domingo, 16 de mayo de 2021

BUSCANDO EL ALIMENTO DE MUCHAS MANERAS

 


Tenemos que encontrar alimentos para permanecer vivos. ¡Tenemos que comer para vivir! Las plantas preparan su propio ali­mento, pero el hombre, las hormigas y otras criaturas tienen que recogerlo... También hay personas que pes­can o que cazan para proveer a los suyos de alimentos.

¿Cómo recogen sus alimentos las hormigas?

Ellas encuentran sus alimentos de diferentes maneras, así como los seres humanos.

Las hormigas cosechadoras viven en áreas secas y arenosas. Salen una por una y recogen semillas para el hormiguero. Otro tipo de hormigas no emplean semillas para su alimentación, sino que recogen un jugo acuoso que se encuentra dentro de un árbol o planta. Algunas protegen a un pequeño insecto llamado pulgón, de manera que pueden recoger el líquido dulce que hacen los pulgones.

En Indonesia, ciertas hormigas preparan cuidadosamente unos caminos a fin de recoger la comida con mayor facilidad. Las obreras pasan mucho tiempo construyendo estas carreteras de hormigas. Después de ser construidas, reciben cuidados regulares y son man­tenidas en buen estado…

La mayoría de las hormigas que encuentran comida se apresu­ran a volver a casa a decírselo al resto. A veces dejan un olor a lo largo del camino tocando el suelo con sus cuerpos, según van avanzando. Ese olor sólo permanece unos minutos, y las hormigas que están en el hormiguero pronto se lanzan en busca de la co­mida. El olor parece comunicar a las hormigas cuántas son necesa­rias para el trabajo…

 

¿Cómo recogen el alimento los creyentes?

El Señor Jesucristo se designó a sí mismo como el Verdadero Pan del cielo, Juan 6:32. Él es el Pan de Vida, y no echará de sí a ninguna persona espiritualmente hambrienta que acuda a Él, Juan 6:37,40.

Él nos ofrece: una comida que permanece para siempre, Juan 6:27,47,51; un pan que satisface, Juan 6:35; pan vivo, Juan 6:51.

La gente se ha reunido para escuchar la Palabra de Dios a lo largo de la historia. Dios les dijo a los israelitas que leyeran su Pala­bra cuando se reunieran para adorar, Deuteronomio 31:11. Esdras leyó la ley de Dios al pueblo en un lugar público. Todos escucharon con suma atención, Nehemías 8:3…

Jesús se levantó y leyó las Escrituras en voz alta durante su ministerio sobre la tierra (Lucas 4:16). El apóstol Pablo envió instruc­ciones a los colosenses para que leyeran la carta que les había en­viado. Debía luego ser enviada a la iglesia de Laodicea, y leída allí, Colosenses 4:16.

Podemos aprender escuchando con cuidado cuando alguien lee la Palabra de Dios en público. Siempre ha sido una manera impor­tante de recoger alimento espiritual.

Podemos tener alimento para nuestras almas recibiendo en­señanzas de hombres piadosos que conocen la Palabra de Dios, y mediante la lectura y el estudio personal de la Palabra de Dios cuando estamos a solas.

 

Lo que las hormigas nos enseñan

            La hormiga tiene que recoger su alimento. La Palabra de Dios es nuestro alimento espiritual. Dios lo ha provisto para nosotros, pero nosotros tenemos que tomarmos el tiempo para recogerlo. Será un alimento que nos llene y que nos dé satisfacción y gozo, Jeremías 15:16. Así como la hormiga guerrera no vuelve cada día al mismo lugar en busca de alimento, también nosotros deberíamos leer uno o varios capítulos diferentes de la Palabra de Dios, Nehemías 8:18.

Las hormigas caminan frecuentemente a lo largo de algunos senderos hasta que hay marcas permanentes en el camino. Noso­tros necesitamos leer la Biblia y proseguir leyéndola. Vendrá a for­mar una parte permanente de nuestras vidas cuando la leamos con frecuencia y la obedezcamos.

Una hormiga no sigue el sendero de otra especie de hormigas. Nosotros no debemos seguir a los hombres, sino sólo a Cristo, Juan 10:27; 12:26.

Adela de Letkeman

FIRMES

 

Los creyentes deben sostenerse erguidos y firmes en sus convicciones

           


            La ciudad de Pompeya fue destruida en el año 79 por la erupción del Vesubio. Se dice que cuando los sobrevivientes de otros lugares llegaron a las ruinas de Pompeya, entre los espectáculos macabros hallaron un soldado firme, en pie, en su puesto, con su lanza sostenida por la diestra, recostado a la pared como una momia, y a los pies de aquel cadáver, el esqueleto de su perro, fiel amigo hasta el fin. ¡Qué cuadro de heroísmo y lealtad suceden en la vida hasta los irracionales!

            Cuánto más los creyentes deben sostenerse erguidos y firmes en sus convicciones. En estos tiempos hay una carrera, un apuro en desviarse y poner a un lado sus convicciones, unos en derecho de lo que conviene; otros son emocionales y ceden a cualquier innovación del momento. Aquellos se dejan llevar por influencias y consejos sin sabiduría; estos no están satisfechos con la sencillez del evangelio y su doctrina; son murmuradores, querellosos, contenciosos, soberbios. (Judas 16-19) En fin hay otros: Vendrán tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias. (2 Timoteo 4:3)

            En cuanto a la apostasía del momento, el apóstol Pablo aconsejó a los tesalonicenses a retener cuatro valores que les guardarían de ser contaminados por el espíritu vacilante:

            “Que no os mováis fácilmente de vuestro sentimiento, ni os conturbéis ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta.” (2 Tesalonicenses 2:2)

            Los sensuales son fácil presa de las emociones. Sus sentimientos no son del corazón, sino de la cabeza, y cambian con las ideas. De modo que, “estad firmes en el Señor amados.” (Filipenses 4:1)

            Hace pocos días hablamos con un creyente. Este hermano nos dio a entender en su conversación que todo lo que hacía, veía o andaba era por revelación. Antes de llegar nosotros a su casa, ya él sabía que nosotros íbamos. El Señor le habla y le manda donde debe ir. Cuando una persona se va a morir, el Señor manda a él tres o cuatro días antes a visitar al enfermo. Esto le ha hecho tanto daño al hermano que los vecinos de su barrio le llaman “la pava.”

            Esto es lo que Pablo dice: “ni os conturbéis por espíritu.” Esas manifestaciones abundan en el romanismo cada vez que hay un santo nuevo. El de turno es José Gregorio H. con sus milagros. Por otro lado, el espiritismo está tomando un incremento desmesurado por el gran alarde de su propaganda. Las falsas doctrinas han venido como aluvión y miles han sido engañados por esos “milagreros” pentecostales que sólo los puertorriqueños tienen el monopolio de hacer milagros. ¡Cómo no van a hacer milagros! si conocen bien la llave de plata que abre los bolsillos y los bolívares salen de los ingenuos. De tal manera que uno de esos milagreros predicando en La Guaira dijo: “Ahora toca la colecta. Debe ser una buena colecta, pues antes de dar mi vida a Cristo tenía una profesión muy lucrativa y lo dejé todo para servir a Cristo y predicar el evangelio. Los gastos son muchos. ‘El obrero es digno de su jornal.’ ‘Dios ama al dador alegre’.” Los tales no entienden que ‘por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas’. (2 Pedro 2:3)

             En vista de los acontecimientos de los últimos tiempos el apóstol Pablo nos da siete características de la firmeza.

            Firmeza en la obra: “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.” (1 Corintios 15:58)

            El Señor nos compró con su sangre derramada en la cruz y continúa haciendo una obra en nosotros, edificando el cuerpo que es su Iglesia. También nosotros estamos haciendo una obra con El. Siendo así, debemos ser fieles y constantes, porque ninguno sale a la guerra a sus propias expensas. (1 Corintios 9:7)

            Firmeza contra las tentaciones: “Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo.” (Efesios 6:11)

            Como son muchas las trampas y asechanzas del diablo, también la armadura de Dios se compone de varias armas en las cuales debemos ser diestros para la defensa. “Bienaventurado el que sufre la tentación.” (Santiago1:12)

            Firmeza en el combate: “Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes.” (Efesios 6:13)

El día malo llega a todos. Es el momento de la prueba. Le vino al Señor, le vino a Pablo, le vino a Abraham. Algunos tuvieron una derrota para aprender mejor el manejo de las armas: Moisés, Aarón, David, Pedro. Hay que ponerse toda la armadura de Dios.

Firmeza en la vida interior: “Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia.” (Efesios 6:14)

            A veces la superficie señala tranquilidad, pero abajo hay corrientes. Tales corrientes son peligrosas para el alma, las que no se ven: malicia, avaricia, codicia, fingimiento. “Limpiémonos de toda inmundicia de carne y de espíritu, perfeccionado la santificación en temor de Dios.” (2 Corintios 7:1)

            Firmeza en la fe: “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe.” (1 Pedro 5:8)

            Fue por la fe que aquellos antiguos vencieron en los muchos y rudos combates, “de tal manera que estuviésemos en duda de la vida. “Empero teniendo el mismo espíritu de fe, creí, por lo cual también hablé.” (2 Corintios 1:8, 4:13)

            Firmeza en la doctrina: “Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra.” (2 Tesalonicenses 2:15)

            La lucha no es solamente con el diablo, sino también con los falsos doctores, lobos rapaces que no perdonarán el ganado. La iglesia de Éfeso se mostró celosa con las falsas doctrinas: “Aborreces los hechos de los nicolaítas, los cuales yo también aborrezco.” (Apocalipsis 2:6) Pero ya la iglesia de Pérgamo tenía adentro una compañía en sucesión de Balaam y Nicolás.

           

Firmeza en la comunión hermanable: “Solamente que os comportéis como es digno del evangelio de Cristo, para que o sea que vaya a veros, o que esté ausente, oiga de vosotros que estáis firmes en un mismo espíritu, combatiendo unánimes por la fe del evangelio.” (Filipenses 1:27)

            Un poder invencible hay en la iglesia cuyos hermanos, unidos en mente y parecer, defienden con entereza la integridad del evangelio y su doctrina. Es cuando empiezan las contiendas internas por discrepancia de pensamientos o interpretaciones bíblicas que una iglesia se debilita y se fracciona en bandos. “He aquí, yo vengo presto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona.” (Apocalipsis 3:11)

José Naranjo

SIETE MARAVILLAS DE LA ROCA

 

La roca era Cristo. 1 corintios 10.4


La peña herida

            En Éxodo 17 tenemos la historia de la milagrosa providencia de Dios, cuando su pueblo tenía sed, en hacer salir aguas de la peña. En el capítulo anterior se relata la historia del maná en el desierto que es una figura de Cristo en su humanidad como peregrino en este mundo. Ahora en Capítulo 17 la peña en Horeb es una figura de Cristo en su divinidad; se le ve inmutable, perdurable, estable, cual “Fuerte de Israel”, el único capaz de soportar la carga inmensa y la terrible ira divina que nuestros pecados merecieron.

            Moisés llevó en su mano la vara de Jehová, símbolo de la justicia divina, y en presencia de los ancianos de Israel hirió la peña. El acto fue profético del Calvario cuando los representantes de la nación se juntaron para demandar la crucifixión del Hijo de Dios. “Levántate, oh espada, contra el pastor, y contra el hombre compañero mío ... hiere al pastor ...”, Zacarías 13.7.

            El agua saliendo de la peña es tipo de la vida espiritual que emana de Cristo como eterno Hijo de Dios, porque “en él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”, comunicada al creyente mediante el Espíritu Santo; véase Juan 7.39. En el mismo acto fue cumplida la palabra, “Cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia”. La vara de Dios debía haber caído sobre nosotros los pecadores, pero Cristo por amor llevó el castigo que nuestros pecados merecieron; Isaías 53.5.

“Hablad a la peña”

            En Números 20 se habla de otra peña, en otra ocasión y otra localidad llamada Meriba. La peña en Horeb significa en hebreo una peña chata y nos hace recordar lo dicho en Filipenses 2.8: “... se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte”. En cambio, la palabra en Números 20 significa una peña empinada, tipo de Cristo en su ensalzamiento a la diestra de Dios. “Dios también le exaltó hasta lo sumo ...”

            En este último caso Dios no mandó a Moisés herir la peña sino, “Hablad a la peña”. Moisés y Aarón cometieron un error terrible al herirla dos veces, porque en realidad ya había sido herida, figurativamente, en Horeb, y este segundo caso se trata de un tipo de Cristo quien en gloria no sufre más. Moisés actuó en pugna contra los propósitos de Dios. Su desobediencia le costó el privilegio de entrar en la tierra prometida: “Pecasteis contra mí en medio de los hijos de Israel en las aguas de Meriba ...”, Deuteronomio 32.51.

            Ahora, nosotros tenemos el privilegio de hacer notorias nuestras peticiones directamente a nuestro Señor Jesucristo como el gran sumo sacerdote de su pueblo, y echar nuestra ansiedad sobre él, porque “Él tiene cuidado de vosotros”. En cambio, si empezamos a murmurar y quejarnos con desconfianza, su corazón estará herido y contristado, trayendo así sobre nosotros la disciplina del Señor. Las aguas que salieron de la peña en Meriba son figura del inagotable manantial espiritual que tenemos en el Cristo glorificado.

La hendidura de la peña

            El tercer aspecto de la peña está en Éxodo 33, cuando Moisés pidió de Dios que le mostrara su gloria como garantía de su presencia con su pueblo en toda la travesía del desierto. Jehová le dijo: “He aquí un lugar junto a mí, y tú estarás sobre la peña; y cuando pase mi gloria, yo te pondré en una hendidura de la peña y te cubriré con mi mano”. Así Dios proveyó un fundamento firme para Moisés “sobre la roca” y también un refugio “en la peña”.

            ¡Qué maravillosa comunión para Moisés, sintiendo la misma presencia y gloria de Dios y a la vez protegido de aquel resplandor tan brillante! Nos hace pensar en el privilegio tan sublime que nosotros los creyentes disfrutamos, porque nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. La base es la obra de la cruz (“sobre la peña”) y nuestra posición es la de “aceptos en el Amado”.

            En Cristo significa todo lo que somos y tenemos por soberana gracia. En el Cantar de los Cantares 2.14 el amado se dirige a su amiga, diciendo: “Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes, muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz, porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto”. Cristo anhela nuestra comunión, y nosotros debemos anhelar la suya. Cuando las cosas mundanas empiezan a ocupar el corazón hay enfriamiento de nuestro amor por él, como en el caso de la iglesia en Éfeso: “Tengo contra ti, que has dejado tu primer amor”, Apocalipsis 2.4.

Fuego en la peña

Jueces 6 relata la historia de Gedeón y su encuentro con el ángel de Jehová. Él le preparó una ofrenda de un cabrito cocido (de expiación), panes sin levadura (del presente) y caldo, símbolo de la sangre. Luego el ángel le extendió el báculo que tenía en su mano, y al tocar él estas cosas subió fuego de la peña y consumió todo.

            Este fuego significó que Dios había aceptado la ofrenda. Gedeón edificó un altar a Jehová y lo llamó Jehová-Salom, o Jehová es Paz. El fuego no consumió a Gedeón, sino que le trajo la paz. Así con nosotros: merecimos el fuego del juicio de Dios, pero su Hijo hizo la paz por la sangre de su cruz, por lo cual tenemos paz para con Dios, la paz de Dios y el Dios de la paz.

El milagro sobre la peña

            En Jueces 13 el ángel de Jehová aparece a la pareja destinada a ser los padres de Sansón. El varón, Manoa, pregunta al ángel por su nombre. La respuesta fue “que es admirable”.

            Esto concuerda con Isaías 9.6: “Se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz”, títulos que pertenecen exclusivamente al Señor Jesucristo. Manoa tomó un cabrito y una ofrenda, y los ofreció sobre una peña a Jehová. El ángel hizo un milagro ante los ojos de la pareja, porque aconteció que cuando la llama subió del altar hacia el cielo, él subió en la llama.

            Se trata de una figura profética de Cristo en resurrección. “Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios”, Hebreos 10.12. Nunca debemos separar los sufrimientos de nuestro Salvador en la cruz — el fuego — del triunfo de su resurrección y la gloria correspondiente. “¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?” Lucas 24.26.

La peña más alta

            En el Salmo 61 el gran anhelo de David, clamando en oración a Dios, es: “Llévame a la roca que es más alta que yo”.

            Esto nos habla de la preeminencia de nuestro Señor Jesucristo como está revelada en Colosenses 1.18: “Él es antes de todas las cosas ... para que en todo él tenga la preeminencia”. La epístola a los hebreos también presenta a Cristo como supremo cual gran sumo sacerdote en su ministerio de amor mediante el trono de la gracia, accesible a su pueblo en todo momento. Él se compadece de nuestras debilidades y es la fuente de gracia para el oportuno socorro, Hebreos 4.16. El traspasó los cielos, hecho más alto que los ángeles. Nos hizo sentar en los lugares celestiales. La venida del Señor se acerca, cuando seremos cambiados en su imagen para estar siempre en su presencia.

Miel de la peña

            “Les sustentaría Dios con lo mejor del trigo, y con miel de la peña les saciaría”, Salmo 81.16. En el Salmo 78 vemos a Israel como un pueblo privilegiado: “Los apacentó conforme a la integridad de su corazón, los pastoreó con la pericia de sus manos”, 78.72. En el Salmo 80 Israel es un pueblo de oración resuelto a no apartarse de su Dios: “No nos apartaremos de ti; vida nos darás, e invocaremos tu nombre”, 80.18. Pero en el Salmo 81, ¡qué cambio! Ahora Israel es un pueblo rebelde: “Mi pueblo no oyó mi voz, e Israel no me quiso a mí”, 81.11. Por esto perdió las cosas preciosas que su Dios quería proporcionar a su pueblo, y entre éstas la miel de la peña. “¡Oh, si me hubiera oído mi pueblo! ... con miel de la peña les saciaría”.

            ¿Qué cosa más dulce que la miel? Cristo es la peña, y son más dulces que la miel su amor, gracia, comunión y presencia. Dijo el salmista: “Dulce será mi meditación en él; yo me regocijaré en Jehová”, 104.34. Dice la Palabra que en los últimos días el amor de muchos se enfriará, y parece que muchos están tan materializados que las cosas temporales tienen más lugar en sus pensamientos del que tiene la persona de nuestro Señor Jesucristo.

S. J. Saword


NUESTRO INCOMPARABLE SEÑOR (5)

 

V — Más que Salomón en este lugar


            Nuestro Señor Jesús hablaba de Salomón: de su magnificencia externa, el brillo de su mucho oro labrado, la blancura pulida de sus palacios de marfil, la vestimenta rica de sus servidores, sus torres que brillaban en el sol, los regalos traídos de lejos para los que le hacían homenaje, sus cámaras perfumadas por especias de la India, sus escuadrones de carros y caballos y toda la pompa y resplandor de su corte; Él lo incluyó todo en la frase de Mateo 6.29: “Salomón con toda su gloria”.

            Habiendo contemplado toda esta glo-ria, nuestro Señor dirigió la mirada de sus oyentes al lirio silvestre que bordaba aquel camino palestino, para aprender así de su gloria que sobrepasaba la de Salomón. “Os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió, así como uno de ellos”. Ya que, a diferencia de la gloria de Salomón impuesta de afuera, la hermosura y fragancia del lirio del campo son parte de la flor; son la expresión de su vida y natu­raleza; se desarrollan y exhalan desde adentro.

            Para manifestar esta hermosura y belleza, la mata, libre de todo cuidado, sólo deja que sus raíces chupen la fuerza húmeda de la tierra en la cual Dios la puso, extiende sus hojas para respirar el aire dulce que la rodea siempre, bebe de la luz del sol de día y confiadamente cierra sus pétalos de noche. Parece que dice al hombre con oídos para oir: No podemos vestirnos de gentileza ni fuerza para la alabanza de Dios, salvo en la medida de la sencillez de nuestra fe en él.

            De nuevo, en una ocasión posterior, el nombre de Salomón fue escuchado en los labios del Señor Jesús. Esta vez fue la sabiduría de Salomón que estaba por delante. El propósito celoso, la deci­sión veloz, el viaje arduo que constituyeron la respuesta de la Reina del Sur al informe sobre su sabiduría y grandeza: es esto que el Señor aprueba. “Ella vino de los fines de la tierra para oír”, Mateo 12.42.

            Él contrasta la incredulidad egoísta de aquella generación, que ponía ‘peros’ a sus palabras, y advierte que la reina de Sabá testifi­caría contra ese pueblo en el día del arreglo de cuentas. Luego se compara a sí mismo con Salomón: He aquí más que Salomón en este lugar.

            Apenas en el capítulo anterior el Señor estaba diciendo: “Soy manso y humilde de corazón”, 11.29, y ahora tres veces en el capítulo 12 alude a su grandeza. La maravilla es que en la boca suya no hay incongruencia entre estas afirmaciones tan deseme­jantes. ¡Así es el que habla de su grandeza sin despreciar su humildad, y de su humildad sin restar de su grandeza!

Nuestro Señor Jesucristo era:

 

            mayor que el templo, 12:6

            mayor que Jonás, 12.41

            mayor que Salomón, 12.42

 

            Mayor que el templo por cuanto Él era el santuario de la Deidad en un sentido más profundo que jamás podría ser un edificio tan­gible. Era el verdadero lugar de reunión entre Dios y hombre, el lugar del sacrificio, la morada de la gloria velada. Definitiva­mente, “Uno mayor que el templo está aquí”.

            También, más que Jonás. Este, Jesús, era el profeta de miseri­cordia por excelencia; era el Místico que en sentido pleno moró tres días y tres noches en el corazón de la tierra; el que no pudo ser guardado por los poderes de las tinieblas y entró triunfante en paz y victoria; el portador del mensaje de Dios a los gentiles. He aquí: “Más que Jonás en este lugar”.

            Pero más que Salomón también. Él sobrepasa a Salomón en sabiduría porque es la sabiduría encarnada; Él es el Rey en gloria prosperado, Príncipe de paz, Hacedor del templo que es su pueblo redimido. Veamos, ya que Uno mayor que Salomón está en este lugar.

 

I — Mayor que Salomón en sabiduría

            Salomón, se nos informa, compuso tres mil proverbios. Ahora, un proverbio es sabiduría oculta; es una verdad expresada en palabras pocas, pero apropiadas. Es una “manzana de oro con figuras de plata”. La gente extranjera acudía desde los remotos rincones del mundo para escuchar a este hombre pronunciar sus proverbios: “Toda la tierra procuraba ver la cara de Salomón, para oír la sabi­duría que Dios había puesto en su corazón”, 1 Reyes 10.24.

            En nuestra torpeza recibimos el crecimiento por cuotas, y muchos no lo consiguen nunca, pero Salomón contaba con una asignación especial y divina. En los días puros de su juventud le fue dada por la gracia de Dios una medida plena de sabiduría. “Pida lo que quieres que yo te dé”, la voz de Dios le dijo una noche cuando se quedó despierto en Gabaón. Y, por cuanto con­taba ya con el temor que es en sí el principio de la sabiduría, Salomón no pidió para sí ni días, ni riquezas, ni victoria sobre sus opositores. Pidió la sabiduría.

            ¿Qué es la sabiduría? Es aquel poder de mente y corazón que penetra en el alma de un asunto, que traspasa la cáscara para llegar a la materia, que escala el mar y alcanza la fortaleza, y que no se ocupa de la mera apariencia externa de un tema sino de su realidad interior. Es la percepción moral.

            Pero, es más. La sabiduría es la capacidad de actuar sobre la evaluación acertada de la mente. Es la capacidad de discernir la verdad y aplicarla a la situación por delante. Es en esta habilidad — la de coordinar juicio, decisión, discernimiento y dirección, comprensión y aplicación— es allí donde se halla la sabiduría.

            “La sabiduría es mejor que las piedras preciosas”, Job 28.18, así que, no obstante, toda la riqueza fabulosa que Salomón poseía, su tesoro mayor fue este don de Dios. Sin embargo, está a la vista para que todos lo vean, que ningún don, por espléndido que sea, ningún dote, por abundante que sea, es de por sí un resguardo contra el naufragio moral ni es una garantía de la excelencia espi­ritual. Tres mil proverbios en los cuales las excelencias de la sabiduría son descritas con lujo de detalle y la fealdad de la necedad es pro­yectada con igual destreza y fuerza— ¡y el hombre sabio que los compuso llegó al final a ser un necio!

            Nada que es simplemente nuestro, pero no lo es, nada dada a, o impuesto sobre, nosotros, ningún talento por excepcional que sea, ninguna cualidad mental por brillante que luzca: ninguna de estos es protección adecuada contra la presión moral en el mundo donde vivimos. Ni los dones de Dios mismo nos pueden guardar si no asumimos una actitud mansa de dependencia de él. Esta es la sola seguridad; solamente ésta guarda al hombre o la mujer dentro del lugar ordenado para su bendición, el lugar de la con­fianza en el Dios vivo. Es únicamente en la medida en que uno se quede refugiado allí, hora tras hora, que empiezan a ser suyos pro­pios los dones que uno ha recibido. Morando el cristiano en Dios, los dones de Dios se entretejan en la sustancia de su alma y llegan a ser parte de su persona.

            Bien. Nuestro Señor Jesucristo no sólo decía las cosas sabias sino era la sabiduría encarnada, la misma sabiduría de Dios. Lo que Él decía, hacía. Él no sólo predicaba, sino practicaba sus lecciones antes de enseñarlas. Entre sus hechos y sus dichos, nadie encontraba discrepancia. Entre Cristo y Salomón no hay compara­ción en cuanto a la sabiduría; lo que hay es un gran contraste.

            Salomón enseñaba la verdad, pero no la vivía. Cristo hablaba la verdad, hacía la verdad y es la verdad. En él hay una entera corres­pondencia moral a Dios, el Dios de verdad. Salomón poseía sabiduría, pero se rebajó a la necedad; el mayor que Salomón dio un solo mensaje, tanto por obras como por dichos.

J.B. Watson

Preguntas y Respuestas

 


por Fred Wurst

1. ¿Es posible que en la presente dispensación un creyente sea de Cristo y no tenga el Espíritu de Él?

àEn la dispensación actual no es posible ser de Cristo y no tener el Espíritu de Él. «Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él» (Ro 8:9).

2. ¿Con Quién une al creyente en el cielo, el Espíritu Santo que mora en él? y como resultado de esa unión, ¿qué se dice que es él?

à El Espíritu Santo que mora en el creyente le une a Cristo glorificado en el cielo, y al quedar así unido se dice de él que «un Espíritu es con Él» (1 Co 6:17). También es un miembro del Cuerpo de Cristo: «Porque somos miembros de Su Cuerpo, de Su carne y de Sus huesos» (Ef 5:30).

3. ¿Con quién le une también en la tierra el Espíritu Santo que mora en el creyente? y como resultado de esta unión, ¿qué se dice que son los creyentes?

àEl Espíritu Santo que mora en el creyente les une también a los demás creyentes en la tierra, y así unidos, se dice de éstos que son «todos miembros los unos de los otros» (Ro 12:5).

4. Los creyentes, como miembros del Cuerpo de Cristo que está en la tierra, están unidos a Cristo, la Cabeza del Cuerpo en el cielo. ¿Qué clase de carácter debe, el reconocimiento de esta unión con su Cabeza celestial, producir en ellos mientras están en la tierra?

àEl reconocimiento de esta unión con Cristo, su cabeza celestial, debe producir en ellos un carácter celestial.

5. La Asamblea comenzó en Pentecostés. ¿Cuándo terminará su carrera en la tierra?

àLa carrera de la Asamblea en la tierra terminará cuando el Señor Jesucristo venga y la lleve al cielo (1 Ts 4:15-17).

6. ¿Por cuánto tiempo permanecerá la Asamblea?

àLa Asamblea permanecerá para siempre (Ef 3:21).

7. Cristo, la Cabeza en el cielo, y Su Cuerpo, la Asamblea, son comparados al cuerpo humano. Léase en 1 Co 12 el versículo que enseña esto.

à1 Co 12:12: «Porque, así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo».

8. ¿Qué ha estado Dios haciendo desde Pentecostés, que no hizo antes de Pentecostés?

àDesde Pentecostés hasta nuestros días, Dios ha estado uniendo a los creyentes tanto de los judíos como de los gentiles en un Cuerpo (Ef 2:14-16).

9. Antes de Pentecostés había dos divisiones escriturales de la humanidad. Desde Pentecostés ha habido tres divisiones escriturales. ¿Cuáles son éstas?

àLos judíos, los gentiles y la Asamblea de Dios (1 Co 10:32).

10. ¿De entre quiénes está Dios en la actualidad tomando un pueblo para Su Nombre?

àDe entre los gentiles (Hch 15:14).

11. A medida que el Evangelio se difundía desde Jerusalén por todas partes, muchas personas eran salvas y añadidas a la Asamblea en muchos lugares. ¿Sobre qué base se reunían o congregaban estos grupos de creyentes tan separados unos de otros por distancias físicas?

àSe reunían al Nombre de Cristo (Mt 10:20) sobre el principio de un Cuerpo (Ef 4:4), con Cristo como el Centro. Reunidos o congre­gados de este modo, constituían una asamblea local, cualificada para llevar a cabo las actividades y cumplir las responsabilidades de la Asamblea. Al juntarse daban concreción a la verdad de que son miembros del Cuerpo de Cristo. Cada una de estas asambleas era la expresión local de un Cuerpo de Cristo, la Asamblea (1 Co 12:27).

12. Cada creyente es un miembro del Cuerpo de Cristo, que lo es la Asamblea. ¿Qué diría usted sobre cualesquiera creyentes que no se identificaran de un modo definido con la Asamblea escrituralmente reunida que se hallaba en Roma o en Corinto o donde quiera que se hallasen residiendo para esa época, si existía allí una asamblea local?

àLos creyentes que definidamente no se identificaban con la asamblea local, escrituralmente reunida en el lugar de su residencia, esta­ban en la Asamblea, el Cuerpo de Cristo, pero no estaban siguiendo el orden de Dios. Es el deseo de Dios que los creyentes se identi­fiquen con la asamblea local, compartiendo sus privilegios y responsabilidades, «no dejando de congregamos, como algunos tienen por costumbre» (He 10:25).

13. ¿Cómo puede el Señor Jesucristo, un Hombre en el cielo, estar presente en medio de dos o tres reunidos a Su Nombre en la tierra?

àEsto es posible porque el Señor Jesucristo es Dios y Hombre en una persona. Su presencia en medio de los creyentes en la tierra es de un modo espiritual. (Véase Jn 3:13 donde Él habla de estar en el cielo y en la tierra al mismo tiempo).

La Trampa de las Transgresiones Toleradas (5)

El Orgullo 

John Flavel, uno de los grandes escritores puritanos, dijo acertadamente: “Los que conocen a Dios serán humildes; los que se conocen a sí mismos no pueden ser orgullosos”. Añadimos nuestro “Amén”, pero estamos de acuerdo a pesar de nuestra experiencia. Aunque anhelamos ser más como nuestro Señor, la verdadera humildad frecuentemente se nos escapa, y el orgullo sobrevive cómodamente en medio de nuestra vida cotidiana.

            En las Escrituras hay pocos pecados personales que son tan universales como el orgullo. El reloj del tiempo apenas había iniciado cuando el orgullo levantó su cabeza tan fea, y desde su inauguración no ha habido un momento cuando no haya estado en boga. Aunque se puede identificar fácilmente en otros, siempre ha sido un desafío y algo engañoso verlo en uno mismo. Bien arraigado, oscuro y siniestro, hace su obra cruel, desencadenando una ola de congoja que ocasiona un daño incalculable en el que lo alberga y en otros también.

            Lo que en español conocemos como orgullo se deriva de diez palabras hebreas y dos griegas, y usualmente se refiere al hecho de que uno tiene una actitud u opinión elevada de uno mismo. El sustantivo hebreo frecuentemente visto como orgullo también se traduce como soberbia, arrogancia o presunción. Un estudio de la palabra en sí nos ayuda, porque en su forma verbal significa “hervir”. Eso lleva la idea de ser “engreído”, que concuerda con el significado de una palabra griega que sugiere la idea de “estar inflado”, dando la impresión de sustancia, cuando la realidad es que uno está lleno de puro aire (1 Co 5.2, 8.1, 13.4; Col 2.18).

            En esencia, el orgullo es un pecado de actitud, un pecado del corazón y del espíritu. El daño verdadero, sin embargo, se exterioriza fácilmente, porque lo que está en mi corazón a la final afecta mis actitudes y acciones, causándole daño a mis relaciones con otros. La sabiduría de los Proverbios advierte repetidas veces contra el vicio del orgullo. Pablo lo incluye en las dos listas que caracterizan a los que Dios juzgará, y las condiciones prevalentes en los últimos días (Ro 1:30; 2 Ti 3:2-4).

            Cuando hablamos del orgullo, seguramente viene a la mente Satanás, por haber dado a luz al orgullo en su corazón, queriendo ser como el Altísimo. Amán y varios reyes como Uzías, Ezequías, Nabucodonosor (Dn 4.30) y Herodes (Hch 12.23) nos dan lecciones que no se olvidan pronto. El telón del Nuevo Testamento sube y los fariseos rápidamente toman su lugar en el centro del escenario como la personificación del orgullo. Eran hipócritas —egoístas y orgullosos. Y aunque no queremos ser ni hipócritas ni orgullosos, todos tenemos que confesar nuestra debilidad. Deseamos ser imitadores de lo que es bueno, pero se interpone nuestro orgullo. Quizás a veces llegamos a ser como los fariseos, aun sin querer.

Su origen

            Aunque la Biblia deja en claro la verdad de que el orgullo es un pecado y que Dios aborrece el pecado (Pr 8.13), el Señor Jesús claramente identifica el origen de nuestro orgullo: nuestros corazones (Mr 7.21- 23). Profundamente enclavada en nuestra naturaleza está la fea tendencia hacia el pecado del orgullo. El ego ama el ego. Con el nuevo nacimiento, sin embargo, Dios nos da un nuevo corazón y la correspon­diente responsab-ilidad de mortificar la carne malvada y su orgullo, y de controlarse a uno mismo, y amar a otros. Colosenses 3 no menciona específicamente el orgullo en su lista de pecados, no obstante, lo vemos como la raíz de casi todo pecado.

Su obsesión y operación

            El orgullo está obsesionado con uno mismo, haciéndolo un ídolo. Al quitar a Dios de su trono legítimo, el ego se sienta en el centro de atención, elogiado por la admiración propia. Por repugnante que suene, es cada vez más predominante en nuestra sociedad del “yo”, aunque tal vez no sea identificado por su nombre tan abiertamente. La psicología moderna le presta poca atención, pues está más preocupada por la baja autoestima que por el elogio dirigido a uno mismo. Las redes sociales han provisto una plataforma para una expresión del orgullo jamás conocida por ninguna generación anterior —el tristemente célebre selfie. El compartir sincero de momentos especiales pueden proyectar una imagen que no tiene nada que ver con la realidad, tal vez no lo etiquetamos como orgullo, pero una evaluación honesta nos haría admitir que el orgullo está detrás de todo aquello.

La consecuencia

Aunque podemos reconocer el orgullo en otros, muchas veces luchamos para verlo en nuestras propias vidas. Lo que ese orgullo produce, sin embargo, no se puede esconder. El orgullo es un pecado que facilita otros pecados, y así produce envidia, contienda, argumentos, odio, peleas, disputas, jactancia, difamación, enojo, descrédito injusto, calumnia, y un trato despreciable de otros. Las personas orgullosas casi nunca piden perdón porque no admiten su condición pecaminosa. Las personas orgullosas no pueden demostrar verdadera humildad y mansedumbre. Una obsesión con uno mismo inhibe una consideración honesta de otros, causando relaciones rotas y creyentes lastimados.

La “jactancia” es lo que hacemos en la presencia de otros, mientras la “altivez” o la “arrogancia” son una muestra de cómo subestimamos a otros, poniéndome a mí mismo por encima de ellos. Cuando Pablo le escribe a Timoteo usa una palabra que significa “envolver en humo”. Es la condición triste de uno que es cegado por el orgullo (1 Ti 3.6, 6.4; 2 Ti 3.4). Aun Israel fue advertido del peligro de olvidarse de Dios como resultado de su orgullo (Dt 8.14).

Su derrota

El antídoto para el orgullo es la humildad, que me libra de una obsesión conmigo mismo para poder amar y servir a otros genuinamente. Me ayuda a ver el valor y la dignidad de otros, a apreciarlos sin importar cuán diferentes sean de mí. La humildad no se preocupa por el estatus o el rango, sino que sigue el ejemplo del Señor Jesús en Juan 13, cuando con mansedumbre sirvió a los que discutían sobre quién sería el mayor. Para hacer eso, el creyente necesita entender que su valor e identidad no se anclan en las perspectivas y comentarios de otros, sino en su relación con su Padre celestial. Amado, redimido, perdonado y puesto en la familia, el creyente recibe sus dones de Dios, es morada del Espíritu Santo y ha sido puesto en el Cuerpo conforme al plan divino. Entonces, todo lo que él es, se lo debe a Dios. Su diversidad como un miembro de algo mucho más grande que él mismo le ayuda a mantener la unidad que Dios ha creado, y a evitar aferrarse a lo que podría percibir como sus derechos. Es exactamente lo que se enseña en Filipenses 2 en el contexto de la perfecta humildad de nuestro Señor Jesús. “Aprended de mí”, Mateo 11.29, sigue siendo válido hoy en día. Mientras andamos con El y aprendemos de Él, aprenderemos la humildad y mataremos el orgullo. Eso nos libra para vivir como Él vivía, amar como Él amaba, servir como Él servía, y llevar algo de la fragancia de su vida a un mundo perdido mientras esperamos su pronta venida.

MEDITACIÓN

 

LOS MALOS PENSAMIENTOS

La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. (Hebreos 4:12)

Que nadie crea que el Señor no conoce sus pensamientos. Él posee una ventana que da directamente al rincón más oculto de nuestra alma, una ventana sin persianas ni cortinas. Somos como una col­mena de cristal delante de Él, todo está delante de sus ojos. La Biblia dice: “El Seol y el Abadón están delante de Jehová; ¡Cuánto más los corazones de los hombres!” (Pr. 15:11).

Pero algunos dirán que no pueden evitar los malos pensamientos. Puede ser, pero el asunto es el siguiente: ¿los odiamos'? No pode­mos evitar que las aves vuelen por encima de nuestras cabezas, pero podemos evitar que aniden en nuestro cabello. Los pensamien­tos vanos golpearán a nuestra puerta, pero no debemos abrirles. Surgirán pensamientos pecaminosos, pero no debemos dejarlos gobernar. Quien saborea una y otra vez el mismo bocado, lo hace porque le gusta su sabor; y quien medita en algo malo, lo hace por­que le gusta y está dispuesto a cometerlo. Piensa en el diablo, y este aparecerá; dirige tus pensamientos al pecado, y tus manos pronto lo seguirán.

Los caracoles dejan su baba tras ellos, y así son los pensamientos vanos. Una flecha vuela por el aire sin dejar rastro, mientras que un mal pensamiento, como si se tratara de una serpiente, siempre deja su rastro. Donde hay mucho tránsito de malos pensamientos, allí habrá mucho barro y suciedad.

Una forma segura de evitar que haya paja en el almud es llenarlo de trigo; y para no dejar entrar pensamientos vanos, lo más sabio y prudente es tener nuestra mente llena de temas escogidos para meditar; es fácil encontrarlos y nunca deberíamos permitir que se agoten.

C. H. Spurgeon

El Señor está Cerca, 28 de agosto de 2020

Ganando Almas a la manera bíblica (5)

 Lecciones en los Evangelios y en el Libro de los Hechos


            Ningún tipo de evangelismo personal sería adecuado si no observa primero al Maestro Ganador de Almas obrando. Al prestar atención a las narraciones de los Evangelios, podemos viajar con el Salvador en Sus misiones de misericordia, y aprender muchas lecciones preciosas de Él sobre cómo tratar con las almas.

            El Libro de los Hechos también ofrece instrucciones muy buenas sobre ganar almas, pues allí vemos al Señor resucitado obrando por medio de Sus apóstoles por el poder del Espíritu Santo. No es necesa­rio decir que esta lección solo alcanza para resaltar unos pocos puntos, con la esperanza de que la mente del estudiante se ponga en acción para descubrir otras verdades por sí mismo.

            Primero que nada, entonces, vamos a estudiar el mensaje que el Señor Jesucristo trajo a hombres y mujeres. Sugiero los siguientes cin­co puntos:

            Enfatizó el tema del pecado (Juan 4:16-18). Llegó a la con­ciencia de la mujer en el pozo de Sicar con una declaración muy direc­ta: “El que ahora tienes no es tu marido”.

            Enfatizó la condición desesperada del pecador (Juan 3:6): “Lo que es nacido de la carne, carne es”. Puesto que “los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:8), el hom­bre, sin ayuda, está condenado.

            Enfatizó la necesidad de un nuevo nacimiento. En Juan 3, el Salvador afirma que solo se puede entrar en el reino de Dios si se nace de nuevo.

            Puesto que el versículo 5 ha significado una dificultad para mu­chos, lo estudiaremos brevemente.

            En este versículo, puede que el agua esté haciendo referencia a (1) la Palabra de Dios, o (2) al Espíritu de Dios. Cualquiera de las interpre­taciones es consistente con el resto de la Escritura.

            El nuevo nacimiento se vincula con la Palabra otra vez en 1 Pedro 1:23; Efesios 5:25-26.

            En el Evangelio de Juan, el agua se refiere al Espíritu Santo Juan 7:38-39). Sería igualmente correcto si leyéramos Juan 3:5 así: “el que no naciere de agua, es decir del Espíritu’’. Esta es una traducción del idioma original del Nuevo Testamento.

            En este versículo, el agua no podría referirse literalmente al agua y seguir teniendo consistencia con el resto del Nuevo Testamento.

            Enfatizó la insuficiencia de la razón humana Juan 3:12). Las verdades del evangelio solo se pueden recibir por la fe. No es que sean contrarias a la razón humana, sino que están muy por enci­ma de ella.

            Reveló cómo es que se recibe el nuevo nacimiento (Juan 3:15-16). El Señor Jesús no le explicó a Nicodemo el proceso por el que el Espíritu produce el nuevo nacimiento, sino que le dijo cómo él podría tener este glorioso nacimiento—simplemente por la fe en el Hi­jo de Dios. Él siempre se presentó a Sí mismo como el objeto de la fe del pecador.

            Al ir estudiando los métodos del Buen Pastor, encontraremos más ayudas prácticas para quienes Lo sigan en la búsqueda de ovejas perdi­das. Los siguientes cinco ejemplos pueden mencionarse:

            Él siempre fue cortés y caballero. Jamás quebró la caña cas­cada (es decir, el alma apesadumbrada), ni apagó el pábilo que humea­ba (una persona como una chispa de fe) (Mateo 12:20). Es cierto que no dio Su atención a las vanas curiosidades, ni respondió a todos los argumentos de los hipócritas, pero era accesible ante cada caso de ne­cesidad genuina.

            Era condescendiente con las personas de clase baja (Ro­manos 12:16). No permitió que las barreras nacionales o sociales Lo alejaran de un alma necesitada; por ejemplo, la mujer de Juan 4, quien era samaritana y, además, marginada. Aunque ministraba tanto a ricos como a pobres, vemos que les tenía un afecto especial a los pobres. El ganador de almas debería considerar profundamente este factor, y siempre recordar que:

 

·         el evangelio es anunciado a los pobres (Mateo 11:5).

·         Dios ha elegido a los pobres de este mundo, ricos en fe (San­tiago 2:5).

·         no muchos hombres sabios, poderosos o nobles son llama­dos, sino más bien los necios, los débiles, los viles, los despreciados (1 Corintios 1:26-29).

           

            Nunca sugirió a los hombres que Dios necesitara de sus talentos, sus personalidades o sus posesiones. Es el colmo de los colmos que busquemos ganar pecadores basándonos en el presti­gio o poder de ellos sea algo valioso para el gran Dios o para la Igle­sia.

            Utilizó objetos simples y cotidianos para ilustrar verda­des espirituales. “Habló de hierba, de viento y de lluvia; de higueras y de buen clima: y se deleitaba en unir al cielo con la tierra.”

            De la misma manera, deberíamos entrenarnos para ver imágenes del evangelio en el universo creado a nuestro alrededor, y usar estas ilustraciones para explicar las Buenas Nuevas a los demás.

            Evitó que la conversación se desviara. Tanto Nicodemo co­mo la mujer en el pozo quisieron cambiar de tema, pero El los llevó de nuevo a la cuestión de su bienestar eterno.

            No hay dudas de que el estudiante podrá agregar muchos puntos más a la lista, y será muy beneficioso para él hacerlo. Cuanto más estu­die al bendito Señor Jesús, más se volverá como Él (2 Corintios 3:18).

            Luego le sugerimos que lea también el Libro de los Hechos y vea a los apóstoles testificando del Señor Jesús. Allí, en una atmósfera hostil, hablaron con gran denuedo sobre el Salvador. Hay dos cosas que son notables en su mensaje.

            Enfatizaron la resurrección y la ascensión del Señor (He­chos 2:24, 32; 3:15, 26; 4:10; 5:30-31; 10:40; 13:30, 33-34; 17:31). Se dieron cuenta de que no había salvación en un Cristo muerto. Ellos sabían que Él estaba vivo, pues lo habían visto después de Su resurrección. Nosotros también sabemos que Él está vivo, porque la Biblia lo dice, y porque “Él vive dentro de nuestros corazones”.

            Enfatizaron el señorío de Cristo (Hechos 2:36; 10:36), al lla­mar a los hombres de todas partes a postrarse ante Él como Goberna­dor Justo y Supremo de sus vidas. (Es importante notar que la Escritu­ra usa el orden “Señor y Salvador" (2 Pedro 1:11; 2:20; 3:2), mientras que nosotros generalmente decimos “Salvador y Señor.”)

            Haremos bien si seguimos a los apóstoles al proclamar que Cristo es una persona viva, tanto en Su divinidad como en su humanidad, que ahora mismo está en el cielo, y que, tarde o temprano, cada perso­na deberá doblar su rodilla delante de Él como Señor.
William MacDonald