lunes, 3 de octubre de 2016

El perfecto amor echa fuera el temor.

1 Juan 4:18


El temor y el amor son antagónicos el uno al otro como motivos en la vida, igual que aquellos dos montes desde donde fueron proclamadas respectivamente las bendiciones y las maldiciones de la antigua ley - el Monte de la maldición árido y pedregoso, sin vegetación ni agua: el Monte de la Bendición verde y alegre con numerosas flores, y bendecido con riachuelos por doquier. El temor es estéril. El amor es fructífero. El uno es esclavo y su obra vale poco. El otro es libre y sus hechos son grandes y valiosos. Desde la cúspide del monte que engendra la esclavitud se escuchan las palabras de la ley; pero el poder para guardar estas leyes se halla únicamente en el monte asoleado donde mora la libertad dentro del amor y confiere la energía necesaria para obedecer. Por lo tanto, si deseas utilizar en tu propia vida la fuerza más grande que Dios nos ha dado para que crezcamos en gracia, saca tu argumento, no del temor, sino del amor.
El Contendor por la Fe - Marzo-Abril-1970

CARTA A UN JOVEN CRISTANO

PERMANECER FIEL AL SEÑOR
Por E. Dónges


Mi amado:
Tú conoces en tu corazón el amor que Dios tiene para con nosotros. ¡Qué gracia! Sí, Dios no perdonó a su propio Hijo, antes le entregó por todos nosotros. Y sobre este don inefable, sobre el Señor Jesús, el Hijo unigénito y amado de Dios, fundas tu salvación. Es una roca segura y eterna. Jesucristo se hizo hombre y dio voluntariamente en el juicio y la muerte su vida por ti. Dios lo resucitó y lo ensalzó a su diestra en la gloria, donde es el autor y garante de tu salvación eterna.
Por la fe en la potencia y eficacia de su sangre pre­ciosa, tienes el perdón de tus pecados, porque la Palabra nos lo dice también: "La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado" (1 Juan 1: 7). Y sobre esta base, añade luego: "Os escribo a vosotros, hijitos, por­que vuestros pecados os han sido perdonados por su nombre" (2: 12). Por esto, Juan podía cantar con los rescatados, y tú puedes unirte ahora a ellos: "Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre... a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén" (Apocalipsis 1: 5-6).
Deseo decirte las mismas palabras que Bernabé recordaba a los nuevos convertidos de la ciudad pagana de Antioquía: "Que con propósito de corazón permane­ciesen fieles al Señor" (Hechos 11: 23). ¡Cuán impor­tante es esto!
Permanece fiel al Señor con todo tu corazón. ¡Desde el primer día de tu conversión mantente fiel, decidido por tu Señor! Ponte a su lado resueltamente. No te avergüences de él en medio de este mundo pobre, impuro, malo, ni te avergüences de su Evangelio. El Señor y Salvador es el creador y poseedor de los cielos y de la tierra, es el juez de los vivos y de los muertos. Tú sabes lo que él hizo por ti. Siendo rico, se hizo pobre; para que con su pobreza fueras enriquecido (2 Corintios 8: 9). Llevó el juicio de tu pecado; dio voluntariamente su vida por ti, para librarte de la muerte y del juicio eterno, para arrancarte del poder de Satanás, y te hizo hijo de Dios y heredero de él. Ya no te perteneces a ti mismo ni al mundo. Ahora eres su propiedad con todo lo que tienes y todo lo que eres. Vive, pues, para aquel que murió por ti (a lo que asimismo Pablo nos exhorta y anima, 2 Corintios 5: 15) y añade a tu fe, según nos lo escribe el apóstol Pedro, la virtud (2 Pedro 1: 5), es decir, la decisión y el coraje.
¡Guárdate de tener un corazón dividido! Un cora­zón dividido es un veneno moral para el cristiano y una abominación para Dios, y aun los hombres no lo respe­tan. Y ahora que Cristo habita por la fe en tu corazón, nunca preguntes: « ¿Por qué no puedo hacer esto o aquello? ¡No veo ningún mal!». Al contrario, pregunta: « ¿Será esto del agrado de Cristo? ¿Puedo realizarlo con mi Señor? ¿Me acompañará en tal o cual camino?». Si andas fielmente con él, descubrirás con presteza lo que no le es agradable.
Permanece fiel al Señor con todo tu corazón. No te dejes seducir por el mundo, ni ser alejado de su persona. El mundo hace múltiples promesas que no puede man­tener; pero las hace y engaña a muchos. Su sonrisa es la falsedad. Tu corazón es demasiado grande: el mundo no puede llenarlo, pero es demasiado pequeño para reci­bir a Cristo en toda su plenitud, porque él llena los cielos de los cielos.
Permanece fiel al Señor con todo tu corazón. Entonces tu paz vendrá a ser más grande, más segura y tú gozo más puro. Mucho te regocijas que ya posees el perdón de tus pecados, pero no te apoyes sobre tu gozo; ¡apóyate sobre el Señor! Tu gozo puede vacilar, pero él no cambia jamás. No te digo (¡ay! como muchos cristianos expresan a los recién convertidos): « ¡No te alegres demasiado!» o «Tu alegría cesará». No, el gozo de la nueva vida permanece eternamente y se ahonda de año en año, más el del nuevo convertido se asemeja, con frecuencia, a un torrente de la montaña; es bello y su agua fresca, pero brama y echa espuma; al llegar a la llanura se tranquiliza, se ahonda, se torna más fructífero y puede llevar cargas pesadas.
"El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto" (Lucas 16: 10).
Creced 1990

DEL FUEGO A LAS BRASAS

El profeta Amos describe gráficamente la condición de algunas personas que abrigaron falsas esperanzas para el futuro. Lean sus palabras que captan la imaginación. "¡Ay! de los que desean el día de Jehová. ¿Para qué queréis este día de Jehová? Será de tinieblas y no de luz; como el que huye del león, y se encuentra con el oso, o como si entrare en casa y apoyare su mano en la pared, y le muerde una culebra. ¿No será el día de Jehová tinieblas y no luz; oscuridad, que no tiene resplandor?" (Amos 5:18-20).
"El día del Señor" era una expresión bien entendida por los israelitas que vivían en el tiempo de Amos. Ellos entendieron correctamente que sería aquel día cuando Dios, por medio del Mesías, ganaría la victoria sobre sus enemigos y establecería su Reino Terrenal de justicia. Hay muchas otras escrituras que apoyan este concepto. En especial, el profeta Isaías había dibujado unos cuadros hablados que ilustraban este tiempo de paz, de armonía en la naturaleza y de un Reino Perfecto. Es el día cuando Dios se mete en los asuntos de los hombres para poner fin a su maldad y darles una oportunidad más a las siguientes generaciones para vivir mejor.
¿Dónde, pues, se equivocaron los que oyeron el mensaje de Amos? Era una equivocación muy común entre los israelitas. Ellos pensaron que el solo hecho de ser israelitas les garantizaba un lugar en el reino de Dios.
El Señor encontró esta actitud cuando él vivía entre el pueblo de Israel. Ellos le preguntaron: "¿No somos nosotros hijos de Abraham?" El Señor les contestó que el ser nacido israelita no les dio el derecho de recibir la bendición. Les dijo irónicamente que Dios pudo haber levantado hijos de Abraham de las piedras que les rodeaban. Lo que era necesario para recibir la bendición de Dios era la fe en el Hijo de Dios.
¿Qué importancia tiene este tema para nosotros que vivimos en el día de hoy? Es un asunto bastante pertinente. Sobre todo para aquellas personas que se consideran ser cristianos, pero no han entregado sus vidas al Señor Jesucristo. Nacer en un país 'cristiano' no nos hace cristianos. La fe en el Señor Jesucristo hace un cristiano en el sentido bíblico.
En muchas iglesias es la costumbre repetir al unísono el "Padre Nuestro". Es una linda oración que debe elevar nuestro corazón a Dios. Pero todo lo que es bueno, ha de ser usado correctamente para producir la bendición. Lo que más me preocupa es que estas personas dicen, quizás con toda sinceridad: "Venga tu reino". Ellas deben pensar bien las implicaciones de lo que están pidiendo. Escuchen al profeta Amos otra vez: "¡Ay, de los que desean el día de Jehová!" Escrito en términos más modernos podríamos decir, "¡Ay, de los que desean el retorno del Señor para establecer su reino!"
En un estudio de la profecía de Amos nos fijamos en la corrupción, extorsión, opresión e injusticia en Israel. Los corrompidos dijeron: "Deseamos el día de Jehová", pero no comprendieron las consecuencias; que sería un día de bendición para los salvos, pero un día de consternación y condenación para los que hicieron mal.
Lo mismo ocurre con los que rezan: "Venga tu reino". Si ellos no conocen al Señor Jesucristo como su Salvador personal, están apresurándose a ser juzgados. Cuando el Señor establezca su reino, El enviará a los que no son salvos al fuego eterno.
Amos lo hace muy claro. "Es como el que huye delante del león y se encuentra con el oso". Imagínese el encuentro con un león en la calle!,* dándose vuelta y huyendo a toda carrera para escaparse de las quijadas del león sólo para encontrarse en el mortal abrazo de un oso.
Nosotros quisiéramos escaparnos de este mundo tan lleno de maldad, pero sin Cristo como nuestro Salvador saldremos de este mundo para encontrarnos en el infierno. Será salir del fuego para caer en las brasas; como correr en busca de refugio en su propia casa y llegando rendido, se apoya en la pared y una culebra le muerde.
Tengamos cuidado cuando deseamos el reino del Señor. Si no somos salvos será un día de tinieblas, no de luz. Será de oscuridad y no de resplandor. Será de consternación y no salvación. Acuda hoy a Cristo, y recíbale como su Salvador.
Aun para Los que han confiado en Cristo como su Salvador, Amos tiene un mensaje. ¿Anhelamos la venida del Señor al aire? ¿Por qué? ¿Sólo para escapar de alguna dificultad? ¿0 realmente para estar con Él? He hablado con hermanos que no se han preocupado de la venida del Señor sino hasta encontrarse en problemas. No es una escapatoria, es un momento glorioso. Y aquellos hermanos que andan desordenadamente ¿anhelan ellos la venida del Señor? No pueden esperar con el mismo gusto que aquellos que andan bien. Algunos serán avergonzados cuando El venga. Serán arrebatados de en medio de sus pecados; encontrados con las manos en la masa.
¿Queremos que venga el Señor? ¿Que venga el reino de Dios? Escuchemos las palabras del apóstol Juan: "Todo aquel que tiene esta esperanza en El, se purifica a sí mismo, así como Él es puro" (1 Jn. ,1:3) ¡Ay de los que conocen estas cosas y no las hacen! ¿Cuál es el remedio? Estar seguro que ha recibido al Señor Jesucristo como su Salvador personal y luego estar seguro que no ande en desobediencia. Si UD. no está en Cristo, crea en El ahora mismo. Si está en pecado, confiéselo y déjelo sin más demora. Que el Señor le dé la gracia para hacerlo.
En Esto Pensad"  Honduras
Contendor por la fe - Marzo - Abril (221,222)

Los cuatro evangelistas (Parte I)

Introducción
Las biografías de los notables del Antiguo Testamento figuran en considerable detalle, de manera que no nos es difícil visualizar la historia de sus vidas y hazañas. En el Nuevo Testamento en cambio observamos una ausencia, comparativamente hablando, de detalles biográficos. El hecho es que una sola biografía ocupa espacio significativo, y se podría decir, como se dijo en el Monte de la Transfiguración, que no vemos a ninguno sino a Jesús solo.
El primer nombre notable que nos espera es el de Mateo, el escritor del primer Evangelio. Tenemos que llevar en mente que cuando el Señor Jesús estaba aquí sobre la tierra no había ningún periodista historiador oficial adscrito al grupo de sus seguidores para darnos un registro autorizado. Empleando las palabras de Pedro en Hechos: “Estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros” (1:21), cada cual tendría sus propios recuerdos del Señor, y aquellos testigos contarían cada uno a su manera lo que había visto y oído de aquella maravillosa vida y muerte.
En el consejo divino resultó que, en vez de estos muchos testimonios verbales, el Espíritu de Dios inspiró a cuatro hombres a dar un retrato del Señor en vida. Alguien ha dicho que el Espíritu no es un informador, sino un editor. Él ha ordenado el material conforme a su propósito y ha escogido a quienes considera apropiados para la tarea. De ninguna manera cubren todo el material: “Hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir” (Juan 21:25).
Surge, entonces, la pregunta de por qué cuatro Evangelios. Se puede decir acertadamente que de esta manera se proporciona cuatro perspectivas del Señor Jesús. Pero sugiero que hay por lo menos una razón más. Así como la ciudad celestial del Apocalipsis 21 “se halla establecida en cuadro, y su longitud es igual a su anchura”, con puertas abiertas a los cuatro puntos cardinales para permitir a las naciones de la tierra milenaria acercarse y contemplar sus glorias, la presentación de las buenas nuevas de Jesucristo es “cuadrada” en el sentido que está diseñada a satisfacer la perspectiva y necesidad del mundo entero. Es de notar que la inscripción en la cruz fue escrita en los tres idiomas —hebreo, griego y latín— que representaban las civilizaciones sobresalientes de la época. El judío era el hombre de comercio y religión; el griego, de instrucción y cultura; el romano, de energía y conquista.
Es más de todo al primero de éstos, al judío, que Mateo dirige su Evangelio. La narración breve y concisa de Marcos iba dirigida mayormente al mundo romano. Lucas, estudioso y médico, escribió principalmente para el griego de cultura. Juan, quien escribió su Evangelio mucho más tarde que los demás, escribe para la Iglesia de Dios en la cual no hay ni judío ni griego, sino todos son uno en Cristo Jesús.
Mateo.
El Evangelio según Mateo ocupa el primer lugar en el canon sagrado, no sólo por haber sido escrito primero, sino también el orden divino es “al judío primeramente, luego al gentil”. Todo el estilo y trasfondo de su Evangelio, desde la oración inicial —“Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham”— hasta el último versículo del último capítulo —“Toda potestad me es dada”— indican claramente que una de las finalidades principales del autor es hacer ver al pueblo escogido “con muchas pruebas indubitables” que Jesús de Nazaret era de veras su rey y su Mesías.
Tal vez nos veamos inclinados a veces a pasar por alto las genealogías bíblicas, pensando imprudentemente que no hay nada de valor en ellas. Pero no nos atrevemos hacerlo en Mateo 1, ya que es de un todo esencial. Primeramente se afirma que Jesús es hijo de David por ley de la línea real, y por ende elegible a ser Rey de Israel. Luego, es hijo de Abraham, heredero de las promesas del pacto, aquel de quien toda bendición fluye para la nación de Israel y en última instancia a todas las otras naciones también, y por esto competente a ser Mesías de Israel. Tercero, en vista de su nacimiento único (las circunstancias de la cual el evangelista describe hermosa y delicadamente) y por su muerte expiatoria, su nombre sería Jesús, el Salvador, ya que “él salvará a su pueblo de su pecado”.
Aquí hay uno cuya persona y obra están apartes de todas las demás. “No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”, Hechos 4.12. En cuarto lugar, el cumplimiento de la profecía de Isaías 7.14: el hijo de la virgen sería llamado Emanuel, “Dios con nosotros”, porque el que era el Verbo eterno se había manifestado en carne.
Así es, entonces, la buena nueva según Mateo. Pero es de Mateo el hombre —su vida, actuaciones, familia— que deseamos saber un poco más.  Y nos encontramos de una vez ante una carencia de información de parte del escritor. Si su Evangelio no hubiera sido inspirado por el Espíritu Santo, a lo mejor nos hubiera contado algo acerca de sí mismo, y es obvio que hubiera sido interesante, pero el escritor parece perderse en sus escritos. Él quiere levantar en alto la bandera y en sus dobleces esconderse a sí mismo.
Creo tener la razón al decir que no contamos con una sola palabra dicha por Mateo. Pero, hay cosas importantes que sabemos a ciencia cierta en cuanto a él; hay otras que son por lo menos probabilidades; y, hay otras que son posibilidades que merecen investigación.
(Continuará)

Joab: Capaz y malintencionado (Parte V)

Contra Rabá
La campaña contra los amonitas muestra tal vez más claramente que otras cuán cambiante era Joab en su estado de ánimo y sus motivos. Fue hacia el final de esta operación militar que los ejércitos de Israel sitiaron la ciudad de Rabá, donde el enemigo montó su última defensa; 2 Samuel 11, 12 y 1 Crónicas 20.
Uno de los capitanes bajo Joab era Urías heteo, quien iba a figurar entre los treinta y siete valientes que tuvo David, 2 Samuel 23.39, 1 Crónicas 11.41. Joab le mandó a llevar a cabo órdenes que David había dado. El motivo del general era exponer al subalterno al peligro de muerte. El asunto era que el rey había adulterado con la esposa de este oficial. “Cuando Joab sitió la ciudad, puso a Urías en el lugar donde sabía que estaban los hombres más valientes… Y murió también Urías heteo”, 11.16, 17.
La excusa era, por supuesto, que simplemente se llevaba a cabo las órdenes militares del rey. Pero en circunstancias como éstas debemos llevar en mente las palabras de Pedro cuando fue amenazado por el sumo sacerdote por no desistir de predicar en el nombre de Jesús: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”, Hechos 5.29. Ninguno está investido de autoridad para estimular al pueblo de Dios a actuar en contradicción a las Sagradas Escrituras.
El otro lado del carácter de Joab se manifestó cuando casi se había subyugado la ciudad. La residencia real estaba en sus manos, como también el suministro de agua, de manera que era evidente que la resistencia no podría prolongarse por más de un par de días. Pero Joab no reservó para sí el golpe final, sino que invita a David a presenciarlo: “… no sea que tome yo la ciudad y sea llamada de mi nombre”, 12.28.
La conducta de David a lo largo de toda esta campaña había sido muy censurable. Fue “en el tiempo que salen los reyes a la guerra” que él paseaba sobre el terrado de su casa. Estaba en el lugar indebido en el momento indebido, y fácilmente cayó víctima de la tentación. No surtió efecto siquiera la reprimenda velada que le dio Urías, quien dormía a la puerta de la casa del rey en vez de en la suya propia y de esta manera manifestaba su adhesión a los que estaban en la línea de combate. Con todo, Joab no se aprovechó del ambiente para buscar gloria propia.
Si él estaba deseoso de ver el prestigio caer sobre uno que se estaba comportando mal, cuánto más debemos desear nosotros que el Señor Jesucristo tenga la preeminencia en nuestros corazones. Queremos reconocer y manifestar siempre que Él solo es digno de recibir la alabanza y gloria, aun en aquello que le place realizar por medio de su pueblo. A diferencia de David, no está alejado de la batalla, sino del todo al tanto de lo que los suyos están haciendo y padeciendo. El capitán de nuestra salvación fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado (Hebreos 4:15), y puede dar gracia para el oportuno socorro.

LOS EFECTOS PRÁCTICOS DE LA PROFECÍA

Hay, tal vez, un triple efecto que la profecía tendrá sobre nosotros cuando es interpretada correctamente. Primeramente, «Hasta que el día esclarezca....en vuestros corazones» (2 P. 1:19). Esto se refiere al brillo superior de la verdad cristiana en el Nuevo Testamento. El Apóstol Pedro pone esto en contraste con la «lámpara» que brilla en un lugar oscuro, lo cual se refiere a las Escrituras proféticas del Antiguo Testamento. Una guía más brillante nos ha sido dada ahora, en el concepto de la verdad del Nuevo Testamento. Esto no significa que vamos a descuidar las Escrituras del Antiguo Testamento. Pedro habla bastante en contra de esto, porque dice que haríamos bien en prestar atención a ellas. En la lectura de estas profecías del Antiguo Testamento, las verdades del Nuevo Testamento aparecen con un contraste más distintivo, tal como la clara luz del día excede la luz de una lámpara. Como resultado, se nos permite ver el gran contraste que hay entre las bendiciones de Israel, y las bendiciones celestiales y privilegios de la Iglesia. El efecto práctico de entender nuestras bendiciones cristianas, nos hará entender lo que es correctamente nuestro.
En segundo lugar, el aprendizaje de la profecía produce que el lucero de la mañana salga en nuestros corazones (2 P. 1:19). Esto se refiere a la venida de Cristo por Su esposa, la Iglesia, en el rapto. Cuando nos damos cuenta que antes de que todas estas cosas en la profecía se lleven a cabo, el Señor debe primero venir y llevarnos al hogar celestial, el hecho de Su venida por nosotros se vuelve aún más inminente.
         En tercer lugar, leer la profecía nos da la posibilidad de ver el fin de este mundo. Cuando advertimos que todo esto quedará bajo el juicio de Dios, nos damos cuenta lo absolutamente inútil que es estar gastando nuestras energías en construir sobre algo que está condenado. El efecto práctico que causará en nosotros será estar más separados ahora del mundo. «Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán!» (2 P. 3:11-12).
Tomado del libro “Reseña General de los eventos proféticos.

EL ORDEN RESTABLECIDO EN LA CASA DE DIOS

(Nehemías 7)


Cuando el muro de la santa ciudad hubo sido com­pletamente restaurado y las puertas sólidamente recons­truidas, Jerusalén quedó nuevamente separada de las naciones idólatras que la rodeaban. Desde entonces, esta separación del pueblo de Dios debía mantenerse con medidas de vigilancia tomadas para alejar al ene­migo. También era preciso que cada habitante de la ciu­dad —cuyo nombre es el del Eterno y sobre la cual sus ojos están continuamente fijos— estuviera en condicio­nes de reclamar su derecho a permanecer en ella. Por lo tanto debía restablecerse en ella un orden según Dios, y el pueblo, cuyos privilegios habían sido recuperados, tenía que estar consciente de su responsabilidad.
Estos hechos hablan claramente a nuestros corazo­nes y conciencias en el tiempo presente, tan parecido, en muchos aspectos, al de Nehemías. En el actual desorden de la Iglesia es importante mantener el orden y la disci­plina entre los dos o tres reunidos al nombre del Señor y adherirse firmemente a las enseñanzas de la Palabra para juzgar el mal en la Iglesia, porque "la santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siem­pre" (Salmo 93: 5).

Tres oficios
Había tres clases de personas cuyos oficios fueron cuidadosamente establecidos por Nehemías: los porte­ros, los cantores y los levitas (v. 1).

1) Los porteros
Los porteros eran quienes vigilaban las puertas de la ciudad. Debían ejercer una constante vigilancia para que no entrase ningún elemento enemigo, con­tagioso o criminal. Estaban encargados de cerrar las puertas durante la noche y de no abrirlas hasta que calentase el sol (v. 3), es decir, hasta que las tinie­blas hubiesen sido completamente disipadas. Satanás ama las tinieblas a favor de las cuales cumple su obra destructora. Por ello debemos velar y orar sin cesar en la noche que nos rodea. No somos de las tinieblas sino, al contrario, "hijos de la luz e hijos del día" (1 Tesalonicenses 5: 5). Pertenecemos al día glorioso que nacerá cuando el sol de justicia difunda sus rayos sobre este mundo. Entonces la noche se habrá disipado y dará lugar a la gloriosa manifestación de Aquel a quien esperamos del cielo. "Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios" (1 Tesalonicenses 5: 6). Imitemos a los sesenta valientes que rodeaban el lecho de Salomón, todos los cuales tenían espada y eran diestros en la guerra, llevando cada uno su espada ceñida sobre el muslo, a causa de los temores de la noche (Cantar de los Cantares 3 : 7-8). Hasta que el Rey aparezca con glo­ria y poder, debemos defender sus derechos y su verdad, atacados durante la noche de su ausencia. Para ello tenemos necesidad de desechar las obras de las tinieblas y vestirnos las armas de la luz (Romanos 13: 12).
Las puertas tenían que estar cerradas con barras para resistir los asaltos del enemigo. Una puerta insufi­cientemente acerrojada o desprovista de barras no es obstáculo para la entrada de ladrones. Éstos vienen "para hurtar y matar y destruir" (Juan 10: 10). Por eso debemos vigilar las diversas puertas por las cuales tanto el adversario como el mundo pueden penetrar en nues­tros corazones y en la Iglesia. Puede ser que, cuando fui­mos llevados al conocimiento del Señor, hayamos juz­gado al mundo en su conjunto y que, poco a poco, éste vuelva a influir en nosotros mediante los miles de vani­dades que ofrece a nuestros corazones y que a menudo nos parecen inocentes e inofensivas para nosotros. Por eso dice el apóstol Juan: "No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo" (1 Juan 2: 15).
Tanto en los tiempos de Nehemías como en los actuales, es de suma importancia el oficio de los porte­ros. Es preciso que aquellos a quienes Dios ha dotado para ser vigilantes (o sobreveedores) en la Iglesia guíen cuidadosamente al rebaño y velen particularmente porque los principios del mundo no se introduzcan entre los santos, tanto por medio de la recepción anticipada a la mesa del Señor de personas que no pertenecen a ella como por la invasión del mal moral o doctrinal (Hechos 9: 26-27; 20: 28-29).
Cada centinela debía estar en su puesto y cada uno "delante de su casa" (Nehemías 7: 3). Todos los mora­dores de la ciudad, cualquiera fuese el servicio particu­lar al que habían sido llamados, debían vigilar delante de sus casas. Es muy importante que todos los creyentes comprendan hoy su responsabilidad a este respecto. No sólo somos exhortados a no olvidar nuestros deberes para con la Iglesia —objeto de la constante solicitud del Señor— sino que debemos ejercer una vigilancia espe­cial sobre nuestras casas, para que el mal y la mundanería no las invadan. No bastaba que Jerusalén estuviese rodeada por un muro; se necesitaba también una cons­tante vigilancia de parte de cada uno de sus habitantes para no dejarse sorprender por el enemigo. Por impor­tante que sea la posición de separación con cuanto esté en desacuerdo con la gloria del Señor —separación que nos es mandada por la Palabra—, ella no basta para lle­var una conducta fiel en medio de la ruina. Requiérese, de parte de todos cuantos invocan su nombre, una sepa­ración interior de todo mal: "No os amedrentéis por temor de ellos, ni os conturbéis, sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones" (1 Pedro 3: 14-15). Para ello, debemos juzgar todo el mal que anide allí, porque el Señor no puede asociarse a él, y, para librarnos del mismo, "padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios" (1 Pedro 3: 18).
En contraste con las medidas de vigilancia ordena­das por el fiel Nehemías para guardar la ciudad, note­mos que las puertas de la ciudad santa no estarán cerra­das ni de día ni de noche (Apocalipsis 21: 25), por ser perfecta la seguridad de la mansión celestial de los bie­naventurados redimidos y por cuanto ya no podrá ser turbada por ningún enemigo ni comprometida por man­cha alguna.
Al mando de quienes vigilaban las puertas de la ciudad hallábase dos varones de Dios, escogidos por Nehemías para desempeñar tan importante cargo. Con la autoridad de la cual estaba investido por la confianza del rey y la sabiduría —fruto de su conducta fiel y pia­dosa para con Dios—, confiere este alto cargo a siervos calificados para cumplirlo. Así vemos también a Pablo tomar dos compañeros de servicio, Timoteo y Tito, a quienes, en virtud de su autoridad apostólica, les con­fiere el derecho de nombrar ancianos en las iglesias de los gentiles (1 Timoteo 3: 2-7; Tito 1: 5-9).
Hanani había demostrado su interés y solicitud por el pueblo al llevarle a su hermano Nehemías —quien en ese momento se hallaba en Susa— noticias de los que habían escapado del cautiverio y que estaban pasando por gran miseria y oprobio (Nehemías 1 : 1-2). Seme­jante afecto por este pobre residuo caló al corazón de Dios a pesar de su ruina, calificaba a Hanani para el elevado servicio que ahora le era confiado. Por haber sido fiel en la esfera de su administración, había adqui­rido "un grado honroso" (1 Timoteo 3: 13). Tal es hoy también el caso de aquellos que se consagran a la tarea que les es confiada en la Casa de Dios.
El segundo de estos hombres puestos a la cabeza de la ciudad era Ananías, jefe de la fortaleza. ¡Cuán precioso es el testimonio que le rinde el Espíritu de Dios! "Era varón de verdad y temeroso de Dios, más que muchos" (Nehemías 7: 2). En una reducida esfera, había tenido la oportunidad de manifestar su apego a aquel a quien deseaba servir fielmente. Por lo tanto, se le puede conceder un cargo más importante, al igual que a Hanani. ¡Qué honor para ese fiel testigo haber andado en tal senda con la aprobación de su Maestro!

ALGUNAS MUJERES DEL ANTIGUO TESTAMENTO (Parte X)

10. Rahab cuando mujer pagana

Antes de haber cruzado el Jordán para tomar posesión de la tierra de Canaán, Josué envió dos espías para que secretamente reconocieran la tierra. Los milagros que había hecho Jehová para con el pueblo de Israel cuando salieron de Egipto cuarenta años antes, y en su travesía por el desierto, se habían difundido por toda la tierra de Canaán, de modo que todos estaban atemorizados ante el avance de este pueblo de Dios. Los espías llegaron a Jericó a casa de una mujer llamada Rahab, de quien dice la Biblia que era ramera. Cuando el rey de esa ciudad mandó a buscar los espías ella los escondió en su terrado donde secaba manojos de lino.
Antes de llegar esos hombres, Rahab ya estaba sinceramente convencida del verdadero Dios, como lo testifica al recibirles: “Sé que Jehová os ha dado esta tierra; porque el temor de vosotros ha caído sobre nosotros, y todos los moradores del país ya han desmayado por causa de vosotros ... Os ruego pues, ahora, que me juréis por Jehová, que como he hecho misericordia con vosotros, así lo haréis vosotros con la casa de mi padre, de lo cual me daréis una señal segura ...”
Los espías respondieron: “Cuando Jehová nos haya dado la tierra, nosotros haremos contigo misericordia y verdad. ... tú atarás este cordón de grana a la ventana por la cual nos descolgaste”.
Y fue salva ella y su familia de la destrucción de la ciudad como recompensa a su bien proceder.

UNA SOLA OFRENDA, VARIOS SACRIFICIOS (Parte X)

(Levítico 1 a 7)
"A Jesucristo, y a éste crucificado" (1 Corintios 2:2).
(Continuación)
4. EL SACRIFICIO DE PAZ (Levítico 3; 7:11-36)


La parte del adorador
     ¿Por qué motivo un israelita ofrecía una ofrenda de paz? Como acción de gracias o en cumplimiento de un voto, nos dice Levítico 7:12, 16. Lo hace en respuesta a bendiciones recibidas, como resultado del apego espiritual a Dios. No se trataba de obtener algo, de ser perdonado o aceptado, sino de traer el agradecimiento de corazones que ya habían recibido la bendición divina. Es la misma esencia del culto. Sin duda saldremos edificados, animados, consolados con el culto, pero no es ésa su finalidad. Se trata de traer a Dios lo que Él desea, hablarle de su Amado Hijo. Y esto no es una obligación, como un déspota impondría a sus súbditos. Dios no nos fuerza a expresar nuestro agradecimiento y alabarlo, aunque nos haya salvado para eso mismo. "El Padre tales adoradores busca" (Juan 4:23), pecadores perdonados y hechos hijos suyos, gozosos de recordar ante Él la obra y la Persona por la cual fueron salvos (compárese con Lucas 17:16-18).
     La ofrenda podía ser de ganado vacuno u ovejuno, cordero o cabra. No todos tienen la misma apreciación espiritual de la obra de Cristo; pero siempre que Cristo es presentado, una parte es para Dios, y otra parte del alimento es para el adorador, así como para sus invitados, quienes quizá no hayan traído nada: "Toda persona limpia podrá comer la carne" (Levítico 7:19).
     El israelita ponía su mano sobre la cabeza del sacrificio y se identificaba con él. En el holocausto, expresaba así que sólo esta víctima perfecta podía ser aceptada en lugar suyo; dicho de otra manera, los méritos de la ofrenda pasaban sobre el adorador. Dios ve en nosotros la perfección de la obra de Cristo. En el sacrificio por el pecado, el culpable, al poner su mano sobre la cabeza del animal, ponía sobre esta víctima pura sus propios pecados: la culpabilidad del pecador pasaba sobre la víctima. Pero en el sacrificio de paz, el adorador pone su mano sobre la cabeza del sacrificio con un profundo agradecimiento y con el sentimiento de que ya ha sido hecha la paz. Con la conciencia de que Cristo ha respondido plenamente a todo lo que Dios demanda (ofrenda macho) y a todo lo que necesitamos (ofrenda hembra), y al poseer la paz con Dios, nos regocijamos en la obra perfecta cumplida en la cruz. Cristo es suficiente para todo lo que somos y para todo lo que no somos. "Él es la Roca, cuya obra es perfecta" (Deuteronomio 32:4). "Él es nuestra paz" (Efesios 2:14). Pero también todo lo que Cristo era y todo lo que hizo, era infinitamente agradable a Dios; y en eso tenemos comunión.
     El mismo adorador degollaba la víctima. Esto habla del profundo sentimiento de que si la paz fue hecha, lo fue por la sangre de su cruz; es la comunión de la sangre de Cristo (1 Corintios 10). Después que la grosura hubo sido quemada sobre el altar en grato olor, se podía comer del sacrificio. Primero se ofrecía, después se comía.
     Con el sacrificio se presentaba una ofrenda vegetal (Levítico 7:12). No se puede disociar la vida perfecta de Cristo de su muerte. En nuestras acciones de gracias, a menudo expresamos la perfección de su vida, junto con la ofrenda de sí mismo en la cruz. La grosura del sacrificio de paz era quemada sobre el holocausto. Así tenemos la unión de los tres sacrificios de olor grato, recordándonos que si bien hay diversos sacrificios, todos representan "una sola ofrenda".
         Cosa extraña, con el sacrificio de acciones de gracias se debía presentar pan leudo (v. 13). Estos panes no eran quemados sobre el altar; el uno era comido por el sacerdote y el otro por el adorador y sus invitados. En el culto de adoración, sentimos nuestra flaqueza, lo que somos en nosotros mismos. En lo que representa a Cristo, al contrario, ninguna levadura se permitía.
La carne debía ser comida el mismo día que se ofrecía en acción de gracias, o cuando mucho al día siguiente si se trataba de un voto. Nuestra comunión no puede disociarse del sacrificio, sino se vuelve impura. Las más bellas oraciones, los más bellos cánticos expresados por rutina, sobre todo una liturgia, vuelven el culto formalista, cosa muy grave a los ojos de Dios.
«Desde el momento que nuestro culto es separado del sacrificio, de su eficacia y de la conciencia de la aceptabilidad infinita de Jesús ante el Padre, se torna carnal, formal y para la satisfacción de la carne. Nuestras oraciones se convierten entonces en algo muy triste, en una forma carnal en lugar de la comunión en el Espíritu. Eso es malo, una verdadera iniquidad» (J.N.D.). Ni nuestras expresiones de alabanza, ni nues­tra comunión fraternal, pueden ser disociadas, separadas del sacrificio: "Uno solo el pan... somos un cuerpo" en El (1 Corintios 10:17). Tanto más nos alejamos aún, cuando desacuerdos —por no decir dispu­tas—, llegan a tomar el lugar de la conciencia del sacrificio. Sólo podemos comer juntos la carne del sacrificio de paz en el sentimiento profundo de lo que le ha costado al Señor Jesús ofrecerse a sí mismo a Dios por nosotros y en la realización práctica de la paz entre los hijos de Dios (Mateo 5:24).
         "Toda persona limpia podrá comer la carne"; mientras que "la persona que comiere la carne... estando inmunda, aquella persona será cortada de entre su pueblo". En efecto, el sacrificio "es de Jehová" (Levítico 7:19-21). Un extranjero no tenía ningún derecho; aquel que no es un rescatado del Señor no puede participar del culto ni dar gracias, menos aún participar de la Cena. Pero un verdadero israelita podía estar impuro. ¿Qué debía hacer? No se atrevía a comer del sacrificio de paz, pero se ofrecía un recurso: Levítico 22:6-7 muestra que el hombre impuro debía lavar su cuerpo con agua y "cuando el sol se pusiere, será limpio; y después podrá comer las cosas sagradas". 1 Corintios 11 nos confirma la enseñanza actual: "Pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan" (v. 28). No se trata de abstenerse de la Cena, sino de juzgarse a sí mismo y así comer. Únicamente aquel que había faltado (sobre todo en el caso de una caída grave que interrumpió no sólo la comunión individual con Dios, sino la comunión en la iglesia a la mesa del Señor) se hallaba imposibilitado de comer de las cosas sagradas hasta después de la puesta del sol. Para ese día, la brillante luz de la faz de Dios se había como velado. Era restaurado, podía comer, pero no era ya la plena luz. Pero recordemos que una vez efectuada ple­namente la restauración, aparece un nuevo día, no por algún mérito en nosotros, sino a causa de la obra per­fecta de Aquel que cumplió todo.
         Por fin, recordemos que, según Filipenses 3:3 (V.M.), "adoramos a Dios en espíritu". Hace falta, pues, poseer el Espíritu Santo para poder adorar (Efesios 1:13). También hace falta que no sea entristecido, si no ¿cómo podría él conducirnos a la adoración? «Si el culto y la comunión son por medio del Espíritu, sólo aquellos que tienen el Espíritu de Cristo pueden participar, y es menester, además, que no lo hayan entristecido, pues harían así imposible, por la mancha del pecado, la comunión que es por el Espíritu» (J.N.D.).

Doctrina: Cristología (Parte X)

V. La Deidad de Cristo
D. Atributos Divinos


Los atributos de la Divinidad solo están presentes en la Divinidad. ¿Qué queremos decir? Simplemente  que los seres humanos tenemos atributos similares a los que Dios tiene pero no en su grado completo. Tenemos potencia (o capacidad para hacer algo) pero no la total potencia para crear algo de la nada. Pensamos, sabemos, conocemos, pero no tenemos todo el conocimiento o sabiduría que solamente radica en la Deidad. Y aunque quisiéramos estar en todo lugar, no podemos hacerlo en forma física porque no tenemos la capacidad, estamos limitados por el espacio y el tiempo. Lo que sí hemos hecho para mitigar esa capacidad es estar presente a la distancia, ya sea por video, o telefonía, pero sólo es una presencia virtual y no real. Además somos volubles y no inmutables; estamos limitados por el tiempo, no somos eternos; y carecemos de santidad, porque somos propensos al mal, aunque existen rasgos de este atributo en el hombre está sucio por el pecado. Si bien Amamos, nuestro amor estar condicionado a lo que el otro pueda hacer, no es voluntario ni altruista, sin embargo reconocemos en algunos ese amor divino cuando se sacrifica por un bien mayor.
         En fin el hombre no tiene las características de la divinidad y las que tiene están limitadas. ¿Entonces, porque decimos que el hombre conocido como Jesús de Nazaret, llamado el Cristo, es Dios? Simplemente porque en la Biblia (sólo en ella) encontramos que Él posee los atributos que son propios de la Divinidad. Conocemos que posee Omnipotencia, Omnisciencia, Omnisapiencia, Omnipresencia, Inmutabilidad, Eternidad, Santidad, Amor, Justicia.
         Veamos cada uno de ellos:

1.   Omnipotencia.
El Señor resucitado y ad portas de ascender al cielo le declara a los apóstoles: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18). Dando a entender que él tiene el dominio sobre todas las cosas existentes y que nada se escapa a su escrutinio y control.
Él tenía poder sobre la muerte cuando estaba en su ministerio aquí en la tierra. Le declaro a Marta: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?” (Juan 11:25, 26). Y lo demostró con un  hecho concreto que tenía poder sobre la muerte, resucitando a Lázaro. La misma situación vemos cuando resucitó al hijo de la viuda de Naín (Lucas 7:14) y la hija de Jairo (Lucas 8:54; Marcos 5:41). La muerte se rendía ante Él, y los que antes eran cadáveres, la vida volvía a ellos por la orden de alguien superior a la misma muerte.
El tenia poder sobre el orden natural: “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten;” (Col. 1:16, 17; vea Lucas 8:22-25).
Él tenía poder sobre los demonios: “Y estaban todos maravillados, y hablaban unos a otros, diciendo: ¿Qué palabra es esta, que con autoridad y poder manda a los espíritus inmundos, y salen?” (Lucas 4:36).
Él tenía poder sobre las enfermedades y dolencias. Tal vez, era la forma más práctica de mostrar todo su poder en la forma más tierna y práctica que podía hacerlo, era sanando a los enfermos o a los imposibilitados y hacerlos hábiles. Una persona enferma soportaba en forma solitaria el dolor de segregación como el caso de la mujer que padecía flujo de sangre y ya había gastado mucho dinero en doctores y su enfermedad persistía; pero lo peor para ella era la condena religiosa y la imposibilidad de participar en la adoración a Dios en el templo porque lo que tocaba quedaba inmundo (Lucas 8:43-48 cf. Levíticos 15). Otro ejemplo potente es la sanidad de los leprosos. Estos hombres (y también mujeres) eran expulsados de la sociedad, porque eran considerados inmundos (Levítico 13:46). “Y el leproso en quien hubiere llaga llevará vestidos rasgados y su cabeza descubierta, y embozado pregonará: ¡Inmundo! ¡Inmundo!” (Levítico 13:45). Lucas nos cuenta el caso de 10 leprosos  que no gritaron “¡Inmundo! ¡Inmundo!”, sino que “¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!” (Lucas 17:13). Y la simple respuesta fue “Id, mostraos a los sacerdotes”.  Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados. (Lucas 17:14, Levíticos 14).
            Tal vez el caso más significativo del poder del Hijo de Dios fue cuando ese inválido fue bajado desde el techo por sus cuatro amigos y puesto delante del Señor y a su simple orden esos músculos laxos fueron tensados y el hombre se puso en pie y se llevó su lecho (Marcos 2:12).
         Los discípulos plantean un pregunta que era la creencia común  de la sociedad en que ellos vivían,  “Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?” (Juan 9:2). Aquel ciego estaba para que el poder de Dios se manifestase y fue sanado, no era producto del pecado ni de él o de sus padres. Y el poder del Hijo de Dios se manifestó al darle luz a ese hombre que vivía en oscuridad (Juan 9:4). Y así hubieron otros casos como los ciegos de Jericó, Bartimeo y su amigo (Marcos 10:46-52; Mateo 20:29-34).

2.   Omnisciencia.
Tal como ya lo estudiamos en otra ocasión, la “omnisciencia” quiere decir que se conoce todas las cosas. Los discípulos llegaron  a esta misma conclusión respecto del Hijo de Dios: “Ahora entendemos que sabes todas las cosas, y no necesitas que nadie te pregunte; por esto creemos que has salido de Dios.” (Juan 16:30). Pedro también en forma personal sabía que Él lo sabía todo: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo” (Juan 21:17).
Cuando sana al paralítico, que vimos en más arriba, podemos ver en el relato que  había algunos escribas que pensaban él blasfemaba (Mateo 9:3; Marcos 2:7). Pero el Señor conocía lo que ellos pensaban (Mateo 9:3; Marcos 2:8) demostró con algo que es imposible para los seres humanos, sin ningún artilugio, solo con su orden pudo hacer que ese hombre se pusiera en pie.        
Fijémonos que en todos los casos, él sabía lo que el hombre pensaban y le daba la respuesta propia al pensamiento antagónico (Mateo 12:25; Lucas 6:8; 9:47; Juan 1:48, 49; Juan 4:16-19).
Cuando los doctores de Jerusalén se hicieron la pregunta después de escucharlo, no tenían idea que con ella estaban  dando pruebas de la omnisciencia del Señor Jesús: “Y se maravillaban los judíos, diciendo: ¿Cómo sabe éste letras, sin haber estudiado?” (Juan 7:15).  Esto nos lleva a saber que Cristo nunca fue enseñado por los hombres, que no fue dirigido por un gran rabino como lo fue Pablo, que estuvo bajo la enseñanza de Gamaliel. Desde jovencito mostró que su conocimiento era mucho mayor que lo que se podía esperar de un joven de su edad (Lucas 2:46-47). A pesar que cualquier maestro hubiese querido tenerlo como alumno, Él no necesitó escuela ni tutores. Sus discípulos se sentaban a sus pies, ¿pero a los pies de quién se sentó Él? ¡A los pies de nadie! Pablo enseñado por Gamaliel, pero ¿quién le enseñó a Jesús? Él dijo: “aprended de mí”, ¿pero cuando dijo “enséñenme”? A veces somos amonestados a ir a una mayor autoridad, pero ¿a cuál autoridad habría de ir Él? A ningún otro, porque Él tenía toda autoridad. ¿Cuándo dijo el Señor Jesucristo, “no recuerdo, voy a consultarlo”?  Nunca fue sorprendido con la guardia baja. En Marcos 12:13 tenemos estas palabras: “Y le enviaron algunos de los fariseos y de los herodianos, para que le sorprendiesen en alguna palabra“. Ellos trataron de hacerlo caer en alguna trampa por sus palabras, pero Él fue sabio en todo y puso Sus perseguidores en confusión.
Podemos finalizar esta sección diciendo que Él como maestro enseñaba con “simplicidad”, usando las ilustraciones que tenía a mano y que todos entendían; y con “autoridad” era lo que transmitía (Mateo 7:29; Marcos 1:22). Y lo que enseñó fue su doctrina y ética que se espera de todo creyente. Y tengamos presente que  en él “están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.” (Colosenses 2:3).
3.   Omnipresencia.
El Señor le dijo a Nicodemo: “Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo” (Juan 3:13). La tercera persona de la Trinidad había pasado del cielo a la tierra y se había hecho carne (Juan 1:14). Como hombre, el Señor Jesús estaba limitado a estar en un solo lugar a la vez, pero como el Dios-Hombre glorificado él podía estar en todo lugar. Él lo prometió antes de partir: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos” (Mateo 18:20). Y cuando estaba a punto de retornar junto al Padre, les dijo a los apóstoles: “enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” (Mateo 28:20).
“Todos los cristianos oran a Él en todo lugar (1 Corintios 1:2). La oración sería una irrisión si no estuviéramos seguros de que Cristo está en todo lugar, listo para oírnos. Él llena todas las cosas en todo lugar (efesios 1:23). Pero esta presencia que lo llena todo es característica solamente de la Divinidad”.[1]
4.   Eternidad.
Con respecto a la eternidad del Mesías, ya el profeta Miqueas deja bien en claro que el niño que nacería en Belén Efrata es eterno: “Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.” (Miqueas 5:2). Y el apóstol Juan  también lo expresa que el Verbo ha estado siempre con Dios, porque es Dios: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios.” (Juan 1:1, 2).
En palabras propias del Señor, le dice a los judíos: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.” (Juan 8:58). De esta forma indicaba su preexistencia, por tanto su eternidad en la expresión “yo soy”, nombre de Dios.
En el libro del apocalipsis aparece una expresión amorosa. Le dice a Juan el Cristo glorificado la siguiente metáfora, que expresa su carácter eterno: “No temas; yo soy el primero y el último;…” (Ap. 1:17c).
Y Pedro lo ve como un codero “ya destinado desde antes de la fundación del mundo” (1 Pedro 1:20). Ve que este cordero estaba dispuesto en la eternidad para que fuera sacrificado para expiación de nuestros pecados.
Resumiendo. Tanto en Palabras del propio Señor Jesucristo, como las de Pablo, Pedro y Juan, muestra que el mesías era eterno. Incluso las profecías del antiguo testamento hablan de esta eternidad.
5.   Santidad.
La santidad indica que una persona estaba apartada para el servicio de Dios. Recordemos que el sumo sacerdote del antiguo pacto tenía una placa en su frente la mitra que decía “Santidad a Jehová” (Éxodo 28:36). Que quería decir que estaba apartado para el servicio de Jehová y no podía hacer ninguna cosa que enlodace tal condición.
Sin embargo, el texto bíblico deja bien claro que estos hombres que debían ser santos, dejaban mucho que desear. Por eso es el autor de la carta a los hebreos dice del Señor Jesucristo: “Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos;…” (Hebreos 7:26)
         No nos quedamos sólo con el testimonio anterior. Tenemos  que decir por mucho que se intentó enlodarlo, levantando falsos testimonios, Pedro  dice en favor de la santidad del Señor: “…el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca;” (I Pedro 2:22).  En él no había ni el más aleve atisbo de pecado: “Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él” (1 Juan 3:5). Si volvemos a leer el pasaje de la tentación que sufrió por parte de Satanás, vemos que ni aun para satisfacer su necesidad de alimentarse el utilizó su poder, porque eso contravenía la misión que se le había enviado a cumplir. (Juan 4:34; 8:18; Mateo 26:39,42; Marcos 14:36; Lucas 2:49; 12:50; 22:42; etc.)
Si hubiese habido la más leve macha de pecado, Pedro no habría podido expresar con convicción que en Él no había pecado: “…como de un cordero sin mancha y sin contaminación…” (1 Pedro 1:19).  Este codero estaba destinado para quitar el pecado del mundo, según la expresión de Juan el Bautista: “El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Este cordero estuvo más de treinta años bajo observación para ver que no tenía ningún defecto y fuese apto para el sacrificio (cf. Levítico 22:21-24). Y no halló ninguno.
6.   Otros atributos
También encontramos presente otros atributos, como:
·                      Inmutabilidad (Hebreos 1:11, 12; 7:24; 13:8);
·                      Amor (Efesios 3:19);
·                     Justicia (Hechos 3:14).



[1]  Williams Evans, Las grandes doctrinas de la Biblia, pág, 68, Editorial Portavoz.