viernes, 13 de mayo de 2011

Epístola de Santiago.

Capítulo 4

En todo lo que sigue, la epístola se refiere al juicio sobre la naturaleza no refrenada, de la voluntad en sus diferentes formas: conflictos provenientes de las co-dicias (v. 1-2); peticiones hechas a Dios que proceden de la misma fuente (v. 3); deseos de la carne y de la mente que se desarrollan y encuentran su esfera en la amistad con el mundo, la que es así enemistad contra Dios (v. 4). La naturaleza del hombre codicia con envidia, está llena de envidia con respecto a otros. Pero Dios da mayor gracia (v. 6). Hay una fuerza que actúa contra esta naturaleza si uno se contenta con ser pequeño y humilde, con no ser nada en el mundo. La gracia y el favor de Dios están con nosotros para liberarnos de las perniciosas influencias de la carne, porque él resiste a los orgullosos y da gracia a los humildes. Sobre esto, el apóstol despliega la acción del alma dirigida por el Espíritu de Dios, en medio de la incrédula y egoísta masa de los judíos con la que estaba asociada (v. 7-10), porque supone que los creyentes a quienes se dirige están aún relacionados con la ley. Al hablar mal de su hermano, al cual la ley le daba un lugar ante Dios, se hablaba mal de la ley, según la cual ese hermano tenía muy grande valor (v. 11-12). Ese juicio pertenecía a Dios, quien había dado la ley y quien sabía preservar su autoridad, como así también conceder liberación y salvación.
En los versículos 13-16, la misma propia voluntad y olvido de Dios son censurados; la falsa confianza fundada en el hecho de contar con la propia capacidad para hacer lo que se quiera y la ausencia de dependencia respecto de Dios son puestas de manifiesto. El versículo 17 es una conclusión general, fundada en el principio ya enunciado en el capítulo 3, versículo 1, y en lo que se dice con respecto a la fe. El conocimiento del bien, sin su puesta en práctica, hace que la propia ausencia de la obra que se sabe hacer sea un pecado positivo. La acción del nuevo hombre está ausente, el viejo hombre está presente; como el bien está ante los ojos, se sabe lo que se debería hacer, pero no se lo hace; no hay disposición a ello, no se quiere hacerlo.

El Verdadero Discipulado



Es perdonable que un discípulo no tenga gran capacidad mental y no pueda exhibir ha­bilidades físicas. Pero ningún discípulo puede ser excusado en su falta de celo. Si su corazón no arde con viva pasión por el Salvador, la condenación cae sobre él.
Después de todo los cristianos somos se­guidores del que dijo: "El celo de tu casa me consumió" (Juan 2:17). Su Salvador fue con­sumido por una ardiente pasión por Dios y por sus intereses. No hay lugar en sus sende­ros para discípulos tibios e indiferentes.
El Señor Jesús vivía en un estado de tensión espiritual. Así lo indican sus pala­bras: "De un bautismo tengo que ser bau­tizado, y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla! (Lucas 12:50). También está su memorable declaración: "Me es necesario ha­cer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando na­die puede trabajar” (Juan 9:4).
El celo de Juan el Bautista fue atesti­guado por el Señor cuando dijo: "El era an­torcha que ardía y alumbraba" (Juan 5:35).
El apóstol Pablo era un celote. Alguien ha tratado de captar el fervor de su vida en el siguiente bosquejo: "Era un hombre que no se preocupaba por ganar amigos. Sin interés ni deseo por los bienes mundanales, sin temor de pérdidas ma­teriales, sin preocupación por la vida, sin te­mor por la muerte. Era un hombre sin rango, nación, ni condición. Era un hombre de un pensamiento: El Evangelio de Cristo. Hom­bre de un propósito: la gloria de Dios. Un ne­cio, y contento de ser reconocido como necio por Cristo. Llámesele entusiasta, fanático charlatán, estrambótico o cualquier otro nombre ridículo que el mundo quiera ponerle, pero que siga siendo raro. Si le llaman comerciante, jefe de casa, ciudadano, rico, mundano, erudito, o aún hombre con sentido común, todo cuadra con su carácter.
"Si no hablaba moría y aunque tuviera que morir, aún habla. No descansaba que extendía sus actividades por tierra y roqueríos y desiertos arenosos. Clamaba en voz alta y no se medía para ello, ni nada lo podría impedir. En las prisiones elevaba su voz y en medio de las tempestades del mar no guardaba silencio. Testificaba de la verdad ante temibles concilios y delante del trono de reyes. Nada podía apagar su voz, sino la muerte, y aún ante la muerte, delante de cuchillo que habría de separar la cabeza de su cuerpo, él habló, oró, testificó, confesó, clamó a Dios, guerreó, y por último bendijo a la gente cruel".
Otros hombres de Dios han mostrado el mismo ardiente deseo de agradar a Dios.
C. T. Studd escribió una vez: "Algunos desean vivir al son de la campana de la Iglesia. Yo prefiero rescatar almas dentro del mismo infierno".
Y justamente fue un artículo escrito un ateo que aguijoneó a Studd a consagrarse enteramente al Señor. Este era el artículo: "Si yo creyera firmemente, como millones dicen creer, que el conocimiento y práctica de la religión en esta vida influye en el destino en la otra vida, entonces la religión sería para mí el todo. Desecharía los goces terrenales como si fueran escoria, las preocupaciones terrenas como locuras, los pensamientos y sentimientos terrenos co-mo vanidad. La religión sería mi primer pensamiento al despertar y mi última visión al sumirme en la inconsciencia del sueño. Trabajaría solamente en su causa. Mis pensamientos serían para el mañana de la eternidad solamente. Estimaría que un alma salvada para el cielo vale toda una vida de sufrimientos. Las consecuencias terrenales jamás detendrían mi mano, ni sellarían mis labios. El mundo, sus goces, penas, no tendrían lugar en mis pensamientos Haría todo lo posible por mirar hacia la eternidad solamente, y a las almas inmortales como próximas a entrar a una eternidad de felicidad o a la miseria del sufrimiento eterno Saldría al mundo y predicaría a tiempo y fuera de tiempo y mi texto sería: "¿Qué aprove­cha al hombre si granjeare a todo el mundo y pierde su alma?” (Mateo 16:26; Marcos 8:36)
Juan Wesley fue un hombre de celo vivo. Dijo: "Dadme cien hombres que amen a Dios con todo su corazón, que no teman si­no al pecado y cambiaré al mundo." Muerto por la causa a mano de los indios Aucas del Ecuador.
Jim Elliot, era una antorcha de fuego por Jesús. Un día mientras meditaba en el texto "El hace sus ministros llama de fuego", escribió en su diario: "¿Soy inflamable? Dios líbrame del terrible asbesto de las "demás cosas". Satúrame con el aceite del Espíritu para que yo sea una llama. La llama es pasajera, a veces de corta vida. Alma mía ¿puedes soportar esto?, ¿una vida corta? En mí mora el espí­ritu del Gran Ser que tuvo una vida corta, aquel cuyo celo por la casa de Dios lo consu­mió. Hazme Tu combustible, Llama de Dios."
Las últimas líneas de su diario anota la cita de un ferviente poema de Amy Carmi- chael. No es de maravillarse que Jim Elliot se inspirara en él:

De la oración que pide protección
de los vientos que sobre ti golpearon,
de temer cuando debería aspirar,
de vacilar, cuando debo ascender,
del cómodo yo, libra ¡Oh, Capitán!
Al soldado que va de ti en pos.

Del deseo sutil de buscar lo suave,
de las elecciones fáciles, debilitadoras,
no es así como el espíritu se fortalece
ni el camino que el Señor anduvo.
De todo lo que haga luminoso el Calvario,
¡Oh, Cordero de Dios, líbrame!

Dame el amor que guía el camino
la fe que nada hace desmayar,
la esperanza que nunca se agota
la pasión que quema como el fuego.
No me dejes abatir para ser un idiota,
Hazme tu combustible, ¡oh Llama de Dios!

La desgracia de la iglesia en el siglo XX es que hay más demostraciones de celo entre los comunistas y los de las sectas falsas que entre los cristianos.
En 1903 un hombre con 17 seguidores inició su ataque al mundo. Su nombre era Lenin. Hacia el año 1918 el número había crecido a cuarenta mil, y con aquellos cuaren­ta mil ganó el control de ciento sesenta mi­llones de personas en Rusia. El movimiento ha crecido y actualmente controla más de la tercera parte de la población del mundo. Por mucho que uno se oponga a sus princi­pios, no puede dejar de admirar su celo.
Muchos cristianos se sintieron fuertemen­te reprendidos cuando Billy Graham leyó la siguiente carta escrita por un universitario nor­teamericano que se había convertido al comu­nismo en México. El propósito de la carta era explicar a su novia por qué debía romper su compromiso:
"Los comunistas tenemos un alto por­centaje de muertes violentas. Somos los que morimos pasados por las armas, ahorcados, linchados, o alquitranados; so-mos encarcela­dos, calumniados, ridiculizados y despedidos de nuestros empleos y de diversos modos se procura hacernos la vida imposible. Un buen porcentaje de no-sotros es muerto o tomado preso. Vivimos en una pobreza virtual. Da­mos al partido cada centésimo que ganamos por sobre lo que no sea absolutamente indis­pensable para mantenernos vivos. Los comu­nistas no tenemos tiempo ni dinero para cine, conciertos, asados, casas decentes o autos nue­vos. Hemos sido descritos como fa-náticos. Somos fanáticos. Nuestra vida está dominada por un gran factor que eclipsa todo otro in­terés: LA LUCHA POR EL COMUNISMO MUNDIAL.
Los comunistas tenemos una filosofía de la vida que ninguna cantidad de dinero puede comprar. Tenemos una causa por la cual pe­lear, un propósito definido en la vida. Subordi­namos nuestros intereses mezquinos, nuestro yo a un gran movimiento de la humanidad, y, si nuestra vida personal parece dura, o si nues­tro yo parece sufrir por haberse subordinado al partido, entonces cada uno se siente com­pensado adecuadamente por el pensamiento de que cada uno está contribuyendo con su grano de arena a algo nuevo, verdadero y me­jor para la humanidad. Hay una cosa a la que me he consagrado fervorosamente y esa cosa es la causa comunista. Es mi vida, mi negocio, mi religión, mi entretenimiento, mi novia, mi esposa, mi mujer, mi pan y mi carne. Trabajo para el partido de día y sueño con él de no­che. Su influencia sobre mí crece, no dismi­nuye con el paso del tiempo, por tanto no puedo mantener amistad con nadie, no puedo tener asuntos amorosos, ni siquiera una con­versación sin relacionarlas con esta fuerza que conduce y guía mi vida. Yo catalogo a las per­sonas, libros, ideas y acciones de acuerdo a la forma en que afectan la causa comunista y por su actitud hacia ella. Yo ya he estado en la cárcel por mis ideas, y si fuera necesario es­toy dispuesto a enfrentar el pelotón de fusila­miento."
Si los comunistas pueden consagrarse hasta este punto a su causa, cuanto más debe­rían los cristianos derramarse en amante y alegre devoción a su Salvador. Si el Señor Je­sús vale algo, lo vale todo. Si la fe cristiana es digna de creerse, debe creérsela con heroís­mo.
"Si Dios en verdad ha hecho algo en Cris­to de lo cual depende la salvación del mundo, y si El la ha dado a conocer, entonces es un deber cristiano ser intolerante de todo lo que lo ignore, niegue o anule con explicaciones sutiles."
Dios necesita hombres completamente entregados al control del Espíritu Santo. Hombres estos que parecerán borrachos a los demás, pero los que saben de estas cosas com­prenderán que están guiados por una "profun­da, enorme, obsesionante e insaciable sed de Dios".
Que cada discípulo en perspectiva tome muy en serio LA NECESIDAD de tener celo por Dios en su vida. Que tenga la aspiración por Dios en su vida. Que tenga la aspiración de responder a la descripción dada por J. C. Ryle:
El cristiano celoso es principalmente hombre de una causa. No basta decir que es serio, cordial, intransigente, eficaz, sincero, ferviente en espíritu. Solamente ve una cosa, le importa solamente una cosa, vive por una cosa, está embebido de una sola cosa, y esa cosa es agradar a Dios. Viva o muera, enfermo o sano, rico o pobre, agrade al hombre o le ofenda, se le considere sabio o necio, reciba injurias o alabanzas, reciba honra o se le avergüence, nada de esto le importa. Este hom­bre arde por una cosa, y esa cosa es agradar a Dios y promover la gloria de Dios. Si ese fuego lo consume, no le importa, está conten­to. Siente que, al igual que la lámpara, ha sido hecho para arder, y si se consume ardiendo, solamente ha hecho aquello para lo cual Dios lo designó. Tal voluntad siempre halla una esfera donde desplegar su celo. Si no puede obrar, predicar, o dar dinero, clamará, desea­rá y orará. Sí, si es solamente un pobre, o un enfermo que debe permanecer toda la vida en cama, hará que las ruedas del pecado se muevan pesadamente a su alrededor debido a si constante intercesión en contra. Si no puede pelear en el valle con Josué, hará la obra de Moisés, Aarón y Hur en el monte (Éxodo 17: 9-13). Si a él no se le deja trabajar, no le dan descanso al Señor hasta que lleguen refuerzos y el trabajo sea hecho. Esto es lo que quiere decir cuando hablo de celo en religión."

martes, 12 de abril de 2011

Mirad lo que oís (Mar 4:24)

          El Señor Jesús nos amonesta a que seamos cuidadosos con lo que oímos. Somos responsables de controlar lo que entra a través de la puerta del oído, así como de emplear lo que escuchamos como es debido.
No debemos dar oído a lo que es manifiestamente falso. Las sectas están vomitando su propaganda en volumen s n precedente. Siempre están buscando  a alguien que esté dispuesto a escuchar .Juan dice que no debemos recibir en nuestra casa a los sectarios, ni siquiera saludarles, porque están contra Cristo.
No debemos escuchar lo que es engañosamente subversivo. Los jóvenes en colegios, universidades y seminarios están expuestos cada día a una andanada de comen­tarios que ponen en duda y niegan la Palabra de Dios. Escuchan explicaciones poco convincentes de los milagros y deforman el sentido simple de la Escritura. Se esfuerzan en minimizar la persona del Señor con alabanzas descoloridas. Aun si no logran destruir la fe del estudiante, sí desfiguran su pensamiento. Es imposible escu­char enseñanza subversiva y no ser afectado por ella. "¿Tomará el hombre fuego en su seno, sin que sus vestidos ardan? ¿Andará el hombre sobre brasas sin que sus pies se quemen?" (Pr. 6:27-28). -a respuesta es obvia: "No".
No debemos escuchar lo que es impuro o indecente. En la socie­dad de hoy, la peor forma de contaminación es la de la mente. La palabra "inmundicia" es la que describe mejor a la mayoría de los periódicos, revistas, libros, programas de radio, televisión, películas de cine y conversaciones. Al estar constantemente expuesto a esto, el cristiano corre el riesgo de perder el sentido de la enorme maldad del pecado. ¡Y éste no es el único peligro! Cuando escuchamos Historias viles y provocativas, éstas regresan una y otra vez para atormentarnos en nuestros momentos más santos.
No debemos llenar nuestras mentes con baratijas y cosas indig­nas o frívolas. La vida es demasiado breve y la tarea demasiado urgente como para entregarnos a estas cosas. "En un mundo como el nuestro, todos debemos ser celosos".
Viéndolo de manera positiva, debemos ser cuidadosos para oír la Palabra de Dios. Cuanto más nos saturemos de ella y obe­dezcamos sus sagrados preceptos, más pensaremos según los pensamientos de Dios, más seremos transformados a la imagen de Cristo, y estaremos más alejados de la contaminación moral de nuestro medio ambiente.

El con nosotros, nosotros en El

(Jesús dice:) «He aquí, estoy a la puerta y llamo: Si alguno oye mi voz, y abre la puerta, Cenaré con el, y el conmigo. Apocalipsis 3. 20


Jesús compara nuestra vida a un departamento del cual El sería el propietario, y nosotros el arrendatario. En efecto, El en nosotros, nosotros en Él. Amoblamos el departamento según nuestras conveniencias y gustos; organizamos nuestra vida, hacemos planes; nos instalamos. Él, el Salvador, aun  está  fuera, en  el umbral de la puerta. Posiblemente está allí desde hace tiempo, y podría quedarse allí por mucho tiempo más, porque es paciente.
¿Lo dejaremos entrar? ¿Le abriremos la puerta? Allí está   todo el asunto. La llave, que  la tenemos nosotros; está en el interior. El  está por fuera…,  llama, y espera. Tenemos entonces  delante de Jesucristo que se nos presenta, una decisión  que tomar. ¿Formamos parte de los que no abren? De los que dicen: “abriré más tarde”  ¿O somos de los que deciden abrir sin tardar más? Preguntémonos de cual lado de la puerta se encuentra Jesucristo. ¿Afuera o adentro? ¿Está por fuera o dentro de nuestra vida?
Todo cambia en nuestra existencia si vive en nosotros. Ábrele entonces si  no lo has  hecho. Entonces entrará y, con él, vendrá esta felicidad verdadera que no depende de las circunstancias de la vida, y que buscas  posiblemente después tanto tiempo.

Noviazgo y Matrimonio

"Por tanto, lo que Dios juntó, no lo aparte el hombre". Mateo 19:6.


Después de la salvación es el matrimonio uno de los actos más notables que esperan los jóvenes. Hasta el graduar de la escuela se­cundaria y aún de la Universidad resulta de importancia secunda­ria junto al matrimonio y noviaz­go. Puesto que la Biblia declara que el matrimonio es honroso y fue instituido por Dios, debemos darle la debida consideración, y aún más cuando consideramos en las muchas y serias equivocacio­nes que han hecho jóvenes con matrimonios infortunados que han acabado con la utilidad que po­dían haber prestado al Señor y ha­ciendo la vida más pesada cada día.
Algunas y mejor dicho muchas son las jóvenes que ven con horror el pensamiento de quedarse solte­ras. Bien, supongamos que usted se ha quedado soltera, eso no es ninguna vergüenza ni desgracia. Pablo el apóstol declara que si us­ted permanece soltera o soltero, será más espiritual; porque la mu­jer casada luchará por complacer a su esposo, en cambio la mujer que permanece soltera tratará de agra­dar al Señor. Puede ser algo inte­resante que algunos de ustedes que "se mueren" por casarse sepan lo que dice Pablo: que los tales tendrán aflicción de espíritu.
Casi la mayor parte de los jóve­nes y señoritas se han imaginado el matrimonio como un pequeño cielo en la tierra en donde no hay pruebas que echen a perder la paz del hogar; donde no hay batallas que ganar y que todo saldrá viento en popa. ¡Qué error más grande! Son muchísimas las cargas que se vienen encima para mantener un hogar, criar una familia, la manu­tención, los pagos de luz, agua, renta, contribución, etc., etc., y el continuo temor de que el esposo pierda el empleo. Pronto se acaba el brillo de los recién casados y la joven pareja debe sentarse a ver la realidad de la vida y ¡ay! en mu­chos casos el pequeño nido de amor con que soñaron no es ni tan feliz ni cómodo como lo habían pintado en sus mentes calenturien­tas. Es posible que aún se amen y que no deseen separarse el uno del otro por todo el oro del mundo; eso es verdad, pero cuántas veces una joven ama de casa con las car­gas que proporciona el hogar y las preocupaciones de los hijos que pronto le acarrean arrugas en la ca­ra y hombros inclinados, se ha preguntado si no estaría más feliz en su hogar trabajando para ayudar a sus padres o en el servicio del Señor si hubiera permanecido soltera. En muchos casos es la ver­dad.
Muchos son los jóvenes que a su vez estando dotados de buena voz, con dotes de predicador o que han sido llamados al campo misionero se han hecho a un lado para casar­se con alguien que no tenía llama­miento para la obra del Señor y como resultado sus talentos se han enterrado y su llamamiento aban­donado. Por otro lado las señoritas se han casado para quitar el estig­ma de quedarse "solteronas" por­que no sea que no se les presente otra oportunidad — estando los tiempos como están, y para lucir un blanco vestido que de otra ma­nera no se puede comprar y mu­cho menos poner.
¡Mucho cuidado! Esas jóvenes hubieran hecho mil veces mejor si jamás se hubieran casado y se hu­bieran conformado con su solte­ría. Recuerdo el caso de tres jóve­nes que entre ellas mismas se ha­cían llamar. "El trío de las solte­ronas". Ya habían perdido las esperanzas de encontrar esposo. La más joven de ellas tiene actual­mente 22 años y la mayor unos 26 ó 27. Muy bien, estas jóvenes siempre estaban juntas como her­manas y habían abandonado la idea del casamiento exteriormente pero no en "mente". Un día la mayor de ellas "puso el ojo" en alguien que creyó la podría quitar perfectamente bien y pronto el mote de "solterona" y lo hizo caer en sus bien preparadas redes. Las otras dos solteras se sintieron de pronto abandonadas por su aban­derada y la amistad se enfrió bas­tante entre ellas. El trío se desin­tegró. Pronto la madre de ella ur­gió al pretendiente que el matri­monio se efectuara "lo más pronto posible" "no había tiempo que perder" y de buenas ganas los hu­biera casado a la semana de haber­se declarado el joven iluso. Se hi­cieron los preparativos de rigor, se casaron con bombo y rumbo co­mo dicen algunos, hicieron el acostumbrado paseo de "luna de miel" y al regreso, la cordera que no levantaba los ojos por lo vergonzosa que era, no sólo que los alzó sino que los sacó y con ellos enseñó las uñas y los dientes a su joven esposo y la soñada mujercita hogareña resultó una haragana que no salía de la casa de su madre -de donde salía tan aburri­da para ir a formar su propio ho­gar- dejando su casa sucia desarre­glada y viniendo a ella antes que el esposo llegara a cenar, para enton­ces a hacer camas y preparar el ali­mento para el cansado esposo. Cinco meses después que se hubie­ra casado, solicitaba ella el divor­cio por incompatibilidad de carac­teres, alegando que era demasiado "tierna" para soportar la carga que da el matrimonio.
¡Cuan mejor hubiera sido que ambos hubieran permanecido sol­teros! A ella le llevó al matrimonio el deseo de "dejar de ser soltero­na". El corazón no intervino en ese matrimonio y mucho menos la voluntad de Dios. A él, el deseo que todo hombre tiene de formar un hogar feliz. Joven, señorita, si no anda usted con tantas prisas, recuerde que el Señor le tiene pre­parado el hombre que le conviene y viceversa. Si los jóvenes se deci­den a permanecer en la voluntad de Dios, Dios obrará en sus vidas a este respecto según le convenga. El obra de una manera maravillosa para hacer lo ¡imposible!
La idea de escoger esposa cuyo cutis y color de cabello sean opuestos al suyo para ser eterna­mente felices es uno de los errores mayores. Tengan presente que las rubias y las morenas se enojan del mismo modo y corren más que vuelan a las Cortes de Justicia para solicitar el divorcio. Vivan tan cer­ca de Dios que sepan cual es Su voluntad al escoger compañera no importa que el color del cabello o los ojos no sea el que ustedes so­ñaron. Si dejan de pedir la ayuda divina en este asunto mucha aflic­ción y desilusión les perseguirá en su jornada matrimonial por toda la vida. Dejen que el amor verdadero en ambos contrayentes alumbrado por la gloria de Dios y no la pre­sunción ni cualquiera otro motivo sean los que den la prueba final a este acto de escoger esposa.
Jóvenes predicadores, recuerden que sus vidas son para el servicio de Dios y que pueden arruinarse para siempre casándose con aque­lla joven que Dios no quiere. Oren mucho antes de casarse.
El divorcio es una abominación ante el Señor. Jesús dijo a los que le preguntaban si era o no legal que el hombre dejara a su mujer, que Moisés lo había permitido en su tiempo por la dureza de sus co­razones, pero que en el principio de la creación Dios lo hizo hombre y mujer y sería dos en una sola carne. Pues lo que Dios juntó no lo aparte el hombre; pero que tris­te es que el romper lo sagrado del lazo matrimonial es uno de los pe­cados de nuestros días, ¡Los últi­mos días!
El matrimonio a prueba es una de las ideas más viles y asquerosas que Satán ha plantado en la mente de la humanidad. Una joven naci­da en un hogar honorable, después de haberse graduado en una Uni­versidad renombrada volvió al ho­gar informando a sus padres que sus ideas habían cambiado mucho. Que para ella la Biblia no tenía im­portancia alguna y que ahora creía en el "matrimonio a prueba y en el amor libre"; que no solamente aprobaba esas nuevas ideas sino que las había estado practicando, ¿qué será lo que espera a gente tal?
Jóvenes y señoritas, ante uste­des se abre una vida de utilidad y felicidad si están dentro de la vo­luntad de Dios. En cuanto el que esto escribe puede testificar que Dios le ha dado una de las mejores compañeras en el mundo. Siem­pre me ha secundado en mis pla­nes a través de los años y ha sido una verdadera ayuda. Mucho he ayudado en el servicio del Señor aunque tan insignificante soy. JOVENES, ESCUCHEN LA VOZ DE DIOS AL ESCOGER SUS COM­PAÑEROS EN LA VIDA y no la apariencia que vean sus ojos o los consejos de los malos intenciona­dos amigos, aunque éstos sean cristianos.
(Sendas de Luz,  Enero-Febrero 1987)

sábado, 9 de abril de 2011

Pensamientos

La humildad no impide la firmeza; muy al contrario, nos hace obedientes, y no hay nada que sea más firme que la obediencia.

Anónimo.

En la vida de un cristiano lo más importante es aquello que no se ve.

Anónimo.

Balaam quiere ir cuando Dios se lo prohíbe. Jonás no quiere ir cuando Dios lo envía. La carne actúa siempre a destiempo.

Anónimo.

Somos enviados al mundo sólo en la medida en que podamos dar testimonio de Cristo. Es posible que no tengamos que dar nada más que un pequeño testimonio, pero ese pequeño testimonio es todo aquello para lo cual hemos sido enviados a este mundo.

Anónimo.


La Adoración

Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él (Jesús), sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre” (Hebreos 13:15).



 La adoración consiste en celebrar a Dios, exaltando sus diversas glorias. A través de la oración, nos acercamos a él para pedir lo que se refiere nuestras necesidades del momento. Mientras que, como adoradores, no sólo nos reunimos para ofrecerle nuestra gratitud sino también para proclamar su poder, su santidad, su amor y glorificar la excelencia de su Hijo amado.
Jesús anunció en Juan 4:23 y 24: “La hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad”: “en espíritu”, no más con sacrificios materiales e incienso, sino con alabanzas; “en verdad”, según el pensamiento de Dios que el Espíritu Santo revela a los creyentes por medio de la Biblia.
La adoración individual, por más importante y bendecida que sea, no es lo único que Dios desea. El culto que el Padre quiere sólo puede ser realizado por verdaderos creyentes —miembros del Cuerpo de Cristo, todos salvos por gracia— reunidos por el poder del Espíritu Santo. Allí es donde se encuentra la bendición, ya que el Señor mismo está presente (Mateo 18:20); él entona la alabanza (Hebreos 2:12). Es la anticipación de la adoración eterna, cuyo tema será “el Cordero de Dios” en la Casa del Padre, sin debilidad, sin fatiga ni notas discordantes, ya que todo lo tocante a la tierra habrá terminado                               
(La Buena Semilla)