sábado, 3 de agosto de 2013

La ley del Leproso y su purificación.

PRESENTACION A JEHOVA
El octavo día
"Y el octavo día tomará dos corderos sin defecto, y una cordera de un año sin tacha, y tres décimas de efa de flor de harina para ofrenda, amasada con aceite, y un log de aceite. Y el sacerdote que le purifica, pre­sentará delante de Jehová al que se ha de limpiar con aquellas cosas, a la puerta del tabernáculo de reunión" (vers. 10-11).
Ese octavo día tan ardientemente esperado llegó al fin; los siete días han pasado, sus vicisitudes desvane­cidas; podrá ahora volver a su casa, regocijando al feliz círculo familiar donde todo es paz, alegría y amor; la que para nosotros es figura de la casa paterna celestial.
En el capítulo 23 del Levítico, versículos 11, 15 y 16, el octavo día ostenta un significado especial; no se lo designa como el primer día de la semana según Juan 20,1, sino "como el día que sigue al sábado"» El texto lo establece como festivo y menciona también las ofren­das que se debían aportar a Jehová: una gavilla que el sacerdote debía mecer (vers. 11); dos panes amasados con levadura y el sacrificio que los acompañaba (vers. 16). La primera ofrenda, la gavilla, primicias de la mies, representa a Cristo resucitado (1. Corintios 15,20); la segunda, los dos panes amasados con levadura, es figu­ra de los judíos y gentiles convertidos, ofrecidos a Dios en el día de Pentecostés, por el poder del sacrificio de Cristo (Hechos 2,1). En los versículos 36 y 39 del capí­tulo 23 del Levítico, el día que sigue al sábado es lla­mado el octavo día; figura a su vez un nuevo principio, una eternidad de gozo y paz, cuando todos los frutos de la obra de Cristo serán recogidos, día en que Dios haya hecho nuevas todas las cosas (Apocalipsis 21, 5)»
Ese octavo día es pues el comienzo de una nueva vida para el leproso que nos ocupa: los lavacros con agua y la rasura ya no son más necesarios y nunca más estará ausente de su casa; además esta nueva vida em­pieza con adoración en la presencia de Jehová. Tenien­do ahora a mano cada una de las ofrendas prescriptas que representan, con mayor amplitud que las dos ave­cillas, los diferentes aspectos del gran sacrificio de Cris­to, y el log de aceite que simboliza el Espíritu Santo, este hombre es conducido por el sacerdote al umbral del santuario de Dios para ser presentado allí. En virtud de estas ofrendas, el leproso, poco ha tan lejos, se acerca a Dios, muy cerca, como ningún israelita podía estarlo jamás, salvo los sacerdotes y levitas.
¡No me canso de contemplar esta escena! ¡Feliz e inefable lugar, posición bendita, estar en el santuario del mismo Dios! Mas oíd, este lugar es el vuestro, el de cada creyente: "a vosotros también que erais extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por me­dio de la muerte para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él" (Colosenses 1,21). "Ex­traño y enemigo" designa exactamente al pecador per­dido; "santo y sin mancha" lo designa ahora siendo re­conciliado y limpiado por medio de la muerte de un Cristo resucitado y por El traído allí, en la presencia de Dios; el hombre, su criatura, es recuperado y goza de una posición mucho más excelente aún que la del mismo Edén.
Sabéis que son solamente personas privilegiadas y de alto rango las que tienen acceso ante las cortes rea­les, pero tú y yo, lector cristiano, tenemos la maravi­llosa y bendita perspectiva de ser presentados ante la corte del Rey de los reyes, perspectiva cuyos anticipos podemos disfrutar ya... ¡Qué inefable dulzura tiene para mí esta expresión; "el sacerdote que hace la purifi­cación presentará al hombre delante de Jehová"! No se­rá un extraño quien me presentará a mí ante la presen­cia de Dios, sino el mismo que me ha vuelto limpio. Aquel que conocí y amé largo tiempo aquí abajo: "por­que el Señor mismo con voz de mando, con voz de ar­cángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo... para presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría" (1. Tesalonicenses 4,16; Judas 24). ¿Po­dré tener temor alguno si es El quien me presentará al Padre? ¡Ah, no! es su mano, su misma bendita mano perforada por mí que me ha conducido durante todos los años de mi peregrinación aquí, la que me llevará a los atrios de gloria celestial.
Una noche teníamos un estudio bíblico sobre la pri­mera epístola de Pedro, y al llegar al versículo 11 del capítulo 2, alguien se volvió hacia el hermano Tchang, un viejo creyente chino, y le preguntó:
—  Hermano Tchang, ¿cómo es que el apóstol Pe­dro dice: "yo os ruego como a extranjeros y peregri­nos..." en tanto que el apóstol Pablo escribe: "vos­otros no sois más extranjeros y peregrinos"?
El hermano Tchang permaneció un momento muy indeciso; y para ir en su ayuda, se le hizo otra pre­gunta:
—  ¿Es usted, hermano Tchang, un extranjero en la tierra?
—    Sí, respondió, aun mi propia familia me conoce apenas.
—  Y cuando usted se encuentre cara a cara con el Señor, ¿será un extranjero para El?
—  ¡Oh, no!, respondió, con una sonrisa que le ilu­minó el rostro, Él es mi mejor amigo; ¡le conozco hace más de cuarenta años!

El día de mañana no esté quizás aquí,
La vecindad mundana no más sabrá de mí;
Más yo habré llegado al celestial lugar,
Y agasajado por Dios en mi hogar.

Cuanto mejor hayamos vivido como extranjeros en la tierra, tanto más nos gozaremos allá arriba; cuanto menos hayamos vivido conforme a este mundo, menos extranjeros nos sentiremos en la casa del Padre. ¿Nos imaginamos la alegría y la gloria de un momento tal? Más, ¿qué será la nuestra comparada a la del Señor?
Posiblemente estamos, tú y yo, lector, muy satisfe­chos de haber escapado al castigo debido a nuestros pe­cados... Estaríamos contentos de tener un lugarcito en la puerta de entrada del cielo... mas eso es muy poco para el Señor; este límite no puede satisfacer su corazón. ¿No nos dan una pequeña idea de cuál será su ale­gría el día de la presentación de los suyos, las palabras de la epístola de Judas: "aquel que es poderoso para guardaros sin caída y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría..."? A la grande tristeza con que su alma ha sido agobiada hasta la muerte en el día de la cruz, responderá entonces para él una grande alegría, "un gozo inefable y glorificado" (1. Pedro 1,8). Muy gozoso el buen Pastor llevó sobre sus hombros a la oveja perdida: a lo largo del viaje hacia la morada ce­lestial, la condujo con la pericia de sus manos; y bien puede ahora "al llegar a casa", presentar con gran gozo ante el cielo el trofeo de su gracia. El que fue a sem­brar con lágrimas, volverá con regocijo llevando sus gavillas (Salmo 126,6).
Mas, ¿cómo puede presentar irreprochable ante su gloria a un ser que estaba tan lejos de la perfección? He aquí la respuesta: "tomará el sacerdote dos corderos sin defecto, y una cordera de un año sin tacha" (vers. 10). Es pues en virtud de este triple sacrificio sin mancha que el sacerdote presenta a Jehová al que se purifica; notad además que cuando cada uno de esos corderos es ofrecido, el texto dice: "el sacerdote hará propiciación por él" (vers. 18.20). La palabra propiciación significa cubrir: el leproso que es presentado aquí ante Jehová, está cubierto por la perfección de cada uno de estos tres corderos: el de la culpa, el del pecado y el holocausto; ni un solo defecto, ni una sola mancha puede hallarse sobre ese hombre. Si el leproso se hubiera imaginado presentarse prescindiendo de estas ofrendas, jamás Dios lo hubiera recibido; mas, identificado con ellas, lo que antes era abominable aun en la presencia de sus seme­jantes, en la presencia de Dios es aceptable en la virtud del sacrificio. Además, notémoslo bien, por indispensa­bles que hayan sido el agua y la navaja, no es esto lo que hace acepto al leproso ante la inmaculada santidad de la morada de Dios, sino sólo la sangre y la excelen­cia del sacrificio ofrecido.
            Y para nosotros que estábamos fuera de la presen­cia de Dios, es lo mismo: hemos sido hechos cercanos por la sangre de Cristo, y aceptos en la perfección del muy-amado (Efesios 2,13; 1,6). Dios nos ve a cada uno de nosotros en toda la excelencia y la justicia que re­presenta esta triple ofrenda: Cristo, sacrificio por la culpa, sacrificio por el pecado y el holocausto; la que a su vez es inseparable de la ofrenda de flor de harina amasada con aceite, la que representa su vida sin de­fecto aquí abajo por el poder del Espíritu Santo.

El cordero del sacrificio por la culpa
"Y tomará el sacerdote el un cordero, y ofrecerlo por la culpa, con el log de aceite, y lo mecerá como ofrenda mecida delante de Jehová; y degollará el cor­dero en el lugar donde degüellan la víctima por el pe­cado y el holocausto, en el lugar del santuario..." (vs. 12-13).
¡Qué profunda satisfacción debía ser la de Dios viendo al pobre leproso con el cordero del sacrificio por la culpa! ¿No veía ya "su propio cordero", el que iba a dar por el pecado del mundo? (Juan 1,29); es por esta razón que el sacerdote, antes de degollarlo, debía mecer o remolinar la víctima para mostrar todos los aspectos de la perfección de su Hijo: son los que vemos ya a tra­vés de todos los tipos del Antiguo Testamento y de ma­nera real en los Evangelios. Al mismo tiempo el sacer­dote presentaba el log de aceite, símbolo del Espíritu Santo en cuya virtud Cristo se ofreció a Dios sin man­cha (Hebreos 9,14).
"Y degollará el cordero en el lugar donde se de­güella el sacrificio por el pecado y el holocausto..." Es este sacrificio por la culpa que el Espíritu de Dios nos presenta en primer lugar y sobre el cual hace énfasis; comprendemos pues por esto que la lepra no está consi­derada solamente como una mancha o una enfermedad, sino como una culpa hacia la santidad de Jehová, la cual necesita el sacrificio que le corresponde. Debemos realizar que no solamente estamos manchados por el pe­cado original, sino que somos manchados por cada uno de nuestros pecados... cada uno de nuestros "tumores", cada una de nuestras "costras", cada una de nuestras "manchas lustrosas". . . todos frutos de la "raíz del pe­cado" en nosotros. Es imprescindible ser convictos de pecado para que se pueda decir como David lo dijera en el Salmo 51: "contra ti, contra ti sólo he pecado"; el desgraciado hijo pródigo se siente agobiado bajo esta convicción cuando exclama: "he pecado contra el cielo y contra ti" (Lucas 15,21).
Los diferentes casos de lepra mencionados en el An­tiguo Testamento nos muestran que esta enfermedad era permitida por Dios como castigo contra el pecado cometido por uno de su pueblo: María, la hermana de Moisés (Números 12,10); Giezi, el siervo de Elíseo (2. Reyes 5,27); el rey Uzías (2. Crónicas 26,19-21), son ejemplos patentes; y en el caso de Giezi la lepra debía permanecer unida a su descendencia para siempre. De­bemos hacer excepción, desde luego, para Naamán el sirio (2. Reyes 5), su lepra no implica un castigo de Dios, ya que este hombre no pertenecía a su pueblo. Si como estos ejemplos lo demuestran, Dios se servía de la lepra para castigar un delito cometido, el sacrificio de la culpa era indispensable para expiarlo. El cordero ofrecido por la culpa pertenecía al sacerdote y por con­siguiente lo debía comer; y al comerlo hacía suyo el delito del culpable. ¡Gracia maravillosa! Es exactamente lo que hizo nuestro gran Sacerdote: hizo suyos nues­tros pecados, los llevó a todos en su cuerpo sobre el ma­dero... (1. Pedro 2,24).
La diferencia que hay entre este sacrificio por el delito y el cordero por el pecado es importante a discer­nir: el primero presenta a Cristo llevando nuestros de­litos, sufriendo por cada uno de ellos; el segundo es fi­gura de Cristo "hecho pecado por nosotros" (2. Corin­tios 5,21); en El, la raíz que ha producido todos nues­tros pecados, "el viejo hombre" adámico, ha sido con­denado y juzgado en la cruz.
"Y el sacerdote tomará de la sangre de la víctima por la culpa, y la pondrá sobre el lóbulo de la oreja derecha del que se purifica, sobre el pulgar de su mano derecha, y sobre el pulgar de su pie derecho" (vers. 14).
La sangre del sacrificio por la culpa que ha borrado todas nuestras transgresiones marca ahora la oreja, la mano y el pie del pecador purificado; esta sangre es, por así decirlo, la insignia que llevan todos los que penetran en los atrios de la gloria. No se encontrará allí uno que no quiera afirmar que su ser entero, desde la cabeza has­ta los pies, debió ser purificado por esa preciosa sangre; ¡gracia infinita! Aquel cuyos pies han sido perforados se inclina ahora para marcar con su propia sangre los de cada nuevo discípulo y se baja para lavarlos cada vez que han contraído una impureza en su caminar; Aquel cuyas manos llevarán por la eternidad las mar­cas de los clavos que las perforaron, pone también so­bre mis manos la señal de las manos que las rescataron; Aquel cuyo "parecer fue desfigurado más que la de los hijos de los hombres", cuya corona de espinas hizo bro­tar sangre de sus sienes, es quien pone ahora sobre mi oreja esa sangre que atestigua que yo soy de Él, su propiedad para siempre.
A medida que vemos entrar estas huestes numero­sas de rescatados por los umbrales celestiales descubri­mos que cada uno está marcado de la misma manera, y cada uno se une a los acentos del cántico nuevo: "al que nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre... a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos, amén" (Apocalipsis 1,5; 5,9).

Los Seis Milagros del calvario

EL TEMBLOR MILAGROSO
Y la tierra tembló, y las piedras se hendieron. —Mateo 27:51
Este tercer milagro del Calvario tiene -^un significado propio como un eslabón en la cadena maravillosa. No fue solamente la causa de lo que siguió—la apertura de las tumbas—sino que fue en sí misma una señal de gran alcance y poder. A igual que las tinieblas, el rasgamiento del velo y la apertura de las tumbas, fue una expresión sobrenatural por la cual Dios dio a conocer la importancia de la muerte de Jesucristo y a la vez fijó para siempre su fiel interpretación.

I.                   consideremos los hechos
En primer lugar, veamos el relato: "Mas Je­sús, habiendo otra vez exclamado con gran voz, dio el espíritu. Y he aquí, el velo del templo se rompió en dos, de alto a bajo: y la tierra tembló, y las piedras se hendieron."
El temblor de tierra tuvo lugar en el mis­mo instante de la muerte de Cristo, y siguió al fuerte clamor de victoria. Su muerte fue su victoria, y al poder de esa verdad dio su testimonio el temblor de la tierra.

la fuerza de la conmoción
Tampoco era un testimonio débil. La fuer­za de la conmoción se ve en que las rocas fue­ron hendidas. Aunque esa hendidura hubiese sido trivial, sería una evidencia de la fuerza del temblor. Por el contrario, sin embargo, las rocas fueron hendidas, no simplemente ra­jadas con unas grietas casi imperceptibles, sino que fueron sacudidas tan violentamente que abrieron enormes fisuras de tal modo que el interior de las tumbas que abundaban al­rededor del Gólgota quedó visible. No fue un temblor de escasa magnitud. Por lo tanto se nos relata que cuando los romanos que esta­ban presenciando la crucifixión vieron el tem­blor, "temieron en gran manera."
Y fue así el resultado del clamor de victoria del Salvador proporcionado a la grandeza de su causa, un acompañamiento expresivo a la muerte de cuyo poder atestiguaba.

extensión de la convulsión
No se nos indica cuál fue la extensión del temblor. La palabra "tierra" puede significar sólo una región y referirse únicamente a la re­gión de Judea. Y aun de toda esa tierra, sería en las cercanías del Calvario que sentirían el temblor con más intensidad, debido a que se encontraba allí la causa de él. Allí debajo de la cruz, de cuya victoria estaba testificando, la tierra temblaría más.

prueba del hecho
No nos interesa mayormente lo que dicen ciertos autores profanos con respecto a este temblor, porque ¿cuál de estos escritores anti­guos se encontraría en las proximidades de ese lugar tan maravilloso del Calvario? O si lo presenciaron, o tuvieron noticias acerca de él, ¿reconocerían su conexión con la obra de Cristo, siendo movidos a considerarlo entre la larga lista de temblores dignos de ser mencio­nados?
Nos basta con que Mateo lo haya menciona­do y lo haya hecho con un desafío a los testi­gos de la crucifixión. También la armonía interna, en la cual esta mención del temblor mantiene su lugar en la historia, lo demuestra como parte integrante de ella y presenta como evidencia las pruebas de cualquiera de los hechos de esta serie maravillosa. Como alguien ha dicho: "Tampoco sería correcto rechazar por completo el testimonio de los viajeros sobre las extraordinarias rajaduras y fisuras que existen en las rocas del lugar." Sigue diciendo, "Por supuesto que aquellos que no conocen otras pruebas de la verdad histórica del hecho no aceptarán a ésta, pero para nosotros que estamos convencidos del hecho, cada rastro serena y honestamente establecido está lleno de interés."
II.                la naturaleza del hecho
            Hasta aquí la relación del hecho. Ahora podemos preguntar, ¿cómo debemos conside­rarlo? Lo hemos llamado sobrenatural y nos hemos referido a él como milagroso. Pero, ¿no son hechos frecuentes estos temblores? En­tonces, ¿por qué debemos considerarlo como tal?
Un hecho sobrenatural es aquel producido por la intervención de Dios. Pero las interven­ciones de Dios muchas veces obran de acuerdo con las leyes de la naturaleza ya establecidas, como cuando, en respuesta a la oración, Él manda la lluvia. Tal hecho es sobrenatural aunque no sea milagroso. Hay una interven­ción específica de Dios en tal hecho, pero al mismo tiempo El utiliza las fuerzas que ya están obrando en la naturaleza.
Un hecho milagroso, sin embargo, es aquel que, si bien es producido por la intervención de Dios, no es ocasionado por su empleo del orden preestablecido de la naturaleza. Es cau­sado única y exclusivamente por un acto de su voluntad, como cuando tornó el agua en vino.

sobrenatural y milagroso
Decimos que este temblor no sólo fue sobre­natural, sino también "no-natural"—esto es, milagroso. Era sobrenatural en que fue el resultado de la intervención de Dios, y "no- natural," dado que no se debió a ninguna de las causas naturales que producen los temblores ni ninguna combinación de ellas. La inter­vención de Dios era independiente del orden establecido y solamente por un acto de su voluntad fue sacudida la tierra.

cuatro coincidencias
Como prueba de lo que antecede, considere­mos las grandes coincidencias del hecho del temblor. Primero, coincidió con la muerte de Jesucristo. Por sus relatos los evangelistas nos dan a entender que no hubiera sucedido sino acompañando a su muerte.
Segundo, coincidió con la evidencia de las tinieblas milagrosas y el rasgamiento del velo también milagroso. Formaba parte del con­junto de maravillas y debe ser considerado como uno de ellos.
Tercero, coincidió con el clamor de victoria de la cruz. No fueron los fuegos inter­nos de la tierra, sino una voz sobre la tierra que causó el temblor: la voz que anunciaba la redención cumplida—la voz del que había completado su obra e iba a su descanso.

¡la cruz no fue movida!
En cuarto lugar, coincidió con el hendir de las rocas y la apertura de las tumbas. Y es extraño, que a pesar de su violencia, no afectó  a las demás cosas.
No movió la cruz del Salvador, aunque el mismo Calvario tembló. Abrió tumbas, pero no todas las tumbas que estaban allí; sino que solamente algunas especiales, las tumbas 1 de los santos.
Pareciera como si el temblor fuera una cosa viva, cuya inteligencia divina escogiera entre los muertos que estaban en el Gólgota, Pareciera entender el significado del clamor de victoria. Pareciera indicar el programa que debía seguir y anunciar de antemano la vic­toria del Salvador a favor de sus santos, por medio de su resurrección al tercer día. Así era una especie de compendio de todos los milagros.
Ahora, debido a todas estas coincidencias, se ve bien claro que el temblor en el Calvario no fue debido a causas naturales. Por el con­trario, es como si hubiera sido cambiado el cur­so de la naturaleza; pero sólo y exclusivamente por un acto de Dios y debido al servicio espe­cial que le había sido impuesto a Cristo sobre la cruz.

III.             el testimonio dado
Y ahora nos resta preguntar cuál fue el testimonio especial del temblor a la muerte de Jesucristo.
            De que tenía una función especial de testigo es evidente. Es verdad que tenía que coadyu­var en la serie de milagros pues debía abrir los sepulcros. Pero esa no podía ser la única razón para el temblor, porque el clamor victorioso de la cruz que lo precedió tam­bién fue un antecedente esencial a la aper­tura de los sepulcros. Si el temblor no tuvo una función propia de testimonio, este aconte­cimiento fue un derroche de milagros, un tra­bajo malgastado, que no condice con el proce­der de Dios. La narración del evangelista no produce tal impresión. Por el contrario, el lector se ve obligado a pensar en cada uno de los milagros en referencia a su propia coinci­dencia expresa con la muerte de Cristo.

el calvario contesta al Sinaí
¿Qué pasó con los que presenciaron el tem­blor? ¿Lo perdieron de vista al abrirse los sepulcros? No, pues ellos no sabían en ese momento la razón de la apertura de los sepul­cros, y lo podían haber considerado solamente como una prueba de la violencia de la sacudida. Por lo tanto, el temblor ejerció sobre ellos un efecto moral propio. Fue una señal en sí mis­mo.
¿Cuál fue, entonces, su testimonio particu­lar?
Primeramente, era el Calvario que contesta­ba al Sinaí. Hubo un temblor en Sinaí; ahora había un temblor en el Calvario, y la ira del primero era apaciguada en la misericordia del segundo.

¿por qué se dieron las leyes en el Sinaí?
En el Sinaí Dios instituyó la dispensación de la ley. Por supuesto que la obligación y el deber habían existido antes, pero Dios dio en el Sinaí su ley verbal en reconocimiento de la responsabilidad y deber ya existentes. Lo hizo a fin de que pudiera recordar estas cosas al pueblo y edificar una defensa de santidad alrededor de ellos.              
La ley tal como fue dada en el Sinaí mostró la gran pecaminosidad del pecado. El pecado humano había existido antes, pero las pala­bras del Sinaí lo hicieron destacar ante los hom­bres, quitando todos los disfraces, presentán­dolo tal cual es, el pecado terriblemente pe­caminoso, la negrura de las tinieblas eternas.

el significado de los terrores
En efecto, ¡con qué terrores visibles se vistió el terrible Guardián de la verdad y la justicia cuando descendió sobre el Sinaí! "Vinieron truenos y relámpagos, y espesa nube sobre el monte, y sonido de bocina muy fuerte; y es­tremecióse todo el pueblo que estaba en el real. Y todo el monte de Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo de él subía como el humo de un hor­no."
Al afectar las sensibilidades de los hombres, deseaba hacer más vivido su entendimiento, y por los terrores vistos y oídos Proyectar sobre los pensamientos humanos las sombras de esos terrores más horribles y repelentes del alma y de la conciencia.
Y así se indicaba que el pecado es una carga tan pesada, tan enteramente el objeto de la destrucción abrumadora de Dios, que es im­posible al hombre librarse de él por sus pro­pios medios. Está destituido y arruinado. Por­que "¿quién permanecerá delante de su ira? ¿y quién quedará en pie en el furor de su enojo? Su ira se derrama como fuego, y por él se hienden las peñas."

una profecía de gracia
Esta terrible escena tuvo lugar a fin de que los hombres comprendieran esta enseñanza acerca del pecado. Además, estos terrores Sinaí ticos eran tan solamente un ensayo; no eran el castigo final, y por lo tanto fueron para la instrucción y advertencia del pecador para hacer que naciera en él un deseo de ser salvo. Los terrores del Sinaí fueron una pro­fecía, dando a entender que el gran Guardián de la verdad y justicia se interpondría para hacer por nosotros lo que estábamos imposi­bilitados de hacer.
            En este sentido, el Sinaí fue el precursor del Calvario. Y así, "venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, hecho eje mujer, hecho súbdito a la ley, para que redimiese a los que estaban debajo de la ley." Cristo murió por nosotros. Llevó por nosotros el terrible peso de nuestros pecados y soportó esos horro­res de los cuales eran tan sólo una figura los terrores que se manifestaron al ser entregada la ley.                                              

el calvario absorbió al Sinaí
El Calvario absorbió en sí al fogoso Sinaí. Por medio de esas tinieblas que agotaron la luz del día, y que hicieron que los hombres se llenaran de temor, y por ese clamor de sufri­miento que penetró los cielos oscurecidos, y cuya angustia era tan profunda que sólo podía haber sido pronunciado por el Hijo de Dios, se hizo manifiesto aun a los sentidos humanos que esta última escena era la más terrible y poderosa de las dos.

la obra terminada
Pero, por fin, las tinieblas pasaron y con­cluyeron los sufrimientos. Consumada fue la obra que hizo posible que Dios fuera justo y a la vez el que justifica al que cree en Jesús. Los grandes terrores del Calvario, en los cuales habían sido sumidos los terrores menores del Sinaí, eran ahora envueltos en las dulces mise­ricordias del Calvario. El clamor de victoria del Calvario fue oído en lugar del sonido de la trompeta de ira del Sinaí.
El Sinaí fue la profecía del Calvario; el Calvario fue el cumplimiento del Sinaí. El J Sinaí era la desdicha y ruina del pecador; el Calvario el restablecimiento y bendición del pecador. El Sinaí era la inexorable voz con­denadora de Dios; el Calvario, la voz paternal i del Dios de perdón y paz.

gozo en lugar de dolor
Ahora, por lo tanto, ya que el temblor de tierra daba testimonio de las enseñanzas del Sinaí, así también manifestó la realidad de las enseñanzas del Calvario. Como en el pri­mer caso la tierra tembló como convulsionada por el dolor, así en el último la tierra tembló como convulsionada por el gozo. Esta nos de­muestra que la misericordia del Calvario era tan poderosa como la venganza del Sinaí. Un temblor fue la respuesta al otro. Y entre tanto, los dos nos enseñan a decir, "La misericordia y la verdad se encontraron: la justicia y la paz se besaron."

IV.     la porción de la creación en la victoria
El temblor dio un segundo testimonio a la muerte de Cristo. Fue la impresión hecha por la obra redentora sobre la creación física. Jesu­cristo lanzó su clamor al consumar su obra, y he aquí la tierra tembló. Este hecho tiene su significado. Fue la expresión de la creación de su parte en la victoria lograda. ¿Por qué no sería afectada la tierra por lo que Cristo llevó a cabo en la cruz? ¿No fue el pecado del hombre lo que trajo la maldición sobre la tie­rra? Espinos y cardos, tiempos inclementes, el sudor del trabajo, la ferocidad de las bestias salvajes y todos los incontables antagonismos de la naturaleza son huellas del pecado huma­no. Si, por lo tanto, la redención es tan real como el pecado del hombre, ¿no debe la tierra sentir sus efectos?
En verdad pareciera como si el hombre y la tierra fueran un solo organismo vital, y la ciencia de la geografía física una expresión sistemática de la simpatía entre los dos: de su acción y reacción el uno sobre el otro. ¿Es po­sible creer que un cambio tan grande en el estado del hombre como es su redención po­dría llevarse a cabo sin que la creación tuviera su porción en él? Y si tuvo una parte en ella, ¿por qué callarlo?

gloria milenial
Y cuando recordamos lo que las Escrituras dicen acerca de la futura regeneración de la tierra—una regeneración física que será la contraparte de la gloria moral del mundo ba­jo el reinado de Cristo—no podemos dejar de ver que en el temblor del Calvario tenemos no solamente una prenda, sino la seguridad del cumplimiento de esas profecías.
Al referirnos al temblor, dijimos que la tie­rra tembló de gozo. Por supuesto que esto es figurativo; pero sin embargo no es un simple concepto retórico. Existe un fundamento bas­tante sólido para el empleo de esta figura y ello tiene su explicación. En la carta a los Romanos Pablo nos dice "que toda la creación gime a una, y a una está de parto hasta ahora," y agrega, "porque el continuo anhelar de las criaturas espera la manifestación de los hijos de Dios; que también las mismas criaturas se­rán libradas de la servidumbre de corrupción en la libertad gloriosa de los hijos de Dios." Hasta atribuye a la creación el sentir de la "esperanza." Por lo tanto, tenemos la autori­dad de Pablo para representar al temblor de la tierra como un goce anticipado de las ben­diciones del milenio que le están reservadas, cuando "todos los árboles del campo darán palmadas de aplauso," cuando "la luz de la luna será como la luz del sol y la luz del sol siete veces mayor, como la luz de siete días." La luz solar tal cual la tierra nunca conoció, Llenará estos cielos de alegría, sonrisas y hermosura; Borrando de sus rostros las arrugas tristes Impresas por la maldición.
Sí, en un temblor de gozo, la creación anti­cipó su propia regeneración, aunque todavía, en verdad,
La creación entera gime
Y   espera oír esa voz
Que le devolverá su hermosura
Y  hará que sus lugares desolados rejuvenezcan.
Ven, Señor, y quita
La maldición, el pecado, la mancha,
Y  haz de nuestro mundo marchito
Tu mundo hermoso nuevamente.

Ven, pues, Señor Jesús, ven.

Discipulado: Yo Primero

Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio. Mateo 23:26
Nos gustaría pensar acerca de dos cosas que ya hemos mencionado en los primeros capítulos. ¿Es posible que una persona conozca a Jesucristo como su Salvador, pero que no le sirva como su Señor? Es posible. Debemos ser cuidadosos y enseñar a la gente que Jesús es tanto Señor como Salvador. Un joven fue guiado a Cristo pero no le explicaron que él debía obedecer a Cristo también. Aceptó a Cristo como su Salvador, y Dios lo salvó, pero él no tuvo paz en su corazón hasta que aprendió a obedecer a Cristo como su Señor, bastante tiempo más tarde. Los que le guiaron a Jesús han debido explicarle lo que debe hacer después de ser salvo. Pablo experimentó esto cuando el Señor Jesús se le apareció en el camino a Damasco, Hecho 9:3-6. Él le dijo: "¿Qué debo hacer, Señor?"
No siempre explicamos claramente a la gente lo que deben hacer después de ser salvos. No siempre decimos a la gente lo que sucede cuando ellos reciben a Jesucristo en sus co­razones. Seamos más cuidadosos para explicar a la gente lo que realmente significa recibir a Cristo cuando nosotros predicamos la Palabra de Dios y conducimos a otros a Cristo.
La otra cosa que deseamos explicar es esta: Dios juzga a su pueblo. ¿Esto quiere decir que Cristo no aguantó todo el castigo por nuestros pecados sobre la cruz y que ahora Dios castiga a algunos? No, esto no es verdad. El Señor Jesús se ofreció para siempre por el sacrificio de sí mismo, Hebreos 9:26. Pero la Biblia enseña claramente que Dios gobierna su casa y que nosotros necesitamos saber cómo conducirnos en la casa de Dios, 1 Timoteo 3:15. La casa de Dios no quiere decir el edificio, quiere decir aquellos que son salvos y que pertenecen a la familia de Dios. Cuando nosotros decimos que Dios juzga a su pueblo queremos decir que Dios enseña a sus hijos. Él nos corrige y cuando cometemos un error él nos castiga. Dios quiere que sus hijos se parezcan a él y sepan lo que él quiere que hagan.
Dios castigó a Ananías y a Safira, Hechos 5:1-11. El castigó a los corintios, 1 Corintios 11:29-30. Entendamos claramente este asunto. No castigó a estos pecados, que Cristo llevó en la cruz, sino para corregir y enseñar a su pueblo. El apóstol Pablo advirtió que Dios nos juzgará a menos que nos examinemos a nosotros mismos, 1 Corintios 11:31. Dios nos castiga y esto es muy doloroso. Dios es santo y puro. Nuestro Dios es fuego consumidor, Hebreos 12:29. Estas palabras fueron escritas para creyentes, no para in- conversos, por eso dice, nuestro Dios. Dios es santo y nos dice: "sed santos porque yo soy santo" 1 Pedro 1:16. Debemos recordar que Dios es santo y puro y que debemos vivir santos y puros también.
Estamos pensando acerca de las primeras cosas en la vida de un cristiano. Limpiar el interior de la copa, Mateo 23:26. Generalmente no hacemos esto sino que pensamos primero en la parte externa. Deberíamos saber que el interior de nuestra vida está equivocado cuando hacemos equivoca­ciones. Pero el error empieza en el interior. Hay dos lados en la vida de cada persona: el interior que tiene que ver con nuestro amor a Dios. Nadie conoce este lado de nuestra vida, sino Dios. Cuando gastamos parte de nuestro tiempo con Dios, nuestra vida interior es fortalecida. También existe la parte exterior de nuestra vida que refleja nuestra vida in­terior. Nuestra vida a solas con Dios nos hace sinceros, veraces y fuertes. Nuestra vida en público, delante de la gente, muestra lo que realmente somos cuando estamos a solas con Dios. Estamos en un gran peligro si nuestra vida in­terior no concuerda con la exterior. Un hombre que vende frutas, pone generalmente las más grandes y hermosas en­cima en la canasta y esconde las pequeñas y verdes o dañadas, en el fondo. El vende la canasta de frutas porque la apariencia es agradable, pero él está engañando, no es honesto. Muchos cristianos son como este hombre. Son buenos cristianos externa pero no internamente. Ellos predi­can, oran y hablan a otros acerca de Cristo y todo parece muy bien. Pero lo que hacen no sale de sus corazones. Debemos tener mucho cuidado para que no suceda esto.
Los maestros y predicadores deben ser muy cuidadosos; ellos están en gran peligro porque dan a otros lo que reciben de Dios. Si no están aprendiendo continuamente y recibien­do nuevas fuerzas pronto estarán vacíos e inútiles. Nuestra vida interior debe concordar con la exterior. Lo contrario constituye un gran peligro para nuestra estabilidad emo­cional.
Seremos como el profeta Balaam de Números 22:24. El mismo rey de Moab opinó que Balaam era un gran profeta. Balaam dio el mensaje de Dios al rey de Moab, pero en su in­terior, en su corazón, él amaba más el dinero que a Dios. Dios le dijo que se quedara en casa cuando el rey de Moab lo llamara. Pero él fue porque quería su dinero. Balaam dio la Palabra de Dios fielmente, pero el rey de Moab se enfureció con él y no le pagó. Así, que Balaam le dijo al rey cómo podía perjudicar al pueblo de Israel, Apocalipsis 2:14. Los cristianos pueden fallar como él. Seamos cuidadosos en ser fieles en nuestra vida a solas con Dios y en nuestra vida delante de otras personas. Oímos a muchos cristianos del deseo de llevar el mensaje a otros. Esto es bueno si nuestra vida interior es fuerte y sincera.
Existe otro peligro. Podríamos ser como los leprosos de 2 Reyes 7:8-9. Ellos encontraron comida, vestidos y riqueza. Encontraron más dinero del que podrían gastar, por lo cual lo escondieron. Estaban consiguiendo cosas para sí mismos, enriqueciéndose, olvidando que otros estaban hambrientos también. Podemos gozar o disfrutar los regalos de Dios y olvidar que debemos ayudar a otros. Dios dice: "Necios, no limpies el exterior, no solamente limpies la parte que la gente ve, sino también el interior." Ambos, el interior y el exterior deben estar limpios.
Cuando lavamos la loza limpiamos la parte de adentro y la de fuera. Pero en nuestra vida cristiana existe algo más. La Biblia dice que nuestro testimonio por Cristo es sincero solamente si viene de una vida interior fortalecida. Porque las ideas que le conducen a cometer errores vienen del in­terior, del corazón del hombre, Marcos 7:21. El Señor dijo que muchas cosas malas comienzan en el corazón del hom­bre. El alimento que come una persona no le borra su pecado. Las cosas pecaminosas son primero pensamientos e ideas en nuestra mente y luego manifestaciones externas. Un hombre está hecho de sus pensamientos. Las cosas acerca de las cuales hablamos no nos hacen ni buenos ni malos. La gente juzga la bondad del hombre por las cosas que dice y que hace. Pero en realidad, el hombre es bueno o malo en su interior, ante Dios y esto se manifiesta en la parte externa de él, donde los demás pueden ver.
Algunos creyentes africanos dicen que la lengua es el final del corazón. Podemos tratar de esconder nuestros sentimien­tos, pero este pequeño final del corazón muestra lo que hay adentro tan pronto como comienza a hablar. Esto concuerda con la Biblia que dice en Proverbios 23:7, "Un hombre es tal como piensa en su corazón."
Leemos en Mateo 5:23 y 24, "Si traes tu ofrenda al altar y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda y reconcíliate primero con tu hermano y luego presenta tu ofrenda." Un hombre vino a la casa de Dios para presentar su ofrenda. Él estaba listo para orar y luego presen­tar la ofrenda. No vino descuidadamente, vino listo para presentar su ofrenda. A veces no estamos listos para dar a Dios, para hablar con Dios y para adorarle. Algunas veces venimos delante de Dios para adorarle, pero no tenemos ninguna adoración que ofrecer. Este hombre estaba listo pero de pronto se acordó que tenía algo contra su hermano. ¿Qué debía hacer? Alguien diría que adorar a Dios y luego hacer las paces con su hermano. Pero la Biblia dice lo con­trario, que debe hacer primero las paces con su hermano y luego adorar a Dios. Esto significa que debemos obrar bien con las otras personas para estar bien delante de Dios. Con frecuencia vamos a la iglesia con nuestra Biblia y nuestro himnario a adorar a Dios, pero hemos actuado mal con otras personas. Pretendemos adorar a Dios pero nuestras vidas y acciones son equivocadas. Estos son los dos lados de nuestra vida: el lado espiritual, nuestra vida delante de Dios y el otro lado, nuestra vida con otras personas. Debemos hacer lo que es correcto y hacer el bien a los demás para estar bien con Dios. Debemos ser honestos y amables con otras personas antes de adorar a Dios y dar testimonio de él.
Podemos decir: "Señor, te quiero amar verdaderamente, con todo mi corazón y me quiero entregar del todo a ti." Cuando nos damos a Dios debemos confesar lo que hemos hecho contra alguien antes de pretender vivir para Dios. Esta es la voluntad de Dios. Él nos dice que limpiemos primero lo de adentro y luego el exterior. Podemos progresar en nuestra vida con Dios cuando nuestra vida con otros es correcta.
Veamos otros dos versículos en 2 Corintios 5:14-15. Estos versículos dicen: "Porque el amor de Dios nos constriñe pen­sando que uno murió por todos. Entonces aquellos que viven no deberían vivir para sí mismos sino para aquel que murió y resucitó por ellos."
Pablo dijo que somos controlados por Cristo. Lucas usó la misma palabra cuando dijo que la multitud oprimía al Señor por todos lados, Lucas 8:42 y Pedro dijo en el versículo 45, "Señor, la multitud te aprieta." Algunas veces hemos estado en una multitud y no podemos ir a donde queremos, porque la multitud nos domina. Somos sostenidos y conducidos por la multitud. Esto es lo que Pablo quiso decir al hablar de que el amor de Cristo nos constriñe o controla. Otra traducción de la Biblia dice en estos términos: "El amor de Cristo no nos deja alternativa porque cuando vemos que un hombre murió por todos, vemos también que su propósito era que los hom­bres no debían vivir para sí mismos." Dios tiene un pro­pósito en la muerte de Cristo y lo manifiesta muy claramente. Su propósito es que los hombres no deben vivir para agradarse a sí mismos. Hemos aceptado al Salvador y a su cruz y a su muerte. ¿Hace esto alguna diferencia en nuestra vida? La Biblia dice que no vivamos para agradarnos a nosotros mismos.
Veamos ahora 2 Corintios 5:18: "Todo esto proviene de Dios." Lo cual significa nuestra salvación; nuestra nueva vida en Cristo y todo el trabajo de Dios en nosotros. Todo esto proviene de Dios quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo y nos dio la tarea de la reconciliación. Dios usó a Cristo para reconciliarnos con él y nos encomien­da la tarea de hacer que otros se reconcilien también. En el versículo 19 dice que Dios nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. En el versículo 18 dice que él nos dio la tarea de la reconciliación y en el versículo 19 que nos dio la palabra de reconciliación, esto es, el mensaje de la salvación. Así que Dios usó a Cristo para darnos la salvación. Ahora Cristo ha regresado a su Padre en el cielo y Dios nos usa para hablar a otros acerca de la salvación.
En el versículo 20 leemos: "Así que somos embajadores en nombre de Cristo. Como si Dios rogase por medio de nosotros. Os rogamos en el nombre de Cristo, reconciliaos con Dios. Dios envió a su Hijo para hacer lo que ningún ángel, ni ningún hombre podía hacer. Cristo terminó la obra de salvación, la hizo perfectamente y regresó al Padre. Luego encomendó la tarea de compartirla con otros. Dios tomó la perfecta obra de su Hijo y nos pide que la mostremos a otros. Así que tendremos que dar cuenta a Dios acerca de lo que hacemos con su mensaje de salvación.

domingo, 7 de julio de 2013

Cuando tenga escasez.

“No lo digo porque tenga escasez...” (Filipenses 4:11).


Es muy revelador el hecho que Pablo nunca dio a conocer sus necesidades financieras. Su vida era una vida de fe. Creía que Dios le había llamado a Su servicio, y estaba totalmente convencido de que el Señor cubre los gastos de aquello que manda hacer.
¿Deben los cristianos de hoy hacer públicas sus necesidades o pedir dinero? He aquí algunas consideraciones: no hay justificación bíblica para esta práctica. Los apóstoles daban a conocer las necesidades de los demás, pero nunca pidieron dinero para ellos mismos.
Parece más consistente con la vida de fe el depender sólo de Dios. Él siempre proveerá los fondos necesarios para cualquier cosa que desea que hagamos. Cuando vemos que él provee la cantidad exacta en el momento preciso, sin que nosotros hayamos dicho nada a nadie, nuestra fe es grandemente fortalecida. Y él es glorificado en gran manera cuando la provisión es indudablemente milagrosa. De otro modo, él no recibe la alabanza cuando somos nosotros los que manipulamos las finanzas con técnicas sutiles para aumentar fondos. Recurriendo a solicitudes y anuncios de las necesidades de la obra, como muchos hacen, podemos realizar obras “para Dios” que no son de ningún modo Su voluntad. O podemos perpetuar una obra después de que el Espíritu ya la ha abandonado. Pero cuando dependemos de Su provisión sobrenatural, podemos continuar solamente cuando él provee.
Pedir dinero con la presión con que hoy se practica introduce en la obra cristiana una nueva y extraña manera de medir el éxito. Aquel que es más astuto en las relaciones públicas es el que consigue más dinero. La sabiduría humana dice: “El que no llora no mama”, pero esto no es de fe. Ha llegado a ocurrir que algunas obras que en verdad son dignas salen perjudicadas porque las campañas publicitarias de ciertas organizaciones para eclesiales los desvían. Las ofrendas hacia ellos con mucha frecuencia todo esto produce celos y desunión.
C. H. Mackintosh nos ofrece el panorama sombrío que resulta cuando hacemos públicas las necesidades personales. “Dar a conocer nuestras necesidades a los hombres, directa o indirectamente, representa un abandono de la vida de fe, y una verdadera deshonra a Dios; realmente es traicionarle. Es como decir que Dios me ha fallado y que no queda otro recurso que buscar ayuda en mi prójimo. Significa abandonar la fuente viviente y volverse a una cisterna rota. Es colocar a otro entre mi alma y Dios, perdiéndome así una rica bendición, y a Dios la gloria que le es debida”.

De modo similar, Corrie Ten Boom escribió en Vagabunda por el Señor: “Preferiría ser un niño que se confía a su Padre rico, que un pordiosero en la puerta de un hombre mundano”.

COMUNIÓN PRÁCTICA ¿CUANTOS HAY EN COMUNIÓN?

¿Cuántos hay en comunión? Esta es una pregunta bastante frecuente, cuan­do uno está averiguando del estado de una congregación formada para servir de testimonio al nombre del Señor. Supongamos que la contestación sea: Hay cien miembros en comunión. Nos ponemos a examinar la lista, nombre tras nombre: Y este hermano ¿qué hace en la obra? Y esta hermana ¿qué tal es? Seguramente veremos que la lista de miembros efectivos es muy reducida en comparación con el número original de cien personas. Parece que hay muchos que no entienden bien el significado dé la palabra comunión: to­dos "como uno", unidos en un objeto definitivo, en un deseo común. Vere­mos que la compañía de creyentes se dividirá en diferentes secciones.
I.  Hay los que no se ven en las reu­niones sino muy de vez en cuando: es una ocasión notable cuando hacen acto de presencia. ¿Sabe quién estaba en la reunión esta mañana? El hermano Fulano, la hermana Mengana. ¡Qué lástima! Los tales hermanos nunca han tomado a pecho el mandato divino.
"No dejando vuestra congregación como algunos tienen por costumbre." El Señor ha fundado la iglesia, porque conoce bien las debilidades y necesida­des de la naturaleza humana. Para la generalidad de los creyentes la compañía y ayuda de los santos es del todo indispensable.
II.  Entonces, hay cierto número de hermanos que solamente se ven en la reunión para el rompimiento del pan, la Cena del Señor. Para éstos, pare­ce que la palabra comunión significa la participación de los símbolos de la muerte de nuestro Señor, una vez por mes o una vez por semana. Pero este es un error inexplicable, porque en conexión con esta fiesta de amor, el apóstol nos dice que debería hablar a los participantes de que siendo muchos somos un cuerpo; pues que todos parti­cipamos de aquel un pan (1 Corintios 10:17). Así como el cuerpo tiene que funcionar en constante armonía, sin nada de ais­lamiento de los diferentes miembros, así tienen los hermanos que trabajar juntos con entusiasmo y constancia pa­ra glorificar colectivamente a Dios.
III.            Luego hay otro grupo: los que son muy buenos en su asistencia, pero no hacen nada más. Al fin y al cabo, a pesar de la excelencia de una asis­tencia infaltable, esto no representa la suma total de la comunión. ¿Qué in­terés tomamos en la obra?

¿HACEMOS ALGO O NO HACEMOS NADA?
            Cuantas veces sucede que en una con­gregación de cien personas, todo el trabajo se lleva a cabo mediante los esfuerzos de treinta, o aún menos. Si un hermano o una hermana tiene dudas en cuanto a lo que podría hacer, siem­pre se podría preguntar a uno de los miembros más activos; pero, sobre todo, se debería poner delante del Señor en oración y seguramente recibirán contestación a sus oraciones.
IV. Además de estas deficiencias que hemos notado arriba, hay algunos hermanos que tienen verdaderas difi­cultades insalvables por la naturaleza de su trabajo. Tal vez tienen que via­jar mucho, o su horario de trabajo es muy incómodo: no pueden asistir mucho. Aun entonces pueden manifestar su interés y comunión mediante la ora­ción y su constante contribución a los fondos de la iglesia. El que sigue las direcciones dadas en 1 Corintios 16:1 siem­pre tendrá algo apartado para los usos del Señor, y naturalmente contribuirá a los fondos de la iglesia donde está en comunión. Pero hay algunos "en co­munión" que no contribuyen nada.
Para resumir: La comunión en una iglesia implica lo siguiente:
1.   Participar en la Cena del Señor.
2.   Asistir en las reuniones con toda la frecuencia posible.
3.   Tomar vivo interés en todos sus asuntos y actividades.
4.       Prestar nuestra ayuda y servicio en toda manera posible.
5.   Contribuir constantemente a los fondos.
Pero, encima de todas estas cosas, para demostrar una verdadera comu­nión con los hermanos en la fe, hay que cultivar con todo empeño.

            Este es el fundamento de toda otra co­munión; sin esto no hay empeño, acti­vidad ni contribución que valga. Si de veras tenemos comunión con Dios, todas las demás relaciones de nuestra vida se ajustarán de la mejor manera para la gloria de Dios y la bendición de nuestros hermanos.
 Sendas de Luz 1968

"Y LA VERDAD OS HARÁ LIBRES"

Estas Palabras fueron dichas por el Señor Jesús, a los religiosos de su tiempo que, orgullosos de la religión que ostentaban y de la justicia propia que pretendían, so­naron como una ofensa a sus oí­dos. Aquellos hombres cegados por su religión, no quisieron re­conocer que eran unos pobres esclavos. "Jamás hemos sido escla­vos de nadie" dijeron, pero la triste realidad era que, como pue­blo, eran esclavos de los romanos, como hombres, estaban bajo la esclavitud de sus propias pasiones, como les dice el Señor más ade­lante. "De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado".
            Es interesante comprender que el Señor Jesucristo se presentó en una época casi similar a la condición en que se encontraban sus antepa­sados en Egipto, esclavos bajo la tiranía de Faraón; pero Dios, con mano fuerte, les liberó de aquella terrible esclavitud, haciendo de ellos un pueblo libre para que le sirvieran en el desierto, un pueblo propio, apartado de las demás na­ciones de la tierra, para su Gloria. Ahora bien, sea esto dicho como una introducción a lo que desea­mos decir con respecto al pueblo de Dios en la época presente, to­mando como base las Escrituras, ya que se nos dice en Romanos 15 y verso cuatro: "PORQUE LAS CO­SAS QUE SE ESCRIBIERON ANTES, PARA NUESTRA ENSEÑANZA SE ESCRIBIERON". Y también leemos en 1 Corintios 10 y verso 6: "MAS ESTAS COSAS SUCEDIERON CO­MO EJEMPLO PARA NOSOTROS", de modo que bien podemos hacer la aplicación a nuestras vidas de creyentes.
            Leyendo en el primer capítulo de la epístola a los Gálatas y el verso 4, podemos ver algunos de los efectos que trajo a nuestras vi­das la obra sacrosanta de nuestro Salvador Jesucristo, EL CUAL SE DIO A SI MISMO POR NUESTROS PECADOS PARA LIBRARNOS DEL PRESENTE SIGLO O MUNDO MALO. Podemos observar que no fue asunto de poder solamente, como sucedió con los israelitas, sino del gran sacrificio de SU VIDA, para que nosotros disfrutáramos de la libertad de la opresión de un mundo malo. ¡Cuántas veces anulamos por así decir, esta obra, entregándonos nuevamente a la esclavitud del mundo, tomando posesión en nuestras vidas, en nuestros hoga­res, en nuestro todo! Jóvenes ama­dos: ¡Que despertemos para ver la realidad de nuestras vidas espi­rituales!
            Luego podemos ver también en la carta a los Colosenses, capítulo 1 y verso 13: "EL CUAL NOS HA LIBRADO DE LA POTESTAD DE LAS TINIEBLAS. Y TRASLADADO AL REINO DE SU AMADO HIJO". ¿Tie­ne esto significado para nosotros? ¡Qué terrible condición la nuestra antes de ser liberados! Esclavos de aquel Amo siniestro, haciendo su voluntad, sumisos obedeciéndole en todas las cosas, y, por ende, llevándonos cada día hacia la per­dición eterna. ¿No debiéramos ca­da día darle gracias por tan grande liberación? Sin embargo, nos en­tregamos muchas veces voluntaria­mente a andar por aquellas sendas tenebrosas que antes frecuentába­mos ¡unto a los demás en el desen­freno de las pasiones.
            Escribiendo el apóstol Pablo a los Romanos en su obra magistral, en el capítulo 6 y verso 18, dice: "Y LIBERTADOS DEL PECADO VINISTEIS A SER SIERVOS DE LA JUSTICIA". ¡Qué verdades comple­tamos con esto! Libertados de la tiranía del mundo, de la tiranía de Satanás, como también de la tiranía del pecado. Esto es como el TRIO infernal que se menciona en Apo­calipsis. Satanás la serpiente anti­gua, la bestia y el falso profeta, los que serán echados al lago de fuego. Conviene preguntarnos, an­te las observaciones de la Palabra de Dios: ¿Somos libres verdade­ramente?
            Por último, leemos en la epístola a los Gálatas capítulo 5 y verso uno, primeramente: "ESTAD PUES FIRMES EN LA LIBERTAD CON QUE CRISTO NOS HIZO LIBRES, Y NO ESTEIS OTRA VEZ SUJETOS AL YUGO DE SERVIDUMBRE" (ESCLA­VITUD). Luego en el verso 13 lee­mos: "PORQUE VOSOTROS HER­MANOS, A LIBERTAD FUISTEIS LLAMADOS: SOLAMENTE QUE NO USEIS LA LIBERTAD COMO OCA­SION PARA LA CARNE, SINO SERVIOS POR AMOR LOS UNOS A LOS OTROS".
            Todo lo que antecede, debe lle­varnos a una profunda meditación sobre nuestras vidas, pensar en los derechos que tiene sobre noso­tros nuestro GRAN LIBERTADOR. "PORQUE COMPRADOS SOMOS POR PRECIO”. Y, a la luz de todo lo que El hizo por nosotros, llegar rendidos a sus benditos pies para decirle: HEME AQUI SEÑOR, TU ME HAS DADO LIBERTAD: LIBRE­MENTE TAMBIEN QUIERO RENDIR­ME A TI. ¡Que Así Sea!
 (Valparaíso, Chile), Sana Doctrina 1971