domingo, 7 de abril de 2013

Efesios


Capítulo 3

La conexión del capítulo 3 con lo que lo antecede.
          Todo el capítulo 3 es un paréntesis que revela el misterio y que presenta simultáneamente, en la oración que lo concluye, el segundo carácter de Dios que se nos presentó al principio de la Epístola, esto es, el del Padre de nuestro Señor Jesucristo; y esta es la manera en que Él es presentado aquí. El capítulo 1 entrega los consejos de Dios tal como ellos son en sí mismos, agregando Su obra de resucitar a Cristo y sentándole por sobre todas las cosas en lo alto al final. El capítulo 2, nos presenta Su obra al vivificar a otros con Él y formar la asamblea entera de aquellos que son resucitados en Cristo, tomados por la gracia de entre Judíos y Gentiles; estos son los pensamientos y la obra de Dios. El capítulo 3 es la administración de Pablo de ello; él habla especialmente del hecho de hacer entrar a los Gentiles sobre la misma base de los Judíos. Esta era la parte enteramente nueva de los modos de obrar de Dios.

El particular ministerio de Pablo; una revelación especial del misterio, una vez necesariamente oculto, dado a conocer por el Espíritu
         Pablo era un prisionero por haber predicado el evangelio a los Gentiles - una circunstancia que sacó a relucir muy claramente su particular ministerio. Esta forma de ministerio, en lo principal, está presentada así en Colosenses 1. Sólo que en esta última Epístola todo el asunto es tratado más brevemente, y el carácter y principio esencial del misterio, según su lugar en los consejos de Dios, es menos explicado, ya que es contemplado sólo en un lado especial de ello, lo conveniente al propósito de la Epístola, es decir, Cristo y los Gentiles. El apóstol nos asegura aquí que él lo había recibido por una revelación especial, como ya les había enseñado en palabras que, aunque pocas, eran convenientes para dar una comprensión clara de su conocimiento del misterio de Cristo - un misterio que en otras generaciones no se dio a conocer, pero que era revelado ahora por el Espíritu a los apóstoles y profetas (Efesios 3:5). Se observará aquí que los profetas son, en forma muy evidente, los del Nuevo Testamento, puesto que las comunicaciones hechas a ellos se ponen en contraste con el grado de luz otorgada a generaciones anteriores. Ahora bien, el misterio había estado oculto por todos los tiempos anteriores; y de hecho fue necesario que fuese así; porque el hecho de haber puesto a los Gentiles sobre la misma base de los Judíos habría sido demoler el Judaísmo, tal como Dios mismo lo había establecido. En ello Él había levantado cuidadosamente una pared intermedia de separación. El deber del Judío era respetar esta separación; el Judío pecaba si no la observaba estrictamente. El misterio la desechó. Los profetas del Antiguo Testamento, y Moisés mismo, habían mostrado realmente que los Gentiles se regocijarían un día con el pueblo: pero el pueblo permanecía como un pueblo separado. Que ellos iban a ser coherederos, y del mismo cuerpo, habiéndose perdido toda distinción, había estado, en verdad, enteramente escondido en Dios (parte de Su propósito eterno antes de que el mundo fuese), pero no había formado parte de la historia del mundo, ni de los modos de obrar de Dios con respeto a ello, ni de las promesas reveladas de Dios.

El lugar de los redimidos, ahora y en el futuro, en los pensamientos de Dios
         Es un maravilloso propósito de Dios el cual, uniendo a los redimidos a Cristo en el cielo como un cuerpo a su cabeza, les dio un lugar en el cielo. Porque, aunque estamos viajando en la tierra, y aunque somos la morada  de Dios por el Espíritu en la tierra, con todo, en los pensamientos de Dios nuestro lugar está en el cielo.

Los Gentiles e Israel en el siglo venidero; ninguna distinción terrenal en la asamblea, como siendo uno en Cristo y teniendo un lugar en el cielo
         En el siglo venidero, los Gentiles serán bendecidos; pero Israel será un pueblo especial y separado.
         En la asamblea, toda distinción terrenal se pierde; todos nosotros somos uno en Cristo, resucitados con Él.

Un Cristo cuyas riquezas son inescrutables es proclamado a los Gentiles; las dos partes del ministerio de Pablo
         El evangelio del apóstol fue dirigido de esta forma a los Gentiles, para anunciar así las buenas nuevas a ellos según el don de Dios, que había sido otorgado a Pablo por la operación de Su poder, para proclamar a ellos no meramente a un Mesías según las promesas hechas a los padres, un Cristo Judío, sino un Cristo cuyas riquezas eran inescrutables (Efesios 3:8). Nadie podría descubrir hasta el fin, y en todo su desarrollo en Él, la realización de los consejos, y la revelación de la naturaleza de Dios. Estas son las riquezas incomprensibles de un Cristo en quien Dios se da a conocer a Sí mismo, y en quien todos los pensamientos de Dios se realizan y son mostrados. Estos propósitos de Dios con respecto a un Cristo, la Cabeza de Su cuerpo la asamblea, Cabeza sobre todas las cosas en el cielo y la tierra, Cristo, Dios manifestado en la carne, estaban siendo ahora dadas a conocer y se estaban cumpliendo, hasta el punto de reunir a los coherederos en un solo cuerpo. Saulo, el enemigo inveterado de Jesús proclamado como el Mesías, incluso proclamado así por el Espíritu Santo desde el cielo - por lo tanto, el peor de todos los hombres - llega a ser, por medio de la gracia, Pablo, el instrumento y testigo de aquella gracia para anunciar estas riquezas incomprensibles a los Gentiles. Esta era su función apostólica con respecto a los Gentiles. Había otra misión - aclarar a todos con respecto a este misterio, que, desde el principio del mundo, había estado escondido en Dios.
         Esto responde a las dos partes del ministerio del apóstol señaladas en Colosenses 1: 23-25: así como el versículo 27 en aquel capítulo corresponde con el versículo 17 aquí. Dios, quien creó todas las cosas, tenía este pensamiento, este propósito, antes de la creación, para que, cuando Él sometiera toda la creación a Su Hijo que llegó a ser un hombre y glorificado, ese Hijo debiera tener compañeros en Su gloria, que deberían ser como Él mismo, miembros de Su cuerpo espiritual, viviendo de Su vida.

La administración del misterio, el secreto de los consejos de Dios revelado por el establecimiento de la asamblea en la tierra
         Él dio a conocer a los Gentiles las inescrutables riquezas de Cristo, que les dieron una porción en los consejos de Dios en la gracia. Él aclaró a todos, no precisamente con respecto al misterio, sino con respecto a la administración[1] del misterio; es decir, no solamente el consejo de Dios, sino el cumplimiento en el tiempo de ese consejo al traer a la asamblea unida bajo Cristo, su cabeza. Él, quién había creado todas las cosas, como la esfera del desarrollo de Su gloria, había guardado este secreto en Su propia posesión, para que la administración del misterio, ahora dado a conocer por el establecimiento de la asamblea en la tierra, debiera ser en su tiempo el medio de dar a conocer a los más enaltecidos de los seres creados, la múltiple y multiforme sabiduría de Dios. Estos principados y potestades en los lugares celestiales habían visto a la creación surgir y expandirse delante de sus ojos; habían visto el gobierno de Dios, Su providencia, Su juicio; Su tierna intervención en la tierra en Cristo. Había aquí un tipo de sabiduría enteramente nueva; una cosa fuera del mundo, hasta ahora encerrada en los pensamientos de Dios, escondida en Él mismo de tal modo que no hubo ninguna promesa o profecía de ella, pero que era el objeto especial de Su eterno propósito; relacionado en una manera peculiar con Aquel que es el centro y la plenitud del misterio de la piedad; que tuvo su lugar propio en la unión con Él; la cual, aunque fue manifestada en la tierra y establecida con Cristo a la cabeza de la creación, no formó parte de ella. Era una nueva parte de ella. Era una nueva creación, una manifestación distinta de la sabiduría de Dios; una parte de Sus pensamientos que hasta entonces había estado reservada en el secreto de Sus consejos; la administración real de la cual, en la tierra y en su tiempo por medio de la obra del apóstol, dio a conocer la sabiduría de Dios según Su claro propósito, según Su propósito eterno en Cristo Jesús. "En quien," agrega el apóstol, "tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él": y es de acuerdo con esta relación que nosotros lo hacemos.

Los creyentes Gentiles son alentados
          Por tanto, estos creyentes Gentiles no debían estar desanimados en cuanto al encarcelamiento de aquel que les había proclamado este misterio; porque esto era la prueba y el fruto de la posición gloriosa que Dios les había otorgado, y de la cual los Judíos estaban celosos (Efesios 3:13).

Cristo como el centro de todos los modos de obrar de Dios; toda familia tomando su nombre del "Padre de nuestro Señor Jesucristo"
         Esta revelación de los modos de obrar de Dios no nos presenta a Cristo, como lo hizo el primer capítulo, como hombre resucitado por Dios de la muerte, para que nosotros también podamos ser resucitados para tener parte con Él, y que la administración de los consejos de Dios deban realizarse así. Lo presenta como el centro de todos los modos de obrar de Dios, el Hijo del Padre, el Heredero de todas las cosas como el Hijo Creador, y el centro de los consejos de Dios. Es al Padre de nuestro Señor Jesucristo a quien el propio apóstol se dirige ahora; así como en el capítulo 1 era al Dios de nuestro Señor Jesucristo. Toda familia (no "toda la familia") toma su nombre de este nombre de "Padre de nuestro Señor Jesucristo". Bajo el nombre de Jehová únicamente estaban los Judíos. "A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra," había dicho Jehová a los Judíos en Amos, "por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades" (Amos 3:2); pero bajo el nombre del Padre de Jesucristo todas las familias - la asamblea, los ángeles, los Judíos, los Gentiles, todas - toman su nombre. Todos los modos de obrar de Dios en lo que Él había arreglado para Su gloria estaban dispuestos en forma conjunta bajo este nombre, y estaban en relación con ello; y lo que el apóstol pidió para los santos a quienes él se dirigió fue, que ellos pudieran ser capaces de comprender el significado completo de estos consejos, y el amor de Cristo que formaba el centro asegurado para sus corazones (Efesios 3: 14-21).

Fortalecidos por el Espíritu; Cristo morando en el corazón y llenándolo
         Para este propósito él desea que ellos sean fortalecidos con poder en el hombre interior por el Espíritu del Padre de nuestro Señor Jesucristo, y que el Cristo, quien es el centro de todas estas cosas en los consejos de Dios el Padre, habite en sus corazones, y que sea así el centro inteligente de afecto para todo su conocimiento - un centro que no encontró ningún circulo que limitara la vista que se perdía a sí misma en la infinitud que sólo Dios llenó - longitud, anchura, altura, profundidad[2]. Pero este centro les dio, al mismo tiempo, un lugar seguro, un apoyo inamovible y bien conocido, en un amor que era tan infinito como la extensión desconocida de la gloria de Dios en su exhibición alrededor de Sí mismo. "Para que habite Cristo," dice el apóstol, "por la fe en vuestros corazones." De este modo Él, quien llena todas las cosas con Su gloria, llena el corazón Él mismo, con un amor más poderoso que toda la gloria de la cual Él es el centro. Él es para nosotros la fortaleza que nos permite contemplar en paz y amor, todo lo que Él ha hecho, la sabiduría de Sus caminos, y la gloria universal de la cual Él es el centro.

Cristo llenando nuestros corazones; nosotros como centro de Sus afectos; la plenitud de Dios
         Lo repito - Él, quien llena todas las cosas, llena sobre todo nuestros corazones. Dios nos fortalece según las riquezas de esa gloria que Él exhibe ante nuestros ojos asombrados, esa gloria que pertenece adecuadamente a Cristo. Él lo hace, en que Cristo mora en nosotros, con el afecto más tierno, y Él es la fortaleza de nuestro corazón. Es como estar arraigados y cimentados en amor; y abrazando así como el primer círculo de nuestros afectos y pensamientos, a aquellos que son así para Cristo - a todos los santos, los objetos de Su amor: es como estar llenos de Él, y nosotros mismos como centro de todos Sus afectos, y pensando Sus pensamientos, para que nos lancemos en la plena extensión de la gloria de Dios; porque es la gloria de Él, a quien amamos. ¿Y cuál es su límite? No tiene ninguno; es la plenitud de Dios. La encontramos en esta revelación de Sí mismo. Él se da a conocer  a Sí mismo en Cristo en toda Su gloria. Él es Dios sobre todas las cosas, bendito para siempre.

La realización del deseo de Pablo para nosotros
         Pero, viviendo en amor vivimos en Dios y Dios en nosotros: y esto en relación con la exhibición de Su gloria, tal como Él la desarrolla en todo lo que ha formado alrededor de Sí mismo, para manifestarse a Sí mismo en ella, para que Cristo, y Cristo en la asamblea, Su cuerpo, sea el centro de ella, y la totalidad fuese la manifestación de Sí mismo en toda Su gloria. Nosotros somos llenos de toda la plenitud de Dios; y es en la asamblea donde Él habita para este propósito. Él obra en nosotros por Su Espíritu con este objetivo. Por tanto, el deseo y oración de Pablo es que a Dios sea la gloria en la iglesia en Cristo Jesús por los siglos de los siglos: Amén. (Efesios 3:21). Y observen que de lo que se habla aquí es de la realización de lo que se desea. No es, como en el capítulo 1, el objetivo, para que ellos puedan saber lo que es ciertamente verdadero, sino para que pueda ser verdadero para ellos, siendo fortalecidos con poder por Su Espíritu. Es muy hermoso ver cómo, después de lanzarnos en la infinitud de la gloria de Dios, él nos trae de nuevo al conocido centro en Cristo - a conocer el amor de Cristo, pero no para limitarnos. Es más correctamente divino que la gloria, aunque familiar para nosotros. Excede a todo conocimiento.

El amor divino obrando en nosotros
         Observen aquí, también, que el apóstol no pide ahora que Dios actúe mediante un poder que obre para nosotros, como se expresa frecuentemente, sino mediante un poder que obre en nosotros[3]. Él es poderoso para hacer todas las cosas mucho más de lo que pedimos o entendemos según Su poder que obra en nosotros. ¡Qué porción para nosotros! ¡Qué lugar es éste que nos es dado en Cristo! Pero él regresa así a la tesis propuesta al final del capítulo 2, Dios morando en la asamblea por el Espíritu, y los Cristianos, ya sean Judíos o Gentiles, unidos en uno. Él desea que los Cristianos Efesios (y todos nosotros) anden como es digno de esta vocación. Su vocación había de ser una, el cuerpo de Cristo; pero este cuerpo, de hecho, manifestado en la tierra en su unidad verdadera por la presencia del Espíritu Santo. Hemos visto (cap.1) al Cristiano traído a la presencia de Dios mismo; pero el hecho de que estos Cristianos formaban el cuerpo de Cristo, y que ellos eran la morada de Dios aquí abajo, la casa de Dios en la tierra - en una palabra, su completa posición - está comprendido en la expresión, "vuestra vocación." La oración del capítulo 1, observen, presenta a los santos ante Dios; la del capítulo 3, a Cristo en ellos.


[1] Me parece que esta es la palabra correcta, y no "la dispensación." ("Y para aclarar a todos cuál es la administración del misterio que desde la eternidad había estado escondido en Dios, quien creó todas las cosas." Efesios 3:9 - RVA)
[2] Cristo es el centro de toda la exhibición de la gloria divina, pero Él mora así en nuestros corazones para colocarlos, por decirlo así, en este centro, y, por lo tanto, hacer que nuestros corazones miren fuera de allí a toda la gloria exhibida. Aquí podríamos perdernos; pero él trae nuestros corazones de vuelta al bien conocido amor de Cristo, pero no como a algo más estrecho, porque Él es Dios, y excede todo conocimiento, así que somos llenos de toda la plenitud de Dios.

[3] Esto diferencia claramente la oración del capítulo 1 y ésta. Allí el llamamiento y la herencia eran en el firme propósito de Dios, y su oración es que ellos los puedan conocer, y el poder que los trajo allí. Aquí se trata de lo que está en nosotros, y él ora para que esto pueda existir, y eso, como poder actual en la iglesia.

A cada uno su obra


Leer  Marcos 13:34 y también Lucas 12:42-44; Mateo 24:45-47
            Reunamos estos versículos, pues se complementan unos a otros. El Señor compuso un cuadro breve, pero rico en instrucción. El fondo de la escena es una casa. Los personajes son: un maestro ausente, un mayordomo, un portero y esclavos anónimos ocupados en diversas actividades.
         El maestro está ausente. Pero antes de su partida dejó su casa en perfecto orden. No salió de prisa, al contrario, se tomó el tiempo suficiente para confiar un trabajo específico a cada uno de sus servidores.
         El mayordomo debía velar por el sustento de cada uno de los demás siervos. Su tarea consistía en darles buen alimento, y en el momento preciso. Obviamente debía ser fiel para conservar las provisiones, sin que se alteraran; además tenía que ser sabio para distribuirlas adecuadamente, discerniendo el tiempo oportuno.
            Las instrucciones dadas al portero se resumen en una palabra: velar. Debía velar para que el ladrón no entrara y para abrir al maestro en cualquier momento que regresara. Éste era un puesto de confianza y honor.
         Los otros siervos recibieron cada uno su tarea. A cada uno le fue precisada su obra, y no a través de un intermediario, sino por el maestro mismo. Fue él quien preparó los medios necesarios teniendo en cuenta la capacidad de cada siervo. Además, les confirió una autoridad que era una fracción de la suya. Dicho de otra forma, estos siervos gozaban de la confianza de su señor; se les dio, en el dominio de su actividad respectiva, una entera libertad de acción, porque el maestro esperaba de ellos que velaran por Sus intereses como si fueran los suyos propios.
            Aprehendamos la enseñanza espiritual de este cuadro. Cristo ausente encargó diversas funciones a sus mayordomos, porteros y siervos. En las epístolas encontramos dos formas principales de ministerios y cargos. Los mayordomos nos recuerdan a los siervos calificados por el Señor para administrar el alimento espiritual a los creyentes. Son especialmente los maestros (Efesios 4:11), quienes disciernen las necesidades del momento y presentan los recursos de la Palabra que son apropiados. La porción de trigo nos habla de Cristo, alimento del alma. Sus servidores deben conservar la doctrina intacta, exponer fielmente la verdad, “manejando acertadamente la palabra de la verdad” (2 Timoteo 2:15 V.M.) Deben ser prudentes, haciendo corresponder los recursos de la Palabra a las necesidades de aquellos a quienes se dirigen, en el tiempo conveniente. Jóvenes hermanos, busquemos ese precioso servicio que al final lleva una bendición muy especial para aquellos que sean hallados “haciendo así” (Lucas 12:43).
            Los porteros, por su parte, nos hacen pensar en los vigilantes (u obispos, RVR 1960, 1 Timoteo 3:2), ancianos o pastores que velan, no sobre la Palabra y la enseñanza, sino sobre la grey. Su tarea parece pasiva, y a veces negativa. Velar a las puertas es estar atentos a las admisiones a la participación en la cena del Señor; algunas veces, significa hacer esperar a uno hasta que su deseo de seguir fielmente al Señor sea notorio para todos. Ayudemos a estos hermanos, apreciemos su vigilancia en vista del bien de la asamblea. Esto corresponde a la orden que ellos han recibido personalmente del Señor: “¡Velad!”
            Sin embargo, la mayoría de los creyentes no han sido llamados a un ministerio particular. Entonces, ¿no tienen ellos un servicio en la casa de Dios? El versículo 34 de Marcos 13 responde: “A cada uno su obra…” Cada uno. Ninguno es dejado en la inactividad. Tampoco hay límite en cuanto a la clase de obra. Abarcan una infinidad de tareas, incluso las más humildes, las cuales el Señor pondrá en evidencia y recompensará en su día.
            Cada uno ha recibido un servicio y la autoridad para realizarlo. Obra por cuenta del mismo Señor, lo cual acentúa la importancia de su mandato. Él no se preocupa por las opiniones de los hombres, porque es a Cristo a quien debe dar cuentas. No busca nada más que Su aprobación.
            Pero, ¿qué sucedió en la “casa grande” de la profesión cristiana? (2 Timoteo 2:20) Los mayordomos se engordaron, se embriagaron y golpearon a sus servidores. Los porteros no vigilaron y los ladrones entraron “para hurtar y matar y destruir” (Juan 10:10). La alianza con el mundo, el dominio sobre las almas, el sueño y la infiltración de individuos que no tienen la vida o aportan doctrinas extrañas explican el estado tan humillante de la cristiandad actual. El retorno del Maestro ha sido perdido de vista.
            Sin embargo, Él viene en el día que el siervo malo no espera, a la hora que éste no sabe. ¿Se puede decir, entonces, que el siervo fiel conoce el día y la hora? No. Pero cada día es un día que él “espera”, un día que puede ser aquel tan anhelado. Empleando una expresión militar, tenemos nuestro día D, nuestra hora H. Nada como esta espera del corazón es propia para estimular nuestra actividad, para ayudarnos a cumplir la obra que nos ha sido confiada.
            El Señor viene pronto. Pensemos en ese día con alegría, pero también con reverencia y temor. ¿Qué tendremos en nuestras manos? ¿Qué le mostraremos? El Señor, nuestro ejemplo, pudo decir al dar cuentas a su Padre: “He acabado la obra que me diste que hiciese” (Juan 17:4). Y su Padre, perfectamente glorificado, lo hizo sentarse a su diestra, coronado de gloria y honor. En lo que nos concierne, ¿también tendrá el gozo de hacernos sentar con él y decirnos: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor”? Feliz el siervo, y feliz también el Maestro, porque ahí está el fruto del trabajo de su alma, y nada más podrá satisfacer su perfecto y maravilloso amor. (Véase Isaías 53:11).

Andar por la Fe (Hebreos 11)


"Por fe cayeron los muros de Jericó, después que se hubo dado vuelta alrededor de ellos siete días" (v. 30).
Al sonido de los cuernos de carnero, después de que el pueblo ha dado siete veces la vuelta a la ciudad, se des­ploman los muros de Jericó. Las mismas cosas que pare­cen viles y despreciables, no lo son cuando están hechas ante el Señor (véase 2 Samuel 6:20-23). Para la fe, las murallas no son nada; no constituyen mayor obstáculo que lo fueron el Mar Rojo o el Jordán.
"Por fe Rahab, la ramera, no pereció con los que rehusaron creer, pues ella acogió a los espías en paz" (v. 31).

¿Quién hubiera pensado ver a Rahab encuadrada en esta nube de testigos? Sin embargo, por la fe, ella reco­noce a Dios. Su fe se parece a la de Moisés; Rahab se identifica con ese pueblo al que reconoce como "el pue­blo de Dios" al oír las maravillas obradas por el Señor a favor de ellos: "Yo sé que Jehová os ha dado esta tierra... porque hemos oído decir cómo Jehová secó las aguas del Mar Rojo delante de vosotros, cuando salisteis de Egip­to..." (Véase Josué 2:8-12). La fe hace caso omiso de las distinciones sociales y no reconoce las diferencias esta­blecidas por los hombres. La fe dice que Dios es rico en misericordia para con todos los que le invocan; no hay, pues, diferencia, porque todos han pecado. En medio de la dificultades, Rahab ocupa también su sitio entre el pueblo de Dios.
"¿Y qué más diré? porque me faltará el tiempo para hablar de Gedeón, de Barac, de Sansón, y de Jefté, de David también, y de Samuel, y de los profetas; los cuales por fe sojuzgaron reinos, obraron justicia, obtuvieron promesas, cerraron las bocas de leones, apagaron la violencia del fuego, escaparon del filo de la espada, sacaron fuerzas de flaqueza, se hicieron poderosos en guerra y pusieron en fuga a ejércitos de gente extranjera" (v. 32-34).
La confianza de la fe se manifiesta en el conjunto de la vida cristiana. A menudo, los cristianos se meten en apu­ros porque miden sus propias fuerzas con la tentación en vez de atenerse exclusivamente a Dios; y los que tal hacen, sólo pueden llegar hasta cierto punto. Uno invo­cará a su familia; otro se preocupará de su porvenir, etc. (Si alguno no tiene fe, lo único que podemos hacer es orar por él.) En los diversos intereses de la vida material, nuestros razonamientos para justificarnos equivalen a decir: «No tengo la fe que se apoya enteramente sobre Dios». Esta mira absoluta y exclusivamente al Señor. El cumplimiento del deber acarrea siempre dificultades, pero entonces tenemos el consuelo de poder decir: «Dios está ahí y, por lo tanto, la victoria es cierta»; de otro modo, siempre habrá en nuestra mente algo más fuerte que Dios. Ello exige, pues, una sumisión perfecta y práctica de la voluntad.
Si, como hijos de Dios, somos fieles, cabe que él nos deje en la dificultad y en la prueba para hacer resaltar aquello que en nosotros no proceda del Espíritu. El Señor puede también permitir que el mal siga su curso y nos someta a prueba, a fin de que comprendamos que el objeto de la fe no se halla en este mundo, y para que veamos que —incluso en las circunstancias más difíci­les— Dios puede intervenir, como lo hizo con Abraham en el sacrificio de Isaac y, asimismo, en la resurrección de Lázaro.
El hombre no ve más allá de las circunstancias que le rodean. Detenerse en estas circunstancias equivale a la incredulidad: "porque no sale del polvo la aflicción" (Job 5:6). Satanás está detrás de las circunstancias para atraer sobre éstas nuestras miradas; pero, en último plano, Dios está presente para quebrantar nuestra voluntad.
"Por lo cual nosotros también, teniendo en derredor nuestro una tan grande nube de testigos, descargándonos de todo peso, y del pecado que estrechamente nos cerca, corramos con paciencia la carrera que ha sido puesta delante de nosotros; MIRANDO A JE­SUS..." (Hebreos 12:1-2).

domingo, 3 de marzo de 2013

VOSOTROS SOIS


·         "Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios" (Efesios 2: 8).
·         "Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado" (Juan 15:3; 13:10).
·         "Porque habéis muerto, y vuestra vida está escon­dida con Cristo en Dios" (Colosenses 3: 3).
·         "Mas por Él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención" (1 Corintios 1: 30).
·         "Todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa" (Gálatas 3: 28-29).
·         "Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miem­bros cada uno en particular" (1 Corintios 12: 27).
·         "¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?... El templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es" (1 Corintios 3: 16-17).
·         "Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios" (Efesios 2: 19).
·         "En quien vosotros también sois juntamente edifi­cados para morada de Dios en el Espíritu" (Efesios 2: 22).
·         "Vosotros también, como piedras vivas, sed edifi­cados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo" (1 Pedro 2: 5).
"Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinie­blas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios" (1 Pedro 2: 9-10).

SALVOS POR GRACIA, POR MEDIO DE LA FE


Puede que algunos lectores de estas líneas no sepan si son verdaderamente salvos. Un día son felices, creen que poseen por fin el gozo de la salvación, y otro día, sin ninguna razón evidente, todo cambia, están tristes y dudan. Otros están preocupados por su conducta; les parece que son hijos de Dios, pero cometen una falta, tienen un momento de malhumor, mienten, y la realidad de su conversión les resulta problemática.
            ¿Qué nos dice la Palabra de Dios? ¿Somos salvos cuando gozamos del Señor? ¿O acaso somos hijos de Dios cuando nuestra vida es santa? ¡No! Creyendo en Jesús, Dios nos "dio potestad de ser hechos hijos de Dios" (Juan 1:12) ¿En qué condiciones? —por gracia, por medio de la fe.
            El Señor Jesús se ofreció en sacrificio en la cruz, "el justo por los injustos, para llevarnos a Dios" (1 Pedro 3:18). He aquí la gracia; he aquí la fe: Cristo atestiguó "que Dios es veraz" (Juan 3:33). Se debe creer lo que Dios dice: "Cristo... murió por los impíos" (Romanos 5:6). ¿Soy yo un impío? Si no pienso que sea tal cosa, entonces Cristo no murió por mí; pero si reconozco mi verdadero estado en la presencia de Dios, basándome en su Palabra, sé que Jesús murió por mí. Eso da la paz: la fe en una obra cumplida por otro, una sola vez (Hebreos 10:10-14).
            Cuando asalta la duda, Satanás trata siempre de sembrarla en el corazón de los creyentes. Nos conviene recordar esto: La obra de Dios es una obra perfecta (Deuteronomio 32:4). "Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios" (Efesios 2:8).
            La obra de la salvación no depende de nuestro andar; ya está hecha. Si la tenemos como don de Dios, la poseemos. ¿La podemos perder? Satanás no puede arrebatarnos de las manos del Padre (Juan 10:28- 29). Sin embargo, no olvidemos una cosa: Pedro —y otros también— escribió a propósito de personas que se apartaron de las contaminaciones del mundo, mediante el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, y que otra vez se enredaron en ellas: "Vuelve... la puerca lavada a revolcarse en el cieno" (2 Pedro 2:20-22). Precisamente, la puerca nunca se transformó en oveja; sólo se lavó, exteriormente. Las personas descritas en esos versículos no experimentaron el nuevo nacimiento, ni fe en Su nombre, lo cual otorga la potestad de ser hechos hijos de Dios.
            Una influencia cristiana, un hogar creyente o un conocimiento intelectual de la Biblia no dan la salvación. Sólo la fe, la fe de corazón (Romanos 10:10) en la obra perfecta cumplida en la cruz, nos lleva a Dios, nos da la certeza de una salvación perfecta. Nada tenemos que hacer sino adorar y mostrar nuestra gratitud mediante una vida consagrada al Señor.       
                                        
Creced 2005 - N° 3

Los ángeles: El Ángel de Jehová


4. Los Ángeles.


El ángel de Jehová


Características del Ángel de Jehová.
            Después de haber revisado los pasajes que nos hablan del Ángel de Jehová, y haber analizado algunos pasajes relevante, ya podemos definir cual es su ministerio. Podemos identificar dos características principales en este Ángel de Jehová.

1.  En Ángel de Jehová es  Jehová
a.                  En Éxodo 3. Allí, el Ángel de Jehová se aparece a Moisés desde la llama de fuego en una zarza. El Ángel le da a Moisés la misión de liderar y sacar al pueblo de Israel fuera de Egipto. Cuando Moisés le pregunta por su nombre, el Ángel de Jehová se identificó con el nombre de “Yo soy el que soy” (Éxodo 3:14). Todos sabemos que éste es el nombre con que los judíos, más adelante, reconocían a Dios. Resumiendo: el Ángel de Jehová es Jehová.
b.                  Génesis 22: Aquí Dios habla con Abraham y le ordena tomar a su hijo Isaac para ofrecerlo en sacrificio (Gn. 22:1). Cuando Abraham está a punto de hacerlo, el Ángel de Jehová lo detiene y le ordena no hacerlo, y entre sus palabras encontramos,  “Porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo” (Gn. 22:12a). Concluimos: Ofrecer a Isaac, lo estaba haciendo al Ángel de Jehová.
c.                   Jehová se le apareció en sueños a Jacob en Bet-el, en Génesis 28. En el extremo superior de la escalera hay alguien que le dice a Jacob: “Yo soy Jehová, el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac… (Gn. 28:13b). Ahora, en Génesis 31:11-13, encontramos que el Ángel de Jehová le dice a Jacob: “Yo soy el Dios de Bet-el…”. Una vez más, vemos que Ángel de Jehová es Jehová.

2.  El  Ángel de Jehová  es otra persona, que se llama Jehová.
            En Zacarías. 1: 12-13 encontramos al Ángel de Jehová intercediendo por Judá frente a Jehová. Se puede notar en los versículos la presencia de dos personajes perfectamente definidos, Jehová y el  Ángel de Jehová.  Y en Zacarías. 3: 1-3  encontramos la presencia del Ángel de Jehová y de otra persona llamada Jehová, en donde ambos se intercambian y se confunden a tal grado  que los dos se identifican de la misma manera.
            El punto es que el Ángel de Jehová es una persona diferente a otra, llamada Jehová.

Sus Ministerios.
     Después de haber revisado los principales versículos en donde encontramos como persona relevante al Ángel de Jehová, podemos revisar los ministerios que ha desempeñado.
1.   Revelación. Entre los ministerios del ángel destaca el de reve­lar el nombre de Dios, Jehová (Éx. 3:2, 4, 6, 14). A él, por encima de todos los ángeles, se le concedió este privilegio único. Jesucristo es la revelación permanente de Dios en forma humana (Jn. 1:14,18; Col. 2:9), y también reveló el nombre de Dios (Jn. 17:6) en su per­sona y en sus palabras.
2.   Mandamientos. En una misma ocasión, el ángel de Jehová mandó a Moisés que rescatase al pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto y que les condujese a la Tierra Prometida (Éx. 3:7, 8). Lla­mó y encargó a Gedeón que se enfrentase, con la fuerza de Dios, a los madianitas (Jue. 6:11-23). También llamó y ordenó a Sansón a través de sus padres (Jue. 13:1-21). Jesucristo llamó y encargó a sus discípulos y a nosotros que rescatemos, mediante el evangelio, a los hombres del pecado (Mt. 28:19, 20; Jn. 20, 21).
3.   Liberación. El ángel de Jehová era también el ángel de la libe­ración, ya que en cada uno de los casos mencionados actuó para liberar al pueblo de Dios de la servidumbre a los enemigos. Jesu­cristo, a su vez, libera del temor, de la muerte y de la culpa por el pecado a aquellos que confían en Él (Ef. 1:7; He. 2:14. 15) y a Israel (Ro. 11:25,26).
4.   Protección. Su ministerio de protección era muy conocido en los días de David. Salmo 34:7 declara que «el ángel de Jehová acam­pa alrededor de los que le temen, y los defiende». Ezequías fue tes­tigo de una espectacular liberación frente al ejército asirio (2 R. 19:35). Hoy en día, Jesucristo es nuestro protector. No debemos tener temor de los hombres, «porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré» (He. 13:5).
5.   Intercesión. El ángel de Jehová intercedió por el pueblo de Israel cuando los enemigos lo oprimían. Le rogó a Dios que actuase en su favor y lo liberase (Zac. 1:12, 13). Nuestro sumo sacerdote vive siempre para interceder por nosotros (He. 7:25).
6.   Defensa. Zacarías presenta al ángel de Jehová como el aboga­do de los creyentes imperfectos de Dios, a los que defiende de las acusaciones de Satanás (Zac. 3:1-7). Jesucristo el justo es nuestro abogado, el defensor de nuestra posición, adquirida por Él median­te la muerte en el Calvario, muerte que pagó con creces para Dios el precio de nuestros pecados (1 Jn. 2:1, 2).
7.   Reafirmación del pacto. El ángel de Jehová reafirmó el pacto con Abraham (Gn. 22:11-18). Dios había prometido a Abraham con anterioridad grandes bendiciones personales, nacionales y univer­sales (Gn. 12:1-3). Abraham había creído a Dios (15:5, 6), y Dios «hizo un pacto» incondicional con él (15:8-21). Tan grande era su le que hubiese sacrificado a Isaac, su único hijo; pero el ángel de Jehová le detuvo y le confirmó las promesas de Dios (22:15-18). Es por esto que se identifica al ángel con Jehová como el que hizo un pacto inquebrantable con Israel (Jue. 2:1). Cristo fue enviado para reafirmar las promesas de la liberación a Israel y el perdón de peca­dos para todos (Mt. 26:28; Ro. 15:8, 9; He. 9:15).
8.   Consuelo. El ángel de Jehová encontró y consoló a Agar, la esclava expulsada, y prometió darle seguridad y una gran descen­dencia (Gn. 16:7-13). Cristo vino para consolar y para bendecir (Le. 4:16-19) y sirvió a los expulsados (Jn. 9:35-38; 16:1-4).
     9.    Juicio. En ciertas ocasiones, el ángel de Jehová vino a juzgar. Cuando Satanás incitó a David para que censara a Israel y se sintie­se orgulloso de su poderío militar, Dios se disgustó y envió al ángel de Jehová para que destruyese Jerusalén parcialmente (1 Cr. 21:1, 14, 15). Cuando David le vio con la espada desenvainada y el brazo extendido, cayó sobre su rostro arrepentido y en intercesión por el pueblo (vv. 16, 17). Tras esto, el ángel le encomendó la construc­ción de un altar, el cual se convirtió posteriormente en el emplaza­miento del templo de Salomón (21:18; 24-29; 22:1, 6). Durante la gran tribulación, el Señor Jesús juzgará a su pueblo de Israel junto con los habitantes de la tierra que no sean creyentes (Mt. 24:44-51; 25:32-42; 2 Ts. 1:5-10; Ap. 5:5; 6:1-17). Una vez se haya hecho la tría, se reconstruirá el templo para la adoración (Ez. 20:37-42; 43:2- 5, 12).

Otros Posibles ministerios
Otros pasajes parecen referirse al ángel de Jehová a pesar de que su nombre no sea explícitamente mencionado. De ser así, podría­mos atribuirle otros posibles ministerios. Algunos de los ministe­rios siguientes se solapan, debido a que buscamos, más que nada, el énfasis de cada referencia.
1.   Hacer una llamada a la fe y al compromiso. Abraham interce­dió ante el ángel de Jehová (Gn. 18:22-33). El ángel también llamó a Jacob para que tuviese fe en Jehová (Gn. 31:11 -13). Más tarde some­tió a Jacob, le concedió un nombre nuevo y le puso en un camino nuevo (Gn. 32:24-32). Estas acciones prefiguran al Señor Jesús.
2.   Proveer y custodiar. Al bendecir a los hijos de José, Jacob habló de «el Dios que me mantiene desde que yo soy hasta este día, el Ángel que me liberta de todo mal» (Gn. 48:15, 16). Es posible que, teniendo en cuenta el paralelismo hebraico que se establece, se esté equiparando a Dios con el ángel, a quien se atribuye protección y provisión.
3.   Perdonar y guiar. En Éxodo 3:20, 21 Dios prometió enviar un ángel a Moisés e Israel para que les cuidase en el viaje y les llevase a la Tierra Prometida. Debían obedecerle y no enojarle. El ángel podía perdonar pecados, lo cual sólo Dios puede hacer, porque el nombre de Dios (que indicaba su carácter y autoridad) estaba en él. Nos encontramos ante otra aparición previa del Señor Jesucristo, quien nos cuidará en el transcurso de nuestra vida y nos llevará a nuestro destino, perdonándonos, en la autoridad de Dios, los peca­dos diarios.
4.   Representar la presencia de Dios. En el viaje a través del de­sierto, Moisés intercedió por el pueblo de Israel tras su primer in­cumplimiento de la ley. Dios respondió y prometió: «He aquí mi ángel irá delante de ti»; e, inmediatamente después, dijo otra vez: «Pero yo no subiré en medio de ti». Moisés volvió a rogarle y Dios le respondió: «Mi presencia irá contigo, y te daré descanso» (Éx. 32:34; 33:3, 14, 15). Esto nos muestra la distinción entre un ángel ordinario y el ángel del que se dice que llevaba en sí mismo la pre­sencia de Dios (Éx. 23:20, 21). El ángel de Jehová parece ser «el ángel de su presencia» (Is. 63:9, Biblia de las Américas).
5.   Conducir a través de la nube de gloria. Se relaciona la nube de fuego en forma de columna que guió a Israel en el viaje a través del desierto con el ángel de Dios (Éx. 13:21,22; 14-19). Él ángel de Jehová, en caso de que se trate de él, fue quien condujo y protegió al pueblo de Jehová en el transcurso de su peregrinaje (véase Nm. 9:15-23).
6.     Liderar las huestes celestiales. Si quien se apareció a Josué justo antes de que Israel iniciase el camino para conquistar Jerusalén fue el ángel de Jehová, entonces sabemos que se le llamó «Prín­cipe del ejército de Jehová» (Jos. 5:13-15). Conduce al pueblo de Dios a la victoria sobre sus enemigos (ver Ef. 6:10-18).

Paz Con Dios


CAPÍTULO 3
Un marinero asistió a una reunión en donde se predicaba el Evangelio. Lo que escuchó le interesó vivamente y cuando la reunión terminó se fue a hablar al predicador. Pero cada vez que se le presentaba el evangelio de una manera sencilla, siempre respondía con estas palabras "No me doy por satisfecho". Pero el predicador le contestó: —Mi querido amigo, poco importa que usted no esté satisfecho; la gran cuestión es ésta: ¿Está Dios satisfecho?
Vamos a suponer que yo fuera un deudor obligado por la justicia a pagar cierta cantidad de dinero. Poco importaría que estuviese yo satisfecho o no; lo importante sería que la persona a quien le debo el dinero quedara satisfecha con el pago... la gran cuestión es ésta: ¿Está Dios satisfecho? El tiene cuentas con nosotros, pero Jesús murió para pagarlas. ¿Está Dios satisfecho? Sí, mi estimado amigo; Dios está eternamente satisfecho y lo probó resucitando de los muertos a Jesús, nuestro Señor, y coronándole de gloria y honra.
Permíteme insistir sobre este punto; y para aclararlo un poco más, usaré una comparación. Supongamos que estoy a punto de ir a la cárcel por una deuda que no puedo pagar. Un amigo mío, sabiendo que tengo muchas obligaciones con mi familia se presenta y me dice generosamente: "Me ofrezco a ir a la cárcel en lugar tuyo". Yo acepto con gratitud su generosa oferta y guardo constante recuerdo de mi buen amigo.
Después de un tiempo me lo encuentro en la calle, y exclamo sorprendido: " ¡La deuda ya está completamente pagada!”¿Que cómo lo sé? "Ah, pues porque viste a tu amigo en la calle", me dirás tú, y agregas aún más: "Bien sabes que las leyes de la nación no le hubieran permitido la libertad si no hubiera dado completa satisfacción o no hubiera liquidado la deuda". Tienes razón, amigo lector. ¡Has hecho una muy buena observación! Sé, pues, que la deuda ha sido pagada, porque he visto a mi amigo fuera de la cárcel, en completa libertad.
Aplicando esta comparación a la realidad, diré que yo, lo mismo que cada una de las personas que lean este folleto... y, tú, amigo lector, habíamos contraído una gran deuda con Dios; pero el Señor Jesús dijo: "Seré yo el Sustituto, moriré en la cruz, sufriré de las manos de un Dios justo y santo toda la sentencia que a ustedes iba a ser aplicada", y El caminó hasta la cruz. Muriendo exclamó: "Consumado es", y su cuerpo fue puesto en el sepulcro. Al sepulcro corresponde la figura de la cárcel; pero la piedra que lo cubría fue removida y quitada de su lugar, no para que el Salvador pudiera salir, sino para que pudiésemos mirar al interior del sepulcro, y ver que ¡el Salvador ha resucitado!

La tumba abierta: Una puerta a la felicidad eterna
El Señor pudo salir del sepulcro a pesar del sello que había puesto el gobernador romano. La piedra fue quitada para que pudiésemos mirar, y mirando, se desvanecieran nuestras dudas y recelos y pudiéramos exclamar triunfantes: " ¡El Señor ha resucitado verdaderamente!"
El resucitó por la potencia de Dios y por su propio poder. ¿Qué conclusión, pues, sacamos de la resurrección del Señor Jesús? Lo vemos en libertad y decimos que la deuda está pagada. La justicia está satisfecha, puesto que Jesús ha resucitado; éste es el punto central del cristianismo. Cristo Jesús no sólo murió por nuestros pecados, sino que "resucitó al tercer día, conforme a las escrituras (I Corintios 15:4) y de su muerte y resurrección depende nuestra salvación.
Llevemos nuestra comparación un poco más allá: Al dirigirme a mi amigo, para decirle lo contento que estoy de verle de nuevo, me doy cuenta de que mi antiguo acreedor, es decir, la persona a quien debía yo el dinero, también le sale al encuentro. El corazón me da un salto y comienzo a preguntarme si efectivamente todo está cancelado y terminado. Pero luego me doy cuenta de que se saludan y empiezan una amigable conversación. Desde aquel instante, quedo convencido, adquiero la certeza de que mi deuda está totalmente cancelada, completamente pagada, no sólo porque mi amigo está en libertad, sino porque mi acreedor habla con él como si fueran amigos desde hace mucho tiempo.
De igual modo me hallo doblemente convencido de estar redimido de mis pecados. Primeramente, porque Cristo salió triunfante del sepulcro, y en segundo lugar, porque Le veo, por fe, sentado a la diestra de Dios. El y el gran acreedor que es Dios, son amigos. Dios está satisfecho, y esto es lo que da paz a mi alma. ¿Esta maravillosa certeza también da paz a tu alma? ¿Dudas todavía ante las patentes y seguras pruebas que Dios te da para estar satisfecho de la obra de Cristo?
¿Qué puede hacer Dios ahora sobre la base de la obra consumada de la muerte y la resurrección de nuestro Señor Jesucristo? Dios puede, querido amigo mío, justificar al pecador que cree, "Justificados pues por la fe, tenemos paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo".
Hay personas que dicen: ¡Ah, si yo pudiera sentirlo! La Biblia no dice: "Justificados pues por los sentidos…"; ni tampoco: "Justificados pues por las obras"; lo que dice es: "Justificados pues por la fe".
¿Qué hace Dios con los que creen en Aquel que resucitó de los muertos, a saber, en Jesús Señor nuestro? Ponga mucha atención, amigo; mire aquí la respuesta: ¡Les atribuye justicia divina! Sí, son justificados ante los ojos de Dios. Son, lo repetimos, justificados por la fe; la justicia les es contada por creer en Dios, El que resucitó a Jesús Señor nuestro, como está escrito: "Justificados pues por la fe, tenemos paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo".
Voy a poner dos ejemplos de paz. Miremos un caso bíblico: el de David y Goliat (véase I Samuel 17). Forma un cuadro en tu imaginación. Saúl, cuya cabeza y hombros sobresalían entre los demás, por su estatura, está entre sus guerreros, que forman el ejército de Israel. Sin embargo, todos tiemblan. ¿Por qué?
Goliat de Gat, varón de gran tamaño y formidable aspecto, hace ya cuarenta días que desafía al ejército de los israelitas, pidiendo que le manden uno para pelear con él. La propuesta es la siguiente: Cada uno de los contendores representa a su respectiva nación; el vencedor no será, según el trato, vencedor del hombre sino del pueblo por él representado. El que perdiere la pelea está indicando con eso, que junto con él será vencido todo su pueblo y éste, en consecuencia, pasará a ser esclavo del vencedor. Saúl es alto, el más alto del pueblo y sin embargo tiene miedo.
Aparece por fin el campeón que todos necesitaban en ese momento, el campeón ansiado en la persona del pequeño David. Era éste un joven hermoso, que poco antes apacentaba las ovejas de su padre. Saúl le pone su armadura, pero David la rechaza diciendo: "No puedo andar con esto porque nunca lo practiqué".
El no era más que un joven pastor, pero había tenido la oportunidad de probar el poder de Dios, en el caso del león y el oso (I Sam. 17:34-36), y por lo tanto dijo: "Llevaré mi zurrón, mi cayado y mi honda, y unas pocas piedras, y confiaré en el Dios vivo". Y David con su honda y su cayado descendió al valle, mientras que Goliat lo esperaba equipado con sus armas de guerra. David, el joven pastorcillo llevaba sólo cinco piedras lisas en su zurrón; pero corre valientemente hacia el enemigo, porque confía en Dios; pone una piedra en la honda (especie de cauchera) y dispara la piedra contra su enemigo.
Todavía le quedan cuatro más, pero no las necesita; una sola le basta. Dios la dirige hacia su destino. Hiere al gigante, se la clava en la frente y lo derriba. Rueda por tierra mortalmente herido. Corre David hacia él, le quita la espada y con su propia arma le corta la cabeza.
Ahora observa esto, amigo mío. Aquellos israelitas estaban llenos de dudas y temores, pero al volver David de la pelea, ¿tuvieron paz y tranquilidad, o no? Sí, tuvieron paz, porque al volver David, traía en su mano el trofeo de su victoria, la cabeza del temido gigante.
Si pudiéramos preguntar a los que componían el pueblo de Israel, desde el asustadizo niño, a la débil mujer, como al valiente guerrero, si todavía abrigaban temor alguno del gigante, todos a una voz darían igual respuesta; todos dirían que no. Y si les dijéramos: "¿Ustedes se sintieron como una tímida y débil criatura. ¿No es verdad? "Sí", nos hubieran contestado: "... pero al gigante no le tememos ya, porque está muerto. David ha vuelto del campo con esa horrible cabeza en su mano".
El caso no admite dudas. Escucha esto, amigo mío: El Señor Jesús descendió al valle de la muerte; pero ¿cómo descendió?
Jesús dijo que el Padre le daría más de doce legiones de ángeles, si El las pedía; pero El no pidió esto. El no se hizo acompañar de un poderoso ejército angelical: fue solo. Descendió sin armas al valle de la muerte, donde resolvió la gran cuestión del pecado. Descendió pobre, humilde, manso. Los hombres le hicieron cuanto pudieron, pero esto es todavía poco si se considera que Jesús fue desamparado por su Padre. Sin armas de ninguna clase, ni ayuda de nadie. El ganó la batalla. El volvió del valle, retornó de la muerte y nosotros los cristianos podemos decir: "Estamos seguros que la victoria fue ganada. Sabemos que la fuerza del pecado y Satanás fueron vencidos; nuestro Salvador volvió resucitado de los muertos, y Le vemos sentado sobre el trono de Dios, coronado de gloria y honra".

Libres de un diluvio de juicio
Todavía voy a presentar otro caso que ilustre la enseñanza que me propongo dar. Dice la Biblia que cuando Noé y su familia estuvieron dentro del arca, "Jehová cerró la puerta" (Génesis 7:16). Llovió durante cuarenta días y cuarenta noches, y luego comenzó el agua a disminuir. Después de algún tiempo "quitó Noé la cubierta del arca, y miró, y he aquí que la faz de la tierra estaba seca". Observó Noé que el cielo estaba claro -— aquel cielo que durante tantos días estuvo sombrío — y mirando al suelo que tantos días permaneció cubierto por las aguas del diluvio, vio que estaba seco. ¿Sentiría Noé algún temor del diluvio después de esto? De seguro que me dirás que no, ¡porque las aguas habían desaparecido y la tierra estaba seca!
Observa pues, amigo mío: Jesús es nuestra Arca de salvación. ¿Confías en El? ¿Te hallas en refugio seguro con Cristo? El torrente de la justa ira divina contra el pecado cayó todo sobre nuestra Arca, nuestro Substituto el Señor Jesucristo, cuando estaba colgado en la cruz del Calvario. La tempestad acabó para nosotros los cristianos y ya podemos levantar la cubierta del Arca y ver que la tierra está seca. ¿Qué quiero decir con esto? Noé, para saber de dónde venía el castigo, miró arriba y no vio caer una sola gota; la sentencia había sido completamente ejecutada; no quedaba nube alguna, ni caía ninguna gota de agua. El castigo había pasado, el sol brillaba, la tierra estaba seca.
Confiemos en Jesús nuestra Arca. Podemos dirigir la vista atrás, a la cruz del Calvario y ver allí el lugar donde la justicia de Dios cayó sobre la cabeza de nuestro Salvador... La ira de Dios se descargó sobre El, y así como Noé estaba seguro en el Arca, de igual modo lo estará el creyente que confía en Jesús. Después de la cruz del Calvario ¿qué más vemos? El velo del templo rasgado de arriba abajo, los sepulcros abiertos, las rocas desquebrajadas; ¡pruebas éstas que la tempestad desapareció para siempre!
Nuestro privilegio es elevar nuestros ojos hasta el trono de Dios, y ver a Aquel sobre quien cayó toda la condenación divina, al cual vemos coronado de gloria y honra. Y al contemplar esto decimos: " ¡Gracias a Dios, que no quedó una sola gota de juicio por caer!" El firmamento que una vez estuvo oscurecido, por efecto del juicio, permanece límpido y sereno para nosotros. Jesús lo expió todo. Jesús pagó por todo. El exclamó: " ¡Consumado es!" La tierra está seca, y mirando arriba, vemos a Jesús sentado en el trono de Dios. ¿No te parece hermosamente sencillo?