domingo, 29 de octubre de 2023

LA CONTRIBUCIÓN DE LA ZARZA

 

La zarza es símbolo de maldición.


La zarza es símbolo de maldición desde el mismo momento que Dios quitó al hombre sus privilegios por su desobediencia. “Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás planta del campo”. (Génesis 3:17,18) O sea, que el hombre tiene que trabajar, sembrando la tierra, para poder comer. Pero no tiene el hombre que sembrar la zarza; ella nace de sí como una de las secuencias del pecado. Es juicio acertado si decimos que antes de la caída del hombre la tierra no producía zarza ni frutos vanos.

Vemos ahora el aporte que proporciona el estudio de la zarza para nuestra enseñanza.

· La zarza que traba

“Alzó Abraham sus ojos y miró, y he aquí a sus espaldas un carnero trabado en un zarzal”. (Génesis 22:13)

El carnero fue sustituto de Isaac y tipo de Cristo, y la zarza contribuye como emblema de la maldición con la corona de espinas que pusieron en la cabeza de nuestro Redentor. El zarzal era abundante donde estaba trabado el carnero por los cuernos; también nuestros pecados eran muchos, y clavaron al Señor a la cruz. Pero sólo las cuerdas de su amor a la Iglesia le retuvieron allí hasta que terminó la obra de redención, porque “cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia”. (Romanos 5:20)

Otro aspecto de la zarza fue que Abraham tuvo que quitar la zarza para tomar el carnero, que murió en lugar de Isaac; asimismo Cristo quitó nuestros pecados y resucitó para nuestra justicia.

· La zarza que no se quema

“Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza no se quema”. (Éxodo 3:3-5)

Era maravilloso; quizás se oía el crepitar de las espinas, las llamas ondeaban y sobre ellas estaba el Señor, quien es fuego vivificador del Espíritu de Dios, que guarda a su pueblo en todos los tiempos. Faraón decretó el exterminio de la raza hebrea por la muerte de los varones, pero la zarza no se quema. Moisés es librado milagrosamente; las parteras preservaron la vida a los niños. (Éxodo 2:1-10, 1:17)

Muchos árboles había, pero Dios escoge la zarza, que es fruto de la maldición, para mostrarse como Dios de gracia. Solamente pide a Moisés que reconozca su presencia en el lugar, y luego empieza a desahogar su corazón afligido por los sufrimientos que su pueblo estaba pasando en Egipto. (Éxodo 3:1-12). Muy diferente ocurrió en el Sinaí posteriormente. “Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera. Y Jehová dijo a Moisés: Desciende, ordena al pueblo que no traspase los límites para ver a Jehová, porque caerán multitud de ellos”. (Éxodo 19:18,21)

En la zarza Dios condescendió para salvar a su pueblo, en el Sinaí para castigar a los transgresores a su ley. El Hijo de Dios, el inocente, estuvo sobre el altar de la cruz; el fuego de la ira de Dios le consumía; las espinas, frutos de la zarza, le atormentan su cabeza en colaboración con la cruz, procedente también de la tierra maldita. El monte Calvario está rodeado de gente semejante a un bosque de zarza; no hay ninguna consideración para el crucificado. El fuego ardía sobre la víctima, pero “la zarza no se consumía”. Otra vez el Dios de gracia expresa su corazón afligido por los labios del sacerdote vicario: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. (Lucas 23:34)

· La zarza honrada

“La gracia que habitó en la zarza venga sobre la cabeza de José”. (Deuteronomio 33:16)

Esto nos hace pensar en muchos seres y cosas honrados por “Aquel que habitó en la zarza”: el seno virginal de aquella pobre y santa mujer María, el pesebre de Belén, la carpintería de Nazaret, el barco de Pedro, aquella familia en Betania, la mujer pecadora que lavó los pies con lágrimas, el centurión en Capernaum que se sintió tan indigno de la honra tan grande que iba a recibir y mandó a decir: “Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo”. (Lucas 7:1-11) El que habitó en la zarza se acerca todavía más a nosotros, y dice: “Desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa”. (Lucas 19:5)

Que la bendición de estos versículos en Deuteronomio sea sobre Él: “las mejores dádivas de la tierra”; o sea, nuestra adoración, comunión y confesión. Y la gracia del que habitó en la zarza, u aquella gracia que se derramó en sus labios, y que “nos enseña que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente”. (Salmo 45:2, Tito 2:11,12) “Venga sobre la cabeza de José” —nuestro Señor Jesús— y sobre la frente de aquel que es príncipe entre sus hermanos. Por lo cual Él no se avergüenza de llamarnos hermanos”. (Hebreos 2:11,12)

· La zarza reina

“Dijeron entonces todos los árboles a la zarza: Anda tú, reina sobre nosotros”. (Jueces 9:14)

La instrucción de Salmo 8, Pablo la aplica al Señor Jesús: “El Hijo del Hombre, hecho un poco menor que los ángeles, le coronaste de honra y de gloria, y le pusiste sobre las obras de tus manos. Todo lo sujetaste bajo sus pies”. (Hebreos 2:5-8) Los cedros del Líbano, representados por los magnates religiosos judíos, procedieron con anarquía contra el Señor; dijeron: “No queremos que éste reine sobre nosotros”. (Lucas 19:14) Condenaron y dieron muerte al Justo.

Entonces la zarza que representa a los comunales, a los gentiles y el pueblo bajo, que hemos creído en el Señor, somos participantes de la herencia de los santos. Vamos a reinar con Cristo nuestro Señor. Los pueblos, naciones e individuos que no quieran bajar su cerviz para servir al Señor, “fuego va a salir de la zarza que devore los cedros del Líbano”. 

Viviendo por encima del promedio(5)

 William Macdonald


El Quebrantamiento que gana


David Akeman era un corresponsal principal de una de las revistas de noticias más grandes, que presta servicios en Hong Kong. Tenía la reputación de ser un cristiano compro­metido, que era abierto en su testimonio para el Señor.

En ese momento, el jefe de la oficina era una constante irritación para Akeman debido a su vocabulario profano. Este hombre difícilmente podía hablar sin usar el nombre del Señor en vano. Su conversación siempre estaba entrete­jida con palabras soeces. Akeman intentaba reprimir su enojo, pero la presión se elevaba en su interior.

Finalmente, la válvula de seguridad explotó. Un día, cuando el vocabulario de este hombre fue inusualmente ofensivo, Akeman gritó: “¡Discúlpeme, no me gusta la manera en que usted toma el nombre de Dios en vano!” Él no lo dijo en voz baja, ni gentilmente. Más bien fue una dura reprimenda.

El jefe de la oficina no se lo tomó con calma. “¡Discúlpe­me,” le dijo, “a mí no me gusta la manera en que me dijo eso!”

Al principio, David presumía de que finalmente había llevado el tema al jefe. Tenía la satisfacción de haber re­prendido a este colega. Quizás eso resolvería el problema. No tendría que escuchar más las continuas blasfemias. Ha­bía enfrentado un problema difícil y lo había hecho bien.

Pero luego se dio cuenta de que “lo había golpeado”. Lo que le había dicho al jefe era bastante correcto, pero la manera en que lo había dicho estaba mal. Su testimonio fue empañado. La comunicación entre ellos se había roto.

Estando recostado en su cama una noche, se dio cuenta de lo que él como cristiano tenía que hacer. Se dijo: “Voy a ir allí mañana y me haré responsable de todo.” Sería la muerte para su orgullo. Para él sería una gran humillación. Pero se tragó su orgullo y a la mañana siguiente se paró de­lante del jefe de la oficina.

“Quiero que sepa dos cosas, y luego me iré. Número uno, nuestra relación se ha roto. No nos estamos comuni­cando el uno con el otro, y yo soy la razón de eso. No he si­do el tipo de persona que debería ser. Acepto toda la res­ponsabilidad y ruego su perdón. No tiene nada que ver con usted. Soy yo.” El jefe estaba pasmado.

Ahora era el momento de caminar la segunda milla.

“Número dos,” Akeman continuó, “de ahora en adelante le daré la primera elección en todas las historias. Si quiere hacer una historia es su elección. Si no quiere hacerla, la haré yo. Perdóneme. Las historias son todas suyas primero, y yo tomaré las restantes.”

Tal disculpa y desinterés son virtualmente desconocidos en el círculo de los periodistas. El jefe de la oficina se que­dó sin palabras. Akeman se fue de la oficina, esta vez jubi­loso por haber restaurado la relación.

Pocos días después, David se enteró de un desayuno de hombres de negocios cristianos, en el cual un ejecuti­vo iba a dar su testimonio de fe en Cristo. Con cierta in­seguridad fue al jefe de la oficina y dijo: “Mire, voy a ir a un desayuno donde un hombre de negocios va a hablar de su fe en Dios. ¿Le gustaría ir? Esta vez fue el tumo de Akeman de sorprenderse. “Está bien,” dijo su jefe. Al fi­nal de la reunión, entregó su vida a Jesucristo como su Señor y Salvador.

Akeman comentó: “Estaba sobrellevando una gran carga, y todavía estaba batallando con eso. Pero si yo no hubiera dado ese primer paso, nunca jamás habría ganado a este hombre.”

Una disculpa completa e incondicional como la de Ake­man es un bien escaso en la jungla de este mundo. El re­nunciar a todos los derechos es extraño en la economía competitiva. Sin embargo, este es el comportamiento extra­ordinario que gana para la fe cristiana a los hombres y mu­jeres difíciles.

¿Y qué del Espíritu Santo?

 Es trágico que el Espíritu Santo sea incomprendido y tergiversado. A la vez, probablemente Él es la persona de la Santa Trinidad de quien más se habla. Su nombre se asocia irreflexivamente con un sin número de prácticas y enseñanzas dudosas, muchas de las cuales parecen no corresponder a la santidad que le caracteriza.

En el capítulo siguiente intentaremos llegar a algunas conclusiones bíblicas acerca de la naturaleza del moderno movimiento carismático, pero primeramente debemos dejar sentada una sólida base escrituraria para comprender la misión que tiene el Espíritu hoy en día. El propio Señor Jesús establece esta base en Juan capítulo 16, donde encontramos cuatro principios que gobiernan el ministerio del Espíritu.

1. El principio de glorificación 

Dice el Salvador, “El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os la hará saber” (Juan 16:14). Observamos la gran meta de la obra del Espíritu no es la de exaltarse a sí mismo sino al Hijo de Dios. El suyo es un ministerio honesto, porque quita la atención de sí y la dirige hacia el Salvador. Lo encontramos haciendo justamente esto en Hechos 5:29 al 32, cuando Pedro se refiere a sí mismo como un testigo de la exaltación del Señor: “y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo.”

Por otro lado, Pablo afirma en 1 Corintios 12:3 que es imposible para los hombres reconocer genuinamente el señorío de Cristo en sus vidas y lenguaje, salvo que sea por mediación del Espíritu. Entonces, cuando observamos que las alusiones específicas al Espíritu Santo disminuyen a medida que Hechos de los Apóstoles avanza, estamos ante una evidencia del indecible éxito de la tarea del Espíritu de presentar al Señor Jesús como el objeto de nuestra fe (Hechos 4:12, 28:31). Más aun, el principio de glorificación provee una piedra de toque para toda la enseñanza que oímos, porque cualquier sistema de doctrina que no exalte al Señor Jesús no procede del Espíritu Santo. Esto debería preservarnos frente a la inquietud moderna por el Espíritu mismo, o por los dones, más que por el Dador de ellos. Tengamos presente que el Espíritu Santo siempre se deleita en unirse al Padre para dirigir nuestra mirada hacia el Hijo (Mateo 3:16,17).

2. El principio de armonía 

Te habrás dado cuenta que el Señor Jesús subrayó la absoluta fidelidad del testimonio del Espíritu por tres veces al llamarle el Espíritu de Verdad (Juan 16:17, 15:26, 16:13). Como Él es verdad, así es en toda su extensión la Palabra que Él inspira (2 Pedro 1:21, Juan 17:17).

Lógicamente de esto se desprende que el Espíritu de Dios, tan íntimamente ligado a la inspiración de las Escrituras, se caracterizará en sus actuaciones por un total y completa armonía con las Escrituras. No puede contradecirse a sí mismo. Aquí tenemos otra valiosa prueba para el creyente; el Espíritu nunca nos conducirá contrariamente a lo que dice la Palabra. Pedir simplemente guía en lo espiritual es demasiado fácil. Aun verdaderos cristianos pueden, por sus propias inclinaciones, tergiversar el impulso divino, porque todavía poseemos una vieja naturaleza y un corazón que es “engañoso ... más que todas las cosas” (Jeremías 17:9).

Pero también poseemos un modelo perfecto de verdad para contrastar nuestros sentimientos y experiencias, y éste es la Palabra inspirada por el Espíritu, infalible y objetiva. Partiendo de esto, podemos decir por ejemplo que el Espíritu Santo nunca llevará a un creyente a enamorarse a una incrédula (2 Corintios 6:14), ni impulsará a una mujer cristiana a orar en viva voz en una reunión (1 Corintios 14:3). Tales cosas pueden suceder, pero decimos categóricamente que no son obras del Espíritu.

Cuán imperiosamente necesitamos, pues, ser dirigidos y gobernados por la Palabra, porque solamente así seremos conducidos conscientemente por el Espíritu en la medida que conozcamos nuestra Biblia. ¡He aquí que no hay atajo para llegar a la santidad! Los hombres que Dios usa son hombres inmersos en las Escrituras, y esto exige dedicación. Para ser gente del Espíritu, hemos de ser gente del Libro.

3. El principio de la educación 

“Él os guiará a toda la verdad” (Juan 16:13) no es meramente la preautenticación que el Señor nos da del Nuevo Testamento, sino anticipa a la actividad del Espíritu como instructor en las cosas divinas. Como enseña Pablo, las verdades divinas se pueden apreciar solamente por medio del Espíritu de Dios (1 Corintios 2:11 al 14). Mientras que la inspiración se refiere a su superintendencia en cuanto a la estructura de la Biblia, la iluminación describe su continuo ministerio para exponerla. La importancia de esto queda expuesta en la observación del Salvador: “Os conviene que yo me vaya” (Juan 16:7). ¿Convenía que el Maestro, Guía y Consejero los dejara? Sí, porque mandaría “otro Consolador” exactamente como Él mismo para estar con ellos para siempre (Juan 14:16) y completar su educación espiritual.

En Pentecostés aquel Consolador descendió y desde entonces reside permanentemente en el corazón del creyente a partir del momento de su conversión. Así que, en ese mismo instante somos nacidos, bautizados, habitados y sellados por el Espíritu (Juan 3:5, 1 Corintios 12:13, 6:19, Efesios 1:13). Tengamos claro que todo cristiano posee el Espíritu de Dios como residente, porque “si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él” (Romanos 8:9). Y, su deseo es llevarnos a hacer “morir las obras de la carne” (Romanos 8:13) y a mostrar notoriamente en nuestras vidas los frutos cristianos (Gálatas 5:22 al 24).

¡Estas manifestaciones del Espíritu son más reveladoras y elocuentes que todos los dones milagrosos y espectaculares como lenguas, interpretaciones y sanidades que existen en el mundo!

4. El principio de la aplicación 

“Tomará de lo mío y lo hará saber” (Juan 16:15). La historia del fiel siervo de Abraham al buscar esposa para Isaac es una imagen deliciosa en este aspecto de la obra del Espíritu. Del mismo modo que él se presentó a Rebeca con pruebas de la riqueza y gloria de su futuro marido (Génesis 24:53), así el Espíritu Santo toma las riquezas de Cristo Jesús y las hace reales para nosotros. No nos maravillemos que Pablo lo llame “las arras de nuestra herencia” (Efesios 1:14).

¿Por qué al reunirnos para recordar al Señor, como Él nos pidió, nuestros corazones son conducidos hacia la grandeza de su persona y obra? ¿Por qué todos los creyentes añoran y esperan ansiosamente el regreso del Salvador? ¿Por qué es la Biblia un depósito inagotable de pasmosas verdades divinas? ¡Porque el Espíritu de Dios está haciendo su obra! Como uno escribió, “el gran objetivo de todos sus ministerios combinados es el de mantener al creyente satisfecho con Cristo”. Si guardamos este pensamiento en la médula de nuestra doctrina acerca del Espíritu Santo, no nos extraviaremos.


LA AYUDA DEL SEÑOR

 Levantaré mis ojos a los montes; ¿De dónde vendrá mi ayuda? Mi ayuda viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra. (Salmo 121:1-2 NBLA)

 La persona que teme a Dios debe enfrentar diversas pruebas y dificultades, y gracias a esto darse cuenta que no tiene la capacidad o el poder necesario para enfrentar las circunstancias que lo rodean. Necesita ayuda La mayor fuente de debilidad en la presencia de la prueba es frecuentemente la confianza propia, la cual nos lleva a pensar que podemos enfrentar la prueba con nuestras propias fuerzas o nuestra propia sabiduría. Debemos aprender que no hay fuerza en nosotros. En cada paso, necesitamos un ayudador que nos sostenga y nos conduzca.

Al darse cuenta que necesita ayuda, el salmista pregunta: "¿De dónde vendrá mi ayuda?" Se ve rodeado de montes que lucen portentosos, imponentes e inamovibles, pero el profeta Jeremías nos dice: "Ciertamente vanidad son los collados, y el bullicio sobre los montes; ciertamente en Jehová nuestro Dios está la salvación de Israel" (Jer. 3:23). Al comprender que necesita ayuda, y que la que el hombre le ofrece es vana, el piadoso saca sus ojos de la criatura y los dirige hacia el Creador. No se queda simplemente en reconocer la verdad general de que hay ayuda en el Señor, sino que, con fe sencilla y personal, dice: "Mi ayuda viene del Señor.

En los versículos siguientes del Salmo 121, el Espíritu de Dios, en respuesta a esta fe sencilla, despliega las bendiciones de aquel que busca la ayuda del Señor: Nos guardará de todo peligro; sus Cuidados no cesarán y Él estará siempre disponible para nosotros; y nos guardará de todo mal y en todas las circunstancias. Finalmente, aprendemos que aquel que busca la ayuda del Señor será guardado ahora y para siempre. El salmista, sin duda alguna, tenía en vista el reino milenial, pero el cristiano puede obtener una aplicación más amplia al mirar hacia una eternidad de felicidad con Cristo (y como Cristo) en la casa del Padre, donde Él ha ido a preparar lugar para su pueblo celestial.

Hamilton Smith

El Señor está cerca



MUJERES DE FE DEL ANTIGUO TESTAMENTO (22)

 

Josabet

Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente” (Josué 1:9).

La historia está en 2 Crónicas 22:10-24:2 y 2 Reyes 11 y 12:2.


“Viva el rey”, exclamó la gente cuando la corona fue puesta sobre la cabeza del legítimo heredero del trono y a él le fue dado el rollo de la ley. “Traición, traición”, gritó la malvada Atalía, pero ella fue llevada a su muerte sin que nadie la defendiera. Atalía y su esposo, el rey Joram, hicieron lo malo ante Dios. Después de la muerte del rey y de su hijo Ocozías, Atalía asesinó a toda la descendencia real, que eran sus propios hijos y nietos, para que ella pudiera tomar la corona y reinar.

Pero no todos murieron. Una mujer tuvo el valor de rescatar a Joás, el más pequeño de los príncipes de entre sus hermanos. Fue una de las veces cuando el propósito de Satanás para destruir al pueblo de Dios fue frustrado por medio de niños escondidos: Moisés en la cesta, unos recién nacidos con las parteras en una casa, muchos años después el niño Jesús en Egipto, y en este caso, un niño en el templo. Dios dijo: “No faltará varón que gobierne en Israel” (2 Crónicas 7.18) y cuando Dios promete, Él cumple.

Resultó que Josabet, esposa del sumo sacerdote Joaida, sacó furtivamente al más pequeño de los príncipes, Joás, de entre sus hermanos muertos y lo escondió con su nodriza en el templo de Dios. Metiéndolo en un dormitorio, logró esconderlo de Atalía por seis años. Joás tenía un año cuando fue rescatado por Josabet. Esta mujer tan valiente era una princesa, hija del rey fallecido, y esposa del sumo sacerdote Joaida.

Aquella mujer de fe cuidó e instruyó al niño Joás en perfecto acuerdo con su esposo Joaida, el sacerdote de Dios, quien pasaba mucho tiempo en el templo. Seguramente Josabet y Joaida sacrificaron mucho de su tiempo y sus recursos cuidando e instruyendo a aquel niño escondido.

En el séptimo año, Joaida, sus príncipes y los levitas hicieron planes para derrotar a Atalía y hacer rey a Joás. Cuando fueron cumplidos los preparativos, el niño fue llevado fuera del templo y puesto en el trono de su padre. Lo proclamaron rey y le dieron una copia de la ley de Dios. Atalía los acusó de traición, pero ella fue llevada fuera y ejecutada.

Joaida y el nuevo rey Joás, juntos con el pueblo de la nación de Judá, hicieron un pacto de obedecer a Dios. Durante la vida de Joaida, el rey Joás hizo lo recto delante del Señor. El sacerdote Joaida vivió una vida larga y próspera.

Aunque los familiares de Josabet practicaban la maldad, ella fue una mujer de Dios y nos dejó un ejemplo digno de emular. En vez de protegerse a sí misma, procedió con valentía cuando rescató al niño de entre los muertos. Luego vivió en una manera abnegada cuidando al niño Joás secretamente. El impacto de esta dama sobre la historia del mundo se ve en su intervención personal en preservar el linaje real por medio del cual Jesucristo vendría al mundo. En 2 Crónicas 24.16 leemos de la muerte de Joaida, y lo que está escrito de él se puede decir de Josabet también, “que había hecho bien con Israel, y con Dios, y con su casa”.

Aun en nuestro tiempo Dios emplea instrumentos como nosotras para cumplir sus propósitos. Siendo embajadoras en el nombre de Jesucristo estamos involucradas en una lucha continua contra el mal y a veces existe riesgo personal. Mujeres como Josabet aceptan el desafío y toman medidas para servir al Señor en una manera agradable a Él. ¿Estamos nosotras dispuestas, por nuestro amor a Cristo, a arriesgarnos y hacer su voluntad en medio de circunstancias difíciles? “No temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas” (Josué 1.9).

Rhoda Cumming

Figuras de Cristo (22)

 

Más figuras aún del Señor Jesucristo

W.A. Deans


Hemos llegado al final de este libro y hemos visto muchas figuras del Señor Jesús descritas en el Antiguo Testamento. El Nuevo Testamento nos muestra de qué manera éstas figuras hablan de nuestro Salvador. Esto nos ayuda a aprender más acerca del Señor Jesucristo, su vida y su muerte.

No solamente pensamos acerca de las figuras del Señor Jesús, sino también de las verdades que ellas nos enseñan acerca del Señor. En Hebreos 10:1 leemos que la ley judía no era un modelo completo y fiel de las cosas reales. Así que, prosigamos en el entendimiento y significado de la ley y de otras figuras del Antiguo Testamento y aprendemos las ver­dades que nos enseñan del Señor Jesús. Recuerde que él vino a la tierra para cumplir la ley y no para destruirla, Mateo 5:17.

Hay otras figuras del Señor Jesús en el Antiguo Testamen­to:

Jonás, en el vientre del pez por tres días y tres noches nos hace pensar del Señor en la tumba, Mateo 12:40.

Booz, era pariente del primer esposo de Rut. Él redimió a Rut, así mismo, el Señor se hizo hombre para redimir a la iglesia y hacerla su esposa, Rut 4:1,6,9,10.

Rahab ató un cordón rojo a su ventana en el muro de Jericó para salvarse a sí misma y a su familia. Este cordón nos recuerda de la sangre del Señor Jesús, a través de la cual recibimos salvación y paz, Josué 2:21; 6:17-25.

Cuando los israelitas cruzaron el río Jordán, caminando sobre su lecho seco, ellos colocaron doce piedras en el sitio donde los sacerdotes estuvieron parados. Más tarde, el agua del río cubrió estas doce piedras. Ellas son una figura del Señor Jesús que soportó la ira de Dios por nosotros. Lea Salmos 42:7. Los israelitas tomaron doce piedras del río y la apilaron en la ribera del río Jordán, en tierra de Canaán. Estas tomaron el lugar de las que habían sido puestas en el río anteriormente. Estas cosas nos hacen pensar del Señor Jesucristo, redimiendo a su pueblo de la ira de Dios.

Anteriormente, en el viaje a través del desierto, los israelitas llegaron a Mara, un lugar donde el agua era amarga. Éxodo 15:22-25. Estaban todos muy sedientos, pero no podían tomar de esa agua; así que ellos se rebelaron con­tra Moisés. Moisés oró y Dios le mostró un árbol. Moisés lo cortó y lo lanzó al agua amarga la cual se convirtió en agua dulce. El pueblo bebió y vivió. ¡Qué figura de la cruz de Cristo, a través de la cual recibimos vida eterna!

La Biblia está llena de hermosas verdades y de preciosos tesoros. ¡Continuemos buscando en ella las riquezas espirituales que llenarán nuestras almas y las de otras per­sonas, de gozo y paz, para la gloria de nuestro Salvador, el Señor Jesucristo!

El autor estaba realizando buen éxito en el mundo de negocios en California cuando el Señor lo llamó al África. Desde entonces ha estado sirviendo al Señor con la enseñanza de la Palabra de Dios en in­glés, francés y por lo menos dos idiomas del África.

Este librito con figuras de Cristo será como un manjar en sus estudios del Antiguo Testamento y enfocará su vista en el Señor Jesús.

(Todos los artículos expuestos fueron tomados del libro “Figuras de Cristo” publicados por “Publicaciones Cotidianas”)

LEYENDO DIA A DIA EFESIOS(7)

 

3.14 al 21: Conociendo aquel amor


Gran gracia fue de parte de Dios preservar para nosotros las oraciones de varones de Dios como Nehemías y Daniel. Valiosos son los salmos como registro de las confesiones y oraciones privadas del rey David. Por pasajes como estos aprendemos a orar, porque somos gente de las mismas pasiones y tenemos que ver con el mismo Dios. En este pasaje de Efesios Pablo describe otra de sus oraciones.

Oración, ¿cómo? Pablo dobla sus rodillas al Padre. Caer de rodillas es expresar reverencia, dependencia y ruego. En Getsemaní el Señor mismo se arrodilló y oró. En Mileto, Pablo y los ancianos de Éfeso se arrodillaron en oración. Daniel lo hacía tres veces al día, dando gracias a Dios cuando oraba. La postura corporal es consecuencia de, y una ayuda a, nuestro estado espiritual.

Oración, ¿a quién?  La oración en Efesios 3 es “ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo”. David y Daniel no le conocían como Padre, pero ahora el Hijo le ha dado a conocer, y el Espíritu Santo es enviado a nuestros corazones clamando: “Abba, Padre”, Gálatas 4.6. A Él, el Padre de las luces, Padre de espíritus, tenemos acceso con confianza, 3.12. “Por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre”, Efesios 2.18.

Oración, ¿para qué?  Que Cristo haga de nuestros corazones su morada permanente, y que seamos capaces de comprender el vasto alcance del propósito y amor de Dios en Él. “Jesús le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él”, Juan 14.23. Un mero estudio intelectual es insuficiente. Hace falta que el Espíritu Santo nos habilite para conocer el amor que sobrepasa todo entendimiento.

Además, es un privilegio al alcance de todos; cada uno de nuestros co-creyentes tiene algo que ofrecer cuando buscamos un panorama completo del amor de Dios. Nadie puede pedirle demasiado; el Rey es sobremanera bondadoso.

Para comprender tenemos que ser arraigados y fundados en amor. La fuerza y hermosura de la ramita de un árbol depende de la profundidad y distribución de sus raíces. La estabilidad de un edificio depende de sus fundamentos. Así, la confianza y el disfrute del amor de Cristo es la tierra donde crece una apertura cada vez más amplia del corazón a Él.

“A Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos … sea gloria”, 3.20,21.