viernes, 7 de febrero de 2020

LA OBRA DE CRISTO (12)

SU OBRA FUTURA






II.-Las Glorias de su Reino


 “Y en los días de estos reyes, levantará el Dios del cielo un reino que nunca jamás se corromperá: y no será dejado a otro pueblo este reino; el cual desmenuzará y consumirá todos estos reinos, y él permanecerá para siempre” Dn. 2,44; “Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí en las nubes del cielo como un hijo de hombre-que venía, y llegó hasta el Anciano de grande edad, e hiciéronle llegar delante de él. Y fuéle dado señorío, y gloria, y reino; y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron; su señorío, señorío eterno, que no será transitorio, y su reino que no se corromperá” Dn, 7.13,14. El estudio detenido de estos dos pasajes fundamentales copiados de las grandes profecías de Daniel establecerá que este reino prometido ven­drá con la vuelta 'de Cristo; lo precederá un gran golpe de justicia asestado a los reinos terrenales;  Nabucodonosor lo vio así en su sueño profético.
Tal reino es un reino terrenal y todas las nacio­nes se congregarán en tal reino. Jerusalén y el pueblo convertido de Israel serán su centro, y el Señor Jesucristo y sus santos reinarán sobre la tierra y sobre ese reino, ¿Y cuál será su obra en­tonces? Solamente pueden mencionarse unas pocas cosas de las muchas que puede hacer. “Hablará paz a las gentes” Zac. 9.10; “Juzgará con justicia a los pobres y reprobará con equidad los mansos de la tierra” Is. 11 ;4; “Dará juicio a las gentes” Is. 42.1; “Y juzgará entre las gentes, y reprenderá a muchos pueblos; y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces: no alzará espada > gente contra gente, ni se ensayarán más para la guerra” Is. 2.4. El Señor también “levantará pendón a las gentes y juntará los desterrados de Is­rael, y reunirá los esparcidos de Judá de los cuatro cantones de la tierra” Is. 11.12; “Y uniránse mu­chas gentes a Jehová en aquel día, y me serán por pueblo” Zac. 2.11; “Y Jehová será rey sobre toda la tierra” Zac. 14.9; “He aquí que en justicia reinará un rey” Is. 32.1; “Reinará Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra” Jer. 23.5; .,
Muchos otros pasajes podríamos citar en los que se predice y descubre el reino y su glorioso poder. Todas estas palabras benditas tienen exactamente el significado que expresan. La justicia y la paz caracterizarán el reino de nuestro Señor Jesucristo que se extenderá a todas las partes del mundo, y su gloria cubrirá la tierra a igual manera que las aguas cubren la profundidad del mar. Las naciones lo adorarán, “Y arrodillarse han a él todos los reyes; le servirán todas las gentes. Dominará de mar a mar, y desde el río hasta los cabos de la tierra” Sal. 72.8, 11. Y los males, y la tiranía, el crimen y el vicio, la pobreza y las enfermedades, todo lo cual nos aflige hoy, se abolirán por completo. Y Él es el único que tiene el poder de realizar tan hermoso por­venir. ¡Oh, las glorias del reino! Oremos: “Así sea, Jesús; ven a nosotros, vénganos tu reino”.

La Salvación de la Creación
“Porque el continuo anhelar de las criaturas espera la manifestación de los hijos de Dios. Porque las criaturas sujetas fueron a vanidad, no de grado, más por causa del que las sujetó con esperanza, que también las mismas criaturas serán libradas de la servidumbre de corrupción en la libertad glo­riosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que to­das las criaturas gimen a una, y a una están de parto hasta ahora” Ro. 8.19-22. El pecado ha tra­ído la maldición sobre la tierra. Las espinas y los I cardos son el resultado de la caída *del hombre, así como de la devastación y miseria que agobia a una creación que el Creador declaró buena. Mas esta situación deplorable en que la creación se ha coloca­do no se prolongará eternamente. El día de bo­nanza ha de llegar. La creación gimiente se verá libre del pecado, y también de la maldición, que será retirada. El hombre no puede cumplir esta obra. Los científicos tratan infructuosamente de poner en orden las cosas de esta creación derrum­bada. Los elementos de destrucción, el calor, la sequía, las tempestades y los terremotos no pueden dominarse por el brazo del hombre.
El Hijo de Dios llevó la corona de espinas. La maldición pesó sobre El. Y el Hijo que creó todas las cosas y pagó por la redención el precio de su preciosa sangre, con omnipotente fuerza librará del pecado a la creación gimiente. Y eso sucederá cuando los hijos de Dios sean manifestados. Los hijos de Dios (los redimidos) serán manifestados con el Señor, como ya hemos visto, el día en que se veri­fique su aparición visible. Entonces se cumplirá la gran visión de Isaías: “Morará el lobo con el cor­dero, y el tigre con el cabrito se acostará: el bece­rro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león, como el buey, comerá paja. Y el niño de teta se entretendrá sobre la cueva del áspid, y el recién destetado ex­tenderá su mano sobre la caverna del basilisco” Is. 11.6-8.

Todo Bajo su Planta
La dispensación del cumplimiento de los tiem­pos ha llegado, Ef. 1.10. Todo está bajo su mando y dominio. Todos sus enemigos están bajo El y son estrado de sus pies. Jesús es el Señor de todo cuanto existe. El reino glorioso de Cristo en gloria real será seguido de otro juicio, conforme a las visiones del profeta.

El Gran Trono Blanco
La segunda resurrección, la de los que murieron en pecado, sucederá al fin del reino real de Cristo. Este gran juicio y el destino final de los malos se revela en Apocalipsis 20.11-15. El Señor Jesucristo será el Juez en ese juicio terrible, porque escrito está que todo juicio compete al Hijo, Jn. 5.22.

Luego Viene el Fin
“Luego el fin; cuando entregará el reino a Dios y al Padre, cuando habrá quitado todo imperio, y toda potencia y potestad. Porque es menester que El reine, hasta poner a todos sus enemigos de­bajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será deshecho, será la muerte.... más luego que todas las cosas le fueron sujetas, entonces también el mismo Hijo se sujetará al que lo sujete a él todas las cosas, para que Dios sea todas las cosas en todos” 1 Co. 15.24 28.
Entonces Jesús creará un nuevo cielo y una nueva tierra, que será la mansión eternal de la hu­manidad redimida y glorificada. “Y vi un cielo nuevo, y una tierra nueva” Ap. 21.1; “Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas” Ap. 21.5; “Y no habrá más maldición; sino el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le ser­virán. Y verán su cara; y su nombre estará en sus frentes. Y allí no habrá más noche; y no ten­drán necesidad de lumbre de antorcha, ni de luz del sol: porque el Señor Dios los alumbrará; y reinarán para siempre jamás” Ap. 22.3-5.
Este será el resultado definitivo de la bienaven­turada obra de Cristo. Su obra pasada está con­sumada. Su obra presente podrá terminar en plazo no lejano, y entonces, al venir por segunda vez, empezará su obra como Rey. “Amén, así sea. Ven, Señor Jesús” Ap. 22.20.
Contendor por la fe, N° 8-10, 1940

LOS SANTOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO, ¿FORMAN PARTE DE LA IGLESIA?


PreguntaLos santos del Antiguo Testamento ¿forman parte de la Iglesia?, ¿cuál será su suerte y la de los que vivan durante el milenio?

RespuestaAlgunos creyentes tienen dificultad en comprender que los santos que han vivido antes de Pentecostés, como también los que vivan durante el milenio no formen parte de la Iglesia. Pero si —como lo enseña la Palabra— la Iglesia empezó a existir solamente cuando el descenso del Espíritu Santo, y será completa cuando la Venida del Señor, es evidente que ni los unos ni los otros pueden formar parte de la Iglesia.
En estas líneas, procuraré mostrar la verdad de esta afir­mación sobre todo en cuanto a los santos del Antiguo Testamento, punto que preocupa mayormente a los que tienen dificultad en admitirlo.
De todas maneras, el principio es el mismo en ambos casos.
Todo creyente conocedor de las Escrituras lo admite como siendo una cosa que enseñan claramente: que Abraham, Isaac, Jacob, y todos los santos de la antigua dispensación, eran siervos de Dios fieles y abnegados, y que participarán de la primera resurrección a la Venida de Cristo, con todos los creyentes de la dispensación actual. Pero no debemos ir más allá de lo que dice la Palabra, y si Dios nos ha dejado ignorar el lugar que aquellos eminentes siervos ocuparán en la gloria, nos corresponde inclinarnos y respetar este silencio de Dios y de Su Palabra. Además, confieso que me parece no solamente como una falta de sumisión y de respeto, sino también como una actitud que rebaja los sufrimientos de Cristo, la gracia y la obra del Espíritu Santo, el hecho de afirmar que los santos que vivían antes del cumplimiento de la expiación, antes del don del Espí­ritu Santo (que, por consiguiente, no moraba en ellos), esta­ban en la misma posición que aquellos que viven ahora. Por otra parte, la misma Escritura establece la diferencia entre ellos, de modo que la cosa está fuera de duda. Consideremos, pues, algunos pasajes.
En Mateo 11:11 leemos: "Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él." Sin entrar en una explicación completa de este versículo notemos que, por eminente que fuera Juan el Bautista en el papel que Dios le había asignado como precursor y testigo del Mesías, el menor en el reino de los cielos es mayor que él. De modo que, cualquiera que sea la diferencia (y es una diferencia de dispensación, sin duda), ella existe. El Señor hace una distinción entre los santos, y aún más, pone en contraste el menor en el reino venidero al mayor en la dispensación anterior, aventajando al primero.
En Romanos 3: 24-26, hallamos: "siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús." Otra vez tenemos aquí un contraste, en cuanto al perdón de los pecados, entre los santos del Antiguo Testamento y los que han creído desde la muerte de Cristo. En el primer caso, Dios soportaba los pecados, en Su paciencia; en el segundo, leemos que Dios es justo y justifica al que es de la fe de Jesús. Esto es, indudable­mente, una distinción evidente entre los santos del A. T. y los creyentes de la dispensación actual; pues la tolerancia de los pecados en la paciencia de Dios, a causa del sacrificio futuro de Cristo, es cosa muy distinta de la condición de aquellos que, habiendo sido justificados por la fe, tienen paz para con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, "por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios." (Romanos 5: 1-2); de aquellos de quienes está escrito que están sentados juntamente "con él en las regiones celestiales en Cristo Jesús." (Efesios 2:6 – VM), y de los cuales el apóstol Juan podía decir: "como El es, así somos también nosotros en este mundo." (1ª. Juan 4:17 – LBLA).
Consideremos también Hebreos 11: 39-40: "Y todos éstos (los santos del A. T.), habiendo obtenido aprobación por su fe, no recibieron la promesa, porque Dios había provisto algo mejor para nosotros, a fin de que ellos no fueran hechos perfectos sin nosotros." (LBLA). Este pasaje establece también, claramente, que los creyentes de la dispensación (época) actual reciben "algo mejor" que no tienen —según la soberanía de la gracia de Dios— los creyen­tes del Antiguo Testamento.
Examinemos ahora otros pasajes que nos muestran a san­tos que llegan a la perfección, pero que no forman parte de la Iglesia. Recordemos —y nadie lo negará— que la Iglesia es la Esposa de Cristo, y leamos en Apocalipsis capítulo 19; los versículos 7 y 8 declaran que la Esposa del Cordero se ha preparado, y el versículo 9 dice: "bienaventurados aquellos que han sido llamados a la cena de las bodas del Cordero!" (VM). La Palabra habla pues de una clase de personas que son llamadas, invitadas a las bodas; no son la esposa del Cordero, son los convidados a las bodas.
En el capítulo 21 del mismo libro leemos: "vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios." (Apocalipsis 21: 2, 3). En el versículo 9, esta ciudad, la ciudad santa de Jerusalén es llamada "la esposa del Cordero", pero vemos que en el ver­sículo 3 es presentada como el tabernáculo o 'morada de Dios', y esta morada es con los hombres, de modo que otra vez la Palabra nos presenta a santos que están en una condi­ción perfecta, pero que no forman parte de la Iglesia.
Acerca de los santos del milenio, no olvidemos que la venida del Señor se efectuará antes de este período bendito. Por otra parte, sabemos que la Iglesia estará completa cuando el Señor vuelva para arrebatar a los suyos, puesto que las bodas del Cordero son realizadas antes que se establezca el milenio. De modo que los santos de este período, cuya multitud es in­numerable no forman parte de la Iglesia —y en esto no hay injusticia, tanto en el caso de los santos del Antiguo Testamento, como en los santos del Milenio— por no mantener la posición y los privile­gios propios de la Iglesia.
Para terminar, quisiera decir algunas palabras acerca de los pasajes que, a primera vista, parecen tener un alcance dis­tinto. En mateo 8: 11-12, leemos: "Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos; más los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera". En primer lu­gar, aun suponiendo que esto se refiera a la Iglesia, el hecho de estar sentados con los patriarcas en el reino de los cielos no prueba que los patriarcas formen parte de la Iglesia. Nadie pone en duda que los creyentes verán a Abraham, a Isaac y Jacob en el reino. Pero el problema es: ¿forman parte o no de la Iglesia?, ahora bien: vemos que este versículo no dice nada de la Iglesia, y esto es evidente; pero si este fuera el caso, ¿cómo podrían ser echados fuera los hijos del reino? No, Jesús habla aquí como Mesías, y como tal advierte a los ju­díos incrédulos que el hecho de ser descendientes de los patriarcas no les serviría de nada; que aunque fuesen hijos de aquellos a quienes fueron hechas las promesas, serían echados fuera si le rechazaban, y más: que lo mismo que el centu­rión, cuyo siervo fue curado, alcanzó la bendición por la fe, del mismo modo, muchos vendrían de todas partes al reino cuando sea establecido, y obtendrían por la fe los preciosos privilegios que, ellos, los judíos, despreciaban.
El segundo pasaje que podría presentar una dificultad, lo tenemos en Gálatas 3:9. "De modo que los de la fe son bendecidos con el creyente Abraham." El tema que trata el apóstol en este capítulo es el de la justificación por la fe. Primero, muestra que Abraham fue justificado por la fe (versículo 6) y después, que el mismo principio existe bajo el evangelio, por lo cual todos los que creen son bendecidos con el creyente Abraham (compárese también con Romanos capítulo 4, el cual es muy importante). De lo que se trata es, pues, del principio sobre el cual Dios justifica, y no la posición a la cual es llevado el que es justificado. Este versículo se limita a exponer que los creyentes son justificados actualmente de la misma manera que Abraham, y por consi­guiente, no trata de ninguna diferencia de dispensaciones.
Vemos pues, que las Escrituras no nos muestran nunca a los santos del Antiguo Testamento como formando parte de la Iglesia, y, al contrario, establecen una diferencia positiva entre los santos de ambas dispensaciones. Es por eso que Juan el Bautista dijo: "El que tiene la esposa, es el esposo; más el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido." (Juan 3:29). Pero no debemos olvidar que los creyentes de aquellos tiempos eran, como lo sabemos, nacidos de Dios, vivi­ficados por el poder del Espíritu Santo, por la fe, y pertene­cían a Cristo, aunque no eran miembros de Su cuerpo, y así participarán de la primera resurrección al mismo tiempo que la Iglesia. No podemos ser más explícitos, ya que la Escritura guarda silencio sobre el lugar que ocuparán en la gloria.
Pero, ya que el período de la Iglesia se extiende desde Pentecostés hasta la Venida del Señor, sabemos que tanto los cre­yentes que han vivido antes, como los que vivirán después, no forman parte de la Iglesia, y no son miembros del Cuerpo de Cristo. Su lugar y su bendición en la gloria serán dignos de Aquél que los ha escogido por Sí mismo, y producirán su ado­ración y su alabanza, como las nuestras, cuando contempla­rán el maravilloso despliegue de las riquezas de Su gracia, en Su salvación y en Su gloria eterna.
A. L.
Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1964, No. 68 y 69.-

MEDITACIÓN

"Cosas mayores que estas verás." Juan 1: 50.



Esto fue dicho a un creyente semejante a un niño, que estaba listo a aceptar a Jesús como el Hijo de Dios, el Rey de Israel, sobre la base de un solo argumento convincente. Aquellos que están dispuestos a ver, verán: es debido a que nosotros cerramos nuestros ojos que nos volvemos tan tristemente ciegos. 
Hemos visto demasiado. Cosas grandes e inescrutables nos ha mostrado el Señor, por las cuales alabamos Su nombre; pero hay mayores verdades en Su Palabra, mayores profundidades de experiencia, mayores alturas de comunión, mayores obras de utilidad, mayores descubrimientos de poder, y amor, y sabiduría. Todas estas cosas hemos de ver todavía si estamos dispuestos a creer a nuestro Señor. La facultad de inventar falsa doctrina es ruinosa, pero el poder de ver la verdad es una bendición. El cielo será abierto para nosotros, el camino hacia allá será allanado para nosotros en el Hijo del hombre, y el comercio angélico que ocurre entre el reino superior y el reino inferior nos será manifestado. Mantengamos nuestros ojos abiertos a los objetivos espirituales, y esperemos ver más y más. Hemos de creer que nuestras vidas no se gastarán hasta convertirse en nada, sino que estaremos siempre creciendo, viendo cosas mayores y mayores cada vez, hasta contemplar al mismo Gran Dios y no perderlo de vista nunca más.


La Chequera del Banco de la Fe
C.H. Spurgeon

ESCENAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO (41)

David, varón según el corazón de Dios




En los anales de los reyes de Israel no se hace mención de otro más renombrado que David. Fue de estirpe muy humilde, aunque honrado, y pasó su juventud cuidando las ovejas de su padre Isaí. No se sabe a qué edad llegó a conocer a Dios, pero su sencilla fe en el Señor se destaca en contraste con la crasa incredulidad de sus hermanos.
La manera en que Dios ha preparado sus grandes hombres nos trae lecciones importantes. En este caso fue mientras que David cuidaba las ovejas en humilde obediencia a su padre, aprendiendo a la vez tener comunión con Dios y confiar en Él. Un león vino a atacar la manada, y se llevaba un cordero en la boca cuando David se lanzó contra él. Lo mató y libró el cordero. Otra vez le salió un oso para hacer lo mismo, y el joven lo pudo vencer por su confianza en Dios.
De estas proezas parece no haber sabido nadie; fueron hechas en secreto. En ellas, sin embargo, él aprendió a conocer a Dios. El león es figura del Diablo, que viene rugiendo contra su presa; el oso es figura del mundo que abre sus brazos para estrechar su víctima y así matarla. David venció a los dos.
Pasando el tiempo, el rey Saúl salió en guerra contra los filisteos, pero con mucho miedo porque no conocía a Dios y así no pudo confiar en Él. Cada día salía de entre los filisteos un gigante, Goliat de Gat, a desafiar a Israel. Pedía que peleara algún hombre con él, pero no hubo quien se ofreciera. Un día cuando este impío blasfemaba del Dios de Israel y demandaba que algún israelita le enfrentara, llegó David a visitar a sus hermanos con viandas enviadas por su padre. Enseguida quiso saber el significado de esto y, recibiendo respuesta, se ofreció para la lucha.
Fue una pelea desigual: un joven pastoril con sólo bastón y honda, contra un guerrero experto, cubierto de coraza de metal y armado de lanza y espada. El éxito parecía cierto en favor del filisteo, pero David corrió al encuentro en el nombre de Dios; puso una piedra en la honda y la lanzó, hiriendo al gigante en toda la frente. Caído Goliat, David le quitó la espada y le cortó la cabeza. Con voz de trueno los israelitas prorrumpieron en gritos de victoria; los enemigos se pusieron en derrota.
Veamos al victorioso David subiendo del valle, llevando la cabeza ensangrentada del gigante. Todos le aclaman y cantan su victoria, atribuyéndole mayor gloria que al rey Saúl.
La victoria de David nos recuerda de la de otro que, como él, es también destinado a ser rey. Nuestro Señor Jesús se presentó en este mundo en forma muy humilde y fue despreciado de sus hermanos. Llegado el día, luchó con el enemigo en el Calvario, y venció para la salvación de todos los que le aceptan como su Libertador.
Aunque había sido ungido rey, y también había logrado una victoria completa contra el gigante, David fue rechazado de la mayoría por largos años y tuvo que esconderse en cuevas. En ese tiempo acudieron a él los afligidos por Saúl y también los adeudados, y David fue el capitán de ellos. Nuestro Señor Jesús es rechazado hoy día. El mundo no tiene oído para su voz que habla por medio de la Santa Biblia. Pocos quieren sufrir con Él. Pero los que le reciban y, tomando su cruz de vituperio, siguen en pos de Él, reinarán con él en el día futuro de gloria, como honró David a los que con él sufrieron.
Amigo lector, ¿está usted de parte de este mundo regido por Satanás el usurpador, o ha acudido a Cristo? Él puso su vida en el Calvario, y le dice: “Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados, que yo te haré descansar”, Mateo 11.28.

Por G. G. Johnston


domingo, 5 de enero de 2020

Extractos

El significado de la cruz para Dios

La cruz es el hecho más trascendental de la historia de la salvación: mayor aun que el de la resurrección, bien que los dos son inseparables. Se puede decir que la cruz es la victoria, mientras que la resurrección es el triunfo, siendo más importante aquélla que éste, bien que el triunfo es la consumación natural e inevitable de la victoria. En la resurrección, pues, se manifestó públicamente la victoria del Crucificado, bien que la victoria en sí había sido ganada cuando el vencedor exclamó: “¡Consumado es!” (Jn. 19:30).

La cruz es la evidencia suprema del amor de Dios
En la cruz el Señor de toda vida entregó a la muerte a su Amado, a su Unigénito Hijo, al Mediador y el Heredero de la creación (Col. 1:16; He. 1:2-3). El Cristo que murió en la cruz era el Señor de todo, en honor de quien los astros siguen su curso por el espacio, y al otro extremo de la creación, en cuya honra los insectos revolo­tean en un rayo de sol (He. 2:10). Verdaderamente, en este gran acontecimiento, “Dios da prueba de su amor para con nosotros, porque siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:8).

La cruz es la mayor prueba de la justicia de Dios
En la cruz el Juez de toda la tierra, y “como manifestación de su justicia”, no perdonó aun a su propio Hijo (Ro. 3:25; 8:32). En el transcurso de los siglos, pese a muchos juicios individuales y par­ciales. Dios no había castigado jamás el pecado con juicio final (Hch. 17:30). Tanto es así que a causa de su paciencia su santidad aparentemente estaba en tela de juicio por “haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados” (Ro. 3:25). En vista de ello, solamente la muerte expiatoria del Redentor, como acto justificati­vo de Dios frente a la pasada historia de la humanidad, pudo de­mostrar la justicia irrefutable del Juez supremo de los hombres. Comprendemos, desde luego, que la paciencia de los tiempos ante­riores se fundaba exclusivamente en el hecho futuro de la cruz, de la manera en que todo pecado presente y futuro puede ser expiado por la “justificación” del pecador tan sólo por la mirada retrospecti­va de la justicia divina hacia la cruz. Por ende, la paciencia pasada, el juicio presente y la gracia futura hallan todo su punto de conver­gencia en la cruz (Ro. 3:25-26; 1 Jn.1:9; Jn. 12:31).
En el evangelio se revela por primera vez “una justicia de Dios” (Ro. 1:17 VHA) que no es sólo un atributo de Dios, sino también un don que procede de Dios, y que es válido delante de su trono de justicia al ser aceptado en sumisión y fe por el pecador (Ro. 1:17; 2 Co. 3:9; 5:21).

Los redimidos en el cielo cantan: ‘Tu fuiste inmolado, y nos has redimido para Dios con tu sangre de todo linaje y lengua y pueblo y nación, y nos has hecho para nuestro Dios un reino de sacerdotes y reinaremos sobre la tierra” (Ap. 5:9-10). El cántico expresa maravi­llosamente el hecho de que los salvos, en su conjunto, son la pose­sión de Dios, un pueblo adquirido, que es de su propiedad exclusiva (1 P. 2:9; Tit. 2:11). Claro está que no queremos decir que esta riqueza adquirida por medio de la cruz signifique un incremento de la gloria esencial de Dios, porque es infinito en todo. Sin embargo, las Escrituras afirman que, al redimir la Iglesia, Dios ha ganado un instrumento eficaz para la revelación de su gloria, puesto que aun ahora, en este período en que vivimos, la función de la Iglesia no se limita a testificar en la tierra, sino, según Efesios 3:10-11, existe “para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora notificada por la Iglesia a los principados y potestades de los lugares celestiales”. Ante tal pensamiento, ¡que se eleve nuestro espíritu por encima del polvo de nuestra jomada de hoy, hermanos! ¡Por medio nuestro los principados de los lugares celestiales han aprendido hoy algo de la rica diversidad de la sabiduría de nuestro Dios! ¡Que nuestro cora­zón vuele, pues, por encima de las estrellas, para morar al abrigo del trono de Dios el Omnipotente, quien se digna ser nuestro Padre por medio de su Hijo!
Erich Sauer
El Triunfo del Crucificado, Página 47,48.

¿CONTESTA DIOS SIEMPRE LA ORACIÓN?


Por A.W.Tozer

CONTRARIO a la opinión popular, el cul­tivo de una sicología de credulidad sin criterio no es un bien absoluto, y si se lleva al extremo puede ser un mal positivo. Todo el mundo ha caído en la trampa del diablo, y la trampa más mortal es la religiosa. El error nun­ca aparece tan inocente como cuando se en­cuentran en el santuario.

Un campo en que aparecen trampas mor­tales en gran profusión que parecen innocuas, es en el terreno de la oración. Hay más nociones dulces acerca de la oración que las que cabrían en un gran libro, todas erróneas y todas muy perjudiciales para las almas de los hombres.
Creo que una de estas nociones falsas que se suele encontrar en lugares agradables en compañía sonriente de otras nociones induda­blemente ortodoxas, es que Dios siempre con­testa la oración.
Este error aparece entre los santos como una especie de terapéutica para prevenir que algún cristiano desalentado sufra demasiado shock cuando se hace evidente que las expec­taciones de su oración no se cumplen. Se le ex­plica que Dios siempre contesta la oración, ya sea diciendo Sí o diciendo No, o sustituyendo otra cosa por el favor deseado.
Sería difícil inventar una excusa mejor qae ésta para halagar al peticionario cuyas súplicas han sido rechazadas por falta de obediencia. Por consiguiente, cuando una oración no es contestada tiene solamente que sonreír alegre­mente y explicar, “Dios dijo No.” Todo es muy cómodo. Su fe vacilante es salvada de la con­fusión y su conciencia permanece tranquila. Pero me pregunto acaso es honrado.
Para recibir una respuesta a la oración co­mo la Biblia usa el término y como los cris­tianos han comprendido a través de la historia, dos elementos son indispensables: (1) Una pe­tición específica hecha a Dios por un favor determinado. (2) La concesión exacta por Dios de la súplica hecha. No puede torcer la se­mántica, ni cambiar las etiquetas, ni alterar el mapa durante el viaje para ayudar al turista avergonzado a encontrarse,
Cuando vamos a Dios con una petición que él modifique la situación existente para nosotros, es decir, que él conteste la oración, hay dos condiciones que debemos cumplir:
(1)       Debemos orar en la voluntad de Dios y
(2)       tenemos que estar en condición de orar; eso es, debemos estar viviendo vidas agradables a Dios.
Es inútil rogar a Dios que actúe en contra de sus propósitos revelados. Para orar con confianza el peticionario tiene que estar seguro que su plegaria cao dentro de la amplia volun­tad de Dios para su pueblo.
La segunda condición también es de vital importancia. Dios no tiene ninguna obligación de conceder las peticiones de cristianos mun­danos, carnales o desobedientes. Él contesta las oraciones de los que andan en sus sendas. “Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios; y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante a él”. “Si per­manecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (1 Juan 3:21, 22; Juan 15:7).
Dios quiere que oremos y él quiere con­testar nuestras oraciones, pero él hace que nuestra oración sea un privilegio que va unido a su uso de la oración como una disciplina. Para recibir respuesta a la oración tenemos que cumplir los requisitos de Dios. Si somos negligentes con sus mandamientos, nuestras peticiones no serán contestadas. El alterará las situaciones solamente a petición de las almas obedientes v humildes.
La falacia del Dios-siempre-contesta-la -oración deja al hombre de oración sin discipli­na. Ejerciendo esta falaz casuística él pasa por alto la necesidad de vivir sobria, justa y santa­mente en este mundo actual, y realmente toma la negación de Dios a contestar su oración como una respuesta misma. Desde luego que tal hombre no va a crecer en santidad; nunca aprenderá a luchar y esperar; no conocerá la corrección; él no oirá la voz de Dios llamándole a avanzar; nunca llegará al lugar donde es mo­ral y espiritualmente apto para que sus oracio­nes sean contestadas. Su filosofía errada le ha arrumado.
Es por eso que me detengo para exponer su teología errada sobre la cual funda su fi­losofía errada. El hombre que la acepta no sabe nunca en qué terreno está parado; nunca sabe acaso tiene fe verdadera, porque si su plegaria no es contestada él evita las implica­torias por la simple evasiva de declarar que Dios ha cambiado la situación y le ha dado otra cosa. No quiere apuntar al blanco, así que nun­ca puede saber si tiene buena puntería o no.
Santiago dice claramente de ciertas perso­nas: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, pa­ra gastar en vuestros deleites.” De esa sencilla oración podemos aprender que Dios rehúsa algunas peticiones porque los que las hicieron no eran dignos moralmente de recibir la con­cesión. Pero esto no tiene ningún significado para el que ha sido seducido a creer que Dios siempre contesta la oración. Cuando tal hombre pide y no recibe mete su mano a la bolsa y sale con la respuesta en alguna otra forma. A una cosa se aferra con gran tenacidad: Dios nunca rechaza a nadie, pero invariablemente conce­de todas las peticiones.
La verdad es que Dios siempre contesta la oración que está de acuerdo con su voluntad según está revelada en las Escrituras, siempre que el que ora es obediente y tiene fe. Más allá de esto no podemos ir.
Revista sendas de Luz Abril-Mayo 1976

LOS SOBREVEEDORES Y SU TRIPLE RESPONSABILIDAD

Los términos “obispos”, “presbíte­ros”, “ancianos”, “pastores”, “sobrevee­dores”, encierran mucho. Son siervos de Dios, puestos por el Espíritu Santo, que han recibido dones, para compartir el privilegio inmerecido en el noble traba­jo del cuidado de “la grey de Dios”, con “EL BUEN PASTOR”, “EL GRAN PASTOR” y “PRINCIPE de los pas­tores” - El Señor Jesús (Ef. 4:11; Jn. 10:11; He. 13-20; la. Pe. 5:4).
Los mismos revelan el carácter, cualidades, don e intensidad de amor de un renacido hacia Cristo y hacia Su pueblo, adquirido “por Su sangre”. Cual­quiera de estos nombres mencionados son correctos y podrían ser usados in­distintamente por el pueblo de Dios; pero los creyentes que se reúnen senci­llamente al Nombre digno del Señor, han preferido usar el término “SOBRE­VEEDORES” por ser una traducción más literal del vocablo griego “episko- pos” y mayormente después del tiempo del “oscurantismo” en que la Biblia era poco menos que imposible de ser obte­nida. Este problema hubiera quedado re­suelto con la formación de las Socieda­des Bíblicas y accesibilidad a la Biblia durante los últimos cien años, a no ser por el mal uso aplicado a los mismos en ciertos círculos.
En la edición de la Biblia anterior a la que usamos en la actualidad, edita­da por la Sociedad Bíblica Americana en el año 1893. versión C. de Valera, lee­mos: “Y enviando desde Mileto a Efe- so, hizo llamar a los ANCIANOS de la Iglesia. . . los cuales como vinieron a él, les dijo: Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño sobre el que el Es­píritu Santo os ha puesto por SOBRE­VEEDORES, para apacentar la Iglesia de Dios” (Hch. 20:17, 28). Las palabras originales nos fueron dadas para ha­cernos entender correctamente ‘la obra” que el Señor les ha encomendado y sus responsabilidades.
El v. 17 mencionado, habla de “AN­CIANOS”: éstos son los hermanos de experiencia, no precisamente por su edad, sino en el andar y disfrutar de co­munión íntima con el Señor, poseídos de “solicitud” por la Iglesia del Señor.
En el v. 28 habla de los mismos an­cianos, pero los llama “SOBREVEE­DORES” u “OBISPOS” indicando por ello que tienen sus corazones puestos en el pueblo del Señor, lo cuidan y apa­cientan. En el v. 31 son exhortados a VELAR, mostrando que son “PASTO­RES” o “PRESBITEROS”, porque de­ben velar por el estado espiritual de los redimidos, como aquellos “que han de dar cuenta” al Señor por ello (Luc. 2:8; He. 13:17). La palabra “PRESBITE­ROS” también significa ancianos; indi­ca pues, que son los hombres de expe­riencia los que tienen la obligación de GUARDAR, VIGILAR, CUSTO­DIAR. Así que, estos presbíteros, an­cianos o sobreveedores, armados con el conocimiento de la Palabra, cumplen su deber para con cada uno de los creyen­tes, habiendo recibido la recomendación del Señor: “CUIDAMELE” (la. Tim. 4:14; Luc. 10:35).

SU TRIPLE RESPONSABILIDAD
1.    CUIDAR LA DOCTRINA. —
¿Y quién como los ancianos, presbíteros, obispos, pastores o sobreveedores deben hacerlo? ¿No es a los tales que el Espí­ritu Santo ha puesto para ello, seleccio­nándolos entre los nacidos de nuevo?
El apóstol Pablo, inspirado, no per­dió una sola oportunidad de mencionar en las epístolas, y especialmente en las llamadas “pastorales”, el valor e impor­tancia de atender a la DOCTRINA. ¿Y para qué todo esto? Dios quiere que los que enseñan, guían, alimentan y edifican a Su pueblo, estén en guardia, para que nada que no esté de acuerdo con la men­te y propósitos del Señor, se infiltre o sea dado a los redimidos A Tito le di­ce: Empero tú, habla lo que conviene a la sana doctrina; y enseñando a Timoteo recalca: “Si esto propusieres a los her­manos, serás buen ministro”, pues el so­breveedor debe ser “retenedor de la fiel palabra que es conforme a la doctrina” (la. Tim. 4:16; Tit. 2:1; 1:9; la. Tim. 4:6; Ef. 4:12).
2.    CUIDADO DE LA GREY. —
Alimentar a la grey: Vigilar por la clase de alimento que recibe: el pueblo de Dios no puede vivir de cualquier cosa, debe tener suficiente alimento sano, nu­tritivo y sólido. El ineludible deber de los pastores o sobreveedores es: “Que sepas como te conviene conversar en la casa de Dios” y ' Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros” (la. Tim. 3:15; la. Pe. 5:2).
¿Con qué apacentarla? El Señor mismo nos dio el ejemplo: “Y les predi­caba la PALABRA” fMar. 2:2). Sen los hombres en cuyos oídos y corazones siempre resuena la voz del 6eñor: “Con­sidera atentamente el aspecto de tus ovejas; pon tu corazón a tus rebaños (Prov. 2/:23 la. Pe. 4:10, 11). Sienten su responsabilidad por el bienestar de los salvos, como un buen padre vigila por la salud de sus hijos (2a. Co. 11:28).
B) Custodiar el andar de la grey: Para que “no sea blasfemado el Nombre del Señor y la doctrina” y para que el evangelio no sufra o sea detenido por la inconducta de los santos en su avance “hasta lo último de la tierra” (1 Tim. 6:1; Hech. 1:8). Y para que se cumpla la exhortación: “Yo pues, preso en el Se­ñor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que sois llamados”. “Mirad que ninguno dé a otro mal por mal; seguid lo bueno” (Ef. 4:1; la. Tes. 5:15).
3.  CUIDAR DE SI MISMOS. — La Palabra no olvida de amonestar a los so­breveedores a fin de que, ante todo, ellos guarden y cuiden sus propias vidas, pa­ra no tener que lamentarse: "Y mi viña, que era mía, no guardé” o que “habien­do predicado a otros, yo mismo venga a ser reprobado”. Sino que deben llegar a ser los verdaderos "dechados”, ejemplo en todo, “de la grey de Dios” — ya que “a cualquiera que fue dado mucho, mu­cho será vuelto a demandar de él; y al que encomendaron mucho, más le será pedido” (Cant. 1:6; la. Co. 9:27; la. Pe. 5:3; Luc. 12:48).
Por esto, cada uno debe examinarse a sí mismo. ¿Soy yo un ejemplo en man­sedumbre y humildad; firme en la doc­trina; responsable por el bienestar del rebaño? Y todo ello para no sufrir la sorpresa ante el TRIBUNAL DE CRIS­TO: “Malo y negligente siervo”. “Así que, YO de esta manera corro. . . de es­ta manera peleo. Antes hiero mi cuer­po, y lo pongo en servidumbre; no sea que, habiendo predicado a otros, YO mismo venga a ser reprobado” (Mat. 25:26; 2a. Co. 5:10; la. Co. 9:26, 27).
P. B.