sábado, 6 de junio de 2020

LA LEY Y LA GRACIA (1)

Hay dos versículos que arrojan una luz tal sobre este tema que nos vemos obligados a citarlos en seguida:

            “Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:17).

 “Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Romanos 6:14).

 

El primer versículo nos muestra el gran cambio dispensacional que tuvo lugar con la venida de Cristo. El segundo, nos muestra el resultado de ese cambio en lo que concierne al creyente. Bajo el nuevo régimen, el creyente obtiene libertad de la esclavitud del pecado.

En un sentido, la ley y la gracia son similares. Ambas nos presentan una norma muy elevada; aunque en esto la segunda sobrepasa a la primera. En todo otro respecto, la ley y la gracia son diametralmente opuestas.

La ley de Moisés fue dada en el monte de Sinaí (Éxodo 19 y 20). Dios entonces —quien apenas era conocido, por cuanto habitaba en densas tinieblas— estableció explícitamente Sus justas y santas demandas. Si los hombres obedecían, serían bendecidos; si desobedecían caían bajo la solemne maldición de la ley (Gálatas 3:10). La ley, de hecho, fue quebrantada, y la maldición merecida antes del tiempo en que las tablas de piedra alcanzasen al pueblo (Éxodo 32). El capítulo siguiente nos dice cómo Dios trató en gracia con ellos. Bajo la ley no mitigada por la gracia, ellos debían haber perecido de inmediato.

La gracia, por otro lado, significa que Dios se ha revelado plenamente a nosotros en su Hijo, y todas sus justas y santas demandas han sido satisfechas en la muerte y resurrección de Cristo, de modo que la bendición está abierta a todos. A todos los que creen se les otorga el perdón de pecados y el don del Espíritu Santo, de modo que hay poder para conformarlos a la norma, la cual, bajo la gracia, es nada menos que Cristo mismo.

La misma esencia de la ley es, pues, demanda; mientras que la esencia de la gracia es provisión.

Bajo la ley, Dios, por decirlo así, se presenta ante nosotros diciendo: «¡Dame, ríndeme tu amor y tu debida obediencia!». Bajo la gracia, en cambio, Él se presenta con las manos totalmente extendidas diciendo: «¡Toma, recibe mi amor y mi poder salvador!»

La ley dice «Haz y vive»; la gracia dice «Vive y haz».

Ahora los creyentes, como lo hemos visto, no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia. Veamos cómo sucedió esto. Leamos Gálatas 4:4-5:

 

“Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.”

 

Lo que produjo el cambio es, en una palabra, la redención. Pero eso implicó la muerte del Redentor. Él debió ser hecho maldición por nosotros muriendo en el madero (Gálatas 3:13). Por tal razón el creyente está facultado a considerarse como “muerto a la ley” (Romanos 7:4). Él murió en la muerte de su Representante, el Señor Jesucristo. La ley no murió; por el contrario, nunca su majestad fue tenida más en alto que cuando Jesús murió bajo su maldición. Dos cosas, no obstante, sucedieron. Primero, una vez que la ley fue magnificada y su maldición llevada, Dios suspendió Su ira y proclamó la gracia a toda la humanidad. En segundo lugar, el creyente murió a la ley en la Persona de su gran Representante. Él, para usar el lenguaje de la Escritura, murió para ser “de otro, del que resucitó de los muertos” (Romanos 7:4), es decir, él está ahora bajo el control de otro Poder, y ese poder radica en una Persona: en el Hijo de Dios resucitado.

Con estas dos cosas se relacionan dos grandes hechos:

Primero, la ley no es el fundamento de la justificación del pecador. Él es justificado por gracia, por la sangre de Cristo, por fe. Esto se encuentra detalladamente explicado en los capítulos 3 y 4 de la epístola a los Romanos. Segundo, la ley no es la regla de vida para el creyente. Cristo es su regla de vida. Nuestros vínculos son con Cristo y no con la ley, tal como lo hemos visto (Romanos 7:4). Esto se halla perfectamente demostrado en los capítulos 3 y 4 de la Epístola a los Gálatas.

Los cristianos gálatas habían comenzado bien. Fueron convertidos bajo la predicación del Evangelio de la gracia de Dios mediante el apóstol Pablo. Luego vinieron los dañinos judaizantes —quienes eran “celosos por la ley”— y enseñaron la circuncisión y a guardar la ley. Los gálatas cayeron precisamente en esta trampa.

La respuesta de Pablo es virtualmente ésta: que la ley fue un sistema provisorio (Gálatas 3:17), añadido para poner de manifiesto las transgresiones de Israel (v. 19), y para actuar como ayo “hasta Cristo” (v. 24), como debiera traducirse. Una vez que vino Cristo, que la redención se cumplió, y que el Espíritu fue dado, el creyente deja la posición de niño menor de edad, o la de siervo, para venir a ser hijo de la casa divina, siendo así puesto en la libertad de la gracia (Gálatas 4:1-7).

Puesto que la plataforma de la gracia, sobre la cual hemos sido emplazados, es mucho más elevada que la ley, a la que hemos abandonado, volver atrás, aunque sea sólo en pensamiento, de la una a la otra, es caer. “De la gracia habéis caído” es lo que les dice el apóstol a quienes hacen esto (Gálatas 5:4).

La parábola del hijo pródigo ilustra este punto. Su pensamiento más alto no se elevaba por encima de la ley cuando dijo: “Hazme como a uno de tus jornaleros” (Lucas 15:19). Sin embargo, fue recibido en plena gracia, y, una vez dentro, le fue dado el lugar de hijo. Supóngase, no obstante, que unos días después, con el argumento de querer conservar los afectos del padre así como el lugar y los privilegios tan libremente otorgados, él comienza a trabajar como un sirviente de la casa, conformándose rígidamente a las leyes que deben cumplir los criados domésticos; ¿qué pasaría entonces? Él así habría “caído de la gracia”, y habría afligido tristemente el corazón de su padre, ya que ello hubiera sido equivalente a un voto de «desconfianza» en él.

            ¡Qué importante es, pues, para nosotros, “tener el corazón afirmado con la gracia”! (Hebreos 13:9).

LA SEGUNDA EPÍSTOLA A TIMOTEO (5)


La senda del Piadoso en un Día de Ruina

 

Capítulo 2

 


            El creyente, instruido en la mente de Dios, no puede hacer menos que admitir que lo que es tenido por iglesia de Dios ante los hombres no tiene ningún parecido a la iglesia de Dios presentada en la Escritura. Este grave alejamiento de la Palabra de Dios muestra claramente que la intención de Dios para con la iglesia, durante su residencia temporal en un mundo del cual Cristo está ausente, ha sido arruinada en manos del hombre. Pocos, de hecho, negarían que vivimos en un día de ruina. Es, sin embargo, de importancia primordial entender claramente lo que nosotros queremos decir cuando hablamos de la ruina de la iglesia.

            Debemos recordar que en la Escritura la iglesia es contemplada en dos maneras. Por un lado, es presentada conforme al consejo de Dios; por otro lado, es vista en relación con la responsabilidad del hombre. En el primer aspecto es presentada en la Escritura como fundamentada sobre Cristo el Hijo de Dios, compuesta de todos los creyentes verdaderos, y destinada a ser presentada a Cristo como una iglesia gloriosa, sin que tenga mancha, ni arruga, ni cosa semejante. Como tal, es el resultado de la obra de Cristo, y las puertas del infierno no pueden prevalecer contra ella. Ninguna ruina puede tocar la obra de Cristo, ni hacer anular los consejos eternos de Dios para Cristo y la iglesia.

            En el segundo aspecto, la iglesia es contemplada como establecida en responsabilidad para testificar de Cristo durante el tiempo de Su ausencia, y para presentar la gracia de Dios a un mundo necesitado. ¡Es lamentable! La iglesia ha fracasado completamente en llevar a cabo esta responsabili-dad. A través de la falta de dependencia en el Señor, de sumisión al Espíritu, y obediencia a la Palabra, el pueblo de Dios se ha dividido y se ha dispersado; y la carencia de vigilancia ha terminado en una vasta profesión que incluye a creyentes e incrédulos. Como resultado, aquello que pasa ante el mundo como iglesia, lejos de representar la gloria de Cristo, es 'una negación de la naturaleza, el amor, la santidad, y los afectos de Cristo.' De esta manera, en la tierra, el testimonio de la iglesia ha sido arruinado. El hecho de que tengamos que hablar de una iglesia profesante que es visible, y de una iglesia espiritual compuesta de todos los verdaderos creyentes, sólo muestra cuán completa es la ruina.

            Entonces, si hablamos de vivir en un día de ruina, queremos dar a entender que nos ha tocado nuestra porción en un día cuando el testimonio rendido por la iglesia a un Cristo ausente ha sido arruinado. En los discursos a las siete iglesias en el libro del Apocalipsis tenemos un perfil profético de la historia de la iglesia en la tierra, vista como el testigo responsable para Cristo; en ellos tenemos el fracaso progresivo de la iglesia en responsabilidad predicho con exactitud divina por el Señor mismo, comenzando con su alejamiento del primer amor, y finalizando con una condición tan nauseabunda para Cristo que finalmente ella será vomitada de Su boca.

            La Escritura, sin embargo, da luz adicional con respecto a un día de ruina. En esta Segunda Epístola a Timoteo, no sólo tenemos la predicción de la ruina, sino que el Espíritu Santo, por medio del Apóstol Pablo, da instrucciones muy definidas al piadoso acerca de cómo actuar cuando la ruina ha entrado. No obstante, lo oscuro del día, por grande que sea la ruina, el pueblo de Dios no es dejado sin la guía divina. La misericordia de Dios ha marcado una senda para Su pueblo en un día de ruina. Nosotros podemos carecer de la fe en Dios y de la consagración a Cristo que son necesarias para tomar la senda; a pesar de todo, ella está señalada en la Palabra de Dios para la obediencia a la fe.

            Así, llegamos a la conclusión de que dos cosas son necesarias para tomar inteligentemente la senda de Dios en medio de la ruina. Primero, es esencial que nosotros tengamos algún conocimiento de la doctrina de Pablo (la cual incluye la verdad del evangelio, así como la verdad de la iglesia); en segundo lugar, tiene que haber una correcta condición espiritual. Sin un cierto conocimiento de la iglesia, tal como es presentada en la Escritura, sería imposible apreciar la extensión de la ruina; y sin una correcta condición espiritual, el creyente escasamente estará preparado para tomar la senda que Dios ha señalado en medio de la ruina.

            Pablo asume, evidentemente, que aquel a quien él escribe conoce bien su doctrina. En los capítulos primero y segundo él se refiere a las cosas que Timoteo había oído de él (2 Timoteo 1:13; 2 Timoteo 2:2); y en el tercer capítulo él dice, "Tú empero has conocido perfectamente mi enseñan-za". (2 Timoteo 3:10 - VM). No hay, por lo tanto, ninguna revelación de la verdad de la iglesia en esta Segunda Epístola. Tal verdad es presentada plenamente por el apóstol en las Epístolas a los Efesios y a los Colosenses, en la Primera Epístola a los Corintios y en la Primera Epístola a Timoteo.

            La senda de Dios para nosotros en un día de ruina, y la condición espiritual que se necesita para tomar la senda, son develadas en este segundo capítulo de la Segunda Epístola a Timoteo. Si deseamos responder a los pensamientos de Dios en este día de fracaso, nosotros haremos bien en estudiar, orando sin cesar, este importante pasaje. Las verdades de este capítulo pueden ser consideradas en el orden siguiente:

 

(a) La condición espiritual necesaria para discernir y tomar la senda de Dios en medio del fracaso de la Cristiandad (versículos 1-13);

 (b) Un breve bosquejo del curso del mal que ha conducido a la corrupción de la Cristiandad (versículos 14-18);

 (c) El recurso del piadoso y la senda de Dios para el individuo en medio de la ruina (versículos 19-22);

 (d) El espíritu en el cual enfrentar a aquellos que se oponen a la senda de Dios (versículos 23-26);


MEDITACIÓN

"A Jehová presta el que da al pobre, y el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar."

Proverbios 19: 17.

            Hemos de dar a los pobres movidos por la misericordia. No para ser vistos ni aplaudidos y mucho menos para ganar influencia sobre ellos; más bien hemos de proporcionarles ayuda movidos por pura simpatía y compasión.

            No debemos esperar recibir todo de regreso de los pobres, y ni siquiera gratitud; sino que hemos de considerar lo que hemos hecho como un préstamo al Señor. Él asume la obligación, y, si lo vemos a Él en este asunto, no debemos mirar a la otra parte involucrada. ¡Qué honor nos concede el Señor cuando condesciende a pedirnos prestado! El comerciante que tiene registrado al Señor en sus libros de contabilidad, es grandemente favorecido. Sería una lástima tener registrado tal nombre por una magra porción; convirtámosla en una cuantiosa suma. Ayudemos a la siguiente persona necesitada que nos encontremos en el camino.

            En cuanto al reembolso del prestamo, difícilmente podríamos pensar en ello, y, sin embargo, aquí tenemos la nota firmada por la mano del Señor. Bendito sea Su nombre, porque Su promesa de pago es mejor que el oro y la plata. ¿Nos estamos quedando cortos debido a la depresión de los tiempos? Nos podemos aventurar a presentar humildemente este pagaré en el Banco de la Fe. ¿Ha actuado alguno de nuestros lectores como un tacaño para con los pobres? Pobre alma. Que el Señor lo perdone.

C.H. Spurgeon

La Chequera del Banco de la Fe

ESCENAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO (45)


Absalón

La hermosura de parecer es cosa muy deseada de los hombres, por lo que es admirada de los demás. Lo que de natural embellece la persona, sea hombre o mujer, es tantas veces el tema de comentarios, y a veces lo que no es natural también. Pero, esa hermosura exterior algunas veces cubre una notable fealdad de carácter y hasta un espíritu perverso y cruel.        
            Entre los hijos de David había uno llamado Absalón que nos sirve de ejemplo y de advertencia a los que sólo se cuidan de su parecer exterior. Su hermosa apariencia no le impidió premeditar y consumar el crimen de matar a su hermano en venganza de una cosa que le hirió profundamente su orgullo.
            Como era de esperarse, él huyó, pensando escapar el juicio que merecía su crimen. Pero Absalón se había olvidado de la regla divina que “todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”. No conocía el temor de Dios, y pensaba que con el tiempo su padre se olvidaría de lo sucedido.
            Pasados los días un oficial del ejército, muy interesado por Absalón, consiguió permiso del rey de hacerle volver a su casa en Jerusalén, pero sin ver durante dos largos años el rostro de su padre. Esta falta de popularidad le picó mucho el orgullo de este malvado, quien continuó maquinando intrigas. Llamó a su amigo de influencia, Joab, y demandó que fuese reconciliado públicamente a su padre. Y, en cuanto a David, su corazón de padre hizo que lo recibiera sin haber en el hijo arrepentimiento alguno.
            ¡Cuán ingrato el corazón de aquel hermoso de parecer, pero perverso de corazón! Empieza una conspiración en contra del rey, y con besos y palabras dulces Absalón roba el corazón de sus súbditos. Llegado cierto día, salió de Jerusalén bajo el pretexto de ir a la población de Hebrón a pagar un voto de gratitud a Dios por su reconciliación a su padre. ¡Hipócrita! ¡Mentiroso! Él había convenido con un gran número de personas para encontrarle allí, y que le hicieran rey.
            La conspiración fue grande y le sobrevino a David desprevenido. No podría esperar sostener la plaza de Jerusalén, y de carrera tuvo que escapar al llano con un ejército pequeño, cruzando el río Jordán. Parecía que el malvado designio de Absalón tendría éxito, pero él se olvidaba de Dios y del hecho de que la maldad tiene su paga.
            Absalón, seguido por una gentuza desordenada, fue en persecución de su padre, hasta los llanos de Mahanaín. Allí David ordenó su ejército en tres divisiones bajo generales expertos, y al salir a la batalla dio orden a todos de tratar bien a su hijo Absalón.
            El mal tiene su colmo y su castigo. La paciencia de Dios se agota. La soberbia le había llevado a Absalón a su ruina. Por no conocer el temor de Dios él se atrevía dañar al ungido de Dios, el rey su padre.
            Pronto fueron vencidos sus secuaces, y huían por un bosque. El mismo Absalón montaba una mula que corría desbocada, hasta que, pasando por debajo de un árbol alcornoque, le dejó al miserable colgado a una rama de su largo y llamativo cabello. Allí le hallaron sus enemigos; haciendo poco caso del mandato del rey, le traspasaron con dardos. Echaron su cuerpo en un hoyo y lo taparon con piedras. Así terminó la vida de uno que dejó que su hermosura natural le engañara, y que no tuvo en cuenta el precepto seguro de la retribución.
            “Los necios se mofan del pecado”, Proverbios 14.9. Pero con todo Dios lo castiga; si no ahora, en la eternidad.

lunes, 18 de mayo de 2020

¿CÓMO PUEDE EL HOMBRE NACER SIENDO VIEJO?

Juan 3:1-7
            Esta pregunta que Nicodemo hizo a nuestro Señor Jesucristo fue resultado de la declaración del Señor en el versículo 3, qué el que no naciere otra vez no puede ver el reino de Dios." La declaración de Cristo en el versículo 5 que "el que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios" en parte contesta esta pregunta, esto quiere decir que el nuevo nacimiento se diferencia en­teramente en carácter a nuestro primer nacimiento, no siendo físico sino “de agua y del Espíritu". Algunos en verdad mantienen que el agua aquí es natural, la cual se usa en el bautismo; empero Romanos 6: 3, 4 lo hace claro que el bautismo es un símbolo, no del nacimiento, sino de la muerte y el entierro. Hay muchas Escrituras que enseñan que el agua aquí simboliza la Palabra de Dios (Véase Efesios 5:26), y que por el Espíritu y la Palabra de Dios que los hombres pueden ser re­nacidos (Véase 1 Pedro 1:23-25: Stg. 1:18; Juan 1 12, 13). El bautismo en agua puede ser "de voluntad de carne" como dice en juan 1:13, pero el nuevo nacimiento nunca puede ser por la voluntad de la carne.
            Cuando Cristo contestó esta otra pregunta de Nicodemo en ver­sículo 9, "¿Cómo puede esto hacerse?" nunca mencionó el bautismo, sino que dio una contestación plena y clara. Escuche, mi lector, si va a recibir el nuevo nacimiento, esta es la manera de obtenerlo. "Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado; para que todo aquel que en Él creyere, no se pierda, sino que tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en el cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque no envió Dios a Su Hijo al mundo para que condene al mundo, más para que el mundo sea salvo por ÉL. El que en Él cree, no es condenado; más el que no cree ya es condenado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios" (Juan 3:14-18).
            El "nacer otra vez" de versículos 3, 5, 7 equivale exactamente a la adquisición de la vida eterna de versículos 15 y 16. Este es el resultado inmediato de creer en el Señor Jesús, y es el fruto de la obra del Espíritu como se ve en versículo 8, y del uso de la Palabra de Dios como dice el versículo 14.
C.J. Baker,
Verdades Bíblicas, N°351-352, 1978 

LAS COSAS QUE EL PADRE PUSO EN SU MANO.


«Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiere revelar». Lucas 10:22.


«Todas las cosas» que fueron dadas por el Padre al Hijo no se enumeran aquí, pero Juan, que escribió tan llanamente del Hijo que fue dado (3:16), habla de muchas cosas que el Padre dio en su mano (3:35). No solo fueron la obra de la creación (1:3), y la obra de la salvación dadas en su mano (17:4), sino que todo juicio le ha sido encomendado a Él (5:22), y «como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo» (5:26). Las obras que Él hizo le fueron dadas por el Padre (5:36), y aquellos que creen en Él son el don del Padre a Él (6:37, 39). Son llamados las ovejas que el Padre le dio (10:29), y los llama «los hombres que del mundo me diste» (17:6). El Padre le dio las palabras que Él dio a los suyos (17:8), y la misma gloria que el Padre le dio a Él, Él mismo la da a ellos, pero hay también una gloria peculiar que el Padre le ha dado a Él y que Él ora que ellos la puedan contemplar (17:24). «Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre» es algo que se extiende desde el albor del tiempo hasta las edades eternas.
En ningún lugar de este Evange-lio llega Lucas tan cerca del énfasis del Evangelio de Juan como en esta porción. Cristo es visto aquí, como en Juan capítulo 17, hablando al Padre, apreciando a los bebés que conocen su salvación, y Él, Él mismo, como revelador del Padre, como en Juan 1:18.
El Hijo ha revelado al Pa­dre, Él es el camino al Padre, revela la verdad acerca del Padre, y da la vida del Padre a los suyos (Jn.14:6), pero hay un sentido peculiar en el que solo el Padre conoce al Hijo. Hay excelencias y glorias en su bendita Persona que solo el Padre puede apreciar en su plenitud. Cuando le veamos como Él es (1 Jn. 3:2), Él no nos ocultará su hermosura y gloria, pero están tan más allá de nuestra comprensión humana que, aunque aprendamos de Él para siempre, nunca llegaremos a un punto en aquel inmenso para siem­pre jamás cuando no habrá más y más de sus glorias inmarcesibles por contemplar. Aquí tenemos una bendita Persona acerca de quién es imposible exagerar. El más elevado pensamiento que hayamos jamás tenido acerca de Él y las más grandes palabras jamás dichas acerca de Él, nunca podrán agotar las maravillas de su gloriosa Persona.

Ni un ángel puede comprender
misterio tan veraz.
Solo el Padre puede conocer
el enigma de tu faz.
Norman Crawford.,. «LUCAS».

EL TIEMPO DE SU VENIDA



Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.  (1Ts 4:16-18)



"Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre” (Marcos 13:32). "No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en Su sola potestad” (Hch. 1:7). "Porque la venida del Señor se acerca” (Stg. 5:8). "En los postreros días vendrán tiempos peligrosos” (2 Tim. 3:1). "Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el Señor de la casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana” (Marcos 13:35). "Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo” (Marcos 13:33).
¡Con cuánta frecuencia se han señalado fechas para la venida del Señor y todas han resultado incorrectas! Guardémonos de fijar fechas para éste o cualquier evento futuro, curioseando en lo que el Padre ha puesto en Su poder. En la Palabra mucho se nos dice acerca de los "últimos días”. Si consideramos cuidadosamente lo que leemos y lo comparamos con el tiempo presente, llegaremos a la conclusión cierta de que Su venida "está cercana”. Nosotros creemos que no po­demos ir más allá de eso, y si lo hacemos es sólo especulación. Toda predicción contenida en las Escrituras relacionada con la naturaleza y la condición del mundo al tiempo del fin, no deja nada que no haya sucedido; puede decirse empero, que el presente estado impío de la humanidad no ha alcanzado su culminación. Sabemos que estamos cerca, muy cerca, del momento cuando la iglesia oirá la "aclamación”; por lo tanto, debemos velar y estar listos para ser traspuestos a cualquier momento.
Sin embargo, no debemos formarnos la idea de que no debemos atentar empresa alguna para Cristo porque Él va a regresar tan pronto. Al contrario; debemos poner nuevas energías y planear más servicio, con devoción creciente y llevar un andar con El más cercano y santo. "Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor ven­ga, le halle haciendo así” (Mat. 24:26). Dios ha fijado un día feliz, y nos ha dicho lo suficiente para indicarnos que el tiempo "está cerca”. Antes que el sol se ponga esta noche y se levante por la mañana nos podremos haber ido. ¿Qué sucederá con nuestras cosas y propiedades? Sin duda los mundanos se gozarán de ellas. Es bueno que no tengamos demasiado que dejar, sino que lo podamos mandar adelante, usando todo lo que podamos para Dios. Esto es hacer tesoros en el cielo.
Verdades Bíblicas, N° 299-300, 1973
 F. Ferguson