viernes, 29 de diciembre de 2023

CONOCER LA VOLUNTAD DE DIOS

 No cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra" (Colosenses 1 :9-10).


Si un hijo nunca buscó conocer los pensamientos y los deseos de su padre, es de prever que, en presencia de una dificultad, difícilmente entenderá lo que sería del agrado de ese padre. Ocurre lo mismo en nuestras relaciones con Dios. Hay cosas que Dios deja bajo forma de generalidades para poner a prueba la condición individual del alma. Muchos quisieran un medio fácil de conocer la voluntad de Dios, una suerte de receta para cada caso difícil: no existe nada parecido. A menudo nos atribuimos una demasiado grande importancia al emprender un trabajo por propia voluntad; quizá Dios no tenga nada que decirnos al respecto, sino que tomemos un lugar más humilde.

A veces, también, buscamos conocer la voluntad de Dios para saber cómo deberíamos obrar en ciertas circunstancias, referentes a las cuales tal voluntad sería simplemente que no nos halláramos en ellas. Y si nuestra conciencia fuese sensible, su primer impulso sería hacernos salir de ellas. Nuestra propia voluntad nos colocó en ellas y, pese a esto, quisiéramos tener la satisfacción de ser guiados por Dios en un camino que nosotros mismos hemos elegido.

Una cosa cierta es que, si nos mantenemos en comunión con Dios, no nos será difícil saber lo que Él quiere de nosotros. "El que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (Juan 8: 12), dijo Jesús. Para seguirle es necesario conocerle cual Salvador personal, conocer sus pensamientos mediante la lectura de la palabra de Dios y obedecer a sus enseñanzas.

B.S.

TODOS LOS DIEZMOS

 


"Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa" (Malaquías 3: 10).


Los israelitas debían traer regularmente a la casa de Dios, los diezmos previstos por la ley, para asegurar el mantenimiento de los siervos de Dios, sacerdotes y levitas. Vemos en Nehemías que los levitas y los cantores “tuvieron que huir cada uno a su campo”, porque no se había provisto para sus porciones. En Malaquías, el Señor acusa a su pueblo de robarle en los diezmos y las ofrendas, porque guardaban para ellos lo que pertenecía a Dios.

En la economía de la gracia, ya no es cuestión de diezmos; pero la responsabilidad subsiste para con aquél "que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye" (Gálatas 6:6). El obrero es digno de su salario y el Señor ha ordenado que "los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio" (1 Corintios 9: 14).

Si ya desde nuestra adolescencia nos despreocupamos de los siervos del Señor y de sus diversas necesidades en la obra, ¿quién garantizara que lo haremos más tarde? Así pues, desde que se dispone de algo de dinero, bien sea regalado o el resultado de nuestro trabajo, tenemos que ejercitarnos de verdad delante del Señor, para discernir qué parte vamos a dedicar a su servicio y a las numerosas necesidades que encontremos en el camino, si es que sabemos abrir bien los ojos.

Al citar el pasaje del principio de estas líneas, nuestro deseo no era hablar solamente de la parte material. En efecto, el "alimento" en la casa de Dios no se ajusta sólo a las necesidades materiales de los servidores del Señor, sino que nos habla ante todo de lo que es necesario a las almas para prosperar espiritualmente.

En el Nuevo Testamento, el pueblo de Dios, el cuerpo de Cristo, no crece solamente por el efecto del ministerio de algunas personas llamadas a servir al Señor, mas según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor" (Efesios 4: 16); dicho de otra manera: cada uno de nosotros, hermano o hermana, que ama al Señor es llamado a aportar para el bien del pueblo de Dios, los diezmos de lo que ha recogido en el campo de la Palabra.

En este dominio, también se puede "robar a Dios" de dos maneras: o no se cultiva su campo y no se produce nada sin diezmos disponibles, o bien se guarda para sí, egoístamente, aquello que ha hecho gozar a nuestras almas, sin compartirlo con los demás.

"Pasé junto al campo del hombre perezoso…, y he aquí que habían crecido los espinos; ortigas habían ya cubierto su faz…, miré, y lo puse en mi corazón lo vi y tomé consejo. Un poco de sueño, cabeceando otro poco, poniendo mano sobre mano para dormir, así vendrá como caminante tu necesidad, y tu pobreza como hombre armado" (Proverbios 24: 30—34). Este campo, ¿no es sin exagerar el de más de uno de nosotros? En vez de aprovechar los años, en los cuales, si se quiere, se tiene aún tiempo libre para estudiar la Palabra, se la descuida, leyendo solo aquellos versículos que podernos encontrar en la hoja diaria de nuestro calendario. . . así la pobreza espiritual nos sobreviene. Nuestra respuesta será que no queríamos dormirnos, ni cruzarnos de brazos, sino solo descansar un poco. Y no nos damos cuenta de que el enemigo se sirve de todo esto para que nuestro campo produzca muy poco, o tal vez nada.

¿Exageramos acaso? Entonces ¿por qué en tantas asambleas no se encuentran maestros capaces para la escuela dominical, no se ocupan o muy poco, de tantos niños de "afuera" a los que tan fácilmente se podrían reunir una vez a la semana para hablarles del Señor Jesús? y más tarde, ¿por qué en las iglesias, hay tantas bocas cerradas en la reunión de oración, en el culto o en la reunión de estudio? El campo no ha sido cultivado.

Por supuesto que encontramos jóvenes que desean fervientemente alimentar sus almas con la Palabra de Dios. Pero, ¿no tienen frecuente tendencia a guardar para si este tesoro? Y así también "roban a Dios" y no aportan a su casa "todos los diezmos”. Timidez, falta de energía, falta de ejercicio para “empezar” … el enemigo sabe muy bien que obstáculo debe poner frente a cada uno según su temperamento. Y ¡cuántos enfermos se gozarían al recibir un resumen de una reunión, verbalmente o por escrito! ¡Cuánto consuelo se podría aportar a la familia, parentela o amigos, cuando un joven, hombre o mujer, tiene en su corazón el deseo si la ocasión se presenta, de hacerles partícipes de lo que ha encontrado en la Palabra! ¡Cuánto gozo en la asamblea, cuando jóvenes hermanos se sienten llamados a orar, a preguntar sobre la Palabra, o bien participar activamente en el culto!

“Probadme ahora en esto, dice el Señor de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendici6n hasta que sobreabunde" (Malaquías 3: I0) Amigos lectores, al oír estas palabras, ¿no os sentís tocados en el corazón?

Se dice que "el agua estancada se pudre"; lo que también se puede aplicar al terreno espiritual. Que el canal de entrada pueda estar libre para que el agua viva de la Palabra llene nuestro coraz6n, y que el canal de salida esté también abierto para poder esparcir a su alrededor toda la bendici6n del Altísimo.

Diezmo en el plano material, diezmo en él espiritual diezmo en el uso del tiempo, - “traed todos los diezmos”. No es necesariamente la décima parte la que el Señor nos pide, sino una proporción, quizá variable según las circunstancias o las posibilidades, pero no fijada de una manera egoísta, sino bajo la mirada del Señor y con el profundo deseo de complacerle.

Georges André

Las últimas palabras de Cristo

 

JUAN 13


Dios glorificado en Cristo Juan 13:31-38

La negra sombra que envolvía a la pequeña compañía se disipó con la salida de Judas. El agitado espíritu del Señor respiró tranquilo y cesaron las preguntas de los discípulos. Las palabras «luego que salió» son el punto de inflexión. Judas abandonaba la luz del aposento alto y pasaba a las tinieblas del mundo exterior. La luz brilla con tanta más intensidad una vez que ha salido, del mismo modo que las tinieblas de afuera toman más cuerpo al notar su presencia. La puerta que se cerró sobre el traidor rompió el último vínculo entre Cristo y el mundo. El aire se vuelve más respirable, y en soledad con los discípulos el Señor tiene libertad para revelarles los secretos de Su corazón.

vv. 31-32. El señor parte para ir con el Padre, y los Suyos serán dejados como testigos de Cristo en un mundo que le ha rechazado. En el curso de estos últimos discursos los discípulos entrarán en contacto con el cielo (v.14); recibirán instrucción acerca de cómo dar fruto en la tierra (v.15); y serán fortalecidos para resistir la persecución del mundo (v. 16). Estos privilegios y honores tan altos requieren una obra preliminar de parte de Cristo que ha de preparar mientras sigue con ellos. El discurso se inicia con la presentación de Dios glorificado en Cristo en la tierra, con Cristo glorificado como Hombre en el cielo; y con los santos, como aquellos que son dejados en la tierra para glorificar a Cristo. Estas grandes verdades preparan el camino para todas las sucesivas revelaciones.

Todo tipo de bendiciones dadas al hombre, al cielo y a la tierra a través de las edades eternas descansan sobre las verdades fundamentales del comienzo de este discurso. El Señor se presenta como Hijo del Hombre, y en relación a este título anuncia tres verdades de una importancia vital. En primer lugar, «Ahora ha sido glorificado el Hijo del Hombre»; después, «Dios ha sido glorificado en Él»; y, por último, «Dios le glorificará en Sí mismo».

No nos daremos ninguna prisa en avanzar. Antes conoceremos el profundo significado de estas verdades, y si tomamos posesión de ellas por la fe formarán en el alma una base sólida que nos hará crecer espiritualmente y seremos bendecidos.

«Ahora es glorificado el Hijo del Hombre». Tenemos ante nosotros la perfección infinita del Hijo del Hombre, el Salvador. Se hace referencia a su sufrimiento en la cruz, y se declara que en estos sufrimientos el Hijo del Hombre es glorificado. Glorificar a una persona es ver exhibidas todas las cualidades que le exaltan, y en la cruz se exhibieron todas las infinitas perfecciones del Hijo del Hombre como nunca lo habían sido.

En el capítulo 11 de Juan leemos que la enfermedad de Lázaro era «para la gloria de Dios, y que el Hijo de Dios sea glorificado por medio de ella». En aquel entonces, la gloria del Hijo de Dios se exhibió cuando resucitó a un hombre de la muerte, y en el asunto que nos ocupa la gloria del Hijo del Hombre avanza hacia la muerte. El poder sobre la muerte hace exhibición de la gloria del Hijo de Dios, y el sometimiento a la misma exhibe la gloria del Hijo del Hombre.

Como contestación al deseo que tenían los gentiles de ver a Jesús, el Señor les dijo: «Ha venido la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado». Allí el Señor anticipaba las glorias del reino, pero aquí habla de las glorias de la cruz, mucho más profundas. En el futuro, Él recibirá como Hijo del Hombre el dominio y la gloria y el reino eterno, y en aquel día brillante toda la tierra será llena de su gloria (Dan. 7:13,14; Sal. 72:19). Aun así, las glorias excelentes del reino venidero no superarán, ni mucho menos igualarán, sus más profundas glorias como el Hijo del Hombre en la cruz. La gloria de su trono terrenal es superada por la gloria de la vergonzosa cruz. El reino exhibirá sus glorias oficiales, mientras que la cruz es un testimonio de sus glorias morales. En el tiempo de su reinado «todos los imperios le servirán y obedecerán», siendo sometidas todas las cosas a Él como Hijo del Hombre. En el tiempo de su sufrimiento, fue el Hombre obediente y sujeto. Cada huella de su camino testificó de sus glorias morales, que no podían ser ocultadas, pero en la cruz estas glorias resplandecieron con un lustre total. Aquel que aprendió la obediencia en cada paso del camino fue finalmente probado por la muerte, y fue hallado «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz». La perfecta sujeción a la voluntad de su Padre, que fue lo que distinguió su camino, no puede menos que exhibirse en toda su plenitud en medio de las cercanas sombras de la cruz, momento en que Él dijo: «Hágase tu voluntad». Cada una de sus pisadas fue un testimonio del perfecto amor al Padre, pero el testimonio supremo de su amor lo vemos cuando, al tener en vista la cruz, dijo: «Para que el mundo conozca que amo al Padre, actúo como el Padre me mandó». Su naturaleza santa no fue mancillada porque el mundo de pecado que atravesó no la pudo mancillar, y brilla en toda su perfección en el momento en que anticipaba ya la agonía de tener que ser hecho pecado: «Si es posible, pase de mí esta copa».

Con toda razón, sus glorias morales, obediencia, sujeción, amor, santidad y toda otra perfección tienen su manifestación más brillante en la cruz, donde recibieron cumplimiento las palabras del Señor: «Ahora es glorificado el Hijo del Hombre».

Esta primera afirmación nos da la seguridad de la infinita perfección del Hijo del Hombre, de nuestro Salvador, de Aquel que glorificó a Dios como el gran sacrificio propiciatorio. Cuanto más nos apropiemos del significado de dicha afirmación, que nos habla de las perfecciones de Jesús, nos daremos más cuenta de cuánto se merece que pongamos nuestra confianza en Él. Al tener ante nosotros dicha perfección, nadie podrá decir que tuviera siquiera la mínima imperfección que hiciera imposible poder confiar en Él. Cuando sus perfecciones se muestran plenamente a la luz, le revelan como alguien totalmente hermoso y con cada uno de los rasgos que le hacen merecedor de nuestra confianza.

Al dirigir nuestra mirada al Hijo del Hombre en la cruz, y verle glorificado por causa de todas las infinitas perfecciones que exhibe, nos hallamos preparados para la segunda afirmación: «Dios es glorificado en Él». Todos los demás habían deshonrado a Dios, pero al final hay quien no lo hizo: el Hijo del Hombre. Moralmente perfecto y capaz de llevar a cabo una obra que glorificara a Dios, debía por ello ser hecho pecado y bajar al lugar de la muerte. Los cielos declaran la gloria de Dios como Creador, de todo su poder y sabiduría infinitos, pero no pueden declarar la gloria de su Ser moral. Para que esto fuera así, el Hijo del Hombre debía sufrir y hacer llegar a Dios con sus sufrimientos la exaltación de sus atributos. Con la cruz es vindicada la majestad de Dios, la verdad de Dios es mantenida, y se ve la justicia divina en el juicio sobre el pecado. La santidad que demandaba dicho sacrificio, y el amor que hizo provisión de él, brillan con todo su lustre. El Hijo del Hombre ha glorificado a Dios con sus sufrimientos.

Esta obra magna nos dirige a la verdad de la tercera afirmación: «Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo, y en seguida le glorificará». Si Dios ha sido glorificado en Cristo, Dios nos dará una prueba eterna de su satisfacción con lo que Cristo ha hecho. Cristo glorificado como Hombre en la gloria es la única respuesta adecuada a su obra en la cruz, y constituye la prueba eterna de la satisfacción de Dios con esa obra.

En la primera afirmación ahora es glorificado el Hijo del Hombre vemos la perfección del Hijo del Hombre. En la segunda afirmación Dios ha sido glorificado en Él la perfección de su obra., y en la tercera afirmación Dios le glorificará en Sí mismo vemos la perfecta satisfacción de Dios con esa obra. Nosotros tenemos un Salvador perfecto que ha hecho una obra perfecta para la perfecta satisfacción de Dios. Otros pasajes de las Escrituras nos dicen que este Salvador perfecto, su obra perfecta y la perfecta satisfacción de Dios están a disposición de todos, por cuanto leemos: «Se dio a sí mismo en rescate por todos». La perfecta satisfacción de Dios en Cristo y su obra le permiten a Dios decir: «Por medio de este Hombre se os anuncia perdón de pecados».

v. 33. La glorificación del Hijo del Hombre implica separarse de sus discípulos. El Señor, con una perfecta comprensión, entra en el dolor que llena sus corazones frente al pensamiento de que van a ser privados de Aquel a quien han aprendido a amar. Una y otra vez le hará referencia a la inevitable partida con un tacto humanamente tierno, y preparará sus corazones ante Su venidera separación de aquella comunidad terrenal (cp. Juan 14:4,28,29; Juan 16:4-7,16,28).

Anteriormente, el Señor nunca se ha dirigido a los discípulos como «hijitos». En el idioma original es una palabra de cariño y de compasión. Así, con tierna solicitud aborda la cuestión de la cercana partida. Todavía un poco y Él estaría con ellos. El Señor regresaba a la gloria por un camino que nadie más podía recorrer. Más adelante sí iban a poder recorrerlo, incluso mediante el padecimiento de la muerte como mártires, pero no podían ir a la muerte en el modo que el Señor la experimentaría, es decir, como el castigo por el pecado. Era un camino del que el Señor dice: «Adonde yo voy, vosotros no podéis venir».

vv. 34-35. Esta partida significaba que los discípulos serían privados del lazo fuerte de la presencia de Aquel que ellos amaban. Por ello, el Señor les da un mandamiento nuevo: «Que os améis unos a otros; como yo os he amado». Se ha dicho que el Señor habla aquí de este mandamiento que era nuevo, en contraste con el viejo mandamiento que tan bien conocían estos discípulos judíos: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». El mandamiento nuevo es: «Que os améis unos a otros; como yo os he amado». Cristo amó con un amor que, aunque nunca fue indiferente al mal, triunfó sobre todo su poder. Si nosotros nos amamos unos a otros conforme al modelo del gran amor de Cristo, no sufriremos ver el mal en el otro, sino que hallaremos la manera de tratar con este sin dejar de amarnos. Nada que no sea el lazo del amor, y que se ajuste al modelo divino, podrá mantener unida una compañía de gente que tiene personalidades tan distintas, rasgos bien diferenciados de carácter y distintos temperamentos. Una compañía que destaca por este amor pasaría de manera tan desapercibida en una escena gobernada por la ambición y el egoísmo que el mundo se daría cuenta de que alguien así debía de ser discípulo del Señor. El mundo no sabe apreciar la fe y la esperanza que tiene el círculo cristiano, pero al menos puede ver y admirar, si no imitar, su amor divino y sus resultados. Una compañía que se ama con un amor tan notable, conforme al modelo de Cristo, se convertirá en su testigo en un mundo del que Él está ausente, para que Cristo, que está glorificado con el Padre en el cielo, sea glorificado en los santos en la tierra.

vv. 36-38. La escena concluye centrándose en Pedro, pero con una advertencia para toda la compañía. Si los discípulos se quedaban para glorificar a Cristo, no debían olvidar que todos y cada uno de ellos tenía la carne siempre dispuesta a negar a Cristo. Simón Pedro parece hacer caso omiso del nuevo mandamiento, y pensando en la partida del Señor le pregunta en un tono que se resistía a comprenderle: «Señor, ¿adónde vas?» El Señor le contesta: «Adonde yo voy, no me puedes seguir ahora; más me seguirás más tarde». El Señor tenía que sufrir la muerte como mártir en manos de hombres malvados, pero algo más terrible para su alma santa era que tenía que ir a la muerte como la Víctima bajo la mano de Dios. Este era, en efecto, el camino que solo Él podía emprender, y por el que Pedro no podía seguirle. Pero con el paso del tiempo iba a tener el honor de seguir al Señor en el camino del martirio.

Confiado en su amor por el Señor, Pedro afirma autocomplaciente: «Mi vida pondré por ti»; y recibe la solemne advertencia: «De cierto, de cierto te digo, no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces». Si la carne de un falso discípulo puede traicionarle, la carne del verdadero discípulo puede negarle. No olvidemos que el amor del Señor triunfó por encima de la negación de Pedro. Como hemos leído: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin». Nosotros podemos negar al Señor engañados por nuestra confianza en el yo, pero seguimos siendo amados por Él con un amor que nunca nos abandonará.

Hamilton Smith 

El Matrimonio

 

(Respuesta a una carta)

C.H. MACKINTOSH

…o nos sentimos con libertad de ofrecerle ningún consejo respecto de su situación. Usted debe acudir solamente a Dios. Cada uno debe aprender por sí mismo, en comunión con Dios, cuál es su propia senda en este solemne asunto. Siempre hemos encontrado que aquellos que fueron los más apresurados para ofrecer consejos, fueron los más incompetentes para darlos; mientras que, aquellos cuyo consejo merecía ser tomado en cuenta, fueron los más pausados para darlo. No vaya a suponer, querido amigo, que somos indiferentes a sus ejercicios; al contrario, nos condolemos profundamente de ellos; pero nosotros creemos que usted debe pedir consejo a Dios. 1.- Corintios 7:32-34 enseña, muy ciertamente, que los solteros son los que más libertad tienen de cuidados; pero el versículo 7 enseña con claridad que “cada uno tiene su propio don de Dios”; y cada uno debe saber, por sí mismo, cuál es su propio don. Una cosa, es decir: «Siga el ejemplo de Pablo», y muy otra tener el «propio don» para hacerlo. Es un error fatal que uno aparente andar en una senda para la que Dios no le ha dado ningún llamamiento ni le ha dotado de poder espiritual.

Debemos recordar, en estos días de ritualismo y de renovado monasticismo, que el matrimonio es una institución santa y honrosa, establecido por Dios en el huerto del Edén; aprobado por su presencia en Caná de Galilea y declarado ser honroso en todo, por su Espíritu, en Hebreos 13:4. Esto es suficiente en cuanto al principio general; más, cuando consideramos los casos individuales, cada uno debe ser guiado por Dios. A él lo encomendamos a usted muy afectuosamente.

No podemos comprender cómo uno que se llame a sí mismo «cristiano» puede atreverse a hablar, en los términos que usted describe, de la santa y honrosa institución del matrimonio. Tampoco podemos entender por qué usted tuvo que buscar una opinión humana sobre el tema, estando Hebreos 13:4 brillando delante de usted, por un lado, y 1.- Timoteo 4:1-4, por el otro. ¡Oh! ¿cuándo aprenderá la gente a abrir su Biblia e inclinarse ante su santa autoridad en todas las cosas? Detestamos absolutamente esa ficticia espiritualidad, santurronería y trascendentalismo que salta a la vista en las notas a las que usted llama nuestra atención. A nosotros nos parece que se trata simplemente de santidad en la carne, lo cual sabemos que es una de las habilidosas tretas de Satanás. El matrimonio fue instituido por el Jehová Dios en el huerto del Edén. Fue ratificado por la presencia de Cristo en Caná de Galilea. El Espíritu Santo declara en Hebreos 13 que es honroso. La prohibición del matrimonio es declarada doctrina de demonios en 1.a Timoteo 4. Esto es plenamente suficiente para nosotros, por más que los píos sentimentalistas e hiper espiritualistas digan lo que les plazca.

Debe ser absolutamente una cuestión de fe individual. Usted debe andar delante de Dios; pero procure andar en feliz y benigna comunión. Ustedes dos, juntos, deberían esperar en Dios y procurar ser de un mismo pensamiento en el Señor. Éste es su feliz privilegio. No hay nada más importante para los esposos que cultivar juntos el hábito diario de esperar en el Señor. Ello produce un maravilloso efecto en todo el ámbito de la vida doméstica. Pongan todo delante de Dios, derramen sus corazones juntos; no tengan secretos ni ninguna reserva. Entonces sus corazones estarán unidos en santo amor, y la corriente de su vida personal, conyugal y doméstica fluirá en paz y felicidad, para alabanza de Aquel que los ha hecho uno y los ha llamado a andar juntos como herederos de la gracia de la vida.

Ya hemos alzado una voz de advertencia contra el terrible mal de los matrimonios mixtos (esto es, la unión de un creyente con un inconverso) y hemos dado un muy solemne ejemplo de sus consecuencias. Creemos que es un paso fatal que un creyente se case con un inconverso, y una triste prueba de que el corazón se ha apartado del Señor y de que la conciencia ha escapado de la influencia de la luz y la autoridad de la Palabra de Dios. Es sorprendente cómo el diablo logra echar polvo en los ojos de la gente en este asunto. Él induce a los creyentes a creer que serán una bendición para el cónyuge inconverso. ¡Qué lamentable engaño! ¿Cómo podemos esperar bendición sobre un flagrante acto de desobediencia? ¿Cómo puedo yo, siguiendo un mal camino, pretender en él corregir a otro? Pero sucede —y no infrecuentemente— que un creyente, cuando se empeña en casarse con un incrédulo, se engaña a sí mismo mediante la convicción de que es convertido. Estos creyentes aparentan estar satisfechos con pruebas de conversión que, bajo otras circunstancias, dejarían enteramente de inspirarles confianza. En estos casos, lo que gobierna es su propia voluntad. Ellos están decididos a seguir su propio camino, y entonces, cuando ya es demasiado tarde, se dan cuenta de su terrible error.

Con respecto a su pregunta acerca de cómo debemos actuar con las personas que incurren en esta transgresión, no conocemos ninguna instrucción directa que conste en el Nuevo Testamento. Con toda seguridad, tendrá que haber una solemne reprensión y una fiel reprobación; pero creemos que se trata de algo que más bien pertenece al trabajo pastoral y a la disciplina personal que a la disciplina de la asamblea.

Acerca del triste caso que usted menciona, no creemos que esté bien que un hijo «intente y gestione una reconciliación» entre sus padres. Si el marido desea regresar, la esposa deberá recibirlo. Creemos que esto se desprende claramente de 1.- Corintios 7:13. “Y si una mujer tiene marido que no sea creyente, y él consiente en vivir con ella, no lo abandone”. Si él desea regresar, ello equivale a “consentir en vivir con ella”; y si a ella se le dice que “no lo abandone”, ello equivale a recibirlo. Al menos, así lo juzgamos nosotros. Puede ser que el Señor esté por llevar a sus pies al marido; y, si es así, sería muy triste que una esposa creyente resultara ser una piedra de tropiezo por falta de gracia. Sin duda, el marido ha faltado grandemente a sus deberes como esposo al abandonar a su mujer, aun si no hubiera nada más serio; pero si él realmente desea volver —aparte de cualquier manipulación o influencia externas—, no podemos sino considerar que es deber de toda esposa cristiana recibirlo y procurar, mediante su “conducta casta y respetuosa” (1.a Pedro 6:2), ganarlo para Cristo. Si ella se opusiera, y él entonces fuese empujado al pecado o al endurecimiento de su corazón, ella nunca se lo perdonaría a sí misma.

Samuel, fiel guarda del pueblo de Dios

 He aquí ahora hay en esta ciudad un hombre de Dios, que es varón insigne: todas las cosas que él dijere, sin duda vendrán, 1 Samuel 9.6

 

Estas palabras, testimonio del criado de Saúl, expresan la alta estimación que sentían los israelitas por aquel consagrado profeta, sacerdote y juez, Samuel. Él fue el vaso especial de Dios en una época crítica como lo fueron los últimos días del período de los jueces, época típica de estos postreros días del testimonio de la Iglesia en la tierra.

En el versículo citado tenemos el requisito triple de un verdadero guía:

> en lo espiritual, un hombre de Dios

> en lo moral, un varón insigne u honorable

> en lo intelectual, conocedor de los pensamientos divinos

Separado

Esta hermosa combinación de carácter en Samuel fue lo que inspiró confianza de parte del criado de Cis y le conmovió a sacrificar la pequeña suma de dinero que cargaba, “la cuarta parte de un siclo de plata”, para obtener consejo y dirección en cuanto al camino.

En Hebreos 13.7 tenemos la exhortación de acordarnos de nuestros pastores, o guías, y ¡cuán importante es la obra de los guías espirituales en una asamblea! ¡Cuán necesario es que ellos sean hombres acostumbrados a andar en plena comunión con el Señor, requisito éste para cumplir un ministerio responsable!

Toda su vida Samuel fue nazareo. Su cabello largo le distinguía como separado a Dios y del mundo. Como nazareo no tocaba un cuerpo muerto, guardándose así de la contaminación de la carne. Su abstención del vino significaba que no vivía por los placeres de esta vida. A una edad temprana Dios le habló directamente, y llegó a ser hombre de su confianza y consejo. Esta comunión era tan íntima que Samuel podía hablar en el oído de Dios, 8.21, y Dios en el oído suyo, 9.15.

Samuel era un hombre de verdadera intercesión. Él tenía una conciencia ejercitada por el cuidado del pueblo de Dios, y sólo él pudo decir, “Lejos sea de mí que peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros”, 12.23. Se podría escribir mucho más en cuanto a la aptitud de este hombre para la obra a la cual Dios lo llamó, pero baste esto para servir de ejemplo e inspiración a todos los que estamos procurando el bien espiritual del rebaño del Gran Pastor.

Honorable

En el Capítulo 12 leemos que él juntó a todo Israel y les convidó a testificar contra él si podrían acusarle de haberse comportado injustamente o con codicia como juez, o si había especulado con ellos en su ministerio como sacerdote. La respuesta unánime fue: “Nunca nos has calumniado, ni agravado, ni has tomado algo de mano de ninguno”.

Así fue el testimonio de Pablo cuando reunió a los ancianos de Éfeso, Hechos 20.33: “La plata o el oro, o el vestido de nadie he codiciado”. Pedro, rogando a los ancianos a cuidar la grey, hace referencia al asunto de la codicia: “No por ganancia deshonesta, sino de un ánimo pronto”.

Saúl y su criado llegaron a Samuel con su regalo, cosa de valor mínimo, pero el profeta le había apartado la espaldilla de la ofrenda de paz. ¡Le dieron unos centavos y él les dio una comida amplia! Saúl se asombró sin duda al ver una hospitalidad tan inmerecida, pero así fue este varón honorable; él devolvió la hospitalidad por la mezquindad. Ser hospedador es uno de los requisitos de un obispo o anciano; 1 Timoteo 3.2.

Entendido

El secreto de Jehová estaba con éste porque temió al Señor. Él pudo comunicarle a Saúl los pensamientos de Dios, ponerle en camino seguro y darle indicaciones para no perderse de nuevo. Samuel fue conocido como vidente, y uno de los lugares que frecuentaba era Mizpa, que quiere decir atalaya. Así veía las cosas desde el punto de vista de Dios. Además, tuvo valor para declarar “todo el consejo de Dios”.

En el libro de Jueces leemos mucho acerca de la idolatría, pero durante el largo período del ministerio activo de Samuel, después de haber conducido él al pueblo de Dios, no hay mención en el Capítulo 7 de la idolatría mientras él vivía.

Ejemplo

Mucho depende de la vida interior, la vida en familia, y la vida delante del mundo de parte de los ancianos, si una asamblea quiere traer bendición al pueblo del Señor. En fin, vienen a la memoria las palabras de 1 Pedro: “Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros,

Ø  cuidando de ella,

Ø  no por fuerza, sino voluntariamente;

Ø  no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto;

Ø  no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey”.

Santiago Saword

¿Qué haces aquí?

 Creyentes fuera de su lugar


Hubo diferentes factores que llevaron a hombres santos, en la antigüedad y en el presente, a ponerse al margen de sus responsabilidades. Unos por temor infundado o por un vuelco en su fe; otros por desanimación se creyeron fracasados; otros que por ambiciones desmedidas no se conformaron al presente; y otros que se esmeraron en complacer los sentidos con las cosas que el mundo ofrece. Para unos Dios guardó silencio, a otros les disciplinó; y para los terceros mostró el peso de su rigor.

Abundan los ejemplos detallados de esas personas que introdujeron un paréntesis en su vida espiritual. Esos eventos que les acontecieron fueron necesarios a aquellos, para que nosotros no caigamos en sus errores, y si caemos, nos levantamos como ellos se irguieron. Entre estos casos tenemos a Elías, David y Noemí, que consideraremos de inmediato.

· Elías

Elías es llamado el profeta de fuego, semejante a Josué que pidió a Dios que el sol y la luna se detuviesen, “y el sol se detuvo y la luna se paró”. (Josué 10:12-14) Asimismo Elías, en varias ocasiones, pidió que cesara la lluvia o que descendiese la lluvia, y así sucedió. (1 Reyes 18:37,38, 17:1-18, 18:41-45, 2 Reyes 1:9-12) Pero llegó el momento en que él se desanimó, acobardado por la amenaza de Jezabel. Entonces huyó y se metió en una cueva, donde pasó la noche. Y vino a él palabra de Jehová, que le dijo: “¿Qué haces aquí Elías?” (1 Reyes 19:1-9) Él se había puesto al margen de su deber.

Y cuántos hay hoy día, peores que Elías, que sufren manía persecutoria, se marginan ellos mismos, no por su fe o por confesar a Cristo, sino por cobardía de enfrentase a los problemas en su asamblea, en su familia o en su economía. Otros hay muy delicados, como la mata dormidera que no se pueda tocar, a quienes cualquier reclamo o exhortación los disgusta; se van a otro lugar o se encuevan, sin calcular las pérdidas para la obra del Señor. Pablo no quiso que Timoteo fuese contagiados de ese espíritu, inofensivo pero dañino al desarrollo de la obra. Le dijo: “No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo, sino participa de las aflicciones por el evangelio según el poder de Dios”. (2 Timoteo 1:8)

· David

Otro caso es el de David, ese hombre de Dios que dio pruebas evidentes de una fe robusta. (1 Samuel 17:45-47) Debió ser emocionante y atractivo ver a aquel joven enfrentarse y darle muerte al gigante provocador y blasfemo. Además, David fue el hombre que hizo las guerras de Dios para librar a su pueblo. Pero ese mismo David, que había probado que Dios era con él, librándole muchas veces de las manos de Saúl, da un vuelco en su fe, y sin consultar con Dios dice: “Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl; nada, por tanto, me será mejor que fugarme a la tierra de los filisteos, para que Saúl no se ocupe de mí”. (1 Samuel 27:1)

¿Cuánto le costaría a David el flete para transportar a sus dos mujeres con todos sus bártulos? Ahora sí se olvidó de aquella represión injusta que le hizo su hermano mayor una vez: “¿Y a quién has dejado aquellas pocas ovejas en el desierto?” (1 Samuel 17:28)

Pero Dios llama y reprende de diferentes maneras a los que ama. David se puso al margen de la asamblea, pasándose a los filisteos, y en la ocasión en que éstos iban a pelear contra Israel, “David y sus hombres iban en la retaguardia con Aquis”. Pero entonces “dijeron los príncipes de los filisteos: “¿Qué hacen aquí los hebreos?” (1 Samuel 29:1-3) Con su actitud David le restó méritos a su premio, por no esperar unos días.

Cuántos somos como David, pues en momentos de perplejidad cavilamos, y resolvemos sin consultar ni esperar la voluntad del Señor. Muchos hay que, por la educación y patrimonio para los hijos, por una vida más cómoda, o un sueldo mayor, han dicho: “Esto haré”, y con su familia y sus enseres emprenden la huida, poniéndose al margen de los problemas de su propia asamblea. Algunos han prosperado materialmente, pero desgraciadamente han perdido el 95% de su espiritualidad con toda la familia. Así ocurrió a David, quien tuvo que derramar muchas lágrimas y pelear una guerra fuerte para recuperar las pérdidas y volver a su propio lugar. (1 Samuel capítulo 30)

· Noemí

El tercer ejemplo es el de Noemí. Aquella era la esposa, más inteligente que su marido, y su nombre es más ilustre en la Biblia que el de Elimelec. Pero a Noemí le faltó la espiritualidad y oración, ya que, si bien la situación económica estaba un poco estrecha en Belén, ¡cuán “placentera” se sentía Noemí en medio de su pueblo! Pero dejó atrás, en su congregación, ese ministerio de animación y gozo; sólo quedó el recuerdo. “Placentera”, porque no pensó que con el Señor no se justifica la aventura, porque Él no se equivoca.

Pocos años después, Noemí empieza a probar los resultados de su marginación. Muere su esposo, sus hijos se casan con mujeres inconversas, muere también un hijo, y después muere el otro. Quizás al principio todo iba bien, todos trabajaban y había buena cosecha, pero Dios no se adelanta ni se atrasa. Él anda con los años, y fue a los diez años cuando Noemí percibió aquella metamorfosis de “placentera” a “amarga”. (Rut 1:1-22)

“Pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir. Porque el Señor no desecha para siempre; antes si aflige, también se compadece según la multitud de sus misericordias; porque no aflige ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres”. (1 Corintios 10:13, Lamentaciones 3:31-33)

José Naranjo

Viviendo por encima del promedio (7)

 El Hijo de Escocia que la enorgulleció


Para comprender a Eric Liddell, tiene que saber que en la Escocia de sus días los creyentes respetaban y honraban el día del Señor. Lo llamaban el sábado cristiano. No trabajaban, no se comprometían con ningún deporte, sino que fielmente asistían a las reuniones de la iglesia, Las tiendas estaban cerradas, y los servicios de transporte se detenían, a excepción de casos de emergencia. Los creyentes apartaban el día de manera especial para la alabanza y el servicio al Señor. Pensaban que todo aquel que amara al Señor amaría Su día.

      Eric tomó la decisión más grande de su vida cuando tenía quince años, al aceptar a Jesucristo como su Señor y Salvador. Incluso cuando lo apasionaba el participar en carreras, el Señor siempre fue su prioridad.

            Él aspiraba representar a su país en los Juegos Olímpicos, y su oportunidad llegó en 1924 cuando fue elegido para correr en la carrera de 100 metros en París. Se puso eufórico. Pero todo cambió cuando un compañero le dijo que el evento sería un domingo.

            “No puede ser”, gimió. “No puede ser”.

            Buscó un lugar tranquilo, y pasó un tiempo de oración. Cuando se levantó, tenía una visión determinada. No deshonraría al Señor ni a Su día.

            Cuando esto se dio a conocer, causó una conmoción: “Has decepcionado a tu país. Eres un traidor”. El director del equipo lloraba: “No puedes hacer esto”. Él respondió con calma: “Yo no puedo correr en el día del Señor”.

            Su retirad ocupó los titulares. Las autoridades atléticas británicas estaban furiosas. Los periódicos eran implacables en su condenación. Algunos de sus amigos intentaron defenderlo, pero fue inútil. El Eric popular era ahora un aguafiestas.

            Eric estudió la cartelera de anuncios. Notó que la carrera de 400 metros no se correría un domingo. No era su distancia, pero podría intentarlo. Entonces fue al director, y le preguntó si podía correr allí. Contrariamente a la política convencional, el director estuvo de acuerdo. Eric ganó la primera serie. Corrió nuevamente y ganó. Pronto estuvo en las semifinales, y luego en la final, lo que era considerado el evento máximo de los Juegos Olímpicos.

            Antes de la carrera, el masajista del equipo le entregó un trozo de papel. Eric leyó: “En el antiguo libro dice: ‘Yo honraré a los que me honran’. Deseándote el mejor de los éxitos siempre”. La referencia bíblica de la cita era 1 Samuel 2:30. El versículo corrió junto a él durante toda la carrera.

            Un oficial que le dio al equipo británico una charla de ánimo dijo: “Jugar el juego es lo único que importa en la vida”. Era probablemente un reproche dirigido a Eric, pero dicha flecha no dio en el blanco. Para Eric había otras cosas que importaban más.

            Cuando los corredores se dirigieron hacia la línea de partida, a Eric le había tocado un mal carril. Además, la temperatura ese día era insufrible. Sin precedentes para los Juegos Olímpicos.

            La gente decía que el estilo de correr de Eric era lamentable. Sus brazos iban colgando, sus puños golpeaban el aire, sus rodillas estaban inflamadas, y su cabeza estaba hacia atrás. Alguien lo comparó con un molino de viento. Pero cuando estaba a casi 50 metros del objetivo, hizo un esfuerzo supremo para aumentar su velocidad. Se apartó de los otros corredores, ganó la medalla de oro, y estableció un nuevo récord mundial.

 

Uno de sus biógrafos escribió: "Logró obtener la atención de millones cuando abandonó su oportunidad de ganar una medalla de oro en los 100 metros, la carrera en la que era favorito para ganar, porque un principio de su fe cristiana le era más importante. Cuando, en vez de eso, inesperadamente ganó los 400 metros el país estaba a sus pies. Un atleta prominente dijo: "Sin la mínima duda, Eric fue el atleta más grandioso que Escocia haya producido, por su influencia, su ejemplo y capacidad."

Más tarde se convirtió en misionero en China. Antes de embarcar, le dijo a su hermana: "Jenny, Dios me ha hecho con un propósito para China; pero también me ha hecho rápido, y cuando corro, siento Su complacencia."

Cuando los japoneses ocuparon China, Eric fue enviado a un campo de concentración. Las condiciones eran duras. La comida y la ropa eran escasas y las condiciones de los baños eran indescriptibles. El campo sacaba a flote lo peor de las personas. Hubo luchas entre muchos de los cautivos, especialmente entre los empresarios americanos.

Pero todos estaban de acuerdo en que Eric era diferente. "Él vivía su cristiandad. Se lo catalogaba como la figura de Cristo aquí en el campo, tanto como lo era entre los chinos en Siaochang. Se hacía amigo de las prostitutas y de los empresarios despreciados. Les cargaba carbón a los débiles, y enseñaba a los jóvenes. Estaba dispuesto a cualquier esfuerzo para obtener recursos con qué servir. Y aún seguía siendo el mismo Eric, marchando con una camiseta multicolor hecha de cortinas viejas y luciendo extremadamente común y corriente, sin nada especial para nada.

Una de las internas, una prostituta rusa, necesitaba unos estantes. Cuando Eric se encargó de eso, ella le dijo que había sido el primer hombre que hizo algo por ella sin querer ser recompensado de alguna manera.

Un cautivo dijo de él: “Nunca escuché a Eric decir una palabra cruel sobre alguien.” Otro testificó: “Eric es el hombre más similar a Cristo que conozco.”

Cuando un guardia japonés notó que Eric no estaba al pasar la lista, alguien le explicó que había muerto hacía cuatro horas. El guardia dudó, y luego dijo: "Liddell era cristiano, ¿no?" Nunca había hablado con Eric, pero debe haber visto a Cristo en él.

Él murió allí. No como resultado de una brutalidad, sino como resultado de un tumor cerebral. La clínica del campo no estaba equipada como para tratar ese tipo de problemas. Las últimas palabras de Eric, dichas a Annie Buchan, una enfermera escocesa, fueron: "Annie, es entregarse totalmente."

Cuando las noticias llegaron a Glasgow, el periódico nocturno anunció: "Escocia ha perdido a un hijo que la enorgulleció cada hora de su vida."

En el servicio fúnebre, Arnold Bryson, uno de los misioneros mayores, dijo: Ayer un hombre me dijo: "De todos los hombres que he conocido, Eric Liddell fue aquel en cuyo carácter y vida era preeminentemente manifestado el espíritu de Jesucristo." Y todos quienes tuvimos el privilegio de conocerlo con cierta intimidad hacemos eco de este juicio. ¿Cuál era el secreto de su vida consagrada y de su influencia de largo alcance? La entrega absoluta a la voluntad de Dios como se revela en Jesucristo. La suya era una vida controlada por Dios y siguió a su Maestro y Señor con una devoción que nunca osciló, y con una intensidad de propósito que hacía a los hombres ver ambas cosas, la realidad y el poder de la religión verdadera.

Hay una posdata para esta historia. En 1977, el director de cine británico, David Puttnam, se encontró con la historia de la victoria de Eric Liddell en los Juegos Olímpicos de 1924. Puttnam recientemente había producido una película llamada "Midnight Express" (El Expreso de Medianoche) que mostraba lo peor de la naturaleza humana. Era una película cínica que le dejó un sabor amargo en la boca. En realidad, estaba disgustado porque había sido un gran triunfo de taquilla. Ahora sentía que la historia de Eric serviría como catarsis. Dijo: "Aquí hay un personaje que representa a los más grande que él mismo, poniendo el deber para con Dios antes que el éxito mundano."

Así es como surgió la película Chariots of Fire (Carros de Fuego). Fue un éxito instantáneo. Las personas en todo el mundo se enteraron de un joven, cuyos escrúpulos significaban más para él que una medalla de oro en los Juegos Olímpicos, un humilde atleta escocés, quien tenía firmes convicciones y no las negociaría.

La película encontró una amplia aclamación. Las personas lloraban a medida que veían cómo Dios había honrado a un hombre que lo había honrado a Él. Un crítico de películas de Nueva York, Rex Reed, la llamó una de las mejores películas jamás realizadas." Alcanza lo profundo de las verdades universales y expresa sentimientos que los estándares cínicos contemporáneos consideran fuera de moda."

Eric corrió la famosa carrera en 1924. Cincuenta y siete años más tarde se produjo una película que lo honró de una manera que él nunca habría podido imaginar.

¿Qué significa separación?


 El Señor Jesús dejó claro en su oración sumo sacerdotal que, si bien su pueblo estaba en el mundo, no era del mundo (Juan 17:11,16). La primera de estas relaciones la podemos entender muy bien; todos vivimos en una sociedad que ha rechazado a Dios y nos relacionamos a diario con personas que no conocen al Salvador. Esto no sólo es inevitable (1 Corintios 5:10) sino es necesario si queremos alcanzarlos para Cristo (Juan 17:18). Sin embargo, el cristiano no pertenece a este orden de cosas; su ciudadanía celestial determina que no es sino un extranjero y transeúnte aquí. Nuestro hogar está en el cielo y esperamos el pronto regreso del Maestro para que nos lleve allí (Filipenses 3:20,21).

            De acuerdo con esto, lo que dice el Señor a su pueblo es que deben estar separados (2 Corintios 6:17) y ser distintos (Filipenses 2:15,16) en medio de la oscuridad que les rodea. Uno de los más graves problemas que enfrenta nuestra generación es que se hace cada vez más difícil distinguir a los cristianos de quienes no lo son. ¡Y uno duda que esto se deba a que los incrédulos están imitando nuestro estilo de vida!

            Vamos a fijarnos en un hombre que fue preparado para levantarse por la causa de Dios y mantenerse separado. El capítulo 1 de Daniel puede dividirse perfectamente en tres secciones para nuestro análisis.

1. La posición de Daniel (vv. 1 al 7)

Sacado repentinamente de Jerusalén en el año 605 a.C., el joven Daniel (probablemente no tenía más de 17 años) se encontró en un ambiente completamente extraño e impío. Más aun, la sociedad que lo rodeaba hizo todo lo posible para convertirlo en una babilonia. Observa con atención los métodos que usó para corromper la mente de Daniel y destruir su testimonio al Dios de Israel. Cuatro áreas de su vida fueron cambiadas: (i) su hogar (vv. 1,2), (ii) su educación (vv. 3,4), (iii) su dieta alimenticia, (v. 5) y (iv) su nombre (vv. 6,7). ¡Que de presiones sobre un joven para conformarlo a un nuevo estilo de vida!

            El mundo de hoy quiere presionar a todo creyente joven para que adapte sus modalidades pecaminosas, frívolas e impúdicas (Romanos 12:2). El mundo no puede soportar a los cristianos auténticos, como tampoco pudo tolerar al Señor Jesús (Juan 15:18). ¡Cuidado! Algunos que profesan conocer a Dios ocasionalmente capitulan ante sus demandas incesantes; Demas es un aviso solemne en este sentido (2 Timoteo 4:10).

Pero Daniel estaba dispuesto a ser diferente. El beneplácito de Dios significó más para él que el enojo de los hombres. Aunque su nuevo hogar estaba en Babilonia, su corazón estaba en Jerusalén (Daniel 6:10); aunque le obligaron a cursar estudios universitarios por tres años para lavar su cerebro y dirigirlo hacia la filosofía de una nación idólatra, su mente estaba saturada con las Escrituras (Daniel 9:2); aunque cambiaron su nombre de Daniel (“Dios es mi juez”) por el de Belsasar (“príncipe de Bel”), él constantemente se refiera a sí mismo como “yo Daniel” (8:15).

¡Cuidado, joven! El mundo te cortejará con promesas de abundancia, intentando que abandones tu vida de peregrino y te asientes en una complacencia materialista, pero Mateo 6:19,20 manda: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo”. El mundo te bombardeará con su humanismo ateo y evolucionista, burlándose de tu fe llana e ingenua en la absoluta integridad e infalibilidad de la Palabra de Dios, pero mantente asido y llévalos a Génesis 1:1, “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”.

2. El propósito de Daniel (vv. 8 al 16) 

Este es uno de los grandes ejemplos en la Biblia de un hombre con propósito de corazón. Leemos, “Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía” (v. 8). Llama la atención que nada se dice de lo que estaba mal en cuanto a la comida del rey. Quizás había sido ofrecido a los ídolos (Éxodo 34:15); quizás contenía sangre (Levítico 11); no se dice claramente. Con todo, Daniel la rehusó, como si pensara, “hay un riesgo potencial de desobedecer la ley de mi Dios si como estos alimentos, y yo quiero estar seguro; por tanto, no tocaré nada de ella”.

            ¿Puedes ser tan intransigente? ¡Seguramente tal fanatismo es imposible! Pero observamos primeramente que Dios honra el deseo de Daniel de permanecer separado (vv. 9,15) y en segundo lugar que su postura inflexible influyó sobre otros jóvenes, apoyándolos para permanecer firmes en la verdad de Dios (1:11,12, 3:16 al 18). Como ves, la historia de Daniel es un contundente rechazo a la vieja mentira de que la “estrechez” (si podemos emplear este término para referirnos a un deseo genuino de obedecer la Palabra de Dios) necesariamente conlleva una falta de misericordia) los versículos 9, 12 y 13 nos presentan a Daniel como un joven agradable y simpático); o el aislamiento (¡El encontró tres amigos de su mismo sentir!); o al fracaso evangelístico (vv. 14 al 16). Por el contrario, Dios manifiesta su aprobación absoluta a la separación de Daniel.

            ¿Aprenderemos que solamente con esta intransigencia evitaremos la influencia para apartarnos de los mandamientos del Señor? Spurgeon escribe: “Daniel decidió ir ‘demasiado lejos’ antes de ‘no lo suficientemente lejos’ ... Es siempre más seguro, si estás en guerra con un enemigo mortal, tener una pared bien alta entre él y tú. Nunca será demasiado alta si sus intenciones son las de destruirte”. Aplica esto a cualquiera de esas preguntas impertinentes acerca del comportamiento cristiano: ¿Debo apoyar esta actividad, o unirme a aquel movimiento? Respuesta: Voy a situarme en el lado seguro y evitar cualquier cosa que pudiese poner en peligro mi testimonio cristiano.

La actitud de Daniel podría ayudar incluso a las jóvenes que encuentran costoso o molesto cubrir sus cabezas en las reuniones. ¡Sitúate en el lado seguro! En ninguna manera puedes equivocarte al cubrir la cabeza, pero puedes estar realmente equivocada al no hacerlo (1 Corintios 11:1 al 16). Aquellas que realmente aman al Señor preferirán estar seguros antes de lamentar.

3. La prosperidad de Daniel (vv. 17 al 21) 

Como ya hemos visto, Dios bendice al siervo fiel, porque “ha dicho Jehová: ... Yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenido en poco” (1 Samuel 2:30). La postura que Daniel adoptó en su juventud constituyó un fundamento firme para el resto de su vida. Por esto el capítulo termina con una breve referencia a su largo período de servicio en Babilonia (v. 21). Incluso el mundo tuvo que reconocer el poder de Dios en la vida de este varón (1:19, 2:28).

Daniel es testigo de que la verdad de Dios no se puede sostener basándose en un compromiso, y que no se puede evitar los compromisos si no hay separación. ¿Estás dispuesto a ser diferente para honrar a Dios?

SACERDOCIO REAL

 Sois linaje escogido, real sacerdocio para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:6)


El apóstol no dice: «deberíais ser sacerdotes reales». Dice: "sois". como tales, debemos anunciar las virtudes de Cristo. A un miembro del sacerdocio real no le conviene ninguna otra cosa. Ocuparme de mí mismo, discurrir sobre mi comodidad, mis propios intereses mi disfrute personal, y preocuparme de mis cosas, no es, en modo alguno, obra de un sacerdote real. Cristo jamás obró de esa manera; y yo soy llamado a anunciar sus virtudes.

Él, bendito sea su Nombre, concede a los suyos, en este tiempo de su ausencia, el privilegio de anticiparse al día en que se manifestará como Sacerdote Real, se sentará en su trono y extenderá hasta los últimos confines de la tierra el benéfico influjo de su dominio. Nosotros somos llamados a ser la expresión actual del reino de Cristo, la expresión de Él mismo.

Que nadie suponga que las actividades de un sacerdote real se limitan simplemente a dar. Este sería un grave error. Sin duda, un sacerdote real dará, y lo hará generosamente, si puede; pero limitarlo solo a la acción de «dar algo» equivaldría a privarlo de algunas de las funciones más preciosas de su posición. El propio adorable Maestro no poseía dinero, como sabemos, pero anduvo haciendo bienes; y así deberíamos hacer nosotros, sin que necesitemos dinero para ello. Por consiguiente, que nadie se imagine por eso que no puede actuar como sacerdote real si no posee riquezas terrenales.

¿Qué riquezas necesitamos para decir una palabra amable, para derramar una lágrima de compasión, para ofrecer una mirada confortante y cordial? Ninguna, excepto las riquezas de la gracia de Dios, las inescrutables riquezas de Cristo, todas las cuales están a disposición del miembro más desconocido del sacerdocio cristiano Puedo ir vestido de harapos, sin un céntimo en el bolsillo y, con todo, comportarme como sacerdote real, difundiendo a mi alrededor la fragancia de la gracia de Cristo.

C. H. Mackintosh

El Señor está Cerca

MUJERES DE FE DEL ANTIGUO TESTAMENTO (24)

 

Vasti

La reina Vasti no quiso comparecer a la orden del rey” (Ester 1.12).

La historia está en Ester 1.1-22 y 2.1-4.


Hemos estudiado acontecimientos en las vidas de mujeres que mostraron su fe en Dios. La reina Vasti vivía en un país pagano y no hay evidencia de que creía en el Dios verdadero, pero parece que nos dejó un ejemplo de la verdadera modestia femenina.

Vasti era la bella esposa de Asuero, rey de Persia, cuyo reino ocupó más de la mitad del mundo conocido en aquel entonces. Esta historia sucedió en el período entre Esdras 6 y 7.

Para demostrar “las riquezas de su glorioso reino”, el rey celebró un banquete por seis meses para todos sus funcionarios en Persia y Media, culminando con otro banquete por siete días. La reina Vasti, por su parte, celebró en el palacio del rey un banquete para las mujeres.

Hubo abundancia de vino en el segundo banquete del rey. Asuero estaba ebrio cuando mandó a sus siervos que trajesen a su presencia a la reina Vasti con su regia corona puesta, a fin de desplegar su belleza ante los dignatarios y el pueblo. En aquel país las mujeres vivían retiradas y no salían en público mostrando la belleza de su cuerpo. Si el rey hubiera estado en su juicio cabal no habría hecho esa indecorosa exigencia.

Vasti rehusó presentarse delante de esa multitud de hombres intoxicados y no le dio al rey la oportunidad de degradarla para satisfacer el capricho de su embriaguez. Asuero, desconcertado y furioso, preguntó a sus consejeros qué debía hacer con la reina Vasti.

            Llegaron al acuerdo de que tenía que ser dispuesta por medio de un decreto real que decía que todo marido tenía que afirmar su autoridad sobre su propia esposa. El decreto fue divulgado en todo el reino: “Que Vasti no venga más delante del rey Asuero; y el rey haga reina a otra que sea mejor que ella”. Tal vez aquellos hombres estaban más preocupados por sus propios derechos que por los del rey.

El resultado para Vasti fue que ella ya no era la esposa del rey, ni era reina, ni podía casarse con otro hombre. Vasti sufrió mucho por su decisión de no aparecer ante aquellos hombres.

La cristiana debe evitar poner a un hombre en una situación de tentación. Debe procurar la pureza en sus pensamientos, su vestir y su comportamiento. Aparte de la salvación de su alma, el tesoro de más valor para la cristiana soltera es su virginidad.

En la historia de Vasti vemos los hechos providenciales de Dios en un país pagano antes de que Ester, una mujer judía, llegara a ser reina de Persia. “Porque de Jehová es el reino, y Él regirá las naciones” (Salmo 22.28).