domingo, 20 de septiembre de 2020

LA LEY Y LA GRACIA

 


Es importante ver que hubo dos claras ocasiones en las que encontramos tablas de piedra, según el mandamiento de Dios, encomendadas, aunque de una manera diferente, al hombre. En la primera ocasión, como sabemos, había una ruina total; y cuando Dios pronunció Sus mandamientos, que después fueron escritos, no había ningún resplandor en el rostro en absoluto; no había un Moisés transfigurado por el poder de la gloria. La ley, pura y simple, nunca hizo resplandecer el rostro de un hombre; no es la intención de la ley; ni tampoco es el resultado de la ley. La ley, simplemente como tal, se caracteriza por la oscuridad y la tempestad, por el trueno y el relámpago, por la voz de Dios tratando con el culpable -más tremendo que todo junto. Y así fue en la primera ocasión cuando la ley fue anunciada por el propio Dios, y las tablas fueron quebradas (incluso antes de que llegaran al hombre) por el indignado legislador.

                        ¡Qué diferencia en la segunda ocasión! El legislador fue llamado a la presencia de Dios, quien en seguida se agradó de dar una mezcla de gracia junto con la ley. Había un pacto hecho expresamente de este carácter compuesto combinado. No era sólo la ley y no era sólo la gracia, sino más bien la mezcla de la gracia junto con la ley. Porque habría sido absolutamente imposible para Dios haber continuado con los tratos con Israel, o incluso haberlos llevado a la tierra, a menos que hubiese habido esta mezcla de gracia y misericordia con la ley. Por consiguiente, en esta ocasión la ley todavía fue encomendada al hombre; pero estaba encerrada en el arca, no expuesta con todos sus terrores antes los ojos de los hombres; estaba puesta, como sabemos, en el testimonio.

(Continuará)

EL PECADO DE DAVID

 

2 Samuel 11 y 12.

            David fue un hombre conforme al corazón de Dios y en toda su vida procuró agradar a su Señor. Dios mismo pudo decir de él: “He hallado a David, hijo de Isaí, varón conforme a mi corazón, el cual hará todo lo que yo quiero” Hech. 13.22, y “David había hecho lo recto ante los ojos de Jehová, y de ninguna cosa que le mandase se había apartado en todos los días de su vida, excepto el negocio de Urías Heteo” 1 R. 15.5.

El carácter de David fue siempre dulce y apacible. Su prin­cipal anhelo fue agradar a Aquel que había aprendido a amar “atrás de las ovejas” y su corazón entero para Dios fue lo que le hizo ser el elegido por Dios mismo para guiar a su pueblo Israel. “Suave en cánticos”; “ungido del Dios de Jacob”; “varón que fue levantado alto” son las expresiones que él mismo da, para mostrar la gran misericordia de Dios para con él. Todos sus Salmos, indican el anhelo de su corazón de siempre vivir en la presencia de aquel que amaba y en quien dependía para todo su sostén. Si no hubiera sido flojo en su alma, per­mitiendo que la negligencia controlara su carácter, jamás hu­biera manchado su vida tan preciosa con el pecado que, hasta la fecha, tiene que ser recordado por todo el pueblo de Dios.

Por el espacio de diecisiete años David había gozado de una constante prosperidad; en cada guerra que hacía había tenido completo éxito, porque Dios era con él y hacía lo que Dios le indicaba hacer, pero el mismo buen éxito era un gran peligro, porque la confianza en sí mismo llegó a ser muy grande.

Lo que hizo fue en completa contradicción a la ley que Moisés había dado acerca de los reyes; “Cuando hubieres en­trado en la tierra que Jehová tu Dios te da...y dijeres; Pondré rey sobre mí...ni aumentará para sí mujeres, porque su corazón no se desvíe” Dt. 17.14-17. David, entrando como rey en Jerusalén, aumentó mujeres; “Y entendió David, que Jehová le había confirmado por rey sobre Israel, y que había ensalzado su reino por amor de su pueblo Israel. Y tomó David más con­cubinas y mujeres de Jerusalén después que vino de Hebrón, y naciéronle más hijos e hijas” 2 S. 5.12,13. Desde luego, lo hicieron quebrar aquella fortaleza de su carácter para aumen­tar en él mismo una costumbre de indulgencia sexual que le dejaba predispuesto a conseguir inmediata satisfacción a sus exigencias y le hizo, como resultado, caer en el pecado más grande de su vida. Fue también contrario a su espíritu valiente pues, en lugar de ir a la guerra en el tiempo en que los reyes iban, se quedó en su casa, indolente, dejando que Joab y sus siervos fueran a seguir la pelea. 2 S. 11.1,2.

 Una tarde el rey se levantó de su Cama y subiéndose al terra­do, divisó a una mujer que estaba bañándose, la cual era muy her­mosa. (A esa hora se refiere Natán el profeta cuando cuenta cómo llegó el caminante para satisfacer su hambre y el rico descendió a la casa de un hombre pobre para tomar de ella la única oveja que tenía, aunque él mismo tenía muchas más). David, sin el menor temor, mandó a traer á la mujer, que era, sin duda, cómplice de su pecado, puesto que debía haberse resis­tido por cuidado a ella misma, y para no ser infiel a su esposo ausente, sin embargo, las Escrituras no depositan en ella ningu­na culpa, porque era el rey el que había mandado a traerla y bien sabía ella que jamás podía oponerse a las órdenes de él, y, sin duda, pensó que era obligada a ceder.

¡Qué lástima en David! Por un momento de indulgencia a sus pasiones desenfrenadas, manchó para siempre su carácter. Su paz se desvaneció y los fundamentos de su reino fueron puestos en peligro, Dios se desagradó y dio ocasión a los enemigos de Jehová para blasfemar, ¡Nunca pensamos en todo lo que una caída puede traer! Satisfacemos nuestros deseos, muchas veces en conocimiento de todo lo que puede traernos como consecuencia, pero levantando nuestros hombros en indiferencia, lo hacemos. Hermanos, tengamos cuidado de las horas de relajamiento en las cuales damos placer a nuestros deseos, porque esas horas de indulgencia serán pagadas bien caras; no solamente nuestro Dios será perfecto para tratarnos aún en misericordia, pero nos dolerá hasta lo profundo de nues­tro ser. David tenía más de cincuenta años, pero esto no lo hizo inmune a las tentaciones que son, más bien, de la juventud. Un paso en falso y toda nuestra carrera de valor y fe, puede ser arruinada en un momento, y por años y años traer las consecuencias vergonzosas y tristes de aquel momento de floje­dad y lascivia.

Un día le llegó al rey la noticia que la compañera de pecado no podía más esconder las consecuencias. David se encon­tró bien turbado en su alma sabiendo que, por la ley de Moisés, el castigo para los dos era la muerte “Y el hombre que adul­terare con la mujer de otro, el que cometió adulterio con la mujer de su prójimo, indefectiblemente se hará morir al adúl­tero y a la adúltera” Lev. 20.10. Inmediatamente David tomó medidas para ocultar su pecado y mandó a traer a Urías Heteo, el marido de Betsabé. Cuando éste llegó David procuró que fuera a su casa y al salir de su presencia, mandó comida real atrás de él. Dios que conocía las astucias del corazón de David, permitió que Urías manifestara dolor por el arca de Dios que estaba en el campo de batalla, y lo oímos decir: ‘‘El arca, e Israel y Judá, están debajo de tiendas; y mi señor Joab, y los siervos de mi señor sobre la haz del campo: ¿y había yo de entrar en mi casa para comer y beber, y dormir con mi mu­jer? Por vida tuya, y vida de tu alma, que yo no haré tal cosa” 2 S. 11.11. David procuró que Urías Heteo descendiera a su casa y aún la segunda noche lo embriagó para forzarlo a ir, pero el espíritu de aquel siervo de Dios mostró que no podía estar tranquilo en su casa y con su mujer, mientras que sus compañeros estaban en el campo de la batalla, por lo tanto, no descendió y los planes del rey fueron completamente frus­trados.

Precisaba que Urías muriera, porque los muertos no pueden contar las cosas. Iba a nacer un niño y los labios de aquel muerto no contarían que aquel niño no era de él. David escribió una carta y el mismo Urías es mandado a llevarla a Joab, el general del ejército. En aquella carta se decía que debía ser puesto Urías en el lugar donde se ponían a los ¡hombres más valientes, pero con el propósito de que fuera desamparado y fuera muerto en la batalla. Así David, con otras manos, mandó a matar a un hombre completamente justo y, cuando las nue­vas fueron dadas a David de que Urías había muerto, todavía dijo: “No tengas ningún pesar de esto, que de igual manera suele consumir la espada: esfuerza la batalla contra la ciudad hasta que se rinda. Y tú aliéntale” 2 S. 11.25. ¡Qué astucia! po­dríamos decir, pero, cuando pensamos que nosotros mismos podríamos hacerlo, se asusta el corazón de la maldad de él. Probablemente Betsabé nada supo de esto, cre­yendo que la muerte de su marido era casual y opor­tuna. Hizo duelo por su marido como era costumbre, y al mismo tiempo, sin duda, se congratulaba por la coincidencia acaecida, Pasados siete días, fue mandada a traer para ser llevada al palacio, donde se sentía abrigada y aliviada de sus pesares y de la an­siedad que, sin duda, sentía por el nacimiento del que iba a venir. Todo eso parecía muy bien dispuesto, pero había un fracaso en todo ello, y era que, "todo esto que David había hecho, fue desagradable a los ojos de Jehová" 2 S, 11.27. ¡Oh, la tristeza amarga de aquel que se había propuesto a andar con Dios con un corazón perfecto, teniendo toda la facultad de mantenerse en comunión con Dios! ¡Qué tristeza ha de haber traído a su alma el pensar en toda su vida de atrás tan hermosa y tan llena de victorias sobre los enemigos que le cercaban tan de lleno y la ayuda tan perfecta de su Dios, y hallarse vencido ahora por su propia tentación y caída!  ¡Todo su carácter tan bello, tan correcto, arruinado completamente y pisotea­do, solamente para satisfacer! sus propias pasiones! ¡Oh, amados hijos de Dios, oremos que Él nos ayude y nos dé su presente poder y gracia para acabar la carrera de nuestra vida sin ninguna mancha como la de David, para poder llegar a su santa presencia con una vida intachable! Cuanto más caro es el cristiano, tanto más paga por su caída y sus deleites. Por el espacio de un año, David, el pecador real, guardó en su pecho su pecado, y no quiso confesarlo, pero el Salmo 32 nos da un relato de todo lo que pasó en aquel año. Él dice allí: ‘‘Mientras callé, envejeciéronse mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; volvióse mi ver­dor en sequedades de estío”.

Por este silencio guardado, su corazón se tornó duro y cruel. Trató al pueblo de Rabba con crueldad terrible, como que si hubiera estado cansado con el remordi­miento que sentía en su corazón. Así somos nosotros. Muchas veces, cuando el remordimiento de nuestro pecado embarga nuestro corazón, nos volvemos áspe­ros y crueles con los demás, aunque no tengan ellos la culpa. Pensamos que, justificándonos a nosotros mismos, y mostrando a los demás toda suerte de injusticia y dureza de corazón, será aplacado el remor­dimiento de nuestra conciencia intranquila. David dijo a Natán, cuando éste le contó lo de la injusti­cia del hombre que tomó la única oveja; "Vive Jehová, que el que tal hizo es digno de muerte”. 2 S. 12.5. ¡Qué listo estuvo para inmediatamente condenar el pecado en otro! David condenó al hombre a la muerte, aunque en la ley de Moisés solamente decía que el que robaba tenía que dar cuatro veces tanto, Ex. 22. 1. David se fue más allá de la ley. Al oír de los labios del profeta la historia de aquel pobre hombre que fue robado, la ira de David se enardeció en contra del que pudo hacer semejante injusticia, entonces, le cayó encima la breve y terrible acusación: "Tú eres aquel hombre” 2 S. 12.7. Eso reveló a David su pro­pio corazón, leyendo su historia en aquel espejo y lo llevó por fin a sus rodillas, entonces Natán le hizo recordar las misericordias de Dios para con él dicién- dole: "¿Por qué pues, tuviste en poco la palabra de Jehová, haciendo lo malo delante de sus ojos? A Urías Heteo heriste a cuchillo y tomaste por tu mu­jer a su mujer, y a él mataste con el cuchillo de los hijos de Ammón, Así ha dicho Jehová: He aquí yo levantaré sobre ti el mal de tu misma casa, y to­maré tus mujeres delante de tus ojos, y las daré a tu prójimo, el cual yacerá con tus mujeres a la vista de este sol”. David fue compungido de corazón y dijo: "Pequé contra Jehová” fueron las únicas pala­bras que pudieron salir de sus labios en el instante en que su corazón se abrió a la confesión.

En el Salmo 51, David expresó los más íntimos pensamientos de su corazón, yéndose no solamente al pecado cometido, sino a la raíz de él mismo y averi­guó que, a pesar de haber sido tan temeroso de Dios, tan exacto en todos los demás puntos, la dificultad consistía en que dentro de él mismo tenía lo que correspondía tan fácilmente a las exigencias de la maldad. Así le oímos decir: "Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia: conforme a la mul­titud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado”. “MI PECADO" está mencionado en este Salmo tres veces y hace diferencia entre "mis maldades" y "mis pecados”. Aquí revela que lo que más anhela­ba era limpieza de ese "mi pecado”, porque pensaba que sólo de esa manera podría él tener el ver­dadero corazón limpio y la renovación de un espíritu recto dentro de él. Muestra allí el dolor de su alma, la pérdida del gozo en ella, su temor de que el Santo Espíritu de Dios le fuera quitado. Al mismo tiempo se regocijaba profundamente de pensar que en medio de toda aquella vergüenza y confusión de alma, Dios aceptara un espíritu quebrantado y un corazón humi­llado, y que, aunque su pecado merecía que le fuera quitado su Espíritu, Dios no despreciaba aquel cora­zón, antes le era agradable como un sacrificio u holocausto de que se agradaba más que de los sacri­ficios de bueyes y ovejas quemadas delante de Él. Solo esas tiernas misericordias de Dios, podían traer descanso a su alma al recordar su crimen. Dios oyó las peticiones fervientes de esa alma abatida que realizaba la necesidad de estar verdaderamente pu­rificada y lavada, de ser nuevamente llenada del gozo del Señor y de la libertad de un espíritu limpio, que es lo que traería alegría para nuevamente poder ofrecer los sacrificios de justicia, para ofrecer también los becerros y cualquiera otra ofrenda quemada en el altar, y para enseñar a los pecadores el camino rec­to que Dios demandaba. Todas estas peticiones fue­ron dichas por aquel corazón que, sin duda, estaba cansado y débil por haberse mantenido tanto tiempo cerrado sin confesar su iniquidad.

Mucho antes de que David hiciera confesión de su pecado delante de Dios, y que realizara profunda­mente lo que había hecho, ya Natán el profeta le había dado la seguridad del perdón de Dios con las palabras: "También Jehová ha remitido tu pecado" 2 S. 12.13. En el Salmo 32.5, David dijo: "Mi peca­do te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Confesaré, dije, contra mí mis rebeliones a Jehová; y tú perdo­naste la maldad de mi pecado".

¡Alma arrepentida! ten valor para creer en el perdón instantáneo que Dios puede dar, solamente que realices verdaderamente tu pecado y que sientas el profundo anhelo de recibir el perdón. En el momento en que lo pidas, Dios te lo dará. Al momento en que tú confieses, encontrarás la certidumbre y la seguridad de ese perdón maravilloso que te restaurará al gozo de todos tus privilegios como hijo de Dios que eres, porque el Padre, aunque odia el pecado, jamás desprecia el corazón compungido y doliente por causa del pecado. Es triste y vergonzoso confesarlo y aun­que muchas veces es lo más duro y difícil poder abier­tamente decir "pequé”; sin embargo, Dios anhela restaurarte en toda su plenitud, aunque hayas vagado bien lejos de su presencia. Lo único que El pide es el "corazón contrito y humillado” pues, como dice en Job: "El que dijere: Pequé y pervertí lo recto, y no me ha aprovechado; Dios redimirá su alma" Job. 33.27.

            El pecado es lo que llevó al Hijo de Dios al Cal­vario y lo que hirió su santo cuerpo. El pecado fue deshecho por El, para que nosotros tengamos libertad y favor con Dios, Jamás Él puede rechazar al que, arrepentido, busca su perdón. Al momento en que el corazón contrito y humillado busca a Dios, Él respon­de palabra de consolación, pues Él mismo ha dicho: ‘Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justó para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad" 1 Jn. 1.9.

            Estos capítulos que tratan del pecado de David, han sido leídos y releídos por millares y millares de los hijos de Dios que también han caído y se han hundido en ese mismo laberinto de pecado. Por las mismas palabras dichas, por la experiencia de un corazón arrepentido, también han hallado el camino de salida y ellos, como David, se han podido gozar al oír; “Tus pecados te son perdonados, vete en paz".

Veamos ahora, para nuestra admonición, algunas de las consecuencias de aquel pecado, para que nues­tros corazones puedan entender que, aunque la gracia perdona y olvida, sin embargo, el gobierno exacto de nuestro Padre y Dios es también maravilloso.

             Miramos el castigo de Dios para David. El hijo de Betsabé se enfermó gravemente; era el niño de pecado y vergüenza, pero los padres lo velaron por siete días. La madre lo cuidó con ternura y el padre clamó, humillado delante de Dios, sufriendo mil veces más al mirar el sufrimiento del niño que si hubiera sido personal su dolor. Nos duele más en el fondo de nuestro corazón cuando los inocentes sufren por nuestros crímenes que si pagáramos nosotros mis­mos el justo pago que merecemos. El niño murió. Dios no pudo contestar el clamor de David, porque al hacerlo hubiera tenido David un hijo bastardo y hubiera tenido que quedarse siempre afuera porque nunca era permitido que un hijo bastardo entrara en el templo para adorar. "No entrará bastardo en la congregación de Jehová: ni aun en la décima generación entrará en la congregación de Jehová" Dt. 23.2.

Dos años después, uno de los hijos de David tra­to igual a su hermana como David había tratado a la mujer de Urías. Nunca vemos tan claramente nuestro pecado como cuando se ve repercutido en un hijo, también en el pecado de Ammón, David pudo ver cómo eran sus mismas pasiones desenfrenadas, y en el asesinato del mismo Ammón, por su hermano Absalón, otra vez pudo ver David reflejado su mismo pecado, puesto que él mandó a asesinar a Urías con el cuchillo dé los hijos de Ammón. Si David hubiera castigado a Ammón, por el pecado que hizo con su hermana, jamás hubiera Absalón llegado a cometer el pecado de asesinato, pero, ¿cómo podía David castigar a su hijo cuando él mismo había sido impuro y había querido evadir el castigo de Dios? Tampoco castia Absalón por su crimen, porque cuando él cometió el mismo pecado se había procurado zafar de la sentencia que le tocaba.

Pero lo que más le dolió a David, fue la rebelión de Absalón. porque su mismo amigo íntimo, Ahitofel, cuyos consejos eran como oráculos de Dios, la sancionó inmediata-mente. ¿Por qué? La razón fue que Ahitofel era el abuelo de Betsabé, según la genealogía en 2 S. 11.3 y 2 S. 23.34, además Ahitofel era camarada de Urías Heteo. En esta rebelión de Absalón, con toda astucia había ganado el corazón del pueblo por cuatro años, minando así el trono de su padre y el pueblo lo siguió tan fácilmente, porque, sin duda, al conocer el pecado de David había perdido toda su reverencia y amor para él. Su pecado los había decepcionado y alejado, por esa razón le pudieron abandonar tan pronto. Todos los sufrimientos de David en ese tiempo, que lo hicieron llorar tan amargamente, los podemos encontrar en esos capítulos de 2 Samuel del 11 al 20. Todas las tristezas, angustias y humillaciones por donde pasó, eran los látigos fieles de un amoroso y perfecto Padre hacia su hijo. Parecía que eran los hombres que en esa oportunidad mostraron la maldad de sus corazones en contra de él, pero David sabía que no eran ellos, sino que era la mano de su Padre que lo hacía beber la amarga copa que Él había preparado para él, Cuando a salir huyendo, Semei salió al camino para tirarle pie
dras y a maldecirlo, uno de los valientes que iban con él quiso matarlo, pero David contestó: “El maldice así, porque Jehová le ha dicho que maldiga a David: ¿Quién pues le dirá: Por qué lo haces así?...He aquí, mi hijo que ha salido de mis entrañas, acecha a mi vida: ¿cuánto más ahora un hijo de Benjamín? Dejádle que maldiga, que Jehová se lo ha dicho. Quizá mirará Jehová a mi aflicción, y me dará Jehová bien por sus maldiciones de hoy" 2 S. 16.5-14.


Nunca olvidemos que los demás pueden planear cosas duras para nosotros y ejecutarlas para causarnos dolor y angustia, pero conozcamos en todo eso la mano de nuestro Dios que nos hace cosechar la siem­bra del pecado que hicimos. Él, por medio de sufrimientos y humillaciones, saca un propósito en ense­ñarnos a ser fieles y fuertes en contra del pecado. Nos hará tener confianza para levantar nuestra mirada hacia Él y también sabremos que, en todas esas aflicciones, no solamente es el capricho de los hombres, sino que Dios lo permite porque nos está tratan­do como a sus hijos, para que aprendamos a no ver el pecado con flojedad. Sin tales castigos y aflicciones nunca entenderíamos que debemos desconfiar de nosotros mismos ni tendríamos mie-do y te­mor de caer en el pecado. “Las señales de las heri­das, son medicina para lo malo y, las llagas llegan a lo más secreto del vientre’’. Pr. 20.30.

Hermanos, Dios es un Dios de perfecta misericordia, pero no olvidemos que su gobierno también rige nuestras vidas que están bajo la gracia. Aprendamos a huir del pecado, porque las consecuencias de una caída pueden traernos lágrimas y sufrimientos atroces. No olvidemos que Él perdona, sí, con toda abundancia, pero es exacto en hacernos cosechar tarde o temprano los frutos de la caída pues Él ha dicho: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: que todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne se­gará corrupción; más el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna”. Ga. 6. 7.8.

M. K.

Los altares de Abraham

 Las muchas referencias a Abraham en el Nuevo Testamento nos convencen de la importancia de las lecciones espirituales por aprender en el estudio de su vida. Él es el hombre de los altares, como Isaac es el de los pozos y Jacob el de las piedras.

            “Creyó Abraham a Dios y le fue contado por justicia”. Así llegó él a ser padre espiritual de todos los fieles. Su obediencia fue a la Palabra de Dios: “Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció”, y de esta manera llegó a llamarse el amigo de Dios; Isaías 41.8, Santiago 2.23. Nuestro Señor dijo: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando”.

            Los cuatro altares de Abraham son tipo de Cristo crucificado, y fueron la base de su acercamiento a Dios y su testimonio delante del mundo. “Lejos esté de mí gloriarme”, escribió el apóstol en Gálatas 6.14, “sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí y yo al mundo”.

Uno

            Apareció Jehová a Abram, y le dijo: A tu descendencia daré esta tierra. Y edificó allí un altar a Jehová, quien le había aparecido, Génesis 12.7

            Este primer altar, levantado al haber recibido Abraham una comunicación divina, es uno de testimonio. Él se hallaba rodeado de los cananeos, practicantes de una idolatría abominable según sabemos por Esdras 9.1. Ellos levantaban altares ante sus ídolos.

            Abraham hizo su altar en el nombre del Dios invisible. Él se había convertido de los ídolos a Dios; había dado las espaldas a Mesopotamia para no volver más nunca; ahora comienza su testimonio ante los cananeos de fe en el Dios vivo y verdadero. La base de su fe fue la sangre de las víctimas que el patriarca ofrecía sobre su altar. Cada creyente en Cristo empieza la vida espiritual con su altar de testimonio, confesando su fe en él, el sacrificio perfecto, delante de un mundo burlador. Abraham erigió su primer altar en el valle, tipo de la humildad que conviene a uno en testificar por aquel que dice, “Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”.

            Dios le dijo a Abraham: “A tu descendencia daré esta tierra”, y en esto vemos el interés que tiene El en nuestros hijos. ¡Cuánto, pues, nos conviene establecer el altar familiar y realizar la lectura bíblica y la oración diaria junto con nuestros descendientes!

Dos

            Luego se pasó de allí a un monte al oriente de Bet-el, y plantó su tienda ... y edificó allí un altar a Jehová, e invocó el nombre de Jehová, 12.8

            Su segundo altar fue de oración. En la oración el creyente, aunque arrodillado o postrado en tierra, sube en espíritu a los lugares celestiales. En el mismo santuario de Dios él puede derramar súplicas e intercesiones. “¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas ...” Salmo 24.

            Dos veces en el versículo 8 se hace mención de que esto sucedió en Bet-el, “casa de Dios”. Uno de los grandes privilegios que tenemos es la oración en la casa de Dios, pero el que no tiene su “altar de oración” en su propia casa no está capacitado para la oración en otra, ni en la asamblea. Es de temer que haya hermanos de oraciones muy recortadas en su propia casa, pero extendidas en la casa de Dios con sus hermanos presentes.

Pero, ¡qué triste es ver a Abraham, después de su buen principio, sufrir un lapso de fe! El partió del lugar de su altar y fue hacia el Neguev, rumbo a Egipto. Altar atrás, le vino una prueba y una decadencia espiritual, siendo vencido por el hambre. Dice que descendió a Egipto, y fue con el propósito de morar allí, 12.10.

            Le vino otro temor; el temor del hombre. Es la oración lo que infunde valor y fe en el creyente; al descuidar o abandonar la oración, se debilita su fe. Uno quita su vista del Señor y se deja llevar por los espejismos del mundo. Dios le había dicho a Abraham que serían benditas en él todas las familias de la tierra, pero su paso falso fue la causa de la maldición de Dios sobre la familia de Faraón.

            Dios no acompañó a su siervo hasta Egipto; Abraham fue por su propia cuenta. Ese gran hombre pudo ganar una victoria años después en una guerra contra cuatro reyes, pero en Egipto se puso tan cobarde que expuso su esposa a una terrible humillación para salvar su propia carne. La tragedia fue evitada por la oportuna y misericordiosa intervención de Dios, pero Abraham fue despedido como persona indeseada. En Egipto él no contaba con altar de testimonio ni altar de oración.

            ¡Cuán traicionero es el mundo con sus atractivos! El principio de la gran defección de Salomón fue cuando se casó con una princesa egipcia. Después tuvo mala conciencia en el asunto y dijo: “Mi mujer no morará en la casa de David, rey de Israel, porque aquellas habitaciones donde ha entrado el arca de Jehová, son sagradas”, 2 Crónicas 8.11. Salomón nunca descendió a Egipto, pero trajo Egipto así, por su yugo matrimonial desigual, por las multitudes de caballos y carros, por su lino y comercio.

Tres

            Abraham volvió por sus jornadas desde el Neguev hasta Bet-el, al lugar del altar que había hecho allí antes; e invocó allí Abraham el nombre de Jehová, 13.4.

            El hombre de Dios puede sufrir una caída, pero no puede quedarse abajo; la gracia de Dios y la voz de su conciencia le pondrán de nuevo en el camino hacia arriba. Así, el altar de la oración llega a ser para Abraham el altar de la restauración. Era el lugar donde “había estado antes su tienda”, así que este hombre asumió de nuevo la vida de peregrino.

            Otra vez le encontramos invocando el nombre de Jehová. Dice la Palabra para nosotros: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”, Hebreos 4.16. Abraham encontró el trono de la gracia por medio de la confesión; encontró misericordia en cuanto a la flaqueza y el fracaso del pasado; y, encontró gracia que le fortaleció para el camino que tenía por delante.

            Por su lapso de fe y la temporada en Egipto él no había progresado; había perdido tiempo. El adquirió allí una mujer llamada Agar, quien llegó a ser su concubina y le presentó con un hijo, Ismael. Los descendientes de ese muchacho han producido graves consecuencias para la nación de los judíos hasta el día de hoy. Más todavía, cuando Abraham y su sobrino subieron de Egipto, trajeron consigo tanto ganado que resultó en una separación entre ellos. Esta separación resultó en la ruina de Lot. ¡Cuántas veces la prosperidad material ha separado a los buenos amigos!

            El capítulo 13 termina con Dios comunicando a su siervo Abraham su propósito de darle a él y a su descendencia toda la tierra que estaba a la vista. Ahora le vemos andando en la voluntad divina. El lleva su tienda consigo como peregrino, y vino y moró en el encinar de Mamre, que está en Hebrón, “y edificó allí altar a Jehová”, 13.18.

            La encina es un árbol simbólico de la firmeza, y Hebrón significa la comunión. Este altar fue edificado en grato reconocimiento de la restauración a comunión. Cuando hay una restauración verdadera hay más firmeza y mayor aprecio del privilegio de comunión con el Padre, con el Hijo y con el pueblo del Señor. Es lamentable que algunas restauraciones no duran y el individuo que profesa esta experiencia no manifiesta el gozo del Señor.

            El patriarca estaba de nuevo en contacto con el cielo, cosa que para él valía más que sus riquezas. Él podía contar ahora con la presencia de su Amigo divino, con su consejo, ayuda y protección. En el capítulo 14 se observa su valor en juntar un pequeño grupo de criados y amigos para perseguir a cuatro reyes con sus ejércitos. Lo hizo por compasión de su sobrino Lot. Fue un acto de fe en su Dios, quien le dio una victoria maravillosa y el gozo de poder libertar a Lot.

            El creyente está rodeado de enemigos, pero, manteniendo comunión con Dios, puede decir confiadamente, “En todas estas cosas somos más que vencedores, por medio de aquel que nos amó”. Para mantenerse en comunión con Dios el cristiano practica el examen de conciencia y confiesa cualquier pecado u otra cosa que le haya quitado el gozo de la salvación. Juzgando y apartándose él de las tales cosas, no vendrán nubes entre su alma y el Señor. El hombre o la mujer en comunión con Dios es la persona que Él puede usar en su honorable servicio. Satanás está siempre procurando cortar la línea de comunión para que uno pierda este gozo y se exponga a los ataques del maligno.

Cuatro

            Cuando llegaron al lugar que Dios le había dicho, edificó allí Abraham un altar, y compuso la leña, y ató a Isaac su hijo, y lo puso en el altar sobre la leña, 22.9

            Abraham tiene ahora su altar de adoración. Él tuvo que caminar mucho para llegar a aquella cumbre, y Moriah sería la prueba suprema de su fe como también de su obediencia a la palabra de Dios. A la vez era un privilegio único, por cuanto Dios estaba ensayando en la persona de Abraham lo que Él iba a realizar 1800 años más tarde, cuando subiría al Calvario con su único Hijo Jesucristo para ofrecer el sacrificio supremo.

            La mano de Dios intervino a favor de Isaac en el momento crítico, pero para nuestro Señor no hubo intervención divina. El Padre no escatimó, o perdonó, a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros; Romanos 8.32. Fue inevitable que Cristo sufriera la muerte vergonzosa y cruel de la cruz para que el Dios de luz y amor pudiera otorgar al pobre, indigno pecador un perdón pleno y un puesto entre los santos en luz.

            La fe de Abraham cuando salió de Ur de los caldeos era como una semilla de samán, pero en la cumbre del Moriah se la ve en todo su desarrollo como árbol majestuoso. Fue el último altar del patriarca (en lo que las Escrituras revelan), pues él no podía ofrecer cosa más costosa que su hijo único y amado. La manifestación magna del amor del Padre para con nosotros fue en dar a su Hijo amado, Jesucristo. ¡Gracias a Dios por su don inefable!

            No hubo, pues, un “más allá” de esta experiencia de adoración; Dios había quedado completamente satisfecho y glorificado. La adoración debe costarnos algo: “El que sacrifica alabanza me honrará”, Salmo 50.23. No debe ser de los dientes para afuera; la adoración no se produce en un momento. Es una subida, una cuesta arriba, como en el caso del patriarca. El creyente que se queda en la cama hasta el último momento el domingo por la mañana, éste no tendrá tiempo para prepararse para la cena del Señor ni tendrá sacrificio para ofrecer a Dios.

            Querido lector salvado, ¿Has llegado a este grado superior de adoración? Si no, ¿te sientes constreñido por devoción a Cristo para alcanzar esta meta? Nuestro Señor es digno de lo mejor que podemos ofrecerle, y la adoración no debe ser meramente palabras sino un amor sacrificativo, expresado por la consagración de vida.

¿Y qué podré yo darte a ti

a cambio de tan grande don?

Es todo pobre, todo ruin.

Toma, oh Señor, mi corazón.

 

S. J. (Santiago) Saword

Sana Doctrina (Venezuela)

No consintieron estorbos en su vocación celestial

     Creyentes que supieron rechazar la tentación

            Faltaría espacio para enumerar una cantidad de personas en el Antiguo y Nuevo Testamento que rehusaron beneficios y participaciones que podían proporcionarles placeres y honores en este mundo, pero que también les hubiera restado y afectado grandemente su vocación y consagración en la obra del Señor.

               Hay hermanos que han empezado a andar bien; se ha destacado en ellos un don, un ministerio de agrado al pueblo del Señor. Entonces por descuido y falta de vigilancia han permitido un estorbo, una piedra en el zapato. Empiezan a cojear y perder el rocío de su gracia. Algunos pierden muchos años; otros toda la vida.

            Entre tantos hombres en la historia bíblica cito algunos que por un motivo espiritual específico no permitieron cavilaciones.

·         Abraham rehusó la hacienda que el rey de Sodoma le ofreció por retener la pureza de su dignidad generosa. (Génesis 14:21-24).

            Le dejó todo el despojo de aquella victoria. Generoso fue con su sobrino cuando llegó el momento de la separación. Generoso fue con los ángeles que le visitaron en Mamre. No aceptó regalada la tierra de los hijos de Heth para el sepulcro de su esposa. Abraham tuvo un concepto muy alto de la liberalidad; tuvo como norma: “Más bienaventurada cosa es dar que recibir.” (Hechos 20:35)

·         José rehusó tomar la mujer de Potifar por retener su pureza moral. (Génesis 39:7-12)

            José supo del escándalo que ocasionó su hermano Rubén al violar el lecho de su padre. Posiblemente supo la historia de su hermano Judá, sus hijos y Thamar. José supo de la vergüenza de su hermana Dina que fué violada por su propia imprudencia. Sobre todas estas cosas supo de la santidad de Dios. Había en él el temor al Señor; no quiso manchar su vestido. Por un instinto de conservación espiritual, conociendo el enemigo que había en su misma carne, huyó corriendo de la tentación. “Huid de la fornicación.” (1 Corintios 6:18)

·         Daniel rehusó contaminarse con la comida del rey por retener su pureza doctrinal. (Daniel 1:8)

            La mayoría de las veces la comida de los reyes era bacanales y sacrificio ofrecido a los ídolos. (Daniel 5:14) Desde muy pequeño Daniel recibió enseñanzas de la ley de Dios, lecciones en cuanto a la separación de las costumbres y prácticas de los paganos. Daniel ha sido un hombre ejemplar para todos los cristianos de consagración absoluta a su vocación, dado en gran manera al estudio de las profecías, de un carácter templado y humilde. Vivió en un imperio de opresión y tiranía, pero no contemporizó con la corrupción de Babilonia ni con aquellos judíos que rebajaron la moral de su doctrina para no padecer persecución.

            Algunos evangélicos hoy toman como bandera a Daniel para justificar que pueden actuar en política. Daniel figuró en el gobierno de aquel país porque fué obligado hacerlo. Era el hombre más capacitado en aquella nación. Sus funciones fueron siempre como profeta en sus actuaciones. Era el testimonio de Dios en el imperio de los gentiles. Si algún evangélico llena estos requisitos, haga política. Daniel tuvo mucha sujeción a la doctrina. “No os juntéis en yugo con los infieles; porque ¿qué comunión tiene ... la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial?” (2 Corintios 6:14-15)

·         Moisés rehusó las comodidades temporales de pecado porque ansiaba la corona incorruptible. (Hebreos 11:24-26)

            Moisés no fue de aquellos que se contentan con llamarse cristianos y no están dispuestos a salir fuera del real para llevar su vituperio. ¡Cuántos hay hoy que se han quedado sacrificando en la tierra la abominación de los egipcios! Tienen sus ligas, concursos, juegos, excursiones, baños mixtos, etc. Moisés aprendió: “Ninguno que milita se embaraza en los negocios de la vida ... El que lidia no es coronado si no lidiare legítimamente.” (2 Timoteo 2:4,5)

·         Ruth rehusó volver atrás para retener la pureza de sus convicciones. (Ruth 1:16,17)

            No sabemos si Noemí estaba probando a Ruth o si tenía temor y vergüenza de entrar en su pueblo con una moabita, pero sí sabemos que cuatro veces la aconsejó volver atrás a su pueblo y a sus dioses. El testimonio de Ruth es uno de los más hermosos poemas bíblicos.

            Muchachas evangélicas, miren el cuadro. ¡Qué vocación tan sublime! Algunas hermanas solamente esperan que un inconverso le proponga, para volverse atrás, pero Ruth, ni porque la empujaron de adentro se volvió de sus convicciones. Se atenía a: “Prosigo al blanco, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús.” (Filipenses 3:14)

·         Pablo rehusó sus vastos conocimientos que podían reportarle gran ganancia porque halló otro conocimiento más eminente, el de Cristo Jesús su Señor.

            Quizá a ningún otro se le haya presentado tantos obstáculos y estorbos como a Pablo, pero él superó a todos porque su lema era: “De ninguna cosa hago caso, ni estimo mi vida preciosa para mí...”

José Naranjo,

Sana Doctrina, Venezuela

HOMILÉTICA (3)


VII.- DEBE SER APTO PARA EL TRABAJO

1. Debe ser apto espiritualmente:

El predicador no sólo debe ser regenerado, sino debe ser dotado por el Señor para poder pre­dicar o enseñar (Ef. 4:7-16).

            El hecho de que una persona haya sido dotada por el Señor para evangelizar o enseñar no le da jerarquía sobre sus hermanos ni le confiere rango o ingreso a una sociedad profesional.

Cuando se predica o enseña, simplemente se usa un don reci­bido de Dios. No tiene por qué adoptar una actitud presuntuosa sintiéndose superior a los que no han sido igualmente dotados.

Cada creyente tiene su Don propio y cuando uno ejerce su don con humildad, oración y fidelidad, toda la iglesia es edificada (1 Co. 12:1-14: 21).

Pero no basta que un cristiano haya recibido el don de pre­dicar. este don debe ser despertado y desarrollado (2 Ti. 1:6).

2. Debe ser apto físicamente:

El cuerpo del creyente es un vehícu­lo divinamente ordenado, mediante el cual se expresa el Espíri­tu Santo. Por tanto, es necesario cuidar de él bien. No debe ser descuidado ni mimado en exceso.

El predicador debe cuidar lo que pone dentro de su cuerpo, es decir sus alimentos; lo que pone sobre su cuerpo en forma de vestido; donde lleva su cuerpo en lo que respecta a lugares que frecuenta; y lo que hace su cuerpo en lo que se refiere a ejercicio.

            El cuerpo del cristiano, al igual que todo lo que posee, perte­nece a su Señor (1 Co. 6:15,22).

            El deseo de Dios para con sus hijos es que rindan sus cuerpos a Él para una vida justa y luego que los presenten a Él para una vida útil (Ro. 6:13; 12:1,2).

3. Debe ser apto mentalmente:

Un predicador más que nadie, debe po­seer una mente sana. Debe poder meditar claramente el curso a seguir a través de una proposición y debe poder apreciar correc­tamente la verdad en lo que lee y oye.

La agilidad mental es sin duda un requisito esencial para a­quel cuyo privilegio y responsabilidad es el de proclamar temas tan elevados y sublimes como lo son Dios, Cristo, El Espíritu Santo, la salvación y la felicidad o desdicha eterna de la huma­nidad.

            Mucho ha sido desacreditado el evangelio por causa de predicado­res que toman un aspecto de la verdad y luego la impulsan a tal extremo que excluye todo lo demás que las Escrituras dicen so­bre el tema bajo consideración. Si consideraran todo lo que dice la Biblia, sus conceptos tendrían perspectiva correcta y equili­brio. Tales personas son correctamente tildadas de fanáticos.

            Leer Tito 1:9,13; 2:1,2,6.

4. Debe ser apto en lo que se refiere a educación.

            Ser hallado deficiente en cuanto a educación al convertirse no es deshonra, pero permanecer voluntariamente en tal condición es inexcusable. Cada cristiano debe tener este texto colgado en la pared de su hogar:

"Maldito el que hiciere indolentemente la obra de Jehová" (Jer. 48:10).

La teoría de que Dios no le concede valor a la educación no hay justificación en las Escrituras. Nuestro Señor seleccionó personalmente a sus discípulos y les enseñó durante tres años antes de enviarlos a predicar (Mr. 3:14).

El castigo de la ignorancia voluntaria es ignorancia más pro­funda o abismal (1 Co. 14:38). Al cristiano se le exhorta:

 "Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado como obrero que no tiene de que avergonzarse" (2 Ti. 2:15).

            Debemos distinguir entre conocimiento y sabiduría.

            El conocimiento consiste en la acumulación intelectual de datos. La sabiduría es la habilidad de relacionar y utilizar correcta­mente estos datos.

            El predicador debe procurar por todos los medios a su alcance, educarse a sí mismo para la tarea que le ha sido encomendada. Debe leer extensamente con el fin de aumentar su vocabulario. Debe escribir mucho puesto que desarrollará su habilidad para pensar lógicamente y expresarse en forma clara. Debe buscar y aceptar agradecido, la crítica hecha por otros sobre su temario, expresiones, pronunciación, gramática y ademanes porque

“Fieles son las heridas del que ama" (Pr. 27:6).