domingo, 22 de agosto de 2021

Ganando Almas a la manera bíblica (8)

 Fe y confesión

William Macdonald

                                              


Cuando una persona tiene una apreciación adecuada de su propia pecaminosidad e indignidad, generalmente no está lejos del reino. Ahora, la tarea del ganador de almas es presentarle al Señor Jesucristo como el Único que es capaz y está dispuesto a salvarlo, y como Aquel en quien debería creer.

            ¿Qué significa creer en Jesús? Significa recibirlo por medio de un cla­ro y decisivo acto de fe como Señor y Salvador personal. Este acto de fe no necesita ser oral o público, pero debe ser de corazón y sincero.

            La Biblia usa muchas ilustraciones diferentes y ejemplos de lo que significa creer en el Señor.

            Creer es mirar, según Isaías 45:22. Vea también Juan 3:14.

            En Lucas 8:44, una mujer tocó el borde del manto de Cristo, ex­hibiendo de esta manera una fe salvadora en El.

            En Juan 1:12, es equivalente a recibirlo. La salvación es compara­da con un regalo que los hombres reciben por fe (Romanos 6:23).

            En Juan 4:14, la salvación es comparada con el agua que debe ser bebida por fe.

            Juan 6:35 habla de manera similar de Cristo como el Pan de Vi­da, que debe ser comido por almas hambrientas.

            En Juan 10:9, el Señor Jesús habla de Sí mismo como la Puerta que lleva a la salvación.

            Es beneficioso para el obrero cristiano tener estas y otras ilustracio­nes de la fe disponibles para usar según lo amerite la ocasión.

            El Espíritu Santo usa diferentes ideas o imágenes en diferentes ca­sos para llevar a una persona a Cristo. No hay dos testimonios de con­versión que sean exactamente iguales. Si fuéramos a estudiar la expe­riencia de los personajes bíblicos, veríamos cuán variadas fueron. Por tanto, la conversión podría describirse como sigue:

            Jacob—peleó con Dios hasta que Dios resultó victorioso (Génesis 32:24-32). En tales casos, creer es similar a una entrega incondicional.

            Rut—encontró satisfacción en una persona (Rut 3). Aquí la fe po­dría compararse a la frase “Sí, acepto” en una ceremonia de matrimonio.

            Naamán—obedeció un mandato que parecía sin sentido (2 Re­yes 5). La verdadera confianza en Cristo se ríe de las imposibilidades y descansa confiadamente en Él. La verdadera fe y la obediencia son in­separables.

            Job—alcanzó las profundidades de la desesperación, y luego cla­mó a Dios para que lo librara 0ob 42:1-6).

            Jonás—huyó de Dios hasta que Él lo alcanzó Jonás 2). Solo des­pués de su amarga experiencia Jonás confesó: “La salvación es de Jehová" Jonás 2:9).

            Lázaro—fue levantado de entre los muertos Juan 11:43). Para muchos, creer es simplemente obedecer la vivificante Palabra de Dios: “Sal fuera".

            El hijo pródigo—volvió al hogar de su padre donde pertenecía (Lucas 15:11-24). Sin duda esta descripción responde a la experiencia de muchas almas vagabundas que se han arrepentido y también a los descarriados.

            8.Saulo de Tarso—fue detenido de repente y cayó al suelo (He­chos 9:3-4). Aquí se resalta el trato soberano de Dios con el hombre. La fe de Saulo se manifestó cuando confesó a Jesús como Señor (versí­culos 5 y 6).

            Cuáles sean los términos utilizados, o si se da en varias oportunida­des, lo más seguro es decir que involucra el reconocimiento de nuestra necesidad, la confesión de nuestra incapacidad para satisfacer esa nece­sidad y una total confianza en que el Salvador hará como prometió.

            Conectadas con el tema de creer, hay dos preguntas que surgen con frecuencia.

            1. ¿La fe en Cristo es un acto definitivo o es un proceso pro­longado? La respuesta es que mientras los pasos que guían a la con­versión pueden extenderse durante un período de tiempo, debe llegar el momento en que uno toma esa gran decisión.

            Esto lo demuestra Romanos 8:9: “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él”. Una persona puede tener o no al Espíritu Santo. Cuando nacemos en el mundo, el Espíritu Santo no mora en nosotros. Él establece su morada en nosotros solo cuando somos salvos. Por tan­to, debe haber un momento definido en el que esto acontece. Es una locura que la gente diga: “Siempre he creído en Cristo”. Eso sería lo mismo que decir: “Siempre he tenido el Espíritu de Cristo”.

            2. ¿Debo saber la fecha de mi conversión? La respuesta para esto es “No”. Muchas personas atraviesan un tiempo de tribulación es­piritual, dudas y desasosiego, y entonces no recuerdan la fecha exacta en la que se entregaron a Cristo. Donde ha habido verdadera fe, Dios conoce la fecha, y eso es lo que cuenta.

            El apóstol Pablo dijo: “porque yo sé a quién (no cuándo) he creí­do" (2 Ti. 1:12). Lo importante es saber que está confiando en Cristo en este momento.

            Muy vinculado al tema de creer está la confesión. El Nuevo Testamen­to no enseña que la confesión de Cristo sea esencial para alcanzar la salva­ción, pero sí enseña que cuando una persona es salva confiesa a su Señor.

            1. Romanos 10:10, “Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.” Este es el orden divino. Primero, el hombre cree y es salvo. Luego, confiesa según la salvación que ha recibido.

            2. Marcos 16:16, “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; más el que no creyere, será condenado”.  Puesto que somos conscien­tes de que hay gran diferencia de opiniones respecto a este versículo, sugerimos la siguiente interpretación. Aquí el bautismo es un símbolo de la confesión que sigue inevitablemente a la conversión. Por tanto, ambas están unidas y muy relacionadas. Ese bautismo no es necesario puesto que la salvación se muestra en la última parte del versículo, “más el que no creyere, será condenado”. Aquí el bautismo es omiti­do. El factor decisivo es la fe en Cristo.

            Él urgió repetidamente a sus seguidores a que Lo confesaran de­lante de los hombres (Mt. 10:32). Cuando tratamos con otros, tene­mos que transmitir de igual manera la responsabilidad de hablar con denuedo para el Señor.

“Si confía en Jesús,

Debería hablar de Él,

Aunque se humillara hasta el polvo,

Si le ama, dígalo.

Si cree en Jesús,

Y recibió Su salvación,

No haga que el Espíritu se angustie,

No se demore, dígalo.”

Nobleza Bereana

No todos somos iguales. En cuanto al carácter, muchas veces movidos por prejuicios, juzgamos a ciertas razas y culturas como si todos sus componentes fueran de la misma condición. Es decir, los ponemos a todos dentro de un mismo saco y lo sellamos con una etiqueta determinada bien grande e in­confundible. Estos prejuicios son pura nece­dad. La mala experiencia que acababa de tener el apóstol Pablo con los judíos en la sinagoga de Tesalónica, ciudad de la que tuvo que huir de noche, no le impide llegar a Berea e inmediatamente entrar en la sinagoga judía de aquella otra ciudad (Hechos 17:10).

            Alguno podría pensar que eso era salir de la sartén para caer en el fuego. ¿Por qué arriesgarse a sufrir la misma persecución otra vez? Pero Pablo tenía la comisión de “Id y predicad el evangelio a toda criatura” y él mismo confesó “¡Ay de mí si no predico el evangelio!”. Está en el plan de Dios que el evangelio se anuncie en todo el mundo y por eso el Espíritu Santo levanta misioneros que son enviados por la Iglesia (Hechos 13:2-3). Dios tiene en todo lugar a sus escogidos y éstos oirán llegado el momento. Esta era la confianza de Pablo y por la que estaba dispuesto a sufrir (2Timoteo 2:10).

            La sorpresa, si cabe llamarse así, fue la buena acogida que tuvo Pablo en la sinago­ga de Berea en comparación con la de Tesa­lónica. El texto bíblico se refiere a los bereanos como más nobles que los tesalonicenses, es decir, gente que actuaba de buena fe y sin doble intención. Por lo tanto, éstos recibieron la Palabra del evangelio con toda solicitud, con gran anhelo, con un deseo sincero de ser instruidos. Ahora bien, no estaban dispuestos a tragarse todo lo que se les enseñara, sino que escu­driñaban cada día las Escrituras para ver si las cosas que se les decía eran verdad (He­chos 17:11).

            Dos grandes principios se desprenden de la actitud bereana. El primero es el de pasar por el tamiz de las Escrituras cualquier enseñanza doctrinal que se presente como cristiana. Si lo que se nos predica no es de acuerdo a la Palabra revelada por Dios en la Biblia, no debemos aceptarla ni seguir escu­chando. Por muy carismático, simpático, persuasivo o renombrado que sea el porta­dor de tal enseñanza, al tal le diremos: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren confor­me a esto, es porque no les ha amanecido” (Isaías 8:20)

            En especial se ha de pasar por dicho tamiz de las Escrituras el propio evangelio, para que no se predique otro evangelio que no sea el de la gracia de Dios. La buena noticia del evangelio es la salvación gratuita ofreci­da por Dios al pecador, basada en la persona y en la obra de Jesucristo, el Hijo de Dios, quien en la cruz pagó por nuestros pecados. Esta salvación perfecta y completa la recibe por medio de la sola fe el pecador que arre­pentido viene a Cristo implorando el perdón y la salvación. Las buenas obras o los méri­tos no son requeridos para recibir la salva­ción pues ya no sería por gracia. Es la salva­ción recibida la que produce en el creyente el andar en buenas obras. (Efesios 2:8-10)

            El segundo principio que se desprende de la actitud bereana es el del libre examen de las Escrituras. Toda persona tiene el dere­cho y el deber de examinar las Escrituras por sí mismo sin necesidad del permiso eclesiástico (Mateo 5:39). Durante siglos se prohibió la lectura de la biblia al pueblo porque, decían, sin la guía del magisterio eclesiástico no la entenderían. Pero cual­quiera que lea la Biblia entenderá, sin la menor duda, que en ella se enseña que el hombre es pecador y que Cristo es salvador. Que existe un castigo eterno para los impe­nitentes y una gloria eterna para los cre­yentes (Mateo 25:46)

            Ahora bien: el libre examen no significa “la libre interpretación de las Escrituras”. El libre examen no es tomar un texto o versículo aislado y acomodarlo a nuestra propia conveniencia dándole la interpretación que a uno le parezca. Sin embargo, el libre examen, sí nos da derecho a todos, a buscar el sentido de cualquier pasaje, con la ayuda del Espíritu Santo, de un diccionario y de una concordancia, teniendo el contexto histórico, el sentido gramatical y doctrinal de determinado versículo y estudiarlo por uno mismo (Hechos 17:11

            Por lo tanto, que nadie tema abrir la biblia, leerla, estudiarla y creerla. Transformará su vida. Esto es lo que sucedió en Berrea. Muchos creyeron la Palabra de Dios (Hechos 17:12). Curiosamente, cuando a los judíos de Tesalónica se enteraron de lo sucedido se desplazaron a Berea para provocar una revuelta contra Pablo. ¿Qué celo era este? ¿Celo por la gloria de palabra o meros celos humanos porque perdían adeptos? En su relato, Lucas no deja lugar a dudas en cuanto a que les movían celos humanos (Hechos 17:5) ¡Cuantas veces se ha disfrazado también el celo pecaminoso dentro de la iglesia, queriendo aparentar celo por las cosas de Dios!

            En este mundo caído, la palabra de mentira reina sobre los hijos de desobediencia desde el mismo Edén, rige la vida y conducta de aquellos que todavía escuchan la serpiente. En contraposición están los hijos de Dios, los que son guiados por la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre. (1 Pedro 1:23). Finalmente, la verdad siempre triunfa porque es Libertadora. La perseguirán, prohibirán su lectura, denostarán a sus valedores, pero nadie podrá apresar la Palabra de Dios (2Timoteo 2:9).

            “Porque: Toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae; más la palabra del Señor permanece para siempre. Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada” (1 Pedro 1:24-25).

En la Calle Recta, marzo 2021.

LA EPÍSTOLA A LOS EFESIOS (2)

 

E. W. Rodgers

II ¾ 1.15 al 23:  La oración de Pablo

 


            Todo lo tocante a la posición actual del creyente difiere de lo que regía con Israel en su apogeo. La economía anterior es muy inferior al propósito de Dios en estos tiempos. En aquel entonces Israel gozaba en Abraham de diversas bendiciones en Canaán; nosotros somos bendecidos en Cristo con toda bendición espiritual en lugares celestiales.

            Esto no fue divulgado hasta haber puesto la base para su realización en la muerte, resurrección y glorificación de Cristo, y hasta que el Espíritu Santo había sido enviado como la garantía presente de lo que vamos a heredar en Cristo. El propósito constituía un “misterio” ¾un secreto guardado¾ 1.9, hasta el momento oportuno para su comunicación. Fue el primero en su concepción y será el primero en su consumación, pero fue el último en su revelación.

            Pablo había abierto surcos para el evangelio en Éfeso, Hechos 19, y posterior-mente había aconsejado a los ancianos de la iglesia local que fue formada allí, Hechos 20. Ahora, unos años más tarde, su corazón se regocija al oír de su “fe en el Señor Jesús y [su] amor para con todos los santos”, 1.15. Su fe era genuina; su amor la evidenciaba. Su amor no era selectivo sino comprensivo, extendiéndose a todos los santos. Esto hacía ver que habían sido alumbrados sus corazones en un tiempo entenebrecidos.

            Nada sorprende, entonces, que Pablo estaba lleno de gratitud y presto a orar por ellos. Su deseo era que contaran con tan amplio conocimiento del “Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria” que se realizara tres logros:

            (a) que fuesen sabios en cuanto a lo que estaba por delante para ellos

(b) que fuesen sabios en cuanto a lo que estaba por delante para Dios

(c) que supieran cuál es el poder que asegurará el (a) y el (b)

            Pablo deseaba que supieran cuál es la esperanza de su llamamiento, 1.18. En el 4.4 la llama la “esperanza de vuestra vocación”. No se ha manifestado todavía, porque “lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo?” Romanos 8.24. Pero está expuesta en 1.10,11. En Cristo hemos recibido una herencia cuyo aval ya nos ha sido dado en la persona del Espíritu Santo.

            De la manera como las joyas de Rebeca y el aro de compromiso en tiempos modernos son fianzas de lo que está por ser poseído y disfrutado, así es con el creyente ahora. El Espíritu Santo, quien fue prometido por el Señor Jesús, ha venido cual “arras de nuestra herencia”, 1.14, en la cual entraremos al experimentar “la redención de nuestro cuerpo”, Romanos 8.23.

            Pablo deseaba que supieran cuáles son las riquezas de la gloria de la herencia de Dios en su pueblo, 1.18. Parece que hay poca duda de que se puede traducir la cláusula como “hemos recibido una herencia” o también “hemos sido hechos una herencia”. La segunda posibilidad se explica en Deuteronomio 4.20, 32.9, donde se afirma que Israel era la herencia de Dios. (“la porción de Jehová es su pueblo”) Por otro lado, indudablemente hemos sido hechos beneficiaros de una herencia a causa de nuestra identificación con Cristo. Sin duda ambas ideas están presentes en el versículo 14; “las arras de nuestra herencia” nos habla de lo que tendremos en el porvenir, y “la redención de la posesión adquirida” declara lo que Dios tendrá en su pueblo.

            Esto es el segundo punto en la oración paulina, a saber, que los creyentes tengan un conocimiento cabal de cuáles son las riquezas de la gloria (la excelencia desplegada) de la herencia de Dios en su pueblo. Pareciera ser una debilidad inherente en todo el pueblo del Señor pensar primeramente en lo que ellos van a recibir más adelante, prestando poca atención a lo que Dios recibirá en su pueblo redimido. Pero Pablo deseaba que los santos fuesen inteligentes en cuanto a ambos aspectos de un mismo asunto: el lado de Dios y el nuestro; lo que Él tendrá y lo que nosotros tendremos. “Las riquezas de la gloria de su herencia en los santos” se desplegarán “cuando [Cristo] venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron”, 2 Tesalonicenses 1.10.

            Pablo deseaba que supieran la supereminente grandeza del poder divino hacia nosotros, 1.19. Es el poder que puede llevar a cabo sus designios. No se ha podido ejercer ningún poder mayor hacia nosotros que aquél que Él ejerció en Cristo al resucitarle de los muertos. Fue el despliegue de “la supereminente grandeza de su poder”, ya que no hubo acontecimiento parecido antes de eso, ni ha habido después. No fue tan sólo resurrección, sino también exaltación al punto más alto de honor celestial, muy por encima de toda autoridad o poder visible e invisible, bien sea presente o futuro. Por cierto, lo que había sido perdido por el primer Adán ha sido más que restaurado abundantemente por el postrer Adán, y todo el universo ha sido puesto en sujeción bajo sus pies.

            Pero esto fue el despliegue de “la supereminente grandeza de su poder para con nosotros” además de para con Cristo. Es para nosotros que hemos creído, ya que ahora estamos unidos inseparablemente con él como cuerpo con Cabeza, y espiritualmente hemos experimentado ya lo que Él experimentó al ser “vivificado por el Espíritu”, 1 Pedro 3.18.

            Requiere poca imaginación entrar en la emoción que capturaba el corazón del apóstol mientras estaba recluido en un penitenciario. Su cuerpo estaba encarcelado, pero nada podía encerrar su espíritu mientras contemplaba lo que Dios había realizado en Cristo, tomándole de las más profundas honduras de reproche y llevándole al pináculo de la gloria, y en este mismo hecho estableciendo un principio que aplicaría a todo aquel que creyera en Él. Pablo abunda sobre el tema en el capítulo 2.

            Quizás alguno replicará que todavía no parece que todo en el universo está sujeto a Cristo, pero 1 Corintios 15.20 al 28 declara que seguramente así será: “luego que todas las cosas le estén sujetas …” Potencialmente, es así ahora; en su realización y manifestación, sucederá en el futuro; “por fe andamos, no por vista” ¾ o sea, no por lo que está a la vista, 2 Corintios 5.7.

El cuerpo de Cristo

            El concepto del “cuerpo de Cristo” es peculiar al apóstol Pablo; ningún otro escritor emplea esta metáfora. Sin duda la aprendió en el camino a Damasco. La pregunta, “¿Por qué me persigues?” le reveló que tocar al cristiano era tocar al Señor mismo; tocar a un creyente es como tocar un miembro del cuerpo, y de una vez la Cabeza siente el dolor. Él puede compadecerse de lo que los suyos sienten; Hebreos 4.15.

            Aquel “cuerpo” es la Iglesia, la compañía de aquellos llamados a salir afuera, cuyo nacimiento data del Día de Pentecostés de Hechos capítulo 2. Sus componentes son los íntegros de la tierra, Salmo 16.3, la elite de Dios. Son unidad en diversidad, cada cual interdependiente del otro, cada uno diferente del otro, pero con todo hay “un cuerpo”, Efesios 4.4.

            Es la “plenitud” de Aquel que lo llena todo en todo, 1.23. Es decir, la Iglesia es el complemento de Cristo, así como el cuerpo es el complemento de la Cabeza. Una cabeza sin cuerpo es un nombre inapropiado; un cuerpo sin cabeza es meramente un torso. La Iglesia no es una organización sin vida, sino un organismo, vinculado insolublemente con la Cabeza en el cielo.

            Ninguna posición más elevada que ésta se podría asignar a pecadores redimidos. La Cabeza de la Iglesia es el que lo llena todo en todo ¾que llena el universo en todas sus partes¾ y la Iglesia es su complemento.

            ¡Cuán asombroso es que el propósito definitivo de Dios no haya podido realizarse sin que Él se asociara con la Iglesia, y que esta Iglesia ¾esta compañía de pecadores redimidos de entre todas las tribus, naciones, pueblos y lenguas¾ participará en la gloria desplegada de Aquel que ha sido puesto muy por encima de principados y potestades, sean o no hostiles a Dios!

domingo, 4 de julio de 2021

Poesía

 


¡Oh Cristo! Él es la fuente.

¡El profundo y dulce gozo del amor!

¡De las aguas corrientes terrenales yo he bebido,

aguas más profundas beberé en las alturas!

Allá, con la plenitud de un océano,

la misericordia se engrandece en Él, y la gloria,

la gloria habita en la tierra de Emanuel.


La Esposa no mira sus vestidos,

sino el rostro de su Esposo amado.

Contemplaré, no la gloria,

sino a mi Rey lleno de gracia.

No la corona otorgada por Él,

sino sus manos traspasadas.

El Cordero es toda la gloria de la tierra de Emanuel

A. R. C.

Fuente: Revista Fe

Preguntas y Respuestas

 


1. Cuando en la actualidad surgen discrepancias respecto a orden o disciplina en la Asamblea, ¿a qué fuente segura de instrucción debemos recurrir?

àA la Biblia y volver a lo que hemos tenido «desde el principio» (2 Jn 5, 6).

2. ¿Cómo obtuvo Pablo su conocimiento sobre la Asamblea?

àPablo obtuvo su conocimiento sobre la Asamblea por revelación (Ef 3:3).

3. ¿Qué quiere decir Pablo cuando asevera que le fue dada para que cumpla o complete la Palabra de Dios?

àPor cumplir o completar la Palabra de Dios se entiende que Pablo fue elegido para hacer notoria la verdad acerca de la Asamblea. Esta verdad completó la serie de temas de que Dios ha tratado en Su Palabra (Col 1:24-26).

Muchos cristianos creen hoy que las asambleas pueden ser independientes una de otra. ¿Dispuso Pablo un orden a seguirse en una asamblea y otro orden en otra, o dispuso el mismo en cada asamblea?

El apóstol Pablo enseñó el mismo orden en todas las asambleas (1 Co 7:17).

 

4. ¿Fue indiferente el Señor en cuanto a lo que se hacía en las reuniones de las distintas asambleas o deseaba uniformidad en las mis­mas?

àEl Señor deseaba uniformidad en las asambleas (1 Co 11:16).

            Léase 1 Co 14:33-35 y demuéstrese cómo estos versículos enseñan que Dios tenía un orden para todas las asambleas cada una de las cuales era la expresión local de la Asamblea.

            Lo que era cierto en Corinto había de ser cierto «en todas las asambleas de los santos». Las mujeres habían de guardar silencio no sólo en la asamblea de Corinto, sino «en todas las asambleas». «Deshonesta cosa es hablar una mujer» no sólo en la asamblea en Corinto, sino en las asambleas en todas partes.

5. ¿Cómo debían ser recibidas las cosas que Pablo escribió a los corintios por ellos y por nosotros?

àLas cosas que el apóstol Pablo escribió a los corintios, debían ser recibidas por ellos y por nosotros como los mandamientos del Señor (1 Co 14:36-38).

Fred Wurst

ALMACENADO ALIMENTOS

 

Las hormigas cosechadoras son las que se mencionan en Pro­verbios 6:6; 30:25. El rey Salomón le dice al perezoso: «Ve a la hor­miga, oh perezoso, mira sus caminos, y sé sabio». Y él dice que la hormiga «prepara en el verano su comida, y recoge en el tiempo de la siega su mantenimiento» … La hormiga que lleva la semilla al hormiguero vuelve entonces al campo en busca de más alimentos…

Las hormigas cosecheras trabajan mucho más y guardan más alimentos que ningún otro tipo de hormiga... Tienen que recoger ali­mentos cuando están creciendo, y guardarlo con vistas a un tiempo de necesidad. Son expertas en guardar lo que recogen. Guardan alimentos para un tiempo de hambre, tal como lo hizo José en la tierra de Egipto, Génesis 41:34-36.

Los jóvenes [cristianos] necesitan «almacenar» la Palabra de Dios en sus co­razones, así como las hormigas almacenan sus alimentos. La Pala­bra debería ser aprendida y memorizada mientras la persona es joven y fuerte y tiene buena memoria. Dios dio su Palabra a los israelitas, y les mandó que la recordaran y que la tuvieran en mucha estima, Deuteronomio 11:18. También debían obedecer las cosas que habían aprendido, Deuteronomio 30:14.

            Podemos ser consolados recordando versículos bíblicos cuando estemos enfermos y no tengamos fuerzas para leer la Palabra. Puede que estemos rodeados por enemigos, pero la Palabra de Dios puede todavía ayudarnos, Salmo 23:5. El enemigo no puede inte­rrumpir nuestro suministro cuando tenemos alimento espiritual guardado en nuestros corazones y mentes. También podemos em­plear versículos memorizados para ayudar a animar a alguien que esté desalentado.

Algunas personas no apartan tiempo para estudiar, memorizar y obedecer la Palabra de Dios. Se preguntarán por qué quedan de­rrotados en sus años posteriores, mientras otros son fuertes, Deuteronomio 32:29.

Del Libro “Las Asombrosas Hormigas” de Adela de Letkeman, capítulo 9: Almacenado Alimentos

El Amor al Mundo y sus Caminos

 “Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno. No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1 Juan 2:14-16).

           Estos jóvenes son exhortados a no amar al mundo. Puede parecer extraño que el apóstol Juan haya tenido que hacer esta advertencia a personas de semejante vigor espiritual. Pero este mismo vigor, por muy espiritual que fuere, crea un peligro. Habían salido con un vigoroso deseo de esparcir la verdad y dar testimonio de Cristo, sin temor, por la Palabra que permanecía en ellos, y por el poder del Espíritu Santo que obraba a través de ellos. Ahora bien, las mismas victorias obtenidas demuestran la existencia de un peligro, y los negocios con los hombres exponen al creyente a amar al mundo antes de saber hasta dónde llegará su influencia sobre nosotros. Pues no debemos suponer que el amor al mundo es solamente una inclinación por la apariencia o el placer, la música o el teatro, la caza, las carreras de caballos, el juego o tal vez cosas peores.

            El mundo es una trampa, mucho más sutil que la carne. Por ceder a los deseos de la carne, un hombre se desprecia a sí mismo, y otros, aunque intensamente comprometidos con el mundo, pueden sentir la vergüenza de esos caminos. Pero «los deseos del mundo» es otra cosa; se presenta como algo eminentemente respetable, pues ¿no es acaso lo que hace todo el mundo de cierto rango social? Ello es desear lo que a la sociedad le gusta, lo que piensan aquellos que son considerados luz y guías, y creen que es conveniente para la gente.

            Este agradable atractivo ejerce una poderosa influencia, especialmente en los jóvenes, y en los jóvenes fuertes que conocen al Señor y tienen el sincero deseo de hacer conocer la verdad.

            ¿Qué es el mundo, en el sentido espiritual? “El mundo”, moralmente, es lo que el diablo elaboró después de la caída del hombre. El “mundo” comienza con Caín y su descendencia. ¿Qué vemos en Caín? Condenado a ser errante y fugitivo en la tierra, luchó para borrar esta sentencia, y construyó una ciudad; no contentos con vivir el uno por un lado y el otro por otro, él y sus descendientes sintieron la necesidad de unirse. «La unión hace la fuerza», dicen los hombres. Por otra parte, un hombre hábil maneja fácil y rápidamente las cosas para alcanzar el puesto de arriba; y muchos tienen la esperanza de subir estos escalones algún día, de una u otra manera o en la medida que fuere. Dios y el pecado son rápidamente olvidados en estos esfuerzos.

            Así también, Caín construyó una ciudad y la llamó conforme al nombre de su hijo. Se manifestaron el orgullo y la búsqueda de la satisfacción personal, como así también el deseo de agradar a los demás, sin tener ningún pensamiento respecto de Dios. De esta familia nacieron las grandes invenciones (Génesis 4). Un hombre de un espíritu que no se halló en Abel, y ni siquiera en Set, quien es el sustituto de Abel, pero que se manifestó abundantemente en Caín y su progenie.

            Aquí comenzó la poesía de la sociedad, cuando Lamec escribió de forma agradable para sus mujeres; pues fue él mismo quien introdujo la poligamia, y justificó el homicidio en caso de defensa propia, lo que podríamos llamar un poema dedicado a los objetos de sus propios afectos. No era Dios sino sus mujeres lo que ocupaban sus pensamientos en relación con los acontecimientos que debían de haberlo afligido. Lamec no sólo hizo una apología de la historia de Caín, sino que halló en ella un pretexto para justificar su propio caso. Allí encontramos también el origen de la orgullosa vida de los nómades, y de los más civilizados deleites de los instrumentos de viento y de cuerda. De modo que, desde temprano, “el mundo” ya estaba en plena actividad. ¿No es éste el carácter “del mundo”? Sin duda que muchas cosas convenientes que se hallan en el mundo pueden ser utilizadas por un cristiano. Pero una sola mancha negra tiñe “al mundo”: la ausencia de un Cristo que, despreciado por el mundo, es tanto más amado por los suyos. Cíteme una sola cosa del mundo sobre la cual Cristo ponga su sello de aprobación. ¿Dónde se encuentra todo lo que Cristo apreciaba? ¿Dónde está aquello en lo que Él vivía y lo que Él amaba?

            Todo lo que está fuera de Cristo puede ser un objeto para el corazón del hombre caído; y tal es el mundo. Algunos emprenden el estudio de ciencias, otros prefieren literatura; otros se sienten inclinados por la política. Desgraciadamente, ¡hasta es posible dedicarse a religión, a la obra y a la adoración del Señor, en un espíritu mundano, y de una manera egoísta, buscando o bien algún provecho para sí o fama de ello! y ¡de cuántas maneras los hombres buscan popularidad con estas cosas! Esto también es “el mundo”. El nombre del Señor tomado aparte de Su voluntad y de Su gloria no es ninguna salvaguardia. Algunos autores lo emplearon de esta manera: escribieron sobre asuntos relacionados con las Escrituras, pero ¿qué tuvieron de mejor por ello? ya que aún permanecieron completamente sin Dios y a menudo como enemigos declarados de Cristo.

            De modo que, en el mundo, existen serios peligros para los jóvenes en el servicio del Señor. Cristo dijo de aquellos que el Padre le dio: “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Juan 17:16). Los que espiritualmente eran jóvenes fuertes son los que particularmente debían guardarse del “mundo”, porque, en su celo, éste podía convertirse en un objeto de valor a sus ojos. Podrían decir que su deseo era simplemente ganar el mundo para Cristo, que su objetivo era hacer que el mundo conociese a Cristo y su Evangelio.


            Sin embargo, es necesario que seamos dependientes de Él y guiados por su Espíritu para saber cuándodónde y cómo ir. No basta que nuestro propósito y nuestras metas sean buenos. El peligro principal del cual debemos cuidarnos es la manera de hacer las cosas. Siempre podemos fallar en “cómo” lo hacemos. El fin puede ser bueno, pero los medios deben estar también de acuerdo con la voluntad y con la Palabra de Dios. ¿Quién puede guiarnos y guardarnos en los medios que debemos adoptar? Únicamente Aquel a quien pertenecemos, quien obra en nosotros por su Palabra y su Espíritu.
William Kelly