domingo, 5 de enero de 2014

Doctrina. Acerca del hombre (Parte I)

Introducción
La vida de los seres humanos es breve. Es como un soplo dentro de una tormenta: no es nada en lo referente al “tiempo” de la eternidad. El Salmista dice claramente: “¿Qué es el hombre,  para que tengas de él memoria,  Y el hijo del hombre [Adán],  para que lo visites?” (Salmo8:4). Pero aun así, con ser tan insignificantes, los que estamos en este tiempo, tenemos que conocer al ser humano y vislumbrar el interés de Dios por el hombre. Este interés está plasmado en su revelación se encuentra en la naturaleza y escrita en la Biblia.
En nuestra insignificancia, el hombre nace, vive y muere. Tres palabras que representan todo lo que puede hacer un ser humano. Pero estos seres “insignificantes” tuvieron el privilegio de ser especiales: fuimos obra de sus manos (Génesis 2:7a), nos dio la vida a través de su soplo (Génesis 2:7b). Vida que se puede acabar aún antes de nacer; es muy breve, ya que morimos, y como legado a nuestros hijos le dejamos: la muerte, que la heredamos de nuestros padres.
            Y con respecto a la muerte, a muchos nos ha tocado vivir el estar cerca de un lecho de un moribundo, o el enterrar a un pariente cercano o a un amigo, o ver pasar el cortejo fúnebre de un extraño. Los que quedan, padecen un dolor profundo, como si algo hubiese desgarrado su alma. Se ha escuchado decir a algunos que los que son llevados a su “última morada”, se les dice que están recién pagados (cf. Romanos 6:23a).
            ¿Por qué? ¿Por qué nuestros seres tan queridos tienen que morir? ¿Por qué  algunos sufren tanto ante de morir?  ¿Por qué  se tiene que dejarnos?
Además el hombre siempre se ha preguntado: "¿Quién soy?"  "¿De dónde he venido?"  "¿A dónde voy después de esta vida?" Demasiadas preguntas, a las que no se ha podido dar respuesta. Se ha encontrado respuesta para otras situaciones, pero estas preguntas aún se encuentran sin responder; y no podrán mientras las busquen por su cuenta, porque sin Dios no podrán hacer nada.
Las escrituras nos enseñan la verdad acerca del hombre, de la vida y la muerte y su condición posterior, de modo que nos responde  y satisface nuestras dudas. En la Biblia  encontramos “la verdad  es lo que Dios dice acerca de cualquier asunto”.
El objetivo principal de este estudio es conocer lo que nos dice la Escritura de ésta doctrina, y no se pretende abordar en toda su dimensión lo que ésta abarca. Sólo los puntos esenciales serán expuestos. Cada uno de nosotros deberá profundizar en este tema si desea conocer más de esta doctrina.
¿Qué estudiaremos?
Los temas que estudiaremos este año, en sus elementos más generales son:
       I.            Definiciones
    II.            Origen del Hombre
 III.            La Naturaleza del Hombre
  IV.            Constitución del Hombre
     V.            Transmisión del Ser
  VI.            Condición del Hombre
VII.            La Caída del Hombre

I.            Definiciones
Lo que empezamos a estudiar es conocido como la doctrina acerca del hombre o, técnicamente conocida como, antropología, que significa “estudio del hombre”. Básicamente podemos distinguir dos tipos de antropologías, la que llamaremos “Naturista o General” y la “Bíblica”. A continuación presentamos una definición de ambas.
Definición de Antropología General.
La Antropología[1] es una ciencia social que estudia al ser humano de una forma integral (u holística).  El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define la Antropología como la “Ciencia que trata de los aspectos biológicos del hombre y de su comportamiento como miembro de una sociedad”. Y la Enciclopedia Británica nos da la siguiente definición: “Aquella rama de la historia natural que trata sobre la especie humana…”
Como ciencia es relativamente joven, adquiere su fisionomía a mediados del siglo XIX, y se dedica al estudio de la doctrina del hombre. Esta tiene sus fuentes en los registros y documentos históricos, en los descubrimientos arqueológicos, en los vestigios de culturas y civilizaciones pasadas, los cuales estudia, analiza y compara, para racionalizar y llegar a conclusiones generales.
Definición  de Antropología Bíblica
La Antropología Bíblica, en cambio, es el estudio racionalizado de las diferentes doctrinas sobre el hombre, tal y como se encuentran en la Revelación de Dios. Su fuente principal es la Biblia, y en ella existe material suficiente para desarrollar ampliamente los dos campos en qué se enfoca la Antropología General, es decir:
a) Todo lo que el hombre es: su creación especial, el estado original, su caída, etc.
b) Todo lo que el hombre hace: la Biblia es un libro antiquísimo y contiene registros fidedignos de culturas y civilizaciones antiguas.
Sin embargo, como su norma es la Revelación Divina, sigue fielmente el desarrollo doctrinal pautado por esta sobre los diferentes aspectos del hombre, trazados en un orden lógico, bíblico y sistemático.
Con base a lo anterior, podemos definir la antropología teológica como "la rama de la ciencia teológica que trata sobre el hombre, tanto en su condición original como en su estado caído. Abarca la consideración de la creación del hombre, su condición primitiva, su prueba y su apostasía, su pecado original y sus actuales transgresiones[2]".

Contraste entre la Antropología Bíblica y la General.
La Antropología General y la Bíblica se estudia desde ángulos completamente diferentes: la primera, desde la filosofía humana y la evolución natural; y la segunda, que toma su contenido de la Biblia.
La Antropología General, no le da a Dios ningún lugar en el origen del hombre, ni en su cuidado, ni en su destino; basa sus teorías en los principios de uniformismo y de selección natural,  es decir, que todo es producto de procesos graduales.
La Antropología Bíblica, en cambio, se basa de manera principal en la revelación escrita de Dios tal y como se ha preservado en las Escrituras, y en aquellos estudios y descubrimientos arqueológicos y científicos que corroboran la narración bíblica, en los documentos y registros de historia, en los diversos textos antiguos y modernos de interpretación o comentarios de las escrituras, en el estudio de las lenguas antiguas de la Biblia, y el estudio de los usos y costumbres de los pueblos mencionados en ella, como de su contexto histórico y cultural.
La Antropología Bíblica se extiende a diversos campos en los cuales no puede entrar la antropología General, como por ejemplo, el alma humana, la imagen de Dios en el hombre, la conciencia moral del hombre, los instintos, el pecado original, consecuencias de la caída, la regeneración y el nuevo nacimiento. En vano buscaría la antropología no bíblica conocer lo referente a estos temas; sin embargo, son realidades de la existencia humana que no pueden ser negados y como tales constituyen factores determinantes en cualquier psicología que tenga valor.
Una marcada  diferencia hay entre ambas, y se da porque la antropología bíblica muestra al hombre como Dios lo ve; y la “General” muestra al ser humano como el hombre la describe. Son dos visiones opuestas, porque uno, Dios, la declara perdida y en constante decadencia, pero Él mismo le entrega herramientas para volverse acercar a Él. Y la otra disciplina ve al hombre con el que se redime a si mismo con el progreso que realiza diariamente, pensando que a medida que abunde el conocimiento, el hombre será mejor ser.



[1] Del griego (άνθρωπος) anthropos, 'hombre (humano)', y (λογος), logos, 'conocimiento'
[2] The New Standard Dictionary (edición de 1913)

Soneto: No me mueve…

Soneto: No me mueve…

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Pensamiento

La enseñanza más espiritual siempre estará caracterizada por una plena y constante presentación de Cristo como el tema principal de tal enseñanza. El Espíritu se ocupa con el glorioso tema de Jesús. Se deleita hablando de él. Se complace exponiendo Sus atractivos y excelencias. Por eso, cuando un hombre esté ministrando por el poder del Espíritu de Dios, siempre encontraremos que en su ministerio hay más de Cristo que de cualquier otra cosa. Habrá poco espacio en tal ministerio para la lógica humana y el razonamiento... El único objetivo del Espíritu... es siempre mostrar a Cristo”.                             

C. H. Mackintosh

El Ministerio de la Palabra

SU REVELACION
No se puede insistir demasiado en que la enseñanza en la Iglesia haya de ser siempre ministerio de la Palabra de Dios. Creemos no solamente en la inspiración de las Santas Escrituras, sino también en la perfección de ellas para el propósito para lo cual fueron dadas.
La revelación escrita, es una obra perfecta y completa, como todas las obras de Dios, y que contiene, por lo tanto, todo lo necesario para ilumi­narnos respecto del camino de salva­ción para el pecador y el camino de santidad y servicio para el creyente (2 Ti. 3:14-17).

SU UTILIZACION
No todos lo han entendido así, y lo malo es que en muchas Iglesias en el día de hoy, los llamados ministerios de la Palabra, ministran lo que no es en ningún sentido la Palabra de Dios.
Muchos se creen con libertad para expresar sus propios pareceres, opi­niones, teorías, y comentarios sobre cualquier asunto. Pueden leer una porción de la Escritura como preám­bulo para su charla, pero la charla misma no es en manera alguna una exposición del sentido de aquel texto leído. En tales casos, el texto resulta ser solamente un pretexto.
El apóstol Pablo instó a Timoteo solemnemente, a que predicara "la Palabra" (2 Ti. 4:1-2). Anteriormen­te (Cap. 2:15) le exhortaba a que se preparara con diligencia para emplear la Palabra acertadamente como obrero aprobado por Dios y en contraste con eso, habla de otros (Himineo y Fileto) cuyo ministerio consistía solamen­te en "profanas y vanas parlerías" (v. 16). Eran profanas, porque su origen era netamente humano; y eran vanas, porque ningún provecho traían. Eran como "madera, heno, y hojaras­ca" (1 Co. 3:12-15): material que no aguanta la prueba del escrutinio divi­no.
De todo esto, se desprende que el ministro debe ser un siervo temeroso y reverente frente a las Escrituras. Cierto es que debe tener un don espi­ritual para su obra, pero nunca será un ministro aprobado, si no sabe qué es lo que ha de enseñar. Para esto debe aplicarse asiduamente al estudio de las Escrituras.
Una vez, un aspirante a ser un obre­ro del Señor, se mostró confuso cuando un hermano de experiencia le hizo la sencilla pregunta: "¿Cuántas veces ha leído Ud. la Biblia de tapa a tapa." Pero nada más natural. ¿Cómo se atreverá a enseñar o ministrar aquél que no se haya familiarizado bien con la Palabra?

SU APLICACION
Los conocimientos superficiales adquiridos de unos cursos por corres­pondencia, o por la lectura de unos cuantos libros por buenos que sean, no pueden nunca reemplazar el estudio concienzudo, analítico y reverente de la Palabra de Dios.
Debemos advertir también, que la adquisición de conocimientos bíblicos por un proceso puramente intelectual, aun cuando se empleen los mejores "métodos de pedagogía" para su en­señanza, no es comparable a una adoctrinación espiritual bajo la dire­cción del Espíritu Santo.
Esta enseñanza puede ser recibida en la Iglesia, si hay ministros espiri­tuales, o bien por medio del estudio privado, pero el objeto de ella debe ser primero la edificación y alimen­tación del interesado. (He. 5:12-14).
El que no ha sentido los efectos de la Palabra en su propia experiencia, amoldando su carácter y gobernando su vida, no tendrá convicciones fir­mes, ni ninguna autoridad para influen­ciar las vidas de otros mediante la "manifestación de la verdad" (2 Co. 4:2).
La Palabra ha de ser como un "pan de cebada" primero, antes de que pueda ser utilizada como "espada de Gedeón" (Jue. 7:13-14).
El apóstol Pablo, exhorta a Timoteo a profundizar y asimilar las Escritu­ras, para obtener él mismo el apro­vechamiento primero, y para que sus oyentes luego experimenten los saluda­bles efectos de su ministerio. (1 Ti. 4:15-16).


Sendas de Luz, 1968

Las Dos Babilonias

LECTURA: Génesis 11: 1-9. Jeremías 1: 46. Jeremías 51: 13 y 37. Apocalipsis Caps. 17 y 18.


INTRODUCCION:
La palabra profética como se nos presenta en las Sagradas Escrituras es de sumo interés pa­ra nosotros en el tiempo actual.
Dios ha revelado su mente y sus propósitos en cuanto al porvenir y el destino del hombre, de las naciones, del cristianismo, y de la iglesia ver­dadera de Jesucristo.
En medio de tanta confusión de pensamiento y de entendimiento respecto al futuro, tenemos la Palabra de Dios, clara y comprensible. Él quie­re que nosotros comprendamos su voluntad para que respalde y fortalezca nuestra fe y vida espiri­tual.
La palabra de 2a Pedro 1:19 es de bastante ayuda para nosotros. Al emprender un estudio del tema acerca de Babilonia, Pedro habla de la palabra profética como "más segura". Se ha cum­plido la Palabra de Dios en los tiempos pasados y a la letra, y así se cumplirá tocante al futuro—es más segura que la palabra de los hombres. Nos exhorta de "estar atentos" a esta palabra—es la voz Dios y la revelación de sus propósitos y de­manda nuestra seria atención. Luego Pedro dice que es "una antorcha que alumbra en lugar oscu­ro". Cuán valioso y apreciado es el faro para el marinero en el alto mar, señalando los lugares peligrosos y descubriendo el camino verdadero; así es la palabra profética para nosotros. ¿Tenemos dudas en cuanto al futuro? ¿Nos espantan los acontecimientos en el mundo hoy día? Examine­mos pues, la Palabra de Dios y descubriremos que está cumpliéndose perfectamente. Todo está preparándose para el día de juicio pero antes, Cristo vendrá por su Iglesia que el ganó por su propia sangre y la llevará a la gloria y para su herencia celestial. "Tenemos la palabra profética más se­gura a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca (de su venida) y el lucero de la mañana (Cristo) salga en vuestros corazones" 2a Pedro 3:19.
La historia de Babilonia tiene su principio muy temprano en las páginas de las Sagradas Es­crituras. Leemos en Génesis 10: 8-10 que el fun­dador de Babel o Babilonia fue Nimrod un hom­bre poderoso que persuadió a su parentela y se­guidores a edificar una ciudad y una torre. En esta forma ellos podrían establecerse como nación formidable. Parece que esta torre, conocida co­mo "la torre de Babel" fue más que una torre cuya cúspide llegare al cielo; fue como un templo o centro de reunión para aquella generación que ya se había alejado de Dios (Génesis 11:1-9). Llama­ron su ciudad Bab-el, que quiere decir "puerta de Dios", pero pronto fue cambiado su nombre en Babel, que quiere decir  “confu­sión" mediante el juicio divino. De esa generación empezó la fabricación y adoración de ídolos y Babilonia fue reconocida como el manantial de la idolatría y la madre de todo sis­tema pagano en el mundo. Rápidamente se ex­tendió y ésta idolatría fue la que contaminó al pueblo de Israel, como en los días de Elías cuando la nación iba en pos de Baal que era la for­ma cananea de la idolatría babilónica. Al cabo de mil años Babilonianismo llegó a ser la religión del mundo que había rechazado la revelación divina.
En los libros de los profetas como los de Isaías Jeremías y Daniel, encontramos la historia del de­sarrollo de la nación babilónica, su gloria y gran poder. Sin embargo su fin y completa destrucción fue determinada luego por Dios a causa de su idolatría y su persecución al pueblo de Israel. En las palabras siguientes, Dios describe la grandeza de la nación babilónica y luego su juicio y aniqui­lación total para nunca más levantarse. "He aquí yo estoy contra ti oh soberbio (Babilonia), dice el Señor, Jehová de los ejércitos; porque tú día ha venido, el tiempo en que te castigaré" (Jer.50:31). "… espada contra los moradores de Babilonia, con­tra los moradores de Babilonia, contra sus prínci­pes y contra sus sabios"(v. 35). "Sequedad sobre sus aguas y se secarán; porque es tierra de ído­los y se entontecen con imágenes. Por tanto, allí morarán fieras del desierto y chacales, morarán también en ella polluelos de avestruz; nunca más será poblado ni se habitará por generaciones y generaciones" (v. 38, 39). "Tú, la que moras entre muchas aguas, rica en tesoros, ha venido tu fin, la medida de tu codicia - en el tiempo del cas­tigo perecerás" (Jeremías 51:13, l8).
A pesar de la destrucción total de Babilonia, la idolatría que tuvo su origen en ella se ha ex­tendido por todo el mundo, contaminando las na­ciones. Cuando el Señor Jesús vino a esta tie­rra, el misterio de la iniquidad, (la idolatría ba­bilónica) (2ª Tes. 2:7), ya estaba imperando por do­quier, excepto donde se conocía la verdad de Dios según está revelada en el Antiguo Testamen­to. Hoy día, encontramos su práctica en muchas formas, entre muchas naciones, pero básicamente es la misma idolatría que practicaban los babilo­nios. Es la adoración falsa que roba al Dios vivo de la verdadera adoración debida a su san­to Nombre. Dios es Espíritu y los que le ado­ran en espíritu y en verdad es necesario que ado­ren" (Juan 4:24).
Ahora, en el libro de Apocalipsis del Nuevo Testamento encontramos otra Babilonia, que es la contraparte de la primera. Esta se llama "Ba­bilonia la Grande, la Madre de las Rameras y de las Abominaciones de la Tierra" (Apocalipsis 17:5), y "La gran Babilonia; la gran ciudad de Babilonia; Babilonia la gran ciudad" (Apocalipsis 18: 2, 10, 21). La historia de su poder, su vileza, y de su castigo y final destrucción por Dios, está escrita en los dos capítulos de Apocalipsis 17-18. Rogamos a nues­tros lectores que lean estos con diligencia e interés.
La primera pregunta que sube en la mente es, ¿quién es esta Babilonia, es ciudad y nación como la primera? No, no es nación, sino es un vasto sistema religioso que logra dominar a mu­chos pueblos y naciones con sus enseñanzas idó­latras y estos se sujetarán a su poder imponente y terrible. Este sistema religioso que se nos pre­senta en Capítulo. 17 bajo la figura descriptiva de "la gran ramera" es  Roma — la iglesia Católica Romana—, y no solo ella, sino las demás iglesias cristianas profesantes "las hijas de la ramera" (ella, siendo la madre de las ramera) que se uni­rán con ella. Hoy día se está cumpliendo esta unión de iglesias ante nuestros ojos. Debemos entender que esa gran confederación de iglesias nunca formarán el Cuerpo de Cristo, la Iglesia que El ganó por su propia sangre; es a iglesia falsa y corrupta. Recordemos que su cabeza será siem­pre "el papa" y las que se unen en este sistema religioso tendrán que sacrificar la verdad preciosa de la palabra de Dios, ¡que solemne! El papa ahora se presenta como el gran hombre que busca la paz para el mundo entero. Sus via­jes a varios países como el de Palestina, Esta­dos Unidos y la prometida visita a la América Latina, es una gran política. Todo esto nos ma­nifiesta el despertamiento y la gran lucha de la iglesia Católica Romana para atraer a su seno todas las demás iglesias (¿no llama ella a los creyentes de las iglesias evangélicos, "los hermanos separa­dos?") Ella va a lograr su propósito dominante en los últimos días de esta dispensación de la gracia y si no lo logra ahora completamente en estos días, pues lo logrará en el tiempo de la gran tri­bulación, sí. Creo hermanos, que vivimos en días de gran importancia. La venida del Señor por su Iglesia, está a las puertas.
Ahora bien, vamos a notar la descripción que se nos presenta de la Babilonia la Grande en Apocalipsis Capítulo 17 y 18 — de su carácter, poder, situación y juicio final.
A. Su Carácter. Se describe como "la gran ramera"; esta nos enseña de su vileza y co­rrupción espiritual; ella es culpable de la fornica­ción — que es el gran pecado de la Babilonia "la inmundicia espiritual", la corrupción de la verdad de Dios. El nombre "Babilonia" significa con­fusión y vergüenza. Dice en Cp. 19:2 que "ella ha corrompido la tierra con su fornicación" tal es su maldad. "Con sus hechicerías fueron engañadas todas las naciones." Cp. 18:23. Algo más; en ella fue encontrada "la sangre de los santos" (Cps.l7:6, J 8:24). Sin duda esta se refiere a la per­secución y muerte de miles de cristianos en el tiempo que se llamó "La Inquisición". Verda­deramente sus manos se han manchado con la sangre de los santos de Dios, — su juicio ya se madura, "su pecado ha llegado hasta el cielo" (Cp. 18:5). Tenemos también una descripción muy amplia de sus incontables riquezas y gran pompa; "ha vivido en deleites" (Cp. 18:7). Es claro que esta iglesia se ha enriquecido por los mercaderes de la tierra como dice en Cp. 17:4 "su vestidura de púrpura y escarlata adornada con oro, de piedras preciosas y de perlas". (Ojo también Cp. 18:11-19).
B.     Su Poder. Encontramos que ella "está sentada sobre muchas aguas" (Cp 17:1, 5) nos dice que estas aguas "son pueblos, muchedum­bres, naciones y lenguas." Sin duda esto descri­be su posesión de vastas multitudes de almas que son dominadas por su poder.
También ella es vista sentada sobre "una bes­tia escarlata" (v. 3). Los estudiantes de la pala­bra profética nos aseguran que la bestia represen­ta al Imperio Romano vivificado, después que ha­ya terminado la dispensación de la Iglesia. ¡Cuán grande es su poder que domina aún al poder civil! Sin embargo, llegará el momento cuando esta misma nación y sus aliados se levantarán contra el poder religioso—la iglesia Católica Roma­na— cansado de su dominación y aborreciéndola, la desolarán como se describe en Apocalipsis 17:16-17.
C.     Su Lugar y Centro de Autoridad y Gobierno. La Ciudad de Roma por casi trece siglos, ha sido el lugar de donde la iglesia corrom­pida - Católica Romana ha dirigido sus activi­dades y esparcido sus doctrinas falsas. Solo a Roma corresponde la descripción dada en este libro de Apocalipsis Cap. 17:9 “Esto para la mente que tiene sabiduría - siete montes, sobre la cual se sienta la mujer". Roma está sentada so­bre "las siete colinas" es conocida como "la ciu­dad eterna". Y otra vez en Apocalipsis 17:18, "la mu­jer es la gran ciudad". ¿Quién no sabe que el papa que vive en Roma en el Vaticano, es la ca­beza de ese vasto sistema religioso, la iglesia Ca­tólica Romana, y que de allí se gobierna ese sistema entero? ¡Cuántos hacen sus peregrinaciones hasta esa ciudad para adorar en su iglesia lujos y aún si pueda lograr, besar la mano del papa!
D. Su Juicio y Destrucción Final. El tiem­po de su juicio se acerca. Dios mismo va a juzgarla, "poderoso es Dios el Señor que la juzga" (Cp. 18:8). Va a exterminar por completo esa igle­sia tan corrupta; ese sistema mundial de apostasía que es opuesta a la voluntad de Dios, que es una imitación errónea de la verdadera Iglesia de Jesucristo. Notemos lo que dice en Apocalipsis 17:1 "Ven acá y te mostraré la sentencia contra la gran ramera". "Ha caído, ha caído la gran Babi­lonia" (Cp.l8:2). "Dadle a ella como ella os ha dado y pagadle doble… en un solo día vendrán sus plagas" (Cp. 18:6-8). "Alégrate sobre ella…Dios ha hecho justicia en ella" (Cp.18:20).
Tan completo y terrible será su juicio que la memoria de ella será borrada para siempre, "nunca más será hallada" 18:21, y "él humo de ella sube por los siglos de los siglos" (Cp. 19:3). Así, Dios ha determinado el fin de aquella que ha deshonrado y corrompido su Nombre Santo du­rante los siglos, entre las naciones. Oigamos, ahora la exhortación de parte de Dios para noso­tros hoy día.
E. Amonestación para cada verdadero cristiano. “Salid de ella pueblo mío, y no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas" (Cp. 18:4).
Hay gran peligro que el pueblo de Dios sea cogido en la red ya echada por la iglesia Católi­ca Romana para acoger, si fuera posible, todas las demás iglesias. Pero los cristianos que cono­cen la Palabra de Dios, y también la corrupción y juicio de la gran ramera, van a mantenerse separados de ella, aunque a costo de sufrimiento y persecución. Que el Señor nos ayude a honrar su Nombre glorioso y defender la verdad de su Palabra hasta que El venga por su Iglesia verda­dera que ha comprado con su propia Sangre.

Contendor por la fe – Mayo – Junio 1966 – Nº 43-44

"LOS QUE DUERMEN"

1 Tesalonicenses 4: 13-18
Por eso, en estas dos epístolas a los Tesalonicenses, todo gira en torno a ese hecho maravilloso: la venida del Señor. Sin embargo, en estos hermanos había una laguna acerca de la manera en la que ella tendría lugar y sobre la participación que en ella tendrían sus herma­nos fallecidos. Les faltaba conocimiento; pensaban que aquellos que habían partido se verían privados del privilegio de participar, como ellos, en la venida del Señor. Pero su mismo error era una prueba del apego que sus corazones sentían por esta venida. Nosotros seríamos hoy capaces de enseñársela como doctrina pero ellos nos enseñarían, de manera muy humillante para nosotros, cómo esta venida es y debe ser una realidad práctica para el corazón y el andar de los hijos de Dios. Lamentablemente, lo que el mundo puede decir de nosotros hoy en día es cómo hemos perdido de vista este acontecimiento para identificarnos con el mundo y sus negocios, sus comodidades, etc., como si formáramos parte de "los que moran sobre la tierra", a quienes les sobrevendrá "la hora de la prueba" (Apocalipsis 3: 10).

Servir a Dios y esperar a su Hijo
Cada capítulo de la primera epístola a los Tesalonicenses proporciona una prueba de que todo converge hacia este acontecimiento maravilloso. El primer capítulo establece, por así decirlo, el motivo y el objeto de la conversión, el cual es "servir al Dios vivo y verda­dero, y esperar de los cielos a su Hijo" (1:9-10). El capítulo segundo presenta la venida del Señor como una esperanza para los santos vivientes en la tierra, pero privados, por razones de distancia, de hacer una realidad las relaciones fraternales que sus corazones deseaban. Habla sobre todo de las relaciones entre los obreros del Señor y de los santos que son objeto de sus atenciones. Pablo se veía privado de ver a los tesalonicenses, como su corazón lo deseaba. Desde entonces él aguarda la venida del Señor, la que le reuniría para siempre con ellos y en la cual ellos serían su gozo y su corona. Ello prueba que Pablo y los tesalonicenses se encontrarían en compañía los unos de los otros (2: 17-20).
Los últimos versículos del capítulo 3 exhortan al amor y a la santidad, andar que apunta, al fin de cuentas, a la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos. En el capítulo 4, sobre el cual volveremos, la venida es presentada como el consuelo para el sufri­miento causado por la separación de aquellos que nos han dejado (4: 13-18).
Los versículos 8-10 del capítulo 5 presentan la venida del Señor como un estimulante de la vigilancia. Ellos muestran que Dios destinó a los santos a esperar indefectiblemente ese momento glorioso, así se hallen velando o durmiendo, presentes en el cuerpo o ausentes de él.
Por último, el versículo 23 expresa el deseo —y el versículo 24 la certeza— de que el propio Dios de paz nos santifique por completo y que nuestro espíritu, nuestra alma y nuestro cuerpo entero sean guardados irreprensibles para la venida de nuestro Señor Jesu­cristo.

EI arrebatamiento de todos los santos
En 1 Tesalonicenses 4: 13-18 que deseamos exa­minar con cierto detalle, el apóstol rectifica el error de los tesalonicenses acerca de aquellos que habían dor­mido. Les aclara este punto y luego habla, en los ver­sículos 15-18, de la revelación del arrebatamiento del cual participarán sin restricción todos los santos que duerman y todos los santos que vivan en ese momento glorioso.
Puede parecer extraño que el apóstol no aborde esta cuestión antes del versículo 13 del capítulo 4, pero él deseaba reconocer en primer lugar el apego que ello, sentían por el retorno del Señor, y daba gracias por ello. A continuación, él les abre gradualmente la inteligencia para corregir el error en que estaban. El último versículo del capítulo 3 ("en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos los santos") les daba ya motivo para reflexionar. Si es con todos sus santos —debían decirse— ¡aquellos a quienes lloramos no faltarán!
El alma y el cuerpo
Entonces el apóstol dice abiertamente: "Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen" (4: 13).
Detengámonos primeramente en estas palabras: "Los que duermen", y luego en las del versículo 14: "Traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él" (o por él). Ellos durmieron. Es un hecho, un acto que tuvo lugar en el momento en que sus almas fueron separadas de sus cuerpos. Ellos se han puesto a descansar, por así decirlo, en el seno de su Salvador y se han dormido en él, como al término de una jornada de fatiga se pone la cabeza sobre la almohada para dormir apaciblemente. Desde entonces duermen. Si dormirse es un acto, dor­mir es un estado en el cual uno entra al dormirse. Por eso, al pensar en aquellos que habían dormido, el após­tol les llama: "Los que duermen". Encontramos la misma expresión en el capítulo 5: 10: "Sea... que dur­mamos". En 1 Corintios 15: 51, el apóstol, al hablar del futuro, dice: "No todos dormiremos". No todos entraremos en ese sueño. La muerte es comparada a un sueño, pero —apresurémonos a decirlo— ello se refiere ni cuerpo solamente y no al espíritu. El estado del alma que es separada del cuerpo nada tiene que ver con ese estado de sueño. Jesús, en la cruz, dice al malhechor que pedía que se acordara de él cuando viniera en su reino: "De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lucas 23: 43). Y ello no implicaba que fuera allí a dormir. Pablo dice: "Sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor... y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor" (2 Corintios 5:6-8). Al hablar de sí mismo, Pablo dice además: "De ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor" (Filipenses 1: 23).
Así se expresa la Palabra para designar el biena­venturado estado de los rescatados que están junto al Señor, esperando la resurrección de vida. ¡No es cues­tión de dormir en el paraíso!
Es preciso destacar aún que, si bien es el alma del rescatado la que está con el Señor, mientras su cuerpo está acostado en el polvo, la Palabra siempre nos habla de él como de una persona, cualquiera sea la fase por la que él atraviese. El Señor no dice al malhechor: «Hoy tu alma estará con la mía». En cambio le dice: "Tú estarás conmigo en el paraíso". El apóstol no dice: « Nos gustaría más estar ausentes del cuerpo para que nuestra alma estuviese presente con el Señor», sino "quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor". En Filipenses 1: 23 no dice: «Teniendo deseo de partir para que mi alma esté con Cristo», sino para que esté allí yo, persona espiritual.
Esta manera de hablar se aplica también al cuerpo. El Salmo 16: 10, al hablar de Cristo, dice: "No dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción", lo que el Espíritu Santo, por medio del apóstol Pedro, traduce así: "...que él no hubiese de ser dejado entre los muertos, ni su cuerpo hubiese de ver corrupción" (Hechos 2:31, V.M.). El propio Señor dice: "Todos los que están en los sepulcros oirán su voz" (Juan 5: 28). Y también: "Nuestro amigo Lázaro duerme". Y además: "¿Dónde le pusisteis?" (Juan 11:11 y 34). Asimismo, en nuestro pasaje: "Los que duermen" (1 Tesalonicenses 4: 13). Esteban, lapidado por los judíos, dice: "Señor Jesús, recibe mi espíritu... Y habiendo dicho esto, (él) durmió" (Hechos 7: 59-60).
Esto nos lleva a las palabras que designan un estado: "Los que duermen".
La muerte tiene por efecto la separación de las dos partes que constituyen nuestra persona: el alma y el cuerpo. El espíritu está junto al Señor (hablo de los res­catados) y el cuerpo está en el sepulcro. Antes de partir, esta persona estaba viva, cuerpo y alma unidos. Ello lo encontramos en uno de los versículos de la referencia que encabeza estas páginas: "Nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor" y también en estas palabras dirigidas por el Señor a Marta: "Todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente" (Juan 11: 26).
La certeza de la resurrección
En la resurrección de vida, esta misma persona, cuyo cuerpo será resucitado en incorrupción, en gloria, en poder, cuerpo espiritual (1 Corintios 15:42-44), y haya sido revestida de la habitación celestial (2 Corin­tios 5:2), se encontrará de nuevo viva, cuerpo y alma reunidos. Por eso en numerosos pasajes vivir equivale a resucitar: "El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá" (Juan 11: 25). "Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resu­rrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivifica­dos" (1 Corintios 15: 21-22). Por último, en Apocalipsis 20 se dice de los mártires del tiempo futuro que partici­parán en el último acto de la primera resurrección: "Y vivieron y reinaron con Cristo mil años”; y, en cuanto a los malvados que resucitarán para ser juzgados: "Los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cum­plieron mil años". Pero de los creyentes se dice: "Esta es la primera resurrección. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años" (Apocalipsis 20: 4-6).
Estas expresiones muestran que una persona no es llamada viva más que cuando el alma y el cuerpo están unidos, sea antes de la muerte, sea después de la resu­rrección. En el estado intermedio entre la muerte y la resurrección, esta misma persona existe, teniendo pro­visionalmente su cuerpo en tierra y su alma junto al Señor, como dice el Eclesiastés: "Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio" (Eclesiastés 12:7).
Volvamos ahora a la frase: "Los que duermen". Es una figura que se aplica, como lo hemos visto, al cuerpo y no al alma, pero la cual, en el Nuevo Testamento, nunca es empleada más que para los rescatados. Figura preciosa, que se refiere al reposo que sigue al trabajo y la lucha aquí abajo, pero que también indica la certeza del despertar en resurrección. ¿Cómo hablar de la muerte de un hombre que un instante después podría resucitar? Además, en ese momento, aquel que parte cierra los ojos a todo el universo visible, como una per­sona que se duerme, y permanece en ese estado hasta el despertar. Sin embargo, hay cierta diferencia: en el sueño terrenal se pierde más o menos la conciencia de uno mismo, mientras que en el «dormir», el alma siem­pre activa vive junto a Cristo gozando las realidades invisibles, en el reposo, esperando lo que es muchísimo mejor y que no puede ser experimentado más que en el hombre completo, cuerpo y alma, a saber, la gloria y verle tal como Él es, hechos semejantes a Él.
Este estado de sueño interrumpe las comunicacio­nes entre aquellos que han partido y los que permane­cen. Sabemos que ellos están en la felicidad con el Señor, pero no podemos tener relaciones con ellos y pensamos con gozo en el momento en que ellas se rea­nudarán en resurrección.

La esperanza del creyente a través del duelo
Esta digresión nos lleva a los versículos 13-18 de 1 Tesalonicenses 4. El apóstol dice: "Tampoco quere­mos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duer­men, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza". Él no dice: «Para que no seáis entristecidos en absoluto». La aflicción del duelo es reconocida en la Palabra y la ruptura momentánea de las relaciones mutuas es cruel para el corazón. No se espera de un cristiano que tome el duelo a la manera de los estoicos. Pero, por otra parte, el apóstol no quería que los cristianos de Tesalónica se afligiesen a la manera de aquellos que no tienen esperanza. En efecto, ese sentimiento se expresa a menudo entre los incrédu­los mediante esta exclamación desesperada: «¡No te volveré a ver nunca!». Pero los hijos de Dios tienen la certeza de que esta separación no es más que momentá­nea y esta esperanza es un bálsamo precioso sobre la herida de sus corazones. "Por tanto, alentaos (o conso­laos) los unos a los otros con estas palabras" (v. 18).
"Creemos que Jesús murió y resucitó" (v. 14). Tal es la fe del cristiano en toda su sencillez y toda su ver­dad. Él cree, no sólo que su Salvador murió, sino tam­bién que resucitó: "El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación" (Romanos 4: 25). "Porque primeramente os he ense­ñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras" (1 Corintios 15: 3-4).

La venida del Señor en gloria
A continuación el apóstol saca, del hecho que Jesús murió y resucitó, la conclusión de que es imposible que los rescatados que pasaron por la muerte no sigan el mismo camino que su Salvador. Deberán, pues, resucitar. Aquellos que durmieron en Jesús no pueden faltar en el cortejo glorioso del Señor, cuando él vuelva a tomar todo en sus manos y a establecer su reino. El último versículo del capítulo 3 ya les decía: "En la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos".
Dios, quien resucitó a Jesús, no dejará de recoger con él a aquellos que hayan dormido en Jesús. ¿Cómo dejar atrás a los rescatados por quienes el acto de morir fue transformado en el de dormir en el seno de su Salvador? Notemos aun que el apóstol no podía decir: «Si creemos que Jesús durmió», pues nuestro adorable Salvador debió gustar la muerte, como juicio de Dios a causa de nuestros pecados, pero, al sufrirla, la anuló para sus rescatados, de manera que ellos pueden dor­mir en lugar de morir.
Es importante captar que el final del versículo 14 tiene relación con el retorno del Señor Jesús en gloria, acompañado por todos sus santos, y no con el arrebata­miento. Este versículo 14 respondía de una manera completa al error de los tesalonicenses acerca de sus hermanos que habían dormido. En adelante no estarían en la ignorancia al respecto; sabían que ninguno de ellos faltaría en el glorioso cortejo del Señor y que Dios les traería con Él. En los versículos 15-18, tenemos una revelación completamente nueva sobre lo que les acon­tecerá a todos los santos antes de su retorno en gloria con el Señor. Para ser traídos con él, es preciso que pre­viamente sean levantados a lo alto por él.

El Señor mismo descenderá del cielo
La revelación contenida en estos versículos sin duda alude a lo que los tesalonicenses habían temido acerca de sus muertos, pero ella les enseña que ellos mismos, al igual que aquéllos, antes serán levantados a lo alto, a la gloria. "Por lo cual os decimos esto en pala­bra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron". Ellos habían pensado que estos últimos permanecerían atrás; ahora saben que, por el contrario, los santos que durmieron les precederán. "Porque el Señor mismo con voz de mando (o de reu­nión), con voz de arcángel (o del arcángel, pues no hay más que un arcángel en la Palabra), y con trompeta de Dios, descenderá del cielo". Destaquemos primera­mente que el Señor en persona —y no uno de sus agen­tes— viene al encuentro de sus amados. Se dice de otra categoría de rescatados: "Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro" (Mateo 24:31). Es la congregación de los elegi­dos del pueblo de Israel en su país a la venida del Hijo del hombre. Pero, cuando se trata del arrebatamiento de los santos, estando su querida Iglesia en medio de ellos, viene Él mismo, tal como lo había dicho a sus discípulos: "(Yo) vendré otra vez, y (yo) os tomaré a mí mismo" (Juan 14:3). Cuando un amigo me anuncia la hora de su llegada a la estación, puedo enviar a otra persona por él, pero, si es mi esposa, voy yo mismo.
El Señor hará oír el grito de reunión, el arcángel transmitirá la voz de mando, sonará la trompeta y todos los santos partirán juntos. Sin embargo, diversos actos se suceden en ese momento glorioso: "Los muertos en Cristo resucitarán primero". En lugar de quedar demorados, precederán a los vivos, pues ellos habrán seguido el mismo camino que su Salvador, a través de la muerte, para alcanzar la resurrección, es preciso haber muerto en Cristo para participar de ella. Ellos saldrán de entre los muertos, dejándoles donde se encuentran hasta la resurrección de juicio. En ese momento, la gran mayoría de los santos, en estado de espíritus, estaban desde hacía tiempo con el Señor, pero es preciso aun que salgan de entre los muertos, como lo hizo su Salvador, y que, como Él, suban en persona de la tierra al cielo.
Queridos hijos de Dios que creen en el arrebata­miento de los santos, piensan equivocadamente que esta frase del versículo 14 ("traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él") tiene relación con su resurrec­ción. Creen que sus almas volverán con el Señor para reunirse con sus cuerpos salidos del polvo. Si el apóstol se hubiera detenido en el versículo 14, nadie podría tener tal pensamiento. El hecho es que, según el versí­culo 14, Él les traerá a continuación consigo mismo.
"Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire". El Señor des­ciende del cielo, pero no precisamente sobre la tierra; al descender, nos llama; todos juntos subimos a su encuentro, el que tendrá lugar en el aire. El lugar de la cita de los resucitados y los transmutados no es la tie­rra; ellos son raptados juntos, pero para ser reunidos con el Señor.

Los muertos en Cristo: 2 categorías
Puede ser útil recordar que "los muertos en Cristo" que serán resucitados incluyen a los justos del Antiguo Testamento que, desde Abel, han pasado por la muerte, al igual que aquellos que forman parte de la Iglesia. Hebreos 11:40 nos enseña que ellos nos espe­ran y no llegarán a la perfección sin nosotros. La per­fección es la resurrección de entre los muertos (Filipenses 3: 11-12). Los veinticuatro ancianos del Apocalipsis 4 y 5 representan a los santos del Antiguo y del Nuevo Testamento que serán arrebatados a la venida del Señor. Esos capítulos nos los presentan primeramente como un conjunto, pero, al celebrarse las bodas del Cordero (Apocalipsis 19), cada una de las dos clases que forman ese conjunto toma su respectivo lugar. La esposa del Cordero es la Iglesia, los bienaventurados convidados al banquete de bodas son aquellos que no han formado parte de ella. Desde entonces no se ve más a los veinticuatro ancianos.
"Y así estaremos siempre con el Señor". Una vez reunidos todos juntos con el Señor, nuestra dicha será completa; estaremos con él para siempre. Eso es sufi­ciente; la revelación termina allí sin hablar de todas las glorias que seguirán. "Alentaos (o consolaos) los unos a los otros con estas palabras".

En un abrir y cerrar de ojos
En 1 Corintios 15, el mismo apóstol, después de haber dado muchos detalles sobre la resurrección de los muertos en Cristo, agrega: "He aquí, os digo un miste­rio: No todos dormiremos; pero todos seremos trans­formados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados" (v. 51-52). No es necesario dormir para entrar en la gloria, sino que es preciso ser transformados. "Esperamos al Salvador, al Señor Jesu­cristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas" (Filipenses 3:20-21). Ese poder se ejercerá en los santos vivos para revestirlos de sus cuerpos gloriosos, sin que sus almas sean separadas de sus cuerpos ni por un instante. Lo que es mortal en ellos será absorbido por la vida. La muerte no será más el instrumento para liberarlos de lo que es mortal, sino que esto será absorbido por el poder de vida (2 Corin­tios 5: 4-5).
El apóstol dice: "A la final trompeta" (1 Corintios 15: 52). Esa será la última señal de la trompeta de Dios  de 1 Tesalonicenses 4: 16, la señal conocida en los ejér­citos para levantar campamento y no, como lo piensan algunos, la última de las siete trompetas del Apocalip­sis.
"Y los muertos serán resucitados incorruptibles". Aquí los detalles de la resurrección no se aplican más que a la de los rescatados; por eso no es necesario decir: "Los muertos en Cristo". Pero anteriormente el apóstol dice: "En un momento, en un abrir y cerrar de ojos". Esto es difícil de concebir, dada nuestra actual imperfección. Al considerar toda la sucesión de los hechos enunciados, nos es imposible pensar que ellos no se cumplan al menos en algunos minutos. El Señor desciende del cielo con tres cosas sucesivas: la "voz de mando", la "voz de arcángel", la "trompeta de Dios”; luego los muertos, precediendo a los vivos, resucitan primeramente, después los vivos son transmutados, y finalmente todos son raptados juntamente. Sin embargo, estas seis cosas sucesivas pasan "en un momento, en un abrir y cerrar de ojos”: el tiempo para hacer un guiño. Para los muertos, un guiño y serán resucitados en gloria con el Señor en compañía de todos los santos; para los vivos, un guiño —el instante previo: el trabajo, la fatiga, el sufrimiento— y el ins­tante posterior, teniendo apenas el tiempo de percatarse de ello, reunidos con todos los santos, junto al Señor, en la gloria.

Liberación completa y dicha eterna
¿Por qué, pues, nuestros corazones no brincan de gozo al pensar en ese momento maravilloso que será la respuesta final a tantos gritos, suspiros, necesidades y lágrimas, que comprenderá, al mismo tiempo, la com­pleta liberación de todo el actual orden de cosas y la completa introducción en todos los resultados gloriosos y eternos de la obra de nuestro amado Salvador? Momento bendito, en el cual habremos terminado indi­vidualmente con todo lo que se relaciona con nuestra presencia en un cuerpo de humillación, en un mundo de pecado, y donde incluso reanudaremos nuestras relaciones en Cristo —pero en la gloria— con nuestros seres queridos que hayan dormido. Momento maravi­lloso, en el cual saborearemos, en su conjunto y en todos sus detalles, la dicha eterna en la radiante presen­cia de nuestro Salvador, cuyos rasgos adorables vere­mos con ojos capaces de contemplarlos, pues seremos semejantes a él y le veremos como Él es. Si, ¡qué momento ése en el cual nuestro primer sentimiento será que él es para siempre!
De esa felicidad no se verá privado ningún resca­tado, así haya muerto hace 6000 años, o después del cumplimiento de la obra de la cruz o viva en ese momento. Todos se encontrarán en ese momento y subirán juntos de la tierra al cielo, así como subió su Salvador. "Ya sea que velemos —en el cuerpo— o que durmamos —ausentes del cuerpo— vivamos junta­mente con él" (1 Tesalonicenses 5: 10).

Quiera Dios que podamos, con corazones apega­dos a la persona del Señor, realizar lo que dice el após­tol Juan: "Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro" (I Juan 3:3).

Reflexiones

Los años comienzan a pasar más rápidamente de lo que pensamos. Ya  no se encuentra ese tiempo en que notábamos que los días eran más lentos y que todo sucedía en una calma normal: sentíamos que el año se demoraba trecientos sesenta y cinco días en pasar; y ahora sin darnos cuenta  estamos festejando el año nuevo.
No es que el tiempo esté más rápido o los días duren menos. Una hora en los tiempos de Adán es la misma hora de estos tiempos. Somos nosotros que hemos ido cambiando y acelerándonos. La sociedad está cada vez más rápida, quiere que todo sea en forma más expedita y pronta, quiere que todo se haga con rapidez extrema, porque sabe, de algún modo, que no posee mucho tiempo. Por eso pelean con el tiempo para tener más de él, demándenselo a sus conciudadanos, y así poder dedicar este excedente a sus necesidades particulares: arreglar un desperfecto en la casa, salir de paseo, vacaciones, fiestas, etc.; es decir, cumplir de ese modo algún sueño postergado.
El ser humano sabe que en cualquier momento su vida se acabará y ya no estará más en esta tierra. Algunos partirán en forma violenta, dolorosa, otros en cambio, en paz y tranquilamente, pero de cualquier forma quieren realizar logros. Pero estos logros, en muy pocos casos corresponden a llegar al conocimiento y obtención de la vida eterna que es por la obra del Señor Jesucristo en la cruz del calvario. ¡No! Estos logros son sólo ambiciones personales y egoístas.
Pero hay otros casos en que a pesar de ser el mismo tiempo en que nos desenvolvemos, nos encontramos que hay personas que no tienen tiempo para nada. Están hasta altas horas de la madrugada del día siguiente trabajando y acumulando stress, stress que en algún minuto nos pasará la cuenta y nos llevará a estar algunos días “descansando en el hospital por algún tiempo” o nos llevará a la sepultura en forma anticipada. Y lo peor de todo, es que se trabajó abundantemente en provecho de otros, que se enriquecieron a costa de nuestro extremo esfuerzo.
Al describir en los acápites anteriores  esas dos situaciones del tiempo, son sólo para dar referencia a dos hechos que vivimos como creyentes. El primero el de disponer tiempo y el segundo de la falta de tiempo. Estos dos hechos que son opuestos entre sí se dan más a menudo de lo que creemos. En el primero, al igual que los no creyentes, usamos el tiempo en actividades que son personales y familiares, lo cual es bueno y correcto, pero no dejamos el tiempo suficiente para las actividades que tienen que ver  con nuestro crecimiento espiritual. Por consiguiente pasamos a ser parte del segundo grupo, del que no tiene más tiempo que el necesario para sus actividades y vive escaso del mismo.
Por tanto, es importante, hermanos, el poder tener un espacio de tiempo necesario para tener comunión con el Señor por medio de la oración y estudio de Su Palabra, ya que estas dos actividades son una labor importantísima, porque sin este alimento espiritual no creceremos ni llegaremos a la medida de la estura de Cristo (Efesios 4:13). Además, ¿cómo conoceremos Su voluntad sin no leemos en su Palabra?
Surge una pregunta: ¿Cuánto tiempo le dedico al estudio?  La respuesta es depende. Es decir, cuando como mis alimento y me tomo el tiempo para hacerlo,  entonces se cuándo estoy saciado, y puede perfectamente haber pasado una hora. Del mismo modo, cuando nos sintamos saciados de estudiar, sabremos cuanto tiempo dedicarle al estudio de la Palabra y la oración.
La finalidad de  “Candelero Encendido” es que el creyente pueda crecer en el conocimiento de las Escrituras y del Señor por medio de escritos que nuestros hermanos han dejado, y que podamos edificarnos con ellos, construyendo un edificio sólido. Pero que quede establecido desde ya, que estos son sólo un aporte, el principal debe ser hecho con el estudio directo en las Escrituras; es una guía, pero la guía principal debe ser la que nos indique el Espíritu Santo. No basta que  leamos la Escritura como cualquier libro, sino como un Libro que está lleno de riquezas y que solo debemos escarbar un poco para encontrarlas; además debemos meditar en ella, porque es la única forma que Dios nos indique su voluntad.