domingo, 3 de septiembre de 2017

La Seguridad de Nuestra Riqueza

·        Mi  Dios: El nombre del banquero
·        Proveerá: La promesa del pago
·        A todas nuestras necesidades: El valor del banco
·        Conforme a sus riquezas: El capital del banco
·        En Gloria: La dirección del banco

·        En Cristo Jesús: la firma al pie, sin la cual el cheque no tiene valor

En Búsqueda de una fe seria (Parte II)

Darwin enfrentó un pro­blema similar, el cual aún per­turba a los evolucionistas has­ta hoy. Si nosotros fuéramos simplemente el producto del movimiento casual de los áto­mos, habiendo comenzado todo con una explosión inex­plicable (de una fuente ener­gética desconocida) llamada el “big bang”, entonces todos nuestros pensamientos son sencillamente el resultado del movimiento casual de los áto­mos en nuestros cerebros, y por lo tanto no tendrían signi­ficado (lo cual incluye la teo­ría de la evolución misma). Sea lo que sea que sucede en las células de nuestro cerebro en cualquier momento, debe­ría ser rastreado hasta aquella gran explosión, a partir de la cual la materia sin vida de al­guna forma cobró vida y con el paso de muchísimo tiempo finalmente evolucionó hasta llegar a ser células cerebrales. No existe ningún punto en es­te proceso en el que el sentido de las cosas se pudiera haber introducido, ni tampoco exis­te ninguna fuente racional dentro de la materia o la ener­gía (son intercambiables) de la cual hubiera provenido un plan con propósito.
La ciencia no nos puede de­cir ni de dónde vino la energía que se precisó para el big bang ni por qué se llevó a cabo la ex­plosión. Ciertamente, si sólo tuviéramos que lidiar con la energía que explota, entonces el preguntar por qué (lo cual implica conocer el sentido) se­ría inútil. No habría ni un por qué ni un de dónde en la ener­gía y las explosiones. Solo de­beríamos cerrar todas las uni­versidades y sentarnos a la­mentar que no hay verdad, ni propósito, ni significado. Aunque ni siquiera nos lamentarí­amos por la carencia de la ver­dad y el sentido si tan solo fué­ramos el mero producto de una explosión de energía, ya que tales conceptos nunca se­rían el resultado de movimien­tos al azar de los átomos en nuestros cerebros.
Es innegable que no habría ni verdad, ni sentido ni propó­sito, si no hubiera un Creador inteligente, el cual por sus pro­pias razones, hizo el universo y a cada uno de nosotros según Su imagen. Pese a eso, el mun­do académico rechaza abierta­mente este hecho, del cual no podemos escapar. Los profe­sores y los estudiantes procla­man estar en la búsqueda de la verdad, cuando a la vez niegan que exista, o que alguien pu­diera identificarla en el caso que existiera. Esa es la nihilista atmósfera en las principales universidades del mundo. Se­ría algo muy dogmático si al­guien declarara que la verdad puede ser encontrada. Enton­ces, ¿cuál es el objetivo de la investigación y el estudio, si todo lo que podemos lograr es una lista de opiniones diferen­tes, ninguna de las cuales po­dría declararse como correcta o incorrecta?
Esta actitud ha logrado pe­netrar incluso a los seminarios teológicos y se ha desparrama­do a partir de allí a la forma de pensar de la mayoría de la gen­te religiosa. Hoy día se conside­ra como algo triunfalista u or­gulloso sugerir que hay solo una fe verdadera y que todas las demás son incorrectas. Tal proclamación es inexcusable­mente ofensiva hacia todas las demás creencias. Como resul­tado, cuando procuramos ha­cerle ver a la persona común y corriente la necesidad de tener la certeza de seguir la senda es­piritual correcta hacia la eter­nidad, uno escucha que la gen­te una y otra vez encoge sus hombros y dice: “¿Acaso no es­tamos tomando todos diferen­tes caminos que llevan al mis­mo lugar?”.
Pese a que eso suena como la declaración de una mente abierta que intenta evitar ofen­der a alguien, en realidad es la última moda en lo que se pue­de catalogar como ser cerrado. Por un lado se les permite a to­dos que tomen diferentes sen­das, y por otro se insiste en que todas terminarán en el mismo lugar. Según esta afirmación, solo existe un destino más allá de la muerte. Una vez más, vio­laríamos el sentido de justicia y rectitud que todos poseemos en forma innata, ya que a un Hitler no le iría peor que a una Madre Teresa. Y aquellos que sugerimos lo contrario, rápida­mente encontramos que esta tolerancia abierta de mente es intolerante frente a cualquier opinión que esté en desacuer­do con ella.
En una forma más antigua de este mismo engaño, las es­crituras persas declaran, “Sea cual sea la senda que tome, se une al gran camino que lleva a Ti... Ancha es la alfombra que Dios ha tendido...” Jesús tam­bién habló de un camino an­cho que se asemeja mucho a este concepto de “cualquier senda” y de una “alfombra an­cha.” Sin embargo, en vez de recomendarlo, dijo que lleva a la destrucción: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el ca­mino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puer­ta, y angosto el camino que lle­va a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mateo 7:13-14). Je­sús no fue dogmático ni cerra­do como para decir que solo existe un destino para todos; él dijo que hay dos destinos, el cielo y el infierno. Nadie está forzado a ir a ninguno de ellos. Si tomamos un camino u otro es un asunto de elección indi­vidual. Por supuesto, si escoge­mos tomar el camino angosto que lleva a Dios, se debe tomar según Sus términos.
En un interesante artículo que apareció en la revista Time (15 de Junio, 1998, edición en inglés), su autor relata una ex­periencia que ilustra la tonte­ría de la indisposición moder­na de tomar una posición defi­nida en lo que se refiere a la creencia religiosa:
Cuando me estaba re­gistrando en un hospital lo­cal para ser examinado, la señora de Admisiones me preguntó: “¿Cuál es su preferencia religiosa?”. Me sentí tentado a repetir lo que Jonás dijo: “Soy he­breo” señora, “y temo a Jehová, Dios de los cielos...” Pero eso me hubiera con­seguido un pase inmediato a psiquiatría en vez de a rayos X.
En tiempos antiguos, se preguntaba “¿Cuál es tu Dios?”. Hace una gene­ración se preguntaba so­bre la religión. Hoy día, el credo de uno es una prefe­rencia religiosa. Según Chesterton, la tolerancia es la virtud de las perso­nas que no creen en nada.
Cuando se sostiene que en la religión de uno se encuentra la suerte del alma inmortal, a esa pos­tura fácilmente le puede seguir la Inquisición; cuan­do se cree que la religión es una preferencia del consumidor, florece la tole­rancia religiosa. Después de todo, uno no persigue a las personas por su gusto con respecto a los autos. ¿Por qué perseguirlos por su gusto sobre dioses?
Es bien extraño no obstante... que aún sobre­vive una forma de intole­rancia religiosa... el des­precio hacia aquellos para los cuales la religión no es una preferencia, sino una convicción...
La convicción que existe un camino definido hacia el cielo no es tolerado en estos días de supuesta tolerancia, debido a que esta postura asume que los demás caminos no llevan al mismo lugar, que la verdad sí existe, y que existe una diferen­cia entre lo correcto y lo inco­rrecto. En vez de estas convic­ciones pasadas de moda, la nueva moda para el nuevo mi­lenio es el ecumenismo de mente abierta. Se supone que debemos dejar de lado la ne­cesidad racional de estar segu­ros sobre nuestro destino eter­no, y adoptar una tolerancia sin sentido que tan solo pro­mete evitar discusiones reli­giosas en esta vida, pero que no ofrece ninguna seguridad para la próxima.
La tolerancia parecería ser una virtud, y en momentos sí que lo es. Pero por otro lado, una actitud que permita que un padre sea tolerante con un comportamiento que está da­ñando a su hijo, o que un poli­cía sea tolerante con crimina­les que acechan a otras perso­nas, deja de ser una virtud, transformándose en un vicio que permite y favorece el mal. Así también, el ser tolerantes con una falsa esperanza que ha engañado a multitudes y que les llevará a la destruc­ción, difícilmente puede ser la posición de aquellos que realmente aman a su prójimo. Es por eso que Pablo dijo, “Cono­ciendo, pues, el temor del Señor, persuadimos a los hombres...” (2 Corintios 5:11).
Este tema referente a dón­de pasará uno la eternidad no es un asunto de preferencias, como lo es si a uno le gustan los tallarines con o sin queso. Nuestras opiniones e inclina­ciones no pueden modificar lo que Dios ha decretado. ¿Por qué es que el Creador debería tolerar y admitir en Su cielo a los rebeldes que han que­brantado sus leyes, menos­preciado su Palabra, y recha­zado la salvación que Él ofre­ce? El imaginarse eso sería atribuir a Dios el tipo de in­dulgencia que uno condena­ría en cualquier juez terrenal.
En su remarcable libro, The Closing of the American Mind [El Cierre de la Mente Nortea­mericana], el profesor de filoso­fía de Chicago, Alan Bloom se­ñala que una virtud en Estados Unidos en estos días parecería ser la apertura a cualquier cosa, como si todos fueran compor­tamientos o puntos de vista igualmente válidos. Y toda opi­nión es bienvenida con la mis­ma tolerancia, no convicción, sino tolerancia. Sería conside­rado como un dogmatismo in­aceptable en la mayoría de los círculos decir hoy día que la verdad existe. Eso significaría que aquellos que no acepten la verdad estarían equivocados, y nadie debe estar equivocado.
El Dr. Bloom señala que nos hemos vuelto tan abiertos a todo, que nuestras mentes se han cerrado a la idea de que algo en realidad pueda ser co­rrecto y por lo tanto otra cosa sea falsa. Quiere decir que, ¡la mentalidad norteamericana se está cerrando por medio de es­ta apertura! Eso es exactamen­te lo que está sucediendo en la era post-racional, la cual se ha apoderado de nuestras univer­sidades y seminarios, y del pensamiento de muchos líde­res eclesiásticos.
Nuevamente, la simple ló­gica rechazaría esta idea que todos los caminos llevan al mismo lugar. Debemos reco­nocer que existen serias con­tradicciones entre las varias re­ligiones a nivel mundial. Ni si­quiera se está de acuerdo en la cantidad de dioses (para los hindúes son millones, para los musulmanes es uno, para los budistas no hay ninguno), y mucho menos en su identidad o naturaleza. Tampoco están de acuerdo las religiones mun­diales sobre cómo aplacar a su dios o dioses o cómo llegar a su versión del cielo después de la muerte.
Llamada de Medianoche

La Oración

¿Por Qué Orar?
·        La oración del justo... puede mu­cho, Stg. 5:16.
·        Orad, para que no entréis en tenta­ción, Mt. 26:41.
·        Es el mandamiento del Señor, Lc. 18:1.
¿Cuándo Orar?
·        En tiempos de peligro, Lc. 6:11-12.
·        Tarde y mañana y a medio día ora­ré, Sal. 55:17
·        Constantes en oración, Rom. 12-12. Orad sin cesar, 1 Tes. 5:17.
·        En tiempo de aflicción, Stg. 5:13.
·        En tiempo de enfermedad, Stg. 5:14.
·        Cuando hemos ofendido a otros, Stg. 5:16.
¿Cómo Orar?
·        En el Espíritu, Ef. 5:18.
·        Orando por el Espíritu Santo, Judas 20.
·        Siempre solícito por vosotros en ora­ciones, Col. 4:12.
·        Oraré también con entendimiento, 1 Co. 14:14.
·        Con manos limpias, sin ira ni con­tienda, 1 Tim. 2:8.
·        Pida en fe, no dudando nada, Stg. 1:6.
¿Para Qué Orar?
·        Para obreros para la mies, Mt. 9:37- 38.
·        Por todos los hombres, reyes, y emi­nentes, 1 Tim. 2:1-2.
·        Que seáis llenos del conocimiento de Su voluntad, Col. 1:9-11.
·        Orad por los que os ultrajan, Mt. 5: 44.
·        En todo orad, Fil. 4:6.
¿Dónde Orar?
·        Mas tú, cuando oras, éntrate en tu cámara, Mt. 6:6.
·        En el aposento alto, Hech. 1:13. Pedro subió a la azotea a orar, Hch. 10:9.
·        Junto al río donde solía ser la ora­ción, Hch. 16:13.
·        El Señor subió al monte a orar, Le. 6:12.
·        Nehemías en su oficio delante del rey, Neh. 2:4.
·        Y oró Jonás desde el vientre del pez, Jonás 2:2.
·        “Señor, enséñanos a orar” (Lucas 11:1)
S. S.
“Clama a mí, v te responderé cosas grandes y dificultosas que tú no sabes” (Jeremías 33:3).


Sendas de Luz, 1976

La enfermedad en la Biblia (Parte III)

La salvación ofrecida

La historia del etíope que fue salvo escuchando a Felipe explica el evangelio de Jesús con base en las palabras de Isaías capítulo 53, demuestra que la obra de Cristo, en este tiempo de la gracia, es efectiva para la sanidad espiritual, o la salvación, de los gentiles también.
Aprovecho este momento para recalcar un punto aquí: "Dios quiere que todos los hombres sean salvos” (1 Timoteo 2:4), pero esto no quiere decir que todos serán sanos. La salvación del alma y la sanidad del cuerpo son dos cosas diferentes, aunque es obvio que Cristo podía efectuar ambas cosas casi simultáneamente."
El apóstol Pedro demostró esto al decir de creyentes en su día que “habían vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas”. ¿Cómo fueron reconciliados? Dice el versículo anterior: “por cuya herida fuisteis sanados” (1 Pedro 2:24, 25). O sea, Pedro interpretó la palabra “curados” en un sentido espiritual: la muerte vicaria de Cristo resuelve el problema espiritual (distancia debido al pecado) pero no quiere decir que también quita los problemas físicos del hombre en esta vida.
El que escribe fue salvo hace treinta años mientras leía la gran verdad de Isaías 53:5. Entendí que el castigo que me trae la paz fue puesto sobre Cristo cuando él murió por mí en la cruz. La salvación del alma no tiene nada que ver con la salud del cuerpo. Claro, como veremos en un momento, hay enfermedades y problemas físicos que son consecuencia de la vida desordenada que han llevado personas antes de ser salvos y que por el solo hecho de vivir más ordenadamente gozan de mejor salud. Pero el ser salvo no significa que uno no puede enfermarse. Veremos que personas muy espirituales pueden enfermarse como parte de una tremenda prueba que Dios trae a sus vidas con un propósito muy especial.
La salvación que Dios ofrece tiene tres aspectos: (1) Dios salvó (pasado) a la persona de la paga del pecado en el momento que confió en Cristo como Salvador personal (Tito 3:4, Romanos 6:23). (2) Dios está salvando (presente) al creyente día tras día del poder del pecado (1 Corintios 1:18; Romanos 5:10), y (3) Dios salvará (futuro) al creyente de la presencia del pecado en “el día de la redención de nuestro cuerpo” (Romanos 8:23; Efesios 1:14, 4:30).
Antes del día de la redención de nuestros cuerpos, los creyentes aún somos criaturas mortales. Mientras seamos mortales tendremos cuerpos corruptibles,  y seremos susceptibles a la enfermedad y a la muerte. Cuando venga Cristo por nosotros seremos resucitados y/o transformados, y dice Pablo que “es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (1Corintios 15:53). Ya vestidos de incorrupción e inmortalidad jamás volveremos a enfermarnos. A esto se refiere el mismo apóstol al escribir a los romanos que “las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera”. Es entonces, y sólo entonces, que gozaremos de “la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Romanos 8:16-23).
Cristo no conoció corrupción en su cuerpo durante su vida, ni en su muerte tampoco. Después de tres días de muerto su cuerpo no hedía, como en el caso de Lázaro (contrastar Juan 11:39 con Hechos 2:31). Juan y Lucas mencionan que nadie había sido puesto antes en la tumba en que estuvo el cuerpo del Señor. Cristo resucitó por el poder de Dios, no por haber tocado los huesos de alguien más sepultado allí, como fue con el caso del hombre en 2 Reyes 13:21, que resucitó cuando su cuerpo tocó los huesos del profeta Eliseo. La tumba de Cristo, por ser nueva, también eliminó la posibilidad de que “olor a muerto” se atribuyera al hecho de que el cuerpo de Cristo había estado allí. Sólo el cuerpo de Cristo podría yacer tres días en una tumba sin causar mal olor. El cuerpo de toda otra persona, aunque haya logrado vivir sin enfermedad, empezaría a oler mal poco después de morir.

Causas de la enfermedad

La enfermedad en una persona, creyente o incrédula, puede darse como consecuencia general de la presencia del pecado en la raza humana, pero también puede darse en la vida de una persona por razones específicas.
Es un error pensar que toda enfermedad es por influencia satánica, aunque a veces sí lo es. Permítanme unas referencias bíblicas para tratar de catalogar casos de enfermedad en la Biblia. Para efectos de este estudio, “enferme-dad” incluye también toda discapacidad, e incapacidad relacionados con el cuerpo. Seleccionaremos algunos casos, por amor al tiempo.

Veremos que cada caso es único. Algunos padecen enfermedades por pecados específicos, otros padecen enfermedades como consecuencia de los estragos del pecado que ha arruinado a la raza humana, pero que dentro de la santa y soberana voluntad de Dios, puede ser que logren discernir que su sufrimiento es con un propósito divino, sin que el diablo tenga absolutamente nada que ver.

EL MAYORDOMO Y LAS RIQUEZAS INJUSTAS

Pregunta: Desearía ser ayudado a comprender, respecto a la parábola del mayordomo infiel y las riquezas injustas." (Lucas 16: 1-13.)

Respuesta: Para comprender inteligentemente el capítulo 16, tenemos nece­sidad de haber comprendido en nuestro corazón qué cosa es la plena gracia de Dios, porque aquí no se trata del evangelio como algo que nos es presentado, antes bien se trata de los principios que deben regir la conducta de los hombres salvados por gracia.
Desde el versículo 25 del capítulo 15 de Lucas hasta el final del versículo 13 del capítulo 16 del mismo libro, el Señor sitúa ante nosotros dos tristes caracteres; pri­meramente el hijo mayor, representando el hombre que se apoya en su propia justicia y que no se regocija con el padre, y no sólo esto, sino que aun ni quiere que su hermano goce de la bendición paterna; en segundo lugar, el mayordomo infiel, en relación con el cual desea­mos presentar unas breves reflexiones. Vemos por el primer versículo del capítulo 16, que el Señor dirige a Sus discípulos la parábola del ma­yordomo infiel, mientras que en el capítulo 15, hablaba a los pecadores y publícanos. El capítulo es una enseñanza para los creyentes; el capí­tulo 15, es una evangelización para el mundo. Es natural que entre cre­yentes, nos ocupemos de muchas cosas que no podemos hacer con las personas del mundo, aunque a éstas podemos anunciarles el camino de la salvación; aquí el Señor hablando con Sus discípulos les enseña verdades mucho más difíciles de comprender que las contenidas en la parábola del hijo pródigo.
Remarquemos que el mayordomo infiel es acusado de disipar los bienes de su señor. El hijo pródigo (Lucas 15:13) ha disipado los bie­nes que el padre le había dado; el mayordomo infiel ha disipado la propiedad de su señor (Lucas 16:1). Sin duda alguna esto corresponde a Israel, quien poseyendo toda Palestina, y también toda bendición te­rrestre, en este aspecto era el mayordomo de Dios, mayordomo que ha disipado los bienes confiados a su administración. Los judíos me­nospreciaban a los gentiles, pobres e ignorantes, representados por el hijo pródigo, a pesar de que ellos eran peor que estos últimos: el hijo pródigo es un insensato, el mayordomo infiel, es un hombre carente de rectitud y probidad.
En los dos hijos del capítulo 15 de Lucas, vemos la diferencia de posición y de responsabilidad existente entre un gentil y un judío; y nadie duda de que el Señor, en la parábola del mayordomo infiel y que se refiere particularmente a Israel, ha querido responder a la propia justicia del hijo mayor, mostrando así a los judíos lo que eran en realidad. ¿Pero es que no podemos hallar también una aplicación para todo hombre al cual le haya sido confiado algún privilegio, algo que ad­ministrar?
¿Es que acaso no hallamos en esta parábola una aplicación actual a la cristiandad y a cada uno de nosotros? En efecto, en los ver­sículos 1 y 2 del capítulo 16 vemos al hombre responsable e injusto despedido de su empleo, y en los versículos 3 al 10, vemos de qué forma el cristiano puede reemplazar al hombre que faltó a su responsabilidad.
Advirtamos que no es el Señor Jesús quien alaba al mayordomo infiel, sino su propio señor, su patrón; asimismo tampoco es su pi­cardía la que es admirada, sino su previsión en vista del porvenir. De todas formas era un hombre desleal y falto de rectitud; cuando ve que ha perdido su empleo, en lugar de poner en orden sus libros, no piensa sino en asegurarse una posición para el porvenir.
Lo que vemos en él es precisamente la disposición de cuidarse antes del porvenir que del tiempo presente. Hubiese podido quedarse con las cincuenta medidas de aceite (versículo 6), pero prefiere regalarlas al que está en deuda, a fin de ser recibido en su casa, cuando quede definitivamente sin empleo.
         Sacrificando el presente por el porvenir, el mayordomo hizo un magnífico negocio. ¡Cuán distintamente obran la mayor parte de los hombres! En lugar de pensar en el futuro, en la eternidad espantosa que les espera, solamente piensan en el presente y están prestos a sacrificar toda esperanza relativa a un gozo eterno por un poco de bienestar en este siglo malo.
Antes de terminar, añadiré aún una idea. Los "hijos de luz" - es decir, los cristianos - son menos sagaces que "los hijos de este siglo". Si, como vemos en el capítulo 15 de Lucas, somos salvos por la gracia perfecta, y si en este mundo gozamos de la posición de hijos, amados del Padre, nuestro privilegio, por todo el tiempo que permanezcamos en la tierra, es de vivir enteramente para Cristo, consagrarnos a su servicio con todas las fuerzas. Mientras que el mayordomo infiel (Is­rael) está fuera de la casa, los cristianos somos los testigos de Dios en este mundo, y en consecuencia responsables de aprovechar toda ocasión que el Señor nos conceda para servirle, usando también para esto "las riquezas injustas." Las riquezas que podamos tener son llamadas "injustas", porque durante la ausencia de Cristo, en lugar de ser la recompensa de la justicia como los judíos creían, son - demasiado a menudo - la paga y el instrumento de la injusticia. Lo que tenemos entre manos, nunca es considerado como nuestro de una forma definitiva, sino como administrado por nosotros en este mundo.
El gran principio que contiene este pasaje, y del cual desearía que tuviésemos de él memoria, es éste: que somos salvos por gracia y que teniendo este privilegio y el de vivir enteramente para Cristo, nuestras mentes estén dirigidas hacia el mundo de felicidad donde pronto entraremos. "No podemos servir a Dios y al dinero". Que este principio, queridos hermanos, quede impreso en nuestro corazón, y oremos al Señor para que nos conceda en vivir únicamente para Él, gozosos de perderlo todo en este mundo y obtener la gloria eterna con nuestro adorable Señor Jesús.
* * *
         La dificultad aparente de esta parábola desaparece pues, si rete­nemos su verdadero alcance que resumimos para terminar: El Se­ñor nos enseña que, detentando de la parte de Dios unos bienes (las facultades, la salud, el dinero, el trabajo, etc.), no podemos conside­rarlo sino como "riquezas injustas", las cuales debemos emplear en vista del porvenir celestial, es decir, utilizarlas para el Señor y no para nuestra satisfacción presente.
Como hombres, estamos despedidos de nuestra 'mayordomía', pero queda retenida por los que escuchan al Señor. Los recursos de ser 'fieles en las riquezas injustas provienen del hecho de em­plearlas como no perteneciéndonos. La 'prudencia' del mayordomo infiel, es la convicción de que no tenemos derecho alguno de establecer­nos en este mundo, pero que en él, Dios nos deja la posibilidad de trabajar para el porvenir. Empleadas con esta prudencia, las riquezas injustas pueden ser para nosotros los medios de asegurarnos que la entrada en el reino eterno nos sea otorgada amplia y generosamente. (2 Pedro 1:11). Un mismo trabajo cambia de sentido o de utilidad, sea que lo hagamos para nosotros o para el Señor. El dinero que po­damos disponer cambia de sentido si en vez de usarlo para el bien ajeno lo empleamos egoístamente. Y es obrando en sentido positivo que el creyente puede ya gozar de 'sus verdaderas riquezas', con las que es 'bendecido en lugares celestiales en Cristo'. (Efesios 1:3)
 Traducido de "Le Messager Evangélique"

Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1961, No. 50.-

Escenas del Antiguo Testamento (Parte XII)

El cananeo

“El cananeo estaba entonces en la tierra”, Génesis 12.6
El territorio denominado generalmente Palestina está situado en la parte occidental del Asia, y limi­tado al norte y este por Siria, vasta porción de la Turquía Asiática, y al sur por la península Arábiga, y al oeste por el mar Mediterráneo. Este territorio ha llevado diversos nombres en el transcur­so de los siglos. En el tiempo a que nos referimos aquí, llevaba el nombre de Canaán, por estar habitado por los descendientes de Canaán, hijo de Cam. Muy pronto se multiplicaron éstos y se extendieron sobre la tierra, y luego, divididos entre sí, formaron tribus y reinos separados. Una de estas tribus tomó el nombre de “el cananeo”.
El cananeo, lo mismo que las demás tribus, llegó a ser un pueblo corrompido, degradado por la idolatría, y enervado por los placeres y riquezas. El capítulo 18 del Deuteronomio nos da una idea de las costumbres abominables de aquellas gentes: “Cuando hubieres entrado en la tierra que Jehová tu Dios te da, no aprenderás a hacer según las abominaciones de aquellas gentes. No sea hallado en ti quien haga pasar su hijo o su hija por el fuego, ni practicante de adivinaciones, ni sortilegio, ni hechicero, ni fraguador de encantamientos, ni quien pregunte a pitón, ni mágico, ni quien pregunte a los muertos. Porque es abominación a Jehová cualquiera que hace estas cosas, y por estas abominaciones Jehová tu Dios las echó de delante de ti”, Deuteronomio 18.9 al 15.
¡He aquí la prohibición divina que revela la triste condición moral de aquel pueblo! No obstante esto, en este tiempo tiene gran acogida en el mundo religioso muchas de estas antiguas costumbres, condenadas por la Palabra de Dios. El “preguntar a los pitones” (médium), y “consultar a los muertos” está muy de moda; y son muchos los que, halagados por la esperanza de conocer los misterios de ultratumba, caen en las fuertes redes del engañador. El cananeo viene a ser, entonces, un fiel retrato del mundo demascarado; el mundo con su religión sin moral, y en su hostilidad manifiesta hacia el pueblo de Dios.
Abram al dar sus primeros pasos en la tierra de su peregrinación se encontró frente a frente con el cananeo. “Y pasó Abram por aquella tierra hasta el lugar de Sichem... y el cananeo estaba en la tierra”. Esta fue una dura prueba para Abram. Allí estaba él con los suyos, pocos en número, para hacer frente a un enemigo astuto y poderoso que se interponía en su camino. En este tiempo de angustia, Dios se apareció a su obediente siervo para esforzarlo, confirmándole sus promesas: “Y apareció Jehová a Abram, y le dijo: A tu simiente daré esta tierra”. Animado por estas palabras, edifica un altar en presencia de sus enemigos, y sigue adelante con nuevas fuerzas y mayor esperanza.
En el capítulo 13 hallamos una segunda referencia al cananeo: “Hubo contienda entre los pastores del ganado de Abram y los pastores del ganado de Lot: y el cananeo y el ferezeo habitaban entonces en la tierra”, Génesis 13.6. Aquí se menciona el cananeo como una solemne amonestación para el hijo de Dios en su andar sobre la tierra. Es como si el Espíritu de Dios dijera: “Mirad cómo andéis avisadamente; el cananeo está en la tierra”.
Abram, durante su peregrinación, vivió en medio del cananeo, pero sin mezclarse con él en sus prácticas depravadas. Su vida fue de separación. ¡Un peregrino y extraño sobre la tierra! Todo esto nos recuerda la posición y responsabilidades del verdadero cristiano.
El creyente, al abrir sus ojos a las realidades eternas, muy pronto llega a saber que se encuentra en un mundo que le es adverso y que hace esfuerzo para desviar su pie de la senda de obediencia. Pero, como en el caso de Abram, para esta nueva experiencia la Palabra de Dios tiene su oportuna provisión: “No temáis, manada pequeña; porque al Padre ha placido daros el reino”, Lucas 1.32. “Esta es la victoria que vence al mundo, vuestra fe”, 1 Juan 5.4. Alentado con estas y muchas otras promesas, el creyente puede seguir adelante, confesando el nombre de su Salvador ante el mundo incrédulo y burlador, y creciendo en la gracia y en el conocimiento.
Sin embargo, el creyente está aún en el mundo. El mundo le rodea, y le espía; y si no puede hacerle volver “como la puerca lavada a revolcarse en el cieno'', se ocupa en buscar y fomentar todo aquello que pueda traer escándalo y vergüenza al nombre de Cristo. ¡Cuán cuidadosa debe ser, entonces, la vida y conducta del creyente, en el mundo, pero guardado del mal! “El cananeo está en la tierra”. Andemos, pues, como hijos de luz, honesta y avisadamente, no como necios, mas como sabios; teniendo buena conciencia delante de Dios y de los hombres “para que el adversario se avergüence, no teniendo mal alguno que decir de nosotros”.

El cananeo no sólo habitó en la tierra, sino que tuvo dominio sobre ella hasta que fue expulsado de allí por Josué, el Conquistador. Las condiciones del mundo son las mismas. Satanás es el príncipe y dios de este mundo. Su influencia y poder se echan de ver por donde quiera. Y este estado de cosas durará hasta la manifestación gloriosa de nuestro Salvador, el cual “enviará a sus ángeles y congregarán de su reino todos los escándalos y los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre, “y no habrá más cananeo alguno en la casa de Jehová de los ejércitos en aquel tiempo”, Zacarías 14.21. Mientras ese día llegue, “el cananeo” estará en la tierra. “¡Mirad pues, cómo andéis avisadamente!”