domingo, 29 de enero de 2023

El hombre Viejo y el Nuevo

 Hubo larga guerra entre la casa de Saúl y la casa de David; pero David se iba fortaleciendo, y la casa de Saúl se iba debilitando. 2 Samuel 3.1

 


Mientras Saúl estaba sobre el trono, David tenía que esconderse. La nación se hundía poco a poco en derrota y desastre bajo ese rey terco. Por fin le alcanzó el juicio divino en el oscuro Monte Gilboa y el rey desplazado llegó a su fin trágico. Pero aun con Saúl muerto, su casa sobrevivía. Existían aquellos que habían sido tan influenciados por él que estaban dispuestos a defender su causa y resistir las iniciativas justas de David como el gobernador ungido de Dios sobre la nación entera.

En las personalidades tan diferentes de Saúl y David encontramos ilustraciones del “hombre viejo”, o la carne en el creyente, y el “hombre nuevo”, o la naturaleza nacida de Dios que es nuestra en Cristo.

Saúl

Casi cada página de la historia de Saúl está manchada por las obras de la carne. Debajo de la chapa exterior del temor que profesaba ante Dios, motivos y ambiciones carnales gobernaban su vida: impaciencia, presunción, codicia, desobediencia, envidia, crueldad, celo carnal, perfidia y, al final, la brujería que él mismo había condenado. Al principio de su reinado Saúl había perdonado la vida de Amalec, un tipo de la carne; al final un amalecita le proporciona el golpe fatal para poner fin a su vida antes de robarle la corona. “El que siembra para su carne, de la carne segará corrupción”, Gálatas 6.8.

David

David, en cambio, era un varón conforme al corazón de Dios. El no justificaba su propia causa ni empleaba medios carnales para acelerar el cumplimiento de los propósitos divinos para sí. Su corazón estaba dispuesto, Salmo 108.1, y su voluntad sujeta. Pacientemente esperaba en Jehová, procurando siempre alabarle y agradecerle por cada manifestación de su bondad y misericordia.

Después de la muerte de Saúl, David pasó siete años en Hebrón con sólo una minoría del pueblo bajo su administración. Se prolongó la guerra, pero los que defendían la causa de Saúl la estaban perdiendo, mientras que el tiempo estaba a favor de los fieles de David. Los resultados se dejaban ver lentamente: “la casa de Saúl se iba debilitando” pero la de David se fortalecía.

En las tinieblas del Calvario Dios condenó el pecado en la carne, habiendo enviado a su Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, “para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”, Romanos 8.4. Siendo vencido, El venció.

Pero la guerra sigue. Como dijo el apóstol, “Veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros”, Romanos 7.23. Como la casa de Saúl, la carne en el creyente busca todavía simpatía y apoyo, y mientras el cristiano satisfaga la carne, él impide que el Hijo de David gobierne su vida conforme a la voluntad de Dios.

Abner

El general Abner era en un tiempo un simpatizante sobresaliente de la causa de Saúl, pero al presentarse la crisis él renunció claramente su servicio a éste y anunció su propósito de servir la causa justa de aquel que Dios había ungido. El discernió el propósito divino en David y resolvió participar con toda su fuerza en el establecimiento del reinado desde Dan hasta Beerseba. Este hombre no se conformó con algo a medias; tenía que ser sólo David a la cabeza de la nación.

Es cierto que a causa de la perfidia de su rival sin escrúpulo él terminó su vida de una manera nada loable, pero con todo Abner representa un reto para nosotros. Mientras sirvamos de cualquier manera las iniciativas de la carne, estamos favoreciendo “la casa de Saúl”. Al negar lo que pide la naturaleza vieja, pasamos en figura a Hebrón, el lugar de comunión, para llevar en alto la bandera de aquél cuyo nombre debemos ensalzar.

David era un líder digno y fue la devoción a él lo que aglutinaba el grupito que le sirvió. Al comienzo ellos tenían que compartir en su reproche y adversidad, pero más adelante entraron en

los frutos de su ensalzamiento, y sus nombres por fin fueron inscritos en el cuadro de honor.

Nuestra guerra

En esta larga guerra entre la carne y el Espíritu no hay atajo que nos conduzca a la victoria, pero el fin es seguro: “Es preciso que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies”, 1 Corintios 15.25. “Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”, 15.57. Que la experiencia del lector y del escritor sea la del fortalecimiento del “hombre nuevo” mientras el “viejo” vaya debilitándose más y más.

Vivimos en tiempos cuando muchos son amadores de sí mismos y malgastan vastas sumas de dinero en cosméticos, adornos y comodidades que no son más que medios para gratificar la carne. El creyente tiene que estar en alerta, acaso entre en su alma ese espíritu insidioso que predomina en el mundo. El rico insensato de Lucas 12 — el que resolvió construir los graneros — quería todo para sí pero no era rico para con Dios.

¿Nos favorecemos a nosotros mismos con tiempo y dinero que deben ser dedicados al Señor? Nuestro deber y privilegio no es el de extender un reino desde Dan hasta Beerseba, sino “hasta lo último de la tierra”, Hechos 1.8.

No nos entreguemos a la carne: “Vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne”, Romanos 13.14. ¡Glorioso será contar con una entrada abundante al reino eterno de nuestro Salvador y Señor, no habiendo sucumbido a las demandas del hombre viejo!

EL PROFETA JOEL (2)

 


por Arno Gaebelein

I. LA PLAGA DE LANGOSTAS

CAPITULO 1


1.   El llamado del profeta (1:1-4)

Vv. 1-4. El profeta anuncia que es la palabra de Jehová la que él expresa, la que vino a él. Los vv. 2 y 3 son una introducción a la descripción que sigue a la gran calamidad que ha caído sobre la tierra. Esta es la forma de un llamado. Lo que ha ocurrido a la tierra es de tal terrible carácter que no tenía precedentes. La visitación de la tierra por la plaga de langostas debe ser relatada a generaciones futuras, porque hay un gran significado profético ligado a las langostas, que se señalará después. El v.4 lo traducimos en una forma propia, dejando las palabras de los insectos destructores sin traducir. Lo que el gazam, dejó, el arbeh ha devorado; y lo que el arbeh dejó, el jelek lo devoró; y lo que el jelek dejó, el chasel lo devoró.

Dejamos las palabras hebreas sin traducir porque no expresan insectos de diferentes especies; tenemos aquí a un solo insecto, la langosta, en una cuádruple etapa. Gazam significa "morder," arbeh "ser muchos;" este es el nombre común de las langostas a causa de sus hábitos migratorios. Jelek "lamer," y chasel significa "devorar o consumir." La langosta pasa a través de una cuádruple etapa en su desarrollo hasta su pleno crecimiento. Primero, tenemos a la langosta mordiendo, cuando es primeramente incubada, después obtiene sus alas y vuela; después de eso comienza su obra destructiva por lamer todo lo que encuentra, y finalmente ésta alcanza su pleno crecimiento y devora todo a su paso. (Muchas locas aplicaciones se han hecho sobre estas langostas, una de las más ridículas es hecha por una cierta muje sanadora en su libro "Perdido y Restaurado")

La plaga de langostas que desoló la tierra de Israel fue un juicio de Jehová. Este fue uno de los juicios que Dios envió sobre Egipto, y Moisés había proféticamente anunciado que Dios lo usaría para castigar a su pueblo (ver Dt. 28:38,42)

Pero estas langostas literales que cayeron sobre la tierra y destruyeron en un breve tiempo toda vegetación, son simbólicas de otras agencias que han de ser usadas en la historia futura de Israel para traer el juicio sobre la tierra y el pueblo. Ellas tipifican a los ejércitos gentiles, como se declara en el cap.2, donde Jehová las llama "mi gran ejército."

Aquí indudablemente tenemos una predicción profética futura en cuanto a la tierra. De la profecía de Daniel aprendemos dos veces que cuatro poderes del mundo subyugarían a Israel y desolarían la tierra: Babilonia, Medo-persa, Greco- Macedonio, y Roma. Zacarías, también, en una de sus visiones de noche, veía cuatro cuernos, y estos cuatro cuernos dispersaron a Judá y Jerusalén. Vemos, por tanto, en las langostas, primero, las langostas literales que destruyeron toda vegetación en el tiempo que vivió Joel, y estas langostas simbólicas de juicio futuros que serán ejecutados sobre la tierra y las naciones por los proféticamente anunciados poderes del mundo. El final de "los tiempos de los gentiles," durante los cuales Jerusalén es pisoteada, la invasión final de la tierra tiene lugar; es esto lo que se describe en el cap.

 

2.   El llamado a los borrachos (1:5-7)

Vv.5-7. La primera multitud probablemente ha aparecido en la caída; solo que las viñas aún no habían sido segadas. Estas atacaron las viñas y rápidamente las vides y sus uvas desaparecieron bajo su furioso ataque. Los bebedores de vino debían por tanto sufrir primero. Había mucha borrachera entre el pueblo de Dios, especialmente en los días de su prosperidad, esto puede verse por Amós 6:1-6, Isa. 5.11; 24:7-9; 28:7, etc. En el v. 6 las langostas son descritas como una nación, poderosa y sin número, con dientes de leones. Esto confirma la aplicación típica a las naciones gentiles de futuro que devastarán la tierra. Ver, además, Núm. 13:33; Isa. 40:22 y Jer. 51:14, donde se hace la misma comparación.

 

3.   El llamado al pueblo y sacerdotes (1:8-14)

Vv. 8-14. A causa del gran desastre el pueblo es llamado a lamentarse y vestirse de cilicio. "lamentaos como una virgen, ceñida de cilicio, por el marido de su juventud." Esta es una significativa expresión. Israel en sus relaciones con Jehová es aquí indicado. Se nos recuerda Isa. 3.26 concerniente a Jerusalén. Y sus puertas lamentarán. Y ella, estando desolada, se sentará en tierra;" e Isa. 54:6, "Porque Jehová te ha llamado como mujer abandonada y entristecida en espíritu, y como una esposa de juventud, cuando tú fuiste rechazada, dice tu Dios." Tan grande era el estrago producido que las ofrendas de comida y bebida fueron cortadas de la casa de Jehová de manera que los sacerdotes se lamentaban, los siervos de Jehová. Este era su lúgubre canto.

Desolado está el campo.

En lamento está la tierra,

Porque desolado ha sido el grano,

La nueva vid se ha secado,

Y falta el aceite

 

Esto es seguido por el llamado a los labradores y viñadores a lamentarse. Toda la siega se ha perdido, y además la falta de la vid, la higuera, los otros árboles son también mencionados, si "todos los árboles del campo se han secado." A causa de la severidad de esta visitación el gozo ha abandonado a los hijos de los hombres.

Entonces viene un definitivo llamado a los sacerdotes a lamentarse y clamar a Jehová y a santificar ayuno (vv. 13-14). Pero no hay registro de una respuesta. Al final de este capítulo solo el profeta levanta su voz a Jehová. Aprenderemos por el cap.2 el tiempo de arrepentimiento nacional.

 

4.   El día del Señor y el sufrimiento de la tierra (1:15-18)

Vv. 15-18. Por primera vez encontramos el día del Señor (Yom Jehová), esa frase usada frecuentemente en todos los libros proféticos. El v. 15 es una exclamación del profeta ante su visión, antes que ese día aparezca. En medio de la misteriosa descripción de la calamidad, presente en el día de Joel, él ve un juicio mayor acercándose. Este es el mismo día que él contempla con los otros profetas; cada vez que Joel usa esta expresión significa el futuro día del Señor, aun acercándose. Puede tenerse en cuenta que los cinco pasajes en Joel en que el "día del Señor" es mencionado, estos son progresivos.

Para un estudio comparativo de esta importante frase citamos los principales pasajes de los diferentes profetas.

Isaías. La frase "en ese día" se encuentra muchas veces en este libro. Mencionamos 2:2-210-22; 13:6-13. La gran predicción de gloria de Isaías 54, 60,61 y 62, todas se relacionan con este día. Jeremías. Él también habla de ese día (cap. 25:30-33; 30:18-24). Ezequiel. Cap. 7 y 8. Desde los capítulos 37-38 tenemos el registro de grandes eventos de juicio y bendición que ocurrirán en conexión con ese día. Mientras Daniel no usa en su libro la frase "día del Señor" casi todas sus grandes profecías están conectadas con ese día. Este es el día que la piedra no cortada con manos hiere a la gran imagen, que representa el tiempo de los gentiles, y la demuele; el día en el cual "el Hijo del hombre" viene en las nubes del cielo para recibir Su reino. Oseas señala a ese día en los cap. 2 y 3, como también en el último capítulo.  Amós da testimonio de éste en los cap. 1:2; 6:3; 9:12,15.  Abdías, que vivió casi en el mismo tiempo de Joel, habla de ese día en el v.15 de su breve profecía. Miqueas en su profecía se refiere a esto en el cap.5:15. En Nahum el día es descrito en el cual el Señor tratará en juicio con las malas ciudades del mundo (ver cap. 1:1-9). El cap. 3 de Habacuc revela ese día. Sofonías tiene una gran parte que decir acerca de ese día que mencionan los libros proféticos anteriores (cap. 1:14-18; 2 y 3). Hageo da testimonio a éste en el cap. 2:6-7. (Compare con Heb. 12:26-29) Zacarías usa la frase "en ese día" muchas veces, especialmente en los tres últimos capítulos. Malaquías revela ese día en los cap. 3:1-3 y 4:1-3.

Aprendemos de todo esto el lugar prominente que ocupa el día del Señor en las profecías. Esto debe ser así, porque este es el día de manifestación y consumación. Joel ve aquí por primera vez este día.

A esto sigue una descripción adicional de la gran calamidad que vino sobre la tierra en días de Joel (vv. 16-18).

 

5.   La oración del profeta (1: 19-20)

Vv.19-20. Joel, como todos los otros profetas, fue un hombre de oración. No se hace ninguna otra mención por el profeta concerniente a sí mismo, pero esta breve palabra es suficiente para darnos un vistazo de su vida interior y confianza en Jehová. Él clamó a Jehová en su gran angustia.

domingo, 4 de diciembre de 2022

La Casa de Dios

 El Templo de Salomón

E. Dennett


El Tabernáculo, el cual había sido la casa de Dios en el desierto, junto con su mobiliario sagrado, fue llevado por los hijos de Israel a Canaán, y fue erigido en Silo (Josué 18:1). Fue, por consiguiente, a este lugar que los hijos de Israel acudían con sus sacrificios anuales (1°. Samuel 1:3), y aún era llamado "el tabernáculo de reunión" (1°. Samuel 2:22), pero también "el templo de Jehová", y "la casa de Jehová" (1°. Samuel 3: 3, 15). Estos últimos nombres sólo presagiaban la casa que se edificaría en el futuro en Jerusalén. Mientras los hijos de Israel eran peregrinos en el desierto, y habitaban en tiendas, Dios mismo habitó en una tienda (2°. Samuel 7:6), adaptándose Él mismo, como Él ha hecho siempre en Su preciosa gracia, a la condición de Su pueblo; pero cuando Él hubo establecido a Sus escogidos en la gloria del reino, una casa fue erigida — "magnífica por excelencia" (1°. Crónicas 22:5) — la cual, en cierta medida, debía ser la expresión de Su majestad, la majestad de quien se dignó hacerla Su morada en medio de Israel (2°. Crónicas 2:4-6).

No está dentro del propósito actual llamar a poner la atención a las diferencias características entre el tabernáculo y el templo, sino más bien señalar su semejanza tanto con respecto a su origen como a su objetivo. Como en el caso del primero, así en el segundo, el plan fue comunicado divinamente. Fue David quien tuvo el honor de convertirse en el depositario de este diseño; y en vista de que no se le permitió, según el deseo de su propio corazón, edificar él mismo el templo, él lo comunicó a Salomón. "Dio entonces David a Salomón su hijo el diseño del Pórtico del Templo, y de sus edificios, y de sus tesorerías, y de sus cámaras altas, y de sus cámaras interiores, y [del lugar] de la Casa del Propiciatorio; asimismo el diseño de todo lo que tenía ideado, por el Espíritu, respecto de los atrios de la Casa de Jehová, y de todas las cámaras al rededor, y de las tesorerías de la Casa de Dios", etc. (1°. Crónicas 28: 11, 12 - VM). Todo lo que Salomón hizo y preparó, en relación con la obra a la cual había sido llamado, fue de acuerdo con las instrucciones que había recibido. El sitio mismo había sido indicado divinamente, así como el diseño y la forma del edificio. (1°. Reyes 6:38; 2°. Crónicas 3:3). Aunque el encargo de erigir fue dado a manos humanas, el edificio era divino; porque los pensamientos humanos y las ideas humanas no deben inmiscuirse en las cosas de Dios.


La relación entre el tabernáculo y el templo, como siendo ambos por igual la morada de Dios, puede ser vista de dos maneras. Cuando Salomón hubo completado la casa, él reunió a los ancianos de Israel, a todos los jefes de las tribus y a los principales de las casas paternas de los hijos de Israel; y leemos que, "se congregaron con el rey todos los varones de Israel, para la fiesta solemne del mes séptimo" (2°. Crónicas 5: 2, 3) (es decir, la fiesta al son de trompetas, una figura de la restauración de Israel en los últimos días — Números 29:1). "Vinieron, pues, todos los ancianos de Israel, y los levitas tomaron el arca; y llevaron el arca, y el tabernáculo de reunión, y todos los utensilios del santuario que estaban en el tabernáculo; los sacerdotes y los levitas los llevaron." Y entonces, después que ellos hubieron sacrificado tantas ovejas y bueyes que no se podían contar ni numerar, "los sacerdotes metieron el arca del pacto de Jehová en su lugar, en el santuario de la casa, en el lugar santísimo, bajo las alas de los querubines" (2°. Crónicas 5: 1­7). Fue el arca lo que dio su carácter a la casa; porque era el trono de Dios en medio de Israel, desde donde Él gobernaba a Su pueblo sobre la base de Su ley santa, tal como es mencionado aquí mediante la declaración de que "en el arca no había más que las dos tablas que Moisés había puesto en Horeb, con las cuales Jehová había hecho pacto con los hijos de Israel, cuando salieron de Egipto." (2°. Crónicas 5:10).

Y ahora, en segundo lugar, Jehová aprobó la obra de Sus siervos tomando posesión de la nueva casa, tal como Él lo había hecho anteriormente con el tabernáculo. "Y cuando los sacerdotes salieron del santuario (porque todos los sacerdotes que se hallaron habían sido santificados, y no guardaban sus turnos; y los levitas cantores, todos los de Asaf, los de Hemán y los de Jedutún, juntamente con sus hijos y sus hermanos, vestidos de lino fino, estaban con címbalos y salterios y arpas al oriente del altar; y con ellos ciento veinte sacerdotes que tocaban trompetas), cuando sonaban, pues, las trompetas, y cantaban todos a una, para alabar y dar gracias a Jehová, y a medida que alzaban la voz con trompetas y címbalos y otros instrumentos de música, y alababan a Jehová, diciendo: Porque él es bueno, porque su misericordia es para siempre; entonces la casa se llenó de una nube, la casa de Jehová. Y no podían los sacerdotes estar allí para ministrar, por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Dios." (2°. Crónicas 5: 11-14). A continuación de esta descripción, nosotros encontramos a Salomón relatando las circunstancias mediante las cuales él había llegado a ser el instrumento divinamente designado para edificar una "Casa de habitación" y "una morada estable" para Jehová, por los siglos venideros [lit. para siempre] (2°. Crónicas 6:2 - VM); y entonces él se arrodilló sobre un estrado de bronce (que él había preparado) delante de toda la congregación de Israel, y extendió sus manos al cielo, y oró con respecto a la casa que él había edificado, y él concluyó sus intercesiones con palabras citadas del Salmo 132: "Oh Jehová Dios, levántate ahora para habitar en tu reposo, tú y el arca de tu poder; oh Jehová Dios, sean vestidos de salvación tus sacerdotes, y tus santos se regocijen en tu bondad. Jehová Dios (2°. Crónicas 6:41, 42a), "no rechaces el rostro de tu ungido; acuérdate de tus misericordias para con tu siervo David." ((2°. Crónicas 6:42b - LBLA).) Y acto seguido leemos, "Cuando Salomón acabó de orar, descendió fuego de los cielos, y consumió el holocausto y las víctimas; y la gloria de Jehová llenó la casa. Y no podían entrar los sacerdotes en la casa de Jehová, porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Jehová." (2°. Crónicas 6: 41, 42; 2°. Crónicas 7: 1, 2).

De esta manera, y bajo tales circunstancias, Jehová asumió Su morada en el templo — toda la escena, los sacerdotes vestidos de lino fino blanco, su unánime glorificación de Dios siendo una tenue sombra de la gloria de un día posterior, cuando el verdadero Salomón vendrá a Su templo y Él mismo se rodeará de un pueblo justo y de corazón dispuesto. Pero el único punto que ha de ser observado aquí es que encontramos una vez más a Dios morando en Su casa en medio del pueblo que Él había escogido. La diferencia entre el templo y el tabernáculo, tal como se recalcó anteriormente, es mostrada mediante el contraste entre el desierto y la tierra; por el carácter peregrino del paso de Israel a través del primero, diferenciado de su morada estable en la última. Pero en ambos por igual Dios tuvo Su habitación, Su casa. Dios moró en medio de todo Israel, y, como se ve nuevamente del hecho de que el fuego descendió en respuesta a la oración de Salomón, y consumió el holocausto y los sacrificios, Él lo hizo en el terreno de la redención — en el terreno de la redención a través de todo el valor de todo lo que Cristo fue en Su obra sacrificial. No habría sido posible en ningún otro terreno; pero debido a que ello fue sobre el fundamento de todo el olor grato de Cristo en Su muerte, él pudo, a pesar de lo que el pueblo era de manera práctica, morar en medio de ellos, y todo el pueblo, por su parte, pudo venir con los sacrificios señalados, de la manera designada, y los tiempos señalados.

    Desde entonces Jerusalén fue el único lugar santo en la tierra, el único sitio, por tanto, al cual el corazón de todo verdadero Israelita se volvía con pensamientos de adoración y alabanza. "¡CUÁN amables son tus moradas, oh Jehová de los Ejércitos! ¡Mi alma suspira y aun desfallece por los atrios de Jehová; mi corazón y mi carne claman por el Dios vivo!... ¡Bienaventurados los que habitan en tu Casa! de continuo te alabarán." (Salmo 84 - VM). Y allí se reunía el pueblo en la frecuencia de las fiestas. "Jerusalén, que estás edificada compactamente, como ciudad que está bien unida consigo misma: a donde suben las tribus, las tribus de Jehová, como testimonio a Israel, para dar gracias al nombre de Jehová." (Salmo 122: 3, 4 - VM). Allí eran llevados y presentados al Señor todos los hijos primogénitos (Lucas 2: 22­24), y allí también las familias de Su pueblo se reunían tres veces al año. (Véase Deuteronomio 16). Por lo tanto, Jerusalén — debido a la casa de Jehová — era el único lugar de bendición en todo el mundo, y no era un privilegio menor tener permiso para formar parte de la asamblea que se reunía allí de tiempo en tiempo, en obediencia a la Palabra. "Y te regocijarás delante de Jehová tu Dios, tú, y tu hijo, y tu hija, y tu siervo, y tu sierva, y el levita que reside dentro de tus puertas, juntamente con el extranjero y el huérfano y la viuda que habitan en medio de ti, en el lugar que escogiere Jehová tu Dios, para hacer que habite allí su nombre." (Deuteronomio 16:11 - VM).

¿Qué es el Evangelio?

 


6 ¾ La salvación


¿Es necesaria?

El término la salvación quiere decir la liberación de un peligro personal o de una calamidad. Espiritualmente todos corren el peligro de mu­chas cosas. Por ejemplo, uno necesita la salvación porque es pecador en peligro de ser castigado. “Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios. La paga del pecado es muerte”, Romanos 3.23, 6.23. El humano está perdido en su búsqueda de paz y solaz, pero “el Hijo del Hombre [Jesús] vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”, Lucas 19.10.

Sin Cristo, somos ciegos en lo espiritual. No nos ha resplandecido la luz del evangelio de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo; 2 Corintios 4.4. La Biblia nos cataloga de enfermos. “Los sanos no tienen necesidad de médico”, dijo Jesús en Mateo 9.12,13, “…no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento”. Quizás peor, “todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado”, Juan 8.34 al 36. Pero, añadió Jesús, “si el Hijo os libertare, seréis verdadera­mente libres”.

En síntesis, sin la salvación uno está espiritualmente muerto “en delitos y pecados”, como lo expresa Efesios 2.1. Está condenado y en espera de juicio. “El que en él [Cristo] cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios”, Juan 3.18.

¿Es posible?

Si fuera posible salvarnos a nosotros mismos, vamos a decir por medio de obras o sacrificios, estaría de más la muerte de Cristo; Gálatas 2.21. Pedro predicó: “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre… en que podamos ser salvos”, Hechos 4.12. Pablo expresó el quid del asunto: “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”, Efesios 2.8,9. Nadie llegará al cielo jactándose de haberlo alcanzado por sus propios méritos.

Cristo puede salvar del castigo; puede perdonar los pecados. “Por medio de él se os anuncia perdón de pecados… en él es justificado todo aquel que cree”, Hechos 13.38,39. La sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado. En la sección ¿Es necesaria? notamos siete puntos que tratan de condenación; veremos ahora siete que dicen que Cristo puede y quiere bendecirnos.

   Él puede quitar de encima toda amenaza de castigo. “Ninguna con­denación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”, Romanos 8.1.

   Él puede salvar al perdido y darle descanso. “El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”, Lucas 19.10. “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”, Mateo 11.28.

   Él puede librar de las tinieblas. Él es la luz. “Entre tanto que estoy en el mundo”, testificó, “luz soy del mundo”, Juan 9.5.

   Puede sanar de la enfermedad espiritual. Vino “a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimi­dos; a predicar el año agradable del Señor”, Lucas 4.16 al 21.

   Él puede librarnos de la esclavitud de los vicios. Citamos ya su gloriosa proclama: “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”, Juan 8.36.

   Él puede librarnos de la condenación. “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió”, Romanos 8.33.  

   Él puede darnos la vida eterna en vez de muerte. “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, más ha pasado de muerte a vida”, Juan 5.24.

¿Cómo conseguirla?

El mismo Jesús predicó: “Arrepentíos y creed en el evangelio”, Marcos 1.15. Así fue que Pablo predicaba el arrepentimiento para con Dios, y la fe en nuestro Señor Jesucristo; Hechos 20.21. El arrepentimiento quiere decir más que tristeza por haber faltado. Es reconocerse perdido por completo, y confesarse pecador. Esto precede a un cambio de actitud; viene antes de la resolución de buscar al Señor. El arrepentimiento conduce a la salvación que es en Cristo Jesús. Dijo Él: “Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente”, Lucas 13.3.

Dios manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan, dijo Pablo a los atenienses en Hechos 17.30. La salvación tiene que venir por la fe personal en Cristo, quien dijo: “El que cree en mí tiene vida eterna”. Esta creencia es más profunda que el mero saber que Cristo murió en una cruz. Significa más bien el creer que Él murió a favor de cada pecador individualmente.

También encierra la confianza plena en la obra de Cristo, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”, Romanos 4.25, 5.1.

Pablo te dice a ti en Romanos 10.9,10: “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación”. Esto no es reconocer la verdad del evangelio; es apropiarse de todo corazón de Cristo y de la salvación que Él ofrece. No es cuestión de creer en Dios, sino de creer a Dios cuando te ofrece una salvación tan grande.

Preguntas y Respuestas

 

1.  


  ¿Qué es notificado ahora, por medio de la Asamblea, a los principados y potestades en los cielos?

àLa multiforme sabiduría de Dios es ahora notificada por la Asamblea a los principados y potestades en los cielos (Ef 3:10).

2.    ¿Cuál es la esperanza, el anhelo y la expectación momentánea de la Asamblea, la Esposa de Cristo?

àLa venida del Señor Jesucristo para llevarla al cielo. La palabra empleada por la Esposa es «ven» (Ap 22:17).

3.    Al convertirse de la idolatría, ¿qué dice la Biblia que hicieron los tesalonicenses?

à«Os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a Su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera» (1 Ts 1:9, 10).

4.    ¿Dónde, dice la Biblia, está la ciudadanía del cristiano? y ¿qué dice que él espera de allí?

àLa Biblia declara que la ciudadanía del cristiano está en los cielos, y que espera que el Salvador, el Señor Jesucristo, venga del cielo, transforme su cuerpo y le lleve allá (Fil 3:20, 21).

5.    Si un creyente muere antes que el Señor venga del cielo por Su Asamblea, el cuerpo del creyente va a la tierra, pero ¿a dónde va él en el momento en que su espíritu y su alma abandonen su cuerpo?

àCuando el creyente muere, va al cielo inmediatamente, para estar conscientemente con el Señor (Fil 1:23).

6.    Muchos creyentes en el día de hoy no están seguros de ir al cielo si mueren. Están confiando en el mismo Salvador en que Pablo confió. ¿Estaba él seguro de ir al cielo cuando muriera?

àPablo sabía que iba a morir (2 Ti 4:6, 7), y sabía que iba al cielo cuando muriera. Él dijo que mientras estuviera aquí en el cuerpo, esta­ba ausente del Señor. Cuando muriera, estaría ausente del cuerpo, más presente con el Señor. (Léase 2 Co 5:6-8).

“En medio de la congregación te alabaré”

 La condición desleal e incrédula del pueblo de Israel


El autor del Salmo 22 es David, y en ese salmo cuenta de sus propias experiencias y relata con anticipación por el Espíritu de los sufrimientos vividos, sentidos y cumplidos de nuestro Señor Jesucristo. Pablo cita este salmo en Hebreos 2:9-12 aludiendo a Cristo que “no se avergüenza de llamarlos hermanos”. Aunque los redimidos eran unos perdidos y miserables pecadores, ahora limpiados en su sangre y santificados, nos ha capacitado y no se avergüenza de llamarnos hermanos.

David nunca se avergonzó de confesar el nombre de su Dios. Confiesa el Señor ante el pueblo (1 Samuel 17:26), confiesa a su Dios ante el rey y sus cortesanos, vv 31-37, confiesa a su Salvador ante su poderoso enemigo, vv 45-47. Semejante a David hubo otros que dentro de la nación o en el destierro confesaron y no se avergonzaron de su Dios. “Hablaré de sus testimonios delante de los reyes, y no me avergonzaré”. (Salmo 119:46) Pablo, el más ejercitado de los siervos de Cristo, hizo célebres sus cadenas en el pretorio romano porque no se avergonzó de Cristo su Salvador. Ante la crítica y la burla de los filósofos griegos no se avergonzó de confesar a Cristo resucitado y Juez del universo. Dijo de Onesíforo que “muchas veces me confortó, y no se avergonzó de mis cadenas, sino cuando estuvo en Roma me buscó solícitamente y me halló”. (Filipenses 1:12-14, Hechos 17:16-32, 2 Timoteo 1:16-18)

Los ejemplos citados, y la confesión de fe en Cristo de hombres y mujeres sencillos como nobles en los días presentes, nos hace expresar más abajo la condición desleal e incrédula del pueblo de Israel que ha entrado en Palestina.

Vino a Caracas en meses pasados el general Arie Shahar, un israelí a quien se le atribuye parte de la victoria alcanzada en estos días en la derrota del ejército árabe en el Sinaí. Un reportero le preguntó a qué factores él atribuía el triunfo relámpago de las tropas de Israel. El general contestó relacionando este golpe de Israel sobre los árabes al golpe certero de muerte que atestó David al gigante Goliat. Dijo que los árabes se habían convertido en un gigante armado con material bélico procedente de Rusia y el ejército árabe había sido adiestrado en las tácticas para la guerra por instructores rusos.

Llama la atención que el pueblo israelí, al celebrar la victoria, lloraron unos y cantaron otros, leyendo los salmos por las calles, pero este general no contestó que su triunfo sólo se atribuye al Dios de gracia, como lo hizo David en sus días que no se avergonzó de confesar y dar a Dios la gloria por el éxito de sus victorias.

Es el orgullo de los judíos que los hace incrédulos. Ante el crecimiento del cristianismo callan, y se avergüenzan de dar la gloria al Señor, confesando sus pecados y admitiendo que todos estos siglos estaban equivocados. Las pruebas se acumulan para que Israel fuera convencido que nuestro Señor Jesucristo es el Mesías y Redentor, pero tendrán que ser fuertemente castigados.

Esta victoria de Israel no es la victoria final; tendrán que pasar por muchos dolores. “Meteré en el fuego la tercera parte y los fundiré como se funde la plata, y los probaré como se prueba el oro. El (Israel) invocará mi nombre; y yo le oiré, y diré: Pueblo mío; y él dirá: Jehová es mi Dios”. ¿Cuándo será esto? Cuando Israel preguntará al Señor: “¿Qué heridas son estas en tus manos?” Y Él responderá: “Con ellas fui herido en casa de mis hermanos”. (Zacarías 13:9,6)

    Así que no será todo el pueblo, sino “el Israel de Dios” que ha pasado por el crisol de la prueba que se humillará. Como en los días de Samuel el pueblo reconoció sus errores y en Mizpa confesaron sus pecados (1 Samuel 7:6), en aquel día no se avergonzarán; confesarán con su lengua: “Grandes cosas han hecho Jehová con nosotros, estaremos alegres”. (Salmo 16:1-3).
José Naranjo

Dios actúa para su propia gloria


 Mirad por vosotros mismos, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que

recibáis galardón completo. (2 Juan 8)

 


La Palabra de Dios, la cual declara claramente que las buenas obras no otorgan la salvación, también declara con claridad que las obras, invariablemente, deben acompañar a la salvación. Si bien no proporcionan la salvación, siempre deben ser una consecuencia de ella. Aquellos que han sido hechos aceptos en el Amado deben trabajar diligentemente para ser aceptables al Amado. Es muy bueno que, con toda humildad de corazón, busquemos diariamente manifestar estas obras de gracia que evidencian la fe. Habiendo ya mirado a Dios para la salvación, ahora deseamos serle agradables en nuestro andar, nuestros hechos y nuestras vidas, para que estas puedan, al final, merecer la aprobación del Maestro, testificada en sus dulces palabras: «Bien, buen siervo y fiel».

Hay cuatro pasajes en el Nuevo Testa-mento que establecen el carácter cristiano en todo su encanto y poder: Mateo 5:3-12, con sus nueve beatitudes; 1 Corintios 13, con sus dieciséis cualidades inigualables; Gálatas 5:22-23, con su racimo de fruto celestial de nueve partes; y 2 Pedro 1:5-8, con su descripción de un cristiano plenamente desarrollado. Las palabras de Mateo 5 presentan un carácter aprendido en humildad, madurado por el sufrimiento, repleto de gentileza, pureza y amor. 1 Corintios 13 es probablemente la lista más noble de bellos pensamientos. Gálatas 5 muestra el secreto por el que podemos tener días celestiales sobre la tierra. 2 Pedro 1, dando por hecho que la fe es el fundamento, se eleva majestuosamente, paso a paso, hasta que la estructura se ve coronada con aquel amor que es el cumplimiento de la ley. Juntas, estas cuatro porciones de la Biblia establecen una magnífica y completa filosofía de la vida cristiana. Hacemos bien si nos examinamos a la luz de ellas.

Ha llegado el momento en el que las vidas de los cristianos prácticamente son la única Biblia que el mundo leerá alguna vez –son tiempos en que lo que somos tiene más peso que lo que decimos. Bienaventurado aquel cuya vida le da validez y poder a su mensaje.

H. Durbanville