martes, 1 de octubre de 2013

Los Ángeles: Satanás

9.     Juicios y Destino de Satanás


Satanás desde que pecó ha acarreado Juicio tras Juicio sobre sí, y todos sus actos son condenables, porque su único propósito es suplantar a Dios.  Como creyentes sabemos que el “príncipe de este mundo” es un ser juzgado (Juan 16:11), que lleva sobre sí una condenación y que Dios no dejará de dar la retribución que merecen sus actos. En esta edad no somos nosotros quienes debemos Juzgarlos, ni siquiera los ángeles lo hacen, el juicio es de Dios (Judas 1:9). Pero cuando corresponda, el creyente se le dará la atribución de juzgar a los ángeles. El pasaje de 1 Corintios 6:3 declara: “¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles?” En esa oportunidad, en el gran día del Juicio (Judas 1:6; 2 Pedro 2:4),  el creyente dará su conformidad en el juicio de Dios.
La siguiente lista muestra los distintos juicios que se han aplicado y aplicarán a Satanás y sus huestes

A.   Cayó de sus posición original: El primer Juicio que encontramos en la Escritura de que él fue objeto, fue el acto o decreto de expulsión de su posición que se dio cuando pecó (Ezequiel 28:16-17; Apocalipsis 12:4). Este juicio no impidió que él pudiese ir a los lugares celestiales cuando se le permitiese.
B.   Decreto de la derrota final. El siguiente  juicio se encuentra en Génesis 3:14-15.  “Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.” Aquí queda sentado las bases del dominio sobre los hombres cuando se hace referencia a  “polvo comerás”, porque el hombre fue hecho del polvo; y de quien lo derrotaría en forma definitiva. En esta lucha por la redención del hombre “la simiente” de la mujer  le “herirá en la cabeza”. La victoria fue breve con respecto a la victoria total de la cruz.
C.    La impotencia a consecuencia de la Cruz. La consumación del decreto Divino de la derrota de Satanás comenzó a consumarse con la venida del Hijo de Dios a esta tierra a semejanza de hombre (Filipenses2:5-7; Mateo 1:18-25; Lucas 2:1-21). Se completa el decreto de Dios en la cruz del calvario (Juan 12:31), quedando de este modo  derrotado “al que tenía el imperio de la muerte” (Hebreos 2:14).
D.   Expulsión del cielo. A mitad de la gran tribulación será expulsado del cielo y no tendrá acceso a él por ningún motivo (Apocalipsis 12: 10,13). Antes de esto él podía ir hasta la presencia de Dios (Job 1:6; 2:1) a pesar de la expulsión ocurrida cuando se gestó el primer pecado. Ahora las puertas de acceso, por decirlo de  algún modo, fueron cerradas para él y ya no podrá acusar a los creyentes.
E.    Encadenado en el Abismo. Después de la gran batalla de Armagedón, cuando el Señor regrese en gloria y majestad, será derrotado en la batalla del Armagedón y encadenado en el abismo  por mil años (Apocalipsis 20:1-3); y en este tiempo no podrá a engañar a nadie.
F.    Arrojado al lago de fuego. Posterior a la liberación, este ser derrotado intenta la sublevación de los incrédulos al finalizar el milenio. Este intentó falla y él es derrotado. Posteriormente es arrojado al lago de fuego y azufre al final del Milenio (Apocalipsis. 20:10; Mateo 25:41).

10.Resumen y Conclusión.
            Satanás es un ser creado (no en las condiciones actuales). Fue creado como un ser con cualidades especiales y útiles para el servicio a que estaba predestinado. Pero en su ego engendró el pecado y se reveló ante Dios, queriendo usurpar el lugar de Dios. Desde ese momento es un ser derrotado que interviene en todo lo que Dios hace.  El hecho que es superior al hombre en capacidades y poder, no le teme a nada de lo que el hombre pueda hacerle. Por lo cual, puede hacernos o causarnos serios problemas mientras Dios se lo permita; (¡ay!) pero también nosotros se lo permitimos, con nuestra concupiscencia.
            Es nuestra obligación conocer a nuestro enemigo, por eso es importante el estudio sobre Satanás y sus secuaces. Como seres humanos creyentes NO podemos proferir juicios ahora, pero tendremos la facultad cuando estemos en gloria.
            Recordemos que es un ser derrotado, que la victoria fue de nuestro Señor al pisarle la cabeza. Toda serpiente se le derrota (apresa., domina) por la cabeza, si bien ella por un momento tuvo la victoria, su derrota fue completa con la obra de la cruz y la resurrección del Señor Jesucristo.

            Por último, también Satanás es un agente al servicio de Dios. Es decir, a pesar que el daño que pueda hacer, este se traduce a la postre en bienestar superior, o para nuestra disciplina, teniendo como ejemplos la situación de Job (la muerte de sus hijos, la pérdida de sus bienes y la enfermedad que llevaba en su piel) y Pablo (la falta de visión en sus ojos, véase 2 Corintios 12:7-9). Podríamos poner muchos otros casos, por ejemplo, los enfermos que el Señor sanó, a los endemoniados que libertó, pero lo ya visto es suficiente para nuestra conclusión, y entender como de algo malo puede resultar algo bueno para nuestra vida espiritual y nuestro crecimiento personal.

Los Seis Milagros del calvario

LA MORTAJA DE JESUS ESTABA EN ORDEN
Simón Pedro... entró en el sepulcro, y vio los lienzos echados y el sudario que había estado sobre su cabeza, no puesto con los lienzos, sino envuelto en un lugar aparte. Entonces entró el otro dis­cípulo... y vio y creyó. —Juan 20:6-8
            EL QUINTO de los milagros del Calvario fue maravilloso orden en que se encontraban las cosas en el sepulcro del Jesús recién resuci­tado. El significado del versículo no es sola­mente para afirmar el hecho de la resurrección sino para presentarlo a la vista de todos. Y desde este punto de vista ocupa un lugar con los otros milagros del Calvario que atestiguan abiertamente el valor y la eficacia de su muer­te redentora.

¿POR QUE LOS OMITIO MATEO?
Es digno de atención que Mateo, cuyo relato de las señales del Calvario es completo, no se refiere a las circunstancias que ahora nos ocu­pan. Y la explicación de esta omisión es intere­sante. El rasgo que caracteriza el relato de Ma­teo es su orden consecutivo. Después de men­cionar las tinieblas—la señal de los sufrimien­tos de la cruz—habla de las señales de la vic­toria de la cruz, empleando como punto de partida el segundo de los clamores desde la cruz y limitando sus observaciones a los efec­tos causados por ese grito victorioso. Rasgó el velo del templo, y sacudió la tierra, y abrió los sepulcros. Al dar una explicación a la apertura de los sepulcros, Mateo declara que muchos cuerpos de los santos que dormían se levantaron, y salieron de los sepulcros, des­pués de la resurrección del Señor.
Evidentemente, en una declaración tan per­fectamente consecutiva, no queda lugar entre la apertura de los sepulcros y la resurrección de los santos para presentar una descripción del estado de cosas en la tumba abandonada.
Mateo menciona, es cierto, que la resurrec­ción del Señor es la precursora y la causa de la de los santos. Pero no armonizaba con sus arreglos el insertar una descripción del estado de la tumba, porque éste no se produjo debido a ese clamor de victoria que ya había sido pro­nunciado.
Después de mencionar los primeros cuatro milagros del Calvario, Mateo describe la resu­rrección de los santos, el sexto y último mila­gro, pero omite éste, el quinto.

UNA DESCRIPCION DE LA RESURRECCION
Mientras tanto, lo que Mateo omite lo pre­senta Juan. Mientras que Juan no se refiere a los otros milagros del Calvario, nos presenta lo que es casi una descripción de la resurrec­ción del Señor y nos permite considerarla en sus distintos aspectos.
El domingo por la mañana, muy temprano, María Magdalena les cuenta a Pedro y Juan que el cuerpo de Jesús, que había sido colocado en el sepulcro el viernes por la tarde, ya no está allí. También les da a entender que ella piensa que los enemigos se lo han llevado.
Inmediatamente los dos apóstoles se apre­suran al sepulcro. Juan corrió más presto que Pedro y llegó primero. "Y bajándose a mirar, vio los lienzos echados; mas no entró." Empero Pedro, "siguiéndole, entró en el sepulcro, y vio los lienzos echados, y el sudario que había estado sobre su cabeza, no puesto con los lien­zos, sino envuelto en un lugar aparte." En­tonces entró también Juan, "y vio y creyó."
Cuando Pedro y Juan entraron en el sepul­cro, no vieron el cuerpo de Jesús; pero vieron los lienzos. Y vieron que éstos estaban coloca­dos en orden—"los lienzos echados," y el su­dario para la cabeza "envuelto en un lugar aparte."

II
Que esto es una descripción de un estado de cosas maravilloso es evidente por el hecho de ser el centro y eje de toda una narración bíblica. El darnos a conocer el exacto arreglo de las prendas mencionadas lleva nueve versí­culos de este relato evangélico. Por este hecho su importancia es evidente.

LA IMPRESION DE JUAN
En efecto, podemos ver la impresión que esto produjo en la mente de Juan. "Vio y creyó"
¿Qué es lo que creyó? ¿Creyó el relato de María Magdalena cuando les dijo que el cuer­po no estaba allí? ¡Cuando vio que el cuerpo no estaba allí, no es necesario agregar que creyó que no estaba allí! Además, ¿qué tenía que ver el arreglo de los lienzos con el hecho de que vio que el cuerpo no estaba allí? Sin embargo fue ese orden en los lienzos lo que le llevó a creer.
¿Significa tal vez que él creyó lo manifes­tado por María, que dado que el cuerpo no estaba allí, los enemigos de Jesús lo habían robado? No; el orden y arreglo de los lien­zos lo negaban. Es inconcebible que si el cuer­po hubiera sido robado, el enemigo perdería tiempo en quitarle los lienzos y acomodarlos. ¿Y por qué hay esta diferencia entre Juan y Pedro en relación con su creencia? No sola­mente no se dice nada acerca de la creencia de Pedro, sino que según lo relata Lucas, cuando "vio solos los lienzos echados, se fue maravillándose de lo que había sucedido"; mientras que Juan "creyó" inmediatamente.

COMPARACION ENTRE JUAN Y PEDRO
¿Significa esto que Pedro vaciló cuando oyó la historia del robo, mientras que Juan fue víctima de su credulidad? ¿Era posible que Pedro fuera engañado más fácilmente que Juan? No; sólo puede haber un significado. Juan vio todos los lienzos en orden y creyó que Jesús había resucitado. Esto indicaba de tal modo una intervención divina que al ins­tante creyó en la resurrección del Señor, aun­que hasta ese momento, como lo expresa el versículo siguiente, no sabía las Escrituras que decían que era necesario que Jesús resucitase.
Un orden tal en los lienzos debe haber sido como un cuadro de la resurrección, y de esta manera procedamos a interpretar el versículo.

III
Vio "los lienzos echados," es decir, no tan solamente sobre el piso del sepulcro, sino que permanecieron tal como cuando el cuerpo ha­bía estado envuelto en ellos. Y el sudario "es­taba en un lugar aparte"—no confundido con los lienzos que habían envuelto al cuerpo, sino en el lugar que había ocupado la cabeza.
Estaba "envuelto," es decir, al haber sido quitada la cabeza del interior, había cedido y se había encogido. No había sido desdoblado ni desatadas sus ataduras, indicando que no había sido quitado de la cabeza sino que la cabeza había sido sacada de él. Allí los vemos —los lienzos y el sudario—ninguna ligadura desatada, no han sido molestados, su posición no ha variado, solamente que se han encogido.

LUCAS LO CORROBORA CON SU TESTIMONIO
Esto es lo que nos describen las palabras, y es necesario en vista del efecto que tuvo sobre Juan. Es lo que Lucas manifiesta en una sola frase; pues aunque no hace referencia al su­dario dice que "vio solos los lienzos echados."
¿Qué significa esta palabra "solos"? Evi­dentemente no estaba el cuerpo, sin embargo estaban colocados como cuando éste los ocu­paba. La idea es que sin cambiar de posición podían haber contenido el cuerpo y que esta­ban solos.

EL CUERPO NATURAL DISUELTO
El cuerpo natural se había disuelto en su envoltura y se había absorbido en el cuerpo espiritual; una transmutación que no podía ser atada y con una amplitud de vida que no podía permanecer ni asociarse con la muerte. Desa­pareció de entre los lienzos y siguió su camino a través de la piedra que servía de puerta al sepulcro (la que no había sido quitada toda­vía).
Brotando de la semilla muerta que estaba debajo de la tierra, de entre los nudos y en­voltorios sin tocarlos, ¡subió a través de la piedra que lo cubría esa gloriosa flor de la resurrección!
Tal es la figura de la resurrección que nos han legado los lienzos del resucitado Jesús, aunque no es una descripción de la resurrec­ción en sí. Es notable que, aunque la resurrec­ción es proclamada en toda la Escritura, el hecho en sí no es descrito. Ni aun se nos dice, "Luego resucitó y dejó la tumba," sino sola­mente, "Ha resucitado."
Este es un ejemplo del sentido de la medida de los escritores, casi tan maravilloso como el hecho en sí—una prueba interna de la veraci­dad de la historia, que exige para su explica­ción la inspiración de las Escrituras.

IV
Por lo tanto, no debe sorprendernos que al ver lo maravilloso de los hechos, la mente tan despierta de Juan los haya aceptado y creí­do. Era una maravilla demostrativa, una de­mostración milagrosa.
Si los amigos de Jesús le hubieran llevado, no le habrían desnudado; si los enemigos lo hubieran hecho, no habrían acomodado los lienzos. Verdaderamente ninguna mano hu­mana podría haber sacado el cuerpo de las ropas sin dejar rastro de desarreglo en los lienzos y sudario.

LA PRESENCIA DE DIOS
Dios había estado allí. Esos recuerdos silen­ciosos, esas ropas arrugadas tan bien arregla­das como si por el poder de sus pliegues tan ordenados todavía se aferraran al cuerpo que había desaparecido—tal condición era un testimonio de la presencia y poder de Dios, como lo son las playas secas de una laguna cuyas aguas se han evaporado e ido a formar parte de las nubes del cielo. Solamente que en este caso el poder de Dios se hallaba milagrosa­mente presente.

UNA DEMOSTRACION PERFECTA
¡Y cuán perfecta era en todos sus aspectos la demostración!
Primeramente Juan conocía personalmente que Jesús había muerto en verdad y había sido sepultado. Y ahora recuerda el hecho al ver los lienzos que habían cubierto su cuerpo.
En segundo lugar, tenía la confirmación por sus propios ojos que el cuerpo no estaba en la tumba al tercer día, pues vio los lien­zos solos.
En tercer término, podía notar que el cuer­po no había sido sacado por medios humanos, debido al perfecto orden en que se hallaban las vestimentas.
Toda esta demostración progresiva y con­secutiva fue captada por los ojos de Juan en el breve instante en que miró dentro de la tumba.

EL ARGUMENTO HISTORICO
Ahora notemos un hecho sobresaliente. El argumento histórico de la resurrección del Señor concuerda perfectamente con el argu­mento que se presentó a la vista de Juan en ese instante.
¿Cuál es el argumento histórico? Primero, que Jesús había muerto y fue sepultado; en esto estaban de acuerdo los judíos, los romanos y los discípulos. En segundo lugar, que a la tercera mañana su cuerpo ya no estaba en el sepulcro: en esto también todos estaban con­cordes. En tercer término, era evidente que no fue llevado por los discípulos, ante la imposi­bilidad de que ellos pudieran vencer y sobre ­ponerse a la guardia romana. Estos son los tres puntos.
Existen otros argumentos confirmatorios, tales como la aparición personal de Jesús y el poder moral de la verdad de su resurrección desplegado en los corazones y vidas de los cristianos. En la época de su resurrección, sin embargo, estos argumentos eran futuros, y no podrían haber tenido entonces ningún efecto sobre los incrédulos. Pero los tres puntos mencionados anteriormente eran manifiestos aun entonces a todo pensador, y siempre han sido los argumentos históricos fundamentales. Contienen una demostración en sí mismos co­mo escasamente se puede hallar en otro hecho histórico.

EL MODELO DIVINO DE UN ARGUMENTO
Ahora estos tres puntos son idénticos a aque­llos que satisficieron la contemplación de Juan. Estos le fueron presentados a él dentro del sepulcro, mientras que a nosotros nos son pre­sentados fuera de él.
Y así esa escena del sepulcro fue el modelo de Dios para el argumento de la resurrección del Salvador. Y cuando vemos que los puntos del argumento afuera del sepulcro concuerdan con el modelo divino dentro del mismo, somos impresionados con esta prueba espe­cífica de la omnipotencia divina, y en esta doble demostración triunfamos en nuestro Cristo vivo.

V
Pero ahora echemos una mirada a otras en­señanzas que podemos sacar de esta escena maravillosa.
            En primer lugar, en seguida nos damos cuenta que fue una señal del Calvario. ¿Qué otra muerte en todo el curso de la historia tu­vo un acompañamiento semejante? ¿No dijo El que había venido "a dar su vida en rescate por los pecadores"? Por la señal de esas mor­tajas expresando su resurrección de entre los muertos, el sacrificio de su vida llego a ser un rescate efectivo.
¿No dijo El que "derramaría su sangre para la remisión de pecados"? Por la prueba de estas mortajas, el derramamiento de su sangre aseguró la remisión de pecados. ¿Vino a ser hecho maldición por nosotros? Por la señal de estas mortajas, la maldición del abandono que se proyectó en las tinieblas del cielo al mediodía quitó la maldición de todos los suyos.
¿Vino a librarnos de toda impotencia e introducirnos a la perfecta bendición de la resurrección? Por la señal de estas mortajas El fue el primer caso de una liberación absolu­ta del pecado y la muerte, y la muestra y pre­cursor del hombre resucitado.
Y así, para todos los suyos, esa muerte del Calvario fue la destrucción de la muerte; porque debido a que su muerte fue de veras efi­caz, El resucitó.

EL CUERPO NATURAL Y EL CUERPO ESPIRITUAL
            En segundo lugar, el cuerpo duejado en el sepulcro fue el fundamento de su cuerpo de resurrección. La desaparición de ese cuerpo se presenta acá como identificada con su resu­rrección. Su cuerpo no estaba allí, e inmedia­tamente Juan creyó que había resucitado. Mientras que el cuerpo desapareció, las ropas quedaron allí, identificando así su cuerpo se­pultado como aquel que proporcionó el cuer­po resucitado.
Por lo tanto no es cierto, como algunos manifiestan, que los cuerpos de resurrección de los santos son eliminados de sus cuerpos mortales en el momento de su muerte. La re­surrección de Cristo es, como lo manifiestan las Escrituras, el modelo de la nuestra. El cuerpo espiritual e incorruptible saldrá del cuerpo natural y corruptible, pero para todos los santos vivos o muertos esto se llevara a cabo en una fecha futura.
Y dado que nuestros cuerpos serán idénticos al cuerpo resucitado de Cristo, luego a pesar de que las partículas de nuestro cuerpo sean dis­persadas, por la señal de esas mortajas la mis­teriosa" identidad de nuestros cuerpos es de­clarada como imperecedera, única e indivisible.

LA NATURALEZA DEL CUERPO RESUCITADO
Sin embargo, esto no implica que las mis­mas partículas, consideradas numéricamente, reaparecerán en el cuerpo resucitado, como tampoco la semilla sembrada, según la ilustra­ción del apóstol Pablo, se reproduce en las mis­mas partículas numéricas en la planta que ha brotado de ellas. Sin embargo, la semilla sem­brada es la base y fuente de la planta; su misma identidad pasa a la planta, y de su propia feal­dad y corrupción brotan el maravilloso tallo, las hojas, flores y frutos.
En tercer lugar, el cuerpo de resurrección, aunque es un cuerpo verdadero, no es un cuerpo según la carne sino según el espíritu. Es un verdadero cuerpo material pero según el espíritu. Esto significa, que en sí no es con­vertido en espíritu, sino que es hecho, afina­do, capacitado, y perfectamente adaptado, en todo sentido, para ser un compañero del espí­ritu humano.

LA RESURRECCION DE JESUS COMPARADA CON LA DE LAZARO
Esta verdad es ilustrada por la desaparición del cuerpo de Jesús de esos envoltorios del se­pulcro. Jesús dejó sus envoltorios en el sepulcro, pero Lázaro salió "atadas las manos y los pies con vendas; y su rostro envuelto en un suda­rio." Notemos ahora la diferencia. Lázaro vol­vió a la vida anterior; no así Jesús. El prime­ro volvió a un cuerpo según la carne, con las mismas enfermedades y limitaciones de antes; con el segundo no fue así. El primero murió otra vez, y aun ahora espera "una mejor resu­rrección"; el segundo no muere más. ¡Qué re­liquias históricas, entonces, son aquellas mor­tajas en el sepulcro del Señor!
Bien sabemos que el Señor tenía las mismas flaquezas de la carne (aunque sin pecado) antes de morir y resucitar, pero después de esto no las tuvo ya más. Anteriormente fue un caminante agotado por el cansancio. Después que hubo resucitado y mientras hablaba con los dos discípulos en Emmaús, cuando sus ojos fueron abiertos para que le reconocieran, desa­pareció de los ojos de ellos, precisamente de la misma manera en que se había escapado, sin soltarlas, de las ataduras de la tumba.
Por lo tanto, una verdadera resurrección es muy distinta de un mero revivir. Lázaro, aunque en un sentido había resucitado de entre los muertos, sin embargo era un mortal entre los mortales.
El verdadero cuerpo de resurrección, aun­que es verdaderamente un cuerpo, es un cuer­po no según la carne, sino según el espíritu. Cuando Jesucristo dejó tras sí sus mortajas, simbolizaba que se había deshecho de su carne como tal, es decir, de la debilidad y densidad obstructiva que caracterizan la carne tal como nace en este mundo. Y cuando dejó tras sí las mortajas al vaciarlas y abandonarlas, de­mostró que había llegado a la condición de cuerpo espiritual. Esta es una condición inde­pendiente de las leyes de la materia, y tiene poder de movilidad, tal como el viento, que cuando sopla no se sabe de dónde viene ni a dónde va. Esta es la condición del cuerpo in­corruptible, veloz como la luz, incansable, grandioso, glorioso.

LA GLORIA DE CRISTO, LA GLORIA DEL CREYENTE
Y así la resurrección de Jesucristo era la perfección, la consumación de su encarnación. El entonces se hizo hombre, y permanece co­mo tal para siempre—no en la "semejanza de carne de pecado" en la cual anduvo en su con­dición humana, sino en una humanidad re­novada y en "la virtud de vida indisoluble." De consiguiente, los que son de Cristo tendrán la misma condición corporal y la misma gloria invariable, pues El es la cabeza y ellos los miem­bros. Aun ahora su vida está escondida con Cristo en Dios y su vivienda está en los cielos, de donde también, como dice el apóstol, espe­ran al Salvador, quien transformará el cuerpo de su bajeza, para ser semejante al cuerpo de su gloria.
¡Oh grata esperanza, en la cual se deleita el creyente en Cristo!

EL ORGULLO FALSO DE LOS HOMBRES
Y ahora, comparados con esta bendita es­peranza, ¡cuán falsos son el orgullo y la su­ficiencia de los hombres! Hablan de progreso y mejoras, de adelantos individuales y sociales. Desde el punto de vista terreno, esto no debe ser despreciado, aunque es solamente un cam­bio de lugar sobre un mismo nivel. Nunca se llega a sobreponerse a los males y debilidades de esta vida mortal y por lo tanto nunca hay un progreso radical y satisfactorio. Nuestro perfeccionamiento sólo se halla en Cristo. Y no será hasta la manifestación de esa gran ciu­dad de Dios, con cuya visión grandiosa ter­mina el libro de Dios, que los anhelos de per­fección del hombre serán realizados.

¡Qué ciudad! ¡Qué gloria!
Supera la más bella historia
De las antiguas edades;
¡Ah, es el cielo al fin!

Cristo mismo, el esplendor viviente,
Cristo la luz, suave y tierna;
Loas al Cordero rendimos;

¡Ah, es el cielo al fin!

domingo, 1 de septiembre de 2013

ÚLTIMOS PASOS

Mejor es el fin del negocio que su principio (Eclesiastés 7:8)
                                              


            El fin de una carrera es generalmente la parte más difícil. Aparece la fatiga y decae la atención necesaria cuando ésta debe ser más firme. Todo puede decidirse en los últimos pasos. Una caída a pocos metros de la meta puede hacer perder la totalidad de la carrera y hacer vano todo el esfuerzo llevado a cabo hasta allí. Pero a menudo, cuando la meta está a la vista, el corredor toma nuevo aliento y reúne sus últimas fuerzas para cruzar la línea de llegada como vencedor.
            El capítulo 21 del libro de Números nos presenta a Israel llegando al fin de la travesía por el grande y terrible desierto; no tenían más que rodear el país de Edom para alcanzar finalmente la frontera de la tierra prometida, objetivo muy próximo de ese interminable viaje. Sin embargo, allí, cuando estaban llegando, el pueblo se desalentó (o se impacientó) en el camino. ¿Qué sucedió luego?: murmuraron y hablaron contra Dios y contra su siervo. ¿Y cuál fue la causa de esto? Habían descuidado los recursos que Dios les proveía; faltaba el apetito por el maná, al cual estimaban como un “pan liviano”; se quejaban de que no había agua, ¡cuando habría sido suficiente hablar a la Peña para que de ella brotase abundantemente!
Triste estado que predispone a la caída y da ocasión a la serpiente —agente e imagen del enemigo— para hacer morir “mucho pueblo”. Ellos “quedaron postrados en el desierto” (1 Corintios 10:5) cuando estaban a punto de llegar a la tierra prometida. Los esfuerzos de cuarenta años, las privaciones, las largas jornadas, fueron pues completamente inútiles para “los más de ellos”.
La Iglesia, considerada no en su posición celestial, sino en su responsabilidad en la tierra, está en marcha hacia la Ciudad celestial. No hablamos de lo que lleva el nombre de Iglesia a los ojos de los hombres, sino únicamente de los verdaderos hijos de Dios. Muchos de ellos corren el riesgo de ser atacados por la fatiga y el desaliento. Quizá porque se han olvidado un poco de los recursos que tienen a disposición, han dejado de saborear el pan del cielo o han buscado agua en las agrietadas cisternas del mundo, en lugar de hablar a la Roca —Cristo— para pedírsela.
Las necesidades crecen cada vez más y, al mismo tiempo, son cada vez menos sentidas. Entonces se instala la insatisfacción y a ella le sigue la falta de firmeza, con lo cual se corre el riesgo de que la serpiente aproveche para hacer caer a muchos. Al decir esto no ponemos en duda la eterna seguridad del creyente; sabemos que Satanás no puede arrebatar la salvación de nuestras almas; pero si en la última etapa alguno de nosotros sufriese una caída por agotamiento ¡qué triste sería!
Todo manifiesta que estamos a punto de arribar. Llegará un año que será el último para la publicación de estos artículos. ¿Será el corriente? Nuestros predecesores, que ejercieron su ministerio durante las pasadas generaciones, dirigiéndose a ellas, aún hablan estando muertos (Hebreos 11:4).
Escuchémoslos por medio de sus escritos e imitemos el ejemplo de fe que nos han dejado; es nuestro deber para con ellos. No dejemos de saborear la Palabra que nos han enseñado a amar. Y, más que nunca, perseveremos en la oración.
Conscientes de nuestra debilidad, pero también de la inagotable gracia de Dios, miremos —como el pueblo lo hacía en figura— a Aquel que fue levantado en la cruz por amor de nosotros y que ahora, como Autor y Consumador de la fe, alcanzó el fin que se había propuesto, el objetivo que también nosotros alcanzaremos a su debido tiempo, quizá sólo dentro de un instante. De este modo, al contemplar el final glorioso de nuestra carrera, donde ya está Aquel a quien amamos, hallaremos la energía necesaria para terminar victoriosamente la última etapa.
- (Messager Évangélique, 1987)

EPAFRAS: El servicio de la oración

Colosenses 4:12


Hay una diferencia muy notable entre los anales inspirados del pueblo de Dios y todas las biografías humanas. Se puede muy bien decir de los primeros, que abarcan muchas cosas en pocas palabras, mientras que, de un gran número de las segundas, se puede decir, verdaderamente, que utilizan muchas palabras para poca cosa. La historia de uno de los santos del Antiguo Testamento ­—historia que comprende un período de 365 años— se resume en estas dos breves frases: “Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios” (Génesis 5:24). ¡Qué breves y, sin embargo, qué vastas y completas! ¡Cuántos volúmenes habrían llenado los hombres con los detalles de una vida así! Y, sin embargo, ¿qué más habrían podido añadir? Andar con Dios es una expre­sión que comprende todo lo que es posible decir de un individuo. Un hombre puede dar la vuelta al mundo, puede predicar el Evangelio en todos los cli­mas, puede sufrir por la causa de Cristo, puede alimentar a los que tienen hambre, vestir a los que están desnudos, visitar a los enfermos; puede leer, escribir, imprimir y publicar libros de edificación; en una palabra, puede hacer todo lo que le sea posible hacer al hombre y, con todo ello, su vida entera podría resumirse con esta corta frase: “anduvo con Dios”. Y podrá sentir­se dichoso si este resumen refleja la verdad, pues uno podría hacer práctica­mente todo lo que acabamos de enumerar sin haber caminado ni una sola hora con Dios y ni siquiera haber conocido lo que significa andar con Dios. Este pensamiento, profundamente serio y práctico, debería conducirnos a cultivar cuidadosamente la vida secreta, apartada de la vista de los demás, sin la cual los servicios más vistosos resultarán sólo en una llama fugaz y humo.
            Hay algo particularmente conmovedor en la manera en que el nombre de Epa­fras es presentado por primera vez a nuestra atención en el Nuevo Testamen­to. Las alusiones a este hermano son de lo más breves, pero, al mismo tiempo, de lo más significativas. Parece haber sido el tipo de una clase de hombres cuya necesidad se hace sentir vivamente en nuestros días. Sus trabajos —al menos en cuanto a lo que el inspirado escritor nos ha informado— no pare­cen haber sido muy llamativos ni atractivos. No eran de una naturaleza que atrajera las miradas o las alabanzas de los hombres, y no por ello dejaban de ser de los más preciosos, y hasta diría de incomparable valor. Eran trabajos hechos en la intimidad, después de haber cerrado la puerta tras de sí, trabajos hechos en el santuario, sin los cuales todo lo demás resulta, al final, estéril y sin valor. Él no nos es presentado por el biógrafo sagrado como un poderoso predica­dor, como un laborioso escritor, como un intrépido viajero, lo que podría haber sido si el Señor lo hubiese querido y lo que, en su debido lugar, es ver­daderamente útil y precioso. El Espíritu Santo no nos dice que Epafras fuese uno de esos hombres, sino que puso ante nuestras miradas ese carácter particularmente interesante, a fin de conmover hasta las fibras más íntimas de nuestro ser espiritual y moral. Nos lo presenta como un hombre de ora­ción, de oración solícita, ferviente, que se perece y combate por lograr su objetivo, de oración no tan­to por sí mismo como por los demás. Escuchemos al respecto el testimonio inspirado:
                “Os saluda Epafras, el cual es uno de vosotros, siervo de Cristo, siempre rogando encarecidamente [gr.: γωνίζομαι (agonizomai), esto es, agonizando, combatiendo] por vosotros en sus oraciones, para que estéis firmes, perfectos y completos en todo lo que Dios quiere. Porque de él doy testimonio de que tiene gran solicitud por vosotros, y por los que están en Laodicea, y los que están en Hierápolis” (Colosenses 4:12-13).
            ¡Ése era Epafras! ¡Quisiera Dios que hubiera centenares de cristianos como él en nuestros días! Estamos agradecidos por tener predicadores, agradecidos por tener escritores piadosos, agradecidos por ver hermanos que viajan por la causa de Cristo, pero carecemos de hombres de oración, de hombres de la intimidad, de hombres como Epafras. Nos sentimos dichosos de ver hombres que predican a Cristo, dichosos de ver que son capaces de mane­jar la “pluma de escribientes muy ligeros” en favor de la noble causa, dichosos de verlos ponerse en camino —con verdadero espíritu evangélico— hacia “lugares que están más allá de nosotros” (2 Corintios 10:16), dichosos de verlos, con verdade­ro espíritu pastoral, yendo repetidas veces a visitar a sus hermanos de distin­tos lugares. A Dios no le place que despreciemos tan honorables servicios o que hablemos desfavorablemente de ellos; al contrario, no sabríamos expresar con palabras la alta estima que tenemos por tales hombres. Pero, así y todo, tenemos necesidad de un espíritu de oración, de oración fervien­te, perseverante, de oración combativa, sin la cual nada puede prosperar. Un hombre sin oraciones es un hombre sin savia. Un predicador sin oraciones es un predicador inútil. Un autor sin oración no escribirá más que páginas ine­ficaces. Un evangelista sin oración hará poco bien. Un pastor sin oración tendrá poco alimento para distribuir entre el rebaño. Tenemos necesidad de hom­bres de oración, de hombres como Epafras, de quienes las paredes de sus alcobas sean testigos de sus trabajos, de sus combates. Indiscutiblemente, tales son los hombres que el momento actual demanda sobre todas las cosas.
            Hay inmensas ventajas relacionadas con esos trabajos llevados a cabo en la intimidad, venta­jas muy particulares; ventajas para quienes se dedican a esos traba­jos y ventajas para quienes son objeto de ellos. Son trabajos tranquilos y modestos, cumplidos en el retiro, en la santa y santificadora soledad de la pre­sencia divina, fuera de la vista de los hombres. Quizá los colosenses nunca habrían conocido los trabajos de amor de Epafras con respecto a ellos si el Espíritu Santo no hubiera hecho mención de los mismos. Es posible que a algunos les haya parecido que él tenía poca solicitud y celo para con ellos; es probable que haya habido entonces, como las hay hoy en día, personas que miden el interés y la simpatía de un hermano por sus visitas o sus cartas. Ésa sería una falsa medida. Habría sido preciso verlo de rodillas para conocer el grado de su simpatía e interés por el bien de sus hermanos. Puede que el amor por los viajes nos haga ir a visitar a los hermanos; puede que la manía de escribir nos impulse a dirigir cartas a uno y otro lado, mientras que nada, salvo un verdadero amor por las almas y por Cristo, podrá jamás conducimos a combatir, como lo hacía Epafras, en favor de los hijos de Dios, para que estuvieran “firmes, perfectos, y plenamente asegurados en toda la voluntad de Dios”.
            Además, los preciosos trabajos de la intimidad no demandan un don especial, ni talentos particulares, ni facultades intelectuales eminentes. Todo cristiano puede dedicarse a ellos. Un hijo de Dios puede no tener capacidad para pre­dicar, para enseñar, escribir o viajar, pero todo cristiano puede orar. A veces se oye hablar de un don de oración: una expresión que no nos satis­face en absoluto; al contrario, nos choca. Se la aplica a menudo a una pura y fácil redundancia de ciertas verdades, muy conocidas, que la memoria retie­ne y los labios repiten, lo que, después de todo, es algo de muy poco valor. No ocurría así con Epafras, ni es lo que nos falta ni lo que deseamos sobre todo ahora. Lo que nos falta es un verdadero espíritu de oración, que se preocupe por todas las necesi­dades actuales de la Iglesia y que sepa presentar esas necesidades a través de intercesiones perseverantes, fervientes y plenas de fe ante el trono de la gracia. Este espíritu puede ejercitarse en todo tiempo y circunstancia. Por la mañana, al mediodía, por la tarde o la noche, toda hora es buena para aquel que trabaja así en la intimidad de su cuarto; en todo tiempo el corazón puede elevarse al trono de Dios; el oído de nuestro Padre está siempre abierto; su morada siempre es accesible. Acerquémonos en cualquier momento, o por cualquier motivo: él está siempre dispuesto a escuchar y listo para responder. Él es Aquel que oye, Aquel que otorga, Aquel que ama la oración hecha con importunidad, con insistencia. No hay palabras que él prefiera a éstas nuestras: “No te dejaré, si no me bendices” (Génesis 32:26). Él mismo dijo: “Pedid... buscad... llamad” (Mateo 7:7); es necesario “orar siempre y no desmayar” (Lucas 18:1); “todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis” (Mateo 21:22); “y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios” (Santiago 1:5). Estas palabras son de aplicación general, pues van dirigidas a todos los hijos de Dios y el más débil de ellos puede velar, orar, recibir una respuesta y dar gracias.
            Más aún, nada es más adecuado para despertar en nosotros un vivo interés por el bienestar de los demás que el hábito de orar constantemente por ellos. Epa­fras tenía un profundo interés por los cristianos de Colosas, de Laodicea y de Hierápolis. Su interés por ellos le inducía a orar y sus oraciones le inducían a interesarse por ellos. Cuanto más nos interesemos por alguien, más orare­mos por él y, cuanto más oremos, más vivo y sincero será nuestro interés. Si somos impulsados a orar por los hermanos, podemos regocijaros anticipadamente de sus progresos en la fe y de su prosperidad espiritual. Asimismo, en cuan­to a los inconversos, cuando somos conducidos a presentarnos ante Dios en favor de ellos, podemos esperar su conversión con profundos y ansiosos dese­os, y luego, cuando ella tenga lugar, saludarla con sincero reconocimiento. Eso debería incitamos a imitar a Epafras, a quien el Espíritu Santo acuerda el honorable epíteto de “siervo de Cristo” a causa de sus fervientes oraciones por el pueblo de Dios (Colosenses 4:12).
            Finalmente, el motivo más elevado que pueda ser presentado para cultivar el espíritu de Epafras es el hecho de que él está completamente en armonía con el espíritu de Cristo, quien siempre vela por su pueblo y desea que todos sus rescatados estén “firmes, perfectos y completos en todo lo que Dios quiere”, de manera que aquellos que son llevados a orar con tal fin tie­nen el privilegio de estar en santa comunión con el gran Intercesor. ¿No es maravilloso que a pobres y débiles criaturas les sea permitido aquí abajo pedir a Dios precisamente lo que ocupa los pensamientos y las simpatías del Señor de gloria? ¡Qué lazo poderoso había entre el corazón de Epafras y el de Cris­to cuando el primero trabajaba y combatía por sus hermanos de Colosas!
            Hermanos: meditemos acerca del ejemplo que nos ha dejado Epafras, e imitémosle. Fijemos nuestra atención en una ciudad cualquiera, como Colo­sas, y combatamos con ardor, por medio de nuestras oraciones, a favor de los cristianos que se encuentren en ella. El momento actual es muy solemne, pues todo parece acercarse a una crisis: los caracteres se definen, los hombres toman partido, y así debe ser. Nosotros no somos dejados en la incerti­dumbre respecto de aquellos que desean servir al Señor y de aquellos que no lo desean. Pueda el Señor tener acceso en el corazón de algunos y preparar a los suyos para sufrir y hacer Su santa voluntad. Ello debe hacemos sentir pro­fundamente nuestra urgente necesidad de hombres que se asemejen a Epa­fras, que estén dispuestos a trabajar, de rodillas, por la causa de Cristo, o a llevar con gozo, si fuera preciso, las nobles “prisiones del Evangelio” (Filemón 13). Así fue Epafras. Tres veces se habla de él en las epístolas de Pablo. La primera (Colo­senses 1:7) como de un amado consiervo del apóstol, de un “fiel siervo de Cristo” a favor de los colosenses, quien había llegado a Roma para dar a conocer al pri­sionero Pablo el amor de ellos en el Espíritu. La segunda vez, como ya lo vimos, esencialmente como de un hombre de oración (Colosenses 4:12). La última vez, como “compañero de prisiones” del apóstol consagrado a los gentiles (Filemón 23).

            Quiera el Señor despertar en medio de nosotros un espíritu de ardientes ora­ciones y de intercesión. Es de desear que pueda él suscitar muchos cristianos formados en el mismo molde de Epafras. Son los hombres que hacen falta para los tiempos de crisis.

Libertad

Este mes os será principio de los meses;  para vosotros será éste el primero en los meses del año  (Éxodo 12:2). Cuando Jesús hubo tomado el vinagre,  dijo: Consumado es.  Y habiendo inclinado la cabeza,  entregó el espíritu (Juan 19:30).


La libertad es el bien supremo de todo hombre según el pensamiento del mismo hombre, porque piensa que él es libre y que puede tomar las decisiones que le parezcan razonables.  En este marco, en casi todos los países que alguna vez fueron colonias de alguna potencia, buscó tener libertad para gobernarse a sí misma y regir su propio destino, sin importar si esto condujese a los hombres a una confrontación  belicosa con el gobierno que está en el poder, y esto acosta de gran cantidad de vidas humanas. La libertad tiene precio de sangre y de sangre abundantemente derramadas en aras de la libertad.
            Cuando se firma el acta de independencia, marca el inicio de la vida de esa nueva nación. Hasta  el presente todas las naciones que se han independizado tienen una de ella, resguardadas en algún lugar seguro. Esta acta es el testimonio de la voluntad soberana a regirse autónomamente y es el documento legal  que sindica que es una nación soberana y libre.
            En relación a la salida de Israel de Egipto, donde estaban esclavizados ferozmente, también tenemos presente este proceso de independencia.  Ellos postularon a Faraón el deseo de Jehová que saliese el pueblo en su totalidad a la tierra prometida (Éxodo 3:16-17; 5:1). A lo cual Faraón se negó a esta petición  y le aumentó la carga de modo que no pudieron satisfacer la demanda del tirano (Éxodo 5:1ss).
            Dios demostró su poder sobre Faraón y la nación Egipcia enviado las plagas, siendo la última la que marcaría el punto culminante del juicio de Dios sobre este rey pagano. 
            La libertad  de una nación siempre ha implicado muertes de personas antagonistas. Dios había dicho: “Este mes os será principio de los meses;  para vosotros será éste el primero en los meses del año” (Éxodo 12:2).  Y Dios había ordenado que un cordero (o una cabra) fuese sacrificado ya sea para una familia  o dos según fuese el número de integrantes. La sangre de este sacrificio debía colocarse en el dintel de la puerta y en los dos postes. 
            El juicio que vendría, era sobre todos, incluso sobre las bestias (Éxodo 12:12). Si hubo algún israelita que no cumplió el mandato divino, sufrió la consecuencia de este juicio. Es más, si un egipcio hubiese sacrificado este cordero, la sangre de ese sacrificio hubiese salvado al hijo primogénito de esa familia.
            La noche del día fijado llegó, y Jehová demostró su poder.  El ángel de la muerte pasó casa por casa, y donde había sangre del cordero en los postes y el dintel de la puerta, pasaba de largo. Hubo un sacrificio (símbolo de un sacrificio mayor y perfecto), un ser que derramó su vida por el primogénito de esa familia. Visitó todas las casas y no hubo ninguna que no hubiese lloro por la muerte de un ser querido (cf. Éxodo 12:29-30).
            De este modo tenemos que en ambos bandos  hubo muertes, por el lado de Israel  un cordero, por el lado de Egipto, el hijo primogénito.
            Como cristiano, no estamos ajenos a este mismo hecho. Nuestra libertad del pecado y, por consiguiente, de la condenación eterna, también hubo derramamiento de sangre y muerte. Hemos dicho que Dios ordenó a Moisés (y por consiguiente a Israel) sacrificar un cordero que debía ser perfecto. En el Señor Jesucristo tenemos  al cordero sin mancha y perfecto.
            Si leemos en el Salmo 14, vemos lo que Dios ve sobre la tierra: Seres  que niegan a Dios para realizar sus obras abominables. Sus pensamientos son de continuo el mal. Nada bueno había en la tierra, ningún ser que hiciera lo bueno.  Pero para que se cumpliese la voluntad de Dios, de que  su pueblo se salvase, un cordero debía ser sacrificado y la sangre derramada ser puestas en “los postes y dinteles”  del corazón de todo aquel que creyese en la Salvación que Dios estaba otorgando.  Pero al mismo tiempo, la sangre en el dintel y los postes nos recuerda la cruz del calvario, al Señor con los brazos abiertos y su cabeza sangrando.
            Así como en Egipto, el juicio de Dios cayó, pero en su misericordia, no cayó sobre los primogénitos como debió haber sido, sino en su Hijo, su único hijo (Juan 3:16), el primogénito de toda creación (Colosenses 1:5). En Egipto, muchas madres lloraron la muerte de sus hijos, en el monte Gólgota había una sola madre que lloraba la muerte del Hijo de Dios, que había dado la vida  por todos.
            En toda nación se tiene un día de independencia, y todo creyente tiene su día en que comenzó a ser libre, el día en que se convirtió al Señor, en ese día pasó de muerte a vida, de esclavitud a libertad.  Pero en un nivel más global, en un nivel más inconmensurable, a un nivel más grandioso,  el día de la independencia  comenzó cuando el Señor gritó: “Consumado es” (Juan 19:30). ¡Sí! Es como si hubiese gritado: “¡Libertad! El resultado de su obra es que la deuda ha sido saldada, ya nada se debe nada, la justicia de Dios esta saciada, todo ha sido cancelado por la única obra que un ser humano perfecto y acepto había hecho. Por medio de un sacrificio, por medio de sangre derramada, por medio de una vida entregada,  dio la libertad a todo aquel que creyese en Él y lo aceptase como Salvador y Señor.
            Así como la libertad de las naciones significó sacrificios cruentos de cientos y miles de personas, en la obra de “independencia” de la esclavitud del pecado, la obra del Señor Jesucristo también significó que su vida fue entregada para el bien de su pueblo de una manera cruenta.

            ¡Cristiano!  ¡En Cristo Jesús tenemos libertad! ¡Demostremos que amamos a nuestro libertador, que nuestro andar sea digno del Señor, y añoremos encontrarnos pronto con Él!