domingo, 6 de abril de 2014

El valor de la confesión

Antes que usted confiese sus faltas a Dios, él ya tiene conocimiento de ellas; pero el valor de la confesión consiste en que usted está de acuerdo con Dios, quien las condena. Entonces, el engaño ha desaparecido de su corazón.

Anónimo

La balanza.

Aquel que se aventura en un ministerio público sin haberse pesado debidamente en la balanza del santuario, y sin medirse de antemano en la presencia de Dios, se parece a un navío dándose a la vela sin haberse equipado convenientemente, cuya suerte indudable es el naufragio al primer embate del viento.                                           
C. H. Mackintosh.

PREPARACIÓN PARA EL MINISTERIO

Consideramos como una buena señal ver jóvenes reservados, sin demasiada confianza en sí mismos. Es siempre una buena cosa para todos, y más especialmente para los jóvenes, ser “prontos para oír, tardos para hablar” (Santiago 1:19). Es natural que un joven se sienta libre de dirigirse a algunas personas en un pequeño grupo, pero que sienta dificultad para tomar la palabra en una iglesia delante de cristianos llenos de experiencia y conocimiento. Nos gozamos cada vez que se manifiesta un don espiritual, ya sea de evangelista, de maestro o de pastor. Pero siempre hemos visto que una persona realmente espiritual no se precipita jamás para hacerse ver. Consideremos a Moisés. Le fueron necesarios ochenta años para prepararse para el ministerio, y a pesar de ello, ¡cuán lento fue para comenzar! Veamos a Jeremías, a todos los siervos verdaderamente eficaces de Cristo y al mismo Maestro que, aunque no necesitaba ninguna preparación, se guardó treinta años aparte, para darnos el ejemplo, antes de mostrarse en público para cumplir su obra. Estemos bien seguros de que esta preparación secreta, bajo la mano de Dios mismo, es necesaria para ser aptos para el ministerio público. Si continuamos sin pasar por esa preparación, corremos el peligro de fracasar e incluso de naufragar.

Creced 2004 - N° 2

Funciones eclesiásticas (Parte I)

Introducción:
El propósito de este artículo es po­ner a la vista, en pocas palabras, las fun­ciones de los miembros de una iglesia local. Cuando usamos la palabra "ecle­siástica", la usamos en su sentido escri­tural; "tocante a la iglesia", y no se refiere a una jerarquía de ninguna clase, la cual no existe, ni se contempla en la iglesia del Nuevo Testamento. En el trayecto de nuestros pensamientos, ten­dremos que considerar varios temas, ta­les como el sacerdocio, el obispado con sus descriptivos sinónimos, y los dones dados por Dios por su ejerció en la iglesia local.

EL SACERDOCIO
En el Antiguo Testamento la tri­bu sacerdotal fue una tribu aparte y só­lo los miembros de ella podían ejecutar las funciones sacerdotales en el taberná­culo primero, y más tarde, en el templo. Los sacrificios que ofrecían señalaban a otro sacrificio que había de llevarse a ca­bo y que se describe en la epístola a los Hebreos. Citamos unos textos de dicha epístola a continuación: "Cristo... en­tró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna re­dención... Ahora... se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado... Cristo fue ofrecido una sola vez pa­ra llevar los pecados de muchos... la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre... Cristo, habien­do ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios... porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados". Aquí se ve clara y ampliamente el testimonio de Dios tocan­te al sacrificio de Jesucristo en la cruz de la Calavera; que era un sacrificio sin par, sin necesidad de ser repetido, que satisfizo por completo las demandas de un Dios justo y, por lo tanto, que da paz y descanso al pecador por confiar y saber que Dios ha juzgado sus pecados en la persona de su Hijo Amado, y que no vol­verá a levantar esa cuestión jamás - que sus pecados son borrados. Pero no sólo esto fue hecho en su ofrenda perfecta; no sólo abolió la cuestión de nuestros pecados, sino deshizo toda diferencia en­tre la humanidad, sea social, nacional o religiosa y sacerdotal. Cristo quitó la barrera entre Dios y el hombre y tam­bién la que estaba puesta entre hombre y hombre. Creyentes en el Señor Jesu­cristo ahora tienen relación con Dios por un Sumo Sacerdote que es eterno y te­niendo una unión eterna con El, se cons­tituyen un pueblo espiritual y sacerdotal, responsable para dedicar su vida entera como una "ofrenda de alabanza", un sa­cerdocio espiritual y una adoración con­tinua. De esta base proviene cualquier otra adoración particular y en realidad, si no existe esta base, en vano son las expresiones de nuestros labios.
Notemos 1 P. 2:9, Ap. 1:6; 5:10; 20:6. - Toda persona justificada es del orden sacerdotal. Todo el pueblo de Dios, tiene en Cristo el derecho de acceso inmediato a Dios que es la característica del sacerdocio. En el Nuevo Testamento no hay ninguna distinción sacerdotal co­mo la del Antiguo Testamento, ni como la que se dice existir entre el lego ("laos") y el clero ("kleros") o sea entre las per­sonas, miembros de la iglesia, y los que ministran. La palabra griega "laos" de donde viene nuestra palabra lego, se traduce consistentemente "pueblo", así refiriéndose a todo el pueblo de Dios y no distingue a una clase, sino incluye a toda clase de creyentes. En torno a la palabra griega, "kleros", viene de la raíz de heredar o asignar. Proviene de asignar porciones de tierra a personas para su cultivación. Es cierto que no significa un cuerpo oficial, sino una responsabi­lidad asignada a una persona de entre el pueblo - "laos" - y habla de trabajo o función y no de mandar y poseer para sí. El "klero" no deja de ser del "laos" o sea que el que tiene una responsabilidad por parte de Dios para ministrar en la iglesia, no se eleva de encima de los de­más miembros. Sacerdocio entonces, es claramente el privilegio de todo creyente individual y sus funciones han de ejercer­se personalmente. Una persona no pue­de funcionar en lugar de otra. El sacer­docio del creyente proviene de su relación con Cristo y es incapaz de ser transmiti­do a otro. Todo creyente en Dios (no importa el sexo) en virtud de ser hijo de Él, es un sacerdote de la dispensación corriente.
Hay una idea errónea de que el sacerdocio sólo se ve funcionando cuando la iglesia o asamblea local se encuentra reunida. Si fuera así, no podríamos de­cir que al sacerdocio, no le importa el sexo porque es cierto que Dios ha or­denado que sólo los sacerdotes varones, o sean los hermanos, puedan ejercer un sacerdocio público. Sin embargo, esto no quiere decir que las hermanas mujeres no son sacerdotes. Como veremos bajo el título siguiente, pueden cumplir con las funciones sacerdotales pero no en público.

Funciones Del Sacerdote Cristiano:
(1) Acercar: (He. 4:14-16; 7:19; 10:21-22). Ya que no hay nada que nos impide; que no hay una ley implacable, que Dios se satisfizo y, siempre siendo justo, nos justifica a través de nuestra fe en su Hijo, nos podemos acercar "con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala con­ciencia..."
(a)      El Acceso: no es por nues­tros méritos como sacerdotes que ahora somos, sino por el mérito supremo de nuestro Sumo Sacerdote. Este acceso no se reserva solamente para un día espe­cial, sino se nos abre en todo momento.
(b)       La manera de este sacerdocio:- es espiritual como se verifica en 1 P. 2: 5 - "casa espiritual y sacerdocio santo" y por lo tanto, los sacrificios son espiri­tuales como el mismo texto comprueba: "Para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo". Se ve Quien es El que da mérito y valor a tales sacrificios y no hay un vestido o credo que distingue, más todo creyente, como hemos visto, tiene el pri­vilegio y la responsabilidad de ofrecer estos sacrificios.
(2) El Sacrificio: En el párrafo anterior vimos algo al respecto, pero pa­ra nuestro provecho y ayuda, vamos a ampliar de lo que se trata:-
(a)      Sacrificio de sí mismo:- Ro. 12:1 - No la inmolación, sino la santi­ficación de sí; la presentación de sí en sacrificio vivo, santo, lo cual es agradable a Dios y en vista de todas sus misericor­dias, no nos queda otro camino razonable. La ofrenda más grande, más aceptable, que el sacerdote puede ofrecer, es la dis­ciplina moral de sí mismo para Dios. Como dijimos, todo otro sacrificio va en torno a este. Si no estamos bien aquí, no estamos bien. Recalcamos este punto porque es la base de toda función y co­ordinación en la iglesia local sin la cual base, no puede existir la armonía desea­da y que, si hace falta, quita el valor de cualquier otro sacrificio que haremos.
(b)      "Sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre", He. 13:15. Este verso se ex­plica por sí y el Señor reconoce la ala­banza de nuestros pobres labios como un sacrificio acepto a Él. "Sacrifica a Dios alabanza... El que sacrifica ala­banza me honrará", Sal. 50:14; 23. No es necesario un don para alabar y dar gracias, y aquí tocamos a muchos varo­nes en las iglesias locales. ¿Qué se ne­cesita? sino un corazón agradecido que en verdad aprecia las abundantes mise­ricordias de su Dios. Todo sacerdote va­rón debe ejercerse al respecto para poder llevar a la congregación en alabanza y acciones de gracias. ¿Será que la falta de esto indica falta de agradecimiento?
(c)      "Sacrificio acepto", Fil. 4:18. ¿Qué será este sacrificio? En este caso era una dádiva monetaria que el apóstol Pablo recibió de los filipenses y las tres frases que él usa para describirla nos dan a entender la actitud de Dios y son de notarse: "olor fragante, sacrificio acepto, agradable a Dios". He. 13:16 también nos interesa al respecto: "Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios". "La ayuda mutua" se refiere al auxilio monetario, otra vez descrito como al agrado de Dios. En 2 Corintios 8:5 hallamos lo que da valor a cual­quier dádiva monetaria, y como hemos dicho, a cualquier sacrificio espiritual: Las iglesias de Macedonia "a sí mismos se dieron primeramente al Señor..." Después de esto no les fue tan difícil que "en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad... con agrado han dado conforme a sus fuerzas, y aún más allá de sus fuerzas... Para el creyente el dar no debe ser una triste necesidad si­no una digna función sacerdotal. El que se ha presentado en sacrificio vivo no tendrá tanta dificultad en aflojar con alegría, las correas de su monedero lo cual vuelve a enfatizar la necesidad de ese primer sacrificio.
(3) Intercede:
(a) Tiene una responsabilidad de interceder por la "familia de la fe", o         sea sus hermanos en Cristo. Mucho se hace por medio de la oración, máxime por las personas que encontramos difí­ciles de soportar en alguna u otra carac­terística, porque la oración no sólo los puede cambiar a ellos, sino también a nosotros. Oremos por la edificación mutua de los santos, intercediendo a Dios los unos por los otros.
(b) "Por todos los hombres", 1Ti. 2:1, para su salvación en primer lugar, y que Dios nos dé quietud y reposo para poder vivir en toda piedad y ho­nestidad. Muchos quieren cambiar al gobierno de su país y los políticos luchan para lograr ese fin, pero con el creyente, ejerciendo su sacerdocio, más se puede hacer hablando a Dios respecto a estas cosas porque al fin y al cabo, "no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas", Ro. 13:1. Usemos nuestro privilegio, el cual nos responsabiliza a interceder a favor de la humanidad perdida. Se ha dicho que se logra más hablando a Dios por los hombres que hablando a los hombres por Dios aunque este último es necesario también.
Somos un "sacerdocio santo" por­que tenemos acceso a todo tiempo a un Dios tres veces Santo y "real sacerdocio" porque somos apoderados por el Rey de reyes para llevar el testimonio de su Gran Nombre a toda persona.                                                           (Continuará)

Contendor por la fe,  Nº 109-110, 1971.

EL CANDELERO DE ORO

 "Habló YHVH a Moisés, diciendo: Habla a Aarón, y dile: Cuando hagas montar las lámparas, las siete lámparas deberán alumbrar hacia la parte delantera del candelabro."
(Números 8:1-2; BTX).
           


Estas siete lámparas representan la luz del Espíritu en Testimo­nio. Estaban unidas al vástago del candelero, el cual es figura de Cristo, que en Su persona y en Su obra es el fundamento de la obra del Espíritu en la Iglesia. Todo depende de Cristo. Cada rayo de luz en la Iglesia, en el creyente, o más tarde en Israel, emana de Cristo.
          Mas este símbolo nos enseña mucho más: "las siete lámparas deberán alumbrar hacia la parte delantera del candelabro" (Números 8:2- BTX). Si quisiéramos revestir esta figura con el lenguaje del Nuevo Testamento citaríamos las pa­labras del Señor cuando dijo: - "Así alumbre vuestra luz delante de los hombres,..., y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. (Mateo 5:16). En cualquier lugar donde resplandezca la verda­dera luz del Espíritu, dará siempre un brillante testimonio de Cristo. No llamará la atención sobre sí mismo, sino sobre Él, y éste es el medio de glorificar a Dios. "Las siete lámparas deberán alumbrar hacia la parte delantera del candelabro" (Números 8:2- BTX).
          Es una gran verdad práctica para todos los cristianos. El más bello testimonio que pueda darse de una obra verdaderamente espiritual consiste en que tiende directamente a exaltar a Cristo. Si se procura llamar la atención sobre la obra o el obrero del Señor, la luz se debilita, y el Ministro del Santuario tendrá que utilizar las despabiladeras. Éste era el empleo de Aarón; encender las lámparas, pero también le correspondía arreglarlas. En otros términos: la luz que como cristianos tenemos la obligación de hacer brillar está no sólo fundada sobre Cristo, sino que está continuamente sostenida por Él durante toda la noche. Fuera de Él nada podemos hacer. El vástago de oro sostenía, las lámparas; la mano del sacrificador las alimentaba con aceite y aplicaba las despabiladeras. Todo es  en Cristo, de Cristo y  por  Cristo.
          Además, todo es para Cristo. Sea cual fuere el lugar en donde haya brillado la luz del Espíritu, la verdadera luz del santuario, en el desierto de este mundo, el fin de esa luz ha sido exaltar el nombre de Jesús. Sea lo que sea, lo que se haya escrito, o que se haya dicho, o que se haya obrado por el Espíritu Santo, todo ha tenido por objeto la gloria de ese bendito Salvador. Y podemos decir resueltamente que cualquier cosa que no tuviese esa tenden­cia, ese fin, no es del Espíritu Santo. Puede haber una gran can­tidad de trabajos hechos, una gran masa de resultados aparentes obtenidos, una cantidad de cosas de tal naturaleza como para atraer la atención del hombre y hacerle estallar en aplausos, sin que, a pesar de todo, haya allí un solo rayo de luz que emana del can­delero de oro. Y ¿por qué? Porque la atención está dirigida sobre la obra y sobre cuantos se ocupan en ella. El hombre, sus actos y sus palabras son exaltados en vez de serlo Cristo. Aquella luz no proviene del aceite que suministra la mano del Sumo Sacerdote, y, por lo tanto, es una falsa luz. Es una llama que no resplandece sobre el candelero, sino sobre el nombre o los actos de un pobre mortal.
          Todo eso es muy solemne y exige la más seria atención. Es siempre peligroso ver a un hombre o a su obra puesta en exhibi­ción. Puede estar uno seguro de que Satanás consigue su propósito cuando la vista se fija sobre cualquier otra cosa o sobre cualquier persona que no sea Jesucristo mismo. Una obra puede ser comen­zada con la mayor simplicidad posible, pero por falta de vigilancia y de espiritualidad por parte del obrero del Señor, la atención general puede ser atraída sobre él mismo o sobre los resultados de su obra, y puede así caer en los lazos del diablo. El objeto que per­sigue incansablemente Satán es de despojar al Señor Jesucristo de sus honores; y si puede conseguirlo en lo que tiene la aparien­cia de un servicio cristiano, obtiene de momento la mayor victoria. Satán no tiene que hacer objeción alguna contra la obra en sí misma, con tal que pueda separarla del nombre de Jesús.
          Se mezclará él mismo, siempre que pueda, a la obra; se presen­tará en medio de los servidores de Cristo, como en una ocasión, hace ya tiempo, se presentó entre los hijos de Dios; pero su objeto es siempre el mismo: quitar al Señor el honor debido. Permitió a la sirvienta mencionada en Hechos 16, que diera testimonio de los servidores de Cristo al decir: - "Estos hombres son siervos de Dios Altísimo, quienes os anuncian el camino de salvación." Pero al hacerlo, se proponía únicamente engañar a aquellos obreros y destruir su obra. Con todo, él fue derrotado, porque la luz que ema­naba de Pablo y de Silas era la pura luz del santuario y no res­plandecía más que sobre Cristo. No buscaban hacerse un nombre; y como era a ellos y no a su Maestro a quienes la sirvienta daba testimonio, lo rehusaron y prefirieron sufrir por amor a su Maestro que ser exaltados a expensas de Él.
          Éste es un hermoso ejemplo para todos los obreros del Señor. Y si nos trasladamos al capítulo 3 de los Hechos, encontraremos otro ejemplo muy notable. La luz del santuario lanzó sus destellos en la curación del cojo, y cuando la atención se dirigió a los obreros, a pesar de no haberla ellos solicitado, vemos a Pedro y a Juan retirarse en seguida, con santo celo detrás de su glorioso Maestro, y atribuir a Él toda la gloria. "Y teniendo asidos a Pedro y a Juan el cojo que había sido sanado, todo el pueblo, atónito, concurrió a ellos al pórtico que se llama de Salomón. Viendo esto Pedro, respondió al pueblo: Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿O por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste? El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús." (Hechos 3:11-13).
          Aquí tenemos en verdad 'las siete lámparas alumbrando hacia la parte delantera del candelabro'; o, en otras palabras, el despliegue séptuplo o perfecto de la luz del Espíritu dando un testimonio positivo al nombre de Jesús. "¿Por qué ponéis los ojos en nosotros?", pre­guntan aquellos fieles portadores de la luz del Espíritu. Aquí, ¡no se necesitan para nada las despabiladeras! La luz no estaba velada. Aquélla era, sin duda alguna, la ocasión de que hubiesen podido aprovecharse los apóstoles, si así lo hubiesen querido para rodear sus nombres de una aureola de gloria. Hubiesen podido elevarse a la cumbre de la fama, y atraer sobre ellos el respeto, la veneración y aún la misma adoración de millares de personas. Pero si hubiesen hecho tal cosa, hubiesen defraudado a su Maestro, falsificado el testimonio, contristado el Espíritu Santo y atraído sobre sí mis­mos el justo juicio de Aquel que no dará su gloria a otro.
         Pensemos en todo esto; pensemos en ello seriamente y habitualmente a fin de abstenernos de cuanto se aproxima a la glorifica­ción del hombre; del yo, de nuestras acciones, de nuestras palabras, de nuestros pensamientos. Busquemos con más ardor la senda apa­cible, umbría y discreta, en la que el espíritu del dulce y humilde Jesús nos conducirá siempre para la marcha y el servicio. En una palabra: que podamos habitar en Cristo y recibir de Él de día en día y a cada instante el aceite puro, de tal manera que nuestra luz brille, sin darnos cuenta, en alabanza de Aquel en el cual tene­mos todo, y fuera del cual no podemos hacer absolutamente nada.


Muchas veces necesitamos ser reprendidos; pero la carne no puede reprender ni corregir la carne. Tampoco se someterá a la car­ne de otro. Pero si andamos en realidad bajo el poder del Espíritu, tendremos la autoridad de Dios, según nuestra medida, y Satanás deberá ceder al Espíritu.

Meditaciones

“Cuando Efraín hablaba, hubo temor; fue exaltado en Israel; mas pecó en Baal, y murió” (Oseas 13:1).


Hay una tremenda energía y autoridad en las palabras del justo. Cuando habla, tiene impacto en las vidas de los demás. Sus palabras tienen peso. Los hombres le ven como uno que merece respeto y obediencia.
Más si este mismo hombre cae en pecado, pierde toda esa influencia positiva sobre los demás. El tono autoritario con el que hablaba se disipa. La gente ya no va a él en busca de consejo. Si intenta darlo, le miran con desilusión y le dicen: “Médico, sánate a ti mismo” o “Saca primero la viga de tu propio ojo y entonces verás claro para sacar la paja del mío”. Sus labios están sellados.
Esto enfatiza la importancia de mantener un testimonio consistente hasta el fin. Es importante empezar bien, pero no basta con esto. Si bajamos la guardia en el tramo final, la gloria del principio se oscurecerá en las sombras del deshonor.
 “Cuando Efraín hablaba hubo temor”. Williams comenta: “Cuando Efraín caminaba con Dios, como en los días de Josué, hablaba con autoridad y el pueblo temía. Fue así como aseguró su posición de dignidad y poder. Pero se volvió a la idolatría y murió espiritualmente... El cristiano tiene poder moral y dignidad siempre y cuando su corazón sea gobernado por completo por Cristo y esté libre de idolatría”.
Gedeón es otro caso en cuestión. El Señor estaba con este hombre valiente y poderoso. Con un ejército de 300 hombres derrotó a 135.000 fuertes madianitas. Cuando los hombres de Israel quisieron hacerle rey, sabiamente se negó porque sabía que Jehová era el Rey legítimo.
Más habiendo ganado importantes victorias y resistido grandes tentaciones, cayó en lo que podríamos considerar como un asunto de poca importancia. Pidió a sus soldados que le dieran los pendientes de oro que habían tomado como botín de los ismaelitas. Con éstos hizo un efod, el cual se convirtió en un ídolo para el pueblo de Israel y un lazo para él y su familia.
            Ciertamente sabemos que cuando fallamos podemos ir a Dios confesando el pecado y encontrar perdón. Sabemos que puede restaurar los años que la langosta comió, es decir, puede capacitarnos para compensar el tiempo perdido. Pero nadie puede negar que es mejor evitar una caída que recobrarnos de ella; es mejor no hacer pedazos nuestro testimonio, que intentar pegar de nuevo las piezas rotas. El padre de Andrés Bonar acostumbraba decirle: “¡Andrés, ora para que ambos podamos resistir hasta el fin!” ¡Así que oremos para que podamos terminar nuestra carrera con gozo!

Doctrina. El Hombre (Parte IV)

IV. Constitución del hombre


Naturaleza física del hombre

El cuerpo, la carne (en griego soma),  fue la primera parte del hombre que fue formada. "Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente" (Génesis 2:7). El cuerpo es manifestado en las Escrituras como la habitación del hombre interior  (cf. 2 Corintios 5:1-4).
No sabemos cuál es el proceso mediante el cual Dios hizo al hombre. Esto es sólo es conocido por Dios. Los hombres pueden dar sus opiniones y presentar sus especulaciones, pero éstas no van más allá de lo que son. No imaginemos que la expresión “polvo” sea solo lo más común de la tierra, sino que  son los elementos más preciados de la tierra.
Si utilizamos los conocimientos de la ciencia o buscamos en la enciclopedia, podemos ver que está compuesto de elementos químicos que se encuentran en la naturaleza. El análisis químico detecta que el cuerpo humano tiene los mismos elementos que se hallan en la tierra; elementos como el sodio, el carbono, el hierro y cosas semejantes.
La misma tierra es la que sustenta al hombre. El cuerpo es alimentado por una variedad de productos que crece de la tierra. Es el cuerpo físico, y no el espíritu del hombre que se mantiene con los productos de la tierra. De hecho cualquier cosa que haga el hombre sobre la naturaleza afecta la producción de alimentos, y el cuerpo humano se ve afectado directamente por la falta de nutriente que lo mantengan.
Y en la  misma muerte podemos verificar este hecho que somos hechos de tierra. Es decir, al morir el cuerpo, producto de la corrupción que sobreviene,  el cuerpo del hombre vuelve al polvo de donde fue formado. Encontramos en las Escrituras lo siguientes textos que confirman lo anterior: "Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás." (Génesis 3:19)Y Salomón hablando sobre el ocaso de una vida dice:…y el polvo vuelva a la tierra,  como era,  y el espíritu vuelva a Dios que lo dio. (Eclesiastés 12:7)”

Naturaleza Espiritual del hombre.

El hombre no es esencialmente carne en su existencia, sino que existen una naturaleza que es inmaterial y que da razón de ser a este ser vivo.
En términos teológicos se define que la naturaleza del hombre como una tricotomía.  Este  término,  Tricotomía[1], significa una división en tres partes, y se aplica para referirse a la doctrina que dice que la naturaleza humana que está compuesta de tres partes: cuerpo, alma y espíritu.
La Biblia nos enseña claramente que el hombre es un ser tripartito: cuerpo, alma y espíritu  en I Tesalonicenses 5:23. Pero  es difícil para nosotros distinguir entre alma y espíritu, donde parte una y empieza la otra, puesto que ambos están en contraste con el cuerpo físico y el espíritu y el alma son la parte “espiritual” del hombre. La Biblia enseña que hay una diferencia. Una planta es un cuerpo que no posee alma ni espíritu. Un animal tiene cuerpo y alma pero no posee espíritu. En cambio,  el hombre es cuerpo, alma y espíritu, es en sí una creación especial y particular del mismo Dios. El alma distingue un ser viviente de uno muerto, pero el espíritu distingue al hombre de los animales. El espíritu del hombre hace posible para él tener comunión con Dios.
a)    Cuerpo
Se refiere a la parte material del ser, el cual contiene  al alma y el espíritu. Este cuerpo mientras tenga vida, le permite relacionarse con otros seres y hacer distintas actividades. Una vez que muere, los materiales que lo forman vuelven a la tierra (Eclesiastés 12.7).
b)    Alma
"Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento (espíritu) de vida, y fue el hombre un ser (alma) viviente" (Génesis 2:7 cf. I Corintios 15:45).
En su sentido más básico, la palabra hebrea nephesh significa “vida”. Designa al hombre originalmente creado como un ser viviente (alma) (Génesis 2:7) como también otras formas de vida (1:20–21, 24, 30; Levítico 17:11). Note también Éxodo 21:23 y Josué 2:13 habla del alma en sentido de la vida del hombre. Este es el sentido en el cual en español se hablaría de un individuo como un alma.
El Nuevo Testamento revela algunas similitudes y diferencias en su uso de la palabra (griega psyche). Denota la persona individual como un todo (Hechos 2:41; 27:37). Pero también puede referirse solamente a la parte inmaterial del hombre (Mateo 10:28). También designa a las personas en el estado intermedio entre la muerte y la resurrección del cuerpo (Apocalipsis 6:9).
El alma es el asiento de las emociones y los deseos humanos. Las plantas, los animales y el hombre tienen cuerpos; sólo los animales y el hombre tienen alma; pero únicamente el hombre tiene espíritu. El alma es esa vida consiente que está en los hombres y los animales. No obstante, hay una diferencia entre el alma de los animales y la de los hombres. El alma del animal está conectada con su cuerpo, mientras que el alma del hombre está conectada con su espíritu. El alma de un animal muere con su cuerpo, pero el alma del hombre no muere jamás, porque él fue hecho un "alma viviente" - un alma que nunca morirá.
Como se ha declarado, el alma del hombre es el asiento de sus emociones y apetitos, y los versos que siguen destacan los grados de los mismos:
(1) Tiene apetitos: "Con todo, podrás matar y comer carne en todas tus poblaciones conforme a tu deseo, según la bendición que Jehová tu Dios te haya dado; el inmundo y el limpio la podrá comer, como la de gacela o de ciervo" (Deuteronomio 12:15).
(2) Desea: "Y si el hombre le respondía: Quemen la grosura primero, y después toma tanto como quieras; él respondía; No sino dámela ahora mismo; de otra manera yo la tomaré por la fuerza" (I Samuel 2:16 Véase también en Deuteronomio 12:20; Salmo 107:18; Proverbios 6:30; Isaías 29:8; I Samuel 18:1).
(3) Odia: "Y dijo David aquel día: Todo el que hiera a los jebuseos, suba por el canal y hiera a los cojos y ciegos aborrecidos del alma de David. Por esto se dijo: Ciego ni cojo no entrará en la casa" (II Samuel 5:8)
(4) Se entristece: "Mas su carne sobre él se dolerá, y se entristecerá en él su alma." (Job 14:22) "Y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad" (Marcos 14:34).
(5) Se amarga: "...pero el varón de Dios le dijo: Déjala, porque su alma está en amargura y Jehová me ha encubierto el motivo, y no me lo ha revelado" (II Reyes 4:27).
(6) Se regocija: "En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia, como a novio me atavió, y como a novia adornada con sus joyas" (Isaías 61:10)
(7) Sufre: "Y decían el uno al otro: verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano, pues vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba, y no le escuchamos; por eso ha venido sobre nosotros esta angustia" (Génesis 42:21)

c)     El espíritu humano
El espíritu (del hebreo rauch y del griego pneuma) se refiere solamente a la parte inmaterial del hombre, no como el alma que puede denotar al hombre en su totalidad, material e inmaterial. El hombre es un alma, pero no se dice de él que sea un espíritu —él tiene un espíritu.
Aquí es donde el hombre difiere a todas las criaturas. En hebreos 12:9 dice que Dios es "el Padre de los espíritus." Esto no quiere decir "Padre de los ángeles," sino de los espíritus de los hombres hechos perfectos. Jamás dice la Biblia que Dios es el Padre de las almas.
"Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta" (Santiago 2:26). Cuando un ser humano muera, el alma y el espíritu se separan del cuerpo. Según la Biblia, el alma y el espíritu pueden separarse. "Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón" (Hebreos 4:12). No obstante, no existe ninguna prueba bíblica de que se han separado. El hombre rico de Lucas capítulo 16, después de morir, abrió sus ojos en el Hades, y es evidente que todavía era tanto alma como espíritu, aunque separados de su cuerpo (Lucas 16:19-31 Véase: Mateo 10:28).
El espíritu del hombre es la sede de su inteligencia. "Porque ¿quién de  los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así, tampoco, nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios" (I Corintios 2:11). Los animales no poseen inteligencia. "No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro, y con freno, porque si no, no se acercan a ti" (Salmo 32:9).
La palabra "espíritu", tanto en el hebreo como el griego, a veces, es traducida "aliento," o "viento." El contexto de cada texto debe determinar la traducción e interpretación.
El espíritu se origina de Dios, y todas las personas tienen espíritus (Números 16:22; Hebreos 12:9). Simplemente, no es bíblico decir que el hombre no tiene espíritu hasta que reciba el Espíritu Santo en la salvación (cf. 1 Corintios 2:11; Hebreos 4:12; Santiago 2:26).
Facetas del ser espiritual del hombre.
Alguna de ellas son:
1)     El “corazón” humano
El corazón es un concepto muy amplio tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Usado como 873[2]  veces, representa el centro y la base de la vida, tanto de la física como de la psíquica. Cuando hablamos del corazón, no queremos significar el músculo propulsor de la sangre de nuestro cuerpo, sino más bien, la sede de nuestra conciencia. "Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura" (Hebreos 10:22, cf.: I Juan 3:19-20; Hechos 2:26; 5:3-5; Mateo 22:37).
1.      El corazón es el asiento de la vida intelectual. Reconoce que Dios disciplina (Deuteronomio 8:5); obtiene conocimiento de la Palabra (Salmo 119:11); es la fuente de malos pensamientos y acciones (Mateo 15:19–20); tiene pensamientos e intenciones (Hebreos 4:12); puede ser engañoso (Jeremías 17:9).
2.      El corazón es el centro de la vida emocional. Ama (Deuteronomio 4:29); produce auto reproche (Job 27:6); se regocija y se alegra (Salmo 104:15; Isaías 30:29); puede estar afligido (Nehemías 2:2; Romanos 9:2); tiene deseos (Salmo 37:4); puede estar amargado (73:21).
3.      Es el centro de la vida volitiva. Busca (Deuteronomio 4:29); puede volverse contra alguien o algo (Éxodo 14:5); puede endurecerse (8:15; Hebreos 4:7); es capaz de escoger (Éxodo 7:22–23); puede ser incircunciso (Jeremías 9:26; Hechos 7:51).
4.      Es el asiento de la vida espiritual. Con el corazón el hombre cree para justicia (Romanos 10:9–10). Para el creyente el corazón es la habitación del Padre (1 Pedro 3:15), el Hijo (Efesios 3:17), y el Espíritu Santo (2 Corintios 1:22). El corazón del creyente debe ser puro (1 Timoteo 1:5; Hebreos 10:22) y circuncidado (Romanos 2:29).
Hay una advertencia de que uno puede hacer una profesión de fe en Cristo, sin poseer la salvación por tener un conocimiento mental sin un corazón confiado. "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos" (Mateo 7:21 cf. 22-23).
2)     Conciencia
La conciencia es un testigo dentro del hombre que le ordena hacer lo que él considera correcto y no hacer lo que cree incorrecto. No nos enseña lo que está bien o mal, pero nos estimula a hacer lo que se nos ha enseñado que es lo justo. Uno puede obrar mal en buena conciencia porque ha sido mal informado en cuanto a lo bueno y lo malo (Hechos 23:1).
La palabra conciencia aparece sólo en el Nuevo Testamento. Las funciones de la conciencia se le asignan al corazón en el Antiguo Testamento (por ejemplo en 1 Samuel 24:5; Job 27:6). En el Nuevo Testamento se emplea conciencia con más frecuencia en los escritos de Pablo (Juan usa la palabra corazón, como en 1 Juan 3:19–21).
La conciencia de una persona no salvada puede ser una guía buena (Juan 8:9; Romanos 2:15), o puede no serlo aunque parezca que está guiando correctamente (Hecho 23:1; 1 Timoteo 4:2; Tito 1:15; Hebreos 10:22). La conciencia se puede comparar a unos frenos defectuosos en un automóvil. Puede que hagan su trabajo en algunas ocasiones, pero no se puede contar con ellos.
La conciencia del cristiano lo estimula a hacer lo recto en las varias relaciones de la vida:
(1)  Lo anima a obedecer al gobierno bajo el cual vive (Romanos 13:5).
(2)  Le dice que tolere a un jefe injusto (1 Pedro 2:19).
(3)  La conciencia de un hermano débil, la cual no le permite comer carne sacrificada a los ídolos, debe ser respetada por el hermano más fuerte (1 Corintios 8:7, 10, 12).
(4)  La conciencia puede llamarse a testificar de la profundidad y realidad de una dedicación espiritual (Romanos 9:1; 2 Corintios 1:12; 4:2).
3)     Mente
Como la conciencia, la mente es un concepto más característico del Nuevo Testamento. En el Antiguo Testamento corazón es generalmente la palabra detrás de la traducción mente. La mente incluye tanto las facultades de percibir y entender como las de sentir, juzgar, y determinar. Las palabras griega “Phroneo” (pensar), “nous” (inteligencia) y “sunesis” (lt. unión, encuentro, confluencia – inteligencia general) son las palabras principales del Nuevo Testamento para este concepto. De la mente del no salvado se dice que es reprobada (Romanos 1:28), vana (Efesios 4:17), corrompida (Tito 1:15), cegada (2 Corintios 4:4), entenebrecida (Efesios 4:18). Además carece de esa facultad crítica representada por sunesis (Romanos 3:11).
La mente del creyente ocupa un lugar central en su desarrollo espiritual. Dios la usa para su entendimiento de la verdad  (Lucas 24:45; 1 Corintios 14:14–15). La vida dedicada tiene que incluir una mente renovada (Romanos 12:2). La mente participa en decidir sobre cosas dudosas (14:5), en procurar la santidad (1 Pedro 1:13), en comprender la voluntad del Señor (Efesios 5:17), y en amar al Señor (Mateo 22:37). Cada pensamiento tiene que ser llevado cautivo a la obediencia de Cristo (2 Corintios 10:5).
4)     Carne
Aunque la carne algunas veces se refiere a tejido (Lucas 24:39) o a la totalidad de la parte material del hombre (1 Corintios 15:39; Hebreos 5:7), cuando se usa de una faceta de la naturaleza inmaterial del hombre se refiere a esa disposición de pecar y oponerse a Dios (Romanos 7:18; 1 Corintios 3:3; 2 Corintios 1:12; Gálatas 5:17; Colosenses 2:18; 2 Pedro 2:10; 1 Juan 2:16). Tanto el creyente como el no creyente poseen ésta capacidad.
5)     Voluntad
En realidad, la Biblia dice mucho más acerca de la voluntad de Dios que de la del hombre, y lo que dice no es sistemático. Un creyente puede decidir hacer lo bueno o lo malo (Romanos 7:15–25; 1 Timoteo 6:9; Santiago 4:4). Voluntad puede ser más una expresión de uno mismo por medio de las otras facetas de la personalidad, en vez de una facultad en y de sí misma. Estas son las facetas de la parte inmaterial del hombre por las cuales él puede glorificarse a sí mismo o glorificar y servir a su Señor.

Conclusión.
Las tres partes que componen el Ser humano, tiene finalidades claras y precisas en un creyente (y en todo hombre, pero los no cristianos no las usan)
1)    El Espíritu: Por medio del espíritu el hombre puede conocer  a Dios y comunicarse con Él.
2)    El Alma: Es el asiento de las emociones y de los sentidos, y es el eslabón entre el espíritu y el cuerpo
3)    El cuerpo: Es el templo material en el cual mora el espíritu y el alma, y es lo que relaciona el hombre con la tierra.
El espíritu y el alma que son las partes inmateriales del ser humano, sobreviven a la muerte y entran a la región del más allá de la tumba.



[1] Del griego tricha, “en tres partes”;  temnein, cortar
[2] Contados en la versión Reina Valera 1960. Este número varía en otras traducciones.

"LOS QUE DUERMEN"

1 Tesalonicenses 4: 13-18



La espera del Señor Jesús era para el corazón de los tesalonicenses un hecho vital y práctico que imprimía su carácter a toda su manera de vivir. El mundo comentaba cómo ellos se habían convertido "de los Ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo" (1:9-10).
Por eso, en estas dos epístolas a los Tesalonicenses, todo gira en torno a ese hecho maravilloso: la venida del Señor. Sin embargo, en estos hermanos había una laguna acerca de la manera en la que ella tendría lugar v sobre la participación que en ella tendrían sus hermanos fallecidos. Les faltaba conocimiento; pensaban que aquellos que habían partido se verían privados del privilegio de participar, como ellos, en la venida del Señor. Pero su mismo error era una prueba del apego que sus corazones sentían por esta venida. Nosotros seríamos hoy capaces de enseñársela como doctrina pero ellos nos enseñarían, de manera muy humillante para nosotros, cómo esta venida es y debe ser una realidad práctica para el corazón y el andar de los hijos de Dios. Lamentablemente, lo que el mundo puede decir de nosotros hoy en día es cómo hemos perdido de vista este acontecimiento para identificarnos con el mundo v sus negocios, sus comodidades, etc., como si formáramos parte de "los que moran sobre la tierra", a quienes les sobrevendrá "la hora de la prueba" (Apocalipsis 3: 10).

Servir a Dios y esperar a su Hijo
Cada capítulo de la primera epístola a los Tesalonicenses proporciona una prueba de que todo converge hacia este acontecimiento maravilloso. El primer capítulo establece, por así decirlo, el motivo y el objeto de la conversión, el cual es "servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo" (1:9-10). El capítulo segundo presenta la venida del Señor como una esperanza para los santos vivientes en la tierra, pero privados, por razones de distancia, de hacer una realidad las relaciones fraternales que sus corazones deseaban. Habla sobre todo de las relaciones entre los obreros del Señor y de los santos que son objeto de sus atenciones. Pablo se veía privado de ver a los tesalonicenses, como su corazón lo deseaba. Desde entonces él aguarda la venida del Señor, la que le reuniría para siempre con ellos y en la cual ellos serían su gozo y su corona. Ello prueba que Pablo y los tesalonicenses se encontrarían en compañía los unos de los otros (2: 17-20).
Los últimos versículos del capítulo 3 exhortan al amor y a la santidad, andar que apunta, al fin de cuentas, a la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos. En el capítulo 4, sobre el cual volveremos, la venida es presentada como el consuelo para el sufrimiento causado por la separación de aquellos que nos han dejado (4: 13-18).
Los versículos 8-10 del capítulo 5 presentan la venida del Señor como un estimulante de la vigilancia. Ellos muestran que Dios destinó a los santos a esperar indefectiblemente ese momento glorioso, así se hallen velando o durmiendo, presentes en el cuerpo o ausentes de él.
Por último, el versículo 23 expresa el deseo —y el versículo 24 la certeza— de que el propio Dios de paz nos santifique por completo y que nuestro espíritu, nuestra alma y nuestro cuerpo entero sean guardados irreprensibles para la venida de nuestro Señor Jesucristo.

EI arrebatamiento de todos los santos
En 1 Tesalonicenses 4: 13-18 que deseamos examinar con cierto detalle, el apóstol rectifica el error de los tesalonicenses acerca de aquellos que habían dormido. Les aclara este punto y luego habla, en los ver-sículos 15-18, de la revelación del arrebatamiento del cual participarán sin restricción todos los santos que duerman y todos los santos que vivan en ese momento glorioso.
Puede parecer extraño que el apóstol no aborde esta cuestión antes del versículo 13 del capítulo 4, pelo él deseaba reconocer en primer lugar el apego que ellos, sentían por el retorno del Señor, y daba gracias por ello. A continuación, él les abre gradualmente la inteligencia para corregir el error en que estaban. El último versículo del capítulo 3 ("en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos los santos") les daba ya motivo para reflexionar. Si es con todos sus santos —debían decirse— ¡aquellos a quienes lloramos no faltarán!

El alma y el cuerpo
Entonces el apóstol dice abiertamente: "Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen" (4: 13). Detengámonos primeramente en estas palabras: "Los que duermen", y luego en las del versículo 14: "Traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él" (o por él). Ellos durmieron. Es un hecho, un acto que tuvo lugar en el momento en que sus almas fueron separadas de sus cuerpos. Ellos se han puesto a descansar, por así decirlo, en el seno de su Salvador y se han dormido en él, como al término de una jornada de fatiga se pone la cabeza sobre la almohada para dormir apaciblemente. Desde entonces duermen. Si dormirse es un acto, dormir es un estado en el cual uno entra al dormirse. Por eso, al pensar en aquellos que habían dormido, el apóstol les llama: "Los que duermen". Encontramos la misma expresión en el capítulo 5: 10: "Sea... que durmamos". En 1 Corintios 15: 51, el apóstol, al hablar del futuro, dice: "No todos dormiremos". No todos entraremos en ese sueño. La muerte es comparada a un sueño, pero —apresurémonos a decirlo— ello se refiere al cuerpo solamente y no al espíritu. El estado del alma que es separada del cuerpo nada tiene que ver con ese estado de sueño. Jesús, en la cruz, dice al malhechor que pedía que se acordara de él cuando viniera en su reino: "De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lucas 23: 43). Y ello no implicaba que fuera allí a dormir. Pablo dice: "Sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor... v más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor" (2 Corintios 5:6-8). Al hablar de sí mismo, Pablo dice además: "De ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor" (Filipenses 1: 23).
Así se expresa la Palabra para designar el bienaventurado estado de los rescatados que están junto al Señor, esperando la resurrección de vida. ¡No es cuestión de dormir en el paraíso!
Es preciso destacar aún que, si bien es el alma del rescatado la que está con el Señor, mientras su cuerpo está acostado en el polvo, la Palabra siempre nos habla de él como de una persona, cualquiera sea la fase por la que él atraviese. El Señor no dice al malhechor: « Hoy tu alma estará con la mía». En cambio le dice: "Tú estarás conmigo en el paraíso". El apóstol no dice: « Nos gustaría más estar ausentes del cuerpo para que nuestra alma estuviese presente con el Señor», sino "quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor". En Filipenses 1: 23 no dice: « Teniendo deseo de partir para que mi alma esté con Cristo », sino para que esté allí yo, persona espiritual.
Esta manera de hablar se aplica también al cuerpo. El Salmo 16: 10, al hablar de Cristo, dice: "No dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción", lo que el Espíritu Santo, por medio del apóstol Pedro, traduce así: "...que él no hubiese de ser dejado entre los muertos, ni su cuerpo hubiese de ver corrupción" (Hechos 2:31, V.M.). El propio Señor dice: "Todos los que están en los sepulcros oirán su voz" (Juan 5: 28). Y también: "Nuestro amigo Lázaro duerme". Y además: "¿Dónde le pusisteis?" (Juan 11:11 y 34). Asimismo, en nuestro pasaje: "Los que duermen" (1 Tesalonicenses 4: 13). Esteban, lapidado por los judíos, dice: "Señor Jesús, recibe mi espíritu... Y habiendo dicho esto, (él) durmió" (Hechos 7:59-60).
Esto nos lleva a las palabras que designan un estado: "Los que duermen".
La muerte tiene por efecto la separación de las dos partes que constituyen nuestra persona: el alma y el cuerpo. El espíritu está junto al Señor (hablo de los rescatados) y el cuerpo está en el sepulcro. Antes de partir, esta persona estaba viva, cuerpo y alma unidos. Ello lo encontramos en uno de los versículos de la referencia que encabeza estas páginas: "Nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor" y también en estas palabras dirigidas por el Señor a Marta: "Todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente" (Juan 11: 26).

La certeza de la resurrección
En la resurrección de vida, esta misma persona, cuyo cuerpo será resucitado en incorrupción, en gloria, en poder, cuerpo espiritual (1 Corintios 15:42-44), y haya sido revestida de la habitación celestial (2 Corintios 5:2), se encontrará de nuevo viva, cuerpo y alma reunidos. Por eso en numerosos pasajes vivir equivale a resucitar: "El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá" (Juan 11: 25). "Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán  todos  mueren,  también  en  Cristo  todos  serán  vivificados"  (1  Corintios  15:  21-22).  Por  último,  en Apocalipsis 20 se dice de los mártires del tiempo futuro que participarán en el último acto de la primera resurrección: "Y vivieron y reinaron con Cristo mil años”; y, en cuanto a los malvados que resucitarán para ser juzgados: "Los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años". Pero de los creyentes se dice: "Esta es la primera resurrección. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años" (Apocalipsis 20: 4-6).
Estas expresiones muestran que una persona no es llamada viva más que cuando el alma y el cuerpo están unidos, sea antes de la muerte, sea después de la resurrección. En el estado intermedio entre la muerte y la resurrección, esta misma persona existe, teniendo provisionalmente su cuerpo en tierra y su alma junto al Señor, como dice el Eclesiastés: "Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio" (Eclesiastés 12:7).
Volvamos ahora a la frase: "Los que duermen". Es una figura que se aplica, como lo hemos visto, al cuerpo y no al alma, pero la cual, en el Nuevo Testamento, nunca es empleada más que para los rescatados. Figura preciosa, que se refiere al reposo que sigue al trabajo y la lucha aquí abajo, pero que también indica la certeza del despertar en resurrección. ¿Cómo hablar de la muerte de un hombre que un instante después podría resucitar? Además, en ese momento, aquel que parte cierra los ojos a todo el universo visible, como una persona que se duerme, y permanece en ese estado hasta el despertar. Sin embargo, hay cierta diferencia: en el sueño terrenal se pierde más o menos la conciencia de uno mismo, mientras que en el « dormir », el alma siempre activa vive junto a Cristo gozando las realidades invisibles, en el reposo, esperando lo que es muchísimo mejor y que no puede ser experimentado más que en el hombre completo, cuerpo y alma, a saber, la gloria y verle tal como Él es, hechos semejantes a Él.
Este estado de sueño interrumpe las comunicaciones entre aquellos que han partido y los que permanecen. Sabemos que ellos están en la felicidad con el Señor, pero no podemos tener relaciones con ellos y pensamos con gozo en el momento en que ellas se reanudarán en resurrección.

La esperanza del creyente a través del duelo
Esta digresión nos lleva a los versículos 13-18 de 1 Tesalonicenses 4. El apóstol dice: "Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza". Él no dice: «Para que no seáis entristecidos en absoluto». La aflicción del duelo es reconocida en la Palabra y la ruptura momentánea de las relaciones mutuas es cruel para el corazón. No se espera de un cristiano que tome el duelo a la manera de los estoicos. Pero, por otra parte, el apóstol no quería que los cristianos de Tesalónica se afligiesen a la manera de aquellos que no tienen esperanza.
En efecto, ese sentimiento se expresa a menudo entre los incrédulos mediante esta exclamación desesperada: «¡No te volveré a ver nunca!». Pero los hijos de Dios tienen la certeza de que esta separación no es más que momentánea y esta esperanza es un bálsamo precioso sobre la herida de sus corazones. "Por tanto, alentaos (o consolaos) los unos a los otros con estas palabras" (v. 18).
"Creemos que Jesús murió y resucitó" (v. 14). Tal es la fe del cristiano en toda su sencillez y toda su verdad. Él cree, no sólo que su Salvador murió, sino también que resucitó: "El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación" (Romanos 4: 25). "Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras" (1 Corintios 15: 3-4).

La venida del Señor en gloria
A continuación el apóstol saca, del hecho que Jesús murió y resucitó, la conclusión de que es imposible que los rescatados que pasaron por la muerte no sigan el mismo camino que su Salvador. Deberán,  pues,  resucitar.  Aquellos  que  durmieron  en  Jesús  no  pueden  faltar  en  el  cortejo  glorioso  del Señor, cuando él vuelva a tomar todo en sus manos y a establecer su reino. El último versículo del capítulo 3 ya les decía: "En la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos". Dios,  quien  resucitó  a  Jesús,  no  dejará  de  recoger  con  él  a  aquellos  que  hayan  dormido  en  Jesús. ¿Cómo dejar atrás a los rescatados por quienes el acto de morir fue transformado en el de dormir en el seno de su Salvador? Notemos aunque el apóstol no podía decir: «Si creemos que Jesús durmió», pues nuestro adorable Salvador debió gustar la muerte, como juicio de Dios a causa de nuestros pecados, pero, al sufrirla, la anuló para sus rescatados, de manera que ellos pueden dormir en lugar de morir.
Es importante captar que el final del versículo 14 tiene relación con el retorno del Señor Jesús en gloria, acompañado por todos sus santos, y no con el arrebatamiento. Este versículo 14 respondía de una manera completa al error de los tesalonicenses acerca de sus hermanos que habían dormido. En adelante no estarían en la ignorancia al respecto; sabían que ninguno de ellos faltaría en el glorioso cortejo del Señor y que Dios les traería con Él. En los versículos 15-18, tenemos una revelación completamente nueva sobre lo que les acontecerá a todos los santos antes de su retorno en gloria con el Señor. Para ser traídos con él, es preciso que previamente sean levantados a lo alto por él.

El Señor mismo descenderá del cielo
La revelación contenida en estos versículos sin duda alude a lo que los tesalonicenses habían temido acerca de sus muertos, pero ella les enseña que ellos mismos, al igual que aquéllos, antes serán levantados a lo alto, a la gloria. "Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron". Ellos habían pensado que estos últimos permanecerían atrás; ahora saben que, por el contrario, los santos que durmieron les precederán. "Porque el Señor mismo con voz de mando (o de reunión), con voz de arcángel (o del arcángel, pues no hay más que un arcángel en la Palabra), y con trompeta de Dios, descenderá del cielo". Destaquemos primeramente que el Señor en persona —y no uno de sus agentes— viene al encuentro de sus amados. Se dice de otra categoría de rescatados: "Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro" (Mateo 24:31). Es la congregación de los elegidos del pueblo de Israel en su país a la venida del Hijo del hombre. Pero, cuando se trata del arrebatamiento de los santos, estando su querida Iglesia en medio de ellos, viene Él mismo, tal como lo había dicho a sus discípulos: "(Yo) vendré otra vez, y (yo) os tomaré a mí mismo" (Juan 14:3). Cuando un amigo me anuncia la hora de su llegada a la estación, puedo enviar a  otra persona por él, pero, si es mi esposa, voy yo mismo.
El Señor hará oír el grito de reunión, el arcángel transmitirá la voz de mando, sonará la trómpela y todos los santos partirán juntos. Sin embargo, diversos actos se suceden en ese momento glorioso: "Los muertos en Cristo resucitarán primero". En lugar de quedar demorados, precederán a los vivos, pues ellos habrán seguido el mismo camino que su Salvador, a través de la muerte, para alcanzar la resurrección, es preciso haber muerto en Cristo para participar de ella ellos saldrán de entre los muertos, dejándoles donde se encuentran hasta la resurrección de juicio. En ese momento, la gran mayoría de los santos, en estado de espíritus, estaban desde hacía tiempo con el Señor, pero es preciso aun que salgan de entre los muertos, como lo hizo su Salvador, y que, como Él, suban en persona de la tierra al cielo.
Queridos hijos de Dios que creen en el arrebatamiento de los santos, piensan equivocadamente que esta frase del versículo 14 ("traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él") tiene relación con su resurrección. Creen que sus almas volverán con el Señor para reunirse con sus cuerpos salidos del polvo. Si el apóstol se hubiera detenido en el versículo 14, nadie podría tener tal pensamiento. El hecho es que, según el versículo 14, Él les traerá a continuación consigo mismo.
"Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire". El Señor desciende del cielo, pero no precisamente sobre la tierra; al descender, nos llama; todos juntos subimos a su encuentro, el que tendrá lugar en el aire.
El lugar de la cita de los resucitados y los transmutados no es la tierra; ellos son raptados juntos, pero para ser reunidos con el Señor.

Los muertos en Cristo: 2 categorías
Puede  ser  útil  recordar  que  "los  muertos  en  Cristo"  que  serán  resucitados  incluyen  a  los  justos  del Antiguo Testamento que, desde Abel, han pasado por la muerte, al igual que aquellos que forman parte de la Iglesia. Hebreos 11:40 nos enseña que ellos nos esperan y .no llegarán a la perfección sin nosotros. La perfección es la resurrección de entre los muertos (Filipenses 3: 11-12). Los veinticuatro ancianos del Apocalipsis 4 y 5 representan a los santos del Antiguo y del Nuevo Testamento que serán arrebatados a la venida del Señor. Esos capítulos nos los presentan primeramente como un conjunto, pero, al celebrarse las bodas del Cordero (Apocalipsis 19), cada una de las dos clases que forman ese conjunto toma su respectivo lugar. La esposa del Cordero es la Iglesia, los bienaventurados convidados al banquete de bodas son aquellos que no han formado parte de ella. Desde entonces no se ve más a los veinticuatro ancianos.
"Y así estaremos siempre con el Señor". Una vez reunidos todos juntos con el Señor, nuestra dicha será completa; estaremos con él para siempre. Eso es suficiente; la revelación termina allí sin hablar de todas las glorias que seguirán. "Alentaos (o consolaos) los unos a los otros con estas palabras".

En un abrir y cerrar de ojos
En 1 Corintios 15, el mismo apóstol, después de haber dado muchos detalles sobre la resurrección de los muertos en Cristo, agrega: "He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados" (v. 51-52). No es necesario dormir para entrar en la gloria, sino que es preciso ser transformados. "Esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas" (Filipenses 3:20-21). Ese poder se ejercerá en los santos vivos para revestirlos de sus cuerpos gloriosos, sin que sus almas sean separadas de sus cuerpos ni por un instante. Lo que es mortal en ellos será absorbido por la vida. La muerte no será más el instrumento para liberarlos de lo que es mortal, sino que esto será absorbido por el poder de vida (2 Corintios 5: 4-5).
El apóstol dice: "A la final trompeta" (I Corintios 15: 52). Esa será la última señal de la trompeta de Dios de 1 Tesalonicenses 4: 16, la señal conocida en los ejércitos para levantar campamento y no, como lo piensan algunos, la última de las siete trompetas del Apocalipsis.
"Y los muertos serán resucitados incorruptibles". Aquí los detalles de la resurrección no se aplican más que a la de los rescatados; por eso no es necesario decir: "Los muertos en Cristo". Pero anteriormente el apóstol dice: "En un momento, en un abrir y cerrar de ojos". Esto es difícil de concebir, dada nuestra actual imperfección. Al considerar toda la sucesión de los hechos enunciados, nos es imposible pensar que ellos no se cumplan al menos en algunos minutos. El Señor desciende del cielo con tres cosas sucesivas: la "voz de mando", la "voz de arcángel", la "trompeta de Dios”; luego los muertos, precediendo a los vivos, resucitan primeramente, después los vivos son transmutados, y finalmente todos son raptados juntamente.
Sin embargo, estas seis cosas sucesivas pasan "en un momento, en un abrir y cerrar de ojos”: el tiempo para hacer un guiño. Para los muertos, un guiño y serán resucitados en gloria con el Señor en compañía de todos los santos; para los vivos, un guiño —el instante previo: el trabajo, la fatiga, el sufrimiento— y el instante posterior, teniendo apenas el tiempo de percatarse de ello, reunidos con todos los santos, junto al Señor, en la gloria.


Liberación completa y dicha eterna
¿Por qué, pues, nuestros corazones no brincan de gozo al pensar en ese momento maravilloso que será la respuesta final a tantos gritos, suspiros, necesidades y lágrimas, que comprenderá, al mismo tiempo, la completa liberación de todo el actual orden de cosas y la completa introducción en todos los resultados gloriosos y eternos de la obra de nuestro amado Salvador? Momento bendito, en el cual habremos terminado individualmente con todo lo que se relaciona con nuestra presencia en un cuerpo de humillación, en un mundo de pecado, y donde incluso reanudaremos nuestras relaciones en Cristo —pero en la gloria— con nuestros seres queridos que hayan dormido. Momento maravilloso, en el cual saborearemos, en su conjunto y en todos sus detalles, la dicha eterna en la radiante presencia de nuestro Salvador, cuyos rasgos adorables veremos con ojos capaces de contemplarlos, pues seremos semejantes a él y le veremos como él es. Si, ¡qué momento ése en el cual nuestro primer sentimiento será que Él es para siempre!
De esa felicidad no se verá privado ningún rescatado, así haya muerto hace 6000 años, o después del cumplimiento de la obra de la cruz o viva en ese momento. Todos se encontrarán en ese momento y subirán juntos de la tierra al cielo, así como subió su Salvador. "Ya sea que velemos —en el cuerpo— o que durmamos —ausentes del cuerpo— vivamos juntamente con él" (1 Tesalonicenses 5: 10).

Quiera Dios que podamos, con corazones apegados a la persona del Señor, realizar lo que dice el apóstol Juan: "Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro" (I Juan 3:3).