Cinco viudas en Lucas
1. Ana, la anciana, Lucas 2.36 al 38
Es un ejemplo de la devoción.
No obstante, su vejez (cien años y pico de
edad), ella era constante en su asistencia al templo. En Hebreos 10.25 hallamos
la exhortación: “No dejando nuestra congregación, como algunos tienen por
costumbre”. Hay algunos cuyo amor por el Señor se ha enfriado tanto que ya
merecen el apodo de dominicales. Cualquier pretexto o excusa les basta para
ausentarse de las reuniones. En cambio, damos gracias a Dios por los hermanos
ancianos, y en especial las viudas, que se esfuerzan por no perder un culto.
Ana se dedicaba a la oración, que es un
ministerio importante en estos tiempos peligrosos. No hace mucho visitamos a un
anciano predicador que ora diariamente por centenares de personas, por nombre.
Además, Ana no se cansaba de hablar de su Señor, y ella poseía un conocimiento
inteligente de la Palabra de Dios porque su esperanza era el advenimiento del
Redentor. No debemos estar esperando la muerte sino la venida de nuestro Señor.
2.
La viuda de Sarepta, 4.26
Es un ejemplo de la obediencia
de la fe.
El profeta Elías le mandó
primeramente que trajera agua, de la cual había gran escasez, y ella obedeció.
Luego pidió un bocado de pan. Ella necesitaba más fe para obedecer esta vez,
pero Elías le animó con la Palabra de Dios, 1 Reyes 17.14. Ella no sabía nada
de la Palabra como nosotros la tenemos; sin embargo, con fe obedeció y tuvo el
honor de alimentar a aquel gran profeta por un año entero.
Ella probó la suficiencia de Dios en cuanto a
sus necesidades. El permite las pruebas en nuestras vidas para que podamos
practicar la obediencia de la fe y recibir alabanza cuando Jesucristo fuere
manifestado; véase 1 Pedro 1.7.
3.
La viuda de Naín, 7.11
Es un ejemplo de las grandes
angustias de la vida además del amparo y la compasión de Cristo.
Leemos que una gran compañía y
muchos discípulos iban con él, y que también había un buen número con la viuda.
Con Cristo había una procesión de vida y con ella una procesión de muerte. Las
dos se encontraron y, una vez dada la palabra a la viuda, “No llores”, nuestro
Señor dijo, “Joven, a ti te digo, levántate”.
El resultado fue asombroso. El muerto se
incorporó y comenzó a hablar. Así la procesión de muerte se cambió en una de
vida. Para nuestras queridas hermanas viudas no habrá soledad ni vacío en el
hogar si dejamos al Señor Jesucristo ocupar su debido lugar en el corazón. Él
es el Amigo que ama en todo tiempo, y es más que un hermano, como lo expresa
Proverbios 18.24.
4.
La viuda que apeló al juez, 18.2 al 7
Es un ejemplo de la
importunidad.
En su debilidad e insuficiencia ella no tuvo
otro recurso que clamar al juez. El no quiso atenderla, pero ella porfiaba con
insistencia, y por fin ganó el apoyo de la justicia. De esta manera nuestro
Señor quiere enseñarnos la importancia de perseverar en la oración, “velando en
ella con hacimientos de gracias”, Colosenses 4.2.
5. La pobre que dio dos blancas, 21.1 al 3
Es un ejemplo de la
liberalidad.
Nuestro Señor se admiró más de
esta ofrenda sin reserva que de las de los ricos. Esa mujer trabajó arduamente
para ganar su diario y las dos monedas representaban lo que había recibido por
la labor del día. Ella dio todo a Dios, pero es seguro que no fue a su casa
para morir de hambre.
El Señor recompensa con
aumento lo que le damos a él de todo corazón. Dice la Palabra: “El alma
generosa será prosperada”, Proverbios 11.25.
Se cuenta de un predicador que, despidiendo la
gente después de una reunión en Londres, recibió de una dama una moneda de oro.
Dijo ella, “Don Fulano, aquí está la blanca de la viuda”. Contestó él, “Pero la
viuda dio dos”. “Ah, es verdad”, exclamó ella, y le dio otra. “Pues, señora”,
respondió el hombre, “dice que ella dio todo el sustento que tenía”. Allí
terminó el asunto, pues la dama no estaba dispuesta a llegar a tal extremo. A
veces nos alabamos por tanto que damos, pero el Señor puede ver lo que retenemos
para nosotros mismos.
Santiago Saword
