domingo, 20 de abril de 2025

Viviendo por encima del promedio (22)

 


En la historia de las misiones cristianas, Gladys Aylward siempre será conocida como “La pequeña mujer.” Pero lo que le faltaba en estatura física lo compensó con creces en logros espirituales. Esta intrépida misionera tema una fe simple en el Señor y mostraba una firme audacia, fortaleza y resistencia al servirlo. Como resultado, vio maravillosas respuestas a la oración, circunstancias que convergían in­creíblemente, y un asombroso número de puertas abiertas al evangelio en China.

Una vez, ella se estaba quedando en un hogar con estu­diantes refugiados que habían huido de los invasores japone­ses. Estos jóvenes estaban orando por un área en el noroeste. Por varias razones, no tuvieron la libertad de ir, así que Gladys concluyó que el Señor quería que ella lo hiciera. Se dispuso a ir, dependiendo de guías que la acompañaran desde una villa a la otra. Cuando llegó a Tsin Tsui, los habitantes intentaron disuadirla de ir más lejos. Le dijeron: “Este es el fin. No hay nada más allá.” Pero Gladys respondió: “El mun­do no se termina así nomás. Debo seguir. Para eso vine.”

Cuando un doctor chino cristiano llamado Huang vio que estaba determinada a hacerlo, se ofreció a acompañarla por cinco días. Los cinco días se extendieron a diez, pues en el camino le hablaban a todo el que encontraban sobre Jesús. Ninguno había escuchado hablar de El jamás. En el undécimo día, caminaron por un área desierta, sin señales de habitación humana. No había lugar para dormir, ni comi­da para comer. Era momento de orar. Gladys comenzó:

“Querido Dios, ten misericordia de nosotros. Puedes ver el apuro en el que estamos metidos. Danos comida y un refu­gio para la noche.” Se sintió reprendida porque su oración estaba centrada en ella y en el doctor.

Entonces, el Dr. Huang oró: “Oh Dios, envíanos a quien Tú quieres que le hablemos de Jesús. No le hemos testifica­do a nadie hoy, pero nos has enviado aquí con algún propó­sito especial. Muéstranos dónde encontrar al hombre que quieres bendecir.” A este hombre sólo le interesaba la obra del Señor.

Gladys decidió que deberían cantar un coro, así las pala­bras y la melodía flotarían en el limpio aire de la montaña.

Pronto el Dr. Huang divisó un hombre a la distancia, sal­tó y corrió a su encuentro. El doctor le gritó a la señorita Aylward para que fuera, pero ella no quería escalar esa montaña empinada y escarpada y dejar todos sus bultos desprotegidos. Así que volvió y finalmente la persuadió a ir. No necesitaba preocuparse por el equipaje; no había nadie que pudiera robarlo.

Cuando llegaron al hombre, ella se sorprendió al ver que era un lama o monje tibetano. A pesar del hecho de que los lamas no se relacionan con mujeres, este invitó a Huang y a Gladys a ir y pasar la noche en la lamasería. Cuando el sa­cerdote vio que ella estaba dudando, le dijo: “Hemos estado esperando mucho para que nos cuentes del Dios que ama.” La pequeña mujer estaba en shock. ¿Cómo podían saber que existía un Dios que ama? ¿Qué contacto podrían haber tenido estas personas aisladas con misioneros o cualquier otra persona del mundo exterior?

Después que los lamas le proveyeron almohadones, agua para lavarse, y una comida deliciosa, dos de ellos se aparecieron a la puerta de Gladys y le pidieron que fuera con ellos. Otros llevaron al Dr. Huang al mismo lugar, una habitación con 500 monjes sentados en cojines. Todo esto desconcertó a Gladys, pero el buen doctor debe haber entendido el propósito de su reunión, pues le dijo que comen­zara cantando un coro. Cuando terminó, habló del naci­miento del Salvador en Belén y continuó hasta Su muerte y resurrección.

La señorita Aylward cantó de nuevo, luego habló; volvió a cantar, y luego habló el Dr. Huang, cantó otra vez, y ha­bló. Por último, se disculpó y se retiró a su habitación. Esta­ba exhausta. Pero su tarea no estaba terminada. Aparecie­ron dos lamas a su puerta y le pidieron que les contara más. Cuando se fueron, vinieron dos más, y así fue toda la no­che. Parecían estar especialmente interesados en el Dios que ama.

Luego de cinco días de evangelismo sin obstáculos, la señorita Aylward fue invitada a una reunión con el lama principal. Para su alivio, supo que él podía hablar mandarín, y ella lo entendía perfectamente. Le preguntó por qué había permitido que una mujer extranjera entrara en su lamasería y hablara con los sacerdotes. Entonces él le contó esta his­toria inolvidable:

Cada año los lamas recogen y venden una hierba de regaliz que crece en las montañas.

Un año, al llegar a una villa, escucharon a un hombre que sostenía un tratado y gritaba: “¿Quién quiere uno? La salvación es gratuita y a cambio de nada. El que obtiene la salvación vive para siempre. Si quiere saber más, venga a la congregación.”

Trajeron el tratado a la lamasería y lo fijaron a la pared. En el mismo se citaba Juan 3:16: ‘‘Porque de tal numera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.” Esto fue como un recordatorio constante de que existía un Dios que ama.

Durante cinco años llevaron las hierbas al mercado, preguntando cada vez dónde vivía “el Dios que ama.” Fi­nalmente, en Len Chow un hombre los guio hasta el re­cinto de la Misión al Interior de la China, donde un mi­sionero les explicó el camino de salvación y les dio una copia de los evangelios. Al estudiarlos, llegaron a Mar­cos 16:15: “Id por todo el mundo y predicad el evange­lio a toda criatura.” Entonces concluyeron que en algún momento alguien vendría a ellos con el evangelio. Deci­dieron que cuando Dios enviara un mensajero, deberían estar listos para recibirlo.

Esperaron otros tres años. Entonces dos monjes, que es­taban trabajando en las montañas, escucharon a alguien cantando. Se dijeron: “Sólo las personas que conocen a Dios cantarían.” Mientras uno bajaba la montaña para en­contrarse con Gladys y el Dr. Huang, el otro volvió a la- masería para avisar al resto de los lamas para que se prepa­raran para los invitados tan esperados.

Esa fue la razón por la que los dos cristianos fueron reci­bidos tan cálidamente y con corazones tan hambrientos.

¿Se convirtió algún lama? Gladys Aylward se fue sin sa­berlo. Todo lo que sabía era que el Señor la había guiado a ella y al Dr. Huang hacia ellos a través de una serie de citas divinas, y ella estaba conforme con dejarle el resultado a Él. Dudo que Él hubiese arreglado tales intrincadas circunstan­cias sólo para que su final fuera la frustración.

La pequeña mujer imitaba al Señor Jesús con su fe fres­ca e íntegra, con su obediencia a Sus instrucciones, y con su fiel confesión de Él ante otras personas. Vio cómo los engranajes de su vida encajaban. Su servicio brillaba con lo sobrenatural. Cuando tocaba otras vidas, algo sucedía para Dios.

William MacDonald

¿Qué dice la Biblia sobre la mundanalidad?

 

La definición que el diccionario hace de "mundano" es: "relativo a, o dedicado a, el mundo temporal". Por lo tanto, la mundanalidad es la condición de preocuparse por los asuntos de este mundo, especialmente en detrimento de las cosas espirituales. La Biblia tiene mucho que decir sobre la mundanalidad, y nada de ello es bueno.

Pablo compara la mundanalidad con la inmadurez espiritual en 1 Corintios 3:1-3, donde se dirige a los creyentes de la iglesia de Corinto con respecto a su comportamiento mundano. Aunque eran creyentes - los llama "hermanos" - eran bebés espirituales que no podían entender las cosas profundas de Dios que Pablo deseaba compartir con ellos. Nunca habían avanzado más allá del aprendizaje de los fundamentos de la fe y, aparentemente, se conformaban con permanecer allí. Esta falta de madurez les llevó a comportarse como si todavía formaran parte del mundo de los no salvos. Discutían entre ellos sobre cuál de los apóstoles era el más grande por el hecho de que lo seguían (1 Corintios 1:11-13; 3:4), cuando en realidad no seguían a ninguno de ellos, sino que seguían sus propios deseos y su anhelo de situarse por encima de los demás. Pablo los exhortó a que crecieran y maduraran en la fe para que dejaran de tener un comportamiento mundano.

Las epístolas describen la mundanalidad como todo lo contrario a la piedad. La sabiduría del mundo para nada es sabiduría (1 Corintios 3:18-19). Antes bien, es una tontería, especialmente la sabiduría del mundo en el tema de la religión. Lo vemos hoy en día en las interminables discusiones sobre "espiritualidad" por parte de hombres cuya sabiduría espiritual no se basa más que en ilusiones mundanas. La verdadera sabiduría que viene de Dios se contrapone a la insensata "sabiduría" del mundo en toda la Escritura. El mensaje de la cruz es una locura para los que tienen una sabiduría mundana que perece (1 Corintios 1:18) porque la verdadera sabiduría no proviene de las filosofías de los hombres, sino de la Palabra de Dios. La verdadera piedad siempre tiene la oposición del mundo.

Además, Pablo se refiere a una "tristeza del mundo" (2 Corintios 7:10) que es lo opuesto a la tristeza piadosa que proviene del verdadero arrepentimiento. La tristeza que es de Dios es la que sentimos por nuestro pecado cuando llegamos a verlo como Dios lo ve y cuando nuestro punto de vista está de acuerdo con el de Él. La tristeza mundana, en cambio, no proviene del conocimiento del pecado contra un Dios santo, sino de las circunstancias en que se encuentran los mundanos. La tristeza del mundo surge del amor a sí mismo y puede originarse por la pérdida de amigos o propiedades, por la decepción o por la vergüenza y la desgracia. No obstante, una vez que las circunstancias se corrigen por sí mismas, la tristeza del mundo desaparece. Sin embargo, la tristeza de Dios sólo se alivia acudiendo a Cristo, que es el único que libera de la pena, el castigo y el poder del pecado.

Por último, la Escritura establece una clara distinción entre la amistad con Dios y la amistad con el mundo. Santiago 4:4 nos dice que "la amistad del mundo es enemistad contra Dios". Continúa diciendo que "cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios". El apóstol Santiago utiliza las fuertes palabras "enemistad" y "enemigo" para hacer entender que podemos estar en el mundo o en el reino, pero no en ambos porque están en los extremos opuestos del espectro. Aquellos que eligen la mundanalidad eligen vivir en el campo del enemigo porque todo lo que es del mundo está bajo el control de Satanás (1 Juan 5:19). Satanás es el gobernante de este mundo, y cuando elegimos el mundo, nos alistamos en su perverso ejército y nos convertimos en enemigos de Dios.

Para el cristiano, la elección es clara. Para evitar la mundanalidad, debemos madurar en la fe, creciendo en Cristo en todo sentido, de modo que ya no seamos niños espirituales, arrastrados por las mentiras del mundo (Efesios 4:14-15). Debemos llegar a conocer la diferencia entre la sabiduría de Dios y la insensatez de la sabiduría del mundo, y eso sólo se logra mediante el estudio cuidadoso y diligente de la Palabra, buscando la sabiduría de Dios en la oración (Santiago 1:5), y disfrutando de la comunión de otros creyentes maduros que pueden animarnos a rechazar la mundanalidad y abrazar la santidad.


LEYENDO DIA A DIA 1 CORINTIOS (12)

 

11.17 al 34 Orden en las reuniones

Nuestro versículo de apertura enseña que la sustancia de la sección anterior había sido parte de la causa de desórdenes en la asamblea. Pero había otra causa. Las divisiones y los cismas estaban a la vista, aun en su reunión para hacer memoria del Señor.

En aquellos días la reunión comenzaba con un ágape, o convivio, pero éste se estaba degenerando en una orgía de bebida y comida, cuando los ricos traían una abundancia y los pobres se quedaban hambrientos y apenados, vv 21, 22. Esta situación convertía la fiesta sagrada de conmemoración en un acto nada santo. Pablo escribe, entonces, para corregir semejante desorden y promover el buen orden. Les instruye a los santos que la fiesta conmemorativa debe ser:

·         Sujetada. Debe reconocer el señorío de Cristo. Nótese que siete veces se hace mención del Señor. Siendo Señor, debe dominar nuestras reuniones, cosa que frenará la tendencia cismática.

·         Guiada. La conmemoración de los sufrimientos y la muerte debe orientar la reunión. Haciendo memoria de él, nos olvidaremos de nosotros mismos y de nuestras prioridades, vv 24 al 26.

·         Sencilla. La sencillez tan hermosa de la fiesta es evidente en los vv 23 al 25, y puede ser mancillada por las añadiduras inventadas y por la legalidad no autorizada.

·         Expectativa. Se celebra sólo “hasta que Él venga”.

Estas cuatro características tienen como fin quitar el yo de las reuniones de la iglesia.

Con esto en mente, mucha debe nuestra preparación de corazón como también el cuidado en nuestra conducta cuando vamos a la conmemoración colectiva de nuestro Señor, vv 27 al 29. Asistir de otra manera puede acarrear la disciplina suya. ¿Será que a veces puede tomar la forma de una enfermedad o la muerte? v. 30.

Al reunimos para partir el pan, no debemos sólo hacer memoria del Señor reverentemente, sino a la vez respetar a nuestros co-creyentes del gran cuerpo de Cristo, vv 29,33, porque somos “un solo pan”, 10.17. Cuán necesario y prudente es, entonces, juzgarnos a nosotros mismos para que no seamos juzgados del Señor.

Lección: Señor, enséñame cómo conducirme en la casa de Dios. 1 Timoteo 3.15

S.Emery 

domingo, 30 de marzo de 2025

“TRABAJA”, es un mandamiento

 

Lee 2 Tesalonicenses 3.10-13. El verso 10 dice: “Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma”. Dijo William MacDonald: “es el mandamiento para los perezosos”. Tanto en el primer siglo, como hoy, hay personas adiestradas en “no trabajar”. Dicen que no encuentran trabajo (¡pero los demás sí!). Sin trabajo, viviendo a expensas de otros: sus padres, su esposa, o un hermano “generoso” (ingenuo). El trabajo es bueno e importante. Pero éstos, ya que no trabajan, tienen tiempo para meterse en otras cosas. “...Andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno” (v. 11). Lo ajeno es lo que no les corresponde. Pero como no tienen otras responsabilidades, se inventan cosas que hacer. Se inventan actividades, teorías (como el Dióxido de Cloro, o la Tierra Plana, u otras teorías de conspiraciones), y las protagonizan con los demás. Hablan, pero no trabajan.

Pablo da la solución: el trabajo “A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que, trabajando sosegadamente, coman su propio pan” (v. 12). Que provean para sus propias necesidades. No vivan del paro, o del salario de otro - su esposa, sus padres, su hermano, etc... Algunos de ellos dicen que “están buscando trabajo”, pero curiosamente, nunca lo encuentran. Parece que no están dispuestos a aceptar cualquier trabajo. Pero, trabajar es hacer bien (v. 13). Aunque se remanguen y trabajen con horas largas y poco pago, luego hallarán que "dulce es el sueño del trabajador" (Ecl. 5.12). No les sobrará tiempo para otras cosas. Trabajar es mejor que estar parado, que soñar, y es mejor que entremeterse en lo ajeno.

C.H. MACKINSTOSH


HERMANOS SANTOS (3)

 El Sumo Sacerdote de nuestra profesión

Examinemos ahora otra división importante de nuestro tema. Hemos de considerar al “sumo sacerdote de nuestra profesión”. Esto también está repleto de las más ricas bendiciones para cada uno de los hermanos santos. El mismo Bendito que, como Apóstol, descendió de Dios hasta nosotros para darle a conocer, ha vuelto a Dios a fin de estar delante de Él por nosotros. Vino a hablarnos de Dios, y ha vuelto a lo alto para hablar de nosotros a Dios. Aparece por nosotros ante la faz de Dios. Nos lleva continuamente sobre su corazón. Nos representa delante de Dios, y nos mantiene en la integridad de la posición en que su obra expiatoria nos ha introducido. Su bendito sacerdocio es la provisión divina para nuestra senda en el desierto. Si sólo fuese cuestión de nuestra posición o de nuestro título, no tendríamos necesidad de sacerdocio; pero como se trata de nuestro estado actual y de nuestra marcha práctica, no podríamos dar un solo paso si no tuviésemos a nuestro gran Sumo Sacerdote viviendo siempre por nosotros en la presencia de Dios.

Ahora bien, la epístola a los Hebreos nos presenta tres preciosísimas facetas del servicio sacerdotal del Señor. En primer lugar, leemos en el capítulo 4: “Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” [5]

Lector cristiano, ¿no es una preciosa e inmensa bendición el tener, a la diestra de la Majestad en los cielos, a Uno que se compadece de nuestras debilidades, que participa en todos nuestros dolores, que siente por nosotros y con nosotros en todos nuestros ejercicios de alma, nuestras pruebas y nuestras dificultades? ¡Qué inefable bendición el tener en el trono de Dios a un Hombre, a un corazón humano perfecto, con el que podemos contar en todas nuestras debilidades, nuestras cargas y nuestros conflictos; en todas las cosas, en una palabra, aparte del pecado! Con este último —bendito sea su Nombre— Él no puede tener ninguna simpatía.

¿Qué pluma, qué lengua humana, sería capaz de describir digna y plenamente la profunda bendición que resulta del hecho de tener en la gloria a un Hombre cuyo corazón está con nosotros en todas las pruebas y los dolores de nuestra senda a través del desierto? ¡Qué preciosa provisión! ¡Qué divina realidad! Aquel que tiene toda potestad en los cielos y en la tierra, vive ahora por nosotros en el cielo. Podemos contar con él en todo tiempo. Toma parte en todos nuestros sentimientos, como ningún amigo en la tierra podría hacerlo. Podemos acudir a Él y decirle cosas que no podríamos confiar a nuestro amigo más íntimo en la tierra. Él solo puede comprendernos perfectamente.

Pero nuestro gran Sumo Sacerdote puede comprender todo lo que nos concierne. Ha pasado por todos los dolores y las pruebas que un corazón humano puede conocer. Por eso es capaz de simpatizar perfectamente con nosotros, y se complace en ocuparse de nosotros cada vez que pasamos por el dolor y la aflicción, cuando nuestro corazón es quebrantado y abrumado bajo un peso de angustia que sólo Él puede conocer plenamente. ¡Precioso Salvador! ¡Misericordioso Sumo Sacerdote! ¡Que nuestros corazones hallen sus delicias en ti, y se acerquen más y más a las fuentes inagotables de consolación y de gozo que se hallan en tu tierno amor por todos tus hermanos probados, tentados, que lloran y sufren aquí abajo!

Hebreos 7:25 nos muestra otra preciosísima parte de la obra sacerdotal de nuestro Señor, a saber: su incesante intercesión a favor de nosotros en la presencia de Dios. “Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.”

¡Qué poderoso consuelo para todos los “hermanos santos”! ¡Qué seguridad bendita! Nuestro gran Sumo Sacerdote nos lleva continuamente en su corazón delante del trono. Todo lo que concierne a nosotros está en sus benditas manos, y jamás dejará que nada de lo nuestro peligre. Vive por nosotros, y nosotros vivimos en Él. Nos llevará adelante, en seguridad, hasta el fin. Los teólogos hablan acerca de «la perseverancia final de los santos»; la Escritura habla de la perseverancia de nuestro divino y adorable Sumo Sacerdote. Sobre eso reposamos. Él nos dijo: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis” (Juan 14:19). “Si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo —el único medio por el cual podíamos ser reconciliados—, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Romanos 5:10), es decir, su vida en lo alto en el cielo. Él se ha hecho a sí mismo responsable —garante— de cada uno de los “hermanos santos”, de llevarlos derecho a la gloria a través de todas las dificultades, pruebas, trampas y tentaciones del desierto. ¡Que el universo entero alabe por siempre su bendito Nombre!

Naturalmente que no podemos, en tan breve escrito, abordar el gran tema del sacerdocio con todos sus detalles. No podemos más que tratar brevemente los tres puntos sobresalientes que ya mencionamos, y citar, para el lector, los pasajes de la Escritura donde aparecen.

En Hebreos 13:15 tenemos la tercera parte del servicio que el Señor cumple por nosotros en el santuario celestial: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre.”

¡Que consuelo es saber que tenemos delante de Dios a Uno que le presenta nuestros sacrificios de alabanzas y nuestras acciones de gracias! ¡Cuán dulcemente ello nos anima a llevarle en todo tiempo tales sacrificios! Es cierto que pueden parecer muy pobres, muy magros y muy imperfectos; pero nuestro gran Sumo Sacerdote sabe cómo separar lo precioso de lo vil. Toma nuestros sacrificios y los presenta a Dios en toda la perfección del perfume de buen olor de su propia Persona y de su ministerio. El menor suspiro del corazón, la menor expresión de los labios, el más insignificante acto de servicio, sube a Dios no solamente despojado de toda nuestra debilidad e imperfección, sino adornado de toda la excelencia de Aquel que vive siempre en la presencia de Dios, no solamente para simpatizar e interceder, sino también para presentar nuestros sacrificios de acciones de gracias y de alabanzas.

Todo esto está lleno de aliento y de consuelo. ¡Cuán a menudo tenemos que lamentarnos por nuestra frialdad, de nuestra esterilidad, de nuestra falta de vida, tanto en privado como en público! Parece que somos incapaces de hacer algo más que proferir un gemido o un suspiro. Pues bien, Jesús —y éste es el fruto de su gracia— toma este gemido o este suspiro, y lo presenta a Dios en todo el valor de lo que es. Ello es parte de su ministerio actual por nosotros en la presencia de nuestro Dios, ministerio que Él se complace en cumplir —¡bendito sea su Nombre! —. Él halla su gozo en llevarnos sobre su corazón ante el trono. Piensa en cada uno de nosotros en particular, como si no tuviera más que uno solo en quien pensar.

¡Qué maravilloso es esto!, pero así lo es. Él toma parte en todas nuestras pequeñas pruebas, en nuestros dolores más despreciables, en nuestros conflictos y ejercicios de corazón, como si no tuviera otra cosa en que pensar. Cada uno de nosotros posee la atención y la simpatía indivisas de su grande y amante corazón, en todo lo que pueda surgir durante nuestro curso a lo largo de esta escena de pruebas y de dolores. Él la recorrió toda. Conoce cada paso del camino. Podemos discernir la huella bendita de sus pisadas a través del desierto, y, mirando a lo alto los cielos abiertos, le vemos en el trono, a Él, al Hombre glorificado, pero al mismo Jesús que estuvo aquí abajo; las circunstancias en que estuvo han cambiado, pero no así su corazón tierno, amante y lleno de simpatía: “El mismo ayer, y hoy, y por los siglos.”

Tal es, pues, amado lector cristiano, el gran Sumo Sacerdote que somos exhortados a considerar. Realmente, tenemos en él lo que responde a todas nuestras necesidades. Su simpatía es perfecta; su intercesión prevalece, sobre todo, y nuestros sacrificios, para Él, son hechos aceptables. Bien podemos decir: Lo tenemos “todo, en abundancia” (Filipenses 4:18 - V.M.).

"Considerémonos unos a otros"

Y ahora, como conclusión, echemos un vistazo a la exhortación de Hebreos 10:24: “Considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras.”

La conexión moral de este pasaje con el que nos ha ocupado, primeramente, es verdaderamente hermosa. Cuanto más atentamente consideremos a Jesús, tanto más aptos y dispuestos estaremos para considerar a todos los que le pertenecen, quienesquiera que sean y dondequiera que se encuentren. Mostradme un hombre lleno de Cristo, y yo os mostraré a un hombre lleno de amor, de solicitud y de interés por cada miembro del Cuerpo de Cristo. Así debe ser. Es simplemente imposible estar cerca de Cristo, y no tener el corazón lleno de los más tiernos afectos por todos los que le pertenecen. No podemos considerarle a Él, sin acordarnos de ellos y ser conducidos a servirles, a orar por ellos, a tener simpatía respecto a ellos de acuerdo con nuestra débil medida.

Si oís que alguno habla en alta voz de su amor por Cristo, de su apego a su Persona, del deleite que halla en Él, y, al mismo tiempo, veis que no hay en esta persona ni amor por aquellos que pertenecen a Cristo, ni solicitud respecto de ellos, ni interés por sus circunstancias, ni buena disposición para dedicar tiempo y esfuerzo para ellos, ni sacrificio de sí mismo por amor a ellos, podéis estar seguros de estar en presencia de una profesión vacía y sin valor. “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.” Y todavía: “Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1.a Juan 3:16-18; 4:21).

Son estas palabras saludables para cada uno de nosotros. ¡Ojalá que hagan mella en el fondo de nuestro corazón! ¡Ojalá que, por la poderosa acción del Espíritu Santo, podamos ser hechos capaces de responder de todo nuestro corazón a estas dos importantes y acuciantes exhortaciones: Considerar al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, por una parte, y, por la otra: ¡Considerar los unos a los otros! Y recordemos que una consideración conveniente de los unos por los otros jamás revestirá la forma de una curiosidad indiscreta, ni de un espionaje inexcusable: cosas que no pueden ser consideradas más que como la plaga y la destrucción de toda sociedad cristiana. No; es lo contrario de todo esto. Es la solicitud tierna y amante, que se expresa de una manera refinada, delicada y oportuna en todo servicio brindado, fruto del amor de una verdadera comunión con el corazón de Cristo.

C.H. MACKINSTOSH


LOS DOCE HOMBRES DE PABLO (9)

 


El hombre "carnal" y el hombre “maduro”


En 1ª Corintios 2: 6, el Apóstol dice: "Sin embargo, hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez". Y luego, en 1ª Corintios 3: 1-3, él dice, "Y yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no alimento sólido; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, porque aún sois carnales". 1ª Corintios 3: 1-3 – RV1977). Aunque estos dos términos no se encuentran en el mismo versículo ellos parecen ser otro contraste donde Pablo compara el estado y la madurez de los cristianos.

 

EL HOMBRE CARNAL

"Carnal" significa, 'guiado por las sensaciones de los sentidos'. Dicha palabra Indica un estado en que la persona es gobernada por la carne y no por el Espíritu. Un hombre "carnal" podría incluso ser un cristiano que tiene el Espíritu de Dios, pero no vive según el Espíritu. Un cristiano carnal se anquilosará en su crecimiento espiritual. Este era el problema con muchos de los corintios.

Hay tres ocasiones en las que el apóstol Pablo habla de un niño de forma no recomendable. Muchos de los creyentes judíos estaban aún en aquel estado porque no habían abandonado las formas y rituales de la religión terrenal, — el Judaísmo. (Hebreos 5: 11-14). Del mismo modo, un creyente que se aferra a un orden religioso externo, formal, en la cristiandad, también se verá impedido en su crecimiento. Luego, en Efesios 4, Pablo habla de los cristianos que permanecen como "niños" por no aprovechar los dones que Cristo, la Cabeza celestial, ha concedido a la Iglesia. (Efesios 4: 14). El propósito de estos dones es ayudar a los santos a entender la verdad y a andar conforme a ella. Luego estaban los corintios que eran "niños" por otro motivo, — la carnalidad al seguir a hombres. (1ª Corintios 3: 1-4). Ninguno de estos, obviamente, son encomiables. El único momento en que la niñez espiritual es aceptable es cuando una persona es joven en la fe, siendo recién salva. (1ª. Juan 2: 18-27).

 

EL HOMBRE MADURO

Maduro conlleva el pensamiento de 'perfecto' o 'crecimiento pleno'. Un hombre maduro no es uno que nunca comete un error sino un creyente que tiene un solo objeto en Su vida, — Cristo. (Filipenses 3: 13-15). Cuando el Señor venga, seremos hechos perfectos en todo el sentido de la Palabra. Ya no tendremos la carne y por lo tanto ya no fallaremos en nada. (Filipenses 3: 12; Hebreos 11: 40; Hebreos 12: 23). Pero hasta ese momento el deseo de Dios es que espiritualmente "lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños". (Efesios 4: 13, 14).

La costumbre de Pablo era hablar de la sabiduría de Dios "entre los que han alcanzado madurez". (1ª Corintios 2: 6). Comentando acerca de este versículo Hamilton Smith dijo: «El término ["madurez"] no designa simplemente a un creyente en contraste con un pecador. Dicho término es usado más bien para describir a un creyente adulto y maduro en contraste con aquellos de quienes el Apóstol habla como siendo niños». Ello significa que Pablo procuraba llegar a aquellos de su audiencia que estaban avanzando espiritualmente. Si ellos recibían su doctrina y eran edificados mediante ella a su vez podían presentarla a los demás cuando ellos podían recibirla. Pablo enseñó a Timoteo a hacer lo mismo. Él debía presentar la verdad a "hombres fieles" para que enseñaran también a otros (2ª Timoteo 2: 2). Aunque la mayoría de los corintios eran "niños" debido a su carnalidad, había algunos que eran "maduros" en este sentido. 1ª Corintios 16: 15-18 indica esto. Era a éstos a quienes Pablo procuraba comunicar el "alimento sólido" de la verdad, pero a los "niños" él los alimentaba sólo con "leche".

 

Perfil Escritural del Hombre Maduro (Perfecto).

1.       Tiene un solo interés en la vida, — Cristo. (Filipenses 3: 13-15).

2.       Toma alimento sólido y no sólo leche. (Hebreos 5: 11, 12).

3.       Anda en separación del mundo. (2ª Corintios 6: 14-17).

4.       Se juzga a sí mismo. (2ª Corintios 7: 1).

5.       Ha abandonado el judaísmo y todos sus principios judaicos. (Hebreos 6: 1-4).

6.       Es gobernado por la obediencia sencilla. (1ª. Juan 2: 5).

7.       Tiene un amor más profundo y amplio por los demás. (1ª. Juan 4: 11, 12).

8.       Está menos ansioso en la prueba. (Santiago 1: 2-4).

9.       Controla su lengua. (Santiago 3: 2).

10.    Es generoso con sus posesiones. (Mateo 19: 21).

11.    Anda en coincidencia con sus hermanos. (Juan 17: 21-23).

12.    Su servicio es conforme al pensamiento de Dios. (Hebreos 13: 21).

 

Algunas consideraciones prácticas

Podemos preguntarnos por qué es que algunos cristianos después de ser salvos, progresan rápidamente en las cosas divinas mientras que otros parecen progresar más lentamente con muchos altibajos. Si nosotros lo tuviéramos marcado en un gráfico la línea sería casi vertical para algunos mientras que para otros ascendería y descendería. Algunos imaginan que esto es debido a que todos tenemos distintos niveles de inteligencia. Otros dirán que ello tiene que ver con que, si usted es estudioso o no, — a menudo excusándose ellos mismos diciendo que no son lectores. Y además algunos piensan que usted necesita tener un don para ello y que no todos los cristianos lo tienen. Pero estos no son los motivos por los que unos crecen más rápido que otros.

Alguien dijo que el crecimiento espiritual es como encender una fogata. Usted puede colocar la leña de tal manera que cuando encienda el fuego este realmente prenda y arda bien. Pero usted también puede colocar la leña descuidadamente de modo que el fuego no enciende muy bien. Lo mismo ocurre en las cosas de Dios. Nosotros necesitamos tener ciertos principios a punto en nuestras vidas para que el Espíritu de Dios pueda tomar la verdad de Dios y aplicarla a nuestros corazones y conciencias para crear un crecimiento verdadero. Ya que hay un paralelo entre el crecimiento natural y el crecimiento espiritual nosotros necesitamos tener las siguientes cosas a punto en nuestras vidas, a saber,

Buen alimento, — alimentarse de Cristo en la Palabra de Dios. (1ª Pedro 2: 1, 2).

Aire fresco, — Respirar la atmósfera celestial de la comunión con Dios Padre y con Su Hijo. (Juan 14: 23).

Ejercicio regular, — Juicio propio mediante el cual toda cosa carnal es eliminada de nuestras vidas. (1ª Timoteo 4: 7).

Un entorno libre de contaminación, — comunión cristiana en separación del mundo. (2ª Corintios 6: 14-17; Hechos. 4: 23; 2ª Timoteo 2: 22).

Con castigo sobre el pecado Corriges al hombre (Salmo 39:11)

 Una institución sin disciplina vendría a ser un lugar de confusión, arbitrariedad y desventura. La disciplina empieza en el hogar y aquellos hijos levantados en la rectitud del orden y la obediencia vendrán a ser mañana los hombres que legislan, que derrumban la familia, que guían los pueblos, o son aptos para pastorear la grey del Señor.

No me propongo dar clases de cívica, ni lecciones de moral. Tampoco pienso establecer reglas sobre el caso. Quiero hablar de tres disciplinas impuestas a Pedro que le resultaron de un fuerte sostén para la edificación de la vida espiritual.

Disciplina privada, o reprensión personal para quitarle el miedo a la cruz y alentarle al sufrimiento.

“Entonces volviéndose dijo a Pedro: quítate de delante de mí, Satanás; me eres escándalo; no entiendes lo que es de los hombres ... Si alguno quiere segur en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame.” (Mateo 16:23,24)

Disciplina de tiempo, tres días para quitarle el orgullo y la confianza en su yo.

“Entonces vuelto el Señor, miró a Pedro: y Pedro se acordó de la palabra que el Señor como le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces ... Y saliendo fuera Pedro, lloró amargamente.” (Lucas 22:61,62)

Disciplina pública, delante de todos, reprensión en la cara.

Medida profiláctica, pus había contaminado a otros. “Empero viniendo Pedro a Antioquía lo resistí en la cara, porque era de condenar.” (Gálatas 2:11-14)

“El que tiene en poca la disciplina, su alma menosprecia; más el que escucha la corrección, tiene entendimiento.” (Proverbios 15:32)

Hasta aquí parece que Pedro ignoraba que en la vida es menester pasar por dos clases de sufrimiento. Los sufrimientos físicos que provienen de conseguir “el pan con el sudor del rostro,” y los sufrimientos que se adquieren para entrar al reino de los cielos. Son estos sufrimientos morales e involuntarios que combaten adentro y afuera. Todavía a Pedro le faltaba mucho que aprender de los sufrimientos por la cruz de Cristo.

En esta ignorancia el hombre torpe cree que puede aconsejar a Dios. (Mateo 16:22) Hay gentes en el mundo que nunca han sabido, ni han querido llevar una cruz y al no tener esa experiencia se burlan de las aflicciones de los creyentes o procuran persuadir a otros para que no lleven la cruz. (Gálatas 6:12)

Sin que ninguna pretenda encaramarse sobre sus hermanos, porque debemos “considerarnos a nosotros mismos que no seamos también tentados,” debemos ser francos con nuestros hermanos. Si el caso amerita una reprensión fuerte personal, debemos hacerlo habiendo tenido antes ejercicio delante del Señor. Si el hermano se ofende porque se le dice la verdad, peor para él porque ya no será secreto de dos; Mateo 18:16,17.

No podemos negar la veracidad y la ligereza de Pedro en sus decisiones; tampoco ignoramos que el orgullo de Pedro estaba intacto, porque muchas veces dio demostración de él en su manera de actuar. Orgullo natural y altivo, orgullo que llega hasta el sepulcro; y por ironía, sólo quien humilla el orgullo son los gusanos. Mientras más elevada es la posición del individuo, más orgullo se pone.

Hace algún tiempo, una hermana de cierta posición social pecó porque se puso a recibir lecciones de los llamados Testigos de Jehová. Aquella señora se enfermó y no quería admitir que había errado. En su gravedad nos mandó a llamar; estaba en la cama casi inconsciente, los ojos cerrados, el rostro duro; parecía que estaba lejos del lugar. Dijimos en voz clara y fuerte: “Señora, ¿se retracta usted de haber recibido doctrinas heréticas de los rusellistas [Testigos de Jehová]?” Aquella señora dijo, “Nooo.” Dios días después confesó que había errado y enseguida murió.

La mejor disciplina para el orgullo es poner a la luz del sujeto sus propios errores. A veces el orgullo es cubierto con una falsa humildad. Muchas veces la pena también es indicio de orgullo disfrazado.

¡Qué ejemplo más elevado de humildad tenemos en el Señor! “Quien cuando le maldecían no retornaba maldición, cuando padecía no amenazaba, sino remitía la causa al que juzga rectamente.” (1 Pedro 2:23) “Señor, enséñame a saber lo que no sé, y a reconocer en las pruebas la disciplina, hasta que, en una experiencia vivida, llegue a aprender: ‘Y ya no vivo yo’.”

La tercera disciplina de Pedro en mi concepto la juzgo más grave. Ya que era viejo, sabía con certeza la fidelidad del Señor, “de estar con los suyos hasta el fin.” Pedro se había enfrentado a los representantes de la nación y les había imputado el crimen de haber dado muerte al Señor. Ciertamente testificó sin orgullo y sin miedo ante las mismas autoridades que le condenaron, de su fe en Cristo. Pedro había recibido una revelación especial de no hacer distinción entre judíos y gentiles: “Lo que Dios limpió no lo llames tú común.” (Hechos 10:15)

El pecado de Pedro fue la simulación y en esta malicia habían sido otros contaminados; hasta el gran Bernabé era llevado también. “Un pecador destruye mucho bien.” Además de necesaria, era buena la disciplina o reprensión pública, porque en Pedro era “la mosca muerta en el perfume al estimado por sabiduría y honra.” (Eclesiastés 10:1)

¿Qué sería de la Iglesia si no se hubiera quitado el contagio de Ananías y Safira; si no se hubiera cortado la avaricia de un Simón mago; si no se reprende en la cara a Pedro; si no se pone fuera de comunión al incestuoso de Corinto? Vendríamos a ser la Iglesia Romana.

¡Gracias al Señor! por sus instrucciones para disciplina en su Iglesia.

José Naranjo