos sus pecados son perdonados, desaparecen, son borrados de delante de la faz de Dios. La epístola (del principio al fin) no habla aquí del poder que actúa en esta obra de amor, sino del hecho en sí; lo aplica a los casos que habían ocurrido entre los cristianos; pero establece un principio universal en cuanto al efecto de la actividad de la gracia en el alma por él animada. El alma que se descarriaba es salvada, pues sus pecados son quitados de delante de Dios.
            La caridad en la Iglesia suprime, por así decirlo, los pecados que de otra manera destruirían la unión, vencerían esa caridad en la Iglesia y aparecerían en toda su fealdad y malignidad ante Dios, mientras que, enfrentados por el amor en la Iglesia, no van más lejos, siendo disueltos —por así decirlo— y hechos a un lado por la caridad a la que no han podido vencer. El pecado es vencido por el amor que actuó contra él; los pecados desaparecen, son tragados por este amor. La caridad cubre así una multitud de pecados. Aquí se trata de su acción en la conversión de un pecador.
Tomado de: Études sur la Parole de J.N.Darby (Traducido al Ingles bajo el título Synopsis, traducido del original en francés): ÉPÏTRE de JACQUES

El Verdadero Discipulado

Capítulo 6: CRECIENDO ES LA FE

No puede haber verdadero discipulado sin una profunda e incuestionable fe en el Dios vivo. El que va a hacer hazañas para Dios debe confiar en El implícitamente. Como dijera Hudson Taylor: "Todo los gigantes de Dios han sido hombres débiles que hicieron grandes cosas para Dios porque reconocieron que Dios estaba con ellos."
Ahora bien, la verdadera fe siempre des­cansa en alguna promesa de Dios, en alguna porción de Su Palabra. Esto es importante. El creyente primero lee o escucha alguna de las promesas de Dios. El Espíritu Santo toma aquella promesa y la aplica al corazón y con­ciencia en una forma muy personal El creyen­te queda consciente  de que Dios le hablado directamente. Con una confianza absoluta en la confiabilidad del que lo ha prometido, con­sidera la promesa tan segura como si ya estu­viera cumplida, aun cuando, humanamente hablando, ésta sea imposible
Tal vez sea un mandamiento más que una promesa. Para la fe no hay diferencia. Si Dios manda, El habilita. Si le pide a Pedro que ca­mine sobre las aguas, Pedro  debe estar seguro que el poder necesario para ello le será dado. (Mateo 14:28). Si nos ordena predicar el Evan­gelio a toda criatura, podemos estar seguros de recibir la gracia necesaria (Marcos 16:15).
La fe no opera en el reino de lo posible. No hay gloria para Dios en lo que es humana­mente posible. La fe comienza donde termina el poder humano. "La incumbencia de la fe comienza donde cesan las probabilidades y donde fallan la vista y los sentidos."
La fe dice: "Si la única objeción es imposible, aquello puede hacerse." La fe hace entrar a Dios al escenario, por lo tanto no sabe de dificultades y aún más, se ríe de las imposibilidades. Para la fe Dios es la gran respuesta a toda duda, la gran solución a todo problema. Todo lo remite a El y por eso poco importa a la fe si se trata de seiscientos mil pesos o de seiscientos millones. Sabe que Dios es todo suficiente. Halla en El todos sus recursos. La incredulidad dice: ¿"Cómo es posible tal o cual cosa? Está llena de Cómos, pero la fe tiene una sola y gran respuesta para diez mil cornos, y esa respuesta es Dios."
Humanamente hablando era imposible que Abraham y Sara tuvieran un hijo. Pero Dios lo había prometido y para Abraham ha­bía una sola imposibilidad: que Dios mienta.
"El creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, con­forme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia. Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esteri­lidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plena­mente convencido de que era también pode­roso para hacer todo lo que había prometido" (Romanos 4:18-21).
La promesa ve la fe omnipotente
 y mira a Dios solamente, ríe
 de lo que es imposible
y clama: ¡Lo ha hecho el Invisible!
Nuestro Dios es especialista en imposibi­lidades (Lucas 1:37). Nada le es demasiado difícil (Génesis 18:14). "Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios" (Lucas 18:27).
La fe reclama Su promesa: "Al que cree todo le es posible" (Marcos 9:23) y asegura juntamente con Pablo: ''Todo lo puedo en Cristo que me fortalece." (Filipenses 4:13).

Obstáculos ve la duda,
 la fe ve el camino.
La duda la noche ve más oscura,
la fe ve el destino;
la duda teme dar un paso,
la fe vuela en las alturas;
la duda pregunta, "¿Crees acaso?"
la fe contesta "Sí", muy segura.
Debido a que la fe trata de lo sobrenatural y divino, no siempre es "razonable". Abraham salió sin saber donde iba, no en virtud del "sentido común", sino sencillamente obede­ciendo un mandato de Dios (Hebreos 11:8). No fue la "astucia" de Josué atacar a Jericó sin armas mortíferas (Josué 6:1-20). Los hombres del mundo se reirían de tal locura, ¡pero surtió efecto!
En realidad la fe es absolutamente racio­nal. ¿Qué es más razonable que el que la cria­tura confíe en su Creador? ¿Es locura confiar en Aquel que no miente, no falla, ni se equi­voca? Confiar en Dios es lo más sensato, cuerdo, y racional que un hombre puede ha­cer. No es un salto hacia las tinieblas. La fe demanda la evidencia más segura y la halla en la Palabra infalible de Dios. Nadie ha confiado en vano en Dios. Nadie que confíe en El lo hará en vano. La fe en el Señor no incluye riesgos de ningún tipo.
La fe glorifica verdaderamente a Dios. Le da el lugar como el Único Ser completamente digno de confianza. Por otra parte la increduli­dad deshonra a Dios; Le acusa de mentiroso (1 Juan 5:10). Limita al Santo de Israel (Salmo 78:41).
La fe coloca al hombre en su verdadero lugar: suplicante, humilde, humillado hasta el polvo delante del soberano Señor de todas las cosas.
La fe es lo contrario de la vista. Pablo nos recuerda que "caminamos por fe y no por vista (2 Corintios 5:7). Caminar por vista signi­fica tener medios visibles de abastecimiento, tener reservas adecuadas para el futuro, em­plear la inteligencia humana para aseguramos contra los riesgos. El camino de la fe es exacta­mente lo contrario: es confiar momento a mo­mento en Dios solamente. Es una perpetua crisis de dependencia en Dios. La carne retro­cede ante la idea de depender completamente de un Dios invisible. Trata de aprovisionarse para amortiguar posibles pérdidas. Si no puede ver por donde va a ir, es seguro que sufre un colapso nervioso. Pero la fe da el paso hacia adelante en obediencia a la Palabra de Dios, se levanta por sobre las circunstancias y confía en el Señor para la provisión a todas sus nece­sidades.
Todo discípulo que decide andar" por fe puede estar seguro que su fe será probada.
Tarde o temprano, será llevado hasta el límite de sus recursos humanos. Se sentirá tentado, a recurrir a sus semejantes en busca de auxilio. Pero si está realmente confiando en Dios, esperará en El solamente.
Dar a conocer las necesidades en forma directa o indirecta a un ser humano, es apar­tarse de la vida de fe, y una positiva deshonra a Dios. Es traicionarle. Es como decir: "Dios me ha fallado y debo buscar ayuda entre mis amigos". Es dejar la fuente de agua viva y vol­verse a las cisternas rotas. Es colocar a la cria­tura entre mi alma y Dios, robándole a mi al­ma una rica bendición y a Dios la gloria debida a su nombre.
La actitud normal del discípulo es desear un crecimiento en la fe (Luc. 17:5). Ya ha confiado en Cristo para salvación. Ahora espe­ra poner bajo el control del Señor nuevas áreas de su vida. Cuando enfrenta enfermeda­des, tribulaciones, tragedias y aflicciones, llega a conocer a Dios en una forma nueva y más íntima, resultando fortalecida su fe. Com­prueba la verdad de la promesa: "Conocere­mos y proseguiremos en conocer a Jehová" (Oseas 6:3). Mientras más comprende la fide­lidad de Dios, más ansioso está de confiar en El para cosas más grandes.
Como la fe es por el oír y el oír por la Palabra de Dios, el deseo íntimo del discípulo es saturarse de las Escrituras, leerlas, estudiar­las, memorizarlas, meditar en ellas día y no­che. Son su carta y brújula, su guía y consuelo, su lámpara y luz.
En la vida de fe siempre hay lugar para progresar. Cuando leemos acerca de lo que ha sido hecho por fe, nos "damos cuenta que so­mos como niños pequeños que están jugando a la orilla de un océano sin límites. Las hazañas de la fe se nos relatan en Hebreos 11. Se elevan en un magnificente ascenso en los versículos 32-40.
¿Y qué más digo? Porque el tiempo me faltaría contando de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté, de David, así como de Sa­muel y de los profetas; que por fe conquista­ron reinos, hicieron justicia, alcanzaron pro­mesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuer­tes en batallas, pusieron en fuga ejércitos ex­tranjeros. Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección; mas otros fueron ator­mentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección. Otros experimen­taron vituperios y azotes, y a más de esto pri­siones y cárceles. Fueron apedreados, aserra­dos, puestos a prueba, muertos a filo de espa­da; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustia­dos, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra. Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa me­jor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros.
Una palabra más. Ya hemos mencionado que un discípulo que camina por fe sin duda será considerado un soñador o un fanático por la gente del mundo y aun por otros cristianos. Pero es bueno recordar que "la fe que nos capacita para caminar con Dios también nos capacita para adjudicar el valor que le corres­ponde a la opinión de los hombres."

¿LLEVO FRUTO? Una reflexión

Mi estimado lector, yo le ruego de su gentileza, que Ud. me acompañe en algunos pensamientos que tienen que ver con el título que hoy nos ocupa y que pretende una muy sincera reflexión.
¿Vamos...?
El Señor, en su bondad y misericordia, por su magna obra en la cruz formó su Iglesia, a la que pertenezco. ¡Posición bendita y privilegiada! Ahora bien, nos hemos preguntado en los años que tenemos de cristianos, si realmente ¿LLEVO FRUTO? Yo le invito a que, detenidamente, lea San Juan 15:1-11. ¿Que es muy conocido? Por supuesto, pero... no menos significativo y de gran actualidad. Veamos: Según yo entiendo, el LLEVAR FRUTO, no es optativo. Es... imperativo. O sea, el Señor mandando. ¿Cómo es mi vida cristiana? ¿Insípida, infructífera, apocada, famélica, enfermiza? ¡CUIDADO con el v.2!, "lo quitará" (Judas), "lo limpiará" (Saulo). Según este versículo, al estar el pámpano estrechamente ligado a la vid, es... FRUTO, y su propósito es que lleve más FRUTO. Luego en el v.5, la pretensión del Señor aumenta y quiere de nosotros: Mucho Fruto.
¿Has pensado alguna vez en el T.C.? Lo digo con toda reverencia. No es la sigla Turismo Carretera. Sí... es Tribunal de Cristo. Allí se ajustan las cuentas y cada uno tendrá que dar razón a Dios de sí. No hay escapatoria. ¿Entonces? ¿Qué estoy haciendo con mi vida? El tiempo corre y apenas si sólo asiste a los cultos, das tu ofrenda, y... ¿la pasividad te embarga? Hermano lector, te digo como consiervo que el Llevar Fruto no es optativo, es IMPERATIVO. Debes dar, tienes que dar FRUTO.
Como expresé al comienzo, deseo que me acompañes a transitar 5 pasos (entre otros) que nos darán la brújula para esta realidad.
VEAMOS:
1) OBEDIENCIA: Dice Juan 3: 24, así: "Y el que guarda sus mandamientos, permanece en Dios y Dios en él". Sin duda que esto es muy importante. Mire. Hay muchos expertos en explicar lo que no hacemos y deberíamos hacer. Hemos de ser Obedientes, pues dice en San Juan 15:10: "Si guardareis mis mandamientos, permaneced en mi amor". ¿Quieres alegrar el corazón del Señor? ¡OBEDECE!
2) DESCUBRIR AL ESPÍRITU SANTO: Dice en la. Juan 4:13, así: "En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu". ¿Por qué digo descubrir al Espíritu Santo? ¿Quién es? ¿Qué hace en mí? ¿Sólo es una idea o una influencia? Lector querido, descubrir al Espíritu Santo es tenerlo como compañero, amigo, guía. Es la tercera persona de la trinidad y es... PODER. Vive en nosotros pero quiere hacerlo en plenitud. No lo tengas en un rincón... por favor.
3) CONFESION: Dice en 1ª Juan 4:15, así: "Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios". ¿Sabe una cosa? Mi vida y la suya, debe ser un testimonio inequívoco de su personalidad. Quizá más allá de mis labios, es mi vida quien debe hablar de El. Sólo así llevamos fruto.
4) AMOR: Dice en 1ª Juan 4: 16: "Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. DIOS ES AMOR. Y... el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él" ¡Qué realidad! ¡Qué claridad prístina! Debe ser, tiene que ser un amor obstinado (mantenerse en su resolución). La máxima cualidad de Dios, es... precisamente el AMOR. ¿Quiero llevar fruto? Debo amar a Dios sobre todas las cosas, para luego ser un cristiano fructífero.
5) COMUNION: Dice en San Juan 6:56: "El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece y yo en él". Sin lugar a dudas, tiene que ver con la Cena del Señor. ¿La tenemos? ¿HAY UNIDAD-COMUNION permanente?
Por favor no tenemos la Cena como la máxima reunión si no existe una estrecha relación entre mi vida y su voluntad. Si yo hablara en términos eléctricos, te diría mi amigo lector, así: 'Ten cuidado que no se te quemen los fusibles, pues seguro quedarás a oscuras".
Ya concluyo. Puede que compartas o no en algunos conceptos vertidos con todo amor y dependencia de Dios. Pero, al margen de eso tu pregunta sincera debe ser: ¿LLEVO FRUTO? Frente a una sociedad deteriorada y un mundo sin rumbo, el Señor te necesita a ti y a mí, para que seamos LUZ y SAL.
            Que tú y yo lo entendamos para la gloria de su nombre. Amén.
(Senda de Luz, Enero-Febrero 1987)

viernes, 13 de mayo de 2011

Pensamientos

Ante Dios, la calidad de nuestros motivos procura la calidad de nuestras obras.
Anónimo.
A menudo nos preocupa más qué dirán los hermanos que lo que dirá el Señor.
Anónimo.
La verdadera humildad consiste, no en mirarse a uno mismo, sino en verse en Cristo. Un hombre perfectamente humilde sería aquel que pensara siempre en el Señor y jamás en sí mismo. 
Anónimo.
La fe tiene un doble carácter: la energía que supera las dificultades, y la paciencia que espera y confía en Dios.
Anónimo

Cazador y Pastor

Cuando Noé y su familia salieron del arca, recibió Noé la responsabilidad de gobernar un mundo nuevo. El arco en la nube recuerda el pacto perpetuo de Dios con la tierra, "con todo ser viviente, por siglos perpetuos" (Génesis 9:12), figura lejana de Aquel que había de venir, luz del mundo, en quien sería manifestada en detalle —y mejor que los colores del arco— la infinita belleza y fidelidad de Dios.
            Pero, en vez de tomar a pecho la gloria de Dios, Noé, pese a ser un hombre de fe, busca su propia satisfac­ción y, entregándose a la corrupción, motiva la caída de su hijo menor. Es solemne advertir que Cam era plena­mente responsable de sus actos. Pero, de no haberse comportado tan lamentablemente su padre, ¿hubiera caído la terrible maldición que pesó sobre algunos de sus descendientes? ¡Cuán importante es en la práctica el andar de una generación a los ojos de la generación que le sucede!
            El capítulo décimo del Génesis nos presenta a esos descendientes de Cam. Entre ellos se destaca Nemrod cuyo nombre significa "rebelde", quien es "vigoroso cazador delante de Jehová" (v. 9).
            ¿Qué es lo que caracteriza un cazador? El busca su propia satisfacción, su propia gloria a expensas de su víctima. Justamente lo opuesto del pastor, quien se preocupa por el bien de su rebaño. Nemrod fue vigoroso y dominó. Eligió una llanura —no la montaña, cerca de Dios— para levantar la gran ciudad de Babel. Con el objeto de elevarse, se edificó una ciudad de ladrillos y "una torre, cuya cúspide tenía que llegar al cielo". Ladri­llos fabricados por la mano del hombre, resultado de su actividad, contraste sorprendente con las "piedras vi­vas" que serán edificadas sobre el único fundamento, fruto del trabajo del alma de Cristo y de su obra en la cruz.
            Satisfacción personal, propia gloria, orgullo, domina­ción... ¿qué puede resultar de todo esto sino confusión? (Génesis 11:9; Gálatas 5:15). He aquí el resultado de la actividad del cazador, rebelde a Dios, dominador sobre los hombres.
            Más Dios tenía otro pensamiento, otro designio; no un cazador, sino un pastor. Ya Abel, pastor de los tiempos antiguos, había llevado la sola ofrenda que podía agra­dar a Jehová. Y en la descendencia de Sem, ¡cuántos pastores! Jacob se sacrificó por su rebaño; "de día el calor... de noche la helada...", responsable de las ove­jas, se dedicó a ellas día y noche (Génesis 31:38-40). Moisés apacentó el ganado en el desierto y en la sole­dad se formaría el hombre "manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra" (Números 12:3), para conducir al pueblo de Jehová, librarlo de la escla­vitud y llevarlo "hacia Dios". David aprenderá con los corderos de su padre los cuidados que necesitan; sabrá librarlos de la mano del enemigo (1 Samuel 17:34); y cuando llegue la hora, Dios podrá tomarlo "del redil, de detrás de las ovejas, para que fuese príncipe" sobre su pueblo Israel (1 Crónicas 17:7). Después, un día, también de la descendencia de Sem vendrá Aquel que podrá decir verdaderamente: "Yo soy el buen Pastor; el buen Pastor su vida da por las ovejas..." Un pastor reúne, protege y nutre a su rebaño (compárese Efesios 5:29), justamente lo contrario del cazador, quien destruye para elevarse.
            ¿A cuál de los dos nos parecemos? Sin duda, el cazador Nemrod care-cía de la fe. El era un tipo del Anticristo que, más tarde, se levantará contra todo lo que es divino o quo es objeto de veneración. Mas en nosotros mismos, ¿no tonemos los principios carnales que forman al caza­dor? Encontramos en unos quizás más que en otros los rasgos del cazador más que del pastor. El carácter se forma en la juventud; el poder del Espíritu de Dios en el creyente puede transformarlo completamente y hacer prácticamente un pastor de un cazador. Pero, si no velamos, el espíritu de dominación puede manifestarse, a menudo a expensas de los demás. "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mateo 11:29, compárese Santiago 3:13).
            Es comprensible que un joven creyente no sea llamado para apacentar el rebaño del Señor, así como tampoco David debía reinar sobre Israel antes que Dios lo llama­ra. Mas en su juventud, sin perder nada de su energía y de su coraje, David aprendió en su retiro a "apacentar las ovejas de su padre" (1 Samuel 17:15). Fue en esos primeros años cuando se formó su carácter, para llevar a cabo la tarea que debía realizar más tarde.
            Cuidemos en los años juveniles las tendencias que se forman y se acen-túan con los años, a fin de que —si el Señor no viene antes— podamos, si El lo juzga bueno, ser de aquellos que buscan el bien de las almas caras a su corazón, que proporcionan consuelo y alimento espi­ritual, que con El recogen, y no de aquellos que ¡ay! desparraman.