domingo, 1 de octubre de 2017

LA PAZ DE DIOS

Isaías 9:6 «Un hijo nos es nacido, un hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro, y se llamará su nombre: Admirable, Consejero, Dios fuerte, padre eterno, Príncipe de paz.»
Apocalipsis 22: 16 «Yo soy la raíz y el linaje de David…»
Génesis. 12:2 «Dijo Dios a Abraham: ...serán benditas en ti todas las naciones de la tierra.»
Eclesiastés 4: 13- 14 «Más vale un muchacho pobre y sabio, que el rey viejo y necio que no admite consejos; porque de la cárcel saldrá aquél para reinar, aunque en su reino nació pobre.»
Mateo 26:28 «Porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que va a ser derramada por muchos, para remisión de los pecados.»
Hechos 2:23,36 «A éste, entregado por el determinado designio y previo conocimiento de Dios, lo prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole.»
«… Dios le ha hecho Señor y Cristo.»
«…y su reino no tendrá fin.»
Juan 14:27 «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da.»
Salmo 32:2 «Bienaventurado el hombre a quien Jehová no imputa iniquidad.»
Apocalipsis 22:7-20 «Estas palabras son fieles y verdaderas.» «Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.» «¡He aquí, vengo pronto!» «Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven.» «Ciertamente vengo en breve. Amén; si, ven, Señor Jesús.»
Revista Fe

"Entristecidos, más siempre Gozosos" (2 Corintios 6:10)

“Pon mis lágrimas en tu redoma; ¿no están ellas en tu libro?”     Salmo 56:8


¡Qué paradoja! El cristiano es invitado a menudo a regoci­jarse y puede, por la gracia de Dios, hacerlo verdadera­mente. No obstante, más que un incrédulo, puede sufrir y llorar de diferentes maneras.
Como toda persona, el creyente es sensible a las penosas circunstancias de la vida: la enfermedad a veces dolorosa, la pérdida de un ser querido... Entonces nos entristece­mos, por supuesto, pero, tal como lo escribe Pablo, no como aquellos que no tienen esperanza (los incrédulos). Sin embargo, sabemos — ¡qué privilegio!— que Dios dis­pone cada circunstancia para bendecirnos al término de la misma. ¡Es ésta una razón por la cual podemos regocijar­nos!
Hay también lloros de los cuales el cristiano es respon­sable: lloros amargos como el de Pedro después de haber negado a su Maestro, lloros vertidos cuando se sufren las consecuencias de un pecado como el de David en 2 Samuel 11 y 12, lloros que produce el Espíritu Santo para conducirnos a reconocer un mal estado interior y para hacernos reencontrar la comunión con Dios y los herma­nos (2 Corintios 7:10)
Según el título del Salmo 51, los lloros de David son la consecuencia de su mala conducta. No obstante, él pide a Dios que tome en consideración sus lágrimas, con la certe­za de andar “delante de Dios en la luz de los que viven” (Salmo 56:13).
El creyente llora también “con los que lloran” (Romanos 12:15), imitando a su Maestro, quien lloró en la tumba de Lázaro al ver el dolor de Marta y María. ¡Cuántas miserias encontramos a nuestro alrededor si abrimos los ojos y sobre todo si salimos de nuestro egoísmo natural! ¡Ojalá el Señor nos permita compartir sus sentimientos de compa­sión hacia todos aquellos que atraviesan períodos de due­lo, sufrimiento, soledad o depresión! No limitemos nuestra dedicación solamente a la familia de la fe, sino extendá­mosla también a todos aquellos a quienes el Señor coloca en nuestro camino. ¡Ésta es también una manera de predi­car el Evangelio!
Cuando tengamos que llorar, también podremos consolar­nos al comprobar la paciencia de Dios y al pensar en aquel momento en que Él enjugará toda lágrima de nuestros ojos (Apocalipsis 21:4).
“Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son ene­migos de la cruz de Cristo" (Filipenses 3:18).
Sí, precisamente en la epístola del gozo Pablo expresa en cada capítulo su dolor a causa de la actitud de ciertos cris­tianos. ¡Qué ilustración de esta paradoja de la que hablá­bamos al principio: el gozo del creyente tan a menudo, por no decir siempre, mezclado con lágrimas!
Pero si Pablo llora, no es a causa de sus circunstancias de por sí difíciles. Tampoco es a consecuencia de las faltas que podría haber cometido. No, llora a raíz de la deshonra causada al Señor por aquellos que, de una manera u otra, manifiestan menos amor por Él.
El cristiano que vive cerca del Señor conoce esta clase de sufrimientos. Como Él, aunque en una medida infinitamen­te más pequeña, sufre a causa del amor que siente hacia Dios.
Llora, en efecto, a causa de la ofensa permanente que constituye para Dios la independencia del hombre en rela­ción con Él, independencia que se transforma en odio hacia Dios y en un menosprecio total por sus leyes funda­mentales: “Ríos de agua descendieron de mis ojos, porque no guardaban tu ley” (Salmo 119:136).
Este mismo sentimiento lo sufre cuando considera la deca­dencia del mundo cristianizado, la tibieza de los verdade­ros cristianos, de los cuales él forma parte. Llora a causa de ellos como Jesús lloraba sobre Jerusalén (Lucas 19:41), deplorando su rechazo de la gracia divina y al ver por adelantado el juicio implacable que resultará de ello.
Todo esto no le conduce a tomar una posición de superio­ridad en relación con los demás, pues los lloros significan que se humilla por todo aquello que no es para gloria de Dios, que sufre cuando piensa en la decepción del Señor, y que se entristece al pensar en el destino que les espera a los rebeldes o en la pérdida que sufrirán los tibios.
Pero no nos lamentemos más de lo necesario a raíz de estos lloros que, por otra parte, son legítimos. Miremos con confianza al Señor, cuyos planes de amor no pueden ser comprometidos por las fallas y las faltas de los hombres.
En el tiempo de la colocación de los cimientos del templo (Esdras 3:11-13), vemos también que el gozo se mezclaba con los lloros: “Y cantaban, alabando y dando gracias a Jehová, y diciendo: Porque él es bueno, porque para siempre es su misericordia sobre Israel. Y todo el pueblo aclamaba con gran júbilo... porque se echaban los cimien­tos de esta casa, lloraban en alta voz, mientras muchos otros daban grandes gritos de alegría. Y no podía distinguir el pueblo el clamor de los gritos de alegría, de la voz del lloro; porque clamaba el pueblo con gran júbilo”.

Pongamos en práctica la exhortación de Filipenses 4:4: “Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!”.

En Búsqueda de una fe seria (Parte III)

Por Dave Hunt (1926-2013)


Jesús proclamó que Él es el único camino al cielo: “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la ver­dad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí" (Juan 14:6). Él incluso llegó a decir, “Todos los que antes de mí vinieron, ladrones son y salteadores” (Juan 10:8) y eso incluye a Bu- da, Confucio, y así por demás. Cristo dice que todos ellos conducen a la destrucción. Con toda seguridad, Sus afir­maciones se merecen una cui­dadosa investigación.
Sin tomarnos el tiempo pa­ra explicar los muchos desa­cuerdos, es innegable que existen diferencias básicas en­tre las religiones, tan profun­das que parece irracional su­gerir que todas llevan al mis­mo lugar. Es sorprendente, sin embargo, pese a todas estas di­ferencias, que existe evidencia que todos los que siguen las religiones del mundo termina­rán realmente en el mismo lu­gar. Resulta interesante descu­brir que a través de los diver­sos sistemas religiosos mundiales, se comunican los principios a los cuales nos he­mos referido antes (doctrinas de demonios), los cuales pro­vienen del espíritu del mundo. Todas las religiones tienen en común una oposición univer­sal al Dios de la Biblia y su evangelio en lo que concierne a la salvación por fe y gracia únicamente. Este punto en co­mún las coloca a todas de un mismo lado, y al cristianismo del otro.
Ciertamente, es tan ancho el abismo entre el cristianismo y todas las demás religiones mundiales, que parece muy claro que los cristianos defini­tivamente llegarán a un desti­no eterno diferente al de los demás. Sí, las diversas religio­nes difieren en los detalles re­levantes a lo que es apaciguar a su propio dios o dioses, y los métodos de alcanzar el nirva­na, el moksha o el paraíso. Sin embargo, todos tienen en co­mún la creencia de que las metas de sus religiones de al­guna forma se pueden lograr por medio de sus propios es­fuerzos o fiel participación en los rituales y sacramentos. Ya sea por medio del yoga o por purgar un mal karma (en el ca­so de los hindúes), o por las buenas obras para los musul­manes (o muriendo en Jihad, la guerra santa, o en la Hajj, peregrinación a la Meca), o apaciguando los espíritus de las religiones tribales africanas y el shintoismo, o por las téc­nicas de meditación para esca­par al deseo y volver al vacío en el caso de los budistas, o por los sacramentos de una supuesta iglesia cristiana; en todos los casos se trata de un esfuerzo propio, el cual el Dios de la Biblia con firmeza nos di­ce que no aceptará.
La Biblia claramente dice: “Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:5). Jesús dijo, “No he venido a llamar a justos, si­no a pecadores” (Marcos 2:17). Pablo enfatizaba ese punto: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Timoteo 1:15). Las religiones mundiales, junto con el cris­tianismo falso que emplea el sacramentalismo, intentan lo­grar que una persona sea lo suficientemente justa para el cielo. A diferencia de eso, la Bi­blia dice que uno debe admitir que es pecador, y creer en el evangelio para poder acceder al cielo.
La salvación bíblica es por la fe, y la fe necesariamente implica lo que no se ve.
No es cuestión de fe creer en lo que está presente en una forma visible. La fe al­canza al mundo invisible del espíritu y lo eterno. Y es aquí mismo donde encontramos un problema mayúsculo con los rituales y los sacramentos: ellos intentan rescatar el alma y el espíritu invisible e inma­terial del hombre con cere­monias materiales y visibles. No funciona.
Este grave error del sacra­mentalismo persiste incluso entre una mayoría de aquellos que se llaman a sí mismos cris­tianos. Ellos piensan que a tra­vés de la participación en los sacramentos visibles, y por lo tanto temporales, reciben los beneficios espirituales, eternos e invisibles. Lógicamente, eso es imposible. La Biblia decla­ra, “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1). La salvación, debido a que es por fe, necesariamente implica lo eterno y lo invisible, y no aquello que se ve y que por lo tanto es temporal.
Es más, los rituales y los sa­cramentos no tienen nada que ver ni con la justicia ni con el castigo, y por lo tanto no pue­den pagar por nuestros pecados. Pensar en que Dios acep­taría los sacramentos como pago por la pena infinita que él ha prescrito sería como ima­ginarse que algún tipo de ri­tual podría complacer a una corte de justicia en lo que es el pago de una penalidad por un crimen de alto calibre.
La Biblia le da dos sacra­mentos al creyente: el bautis­mo y la comunión (también llamada la Cena del Señor). Ambos son recordatorios sim­bólicos de una transacción eterna y espiritual que ya se ha llevado a cabo: la muerte de Cristo por nuestros pecados y nuestra identificación con El por la fe en ese gran evento. Ni el bautismo ni la comunión nos salvan. Imaginarse que sí lo hicieran y apoyarse en am­bos para lograr siquiera la sal­vación parcial es rechazar la salvación que Dios ofrece en gracia a aquellos que creen en su promesa.
En ninguna de las religiones mundiales existe algún con­cepto que la justicia perfecta de Dios debe ser satisfecha pa­ra que el pecador pueda ser perdonado. En vez de eso, se ofrecen obras, rituales y expe­riencias místicas para aplacar a Dios y así obtener la salvación. La Biblia, sin embargo, declara a todo el mundo culpable de pecado delante de Dios e insis­te en que la culpa humana sólo puede ser perdonada en base a la justicia. La penalidad que Dios decretó debe ser pagada en su totalidad.
Este intento de ofrecer obras o rituales como pago por la salvación se lo puede ver in­cluso en algunos grupos que proclaman ser cristianos, pero que sin embargo inventan sus propias reglas de salvación en oposición al evangelio bíblico, el de la salvación por la fe y la gracia, sin las obras. La Biblia claramente dice: “...para que todo aquel que en El (Cristo) cree, no se pierda, más tenga vi­da eterna" (Juan 3:16); “Porque por gracia sois salvos, por me­dio de la fe... no por obras, para que nadie se gloríe" (Efesios 2:8,9); y “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la reno­vación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que jus­tificados por su gracia, viniése­mos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna" (Tito 3:5-7). El don de Dios por Su gracia es rechazado al in­tentar nosotros lograr siquiera un pago parcial.
Que las buenas obras no pueden pagar por los pecados no solo es bíblico, sino que además es lógico. Ni siquiera una multa de tránsito podría ser pagada así. No tendría vali­dez pedirle al juez que quite la multa por exceso de velocidad debido a que la parte culpable ha manejado más a menudo dentro de los límites de veloci­dad que fuera de los mismos. Tampoco ningún juez revoca­ría el pago por un determinado crimen en respuesta a la pro­mesa del transgresor de que nunca más desobedecería a la ley. El juez sencillamente diría: “Si usted no vuelve a desobe­decer la ley solo estará hacien­do lo que la misma demanda. No se acumulan beneficios ex­tra de esa manera, de modo que no tenga que pagar por haber quebrantado la ley ante­riormente. La penalidad es un asunto separado y debe ser pa­gado como está ordenado”.
Es más, la Biblia afirma que la justicia de Dios es infinita, y que el hombre, que es finito, no puede pagar la penalidad infinita que esta demanda. Es­taríamos separados de Dios para siempre si procuráramos obrar para quitarnos la deuda que tenemos ante Su justicia. Dios, siendo infinito, sí podría pagar esa penalidad infinita, pero no sería justo ya que Él no es uno de nosotros. Por lo tanto, Dios se hizo hombre a través del nacimiento virginal, para poder tomar sobre sí mis­mo, en nuestro lugar, el juicio que merecíamos. Y es única­mente basado en que la pena­lidad ha sido pagada en su to­talidad que Dios nos puede ofrecer el perdón.
Es asombroso que religio­nes que se apoyan en las bue­nas obras y en los rituales sean catalogadas de “fe.” La fe sólo se puede vincular con lo invisi­ble y lo eterno, y por lo tanto no se entreverá en las obras ni los rituales. Si procuramos una fe seria, sería una tontería bus­carla en las cosas visibles. In­cluso el mirar a una cruz o cru­cifijo visible no tiene ningún mérito. Lo que ocurrió en la cruz para nuestra salvación fue invisible y debe ser acepta­do por la fe.
La tortura visible que Cristo soportó, los azotes, la burla y el hecho que lo clavaran en la cruz, no es la base de nuestra salvación. El hacer la “señal de la cruz” o mostrar un crucifijo para apartar a Satanás o al mal no tiene ningún valor. Lo que hace posible que Dios ofrezca la salvación fue el juicio que Cristo soportó a manos de Dios como pago de la penali­dad por nuestros pecados. Ese sufrimiento, soportado por Cristo, fue totalmente invisible para el hombre, y siempre lo será. Es solamente por fe que creemos que Cristo pagó la pe­na y que recibimos la salva­ción eterna que Él ofrece.
La Biblia habla de “la fe que ha sido una vez dada a los san­tos” y declara que debemos contender “ardientemente” por esta verdad inmutable, debido a que existen falsos maestros, incluso dentro de la iglesia, los cuales en forma encubierta se le oponen (Judas 3,4). Judas no se refiere a creer que una ora­ción será respondida o que ocurrirá un evento. La fe es el cuerpo de la verdad que debe ser creída para que uno se transforme en un cristiano.
La Biblia no nos permite ne­gociar, discutir ni dialogar con las religiones del mundo (re­cuerde, el cristianismo no es una religión, sino que es distin­to de todas ellas) para encon­trar un común denominador. No existe un común denomi­nador en lo que se refiere a Dios, Jesucristo y la salvación. La propia sugerencia que el diálogo puede ser apropiado, niega que “la fe” tiene un con­tenido doctrinal único como un cuerpo definido de verdad, por la cual debemos contender fervientemente, y a la vez abre la puerta para que se negocie, teniendo interés sobre todo en las relaciones públicas.
Jesús no dijo, “Id por todo el mundo y dialoguen sobre su fe.” Él dijo, “Id por todo el mundo y predicad el evangelio...” (Mar­cos 16:15). Pablo no dialogó con los rabinos, filósofos y sa­cerdotes paganos. Él “discutía en la sinagoga con los judíos y piadosos, y en la plaza cada día...” (Hechos 17:17). ¿Lo hacía porque estaba enojado y le gustaba discutir? No, sino debi­do a que el destino eterno de sus oyentes dependía de si cre­ían o rechazaban el evangelio.
Una fe seria debe tomar bien en serio lo que Jesús dijo. No lo que alguien dijo acerca de lo que Jesús dijo, sino Sus mismas palabras, tal y como se registran en la Biblia. Y debemos enfrentar esta verdad por nos­otros mismos, no buscar a alguien más para que las inter­prete por nosotros, independientemen­te de las credenciales que la persona, igle­sia o institución pue­dan presentar para permitirnos que piensen por noso­tros. Debemos llegar a esta fe seria por nosotros mismos, ya que la fe seria es algo entre el individuo y Dios.

Llamada de Medianoche

AUTODISCIPLINA DEL CREYENTE

Se han ideado muchas fórmulas y reglas para una vida metódica y or­denada. Pero lo que no hallamos en tales libros, es la "fórmula" para al­canzar el poder necesario. Sin em­bargo, los creyentes en el Señor Je­sús poseen las reglas escritúrales y el secreto del poder infalible (Filipenses 4:13).
Consideremos pues algunas reglas de conducta cristiana:
1º) Disciplinado en sus palabras. — David era "prudente en sus pala­bras" (1 Samuel 16:18). "Todo hom­bre sea. . . tardo para hablar"; "Así hablad... como los que habéis de ser juzgados"; "Vuestro sí sea sí, y vuestro no sea no" (Santiago I: 19; 2:12; 5:12). "Sea vuestra pala­bra siempre con gracia" (Colosenses 4:6).
Pasajes estos que nos conviene recordar frecuentemente, a fin de que nuestro hablar sea prudente, reflexivo y veraz. Necesitamos hacer nuestra también la oración del sal­mista: "Pon guarda a mi boca, oh Jehová (Salmo 141:3).
2°) Disciplinado en sus actos. "Daniel propuso en su corazón" (Da­niel 1:8). Consideró detenidamen­te las circunstancias y tomó una firme resolución, cumpliéndola im­perturbablemente. Dios aprobó sus actos, resultando sobresaliente en la prueba. Ponderable ejemplo de au­todisciplina.
3º) Disciplinado en sus pensamien­tos. — "En tus mandamientos medi­taré" (Salmo 119:15). "Si mal pen­saste, pon el dedo sobre la boca" (Proverbios 30:32). "Tú guardarás en completa paz a aquél cuyo pensa­miento en ti persevera" (Isaías 26:3). "Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre, si hay virtud alguna,- si hay algo digno de alabanza, en esto pensad" (Filipenses 4:8).
Ocupemos nuestras mentes con pensamientos que contribuyan a mantenernos en permanente comu­nión con el Señor (Salmo 139:23).
4º) Disciplinado en el uso de su tiempo. — "Enséñanos. . . a contar nuestros días" (Salmo 90:12); "Ve­lad... en todo tiempo" (Lucas 21: 36); "Es ya hora de levantarnos del sueño" (Romanos 13:11); "El tiempo es corto" (I5 Corintios 7:29); "Apro­vechando bien el tiempo" (Efesios 5:16); "¿Qué es vuestra vida?... neblina que se aparece por un poco de tiempo" (Santiago 4:14).
La brevedad de la vida terrenal, nos insta a rendir el máximo de nuestro tiempo disponible al servicio del Señor, como también lo hicieron destacados siervos en todos los tiem­pos (Los Hechos 10:9-10; 17:16-17; 28:30-31).
5º) Disciplinado en su temperamen­to. — ."Mejor es. . . el que se en­señorea de su espíritu, que el que toma una ciudad" (Proverbios 16: 32); "No os afanéis" (Mateo 6:34); "Airaos, pero no pequéis; no se pon­ga el sol sobre vuestro enojo" (Efe­sios 4:26); "Estad siempre gozosos" (1ª Tesalonicenses 5:16); "No sea que brotando alguna raíz de amargura os estorbe" (Hebreos 12: 15); "Tened paciencia" (Santiago 5:7).
Si practicamos esta demarcación de conducta en cualquier circuns­tancia, experimentaremos lo que di­jo el Señor: "Mi paz os doy. . . no se turbe vuestro corazón" (Juan 14:27).
6º) Disciplinado en su acercarse a Dios. — "Moisés bajó su cabeza hacia el suelo y adoró" (Éxodo 34: 8); "Elías... postrándose en tierra puso su rostro entre las rodillas" (1ª Reyes 18:42). "Tarde y mañana y mediodía, oraré y clamaré" (Salmo 55:17); "Daniel... se arrodillaba tres veces al día y oraba" (Daniel 6:10).
Acercarse a Dios en adoración, alabanza o peticiones, eligiendo las horas más propicias y cumpliendo puntualmente con la cita convenida, es la piadosa práctica de todo fiel creyente.
Busquemos el rostro del Señor conscientes de la solemnidad y re­verencia que corresponde, no prefi­riendo poses cómodas ni utilizando tonos de voz como dando órde­nes.
7º) Disciplinado en su servicio. — "Que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús" (Hechos 20:24); "Me esforcé a predicar el evangelio" (Romanos 15:20); "De esta manera peleo…. golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre" (1° Corintios 9:26-27); "He peleado. . . he acabado. . . he guardado. . ." (2? Timoteo 4:7).
No procuró Pablo "pasarlo pací­ficamente", sino que lidió como ab­negado soldado de Cristo. Terminó su carrera triunfalmente, dejándonos ejemplo de su admirable vida disci­plinada.
Concédanos el Señor la gracia pa­ra terminar así nuestra carrera terre­nal.


Sana Doctrina, 1976

La enfermedad en la Biblia (Parte IV)

de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos? En todo esto no pecó Job con sus labios.
Hay enfermedades que, como consecuencia general del pecado en el mundo, Dios permite en la vida de un creyente espiritual, a manera de prueba.
●  Timoteo, siervo de Dios, era un hombre enfermizo; 1 Timoteo 5.23. Ya no bebas agua, sino usa de un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades.  Epafrodito, siervo de Dios, enfermó de gravedad; Filipenses 2:27. Pues en verdad estuvo enfermo, a punto de morir.
●  Elisabeth era una mujer espiritual, pero no podía concebir; Lucas 1.6, 7. Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos  y ordenanzas del Señor. Pero no tenían hijo, porque Elisabeth era estéril.
●  Pablo sufría una enfermedad que afectó su vista; Gálatas 4:13,15, 6:11. Pues vosotros sabéis que a causa de una enfermedad del cuerpo os anuncié el evangelio al principio… Si hubieseis podido, os hubierais sacado vuestros propios ojos para dármelos… Mirad con cuán grandes letras os escribo. Es muy posible que a esto se refirió el apóstol en 2 Corintios 12:7 cuando escribió de “un aguijón en mi carne”, el cual el Señor no le quiso quitar.
Aun la muerte es permitida dentro de la voluntad de Dios, sin referencia a pecado específico ni intervención satánica. Por ejemplo:
●  Lázaro  era buen creyente, amigo personal de Jesús. Cristo sabía que estaba enfermo y ha podido sanarlo a larga distancia, pero no interrumpió el curso de la enfermedad; Juan 11:1 al 16. Estaba entonces enfermo uno llamado Lázaro… Enviaron, pues, las hermanas para decir a Jesús: Señor, he aquí el que amas está enfermo. Cuando oyó, pues,  [Jesús] que estaba enfermo se quedó dos días en el lugar donde estaba. … Lázaro ha muerto.
También hay las enfermedades en la vida de un creyente carnal que sí es disciplina de Dios para que el creyente corrija su andar.
●  1 Corintios 11:30 habla de los creyentes carnales en la iglesia en Corinto. Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros.
●  Santiago 5:14,15 trata de un creyente enfermo por un problema espiritual. Por eso se llaman a los ancianos, no a los doctores. ¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados le serán perdonados.
Dios también puede causar la muerte directamente sobre creyentes o incrédulos, como juicio, por algún pecado específico en sus vidas, sin que se mencione intervención satánica.
●  El hijo de David era un bebé inocente; 2 Samuel 12:14, 15, 18. Más por cuanto con este asunto hiciste blasfemar a los enemigos de Jehová, el hijo que te ha nacido ciertamente morirá. Y Natán se volvió a su casa. Y Jehová hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David, y enfermó gravemente. … y al séptimo día murió el niño.
●  El rey Herodes era hombre inconverso y soberbio; Hechos 12:23. Al momento un ángel del Señor le hirió, por cuanto no dio la gloria a Dios; y expiró comido de gusanos.
●  Éxodo 9:8 habla de los egipcios.  Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Tomad puñados de ceniza de un horno, y la esparcirá Moisés hacia el cielo delante de Faraón;  y vendrá a ser polvo sobre toda la tierra de Egipto, y producirá sarpullido con úlceras en los hombres y en las bestias, por todo el país de Egipto. Y tomaron ceniza del horno, y se pusieron delante de Faraón, y la esparció Moisés hacia el cielo; y hubo sarpullido que produjo úlceras tanto en los hombres como en las bestias. Y los hechiceros no podían estar delante de Moisés a causa del sarpullido, porque hubo sarpullido en los hechiceros y en todos los egipcios.  Pero Jehová endureció el corazón de Faraón, y no los oyó, como Jehová lo había dicho a Moisés.
●  Ya hemos mencionado que algunos creyentes carnales en Corinto murieron por disciplina divina; 1 Corintios 11:29, 30. El que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí, por lo cual… muchos duermen.
La nación de Israel, el pueblo terrenal de Dios, fue castigada por enfermedad:
(a) Deuteronomio 28:58 al 63.  Si no cuidares de poner por obra todas las palabras de esta ley que están escritas en este libro, temiendo este nombre glorioso y temible: JEHOVÁ TU DIOS, entonces Jehová aumentará maravillosamente tus plagas y las plagas de tu descendencia, plagas grandes y permanentes, y enfermedades malignas y duraderas; y traerá sobre ti todos los males de Egipto, delante de los cuales temiste, y no te dejarán. Asimismo toda enfermedad y toda plaga que no está escrita en el libro de esta ley, Jehová la enviará sobre ti, hasta que seas destruido. Y quedaréis pocos en número, en lugar de haber sido como las estrellas del cielo en multitud, por cuanto no obedecisteis a la voz de Jehová tu Dios. Así como Jehová se gozaba en haceros bien y en multiplicaros, así se gozará Jehová en arruinaros y en destruiros; y seréis arrancados de sobre la tierra a la cual entráis para tomar posesión de ella.

(b) Deuteronomio 32:39.  Ved ahora que yo, yo soy, no hay dioses conmigo; yo hago morir, y yo hago vivir; yo hiero, y yo sano; y no hay quien pueda librar de mi mano.

"EL CONSOLADOR… CONVENCERÁ AL MUNDO DE PECADO, DE JUSTICIA Y DE JUICIO."

Pregunta:
¿Cuál es el significado de Juan 16: 7-11, y especialmente el del versículo 8: "El Consolador... convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio."?

Respuesta:
La presencia del Espíritu Santo en el mundo tiene como objeto el de redargüirle, o mejor dicho convencerle (RVR1960) de pecado, de justicia, y de juicio. "Convencerá al mundo, de pecado." No se trata aquí de la acción del Espíritu sobre la conciencia de un hombre para demostrarle su culpabilidad, su estado de pecado, sino de un testimonio del estado del mundo, por la misma presencia del Espíritu. El pecado se había manifestado desde largo tiempo en el mundo; pero ahora Dios mismo había venido en gracia. Todas Sus perfecciones, Su bondad y Su poder, obrando para liberar al hombre de los efectos del pecado, habían sido manifestados en este mundo, en gracia para con los hombres, y con una paciencia perfecta, pero el hombre HA RECHAZADO a Dios. "Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados." (2ª. Corintios 5:19). Pero el hombre no quiso saber nada. Esto fue el pecado: no la convicción de las concupiscencias carnales, o las transgresiones contra la ley de Dios, sino el rechazamiento definitivo y formal de Dios mismo. Si Dios no hubiera sido rechazado el Espíritu Santo no hubiera sido enviado. Por eso dice el Señor "por cuanto no creen en mí". (Juan 16:9).
"De justicia, por cuanto voy al Padre" (Juan 16:10). La justicia no exis­te en este mundo; ella es inseparable de Cristo; Él es la única justicia ante Dios para un alma. La justicia está pues arriba, en el cielo. Cristo había padecido y glorificado a Dios en todo lo que Él es: justicia contra el pecado, amor, majestad, verdad. Por eso se entregó. La justicia se halla pues en el hecho de que Aquel que se dio a Sí mismo para glorificar a Dios está sobre el trono del Padre, sentado a la diestra de Dios: "Ahora es glorificado el Hijo del Hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo" (Juan 13: 31, 32: compárese con Juan 17: 4-5). La presencia del Espíritu Santo sobre la tierra es la prueba, el testimonio de que Cristo ha subido a Su Padre y ha sido glorificado: "más si me fuere, os lo enviaré" (Juan 16:7). Pero, la terrible consecuencia es que este mundo ya no se Le verá como Salvador, en gracia y bondad: "veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo" (Marcos 14:62), pero será para el juicio. Por eso dijo el Señor (Juan 16:10): "Y no me veréis más". ¡Qué declaración más solemne!
"De juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado" (Juan 16:11). Como hemos dicho, Cristo fue rechazado; la voluntad y las concupiscencias de los hombres, su odio hacia la luz y su enemistad contra Dios les hacen responsables de este crimen. Pero ¿quién los dirigía y concentraba su enemistad contra Cristo? ¿Quién producía la indiferencia altiva y la crueldad de un Pilato, cuando, informado y alarmado, se unió al odio inconcebible de los jefes del pueblo, llenos de celos, y a los prejuicios de la multitud? ¿Quién unía a todos para que se so­lidarizaran con este crimen? Era el diablo; él es el príncipe de este mundo, demostrado y declarado como tal por la muerte del Salvador por la mano del hombre, y es juzgado por este mismo hecho. El mostró quien era en la condenación y muerte del Hijo de Dios venido en gracia. Antes y después de esta muerte, podía y podrá excitar las pasiones, suscitar las guerras, proveer a los deseos corrompidos de los corazones, pero todo esto era egoísta y parcial. Pero, cuando vino el Hijo, logró reunir a todos, ¡sí! a todos aquellos que se odiaban y se despreciaban los unos a los otros, contra este solo objeto: Dios manifestado en bondad.
El momento no había llegado aún para el juicio de este mundo, pero el juicio de este mundo ya era cosa segura, porque Aquél que le gobernaba completamente era el enemigo de Dios, como lo mostraba la cruz de Jesús. Ahora bien, la presencia del Espíritu Santo era la prueba, no sólo de que Jesús era reconocido por Dios como Su Hijo, sino que, como Hijo del Hombre, era glorificado a la diestra de Dios. Además, es el testimonio de Pedro, es decir del Espíritu en Hechos 2. Sin esto, el Espíritu no hubiera venido al mundo y la glorificación del Hijo del Hombre era la condenación del prín­cipe de este mundo. La ruptura entre el mundo y Dios era completa y definitiva: verdad solemne en la cual no pensamos bastante. La pregunta que Dios le hace al mundo es: « ¿Dónde está mi Hijo? ¿Qué has hecho de Él?»
J. N. Darby

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1964, No. 67.-

Escenas del Antiguo Testamento. (Parte XIII)

Lot, el hombre carnal


Lot alzó sus ojos.... Entonces Lot escogió para sí toda la llanura del Jordán (Génesis 16). Poned la mira en las cosas de arriba, no en las cosas de la tierra  (Colosenses 3.1).
Primera entrega:
Lot, hijo de Harán, acompañando a su tío Abram, salió de Ur de los Caldeos para ir a tierra de Canaán, y a tierra de Canaán llegó. En compañía de Abram descendió también a Egipto, y finalmente junto con Abram subió de nuevo al lugar donde ha­bía asentado antes, entre Bet-el y Hai, y allí vivieron en paz algún tiempo.
Lot se nos presenta entonces hasta aquí ocupan­do la misma posición y gozando de los mismos privilegios que Abram. Pero desde aquí en adelante, en el desarrollo de la historia, ¡cuán grande diferencia notamos entre estos dos hombres! Abram, el hombre poderoso en fe, y de conocimiento espiritual; Lot, pobre en fe y guiado por su corta vista, cosechando en su vida, y en la de los suyos, la triste siembra de su carnalidad.
“Hubo contienda entre los pastores del ganado de Abram y los pastores del ganado de Lot”. Entristecido Abram por estos altercados, y previendo lo que podría suceder si el común enemigo, “el cananeo”, llegara a imponerse de ello, hace una proposición a Lot en la cual se manifiesta el desinterés y la nobleza de su alma. Abram le dijo: “No haya ahora altercado entre mí y ti, entre mis pastores y los tuyos, porque somos hermanos. ¿No está toda la tierra delante de ti? Yo te ruego que te apartes de mí. Si fueres a la mano izquierda, yo iré a la derecha: y si tú a la derecha, yo iré a la izquierda”.
Lot, en vez de dejar que Abram eligiera el primero, da su primer traspié “alzando sus ojos”, y escogiendo para sí toda la llanura del Jordán, pasando por alto la depravación del pueblo que allí vivía, Génesis 13.1, 3. Abram permaneció en Canaán y moró en Hebrón, donde edificó de nuevo altar a su Dios; en cambio Lot continuó descendiendo hasta que llegó a morar en la propia Sodoma.
Son dignos de notar para provecho nuestro, los siguientes pasos en la caída de Lot:
(i) “Alzó Lot sus ojos, y vio”.
(ii) “Lot escogió para sí toda la llanura del Jordán”.
(iii) “Partióse Lot de oriente”.
(iv) “Lot asentó en las ciudades de la llanura, y fue poniendo sus tiendas hasta Sodoma”.
Una sola mirada trasladó al pobre Lot de su posición de paz y gozo en Canaán a la turbulenta vida en Sodoma, donde “afligía cada día su alma justa con los hechos de aquellos injustos”, 2 Pedro 2.8. Allí progresó mucho en bienes materiales, pero fue también allí donde, habiendo desatendido la primera amonestación, Génesis 14.12, definitivamente lo perdió todo, hasta su testimonio y carácter moral. ¡Fijémonos bien! ¡Un pequeño principio cuán grandes males acarrea! Por eso dice la Escritura: “Tus ojos miren lo recto, y tus párpados en derechura delante de ti”. “No apartes a diestra, ni a siniestra: aparta tu pie del mal”, Proverbios 4.25, 21.
“El camino del prevaricador es duro”, dice Salomón, y en la vida de Lot tenemos ejemplificada esta solemne verdad. Durante su larga permanencia en Sodoma no logró ni si quiera la sola reformación de uno de sus habitantes. Su débil influencia no se hizo sentir en su propio hogar, mucho menos en el pueblo que le rodeaba. Y cuando quiso anunciarles la proximidad del juicio, se burlaron de él y le despreciaron.
El lugar de bendición es uno solo: comunión con Dios, en la senda de obediencia, porque Él ha dicho: “Sin mí nada podéis hacer”. Y fuera de este lugar nuestra vida será por demás infructuosa. El Señor nos dice: “Vosotros sois la luz mundo: una ciudad asentada sobre monte no se puede esconder. Ni se enciende una lámpara y se pone debajo del almud, más sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbra vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras obras buenas, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”, Mateo 5.14 al 16.
Si nuestras palabras no van acompañadas del hecho visible de una vida transformada, no hallarán ningún eco en el corazón del pecador. Lot escondió su luz bajo el almud de sus muchos negocios, con el resultado de que los habitantes de Sodoma no podían ver en él otra cosa que un comerciante como los otros, más o menos honrado, pero nada más.
Y después de una vida azarosa, y con no pocos remordimientos, Lot tiene que abandonar para siempre a Sodoma, dejando allí el producto de sus largos años de trabajo y fatiga, el precio de su vida espiritual. Todas sus riquezas, ganados y posesiones fueron destruidos por el incendio; su mujer víctima de la codicia pereció en el camino; y sus dos hijas sobrevivieron a la catástrofe tan sólo para hacer sus nombres execrables de generación a generación. “Sabe pues y ve cuán malo y amargo es dejar a Jehová tu Dios, y faltar mi temor en ti, dice el Señor Jehová de los ejércitos”, Jeremías 2.19.
Lot desaparece de la historia bíblica en medio de una escena de embriaguez y abominable impureza, quedando como una solemne amonestación para aquellos creyentes que, dominados por el deseo del lucro, o halagados por una posición social o política, se identifican de nuevo con el mundo y sus costumbres anticristianas. “Las cosas que antes fueron escritas, para nuestra enseñanza fueron escritas”, Romanos 15.4.

Segunda entrega:
En la vida de este sobrino de Abraham vemos dos escenas bien tristes, la una resultante de la otra; es decir, primeramente su escogimiento y después su ruina.
Al salir Abraham de Ur de los Caldeos en obediencia al llamamiento divino, le acompañó Lot en su peregrinación sin haber tenido éste ningún llamamiento personal, y con el tiempo mostró que no tenía, como Abraham, sus ojos en la “Ciudad con fundamentos, el artífice y hacedor de la cual es Dios”, Hebreos 11.10.
 Al presentarse la primera dificultad, se separó de su tío, y alzando los ojos vio toda la llanura del Jordán, que toda ella era de riego, y resolvió ir en dirección de Sodoma.
La Santa Escritura nos dice que los hombres de Sodoma eran malos y pecadores para con Jehová en gran manera. Sin embargo, no pareció mal a Lot acercarse a ellos. Pensaba, quizás, en hacerles algún bien, pero la verdad era que codiciaba las cosas temporales que allí se le brindaban, y de día en día iba poniendo su tienda más cerca de aquella ciudad de tan corruptas costumbres, que la palabra “sodomita” hasta el día de hoy significa lo más relajado en vicios.
Pronto había abandonado por completo su vida de peregrino sobre los llanos, y se encontró residente dentro de aquella malvada ciudad, y llegó a no mirar las inmoralidades de ellos con tanto horror. Negociaba con ellos de día, y en sus horas de ocio se sentaba junto a ellos, quizás riéndose algunas veces al oír sus cuentos impíos. Uno no hubiera creído que tuviera algo de Dios, si no fuera que Pedro en su segunda epístola dice: “Libró al justo Lot, acosado por la nefanda conducta de los malvados”.
Llegaban los momentos en que las maldades de los sodomitas estorbaban la conciencia de Lot, pero había visto las ventajas temporales de Sodoma, y no pudo levantarse para abandonar el sitio. Quién sabe si su mujer inconversa y sus hijas, ya algo enamoradas de la vida de la ciudad, no le rogaron quedarse, y ¿no hacían falta las personas de carácter moral para enseñar mejor vida a tales gentes? ¿Por qué no quedarse, buscar un puesto de influencia entre ellos, y usar su influencia para hacer cesar tan abominables prácticas?
Así llegó a sentase en la puerta de la ciudad, lugar de los jueces en el Oriente. En vez de quedarse separado como Abraham, con un testimonio al Dios vivo y a la realidad de las cosas invisibles, él se iba confundiendo más y más entre los sodomitas.
¡Cuántos de los que han oído el Evangelio de Cristo, y por un tiempo han conservado un testimonio por él en el mundo, lo han perdido así tan miserablemente! Al convertirse a Dios, se han despedido de los placeres y vanidades del mundo; han puesto sus ojos en “las cosas de arriba”, pero con el tiempo han sido atraídos por lo que sus ojos naturales pudieron ver —los negocios, el placer, la política del mundo— y han dejado el camino de separación que empezaron.
Han escapado la burla de los que se escandalizaban por su vida de abnegación, pero han perdido el gozo que tenían cuando andaban en comunión con su Dios. Andan gimiendo como Lot, de quien Pedro dice. “Este justo, con ver y oír, morando entre ellos, afligía cada día su alma justa con los hechos de aquellos injustos”.
El mundo de hoy día se divide en justos e injustos, como en el día de los patriarcas. Hay los que se han arrepentido de sus pecados y han creído en Cristo y su obra de redención. Dios les ha justificado porque han creído en su Hijo que murió por sus pecados. El Espíritu Santo mora en los tales y les enseña las cosas espirituales, saciando sus almas cada día de las riquezas y glorias de Cristo, y amor a la Ciudad celeste.
Estos están en el mundo para testificar de lo que hay en Cristo para el alma del hombre. No es preciso que se encierren dentro de conventos y monasterios para que sean separados. Teniendo que comer y con que vestir, deben estar contentos y satisfechos sin mezclarse con los mundanos. Seguirán con sus ocupaciones lícitas para sus necesidades temporales, sin poner su corazón en las riquezas ni los placeres mundanos, listos para ir a su “hogar celestial” en el momento en que su Señor les llame.
¡Cuánto no pierde el hijo de Dios — el verdadero cristiano — cuando alza sus ojos a ver las atracciones de este mundo, y abandona su testimonio de separado al Señor!

La otra clase son los injustos. Estos nunca se han arrepentido de sus pecados, no han acudido a Cristo para la salvación de sus almas, y están expuestos a la ira de Dios. Sus pecados están sobre ellos todavía, y van derecho a la condenación. Si está en el número de estos irregenerados, arrepiéntete y busca la misericordia de Dios en Cristo, antes de perder tu alma para siempre en el infierno. Hay dos lugares en la eternidad, el cielo y el infierno. Si no vas por el camino del cielo todavía, está aún en el camino que lleva a la perdición, por no haberte convertido a Dios.