lunes, 8 de abril de 2019

GEDEÓN, EL LIBERTADOR (4)


J. B. Watson (1884-1955),
The Witness, febrero a julio, 1944.

La preparación del hombre, Jueces 6.25 al 40


3. El poder del Espíritu
    Fíjese ahora en una consecuencia inmediata. Apenas corrigió Gedeón la situación en cuanto a Baal y su árbol sagrado, y apenas había construido un altar para Dios y ofrecido el sacrificio correspondiente, que él fue investido espiritualmente para realizar la tarea que Dios le había llamado a hacer. “El Espíritu de Jehová vino sobre Gedeón, y ... éste tocó el cuerno ...” La obediencia habilita a uno.
    El poder de Dios busca un intermedio humano para la bendición de la humanidad. En Gedeón, limpiado ya de la contaminación de la idolatría, Dios encuentra un canal, un instrumento útil, un vaso limpio, un hombre preparado. Por lo tanto, Él se apropia de la personalidad de Gedeón y la emplea para el fin que tenía por delante. Dice nuestra traducción que el Espíritu vino sobre él, pero algunas otras dicen que le revistió, o “el Espíritu se vistió de Gedeón”.
    Son tres las veces que encontramos esta expresión tan llamativa en el Antiguo Testamento. Aquí es empleada con referencia a Gedeón. En 1 Crónicas 12.18 es en cuanto a Amasai y su fidelidad a David en un tiempo cuando las lealtades estaban cambiándose. El Espíritu vino sobre él cuando declaró: “por ti, oh David, y contigo, oh hijo de Isaí”. Y en 2 Crónicas 24 leemos de Zacarías el sacerdote, quien profetizó contra la desobediencia a los mandamientos de Dios en los días de Joás; dice el versículo 20 que “el Espíritu de Dios vino sobre Zacarías”. Mateo 23.35 nos cuenta cómo pagó por esto con su vida. Repito: en cada caso el lenguaje es que el Espíritu Santo se vistió de la persona[1].
    Entonces, la plenitud del Espíritu puede significar la victoria sobre los enemigos del pueblo de Dios; puede fortalecer a uno para una lealtad declarada a Cristo en un día cuando semejante fidelidad puede costar cara; o, puede, como en el tercer caso, dar fuerza para aguantar padecimiento y pérdida. O sea: para la vida de triunfo (Gedeón), de testimonio (Amasai), o de padecimiento (Zacarías), hace falta el mismo poder, el poder del Espíritu Santo, y sólo ese poder basta.
    Gedeón tocó el cuerno y “los abierzeritas se reunieron con él”. Eran la gente de su propio distrito, y fueron los primeros en seguirle. Fue ese testimonio en casa que trajo este gran resultado. Pero el alcance del llamado se extendió; el sonido del cuerno alcanzó tribu tras tribu, hasta que el ejército de Gedeón se hizo gran hueste. ¡Qué cuadro es éste de la influencia creciente que puede tener la vida de un siervo de Dios que esté lleno del poder del Espíritu! Silenciosa, persuasiva, expansiva, efectiva: ¿quién no anhela una vida de poder espiritual?

4.      El vellón y el rocío
    Esta es la segunda señal solicitada por Gedeón. La solicitud fue, en este caso, una evidencia de una fe imperfecta. Él tenía ya la promesa que Dios le habló: “Ciertamente yo estaré contigo, y derrotarás a los madianitas como a un solo hombre”, 6.16. Para la fe sencilla esto había sido suficiente, pero, ¡pobre de nosotros! somos criaturas tan débiles que pedimos que la sola Palabra de Dios sea reforzada y ratificada por medio de una señal.
    Es una fe coja la que pide señal cuando la promesa ha sido dada. Con todo, nuestro Dios tierno y misericordioso nos permite a veces estas muletas para la fe débil. Así fue en este caso. Por cierto, concedió aun la señal doble que Gedeón pedía: primeramente, que sólo el vellón fuese llenado de rocío, y luego que sólo el vellón quedase seco. Cuán tierno es Dios en su trato con la le fe tenue; nos conviene alabarle por su ternura y paciencia con nosotros en nuestras fallas.
    ¿Qué es la lección de la señal doble? Se han ofrecido muchas explicaciones maravillosas, pero la mayoría han sido demasiado imaginarias como para convencer. La lección sencilla y obvia es, aseguradamente, que Dios es soberano en el otorgamiento y la negación de la bendición espiritual. Conforme a su voluntad, la lana se encuentra mojada; igualmente, a su mandato la lana se encuentra seca, pero todo lo demás está mojado. Él manda la bendición, y permite que la fe le mueva a Él.
    ¿Cómo podemos saber que Él llenará nuestro vellón con rocío; a saber, que llenará nuestro servicio con la unción del Espíritu Santo? Él ha revelado que manda la bendición cuando prevalecen ciertas condiciones en las personas que le buscan.
    Así, establece en Isaías 66 que mira a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a su palabra. Él dispone que la bendición sea derramada sobre el alma obediente y sumisa. Y, hay la norma del Salmo 133: Cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía, porque allí envía Jehová bendición. El dispone que su bendición caiga sobre los grupos de santos cuyos corazones estén tejidos en la unidad santa.
         “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho”, Juan 15.7. El dispone que haya bendición para quien obedezca. ¿Quién, entonces, anhela un vellón saturado, una vida llena de poder?


[1] Nota: Reina-Valera de 1909: “... se envistió en Gedeón” La Versión Moderna de 1893 da en todos tres casos: “el Espíritu revistió a”.

LA PRIMERA EPÍSTOLA A TIMOTEO (4)


Por Hamilton Smith
El Orden de la Casa de Dios
(1 Timoteo 2 y 1 Timoteo 3)



(b) La casa de Dios, un testimonio de la gracia de Dios (versículos 5-7)


 (V. 5). Dos grandes verdades son expuestas ante nosotros como el terreno en el cual Dios trata con los hombres en gracia soberana. En primer lugar, hay un solo Dios; en segundo lugar, hay un solo Mediador.
El hecho de que hay un solo Dios había sido declarado antes de que Cristo viniera. La unidad de Dios es la gran verdad fundamental del Antiguo Testamento. Fue el gran testimonio de Israel, como leemos, "Oye, Israel: JEHOVÁ nuestro Dios, JEHOVÁ, uno solo es." (Deuteronomio 6:4 - VM). Era el gran testimonio que debía fluir a las naciones desde Israel, como leemos, "¡Todas las naciones júntense a una...! ... escuchen a mis testigos, y digan: Es verdad. Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi Siervo, a quien he escogido; para que sepáis, y me creáis, y entendáis que yo soy. Antes de mí no fue formado dios alguno, ni después de mí habrá otro. ¡Yo, yo soy Jehová, y fuera de mí no hay Salvador!" (Isaías 43: 9-11 - VM).
El cristianismo, al mismo tiempo que mantiene la gran verdad de que hay un solo Dios, presenta además la verdad igualmente importante de que hay un solo Mediador entre Dios y los hombres. Esta última verdad es la verdad distintiva del cristianismo.
Tres grandes verdades son presentadas caracterizando al Mediador. Primero, Él es uno. Si Dios es uno, es igualmente importante recordar la unidad del Mediador. Hay un solo Mediador y ningún otro. El papado, y otros sistemas religiosos corruptos de la Cristiandad, han negado esta gran verdad, y han restado valor a la gloria del único Mediador, instalando a María, la madre del Señor, y a otros hombres y mujeres canonizados como mediadores.
En segundo lugar, el Único Mediador es un Hombre para que Dios pueda ser conocido por los hombres. El hombre no puede elevarse a Dios; pero Dios, en Su amor, puede descender al hombre. Uno ha dicho, 'Él descendió a las profundidades más bajas para que no hubiese nadie, incluso el más inicuo, que no pudiese sentir que Dios en Su bondad estaba cerca de él - que había descendido hasta él - Su amor hallando su ocasión en la miseria; y que no había ninguna necesidad para la cual Él no estaba presente, que Él no podía satisfacer.' (J. N. Darby).

 (Vv. 6, 7). En tercer lugar, este Mediador se dio a Sí mismo en rescate por todos. Si Dios ha de ser proclamado como un Dios Salvador, que quiere que todos los hombres sean salvos, Su santidad debe ser vindicada y Su gloria mantenida. Esto ha sido cumplido perfectamente por la obra propiciatoria de Cristo. La majestad de Dios, la justicia, el amor, la verdad, y todo lo que Él es, ha sido glorificada en la obra llevada a cabo por Cristo. Él es una propiciación por todo el mundo. Se ha hecho todo lo que se necesitaba. Su sangre está disponible para el más vil, quienquiera que él sea. De ahí que el evangelio dice al mundo, el que quiera, venga. En este aspecto podemos decir que Cristo murió por todos, que se dio a Sí mismo en rescate por todos, un sacrificio disponible por el pecado, para quien quiera que venga. Estas son las grandes verdades que deben ser testificadas a su debido tiempo - la gracia de Dios proclamando a todos el perdón y la salvación sobre el terreno de la obra de Cristo, quien se dio a Sí mismo en rescate por todos. Cuando Cristo hubo ascendido a la gloria, y el Espíritu Santo hubo descendido a la tierra a morar en medio de los creyentes, formándolos así en la casa de Dios, el debido tiempo había llegado. Desde esa casa el testimonio debía fluir, siendo el apóstol aquel usado por Dios para predicar la gracia, y abrir de este modo la puerta de la fe a los Gentiles (Hechos 14:27). De esta forma él puede hablar de sí mismo como de un predicador, un apóstol, y un maestro de los Gentiles en la fe y en la verdad.

LAS CANCIONES DEL SIERVO (4)

LA TERCERA CANCIÓN: EL SIERVO EN LA ESCUELA DE DIOS.
Isaías 50: 4 - 11.


En esta canción encontramos al Siervo ejerciendo por fin su ministerio público, pero se ha de notar que éste se ve mayormente desde dentro, en el marco de la íntima comunión que mantenía con el Padre. Es digno de notar, además, la reiteración (cuatro veces) del título «Jehová el Señor» subrayando el hecho de que el Siervo se encuentra bajo sus órdenes, no pudiendo «hacer nada por sí mismo», sino dependiente de todo lo que «veía hacer al Padre» (Juan 5:19).

El aprendizaje y el discipulado del Siervo. Vers. 4.
El aprendizaje del Siervo no terminó con su Bautismo y la derrota de Satanás en la Tentación al prin­cipio de su ministerio, sino que siguió a través de los restantes años de su vida. Notemos, además, que las lecciones de la «escuela de Dios» se impartían a diario a fin de que supiese qué palabras dar al cansado (moral y espiritualmente hablando) en cada ocasión. La vida del hombre, aún antes del pecado, estaba sabiamente ordenada por el Creador en ciclos de 24 horas y no había de ser de otra manera para su Hijo (véase Salmo 90:12, 14). Cada mañana recibía sus órdenes porque el hombre verdaderamente sabio es aquel que, recono­ciendo su ignorancia, se dispone a recibir atento de quién puede darle las cosas que necesita saber y que más tarde habrá de transmitir a otros. Hemos de desterrar toda idea de una especie de automatismo en el caso de nuestro Señor Jesucristo, como si no tuviese ninguna necesidad de aprender. Al contrario, Él, más que nadie, estaba completamente abierto al Padre y al Espíritu para recibir todo lo que el trino Dios le quería dar para las exigencias de cada día de su ministerio. Tenía que ejercer fe (por eso se le llama el Autor y Consumador de ella en Hebreos 12:2) continuamente, aceptando la autolimitación que había asumido voluntaria y deliberada­mente en su Encarnación. La segunda Persona de la Trinidad no necesitaba que nadie le enseñase nada, pero al llegar a ser el Verbo encarnado aceptó las limitaciones de su condición humana con todas las consecuen­cias. De otra manera no había podido ser nuestro representante y sumo sacerdote compasivo, apto para com­prender toda nuestra situación. La grandeza del Siervo, pues, no estriba solamente en lo que hace sino en lo que aprendió a hacer bajo la amorosa tutela del Padre.

La entrega absoluta del Siervo a Dios. Vers. 5 y 6a.
Aquí encontramos la verdadera «pobreza de espíritu» que sobre las demás cosas Jesús quiso ver refle­jada en las vidas de los que le seguían (Mateo 5:3). Por medio de la figura del esclavo que «no quiere salir libre» porque ama a su amo y a su familia (véase Éxodo 21:1-6 y Hebreos 10:5-7), el Siervo se consagra sin reservas al servicio de su Dueño celestial; se deja clavar al poste de la casa del Amo («abrir el oído» = hora­dar la oreja), marcado para siempre por el amor. No se rebeló ni volvió atrás; se entregó por completo a su magna tarea a pesar de toda la oposición, la indiferencia y la incomprensión de los que le rodearon.

La mansedumbre del Siervo. Vers. 6.
El ver. 6 ilustra la manera en que el Siervo se porte frente a los hombres al hacer esa entrega absolu­ta: involucró la mansedumbre más pura delante del desprecio y la burla cruel de sus adversarios. Dijeron de Él cosas terribles acusándole de ser «bebedor de vino», «loco», «amigo de publicanos y pecadores», «pecador», «no de Dios», «impostor», «engañador», «revolucionario», «endemoniado», etc., y en las últimas escenas de su vida apareció la crueldad física también. Pero Él no replicó, sino que, en las palabras del apóstol Pedro «en­comendó su causa al que juzga justamente» (1 Pedro 2:24-25).

El tesón del Siervo. Vers. 7.
En Luc. 9:51 y Mat. 10:32 podemos observar estas cualidades. No hubo temor del hombre en Él; todo lo que hacía obedecía a la necesidad de agradar ante todo a su Padre, ocurriese lo que ocurriese. Sabía que podía contar con su gracia para cada circunstancia y que Él no le avergonzaría nunca (vers. 7), y por eso «pu­so su rostro como el pedernal».

La confianza y el denuedo del Siervo. Vers. 7 - 9.
Como la confianza absoluta en el amor y la fidelidad del Señor a sus promesas es uno de los rasgos más característicos del Nuevo Pacto, es comprensible que se viera de forma destacada en Aquel cuya Obra trae ese Pacto: el gran Siervo de Jehová que confía plenamente en su Dios a pesar de toda la oposición levan­tada en su contra (vers. 8 - 9). Sabe que habría siempre «oportuno socorro» (gracia); sabe que cuenta con la presencia del Padre (véase Juan 16.32-339; sabe también que éste le vindicará por la Resurrección (1 Tim. 3:16). Los veredictos humanos habían de ser trastocados por aquel magno acontecimiento y la Ascensión, y anulados en cuanto a sus efectos entre los hombres por el descenso del Espíritu Santo en Pentecostés. Esperan todavía su manifestación pública en la Segunda Venida y el Juicio Final, pero su cumplimiento es seguro. Y todo aquel que se opone al Siervo no podrá tener éxito; su aparente poder desvanecerá, vendrá a nada (vers. 9).

El reto de Dios. Vers. 10 - 11.
Frente a la contemplación de la figura del gran Siervo en estas dos canciones no podemos quedar indi­ferentes porque Dios nos lanza un reto en el vers. 10 a cuantos nos preciamos de ser siervos suyos y seguido­res del Maestro. Ya hemos visto que el Siervo temía a Dios (le reverenciaba, le colocaba en primer lugar para agradarle, ante todo); este temor es el «principio de la sabiduría» verdadera. Como fue en su caso la senda del servicio es a menudo oscura y difícil, requiriendo de cada uno esa misma confianza que Él mostró aún cuando no podamos ver claramente muchas cosas. Dice el salmista que «el Nombre de Jehová es una torre fuerte» en la que hallan refugio los justos porque se apoyan en su carácter fiel y así siguen adelante. Lo opuesto - apoyarse en los recursos humanos- se ve en el vers. 11 llevando al más completo fracaso y a la perdición en aquellos que sólo son siervos de nombre, y a la pérdida de su recompensa en el caso de creyentes inconse­cuentes.

Conclusión.
Podemos terminar con una pregunta: ¿por qué se coloca este reto aquí precisamente y no al final de la última canción? Creemos que la razón de ello estriba en que hay una distinción clara entre la descripción del ministerio del Siervo en las primeras tres canciones, que son ejemplares para todo siervo de Dios, y la Obra maravillosa de expiación y justificación descrita en la cuarta que es vicaria y en la que no podemos tomar parte nadie.
Haremos bien en recordar las líneas maestras del servicio que Dios espera de los suyos. Ha de partir de un llamamiento y una elección divina que da convicción y un sentido de propósito a cuanto hagamos. Ha de haber una sumisión a, y una dependencia total de Dios al pasar por las distintas etapas de su escuela. Asi­mismo, una comunión íntima que permite la revelación constante y creciente de su voluntad, y una confianza total en lo que Él quiere y puede hacer en y por medio nuestro, sea cual sea la oposición o la dificultad que pueda haber. Y si añadimos a todo esto el amor acendrado que ha de caracterizar cuanto hagamos, tanto a Dios como a los hombres, tenemos todos los elementos necesarios para completar el cuadro del siervo que se asemeja a su Señor.

¿Cuál es el significado y alcance del carácter del Señor, considerado como ''Hijo del Hombre"?


Pregunta¿Cuál es el significado y alcance del carácter del Señor, considerado como ''Hijo del Hombre"?

Primera Respuesta: 
En el evangelio según Lucas, el Espíritu de Dios nos presenta a Jesús bajo Su carácter de "Hijo del Hombre", tra­yendo a los hombres, de parte de Dios, la gracia que todos ne­cesitan. Por consiguiente, sobre todo lo que concierne a la humanidad de Cristo, hallamos más detalles que en los otros evangelios; al mismo tiempo, Su perfecta divinidad brilla en cada página. A lo largo del relato inspirado, vemos a Jesús como al hombre que hubiéramos podido encontrar si hubié­semos vivido en aquel tiempo; pero, para la fe, era "el más hermoso de los hijos de los hombres" porque la gracia 'se derramaba en sus labios'. (Salmo 45:2).
Ya presentado en Mateo y Marcos como Mesías y Profeta, Jesús debía serlo también como Hijo del Hombre. Fue anun­ciado como tal a la caída del primer hombre, cuando Dios le dijo a la serpiente, hablando de la simiente de la mujer: "ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar." (Génesis 3:15). Luego, los profetas le anunciaron como Hijo del Hombre (ver Salmo 8:4; Salmo 80:17; Daniel 7:13), como Aquel en quien Dios pensaba en Sus consejos eternos; porque Adán era solamente "figura del que había de venir" (Romanos 5:14); Adán no era hijo del hombre, ni simiente de la mujer, ya que Dios le había creado hombre adulto, mientras que Jesús, para ser un hom­bre, tuvo que nacer de una mujer. Aunque colocado en este mundo como jefe de la creación, Adán perdió todo por su pe­cado; Dios no podía contar con él para el cumplimiento de Sus consejos. Por eso, contaba con Su Hijo, segundo hombre, postrer Adán. "Cuando al mar puso sus límites para que las aguas no transgredieran su mandato, cuando señaló los cimientos de la tierra, yo estaba entonces junto a Él, como arquitecto; y era su delicia de día en día, regocijándome en todo tiempo en su presencia, regocijándome en el mundo, en su tierra, y teniendo mis delicias con los hijos de los hombres." (Salmo 8: 29-31; LBLA).
Al venir a este mundo como un hombre, Jesús reemplaza pues al primer Adán; lleva las consecuencias de la caída, qui­ta el pecado de delante de Dios, y, en virtud de la redención, viene a ser jefe y heredero de todo lo que Dios destinaba al hombre según Sus consejos. Llegado el tiempo, El reinará co­mo tal sobre el universo entero, que habrá librado del poder del enemigo hasta que entregue el reino al Dios y Padre, para el estado eterno (Daniel 7: 13-14; 1ª. Corintios 15:24).

MEDITACIÓN

“Compra la verdad, y no la vendas” (Proverbios 23:23).
Para obtener la verdad de Dios hay que pagar un precio y debemos estar dispuestos a pagarlo, cueste lo que cueste. Una vez que hemos obtenido la verdad no debemos renunciar a ella. 
     El versículo no debe tomarse tan literalmente al grado que podamos comprar Biblias o literatura cristiana pero no venderlas. Comprar la verdad en nuestro texto significa hacer grandes sacrificios para conseguir el conocimiento de los principios divinos. Puede significar hostilidad por parte de nuestra familia, la pérdida del empleo, romper con lazos religiosos, pérdidas financieras y hasta maltrato físico.
Vender la verdad significa comprometerla o abandonarla por completo. Nunca debemos hacer eso.
En su libro La Iglesia en el Hogar, Arnot escribió: “Es una ley de la naturaleza humana que lo que viene fácil, fácil se va. Lo que ganamos con duro trabajo podemos retenerlo firmemente, trátese de nuestra fortuna o de la fe. Aquellos hombres que han obtenido grandes riquezas sin problemas o sin duro trabajo, con frecuencia las derrochan y mueren en la pobreza. Muy rara vez el hombre que hace una fortuna por medio de enormes esfuerzos, la despilfarra. Asimismo, dadme el cristiano que ha luchado para llegar a su cristianismo. Si ha alcanzado ese lugar de riqueza por medio de fuego y agua, no abandonará fácilmente su herencia”.
Santos de todos los tiempos han vuelto la espalda a la familia, la fama y la fortuna para entrar en la puerta angosta y caminar por el camino estrecho. Como el apóstol Pablo, han estimado todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús el Señor. Como Rahab, han renunciado a los ídolos del paganismo y reconocido a Jehová como el único Dios verdadero, aun si esto se interpretara como una traición a su propio pueblo. Como Daniel, se han negado a vender la verdad, aunque esto significaba ser echado a un foso lleno de leones hambrientos.
Vivimos en una época donde el espíritu de los mártires escasea considerablemente. Los hombres están más dispuestos a comprometer su fe que a sufrir por ella. La voz del profeta está ausente. La fe es fláccida. Las convicciones relacionadas con la verdad se condenan como dogmatismo. Para lograr un espectáculo de unidad, los hombres han estado dispuestos a sacrificar las doctrinas fundamentales. Venden la verdad y no la compran.
Pero Dios siempre tendrá aquellas almas escogidas que aprecian tanto el tesoro escondido de la verdad que están dispuestas a vender todo lo que tienen para comprarla y habiéndola comprado, no la venden a ningún precio.

ESCENAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO (31)

Un leproso sanado

¡Qué cuadro más triste! Allí va un pobre Lázaro. Hace un año apareció en la piel de su carne una mancha blanca, y ahora está regado el mal por todo su cuerpo. Pregúntale cómo le va, y te dirá que muy mal; cada día peor. Con todas sus fuerzas no ha logrado ninguna mejoría, ni le han podido ayudar ninguno de los mejores médicos de su pueblo. Es caso perdido.

Pero él recuerda un día que, siendo israelita, el Dios de su pueblo debiera haber pensado en tales casos. “Buscaré”, dice, “en la ley de mi Dios, para ver qué cosa será este mal, y si tiene remedio”. Leyendo un día en el libro del Levítico, el tercer libro de la Santa Biblia, haya escrito una ley con respecto a la limpieza del leproso. “¡Horror! ¿Será ésta la lepra? ¿Quién me dirá con seguridad? ¿A quién debo ir para saber?” El libro le manda a andar a la casa del sacerdote.
El sacerdote de Israel representaba al Señor. Él de por sí no podía nunca curar un leproso, pero con la Palabra de Dios en la mano podía dar los pasos necesarios para descubrir la verdadera naturaleza del mal, y también cumplir el rito mandado del Señor para su limpieza.
La lepra es tipo del pecado. No hay cosa más asquerosa que la lepra, y ¿no es más horroroso aun el pecado? A la superficie la lepra parece acaso una pequeña mancha, pero no hay sin embargo ni una gota de sangre en todo el cuerpo que no sea contaminada. La víctima puede intentar de esconder la mancha de la vista de sus semejantes; pero su conciencia le dice que es leproso. ¿No ha sido examinado a la luz de la Palabra de Dios que no puede equivocarse?
A las personas no iluminadas por la Palabra, los pecados más sucios pueden ser tema de diversión y risa, pero la conciencia instruida tiene que reconocerlos como cosa bien grave, cosa que merece la condenación divina.
Los pensamientos de Dios no son los del hombre. En la ley de la limpieza del leproso se hallaba este mandamiento: “Si brotare la lepra cundiendo por el cutis, y ella cubriere toda la piel del llagado desde su cabeza hasta sus pies, a la vista de ojos los del sacerdote ... dará por limpio al llagado”, Levítico 13.12,13.
¡Cuánto nos extraña esta cláusula de ley divina! Cuando los hombres dirían no haber ya ninguna esperanza, el Dios santo del cielo lo pronuncia limpio. Pero ¿no será porque en esto podemos aprender una lección importantísima? Fue cuando el pecado del hijo pródigo le había arrastrado al desespero, y cuando en su confesión a su padre dijo: “He pecado contra el cielo y contra ti, y no soy digno de ser llamado tu hijo”, que el padre de amor pudo darle el beso del perdón, el abrazo del amor, el mejor vestido, el anillo, los zapatos y la fiesta del becerro gordo.
Cuando tú, amigo, estás verdaderamente arrepentido, y arrojas fuera todo el mal en una franca confesión a Dios, entonces, y no antes, gustarás del perdón que por su grande amor te espera.
Pero la Biblia dice mucho más todavía en cuanto a la limpieza del leproso. Habla que ofrecer un sacrificio significante antes de poder él entrar ocupar un puesto entre el pueblo de Dios. Se tomaban dos pájaros vivos, limpios. Un pájaro fue muerto en un vaso de barro sobre aguas vivas, y el otro mojado en la sangre del primero. El que se limpiaba de la lepra fue rociado con la sangre siete voces, y el pájaro vivo suelto en el campo, después de haber sido mojado en la sangre del pájaro muerto.
Una muerte penosa esperaba al leproso si no fuere limpiado. También un fin espantoso de eterna condenación espera al pecador, si no sea limpiado de sus pecados. Los esfuerzos humanos nada valen, pero el amor de Dios ha provisto un remedio. Se muere una víctima limpia, y no es otro que el mismo Hijo de Dios, Jesucristo. Él ha muerto por el pecador; ha sufrido el castigo en lugar suyo. La sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado; 1 Juan 1. 7.
El primer pájaro es figura de Jesús sufriendo la muerte por nosotros; el segundo, mojado en la sangre del primero, representa a Cristo en resurrección, yendo al trono de Dios con la sangre del nuevo pacto. Como representante de aquellos para quienes murió, Él ha entrado al cielo. El Padre Dios le ha recibido y ensalzado. Los que creen en él son limpiados, como el leproso, con la sangre, y en Él que ha resucitado y ascendido al Padre son aceptos como Él ha sido acepto, por virtud de la sangre.
Véase que el leproso fue limpiado y acepto sólo en virtud de la sangre. La gracia de Dios le había provisto esta media de limpieza. No era por esfuerzos que el hombre hubiese hecho, sino con base en la virtud de la sangre, que prefiguraba la preciosa sangre de Cristo muerto y resucitado, para que todo aquel que creyere no se pierda, más tenga vida eterna.

EL CRISTIANO VERDADERO(16)


TU RELACIÓN CON EL MUNDO (CONTINUACIÓN)



En cuanto al uso del tabaco, en el mejor de ¡os casos lleva a derrochar dinero y es un obstáculo al testimonio cristiano. En el peor de los casos va en detrimento del cuerpo humano, es un estorbo para el testimonio cristiano, y un vicio que puede deformar todo el ser. Un hábito que se prende de su víctima como una sanguijuela y que tiene efectos nocivos sobre su organismo físico y su sistema nervioso, por cierto, que no conviene a un hijo de Dios. Nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, y debemos mantenerlos lo más limpio posible para él. Si mientras proclamamos al mundo un Cristo que puede dar la victoria sobre los vicios y malas costumbres, nosotros mismos somos esclavos del cigarrillo, nuestro testimonio perderá mucha fuerza.
Pero no debes tener la impresión de que la vida cristiana es aburrida. En las Escrituras, cuando se habla de separación, generalmente no es sólo una separación de sino también una separación para. Somos separados del mundo para Dios. En reemplazo de todas las cosas que el Señor quita de nuestras vidas, nos da cosas mucho mejores. Cuanto más nos encontra­mos separados para Cristo, menos encanto han de tener para nosotros las cosas mundanas. Nos encontraremos separados automáticamente de éstas. La última noche que Jesús estuvo con sus discípulos antes de la crucifixión les enseñó que aun­que estaban en el mundo, no eran del mundo. Esa es exac­tamente nuestra posición como cristianos. Nos ha escogido el Señor de entre la gente del mundo y nos ha apartado para sí mismo como su pueblo singular. La palabra Iglesia quiere decir los llamados fuera, que es lo que ha acontecido, pues sus integrantes han sido llamados fuera y separados del mundo. Debemos vivir de tal modo que todos los hombres puedan entender que hemos sido llamados a salir del mundo y que somos un pueblo separado para Dios.
Si seguimos al mundo en todos sus caminos, nos alimentamos como él, modelamos nuestras vidas de acuerdo a sus cosas, ¿cómo van a saber los hombres que somos discípulos de Cristo? Pero cuando vean una diferencia entre nuestras vi­das y las suyas sabrán que hemos estado con Jesús. Y es eso lo que deseamos.
¿Resulta demasiado grande el precio que hay que pagar? Dios nos deja en este mundo a fin de que podamos alumbrar el camino de otros. Por ello, no debemos recluirnos en mo­nasterio o retiramos en absoluto de la gente del mundo, sino vivir como hijos de Dios en medio de un mundo lleno de maldad, y anunciar “las virtudes de aquel que nos ha llamado de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9).
Después de todo, el mundo es un lugar muy vacío y ca­rente de satisfacciones. Si estudias el libro de Eclesiastés, en el Antiguo Testamento, verás que Salomón probó todas las cosas que el mundo podía ofrecerle, sin encontrar en ellas paz ni satisfacción Llegó a la conclusión de que todo es va­nidad. En el primer capítulo del libro, desde el versículo 13, llama la atención al hecho de que buscó educación y sabi­duría, creyendo que los conocimientos humanos habrían de satisfacer la sed de su alma. Pero llegó a la conclusión de que todo era “aflicción de espíritu” y “vanidad”.
Al comenzar el capítulo dos, cuenta cómo entonces se vol­vió a la alegría y al placer, entregándose de lleno a todos los placeres del mundo. Pero encontró que éstos también eran vanidad. Más adelante en el mismo capítulo narra la forma en que trató de satisfacer los anhelos del alma con las riquezas del mundo. Compró todo lo que puede adquirirse con dinero, pensando que de este modo encontraría la tan bus­cada satisfacción, pero llegó a la conclusión de que todo era “vanidad y aflicción de espíritu”.
Nunca ha habido un hombre en mejores condiciones que Salomón, para poder probar de lleno todo lo que el mundo ofrece. Y si el mundo no pudo por medio de sus placeres y sabiduría y riquezas proporcionarle satisfacción a un hombre de la talla de Salomón, por cierto, que no nos la dará a nos­otros. Aquellos que han seguido los caminos del mundo han llegado a la misma conclusión que Salomón: que todo es hueco y vacío. ¿Qué aprovechará el hombre si granjeare todo el mundo y pierde su alma?
El mundo seduce, y promete proporcionarle al hombre una satisfacción completa, pero es engañoso y produce grandes desilusiones. No puede cumplir sus promesas. Deja insatisfecha, fría y hambrienta al alma. Con frecuencia aquellos que han conseguido la mayor cantidad de las riquezas y de los placeres del mundo, son los que terminan sus vidas en un suicidio. ¿Por qué entonces va a poner el cristiano su mira en este mundo tan vacío y falso?
Más bien debe hacer lo que recomienda Pablo en Col. 3: 1, 2, es decir, buscar “las cosas de arriba, donde está sentado Cristo a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.” Donde estuviere tu tesoro, allí estará tu corazón. Si nuestro tesoro está en el cielo, hemos de poner la mira en las cosas de arriba; pero, naturalmente, si nuestro tesoro está aquí en la tierra, nuestro interés estará también en las cosas terrenas. ¿Dónde está tu tesoro? ¿Dónde deben estar tus intereses? El Apóstol Juan dijo: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1 Juan 2: 15). En el versículo citado, tenemos expresado de nuevo el mismo pensamiento. Si el amor de Dios ha penetrado en nuestros corazones y nos está inundando el alma, no hemos de amar las cosas del mundo, que rechazan y odian a Cristo, sino las cosas de arriba, en donde Cristo está, Al final de cuentas, el problema de nuestra relación con el mundo es el problema de nuestra relación con Cristo. Si ésta anda bien, nuestra relación con el mundo se arregla automáticamente.
Quiero ofrecerte una lista de preguntas, amigo cristiano, que creo que te han de ser de ayuda. Cuando tengas que resolver si debes o no hacer cualquier cosa, hazte primeramente las preguntas siguientes:

1.  ¿Será agradable a Cristo?
2.  ¿Glorificará a Dios?
3.  ¿Lo haría Jesús?
4.  ¿Fortalecerá mi testimonio cristiano frente a los demás?
5.  ¿Me ayudará en mi vida cristiana?

Si la respuesta a estas preguntas es negativa, debes dar la espalda inmediatamente al asunto sobre el cual tenías dudas. Si la respuesta es afirmativa, entonces puedes seguir adelante.
Debemos también tener en cuenta que ciertos cristianos podrían ir a ciertos lugares, hacer ciertas cosas, y mediante ellas ganar almas para Cristo, mientras que otros que fuesen a los mismos lugares sólo serían tropezaderos. Lo que está bien para un cristiano, puede estar muy mal para otro. Por ello, siempre debes formularte las cinco preguntas que vimos más arriba, cuando tengas duda de cualquier clase. Creemos que serán la piedra de toque que ha de permitir que resuelvas casi todos los problemas relacionados con tu testimonio y el mundo.
Dios nos dice: “Todo lo que hagáis, hacedlo de ánimo, como al Señor y no a los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la compensación de la herencia: porque al Señor Cristo servís” (Col. 3: 23, 24). En el mismo capítulo, ver- sículo 17, leemos una declaración más fuerte aún: “Y todo lo que hacéis, sea de palabra, o, de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios padre por él”. En 1 Cor. 10: 31, 32 leemos: “Si pues coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios. Sed sin ofensa a judíos y a gentiles, y a la iglesia de Dios”.
Si no puedes ir al teatro en el nombre de Cristo, para la gloria de Dios, y sin que sufra tu testimonio, no vayas. Si no puedes bailar en el nombre de Jesús y a la gloria de Dios, sin ofender a alguien no bailes. Si no puedes jugar a las cartas en el nombre de Jesús, para la gloria de Dios, sin ofender a alguien, no juegues. Si no puedes fumar en el nombre de Jesús, para la gloria de Dios, sin ofender a alguien, no fumes. En lugar de preguntar: “¿Es malo hacer tal cosa?” sería mejor preguntar: “¿Será para la gloria de Dios?” “¿Puedo hacerlo en el nombre de Jesús?”
Como cristianos no debemos tener interés en ver cuán cerca podemos estar del fuego sin quemarnos, sino cuán lejos podemos mantenernos del peligro. Las Escrituras nos dicen que debemos apartarnos “hasta de la apariencia de mal” (1 Tes. 5: 22 Nácar Colunga). ¿Por qué no separarte com­pletamente de todas las cosas mundanas que pudieran dañar tu vida espiritual y tu testimonio para Cristo?