lunes, 2 de septiembre de 2019

EXTRACTOS

LOS ORÍGENES DEL PELIGRO EN LA IGLESIA

Te amo, oh Jehová, fortaleza mía. Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio. Salmos 18:1-2

El letargo espiritual ha llevado a la iglesia evangélica al borde de la apostasía, poniendo al cristiano medio en una posición extre­madamente vulnerable y complicada. Es prácticamente imposi­ble ayudar a una persona hasta que esta llegue al punto de darse cuenta que necesita ayuda, y descubra en qué áreas de la vida la necesita. Por lo tanto, el primer paso es conocer cuáles son los peligros y, tras ello, hay que saber decididamente cómo abordar los peligros presentes.
Primero necesitamos discernimiento espiritual. Necesi­tamos a cristianos que hayan abierto sus ojos para detectar el estado traicionero al que se enfrenta hoy la Iglesia, y para mos­trar cómo escapar de él. Además de discernimiento necesitamos valor para denunciar esos peligros y llamar a la Iglesia de vuelta a su roca, que es Jesucristo.
En su época, el rey David entendió la gravedad de los peli­gros del camino. Los peligros a los que se enfrentó fueron bási­camente los mismos que nos encontramos hoy; y la manera que David los gestionó es la misma a la que debemos recurrir en nuestros tiempos. Los salmos de David son un reflejo de la vida cristiana. En los salmos encontramos todas las experien­cias de la vida: sus peligros, alegrías, tristezas, victorias, trabajos y derrotas. En ellos descubrirás la noche y el día de la vida, las sombras y la luz del sol; incluso las propias vida y muerte.
El libro de Salmos es un espejo de la vida espiritual. En el Salmo 18 encontramos unas palabras que apuntan a varios peli­gros evidentes en el caminar cristiano, peligros de los que debe­mos huir o que debemos saber cómo afrontar y superar. Dado que existen peligros reales para la vida espiritual, es necesario que el pueblo de Dios esté alerta a ellos. Todo pastor que desee ser fiel debería indicarlos a las personas a las que ministra, y señalarles una vía de escape. Si no tienes una cura, no sirve de nada examinar al paciente. No sirve de nada avisar sobre el peli­gro de un ataque si no tienes un búnker. No sirve de nada saber que se acerca tu enemigo si no sabes cómo hacerle frente.
El peligro se acerca a la vida cristiana desde tres direcciones: el mundo por el que viajamos, el dios de este mundo y nuestra carne no mortificada. Por este motivo necesitamos una roca, una fortaleza, un libertador, un escudo, una torre alta a la que huir: Dios es todas estas cosas.
A.W.Tozer, Los peligros de la fe superficial, pág., 87-88.
(Continuará.)

CRISTO, LA ÚLTIMA CLAVE


La clave final de todas las Escrituras es Cristo mismo. En el camino a Emaús el Señor Jesús les dio calor a los corazones de dos de sus discípulos al mostrarles en todas las Escrituras “lo que de Él decían” (Lc. 24:27). Todo se centra en Él. Dios no tiene programas, ni planes ni propósitos para este planeta que no vayan a descansar finalmente en la persona de su amado Hijo. Él está oculto en los tipos del Antiguo Testamento. Él es el tema de cientos de profecías. Él es la gran figura central de la Biblia.


Una vez vi en una tienda de regalos una copia de la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica. Había sido escrita a mano por un artista. Sin embargo, los espacios entre pala­bras eran poco usuales. Algunas de las palabras y letras estaban apretadas. Otras estaban espa­ciadas y algunas muy alejadas unas de otras. No parecía haber motivo para la forma azarosa en la que el escriba había escrito las palabras. Es decir, parecía haber poco sentido hasta que uno se alejaba un poco del documento, y entonces el propósito del artista quedaba claro. Había escrito de este modo la copia de la Constitución para que las áreas atiborradas proporcionaran zonas de sombra en el papel y las palabras espaciadas brindaran zonas de luz. El resultado era que no sólo había escrito una copia de la Constitución, sino que también había dibujado un retrato de George Washington. Era una obra muy eficaz.
Así es cómo el Espíritu Santo ha escrito la Biblia. ¿Por qué, por ejemplo, expresó la creación de todos los soles y estrellas del espacio en cuatro breves palabras - “hizo también las estrellas”- y sin embargo dedicó aproximadamente cincuenta capítulos a hablar sobre el Ta­bernáculo? La historia de unos 1.500 años está dispuesta en nueve versículos de Génesis (4:16­24), y sin embargo un tercio del libro del Génesis se dedica a la historia de José, un hombre que ni siquiera estaba en la línea mesiánica. Casi no se menciona el ascenso y la caída de grandes imperios mundiales, sin embargo, Dios se detiene con detalle y amor en las historias de hombres como Abraham, Jacob y Moisés. Las grandes figuras del mundo que llenaron las páginas de la historia son ignoradas en su mayoría o son mencionadas de pasada y sólo cuando sus carreras se conectaron con la historia de Israel. No obstante Dios dedicará capítulo tras capítulo a escribir los requisitos de las ofrendas, con cada pequeño detalle, hasta diciendo lo mismo una y otra vez. Debe haber un motivo. ¡Lo hay! Dios está escribiendo en las páginas de su Palabra un retrato de cuerpo entero de su Hijo.
Haremos bien, al interpretar las Escrituras, en mantener los ojos abiertos ante los deta­lles que hablan de Cristo. Lo vemos en Génesis como el Creador, como la simiente de la mujer, como el león de Judá. Lo vemos en la historia de la oveja de Abel, en el arca de Noé, en lo que sucedió en el monte Moriáh, en la historia de José. Lo vemos en Éxodo en el cordero pascual, en cada parte del Tabernáculo, en la nube de gloria de la Shekiná, en el maná y en la roca gol­peada. Lo vemos en Levítico, en las ofrendas y como el gran sumo sacerdote, en el ritual para purificar al leproso, en los machos cabríos del Día de la expiación, en todas las fiestas anuales. Lo vemos en Números en la vaca alazana, en la serpiente levantada sobre la asta, como la estre­lla que se elevará de Jacob (en las profecías de Balaam), en las ciudades de refugio.
En Deuteronomio Él es el profeta como Moisés. En Josué Él es el capitán de nuestra salvación. En Jueces Él es el libertador de los suyos. En Rut Él es el redentor de los parientes. En Samuel Él es el arca de la alianza y el rey rechazado, finalmente llevado al trono. En Reyes y Crónicas Él reina como Salomón en esplendor y gloria. En Esdras Él es el escriba. En Nehemías a Él se le ve en cada puerta de la ciudad. En Ester Él es el que proporciona la salvación.
Él será visto en casi todos los salmos. Él es el hombre bienaventurado del salmo 1, el Hijo en el salmo 2, el pastor en el salmo 23. Él es el Salvador sufriente del salmo 22 y salmo 69. Él es el rey de la gloria en el salmo 24. Él es el hombre perfecto del salmo 8 y el poderoso Dios del salmo 45. Casi todos los salmos tienen un significado profético sugerido, muchos de ellos completamente mesiánicos. En Proverbios Él es la encarnación de la sabiduría. En Eclesiastés, ese libro triste de sabiduría mundana, Él es el hombre sabio olvidado que salvó a la ciudad. En Cantar de los Cantares Él es el pastor que se ganó el corazón de la sulamita y que triunfa sobre toda la zalamería del mundo.
En Isaías es el Cordero llevado al matadero en el capítulo 53 y el que pisa el lagar en el capítulo 63; Él es el Mesías glorioso de un centenar de esperanzas y ansias paso a paso en el libro. En Jeremías Él es el gran sufriente y Jehová nuestra justicia. En Lamentaciones, nueva­mente es el que conoce la congoja. En Ezequiel se sienta en el trono. En Daniel Él es el Mesías a quien se le quitará la vida y la piedra cortada, no con mano humana.
En Oseas, Él es el esposo que perdona y tiene paciencia y un rey mucho más grande que David. En Joel, vierte su Espíritu sobre toda carne. En Amós está de pie sobre el altar, escudriña la casa de Israel y trae por fin una bendición milenaria. En Abdías, Él anuncia el temido Día del Señor y está de pie en el Monte Sion. En Jonás, es prefigurado en su muerte, entierro y resurrec­ción. En Miqueas, se le ve como el que va a nacer en Belén y quien traerá la bendición milena­ria a toda la humanidad; también es el gran pastor y el que perdona la iniquidad. En Nahúm, Él es el gran vengador ante quien las montañas tiemblan, pero una fortaleza y un refugio para los suyos. En Habacuc, Él es el Santo de Israel y la fuerza y la canción de su pueblo. En Sofonías trae consigo la bendición del reino. En Hageo, Él vuelve a construir el templo del Señor, agita las naciones, es el elegido del Señor. En Zacarías, Él trae el Apocalipsis, es el gran sumo sacer­dote, vierte el Espíritu del Señor sobre los hombres, es la piedra angular del rincón. Él es el gran Juez. Llega a Jerusalén montado en un pollino, es vendido por el precio de un esclavo, abre una fuente para la inmundicia en Jerusalén, es el pámpano y el rey de reyes por venir. En Malaquías su venida es anunciada por un heraldo y Él es el sol de la justicia.
En Mateo, Él es el rey de los judíos; en Marcos, Él es el siervo de Jehová; en Lucas, Él es el Hijo del Hombre; y en Juan es el Hijo de Dios. En Hechos, Él es la cabeza ascendida de la Iglesia. En Romanos, Él es nuestra justicia; en Corintios, Él es la primicia proveniente de los muertos. En Gálatas, Él es el fin de la ley y en Efesios, Él es todo con su Iglesia: fundación para la construcción, cabeza del cuerpo, novio de nuestros corazones. En Filipenses, Él está en la forma de Dios y es el que provee todas nuestras necesidades. En Colosenses, Él es el Creador, sustentador y dueño del universo, preeminente por encima de todo. En 1 de Tesalonicenses, Él regresa por su Iglesia, en 2 Tesalonicenses, viene a juzgar al mundo. En 1 Timoteo, Él es el único mediador entre Dios y el hombre; en 2 Timoteo Él es el juez de los vivos y los muertos.
En Hebreos, Él es el gran antitipo de todos los tipos: hijo, sacerdote, sacrificio, herede­ro, más grande que Aarón o Melquisedec, más grande que Moisés o Josué, más grande que los ángeles, Hijo de Dios e Hijo del Hombre. En Santiago Él es el Señor de los ejércitos y el que sana. En 1 Pedro Él es nuestra herencia y el pastor de nuestras almas; en 2 Pedro Él es el que proviene de la gloria excelente. En 1 de Juan es la Palabra encarnada; en 2 de Juan, Él es quien enriquece nuestras almas y a favor de cuyo nombre avanza el evangelio. En Judas, Él es el pre- servador, el único Señor Dios, el único Dios sabio, nuestro Salvador, glorioso en majestad. En Apocalipsis, Él es el rey que vendrá pronto, que incluso hoy día sostiene todas las cosas por la palabra de su poder, el que está a horcajadas de todos los factores y fuerzas del espacio y del tiempo y que hace que todas las cosas tomen la dirección de su voluntad soberana.
Lo encontramos en PROFECÍA. La primera profecía en la Biblia se refiere a Él y habla de sus dos venidas. La última profecía en la Biblia habla de Él y de su regreso. Los profetas hablaron de su nacimiento virginal, un descendiente de la casa real de David, de la tribu de Judá, en Belén. Hablaron de su precursor, hablaron de su vida sin pecado, de que fue traicionado por treinta piezas de plata, de su muerte por crucifixión, de su entierro en el sepulcro de un hombre rico, de su resurrección y de su nueva venida para reinar con poder y gloria.
Lo encontramos en IMÁGENES. En muchas historias del Antiguo Testamento se pre­senta su imagen en tipo y sombra. Un ejemplo es la historia del arca de Noé. Dios ofreció salva­ción, plena y libre, a todos los que tomaran la decisión y entraran en el arca por fe. Todo lo que se requería era un paso de fe. El arca iba a ser un refugio de la ira por venir. Fue el arca la que soportó el impacto y la furia de la tormenta. Los que aceptaron la salvación que Dios había pro­visto se salvaron. Ni una sola gota del agua del juicio cayó sobre ellos. El arca los llevó seguros a las orillas de otro mundo en el otro lado del juicio. Todo esto, por supuesto, describe a Cristo como dice el autor del himno:

Se oyó la terrible voz de la tempestad,
oh Cristo, cayó sobre Ti.
Tu pecho abierto fue mi protección,
enfrentó la tormenta por mí.

La pascua, las diversas ofrendas, las historias de la vida de David, de Rut, de innumera­bles otras historias del Antiguo Testamento, todas contienen esas imágenes de Él.
Lo conocemos en PERSONA. Leemos los Evangelios y rastreamos la historia de su venida, de su carácter, de su carrera, de su cruz. Lo vemos como Dios manifestado en la carne, nunca menos que Dios, pero por siempre y para siempre Hombre, como Dios tuvo intención de que fuera: un hombre habitado por Dios. Vemos sus milagros, escuchamos sus parábolas, nos maravillamos ante su bondad, nos estremecemos ante su amor. Lo vemos como Profeta, Sacer­dote y Rey.
Lo hallamos en la PARÁBOLA, en historia tras historia que Él nos contó sobre sí mis­mo. Él es el Buen Pastor en la historia de las ovejas que se descarriaron y el Rey en la parábola de las ovejas y los machos cabríos. Él es el esposo en la historia de las vírgenes prudentes e insensatas y el sembrador en la historia de la semilla que cayó en buena tierra. Él es el mercader que bus-ca perlas buenas, el hombre que encontró un tesoro oculto en su campo, el hijo enviado a negociar con los que cuidaban la viña. Él es el buen samaritano en el camino a Jericó y el rey que fue hasta una orilla distante para recibir un reino.
Lo encontramos en el MENSAJE de Pedro, Santiago y Juan, en la predicación de Juan el Bautista, en el mensaje del apóstol Pablo y en su propia predicación. Él es la verdadera Vid, la Puerta, el Camino, la Verdad y la Vida. Él es la luz del mundo, el Pan del cielo. Suyo es el único nombre bajo el cielo dado a los hombres para que podamos ser salvos. Él es la piedra que desecharon los edificadores. Él es el cordero conducido al matadero, el que intrigó tanto al eu­nuco etíope. Él es el Dios no conocido de los atenienses. Él es el Señor del cielo que se reunió con Pablo en el camino de Damasco y a quien creyó el carcelero filipense.
Lo encontramos en PODER en el Apocalipsis que del inicio al fin es la “revelación de Jesucristo” (Ap. 1:1). A Él se le ve de pie en medio de los candeleros, parándose en el foco de luz de la eternidad para recibir el rollo de los siete sellos. Él es quien cabalga por los caminos cruzados de estrellas de la eternidad en un gran caballo blanco para que el hombre se reúna con su Hacedor en Meguido. Él es el que se sienta en el Gran Trono Blanco y sostiene el Último Juicio. Él es el Cordero, el cual es toda la gloria de la tierra de Emmanuel. Él es la raíz y la des­cendencia de David, la estrella brillante y la matutina.
Mire donde sea en la biblioteca sagrada y el Espíritu Santo le apuntará hacia Jesús. Así que busque a Cristo en la Biblia. Reunirse con Él cuando recorra una de las carreteras amplias y bien abiertas de la Palabra, llegar hasta Él mientras se explora un sendero de la verdad poco recorrido, será la experiencia más gratificante de todas.

¿Cabe pensar, o hasta afirmar, como algunos hacen, que Judas estaba presente cuando la institución de la Cena por el Señor?

Pregunta: ¿Cabe pensar, o hasta afirmar, como algunos hacen, que Judas estaba presente cuan-do la institución de la Cena por el Señor?
Respuesta: Es imposible que Jesucristo haya dejado profanar, cuando se llevó a cabo su misma institución, el memorial de Sus padecimientos y de Su muerte. Casi siempre, aquellos que afirman semejante disparate lo hacen con el propósito de justificar la acepción de cualquier persona a la Mesa del Señor, sea convertida o no, tenga o no una doctrina y conducta sana: despreciando en esto los derechos del Señor sobre los Suyos, ya que, como se ha muy bien dicho, no se trata de la 'Cena del Salvador', sino de la "Cena del Señor."
Pero veámoslo en los mismos Evangelios: los relatos de Mateo y Marcos nos muestran que Judas había salido cuando se instituyó la Cena del Señor.  Basta cotejarlos con el del apóstol Juan: la salida del traidor aconteció entre los versículos 25 y 26 de Mateo 26, y los versículos 21 y 22 del capítulo 14 de Marcos. En el Evangelio según Juan, la institución de la Cena - que no se menciona por ser relatada ya en los evangelios sinópticos - ha de colocarse después del versículo 30 del capítulo 13.
         Esto resalta mayormente si nos fijamos en que Judas "habiendo tomado el bocado, salió al instante…" (Juan 13:30 - VM). Hace falta advertir que se trata únicamente del bocado de pan ázimo de la comida pascual mojado en la salsa de hierbas amargas. (Véase Juan, 13: 26 y 30; Mateo 26:23, y Marcos 14:20.)
         Tal vez una breve descripción de lo que constituía la ceremonia pascual nos ayudará a comprenderlo mejor:
         a)  La comida empezaba con una copa de vino tinto: ésta sería la primera copa mencionada en Lucas 22:17. Después de esto, los invitados se lavaban las manos; aquí tuvo probablemente lugar el lavatorio de los pies (Juan 13).
         b)  Se servían entonces las hierbas amargas, símbolo de la amarga esclavitud en Egipto, juntamente con unas tortas sin levadura y una salsa llamada 'Jaroset', hecha de frutas y vinagre, en la cual se mojaban las tortas y las hierbas amargas. Esto explica el versículo: "A quien yo diere el pan mojado, aquél es." (Juan 13:26).
         c)  A continuación, se servía una segunda copa de vino, bendecida como la primera. El padre de la familia explicaba entonces el sentido del rito pascual (Éxodo 13:8) y los convidados cantaban la primera parte del 'Hallel' o sea los salmos 118 y 119.
         d)  Una vez terminado, el cordero pascual era colocado ante los invitados; eso se llamaba, por antonomasia, "la Cena". Pero en la última Cena, no había cordero pascual, no se necesitaba el tipo o figura del cordero sin mancha ya que el Antitipo estaba presente: "nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros." (1 Corintios 5:7).
         e) Circulaba todavía una tercera copa, o "copa de bendición" llamada así porque se pronunciaba sobre ella una especial bendición: "De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa..." (Lucas 22:20 - Véase 1 Corintios 11:25; Mateo 26:27; Marcos 14:23.)
         f)  Finalmente, después de una cuarta copa, cantaban los invitados la segunda parte del "Hallel", o sea los salmos 115 y 117 (Véase Mateo 26:30).
         Despréndase pues con toda claridad que Judas salió después de lo relatado más arriba en el párrafo b) y, por consiguiente, antes de la institución de la Cena.
         Sólo el relato del evangelista Lucas podría inducirnos a pensar que Judas estaba presente cuando el Señor instituyó la Cena, si dicho evangelista hiciera mención de los hechos según el orden cronológico. Lo cual no es el caso. En Lucas el orden es moral y es el lado moral de las cosas las que pone de relieve. Un ejemplo bastará: históricamente, el velo del templo se rasgó después de la muerte de Cristo, Mateo 27: 50-51; Marcos 15: 37-38; moralmente es el resultado de la obra realizada durante las tres horas de tinieblas (Lucas 23: 44-46).
Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1954, No. 8.

ESCENAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO (36)


Las ciudades de refugio


Era una ley entre los hombres desde el principio del mundo que el hombre que matase a su prójimo debía ser muerto de su semejante, sin tenerle misericordia. Se consideraba ser el deber del pariente más cercano vengarse de la sangre inocente.

Cuando los israelitas estaban por entrar a la tierra que les había sido prometido, el Señor les dio mandamiento de apartar seis de aquellas ciudades de su posesión como lugares de refugio. Tres de aquellas se hallaban de la parte más allá del Jordán, hacia el desierto, mientras que las otras tres eran de la parte de acá. Esta provisión era para que el hombre que, por equivocación, matase a su prójimo pudiera correr allí y refugiarse del peligro de ser muerto.

Cuando sucedía una desgracia entre los hombres, como si un hombre trabajaba con un hacha y el hacha caía del cabo y daba contra el prójimo, causándole la muerte, el responsable del hecho podía salvarse de la venganza del pariente por correr a la ciudad de refugio más cercana.
La nación era responsable de mantener caminos reales en toda dirección de estas ciudades para facilitar la huida de tales individuos, y al llegar uno de éstos a una ciudad de refugio los ancianos debían acogerlo con voluntad y protegerlo hasta probar el caso para ver si en verdad era cosa premeditada o una equivocación. Si era culpable de homicidio, debía morir; si inocente debía recibir su protección.
Estas cosas son figuras de las cuales podemos aprender lecciones importantes. Las ciudades de refugio figuran para nosotros la salvación que hay en Cristo. Cuán alegremente cantamos a veces: “Cristo, refugio de mí, pecador, vengo a ti, vengo a ti”. Por su muerte en la cruz, sufriendo por nuestros pecados, Él nos abrió camino a la eterna salvación, y la Palabra de Dios, la Santa Biblia, asegura que creyendo en él somos salvos para siempre. Él mismo invitó: “Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar”, Mateo 11. 28.
Había una amplia provisión para todos, y las ciudades no se hallaban lejos, pues eran seis. Se encontraba una de ellas cerca de cualquiera que estuviera en apuro. No había que hacer un refugio propio, sino sólo correr a donde había un lugar preparado. Gracias a Dios, el pecador no tiene que proveer su propia salvación, Cristo lo ha hecho todo. Dijo en la cruz: “Consumado es”, y la obra de nuestra salvación quedó terminada una vez para siempre. Lo que queda para ti, como para mí, es aprovecharte de ella.
El que había caído en esta desgracia debía venir confesando la verdad. Tú serás salvo sólo como pecador, y no como bueno. Estas ciudades eran una provisión especial para el que había caído en desgracia. Cristo es el refugio de los que han caído en la desgracia de ser pecadores por naturaleza y por práctica.
Imagínate un individuo de éstos a quien le había acontecido esta desgracia, quien, después de darse cuenta de lo sucedido, y sabiendo que pronto le alcanzaría el vengador de sangre, se sienta al lado del camino a descansar, o pierda el tiempo discutiendo con algún transeúnte la sabiduría de Dios en proveer de esta manera, para estos desgraciados. ¿No debía más bien ir a todo correr a refugiarse? Tú estás en peligro de alcanzarte el juicio de Dios. ¿Por qué no corres a Cristo, sin demora?

GÉNESIS 22: LA PRUEBA DE ABRAHAM

…Dios probó ahora a Abraham. La fe verdadera tiene que ser probada; cuando las pruebas vienen sobre el creyente ello es una evidencia de que hay fe. Dios conocía a Abraham, y cuando hubo llegado el momento apropiado en su vida, Dios le hablo las palabras mediante las cuales él iba a ser probado. ¡Qué prueba fue esa prueba! ¡Tomar aquel hijo prometido, aquel amado, llevarle y darle muerte sobre un altar! La razón podría haber dicho, «Dios prometió este hijo, él fue dado por el propio poder de Dios, toda mi esperanza y expectativa se centran en él.» o bien, «¿Cómo puede Dios pedirle a él que le dé muerte?» Pero la fe no cuestiona la Palabra de Dios, y no tiene ningún «¿por qué?» para preguntar a Dios. Esa fe se manifestó en Abraham cuando en el principio Dios le dijo que saliera de su tierra, a una tierra que Él le mostraría. Él salió en fe y no sabía dónde iba. Pero Dios le llevó a la tierra. Él conocía la fidelidad de Dios. Y ahora, una vez más, se le pide que salga, a la tierra de Moriah, a un monte desconocido, y que tome a su amado hijo para entregarlo. ¿Era todo su corazón realmente para Dios? ¿Le ama él y depende de Él en grado sumo? ¿Estaría él dispuesto a separarse del único y entregarlo? Esta es la prueba. El registro muestra que no hubo ni un momento de vacilación de parte de Abraham. Ninguna palabra escapó de sus labios. La única respuesta que él dio a Dios fue que él se levantó muy de mañana y comenzó de inmediato el viaje con Isaac.
¡Qué palabra de fe cuando él dice, “Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos, y volveremos a vosotros"! Hebreos 11: 17-19 nos presenta el secreto de ello.
Los contemplamos yendo ambos juntos, Isaac llevando ahora la leña. Abraham puso la leña sobre él. Una antigua exposición Hebrea de Génesis parafrasea esto diciendo, «él puso la leña sobre él en forma de una cruz.» E Isaac habla solamente una vez preguntando por el cordero. A lo que Abraham respondió, "Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío." Luego, ellos van juntos, e Isaac no volvió a abrir su boca nuevamente, 'como cordero llevado al matadero'. Él mismo se deja atar sobre el altar. Él tenía confianza absoluta en su padre y está dispuesto a ser muerto por él; no hubo ningún forcejeo para ser libre. Él es obediente a su padre Abraham, obediente hasta la muerte. El significado típico del acontecimiento es tan sencillo como precioso. Isaac es el tipo de aquel "Unigénito." En Abraham contemplamos al "Padre", el cual ni a Su propio Hijo Unigénito perdonó, sino que Le entregó por todos nosotros. (Romanos 8:32 - VM). ¡Pero qué grande el contraste! Dios Le entregó, el Hijo de Su amor, por un mundo pecador, rebelde. Y cuando la hora llego y el Hijo estuvo clavado sobre el madero, no hubo ninguna mano que refrenar. Él fue llevado al matadero como cordero y no abrió su boca (Isaías 53); y entonces Le oímos clamar, "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mateo 27:46). La mano de Dios estaba sobre Él, y Él, el Santo, fue herido por Dios. Este es el cordero que Dios mismo ha provisto: el "rescate" (Mateo 20:28; Marcos 10:45; 1 Timoteo 2:6) que Él ha hallado, tipificado asimismo por el carnero trabado en un zarzal. Y en el Ángel de Jehová, Él mismo, estuvo presente sobre la escena, conociendo todo aquello que Él haría y padecería, cuando el tiempo designado hubiese llegado. ¡Qué maravillosa es Su Palabra escrita! Y nosotros hacemos referencia, en estas breves notas, solamente a unas pocas de estas prefiguraciones y verdades reveladas en este capítulo. La atadura de Isaac sobre el altar y el hecho de ser tomado desde este prefiguran la muerte y resurrección de Cristo.
"Jehová-Jiréh", Jehová ha visto (o Jehová provee) es el gran fundamento. De esa provisión, el don de Su Hijo y Su obediencia hasta la muerte, y muerte de cruz, emana la gran redención: Jehová-Ropheka (Éxodo 15:26), Jehová tu sanador, a continuación. Después sigue Jehová-Nissi, Jehová es mi bandera, (victoria, Éxodo 17); Jehová-Shalom, Jehová [envía] la paz (Jueces 6:24); Jehová-RoI, Jehová es mi pastor (Salmo 23:1); Jehová-Zidkenu, Jehová justicia nuestra (Jeremías 23: 5, 6); Jehová-Shammah, Jehová está allí (Ezequiel 48:35).
De "Annotated Bible" (Biblia con notas)

LA OBRA DE CRISTO (7)


EN EL PASADO, EN EL PRESENTE Y EN EL PORVENIR




Su Obra Presente
La gran obra que vino a cumplir nuestro Señor Jesucristo, el amantísimo Hijo de Dios, fue la de redimirnos del pecado por su propio sacrificio. Su obra consumada en la cruz es la base de su obra presente y de su obra futura, Y ¿qué mente podría calcular el valor y la preciosidad de su obra en la cual el Santísimo, por medio del Espíritu eterno, se ofreció sin tacha a Dios? Jesús alcanzó la redención del hombre por su muerte en la cruz. En su obra del presente, y mucho más todavía por su obra del porvenir, Jesús está laborando esta gran redención hasta lograr resolverla.


Los cristianos no se forman una concepción bien definida de la obra presente de Cristo, ni de su obra en el porvenir. Muchos hablan del Señor en el sentido de que es ahora el Rey de los reyes y el Señor de los señores, reinando sobre la tierra; hablan co­mo si Cristo estuviera ya ocupando el trono de su padre David en los cielos. La Iglesia, según esa teo­ría, es su reino, el cual se va gradualmente ensan­chando bajo su reino espiritual hasta que el mundo todo se haya consolidado en tal reino. Lo cual es un completo error. Nuestro Señor Jesucristo reinará sobre la tierra; tendrá en la tierra un reino de gloria, de paz y de justicia; las naciones de la tierra ten­drán que someterse a su gobierno; mas todo eso está todavía por venir. Ello todo se realizará con SU VUELTA visible a la tierra, y entonces será cuando El, como la segunda persona que es, reclame el do­minio de la tierra. Su poder reinante pertenece al porvenir; su obra presente es de diferente naturaleza.

I.—La Presencia Corporal de Cristo es la Gloria
El Señor bendito nos legó en la cruz el cuerpo que había tomado al encarnarse. Ese cuerpo murió; era la única parte perecedera de su ser. Pero aquel cuerpo tan infamado por el hombre, flagelado y en­clavado en la cruz, no podía desintegrarse y se le­vantó de entre los muertos. La virtud poderosa de Dios abrió aquel sepulcro y le levantó de entre los muertos. Esta virtud poderosa de Dios, que lo sacó de la tumba, es la grandeza sobre excelente de su poder para con nosotros los que creemos. Los cre­yentes gozamos de esa grandeza, Ef. 1:19. Y Dios no solamente le resucitó de entre los muertos, sino que le ha dado gloria, 1 P. 1:21.
Si yo fuese a disertar sobre la resurrección de Jesucristo, demostraría dos cosas. Primeramente, que El en efecto se levantó de entre los muertos; es decir, el hecho indisputable de que El, que había muerto real y corporalmente, se levantó en cuerpo de la tumba; y, en segundo lugar, el significado de su resurrección, que tan importantísimo es.
El apóstol Pablo escribe en aquel gran capítulo de su primera epístola a los Corintios; “Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aun estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo son perdidos” 1 Co. 15.17.18. En otras pala­bras; si nuestro Señor Jesucristo no salió de la tumba en la que fue depositado su sagrado cuerpo, y en la cual descansó tres días, si no dejó la tumba en for­ma corporal, su muerte en la cruz no tendría más significación que la de cualquier otro ser humano, en cuyo caso la sangre por El derramada no podría nunca redimir nuestros pecados ni tranquilizar la conciencia del culpable. Todavía más; los innumera­bles seres que han dejado esta vida confiados en Cristo, habrían perecido todos ellos. Pero Cristo, sí, se levantó de entre los muertos; de eso no puede caber duda alguna; los testigos de este suceso son irrecusables.

Su Resurrección Física
Su resurrección de entre los muertos es la respuesta dada por Dios a sus súplicas ofrecidas con gran clamor y lágrimas. “El cual, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído por su reverencial miedo” He. 5.7.
Esto pasó en Getsemaní. La respuesta a las súplicas y lágrimas de Cristo se la dio Dios en la mañana del primer día. Su  resurrección fue el “Amén” de Dios a su      triunfante exclamación en la cruz, “Consumado es”. Dios, al levantar a Cristo de entre los muertos, selló la obra de Este en la cruz y atestiguó por ese acto que la obra exigida por su santidad y justicia había quedado satisfactoriamente acabada. Ya los culpables pueden ser justamente perdonados porque la justicia eterna de Dios fue mantenida enhiesta y satisfecha por su propio Hijo, por cuanto El pagó la pena.
Dios, aun antes de levantar la lápida, había demostrado que la obra estaba consumada a su satis­facción. Tal parece que Dios no podía esperar hasta el tercer día; su mano asió el velo que ocultaba el Santo de los santos de la vista del hombre, y lo ras­gó de arriba abajo, con lo cual demostraba que ya podía el Santísimo salir, derramando sus bendiciones sobre el hombre, y que el hombre, comprado a tal precio, quedaba en condiciones de presentarse ante Dios y morar con El, el Padre amantísimo. Los pecadores salvados por la gracia pueden entrar en el lugar Santísimo por la nueva y viviente senda abierta por Cristo con su preciosa sangre.
¿Y cómo se levantó de su sepulcro? Ya se ha dicho antes. Se levantó con el cuerpo que había to­mado en la encarnación, con aquel cuerpo que no podía desintegrarse. Dejó la tumba en forma corpo­ral; no era un fantasma, sino un cuerpo tangible; todavía llevaba en las manos y en los pies las marcas hechas por los clavos; en el costado se veía la he­rida producida por la lanza. Apareció en ese cuerpo ante sus discípulos y les hizo ver cómo tenía las manos y el costado. Y cuando en otra ocasión se asombraron, profiriendo exclamaciones inspiradas por el miedo, les dijo: “Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy: palpad, y ved; que el espíritu ni tiene carne ni huesos como veis que yo tengo” Le. 24.39,40. Y como la emoción no les dejaba creer, les pa­tentizó su estado corporal, comiendo de un pescado asado y de un panal de miel. Mas, aunque el cuerpo era el mismo, era un cuerpo ya glorificado. Un cuerpo idéntico a ese mismo cuerpo glorificado lo re­cibiremos nosotros algún bienhadado día, en cambio del cuerpo de humillación que nos aprisiona ahora.
Esta redención del cuerpo la esperamos nosotros asimismo como la esperan los que reposan en el seno de Jesús.

La Ascensión por los Cielos
En ese cuerpo dejó la tierra y ascendió por los cielos hasta llegar al cielo propio, ¡Qué espectáculo debía haber sido ese! ¡Qué cosas no debieron haber sucedido después que se levantó y desapareció de la vista de los asombrados discípulos! Contemplábanle éstos llenos de asombro conforme iba ascendiendo, su Jesús mismo, hasta que la nube de gloria, el Shekinah, se lo llevó a los cielos, fuera del alcance de la mirada de ellos. ¡Cuán triunfante debía haber sido su entrada en los cielos! Tal vez el arcángel del poder acompañaba al Conquistador del pecado, de la muerte, de la tumba, y de Satanás, puesto que el arcángel lo acompañará algún día cuando descienda de los cielos a la tierra. “Subió Dios con júbilo” Sal. 47.5. El volverá a nosotros con el júbilo del victorio­so; cuando retorne vendrá escoltado por un ejército de ángeles poderosos. ¿No le escoltarían asimismo estos ángeles celestiales en su marcha hacia los cie­los? Y así que el Cristo Dios y Hombre pasaba en su ascensión por el territorio del dominio de Satanás, el príncipe del poder en los aires, los seres malvados que habitan con él retrocedieron, llenos de espanto y temblorosos. El Hombre glorificado continuaba avanzando, siempre ascendiendo, subiendo más y más; nada podía detenerle en su progreso; era que el Señor todopoderoso le alzaba hacia sí. Pasó por el segundo cielo donde las maravillosas estrellas creadas por su propio poder describen sus órbitas al­rededor de los soles de fuego. Todavía le escoltan ángeles, y los ejércitos angélicos le admiraban, pues fueron ellos los mismos que presenciaron sus sufri­mientos, su muerte y su resurrección. Por fin llega­ron a un lugar donde todos los ángeles se detuvieron; aun el mismo arcángel se cubrió allí la faz excla­mando: “¡Santo! ¡Santo!” Más allá, quedaba el ter­cer cielo, que es donde está el trono glorioso de Dios. El Hombre glorificado se adelantó solo, ascendió a un lugar más alto, hasta llegar a la inmediata pre­sencia de Dios, que es nuestro Dios, su Padre y nuestro Padre. La divina voz de Dios le dio la bien­venida, y después sentóle a su diestra, donde per­manecerá hasta que tenga a sus enemigos por estra­do de sus pies. ¡Qué grandioso debía haber sido el retorno del Unigénito de Dios a su mansión eternal, en aquel momento sublime en que Dios mismo, y también su Hijo, contemplaban el ejército de peca­dores redimidos que Cristo trajo consigo a la gloria!
A El, que había muerto en la cruz, se le colocó en el pináculo de la gloria, y allí está por encima de los principados y señoríos, de las potestades y dominios, de todas las jerarquías, y en la gloria permanece en su estado humano. Permitidme que lo repita; nuestro Señor Jesucristo está en forma cor­poral en el cielo. Eso es la base de todo. Si se negara su resurrección física y su presencia corporal en el cielo altísimo, su obra presente y futura sería una imposibilidad, que nos privaría de la tranquilidad, del regocijo y de la paz. Y, además, habría que admitir en ese caso que su obra de expiación en la cruz carece de todo significado.

La Negación de una Verdad Fundamental
En estos tiempos de sectarismo se niega de­masiado a menudo la gran verdad de la presencia corporal de Cristo en el cielo. Predican que su resu­rrección fue espiritual, que Él vive solamente por su Palabra. La negación de la resurrección literal de nuestro Señor bendito y su presencia en el cielo, se ha propagado por todo el mundo; la niegan principal­mente tres sectas erradas, y, por erradas, perniciosas.
1. UNITARIANISMO, Esta denominación, como secta, es pequeña; más la influencia del Unitarianismo está viciando al cristianismo. La crítica de la Biblia, la teología moderna, la religión más liberal, que tienden a combatir la deidad esencial de nuestro bendito Señor, y su encarnación y resurrección de entre los muertos, originan de la influencia perniciosa de esta secta. En una reunión recientemente celebrada por las asociaciones Unitarias británicas y extranjeras, el presidente observó, que “hombres serios y pensadores, que ocupan púlpitos que estuvieron una vez dedicados a la propagación de doctrinas estrictamente ortodoxas, están ahora predicando un evangelio, que, en cuanto a liberalidad y tolerancia EXCEDÍA HASTA AL MISMO UNITARIANISMO DE HACE TRES O CUATRO GENERACIONES.”
2.    LA CIENCIA CRISTIANA. Esta ciencia no es nueva, es simplemente una restauración (ins­pirada por Satanás) del antiguo Gnosticismo; es una negación de los artículos de la fe que una vez y para siempre se revelaron a los santos. Prominente en este sistema de religión figura la negación de la re­surrección física y de la presencia corporal de nues­tro Señor Jesús en la gloria. Es la obra maestra de Satanás; su crecimiento fenomenal atrae a sus filas a aquellos de la profesión cristiana que jamás se salvaron y que poseen un conocimiento insuficiente de la verdad de Dios. Esta teoría engañosa no men­guará, sino que continuará creciendo y se irá hacien­do cada vez más poderosa, a medida que se vaya negando el evangelio y refutando el Verbo de Dios.
3. EL ALBA MILENARIA.      He aquí otro sistema grande y extenso. En este sistema Satanás juega un papel aún más importante que en la Cien­cia cristiana, representando la parte del ángel de luz. Esta teoría se ofrece en todas partes del mun­do como “Alimento para los cristianos,” y pasa bajo el nombre de “Estudiantes de la Biblia.” Se le en­cuentra en todas partes. ¿Pero en qué consiste tal sistema? Pues es una amalgama de varias de las fa­laces teorías respecto a la persona de Cristo, que niega, como lo niegan el Unitarianismo y la Ciencia Cristiana, la absoluta deidad de nuestro Señor. El “Pastor” Russell también niega en sus libros la re­surrección física de Cristo. Según este sistema de religión, el cuerpo de nuestro Señor se ha disuelto en sus gases naturales, o bien se le conserva en alguna parte, como un recuerdo conmemorativo; lo cual, na­turalmente, significa la negación de su presencia corporal en el cielo. Pero ¡qué disparate el decir que el cuerpo de nuestro Señor se disolvió en sus gases naturales, siendo así que el Verbo tan claramente declaró que no podía desintegrarse!

LA PRIMERA EPÍSTOLA A TIMOTEO (9)


4. Advertencias contra la Carne Religiosa y Enseñanza en la Piedad (1 Timoteo 4)
          (b) La piedad o confianza en el Dios viviente (versículos 6-10)
         

(V. 6). El apóstol nos ha presentado ciertos peligros contra los cuales el Espíritu nos advierte expresamente. Timoteo tenía que enseñar estas cosas a los hermanos, y al hacer esto demostraría ser un buen siervo de Jesucristo, nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina de la cual él estaba plenamente enterado. Los espíritus engañadores, de los que el Espíritu Santo habla, buscaban exaltar al hombre con un sentido de importancia y santidad religiosas. El siervo verdadero busca exaltar a Cristo ministrando la verdad.
         Ser un buen siervo de Jesucristo no es suficiente para conocer la verdad, y mantener la verdad; necesitamos nutrirnos con la verdad y, en la práctica, seguir plenamente la verdad. Nuestras almas deben ser alimentadas si hemos de alimentar a otros. Debemos nutrirnos, no simplemente con las palabras de los maestros, por verdaderas que ellas sean, sino "con las palabras de la fe" que nos comunican "la buena doctrina" del cristianismo y, si se siguen, producirán un efecto práctico en nuestras vidas, preservándonos de los males de los últimos tiempos.
         (V. 7). Habiéndonos exhortado a seguir la verdad, el apóstol nos advierte que rechacemos todo lo que está fuera de "las palabras de la fe". Las imaginaciones de los hombres tenderán siempre a la profanidad y a la insensatez, las cuales el apóstol caracteriza con desprecio como "fábulas... de viejas". Nuestro gran 'ejercicio' debería ser que se nos hallara caminando en la piedad. Podemos poner el servicio en primer lugar; pero existe siempre el grave peligro de estar activos en el servicio, descuidando la piedad personal. El buen siervo se ejercitará en la piedad para que él pueda ser "útil para el Señor, preparado para toda buena obra." (2 Timoteo 2:21 - LBLA). Nosotros podemos, a veces, como los santos Corintios, estar muy activos en el servicio y jactarnos en nuestros dones y, al igual que ellos, ser muy poco espirituales por no ejercitarnos en la piedad.
         (v. 8). Para enfatizar la importancia del ejercicio espiritual en cuanto a la piedad, el apóstol lo contrasta con el "ejercicio corporal". La alusión es, probablemente, a los juegos públicos, como en 1 Corintios 9: 24, 25, donde, al hablar de las carreras públicas, él dice, "todo el que compite en los juegos se abstiene de todo" (1 Corintios 9:25 - LBLA), o, "Todo aquel que lucha, en todo ejercita el dominio propio". (1 Corintios 9:25 - RVR1977). Él continúa advirtiéndonos en ese pasaje que tal ejercicio de dominio propio tiene solamente una ventaja pasajera; a lo más obtiene sólo una "corona corruptible", en contraste con la "incorruptible" que el cristiano tiene en mente. De igual modo aquí, él dice, que el ejercicio corporal sólo es provechoso para muy pocas cosas; pero el ejercicio espiritual de la piedad es provechoso para todo, siendo rico en bendiciones en esta vida, así como en la venidera.
         (Vv. 9, 10). El apóstol insiste acerca de la importancia de este ejercicio en cuanto a la piedad declarando, "Palabra fiel es esta, y digna de ser recibida por todos". Fue debido a su piedad que el apóstol pudo decir, "por esto mismo trabajamos y sufrimos oprobio". Nosotros podemos estar preparados para trabajar y ser prominentes ante los hombres, y de este modo trabajar y ganar el aplauso, o trabajar para exaltar el yo. Pero si la piedad está detrás de nuestro trabajo, significará inevitablemente trabajo y oprobio.
         El apóstol procede a demostrar que la fuente de la piedad es la confianza en Dios. Nosotros confiamos en el Dios viviente, que es el Salvador de todos los hombres, especialmente de los que creen. La piedad es esa confianza individual en Dios que toma cada circunstancia de la vida como estando relacionada con Dios. El hombre no regenerado deja a Dios fuera de su vida; el creyente Le reconoce en todos los detalles de la vida y recibe y usa agradecidamente cada misericordia que Él pone a su alcance sin abusar de las misericordias. De este modo, la piedad es el antídoto contra todas las malas influencia de los postreros días, ya sea que el mal tome la forma de ascetismo, de celibato, de abstinencia de alimentos (1 Timoteo 4:3), de abandono del hogar propio y de vivir en hábitos de autoindulgencia (1 Timoteo 5: 4-6), o de dar importancia a la ventaja mundana y al dinero (1 Timoteo 6: 3-10).

MEDITACIÓN

"Sea mi corazón íntegro en tus estatutos, para que no sea yo avergonzado." Salmo 119: 80.


Podemos considerar que está inspirada oración contiene la seguridad de que aquellos que se mantienen cerca de la Palabra de Dios no tendrán nunca motivo de avergonzarse por haberlo hecho. 
Vean, la oración pide integridad de corazón. Un credo íntegro es bueno, un juicio íntegro concerniente a ese credo es mejor, pero un corazón íntegro hacia la verdad es lo mejor de todo. Hemos de amar la verdad, sentir la verdad y obedecer la verdad, pues de lo contrario no seríamos verdaderamente íntegros en los estatutos de Dios. ¿Hay muchas personas en estos días malos que sean íntegras? ¡Oh, que el escritor y el lector sean ambos de este tipo! 
Muchos serán avergonzados en el último gran día, cuando todas las disputas sean decididas. Entonces verán la insensatez de sus inventos, y estarán llenos de remordimiento por causa de su altiva infidelidad y su testarudo desafío al Señor; pero aquel que creyó lo que el Señor enseñó, e hizo lo que el Señor ordenó, estará justificado en lo que hizo. Entonces los justos resplandecerán como el sol. Los hombres que fueron muy calumniados y abusados verán que su vergüenza es convertida en gloria en aquel día. 
Debemos elevar la oración de nuestro texto, y podremos estar seguros de que su promesa será cumplida en nosotros. Si el Señor nos hace íntegros, nos guardará seguros. 

EL HOGAR CRISTIANO

“Estas palabras que Yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón: y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes: y has de atarlas por señal en tu mano, y estarán por frontales entre tus ojos: y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus portales” (Deuteronomio 6:6-9).


¡Cuán importante lugar ha ocupado, y siempre ocupará, la Palabra de Dios! Los israelitas debían mostrar su aprecio de ella, según el mandamiento arriba citado. Aquellas partes de las Santas Escrituras que para entonces poseían los hebreos, debían ser aprendidas de memoria hasta quedar escritas sobre su corazón, figurativamente hablando. No solamente esto: debían enseñarlas a sus hijos, para que ellos también supiesen el temor de Dios. Por el amor que tuvieran al Señor aquella gente debía hablar de su Palabra a toda hora y en cualquier circunstancia.
Además, esos mandamientos debían ser atados a su mano, que es igual a decir que debían gobernar sus hechos. Debían ser por frontales entre sus ojos, que equivale decir que ellos debían ver todas las cosas en la luz de la Palabra de Dios. El escribirlas en los postes de su casa significa que sus hogares serían conducidos según esa regla de justicia; y el ponerlas en sus portadas era un testimonio a los de fuera que la familia en la casa temía al Dios vivo y verdadero.
Hoy día ha placido a Dios darnos un tesoro aún más grande. La revelación de la divina voluntad ha sido ensanchada grandemente, con la adición de los Profetas, los Salmos, los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las Epístolas apostólicas, y el Apocalipsis. Por lo tanto, nosotros mismos debemos tener un aprecio, aún más que aquella gente, de aquel precioso libro llamado la Biblia.
En ella vemos revelada la caída del hombre en el pecado, los frutos de la cual están a la vista por todos lados. También aprendemos que Dios, contra quien hemos pecado, es el Dios de justicia, que demanda el pago del pecado; pero a la vez que Él es Dios de amor y gracia, y en sí mismo ha encontrado el medio de rescatar al hombre arruinado, y salvarle de terminar con el diablo, que desde el principio le ha tentado a revelar y pecar contra Dios.
El apóstol Pablo recalca en Romanos 15.4 que mucho de lo que leemos en el Antiguo Testamento en cuanto al trato de Dios con los israelitas, además de ser historia, ha sido escrito para nuestra enseñanza. Es por esto, por ejemplo, que presentamos esta serie de Escenas Bíblicas.
En la manera de ser redimido aquel pueblo por la sangre del cordero pascual vemos una figura de la redención de nuestras almas por la sangre preciosa de Cristo. En el oficio del sumo sacerdote de Israel vemos tipificado el oficio de nuestro Señor Jesús, y en el de los hijos de Aarón aprendemos cuáles son los privilegios de los que hoy día son salvos por la fe en Cristo.
No hay otro libro en el mundo de igual importancia a la Palabra de Dios. Dijo Jesús: “Escudriñad las Escrituras, porque … ellas son las que dan testimonio de mí”, Juan 6.39.
Es por la Palabra de Dios que los que creen de corazón en Jesús saben que sus almas son salvas, y que tienen vida eterna, porque dice: “El que cree al Hijo tiene vida eterna; más el que es incrédulo al Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”, Juan 3.36.
No están las tradiciones de ninguna iglesia a la par con la Palabra de Dios, la Santa Biblia. Esas tradiciones pueden incluir algunos preceptos provechosos, pero son conceptos humanos. La Biblia, aunque escrita por hombres, ha sido indudablemente inspirada por el Espíritu Santo.
En vez de obedecer el consejo del clero romano, o de sectas y herejías de estos últimos tiempos, debemos leer continuamente la Palabra de Dios, hasta saberla de memoria. Debemos enseñarla a nuestros hijos a diario, usarla como regla para nuestras vidas, mostrarla y propagarla para que sean iluminados los demás. En verdad, debe ser ella la Carta Magna del cristiano. El hogar que es realmente cristiano se conoce por el lugar que en ella se le da a la Palabra de Dios.
Si no la posees, procúrate un ejemplar de la Santa Biblia. Aprenderá en ella cuál es la vía de salvación mediante la fe en Cristo y su obra de redención. Obedece sus principios y enséñelos a sus hijos. Si llegas a recibir de veras al Cristo de la Biblia, serás verdaderamente feliz aquí y en la eternidad.

EL CRISTIANO VERDADERO (20)



Cuando te convertiste, ¿se convirtió también tu cartera? Espero que sí. Si has llegado a conocer y a amar al Señor, es natural que uno de los deseos de tu corazón sea el de hacer todo lo que puedas para el adelanto de su causa en el mundo, no sólo mediante tu servicio sino mediante contribuciones que permitan el servicio de otros creyentes. ¡Es trágico que existan en los bolsillos de los cristianos, tantas carteras “inconversas”! Resulta difícil entenderlo, ya que uno de los ejercicios más comunes cuando se ama, es el de dar. Cuando amas a una persona, en forma instintiva le haces regalos. Cuando un joven empieza a noviar con una niña, comienza a comprarle bombones, flores y otros obsequios que cree han de agradarle. El día de Navidad, damos regalos a nuestros parientes y a otras personas que nos son queridas. Lo mismo hacemos para sus cumpleaños y otros aniversarios. El dar regalos es una de las formas más comunes en que se expresa el amor. Fue porque Dios nos amó tanto, que nos dio el don inefable, su Hijo unigénito.
Resulta natural que aquellas personas que no aman a Dios no muestren ningún interés en entregar dinero para la causa de Dios. Pero por cierto que quien ama al Señor de todo corazón, ha de considerar que es un deber y un privi­legio dar de su dinero para la causa de Cristo. Si amamos verdaderamente a Dios, hemos de querer darle parte de nuestro dinero.
La Biblia tiene mucho que decirnos acerca del dar. Du­rante la dispensación del Antiguo Testamento, llamada la Dispensación de la Ley, al pueblo de Dios tenía que entregar un diezmo de todos sus ingresos al Señor. Esta décima parte
era obligatoria para todos, y además de ella, debían añadir presentes.
¿Es obligatorio el diezmo según el Nuevo Testamento? Muy a menudo hay cristianos que formulan la pregunta. Personalmente, no sostenemos que el diezmo sea una ley del Nuevo Testamento, pero sí creemos que la gracia de Dios, presente en un cristiano de hoy, no puede esperar menos de él que lo que debía dar por ley en los días del Antiguo Testamento. Ya que la ley exigía un diezmo de todo, la gracia no pide menos. En realidad, la gracia debe sobreabundar, mucho más arriba y más allá de la ley. Lo cierto es que algunos, quizás muchos, cristianos, deberían tener vergüenza por el hecho de que sólo dan una décima parte de lo que poseen al Señor. Dios les ha bendecido en forma tan abun­dante que deben dar mucho más, y sin embargo se aferran al mínimo exigido por el Antiguo Testamento, antes de que la gracia fuese revelada al hombre en toda su plenitud.
La regla establecida por la gracia en el Nuevo Testamento es dar según Dios “haya prosperado" (1 Cor. 16: 2 V. M.). El versículo dice: “El primer día de la semana, cada uno de vosotros ponga aparte algo, para guardarlo según haya pros­perado.” En estas palabras podemos ver dos principios gene­rales. Uno es el de dar con regularidad, “el primer día de la semana”; el otro es el de dar “según haya prosperado”, o como dice la Versión Valera Reina, “guardando lo que por la bondad de Dios pudiere”. En el Nuevo Testamento no hay ningún requisito mínimo, ni tampoco se establece má­ximo alguno. Pero todo cristiano debe dar de acuerdo con la cantidad de dinero que Dios le haya confiado.
Otro pasaje del Nuevo Testamento sobre este mismo asunto se encuentra en 2 Corintios 9: 7, que dice: “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, o por necesidad; porque Dios ama al dador alegre.” Y el versículo anterior a éste, dice en forma gráfica: “El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra en bendiciones, en bendiciones también segará.” El Señor Jesús dijo en Lucas 6:38: “Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida, y rebosando darán en vuestro seno. Por' que con la misma medida que midiereis, os será vuelto a medir.”
Parece que se nos señalara en estos textos, un círculo victorioso. Primeramente, das como Dios te haya prosperado. Luego, a medida que das, Dios te prospera más, de modo que puedas dar más aún, recibiendo nuevas bendiciones, y así sucesivamente. Amigo cristiano: ¿no quieres poner a prue­ba esta promesa de Dios y ley de la gracia? ¿No quieres pro­bar a Dios por medio de ella?
Ciertos amigos estaban hablando acerca de un conocido de iodos ellos, predicador del evangelio. Es un hombre que pre­dica con lealtad la Palabra de Dios, pero por alguna razón u otra, siempre ha estado en aprietos económicos. Sus proble­mas financieros parecen estar en contraste con lo que uno esperaría en la vida de un hombre como él. Mientras se discutían las posibles causas, un hermano sugirió que el predicador aludido tal vez no había sido más bendecido finan­cieramente, porque había sido tan mezquino con su dinero. Era un hombre tacaño. Hay muchos cristianos tacaños y el resultado es que son completamente indigentes en lo espiri­tual. Sé un cristiano generoso, y Dios te ha de bendecir generosamente. Lo hace siempre.
En el capítulo 47 de Ezequiel, tenemos el relato de una de las gloriosas visiones que recibió el profeta del Señor. En ella ve un río que sale del templo, figura de la gracia de Dios. Un ángel que le acompaña lo hace entrar al agua. Es llevado más y más adentro del río, y el agua se eleva más y más, hasta que, según leemos en el versículo 4, le llegaba hasta la cintura. Para mí, esto representa al cristiano cuyos bolsillos han sido sumergidos en la gracia de Dios y han recibido una buena dosis de salvación, pues los bolsillos siempre están a la altura de la cintura. ¿Qué de ti, amigo lector? ¿Ya han sido sumergidos tus bolsillos en la gracia de Dios? ¿Ya se convirtió a Cristo tu billetera? ¿Gobierna el Espíritu de Dios el abrir y cerrar de tu cartera?
Como ya lo hemos expresado, no creemos que el diezmo sea ley del Nuevo Testamento, pero sí creemos que todo cristiano debe tener algún plan determinado para dar en forma sistemática. Si honradamente crees delante del Señor que él no espera de ti más que el diezmo de tus ingresos, entonces ten mucho cuidado de darle por lo menos el diezmo. Hazlo en forma sistemática. La mejor manera es la de apartar la porción de Dios antes que ninguna otra cosa, cuando recibas tu cheque de sueldo o seas pagado de cualquier otra manera. Es bueno tener en el hogar alguna alcancía o lugar especial para colocar en él “la porción del Señor.” Y una vez que hayas separado dicha porción, ella debe ser sagrada, y no considerada ya como tuya, sino como de Dios. Si sigues este plan, siempre tendrás dinero para dar, cuando se pre­senten las necesidades en la obra del Señor.
Es evidente que el Apóstol Pablo conocía el valor del dar sistemático, y por eso señaló que cada hombre debía, el primer día de la semana, apartar su ofrenda para el Señor. Si pones a un lado la porción del Señor semanalmente, encontrarás que resulta mucho más fácil dar a Dios. Llegará a ser un hábito, de tal modo que nunca se te ha de ocurrir dejar de darle lo que le corresponde.
Pero no pienses que, porque le has dado a Dios un diezmo, le has dado todo lo que te pide. Algunos creyentes podrían darle a Dios la mitad de sus ingresos, y deberían hacerlo. Algunas personas pueden dar una proporción aún mayor. ¡Recuerda que Dios mira no solamente lo que le has dado a él, sino también lo que has retenido para ti mismo! Dios sabe cuanto dinero te hace falta para cuidar en forma adecuada de tu familia, y hacer frente a tus obligaciones. Sabe, también, cuando gastas tu dinero en forma egoísta y necia. El yo-ismo es la esencia misma del pecado, y si has sido salvado de tus pecados debes perder todo afecto a dicho espíritu pecaminoso. Tu único deseo en la vida, tanto en lo que haces como en lo que ganas, debe ser el de glorificar el nombre de Cristo y promover su obra.