domingo, 2 de febrero de 2014

Doctrina. Acerca del Hombre (Parte II)

II. Origen del Hombre.
Dios hizo todo cuanto existe a partir de la nada, pues es todopoderoso y auto existente. Sin embargo, al ser humano no le gusta tener que responsabilizarse ante Él de sus actos y depender de quien está escapando para condenación, así que inventaron una serie de teorías para esconder la verdad de Dios sombre el origen de las especies. Algunas se acercan al conocimiento que tenemos de las Escritura, pero no por ello debemos aceptarlas como válidas, sino que deben de ser analizadas a la luz de las Escrituras y desechadas si estas no cumplen con lo que enseña acerca del origen de la vida. Otras teorías se alejan definitivamente de todo marco divino y “expulsan a Dios de la creación.”

a)    Según el Hombre
TEORÍA DE LA EVOLUCIÓN
En el siglo 19, Darwin formuló la teoría de la evolución.  Esta afirmó que el ser humano, no era un  producto de la creación de Dios,  sino simplemente el resultado de un proceso de mucho tiempo de evolución, por  selección natural. 
Es una “teoría” científica que sostiene que las formas más complejas de vida provienen de formas menos complejas  en un proceso de períodos de tiempo muy largos. Dicho de otro modo, esta teoría dice que la materia orgánica proviene de la inorgánica. En algún   periodo de tiempo, en la tierra  se dieron las condiciones físicas y químicas que hicieron posible el surgimiento de la vida[1].
 En cuanto a la vida humana, sostiene que proviene de la vida animal, concretamente que el ser humano proviene del simio o mono, y que los actuales simios son parientes evolutivos cercanos.
Según antropólogos seculares, los hombres primitivos aparecieron hace unos 3 a 4 millones de años y se cree que su cuna fue el África.  Poco a poco, se esparcieron por todo el mundo, evolucionando en diferentes maneras, para producir la variedad de razas que hoy habitan el planeta tierra.
TEORÍA DE LA PANSPERMIA
A principios del siglo XX  se propuso que la vida había llegado a la Tierra en forma de bacterias, procedentes del espacio exterior, de un planeta en el que ya existían. A esta teoría se le pueden poner dos objeciones: la primera, que no explica cómo se había formado la vida en ese planeta ficticio y segunda, que sería imposible que cualquier forma de vida lograra atravesar la atmósfera de la Tierra sin quemarse, porque se ha comprobado que cuando llega a penetrar algún meteorito en el planeta, alcanza temperaturas muy elevadas.
EXTRATERRESTRES
Algunos ufólogos, basados en parte de la teoría anterior, creen que somos seres creados, por lo que somos descendientes de extraterrestres que nos visitaron en épocas pretéritas y que dejaron los elementos necesarios para que se produjese la vida.

TEORÍA DE LA GENERACIÓN ESPONTÁNEA
            Uno de los hombres que se cuestionó el origen de la vida fue el filósofo griego Aristóteles, quien creía que la vida podría haber aparecido de forma espontánea, basado en la idea de que la materia no viviente puede originar vida por sí misma. Aristóteles pensaba que algunas porciones de materia contienen un "principio activo" y que gracias a él y a ciertas condiciones adecuadas podían producir un ser vivo. Según este filósofo, el huevo poseía ese principio activo que lo convertía en pollo, el huevo de pez lo convertía en pez, y así sucesivamente. También se creyó que la basura o elementos en descomposición podían producir organismos vivos, cuando actualmente se sabe que los gusanos que se desarrollan en la basura son larvas de insectos.  
La hipótesis de la generación espontánea fue aceptada durante muchos años y se hicieron investigaciones alrededor de esta teoría con el fin de comprobarla. Uno de los científicos que realizó experimentos para comprobar esta hipótesis fue Jean Baptiste Van Helmont. Este médico belga realizó un experimento con el cual se podían, supuestamente, obtener ratones y consistía en colocar una camisa sucia y granos de trigo por veintiún días, lo que daba como resultado algunos roedores. El error de este experimento fue que Van Helmont sólo consideró su resultado y no tomo en cuenta los agentes externos que pudieron afectar el procedimiento de dicha investigación. Si este científico hubiese realizado un experimento controlado en donde hubiese colocado la camisa y el trigo en una caja completamente sellada, el resultado podría haber sido diferente y se hubiese comprobado que lo ratones no se originaron espontáneamente sino que provenían del exterior.

b)    Según los Cristianos
Dentro del ámbito del cristianismo encontramos diversas teorías que tratan de explicar el origen de la vida. Algunas podrán tener algún asidero, solo se queda en eso, un asidero de  descripción Bíblica, que no contempla todo lo que es en sí la creación. Otras tratan de sincretizar teorías que son disímiles entre el mundo sin Dios y lo que la Biblia dice, generando con ello solo confusión  y rebajando la capacidad creadora de Dios mismo a un “ver qué pasa si hacemos esto”, a un prueba-error, con lo cual decimos que Dios es falible.
BIOGÉNESIS
En el mismo siglo XVII, se realizó varios experimentos sobre la generación espontánea y planteó su desacuerdo con esta teoría. Llevó a cabo un experimento para poder comprobar que la hipótesis de la generación espontánea no es cierta.  Su experimento consistió en colocar cuatro frascos que contenían carne, algunas serpientes, peces y anguilas y los selló completamente. También colocó cuatro frascos más que contenían los mismos a elementos, pero esta vez los dejó abiertos. Después de unos días los frascos abiertos presentaron gusanos y otros organismos mientras que los frascos sellados permanecieron intactos y sin la presencia de formas vivientes. Por lo cual concluyó que la vida sólo puede surgir de una vida preexistente y esta teoría se le conoce como "biogénesis".
 
FIJISMO
Esta teoría es una creencia que sostiene que las  especies actualmente existentes no han cambiado en gran medida desde la Creación.  Por tanto esta teoría, describe la naturaleza en su totalidad como una realidad definitiva, inmutable y acabada, por lo cual el hombre aparece en forma espontánea por la acción de un creador.  Como en toda teoría creada para explicar la creación de todas las especies, encontramos que existen varias variantes de la misma.

EVOLUCIÓN TEÍSTA
La Evolución Ateísta dice que no hay Dios y que la vida pudo y así emergió naturalmente, bajo la influencia de leyes naturales, aunque no se explica el origen de esas leyes naturales. En contraste, la Creación Especial, dice que Dios creó la vida directamente, ya sea de la nada o de materiales preexistentes.
La Evolución Teísta tiene dos propuestas. Primero, aunque existe un Dios, Él no estuvo involucrado directamente en el origen de la vida. Él pudo haber creado los elementos esenciales para la vida, ÉL pudo haber creado las leyes naturales, pero en algún punto, Él se retiró y dejó que Su creación prosiguiera sola. Él la dejó hacer lo que hace (sea esto lo sea), y  por lo cual la vida surgió del material inerte. Esta opinión es muy parecida a la Evolución ateísta con la diferencia que le da un pequeño lugar a Dios.
La segunda alternativa de la Evolución Teísta (creacionismo evolutivo), es que Dios no hizo algunos milagros para dar origen a la vida, sino que fueron multitudinarios. Él produjo la vida paso a paso por el camino de la evolución, es decir, que tomó de la simplicidad primitiva hasta la complejidad actual. Donde la vida no era capaz de evolucionar naturalmente, Dios lo hizo. Esta teoría da a Dios más campo, siendo de algún modo similar a la Creación Especial, pero la mezcla con la evolución Darwiniana, generando una teoría híbrida.
DISEÑO INTELIGENTE
 El concepto “Diseño inteligente” es un término utilizado para describir a la corriente pro-religiosa que sostiene que el origen del Universo, la vida y el hombre, son el resultado de acciones perfectamente pensadas y emprendidas de forma deliberada por uno o más agentes inteligentes.
La Teoría del Diseño Inteligente dice que las estructuras biológicas (por ejemplo, el ser humano) son tan complejas, que es imposible estas  hayan surgido por el puro azar. Por ser esta tan compleja, esta estructura requiere necesariamente un diseñador.
Si bien la teoría reconoce que debe existir alguien con  la suficiente inteligencia para crear todas estas complejidades biológicas, no explica ni deja en claro si el diseñador es el Dios de los cristianos  o algún ser extra terrestre. Es decir, cada persona que se adhiera a esta teoría para explicar el origen de la vida, le podrá dar su propia definición de quien es el “Diseñador”,  pudiendo ser este un cristiano,  un ateo (que no cree en Dios tal como es descrito en la Biblia),  o un hinduista u otro.
Dada esta ambigüedad, se clasifica esta teoría como otra más que intenta explicar el origen de seres que habitan esta tierra, partiendo de esfera natural hasta llegar a Dios.

c)     Según la Biblia.
Las teorías humanas son tremendamente fantásticas, y complejas algunas, para tratar de describir el origen del ser humano en la tierra. El hombre ha inventado cada una de ellas con el fin de excluir a Dios de sus vidas.  Aun si consideramos algunas de ellas como posibles, nos encontraríamos  que son improbables  que surgiesen siguiendo las hipótesis en que se basan, ya que en sí son formas de vida tan complejas, como la que vemos en la actualidad, y  la factibilidad que se hayan desarrollado simplemente por casualidad o en forma espontánea, son ínfimas.  La aceptación de estas teorías (y aun por los cristianos) no se deben a la abundancia de evidencias a favor de ellas, sino a la terquedad del hombre, quien no quiere creer en la revelación bíblica; de modo que ponen en duda las palabras propias que el Espíritu Santo Inspiró, y con esto no están aceptando la Inerrancia de las Escrituras. De esta forma estamos cediendo ante el mundo incrédulo y dándole una victoria a Satanás.
El sentido estricto “crear” significa sacar algo de la nada, es decir, la cosa creada proviene de una realidad que no existe antes. Crear de la nada significa que Dios no parte de nada pre-existente, ni de nada que provenga de sí mismo. Dios es el único Ser que puede crear de la nada. Por tanto, la creación sólo puede venir de Dios.
La Biblia nos da la enseñanza correcta acerca del ser humano. En el AT se ve su origen; el hombre fue creado por Dios en dos géneros distinguibles, varón y hembra, pero iguales en esencia, a la imagen y semejanza de Dios (Génesis 1-2).
El hecho de que la sangre humana es “una” a través del mundo, prueba que no es un proceso de evolución (cf. Hechos 17:26). No podemos mezclar nuestra sangre con la sangre de los animales. Desde los peces a las aves, desde los animales al hombre, Dios creó cada uno según su género (Génesis 1:24-25)
Podemos ver en la relación que nos da el Espíritu Santo de la creación del hombre, que ésta creación es particularmente distinta a todo lo hecho con anterioridad.  Para todo lo demás creado había dado la orden y se había producido, saliendo de los mares los peces y seres alados; y de la tierra, todo lo vegetal y los animales que la pueblan. En cambio, en relación a los seres humanos siguió faces especiales en el  proceso.
Por último, tenemos seguridad de la veracidad el relato de la creación del hombre,  porque el mismo Señor Jesucristo lo citó. En Mateo 19:4 dice: “¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo…” 

Las fases de la Creación del Hombre

Primero Creó la “habitación”.
Antes de crear al hombre, ya tenía preparado el lugar donde habitaría. Le había creado un lugar donde el dominaría. No sabemos la extensión del lugar, pero como fue hecho por Dios, era hermoso y lleno de plantas y regado por tres ríos. Era un lugar perfecto para la corona de la creación. Allí Dios los colocaría para que habitarán y sojuzgaran la naturaleza, todo lo creado por Dios. Allí estarían, vivirían, y tendría sus hijos y los hijos de los hijos.
Fue un Acto deliberado
(Génesis 1:26)
El acto de hacer al hombre se basó en el deliberado consejo de Dios. Aunque todo lo que Dios había hecho hasta ese punto Él lo pronunció bueno, la creación estaba incompleta sin el hombre. El hombre no fue una idea de última hora, sino el resultado del premeditado propósito de la Deidad. Y después que Dios creó al hombre, entonces dijo que todo lo que había creado era “bueno en gran manera” (v. 31).
Fue directa, especial, e inmediata
(Génesis 1:27; 2:7)
No abarcó proceso evolucionario alguno que relacionara al hombre con alguna forma bruta subhumana, no humana o pre humana. Eso significaría que en cuanto a su naturaleza física el hombre derivó de alguna forma animal no humana a la cual Dios le impartió el aliento de vida. Génesis 2:7 en ninguna forma respalda esta teoría. Por el  contrario, corrobora el hecho de la creación especial empleando materiales inorgánicos; no le da apoyo a la idea de una creación derivada de alguna forma viviente previa.
Si uno pudiera sostener la teoría de que Adán fue creado de alguna forma pre orgánico, Eva ciertamente no lo fue. Su cuerpo fue un acto de creación claro, directo, especial e inmediato. Reconocer esto en el caso de Eva mientras se niega en el caso de Adán, por decir lo menos, es ilógico.
Además, el polvo de la tierra del cual fue hecho el cuerpo del hombre no puede ser una referencia alegórica a alguna forma de vida animal, porque Dios dijo que el hombre regresará al polvo cuando muera, y el hombre no regresa a un estado animal cuando muere (3:19)
Ayuda Idónea  (Gen.2:18,20-25)
El hombre estaba solo sobre la faz de la tierra, a parte de él no había otro ser viviente sobre ella. Nótese la observación de Dios sobre la soledad del hombre y su estado imperfecto (Gen.2:18). Podemos ver que hay un contraste entre la expresión  "no es bueno" con el "bueno en gran manera" de Gen.1:31.  De ahí que expresamos el estado imperfecto[2], ya que necesitaba ayuda idónea para que él no estuviese solo. Para ello Dios creó a todos los seres vivientes que habitan sobre la tierra y el aire. Y estos pasaron delante de Adán y no se encontró ayuda para él.
Entonces Dios  crea la ayuda   de  él mismo, es decir, de la creación humana ya existente (Gen.2:21). En este caso no creó a este nuevo ser viviente de la tierra como hizo con los animales, sino que salió de una parte de él mismo, una parte cercana a su corazón[3].
Notemos que cada ser viviente que creó según su especie fue en pareja, y una pareja de su misma especie[4]. Por tanto, en toda la naturaleza no se iba a encontrar un ser ad-hoc para él. Y este nuevo ser viviente no nació como los demás, nació de una parte del hombre, nació de su costado.
Abarcó dos facetas
Tierra
Dios usó el polvo de la tierra en el cual sopló el aliento de vida. Esto causó que el hombre fuera un ser animado. La misma frase (“un ser viviente”) se usa también en el caso de los animales (1:21, 24; 2:19), pero, puesto que los animales no fueron creados a la imagen de Dios, como lo fue el hombre, existe una clara distinción entre los animales y el hombre.
Costilla
En el caso de Eva, Dios primero tomó una costilla con la carne que la rodeaba del costado de Adán y entonces la formó o la transformó en una mujer (vv. 21–23). Dios construyó a Eva después de haber tomado las partes del costado de Adán. “Construir se aplica a la formación de una estructura de importancia; abarca un esfuerzo constructivo”

Inocencia, el estado original

Nos dice la Biblia que Dios, al terminar la obra de la creación hizo una especie de examen de lo creado y su veredicto fue: "y he aquí que (todo) es bueno en gran manera". En cuanto al hombre se refiere, no solamente era bueno, era santo, recto, puro, inocente. No había en él sombra de pecado, pues es inconcebible que Dios creara una cosa contraria a Su carácter. Además, el modelo para la creación del hombre (la creación de su constitución espiritual) era el mismo Dios (Génesis 1:27). Así es que el estado original del hombre era de absoluta inocencia.
¿Cuánto duró este estado?  No se sabe. Algunos piensan que inmediatamente creado al hombre y a la mujer, estos cayeron del lugar de su lugar de inocencia. Pero la idea subyacente al leer el texto es que hubo un tiempo suficiente para poner los nombres a todas la especies y sub especies de animales, y para darse cuenta que ninguno de los seres creados era de ayuda idónea para él. Además, cuando el hombre se escondió por el pecado cometido, Dios había bajado y caminaba  al aire del día (Génesis 3:8). Esta acción da a entender que era recurrente que Dios bajaba a conversar con Adán.
Por último, si fue poco tiempo o mucho, no es lo más importante en la historia del hombre, sino las consecuencias que tuvo la aparición de un personaje siniestro en esta historia: la serpiente. Satanás introdujo, “en una edad aparentemente temprana”, el pecado. (Génesis 3). De acuerdo con la Biblia, por Adán entró el pecado a la raza humana, pero por Cristo entro la gracia, la cual nos puede restablecer la santidad perdida; (Romanos 5:10-19, Ef. 4:24) si lo aceptamos como nuestro Salvador.
Conclusiones
El hombre es distintivamente diferente a todo lo creado, porque fue creado a la imagen de Dios. “Entonces dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Génesis 1:26-27). 
Dios creó el primer hombre del polvo de la tierra  tal como lo expresa Génesis 2:7. Dios mismo lo forjó a diferencia que todos los demás seres creados a su sola palabra. En cambio, el hombre es una creación especial, lo hizo personalmente.  De todos modos, a través de la historia Dios creó seres humanos de diferentes maneras:
(A) Por concepción entre hombre y mujer.
(B) Sin la participación de una mujer, como Eva.
(C) Sin hombre ni mujer, como Adán.
(D) Sin la participación de un hombre, por una mujer, como Cristo. Esto es otra evidencia del poder de Dios sobre la vida.
Dios dice acerca de su criatura el hombre, "para gloria mía los he creado, los formé y los hice" (Isaías 43:7). Entonces la pregunta es "¿Cuál es la meta final del hombre?" Apropiadamente respondemos, "la meta final de todo hombre es glorificar a Dios."



[1] Planteamiento básico de la teoría físico-química.
[2] Esta expresión en relación a la perfección de Dios.
[3]  Hay un gran simbolismo que señala el respeto, cariño y cuidado que el hombre ha de tener hacia su esposa.
[4] La naturaleza enseña que la cruza entre distintas razas de animales, genera animales estériles, un ejemplo de ellos es la mula

“Cumplido está” Pensamientos sobre el Salmo 22 (Parte II)

«Tu amor lo ha consumado todo...»


No existe ninguna palabra en el vocabulario humano para expresar el amor extraordinario de Cristo, este amor que puso al Dios todopoderoso, creador de todas las cosas, en presencia de los hombres, quienes le insultaban sin que él les respondiera una sola palabra. Él habría podido exterminar a sus enemigos o abandonarlo todo, pero no hizo nada de esto. La obra del Padre debía ser cumplida y Cristo la cumplió con una incomparable perfección que es puesta de manifiesto por las condiciones excepcionales en las que es colocado. Era normal que Jesús, al experimentar toda la maldad del hombre desplegada en su contra, buscara socorro en Aquel que continuamente era su fuerza, pero, en ese mismo momento, debió comprobar y proclamar que su Dios le había desamparado. Su Dios le abandonó en las peores condiciones, pero, a pesar de ello, él no abandonó su confianza en su Dios. Y sin embargo esta confianza, mantenida en el corazón de Jesús por una invariable fidelidad, por la obediencia, por el amor hacia el Padre y hacia nosotros, no era alimentada en esos momentos por el consuelo de una respuesta de Dios a su respecto. Era necesario que la prueba llegara hasta eso; el amor de Dios no retrocedió ante una prueba total, sino que se mostró superior a la prueba al encontrar en sí mismo su única fuerza para pasar por el abandono y la cólera en las condiciones expuestas en este salmo.
Permanezcamos aquí con los pies descalzos (Éxodo 3:5), pues es el terreno más sagrado de todo el universo de Dios.
Encontramos en Isaías 53 esta expresión: "Jehová quiso quebrantarle; le ha afligido" (v. 10). Bastaba que ello agradara a Dios para que el Hijo, obediente por excelencia, siempre dedicado a lo que agradaba a su Padre, se sometiera a este sufrimiento que estaba en los propósitos de Dios a su respecto. La plena aceptación de esta voluntad de su Padre la realiza Jesús cuando, como dice el mismo versículo, ofrece su alma en sacrificio por el pecado.
Lo que tiene de admirable y única esta posición del Señor es la ausencia total de búsqueda (le un recurso cualquiera. Tenemos dificultad para captar esto porque, cuando nosotros mismos estamos en la prueba, buscamos recursos en consoladores, o bien nuestra voluntad propia se pone tensa. Pero el Señor no tenía voluntad propia; nada le protegía. Si lo podemos decir así, todos sus sufrimientos, tanto morales como físicos, estaban desnudos, y desnudos para recibir golpes; golpes de parte de los hombres y golpes de parte de Dios. El Señor no sólo no responde a esos malvados, a esos violentos, con un acto de poder y no alienta contra ellos ningún sentimiento de venganza -por el contrario, intercede a favor de ellos- sino que no tiene siquiera un sentimiento de defensa personal. Es absolutamente único en perfección.
Como la gloria del Señor durante estas tres horas brilló de una manera tan maravillosa, uno de los grandes esfuerzos del Enemigo consiste en esfumar en la cristiandad, e incluso entre los verdaderos hijos de Dios, la claridad gloriosa de la cruz. Y si, en lo que nos concierne, sostenemos que sin la cruz no tenemos salvación (verdad que no es conservada en todas partes) ¡qué pérdida experimentamos cuando no sabemos detenernos juntos al pie de la cruz! ¡Qué pérdida representa para la Iglesia no saber permanecer allí para contemplar esta escena que contemplará eternamente! ¡Qué pérdida también para el cristiano, individualmente, cuando aleja sus ojos de la cruz del Señor! Contemplarla es la energía oculta de toda la actividad cristiana.
Es muy cierto que este lugar de la cruz en el corazón de los cristianos del despertar del siglo pasado estaba en un primer plano. Nuestros primeros hermanos fueron conducidos a profundizar este tema no por medio de un estudio teológico, sino a través de un examen piadoso de la Palabra con el socorro del Espíritu Santo. Consideraron la cruz, a Cristo en la cruz, y no solamente llevando en ella nuestros pecados, sino revelando allí sus insondables perfecciones personales. También consideraron a Cristo en el cielo, pues la cruz y el cielo se tocan.
Ésa fue verdaderamente la buena parte que eligió María y la que debería ser la nuestra. No se pierde el tiempo cuando se toma este lugar; el alma se enriquece, se nutre y penetra en el gozo y los pensamientos de Dios. Hay provecho, edificación, y no sólo esto, sino que tal dedicación a la cruz nos conducirá a una adoración inteligente. Es esencial estar muy atentos a lo que pasó en el Gólgota, y nuestros antecesores, aun al precio de controversias -en el curso de las cuales se llegó hasta acusárseles de blasfemos-, mantuvieron hasta el último aliento la verdad fundamental de la expiación cumplida durante lo que la Palabra llama las tres horas de "tinieblas", y en ellas exclusivamente. En este tiempo del final del testimonio cristiano en la tierra, cuidémonos de dejarnos arrebatar este depósito de verdad que pertenece a la gloria de Jesús. La ignorancia a este respecto es una puerta abierta al enemigo, cuyos designios no desconocemos.
Es muy importante, pues, recordar que, si bien el Señor permaneció en la cruz desde la tercera hasta la novena hora, antes de la sexta y después de la novena gozó de la comunión con su Padre, mientras que, desde la sexta hasta la novena hora, esta porción, que era el gozo eterno de su alma, le fue rehusada. Más aun, Dios estaba en su contra. Esto es lo que toma absolutamente insondable lo que pasó durante esas tres horas, como así también lo que las hace enteramente distintas de las tres horas que les precedieron. Los sufrimientos que Jesús padecía de parte de los hombres, de los cuales tenemos el cuadro moral en los versículos que siguen, pasan a un segundo plano con respecto a aquellos que debió padecer bajo el golpe terrible del abandono de Dios. Si no recordamos eso, perderemos el sentido de lo que son las tres horas de tinieblas, y entonces todos los sentimientos que corresponden al creyente en la contemplación de esta escena el temor, la gravedad, la humillación y la adoración – se verán debilitados. Es, en efecto, una escena inagotable a la cual debería volverse constantemente, en particular el domingo a la hora de la adoración. Allí vemos a Jesús no ya como un modelo —lo que sí es antes de la sexta hora y después de la novena— sino como un Salvador, el único Salvador.
Se comprende que la cruz del Señor, tal como la Escritura nos la presenta y tal como sólo el Espíritu Santo puede permitimos considerarla, sea la gloria y la bandera de la Iglesia. Vemos allí el arreglo definitivo, por parte de Dios, de la cuestión del bien y del mal. Toda la sangre vertida desde los días de Abel, toda la corrupción, todas las cosas vergonzosas, así como todas las violencias, no son más que efectos. Aquí es alcanzada la fuente misma del mal. Sólo esta consideración de la cruz es adecuada para santificamos, para destruir en nosotros la ligereza, la frivolidad, la tendencia a obrar como el mundo, a bromear acerca del mal, perdiendo de vista lo que es la perfidia de la carne. Nada puede ayudamos a tal efecto como la cruz, y también en la medida en que pensamos en ella somos capaces de adorar. ¿Qué puede ser nuestra adoración si no penetramos en aquello de lo cual nos habla la cruz? Nuestro culto no debería ocuparse primeramente con nosotros, sino con nuestro Señor Jesucristo, con su sufrimiento y con su liberación después de la hora novena.
Uno también aprende a conocerse a sí mismo en la cruz, por contraste con Cristo, viendo en él un hombre que actúa, que habla, que guarda silencio para gloria de Dios, y cuya total manera de ser es tan opuesta a la nuestra. Nada nos rebaja tanto, y ello es algo excelente. Tales pensamientos ponen fin a todas nuestras pretensiones y a los esfuerzos que hacemos para cubrir nuestra carne -voluntariosa y corrompida- con apariencias por medio de las cuales nos seducimos a nosotros mismos al querer impresionar a otros. Si permanecemos ante la luz de la cruz, de esta cruz bendita que abre paso al río de la gracia de Dios, seremos felices. Pero ¡cuán a menudo nuestras palabras van más allá de lo que pasa en nuestros corazones, particularmente en el culto!
La meditación de estas cosas, las más elevadas de todo lo que la revelación de Cristo nos ofrece, está absolutamente ligada a la existencia de un testimonio para el Señor. No hay testimonio verdadero sin este punto central que es el origen de toda la obra de Dios con respecto al hombre. Por eso la Mesa del Señor, en la que se celebra el recuerdo de la muerte de Cristo, constituye el centro de una asamblea de cristianos. Si nuestras actividades, nuestros servicios, la predicación del Evangelio, la preocupación por las almas velan en nuestros corazones la belleza moral de la cruz, es una pérdida que nada puede compensar.
        ¡Cuán grande sería nuestra felicidad si la Iglesia estuviera despojada de todos sus ornamentos humanos! ¡Qué gozo gustaríamos si tuviéramos un deseo más grande de identificarnos con Cristo tal como es! ¡Qué gozo sería para el corazón de él! Estamos unidos a Jesús en los efectos de su muerte, pero nos hace falta experimentar también que estamos unidos a él en su muerte misma. El lugar de vergüenza y de rechazo que tuvo de parte de los hombres, es el nuestro; deseemos gustar de ese privilegio. Pero, ante todo, nos hace falta experimentar que el juicio de Dios que cayó sobre Cristo es el nuestro, aquel que se debía a nuestra naturaleza pecadora y a sus frutos. Si lo experimentáramos plenamente, el culto, la cena, todas las reuniones ¡cuánto mayor sencillez tendría, cuánto mayor profundidad, cuánta mayor espiritualidad! Pero el Espíritu Santo no puede brindarnos la contemplación de esta maravilla que es la cruz sin que efectivamente estemos librados de la propia voluntad interior no juzgada, en base a egoísmo y orgullo, que es la que precisamente halla en la cruz su condena sin apelación. Él tampoco puede hacernos gozar de ello cuando nuestros corazones están cargados de toda clase de cosas y llenos del polvo y del barro del mundo. ¡Ojalá él nos desembarace de todo ello para que Jesús tenga el primer lugar en todos los corazones que son suyos! Él es digno de ello, pues si sus sufrimientos físicos marcaron sus manos y sus pies, los sufrimientos de su desamparo marcaron su corazón. Ellos permanecen allí, expresando el lugar eterno que ocupamos en su divino corazón de Salvador, «ese corazón que sufrió por nosotros».

domingo, 5 de enero de 2014

EL TRIBUNAL DE CRISTO

(2 Corintios 5:10; Romanos 14:10)


La idea del tribunal no es aterradora porque el Redentor está allí: tiene una acción santificadora, y es lo que necesitamos. También creo que nuestra manifes­tación ante el tribunal de Cristo será de mucho valor para nosotros. Cuando vuelvo la mirada hacia atrás sobre mi vida pasada, ahora que estoy perfectamente reconciliado con Dios y que mi conciencia está purifi­cada, toda esta vida viene a ser para mi corazón el escenario de los caminos de Dios para conmigo: su paciencia, su bondad, su intervención a favor de mí, miserable como soy, la manera en que me sostuvo y me levantó cuando caí, la manera en que me hizo escapar de peligros conocidos y desconocidos, cómo me ins­truyó, me dirigió, me formó por su gracia, haciendo que todas las cosas contribuyan para mi bien. En pocas palabras, todos sus caminos de perfecta gracia se des­pliegan delante de mis ojos. Sin duda que hoy los veo imperfectamente, pero cuando conozca como soy conocido, cuando los contemple no sólo en la seguri­dad de la gracia, sino también en la perfección de la a, ¡cuántos motivos de adoración encontraré!
        ¡Cuánto más conoceré de Dios a través de estos caminos! ¡Qué instrucción encontraré cuando me sean revelados! ¡Qué poderoso medio para que mi corazón maravillado y agradecido rebose de eternas acciones de gracias! ¡Conoceremos tal como hemos sido conoci­dos! ¡Qué acercamiento de Dios en la intimidad de sus pensamientos tan poco comprendidos durante tanto tiempo, pero que entonces serán las pruebas de un amor que jamás faltó! Así, esta manifestación ante el tribunal de Cristo, que una conciencia no purificada temería, será una gran bendición, un privilegio para todo redimido.

DEMAS

Se nos dice cómo Demas abandonó su posición entre los cristianos primitivos: "Demas me ha desamparado, amando este siglo, y se ha ido a Tesalónica; Crescente a Galacia, Tito a Dalmacia" (2ª Tim. 4:10). El lugar a dónde Demas partió, era lo de menos; se fue porque amaba este mundo, y lo peor de todo, es que abandonó a Pablo y su enseñanza. No se nos dice que hubiese abandonado a Cristo, ni que apostatase de su fe, sino que abandonó a Pablo; y ¿por qué? Porque amaba este mundo. Tal vez, si hubiese vivido en estos días, hubiese querido ser un teólogo, un obispo, o promocionar grandes campañas evangélicas, con la mira de conquistar a mucha gente. Parece que a él no le gustaba seguir los pasos de un hombre cual era el apóstol Pablo, aquel que había escrito: "Sed imitadores de mí así como yo de Cristo" (1ª Cor. 11:1).

            Demas manifestó no poder ceñirse a la comunión de la doctrina del apóstol, la cual le mantendría separado y obscuro. Por el contrario, amando este mundo, es probable que buscara su aplauso, no que amara la mundanalidad. No es difícil ser religioso, y obtener un gran éxito en este mundo actual. Si uno se lo propone, y está dotado de una inteligencia notable, es fácil conseguir ver su nombre en letras de molde, y en las primeras páginas de las revistas de actualidad, y ser persona destacada en su círculo, y esto agrada a la carne. Pero no olvidemos, que todo esto será juzgado ante el tribunal de Cristo. Sabemos que el Señor no tendrá un tratamiento especial para estas cosas en aquel día, sino el que conocemos actualmente, y que es la Palabra de Dios, y a todos se nos demanda delante de Dios y de sus ángeles "a guardar Su Palabra y no negar Su Nombre". Ap. 3:8. Esta es una cosa muy seria y solemne.

EL JOVEN DE NAÍN

1)   El cortejo fúnebre: Lucas 7:11-13.
2)    El verdadero Consolador: v. 14-17.
"Naín" significa «linda» porque esta ciudad estaba situada en un lugar hermoso (entre el monte Tabor y el Hermón) en la llanura de Jezreel. Pero también allí rei­naba la muerte; esta vez, su víctima era un joven (véase Romanos 5:12). Las personas ancianas deben morir; los jóvenes, en cambio, pueden morir; por eso, uno no debe aplazar su arrepentimiento (Hebreos 3:15; 2 Corintios 6:2). En Israel, los cementerios de los judíos estaban fuera de la ciudad, los féretros estaban abiertos y los muertos estaban sólo envueltos con lien­zos. Con esta historia se representa fácilmente la enfer­medad del joven (los cuidados del médico, el desvelo de la madre, la muerte, el duelo y el dolor). Durante el entierro se ve la simpatía del pueblo para con la madre. Ella, una viuda, ya había tenido la experiencia de un entierro: el de su esposo. Su único hijo, su precioso tesoro terrenal, su protección en la vida, le es quitado. ¡Cuán desconsolada, solitaria y pobre se ve su vida!
Pero el Señor conoce su pena. Se acerca compa­sivo. Su maravilloso encuentro con el cortejo fúnebre no es casualidad, sino su providencia y su voluntad.
Este acontecimiento hace resaltar varios aspectos:
1)  La compasión del Señor: El siente nuestra aflic­ción, nuestra pena y nuestro dolor y quiere ayudarnos (Isaías 63:9; 66:13). El amor de madre es grande, pero Su amor es más grande aún (49:15).
2)  El poder y la ayuda del Señor: Elías y Eliseo des­pertaron a unos muertos mediante la oración (1 Reyes 17:20-22; 2 Reyes 4:33-35); Él, en cambio, lo hizo por su palabra. El Señor se muestra como vencedor de la muerte, a la que más tarde quitaría todo poder en la cruz (2 Timoteo 1:10). Por naturaleza somos también muertos, es decir, muertos en nuestros pecados (Efesios 2:1), pero el Señor vivifica espiritualmente (Juan 5:24-25).
3)  El temor y el asombro del pueblo: En presencia de ese poder de Dios, el pueblo siente su pecaminosidad y teme. Reconoce que Dios les ha enviado a Jesús como profeta y ha visitado a su pueblo en gracia, pero aún falta el arrepentimiento sincero y la conversión; si no hubiese sido también salvado y bendecido.                         
                                                             Creced 1997

“Cumplido está” Pensamientos sobre el Salmo 22 (Parte I)

«Una carga de dolores indeciblemente pesada...»


Este salmo, muy conocido por todo cristiano familiarizado con la Escritura, casi no menciona -salvo por una idea general- las consecuencias de la obra de Cristo. Éstas son desarrolladas más extensamente en otros salmos y, en lo concerniente a la Iglesia, en el Nuevo Testamento. Pero todo lo que encontramos en los salmos, en cuanto a experiencias individuales (por ejemplo en el Salmo 32) o en cuanto a bendiciones para el pueblo o para la tierra entera, tiene su fundamento aquí. En efecto, este salmo se caracteriza por poner ante los creyentes al propio Cristo en sus sufrimientos infinitos e infinitamente variados, y sobre todo en el sufrimiento supremo sin el cual todos los otros no habrían tenido ningún efecto a nuestro favor, a saber, el sufrimiento de ser abandonado por Dios. De este salmo se puede decir con propiedad, pues, que constituye el centro moral del libro de los Salmos, pues nos muestra la obra del Señor Jesús, la que hace posibles todas las bendiciones contenidas en el resto del libro y el cumplimiento del consejo de Dios para con su pueblo y para con la tierra. Estamos aquí en presencia de lo que está en el corazón mismo del pensamiento de Dios con respecto a su gloria y también con respecto a nuestra bendición: los sufrimientos de Cristo durante las tres últimas horas de la cruz. Es un hecho curioso y humillante nuestra propensión a descuidar a menudo este tema mayor para ocupamos en cosas de un orden inferior. Pero, evidentemente, se trata del tema más difícil de meditar, pues exige el más ejercitado y el más serio estado de alma. Se puede disertar sobre las bendiciones cristianas, pues ello tiene su debido lugar y constituye una preciosa fuente de aliento y consuelo; pero, sin embargo, no debe perderse de vista que todas las bendiciones del creyente no son más que el fruto de este sufrimiento. Además, en el tema central que consideramos hay, por sobre todo, una fuente de luz como no la encontramos en ninguna otra parte. Ello nos invita a detenernos allí con el socorro del Espíritu de Dios, seguros de que, si podemos asomarnos con santo temor sobre este infinito, ello será para bien de todos nosotros.
Inmediatamente, sin preámbulo, somos colocados ante el gran hecho del abandono de Cristo, pues el primer versículo lo escuchamos de boca del Señor en la cruz. Es uno de los más profundos, de los más maravillosos, de los más insondables versículos de la Escritura. Como ocurre generalmente en este libro, el primer versículo del salmo expresa el pensamiento fundamental de éste. Él introduce, además, la primera parte del salmo (versículos 1 a 21), la que nos presenta al Señor Jesús crucificado. Todo lo que nos describen estos versículos, y los pensamientos que en ellos se expresan, corresponden a lo que se desarrolló durante las seis horas de la crucifixión (Marcos 15:25, 33), pues si encontramos -como en el primer versículo- los sufrimientos expiatorios del Señor, también tenemos ocasión de considerar muchos otros sufrimientos que les precedieron. La segunda parte del salmo (versículos 21 a 31) nos presenta los resultados de lo que él pasó, resultados que sucesivamente están relacionados con el residuo de Judá -asimilado a la Asamblea- en el tiempo que siguió a la resurrección del Señor (según Hebreos 2:12); luego con Israel, los que temen a Jehová, los mansos; seguidamente con los que serán convertidos cuando el Evangelio del reino sea predicado; y, por Último, con los que nacerán durante el milenio: "pueblo no nacido aún" (v. 31).
Se puede destacar que, en la mayor parte del salmo, solamente Cristo habla. En otros salmos -el precedente, por ejemplo- escuchamos a muchos interlocutores. Aquí no, y el mismo Jesús es quien se expresa durante esos momentos terribles. Así sucede desde este maravilloso primer versículo, acerca del cual podemos pedir que jamás pierda -por más que sea citado- su fuerza sobre nuestros corazones y nuestras conciencias: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?” El evangelio de Mateo (27:46) nos enseña con precisión que Jesús exclamó así, a gran voz, cerca de la hora novena. El Espíritu Santo incluso ha conservado para nosotros esta incomparable frase en la lengua en la cual fue pronunciada, como para subrayar su importancia: "¡Elí, Elí, lamá sabactaní!"
A ese grito, sin hesitación, el corazón del creyente responde: «¡Fue por mí!» Y es preciso pensar que todos aquellos que en lo sucesivo se vean beneficiados por esta obra -sea el residuo de Judá, Israel o la tierra entera- podrán dar a este grito una respuesta semejante en el fondo, aunque diferente en su desarrollo. Sin embargo, no se trata en primer lugar de la bendición de los hombres, sino mucho más bien de la gloria pura y eterna de Dios. Eso es lo que puede inspirarnos el sentimiento de la magnitud del ultraje que constituye para Dios el más insignificante de los pecados, la más pequeña desobediencia, el menor signo de propia voluntad. Un pecado, cualquiera que sea, ultraja a Dios, y la medida del sentimiento que despierta en Dios no es dada más que por el desamparo de Jesús. ¡Cuánta luz proyecta ello sobre el estado y la historia del mundo entero! No es el mal que está en uno comparado con el mal que está en otro. Es el mal que está en el hombre puesto en presencia de Dios mismo y la manera en que Dios lo trata. Nosotros nos sentimos inclinados a atenuar el mal porque nos olvidamos de Dios, pero Cristo, justamente porque no lo olvidó, tuvo que vérselas con Él en las condiciones que tenemos aquí. Él no murió sólo por pecados que causan horror, sino también por toda la locura, la ligereza, la frivolidad, las faltas más benignas o las más fundamentales de la naturaleza humana. Todo es igualmente horroroso e igualmente condenado.
El Señor Jesús suministró allí a Dios, su Padre, la ocasión única de dar la medida de lo que él es con relación al mal. El juicio de los impíos y el lago de fuego y azufre no darán esta medida en igual grado; es un juicio merecido, ejercido contra pecadores, contra rebeldes, mientras que, en el caso de Cristo, la medida es perfecta porque la cólera de Dios se ejerce sobre alguien que, por obediencia, se ofrece perfecto para ser hecho “pecado por nosotros” (2 Corintios 5:21). Aparentemente, Dios no era justo castigando así a su Hijo; sin embargo, precisamente de esa manera él daba la medida absoluta de su justicia. Nada es más adecuado para santificar el alma que la meditación de esas cosas.
El gozo que el Señor compartía con su Padre era infinito; y de este gozo debía ser privado. En ínfima medida sabemos lo que es sufrir cuando nos vemos privados de la comunión con el Padre. Lo sufrimos en la proporción del valor que cada uno de nosotros atribuye a tal comunión. Para Cristo, esta comunión tenía un valor infinito, de manera que su interrupción debió de ser un sufrimiento infinito.
Esas tres horas terribles de la hora sexta hasta la hora novena son las que, en la angustia del combate, el Señor anticipaba en Getsemaní. Todo el horror del abandono pasaba por su alma. Es comprensible que, ante el pensamiento de ser desamparado por Dios -de quien había hecho todas las delicias y a quien había glorificado en toda circunstancia con una entera obediencia- el Señor haya sido invadido por el terror, que haya sido grandemente angustiado y que su alma haya sido oprimida por una tristeza que llegaba hasta la muerte (Marcos 14:34).
Conviene recordar que el Señor Jesús fue cargado judicialmente con nuestros pecados sólo a partir de la sexta hora. Pero, desde la sexta hasta la novena hora, él, que era perfecto, a quien jamás había alcanzado mancha alguna, no sólo llevó ese peso de nuestros pecados sino que fue hecho pecado paya que Dios condenara "el pecado en la carne" (Romanos 8:3). El, que tenía acerca del mal una sensibilidad infinita, una entera repulsión era allí considerado -no podemos olvidarlo- de la misma manera que él mismo consideraba al pecado y era tratado como el mal lo merece, no a los ojos de los hombres, sino a los de Dios. Y, para Dios, el pecado, lo sabemos, tiene el doble carácter de mancha y de culpabilidad. La mancha es un hecho abominable para un Dios santo, y la culpabilidad, por su lado, reclama de parte de un Dios justo un juicio sin remisión. Es preciso que nos coloquemos bajo esta luz, pues allí -y sólo allí- se pueden hacer progresos en cuanto al discernimiento de lo que es el bien y el mal. El grado definitivo en la medida del bien y del mal sólo se encuentra allí, durante las tres horas. Todo el resto es relativo; allí está lo absoluto.
Entonces, como se ha tenido ocasión de expresarlo alguna vez, uno puede preguntarse cuál era la fuerza que sostenía al Señor al hundirse en este abismo, por qué maravilla de gracia, de fuerza, él pudo introducirse en esas tres horas de tinieblas en las que debía ser desamparado. No podía apoyarse en Dios, él que en los evangelios declara que su comida era hacer la voluntad de su Padre y cuyo gozo era obedecerle. En Getsemaní, él llama a su Padre "Abba, Padre"; en la misma cruz, tanto antes como después de las tres horas, él habla a su Padre. Pero, durante las tres horas, ¡no más! La única fuerza para su corazón, lo que había sido su apoyo incluso debía faltarle. Menos aún podía contar con sus discípulos; no podía contar con nada ni nadie. ¡Tal fue el desamparo de Jesús! Sin embargo, tenía una cosa, una sola cosa para sostenerle y para llevarle allí: la potencia de su amor, su amor por Dios y su amor por los suyos. Se encuentra aquí evidenciada, revelada de una forma definitiva y absoluta, la potencia del amor divino. Todo el resto es de un orden inferior. "Por el gozo que fue puesto delante de él" -nos dice Hebreos 12:2- "soportó la cruz, despreciando la vergüenza". Este gozo no era otro que el amor del Padre actuando en él, puesto que tenía ante sí el gozo de haber glorificado a Dios en una medida infinita. La perfección, cualquiera sea su grado, está en relación con el amor que se tiene hacia Dios; aquélla es el fruto de éste. El Señor probó que él podía decir con toda razón: "Yo amo al Padre" (Juan 14:31). Recordemos también, a propósito de ese maravilloso amor, este pensamiento de uno de nuestros antiguos hermanos: «Nada hay comparable a la cruz, salvo el corazón de Aquel que murió en ella».
Está escrito: "Muchas aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos lo pueden anegar" (Cantar de los Cantares 8:7); ello es cierto, absolutamente, respecto del amor divino de Jesús, amor ardiente que las olas del juicio que pasaron sobre él no pudieron apagar en su corazón.
Fue un momento único: los hombres estaban contra el Señor, los discípulos lo habían abandonado; todos los poderes del infierno estaban allí; y luego -cosa aún más terribles- Dios mismo se volvía contra él. Frente a ello, el Señor Jesús está absolutamente solo. Él había dicho a Pedro: "¿O acaso piensas tú que no puedo orar a mi Padre, y él, ahora mismo, pondría a mi servicio más de doce legiones de ángeles?” (Mateo 26:53). Pero los ángeles que están allí contemplan esta escena y no pueden intervenir.
Algo muy digno de atraer la atención de nuestros corazones es ver desamparado al Justo, a aquel que habría podido ascender al cielo. Pero él debía adquirir para Dios, por medio de su sangre, hombres de toda tribu y lengua y pueblo y nación para hacerlos reyes y sacerdotes. Se trataba precisamente de la salvación de aquellos que, por sus pecados, eran la causa de esas horas terribles, pues nosotros estábamos también presentes, por nuestros pecados, en esa escena única, de modo que no podemos contemplarla sin comer hierbas amargas (Éxodo 12:8) con el sentir de los sufrimientos que hemos costado al Señor. 

Esto lo recordamos, ante todo, el primer día de la semana. La alabanza está ligada a ese desamparo de Jesús para gloria de Dios, para que todo lo que es Dios, en amor respecto a los pecadores y en santidad respecto del pecado, tenga ocasión de ser manifestado. En consecuencia, el culto, la cena, deberían ser celebrados con corazón verdadero y una profunda sencillez, en oposición al formalismo y la ligereza. No basta derramar lágrimas de sentimentalismo humano, como lo hacían las hijas de Jerusalén que seguían al Señor cuando llevaba la cruz. Es preciso el recogimiento, el temor que sólo el Espíritu Santo y la Palabra pueden producir y mantener en el corazón de los santos, con la humillación resultante del recuerdo de que nuestro pecado necesitó de esas horas. Nada nos pondrá tan graves y serios como la contemplación de este desamparo de Jesús, quien no tuvo ninguna atenuación a su sufrimiento cuando bebió la copa amarga.

Meditaciones.

“Si corriste con los de a pie, y te cansaron, ¿cómo contenderás con los caballos? Y si en la tierra de paz no estabas seguro, ¿cómo harás en la espesura del Jordán?”
(Jeremías 12:5).


Éste es un excelente versículo que nos desafía cuando somos tentados a rendirnos rápida y fácilmente. Si no podemos hacer frente a las dificultades menores ¿cómo esperamos afrontar las mayores? Si nos doblamos bajo los golpes insignificantes de la vida, ¿cómo aguantaremos bajo los golpes más fuertes?
Oímos de los cristianos que se malhumoran y ponen mala cara porque alguien les ofende. Otros dejan de trabajar y presentan la dimisión porque alguien les ha criticado. Y otros tuercen la nariz porque les han rechazado una buena idea.
Algunos, con un pequeño malestar físico ya aúllan como un oso herido. Y uno se pregunta qué harían con una enfermedad mortal. Si un hombre de negocios no puede hacerle frente a los problemas cotidianos, es poco probable que pueda hacerle frente a los que son en verdad grandes.
Todos necesitamos una cierta cantidad de disposición resistente. Esto no quiere decir que debamos ser ásperos o insensibles. La idea es que no nos ahoguemos en un vaso de agua. Necesitamos la fuerza moral que nos da aguante en las vicisitudes de la vida, y nos haga capaces de levantarnos y seguir adelante.
Quizás hoy te enfrentes a una crisis. Al momento te parece muy severa y te sientes tentado a renunciar, pero dentro de un año ésta ya no parecerá tan importante. Es el momento de decir con el salmista: “Contigo desbarataré ejércitos, y con mi Dios asaltaré muros” (Salmo 18:29).
El escritor anónimo de la epístola a los Hebreos hace una interesante observación a los que están desafiando para que resistan: “Porque aún no habéis resistido hasta la sangre” (Hebreos 12:4). En otras palabras, aún no has pagado el precio más alto, el martirio. Si los creyentes se angustian por un plato roto o un gato que se extravió, o un desengaño amoroso, ¿qué harían si tuvieran que enfrentarse con el martirio?

La mayoría de nosotros habríamos renunciado hace tiempo si cediéramos a nuestros sentimientos. Pero no es posible renunciar en la batalla cristiana. Levántate del suelo, sacúdete el polvo y métete en el conflicto mismo. La victoria en las escaramuzas pequeñas nos ayudará a ganar batallas mayores.