domingo, 26 de marzo de 2023

Un Tiro de Piedra

 

Él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra. (Lucas 22:41)

Un momento muy importante había llegado en la vida del Señor Jesús. Hasta entonces, nunca se había separado de sus discípu­los de esta manera, ni ellos se habían apartado de él. No querían dejarlo, porque sin Él nada podían hacer. Cuando otros le habían dado la espalda, ellos dijeron: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente" (Jn. 6:68-69). Tan apegados estaban a Jesús, que Él les dijo: “Pero vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas” (Le. 22:28). Ellos lo amaban y eran sus amigos, y aunque no entendían mucho la angustia que llenaba su alma, sus corazones simpatizaban en amor hacia Él, y esto era algo muy preciado al corazón del bendito Salvador.

 

Pero ahora había llegado el tiempo de la partida, porque Él debía cumplir la voluntad de Dios. Ellos lo siguieron al Getsemaní; lo habían hecho muchas veces antes, porque Jesús iba allí a menudo con sus discípulos, y ellos habían velado con Él en el silencio de la noche, bajo aquellos olivos, mientras Él tenía comunión con su Padre. Pero ahora era diferente, y Él les dijo: “Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro". ¿Quién puede dimensionar lo que “voy allí” significaba para Él?

Él estaba a punto de entrar en el gran combate y buscaba conso­ladores (Sal. 69:20), y como Pedro y los hijos de Zebedeo parecían entrar más plenamente en sus pensamientos que el resto de los discípulos, los llevó consigo. Ciertamente, estos tres podían darle lo que Él buscaba, velando a su lado en aquella terrible hora. ¡Por des­gracia, no fue así! También debió apartarse de ellos; Él debía ir “un poco adelante”, y, solo—o, como leemos en Lucas, debía apartarse de ellos “a distancia como de un tiro de piedra” (Le. 22:41).

Nombre del Siervo voluntario,

Quien del mundo el fardo llevó;

Hombre que, humilde y solitario,

De piedad nuestro mal llenó.

H. L. Rossier

En el Evangelio de Mateo, Jesús es visto como el Rey; y es su pri­vilegio, como Hijo de David, el actuar según sus propios derechos; así que allí lo vemos ir “un poco adelante” (Mt. 26:39), bajo su propia iniciativa. En el Evangelio de Lucas lo vemos como el Hombre obe­diente y dependiente, lleno y ungido por el Espíritu para ocuparse de los negocios de su Padre. Él estaba completamente sujeto a la guía del Espíritu, así que allí lo vemos apartarse “a distancia como de un tiro de piedra”. Él se aparta bajo la guía del Espíritu y la voluntad del Padre. Sus discípulos no podían acompañarlo en ese momento, pues, aunque la distancia que los separaba era de tan solo un tiro de piedra, en realidad la distancia era inmensurable, y esa senda jamás había sido pisada por otro ser humano. Los discípulos jamás volverían a asociarse con Él como antes; ese era un capítulo que se había cerrado para siempre; los vínculos se habían roto, y Jesús lo sintió profundamente.

En medio de su gran conflicto en el Getsemaní, el Señor volvió en tres ocasiones a sus discípulos; porque, aunque eran incapaces de seguirlo en aquella senda o velar con Él en ella, su amor hacia ellos no podía cambiar. También debían atravesar un serio zarandeo (Le. 22:31), y Él quería que, por su propio bien, velaran y oraran. Pero no hubo respuesta a su anhelo; los consoladores que Él buscaba le fallaron—“los halló durmiendo”. Entonces, cuando se despertaron de su insólito sueño, se aterrorizaron al ver su dolor.

Los amigos que Jesús amaba fueron alejados de Él, porque incluso la simple simpatía humana no podía ayudarlo en esos momentos. Ningún corazón humano podía entender su inmenso dolor; nadie lo conoció jamás, pues sobrepasa las medidas humanas. Fue el dolor del santo Hijo de Dios camino a cargar nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero—iba a ser hecho pecado por nosotros, y estaba por soportar el desamparo de Dios hasta que la obra estu­viese completa.

Cada uno como el Señor repartió

 

La capacidad de predicar


Pienso que debe ser tema de actualidad y de amor cristiano hablar con claridad referente a los dones y capacidades que el Señor reparte a los miembros de su cuerpo, o sea a los creyentes en la iglesia. El mismo constituyó a unos apóstoles, a otros apóstoles, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros; a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”. (Efesios 4:11,12) Algunos de estos dones cumplieron sus funciones y ya no los hay en la iglesia, pero los otros seguirán en su ejercicio hasta la venida del Señor.

Cabe muy bien recordar que ninguno puede arrogarse el privilegio o el don de otro hermano, o sea que el que ha recibido la gracia de ser evangelista no puede decir: Yo tengo también el don de pastor; ni el maestro decir: Yo tengo el don de profeta. Hablando criollamente, yo no puedo pensar que tengo el don de tal siervo del Señor, ni el conocimiento y capacidad que tiene otro de los siervos del Señor. Estos siervos del Señor con nosotros, y otros que nos han visitado, pueden hablar al pueblo de Dios desde la tribuna por una hora y el tiempo pasa con agrado e interés, porque dan al pueblo de Dios el meollo que edifica.

Hace poco un hermano se levantó en oración y dijo al Señor: “Tú sabes que tenemos poco conocimiento, y pocas palabras”, luego subió a la tribuna y tomó tres cuartos de hora; nos dio quince minutos de ministerio y veinte minutos de “lata”. Hay hermanos que no han llegado a medir su capacidad. “Ellos midiéndose a sí mismos por sí mismos, y comparándose consigo mismos, no son juiciosos”. (2 Corintios 10:12) Comparan la tribuna a cortar con una segueta, a manejar un camión, a cortar un racimo de lochos, o a manipular la palustra. Esos hermanos creen que, porque los otros hermanos con capacidad toman más tiempo de la hora en algunos de sus ministerios, que ellos lo pueden hacer también, aunque mezclen “el nepe con el café”. El resultado es que le tronchan el tiempo a otro hermano que tiene un buen mensaje, y el pueblo del Señor no sale edificado sino criticando; como dijo uno hace poco, “ese ministerio no sirvió para nada”.

No hay ningún reglamento en la iglesia que regule el tiempo al hermano que va a tomar la tribuna, pero tampoco hay reglamento que dice que tiene que llegar a la media hora. “En la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a otros, que diez mil palabras en lengua desconocida” (o nepe, una lata, etc.) (1 Corintios 14:19)

No debo creer que todas las veces porque los hermanos se rían cuando estoy enseñando que es porque lo estoy haciendo bien. Muchas veces la risa es por mis errores, por mis chambonadas, o por mi falta de seriedad. Hay hermanos que disciernen con inteligencia, y cuando van a ayudar a otro en la tribuna dicen: Voy a recortar todo lo más que pueda de mi tiempo, para dejar la mayor parte al hermano que me sigue.

Es la gracia del Señor por el Espíritu Santo que nos enseña cada día a conocer la ciencia. Es lástima que no podamos conocer nuestros propios errores y por eso David oró al Señor: “¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos”. (Salmo 19:12) Cuando oigamos algo en contra de nosotros a causa de nuestros errores, no nos enojemos; indaguemos. “Mejor es la reprensión manifiesta, que amor oculto”. (Proverbios 27:5)

Estoy escribiendo sin ambages, con claridad diciendo lo que pienso de mí mismo, lo que otro puede pensar, y lo que otros me han dicho. Un hermano dijo a un inconverso: “Le invito a los cultos especiales, y esta tarde hay ministerio de la palabra de Dios”. El otro preguntó: “¿Quién tiene los cultos especiales, don Fulano? Ah, yo no voy; ese señor sufre un complejo triple: cree que sabe, alarga el tiempo y después de la predicación se le pega a uno como una garrapata y no lo afloja hasta salvarlo. Y yo no quiero ser salvo así”. No es una fama muy recomendable de la que el hermano está rodeando.

Hasta aquí escribo de la actitud del ministro en la tribuna. Quiero insertar también lo que corresponde a su mensaje:

(i) Trata de dar un mensaje en la guía del Señor, mensaje que has orado y meditado, porque vas a agradar a Dios primero y a edificar a los hombres. (1 Timoteo 4:13,15)

(ii) Cuando vas a la tribuna, sé comedido. No exageres tus sentencias, ni exageres las sentencias de Dios. Sería vergonzoso si hoy te presentes como campeón y mañana perdieras la lucha. (2 Timoteo 2:15)

(íii) Trata de presentar tu mensaje según tu capacidad. Si no puedes llegar hasta los lomos, llega hasta las rodillas. El pueblo que está oyendo es sabio; muchos de ellos conocen su Biblia, y otros muchos tienen mayor educación que tú. Un hermano dijo: “No me meto a enseñar del tabernáculo, porque no me siento capaz. Hay otros hermanos que conocen ese tema a fondo”. (1 Timoteo 1:6,7)

(iv) El mensaje que exponemos debe ser el que vivimos. La afectación solamente llega a los ojos, pero la impresión llega a la mente y contagia el corazón. (1 Tesalonicenses 2:3-6)

(v) Cuando subas a la tribuna, acuérdate que tienes por delante la iglesia del Señor, que es la elegida para ser la esposa del Cordero. Ninguno que ama aguanta desplantes, desmanes, ni imprudencias dogmáticas ni fanáticas que al fin trastornan a los oyentes. (Efesios 5:25-29, 1 Timoteo 6:3-4)

José Naranjo

¿Qué es el Evangelio? (9)

 


9 ¾ La vida eterna

¿Qué es la vida eterna?

La vida natural procede de Dios, pero a causa del pecado humano esta vida no es eterna; es mortal. El cuerpo muere y el alma se separa de la vida física. Además de la muerte corporal, Dios habla de la muerte espiritual. Esta es la condición actual del hombre o mujer en sus pecados, apartado de la vida eterna. Pablo dijo a los convertidos de la ciudad de Éfeso: “El [Cristo] os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados”, Efesios 2.1. Así, no es una prolongación de la vida natural sino una nueva y espiritual. En ella podemos gozar de la comunión o amistad con Dios.


Como el hombre inconverso —el que no ha nacido de nuevo, que no es salvo— está muerto espiritualmente aun en su vida terrenal, asimismo el hombre salvado posee ya la vida espiritual. Esta vida eterna es el resultado de la salvación que tratamos en Los dos caminos; es la experiencia de pasar del camino ancho al angosto.

Además, queremos ver ahora que la vida nueva viene por un nacimiento nuevo. Dijo Jesús a Nicodemo, hombre culto y religioso: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. Él relato interesante está en Juan 3.1 al 21. Nicodemo había mejorado su vida terrenal, pero le faltaba la eternal. Jesús indicó que ésta no se relaciona con un nacimiento físico, sino que es una experiencia espiritual; es el comienzo de la vida eterna.

¿Quién la imparte?

Es sólo el Espíritu Santo quien imparte la vida eterna. Ninguno es hijo de Dios por nacimiento natural, aun si fueran sus padres los más santos. “No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios”, Romanos 9.8. En Juan 1.12,13 leemos que “…hijos de Dios… no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”. Esto comprueba que ninguno puede hacer a otro hijo de Dios por ritos y bautismos. Las tales cosas son de afuera y no renuevan el corazón.

El Espíritu Santo usa la Palabra de Dios para efectuar su obra. Vamos a citar tres trozos:

1.   “…siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre”, 1 Pedro 1.23.

2.   “El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas”, Santiago 1.18.

3.   “Cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador… nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo”, Tito 3.4,5.

Un gran principio bíblico es que “la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios”, Romanos 10.17. Uno puede salvarse sin ayuda humana, sin predicador, sin sacerdote y sin entrar en capilla. El Espíritu de Dios hace la obra en uno. Oír su voz y aceptarla son los requisitos de Juan 5.24: “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna…”

¿Qué se hace para recibirla?

Como ejemplo, Jesús habló a Nicodemo en Juan 3.14 acerca de la historia de Israel escrita en Números 21, en el Antiguo Testamento. En cierta ocasión Dios castigó a esa gente por medio de serpientes venenosas que mordían al pueblo en el desierto. No había remedio que valiera, y ningún hombre sabía curarlos. Moisés clamó a Dios, quien mandó que hiciera una serpiente de bronce, y que la levantase sobre una asta en el campamento. Cualquiera que la mirara viviría.

Aplicando este ejemplo de la antigüedad a nuestros tiempos, Jesús dijo: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna”.

De esta manera Cristo indicó que la humanidad está bajo la condenación de muerte y no encuentra remedio en sí. Él vino para salvarnos y darnos la vida eterna. Él no murió por pecados propios; Cristo no hizo pecado, no conoció pecado, y no hay pecado en Él, 1 Pedro 2.22, 2 Corintios 5.21, 1 Juan 3.5. Jesucristo es el gran, único sustituto; “El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida”, 1 Juan 5.12. Testificó Pedro a ciertos creyentes: “Fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, … no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo”, 1 Pedro 1.18.

¿Qué es la evidencia de poseerla?

“La fe sin obras está muerta”, Santiago 2.26, pero la fe verdadera produce su buen fruto en la vida diaria. Cristo efectúa una conversión en la persona que le acepta. Muchos hablen mal del evangelio, pero nadie puede negar que ha cambiado radicalmente a millones.

   “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas”, 2 Corintios 5.17.

   “Si fuéremos infieles, El permanece fiel; Él no puede negarse a sí mismo”, 2 Timoteo 2.13.

Nadie puede decir que no podría permanecer, porque Cristo puede salvar y guardar: “… salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”, Hebreos 7.25.

La iglesia edificada por el hombre

 (1 Corintios 3)

Esta Escritura exige la más cuidadosa consideración, ya que ocupa un importante lugar con respecto a la verdad de la Iglesia de Dios. Como ocurre tan a menudo en las epístolas, el Espíritu Santo usa la condición de los santos como ocasión para la revelación de un nuevo aspecto de la Iglesia. Los santos Corintios eran carnales (sarkikós), y por este motivo el apóstol no pudo ministrar la verdad que él habría deseado, sino que, debido al estado de ellos, se vio obligado a hablarles como "a niños en Cristo", a alimentarlos con leche, y no con manjar sólido (1a. Corintios 3: 1, 2 - VM). La evidencia de la 'carnalidad' de ellos, era la formación de escuelas de opinión en la asamblea, la existencia de "disensiones", los santos alineándose alrededor de sus maestros favoritos escogidos por ellos mismos; algunos escogiendo a Pablo, algunos a Pedro, algunos a Apolos, y algunos incluso aventurándose a usar el nombre de Cristo para rechazar a los siervos que Él había enviado. El apóstol aprovecha la oportunidad para revelar la verdadera posición, tanto de los siervos como de los santos, y de ambos por igual en relación con el Señor. "¿Qué, pues," él exclama, "es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor. Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento." Fue intolerable para Pablo — un dolor desgarrador, podríamos decir, que el nombre de un siervo, por eminente que fuese, se interpusiera entre el Señor y Su pueblo. Porque, ¿qué eran los que trabajaban? Obreros de Dios — trabajando sin discrepancia y en comunión, pero todos perteneciendo a Dios.[1]¿Y qué eran los santos? El apóstol dice, "nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. (1 Corintios 3:9).

Los siervos eran obreros de Dios, los santos eran edificio de Dios — Dios en Su gracia era así todo, siervos y santos por igual le debían todo a Él. Todas las cosas eran de Él, y, por tanto, sólo Él debía ser magnificado, ya sea por santos o por siervos.

Avanzando, el apóstol muestra^ cuál es la responsabilidad de los obreros de Dios en la obra confiada a su cuidado. Él dice, "Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno miré cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo." (versículos 10, 11). Dos cosas impactarán de inmediato al lector en contraste con lo que ha sido considerado en un artículo anterior. En primer lugar, el apóstol habla de sí mismo como poniendo el fundamento, y también de él mismo y de otros edificando sobre él. Esto es algo muy diferente de aquello contenido en las palabras del Señor a Pedro, "sobre esta roca [Yo] edificaré mi iglesia." (Mateo 16:18). Y esta diferencia es la que explica los dos aspectos de la casa de Dios. La obra de Cristo al construir Su Iglesia debe ser necesariamente perfecta. Siendo Él mismo en Su muerte y resurrección, el Hijo del Dios viviente (que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos - Romanos 1:4), el fundamento, cada piedra que Él pone sobre él, como el propio Pedro, debe ser una piedra viva. Pero, tal como ésta Escritura en 1a. Corintios enseña, Él también encarga la obra de edificar a Sus siervos, y los hace responsables del carácter de la obra de ellos. Pablo puede decir así, "puse el fundamento" — porque él fue el primero en proclamar el evangelio en Corinto, y fue así el medio usado para formar la asamblea de Dios en esa ciudad (Véase Hechos 18). Él había puesto el fundamento como un perito arquitecto (o, arquitecto sabio), y advierte a otros en cuanto a la manera en la cual ellos podrían edificar sobre él, recordándoles de este modo la responsabilidad de ellos para con el Señor por el carácter de la obra de ellos.

Y analizando más detenidamente los detalles de esta Escritura, nosotros encontramos que hay, o puede haber, tres clases de edificadores, y que la prueba de su obra tendrá lugar en un día futuro. El apóstol dice, "si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque, así como por fuego. ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es." (versículos 12-17). Existen, entonces, como se ha observado a menudo, el buen obrero y su obra buena, el cual recibe una recompensa; el obrero que él mismo será salvo, pero cuya obra es mala y, por consiguiente, es quemada, y, por tanto, él sufre pérdida; y por último, el obrero malo y su mala obra, y ambos por igual son destruidos.

Lo que se quiere decir por las palabras 'obras' o 'edificación' es manifiesto a partir del contexto. Es poner madera, heno, hojarasca sobre el fundamento, en lugar de oro, plata, o piedras preciosas; es decir, traer almas a la asamblea de Dios que están sin vida divina. Esto puede ser llevado a cabo de dos formas; mediante la proclamación de doctrinas falsas — doctrinas que subvierten las verdades del Cristianismo, desechando, por ejemplo, la necesidad del nuevo nacimiento, o la necesidad de limpieza mediante la sangre preciosa de Cristo, para que hombres naturales, hombres que no tienen el Espíritu de Dios, sean introducidos en la Iglesia como resultado de tal enseñanza; o ello puede ser hecho trayendo pública y manifiestamente a la asamblea a aquellos que no son salvos por medio de la fe en el Señor Jesús, incluyéndolos en la Iglesia de Dios al margen de aquellos que tienen el derecho de estar adentro. Un tercer caso es posible; a saber, que el obrero se engañe en cuanto al carácter verdadero de aquellos a quienes él puede introducir. En una o en todas estas formas el obrero puede fracasar en responsabilidad para con Cristo en cuanto al carácter de su edificación. Él puede, aparentemente, exteriormente ante los ojos de los hombres, ser un edificador muy próspero y exitoso, mientras que en realidad él puede estar apilando sobre el fundamento, madera, heno, u hojarasca, para una futura y cierta destrucción. Ciertamente todos deberían percibir cuán solemne es estar comprometido en edificar en relación con la Iglesia de Dios, y al mismo tiempo saber que el carácter de la obra realizada es de mucha más importancia que su alcance. Incluso en la parábola de los talentos, la fidelidad y no el éxito es lo que suscita el elogio del Señor, así también aquí es la naturaleza de la obra lo que hallara recompensa, no la cantidad.

Una vez señalados los diferentes caracteres de la edificación, lo siguiente que hay que observar es que la revelación del carácter de la obra es dejada para un día futuro — de hecho, a "el día", un término, entendemos, que significa la aparición del Señor. Cualquiera que sea el tipo de edificación, que Sus siervos puedan continuar mientras tanto, todo permanece hasta que el fuego — el fuego, como siempre, siendo un símbolo de la santidad de Dios aplicada en juicio — prueba la obra de cada hombre de la clase que ella sea. Nosotros podemos pensar o juzgar que ciertos edificadores están haciendo mal su trabajo; pero, ¿quiénes somos nosotros para juzgar a los siervos de otro? Para su propio amo ellos están en pie o caen. Además del hecho que nosotros no somos los jueces, no podemos detectar la verdadera naturaleza de ninguna obra. Podemos poner a prueba los métodos empleados mediante la palabra de Dios, pero en cuanto a la obra misma, hay solamente Uno que tiene el discernimiento necesario, el conocimiento infalible, y el estándar inerrante para evitar toda posibilidad de error; y Él es Aquel a quien Juan vio en Apocalipsis, el cual estaba "vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas. Tenía en su diestra siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza." (Apocalipsis 1).

Por consiguiente, la obra de cada uno debe ser dejada hasta "el día" que por el fuego será revelada, dejada para que sea manifestada después que el perfecto estándar de fuego haya sido aplicado a ella por el propio Señor. Sabiendo esto, en el próximo capítulo mismo Pablo dice a los Corintios que era una cosa de poquísima importancia que él fuese juzgado por ellos, o por tribunal o juicio humano, y les recuerda que él ni siquiera podía presentar un juicio verdadero acerca de sí mismo, que el Señor es el juez, y por tanto nada podía ser estimado verdaderamente hasta que el Señor viniera, "el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones", etc. (1a. Corintios 4).

En relación con la verdad de que toda la obra de los siervos del Señor será dejada para juicio hasta que Él venga, hay otro principio importante que hay que recordar. El principio es que mientras tanto el Señor es paciente con la obra de Sus siervos. No queremos decir que Él la aprueba, sólo que como el tiempo del juicio no ha llegado aún, Él permite que la obra permanezca, y no se pronuncia acerca de su carácter. Por lo tanto, si almas son llevadas equivocadamente a entrar en la casa de Dios, Él trata con ellas conforme a su profesión, y las considera responsables por el terreno en que están. Las epístolas confirman esta afirmación en todas partes. Tomen por ejemplo 1 Corintios 10. Pablo recuerda a los santos "que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar; y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo. Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto." (Versículos 1-5). Pues bien, ¿qué finalidad tuvo el apóstol al citar estos hechos de la historia de Israel? Fue para aplicar a la iglesia de Dios en Corinto la enseñanza que ellas presentaban, y a todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro. (1 Corintios 1:2). Él dice de manera expresa que estas cosas sucedieron a Israel como tipos — tipos (o, ejemplos) para creyentes en todas las épocas; y por eso él advierte a los santos acerca del peligro al que ellos estaban expuestos — el peligro de codiciar cosas malas, y tentar a Cristo, de murmurar, etc. Los "si" de las epístolas, como se les llama, enseñan la misma lección. Leemos así en Colosenses 1: "Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado... si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe." Esto no significa que la reconciliación depende de nuestra perseverancia en la fe, sino más bien que si nosotros continuamos en la fe ello muestra (no a Dios, el cual conoce los secretos de todos los corazones) que somos creyentes verdaderos, y si somos creyentes genuinos y no meramente profesantes, que nosotros estamos reconciliados. Estos y otros pasajes del mismo tipo demuestran de manera abundante que Dios acepta a todos según el terreno que ellos asumen. Si ellos son traídos en el terreno del cristianismo, asociados con Cristo en Su muerte de manera profesada, se les habla como cristianos, ellos han venido bajo la responsabilidad de andar como tales, y se les advierte de las consecuencias del pecado, de apartarse del Dios vivo, como los hijos de Israel hicieron en el desierto. (Véase Hebreos capítulos 3 y 4). Dios no les dice, «Vosotros sois solamente profesantes, engañándoos a vosotros mismos y a los demás», sino que Él se encuentra con ellos donde están, en Su palabra les proporciona pruebas mediante las cuales los tales pueden descubrir fácilmente la verdad de la condición de ellos, les advierte acerca de las obligaciones en que ellos han incurrido por ser contados entre Su pueblo; pero la exposición y el juicio Él los aplaza hasta "el día." No es que Él en Su gobierno los juzgue ahora. Él lo hace, porque el juicio comienza por la casa de Dios, pero el juicio público delante de todos es dejado hasta la aparición del Señor.

Otra prueba del principio arriba mencionado se encuentra en la actitud del Señor, durante Su vida, hacia el templo en Jerusalén. Los judíos lo habían profanado de muchas formas — lo habían hecho una casa de mercado (Juan 2) y una cueva de ladrones (Mateo 21), pero Él aun así lo llamó la casa de Su Padre; y Él continuó reconociéndolo como tal; hasta que juzgándolo finalmente dijo, "He aquí vuestra casa os es dejada desierta. Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor." Mateo 23: 38, 39). E inmediatamente leemos que, "Jesús salió y se fue del templo" (Mateo 24:1- JND). Hasta aquel momento, a pesar de los abusos y corrupciones que habían crecido a su alrededor, Él había sido paciente con Su pueblo, y había considerado el templo como la casa de Su Padre; pero ahora, una vez juzgados el templo y ellos, la casa es dejada desierta al marcharse Él de ella. De la misma forma — no obstante, la infidelidad de Sus siervos, y con independencia de que ellos pueden corromper realmente el templo de Dios — Él espera en Su paciencia y gracia antes de pronunciar el juicio sobre él; y, como también en el caso del templo judío, Él todavía lo trata como la casa de Dios en la tierra.

Por consiguiente, nosotros llegamos a la conclusión, sobre la base de esta enseñanza Escritural, que la casa de Dios incluye, en este aspecto más amplio, a todos los que han sido traídos al terreno del cristianismo, no solamente las piedras vivas como en 2a. Pedro, sino también todos aquellos que los siervos del Señor, en su responsabilidad individual como edificadores, han introducido, sean ellos creyente o solamente profesantes. Con la palabra de Dios en nuestras manos, podemos ser tentados a rechazar la obra de este o aquel siervo, considerándola inútil; pero todos deben recordar, añadimos nuevamente, que nosotros no somos los jueces, que el Señor a Su propio tiempo manifestará de qué tipo es la obra de cada uno, y que mientras tanto no debemos rechazar lo que el Señor no ha rechazado; es decir, debemos reconocer igualmente este aspecto de la casa de Dios en la tierra. La salvación no está asegurada, tal como muestra esta Escritura, por estar en la casa de Dios. Madera, heno, y hojarasca están de igual manera que el oro, la plata, y las piedras preciosas. Y, además, jamás se ha de olvidar que el fuego probará cada parte de ello. Por lo tanto, es algo solemne — solemne tanto desde el punto de vista de la responsabilidad actual como del juicio futuro — estar adentro. Es también un privilegio precioso estar dentro de la esfera de la habitación y la acción del Espíritu Santo; este mismo privilegio, descuidado y menospreciado, llega a ser el terreno del juicio en un día futuro. La Cristiandad — porque para todos los propósitos prácticos la Cristiandad expresa la extensión de la casa de Dios — será, por este mismo motivo, la escena de juicios sin parangón. La medida de luz es la medida de responsabilidad, y la historia de Babilonia en el Apocalipsis revela el carácter de los horribles juicios que caerán sobre una iglesia sin Cristo, sobre aquello que todavía pretende ser la iglesia, pero de lo cual el Espíritu Santo se ha marchado desde hace mucho tiempo, y que Cristo desde hace mucho tiempo vomitó de Su boca (Apocalipsis 3).

Sin embargo, el juicio del que aquí se habla es más especialmente el de los edificadores. Aquel cuya obra permanece recibe una recompensa. Llamado y cualificado por la gracia para Su servicio, y verdaderamente sostenido en él por el poder divino y la gracia divina, la misma gracia le recompensa por su fiel labor. El principio se puede ver en Mateo 25:14, etc.; Lucas 19:12, etc.; Efesios 2:10). Aquel cuya obra no logrará resistir la prueba del fuego santo, y ella sea consumida como madera, heno, u hojarasca, él mismo es salvo, como quien pasa a través del fuego, pero sufre pérdida. Él había sido descaminado, aunque era un creyente verdadero — descaminado por pensamientos y razonamientos humanos, y, trabajando según los métodos del hombre, él había perdido de vista el verdadero carácter de la casa de Dios, y por tanto, todo su servicio fue en vano, y no solamente es considerado sin valor, sino que atrae sobre sí mismo (sobre dicho servicio) el fuego consumidor del juicio. Por lo tanto, el siervo sufre pérdida; él no solamente no recibe recompensa alguna, sino que también tiene que ver que todas las energías de su profesada vida de trabajo para el Señor han estado mal encaminadas y en total oposición al pensamiento de su Señor. El tercer caso es aún más^ triste; es el caso de un siervo malo que destruye (o, corrompe) el templo de Dios. Él había asumido el lugar de un edificador, y había trabajado, puede ser con tesón, según sus propios pensamientos; pero mediante su predicación él ha corrompido el cristianismo, negando sus doctrinas fundamentales, y adaptándola a las preferencias del hombre natural. Siendo él mismo una persona no convertida, él podría haber sido un maestro sabio, un hombre de progreso e intelectualidad, uno que se había librado de las tradiciones y supersticiones de épocas pasadas (como hablan los hombres), y había conocido cómo armonizar las enseñanzas de la Biblia con las especulaciones de la ciencia y la filosofía; por consiguiente, un hombre de espíritu amplio y católico (o, universal), que consideraría a todos los hombres, en una tierra como esta (Gran Bretaña), como siendo ellos Cristianos, negando la diferencia entre salvos y no salvos, trayendo a todos por igual bajo el marco de la Iglesia. Pero el tiempo del juicio finalmente ha llegado, cuando su obra es examinada, no por la luz de la razón y de las ideas del hombre, sino en la del fuego de la santidad de Dios; ¿y cuál es el resultado? No solamente son consumidos la madera, el heno, y la hojarasca que un obrero tal había puesto sobre el fundamento de la casa de Dios, sino que también él mismo es destruido (phtheiro) porque él ha corrompido (phtheiro) el templo de Dios. ¡Qué advertencia para los maestros de la Cristiandad, así como, de hecho, para todos los que asumen el lugar del servicio en relación con la Iglesia de Dios! Que todos puedan interiorizarlo y, en anticipación al momento cuando la obra de cada uno será hecha manifiesta, puedan procurar formar una estimación verdadera de su servicio en la luz de la presencia de Dios, y de Su palabra.

Quedan por hacer aún dos observaciones; la primera como precaución, y la segunda como guía. El error fundamental del catolicismo romano, como de hecho también lo es el de la elevada adherencia a los principios de una iglesia establecida y al 'sacerdotalismo' (la creencia de que los sacerdotes actúan como mediadores entre Dios y los hombres), si no es inherente en el principio de todas las iglesias Estatales, radica en la atribución a la casa de Dios como edificación del hombre de lo que pertenece solamente a la Iglesia que Cristo mismo edifica. La Iglesia que Cristo edifica es indestructible; las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. No es así con el catolicismo romano (o la iglesia edificada por el hombre en cualquier parte), sino que "en un solo día vendrán sus plagas; muerte, llanto y hambre, y será quemada con fuego; porque poderoso es Dios el Señor, que la juzga." (Apocalipsis 18:8). Por lo tanto, es siempre necesario, cuando se habla de la Iglesia de Dios, y de lo que se dice de ella en Su palabra (si queremos ser preservados del error, o de un concepto erróneo en cuanto a sus privilegios y sus reivindicaciones) distinguir cuidadosamente entre los dos aspectos que son presentados en las Escrituras. En segundo lugar, encontramos en 2a. Timoteo toda la instrucción necesaria para nuestra senda y nuestra conducta en medio de todas las corrupciones que el hombre ha introducido en la casa de Dios. "Sin embargo," Pablo dice, "el fundamento de Dios se mantiene firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de la iniquidad todo aquel que nombra el nombre del Señor. Pero en una casa grande, hay no solamente vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro: y algunos son para honra, y otros para deshonra. Si pues alguno se habrá limpiado de éstos, separándose él mismo de ellos, será un vaso para honra, santificado, útil al dueño, y preparado para toda obra buena. Mas huye de las pasiones juveniles, y sigue tras la justicia, la fe, el amor, la paz, con los que invocan al Señor con corazón puro." (2a. Timoteo 2: 19-22 - JND). El hombre puede poner malos materiales sobre el fundamento, pero no puede alterar el fundamento mismo; él puede confundir la diferencia entre los salvados y los no salvados, pero el Señor no es engañado, Él conoce a los que son Suyos; y la responsabilidad que recae sobre todo aquel que nombra el nombre del Señor, mientras espera el día que manifestará todo, es apartarse de la iniquidad. Luego el apóstol nos recuerda que a través de la actividad de maestros de malas doctrinas (véase 2a. Timoteo 2: 16-18, etc.), la Iglesia en su presentación exterior al mundo, se ha convertido como en una casa grande que contiene tanto vasos buenos como vasos malos. Los siervos del Señor deben limpiarse de los vasos de deshonra si quieren estar calificados para la aprobación y el servicio del Dueño. Además, ellos deben huir de las pasiones juveniles. En otras palabras, ellos deben separarse tanto del mal eclesiástico como del mal moral; y han de ser hallados practicando toda la gracia y la virtud cristianas, junto con los que invocan el nombre del Señor con corazón puro. Tal es la senda para el santo en medio de la abundante y creciente corrupción de este día malo. Que el Señor dé cada vez más a Su amado pueblo sabiduría para discernirla, y fortaleza para andar en ella para alabanza de Su santo nombre.



[1] La versión de la Biblia Inglesa (KJV1769) apenas presenta el pensamiento correcto. El apóstol no quiere decir que los siervos eran colaboradores de Dios los unos para con los otros, sino que ellos pertenecían a Dios, y eran colaboradores como tales.

 

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ARCHIVOS

William Macdonald

Al ser humanos, muchos de nosotros olvidamos las cosas si no las escribimos. Y a medida que envejecemos, pareciera que nues­tras “olvidancias” se vuelven más activas que nuestras vivencias.

Una solución para esto es anotar en un cuaderno nuestras observaciones, preguntas, ideas, etc. Todo estudiante serio de la Palabra considerará usar un sistema de registro de citas notables, explicaciones útiles de textos bíblicos, artículos de revistas, y otra información útil para predicar o enseñar.

Normalmente, el sistema de registro se divide en dos secciones, una para libros de la Biblia y el otro para otros temas. En la prime­ra sección, usted puede registrar todas las explicaciones de versícu­los bíblicos o pasajes e ilustraciones de textos bíblicos que le resul­ten útiles. La otra sección estaría dedicada a información de utili­dad que usted cree algún día puede usar para el tema en cuestión.

Haga fotocopias del texto que usted desea conservar de los libros que lee, y documente las citas con: Nombre del autor, título del libro, ciudad y nombre de los publicadores, fecha de publicación, y número de página.

Por ejemplo:

Ironside, Harry A. Expository Messages on the Epistle to the Galatians (Mensajes Expositivos sobre la Epístola a los Gálatas). New York: Loizeaux Brothers, 1941. p. 34.

Acumule el material en una carpeta de archivo grande eti­quetada “recortes”, y archívela dos veces al año.

A continuación, le proveemos un modelo de lista de temas. No tiene el objetivo de ser utilizada fielmente, sino que la proponemos como ilustración. Hemos agregado asteriscos (*) a algunos temas que no son tan utilizados por algunos. Todos querrán elegir sus propios temas:


Aborto

Acción de Gracias

Administración del Tiempo*

Adoración

Ancianos

Ángeles

Anticoncepción

Apologética

Arminianismo*

Arqueología

Ateísmo

Atributos de Dios

Autoestima

Ayuno

Bautismo

Biblia

Biografías

Bodas

Calvinismo*

Castigo Capital

Castigo Eterno

Catolicismo Romano

Cena del Señor

Cielo e Infierno Ciencia

Condiciones Mundiales

Confesión

Consejería*

Consuelo

Creación vs. Evolución

Cristo

Cruz

Dadivosidad

Demonismo

Denominaciones*

Día del Señor Diablo Diáconos Dios

Discipulado

Dispensaciones

Divorcio y Segundas Nupcias

Dones del Espíritu

Educación Cristiana

Enseñanza

Escuela Dominical*

Espíritu Santo

Estudio Bíblico

Eternidad

Ética

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Evangelismo

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Historia*

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