domingo, 3 de marzo de 2013

La ley del Leproso y su purificación


SEGUNDA PARTE

La purificación del leproso
(Levítico capitulo 14)

"Muchos leprosos había en Israel en tiempo del pro­feta Elíseo; pero ninguno de ellos fue limpiado sino Naamán el Sirio" (Lucas 4,27); es el Señor, el que bien lo sabía, que lo dijo, aunque un largo capítulo del An­tiguo Testamento daba las instrucciones precisas y de­talladas del medio por el cual la lepra de un israelita podía ser purificada. ¿Por qué no las aprovecharon?
Contestar a esta pregunta es provocar otra: en nuestra época hay millares de pecadores que podrían ser salvos, ¿por qué no lo son, ya que Dios ha provisto los medios para su salvación?
"Y habló Jehová a Moisés diciendo...: Con estas palabras Dios introduce el tema de la purificación del leproso:' son las mismas con que ha introducido el diag­nóstico de la lepra, son las palabras del Dios viviente, fieles y verdaderas; oigámoslas de todo corazón: "esta será la ley para el leproso cuando se limpiare: será traí­do al sacerdote" (Levítico 14,2).
¿Recuerdas el día en que este tumor o hinchazón o mancha blanquecina apareció sobre tu cuerpo y fuiste llevado al sacerdote? No te olvidaste el tétrico veredic­to... y tampoco olvidaste el día en que descubriste que eras un pecador. Pensabas entonces como muchos otros: . . .no soy tan malo como tal o cual; pero sabías sin em­bargo que llevabas escondida la llaga que conduce a la muerte. Al comienzo podías todavía cubrir el mal con tus ropas, mas tuviste que salir fuera del campamento con los vestidos deshechos, la cabeza descubierta y gri­tar: ¡inmundo, inmundo!
Después el mal se extendió cubriéndote la cabeza, el cuerpo, los miembros, invadiéndolo todo; "hazte vuel­to todo blanco", ¡terrible condición cuando no se puede pinchar un solo punto con un alfiler que no haya sido cubierto por la lepra!
¿Qué sucede entonces? Puede ser que un amigo te encuentra fuera del campamento triste, abatido, sin es­peranza. .. tu amigo te mira de arriba abajo, esboza una sonrisa y te dice: "ven, te llevaré al sacerdote; es­tás todo cubierto de lepra, pues puedes ser limpiado...
Tú respondes:
—  No, no hay esperanza para mí, estoy peor que nunca; no hay ningún leproso tan enfermo como yo. Mira, estoy todo cubierto.
—  Es cierto, bien lo veo —responde tu amigo—, es por eso que te hallas en condición de ser purificado; ven pues enseguida al sacerdote.
Y tú, lector cristiano, ¿tienes parientes o amigos que no han sido todavía salvos? ¿Has rogado por ellos? ¿Los has llevado a escuchar el evangelio en alguna opor­tunidad? Estos son los benditos privilegios que tenemos, los que hemos sido limpiados, y que demasiado poco usamos. Que nos conceda el Señor ser cada vez más fieles para con nuestros amigos inconversos, que no son en realidad más que pobres leprosos alejados de la pre­sencia de Dios.
En relación con el supuesto encuentro del leproso y su amigo, no puedo resistir al deseo de evocar la pe­queña pero deliciosa escena en la cual vemos a un dis­cípulo ocupado precisamente en ese servicio; es Andrés. Conoció al Señor una noche, y ¿qué aconteció después? "Halló primero a su hermano Simón" (Juan 1,41). ¡Cuánto me agrada esta expresión: primero! Hacía tiem­po que había pasado la décima hora, mas Andrés no se preocupa por ir a comer, ni para descansar. Va en bus­ca de su propio hermano; y cuando lo halla ¿qué hace? "lo lleva a Jesús".
No se habla mucho de Andrés en los evangelios, pero Simón Pedro, su propio hermano a quien él con­dujo a Jesús, es el discípulo que tanto bien nos ha he­cho. Andrés parece haberse especializado en esta clase de trabajo; lo volvemos a encontrar en el capítulo 6,8 del mismo evangelio, introduciendo a un joven en la pre­sencia de Jesús. Y más tarde lo vemos con Felipe, con­duciendo a los griegos al Señor, a quien deseaban ver. ¡Tarea feliz, fructífera! Que el Señor nos dé de realizarla, llevándole almas una a una. ¡Cuán importante es la actuación del amigo que lleva a un leproso al sacerdo­te: desconocido, anónimo, apenas mencionado, pero es el eslabón de la cadena sin el cual el pobre inmundo no podría ser limpiado.

El sacerdote saldrá fuera
Acabamos de ver al leproso y a su amigo apurados en el camino que los conduce al sacerdote; mas detengámonos un instante, no olvidemos que el enfermo no puede pasar los límites del campamento: es impuro. ¿Có­mo pues podrá acercarse a la morada del sacerdote que habita en la casa de Dios, en el centro mismo del cam­pamento? Pero ¡qué dicha! Dios mismo ha provisto de un medio para que el encuentro pudiera tener lugar: "el sacerdote saldrá fuera del campamento..." nos dice el versículo 3. El Señor Jesucristo, nuestro gran Sacer­dote, salió del seno de su gloria, descendió a este triste mundo de pecado, y como nos dice el evangelio: "lle­vando su cruz, salió al lugar que se dice de la Calave­ra" (Juan 19,17). Sí, pobre pecador manchado, el Sa­cerdote te vio venir y salió a tu encuentro "fuera de la puerta" donde El padeció (Hebreos 13,12).

Príncipe de paz eterna, gloria a Ti, Señor Jesús,
De tu heredad paterna nos trajiste vida y luz;
Has tu majestad dejado, y buscarnos te has dignado;
Para darnos el vivir, en la cruz fuiste a morir...

"Entonces el sacerdote le reconocerá y si la lepra hubiere cubierto todo su cuerpo, declarará limpio al lla­gado; toda ella se ha vuelto blanca, y él es limpio" (vers. 13,13; 14,3).
Los ojos llameantes del sacerdote te escrutan nue­vamente; la primera vez te escudriñó para descubrir si tenías una mancha de lepra, y confirmándolo, tuvo que declararte inmundo. Ahora el sacerdote debe asegurar­se que no tienes un lugar sin lepra; y siendo así, puede declararte limpio: antes trataba de descubrir si te halla­bas exento del terrible mal, ahora debe asegurarse de de que estás completamente cubierto de lepra.
El Señor Jesús sondea a aquel que se le acerca: ¿vienes a El realmente como pecador, culpable, sin es­peranza o como el joven rico del Evangelio? (Marcos 10,17). ¿No tienes nada que argumentar a tu favor? ¿Estás lleno de pecado? El te ve delante de él: El mismo había venido ya allí donde estás. Oyes la pregunta que importa ahora: "¿quieres ser sano?" (Juan 5,6). Si eres un pecador convencido de estar cubierto de tu mal, ex­clamarás como otrora el apóstol: "yo sé que en mí no mora el bien. . . ¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?"... "El sacerdote lo verá" y si te hallas realmente en este estado puedes ser limpio, salvo, en presencia del Salvador exclamas: "gra­cias doy a Dios por Jesucristo Señor nuestro". Es el instante en que el buen Pastor toma a su oveja perdida en sus brazos, la pone sobre sus hombros, y gozoso em­prende luego el camino de regreso a casa.
El leproso está curado desde el instante en que está absolutamente cubierto de lepra; pero, para gozar ahora de esta curación debe someterse a los diferentes actos de su purificación. Así es para el pecador; la absoluta convicción de pecado lo lleva al arrepentimiento: "de oídas te había oído, mas mis ojos te ven; por tanto me aborrezco y me arrepiento en el polvo y en la ceniza" (Job 42,5). El pecador es salvo como el hijo pródigo cuando arrepentido y sollozando se arroja a los brazos de su padre y exclama: "he pecado contra el cielo y con­tra ti...". Luego el padre hace reemplazar los harapos de su hijo por el vestido principal y lo introduce en su casa, como el pecador es vestido de salud y rodeado del manto de justicia (Isaías 61,10), y tiene entrada en la casa del Padre (Efesios 2,18). Tal es el sentido de la purificación que tiene por objeto nuestra comunión con Dios en sus mismos atrios.

Dos avecillas vivas y limpias
He aquí pues al leproso bajo la mirada del sacerdo­te, quien no encuentra sobre su cuerpo ni un solo lugar sin lepra. ¡Qué gozo, está curado! Amigo lector, tú has seguido hasta aquí el camino del leproso en su desgra­cia, ¿quieres prestar toda tu atención para saber lo que se debe hacer para su purificación? Escucha, el sacer­dote habla: "mandará luego que se tomen para el que se purifica, dos avecillas vivas, limpias, y madera de cedro, grana, e hisopo" (vers. 4).
El leproso es demasiado pobre para procurarse las avecillas y las demás cosas necesarias para el sacrificio, por ese motivo no se las pide a él; el sacerdote ordena a otro que las traiga. Aún a los ricos Dios no pide estos elementos que los puede purificar porque no los poseen.
es por esta razón que un rico de la antigüedad, Abraham, contestó a su hijo Isaac: "Dios se proveerá de cor­dero para el holocausto" (Génesis 22,7-8). Es Dios quien provee siempre para el sacrificio; nosotros, pobres pecadores, moriríamos en nuestros pecados si tuviéra­mos que buscar el sacrificio conveniente porque nunca jamás lo encontraríamos. Mas la Palabra de Dios dice: "el sacerdote mandará que se tome para él..." el amor de Dios lo ha provisto todo para el pecador. El procuró las dos avecillas vivas y limpias, tal como El es, un Dios vivo y limpio; y las dos juntas forman una sola y llama­tiva figura de Aquel que descendió del cielo, nuestro Salvador y Señor Jesucristo (Juan 3,13; Prov. 8,30).
Contemplemos un momento esta escena: "y manda­rá el sacerdote matar la una avecilla en un vaso de ba­rro sobre aguas corrientes..." (vers. 5). Aquí el lepro­so es solamente un espectador mientras otro ha procu­rado la avecilla y la degüella también... Un vaso de barro, en este vaso una avecilla limpia, sin defecto; los cielos son la esfera desde donde vino esa avecilla, era su lugar natal. Mas descendió, dejó su habitación ce­lestial por esta pobre tierra y en ese vaso de barro es inmolada. ¡Sorprendente imagen de nuestro Salvador: El dejó su morada celestial, dejó su trono de gloria, des­cendió a este pobre mundo, tomó un cuerpo terrenal, "un vaso de barro". ¡Oh, cuánto nos agrada contem­plar a ese hombre celestial manifestado aquí abajo en un cuerpo terrenal, y en ese mismo cuerpo recibir la muerte en una cruz donde su preciosa sangre fue de­rramada!

Hasta la tierra bajó el cielo
De Dios misterio es Emmanuel;
Cubre a su gloria humano velo,
De hinojos, demos loor a El.

¿Quién este amor sondear nos diera?
De Dios, el Hijo, el Creador,
Para el perdido en esta tierra
Siervo fiel fue y buen Pastor.

Este amor que tanto se brinda
También amomos hasta el fin;
Sufre el Cristo y da su vida
Por un mundo perdido y ruin.

Pero el vaso de barro estaba lleno de aguas co­rrientes y sobre estas aguas la avecilla era degollada. En las Escrituras el agua es el símbolo, a menudo em­pleado, para ejemplificar la vida divina que actúa con el poder del Espíritu Santo: "el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás" (Juan 4,14). Pero aquí, esta agua viva o corriente, en contraste con el agua estancada, estaba mezclada con la sangre de la avecilla muerta; es por eso que también leemos en el evangelio: "el que bebe mi sangre tiene vida eterna, porque mi sangre es verdadera bebida..." (Juan 6,54- 55).
Muchas veces habrás oído referir, lector, la muer­te del Salvador, cómo de su costado abierto por una lanza brotó sangre y agua; habrás visto, por así decirlo, esa avecilla muerta en el vaso de barro, pero, ¿has realizado alguna vez que El murió expresamente por ti? Su sangre y esa agua de vida corren a través de la Pa­labra divina para comunicarte la vida y limpiar tus pe­cados mediante el poder del Espíritu Santo. Es bebiendo esa Palabra viva que hará producir en ti una fe viva y una nueva naturaleza, naciendo así de agua y de Espíritu.

Oí la voz del Salvador
Decir: "venid, bebed.
Yo soy la fuente de salud,
Que apago toda sed".
Con sed de Dios, del vivo Dios,
Al Calvario acudí,
Y de su herida, fuente fiel,
La vida yo bebí.

"Después tomará la avecilla viva, el cedro, la gra­na y el hisopo, y los mojará con la avecilla en la san­gre de la avecilla muerta sobre las aguas corrientes" (vers. 6).
Hemos dicho que las dos avecillas juntas forman una sola imagen de nuestro Señor Jesucristo; lo hemos visto descender del cielo, "el Hombre celestial" y en su cuerpo terrenal ser crucificado por nosotros, y bajar a la tumba. Resucita llevando las marcas de la muerte que sufrió, en sus manos, su costado y sus pies... Así vemos a la avecilla viva ser sumergida en la sangre de la muerta y en el agua viva, luego salir llevando en sus plumas las señales de la muerte junto con la vida: "si no viere en sus manos la señal de los clavos —dijo To­más— y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré... mirad mis manos y mis pies -—dijo el Señor resucitado— que yo mismo soy" (Juan 20,25; Lucas 24,39).
Juntamente con la avecilla viva, el cedro, la grana y el hisopo debían ser sumergidas en la sangre y el agua; estas cuatro cosas formaban un solo manojo en la mano del sacerdote.
Como lo vimos, la avecilla viva es figura de Cristo, el Hombre celestial.
El cedro es el árbol que simboliza la magnificencia del Señor como Rey y Mesías. La madera de cedro sir­vió para la construcción del templo de Jehová en Jerusalén, para la casa del bosque del Líbano, para el pa­lacio de Salomón y su carroza real (1. Reyes 7,2; 2. Cró­nicas 2,3-16; Cantar de los Cantares 3,9).
La grana o púrpura es el color de los vestidos rea­les: es con un manto de grana que vistieron a Jesús burlándose de su dignidad real (Mateo 27,28); la halla­mos en la confección de las cortinas del Tabernáculo de Jehová (Éxodo 26,1); era la grana propiedad parti­cular israelita: es un hilo de grana que señaló al primo­génito de Thamar, esposa de Judá (Génesis 38,28); es un cordón de grana dado por los espías israelitas que colgaba de la ventana de Rahab (Josué 2,18).
El hisopo, a su vez simboliza la humillación y la pequeñez; se empleó un manojo de hisopo para untar el dintel y los postes con la sangre del cordero pascual (Éxodo 12,22); era con sangre, agua, grana e hisopo que Moisés roció y santificó a Israel al pie del Sinaí (Hebreos 9,19); "purifícame con hisopo —exclama Da­vid culpable— y seré limpio..." (Salmo 51,7). "Desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que nace en la pared disertó Salomón" (1. Reyes 4,33); es decir desde los lugares más altos que ocupara Cristo hasta los más ba­jos (Filipenses 2,6-11).
A través del evangelio de Mateo aparece el cedro, la realeza del Señor como hijo de David: su genealogía, su nacimiento, los honores recibidos en Belén, en la casa de Betania. y después de su resurrección, todo lo proclama Rey. A través de los evangelios de Lucas y Marcos por lo contrario, es el hisopo, es decir la humillación del Señor que aparece con énfasis: es el hijo del hombre, el niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre, es su sumisión cual siervo de Jehová, su obediencia hasta la muerte de cruz que el Espíritu de Dios presenta. En el evangelio de Juan vemos al Hom­bre celestial, la "avecilla viva", el Verbo hecho carne: "salí del Padre —dice el Señor— y he venido al mun­do; otra vez dejo al mundo y voy al Padre" (Juan 16,28).
Así los cuatro evangelios presentan al Señor en sus cuatro aspectos como un solo manojo en la mano sacerdotal que debe pasar a través de la muerte para rociar con su sangre a un pobre leproso, su mísera cria­tura, el hombre que El mismo había creado. Notemos además que para obtener el agua de purificación, según Números 19,1-7, el sacerdote debía echar en medio del fuego en que ardía la vaca roja, cuya sangre había sido presentada a Jehová, palo de cedro, hisopo y escarlata; luego se juntaba la ceniza para mezclarla con agua co­rriente: otra figura elocuente del sacrificio de Cristo presentado en los cuatro evangelios.
Sin embargo, el cedro, la grana y el hisopo pueden representar también al ser humano pecador, ocupando distintas escalas sociales: el hombre en eminencia dota­do de las más altas cualidades, la mujer distinguida, el más honesto y el más humilde trabajador, todos, sin excepción, deben descender a ese flujo purificador para obtener la salvación. Cedro, grana e hisopo, es decir todo cuanto es de este mundo debe ser crucificado y sepultado en cuanto al creyente (Gálatas 6,14).

Purificación inicial
"Y rociará siete veces sobre el que se purifica de la lepra, y le declarará limpio" (vers. 7). Contemplad un momento conmigo esta escena conmovedora: el le­proso ha sido traído de su proscripción, el sacerdote se acercó a él, otro ha procurado las dos avecillas vivas y limpias, y degollada una de ellas mezcló su sangre con aguas vivas en un vaso de barro; la avecilla viva, el cedro, la grana y el hisopo, todo ha sido sumergido en la sangre y el agua que corren ahora sobre el cuerpo del leproso. Una, dos, tres veces y siguiendo así hasta seis veces el sacerdote hace aspersión, y todavía nin­gún cambio hubo en el inmundo. Mas viene la séptima, cifra que indica la perfección de la obra, y el hombre es declarado purificado: la sangre y el agua lo limpió, no existía otro medio; y tampoco para nosotros sino sólo la sangre y el agua que corrieron del costado abier­to del Salvador en la cruz. "La sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado" (Hebreos 9,22; 1. Juan 1,7). Pero oíd, la avecilla pura tuvo que morir para que el leproso inmundo pudiera ser purificado con su san­gre; ¡ah! comprended claramente esto; sólo la preciosa sangre de Cristo puede lavar al más vil, al más sucio, al más repugnante pecador, muriendo por él.
Más aquí puede formularse una pregunta: ¿cómo puede saber el leproso que su purificación se ha cum­plido? ¿Desapareció la lepra en la séptima aspersión? ¿Ha cambiado su cuerpo? No lo pienso; ni que se haya sentido en lo más mínimo diferente de antes... ¿Cómo puede saber entonces que está limpio?
Después de haber tenido lugar la séptima y última aspersión, el sacerdote lo declaró limpio. Mientras con­templáis esta maravillosa escena podéis oír la declara­ción divina: "si la sangre de animales rociada a los in­mundos, santifica para la purificación de la carne, ¿cuán­to más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eter­no se ofreció a sí mismo a Dios, limpiará vuestras con­ciencias. . .? Porque con una sola ofrenda hizo perfec­tos para siempre a los santificados; y atestíguanos lo mismo el Espíritu Santo.. ." (Hebreos 9,13; 10,14). La sangre de la avecilla ha limpiado al leproso, pero éste lo sabe por la palabra del sacerdote; poco tiempo atrás, el que lo había declarado inmundo, es el mismo que ahora lo declara limpio.
Mas no es todo; la avecilla viva que está todavía en la mano del sacerdote, y que no tenía aún la libertad para emprender el vuelo hacia su morada celestial, es ahora soltada; la obra del sacrificio terminó, y no hay para qué retenerla aquí abajo. Resucitado de entre los muertos, y después de un alto con sus discípulos, nues­tro Señor y Salvador ascendió a los cielos llevando en su cuerpo las señales de la cruz que proclaman cumpli­da su obra redentora. Su victoria asegurada, nuestros pecados quitados ante la presencia de Dios sin quedar uno, pues él los había llevado todos en su cuerpo, él mismo es acepto y nosotros con él, en los lugares celes­tiales: "está sentado a la diestra de Dios..." (Hebreos 10,12). A su tiempo verá todo el fruto en sazón del tra­bajo de su alma, se presentará a sí mismo a la Iglesia "sin mancha ni arruga"; aún las heridas que ella sufrió en sus conflictos aquí abajo habrán desaparecido, mien­tras las de su Señor, precio que ella le costó, las verá indelebles en sus manos, sus pies y su costado.

Tu gloria aquí fue velada
Por la sangre y el llorar,
Mas pronto el Resucitado
Su belleza ha de mostrar.
¡Con qué inefables delicias,
Tu mirada puesta en mí,
Me dirá con tus heridas:
"Yo morí también por ti"!

Supongamos que algún vecino encuentre al leproso purificado, y le dice:
— ¿Qué haces aquí? Eres leproso, ¡fuera del cam­pamento!
—  Sí, responderá, yo era ciertamente leproso, pero gracias a Dios he sido limpiado.
—  ¿Tú, limpiado? No parece. Al contrario, estás peor que antes; estás cubierto de ese espantoso mal.
—  Es verdad, mas el sacerdote ha hecho la asper­sión sobre mí con la sangre de la avecilla muerta y me declaró limpio. Sé que estoy sano porque él lo dijo.
—  ¡Qué absurdo! seguramente has comprendido mal sus palabras; ha debido decirte que eres inmundo; todos pueden ver tu lepra.
—  No, es imposible que haya comprendido mal; primero fui rociado con la sangre y después oí al sa­cerdote que me declaró limpio. Y no es todo, con mis propios ojos he visto a la avecilla viva, cubierta de san­gre, subir al cielo. ¿Conoces la ley? Recuerda que la avecilla viva no puede remontar el vuelo hasta que el sacerdote me haya declarado limpio.
—  Pero, continuó el vecino, ¿quieres decirme si te sientes purificado, ya que admites estar cubierto de lepra?
—  Amigo, no es ese el asunto; el sacerdote dijo que yo estoy limpio, de modo que todo está en regla; él, sólo él, está autorizado para hacer tal declaración. Me de­claró limpio y, por lo tanto, que lo sienta o no, creo que soy limpio.
El vecino se alejó en tanto que el feliz leproso, se­guro del triunfo de su liberación, evoca todavía la esce­na de la avecilla viva remontándose libremente hacia los cielos. Así sucede conmigo y contigo, pecadores la­vados en la sangre de Jesús, cuando con los ojos de la fe vemos a nuestro Señor y Salvador volver a sus mo­radas celestiales después de haber muerto por nosotros; bien sabemos que El fue acepto por Dios en el pleno valor de su obra cumplida, y nosotros con El (Efesios l,6;2,6).
Ese mismo Jesús vivo, vuelto al cielo, nos dice algo más aún; su resurrección y ascensión proclaman que es el Conquistador de los dominios de la muerte y el Ven­cedor de la tumba: "subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad..." (Efesios 4,8). La más grande batalla del Universo ha sido librada y ganada: "¿dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde oh sepulcro tu victoria?" (1. Corintios 15:55).

Perdiste, oh muerte, la suprema batalla.
Rota está tu red, y abierta tu prisión;
Resucita el Santo de Dios y se lanza
Desde la tumba a la célica mansión.

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