domingo, 26 de marzo de 2023

Figuras de Cristo(15)

 La fuente de bronce (Éxodo 30:17-21)

El altar de bronce estaba dentro del patio del Tabernáculo. Allí la sangre de los sacrificios era vertida y el sacerdote quemaba los cuerpos de los animales.

El Vaso de Bronce estaba lleno de agua y estaba situado en el patio entre el altar de bronce y el Tabernáculo. Los sacer­dotes lo usaban para lavarse las manos y los pies antes de en­trar en el Tabernáculo. Éxodo 30:17-21.

Así, vemos que había solamente dos cosas en el patio del Tabernáculo. Ambas hechas de bronce, Éxodo 40:30-32. El altar era de bronce y madera de acacia. El bronce es una figura de la justicia de Dios y la madera de acacia nos recuer­ da que Cristo se hizo hombre.

Un sacerdote podía entrar al patio solamente a través de la puerta. Primero venía al altar de bronce en su camino hacia el Tabernáculo. Antes de entrar en el Tabernáculo tenía que lavar el polvo de sus pies y de sus manos.

Aarón y sus hijos empezaron su trabajo como sacerdotes de la misma manera. Moisés los trajo a la puerta del Tabernáculo lavó sus cuerpos en agua limpia. Después, ellos no tenían que bañarse de la misma manera. La ley exigía que esto se hiciera una sola vez. (Por supuesto, en sus tiendas, ellos se bañaban como las demás personas, pero esto nada tenía que ver con la ley.) Después de esto, ellos tenían que lavarse solamente las manos y los pies en el vaso de bronce antes de entrar al Tabernáculo.

Estas cosas son también verdaderas para aquellos que son sacerdotes hoy día. Todos los creyentes gozan del privilegio de ser sacerdotes, 1 Pedro 2:5,9 y pueden acercarse a Dios. Cuando hemos sido salvos a causa dpi sacrificio de Cristo por nosotros, estamos dedicados completamente a él. Hemos sido limpios del pecado por el ofrecimiento de su propio cuerpo una vez por todas, Hebreos 10:14. Hemos recibido el perdón y por eso no necesitamos otro sacrificio para borrar nuestros pecados, Hebreos 10:18.

Un día, el Señor Jesús estaba lavando los pies de sus discípulos y quería lavar los pies de Pedro, pero éste se opuso. El Señor le dijo que no sería más su discípulo si no se lavaba los pies, Juan 13:8. Cuando Pedro oyó esto, pidió al Señor que le lavara todo el cuerpo, pero el Señor le dijo que una persona limpia, necesita solamente lavar sus pies, Juan 13:10.

Una persona es hecha limpia ante Dios por la sangre de Cristo el día en que cree en Jesucristo. De ahí en adelante, es un sacerdote y debe ofrecer sacrificios espirituales y acep­tables a Dios a través de Cristo Jesús, 1 Pedro 2:5; Hebreos 13:15. Pero si peca, debe limpiarse de nuevo antes de que pueda acercarse a ofrecer sus sacrificios a Dios.

El sacerdote que servía a Dios en el Tabernáculo iba al Altar de Bronce para lavarse antes de entrar en el tabernáculo. El Vaso de Bronce es como Cristo. Nosotros, los sacerdotes de hoy debemos venir a Él cada día para con­fesar nuestros pecados y ser limpios de nuevo.

Cristo es el Verbo, Juan 1:1. Venimos a Él para que nos limpie con su palabra, las Sagradas Escrituras. El agua en el vaso de bronce es una figura de la Palabra de Dios. El Señor Jesús pidió a su Padre que les apartara a los creyentes para Él mismo por medio de la verdad, esto es, por medio de la Palabra, Juan 17:17. Necesitamos limpiarnos cada día a través de la Palabra de Dios. Lea Efesios 5:25 y 26.

Cada persona es limpia de sus pecados cuando cree en el Señor Jesucristo. Pablo escribió a los corintios que ellos habían sido limpios del pecado y apartados por Dios. Ellos habían sido puestos en paz con Dios por el nombre del Señor

 

Jesucristo y por el Espíritu Santo, 1 Corintios 6:11.

Más adelante, Pablo escribió a ellos acerca de la limpieza diaria. Él dijo que debemos purificarnos de todo lo que man­cha el cuerpo o el alma y que debemos buscar la santidad vi­viendo en el temor de Dios, 2 Corintios 7:1.

Un cristiano puede llegar a mancharse por el pecado. En­tonces, debe venir a Jesucristo para arrepentirse y confesar su pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no hay verdad en nosotros. Pero si confesamos nuestros pecados a Dios, él nos per­donará y nos limpiará de toda nuestra maldad, 1 Juan 1:8,9.

Un sacerdote podía ser castigado por Dios si se acercaba a adorar sin haberse limpiado de sus pecados. Recuerde lo que sucedió a los hijos de Aarón, Nadab y Abiú. Ellos eran sacer­dotes y vinieron ante Dios para ofrecer algo diferente de lo que Dios les había dicho que ofrecieran. Salió fuego de delante de Dios y los destruyó, Levítico 10:1,2.

Examinémonos a nosotros mismos porque si nos ex­aminamos a nosotros mismos primero, no vendremos bajo el juicio de Dios, 1 Corintios 11:28 y 30:32.

W.A. Deans

Ahimaas y Cusi

 En 2 Samuel 18 se relata el fin de la vida de Absalón y en los versículos 19 al 32 leemos de dos hombres que nos enseñan una lección provechosa.

Ahimaas era joven, hijo del sacerdote Sadoc, pronto para ayudar, entusiasta, pero porfiado y sin preparación para la misión que quería emprender. Casi nada sabemos de Cusi (nombre traducido en la nueva versión como etíope, ya que quiere decir negro) pero él resultó ser el hombre del momento porque había visto el triste fin de Absalom.

Ahimaas estaba muy deseoso de llevar al rey las noticias de la muerte de su hijo, pero no era apto para eso ni tenía mensaje claro. Le dijo Joab: “Hoy no llevarás las nuevas: las llevarás otro día”. Pero fue, y cuando el rey le preguntó cómo fue la cosa, él tuvo que confesar, “No sé qué era”.

El rey David le puso a un lado.

Cada miembro del cuerpo místico de Cristo tiene su ministerio correspondiente. Esta es la enseñanza de 1 Corintios 12. Es para cada cual sujetarse a la dirección del Espíritu Santo, no como Ahimaas que no quiso guiarse por la disposición de General Joab, y desagradó al rey.

David había tenido el gran deseo de edificar un templo para Dios, pero Él le indicó que no era el hombre aparente para esto; 2 Samuel 7.12,13. No debemos meternos en un servicio que corresponde a otro. En una buena carpintería hay toda clase de herramientas, ordinarias y finas, grandes y pequeñas. El maestro sabe escoger aquella que es propia para el trabajo que está realizando, mientras que un neófito sería capaz de hacer un disparate y usar un hierro que echaría a perder la obra.

El Señor no deja a nuestro criterio lo que debemos hacer. Hay hermanos que aspiran ocupar la plataforma para predicar el evangelio o ministrar la Palabra pero carecen de don para hacerlo. Como Ahimaas, salen mal. En cambio, hay otros como Cusi, humildes, que sin imponerse pueden dar un mensaje claro y eficaz. Hay quienes desean cuidar la puerta y asentar la gente, pero les falta nitidez en su apariencia y cortesía cristiana en su trato con los demás. Ellos rebajan la dignidad del evangelio, y sin los requisitos para tal servicio, no deben aspirar a ello.

Nos llama la atención esa respuesta de Joab: “Hoy no ... otro día”. Hay peligro de querer hacer una cosa fuera de tiempo; debemos actuar cuando el Espíritu está guiándonos claramente, y no según nuestro capricho. Un hermano demasiado precipitado en anunciar un himno en la cena del Señor, por ejemplo, es capaz de echar a perder el resto del culto. Hay hermanos que tienen fama de alargar sus oraciones. Al final de una reunión, cuando la hora se ha cumplido, es el que ora en forma concisa y corta que se necesita.

Hermanos, cuántas veces hemos sido culpables, como Ahimaas, de hacer las cosas en la energía y entusiasmo de la carne, y no han resultado en ningún bien. Si queremos ser de ayuda en el servicio del Señor y entre su pueblo, tendremos que ser guiados de manera que nuestra intervención sea para edificación de los santos y la gloria de Dios.


EL PROFETA JOEL(4)

 

LOS EVENTOS DEL DÍA DEL SEÑOR:

LOS ENEMIGOS DE ISRAEL JUZGADOS Y EL REINO ESTABLECIDO

                                                                                                                                                                   Arno Gaebelein 

                  

1.   El juicio de las naciones (3:1-8)

2.   Las anteriores guerras de las naciones y como terminaran (3:9-16)

3.   Jehová en medio de Su pueblo (3:17-21)

 

Vv. 1-8. El primer verso especifica el tiempo cuando Jehová hará lo que anuncia en los dos versos que siguen. Esto será en aquellos días, en ese tiempo, cuando la cautividad de Judá y Jerusalén termine. Claramente entonces hasta ese tiempo esto no puede verse, porque la cautividad de Su pueblo aún no ha terminado. Ellos todavía están dispersos entre las naciones de la tierra. Es futuro el tiempo cuando la cautividad de Judá y Jerusalén termine. Israel, las diez tribus no son mencionadas aquí, pero están incluidas en esta profecía; ellos de igual manera serán restaurados. Joel solo menciona a Judá, porque Su profecía fue dirigida a Judá y Jerusalén. La cautividad, o dispersión, que es la misma cosa, del pueblo de Israel no terminará hasta que el poder divino cumpla esto de acuerdo a las muchas promesas de la palabra de Dios. Y cuando al final los cielos no estén más silenciosos y Jehová en Su poder comience a cumplir Sus promesas y su cautividad termine, esto significará el juicio para las naciones.

Es Jehová mismo quien habla, y dice lo que va a hacer en ese día, cuando se levante y tenga misericordia de Sión. "Reuniré a las naciones y las traeré al valle de Josafat." Cómo Él reunirá a estas naciones y cumplirá Su propósito es revelado en los vv. 9-12. Por tanto, ahora pasamos por alto esto hasta que lleguemos a la segunda parte de este capítulo. Pero aquí también es mencionado el lugar donde este gran juicio de naciones será ejecutado. Este será en el valle de Josafat. La palabra traducida "Jehová juzga." Este nombre ocurre en otras partes de la palabra de Dios. El rey Jehú fue hijo de Josafat y él fue el hijo de Nimsi (2 rey 9:2). Los significativos nombres del rey que tenía que juzgar, porque Jehú significa "Él es Jehová;" Josafat, "Jehová juzga;" y Nimsi, "Jehová revela."

En 2 Crón. 20 leemos el relato de la victoria del rey Josafat sobre las naciones hostiles. Pero el lugar donde esto tuvo lugar no es el valle de Josafat, sino el que se llama "Beraca", es decir, bendición.

Mencionamos esto porque algunos expositores han demandado que el lugar donde el rey Josafat trajo juicio sobre estas naciones es el valle del cual habla Joel.

El valle de Josafat puede ser visto en la inmediata vecindad de Jerusalén. Este es generalmente situado en el valle del Cedrón al oriente de Jerusalén. Este puede aún no estar en existencia. En Zac. 14 leemos acerca de los mismos eventos que son aquí predichos. Cuando el Señor aparezca Sus pies se posarán en el monte de los Olivos. El monte de los Olivos entonces se partirá en medio y se formará un gran valle (Zac.14:4). Este gran valle puede ser aquel donde el Señor juzgará a las naciones.

En el valle de Josafat el Señor tratará con las naciones y Su juicio será a causa de Su pueblo y heredad, Israel. Las naciones lo han dispersado y se han repartido Su tierra. Ellos han tratado a Su pueblo como esclavos, arrojado suerte sobre ellos, vendido a sus niñas por vino.

El gran pecado de las naciones, de los poderes gentiles, es el pecado contra Israel. Esto es repetidamente mencionado por los profetas de Dios. El fundamento del juicio de las naciones del cual habla nuestro Señor en Mt.25 de igual modo es el tratamiento de los judíos. Lea también Salmos 79:1-3; 83:1-6; Isa. 29:1-8; 34:1-3; Jer. 25:13-17; Zac. 1:14-15; 12:2

En el día de Joel tal maldad como la que se describe aquí de arrojar suerte por Su pueblo y vender a sus niños fue parcialmente conocida. Los filisteos han hecho esto, como también Tiro y Sidón. Pero estas palabras fueron cumplidas durante la cautividad babiloniana y en aquella gran dispersión que fue producida por el imperio romano. Después de la destrucción de Jerusalén en el año 70 ocurrió la misma cosa hablada por el profeta. Casi un millón y medio de seres humanos perecieron en Jerusalén y la tierra en esa terrible guerra. Sobre 100.00 fueron tomados prisioneros. Estos cientos de miles de judíos fueron tratados por Tito, de acuerdo a Josefo, de la siguiente manera: Aquellos bajo17 años de edad eran públicamente vendidos; el resto, algunos eran ejecutados inmediatamente, otros llevados a trabajar a las minas en Egipto (que era peor que la muerte) , otros guardados para espectáculos públicos de lucha con bestias salvajes en todas las principales ciudades; solo los más altos y hermosos eran reservados para la entrada triunfal en Roma." Los judíos eran vendidos por un pequeño precio como una medida de cebada; miles fueron tratados de este modo," Y podría añadirse de la historia de los siglos, las crueles y terribles persecuciones que la heredad de Dios ha sufrido, miles y miles de masacrados, torturados, ultrajados y vendidos como esclavos. ¿No hemos visto recientes horrores en Alemania? Y la historia aún no ha terminado. Estallidos de odio contra la heredad de Israel todavía han de manifestarse hasta que llegue el tiempo de angustia para Jacob que eclipsará todos sus sufrimientos anteriores. Este será un tiempo de tribulación tal como no lo ha habido desde el comienzo del mundo ni lo habrá jamás (Mt. 24:21). El día vendrá cuando Dios juzgará a las naciones por el mal que han hecho.

 

Vv. 9-16. Esta es una profecía que muestra lo que precede al juicio de estas naciones. El juicio de Jehová de los ejércitos, los ángeles, son vistos como viniendo, entonces Él aparecerá en toda Su majestad, mientras el sol y luna se oscurecerán. Esta es una gran escena dramática que despliega el Espíritu Santo. Ordenamos esto, añadiendo los diferentes personajes que hablan, para manifestar su pleno valor:

El Señor hablando:

» ¡Proclamad esto entre las naciones, proclamad guerra, despertad a los valientes!

¡Acérquense, vengan todos los hombres de guerra!

10 Forjad espadas de vuestros azadones, lanzas de vuestras hoces y diga el débil: "¡Fuerte soy!"

11 Juntaos y venid, naciones todas de alrededor, y congregaos. ¡Haz venir allí, Jehová, a tus fuertes!

12 Despiértense las naciones y suban al valle de Josafat, porque allí me sentaré para juzgar a todas las naciones de alrededor.

 

El Señor a su ejército de juicio:

13 Meted la hoz, porque la mies está ya madura. Venid, descended, porque el lagar está lleno y rebosan las cubas; porque mucha es la maldad de ellos.

 

El profeta viendo la reunión

14 Muchos pueblos en el valle de la Decisión; porque cercano está el día de Jehová en el valle de la Decisión.

15 »El sol y la luna se oscurecerán,

y las estrellas perderán su resplandor.

16 »Jehová rugirá desde Sión, dará su voz desde Jerusalén y temblarán los cielos y la tierra; pero Jehová será la esperanza de su pueblo, la fortaleza de los hijos de Israel.

17 Entonces conoceréis que yo soy Jehová, vuestro Dios, que habito en Sión, mi santo monte. Jerusalén será santa y extraños no pasarán más por ella.

18 »Sucederá en aquel tiempo, que los montes destilarán mosto, de los collados fluirá leche y por todos los arroyos de Judá correrán las aguas. Saldrá una fuente de la casa de Jehová y regará el valle de Sitim.

19 Egipto será destruido y Edom será vuelto en desierto asolado, a causa de la injuria hecha a los hijos de Judá; porque derramaron en su tierra sangre inocente.

20 Pero Judá será habitada para siempre, y Jerusalén por generación y generación.

21 Yo limpiaré la sangre[o]de los que no había limpiado. Y Jehová morará en Sión».

 

A través de toda la palabra profética leemos que grandes naciones confederadas se opondrán a Dios y Sus propósitos cuando esta edad termine. Allí habrá una gran confederación occidental, el restaurado imperio romano. (Ver anotaciones sobre Dn.2 y 7). También habrá una alianza de naciones del norte. Esta es la que está en vista aquí. Consulte el Sal. 2; 68:1-6; Isa. 29:1-8; 34:1-3; Jer. 25:29-33; Ezeq. 38; Zac. 12,14, y Apoc. 19:19. El juicio entonces cae sobre estas naciones que se oponen. El juicio es mencionado como segando y pisando el lagar, lo mismo que en Apoc. 14:14-20.

 

Vv. 17-21. Como casi todos los otros libros proféticos, Joel termina con la visión del reino y con Jehová morando en medio de Su pueblo. Él aparecerá en toda Su gloria. Jehová será un refugio para su pueblo. Cuando ellos lleguen a ese conocimiento que largamente han rechazado, que Jehová libertador es su Dios. Pero el Jehová que aparece allí no es otro que el Señor Jesucristo, aquel que estuvo en medio de ellos y fue entregado por Su pueblo para ser crucificado. ¡Qué día será aquel cuando "ellos miren a aquel que traspasaron y se lamenten por él"! (Zac. 12:10) Él morará en Sion, el monte de gloria. La gloria desde arriba encontrará un lugar de descanso sobre esa santa montaña.

Allí Él será entronizado como Rey (Sal. 2:6). Desde allí la gloria se extenderá sobre todo (Isa. 4; 5, 6; Sal. 68:16). "Porque Jehová ha escogido a Sion; la ha deseado como su habitación. Este es mi descanso para siempre; aquí moraré porque lo he deseado" (Sal. 132:13-14). Este es el Sion literal y no algo espiritual. Aun buenos expositores de la Biblia han perdido de vista esto. Un buen comentador dice: "Porque Sion o Jerusalén de la tierra de Palestina, ciertamente no es la Palestina terrenal, sino la santificada y glorificada ciudad del Dios viviente, en la cual el Señor estará eternamente unido con Sus redimidos, la santificada y glorificada iglesia." Tal exposición emana de ignorar los propósitos de Dios Su pueblo terrenal y por no dividir justamente la palabra de Dios.

Joel también habla del juicio que caerá sobre Egipto en ese día. Isaías también habla del juicio, pero a través de él aprendemos que Egipto se volverá a Dios y el Señor en gracia lo sanará (Isa.19). Judá permanecerá para siempre.

Su pueblo será limpiado. Jehová, nuestro siempre bandito Señor, morará en Sión. El feliz y glorioso estado de la tierra prometida y de toda la tierra durante el milenio es de este modo concisamente declarado. Porque cuando Él reine allí en justicia y paz; la gloria cubrirá la tierra como las aguas cubren el mar. De este modo termina la gran visión de Joel, el h de Petuel. Pueda el ojo de la fe ver estas benditas revelaciones y podamos vivir en anticipación de lo que pronto tendrá lugar.


domingo, 26 de febrero de 2023

¿Qué es el Evangelio? (8)

 


8 ¾ Los dos destinos

¿Qué significa la perdición?


Hemos notado ya que el camino ancho conduce a la perdición; Mateo 7.13. Jesús habló en cierta ocasión de dos hombres que murieron; véase Lucas 16.19 al 31. Uno de ellos, llamado Lázaro, fue a donde estaba Abraham, salvo en el Paraíso, Mateo 8.11. El otro al morir fue a los tormentos del Hades, el otro lugar de espera de los muertos. Al pedir misericordia —se trata de un hecho histórico— fue informado de que una grande sima está puesta entre él y el Paraíso, de manera que no le sería posible pasar de un lugar a otro.

De ese comienzo de la condenación no hay escape. Ni plegarias ni misas pueden rescatar al alma perdida. Lejos de desear que sus familiares le acompañasen donde se encontraba, ese hombre pidió que se les avisara para que no fueran a parar ellos en ese tormento.

En el porvenir habrá la resurrección del cuerpo, cuando los perdidos de todos los tiempos irán a su juicio final. Se trata de la segunda de las dos resurrecciones que expuso Jesús en Juan 5.28,29, una de vida y otra de condenación: “Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y saldrán”.

En Apocalipsis 20 leemos del traslado de los perdidos en el Hades al Infierno. El apóstol Juan escribe en estos términos: “Vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios, … y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras… La muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos… Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda”.

Este es el destino final de quien no tiene a Cristo. Se llama la muerte segunda, en contraste con el “nacer de nuevo”, o el segundo nacimiento que es la experiencia de ser salvo, de recibir a Cristo; Juan 3.3 al 8. Cada camino conduce irreversiblemente a su destino.

En el Infierno hay “el llorar y el crujir de dientes”, el remordimiento de la conciencia acusadora, y el tormento que resulta de la separación, soledad y desespero. “El humo de su tormento sube por los siglos. Y no tienen reposo de día ni de noche”, Apocalipsis 14.11.

¿Qué es el destino dichoso?

La persona salvada no teme el porvenir. Al partir de esta vida —al salirse el alma del cuerpo— la tal persona va a estar con Cristo, que es muchísimo mejor; Filipenses 1.23. “Confiamos … estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor”, 2 Corintios 5.8. Jesús dijo a sus discípulos: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay … voy, pues, a preparar lugar para vosotros”, Juan 14.1,2.

            Otro pasaje que trata de esto es 1 Pedro 1.3 al 5: “El Dios y Padre … nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, inconta­minada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros…”. Así las almas salvadas van a la Gloria, a esperar la primera resurrección de Juan 5.29.

Un día, quizás muy pronto, acontecerá algo maravilloso. Cristo vendrá al aire y resucitará los cuerpos de todos los muertos salvados. “No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; … los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados”, 1 Corintios 15.51,52.

En ese instante los demás salvos, viviendo aquí aún, serán trasladados al cielo sin morir, transformados ellos a la vez. “El Señor mismo, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor”, 1 Tesalonicenses 4.16,17.

Ellos participarán en el eterno gozo de la ciudad celestial. “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. No habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán, y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes. No habrá allí más noche; Dios el Señor los iluminará; y reinarán por los siglos de los siglos”. Apocalipsis 21.4, 22.1-5.

¿Hay purgatorio?

El purgatorio es un invento de la religión humana. Los santos apóstoles nunca hablaron de él. El Señor Jesucristo habló de dos caminos y dos destinos, del Cielo y el Infierno, pero nunca de un purgatorio. El rico muerto, de quien usted leyó en Lucas 16, no tenía esperanza de expiar sus pecados para luego salir de sus tormentos.

 “El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados”, Mateo 9.6. Después, no. “De la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos”, Hebreos 9.27. A uno que acudió a Él, dijo: “Hijo, tus pecados te son perdonados”, Marcos 2.5. A otros: “Al que a mí viene, no le echo fuera”, Juan 6.37. Todavía el lugar de la purgación es, como si fuera, a los pies de Jesús. “Testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo”, 1 Juan 4.14.

Las dos caras de la espiritualidad

 

José, Josué, Daniel, Gayo


Esta virtud tiene dos fases que sólo se pueden conocer por los frutos que el creyente dé. Es el espiritual sincero quien podrá descubrir la faceta de una devoción aparente.

Jehú, hijo de Josafat, hijo de Nimsi, fue el hombre que mostró mucho celo para con otro y mucha licencia para sí. Jehú es tipo del creyente que empieza corriendo, y corre al lomo de una bestia, o sea sobre patas ajenas. Así hay los que corren porque otros corren, se animan porque otro los anima. Cualquiera es inclinado a acompañar a Jehú y a defenderlo por las palabras autorizadas que le dijo al profeta cuando lo ungió. (2 Reyes 9:1-10)

En la vida y carácter de Jehú hay mucha astucia. Probó a los cortesanos del rey Acab por unas cartas llenas de malicia. (2 Reyes 10:1-18) Jehú tenía una política de “zorro”. Probó al pueblo con una arenga fingida para ver quién levantaba la voz de protesta, que sería una indicación que era amigo de Acab. (vv 9-12) Probó a Jonadab hijo de Recab con las palabras sondeadoras de un diplomático: “¿Es recto tu corazón como el mío es recto con el tuyo?” Viendo la sinceridad de Jonadab, y para probar qué influencia tenía este sobre el pueblo, “le hizo subir consigo en su carro, y le dijo: Ven conmigo, y verás mi celo por Jehová”. (vv 15-16)

El silencio de Jonadab es prueba de su espiritualidad para reconocer que el celo y la espiritualidad de Jehú era exterior. “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe”. (1 Corintios 13:1)

Es cierto que Jehú ejecutaba un juicio justificado pero lleno de dolo. Ocupaba más el lugar de verdugo que de juez para lograr sus ambiciones. El corazón de Jehú no era recto para con Dios. El pasaje de 2° de Reyes 10:29,31 dan prueba patente de que su celo y prosperidad no eran espirituales, sino apariencia de piedad. Otro caso engañoso de prosperidad espiritual lo hallamos en Demas, el hombre que llega al punto de codearse con las prisiones del gran apóstol. (Filemón 23,24) Demas en su principio es considerado entre los grandes; su saldo a las iglesias es unido al del gran médico amado. (Colosenses 4:14) Todo esto da margen para pensar que Demas había trabajado, sufrido y mostrado celo en la obra del Señor, pero su falta de espiritualidad era evidente. Es triste descubrir su inconstancia e infidelidad, una demostración del corazón engañoso. “Demas me ha desamparado, amando este mundo, y se ha ido a Tesalónica”. (2 Timoteo 4:10)

“¿Tantas cosas habéis padecido en vano? si es que realmente fue en vano”. (Gálatas 3:4)

Muy diferentes son aquellos que alcanzaron la verdadera espiritualidad por el temor reverencial y la afición exclusiva al servicio de su Dios.

· En José se destaca el temor a su Dios.

“¿Cómo haré este grande mal, y pecaría contra Dios?” (Génesis 39:7-20) Este hombre de Dios pasó por pruebas muy duras desde su juventud; pasó de trece a catorce años en la cárcel acusado injustamente. ¡Qué de bacanal se permitía a la mujer de Potifar, mientras a su víctima José “afligieron sus pies con grillos”! (Salmo 105:17-22) La integridad de José le hizo alcanzar la medida que Dios pide. (Génesis 39:2,23, capítulo 41)

· En Josué se destaca la obediencia a su Dios.

Este es otro hombre de Dios que empieza bien y termina bien. (Josué 1:7,8) Josué hizo “las guerras de Jehová”. Habiendo introducido al pueblo de Israel en la tierra de Canaán, ya para sus últimos días dirige un discurso que apela a la conciencia para que hagan una elección voluntaria, porque el Señor no tiene ni admite rival.

Entre las palabras más conspicuas de Josué se encuentran éstas: “Si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová”. (Josué 24:15)

· En Daniel se destaca la comunión con su Dios.

Daniel era un hombre de oración (Daniel 1:17-21), limpio de impurezas morales. Se realiza en su vida la fe en su Dios, la cual le llenaba de confianza y valor para enfrentarse a aquellos déspotas, obedeciendo a Dios primero que a los hombres. Daniel por el estudio de las Escrituras se concentra en las grandes profecías referentes al Mesías, al anticristo, a las naciones gentilicias, a la dispersión y restauración de Israel. Con oportunidad de conseguir grandes riquezas, él las despreció. Dijo delante del rey: “Tus dones sean para ti; y las recompensas dadas a otro”. Y, le anunció la justicia de Dios. (Daniel 5:17-30)

· En Gayo se destaca el amor que mostró a sus hermanos.

El espíritu de Gayo debía de estar contrariado por la actitud que mostraba Diótrefes en la iglesia, pero el alma de Gayo era próspera porque todo él estaba impregnado del amor de Cristo. Las buenas obras no pueden quedar ocultas. (1 Timoteo 5:25) Juan le escribe a Gayo lo siguiente: “... los cuales han dado ante la iglesia testimonio de tu amor; y harás bien en encaminarlos como es digno de su servicio a Dios, para que continúen su viaje”. (3 Juan 6)

La espiritualidad verídica se muestra por “el amor no fingido”. (1 Pedro 1:22); por “palabras no fingidas” (2 Pedro 2:3), por piedad no fingida: “¿por qué te finges otra?” (1 Reyes 14:6), “por fe no fingida” (1 Timoteo 1:5, 2 Timoteo 1:5).
José Naranjo

La Casa de Dios: La Iglesia (Hechos 2)

 Ya hemos trazado la historia de la casa de Dios desde Éxodo hasta la conclusión de la dispensación Mosaica. Sin embargo, durante la vida de nuestro Señor en la tierra hubo premoniciones del cambio que venía. Hablando a los judíos Él dijo, "Destruid este templo, y en tres días lo levantaré...Mas", el evangelista nos dice, "él hablaba del templo de su cuerpo." (Juan 2: 19, 21). Además, Él dijo a Pedro, cuando él confesó que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente, "Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella." (Mateo 16: 16-18). Si pasamos ahora al día de Pentecostés, veremos que Dios comenzó en aquel entonces a morar en la tierra de una manera nueva y doble: "Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen." (Hechos 2: 1-4).

Ahora bien, esto tuvo lugar según la expresa promesa del Señor a Sus discípulos: "He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto." (Lucas 24:49). Y, además, Él "les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, más vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días." (Hechos 1: 4, 5). Entonces el Espíritu Santo descendió en Pentecostés conforme a la palabra del Señor, y el resultado fue que Dios hizo Su templo por el Espíritu en el creyente individual (véase asimismo 1a. corintios 6:19); y que Él hizo Su habitación con los creyentes de manera colectiva, tal como Pablo escribe a los Efesios, "vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu." (Efesios 2:22). Por lo tanto, los creyentes eran ahora, tal como su Señor había sido mientras estuvo en la tierra, el templo de Dios, y la casa de Dios, la cual es la iglesia del Dios viviente, fue ahora formada. Es esta última verdad la que va a ocupar nuestra atención, y con este objetivo nos proponemos examinar más detenidamente la enseñanza de este capítulo (Hechos 2).

Hablando de manera general, nosotros tenemos tres cosas en esta Escritura — la edificación de la casa de Dios, el modo de ingreso, y las ocupaciones de aquellos que están adentro, o, para ser más precisos, de aquellos que la forman.

1.   La edificación de la casa. Nosotros leemos con respecto al templo de Salomón que, "la casa, mientras se edificaba, se construía de piedras preparadas en la cantera; y no se oyó ni martillo ni hacha ni ningún instrumento de hierro en la casa mientras la construían." (1°. Reyes 6:7 - LBLA). Lo mismo se ve con respecto a la casa de Dios cuando fue edificada en Pentecostés. Los discípulos estaban todos juntos en un mismo lugar; ¿y quiénes eran ellos? Ellos eran los ciento veinte mencionados en el capítulo anterior, todos los cuales (porque Judas ya no formaba parte de la compañía, habiéndose desviado para irse al lugar que le correspondía), eran piedras vivas que por la gracia de Dios habían sido llevadas a estar en contacto salvador con Cristo, y hechos así partícipes de la vida eterna. Y el mismo poder divino que los había salvado por medio de la fe en el Señor Jesús, los reunió en este día, y los colocó silenciosamente en sus lugares designados sobre la única piedra fundamental para formar la habitación de Dios en la tierra por el Espíritu. El edificio fue erigido así. Cristo, según Su palabra, había edificado Su iglesia, y la había preparado para su Habitante divino.

Por eso, como cuando Moisés hubo completado el tabernáculo, y también como cuando Salomón hubo terminado el templo, la gloria de Jehová llenó la casa de Dios (Éxodo 40; 2°. Crónicas 5), así también aquí, "de repente vino un estruendo del cielo, como si soplara un viento violento, y llenó toda la casa donde estaban sentados." (Hechos 2:2 - RVA). Dios tomó, de manera manifiesta, posesión de la casa que había sido erigida aquel día. Otros podrían entrar y de hecho serían introducidos, para formar parte de la casa ("Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos." (Hechos 2:47)); pero aun así la casa fue edificada. Por lo tanto, el apóstol pudo decir a los Efesios, "vosotros también sois juntamente edificados, para morada de Dios por el Espíritu" (Efesios 2:2 - RVR1865); y a los Corintios, "vosotros sois el templo del Dios viviente." (2a. Corintios 6:16). En este aspecto la casa de Dios es contemplada siempre como estando completa, y sin embargo otros creyentes son continuamente introducidos para ocupar sus lugares designados en el edificio. Esto será entendido de inmediato si por un minuto nosotros cambiamos el término y usamos "iglesia" en lugar de "casa."

Y el hecho de que el propio Señor contempló la casa como estando ahora edificada se ve de la conexión entre el segundo y el tercer capítulo de Hechos. Al principio de Hechos 3 nosotros leemos acerca de Pedro y Juan subiendo juntos al templo a la hora de la oración; pero el Señor tenía para ellos una lección, así como para nosotros, en lo que les ocurrió por el camino. Había un hombre cojo de nacimiento, el cual llevaban y ponían diariamente, no adentro, sino a la puerta del templo, para pedir limosna a los que entraban para orar y adorar. Él pidió limosna a Pedro y Juan, los cuales estaban, al igual que muchos otros, a punto de entrar en el templo. El Espíritu de Dios usó la circunstancia guiando a Pedro a sanar al hombre cojo, como un testimonio rendido al poder del Cristo resucitado, para enseñanza del apóstol y nuestra. El hombre, repítase, está afuera del templo, y fue allí — afuera — donde él recibió la bendición. La nueva casa de Dios había sido formada recién, y el Espíritu Santo testifica ahora que la bendición está afuera de la casa vieja y en relación con la nueva, una lección que Pedro y Juan podían no haber logrado aprender en el momento, pero una que ha sido escrita para la edificación de todos aquellos cuyos ojos han sido abiertos por el Espíritu de Dios. Sí, en efecto, allí en Jerusalén, y en el día de la fiesta, sin sonido alguno de martillo o hacha o ningún otro instrumento de hierro, en medio de una generación incrédula, y mientras el templo de Herodes estaba allí delante de sus ojos, y era el objeto de la veneración de los corazones carnales de ellos, el verdadero Salomón había edificado Su Iglesia de piedras preciosas, cuyos lustre y hermosura sólo podían ser apreciada por Aquel que las había colocado en su lugar designado sobre la principal piedra del ángulo.

Se ha de recalcar también que aquí solamente había piedras vivas, en consideración que la casa en este capítulo es edificada por el propio Señor (versículo 47). Hasta aquí, por tanto, el cuerpo de Cristo, aunque la revelación de esta verdad estuvo reservada hasta otro día — hasta que su ministro designado hubiese sido llamado y calificado— y la casa de Dios son coincidentes. Es decir, cada piedra de este edificio era también un miembro del cuerpo de Cristo, aunque esto aún no se entendía; porque en este día, incluyendo las tres mil almas que se arrepintieron bajo la poderosa operación del Espíritu Santo a través de la predicación de Pedro, ni una sola de ellas fue introducida que no estuviese realmente convertida. Todos eran creyentes genuinos. Fueron los que recibieron la Palabra los que fueron bautizados, y fueron los del mismo carácter a quienes el Señor añadió después diariamente. Este hecho debe ser claramente puesto de manifiesto, y firmemente mantenido.

 

2.   Habiendo sido edificada la casa de Dios, nosotros encontramos muy claramente indicado el modo mediante el cual las almas habían de ser introducidas en ella. Un sencillo comentario puede quizás despejar una dificultad para algunos antes que abordemos esta parte de nuestro tema. A menudo se asume apresuradamente que Dios introduce almas secretamente, por así decirlo, a Su casa; es decir, que, si Él convierte un alma, esa alma es introducida de ese modo a Su habitación en la tierra. Cambiemos entonces por un momento el término "casa" por una 'compañía de creyentes', porque recuerden que es la compañía de creyentes que tiene una existencia muy clara y separada en Hechos 2 la que forma la casa de Dios, y podemos preguntar entonces, ¿un alma que ha nacido de nuevo es introducida de ese modo en la compañía de creyentes? NO, dicha alma puede ser desconocida para ellos, y en ese caso no podría decirse que sea uno de ellos. Otra cosa es que Dios conozca a un tal como siendo un creyente; pero el asunto es, como hemos visto, con respecto a la habitación de Dios en la tierra. Y en vista de que ella está en la tierra, hay, como veremos también, un modo designado de incorporación a la compañía que compone esta habitación.

Consideremos en primer lugar las diferentes clases de personas que nos son presentadas. Están los ciento veinte que en este día han constituido la Iglesia — la asamblea de Dios. Están los judíos que estaban cerca — los "judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo" (Hechos 2:5), a quienes Pedro predicó después. Luego, por último, estaban aquellos a quienes Pedro se refiere en su discurso — "todos los que están lejos", un bien conocido término Escritural para referirse a los Gentiles. Tenemos, entonces, esta triple división que el Espíritu de Dios hace en otra parte — la Iglesia, los judíos, y los Gentiles (1a. Corintios 10:32), una representación, por tanto, del mundo entero.

Ahora bien, fue en relación con este círculo más cercano, esta compañía central, la iglesia de Dios, que Pedro, poniéndose de pie con los once, rindió este testimonio a Cristo. Las manifiestas operaciones del Espíritu — manifiestas incluso para los judíos incrédulos — habían producido perplejidad en las mentes de algunos, y para otros llegó a ser una ocasión para el escarnio y la burla. Pedro entonces, guiado por el Espíritu Santo, se dirigió a la multitud que se reunió. En primer lugar, él explicó, a partir de las Escrituras, el carácter de las manifestaciones que ellos habían presenciado (Hechos 2: 16-21); luego, él testificó de "Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis." Les habló del consejo de Dios en cuanto a Su muerte, y la iniquidad de ellos en Su crucifixión; de Su resurrección, que había sido predicha en sus propias Escrituras, y de lo cual Pedro y los que estaban con él eran testigos (Hechos 2: 22-32). Entonces él concluyó con estas palabras notables: "Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís. Porque David no subió a los cielos; pero él mismo dice:

Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra,

Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo." (Hechos 2: 33-36).

Este fue un testimonio muy claro. Jesús de Nazaret, rechazado y crucificado por el hombre, había sido resucitado de los muertos, exaltado a la diestra de Dios, y hecho Señor y Cristo. ¡Qué contraste entre el pensamiento de Dios y el pensamiento del hombre! ¿Y qué podía demostrar más claramente la culpabilidad y la condición del hombre? Verdaderamente la cruz de Cristo lo puso todo a prueba, y no solamente expresó lo que había en el corazón de Dios, sino también lo que había en el corazón del hombre. Este testimonio de Pedro tocó profundamente las conciencias de los que oían, y, compungidos de corazón, dijeron a Pedro y a los otros apóstoles, "Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare." (Hechos 2: 37-39). Ahora bien, es la respuesta a estos judíos arrepentidos lo que requiere nuestra cuidadosa atención. Había que hacer dos cosas en aquel entonces, y como consecuencia de ello dos bendiciones iban a ser recibidas. Ellos debían arrepentirse, y ser bautizados en el nombre del Señor Jesús. Supongamos por un minuto que estos judíos se habían arrepentido verdaderamente, y aun así rechazaran ser bautizados en el nombre del Señor Jesús. ¿No es evidente, en vista de esta Escritura misma, que en un caso tal, cualquiera que hubiese sido el estado de corazón de ellos delante de Dios, y a pesar de que ellos pudiesen haber nacido de nuevo verdaderamente, ellos no podían haber sido recibidos a la compañía de creyentes que estaba ante ellos — no es evidente que, en otras palabras, ellos no podían haber sido introducidos en la casa de Dios en la tierra? Porque, ¿qué implicaba su bautismo en el nombre de Jesucristo? "¿O no sabéis", dice el apóstol Pablo, "que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?" (Romanos 6:3).

Ello sería, por lo tanto, no solamente creer el testimonio concerniente a Su muerte, resurrección, y lugar actual a la diestra de Dios, sino que sería también la identificación de ellos con Él en Su muerte; de modo que, aceptando la muerte para ellos mismos, se disociarían así, en figura, del hombre, y serían llevados al terreno de asociación con la muerte de Cristo, para que de aquel momento en adelante ellos mismos aceptarían el lugar de estar muertos — muertos con Cristo — en este mundo. Por consiguiente, el apóstol pudo escribir a los Colosenses — "si habéis muerto con Cristo... ¿por qué, como si vivieseis en el mundo?" etc. (Colosenses 2:20). Y esta muerte con Cristo es el terreno cristiano, y en vista de que el bautismo es el modo de ingreso divinamente designado de entrar en él, no hay, por lo tanto, ninguna otra manera de entrar en la casa de Dios en la tierra. Por consiguiente, era necesario que estos judíos se arrepintiesen y fuesen bautizados en el nombre del Señor Jesús. Lo primero sería producido por el Espíritu de Dios obrando a través del testimonio que ellos habían oído; mediante lo segundo ellos serían separados públicamente de la nación que había crucificado al Señor Jesús — desde ese momento dejarían de ser judíos, y serían llevados a formar parte del número de aquellos que eran sus seguidores en la tierra; y estos, como hemos visto, componían la casa de Dios.

Tras el arrepentimiento y el bautismo de ellos se prometían dos bendiciones. La primera era el perdón de los pecados, y la segunda era la recepción del Espíritu Santo. Estas dos cosas están relacionadas, tal como una o dos palabras mostrarán. Nosotros entendemos que el perdón de los pecados es aquello que los apóstoles fueron facultados para administrar ante el arrepentimiento para con Dios y la fe en nuestro señor Jesucristo. Ante la profesión de esto, y siendo bautizados en el nombre de Jesucristo, no solamente se accedía al perdón de los pecados como estando delante de Dios, relacionado por Él con el arrepentimiento y la fe, sino que ello era también anunciado con autoridad por sus siervos. (Véase Juan 20:23; Hechos 22:16). Además, estaba el don del Espíritu Santo. Tal como ya hemos dicho, estas dos cosas estaban relacionadas. En todas partes en las Escrituras el don del Espíritu Santo es consecutivo al perdón de los pecados. Limpiados por la sangre preciosa de Cristo (como se ve también en figura en la consagración de los sacerdotes y la limpieza del leproso (Éxodo 29; Levítico 14), Dios sella (unge) a los así limpiados con el Espíritu Santo. (Véase Hechos 10; Romanos 5; 2a. Corintios 1; Efesios 1, etc.).

Recordemos el orden divino presentado aquí. Tras el arrepentimiento para con Dios estaba el bautismo en el nombre de Jesucristo, por medio del cual los así bautizados eran sacados de entre los judíos que habían rechazado a su Mesías, y eran introducidos en el número de aquellos que formaban la casa de Dios. El perdón de los pecados les fue anunciado por parte de Dios, y ahora, en la esfera donde Dios mora por el Espíritu, ellos mismos recibieron el Espíritu Santo; y entonces ellos no sólo eran una parte de la casa de Dios, sino también, tal como vemos acerca de los discípulos al principio del capítulo (Hechos 2:4), el Espíritu Santo moró en ellos. Las palabras del Señor a Sus discípulos se cumplieron de esta manera: "Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. (Juan 14: 16, 17).

Había aún más en la gracia abundante de Dios, "porque", Pedro dijo, "para vosotros (vosotros judíos) es la promesa (la promesa de estas bendiciones que han sido consideradas), y para vuestros hijos (estos no iban a ser excluidos), y para todos los que están lejos (los Gentiles — véase Efesios 2: 11-13); para cuantos el Señor nuestro Dios llamare." (Hechos 2:39). La Iglesia — la habitación de Dios — habiendo sido edificada, el don de gracia es anunciado tanto a judíos como a Gentiles, y fue anunciado el modo mediante el cual el judío y el Gentil, en la gracia soberana de Dios, podían salir de los dos círculos exteriores — círculos que estaban ambos en el reino de las tinieblas, donde Satanás reinaba — a la nueva esfera que había sido formada aquel día, donde el Espíritu de Dios actuaba y moraba.

3.    Llamamos ahora a prestar atención, más brevemente, a las ocupaciones de aquellos que forman la casa de Dios, y están adentro de ella. Para este propósito podemos añadir un pasaje de 1a. Pedro. El apóstol dice, "vosotros también, como piedras vivas, sois edificados en un templo espiritual, para que seáis un sacerdocio santo; a fin de ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios, por medio de Jesucristo." (1a. Pedro 2:5 - VM). En vista de que Pedro trata acerca del sacerdocio de los creyentes — el nuevo orden de sacerdotes, el cual toma el lugar de la familia de Aarón en la tierra — una dignidad que se aplica ahora a todos los santos sin excepción, él es guiado a señalar la ocupación de ellos con el sacrificio de alabanza. Ya no se trata de sacrificios de toros o machos cabríos, sino de sacrificios aptos para la casa espiritual de la cual ellos formaban parte, así como para los que adoraban a Dios en espíritu y en verdad. De hecho, ellos debían ofrecer el sacrificio de alabanza a Dios continuamente; es decir, el fruto de sus labios, dando gracias a Su nombre. La alabanza y la adoración perpetuas debían ser oídas en esta nueva y espiritual habitación de Dios. (Compárese con 1°. Crónicas 9:33).

Volviendo al libro de los Hechos, nosotros tenemos otro aspecto de la ocupación de los santos. La Escritura dice, "Y continuaban perseverando todos en la enseñanza de los apóstoles, y en la comunión unos con otros, en el partir el pan, y en las oraciones." Hechos 2:42 - VM). Ellos perseveraban en conocer el pensamiento y la voluntad de Dios tal como era comunicada por Sus siervos (porque en aquel momento no existía ninguna de las Escrituras del Nuevo Testamento), y por tanto ellos eran llevados al disfrute de la comunión con los apóstoles (compárese con 1a. Juan 1:3), en la cual los recién convertidos se deleitaban en el hecho de encontrarse. Además, ellos se reunían alrededor del Señor a Su mesa para conmemorar Su muerte, esa muerte que era el fundamento de todas las bendiciones a las cuales ellos habían sido introducidos; y juntos perseveraban también en reunirse para derramar sus corazones en oración a Dios.

Al contemplar este hermoso retrato de la casa de Dios, de la energía del Espíritu Santo produciendo oración y alabanza constantes, así como obediencia a la Palabra, podemos decir ciertamente, en el lenguaje del salmista, pero con otro significado, "¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos!... Bienaventurados los que habitan en tu casa; Perpetuamente te alabarán." (Salmo 84).