domingo, 30 de marzo de 2025

El mandato a Predicar

 Fueron enviadas cartas por medio de correos a todas las provincias del rey, con la orden de destruir, matar y exterminar a todos los judíos ... y salieron los correos prontamente por mandato del rey. Ester 3.13,15. Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura ... Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes. Marcos 16.15,20


Un mensaje urgente de muerte

¡Con qué crueldad aquel potentado terrenal Asuero entregó en manos de Amán, un enemigo despiadado del pueblo de Dios, el destino de miles de vidas inocentes! “El justo cuida de la vida de su bestia; más el corazón de los impíos es cruel”, Proverbios 12.10.

Pero Dios estaba obrando detrás del telón, como sólo Él puede hacer. El permitió esta maniobra de Amán y esta indiferencia de Asuero con el fin de producir un profundo examen y ejercicio de corazón entre su pueblo terrenal que se encontraba en cautiverio en aquel imperio lejano de Babilonia, ya que ellos se habían acostumbrado a su ambiente y se habían interesado por las cosas materiales. Esta tendencia estaba evidente no obstante el hecho de que, según manifiesta la cronología bíblica, ya había comenzado el gran avivamiento poscautiverio. Aparentemente el libro de Ester se refiere a una interrupción en este movimiento restaurador.

Se cumplen una vez más, entonces, las palabras del salmista: “Ciertamente la ira del hombre te alabará; tú reprimirás el resto de las iras”, 76.10. Dios intervino en el momento crítico y la situación cambió de un todo: “Colgaron a Amán en la horca que él mismo había hecho preparar para Mardoqueo”.

Un mensaje urgente de vida

En contraste con el espíritu indiferente del rey Asuero, y la proclama de muerte que salió de su presencia, a nosotros nos ha sido encomendada una proclama divina en la forma del santo evangelio. En ésta vemos que el Padre ha dado toda autoridad al Hijo, quien se ha dado a sí mismo, derramando su vida y sangre para que pecadores culpables puedan ser librados del poder de su enemigo cruel, Satanás. El mensaje de hoy es que todo aquel que cree no se perderá, sino tendrá vida eterna.

Aquellos mensajeros de los tiempos de Mardoqueo y Ester tuvieron que salir a prisa con la orden de muerte a los judíos. Pero un poco después, fue impartido otro edicto todavía más urgente: “El rey daba facultad a los judíos que estaban en todas las ciudades, para que se reuniesen y estuviesen a la defensa de su vida”, 8.11.

¿Y qué? Leemos que “los correos, pues, montados a caballos veloces, salieron a toda prisa por la orden del rey ... y en cada provincia y en cada ciudad donde llegó el mandamiento del rey, los judíos tuvieron alegría y gozo”.

Todavía está en juego la vida de las multitudes. El día de la gracia de Dios está llegando a su fin, y tenemos que apresurarnos. El mensaje es: “He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación”, 2 Corintios 6.2.

Es muy solemne la verdad encerrada en la parábola del Señor acerca del trigo y la cizaña: “Mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró la cizaña”. A la par con la apatía creciente del pueblo de Dios en cuanto a la salvación de los perdidos, hay más y más evidencia de que el enemigo está activo. Él está sembrando la cizaña del comunismo, romanismo, adventismo, ruselismo [Testigos de Jehová] y todo otro ismo.

Hermanos: “Es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos”, Romanos 13.11.
Santiago Saword

Viviendo por encima del promedio (21)

 

El primer mandamiento con promesa


Reuben Torrey, un evangelista estadounidense y erudito de la Biblia, solía hablar de una madre viuda de Georgia que tenía un único hijo. Vivían por debajo del nivel de po­breza, pero ella lograba llegar a fin de mes por medio del la­vado. Y no se quejaba. Lo aceptaba como del Señor.

El hijo era excepcionalmente brillante. De hecho, era el mejor graduado en su clase de secundaria. Aparte del Se­ñor, él era la luz de los ojos de su madre.

A causa de su escolaridad, fue escogido para dar el dis­curso de despedida en la ceremonia de graduación. Tam­bién le sería otorgada una medalla de oro a la excelencia en una de sus materias.

Cuando llegó el día de la graduación, se dio cuenta de que su madre no se estaba preparando para asistir. Y le dijo: “Mamá, es el día de la graduación. Es el día en el que yo me gradúo. ¿Por qué no te estás preparando?”

“Ah,” dijo apesadumbrada, “no voy a ir. No tengo ningu­na ropa decente para usar. Todas las personas prominentes del pueblo estarán allí, vestidos finamente. Te avergonzarías de tu vieja madre usando su desgastado vestido de algodón.” Sus ojos brillaban de admiración por ella. “Mamá,” le dijo, “no digas eso. Jamás me avergonzaré de ti. ¡Nunca! Te debo todo lo que tengo en el mundo, y no iré a menos que tú vayas.” Insistió hasta que la convenció, y luego la ayudó a prepararse y lucir lo mejor posible.

Caminaron calle abajo del brazo. Una vez dentro del au­ditorio de la secundaria, la escoltó hasta uno de los mejores asientos en el frente. Y allí se sentó, con su vestido de algo­dón recién planchado, en medio de la gente importante del lugar con sus atuendos elegantes.

Cuando llegó el momento, el hijo presentó su discurso de graduación sin problemas. Hubo un considerable aplau­so. Luego el director lo honró con la medalla de oro. Tan pronto como la recibió bajó de la plataforma, caminó hacia donde estaba sentada su madre, y fijó la medalla en su ves­tido, diciendo: “Toma, mamá, esto te pertenece. Tú eres quien la merece.” Esta vez el aplauso fue estruendoso. La audiencia se puso de pie y lágrimas caían por las mejillas de varios.

Ese hijo dio un vivo ejemplo de obediencia a Efesios 6:2: “Honra a tu padre y a tu madre.” Cada vez que el Dr. Torrey contaba la historia, agregaba otra aplicación. Decía: “Jamás se avergüencen del Señor Jesús. Le deben todo a Él. Levántense y confiésenlo. Los mártires no tuvieron ver­güenza. Onesíforo no estaba avergonzado de Pablo (2 Ti­moteo 1:16). Pablo no estaba avergonzado del evangelio (Romanos 1:16) ni de Aquel en quien había creído (2 Ti­moteo 1:12). Jamás deberíamos avergonzamos de Cristo.”

William MacDonald

¿Qué significa el término Iglesia?

 

El término “iglesia” proviene de la palabra griega Ekklēsía (κκλησία) y significa “los llamados fuera” y el termino en castellano más adecuado para la palabra es “asamblea”. En el nuevo testamento es usada por primera vez por Jesús en pasaje de Mateo 16:18: “Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella; y en Mateo 18:17: “Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.” En el primero de los pasajes vemos el término iglesia sobre que base será edificada, por tanto, aquí representa un edificio o templo; y en segundo pasaje vemos a la iglesia como asamblea, conjunto de personas cristianas, que toma una decisión.

Esta palabra, Iglesia, no una palabra exclusiva para uso del cristianismo, sino que era una palabra de uso corriente, utilizada en la vida cotidiana en tiempo de los apóstoles. “La ekklesía o ecclesía era la principal asamblea de la democracia ateniense en la Grecia clásica. Fue instaurada por Solón en el 594 a. C. y tenía un carácter popular, abierta a todos los ciudadanos varones con 2 años de servicio militar, de padre y madre atenienses, incluso a los tetes” (Wikipedia).  En Hechos 7:38 encontramos la palabra “ekklesía” en referencia a Israel y es traducida por asamblea para que el estudiante no confunda la iglesia cristiana como una continuación de Israel. También es utilizade en el pasaje de Hechos 19:39 en relación a sus demandas, las podría tratar “legítima asamblea”, o sea en una reunión general donde se discute el tema.

En los diversos pasajes encontramos la iglesia local, como por ejemplo Romanos 16:1 “iglesia en Cencrea” o “Iglesia de los gentiles” (Romanos 16:4); y en referencia a la Iglesia Espiritual tenemos, por ejemplo, el pasaje Efesios 5:25, 27, 29.

Una definición entonces para iglesia local es: “un grupo de fieles creyentes que se reúnen a sólo nombre de Jesucristo ya sea para tener reuniones de predicación del evangelio, reunión de oración, Cena del Señor u otra actividad en cualquier lugar, ‘Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mateo 18:20).’”. Y con respecto a la Iglesia Espiritual: “Son todos los creyentes verdaderos en la obra única y suficiente del Señor Jesucristo, éstos son los llamados fuera del mundo para reunirse en comunión con su Señor y son los que serán llevados cuando Él Venga a buscar a su Iglesia”.

Nunca confundamos el edificio con la iglesia. Muchos creen y llaman “iglesia” al edificio donde se reúnen, cambiando así el concepto original de la palabra Ekklēsía.  Quienes constituyen la asamblea son los miembros que reúnen las condiciones para ser parte de ella, en el caso de los cristianos, son aquellos que han vuelto a nacer.

S.K.R.

LEYENDO DIA A DIA 1 CORINTIOS (11)

 

11.1 al 16: El reconocimiento del señorío


Debemos comenzar nuestra meditación sobre estos versículos con el último: “Si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios”, y de esta manera aprender que lo que Pablo ha venido diciendo a partir del v. 2 no era aplicable tan sólo a Corinto. Parece que era su enseñanza dondequiera que iba, y en este orden de ideas es significativo el pronombre “nosotros”. Una buena traducción es: “Si alguno busca argumento sobre esto, sólo puedo decir que nosotros y las iglesias de Dios en general nos ceñimos a esta regla sobre esta materia”.

En nuestro pasaje encontramos el señorío expuesto en los vv 2 y 3, y el señorío aplicado en los vv 4 al 15.

Muchos detalles en Corinto merecían la complacencia del apóstol, pero hacía falta corrección en este asunto del señorío. Todo varón tiene una cabeza: Cristo. La mujer, toda mujer en los vv 3 y 15, tiene una cabeza: el varón. Cristo tiene una Cabeza: Dios. Es orden divino, y no un concepto apostólico, ni es algo que se puede descartar en nuestros tiempos de mentalidad unisex.

Esto será manifiesto donde cada sexo reconoce fielmente a su respectiva cabeza, no sólo en un símbolo sencillo sino también en la práctica general. En los ejercicios espirituales, el varón quitará cualquier cubierta de su cabeza (y ni siquiera dejará que su cabello crezca hasta largo, v. 14); lo hace en reconocimiento y honra de su Cabeza, v. 4. Al contrario, la mujer pondrá una cubierta sobre su cabeza (sin haber rasurado la cabeza, porque su cabello es una segunda cubierta, v. 15); lo hace en reconocimiento del varón, a saber, el sexo masculino, vv 5, 13.

La oración y profecía del v. 5 no puede autorizar una actividad pública, porque Pablo trata esto en el capítulo 14. Dice aquí que la desobediencia de la mujer en este asunto equivale quitar el cabello de un todo, vv 5, 6.

Da la impresión que la emancipación de mujeres que efectuó el evangelio había dado lugar a licencia en la asamblea, y Pablo discernía la necesidad de control apostólico. En los vv 8 al 12 él expone la necesidad de las posiciones relativas de los sexos. Los ángeles, quienes siempre oyen la voz del Señor, están observando nuestra conducta y por esto es preciso una señal de autoridad, v. 10.

Lección: Así como Cristo siempre reconocía y agradaba a la Cabeza suya, que nosotros también reconozcamos la nuestra, para que de esta manera Dios sea glorificado

domingo, 16 de febrero de 2025

La Oración Que Dios Atiende


 Texto: Santiago 4.1-5


Este pasaje nos enseña algo muy importante acerca de la oración. En lugar de leer sólo un versículo, es bueno leer todo el contexto para comprender mejor el mensaje. Aquí el contexto nos enseña que la oración no es algo mágico que nos dará todo. Se nos presenta la situación de los que profesaban ser creyentes y que oraban, pero no veían el resultado. Quizás dijeron algo quejándose a Santiago, el medio hermano del Señor Jesucristo. Vemos estas frases: “no tenéis” y “no podéis alcanzar”. ¿Cómo puede una persona que se dice ser creyente orar y no recibir las cosas que pide? ¿No nos enseñó y nos invitó el Señor a orar, y no es ese el ejemplo de los apóstoles y primeros cristianos? Entonces, ¿qué pasa?

Si leemos los versículos del contexto, prestando atención, veremos otras palabras que nos indican cuál era el problema con las oraciones de ellos, y esto nos enseñará algo acerca de nosotros también. Vemos palabras como “guerras”, “pleitos”, “pasiones” (v. 1), “codiciáis”, “matáis”, “ardéis de envidia”, “combatís y lucháis” (v. 2) “pedís mal”, “vuestros deleites” – que son placeres desenfrenados (v. 3), “almas adúlteras”, “enemistad contra Dios” (v. 4), “soberbios” (v. 6), “pecadores”, “doble ánimo” (v. 8) y “el que murmura del hermano” (v. 11). En esas condiciones Dios no nos concede las oraciones. El salmista dijo: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado” (Sal. 66.18), pero en Santiago se trata de gente que sí tiene iniquidad en el corazón. Entonces no hay misterio. La oración no es una fórmula mágica para obtener cualquier cosa, ni está Dios obligado a venir corriendo a concedernos nuestros deseos, como si fuese un genio recién salido de una botella para darnos tres deseos.

Dios, en Su propósito y sabiduría, nos da lo que quiere según Su buena voluntad. Así que, la oración no es un amuleto para recibir todo lo que queremos. Hay que pedir conforme a la voluntad de Dios, como 1 Juan 5.14-15 nos enseña: “Y ésta es la confianza que tenemos en él, que, si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho”.

Muchas veces adolecemos de interés y perseverancia en la oración. Nuestras oraciones suelen ser caprichosas y egoístas, sobre todo si no estamos andando en comunión diaria con Dios, viviendo una vida que le agrada. Si andamos en amistad con el mundo, imitando a los del mundo, desagradamos a Dios y estando así alejados de la comunión con Él nuestras peticiones salen torcidas. Colosenses 1.3, 9 y 10 nos muestra como Pablo persistía en oración por ellos, pidiendo lo más importante, siempre conforme a la voluntad de Dios. También en Lucas 18 el Señor dio una parábola, la de la viuda y el juez injusto, para enseñarnos la importancia de orar siempre y no desmayar, es decir, la perseverancia.

En el Salmo 33.18-22 leemos: “He aquí el ojo de Jehová sobre los que le temen, sobre los que esperan en su misericordia, para librar sus almas de la muerte, y para darles vida en tiempo de hambre. Nuestra alma espera a Jehová; nuestra ayuda y nuestro escudo es él. Por tanto, en él se alegrará nuestro corazón, porque en su santo nombre hemos confiado. Sea tu misericordia, oh Jehová, sobre nosotros, según esperamos en ti”.

¡Claro que el Señor quiere que oremos y confiemos en Él! Desea responder y darnos en Su bondad las cosas que necesitamos, porque nos ama y desea nuestro bien. Pero hermanos, mirad otra vez, que aquí habla de los que le temen, esperan y confían en Él. Esto es lo que debemos hacer. Si el temor de Dios y la fe caracterizan nuestras vidas y nuestras oraciones, pediremos como debemos y recibiremos la respuesta.

Lamentaciones 3.26 dice: “Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová”. No hacen falta las vanas repeticiones. Hay que pedir sencillamente, con reverencia y confianza, y esperar. Dios no quiere que nos alejemos desanimados, sino que nos acerquemos, no sólo en un momento para pedirle, sino que quedemos cerca de Él, esperándole. En Su presencia y guiados por Su Palabra nuestras vidas y peticiones serán conformadas a Su voluntad, y Él nos contestará. Pero las respuestas de oración no son para gastar en nuestros deleites, sino para ayudarnos a tener buen testimonio y vivir de acuerdo a la voluntad de Dios.

 Que el Señor nos ayude a vivir y pedir como debemos, para Su gloria y nuestro bien. Amén.

Lucas Batalla


“HERMANOS SANTOS” (2)

 

La exhortación dirigida a los “hermanos santos”

El Apóstol de nuestra profesión

Nos detendremos ahora unos momentos en la exhortación dirigida a los “hermanos santos, participantes del llamamiento celestial”. Como ya ha sido observado, no somos exhortados a ser “hermanos santos”, somos hechos tales. Este lugar y esta porción son nuestros en virtud de una gracia infinita, y sobre este hecho el inspirado apóstol basa su exhortación: “Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús.”

Los títulos otorgados aquí al Señor lo presentan a nuestros corazones de una manera muy maravillosa. Abarcan todo el ámbito de su historia: desde el momento en que se hallaba en el seno del Padre hasta que descendió al polvo del sepulcro, y de allí al trono de Dios. Como Apóstol, vino de Dios a nosotros, y como Sumo Sacerdote, ha vuelto a Dios donde está por nosotros. Vino del cielo para revelarnos a Dios, para desplegar ante nosotros el corazón mismo de Dios, para hacernos conocer los preciosos secretos que estaban en su seno. “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo [en uio = en Hijo], a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la majestad en las alturas” (Hebreos 1:1-3).

¡Qué maravilloso privilegio que Dios se haya revelado a nosotros en la persona de Cristo! Dios nos ha hablado en el Hijo. El Apóstol de nuestra profesión nos ha dado la plena y perfecta revelación de lo que Dios es. “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.” “Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (Juan 1:18; 2.a Corintios 4:6).

Todo esto es de un precio inestimable. Jesús ha revelado a Dios a nuestras almas. No habríamos podido conocer absolutamente nada de Dios si el Hijo no hubiera venido y no nos hubiese hablado. Pero —¡gracias y alabanzas sean dadas a nuestro Dios! — podemos decir con toda la certeza posible: “Sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (!.§ Juan 5:20). Si recorremos las páginas de los cuatro evangelios y contemplamos a Aquel bendito que el Espíritu Santo nos presenta en todo el resplandor de su soberana gracia, de esa gracia que brillaba en todas sus palabras, sus actos, y sus caminos, podemos decir: He ahí a Dios. Lo vemos yendo de lugar en lugar haciendo el bien, y sanando a todos los que estaban oprimidos por el diablo; lo vemos sanando a los enfermos, limpiando a los leprosos, abriendo los ojos a los ciegos y las orejas de los sordos, alimentando a los que tienen hambre, enjugando las lágrimas de la viuda, llorando ante la tumba de Lázaro, y decimos: Éste es Dios. Todos los rayos de la gloria moral que brillaron en la vida y en el ministerio del Apóstol de nuestra profesión, eran la expresión de Dios. Él era el resplandor de la gloria divina y la imagen, o exacta impresión, de su sustancia o esencia divina.

El Verbo eterno eres tú

El unigénito del Padre Dios manifiesto, Dios visto y oído El Amado del cielo En ti, perfectamente expresado Del Padre mismo el resplandor La plenitud de la Deidad El Bendito, eternamente Divino

¡Cuán infinitamente precioso es todo esto para nuestras almas! Tener a Dios revelado en la persona de Cristo, de manera que podemos conocerle, regocijarnos en Él, hallar todas nuestras delicias en Él, llamarle “Abba Padre”, marchar en la luz de su bendita faz, tener comunión con Él y con su Hijo Jesucristo, conocer el amor de su corazón, el amor mismo con que ama al Hijo, ¡qué profunda bendición! ¡Qué plenitud de gozo! ¡Cómo podríamos alabar y bendecir lo suficiente al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo por la maravillosa gracia que desplegó hacia nosotros, al introducirnos en tal esfera de bendiciones y privilegios, y al colocarnos en tan maravillosa relación consigo mismo en el Hijo de su amor! ¡Oh, que nuestros corazones le alaben! ¡Que nuestras vidas le glorifiquen! ¡Que el único gran objeto de todo nuestro ser moral sea magnificar su Nombre!

C.H. MACKINSTOSH


SONDEO DE OPINIÓN

 


Examinemos tres de las preguntas de este sondeo:

1. ¿Cuál es su obra preferida?

(Libro, disco, película, monumento, etc.)

Un libro ocupó el primer lugar, una obra de buena literatura, una obra entre muchas otras, atrayente, bien escrita, instructiva.

En realidad, existe un Libro que sobrepasa a todos los demás, y que desgraciadamente estaba ausente en las respuestas del sondeo. Este Libro es la Biblia, palabra que significa “El Libro”. ¿Lo conoce usted?

Dios mandó escribir este Libro para que “todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4). Este Libro es la verdad (Juan 17:17) y permanece para siempre (Isaías 40:8). Aun el cielo y la tierra pasarán, pero las palabras divinas no pasarán (Lucas 21:33).

¿Lee usted este Libro? Además de todos los conocimientos que puede aportar en los diferentes campos, la Biblia comunica el conocimiento supremo: el de Jesús. “Éstas (señales) se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:31). La vida que se menciona en este versículo es la vida eterna, que sólo se puede poseer aceptando al Hijo de Dios como Salvador, a quien cada ser humano necesita para ser librado de las consecuencias del pecado.

En el transcurso de los siglos, la Biblia ha sido y sigue siendo el libro preferido de los verdaderos creyentes. Éstos han reconocido que ella es “viva y eficaz” (Hebreos 4:12), y que por medio de ella son alimentados espiritualmente, enseñados, consolados…

En este mundo, cada vez más tenebroso, ellos tienen la luz: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105). Que la Biblia sea para usted el libro más valioso, ya que en ella se encuentra el secreto de la felicidad presente y eterna.

 

2. ¿Qué personaje le parece que ha tenido el destino más extraordinario en la historia?

Los primeros de esta clasificación fueron hombres que, en su ambición desmesurada, soñaron con establecer grandes imperios, pero que también sembraron el terror, la destrucción y la muerte. Otros se hicieron célebres por haber procurado diversiones a su prójimo. Ahora bien, ¿no hay nada mejor? Después de todos estos personajes, sólo en la octava posición encontramos el nombre de Jesucristo. Sin embargo, podemos afirmar que nadie ha tenido un destino más extraordinario que el suyo.

Siendo Dios, Jesucristo fue hecho Hombre; y, ¿cómo fue recibido en la tierra? No hubo lugar para él en el mesón, por lo cual tuvo que ser acostado en un pesebre (Lucas 2:7). Siendo rico, pues era Dios, vivió en la pobreza, para que nosotros fuésemos enriquecidos (2 Corintios 8:9). Por su poder divino alimentó a las multitudes (Mateo 14:21), pero él tuvo que pasar hambre (Mateo 4:2). Es el que da el agua de vida, “una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:14), y él tuvo sed (Juan 19:28). Él da el reposo en todas sus formas (Mateo 11:28-29). Seca nuestras lágrimas (Isaías 25:8), pero lloró ante la tumba de su amigo Lázaro (Juan 11:35). Nos da la vida eterna (Juan 10:28), pero para esto tuvo que morir en la cruz, él, el “Autor de la vida” (Hechos 3:15).

¿Es Jesucristo para usted el Hombre que tuvo el destino más extraordinario, pues en la cruz dio su vida por nosotros los pecadores?

3. ¿Por qué gran hombre le gustaría ser aconsejado?

La lista menciona varios personajes contemporáneos: jefes políticos, religiosos, celebridades del deporte o del espectáculo y a veces a los padres.

Pero en esta lista encontramos un gran ausente: Jesucristo. Muy a menudo se olvida que él también vive. Él mismo dijo: “Estuve muerto, más he aquí que vivo por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 1:18). Este tema ha suscitado muchas controversias; para algunas personas sólo existe “un cierto Jesús, ya muerto”. Pero los verdaderos creyentes afirman, junto con el apóstol Pablo, que Jesús vive (Hechos 25:19).

Entonces, si hoy vive, sigue estando activo: salva, intercede ante Dios en favor de los suyos (Hebreos 7:25) y puede aconsejar mucho mejor que cualquier otra persona de este mundo, pues no se contenta con expresarnos buenas palabras, sino que se compadece de nuestras debilidades. Gracias a él podemos ser socorridos en nuestras necesidades (Hebreos 4:15-16).

La Biblia nos pone en guardia contra los malos consejos y los malos consejeros: “Estos son los hombres que maquinan perversidad, y dan… mal consejo” (Ezequiel 11:2). Tal vez usted diga: «Yo no recibo consejos de nadie». Es una ilusión, porque sin querer recibe los consejos de su propio corazón que es malo por naturaleza (Jeremías 17:9).

Pero la Biblia también nos habla de otra clase de consejos, por ejemplo, de los que proceden de un corazón regenerado por la Palabra de Dios: “El ungüento y el perfume alegran el corazón, y el cordial consejo del amigo, al hombre” (Proverbios 27:9). Pero ante todo necesitamos los consejos y la ayuda del mismo Señor para todas las decisiones de nuestra vida. A él se le llama “Consejero” (Isaías 9:6). Y Dios dijo a sus discípulos: “A él oíd”, y “Haced todo lo que os dijere” (Mateo 17:5; Juan 2:5).

J. B.

Para Todos 11/2013