sábado, 30 de septiembre de 2023

PENSAMIENTOS

 

“¡Cuántas veces no seguimos el consejo que Dios le dio a Caín, y le abrimos la puerta al pecado y después lamentarnos de haberlo dejado entrar!”

SATANÁS SIEMPRE DERROTADO

 Satanás sabía lo que había en Job. Conocía las tendencias de una naturaleza que él mismo había corrompido con su mentira en el huerto de Edén. Dijo a Jehová: “¿Acaso teme Job a Dios de balde? ¿No le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene?... Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia” (Job 1:9-11). Satanás nos conoce en lo más profundo de nuestro ser y comprende los resortes de nuestros pensamientos y móviles. ¡Cuán solemne es esto!

Satanás conocía lo que había en Job, pero no conocía lo que había en Dios. Los designios de la gra­cia divina estaban por encima de su comprensión. Por esta razón, en la historia del mundo siempre trabajó para su propia derrota, aunque pensaba que ganaba ven­taja. Porque está obligado a enfrentarse con Dios aun en las cosas que hace y en los propósitos que entreteje contra nosotros.

Cuando Satanás vino hacia el hombre en el huerto de Edén, encontró a Dios para su propia confusión. Dios anunció su derrota (Génesis 3:15). Cuando incitó a David a censar a Israel, la era de Ornán fue descu­bierta, y el lugar en que la misericordia se glorifica frente al juicio vino a ser el lugar del templo (1 Cróni­cas 21-22:1). Cuando zarandeó a los apóstoles como a trigo, se vio superado por la oración de Jesús y, en lugar de una fe abatida, hubo hermanos confirmados (Lucas 22:31-32). Y, sobre todo, cuando Satanás con­dujo a los hombres a clavar a Jesús en la cruz, la misma muerte que provocó, fue su propia destrucción, completa y definitiva.

En todos los ataques que hace sobre cada uno de nosotros, Satanás descubre tarde o temprano que encontró al Dios Todopoderoso y no a un débil cre­yente. Entró en el dominio de Job para devastarlo y destruirlo. Pero Dios estaba allí tal como su siervo Job, y finalmente Satanás fue completamente confun­dido.

Es así en cuanto a los creyentes y su gran ene­migo. Un día reinarán y allí Satanás no tendrá lugar. Liberados de las tribulaciones que provocó alrededor de ellos y contra ellos, se adelantarán para traer sus coronas y cantar himnos de triunfo. En lugar de apare­cer otra vez “entre los hijos de Dios”, como en la his­toria de Job (Job 1:6), Satanás será prendido por un ángel poderoso y arrojado al abismo (Apocalipsis 20:1-3).

Satanás siempre es derrotado. Es el instrumento — instrumento voluntario— de la “destrucción de la carne”, pero esta destrucción tiene por resultado la sal­vación del espíritu (1 Corintios 5:5). Se deleita en recibir al que le es entregado para corrección, pero esto lleva a que el justiciado aprenda a no blasfemar (1 Timoteo 1:20). Da al creyente un aguijón en la carne, pero el resultado es bueno, porque guarda al siervo de Cristo de enaltecerse (2 Corintios 12:7).

Estos ejemplos nos muestran que Satanás siempre trabaja directamente para su derrota. Sus propias armas se vuelven contra él. Al que ataca, le es dado por este mismo ataque fuerza y energía contra Satanás. ¡Dichosa seguridad! Finalmente, nuestro gran adversa­rio nunca es el vencedor.

J. G. Bellet

VIVIR PARA DIOS

 F. ULRICH


Separación, santidad, consagración a Dios

La separación del mal, tal como la Palabra de Dios nos la enseña, no nos conduce al vacío, sino al bien y a la consagración a Dios.

Dios en su Palabra insiste constantemente en la necesidad de que aquellos que le pertenecen anden en un camino de santidad práctica. Ya era así con Israel. ¡Cuánto más con nosotros, creyentes del tiempo de la gracia, que hemos sido llevados infinitamente más cerca de Dios que los israelitas!

Dios mismo puso el fundamento de nuestra santi­ficación, es decir que somos apartados para El. “Somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:10).

Acordémonos de esto: “Somos santificados”. Es la posición en la cual Dios nos puso y en la cual ve a cada creyente. Nos escogió y apartó para él. En esto no hay ningún crecimiento, ninguna colaboración de nuestra parte. Todo es enteramente de Él.

Es el fundamento de nuestra seguridad. Dios mismo proveyó al sacrificio que nos separa del mundo y nos libra del juicio que pronto caerá sobre él. “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (v. 14). Al sellamos con el Espíritu Santo, Dios puso su marca sobre nosotros; somos su posesión.

Posición y realidad visible

Este es el fundamento: nuestra posición delante de Dios. Le pertenecemos. Pero ¿acaso ha de manifestarse esto solo cuando ocupemos los lugares que nos están preparados en el cielo? ¿Podría Dios contentarse con esto? Recordemos que el Señor Jesús nos ha “enviado al mundo” como el Padre lo había enviado a él al mundo (Juan 17:18). Nuestra posición delante de Dios debe reflejarse en nuestra vida práctica, sobre la tierra. El hecho de que Dios nos santificó tiene como conse­cuencia normal una vida de santidad práctica. Si Dios nos apartó para Él, vivamos para Él.

Miremos bien el orden de las cosas: primero está la obra de Dios; luego el hombre durante su vida aquí puede cumplir la voluntad de Dios. El hombre natural, aquel que no pasó por el nuevo nacimiento, no puede en absoluto satisfacer las exigencias de Dios. La santi­dad práctica puede ser solo la consecuencia de nuestra posición de redimidos. Pero esta santidad debe realizarse en la práctica. “La voluntad de Dios es vuestra santificación” (1 Tesalonicenses 4:3).

¿Qué es la santidad? Es un comportamiento gobernado solamente por la voluntad de Dios, y marcado por las normas divinas, porque Dios mismo es santo (véase 1 Pedro 1:15-16). Es vivir para Dios.

Un crecimiento

Y en esto Dios quiere ver un crecimiento, pro­greso. ¿Cómo hacer progresos en la santidad práctica? Está lo que debemos hacer nosotros y lo que hace Dios.

Tenemos que andar en la separación del mal. Man­tenemos lejos del mal nos acerca al Señor. “Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré” (2 Corintios 6:17). “Limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (7:1). Todo lazo con cosas o personas que des­honran a Dios, estorba nuestro crecimiento e impide a Dios utilizamos libremente. ¿Tenemos suficiente con­ciencia de esto? “Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra” (2 Timoteo 2:21, véase v. 20).

Sin embargo, no se nos dejó solos para lograr esto. Dios sostiene nuestro crecimiento. Nuestro Señor, en su oración dirigida al Padre en Juan 17, pide: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (v. 17). Jesús había enviado a sus discípulos al mundo, y nos envía hoy, como el Padre lo había enviado a él. Conoce las influencias a las cuales son sometidos aquellos que viven en el mundo. Por eso, en su oración al Padre, el Señor le pide que guarde a los que le había dado, de toda impureza y de las acechanzas de Satanás. Necesitan ser ayudados para discernir el mal y separarse resueltamente de este, a fin de vivir para Dios en el mundo y defender los intereses de Dios, como Jesús mismo lo hizo.

La verdad

El medio que Dios utiliza para nuestra santifica­ción es “la verdad”, palabra que nos es familiar y que sin embargo merece que nos detengamos en ella.

Se refiere al conjunto del libro que Dios nos dio: su Palabra, la Santa Escritura. Encontramos allí la verdad, porque ese libro nos muestra en toda pureza y claridad los pensamientos de Dios y su juicio sobre todas las cosas en cuanto al pasado, presente y futuro.

Pero, para nosotros, la verdad es también la manera con la que Dios se reveló en la época en que vivimos, el tiempo de la gracia. Hoy los creyentes son hijos de Dios porque en su Hijo se reveló como Padre. Cuando escuchamos o leemos la Biblia, nuestro Dios y Padre nos habla como a sus hijos. Él nos dio “a cono­cer el misterio de su voluntad” (Efesios 1:9), es decir, todos sus designios. El Espíritu Santo utiliza la Palabra para guiarnos, y “todos los que son guiados por el Espíritu de Dios” muestran que “son hijos de Dios” (Romanos 8:14).

Cuando Jesús pide al Padre: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad”, se funda en esta rela­ción, única en el curso de todas las épocas, en la cual estamos hoy. El conocimiento del hecho de que el Dios santo es nuestro Padre, debe llevarnos a una vida práctica que corresponde a esta posición maravillosa. Fuimos llevados muy cerca de él; vivamos también para El.

Vosotros también sed santos

En este mismo orden de ideas, Pedro escribe: “Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; por­que escrito está: Sed santos, porque yo soy santo. Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de perso­nas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación” (1 Pedro 1:15-17).

El “tiempo de vuestra peregrinación” aún no ha terminado. Pero nosotros ya estamos ahora sobre un fundamento inquebrantable. Nuestra posición perfecta resulta de la obra de Dios mismo por el sacrificio de su Hijo; somos “santificados”, apartados para Él, y para siempre. Pero mientras recorremos nuestro camino a través de un mundo lleno de influencias adversas, Dios nos sigue con sus ojos porque quiere ver en nosotros un compor-tamiento acorde con nuestra posición y con su propia santidad. Tenemos los maravillosos recursos de su Palabra y de su Espíritu. Y Cristo intercede por nosotros ante el Padre. Él se santificó a sí mismo por nosotros, para que seamos santificados en la verdad (Juan 17:19).

Creced 2015

El Juez Injusto

 (Lucas 18:1-8)

H. Rossier


La parábola del juez injusto, —así como los párrafos antecedentes del capítulo 17—, presenta la condición del remanente judío del fin. No obstante, es muy instructiva para nosotros los cristianos.

El juez injusto no poseía los primeros rudimentos del conocimiento de Dios. En esto era similar muchos dignatarios de la cristiandad actual. “Ni temía a Dios, ni respetaba a hombre” (v. 2). Para quien no tiene dicho temor de Dios, la sabiduría divina es letra muerta. Sin tal temor ni siquiera puede suponer el carácter del Dios que aborrece el mal bajo todas sus formas. El alma, pues, está sin Dios.

Tal hombre, al no tener a Dios, sino a sí mismo como punto de comparación, sólo obtiene este resultado: se constituye en juez de todos los hombres, salvo de sí mismo, pues sin Dios el hombre natural es incapaz de juzgarse. Entonces se coloca en el centro, en lugar de Dios y, sin juzgarse, juzga a los demás.

Semejante juicio siempre lo lleva a no respetar a los hombres, a despreciarlos. Así se levanta una estatua en medio de la bancarrota y de la ruina moral de la humanidad; y, según su propia opinión, permanece solo e intacto sobre tales escombros.

Como lo veremos, el carácter de la pobre viuda es un fiel retrato del remanente judío del fin; no obstante, ofrece un importante punto de contacto con el nuestro. Apurémonos a comprobarlo, pues al Señor le sirvió como tema de exhortación a sus discípulos. Éstos, así como esa viuda, debían “orar siempre, y no desmayar” (v. 1). Ante nosotros se presenta una infinidad de necesidades, ya sea en lo que nos concierne personalmente, sea en lo que se refiere al pueblo de Dios, o en lo que se relacione con el mundo. Todo ello son temas de oraciones, intercesiones y de súplicas continúas dirigidas al Dios de gracia. He aquí lo que tenemos que hacer; pero, en circunstancias muy diferentes a las de la viuda. Ella invocaba al juez; pero los cristianos jamás lo haríamos, porque invocamos al Padre. El Señor, entregado a las manos de sus verdugos dijo: “Padre, perdónalos.” La viuda dijo: “Hazme justicia (o véngame) de mi adversario”, mientras que nosotros sólo podemos implorar la misericordia de Dios sobre ellos. Sin embargo, en medio de las pruebas suscitadas por el mundo contra los santos, sabemos que Dios ejerce paciencia antes de intervenir por nosotros: “¿Y Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche, aunque sea longánime acerca de ellos?” (RV 1909). Sabemos que Dios juzgará; pero que su promesa es cierta y que usa de paciencia, “no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2.a Pedro 3:9).

En la parábola, el Señor alude a los “escogidos que claman a él día y noche”, para que se les haga justicia, como en el Salmo 83:1. Esa pobre viuda es, pues, la figura del remanente judío que atravesará la tribulación al final de los días y que podrá invocar con insistencia la venganza del Juez, porque dicha venganza será para tales creyentes el único medio de liberación. Toda esa escena no nos concierne directamente; sin embargo, además de alentarnos a orar siempre y no desmayar, nos asegura que Dios manifiesta paciencia antes de intervenir por los suyos por medio de juicios. De Su lado, no faltará nada: “Os digo que pronto les hará justicia” (Lucas 18:8). Estas palabras son proféticas; pero, por anticipación, los discípulos del Señor pudieron verificarlas como una realidad histórica y parcial cuando Jerusalén fue destruida.

Jesús añadió: “Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?”

De hecho, el remanente judío que “clama día y noche”, se convencerá de la intervención libertadora del “Hijo de Hombre”, solamente cuando lo vea. Será necesario, pues, que Él aparezca ante los ojos de esos fieles para que crean.      

Así sucedió con Tomás. El Señor le dijo: “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron... No seas incrédulo, sino creyente” (Juan 20:27-29). De modo que, únicamente bajo este aspecto, el remanente será incrédulo y no creerá en la realidad de la liberación por medio del Hijo del Hombre en persona, por medio de Aquel a quien el pueblo crucificó en la antigüedad, hasta que lo vean con sus ojos.

Así que, en los versículos que estamos meditando, en los que el Señor dice: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra? “no habla de aquella fe, de la fe que acompaña a la vista, sino de la fe de los que hayan creído en la intervención del Hijo del Hombre sin verlo. ¿La hallará quizás en uno u otro del remanente que, bajo la influencia de reminiscencias cristianas, haya esperado al Cristo como Hijo del Hombre, en lugar de esperar sólo en la intervención celestial de Jehová? Es la pregunta que el Señor deja abierta en este versículo, a la cual no se nos da respuesta. Pero, vemos el hecho de que, hasta que los del remanente lo vean a Él, permanecerán incrédulos en relación con dicha intervención personal. Hasta ese momento, la fe de ellos será en Dios (v. 7) a quien, sumidos

en la angustia, clamarán día y noche. Además, por esa misma fe en Dios, ellos sabrán que un día él intervendrá, puesto que leemos que dirán: “¿Hasta cuándo?”

Pero, la fe, nuestra fe en el Hijo del Hombre ahora invisible y que viene personalmente a manifestarse mediante el juicio, para establecer su reino, a ellos les faltará. Serán incrédulos hasta que el Hombre crucificado les muestre sus heridas.

H. Rossier (M.E. 1923)

Notas sobre el Sábado

 William Macdonald


El día del sábado era y siempre será el séptimo día de la semana.

Dios reposó en el día séptimo, después del sexto día de la creación (Gn. 2:2). Él no mandó al hombre que guardase el sábado entonces, aunque puede que tuviese la intención que se siguiese el principio —un día de reposo de cada siete.

La nación de Israel recibió el mandamiento de guardar el sábado cuando se promulgaron los Diez Mandamientos (Éx. 20:8-11). La Ley del Sábado era diferente de los otros nueve mandamientos: se trataba de una ley ceremonial, mientras que las otras eran morales. La única razón de que estaba mal trabajar en sábado era porque Dios lo había prohibido. Los otros mandamientos tenían que ver con cosas que eran intrínsecamente malas.

La prohibición contra el trabajo en sábado nunca fue dada para ser aplicada a: el servicio para Dios (Mt. 12:5), acciones de necesidad (Mt. 12:3, 4) o acciones de misericordia (Mt. 12:11, 12). Nueve de los Diez Mandamientos se repiten en el Nuevo Testamento, no como ley, sino como instrucciones para cristianos viviendo según la gracia. El único mandamiento que a los cristianos nunca se les ordena que guarden es el del sábado. Más bien, Pablo nos enseña que el cristiano no puede ser condenado por dejar de guardarlo (col. 2:1 6).

El día distintivo del cristianismo es el primer día de la semana. El Señor Jesús resucitó de entre los muertos aquel día (Jn. 20:1), prueba ésta de que la obra de la redención había sido completada y divinamente aprobada. Durante los dos siguientes domingos [término que se deriva del Día del Señor], se encontró con Sus discípulos (Jn. 20:19, 26). El Espíritu Santo fue dado en el primer día de la semana (Hch. 2:1; Cf. LV. 23:15, 16). Los primeros discípulos se encontraban aquel día para partir el pan, anunciando la muerte del Señor (Hch. 20:7). Es el día señalado por Dios en el que los cristianos deberían poner dinero aparte para la obra del Señor 1 co. 16:1, 2).

El sábado o séptimo día venía al final de una semana de afán; el Día del Señor, o domingo, comienza una semana con el conocimiento gozoso de que la obra de la redención ha sido consumada. El sábado conmemoraba la primera creación; el Día del Señor está unido con la nueva creación. El día del sábado era un día de responsabilidad; el Día del Señor es un día de privilegio.

Los cristianos no «guardan» el Día del Señor como medio de alcanzar la salvación o de lograr la santidad, ni por temor al castigo. Lo ponen aparte por amante devoción a Aquel que se entregó a Sí mismo por ellos. Debido a que este día quedamos liberados d los asuntos rutinarios y seculares, podemos apartarlo de una manera especial para el culto y servicio de Cristo.

No es correcto afirmar que el sábado fue transferido al domingo. El sábado es el séptimo día de la semana, y el Día del Señor es el domingo. El sábado era una sombra; el cuerpo es Cristo (Col 2:16, 17). La resurrección de Cristo marcó un nuevo comienzo, el día del Señor significa este comienzo.

Corno judío piadoso viviendo bajo la ley, Jesús guardó el sábado (a pesar de las acusaciones de los fariseos en contrario). Como Señor del sábado, Él lo liberó de las falsas reglas y normas con que había sido recubierto.

El cristiano ¿En qué consiste? (2)

 C.H. MACKINTOSH


2.  El objeto del cristiano

Aquí nuevamente vemos que el cristianismo nos coloca delante de Cristo solo. El hecho “de conocerle” (Filipenses 3:10) constituye la aspiración del verdadero cristiano. Si la posición del cristiano es “ser hallado en él”, “conocerle” constituye su único objeto, su única meta. La filosofía de los antiguos tenía un adagio que era constantemente presentado a la atención de sus discípulos: «Conócete a ti mismo.» El cristianismo, al contrario, tiene otra palabra, que tiende a un objeto más noble y elevado. Nos insta a conocer a Cristo, a hacer de él el objeto de nuestro corazón, a fijar nuestra mirada en él.

Esto y sólo esto constituye el objeto del cristiano. Tener cualquier otro objeto no constituye en absoluto el cristianismo, y lamentablemente los cristianos tienen otros objetos en que ocuparse. Por eso decíamos al principio de nuestro artículo, que lo que deseábamos presentar a nuestros lectores es el cristianismo y no la marcha de los cristianos. Poco importa cuál sea el objeto que nos ocupa; desde el momento que no es Cristo, no es el cristianismo. El anhelo del verdadero cristiano tenderá siempre hacia lo que se dice en estas palabras: “A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte” (v. 10).

La meta del cristiano no es hacer su camino en el mundo, ir en busca del dinero, procurar alcanzar una posición social elevada, buscar engrandecer su familia, hacerse de un nombre y buscar fama. Él no aspira a ser considerado un gran hombre, un hombre rico, un hombre popular. No, ninguna de estas cosas es un objeto cristiano. Ellas pueden constituir las aspiraciones de aquellos que no han hallado mejores bienes; pero el cristiano ha hallado a Cristo. En esto reside toda la diferencia. Puede parecer natural para un hombre que no conoce a Cristo como su justicia, hacer lo mejor que pueda para forjar su propia justicia; pero para aquel cuya posición está en un Cristo resucitado, la más perfecta justicia que pudieran producir los esfuerzos humanos, no sería más que una pérdida. Es exactamente lo mismo cuando se trata de un objeto. La cuestión no es decir: «¿Qué hay de malo en tal o cual cosa?», sino: «¿Es esto de Cristo?».

Es útil considerar esto, pues estamos seguros de que una de las grandes causas de la baja condición espiritual que prevalece entre los cristianos, se debe justamente al hecho de que la mirada es quitada de Cristo, y fijada en tal o cual objeto inferior. El objeto puede tener en sí mismo cierto valor moral para un hombre del mundo, para un hombre que no ve nada más allá de su lugar en la naturaleza, en la vieja creación. Pero, para el cristiano, no es así. Él no es de este mundo. Está en el mundo, pero no es del mundo. Ellos “no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo”, dice nuestro amado Señor (Juan 17:14). “Nuestra ciudadanía está en los cielos” (Filipenses 3:20), y nunca debiéramos estar satisfechos con un objeto inferior a Cristo. No importa en lo más mínimo la posición social en la cual estemos. Un hombre puede ser un recolector de residuos o un príncipe, o puede ocupar uno de los numerosos grados entre estos dos extremos sociales; es todo lo mismo si Cristo constituye su único y verdadero objeto. No es la condición social de un hombre, sino el objeto que persigue, lo que le confiere su carácter.

El apóstol Pablo no tenía sino un solo objeto: Cristo. Ya sea que se quedase en un lugar o que estuviese de viaje, que predicase el Evangelio o que juntase ramas secas para las estacas (Hechos 18), que estableciese iglesias o que hiciera tiendas, su objeto era Cristo. Tanto de noche como de día, en casa o fuera de ella, por mar o por tierra, solo o con otros, en público o en privado, Pablo podía decir: “Una cosa hago” (v. 13); y esto, notémoslo bien, no se trata solamente de Pablo el diligente apóstol, Pablo el santo arrebatado al tercer cielo, sino de Pablo el cristiano vivo, activo y caminante; de aquel que podía decirnos: “Hermanos, sed imitadores de mí” (v. 17). Y no deberíamos contentarnos con nada menos. Nuestras faltas —es triste decirlo, pero es cierto—, son numerosas; pero mantengamos siempre ante nuestros ojos el verdadero objeto. El escolar, que escribe unas líneas, sólo puede esperar que la página que redacta quede prolija si mantiene sus ojos fijos en la primera línea del encabezamiento que subrayó con una regla. Ahora bien, si luego aparta su mirada de la línea modelo, y se empieza a fijar en la última línea que acaba de trazar —lo cual es una tendencia muy común—, entonces cada línea subsiguiente se irá desviando cada vez más de la precedente. Lo mismo ocurre con nosotros: Apartamos la mirada de nuestro divino y perfecto modelo, y comenzamos a considerarnos a nosotros mismos, a fijarnos en nuestros propios esfuerzos, en lo que somos nosotros, en nuestros propios intereses, en nuestra reputación. Comenzamos a pensar en lo que estaría de acuerdo con nuestros principios, con la profesión que hacemos, con nuestra posición en el mundo, en lugar de pensar en el único objeto que el cristianismo pone ante nosotros, esto es, Cristo.

Pero —dirá alguno— ¿dónde se halla esto? En efecto, si lo buscamos en las filas de los cristianos de nuestros días, ello será ciertamente difícil. Pero es lo que nos dice el tercer capítulo de la epístola a los Filipenses, y esto ha de bastarnos. Hallamos allí un modelo del verdadero cristianismo, que debemos tener única y continuamente ante los ojos. Si nuestros corazones quisieran ir en pos de otras cosas, entonces juzguémoslos. Comparemos las líneas que trazamos con la línea modelo, y busquemos seriamente reproducir una copia fiel a partir de ella. Sin duda habremos de llorar por nuestras frecuentes caídas, pero estaremos ocupados con nuestro verdadero objeto, y tendremos así formado nuestro carácter cristiano; porque, no lo olvidemos, éste es el móvil que nos hace actuar, que forma nuestro carácter; cada objeto anhelado, forma nuestro carácter. Si mi meta es el dinero, seré avaro; si busco el poder, seré ambicioso; si amo las letras, seré un literato; si mi objeto es Cristo, seré cristiano. No se trata aquí de una cuestión de vida o de salvación, sino de cristianismo práctico. Si alguien nos pidiera que definamos en pocas palabras qué es un cristiano, en seguida responderíamos que es un hombre cuyo objeto es Cristo. Esto es muy simple. ¡Ojalá que podamos experimentar el poder de esta verdad, de manera de manifestar un carácter de discípulos más sano y vigoroso, en estos días en que tantos cristianos, lamentablemente, tienen sus pensamientos en las cosas terrenales!

Concluiremos este breve e imperfecto esbozo de un tema tan amplio e importante, con algunas palabras sobre la esperanza del cristiano.

(continuará)

Los tres árboles y la zarza

 Santiago Saword


El capítulo 9 de Jueces relata el horroroso episodio de la matanza por Abimelec, sobre una piedra, de sus sesenta y nueve hermanos, hijos de Gedeón. Jotam escapó. Una vez que la gente de Siquem había hecho a Abimelec su rey, Jotam se puso en la cumbre del monte Gerizim para denunciar a los homicidas por su crimen sangriento.


La violencia

Su parábola se encuentra en Jueces 9.6 al 21, 56 y 57. Fue profética y se cumplió al pie de la letra, enseñándonos que Dios tiene su tiempo para arreglar la cuenta por todo acto de violencia y crueldad. En nuestros días hay muchos hombres salvajes que matan a sangre fría a personas pacíficas y superiores a ellos; se escapan del castigo merecido, pero irremisiblemente llegará el día cuando tendrán que comparecer delante del gran Juez de los vivos y muertos para sufrir el justo pago de su maldad.

En cuanto a la parábola de los tres árboles, primero nos enseña que Dios tiene su propósito doble en lo que producen: Dios es honrado y los hombres son bendecidos, versículo 9. Él tiene también un propósito doble en nosotros, cual árboles plantados en la casa de Jehová — Salmo 92.13 — y es el que Dios sea honrado y nuestros semejantes bendecidos. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe, Gálatas 6.10.

El olivo

El primer árbol nombrado es el olivo. Los árboles, según la parábola, querían elegir a uno para reinar sobre ellos, y convidaron al olivo para ser su rey. La noble respuesta del olivo fue: “¿He de dejar mi aceite, con el cual en mí se honra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles?” El aceite era esencial en el culto ordenado por Dios, y a la vez para ungir a los hombres.

En Apocalipsis 11.4 leemos de dos olivos que son testigos de Dios. Son lámparas que brillan mediante el aceite en medio de las tinieblas. El aceite habla del Espíritu de Dios que da poder para testificar fielmente delante de un mundo pecador. Cuando el creyente busca grandezas en este mundo su utilidad sufre, y su vida, que tanto le costó a Cristo, tiene poco para Dios y las almas de sus prójimos.

El mensaje de Dios al joven Baruc, quien había sido una gran ayuda a Jeremías, fue: “¿Buscas para ti grandezas? No las busques”, Jeremías 45.5. Para Baruc las grandezas solamente durarían por unos días; la nación estaba al punto de un gran desastre (el cautiverio). Igualmente, para el creyente; ya lo del presente siglo viene llegando a su fin. La venida del Señor se acerca y nosotros los salvos vamos a dejar atrás lo que es de este mundo; de acuerdo con nuestra fidelidad aquí, será nuestra herencia en el cielo.

La higuera

El segundo árbol nombrado es la higuera, que también fue resuelta en no dejar su dulzura y buen fruto “para ser grande sobre los árboles”. Ella sacó bien la cuenta y prefería más bien seguir en su vida de proveer lo agradable para los corazones y llevar mucho fruto para Dios en vez de satisfacer una ambición carnal sobre los demás.

En Jeremías 24.1 se puede ver que higos fueron puestos delante del templo de Dios, lugar de privilegio (“Me mostró Jehová dos cestas de higos ...”).

La vid

El tercer árbol nombrado es la vid, que también estuvo resuelta a continuar en su vocación según la voluntad de Dios, alegrándole a él y a los hombres.

En Juan 15 vemos que Cristo es la vid verdadera, y en Juan 6.15, después del milagro de los panes, los hombres querían hacerle rey, pero Él se fue. Él nos enseña que estamos unidos inseparablemente con él y como pámpanos podemos llevar mucho fruto por medio de él. En cambio, separados de él nada podemos hacer.

El vino habla del gozo del Señor y la salvación. Por buscar un puesto político o social el creyente va a perder el gozo del Señor, cosa que se pierde fácilmente pero sólo con dificultad se vuelve a conseguir. Sin este gozo, el creyente está impedido en ganar almas para Cristo, y su adoración pierde frescura, llegando a ser puro formalismo. Así, la vid rechazó la oferta, prefiriendo dar gozo a Dios y al hombre en vez de satisfacer el impulso de ambiciones engañosas.

La zarza

Como último recurso los árboles apelaron a la zarza. “Anda tú, reina sobre nosotros”, 9.14. La respuesta de la zarza es impresionante: “Venid, abrigaos bajo mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza ...” En realidad, la zarza no tenía nada que dar sino espinas y maldición; Génesis 3.17,18. Por dondequiera que se extiende, ahoga las matas buenas y sufre dolor quien la toque.

¡Qué tragedia terminar nuestra carrera como una zarza, lista para las llamas! Hemos conocido hombres que querían ser líderes entre el pueblo del Señor, buscando privilegios: la plataforma para predicar, e intentos vanos a enseñar. Ellos buscaban “el puesto” con motivos ulteriores en vez de reconocer su propia indignidad y hacer todo por amor de Cristo. En cambio, hay otra clase a quienes no les interesa ser algo en la asamblea; su gran afán es prosperar materialmente y llegar a la cumbre en lo de este mundo. Caen en tentación y lazo, y en “muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición”.

¡Ojalá que nuestra meta sea la del gran apóstol! “Prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”, Filipenses 3.14.

Tres dones naturales y comunes

 José Naranjo

Oír, hablar y escribir requieren el entendimiento


Oír, hablar y escribir: son gracias que, aunque nos parecen comunes, son dones especiales que entran en los predios del arte, y para desarrollarlos bien se requiere el ejercicio del entendimiento. No es monopolio de algunos el uso de esos dones, pero es indispensable que el individuo llegue al entero conocimiento de su capacidad real para que no incurra en el abuso de traspasar los linderos de lo desconocido, o aparecer ante los demás como ignorante, fanfarrón u orgulloso.


·         Oír

El que oye bien está llamado a ser inteligente. Un oído fino percibe y discierne con maestría las notas musicales. Tal vez por falta de oído atento es que se oye tanta discordancia en el cantar de nuestros himnos en las asambleas. Muchos de los profetas empezaban sus mensajes primero con esta alocución: “Oíd palabra de Jehová”. (Deuteronomio 32:2-4, Isaías 1:2-3, Jeremías 10:1-2, Oseas 4:1-2, Amós 4:1) Es abuso y mala educación oír de cualquier manera. El Señor Jesús se vio en el caso de llamar la atención a su auditorio en varias ocasiones. “Si alguno tiene oídos para oír, oiga”. Les dijo también: “Mirad lo que oís; porque con la medida con que medís, os será medido, y aun se os añadirá a vosotros que oís”. (Marcos 4:23,24)

Hay una tendencia de oír ligeramente con el consiguiente resultado de la exageración, de lo que resultan los chismes, no diciéndose lo real sino lo ficticio, imaginativo o sospechoso, y todo esto por oír mal. Don Guillermo Williams en una conferencia en Puerto Cabello nos habló de oír bien, y citó el caso de un hermano que le dijo: “¿En qué se basó ese predicador para decir que el eunuco era un negro feo?” Respondió: “Yo no oí así. El predicador dijo: “En Hechos de los Apóstoles capítulo 8 está la conversión del africano, o sea el negro; en capítulo 9 está la conversión del asiático, o sea el religioso fariseo; y en capítulo 10 está la conversión del blanco europeo”. Después, una hermana le dijo a uno de los ancianos: “Déjeme sentarme en la punta del banco, porque yo soy la que atiende al café”. El anciano le dijo: “¿Y por qué no se examina si tiene poca fe?”

Errores de esta y otra clase se cometen a diario, por no poner el sentido para oír bien. Del Señor Jesús como el siervo de Jehová está escrito: “Jehová el Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado: despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios. Jehová el Señor me abrió el oído, y yo no fui rebelde, ni me volví atrás”. (Isaías 50:4,5)

· Hablar

El Señor Jesucristo es reconocido como el maestro más excelente. Sus enemigos lo recocieron en sus días, cuando le mandaron a prender, pues cuando los principales sacerdotes y fariseos dijeron a los alguaciles, “¿Por qué no le habéis traído?” los alguaciles respondieron, “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” (Juan 7:32, 45,46) Ningún hombre ha pronunciado sermón como el Sermón del Monte. (Mateo 7:28,29) Un día una mujer muy emocionada por lo que oía, levantó la voz y le dijo: “Bienaventurada el vientre que te trajo, y los senos que mamaste”. (Lucas 11:27,28) Hay los que se expresan con una dialéctica natural, cuyos razonamientos, sin llegar a la elocuencia, son convincentes y transportadores, pero donde más se destaca esta virtud es en los humildes de corazón. “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe”. (1 Corintios 13:1)

Hay los que sólo tienen verborrea, y son de apariencia humilde hasta que se les exhorta, reprende o corrige; entonces se desahogan su orgullo escondido y hablan como si hubieran nacido primero que Adán. (Job 15:7-10) Posiblemente Coré, Alejandro, Diótrefes y otros eran tipos de esa calaña. Un hermano extranjero oyó a un criollo predicar, y cuando me vio me dijo: “Fulano tiene mucha palabrería”. Moisés fue de los humildes de corazón, pues sostuvo con sinceridad delante de Dios su torpeza para expresarse. (Éxodo 4:10) Pero la vocación de Moisés, y su constancia delante del Señor, le hicieron conseguir soltura de lengua y libertado de expresión, de tal manera que, por el Espíritu, improvisaba hasta llegar a la altura de la exégesis: “Entonces habló Moisés a oído de toda la congregación de Israel las palabras de este cántico”. (Deuteronomio 31:30) De veras que es agradable oír a una persona que se expresa bien. De ahí el proverbio del vulgo: “El que tiene más saliva traga más harina”. Pero mejor es lo que dice Salomón: “Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha como conviene”. (Proverbios 25:11)

· Escribir

Escribir es el arte que se expresa en estilo. Por la letra distinguimos a las personas que nos son familiares, y por el estilo discernimos a los que nos son algo conocidos. En la Biblia hay libros que nos son familiares, y hay libros que nos son conocidos. A vuelo de pensamiento distinguimos el estilo de escritura de Pablo, de Pedro, de Isaías, de Santiago, de Moisés, de Juan; pero tenemos que pararnos para discernir y dar respuesta a una pregunta de Ezequiel, de Zacarías, de Oseas o de Josué. Si escribir es arte, también es vocación; vocación que el que escribe lo ha deseado y lo ha podido alcanzar.

En meses pasados un hombre se halló con un evangélico y le dijo: “¡Ah! ¿Es usted periodista?” El evangélico le contestó: “No, yo lo que hago es escribir sermones”. El hombre le dijo: “Pero sus sermones son buenos”. Ciertamente son los sermones buenos los que impresionan. A veces salen al público unas cuartillas tan “pajizas” mal escritas, sin coordinación, mal impresas; la falta de gramática es demasiado pronunciada porque no pasa por manos de redactores de conocimiento. El sentido literario es tan escaso que cuando una persona recibe el folleto y lee los primeros renglones, lo tira por el cursi de su argumento. Se ha dicho que “no tienen dientes”.

Son muchos los millares que deseamos saber lo que nuestro Señor Jesucristo escribió en las arenas del templo. (Juan 8:6) Gracias a Dios por las cartas de Pablo; de él se dice: “A la verdad, dicen, las cartas son duras y fuertes: más la presencia corporal débil, y la palabra menospreciable”. (2 Corintios 10:10)

Todo el fin que debe perseguir la escritura es lo que dice Pedro: “Amados, esta es la segunda carta que os escribo, y en ambas despierto con exhortación vuestro limpio entendimiento”. (2 Pedro 3:1)

Viviendo por encima del promedio (4)

 

William Macdonald


El costo de la obediencia

 


La vida era una brisa para Bud Brunke. Tenía una espo­sa encantadora, Janice, seis hijos, y era socio en un negocio de mantenimiento de aeronaves, en un pequeño aeropuerto en Elgin, Illinois. El mundo era su ostra, o, al menos, eso pensaba él.

De repente, sin embargo, su paz fue trastornada cuando los pensamientos de su condición espiritual comenzaron a molestarlo. Hasta ese momento, había sido diácono y miembro fiel de la Iglesia Luterana local, pero esto no lo satisfacía. Lo que más le inquietaba de la iglesia era el bau­tismo infantil. El no podía tolerar la idea de que salpicar con agua a un niño lo hiciera miembro de Cristo y un here­dero del reino de Dios. Por un conjunto de extrañas circuns­tancias, comenzó a tomar clases en una escuela bíblica noc­turna. En las semanas sucesivas, la luz resplandeció en su alma, y se convirtió en un cristiano comprometido mientras miraba la transmisión de una cruzada evangelística.

Desde el principio, Bud tuvo un profundo deseo de cono­cer la Palabra de Dios y obedecerla. Si hubiera pensado que cuando fuera salvo no tendría más problemas, se habría equi­vocado. Hubo un problema en particular que se destacó. Ahora estaba asociado con un hombre que no era creyente. Antes, esto nunca había sido un problema. Pero ahora él leía:

“No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; por­que ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédu­lo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ído­los? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios y ellos me serán a mí por pueblo. Por lo cual, salid de en me­dio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo in­mundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por Padre y me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso” (2 Co­rintios 6:14-18).

Estas palabras apuñalaban a Bud todas las veces que las leía. “¿Qué parte tiene el creyente con el incrédulo?” Era verdad. Su socio y él estaban en diferentes longitudes de onda. Tenían valores distintos. Las prácticas poco éticas nunca habían sido un problema antes, pero ahora cobraron mucha importancia. Era como si un buey y un asno estuvie­ran atados juntos. Ellos no tiraban juntos.

Bud sabía lo que debía hacer. Tema que salirse del yugo desigual. Pero el negocio de mantenimiento de aeronaves era su vida. Tema que pensar en su familia. No tendrían me­dios visibles de sustento si él renunciaba. ¿Cómo vivirían?

Primero, decidió consultar a un anciano de la iglesia lo­cal. Le contó al anciano toda la historia acerca de cómo se encontraba entre la espada y la pared.

El anciano dijo: “No hay un gran problema aquí. Só­lo compra la parte de tu socio para ser el único dueño del negocio.”

“No tengo suficiente dinero para hacer eso.”

“En ese caso, ¿por qué no dejas que él compre tu parte?”

Valía la pena investigar esa posibilidad. Habló con el so­cio, y, para su sorpresa, el socio parecía conforme con la idea. Prometió pagarle a Bud $40,000 por su parte del ne­gocio. Parecía la solución ideal al problema. El dinero co­menzó a gotear. Los cheques mensuales eran de $200. Lue­go los pagos se tomaron esporádicos. Más tarde, cuando

Bud fue a cobrar los cheques, retomaban con la notificación “fondos insuficientes.”

A Bud no le sorprendió cuando se enteró de que su socio se había declarado en bancarrota.

La determinación de Bud de obedecer el mandamiento de “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos” le había costado entre $38,000 y $40,000. ¿Qué debía hacer? Pero Dios no había olvidado Su promesa: “Y seré para vo­sotros por Padre” (2 Corintios 6:18). En poco tiempo Bud fue a trabajar para un cristiano, un cargo en el que permane­ció 25 años. Cuando llegó a los 65 años y se jubiló, recibió un pago que era tres veces más de lo que había perdido. Así es el Señor. Él no es deudor de ningún hombre.

¿Cómo puedo aprender a orar?

 No hace mucho que una joven cristiana me confesó que estaba pasando por problemas para orar. No recuerdo ahora exactamente cómo respondí, pero de seguro dije algo de, “¡Yo también!” Algo que el creyente aprende al crecer en la gracia es que los ejercicios realmente arduos de la vida cristiana son los básicos: la oración, el estudio de la Biblia, la comunión con los hermanos y el testimonio. Todos son problemáticos, y las Escrituras dan a entender convencido que nunca serán fáciles, pero con la ayuda de Espíritu Santo, y a pesar de todo, proseguiremos firmemente.

Uno de los grandes hombres del Antiguo Testamento nos da un ejemplo desafiante de las condiciones sencillas para que la oración sea eficaz. En Génesis 18 leemos acerca de la intercesión de Abraham a favor de Sodoma (vv. 23 al 32) y podemos deducir cuatro lecciones de esa narración.

1. Abraham creyó al Señor (vv. 9 al 21).

Frecuentemente se olvida que la oración de Abraham al final del capítulo no es un estallido espontáneo. Por el contrario, es considerada como el resultado de lo que había aprendido escuchando al Señor. Si compruebes todo lo que el Génesis cuenta acerca de su vida, encontrarás, quizá para tu sorpresa, que Dios habla a Abraham unas tres veces más de lo que Abraham habla a Dios. La moraleja es evidente; si queremos hablar al Señor debemos escucharle antes. La oración y la lectura de la Biblia son inseparables. Muchas de nuestras irreflexivas expresiones (“si es tu voluntad”) podrían convertirse en oraciones completas y llenas de fe, solamente con buscar la voluntad de Dios tal y como se nos revela en las Escrituras.

¿Qué aprendió Abraham de Dios en la primera parte del capítulo?

a. Aprendió que Dios ansía bendecir a su pueblo (vv. 10 al 14), y nuestro Dios es siempre el mismo. El Señor Jesús ascendió a la gloria en actitud de bendecir (Lucas 24:31) y esto es lo que ha caracterizado siempre su trato con los santos (Efesios 1:3). Tal conocimiento debe animarnos a estar más tiempo con un Dios cuyo deseo es nuestro bien.

b. Aprendió que Dios es el Dios de juicio (vv. 17 al 21). Mucho de la predicación del evangelio en estos tiempos ha diluido el mensaje claro de salvación en Cristo que encontramos en el Nuevo Testamento al omitir o suavizar la realidad del juicio. Pero podemos estar seguros de que Él juzgará (ver especialmente Romanos 2:1 al 16) y así como esta certidumbre le condujo a Abraham a interceder por su descarriado sobrino Lot, así debe forzarnos a nosotros a caer sobre nuestras rodillas e interceder por los amigos y familiares que no son salvos.

c. A Abraham se le recordó la omnipotencia divina (v. 14). Esta gloriosa verdad, repetida en Lucas 1:37, es la espina dorsal de la oración porque el Dios de la Biblia es omnipotente y por tanto “poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de los que pedimos o entendemos” (Efesios 3:20).

d. Él fue testigo de una pasmosa demostración de la omnisciencia de Dios, ya que Él conocía los pensamientos de Sara (vv. 10 al 13). Hay veces cuando le cuesta al creyente poner palabras a su oración, pero ¾y aquí el consuelo¾ nuestro Padre celestial conoce todo acerca de nosotros (Mateo 6:8) y el Espíritu que mora en nosotros habla en nuestro lugar (Romanos 8:26 al 27).

Encontrarás en Génesis capítulo 18 que Abraham aprendió también acerca del gran deseo que Dios tiene para confiar en sus amigos (v. 17), sus planes para los descendientes del patriarca (v. 18) y su lealtad hacia su Palabra (v. 19). ¿Puedo sugerir que nuestras oraciones sólo serán llenas y efectivas en la medida que sea nuestra percepción de las Escrituras? Si oramos con la Biblia como base, estamos orando de acuerdo con la voluntad divina; como alguien dijo, “La oración es un instrumento poderoso, no para conseguir que se haga la voluntad del hombre en el cielo, sino para hacer posible la voluntad de Dios sobre la tierra”,

2. Abraham se acercó al Señor (v. 23).

Es posible tener un buen conocimiento de las Escrituras y no orar. Pero Abraham era un creyente practicante; aquello que el Señor le enseñó lo puso en práctica inmediatamente, y “se acercó”.

Te darás cuenta de que los dos ángeles se habían marchado (v. 22); Dios y su hijo estaban solos. El Señor Jesús subrayó el valor de esto en Mateo 6:6: “Cuando ores, entre en tu aposento, y cerrada la puerta, ora.”., No lo olvides; ¡cierra esa puerta! El mundo y el diablo no se tardan en valerse de cualquier distracción para impedir o estorbar nuestra comunión con el Señor. Además, es vital hacer un deliberado esfuerzo para estar, como lo expresa cierto himno, “cerrado contigo, lejos, alto y alejado del mundo inquieto que lucha abajo”. Es maravilloso constatar que cuanto más nos acercamos a Dios, más se acerca Él a nosotros (Santiago 4:8).

3. Abraham pidió al Señor

Esta es la esencia de la oración: hablar con Dios. Abraham no tuvo tiempo para ir a un lugar especial (después de todo, el Señor estaba allí), o preparase y asumir una postura de rigor o esperar hasta que se sintiera movido a orar. ¡Simplemente oró! ¿No dijo el Maestro, “Pedid, y se os dará” (Lucas 11:9)? ¡Cuán necios somos, entonces, si estamos preocupados, impacientes o torpes en vez de hablarle humildemente!

La oración en sí misma es sencilla, sincera y corta. La Biblia no da premios a los de “largo fuelle”, ¡aunque así pareciera a algunos de nuestros hermanos! La oración de Abraham fue razonada, de acuerdo con el conocimiento de Dios que él tenía, y específica. Llegó al grano. Nosotros hemos recibido una revelación mucho más amplia, porque tenemos al Señor Jesús, la última palabra de Dios al hombre (Hebreos 1:1,2). Por tanto, podemos acompañar nuestras oraciones con el precioso nombre de Cristo (Juan 16:23).

Cuando pequeño aprendí de mi madre a terminar mis oraciones “en el nombre del Señor Jesús. Amén”. Cuando le pregunté por qué tenía que decir esto, me respondió ella, “Porque a Dios le agrada oírlo”, y a mí no se me ocurre una respuesta teológica que mejore esa expresión. El nombre del amado Hijo de Dios significa tanto en el cielo que el Padre está gozoso al recibir y contestar las oraciones de aquellos que lo ponen reverentemente sobre sus labios.

4. Abraham anticipó una respuesta (19:27 al 29)

            Este es la evidencia de que oró con fe (Mateo 21:22). Él se levantó temprano y volvió al lugar donde había hablado con el Señor. Ahora bien, Dios no garantizó su respuesta a la petición específica, porque no había diez justos en Sodoma (Génesis 19:15); sin embargo, sí satisfizo el deseo del corazón de Abraham, que su sobrino Lot fuese eximido del castigo, y al efecto éste fue sacado de la ciudad antes que cayera el castigo (19:16). La respuesta fue perfecta, si bien no fue exactamente lo que Abraham esperaba. Es evidente que Dios se reserva el derecho de darnos lo que más conviene.

“Dios se acordó de Abraham” (Génesis 19:29; compárese con 19:22). ¡Qué testimonio al valor de sus oraciones! Hoy en día estamos tan necesitados como pudo estarlo Abraham, y nuestro Dios es igual de bondadoso. Así que, no te pierdes el privilegio de hablar regularmente con el Padre celestial. ¿Te ocupas en la oración?

LEER LA BIBLIA Y ORAR

 

Yo Daniel miré atentamente en los libros el número de los años de que habló Jehová al profeta Jeremías, que habían de cumplirse las desolaciones de Jerusalén en setenta años, Y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego, (Daniel 9:2-3)

¡El profeta Daniel es un muy buen ejemplo de alguien que se tomaba un tiempo para leer su Biblia y orar todos los días! Había estado preocupado por la desolación de Jerusalén, y así, un día en particular, leyó el Libro del profeta Jeremías para ver lo que la Biblia tenía que decir sobre esto. ¡Conocía lo suficientemente bien las Escrituras como para ser capaz de saber dónde buscar la respuesta Gen días en que no existían softwares de búsqueda ni concordancias escritas!). La familiaridad de Daniel con las Escrituras no deja ninguna duda de que él era un lector regular y sistemático de la Biblia. Probablemente ese día él se desvió de su lectura regular con el fin de estudiar personalmente la Biblia buscando respuesta a su pregunta.

Esto fue luego de que Daniel se arrodillara en oración y se humillara delante de Dios. Él derramó su corazón en una extensa oración aquel día (9:4-19), Sin embargo, por otros pasajes, sabemos que su costumbre era orar tres veces al día (Dn. 6:10), tal como lo hacía David antes de él (Sal. 55:17),

Hay un cántico para niños que a menudo se canta en las escuelas dominicales y campamentos cristianos, y dice así: «Lee tu Biblia, ora cada día, si quieres crecer». Ahora bien, la verdad contenida en este pequeño cántico no debe limitarse solamente a los niños, sino que debemos aplicarla a todos los que profesan fe en Cristo, sin importar su edad. Daniel tenía más de ochenta años y sentía que era necesario tener un «tiempo de tranquilidad»—un tiempo puesto a Parte diariamente para leer la Biblia y orar. Si Daniel sentía que este era un ejercicio necesario, incluso a su avanzada edad, entonces cuánto más necesario es para nosotros en la actualidad.

Brian Reynolds

El Señor está Cerca

MUJERES DE FE DEL ANTIGUO TESTAMENTO (21)

 

Una Criada

Estos alcanzaron buen testimonio por la fe”

 (Hebreos 11:39)

La historia está en 2 Reyes 5:1-15.


La criada judía se paró delante de su señora y le dijo con firmeza:

“Si rogase mi señor al profeta que está en Samaría, él lo sanaría de su lepra”. En Israel, la patria de la muchacha, los leprosos eran excluidos de la congregación, pero ella estaba obligada a trabajar en el hogar de un leproso que andaba libremente y que era un gran personaje en su país.

Naamán, jefe del ejército del rey de Siria, gozaba del favor del rey porque a causa de su valor en los combates, el Señor le había dado la victoria a su país. Las tropas del rey de Siria hacían invasiones al país de Israel y se llevaban consigo a enemigos y su botín. Esta muchacha israelí fue sacada de su hogar donde la gente adoraba al verdadero Dios y apreciaba a su profeta Eliseo.

En aquel tiempo el general Naamán estaba muy afligido por causa de la enfermedad que sufría. Muchas veces los leprosos eran obligados a vivir aislados y no existía remedio contra la lepra.

En solamente 40 palabras las Escrituras nos dan la bella historia de esta jovencita. No sabemos su nombre, porque era una esclava que había sido llevada lejos de su país, su cultura y su familia, pero más importante que su nombre es lo que ella dijo.

Aunque tenía suficientes razones para odiar a sus amos, no había rencor en su corazón. En vez de sentir amargura, mostró compasión y preocupación por el bienestar de ellos. “No ha guardado silencio a causa de su timidez; no piensa que es demasiado joven para que hagan caso de lo que dice, y no siente que su posición es demasiado humilde para ser oída”.

Presentó su caso a la esposa de Naamán con fe y de una manera concisa, consciente del peligro que corría. Seguramente ella se había ganado el aprecio del general y su esposa, porque la mujer de Naamán oyó con mucho interés la sugerencia y se la comunicó a su marido.

Naamán no fue directamente al profeta Eliseo, sino que se presentó primero al rey de Siria y luego al rey de Israel, llevando dinero y cartas de parte de su rey. Por fin se humilló, obedeció el mensaje de Eliseo y se zambulló siete veces en el río Jordán. Cuando volvió, no solamente estaba curado de su lepra y su piel había sido limpiada, sino más importante, Naamán quedó convencido de que el Dios de Israel era el único Dios verdadero. “Se convirtió de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero” (1 Tesalonicenses 1.9).

Cuando el gran guerrero confió en el testimonio de la muchacha, él estuvo dispuesto a presentarse delante de dos reyes, buscar la ayuda de un extraño y zambullirse en agua sucia para su curación, todo en base a la recomendación de ella. El comportamiento de la muchacha y la manera en que ella servía a sus amos eran tales que lo que ella dijo fue tomado en cuenta. Lo que dijo fue poco, pero dio evidencia de su fe en Dios y en Eliseo, el siervo de Dios.

Ojalá que, como esta esclava de la antigüedad, nosotras podamos estar contentas con nuestras circunstancias y hablar palabras que ayuden a algún leproso espiritual a buscar el camino de la salvación. “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4.13).

¿Soy yo soldado de Jesús, un siervo del Señor;

Y temeré llevar la cruz sufriendo por su amor?

Lucharon otros por la fe; cobarde no he de ser:

Por mi Señor pelearé confiando en su poder.