domingo, 3 de marzo de 2013

La ley del Leproso y su purificación


SEGUNDA PARTE

La purificación del leproso
(Levítico capitulo 14)

"Muchos leprosos había en Israel en tiempo del pro­feta Elíseo; pero ninguno de ellos fue limpiado sino Naamán el Sirio" (Lucas 4,27); es el Señor, el que bien lo sabía, que lo dijo, aunque un largo capítulo del An­tiguo Testamento daba las instrucciones precisas y de­talladas del medio por el cual la lepra de un israelita podía ser purificada. ¿Por qué no las aprovecharon?
Contestar a esta pregunta es provocar otra: en nuestra época hay millares de pecadores que podrían ser salvos, ¿por qué no lo son, ya que Dios ha provisto los medios para su salvación?
"Y habló Jehová a Moisés diciendo...: Con estas palabras Dios introduce el tema de la purificación del leproso:' son las mismas con que ha introducido el diag­nóstico de la lepra, son las palabras del Dios viviente, fieles y verdaderas; oigámoslas de todo corazón: "esta será la ley para el leproso cuando se limpiare: será traí­do al sacerdote" (Levítico 14,2).
¿Recuerdas el día en que este tumor o hinchazón o mancha blanquecina apareció sobre tu cuerpo y fuiste llevado al sacerdote? No te olvidaste el tétrico veredic­to... y tampoco olvidaste el día en que descubriste que eras un pecador. Pensabas entonces como muchos otros: . . .no soy tan malo como tal o cual; pero sabías sin em­bargo que llevabas escondida la llaga que conduce a la muerte. Al comienzo podías todavía cubrir el mal con tus ropas, mas tuviste que salir fuera del campamento con los vestidos deshechos, la cabeza descubierta y gri­tar: ¡inmundo, inmundo!
Después el mal se extendió cubriéndote la cabeza, el cuerpo, los miembros, invadiéndolo todo; "hazte vuel­to todo blanco", ¡terrible condición cuando no se puede pinchar un solo punto con un alfiler que no haya sido cubierto por la lepra!
¿Qué sucede entonces? Puede ser que un amigo te encuentra fuera del campamento triste, abatido, sin es­peranza. .. tu amigo te mira de arriba abajo, esboza una sonrisa y te dice: "ven, te llevaré al sacerdote; es­tás todo cubierto de lepra, pues puedes ser limpiado...
Tú respondes:
—  No, no hay esperanza para mí, estoy peor que nunca; no hay ningún leproso tan enfermo como yo. Mira, estoy todo cubierto.
—  Es cierto, bien lo veo —responde tu amigo—, es por eso que te hallas en condición de ser purificado; ven pues enseguida al sacerdote.
Y tú, lector cristiano, ¿tienes parientes o amigos que no han sido todavía salvos? ¿Has rogado por ellos? ¿Los has llevado a escuchar el evangelio en alguna opor­tunidad? Estos son los benditos privilegios que tenemos, los que hemos sido limpiados, y que demasiado poco usamos. Que nos conceda el Señor ser cada vez más fieles para con nuestros amigos inconversos, que no son en realidad más que pobres leprosos alejados de la pre­sencia de Dios.
En relación con el supuesto encuentro del leproso y su amigo, no puedo resistir al deseo de evocar la pe­queña pero deliciosa escena en la cual vemos a un dis­cípulo ocupado precisamente en ese servicio; es Andrés. Conoció al Señor una noche, y ¿qué aconteció después? "Halló primero a su hermano Simón" (Juan 1,41). ¡Cuánto me agrada esta expresión: primero! Hacía tiem­po que había pasado la décima hora, mas Andrés no se preocupa por ir a comer, ni para descansar. Va en bus­ca de su propio hermano; y cuando lo halla ¿qué hace? "lo lleva a Jesús".
No se habla mucho de Andrés en los evangelios, pero Simón Pedro, su propio hermano a quien él con­dujo a Jesús, es el discípulo que tanto bien nos ha he­cho. Andrés parece haberse especializado en esta clase de trabajo; lo volvemos a encontrar en el capítulo 6,8 del mismo evangelio, introduciendo a un joven en la pre­sencia de Jesús. Y más tarde lo vemos con Felipe, con­duciendo a los griegos al Señor, a quien deseaban ver. ¡Tarea feliz, fructífera! Que el Señor nos dé de realizarla, llevándole almas una a una. ¡Cuán importante es la actuación del amigo que lleva a un leproso al sacerdo­te: desconocido, anónimo, apenas mencionado, pero es el eslabón de la cadena sin el cual el pobre inmundo no podría ser limpiado.

El sacerdote saldrá fuera
Acabamos de ver al leproso y a su amigo apurados en el camino que los conduce al sacerdote; mas detengámonos un instante, no olvidemos que el enfermo no puede pasar los límites del campamento: es impuro. ¿Có­mo pues podrá acercarse a la morada del sacerdote que habita en la casa de Dios, en el centro mismo del cam­pamento? Pero ¡qué dicha! Dios mismo ha provisto de un medio para que el encuentro pudiera tener lugar: "el sacerdote saldrá fuera del campamento..." nos dice el versículo 3. El Señor Jesucristo, nuestro gran Sacer­dote, salió del seno de su gloria, descendió a este triste mundo de pecado, y como nos dice el evangelio: "lle­vando su cruz, salió al lugar que se dice de la Calave­ra" (Juan 19,17). Sí, pobre pecador manchado, el Sa­cerdote te vio venir y salió a tu encuentro "fuera de la puerta" donde El padeció (Hebreos 13,12).

Príncipe de paz eterna, gloria a Ti, Señor Jesús,
De tu heredad paterna nos trajiste vida y luz;
Has tu majestad dejado, y buscarnos te has dignado;
Para darnos el vivir, en la cruz fuiste a morir...

"Entonces el sacerdote le reconocerá y si la lepra hubiere cubierto todo su cuerpo, declarará limpio al lla­gado; toda ella se ha vuelto blanca, y él es limpio" (vers. 13,13; 14,3).
Los ojos llameantes del sacerdote te escrutan nue­vamente; la primera vez te escudriñó para descubrir si tenías una mancha de lepra, y confirmándolo, tuvo que declararte inmundo. Ahora el sacerdote debe asegurar­se que no tienes un lugar sin lepra; y siendo así, puede declararte limpio: antes trataba de descubrir si te halla­bas exento del terrible mal, ahora debe asegurarse de de que estás completamente cubierto de lepra.
El Señor Jesús sondea a aquel que se le acerca: ¿vienes a El realmente como pecador, culpable, sin es­peranza o como el joven rico del Evangelio? (Marcos 10,17). ¿No tienes nada que argumentar a tu favor? ¿Estás lleno de pecado? El te ve delante de él: El mismo había venido ya allí donde estás. Oyes la pregunta que importa ahora: "¿quieres ser sano?" (Juan 5,6). Si eres un pecador convencido de estar cubierto de tu mal, ex­clamarás como otrora el apóstol: "yo sé que en mí no mora el bien. . . ¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?"... "El sacerdote lo verá" y si te hallas realmente en este estado puedes ser limpio, salvo, en presencia del Salvador exclamas: "gra­cias doy a Dios por Jesucristo Señor nuestro". Es el instante en que el buen Pastor toma a su oveja perdida en sus brazos, la pone sobre sus hombros, y gozoso em­prende luego el camino de regreso a casa.
El leproso está curado desde el instante en que está absolutamente cubierto de lepra; pero, para gozar ahora de esta curación debe someterse a los diferentes actos de su purificación. Así es para el pecador; la absoluta convicción de pecado lo lleva al arrepentimiento: "de oídas te había oído, mas mis ojos te ven; por tanto me aborrezco y me arrepiento en el polvo y en la ceniza" (Job 42,5). El pecador es salvo como el hijo pródigo cuando arrepentido y sollozando se arroja a los brazos de su padre y exclama: "he pecado contra el cielo y con­tra ti...". Luego el padre hace reemplazar los harapos de su hijo por el vestido principal y lo introduce en su casa, como el pecador es vestido de salud y rodeado del manto de justicia (Isaías 61,10), y tiene entrada en la casa del Padre (Efesios 2,18). Tal es el sentido de la purificación que tiene por objeto nuestra comunión con Dios en sus mismos atrios.

Dos avecillas vivas y limpias
He aquí pues al leproso bajo la mirada del sacerdo­te, quien no encuentra sobre su cuerpo ni un solo lugar sin lepra. ¡Qué gozo, está curado! Amigo lector, tú has seguido hasta aquí el camino del leproso en su desgra­cia, ¿quieres prestar toda tu atención para saber lo que se debe hacer para su purificación? Escucha, el sacer­dote habla: "mandará luego que se tomen para el que se purifica, dos avecillas vivas, limpias, y madera de cedro, grana, e hisopo" (vers. 4).
El leproso es demasiado pobre para procurarse las avecillas y las demás cosas necesarias para el sacrificio, por ese motivo no se las pide a él; el sacerdote ordena a otro que las traiga. Aún a los ricos Dios no pide estos elementos que los puede purificar porque no los poseen.
es por esta razón que un rico de la antigüedad, Abraham, contestó a su hijo Isaac: "Dios se proveerá de cor­dero para el holocausto" (Génesis 22,7-8). Es Dios quien provee siempre para el sacrificio; nosotros, pobres pecadores, moriríamos en nuestros pecados si tuviéra­mos que buscar el sacrificio conveniente porque nunca jamás lo encontraríamos. Mas la Palabra de Dios dice: "el sacerdote mandará que se tome para él..." el amor de Dios lo ha provisto todo para el pecador. El procuró las dos avecillas vivas y limpias, tal como El es, un Dios vivo y limpio; y las dos juntas forman una sola y llama­tiva figura de Aquel que descendió del cielo, nuestro Salvador y Señor Jesucristo (Juan 3,13; Prov. 8,30).
Contemplemos un momento esta escena: "y manda­rá el sacerdote matar la una avecilla en un vaso de ba­rro sobre aguas corrientes..." (vers. 5). Aquí el lepro­so es solamente un espectador mientras otro ha procu­rado la avecilla y la degüella también... Un vaso de barro, en este vaso una avecilla limpia, sin defecto; los cielos son la esfera desde donde vino esa avecilla, era su lugar natal. Mas descendió, dejó su habitación ce­lestial por esta pobre tierra y en ese vaso de barro es inmolada. ¡Sorprendente imagen de nuestro Salvador: El dejó su morada celestial, dejó su trono de gloria, des­cendió a este pobre mundo, tomó un cuerpo terrenal, "un vaso de barro". ¡Oh, cuánto nos agrada contem­plar a ese hombre celestial manifestado aquí abajo en un cuerpo terrenal, y en ese mismo cuerpo recibir la muerte en una cruz donde su preciosa sangre fue de­rramada!

Hasta la tierra bajó el cielo
De Dios misterio es Emmanuel;
Cubre a su gloria humano velo,
De hinojos, demos loor a El.

¿Quién este amor sondear nos diera?
De Dios, el Hijo, el Creador,
Para el perdido en esta tierra
Siervo fiel fue y buen Pastor.

Este amor que tanto se brinda
También amomos hasta el fin;
Sufre el Cristo y da su vida
Por un mundo perdido y ruin.

Pero el vaso de barro estaba lleno de aguas co­rrientes y sobre estas aguas la avecilla era degollada. En las Escrituras el agua es el símbolo, a menudo em­pleado, para ejemplificar la vida divina que actúa con el poder del Espíritu Santo: "el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás" (Juan 4,14). Pero aquí, esta agua viva o corriente, en contraste con el agua estancada, estaba mezclada con la sangre de la avecilla muerta; es por eso que también leemos en el evangelio: "el que bebe mi sangre tiene vida eterna, porque mi sangre es verdadera bebida..." (Juan 6,54- 55).
Muchas veces habrás oído referir, lector, la muer­te del Salvador, cómo de su costado abierto por una lanza brotó sangre y agua; habrás visto, por así decirlo, esa avecilla muerta en el vaso de barro, pero, ¿has realizado alguna vez que El murió expresamente por ti? Su sangre y esa agua de vida corren a través de la Pa­labra divina para comunicarte la vida y limpiar tus pe­cados mediante el poder del Espíritu Santo. Es bebiendo esa Palabra viva que hará producir en ti una fe viva y una nueva naturaleza, naciendo así de agua y de Espíritu.

Oí la voz del Salvador
Decir: "venid, bebed.
Yo soy la fuente de salud,
Que apago toda sed".
Con sed de Dios, del vivo Dios,
Al Calvario acudí,
Y de su herida, fuente fiel,
La vida yo bebí.

"Después tomará la avecilla viva, el cedro, la gra­na y el hisopo, y los mojará con la avecilla en la san­gre de la avecilla muerta sobre las aguas corrientes" (vers. 6).
Hemos dicho que las dos avecillas juntas forman una sola imagen de nuestro Señor Jesucristo; lo hemos visto descender del cielo, "el Hombre celestial" y en su cuerpo terrenal ser crucificado por nosotros, y bajar a la tumba. Resucita llevando las marcas de la muerte que sufrió, en sus manos, su costado y sus pies... Así vemos a la avecilla viva ser sumergida en la sangre de la muerta y en el agua viva, luego salir llevando en sus plumas las señales de la muerte junto con la vida: "si no viere en sus manos la señal de los clavos —dijo To­más— y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré... mirad mis manos y mis pies -—dijo el Señor resucitado— que yo mismo soy" (Juan 20,25; Lucas 24,39).
Juntamente con la avecilla viva, el cedro, la grana y el hisopo debían ser sumergidas en la sangre y el agua; estas cuatro cosas formaban un solo manojo en la mano del sacerdote.
Como lo vimos, la avecilla viva es figura de Cristo, el Hombre celestial.
El cedro es el árbol que simboliza la magnificencia del Señor como Rey y Mesías. La madera de cedro sir­vió para la construcción del templo de Jehová en Jerusalén, para la casa del bosque del Líbano, para el pa­lacio de Salomón y su carroza real (1. Reyes 7,2; 2. Cró­nicas 2,3-16; Cantar de los Cantares 3,9).
La grana o púrpura es el color de los vestidos rea­les: es con un manto de grana que vistieron a Jesús burlándose de su dignidad real (Mateo 27,28); la halla­mos en la confección de las cortinas del Tabernáculo de Jehová (Éxodo 26,1); era la grana propiedad parti­cular israelita: es un hilo de grana que señaló al primo­génito de Thamar, esposa de Judá (Génesis 38,28); es un cordón de grana dado por los espías israelitas que colgaba de la ventana de Rahab (Josué 2,18).
El hisopo, a su vez simboliza la humillación y la pequeñez; se empleó un manojo de hisopo para untar el dintel y los postes con la sangre del cordero pascual (Éxodo 12,22); era con sangre, agua, grana e hisopo que Moisés roció y santificó a Israel al pie del Sinaí (Hebreos 9,19); "purifícame con hisopo —exclama Da­vid culpable— y seré limpio..." (Salmo 51,7). "Desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que nace en la pared disertó Salomón" (1. Reyes 4,33); es decir desde los lugares más altos que ocupara Cristo hasta los más ba­jos (Filipenses 2,6-11).
A través del evangelio de Mateo aparece el cedro, la realeza del Señor como hijo de David: su genealogía, su nacimiento, los honores recibidos en Belén, en la casa de Betania. y después de su resurrección, todo lo proclama Rey. A través de los evangelios de Lucas y Marcos por lo contrario, es el hisopo, es decir la humillación del Señor que aparece con énfasis: es el hijo del hombre, el niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre, es su sumisión cual siervo de Jehová, su obediencia hasta la muerte de cruz que el Espíritu de Dios presenta. En el evangelio de Juan vemos al Hom­bre celestial, la "avecilla viva", el Verbo hecho carne: "salí del Padre —dice el Señor— y he venido al mun­do; otra vez dejo al mundo y voy al Padre" (Juan 16,28).
Así los cuatro evangelios presentan al Señor en sus cuatro aspectos como un solo manojo en la mano sacerdotal que debe pasar a través de la muerte para rociar con su sangre a un pobre leproso, su mísera cria­tura, el hombre que El mismo había creado. Notemos además que para obtener el agua de purificación, según Números 19,1-7, el sacerdote debía echar en medio del fuego en que ardía la vaca roja, cuya sangre había sido presentada a Jehová, palo de cedro, hisopo y escarlata; luego se juntaba la ceniza para mezclarla con agua co­rriente: otra figura elocuente del sacrificio de Cristo presentado en los cuatro evangelios.
Sin embargo, el cedro, la grana y el hisopo pueden representar también al ser humano pecador, ocupando distintas escalas sociales: el hombre en eminencia dota­do de las más altas cualidades, la mujer distinguida, el más honesto y el más humilde trabajador, todos, sin excepción, deben descender a ese flujo purificador para obtener la salvación. Cedro, grana e hisopo, es decir todo cuanto es de este mundo debe ser crucificado y sepultado en cuanto al creyente (Gálatas 6,14).

Purificación inicial
"Y rociará siete veces sobre el que se purifica de la lepra, y le declarará limpio" (vers. 7). Contemplad un momento conmigo esta escena conmovedora: el le­proso ha sido traído de su proscripción, el sacerdote se acercó a él, otro ha procurado las dos avecillas vivas y limpias, y degollada una de ellas mezcló su sangre con aguas vivas en un vaso de barro; la avecilla viva, el cedro, la grana y el hisopo, todo ha sido sumergido en la sangre y el agua que corren ahora sobre el cuerpo del leproso. Una, dos, tres veces y siguiendo así hasta seis veces el sacerdote hace aspersión, y todavía nin­gún cambio hubo en el inmundo. Mas viene la séptima, cifra que indica la perfección de la obra, y el hombre es declarado purificado: la sangre y el agua lo limpió, no existía otro medio; y tampoco para nosotros sino sólo la sangre y el agua que corrieron del costado abier­to del Salvador en la cruz. "La sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado" (Hebreos 9,22; 1. Juan 1,7). Pero oíd, la avecilla pura tuvo que morir para que el leproso inmundo pudiera ser purificado con su san­gre; ¡ah! comprended claramente esto; sólo la preciosa sangre de Cristo puede lavar al más vil, al más sucio, al más repugnante pecador, muriendo por él.
Más aquí puede formularse una pregunta: ¿cómo puede saber el leproso que su purificación se ha cum­plido? ¿Desapareció la lepra en la séptima aspersión? ¿Ha cambiado su cuerpo? No lo pienso; ni que se haya sentido en lo más mínimo diferente de antes... ¿Cómo puede saber entonces que está limpio?
Después de haber tenido lugar la séptima y última aspersión, el sacerdote lo declaró limpio. Mientras con­templáis esta maravillosa escena podéis oír la declara­ción divina: "si la sangre de animales rociada a los in­mundos, santifica para la purificación de la carne, ¿cuán­to más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eter­no se ofreció a sí mismo a Dios, limpiará vuestras con­ciencias. . .? Porque con una sola ofrenda hizo perfec­tos para siempre a los santificados; y atestíguanos lo mismo el Espíritu Santo.. ." (Hebreos 9,13; 10,14). La sangre de la avecilla ha limpiado al leproso, pero éste lo sabe por la palabra del sacerdote; poco tiempo atrás, el que lo había declarado inmundo, es el mismo que ahora lo declara limpio.
Mas no es todo; la avecilla viva que está todavía en la mano del sacerdote, y que no tenía aún la libertad para emprender el vuelo hacia su morada celestial, es ahora soltada; la obra del sacrificio terminó, y no hay para qué retenerla aquí abajo. Resucitado de entre los muertos, y después de un alto con sus discípulos, nues­tro Señor y Salvador ascendió a los cielos llevando en su cuerpo las señales de la cruz que proclaman cumpli­da su obra redentora. Su victoria asegurada, nuestros pecados quitados ante la presencia de Dios sin quedar uno, pues él los había llevado todos en su cuerpo, él mismo es acepto y nosotros con él, en los lugares celes­tiales: "está sentado a la diestra de Dios..." (Hebreos 10,12). A su tiempo verá todo el fruto en sazón del tra­bajo de su alma, se presentará a sí mismo a la Iglesia "sin mancha ni arruga"; aún las heridas que ella sufrió en sus conflictos aquí abajo habrán desaparecido, mien­tras las de su Señor, precio que ella le costó, las verá indelebles en sus manos, sus pies y su costado.

Tu gloria aquí fue velada
Por la sangre y el llorar,
Mas pronto el Resucitado
Su belleza ha de mostrar.
¡Con qué inefables delicias,
Tu mirada puesta en mí,
Me dirá con tus heridas:
"Yo morí también por ti"!

Supongamos que algún vecino encuentre al leproso purificado, y le dice:
— ¿Qué haces aquí? Eres leproso, ¡fuera del cam­pamento!
—  Sí, responderá, yo era ciertamente leproso, pero gracias a Dios he sido limpiado.
—  ¿Tú, limpiado? No parece. Al contrario, estás peor que antes; estás cubierto de ese espantoso mal.
—  Es verdad, mas el sacerdote ha hecho la asper­sión sobre mí con la sangre de la avecilla muerta y me declaró limpio. Sé que estoy sano porque él lo dijo.
—  ¡Qué absurdo! seguramente has comprendido mal sus palabras; ha debido decirte que eres inmundo; todos pueden ver tu lepra.
—  No, es imposible que haya comprendido mal; primero fui rociado con la sangre y después oí al sa­cerdote que me declaró limpio. Y no es todo, con mis propios ojos he visto a la avecilla viva, cubierta de san­gre, subir al cielo. ¿Conoces la ley? Recuerda que la avecilla viva no puede remontar el vuelo hasta que el sacerdote me haya declarado limpio.
—  Pero, continuó el vecino, ¿quieres decirme si te sientes purificado, ya que admites estar cubierto de lepra?
—  Amigo, no es ese el asunto; el sacerdote dijo que yo estoy limpio, de modo que todo está en regla; él, sólo él, está autorizado para hacer tal declaración. Me de­claró limpio y, por lo tanto, que lo sienta o no, creo que soy limpio.
El vecino se alejó en tanto que el feliz leproso, se­guro del triunfo de su liberación, evoca todavía la esce­na de la avecilla viva remontándose libremente hacia los cielos. Así sucede conmigo y contigo, pecadores la­vados en la sangre de Jesús, cuando con los ojos de la fe vemos a nuestro Señor y Salvador volver a sus mo­radas celestiales después de haber muerto por nosotros; bien sabemos que El fue acepto por Dios en el pleno valor de su obra cumplida, y nosotros con El (Efesios l,6;2,6).
Ese mismo Jesús vivo, vuelto al cielo, nos dice algo más aún; su resurrección y ascensión proclaman que es el Conquistador de los dominios de la muerte y el Ven­cedor de la tumba: "subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad..." (Efesios 4,8). La más grande batalla del Universo ha sido librada y ganada: "¿dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde oh sepulcro tu victoria?" (1. Corintios 15:55).

Perdiste, oh muerte, la suprema batalla.
Rota está tu red, y abierta tu prisión;
Resucita el Santo de Dios y se lanza
Desde la tumba a la célica mansión.

EFESIOS


Capítulo 2
El poder de Dios trayendo las almas muertas al disfrute de los privilegios celestiales
          El capítulo 2 presenta más bien la operación del poder de Dios en la tierra[1], con el propósito de traer almas al disfrute de sus privilegios celestiales, y formar así la asamblea aquí abajo, que la revelación de los privilegios mismos, y por consiguiente la de los consejos de Dios. No son ni siquiera estos consejos; es la gracia y el poder que obran para su cumplimiento, guiando a las almas al resultado que este poder producirá según esos consejos. Cristo es visto primero, no como Dios bajando aquí y presentado a pecadores, sino como muerto, esto es, donde nosotros estábamos por el pecado, pero resucitado de allí mediante poder. Él murió por el pecado; Dios lo había resucitado de la muerte y lo había situado a Su diestra. Nosotros estábamos muertos en nuestros delitos y pecados: Él nos dio vida juntamente con Él. Pero como lo que está en cuestión es la tierra, y la operación del poder y gracia en la tierra, el Espíritu habla naturalmente de la condición de aquellos en quienes obra esta gracia, de hecho, habla de la condición de todos. Al mismo tiempo, en las formas terrenales de religión, en el sistema que existía en la tierra, existían aquellos que estaban cerca y los que estaban lejos. Ahora bien, hemos visto que en la plena bendición de la cual habla el apóstol, está implicada la naturaleza de Dios mismo, en vista de la cual, y para la gloria de la cual, fueron establecidos todos Sus consejos. Por lo tanto, formas externas, aunque algunas de ellas han sido establecidas provisionalmente en la tierra por la propia autoridad de Dios, no podrían tener valor ahora. Ellas habían servido para la manifestación de los modos de obrar de Dios como sombras de las cosas por venir, y habían sido relacionadas con la exhibición de la autoridad de Dios en la tierra entre los hombres, manteniendo algún conocimiento de Dios - cosas importantes en su lugar; pero estas figuras no podían hacer nada con respecto a traer almas a la relación con Dios, para disfrutar la manifestación eterna de Su naturaleza en corazones capacitados por la gracia, mediante su participación en esa naturaleza y reflejándola. Por esto, esas figuras no tenían valor alguno, no eran la manifestación de estos principios eternos. Pero las dos clases de hombres, Judíos y Gentiles, estaban allí y el apóstol habla de ambos. La gracia toma personas de ambos grupos para formar un cuerpo, un nuevo hombre, por medio de una nueva creación en Cristo.

El hombre distanciado de Dios bajo el poder de las tinieblas
          En los primeros dos versículos de éste capítulo él habla de aquellos que fueron sacados de entre las naciones que no conocían a Dios - Gentiles, como ellos son comúnmente llamados. En el versículo 3 él habla de los Judíos - dice, "también todos nosotros." Él no entra aquí en los terribles detalles contenidos en Romanos 3 porque su objeto no es convencer al individuo[2], a fin de mostrarle los medios de justificación, sino que exponer los consejos de Dios en la gracia. Aquí, entonces, él habla de la distancia que hay entre Dios y el hombre que se encuentra bajo del poder de las tinieblas. Con respecto a las naciones, él habla de la condición universal del mundo. El curso entero del mundo, el sistema completo, era según el príncipe de la potestad del aire; el mundo mismo estaba bajo el gobierno del que obró en los corazones de los hijos de desobediencia, quiénes por su propia voluntad evadieron el gobierno de Dios, aunque ellos no podían evadir Su juicio.

Todos, judíos y Gentiles, son por naturaleza hijos de ira
         Si los Judíos tenían privilegios externos, si ellos no estaban en un sentido directo bajo el gobierno del príncipe de este mundo (como era el caso de las naciones que se sumergieron en la idolatría, y se hundieron en toda la degradación de ese sistema en el que el hombre se revolcaba, en la lascivia en la que los demonios se deleitaban en sumirlo burlándose así de su sabiduría); si los Judíos no estaban, como los Gentiles, bajo el gobierno de demonios, no obstante, en su naturaleza ellos eran conducidos por los mismos deseos que aquellos por los cuales los demonios influyeron a los pobres paganos. Los Judíos llevaban la misma vida con respecto a los deseos de la carne; ellos eran hijos de ira, lo mismo que los demás, pues esta es la condición de los hombres; son hijos de ira por naturaleza (Efesios 2:3). En sus privilegios externos los Israelitas eran el pueblo de Dios, por naturaleza eran hombres como los otros. Y observen aquí estas palabras, "por naturaleza". El Espíritu no está hablando aquí de un juicio pronunciado de parte de Dios, ni de pecados cometidos, ni de Israel habiendo fracasado en su relación con Dios por caer en la idolatría y la rebelión, ni siquiera por haber rechazado al Mesías y haberse privado ellos mismos de todo recurso - todo lo cual Israel había hecho. Él tampoco habla de un juicio pronunciado por Dios sobre la manifestación del pecado. Ellos eran, como todos los otros hombres, por naturaleza hijos de ira. Esta ira fue la consecuencia natural del estado en el cual ellos estaban[3].

La misericordia, el amor y el poder de Dios hacia aquellos que estaban muertos en delitos y pecados; pasados de muerte a vida como una nueva creación, cesando todas las distinciones
          Efesios 2:4. El hombre tal como era, Judío o Gentil, y la ira, iban naturalmente juntos, así como hay un vínculo natural entre el bien y la justicia. Ahora bien, Dios en Su naturaleza está por sobre todo eso, aunque en juicio al tomar conocimiento de todo lo que es contrario a Su voluntad y gloria. A aquellos quiénes son dignos de ira Él puede ser rico en misericordia, porque Él lo es en Sí Mismo. El apóstol, por tanto, presenta a Dios aquí como actuando según Su propia naturaleza hacia los objetos de Su gracia. Nosotros estábamos muertos dice el apóstol - muertos en nuestros delitos y pecados. Dios viene, en Su amor, a librarnos por Su poder - "Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó". No había nada bueno obrando en nosotros: estábamos muertos en nuestros delitos y pecados. El movimiento vino de Él, ¡alabado sea Su nombre! Él nos ha dado vida; no sólo eso - Él nos ha dado vida juntamente con Cristo. Él no había dicho en una manera directa, que Cristo había sido vivificado, aunque esto puede ser dicho, donde se habla el poder del Espíritu en Él mismo. Sin embargo, Él fue resucitado de entre los muertos; y, cuando se habla de nosotros, se nos dice que toda la energía por medio de la cual Él salió de la muerte es empleada también para nuestra vivificación; y no solamente eso, estamos asociados con Él incluso al ser vivificados. Él sale de la muerte - nosotros salimos con Él. Dios nos ha impartido esta vida. Es Su gracia pura, y una gracia que nos ha salvado, que nos encontró muertos en pecados y nos ha sacado de la muerte así como Cristo salió de ella, y por el mismo poder, y nos sacó con Él por el poder de vida en la resurrección con Cristo[4], para colocarnos en la luz y en el favor de Dios, como una nueva creación, así como Cristo está allí. Judíos y Gentiles se encuentran juntos en la misma nueva posición en Cristo. La resurrección ha puesto fin a todas esas distinciones; no tienen lugar en un Cristo resucitado. Dios le ha dado vida tanto al uno como al otro con Cristo.

En Cristo en una nueva condición; todo es don de la gracia de Dios y no por obras
          Ahora bien, habiendo Cristo hecho esto, Judíos y Gentiles se encuentran juntos en el Cristo resucitado y ascendido, sentados juntos en Él en una nueva condición común a ambos, sin las diferencias que la muerte había abolido - una condición descrita por la del propio Cristo[5]. Pobres pecadores de entre los Gentiles y de entre los desobedientes y contradictores Judíos, son traídos a la posición donde Cristo está, por el poder que le levanto de la muerte y le sentó a la diestra de Dios[6], para mostrar en las edades venideras las inmensas riquezas de la gracia que lo había realizado. Una María Magdalena, un ladrón crucificado, compañeros en la gloria con el Hijo de Dios, y todos los que creemos, testificaremos de esto. Es por gracia que somos salvos. Ahora no estamos todavía en la gloria: ello es por medio de la fe. ¿Podría alguno decir que por lo menos la fe es del hombre? No[7], la fe tampoco es nuestra en este aspecto, pues todo es don de Dios y no por obras, para que nadie se gloríe, porque somos hechura Suya.
  
Creados de nuevo para buenas obras que concuerdan con la nueva creación
          ¡De qué manera poderosa el Espíritu nombra a Dios mismo como la fuente y realizador de todo, y el único! Es una creación, pero, como obra de Él, es de un resultado que está de acuerdo con Su propio carácter. Ahora bien, esto se hace en nosotros. Él toma a pobres pecadores para mostrar Su gloria en ellos. Si es la operación de Dios, con toda certeza será para obras buenas: Él nos ha creado en Cristo para ellas. Y observen aquí que si Dios nos ha creado para buenas obras, estas deben ser caracterizadas en su naturaleza por Aquel que las ha obrado en nosotros, creándonos según Sus propios pensamientos. No es el hombre quien procura acercarse a Dios, o satisfacerlo a Él por hacer obras que le agradan según la ley - es decir, según la medida de lo que el hombre debe ser; sino que es Dios quien nos toma en nuestros pecados, cuando no hay ni un movimiento moral en nuestros corazones ("no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios"), y nos crea de nuevo para obras que concuerdan con esta nueva creación. Es completamente una nueva posición en la que somos puestos, según esta nueva creación de Dios - un nuevo carácter que se nos confiere según la predeterminación de Dios. Las obras también son predeterminadas según el carácter con el que nos revestimos por medio de esta nueva creación. Todo es absolutamente según la mente de Dios mismo. No es el deber según la creación antigua[8]. En la nueva creación todo es el fruto de los propios pensamientos de Dios. La ley desaparece respecto a nosotros incluso con respecto a sus obras; junto con la naturaleza a la que ella fue aplicada. El hombre obediente a la ley era un hombre como debía ser según el primer Adán; el hombre en Cristo debe caminar según la vida celestial del segundo Adán, y andar digno de Él como Cabeza de una nueva creación, siendo resucitado con Él, y siendo el fruto de la nueva creación - digna de Él, quien lo ha formado precisamente para esto. (2 Corintios 5:5).

Judío y Gentil, un nuevo hombre; la enemistad es destruida y la paz es hecha y proclamada
          Por lo tanto, al gozar los Gentiles de este privilegio inefable - aunque el apóstol no reconoce al Judaísmo como una circuncisión verdadera - ellos debían recordar de dónde habían sido sacados; sin Dios y sin esperanza como ellos estaban en el mundo, ajenos a todas las promesas. Sin embargo, por lejos que hubieran estado, ahora fueron hechos cercanos por Su sangre. Él había derribado la pared intermedia, habiendo abolido la ley de los mandamientos por la que el judío, que era distinguido por estas ordenanzas, estaba separado de los Gentiles. Estas ordenanzas tenían su esfera de acción en la carne. Pero Cristo (como viviendo en relación con todo esto), estando muerto, ha abolido la enemistad para formar en Sí mismo de ambos - Judío o Gentil - un nuevo hombre (Efesios 2:15); los Gentiles son hechos cercanos por la sangre de Cristo, y la pared intermedia de separación ha sido derribada, para reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo; no solamente habiendo hecho la paz por la cruz, sino habiendo destruido - por la gracia que era común a ambos, y que ninguno podría reclamar más que el otro, puesto que era por el pecado - la enemistad que existía hasta entonces, entre el Judío privilegiado y el Gentil idólatra alejado de Dios, aboliendo en Su carne la enemistad, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas.

Acceso a Dios como nuestro Padre y como parte de Su familia; la verdadera casa de Dios contemplada como siendo una obra progresiva al igual que siendo Su casa en la tierra en la actualidad
          Habiendo hecho la paz, Él la anunció con este objetivo al uno y al otro, al que estaba lejos y al que estaba cerca. Porque por Cristo todos nosotros - ya sea Judíos o Gentiles - tenemos entrada por un solo Espíritu al Padre (Efesios 2:18). No es el Jehová de los Judíos (cuyo nombre no fue invocado sobre los Gentiles); sino que es el Padre de los Cristianos, de los redimidos por Jesucristo, que son adoptados para formar parte de la familia de Dios (versículo 19). Así, aunque uno sea Gentil, ya no es un extranjero ni advenedizo; uno tiene ciudadanía cristiana y celestial; de la verdadera familia de Dios mismo. Así es la gracia. Con respecto a este mundo celestial, siendo así incorporados en Cristo, esta es nuestra posición. Todos, Judío o Gentil, así reunidos en un cuerpo, constituyen la asamblea en la tierra. Los apóstoles y los profetas del Nuevo Testamento forman el fundamento del edificio, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo. En Él, todo el edificio va creciendo para ser un templo, teniendo los Gentiles su lugar, y formando con los otros la morada de Dios en la tierra, quien está presente por Su Espíritu. Primeramente, él mira la obra progresiva que estaba siendo edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas del Nuevo Testamento, la totalidad de la asamblea según la mente de Dios; y, en segundo lugar, él mira la unión que existía entre los Efesios y otros creyentes Gentiles y los Judíos, como formando la casa de Dios en la tierra en ese momento. Dios mora en ella por el Espíritu Santo[9].

Los temas de los capítulos 1 y 2
          El capítulo 1 había puesto ante nosotros los consejos y propósitos de Dios; comenzando con la relación de los hijos y el Padre, y, cuando se menciona la operación de Dios, la asamblea como el cuerpo de Cristo unida a Él, quien es Cabeza sobre todas las cosas. El capítulo 2, tratándose de la obra que llama afuera a la asamblea, que la crea aquí abajo por la gracia, pone ante nosotros a esta asamblea por una parte, creciendo para ser un templo santo, y luego como la morada actual de Dios aquí abajo por el Espíritu[10].


[1] Es el poder que, levantando a los santos con Cristo de la muerte del pecado, y uniéndolos a Él quien es la cabeza, forma la relación de ellos con Él como Su cuerpo. La primera parte del capítulo presenta nuestra relación individual con el Padre, en la que Cristo es el Primogénito entre muchos hermanos. Aquí venimos a la relación colectiva con Cristo, el postrer hombre y el hombre resucitado. Hasta la segunda parte de la oración tenemos los consejos de Dios. Desde la última parte tenemos las operaciones de poder para realizarlos. Y es aquí donde nuestra unión con Cristo entra por primera vez, la cual, aunque los consejos de Dios con respecto a ella son revelados, sin embargo son efectuados ahora espiritualmente, como se ve en el capítulo 5.

[2] Noten especialmente aquí que en Efesios el Espíritu no describe la vida del viejo hombre en pecado. Dios y Su propia obra son todo. El hombre es visto como muerto en sus pecados; por lo tanto, lo que es producido es enteramente de Dios, una nueva creación de Su parte. Un hombre que vive en pecado debe morir, debe juzgarse a sí mismo, debe arrepentirse, debe ser limpiado por gracia; es decir, se le trata como a un hombre vivo. Aquí el hombre está sin ningún movimiento de vida espiritual: Dios lo hace todo; Él da vida y resucita. Es una nueva creación.

[3] La fe, cuando es enseñada por la Palabra, siempre regresa a esto: el juicio se refiere a actos hechos en el cuerpo. Pero nosotros estábamos muertos en pecados - sin ningún movimiento vital hacia Dios. Nosotros no venimos a juicio (Juan 5), sino que hemos pasado de muerte a vida.

[4]  Aquí hay una creación totalmente nueva, y el nuevo estado es contemplado sencillamente en sí mismo. Estábamos muertos para Dios en nuestro viejo estado. Aquí no se contempla al hombre como viviendo en pecados y siendo responsable, sino que se lo contempla como estando totalmente muerto en ellos y creado de nuevo: por eso, en esta parte de la epístola, nosotros no tenemos el perdón, ni la justificación. El hombre no es contemplado como un hombre vivo y responsable. En Colosenses nosotros somos resucitados con Cristo, pero "perdonándoos todos los pecados", los cuales Cristo había llevado descendiendo a la muerte. Tampoco tenemos aquí al viejo hombre, y la muerte aplicada a él, aunque ambos, el andar y el viejo hombre, son reconocidos como hechos, aunque no en relación con la resurrección. En Colosenses tenemos que, aun cuando se habla de "muertos en pecados", se añade "y en la incircuncisión de vuestra carne" (Colosenses 2:13), porque es muerte para con Dios. La epístola a los Romanos considera al hombre responsable en el mundo; por esta razón ustedes tienen la plena justificación, muerto al pecado y no la resurrección con Cristo. El hombre es un hombre vivo aquí, aunque justificado, y vivo en Cristo.

[5] Esto no es meramente vida comunicada (de la que leemos en Romanos), sino que un lugar y una posición totalmente nuevos que hemos tomado, una vida teniendo el carácter de resurrección desde un estado de muerte en pecados. Y aquí no se nos ve como vivificados por Cristo, sino que vivificados con Él. Él es el hombre resucitado y glorificado.

[6] En Colosenses los santos se ven solamente resucitados con Cristo, con una esperanza guardada para ellos en el cielo, y son llamados a poner la mira en las cosas de arriba, donde están escondidos Cristo y la vida de ellos con Él. Además, su resurrección con Cristo es sólo de carácter administrativo para este mundo en el bautismo, en relación con la fe en el poder que levantó a Cristo. No tenemos la unión de judíos y Gentiles en Él como resucitados y en lugares celestiales. En realidad en Colosenses, solamente los Gentiles están en los pensamientos del apóstol.
[7] Estoy bastante consciente de lo que los críticos dicen aquí con respecto al género gramatical de la palabra utilizada, pero esto es igualmente cierto con respecto a la gracia, y al decir "por gracia. . . y esto no de vosotros", es simplemente un absurdo; pero 'por medio de la fe' puede suponerse que es de nosotros mismos, aunque no se puede suponer lo mismo de la gracia. Por lo tanto, el Espíritu de Dios agrega, "y esto no de vosotros, pues es don de Dios." Es decir, el hecho de creer es don de Dios, no de nosotros mismos. Y  esto es confirmado por lo que sigue: "No por obras." Pero el objeto del apóstol es mostrarnos que todo era por gracia y una nueva creación - hechura de Dios - de Dios. Hasta aquí van juntos la gracia, la fe y todo.

[8] No es que Dios no reconoce las relaciones que Él había formado originalmente - Él lo hace plenamente cuando estamos en ellas; pero la medida de la nueva creación es otra cosa.

[9] Es extremadamente importante ver en estos días la diferencia entre esta edificación progresiva, nunca completa hasta que todos los creyentes que han de formar el cuerpo de Cristo sean reunidos, y el templo actual de Dios sobre la tierra. En lo primero, Cristo es el constructor. Él la lleva adelante sin fracaso, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Esto no está completo aún, ni contemplado como un todo hasta que esté terminado. De ahí que nosotros nunca encontramos en las Epístolas un edificador en este caso: en Pedro leemos: "allegándoos a él, como a piedra viva, ...vosotros también, como piedras vivas sois edificados. . ."(1 Pedro 2:5 - VM); de igual modo aquí, en Efesios, leemos que este edificio crece para ser un templo santo en el Señor. Pero, además de esto, el actual cuerpo profesante manifestado es considerado como un todo en la tierra; y el hombre es visto como edificador. "Vosotros sois. . .edificio de Dios"(1a. Corintios 3). "Yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire como sobreedifica." La responsabilidad del hombre entra, y la obra es sujeta a juicio. Es el atribuir a esto los privilegios del cuerpo, y de aquello que Cristo edifica, lo que ha producido el catolicismo y todo lo que es semejante. La cosa corrupta que caerá bajo juicio está falsamente vestida con la seguridad de la obra de Cristo. Aquí en Efesios 2 no solamente encontramos la obra construida en forma progresiva y segura, sino el edificio actual como un hecho en la bendición de este, sin referencia a la responsabilidad humana de edificar.

[10]  Es verdad que el capítulo 2 habla del cuerpo (v. 16); pero la introducción de la casa es un elemento nuevo y requiere algún desarrollo. Aunque la obra que se lleva a cabo en la creación de los miembros que han de componer el cuerpo es totalmente de Dios, ella se realiza en la tierra. Los consejos de Dios tienen en consideración, en primer lugar, a individuos para ponerlos cerca de Sí mismo, tal como Él querría tenerlos; entonces, habiendo enaltecido a Cristo sobre todo nombre que se nombra, ahora o de aquí en adelante, le otorga a Él ser cabeza del cuerpo, formado por individuos unidos a Cristo en el cielo sobre todas las cosas. Ellos serán perfectos según su Cabeza. Pero la obra sobre la tierra, si reúne a los recién nacidos, los reúne en la tierra. Lo que ahora responde aquí abajo a la presencia de Cristo en el cielo es la presencia del Espíritu Santo en la tierra. El creyente individual es, desde luego, el templo de Dios, pero en este capítulo, de lo que se habla es del cuerpo completo de Cristianos formado en la tierra; ellos llegan a ser la casa, la morada, de Dios en la tierra. Verdad maravillosa y solemne. Inmenso privilegio y fuente de bendición; pero igualmente implica gran responsabilidad. Se observará que, hablando del cuerpo de Cristo, hablamos del fruto del propósito eterno de Dios y de Su propia operación; y, aunque el Espíritu puede aplicar este nombre a la asamblea de Dios en la tierra, considerada como estando compuesta por verdaderos miembros de Cristo, no obstante, el cuerpo de Cristo, así como es formado por el poder vivificante de Dios según Su propósito eterno, está compuesto de personas unidas a la Cabeza como miembros verdaderos. La casa de Dios, tal como está establecida ahora en la tierra, es el fruto de una obra de Dios, encomendada aquí a hombres, no es el objeto apropiado de Sus consejos (aunque la ciudad en Apocalipsis responde en alguna medida a ella). Entre tanto sea la obra de Dios, es evidente que esta casa está compuesta por aquellos que son llamados verdaderamente por Dios, y Dios la estableció así, y como es mencionada aquí (comparen con Hechos 2: 47). Pero no debemos confundir el resultado práctico de esta obra, realizado en manos de hombres, y bajo su responsabilidad (1a. Corintios 3), con el objeto de los consejos de Dios. Nadie puede ser un miembro verdadero de Cristo, ni ser una piedra verdadera en la casa, sin estar realmente unido a la Cabeza; pero la casa puede ser la morada de Dios, aunque aquella que no es una piedra verdadera pueda entrar en su construcción. Pero es imposible que uno que no haya nacido de Dios pueda ser miembro del cuerpo de Cristo. Vean la nota anterior.