lunes, 7 de octubre de 2019

LA MORADA DEL ESPÍRITU SANTO: ¿EN LA CRISTIANDAD O EN LA IGLESIA?


Pregunta: «Me parece que algunos cristianos sostienen que el Espíritu Santo mora en la Cristiandad. Ahora bien, yo siempre pensé... que el Espíritu Santo mora exclusivamente en la Iglesia. Me alegraría tanto si usted me presentara sus pensamientos acerca de esto, etc.»

Respuesta: Yo pienso que una correcta comprensión de la diferencia entre la Iglesia como el "Cuerpo de Cristo" (Efesios 1: 22, 23), en la cual los creyentes son bautizados por el Espíritu Santo (1ª. Corintios 12:13), y son unidos así a Cristo, exaltado y glorificado en el cielo (1ª. Corintios 6:17), y la Casa de Dios, "morada de Dios en el Espíritu (Efesios 2: 21, 22), en el mundo, hará que el asunto en su pregunta sea sencillo y claro.
Cuando Cristo fue glorificado como Hombre al cielo, el Espíritu Santo (no dado previamente, "Esto empero lo dijo respecto del Espíritu, que los que creían en él habían de recibir; pues el Espíritu Santo no había sido dado todavía, por cuanto Jesús no había sido aún glorificado." Juan 7:39 - VM), descendió del cielo y asumió Su morada en y con los santos, en el día de Pentecostés, como casa De Dios. (Hechos 2). La Iglesia así comenzada, y establecida como testigo de Dios y habitada por Su Espíritu, es llamada "la casa de Dios (la cual es la iglesia del Dios vivo) columna y apoyo de la verdad." (1ª. Timoteo 3:15 – VM). Esta "casa" fue una cosa coexistente, al descender el Espíritu Santo, con el "Cuerpo", su otro aspecto, y fue la cosa verdadera que Dios mismo formó conjuntamente de manera adecuada.; en la que un miembro era un miembro vivo, y en unión con Cristo la Cabeza, por el Espíritu Santo. Pero encontramos que después de ser establecida, los hombres comenzaron a edificar sobre el fundamento, madera, heno, hojarasca; así como también oro, plata, piedras preciosas, etc. (1ª. Corintios 3), y como una consecuencia, la Casa, tal como el hombre la edificó, comenzó a asumir grandes proporciones, y se volvió enteramente desproporcionada al Cuerpo, la cosa verdadera. Pero, aun así, el Espíritu Santo no salió de la Casa, y esta Casa todavía fue, en la medida que fue la responsabilidad del hombre, "edificio de Dios." "¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?" (1ª. Corintios 3: 9, 17); es decir,  los edificados juntos eran, colectivamente, un templo; un pensamiento bastante diferente del cuerpo del creyente siendo el templo del Espíritu Santo, como en 1ª. Corintios 6:19. La Casa de Dios pronto se convirtió en aquello de lo que el apóstol habla en 2ª. Timoteo 2: 19-21, y que él compara con una "casa grande" conteniendo vasos (personas) para honra, y otros para deshonra (VM); un estado de cosas bastante diferente de su estado primitivo, y que caracterizó a la Cristiandad desde entonces; y en el cual comenzó ya el juicio. (1ª. Pedro 4:17).
Por una parte, El Espíritu Santo en primera instancia, bautiza a todos los creyentes en un Cuerpo ("Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu", Efesios 4:4 – LBLA), uniéndolos a Cristo como la Cabeza, por una parte; y, por la otra, Dios habita entre ellos como una morada en el Espíritu. Él mora en una Casa" o 'habitación' aquí en la tierra, y todos los que profesan el nombre De Cristo son responsables por la presencia del Espíritu Santo; aunque, obviamente, no estén "sellados" como el creyente verdadero, y 'habitados' por Él. De este modo, encontramos a menudo, como el otro día en Italia, una obra notable del Espíritu Santo, allí donde puede no haber habido previamente un solo miembro del "Cuerpo de Cristo."
Una comprensión correcta de la Iglesia como el "Cuerpo de Cristo", compuesto de miembros vivos, y la "Casa", o Iglesia profesante, es la llave a muchas de las enseñanzas de las Epístolas. La palabra «Asamblea» (que es la palabra verdadera dondequiera que encuentre usted la palabra "Iglesia" en la Biblia Inglesa), tiene una doble aplicación. Si miramos a lo alto es el Cuerpo de Cristo — " la iglesia [La Asamblea], la cual es su cuerpo" (Efesios 1: 21-23); si miramos abajo La Asamblea es la Casa (1ª. Timoteo 3:15). La diferencia estriba entre la unión de miembros vivos por el Espíritu Santo a Cristo en el cielo, y Dios habiendo descendido a morar en una habitación en la tierra.
F. G. Patterson

MEDITACIÓN

"Más cuando el sacerdote comprare algún esclavo por dinero, éste podrá comer de ella, así como también el nacido en su casa podrá comer de su alimento." 
Levítico 22: 11.
   Los extranjeros, los huéspedes y los jornaleros no debían comer de las cosas santas. Lo mismo sucede todavía en cuanto a los asuntos espirituales. Pero dos clases de personas eran libres de acercarse a la mesa sagrada: aquellos que eran comprados con el dinero del sacerdote, y aquellos que eran nacidos en la casa del sacerdote. Comprados y nacidos; estas eran las dos pruebas indisputables de un derecho a las cosas sagradas. 
Comprados. Nuestro grandioso Sumo Sacerdote ha comprado por un precio a todos aquellos que ponen su confianza en Él. Son Su propiedad absoluta; pertenecen por completo al Señor. No por lo que son en sí mismos, sino estrictamente por causa del dueño, son admitidos a los mismos privilegios que él mismo goza, y "podrán comer de su alimento". Tienen alimentos para comer que los mundanos desconocen. "Porque sois de Cristo", por tanto, compartirán con su Señor. 
Nacidos. Esta es una vía igualmente segura para alcanzar el privilegio; si somos nacidos en la casa del sacerdote, tomamos nuestro lugar con el resto de la familia. La regeneración nos hace coherederos, y partes del mismo cuerpo; y, por tanto, la paz, el gozo y la gloria que el Padre ha dado a Cristo, Cristo nos ha dado a nosotros. La redención y la regeneración nos han dado un doble derecho al permiso divino para esta promesa.
C.H. Spurgeon, La Chequera del Banco de la Fe.

ESCENAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO (37)

Acán, el impenitente

Este individuo tan notorio se presenta en las Santas Escrituras como para escarmiento de los que, cual él, fuesen contumaces e impenitentes.
Antes de ir los israelitas al sitio de Jericó: fueron todos conjurados a no apropiarse nada de los despojos que habría después de la batalla. Estos debían ser consagrados al Señor para el uso de su santo servicio. Los despojos de muchas otras ciudades quedaban para ellos, y pronto gozarían de aquella riqueza, pero los de la primera debían ser para Dios. En esto aprendamos una regla divina: Dios primero.

A pesar de esta conjura, al ver Acán cierta cantidad de oro y plata y un vestido muy fino, al estilo babilónico, los acaparó y los llevó secretamente a su tienda, donde los pudo esconder bajo tierra.
No hay duda de que él comprendiese de que hacía mal. A cada momento le lastimaba la conciencia: “Acán, has pecado; Acán, has pecado. Confiésalo, y busca la misericordia de Dios”. Pero endureciéndose, no hizo caso.
Salió de nuevo ejército de Israel; no todo, sino una parte. Algunos habían dado consejo hacer así, porque la ciudad de Ai era pequeña. Cuál fue la sorpresa cuando los guerreros de Ai salieron tan feroces que los invasores no pudieron darles batalla, y en la fuga cayeron muertos algunos israelitas. El desánimo fue general, y Josué el capitán se postró delante de Dios afligido en espíritu y lleno de lamentos. Estando así, le habló el Señor, diciendo: “Israel ha pecado”.
Sin juzgar ellos el pecado que se había presentado entre ellos, el Señor no iba a darles apoyo. Josué, por lo tanto, emprendió enseguida la triste tarea de hacer frente a la condición de su pueblo.
Acán, que era testigo de la derrota de Ai, debía haber sentido los aguijones de la conciencia acusándole de nuevo, y diciéndole: “Acán, tú has pecado; tú eres la causa del mal. Confiésalo, y busca la misericordia de Dios. Él es grande en misericordia”. Pero no quiso. Ahora oye la trompeta para reunir los millares del pueblo en sus tribus y familias, y le llamaría de nuevo la conciencia: “Acán, vas a ser descubierto. Dios hará salir la verdad. Confiésale tu pecado y serás perdonado”.
Dieron principio a la pesquisa y la suerte cayó en la tribu de Judá. Acán debía haber temblado, porque era de aquella tribu. De nuevo la voz diría: “No hay tiempo de perder; haz confesión”. No lo hizo. Ahora cayó la suerte señalando la familia de Zera, de la cual formaba parte Acán. De nuevo se le presenta la oportunidad de arrepentirse y confesar su pecado, pero la perdió. No le restaba otra. Al poco los ancianos hicieron escoger de nuevo, y salió señalado el mismo Acán.
“Declárame ahora lo que has hecho, no me lo encubras”, le dijo Josué, y Acán respondió: “Verdaderamente yo he pecado”. Pero el día de la gracia se había pasado para Acán; la confesión fue hecha demasiado tarde. En vez de hallar misericordia, fue arrastrado con los suyos al valle de Acor, y fueron todos apedreados y quemados con fuego.
Aprendamos una lección solemne. Dios en su grande paciencia le da a cada hombre y mujer su tiempo para arrepentirse, confesando sus pecados a él, y creyendo en Cristo. Dios nos da el corto espacio de esta vida para esto mismo. ¡Ay del hombre que llega a morir sin ser perdonado, porque después de la muerte viene el juicio!
      Pero dirás que hay tiempo de sobra, que no vas a morir todavía. ¿Cómo sabes el día en que va a terminar la paciencia de Dios para contigo? Por amor de tu alma vino Jesús el Hijo de Dios al mundo, y sufrió la ira divina por salvarte. No te resta nada que hacer, sino reconocer tu pecado.  

EL CRISTIANO VERDADERO (21)

Uno de los problemas más serios que se presentan en la vida del cristiano joven es el de la elección de la esposa, o si se trata de una joven, del esposo. No hay ningún paso para el cual se requiera más la dirección de Dios que para éste. Es una tragedia que un joven cristiano esté unido en matrimonio a una persona con la cual no puede andar de acuerdo en las cosas de Dios. He conocido muchos casos de esta clase que han sido realmente desoladores.
Es doblemente trágico el caso, cuando alguno que ha es­cuchado el llamado de Dios para que le sirva en la obra cristiana, se casa con una compañera que no está dispuesta a acompañarle en dicho servicio. Existen casos en que una vi­da ha tenido que alejarse completamente del camino y de los propósitos que Dios le tenía señalados, debido a un esposo o una esposa que no ha estado de acuerdo. En la Biblia leemos acerca de Sansón, un joven siervo de Dios, que perdió las más ricas bendiciones divinas y pasó los últimos años de su vida en la miseria y la desesperación, debido a su pasión in­controlada por una mujer con la cual no debió haberse unido.
En primer lugar, el joven o la niña debe esperar que el Señor le indique quien ha de ser la compañera o el compa­ñero de su vida. Recuerda esos conocidos versículos del Salmo 37: “Espera en Jehová, y haz el bien... pon asimismo tu delicia en Jehová, y él te dará las peticiones de tu corazón. Encomienda a Jehová tu camino, y espera en él; y él hará”. Esta promesa, por supuesto, alcanza a muchos de los problemas de la vida cristiana, pero es especialmente aplicable al asunto de elegir el compañero o la compañera de la vida. Si pones tu confianza en Dios en cuanto al esposo o la es- posa, él te dará la persona que te conviene. Si tu único deseo es el de hacer la voluntad de Dios, él te ha de recompensar dándote un compañero o una compañera que responda a todo lo que quiere tu corazón, y que te amará entrañable- mente, y a quien tú, a tu vez, has de amar con un amor puro. Si te encomiendas al Señor y dejas que él te guíe, puedes estar seguro que “él lo hará”.
No permitas que tu afecto o tu pasión te lleven a hacer caso omiso de estas cosas y a casarte con cualquier persona que se te ponga por delante o con aquella que te agrada. Ora al Señor, y espera que él te guíe. Recuerda que el ma­trimonio es un asunto para toda la vida, que no puede ser disuelto hasta que Dios lo disuelva por medio de la muerte. El divorcio no es la voluntad de Dios. Es un mal que ni si­quiera debe ser mencionado entre cristianos. Si te casas bien, ni siquiera habrá razón para pensar en la posibilidad de un divorcio. Resulta obvio que cuando la gente se divorcia, está reconociendo que se equivocó al casarse. Pero el divorcio no es una salida, ni siquiera para las equivocaciones de esta clase. Todo lo que hace el divorcio es crear otra serie de pro­blemas, en vez de resolver los ya existentes.
Uno de mis profesores en el seminario, al hablar del asunto de noviazgos y casamientos decía: “Hermanos, es allí donde os formaréis u os quebrantaréis.” Nunca he olvidado estas palabras. Cuando me acuerdo de mis compañeros de estudio, me doy cuenta de que algunos de ellos resultaron fortalecidos, formados, por su matrimonio, mientras que otros fueron quebrantados, resultaron fracasados, por él.
¿Con qué clase de persona debes casarte? Tal vez algunos de los lectores se encuentran ahora mismo frente a este problema. Como cristiano, sólo puedes pensar en casarte con una persona que llene ciertos requisitos. En primer lugar, la persona con la cual te piensas casar debe ser cristiana. No puede ser la voluntad de Dios que te unas en matrimonio con una persona que no es creyente, por mucho que desees hacerlo. La Biblia dice: “No os juntéis en yugo con los infieles” (II Corintios 6: 14). Si desacatas esta orden bien clara de Dios, has de lamentarlo en los años del porvenir. Bajo ninguna  circunstancia debes proponer matrimonio, o aceptar una propuesta de matrimonio de una persona no convertida.
Debes ser firme en este asunto. Si una persona aparenta estar enamorada de ti, dile con toda claridad que no podrás ni siquiera considerar la posibilidad del matrimonio, mientras ella no sea de Cristo. Pero es necesario que tengas cuidado, y que estés seguro de que la persona mencionada no vaya a simular una profesión de fe con el único fin de casarse contigo. Sin duda podrás comprobar si él o ella ha llegado realmente a conocer a Cristo. Hay pruebas inevitables en la vida de todo cristiano verdadero. No te cases con una persona que no pueda unirse en oración contigo antes del casamiento, en un pequeño culto en que los dos oren. Si sigues esta regla, nunca has de lamentarlo.
En segundo lugar, la persona con la cual te casas debe querer seguir el mismo camino que sigues tú. Es una verda­dera tragedia cuando un cristiano se casa con una persona que, aun cuando sea creyente, se niega a andar por el camino elegido. Si un joven que ha sentido el llamado al ministerio cristiano se casa con una niña que se niega a ser la esposa de un predicador, ha de encontrarse en una situación muy triste. Si una niña que ha sentido el llamado de Dios para ser misionera en el extranjero se casa con un joven que desea ser un hombre de negocios próspero, ha de llevar una vida desconsolada. Si Dios te ha llamado a cierta clase de servicio, recuerda que él no ha de llevarte a que te cases con una persona que haya sido llamada a otra clase de trabajo en otro lugar. Dios nunca ha sido autor de confusiones.
En tercer lugar, deben existir opiniones parecidas sobre las cosas comunes de la vida. No debes casarte con una per­sona cuyos gustos y antipatías son completamente opuestos a los tuyos. Sólo debes considerar el matrimonio con una persona con la cual tengas muchas cosas en común. Esto debe ser así muy especialmente en las cuestiones espirituales. De­béis poneros de acuerdo de antemano acerca de la iglesia a la cual asistiréis los dos, una vez casados. No hay nada de malo en que una persona se case con un miembro de una denominación que no sea la suya, pero debe establecerse antes del casamiento, cuál ha de ser la iglesia a que han de concurrir. Tiene que existir una coincidencia de opinión, pues si así no fuere, se dividirá la familia, y sufrirán los hijos.
En la generalidad de los casos, cuando contraen enlaces cristianos de distintas denominaciones, la esposa debe sacri­ficar la suya, y entrar como miembro de la iglesia a la cual pertenece el marido. Pero si el joven pertenece a una con­gregación que es poco espiritual o modernista, debe ponerse de acuerdo con su novia, de antemano, que ambos se afiliarán a la iglesia de ella, o si lo prefieren, a otra iglesia diferente. Debes estar seguro de que tus principales gustos, aversiones y preferencias sean en algo parecidas a los de su futuro com­pañero o compañera, antes de que unáis vuestras vidas te­rrenales.
El matrimonio correcto, es el resultado de un correcto no­viazgo. Si el noviazgo se realiza en forma correcta y hono­rable, con oración, no ha de terminar en un casamiento que sea un fracaso. Si ambas partes manifiestan santidad y piedad en sus relaciones entre sí durante el noviazgo, no hay gran peligro de que naufrague el matrimonio. Cuando el joven y la señorita se reúnen en forma honorable, y oran y buscan que Dios les guíe en cuanto a sus vidas futuras, el Señor les hará saber si deben o no unirse en matrimonio.

lunes, 2 de septiembre de 2019

EXTRACTOS

LOS ORÍGENES DEL PELIGRO EN LA IGLESIA

Te amo, oh Jehová, fortaleza mía. Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio. Salmos 18:1-2

El letargo espiritual ha llevado a la iglesia evangélica al borde de la apostasía, poniendo al cristiano medio en una posición extre­madamente vulnerable y complicada. Es prácticamente imposi­ble ayudar a una persona hasta que esta llegue al punto de darse cuenta que necesita ayuda, y descubra en qué áreas de la vida la necesita. Por lo tanto, el primer paso es conocer cuáles son los peligros y, tras ello, hay que saber decididamente cómo abordar los peligros presentes.
Primero necesitamos discernimiento espiritual. Necesi­tamos a cristianos que hayan abierto sus ojos para detectar el estado traicionero al que se enfrenta hoy la Iglesia, y para mos­trar cómo escapar de él. Además de discernimiento necesitamos valor para denunciar esos peligros y llamar a la Iglesia de vuelta a su roca, que es Jesucristo.
En su época, el rey David entendió la gravedad de los peli­gros del camino. Los peligros a los que se enfrentó fueron bási­camente los mismos que nos encontramos hoy; y la manera que David los gestionó es la misma a la que debemos recurrir en nuestros tiempos. Los salmos de David son un reflejo de la vida cristiana. En los salmos encontramos todas las experien­cias de la vida: sus peligros, alegrías, tristezas, victorias, trabajos y derrotas. En ellos descubrirás la noche y el día de la vida, las sombras y la luz del sol; incluso las propias vida y muerte.
El libro de Salmos es un espejo de la vida espiritual. En el Salmo 18 encontramos unas palabras que apuntan a varios peli­gros evidentes en el caminar cristiano, peligros de los que debe­mos huir o que debemos saber cómo afrontar y superar. Dado que existen peligros reales para la vida espiritual, es necesario que el pueblo de Dios esté alerta a ellos. Todo pastor que desee ser fiel debería indicarlos a las personas a las que ministra, y señalarles una vía de escape. Si no tienes una cura, no sirve de nada examinar al paciente. No sirve de nada avisar sobre el peli­gro de un ataque si no tienes un búnker. No sirve de nada saber que se acerca tu enemigo si no sabes cómo hacerle frente.
El peligro se acerca a la vida cristiana desde tres direcciones: el mundo por el que viajamos, el dios de este mundo y nuestra carne no mortificada. Por este motivo necesitamos una roca, una fortaleza, un libertador, un escudo, una torre alta a la que huir: Dios es todas estas cosas.
A.W.Tozer, Los peligros de la fe superficial, pág., 87-88.
(Continuará.)

CRISTO, LA ÚLTIMA CLAVE


La clave final de todas las Escrituras es Cristo mismo. En el camino a Emaús el Señor Jesús les dio calor a los corazones de dos de sus discípulos al mostrarles en todas las Escrituras “lo que de Él decían” (Lc. 24:27). Todo se centra en Él. Dios no tiene programas, ni planes ni propósitos para este planeta que no vayan a descansar finalmente en la persona de su amado Hijo. Él está oculto en los tipos del Antiguo Testamento. Él es el tema de cientos de profecías. Él es la gran figura central de la Biblia.


Una vez vi en una tienda de regalos una copia de la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica. Había sido escrita a mano por un artista. Sin embargo, los espacios entre pala­bras eran poco usuales. Algunas de las palabras y letras estaban apretadas. Otras estaban espa­ciadas y algunas muy alejadas unas de otras. No parecía haber motivo para la forma azarosa en la que el escriba había escrito las palabras. Es decir, parecía haber poco sentido hasta que uno se alejaba un poco del documento, y entonces el propósito del artista quedaba claro. Había escrito de este modo la copia de la Constitución para que las áreas atiborradas proporcionaran zonas de sombra en el papel y las palabras espaciadas brindaran zonas de luz. El resultado era que no sólo había escrito una copia de la Constitución, sino que también había dibujado un retrato de George Washington. Era una obra muy eficaz.
Así es cómo el Espíritu Santo ha escrito la Biblia. ¿Por qué, por ejemplo, expresó la creación de todos los soles y estrellas del espacio en cuatro breves palabras - “hizo también las estrellas”- y sin embargo dedicó aproximadamente cincuenta capítulos a hablar sobre el Ta­bernáculo? La historia de unos 1.500 años está dispuesta en nueve versículos de Génesis (4:16­24), y sin embargo un tercio del libro del Génesis se dedica a la historia de José, un hombre que ni siquiera estaba en la línea mesiánica. Casi no se menciona el ascenso y la caída de grandes imperios mundiales, sin embargo, Dios se detiene con detalle y amor en las historias de hombres como Abraham, Jacob y Moisés. Las grandes figuras del mundo que llenaron las páginas de la historia son ignoradas en su mayoría o son mencionadas de pasada y sólo cuando sus carreras se conectaron con la historia de Israel. No obstante Dios dedicará capítulo tras capítulo a escribir los requisitos de las ofrendas, con cada pequeño detalle, hasta diciendo lo mismo una y otra vez. Debe haber un motivo. ¡Lo hay! Dios está escribiendo en las páginas de su Palabra un retrato de cuerpo entero de su Hijo.
Haremos bien, al interpretar las Escrituras, en mantener los ojos abiertos ante los deta­lles que hablan de Cristo. Lo vemos en Génesis como el Creador, como la simiente de la mujer, como el león de Judá. Lo vemos en la historia de la oveja de Abel, en el arca de Noé, en lo que sucedió en el monte Moriáh, en la historia de José. Lo vemos en Éxodo en el cordero pascual, en cada parte del Tabernáculo, en la nube de gloria de la Shekiná, en el maná y en la roca gol­peada. Lo vemos en Levítico, en las ofrendas y como el gran sumo sacerdote, en el ritual para purificar al leproso, en los machos cabríos del Día de la expiación, en todas las fiestas anuales. Lo vemos en Números en la vaca alazana, en la serpiente levantada sobre la asta, como la estre­lla que se elevará de Jacob (en las profecías de Balaam), en las ciudades de refugio.
En Deuteronomio Él es el profeta como Moisés. En Josué Él es el capitán de nuestra salvación. En Jueces Él es el libertador de los suyos. En Rut Él es el redentor de los parientes. En Samuel Él es el arca de la alianza y el rey rechazado, finalmente llevado al trono. En Reyes y Crónicas Él reina como Salomón en esplendor y gloria. En Esdras Él es el escriba. En Nehemías a Él se le ve en cada puerta de la ciudad. En Ester Él es el que proporciona la salvación.
Él será visto en casi todos los salmos. Él es el hombre bienaventurado del salmo 1, el Hijo en el salmo 2, el pastor en el salmo 23. Él es el Salvador sufriente del salmo 22 y salmo 69. Él es el rey de la gloria en el salmo 24. Él es el hombre perfecto del salmo 8 y el poderoso Dios del salmo 45. Casi todos los salmos tienen un significado profético sugerido, muchos de ellos completamente mesiánicos. En Proverbios Él es la encarnación de la sabiduría. En Eclesiastés, ese libro triste de sabiduría mundana, Él es el hombre sabio olvidado que salvó a la ciudad. En Cantar de los Cantares Él es el pastor que se ganó el corazón de la sulamita y que triunfa sobre toda la zalamería del mundo.
En Isaías es el Cordero llevado al matadero en el capítulo 53 y el que pisa el lagar en el capítulo 63; Él es el Mesías glorioso de un centenar de esperanzas y ansias paso a paso en el libro. En Jeremías Él es el gran sufriente y Jehová nuestra justicia. En Lamentaciones, nueva­mente es el que conoce la congoja. En Ezequiel se sienta en el trono. En Daniel Él es el Mesías a quien se le quitará la vida y la piedra cortada, no con mano humana.
En Oseas, Él es el esposo que perdona y tiene paciencia y un rey mucho más grande que David. En Joel, vierte su Espíritu sobre toda carne. En Amós está de pie sobre el altar, escudriña la casa de Israel y trae por fin una bendición milenaria. En Abdías, Él anuncia el temido Día del Señor y está de pie en el Monte Sion. En Jonás, es prefigurado en su muerte, entierro y resurrec­ción. En Miqueas, se le ve como el que va a nacer en Belén y quien traerá la bendición milena­ria a toda la humanidad; también es el gran pastor y el que perdona la iniquidad. En Nahúm, Él es el gran vengador ante quien las montañas tiemblan, pero una fortaleza y un refugio para los suyos. En Habacuc, Él es el Santo de Israel y la fuerza y la canción de su pueblo. En Sofonías trae consigo la bendición del reino. En Hageo, Él vuelve a construir el templo del Señor, agita las naciones, es el elegido del Señor. En Zacarías, Él trae el Apocalipsis, es el gran sumo sacer­dote, vierte el Espíritu del Señor sobre los hombres, es la piedra angular del rincón. Él es el gran Juez. Llega a Jerusalén montado en un pollino, es vendido por el precio de un esclavo, abre una fuente para la inmundicia en Jerusalén, es el pámpano y el rey de reyes por venir. En Malaquías su venida es anunciada por un heraldo y Él es el sol de la justicia.
En Mateo, Él es el rey de los judíos; en Marcos, Él es el siervo de Jehová; en Lucas, Él es el Hijo del Hombre; y en Juan es el Hijo de Dios. En Hechos, Él es la cabeza ascendida de la Iglesia. En Romanos, Él es nuestra justicia; en Corintios, Él es la primicia proveniente de los muertos. En Gálatas, Él es el fin de la ley y en Efesios, Él es todo con su Iglesia: fundación para la construcción, cabeza del cuerpo, novio de nuestros corazones. En Filipenses, Él está en la forma de Dios y es el que provee todas nuestras necesidades. En Colosenses, Él es el Creador, sustentador y dueño del universo, preeminente por encima de todo. En 1 de Tesalonicenses, Él regresa por su Iglesia, en 2 Tesalonicenses, viene a juzgar al mundo. En 1 Timoteo, Él es el único mediador entre Dios y el hombre; en 2 Timoteo Él es el juez de los vivos y los muertos.
En Hebreos, Él es el gran antitipo de todos los tipos: hijo, sacerdote, sacrificio, herede­ro, más grande que Aarón o Melquisedec, más grande que Moisés o Josué, más grande que los ángeles, Hijo de Dios e Hijo del Hombre. En Santiago Él es el Señor de los ejércitos y el que sana. En 1 Pedro Él es nuestra herencia y el pastor de nuestras almas; en 2 Pedro Él es el que proviene de la gloria excelente. En 1 de Juan es la Palabra encarnada; en 2 de Juan, Él es quien enriquece nuestras almas y a favor de cuyo nombre avanza el evangelio. En Judas, Él es el pre- servador, el único Señor Dios, el único Dios sabio, nuestro Salvador, glorioso en majestad. En Apocalipsis, Él es el rey que vendrá pronto, que incluso hoy día sostiene todas las cosas por la palabra de su poder, el que está a horcajadas de todos los factores y fuerzas del espacio y del tiempo y que hace que todas las cosas tomen la dirección de su voluntad soberana.
Lo encontramos en PROFECÍA. La primera profecía en la Biblia se refiere a Él y habla de sus dos venidas. La última profecía en la Biblia habla de Él y de su regreso. Los profetas hablaron de su nacimiento virginal, un descendiente de la casa real de David, de la tribu de Judá, en Belén. Hablaron de su precursor, hablaron de su vida sin pecado, de que fue traicionado por treinta piezas de plata, de su muerte por crucifixión, de su entierro en el sepulcro de un hombre rico, de su resurrección y de su nueva venida para reinar con poder y gloria.
Lo encontramos en IMÁGENES. En muchas historias del Antiguo Testamento se pre­senta su imagen en tipo y sombra. Un ejemplo es la historia del arca de Noé. Dios ofreció salva­ción, plena y libre, a todos los que tomaran la decisión y entraran en el arca por fe. Todo lo que se requería era un paso de fe. El arca iba a ser un refugio de la ira por venir. Fue el arca la que soportó el impacto y la furia de la tormenta. Los que aceptaron la salvación que Dios había pro­visto se salvaron. Ni una sola gota del agua del juicio cayó sobre ellos. El arca los llevó seguros a las orillas de otro mundo en el otro lado del juicio. Todo esto, por supuesto, describe a Cristo como dice el autor del himno:

Se oyó la terrible voz de la tempestad,
oh Cristo, cayó sobre Ti.
Tu pecho abierto fue mi protección,
enfrentó la tormenta por mí.

La pascua, las diversas ofrendas, las historias de la vida de David, de Rut, de innumera­bles otras historias del Antiguo Testamento, todas contienen esas imágenes de Él.
Lo conocemos en PERSONA. Leemos los Evangelios y rastreamos la historia de su venida, de su carácter, de su carrera, de su cruz. Lo vemos como Dios manifestado en la carne, nunca menos que Dios, pero por siempre y para siempre Hombre, como Dios tuvo intención de que fuera: un hombre habitado por Dios. Vemos sus milagros, escuchamos sus parábolas, nos maravillamos ante su bondad, nos estremecemos ante su amor. Lo vemos como Profeta, Sacer­dote y Rey.
Lo hallamos en la PARÁBOLA, en historia tras historia que Él nos contó sobre sí mis­mo. Él es el Buen Pastor en la historia de las ovejas que se descarriaron y el Rey en la parábola de las ovejas y los machos cabríos. Él es el esposo en la historia de las vírgenes prudentes e insensatas y el sembrador en la historia de la semilla que cayó en buena tierra. Él es el mercader que bus-ca perlas buenas, el hombre que encontró un tesoro oculto en su campo, el hijo enviado a negociar con los que cuidaban la viña. Él es el buen samaritano en el camino a Jericó y el rey que fue hasta una orilla distante para recibir un reino.
Lo encontramos en el MENSAJE de Pedro, Santiago y Juan, en la predicación de Juan el Bautista, en el mensaje del apóstol Pablo y en su propia predicación. Él es la verdadera Vid, la Puerta, el Camino, la Verdad y la Vida. Él es la luz del mundo, el Pan del cielo. Suyo es el único nombre bajo el cielo dado a los hombres para que podamos ser salvos. Él es la piedra que desecharon los edificadores. Él es el cordero conducido al matadero, el que intrigó tanto al eu­nuco etíope. Él es el Dios no conocido de los atenienses. Él es el Señor del cielo que se reunió con Pablo en el camino de Damasco y a quien creyó el carcelero filipense.
Lo encontramos en PODER en el Apocalipsis que del inicio al fin es la “revelación de Jesucristo” (Ap. 1:1). A Él se le ve de pie en medio de los candeleros, parándose en el foco de luz de la eternidad para recibir el rollo de los siete sellos. Él es quien cabalga por los caminos cruzados de estrellas de la eternidad en un gran caballo blanco para que el hombre se reúna con su Hacedor en Meguido. Él es el que se sienta en el Gran Trono Blanco y sostiene el Último Juicio. Él es el Cordero, el cual es toda la gloria de la tierra de Emmanuel. Él es la raíz y la des­cendencia de David, la estrella brillante y la matutina.
Mire donde sea en la biblioteca sagrada y el Espíritu Santo le apuntará hacia Jesús. Así que busque a Cristo en la Biblia. Reunirse con Él cuando recorra una de las carreteras amplias y bien abiertas de la Palabra, llegar hasta Él mientras se explora un sendero de la verdad poco recorrido, será la experiencia más gratificante de todas.

¿Cabe pensar, o hasta afirmar, como algunos hacen, que Judas estaba presente cuando la institución de la Cena por el Señor?

Pregunta: ¿Cabe pensar, o hasta afirmar, como algunos hacen, que Judas estaba presente cuan-do la institución de la Cena por el Señor?
Respuesta: Es imposible que Jesucristo haya dejado profanar, cuando se llevó a cabo su misma institución, el memorial de Sus padecimientos y de Su muerte. Casi siempre, aquellos que afirman semejante disparate lo hacen con el propósito de justificar la acepción de cualquier persona a la Mesa del Señor, sea convertida o no, tenga o no una doctrina y conducta sana: despreciando en esto los derechos del Señor sobre los Suyos, ya que, como se ha muy bien dicho, no se trata de la 'Cena del Salvador', sino de la "Cena del Señor."
Pero veámoslo en los mismos Evangelios: los relatos de Mateo y Marcos nos muestran que Judas había salido cuando se instituyó la Cena del Señor.  Basta cotejarlos con el del apóstol Juan: la salida del traidor aconteció entre los versículos 25 y 26 de Mateo 26, y los versículos 21 y 22 del capítulo 14 de Marcos. En el Evangelio según Juan, la institución de la Cena - que no se menciona por ser relatada ya en los evangelios sinópticos - ha de colocarse después del versículo 30 del capítulo 13.
         Esto resalta mayormente si nos fijamos en que Judas "habiendo tomado el bocado, salió al instante…" (Juan 13:30 - VM). Hace falta advertir que se trata únicamente del bocado de pan ázimo de la comida pascual mojado en la salsa de hierbas amargas. (Véase Juan, 13: 26 y 30; Mateo 26:23, y Marcos 14:20.)
         Tal vez una breve descripción de lo que constituía la ceremonia pascual nos ayudará a comprenderlo mejor:
         a)  La comida empezaba con una copa de vino tinto: ésta sería la primera copa mencionada en Lucas 22:17. Después de esto, los invitados se lavaban las manos; aquí tuvo probablemente lugar el lavatorio de los pies (Juan 13).
         b)  Se servían entonces las hierbas amargas, símbolo de la amarga esclavitud en Egipto, juntamente con unas tortas sin levadura y una salsa llamada 'Jaroset', hecha de frutas y vinagre, en la cual se mojaban las tortas y las hierbas amargas. Esto explica el versículo: "A quien yo diere el pan mojado, aquél es." (Juan 13:26).
         c)  A continuación, se servía una segunda copa de vino, bendecida como la primera. El padre de la familia explicaba entonces el sentido del rito pascual (Éxodo 13:8) y los convidados cantaban la primera parte del 'Hallel' o sea los salmos 118 y 119.
         d)  Una vez terminado, el cordero pascual era colocado ante los invitados; eso se llamaba, por antonomasia, "la Cena". Pero en la última Cena, no había cordero pascual, no se necesitaba el tipo o figura del cordero sin mancha ya que el Antitipo estaba presente: "nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros." (1 Corintios 5:7).
         e) Circulaba todavía una tercera copa, o "copa de bendición" llamada así porque se pronunciaba sobre ella una especial bendición: "De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa..." (Lucas 22:20 - Véase 1 Corintios 11:25; Mateo 26:27; Marcos 14:23.)
         f)  Finalmente, después de una cuarta copa, cantaban los invitados la segunda parte del "Hallel", o sea los salmos 115 y 117 (Véase Mateo 26:30).
         Despréndase pues con toda claridad que Judas salió después de lo relatado más arriba en el párrafo b) y, por consiguiente, antes de la institución de la Cena.
         Sólo el relato del evangelista Lucas podría inducirnos a pensar que Judas estaba presente cuando el Señor instituyó la Cena, si dicho evangelista hiciera mención de los hechos según el orden cronológico. Lo cual no es el caso. En Lucas el orden es moral y es el lado moral de las cosas las que pone de relieve. Un ejemplo bastará: históricamente, el velo del templo se rasgó después de la muerte de Cristo, Mateo 27: 50-51; Marcos 15: 37-38; moralmente es el resultado de la obra realizada durante las tres horas de tinieblas (Lucas 23: 44-46).
Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1954, No. 8.