domingo, 6 de diciembre de 2020

“No os afanéis… (Luc 12:22)

 

Hemos pasado un año que no esperábamos pasar como lo hemos hecho. Lo iniciamos en forma eufórica celebrando el año nuevo y deseándonos que el nuevo año sea aun mejor que el anterior. Pensamos en los proyectos que vamos a comenzar, y los que vamos a concretar. Pero ninguno imaginó que lo sucedido en una lejana ciudad del oriente, Wuhan, Hubei China, que iba a afectar de una manera tan global. Casi al comenzar el año, los noticiarios comenzaron a reportar que había aparecido un nuevo virus del cual no se tenía noticias, el cual era potencialmente mortal, sobre todo con los que padecían alguna enfermedad crónica o de base. Lo llamaron COVID-19, porque es de la familia de los coronavirus. En un principio fue una epidemia local, al finalizar enero y comenzar febrero, ya era una pandemia que estaba afectando a muchos países.

            Luego llegó a nuestra tierra. Provocó que en muchos lugares se decretase cuarentena. Miles de persona quedaron sin empleos.  Las reuniones en las congregaciones se cancelaron, por temor de que alguien contagiado contagiase a los demás de forma involuntaria.  Al poco andar, supimos de hermanos que estaban contagiados, que fueron hospitalizados, y tal vez, algunos murieron solos en las salas de aislamientos de aquellas instituciones.

            Este año ha sido de dolor, porque nos han dejado seres queridos que no esperábamos que partieran, y que amábamos profundamente; y otros, han quedado postrados de una manera irrecuperable.

            La cita que da el nombre del título de esta reflexión final, nos indica que no debemos preocuparnos tanto por el porvenir, si bien es cierto que debemos trabajar (cf. 2 Tes 3:10) y proveernos de lo necesario con equilibrio y mesura, a depender completamente de Dios nuestro Padre, tanto en la vida como en la muerte. Tal es nuestra dependencia que deberíamos tenerlo presente incluso en la planificación de un viaje o un nuevo trabajo, deberíamos dejarlo a la plena voluntad de Él. Hagámosle caso a Santiago (4:13-17 cf. Pro 16:3), porque estando bajo la plena dependencia del Padre, aunque puerta de trabajo se nos cierren, o viajes planificados no se concreten, es, de seguro, para mejor.

            En la Escritura tenemos ejemplo de lo que no debemos hacer y de las consecuencias de no poner nuestra confianza en Dios. El rico de la parábola (Lucas 12:16-21) es una de estas personas autosuficientes que encontramos en todas partes de este planeta. Él no leyó, o no hizo caso lo que el Espíritu Santo aconsejó por medio de Salomón en sus proverbios: “No te jactes del día de mañana; Porque no sabes qué dará de sí el día”. (Pro 27:1). Ese rico planificó como si Dios no existiese, como si pudiese él vivir muchos años más para gozar de los bienes que había atesorado en su egoísmo y en su avaricia.

            Pero nosotros no somos como el rico, tenemos un Padre —y recalco esta palabra: “Padre”—que se preocupa por nosotros, que sabe cuantos cabellos nos quedan en nuestra cabeza (Mat. 10:30), que sabe si nuestros calzados están gastados en su servicio o nuestras prendas de vestir están rotas o si hemos comido suficiente o no. Nuestro Padre recompensa a las personas que dan un vaso de agua a sus siervos (Mar. 9:41; Mat. 10:42). Nuestro Padre esta consiente de todo lo que sucede a nuestro alrededor, nada escapa a su mirada escrutadora.

            Hemos sufrido pérdidas de familiares, o la empresa donde se trabajaba cerró y no tenemos trabajo para mantener a nuestra familia y pagar nuestras deudas. Consolémonos confiando que Dios nos cuida y nos da lo necesario. “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Rom 8:28). Pensemos en Job, que Dios permitió a Satanás probarlo quitándole todo lo que poseía (bienes, familia, salud), pero al final la bendición de Dios fue mucho mayor que lo que pudo haber tenido si no hubiese sido probado (Job 42:10).

            Este año ya finaliza, el año nuevo se acerca, esta vez que lo que planifiquemos para el próximo año sea enteramente bajo el control de nuestro Padre Celestial.

            Finalizamos como las Palabras de este hermoso himno escrito por J. Fuller:


I

Que lo sabe todo el Padre,
Es mi certitud,
Y que en gracia él por mí vela,
Con solicitud.
Todo cuanto Dios permita
Obra para bien,
Y deseo solamente
Responderle “Amén.”

II

Bien sé yo que lo futuro
En su mano está;
Con desvelo permanente
El me guiará;
Aunque en mi camino encuentre,
Penas y dolor,
Siempre tras las fuertes pruebas,
Veo su favor.

III

Gusto de contarle cuanto
Me sucede aquí,
Cierto que su buen cuidado
Lega aun a mí,
Y después con buen agrado
De su amor gozar,
Gracias le daré por cuanto
Él me quiera dar.

IV

Confiadamente entonces
Puedo aquí vivir,
Sin recelos ni cuidados
Por mi porvenir;
Pues mi Padre Dios me asiste
Con divino amor,
Siendo aquel que me sostiene
Cristo el Salvador.


El Origen de las Escrituras

 


Solamente cuando el creyente llega a comprender con claridad cuanto empeño, cuidado y esmero Dios empleó para completar las Escrituras, estará en condiciones de apreciar el alcance de la indiscutible afirmación: “Ninguna profecía de la Escritura es de particular interpretación, porque la profecía no fue en los tiempos pasados traída por voluntad humana, sino los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo

            Las Escrituras no son el producto del intelecto humano, aunque el Señor dio el intelecto y lo utilizó. Entendemos que aquellos varones han sido tan sólo instrumentos en las manos invisibles suyas para transmitir Su voluntad, Su sabiduría y Su consejo: en UN SOLO MENSAJE. Ellos mismos no siempre entendían el significado de lo revelado -como lo confiesa Daniel con toda honestidad: “Y yo oí, más no entendí” (Daniel 12:8).

            DIOS NO SE VALIO DE UN SOLO HOMBRE, aunque bien podría haberlo hecho: emplea más de treinta autores, y esto, sin duda, para que el milagro de la formación del Sagrado Volumen no fuese dudado por nadie y mayormente por quienes dicen que creen.

            Para ello Dios escogió a hombres de distintas épocas, cultura, preparación y ocupación: algunos ilustres como Moisés, David, Daniel y Pablo; otros, por el contrario, un boyero como Amos, pescadores, pastores, etc. Y, sin embargo. ¡Qué uniformidad de pensamiento! ¡Qué desenvolvimiento del plan preconcebido! ¡Qué revelación de propósitos de gracia y amor!

            Este trabajo arduo demandó tiempo, ya que estos profetas y apóstoles tenían que ser preparados previamente para ello. ¡Asombrosa paciencia y buena voluntad de Dios! ¿Cuánto tiempo insumió la preparación de Moisés? 80 años! ¿Por qué sendero tuvo que conducir a Jonás? ¡Tres días en el vientre de un gran pez! ¡Cuán extraordinarias las experiencias de Daniel: una noche en la fosa de los leones! de Pablo: “arrebatado hasta el tercer cielo”; y de Juan —desterrado a la isla que es llamada Patmos! Y, ¿Qué diremos de Lucas? ¡Qué diligente entendimiento “de arriba” obtuvo por el vehemente anhelo de que tal buen Teófilo” fuese bien establecido “en la fe una vez dada a los santos”! Y todo esto lo disponía el Espíritu Santo con el intento y determinación de revelar a Dios al ser humano caído, con el propósito de levantarlo a la dignidad originalmente propuesta para el: “Nuestra imagen...Nuestra semejanza”. (Gen. 1:26; 1 Jn. 3:2).

            DIOS NO LAS ENTREGO DE UNA VEZ, sino a través de dieciséis siglos. Pero una vez completadas, dice: “Si alguno añadiere a estas cosas, Dios pondrá sobre él las plagas que están escritas en este libro. Y si alguno quitare de las palabras de este libro, Dios quitará su parte del libro de la vida” (Apoc. 22:18,19). ¡Qué recomendación! ¡Qué aviso! ¡Qué advertencia!

            Todo lo que el hombre debe, puede y necesita saber está escrito, y está escrito de una manera singular, como en ningún otro libro; y todo lo que en él no se halla incluido son “las cosas secretas que pertenecen a Jehová nuestro Dios” (Deut. 29:29). La verdad está esparcida a lo largo de sus muchas páginas y solamente el creyente aplicado, diligente, humilde y temeroso de Dios puede ser llevado al secreto de la misma. “El secreto de Jehová es para los que le temen; y a ellos hará conocer su alianza”.

            DIOS VELO CELOSAMENTE POR LA COMPILACION EXACTA de las Escrituras, para que nada falte, ni se infiltre algo humano en ellas. Un rey intentó destruir una parte, pero “fue palabra de Jehová a Jeremías, después que el rey quemó el rollo: vuelve a tomar otro rollo, y escribe en él todas las palabras primeras, que estaban en el primer rollo que quemó Joacim” (Jeremías 36:27,28), anulando con ello su maligna intención. Y, así como “Para siempre, oh Jehová, permanece Tu palabra en los cielos” (Sal. 119:89), tenemos la palabra profética permanente en la tierra (2da. Pedro 1:19). Sabio y bendecido será aquel que con sinceridad hace suya la oración que a tantos ha hecho mucho bien: “Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley” (Sal. 119:18). •

Tomado de: “Sendas de Luz, 2016”.

¿Qué es el espiritismo? (2)

 El espiritismo moderno data del siglo pasado. En 1848 vivía en el estado de Nueva York un granjero lla­mado Fox. Tenía dos hijas, una de doce años y otra de nueve. Por circunstancias extraordinarias tuvieron con­ciencia de los esfuerzos hechos por una persona invisi­ble para entrar en contacto con ellas. Estas comunica­ciones tuvieron lugar por medio de golpeteos. Pronto inventaron un alfabeto y el espíritu declaró que era el de un vendedor de biblias que había sido asesinado y que estaba enterrado bajo el piso de esa casa. Se efectuaron las investigaciones pertinentes y en el lugar indicado fueron hallados huesos y cabellos.

Estas extrañas comunicaciones llamaron la aten­ción y el movimiento se esparció tan rápidamente que en 1871 el número de simpatizantes era, según diversos cálculos, de ocho a once millones. Actualmente, el espi­ritismo posee una literatura muy extendida y con ten­dencia a crecer. En general, no se tiene una idea de la extensión que ha tomado la creencia en las relaciones imaginarias con los espíritus de aquellos que han muerto.

Las jóvenes señoras de las que he hablado al princi­pio tenían la impresión de que aquellos espíritus que participaban en sus sesiones de espiritismo eran los de personas que en otro tiempo habían vivido en la tierra. Se equivocaban. El Señor Jesucristo es aquel que tiene "las llaves de la muerte y del Hades" (Apocalipsis 1: 18). Solamente él puede abrir la puerta del Hades para que los espíritus sean liberados; únicamente él puede arrancar un cuerpo de la tumba. Lo hará sólo en dos ocasiones: primeramente, cuando tenga lugar la pri­mera resurrección, cuando a su venida los muertos en Cristo resucitarán en gloria (1 Tesalonicenses 4: 16), y a continuación cuando los malos resucitarán para presen­tarse a juicio (Juan 5: 29). Las relaciones imaginarias con los espíritus de aquellos que han muerto son, en rea­lidad, relaciones con los malos espíritus o demonios que se presentan como personas que han vivido alguna vez en la tierra.

Después de haber hablado largo y tendido con aquellas señoras, tanto que no puedo reseñarlo aquí, insistí ante ellas acerca de lo peligroso que era tener esta intimidad con el diablo y les supliqué que rompieran con tal relación impura. En caso de que persistieran, puse sobre sus conciencias la piedra de toque que da la Palabra de Dios en 1 Corintios 12: 3 y 1 Juan 4:1-4 y les rogué con insistencia que confesaran claramente y sin equívoco la deidad y el señorío de Jesús.

El martes siguiente, algunas personas se habían reunido para la oración y la lectura de la Palabra de Dios, en casa del amigo del cual he hablado. Las tres jóvenes señoras también estaban presentes, después de haber tenido la noche anterior su última entrevista con los espíritus. El relato que hicieron fue horrible de escu­char. Sería muy largo de contar aquí los detalles y poco provechoso excitar una curiosidad malsana en relación con las cosas que Dios ha prohibido tan positivamente. Basta decir que las respuestas dadas fueron tan poco satisfactorias y que la hostilidad hacia la persona de Cristo y la Palabra de Dios tan claramente manifiestas, que se sintieron profundamente alarmadas y juzgaron de una vez por todas que el sistema entero era del dia­blo. Desde aquel momento renunciaron a toda relación con los espíritus.

Si bien han transcurrido muchos años desde aquel día, su recuerdo no se me ha borrado, así como el de la advertencia hecha en el capítulo que leímos, el que habla del Anticristo, "cuyo advenimiento es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentiro­sos" (2 Tesalonicenses 2: 9).

El espiritismo es una cosa real. Sin duda, en más de un caso, se trata de charlatanería; pero encierra tam­bién muchas cosas verdaderamente sobrenaturales. El Espíritu de Dios no es el autor de ellas, porque siempre glorifica a Cristo. No tengo ninguna duda en afirmar que es satánico, es como un anticipo de este "poder engañoso" (v. 11) que caracterizará los días del Anti­cristo.

Las reflexiones que siguen a continuación fueron escritas en la época en que transcurrió el incidente men­cionado. Tenían por objeto ayudar a las tres señoras, más directamente interesadas en este asunto, y a otras personas que pudieran caer en esta trampa del diablo. El mal, lejos de disminuir, aumenta, y todos aquellos que no se han convertido "de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios" (Hechos 26: 18) por el poder salvador del Evangelio, pronto serán arrastrados por el torrente irresistible de la incredulidad y por las mentiras de Satanás.

Aquel que es verdaderamente hijo de Dios no tiene por qué temerle al mal. "Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido, porque mayor es el que está en voso­tros (el Espíritu Santo), que el que está en el mundo (el diablo)" (1 Juan 4: 4). Todo miembro de la familia de Dios debe tener la seguridad actual del perdón de sus pecados: "Os escribo a vosotros, hijitos, porque vues­tros pecados os han sido perdonados por su nombre" (1 Juan 2: 12). Además, todo hijo de Dios posee ahora la vida eterna, una vida a la cual el poder de Satanás no puede tocar: "Yo les doy vida eterna", dice Jesús de sus ovejas, "y no perecerán jamás" (Juan 10: 28), y ade­más: "Aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca" (1 Juan 5: 18). Aun los "hijitos" en la familia de Dios tienen la unción de parte del Santo (o sea que poseen el Espíritu de Dios) y cono­cen la verdad. Saben también que Cristo es la verdad y que toda doctrina, por más verosímil que parezca, pero que tienda a oscurecer su gloria, proviene de Satanás.

"Y ahora, hijitos, permaneced en él" (1 Juan 2:28).

Dios, en el Antiguo Testamento, dice a su pueblo: "No sea hallado en ti... quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adi­vino, ni mago, ni quien consulte a los muertos. Porque es abominación para con Jehová cualquiera que hace estas cosas" (Deuteronomio 18:10-12, véase también Levítico 19:31; 20:27). Merced a estos versículos conocemos los pensamientos de Dios relativos a aque­llos que se entregan a tales prácticas, y ello debe bastar a todo hijo de Dios para abstenerse de tener cualquier contacto con aquellos que profesan tener relación con los espíritus, al margen de la cuestión de si estos espíri­tus son buenos o malos. "Quien practique adivinación" o "quien consulte a los muertos" está escrito, y no se nos dice que los buenos espíritus estén exceptuados.

Según el mismo pasaje de Deuteronomio, vemos que consultar a los espíritus y a los muertos era algo común entre los paganos: "No aprenderás a hacer según las abominaciones de aquellas naciones" (v. 9), dice la Escritura. Como habían perdido el verdadero conocimiento de Dios, buscaban suplir tal pérdida con un poder sobrenatural que en realidad era de Satanás, "el dios de este siglo" (2 Corintios 4:4). Pero el pue­blo de Dios no puede actuar de esta manera. Por esta razón Saúl, al subir al trono, exterminó en Israel a todos o a casi todos los evocadores de espíritus y a los echadores de buenaventura. Dios había previsto que su pueblo pudiese conocer su pensamiento por mejores caminos.

En tiempos pasados, Dios hablaba por sueños o directamente por medio de los profetas inspirados por su Espíritu, como así también por el sacerdocio mediante los Urim y Tumim. Debido a que todos estos medios habían fallado, a causa del pecado de Saúl, este desgraciado rey fue conducido a buscar una mujer que consultaba los espíritus (1 Samuel 28). Haber recurrido a esto, lo que estaba prohibido, fue una de las razones de su muerte como juicio de Dios. "Así murió Saúl por su rebelión con que prevaricó contra Jehová, contra la palabra de Jehová, la cual no guardó, y porque consultó a una adivina, y no consultó a Jehová" (1 Crónicas 10: 13-14).

Es evidente que la adivina de Endor no estaba acostumbrada a hacer aparecer a los muertos, a juzgar por su sorpresa al ver a Samuel: el espíritu que ella y sus semejantes decían consultar era un demonio que se presentaba como la persona a la que se deseaba ver. Su espanto al ver a Samuel, a quien parece no reconocer, demuestra claramente que algo extraordinario había tenido lugar. En efecto, era Dios quien intervenía para traer realmente a Samuel de entre los muertos, el cual anuncia de parte de Jehová el juicio que había de caer sobre Saúl. Es digno de mencionar lo que Saúl dice en 1 Samuel 28: 15: "Dios se ha apartado de mí", expre­sión que no tiene el sentido de relación íntima, como lo vemos en la expresión "Jehová", empleada por Samuel en el versículo siguiente.

            En Isaías 8: 19-20, se habla de un pueblo que piensa consultar a su Dios por intermedio de los encan­tadores y adivinos, y el profeta, como sorprendido de que alguien sea tan insensato, pregunta: "¿Consultará a los muertos por los vivos?" Que se consultase a Dios, estaba bien, pero consultar a los muertos por medio de vivos era una locura inexcusable, y entonces somos con­ducidos a la ley y al testimonio que encierran el pensa­miento de Dios revelado, por el cual podemos juzgar cualquier comunicación que tenga la pretensión de venir de Él o de otra fuente.

 

(continuará)

Lo que Dios usa en su Servidor

 1 Corintios 1.26-31. .

                       La naturaleza humana siempre es muy propensa a irse a los extremos, por lo tanto, el apóstol exhorta: “Digo pues por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con templanza, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno” Ro, 12.3, Si no tenemos cuidado, luego nos hallaremos pensando por un lado que las cosas no pueden caminar sin nosotros, o por el otro lado que somos completamente inútiles para servir a Dios. Esta porción de las Escrituras nos es dada para poder balancear nuestra mente, para que nosotros mismos obtengamos la debida estimación.

            Cuando estamos desconsolados o desanimados y sentimos que no valemos nada para Dios, la siguien­te porción muestra lo que Dios ha escogido para su servicio y nos debe servir como un verdadero incen­tivo, “Porque lo loco de Dios es más sabio que los hombres; y lo flaco de Dios es más fuerte que los hombres. Porque mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles; antes lo necio del mun­do escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo flaco del mundo escogió Dios, para avergonzar lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es: para que ninguna carne se jacte en su presencia” 1 Co. 1,25-29, Cuando llegamos a concentrarnos en nosotros mismos y pensamos que somos muy importantes en el servicio del Señor, es bueno leer otra vez versículo 26, donde Dios dice; “No sois muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles”. Dios escoge lo que en la estimación del hombre es necio, flaco, vil y despreciado. Si queremos ser usados por Él debemos realizar nuestra inutilidad y debili­dad, para que Él pueda manifestar su fuerza, poder y gloria. Dios no está buscando la sabiduría o poder humano; no necesita fuerza sino flaqueza; no resisten­cia sino sumisión. Cuántos hay entre el querido pueblo de Dios quienes con todo su corazón desean servir al Señor en algo, más su inutilidad les hace retirarse de esa posibilidad, mientras que ia debiiidad es exacta­mente lo que el Señor se digna usar.

            En la parábola de los talentos, Mateo 25.14-30, tenemos el registro del Señor llamando a sus siervos y entregándoles sus bienes. Todos los que somos redimi­dos por su preciosa sangre nos ha salvado para que le sirvamos. Él es nuestro Señor y somos sus siervos en las respectivas esferas donde Él nos ha puesto, “ministros de Cristo, y dispensadores de los misterios de Dios” 1 Co, 4.1. Muchas veces oímos a los creyentes decir; “Yo no tengo ningún don ni talento”, y de esa maneja se excusan de todo servicio práctico e ignoran los reclamos de su Señor, pero notemos en la parábola que a TODOS les entregó sus bienes. Otros dejan pasar sus oportunidades y no participan en el gozo de ser colaboradores con El, porque piensan que no tienen tanto talento como algún otro hermano o hermana; no reconociendo que el Maestro, quien es todo sabio ha dado a cada uno según su habilidad, “Porque si primero hay la voluntad pronta, será acep­ta por lo que tiene, no por lo que no tiene” 2 Co. 8.12, E! Señor no requiere cinco talentos de servicio mío, si solamente me ha dado dos. No debo aspirar para hacer algo que es más grande que mis fuerzas, sino debo buscar la manera de ser fiel con lo que El, en su gracia, me ha dado; no de imitar a alguno que tiene un don más grande, sino de ser yo mismo, como dice en 1 Pedro 4.11: “Si alguna ministra, mi­nistre conforme a la virtud (poder) que Dios suminis­tra: para que en todas cosas sea Dios glorificado por Jesucristo”. Algunos de los que sirven al Señor pien­san que deben y pueden imitar lo de los otros a quie­nes Dios, tal vez, ha dado el don y al hacerlo, vie­nen a ser como David cuando, al ir a pelear con Goliat, Saúl lo vistió de su armadura, pero como no estaba acostumbrado a llevarla, se encontró embara­zado por ella y al fin dijo: “Yo, no puedo andar con esto, porque nunca lo practiqué. Y echando de sí Da­vid aquellas cosas, tomó SU CAYADO en su mano, y escogióse CINCO PIEDRAS LISAS DEL ARRO­YO, y púsolas en el saco pastoril y en el zurrón que traía, y con su honda en su mano fue hacia el Filis­teo” 1 S, 17.39-40. Si David se hubiera levantado para pelear con aquel Filisteo vestido de la armadura ajena, sin duda alguna, hubiera fracasado, mientras que, usando, en el poder de Dios, lo que estaba acostum­brado a usar, Dios le concedió vencer al gigante y trajo gran salud a Israel. De esa manera hermano, al imitar el servicio ajeno, por lo cual Dios no nos ha preparado, es traer en ese servicio un fracaso seguro.

            Mateo 25,19 dice; “Y después de mucho tiempo, vino el Señor de aquellos siervos, e hizo cuentas con ellos”, El tribunal de Cristo está delante de cada hijo de Dios donde encontraremos a nuestro bendito Señor. “Porque es menester que todos nosotros pa­rezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que hubiere hecho por medio del cuerpo, ora ser bueno o malo” 2 Co. 5.10. ¡Bendito sea Dios! que la cuestión del PECADO no será levantado en aquel día, porque eso ha sido arreglado una vez y para siempre en el Calvario: pero sí, la cuestión del SERVICIO será investigado detalladamente. “Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual también aclarará lo oculto de las tinieblas, y manifestará los intentos de los cora­zones: y entonces cada uno tendrá de Dios la alaban­za” 1 Co, 4.5; “Porque nadie puede poner otro fun­damento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Y si alguno edificare sobre este fundamento oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca; la obra de cada uno será manifestada: porque el día la decla­rará: porque por el fuego será manifestada; y la obra de cada. uno cuál sea, el fuego ¡¡hará la prueba. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, re­cibirá recompensa. Si la obra de alguno fuere que­mada, será perdida: él empero será salvo, mas, así como por fuego” 1 Co. 3.11-15, Nuestro servicio será juzgado según la virtud o poder que nos ha sido dado por su gracia. Esto se mira claramente en las palabras del Señor en Mateo 25.21-23: “Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré: entra en el gozo de tu Señor. Y llegando también el que había recibido dos talentos, dijo: Señor, dos talentos me entregaste: he aquí otros dos talentos he ganado sobre ellos. Su señor le dijo: bien, buen siervo y fiel: sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré: entra en el gozo de tu Señor”, El que recibió dos talen­tos recibió la misma alabanza que el que había recibido cinco. “A cualquiera que fue dado mucho, mucho será vuelto a demandar de él: y al que enco­mendaron mucho, más le será pedido” Lc. 12.48.

            En Éxodo 25.2-8 vemos que en el corazón de Dios se originó el deseo de tener comunión con su pueblo redimido y demorar entre ellos. ‘‘Y hacerme han un santuario, y yo habitaré entre ellos”.

            El que creó el universo con la palabra de su poten­cia ¿no hubiera podido crear el más grande y hermo­so templo que el mundo haya visto para su habita­ción? Sí, lo hubiera podido hacer, pero eso no era la manera de cumplir su deseo. En su gracia soberana Él llama a su propio pueblo para tener comu­nión con El...” hacerme han”. Otra vez notemos que” todo varón”, versículo dos, tuvo el privilegio de par­ticipar en ese gran trabajo, mas solamente los que die­ron de su voluntad, de corazón, fueron aceptos. Dios siempre desea la respuesta íntima del corazón. Si tan solo nuestro corazón está en perfecta har­monía con El, entonces todas las demás cosas en nuestras vidas luego serán ajustadas en su verdadero lugar y en sujeción a su voluntad: más, si nuestro corazón no está recto con El, aunque tengamos apa­riencia de que todo está bien, nada de lo que hace­mos puede satisfacer su corazón por la falta del amor y devoción sincera que El busca y pide. En el capítulo 85.4-26 nos muestra que los que participaron en la obra eran de corazón voluntario: y los sabios de cora­zón podían mirar las cosas pertenecientes a su gloria, aunque estaban en el desierto.

            En seguida, notamos los materiales necesitados, puestos en orden según su valor: "Oro, plata, metal; y cárdeno, y púrpura, y carmesí, y lino fino, y pelo de cabras; y cueros rojos de carneros, y cueros de tejones, y madera de Sitim; y aceite para la luminaria, y es­pecias aromáticas para el aceite de la unción, y para el perfume aromático; y piedras de ónix, y demás pedre­ría, para el efod, y para el racional”. ¿No es de admirarse que las piedras preciosas están puestas por último? Eso no fue un accidente ni coincidencia; sin duda, Dios estaba procurando impresionar a su pue­blo que su trabajo no está llevado a cabo según los estandartes humanos. El necesitaba las piedras pre­ciosas, pero no todos las hubieran tenido, El tam­bién necesitaba el oro y la plata. Cada hombre, según lo que Dios le había prosperado, tuvo el privilegio de participar en esa obra. Los que no tenían esos mate­riales podían trabajar con sus manos y traer el resul­tado de sus esfuerzos. “Además, todas las mujeres sabias de corazón hilaban de sus manos, y traían lo que habían hilado: cárdeno, o púrpura o carmesí o lino fino. Y todas las mujeres cuyo corazón las levan­tó en sabiduría, hilaron pelos de cabras” Ex. 35.5­28. No era la cantidad ni la calidad de la ofrenda que era acepta a Dios, sino el motivo que dirigía la dádi­va lo que El apreciaba. La ofrenda más pobre y más pequeña, cuando estaba puesta en su lugar en el san­tuario, reflejaba la gloria de Dios tanto como la dádi­va más grande. Todavía necesita El y usa en su servicio lo que en los ojos del mundo es considerado necio, flaco, despreciado y vil.

            Moisés es otro ejemplo notable de eso. Hubo un día cuando él pensaba que Dios le iba a usar y salió en la energía de su carne, en el poder de la sabiduría humana, Hch. 7.22-25, más tal servicio fracasó en el propósito deseado y no trajo nada de gloria para Dios. Cuarenta años en el desierto con Dios le vació de sí mismo y le quitó cada vestigio de su fuerza humana. Este es el tipo de hombre que Dios puede usar con confianza y en Éxodo 3.10, Dios dice: “Ven por tanto ahora, y enviarte he a Faraón, para que saques a mi pueblo, los hijos de Israel de Egipto”. ¡Cuán manso y humilde está Moisés ahora! y aún se encoge ante esa responsabilidad y preeminencia. El respondió a Dios: “¿Quién soy yo?,¿Qué les responderé? No me creerán, ni oirán mi voz… No soy hombre de pala­bras de ayer ni de anteayer, soy tardo en el habla y torpe de lengua…, ¡Ay Señor! envía por mano del que has de enviar” Ex. 3. y 4. Así Dios toma/a ese hom­bre que se siente débil e inútil en sus propios ojos, y le usa como el salvador y líder más grande que hombre ha visto en la historia del mundo.

            Al tomar a Moisés para su servicio, el Señor tam­bién se digna usar lo que tenía, aunque era inadecuado en sí, Dios le dijo: “Qué es eso que tienes en tu ma­no? Y él respondió: Una vara” Ex. 4,2. ¡Qué absurdo pensar en usar esa vara para sacar las multitudes de Israelitas de debajo de la esclavitud del más potente monarca que había reinado en aquel entonces! ¡Cuán despreciado sería eso en los ojos de los hombres! Sin embargo, esto es exactamente lo que Dios usa: por razón de que lo que Moisés tenía en la mano, la vara, llegó a ser la propiedad de Dios completamente ren­dida a Él. “Tomó también Moisés la vara DE DIOS en su mano” Ex. 4.20. Moisés dejó aquella vara en las manos de Dios y a Él le agradó usarla maravillo­samente, Aprendamos la lección enseñada tan vívidamente en ese incidente, que el Señor no quiere que esperemos para adquirir alguna habilidad más allá de nuestra capacidad, sino desea usar exactamente lo que somos y tenemos, y lo hará si tan sólo nuestro cora­zón está en rectitud y nuestra voluntad rendida. Cuántas veces juzgamos la habilidad de Dios de usarnos, por las circunstancias en que nos encontramos, sin embargo, repetidamente Él ha demostrado su pron­titud para manifestarse por medio de su pueblo aún en las circunstancias más adversas. Por lo tanto, no tenemos que desmayarnos, antes dejemos en sus ma­nos toda nuestra vida con todas sus capacidades, para que Él la tome y pueda usarla según su voluntad, no olvidando que lo principal es una vida limpia y sincera en su presencia. “Limpiaos los que lleváis los vasos de Jehová” Is. 52.11; “Así que, si alguno se limpiare de estas cosas, será vaso para honra, san­tificado, y útil para los usos del Señor, y aparejado para toda buena obra” 2 Ti. 2.21; “Porque el que es­tima de sí que es algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña. Así que cada uno examine su obra, y enton­ces tendrá gloria sólo respecto de sí mismo, y no en otro” Ga. 6.3,4; “Si primero hay la voluntad pronta, será acepta por lo que tiene no por lo que no tiene” 2Co, 8.12.

La ocupación y la vigilancia

 Perseverancia en la vida cristiana


           

Aunque el Señor no marcó fecha, ni día, ni hora para su venida otra vez a los aires a buscar a su pueblo redimido por su sangre, sí dejó descrito doctrinalmente la ocupación y vigilancia que los creyentes deben hacer mientras se cumple la promesa de su advenimiento.

            Cuatro lecciones de sumo interés son bien definidas en los Evangelios y las Epístolas.

“Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo ... Como el hombre que, partiendo lejos, dejó su casa, y dio facultad a sus siervos, y a cada uno su obra, y al portero mandó que velase.” (Marcos 13:33,34)

Esta enseñanza nos pone por delante el cumplimiento de nuestra responsabilidad. Llama la atención cuatro encargos que el Señor hizo:

dejó su casa: Esta es su Iglesia en este mundo, de la cual todos los creyentes formamos parte.

dio facultades a sus siervos: Estos son los talentos o dones en su pueblo, unos con más, otros con menos, y todos estos deben dar satisfacción de su trabajo al dueño de los talentos.

“Porque el siervo que entendió la voluntad de su Señor y no se apercibió, ni hizo conforme a su voluntad, será azotado mucho ... Mas el que no entendió e hizo cosas dignas de azote, será azotado poco. Porque a cualquiera que fue dado mucho, mucho será vuelto a demandar de él, y al que encomendaron mucho, más le será pedido.” (Lucas 12:47,48)

• a cada uno su obra: Ninguno es llamado en vano. La viña del Señor es muy extensa donde todos tienen su obra. ¿Se ha visto alguna abeja inactiva en la colmena? Sólo el zángano, y es echado fuera. Hay tiempo en que la abeja tiene que volar muchos kilómetros para hallar el polen de la flor con que ha de trabajar en su colmena.

al portero mandó que velase: Los ancianos tienen una doble carga, la de ellos mismos y la del pueblo. Como pastores tienen que velar por el cuidado del rebaño, velar la puerta porque no entren los “lobos rapaces,” falsos profetas, falsas y nuevas doctrinas, el mundo con sus modas e innovaciones.

Esta lección está relacionada con mis hermanos.

“Mirad por vosotros que vuestros corazones no sean cargados de glotonería y embriaguez, y de los cuidados de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día.” (Lucas 21:34)

Esta lección nos pone por delante el cumplimiento de nuestra fidelidad. “Glotonería” está íntimamente ligada con pesadez. “Vientres perezosos,” posiblemente dormidos. “Embriaguez,” dados a los deleites y licencias, descuidando su lugar de firmeza y vigilancia. “Cuidado de esta vida,” amando la prosperidad y codicias de las riquezas.

Esta enseñanza tiene una relación personal. Tres atributos deben sobreponerse a ese estado. Limpieza de vida, vigilancia y firmeza.

“Vosotros sabéis bien, que el día del Señor vendrá, así como ladrón de noche, que cuando dirán paz y seguridad entonces vendrá sobre ellos destrucción de repente como los dolores a la mujer en cinta; y no escaparán.” (1 Tesalonicenses 5:1-3)

Esta escritura nos hace apelar al desarrollo de nuestra inteligencia para conocer los tiempos y los momentos que cruza el mundo en las últimas convulsiones de moribundo.

Dijo el apóstol: “No tenéis necesidad que os escriba; vosotros sabéis bien.” Los momentos son de expectativa. El mundo “duerme como los borrachos.” Ellos están confiando en sus contratos a expensas de la guerra fría y la tensión de nervios. Mientras tanto los hombres se sumergen en el pecado y olvido de Dios.

            Estos textos nos hablan de nuestra sabiduría para andar en este mundo. (Efesios 5:15)

“Ahora hijitos perseverad en él, para que cuando apareciere tengamos confianza y no seamos confundidos de él en su venida.” (1 Juan 2:28)

 

            El amor a Cristo nos debe unir a Él por medio de una continua y perfecta comunión. “En todo tiempo ama el amigo.” Creo que nuestra paz y perfecta felicidad depende de nuestra obediencia. “Por tanto procuramos también, o ausentes, o presentes, serle agradables.” (2 Corintios 5:9)

            Esta porción nos lleva a nuestra relación con el Señor.

Las señales que Hizo Jesús

 La primera señal tiene lugar en una boda, un acontecimiento altamente simbólico de por sí, que nos retrotrae a los orígenes cuando la primera pareja abrió sus ojos a un mundo lleno de música y color para dis­frutar de la vida en comunión con el Creador (el Cantar de los Canta­res evoca aquel paraíso primigenio como marco para la unión de la Sulamita y Salomón). En Caná, por contraste, se vivió una situación de escasez, la provisión insuficiente de vino para colmar con éxito la celebración. Jesús, con modestia y consideración, suplió aquella falta ejerciendo de anfitrión, como el esposo divino, al decir de Juan el Bautista, cuya presencia trae gozo al corazón. «Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él. El que tiene la esposa es el espo­so; más el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumpli­do» (Jn. 3:28-29). La señal de la boda («principio de señales», árjén tón semeion) no solo recuerda el principio {arjé) de la Creación; anti­cipa, también, la «hora» cuando Cristo será Anfitrión en el futuro reino de Dios (ver Apocalipsis 19:1-9).

La alimentación de los cinco mil, ocupa el lugar central de las señales registradas por S. Juan. El Señor mismo explicó el simbolismo del pan partido para alimentar a la multitud, la ofrenda de sí mismo para la vida del mundo. Es de notar que el autor no incluyó en su Evangelio la institución de la Cena del Señor: no hizo falta. Jesús partió el pan en la ladera habiendo dado gracias (éujaristésas) un término vinculado al significado profundo de su misión: «Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo» (Jn. 6:51). Las palabras del Señor, pronunciadas en la sinagoga tras la realización de la señal, escandalizaron a sus enemigos y dividieron a sus propios seguidores. La suerte estaba echada y el traidor preparaba ya su siniestro plan.

La pesca abundante concluye de manera perfecta las señales que hizo Jesús. A diferencia de las ante­riores, la escena junto al mar de Tiberias no representa un milagro, sensu strictu, sino una hermosa providen­cia, el Señorío de Cristo manifestado en una actividad laboral. La presencia de Jesús en la playa inaugura un nuevo día, el paso de la noche infructuosa a la luz plena del día. En todo, Jesús es el Señor: en la actividad laboral, y en la tarea pastoral. De nuevo el evangelista hace notar la mano invisible del Señor: los discípulos «no sabían que era Jesús», y solo detectaron su presencia cuando vieron el fruto de su labor.

Si tres de las siete señales revelan la munificencia del Señor, las cuatro restantes atestiguan el poder de Jesús, las cuatro restantes atestiguan el poder de Jesús frente a la debilidad del ser humano, sus limitaciones culturales, el deterioro de sus fuerzas y su vulnerabilidad frente a la muerte. La segunda señal presenta un caso desgarrador, la enfermedad de un hijo a punto de morir. El padre es un basilikós, un «hombre del rey». El término, que puede indicar un oficial del rey, o alguien relacionado con la casa real, incluso una persona de sangre real, recuerda la realeza inherente en el ser humano, creado para señorear, pero sujeto en todo a los duros embates de la vida. El muchacho en su enfermedad (el padre emplea el diminutivo paidíon para referir­se a su hijo) representa la ilusión truncada, la vida cortada en flor, el amargo fruto del fracaso de la Humani­dad. «Si no viereis señales y prodigios, no creeréis» -dijo Jesús-, y para el padre angustiado fue suficiente la sola palabra del Señor. «El hombre (ánthropos) creyó la palabra de Jesús, y se fue» de -relata el evangelista- estableciendo así el poder de la palabra de Cristo frente a las esperanzas marchitas de la vida, gracias a la em­bajada de otro Padre, que envió a su propio Hijo desde el cielo para dar vida a los muertos y sanar a los que­brantados de corazón.

La tercera señal introduce un escenario nuevo en el modus operandi de Jesús. El enfermo de Betesda no solicitó la ayuda del Señor, a diferencia del «hombre del rey», y fue hecho acreedor pasivo del poder sana­dor de Jesús. De nuevo el evangelista emplea un poderoso simbolismo espiritual: el estanque donde yacía una multitud de hombres y mujeres «sin fuerzas» en las puertas de la ciudad; la condena de las autoridades a una obra hecha en el día de reposo; y la réplica de Jesús: «mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo». Ciertamente, el descanso de Dios no implica inactividad, sino liberación para hacer el bien. El enfermo llevaba treinta y ocho años víctima de su discapacidad, el mismo tiempo que Israel anduvo errante por el desierto por causa de su incredulidad.

La quinta señal guarda similitud con la tercera. De nuevo Jesús se acerca a un hombre necesitado en sábado en la ciudad de Jerusalén. La señal pone en evidencia la ceguera de los líderes de Israel y descubre el motivo de su rechazo. El ciego de nacimiento, consciente de su necesidad, creyó la palabra de Jesús, fue a lavarse en el estanque de Siloé, y recibió la vista. Los fariseos no quisieron ver la evidencia de sus ojos y se cegaron ante la obra prodigiosa de Jesús. Si realmente fueran ciegos -es decir, sin capacidad alguna para ver- no tendrían pecado, dijo el Señor. Solo Cristo puede abrir los ojos de la fe; cada ser humano es moralmente responsable frente a la persona de Jesús.

La sexta señal, la resurrección de Lázaro, va más allá de la curación milagrosa del hijo del hombre del rey, y transmite un glorioso mensaje de consolación. «Yo soy la resurrección y la vida». Jesús dijo a Marta: «el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?». Jesús amaba a Lázaro y a sus hermanas, cuenta el evan­gelista y, sin embargo, al oír la noticia de la en­fermedad de su amigo no intervino para prevenir su muerte. La razón es clara. Cristo tiene poder sobre la muerte, y lo demostró levantando a Láza­ro de la tumba. Las lágrimas de Jesús surgieron de un amor eterno que garantiza para los suyos el don de la vida eterna. Con razón escribió el evangelista: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna» (Jn. 3:16). Podemos confiar en Cristo, ahora y en la eternidad.

La escena junto al mar es considerada por muchos como una adición que no pertenece al texto origi­nal, ya que el autor cierra el evangelio, según se afirma, con su citada conclusión (Jn. 20:30-31). Sea como fuere, la manifestación de Jesús en la playa es oportuna: une la presencia del Resucitado con su iglesia en todo tiempo y lugar. La mano de Jesús hoy es invisible, e inaudible su voz. Solo al final conoceremos cómo nos ayudó en cada recodo del camino, como él mismo prometió.

            Las señales revelan una progresión, desde las bodas de Caná hasta más allá de la Resurrección, antici­po del venidero reino de Dios (recuérdense las palabras de Jesús a Pedro: «Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti?»). Las pisadas de Jesús han sido borradas por las olas del mar, pero su presencia con noso­tros es permanente. Nos asiste en nuestro quehacer diario, con sus éxitos y fracasos, en la noche infructuosa no menos que en los días de plenitud. «¿Me amas?» -preguntó el Señor. Solo nos cabe una respuesta: las se­ñales que hizo Jesús apelan a nuestro intelecto y tocan nuestro corazón.

¿Cómo es que Cristo, siendo impecable, fue enviado por Dios “en semejanza de carne de pecado”?

 


Respuesta: La primera porción del bello capítulo 8 de Romanos habla de la libertad y la garantía de seguridad de no ir a la condenación que tiene todo creyente. Estas personas se caracterizan por ser controladas por el Espíritu Santo. ¿Cómo es que personas que anteriormente eran motivadas por la carne ahora viven por el Espíritu? Pablo explica que, en contraste con la incapacidad de la ley, Dios llevó a cabo su plan para tratar con el pecado a través de su Hijo. “Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Ro 8.3).

            Es importante procurar citar las Escrituras con cuidado y fijarnos en las palabras exactas que utiliza el Espíritu Santo. Por ejemplo, no dice que el Hijo fue enviado “en semejanza de carne”. Eso negaría su humanidad real. Juan testifica que “aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Jn 1.14). Tampoco dice que fue enviado “en carne de pecado”. Eso significaría que vino con una naturaleza pecaminosa. Otra vez Juan nos recuerda: “Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él” (1 Jn 3.5).

            Entonces, ¿qué aprendemos de la expresión “en semejanza de carne de pecado”? La frase que sigue nos informa que fue enviado “a causa del pecado”, o sea, para tratar con el pecado. De manera fundamental su llegada se debió al pecado nuestro. Trágicamente, toda carne humana ya venía contaminada por el pecado, y esa es la condición universal (Ro 3.23). Para poder rescatar a una raza perdida y condenada era necesario que Dios enviara a su Hijo, no solamente como Hijo de Dios, sino también como hombre. Para poder salvarnos era necesario que sufriera, muriera, y resucitara de los muertos, y ninguna de estas cosas habrían sido posibles sin la encarnación del Hijo de Dios. Entonces, fue enviado “en semejanza de carne de pecado”, o sea, se parecía a nosotros en todo aspecto observable. Sin embargo, había una diferencia importante: aunque vino en semejanza de carne de pecado, nunca fue contaminado por el pecado. El escritor a los hebreos lo explica así: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Heb 4.15). Romanos 8 nos presenta una esperanza emocionante. Dios quiere librarnos del pecado y erradicar completamente los efectos del pecado de nuestra humanidad, lo cual hará al resucitarnos y transformarnos (vv 10-11).

Timoteo Woodford 

Carta a Diogneto

 

Nota: El extracto es parte de la carta o discurso apologético escrito por un autor cristiano anónimo a un inconverso llamado Diogneto, para que comprendiese la “religión de los cristianos”. Se piensa que fue escrita entre el 190 y el 200 d.C, época en que ser cristiano podía significar sufrir una muerte cruel en lo circos romanos.

                Los cristianos no se distinguen del resto de la humanidad ni en la localidad, ni en el habla, ni en las costumbres. Porque no residen en alguna parte en ciudades suya propias, ni usan una lengua distinta, ni practican alguna clase de vida extraordinaria. Ni tampoco poseen ninguna invención descubierta por la inteligencia o estudio de hombres ingeniosos, ni son maestros de algún dogma humano como son algunos.

            Pero si bien residen en ciudades de griegos y bárbaros, según ha dispuesto la suerte de cada uno, y siguen las costumbres nativas en cuanto a alimento, vestido y otros arreglos de la vida, pese a todo, la constitución de su propia ciudadanía, que ellos nos muestran, es asombrosa (paradójica), y evidentemente desmiente lo que podría esperarse.

            Residen en sus propios países, pero sólo como transeúntes; comparten lo que les corresponde en todas las cosas como ciudadanos, y soportan todas las opresiones como los forasteros. Todo país extranjero les es patria, y toda patria les es extranjera.

            Se casan como todos los demás hombres y engendran hijos; pero no se desem-barazan de su descendencia. Celebran las comidas en común, pero cada uno tiene su esposa. Se hallan en la carne, y, con todo, no viven según la carne.

            Su existencia es en la tierra, pero su ciudadanía es en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y sobrepasan las leyes en sus propias vidas. Aman a todos los hombres, y son perseguidos por todos.

            Se les desconoce, y, pese a todo, se les condena. Se les da muerte, y aun así están revestidos de vida.

            Son pobres, y, con todo, "enriquecen a muchos" (2 Co. 6:10). Se les deshonra, y, pese a todo, son glorificados con su deshonor. Se habla mal de ellos, y aun así son rei­vindicados.

            Son escarnecidos, y ellos bendicen (1 Co. 4:22); son Insultados, y ellos respetan. Al hacer lo bueno son casti­gados como malhechores; siendo castigados se regocijan, como si con ello se les diera vida.

            Los judíos hacen guerra contra ellos como extraños, y los griegos los persiguen y, pese a todo, los que los aborrecen no pueden dar la razón de su hostilidad.

Carta a Diogneto

Los Mejor de Los padres apostólicos, pág. 292-293, editorial Clie

LA SEGUNDA EPÍSTOLA A TIMOTEO (11)

 


3. La senda del Piadoso en un Día de Ruina

 

Capítulo 2

(d) El espíritu en el cual hacer frente a la oposición (versículos 23-26)

En los versículos que cierran el capítulo tenemos una advertencia importante para el siervo del Señor. En referencia a esta senda de separación de las corrupciones de la Cristiandad, el apóstol prevé que al existir aquellos que van a obedecer estas instrucciones, también van a existir aquellos por medio de los cuales iban a recibir vigorosa oposición. La afirmación de estas verdades traería a la imaginación una multitud de "cuestiones necias, y nacidas de la ignorancia." (V. 23 - VM). La experiencia ha demostrado cuán verdadero es esto. Casi todo argumento que el ingenio humano puede sugerir ha sido utilizado para anular las claras enseñanzas de este pasaje. Se nos advierte que estos argumentos 'engendrarán contiendas.' Independientemente de lo que suceda, el siervo de Dios no debe dejarse llevar a la contienda - él "no debe ser contencioso." Si él permite dejarse llevar a la contienda, se puede encontrar completa-mente derrotado, aunque esté defendiendo la absoluta verdad. El siervo debe recordar que es solamente el siervo y no el Maestro. Como siervo del Señor, su tarea es exhibir el carácter del Señor - amabilidad, aptitud para enseñar, paciencia y mansedumbre en presencia de la oposición. La tendencia natural es defender y aferrarse a aquello con lo cual uno está asociado, incluso aunque ello sea completamente anti-Escriturario. Por eso el primer efecto de la presentación de estas verdades es a menudo levantar oposición. Si, como puede ser, el siervo mismo una vez se opusiera, le conviene tener gran paciencia y mansedumbre al procurar instruir a los demás. Al presentar la verdad no debe ser con el pensamiento de que, mediante su clara presentación, o mansedumbre de maneras, esta será aceptada, sino con la determinada conciencia de que sólo Dios es quien puede traer a alguno al "conocimiento de la verdad." (V. 25 - VM)

MEDITACIÓN

 

Pero Sion dijo: Me dejó Jehová, y el Señor se olvidó de mí. ¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti. He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida; delante de mí están siempre tus muros. (Isa 49:14-16)

         

            Allá por el siglo XIX, en su iglesia de Londres, Carlos Spurgeon se deleitó durante años en predicar sobre las riquezas de Isaías 49:16, que dice que Dios nos tiene esculpidos en las palmas de sus manos. Declaró: «¡Un texto cono este ha de ser predicado cientos de veces!». Un pensamiento así es tan precioso que podemos meditar en él una y otra vez.

            Spurgeon relaciona esta maravillosa promesa del Señor a su pueblo, los israelitas, con Jesús, el Hijo de Dios, al morir por nosotros en la cruz, y pregunta: «¿Qué son estas marcas en sus manos? [...] La herramienta del escultor fue el clavo, hundido por el martillo. Jesús debía ser sujetado a la cruz para que su pueblo fuera ciertamente esculpido en las palmas de sus manos"

            Como el Señor prometió esculpir a su pueblo en sus manos, Jesús extendió sus brazos sobre la cruz y los clavos le traspasaron las manos, para que pudiéramos ser libertados de nuestros pecados, Si nos vemos —o cuando nos veamos— tentados a pensar que Dios se ha olvidado de nosotros, lo único que tenemos que hacer es mirar las palmas de nuestras manos y recordar la promesa de Dios. El Señor ha puesto marcas indelebles en sus manos por nosotros. Tal es la grandeza de su amor.

Nuestro Pan Diario, 18/09/2020