domingo, 28 de enero de 2024

Las últimas palabras de Cristo (2)

 JUAN 14

Introducción


La escena solemne y las graves palabras de Juan 13 constituyen un buen preludio para el discurso de Juan 14. En el capítulo trece hemos visto cómo ha quedado expuesta la total corrupción de la carne, tanto en el falso discípulo como en el verdadero. Si el Judas carnal prefiere una insignificante suma de plata antes que, al Hijo de Dios, será capaz de traicionar al Señor con la más vil de las delaciones aprovechándose de Su prueba de amor. Con Pedro aprendemos que la carne del creyente busca la credibilidad profesando el amor y la devoción a Cristo. El hombre carnal no es otra cosa que simple barro en manos del diablo, y cuando la carne de los santos no es juzgada se convierte en un material muy maleable para él.

Un mal insospechado en el círculo de los doce, la sombra de una pérdida aun mayor que iban a experimentar, y la premonición de una negación anticiparon el desastre sobre la pequeña compañía. Uno de ellos, el que lo va a traicionar, ha salido a la noche. El Señor va adonde ellos no pueden ir. Pedro pronto negará a su Maestro, y la pena, por no decir la confusión que siente el alma acecha con fuerza en los atribulados corazones de los discípulos, como la sombra de sucesos venideros que avanza sigilosamente entre ellos.

Pedro, que hasta este punto había sido muy imprudente, está ahora callado. En estos últimos discursos no vamos a oír más su voz. Por ahora todos permanecen silenciosos en presencia de la partida del Señor que va a ser revelada, de la traición de Judas y de la negación

inminente de Pedro. Oímos en este punto la voz del Señor rompiendo el silencio con unas palabras que llegan al alma: «No se turbe vuestro corazón», y que debieron de ser un bálsamo de consuelo infinito para los corazones de esta compañía abatida por el dolor. Pero, aunque el Señor hable solo a once, recordemos lo que alguien dijo una vez: «la audiencia es más numerosa de lo que parece». En primer plano están los once, detrás la Iglesia universal. Los oyentes son hombres como nosotros que representan a otros. Son muy estimados

por el Señor como personas, como demuestra su lenguaje afectuoso, y son preciosos a sus ojos como representantes de todos «los que han de creer en mí por medio de la palabra de ellos».

Este discurso destaca de manera principal porque respira consuelo y aliento para los corazones turbados. Comienza con esas dulces palabras, que poco antes de terminar volvemos a escuchar enteras: «No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo». Los afanes de la vida diaria no son aquí el foco principal de estudio, aunque parezca que el Señor quiera aligerarla de ellos con estos delicados términos. Se trataba de la turbación del corazón que perdía a Aquel cuyo amor había ganado el afecto de ellos. Un poco más adelante, el Señor les dice: «Ahora voy al que me envió… porque os he dicho estas cosas, la tristeza ha llenado vuestro corazón». La turbación era la causante de que estos corazones satisfechos con la presencia de Cristo sintieran ahora, apenados por su ausencia, el dolor de la prueba al ver cómo eran dejados en un mundo malo.

Para curar esta turbación, el Señor nos eleva por encima del pecado de los hombres y del fracaso de los santos a la comunión de las Personas divinas, a las que nos une por medio de la fe con Aquel en el lugar adonde ha ido. Nos establece en unas relaciones con el Padre en el cielo y nos pone bajo el control del Espíritu Santo en la tierra. Para consolar nuestros corazones, somos establecidos en unas relaciones con cada una de las Personas divinas: el Hijo (1-3), el Padre (4-14) y el Espíritu Santo (15-26).

Mientras discurren los discursos veremos exhortaciones en cuanto a la manifestación de fruto y al testimonio en un mundo del que solo podemos esperar que nos aborrezca, nos persiga y nos cause problemas. Por eso mismo, somos llamados a hacer frente a la oposición de un mundo en el plano exterior y llevados a la comunión con las Personas divinas en una escena íntima. La comunión santa de ese hogar en nuestra intimidad nos da la preparación que necesitamos para hacer frente a las pruebas del mundo exterior.

Los discípulos en relación con Cristo Juan 14:1-3

El discurso se inicia con las delicadas y conmovedoras palabras «No se turbe vuestro corazón». Solo el Señor podía pronunciarlas en gracia ante la solemnidad del momento. Justo antes había predicho la triple negación de Pedro, y por cuanto esta predicción iba precedida por las palabras «me seguirás más tarde» va seguida poco después por estas otras: «No se turbe vuestro corazón». Conociendo de primera mano la traición que había cometido Judas y la negación de Pedro, los discípulos tenían todos los motivos para sentirse turbados.

En esta primera parte del discurso el Señor habla de tres cosas que pueden quitar del corazón nuestra turbación. En primer lugar, se

sitúa ante nosotros como el Objeto de fe en la gloria: «Creéis en Dios… (creemos en el Dios que jamás hemos visto y ahora el Señor se apartará de la vista de ellos para pasar a la gloria), …creed también en mí». Como Hombre en la gloria, Cristo viene a ser nuestro recurso y nuestra áncora del corazón. Todo lo que es terrenal nos decepcionará y el mundo no dejará de tentarnos, como la carne, que mirará de traicionarnos, pero Cristo en la gloria seguirá siendo el recurso inagotable de nuestra fe. Como alguien ha dicho: «no existe consuelo duradero fuera de Cristo». Unos leales amigos cristianos y una familia que nos quiera, unas circunstancias favorables, una buena salud y unas óptimas perspectivas de futuro son todo producto de esta tierra, y por este mismo motivo están abocados al fracaso, pero solo Cristo en la gloria es en quien la fe descansa y encuentra el recurso inagotable para su pueblo mientras dure la dilatada noche de su ausencia.

v. 2. Acto seguido, y a fin de consolar nuestros corazones, el Señor nos revela el nuevo hogar: «En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, ya os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros». Además de tenerlo a Él como único recurso en la gloria, tenemos la casa del Padre como nuestro hogar de residencia. Tomemos nota de que la palabra mansiones significa realmente moradas, es decir, un hogar del que nunca más saldremos una vez hayamos entrado, y allí es donde moraremos. En la tierra no tenemos ninguna residencia duradera, somos peregrinos y extranjeros aquí. Nuestro hogar de morada está en la casa del Padre, donde hay muchas habitaciones. En la Tierra no hubo sitio para Cristo, y dispusieron de muy poco aquellos que eran de Él, pero en la casa del

Padre hay sitio para todos los que son de Cristo, grandes y pequeños. Si no fuera así, Él se lo habría dicho a los discípulos. No los habría reunido apartándolos de este mundo si en realidad no los estuviera guiando a una escena de felicidad bien conocida por Él, como era la casa del Padre. En la cruz preparó a su pueblo para dicho lugar, y hacia allí iba, a fin de preparar con Su presencia en la gloria el lugar para su pueblo. Somos transportados de esta evanescencia terrenal hasta las escenas cambiantes del tiempo para entrar en espíritu en un mundo mejor y encontrarnos con un hogar preparado en la casa del Padre.

v. 3. Después, el Señor pone ante nosotros, para consuelo de nuestros corazones, su venida para recibirnos en el hogar. Cuando sea oportuno veremos otros pasajes que nos revelarán el orden de los acontecimientos en relación a su venida, pero ahora veremos lo que significa el gozo supremo de que Él venga y dé por terminado nuestro peregrinaje en este desierto. Su venida curará todos los cismas del pueblo de Dios y reunificará a los santos dispersados y divididos. Pondrá fin al sufrimiento, a las pruebas y a las labores denodadas de su pueblo. Nos sacará de una escena de tinieblas y muerte para mostrarnos la entrada a un hogar de luz, vida y amor. Y por encima de todo, nos introducirá en la compañía de Jesús para que gocemos de ella: «Os tomaré conmigo, para que donde yo estoy vosotros también estéis». ¿Qué sería el cielo si no estuviera Jesús? Sin ninguna duda, será algo muy bendito hallarnos en una escena donde «nunca más habrá muerte, ni dolor ni llanto», donde abundarán la santidad y la perfección, pero si Jesús no estuviera presente el corazón no estaría satisfecho. La felicidad suprema de su venida es que nosotros estaremos con Él. Mientras tanto nos acompaña por este tenebroso mundo de muerte, y en la casa del Padre estaremos con Él en un hogar de vida eternal.

El más noble aspecto de su venida es el que también nos revela los anhelos secretos de su corazón. De las palabras del Señor se desprende un profundo deseo de querer tener a su pueblo consigo para su gozo y satisfacción. Si tenemos nuestro tesoro en el cielo, su tesoro lo tiene Él en esta tierra. Cristo se ha ido, pero el corazón de Cristo sigue aquí. Como alguien dijo una vez: «si su corazón está aquí Él no puede estar lejos». Con qué consuelo llenan estos primeros versículos los corazones turbados. Cristo es en la gloria nuestro recurso inagotable. Allí tenemos un hogar que nos espera y un Hombre que nos está aguardando.

Veamos también qué bendición se desprende de las enseñanzas del Señor, y lo poco que se asemejan a las maneras de enseñar del hombre. En breve nos instruirá en cuanto al viaje a través de este mundo y nos avisará acerca de las pruebas y persecuciones, pero antes que nada nos revela su fin glorioso. Deberíamos esperar hablar de estos temas tan elevados al final de este discurso; sin embargo,

el Señor utiliza una manera mejor y más perfecta de revelárnoslos. No dejará que hagamos el viaje solos a través de un mundo hostil hasta no haber dado la seguridad a nuestros corazones de que tenemos un hogar de residencia con Él en la casa del Padre, ya que

quiere que transitemos bajo la luz del hogar al cual conduce. Bien cierta es la afirmación que «la travesía por este valle muda de color cuando más allá se ve el horizonte».

Estas revelaciones trascendentales del mundo invisible nos son presentadas con palabras sencillas y familiares. Unas verdades que dejan en su asombro a los más inteligentes y que cualquier niño creyente en Jesús puede llegar a entender.

Continuará D.M.

¿ES CORRECTO QUE LAS MUJERES HABLEN, OREN O ENSEÑEN EN PUBLICO?

 


La Escritura es muy clara en cuanto al lugar de la mujer (véase 1.a Corintios 11:1-16) No creemos que sea conforme a la naturaleza ni conforme a la revelación, que una mujer sea prominente en la Iglesia ni en el mundo. Es nuestra profunda convicción que no existe otra esfera en la cual la mujer se desenvuelva con tanta gracia y dignidad, que en la privacidad y el retiro del círculo doméstico. Allí ella puede demostrar que es la ayuda idónea del hombre, en toda buena obra. El hogar es preeminentemente el lugar de la mujer. El Espíritu Santo le ha asignado muy puntualmente su obra, cuando declara que ella debe “gobernar su casa” (1.a Timoteo 5:14). Puede haber, según las circunstancias, casos excepcionales en que la mujer cristiana, al no tener ningún deber hogareño particular, se desempeñe en un trabajo exterior para el auténtico beneficio de muchos; pero tales casos son más bien pocos y excepcionales. La regla general es tan clara como el agua (véase 1.a Timoteo 5:14). En cuanto a la cuestión acerca de «los derechos de la mujer», «la liberación de la mujer», etc. No tenemos nada que ver con política. Es nuestro deseo el de ser enseñados exclusivamente por las Escrituras. Y, de hecho, no encontramos nada en el Nuevo Testamento acerca de que las mujeres ocupen un lugar en la legislatura. En la historia de Israel, siempre que la mujer fue promovida a una posición de prominencia, era una prueba de la baja condición espiritual de la nación. El apocamiento y la dejadez de Barac fue lo que impulsó a Débora a la delantera. De acuerdo con la idea normal divina, el hombre es la cabeza. Esto es visto, en perfección, en Cristo y la Iglesia. He aquí el verdadero modelo sobre la base del cual hemos de formar nuestros pensamientos. En lo que respecta a este pobre mundo, todo en él es confusión. La marcha de éste se halla alejada de los fundamentos. Dios ha dicho: “A ruina, a ruina, a ruina lo reduciré, y esto no será más, hasta que venga aquel cuyo es el derecho, y yo se lo entregaré” (Ezequiel 21:27). No puede haber nada derecho hasta que “los reinos del mundo hayan venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo” (Apocalipsis 11:15). Hasta entonces, el cristiano ha de estar contento con ser un “extranjero y peregrino” en esta tierra (1.a Pedro 2:11) teniendo su “ciudadanía”, su hogar, su porción, “en los cielos” (Filipenses 3:20). ¡Qué así sea con todos los que pertenecen a Cristo! No podríamos esperar tal cosa, naturalmente, de aquellas personas que se inclinan por llevar a cabo sus propios pensamientos; cuya propia voluntad nunca ha sido quebrantada; que discuten y argumentan, en vez de someterse a la autoridad de las Escrituras; que dicen: «Yo pienso», en vez de buscar y ver «lo que Dios piensa». No esperamos que ninguna de tales personas apruebe o aprecie lo que venimos escribiendo en respuesta a su pregunta. Pero debemos inclinarnos ante la autoridad de Dios en esto, así como en todo lo demás.

Compartimos plenamente todos los ejercicios de corazón que Ud. está experimentando acerca de este tema. Creemos que obra de una manera absolutamente correcta al rehusarse estar presente cuando una mujer toma la palabra para hablar u orar en público. El espíritu y la enseñanza del Nuevo Testamento están en contra de semejante práctica. A la mujer se le manda el «silencio» en público o en presencia de un hombre (1.a Timoteo 2:8- 11).

En cuanto a 1.a Corintios 11, no encontramos nada acerca de la reunión de asamblea hasta el v. 17, donde se introduce un nuevo tema; y, como bien Ud. lo hace notar, el Espíritu de Dios no puede contradecirse. Éste no puede decirle a la mujer en un lugar que guarde silencio, y, en otro pasaje, que rompa ese silencio. Es contrario a Dios, y contrario a la naturaleza, que una mujer proceda como predicadora en público. La mujer debe ilustrar el lugar propio de la Iglesia —la sujeción—, no la enseñanza. La Iglesia no enseña —no debiera hacerlo—, y si lo hiciera, sería falsa. “Toleras que esa mujer Jezabel, que se dice profetisa, enseñe” (Apocalipsis 2:20). Éste es el espíritu y el genio del papado. Decir que la iglesia tiene poder para decretar, estatuir y enseñar, es apostasía. La iglesia es enseñada por la Palabra de Dios. Ella ha de obedecer y estar en sujeción. Debiera ser “columna y baluarte de la verdad” (1.a Timoteo 3:15), es decir, debería sostener y mantener la verdad, pero nunca enseñar. Tal es la invariable enseñanza del Nuevo Testamento en cuanto a la Iglesia, de la cual la mujer debiera ser la imagen.

Puede que en respuesta de esto se diga que Dios utiliza la predicación y la oración de las mujeres para la bendición de las almas. Pues bien, ¿qué prueba esto? ¿Acaso que sea correcto que las mujeres prediquen? No; sino la soberana bondad de Dios. ¿Vamos a argüir, basados en el hecho de la bendición divina, lo que no deberíamos ser llevados a aprobar? Dios es soberano, y puede obrar donde y mediante quien le plazca; nosotros somos siervos, y debemos hacer lo que él nos dice que hagamos. En el tiempo del avivamiento de Ulster en 1859, fueron alcanzadas muchas almas en capillas católicas romanas, en presencia del sacrificio de la misa. ¿Demuestra eso que el catolicismo romano es correcto? No; sólo prueba que Dios es bueno. Razonar a partir de los resultados, puede conducirnos al más craso error. Debería ser suficiente, para todo aquel que se inclina bajo la autoridad de las Escrituras, saber que el Espíritu Santo manda estrictamente a la mujer a que guarde silencio en la asamblea pública (1.a Corintios 14:34-35). Y ciertamente podemos decir: “La naturaleza misma ¿no os enseña” lo moralmente inapropiado que es el hecho de que una mujer aparezca en un púlpito o sobre una plataforma? Incuestionablemente lo es. Hay muchas y diversas maneras en que las mujeres pueden “combatir juntamente en el Evangelio” (Filipenses 4:3) sin lo indecoroso de la predicación en público. No se nos dice cómo “ellas combatieron juntamente” con el bienaventurado apóstol; pero con toda seguridad, que no lo hicieron hablando en público.

En cuanto a las cuatro hijas de Felipe el evangelista “que profetizaban” (Hechos 21:9), falta que los defensores de la predicación de las mujeres demuestren que ellas ejercían ese don en público. Creemos que lo hacían en la privacidad y el retiro de la casa de su padre.

En conclusión, pues, querido amigo, sólo quisiéramos expresar nuestra siempre profunda convicción de que el hogar es, preeminentemente, la esfera de actividad de la mujer. Ella puede moverse allí con gracia y dignidad moral. Puede brillar allí ya como esposa, como madre o como dama, para gloria de Aquel que la ha llamado a ocupar esas santas relaciones. Allí se desarrollan los más bellos rasgos del carácter femenino, rasgos que son completamente desfigurados cuando ella abandona su trabajo doméstico y usurpa el dominio de predicador público.

Ya en varias otras ocasiones hemos desarrollado el tema de las hermanas enseñando y predicando (véase «Nueve años de respuestas a los lectores» [*]). Creemos que es claramente opuesto a las Escrituras que una mujer hable en la Iglesia, o que enseñe, o que usurpe de una u otra manera autoridad sobre el hombre (1.a Timoteo 2:8-14). Pero si hubiese una reunión de carácter privado, social, entonces, a nuestro juicio, hay libertad para la libre comunicación de pensamiento, siempre que la mujer guarde el lugar que le ha sido asignado por la voz de la naturaleza y por la Palabra de Dios.

A juzgar por el tono de su carta, estamos persuadidos de que el Señor le guiará en la senda de servicio correcta. No se nos dice de manera específica cómo aquellas mujeres “combatieron en el evangelio” juntamente con Pablo, pero sabemos que hay miles de maneras en que una mujer puede servir en el Evangelio sin jamás dar un paso afuera de esa esfera de actividad que propiamente le pertenece. En cuanto a las mujeres casadas, cada vez estamos más persuadidos de que el hogar es preeminentemente su lugar. Ella tiene allí una sagrada y elevada esfera de actividad en la cual puede servir estando plenamente consciente de que se encuentra exactamente en el lugar donde la mano de Dios la colocó, y donde su Palabra la dirige. ¡Quiera el Señor bendecirla y guardarla!

La Escritura es muy clara en cuanto a la manera en que la mujer cristiana se ha de vestir, no sólo ante la Mesa del Señor, sino en todo momento (1.a Timoteo 2, etc.). Seguramente que, en esto, como en todas las demás cosas, existe la urgente necesidad de tener una conciencia dócil y ejercitada; una piadosa sujeción a la autoridad de la Palabra de Dios. Si los creyentes no quieren prestar atención a la exhortación del Espíritu Santo, lo más probable es que tampoco presten demasiada atención a las páginas de una revista. Una de las especiales necesidades del momento presente, es una completa sumisión a las verdaderas enseñanzas de las Escrituras. Cuando el corazón está bajo el directo gobierno de la Palabra, todo estará bien; más cuando no lo está, nada estará bien.

[*] Preguntas sobre la predicación de las mujeres (Respuestas a los lectores):

Ya en nuestros primeros números de la revista «Things New and Old» hemos tratado el tema de las mujeres que hablan o que enseñan en público. Creemos que la enseñanza del Nuevo Testamento es claramente contraria a ello. Cualquiera que sea el significado de Hechos 21:9 y 1.- Corintios 11:5, es imposible que estos textos puedan contradecir a 1.- Corintios 14:34-35 y 1.- Timoteo 2:11- 12. Estos últimos pasajes son claros y formales, y no admiten absolutamente la menor sombra de duda. Los primeros pueden presentar dificultades cuando consideramos la cuestión de su aplicación. Pero la Escritura no puede contradecir la Escritura.

A juzgar por el considerable número de preguntas que desde hace mucho tiempo se nos vienen formulando acerca del tema de la predicación y la enseñanza de las mujeres, concluimos que debe de haber una fuerte dosis de duda sobre esta cuestión en las mentes incluso de aquellos que están comprometidos en la obra. Una y otra vez hemos dado expresión a nuestro juicio sobre este asunto. Creemos que el espíritu y la enseñanza del Nuevo Testamento, así como la voz de la naturaleza misma, están completamente en contra de la idea de que una mujer tome el lugar de predicadora o enseñadora en público. El hogar es preeminentemente la esfera de actividad de la mujer, ya sea que la consideremos como hija, como esposa o como madre. ¡Y qué santa, dichosa y elevada esfera de actividad es éste para una mujer que se conduce rectamente allí! El corazón más devoto, puede hallar en esa esfera, un amplio radio de acción para el ejercicio de cada don. No conocemos nada más bello ni atractivo, nada que adorne mejor el evangelio de Cristo y la doctrina de Dios, que una mujer cristiana que ocupa como corresponde el lugar en que la providencia de Dios la ha colocado. Si consideramos toda la Escritura, y miramos a través de toda la historia de la Iglesia de Dios, y veremos quiénes fueron las que rindieron el servicio más eficaz para la causa de Cristo, veremos que, sin excepción, aquellas que mostraron piedad en el hogar, que anduvieron en santidad y gracia en medio del círculo doméstico, aquellas que encomendaron la verdad a sus padres, que vivieron en piadosa sujeción a sus propios maridos; aquellas que educaron a sus hijos en el temor de Dios, que gobernaron la casa conforme a la autoridad de la santa Escritura, éstas fueron las mujeres que más efectivamente sirvieron a su generación, que dejaron la más sagrada impresión en su tiempo, y que anduvieron en la más plena armonía con la mente del cielo.

Quisiéramos preguntarle, querido amigo, ¿de qué sirve que nos señale a esta o a aquella que pueda predicar elocuente e imponentemente a miles convocados para oírla? La pregunta que realmente vale es: “¿Qué dice la Escritura?” (Romanos 4:3). ¿Es ésta la tarea de una mujer? Y ¿no sucede a veces que, mientras una mujer parece estar logrando los más espléndidos y excitantes resultados en una esfera prohibida, sus simples, obvios y divinamente asignados deberes domésticos son crasamente descuidados? Sus padres no están siendo recompensados, su marido es descuidado, o sus hijos son dejados al cuidado de niñeras impías o inconscientes, que contaminan su imaginación, los inician en prácticas viles, los educan en el engaño y la mentira, y les inculcan hábitos y vicios que los arruinarán para toda la vida. Es vano decir que Dios bendice la predicación de las mujeres. No constituye ningún justificativo. ¿Qué es lo que Dios no bendice o deja de gobernar? Esta misma semana oímos de dos jóvenes que se convirtieron mediante una de esas predicadoras, en completa burla, en una reunión pública de oración. Dios hizo uso de la espantosa conducta de una, para traer convicción a los dos. Así es Su soberana bondad. Pero usar esta bondad como argumento para justificar lo que es claramente contrario a las Escrituras, es un error fatal.

Puede que se pregunte, sin embargo, ¿qué es lo que aprendemos entonces de Hechos 21:9 y de 1.a Corintios 11:5?

El primer pasaje simplemente nos enseña que las cuatro hijas de Felipe poseían el don de profecía, en tanto que el otro pasaje enseña que el don debía ser ejercitado únicamente con la cabeza cubierta. Resta por ser demostrado que el don de profecía era ejercitado en la asamblea. No lo creemos. Al contrario, está claro que el apóstol, en 1.a Corintios 11, no habla de la asamblea reunida hasta el versículo 17. Es muy importante notar esto. En el capítulo 14, la enseñanza es categórica, formal e inequívoca: “Como en todas las iglesias de los santos, vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación” (v. 34-35). Y leemos asimismo en 1.a Timoteo 2:11-12: “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio.”

Pero se esgrime también el argumento de que predicar el Evangelio a los inconversos, no es «enseñar en la Iglesia». A ello respondemos que el Espíritu Santo manda a la mujer a estar en silencio, y a ser “cuidadosas de su casa” (Tito 2:5). Qué tanta obediencia a estos santos mandamientos es compatible con ir de un lugar a otro, y predicar a numerosos auditorios, queda en manos de otros juzgar. Puede, no obstante, preguntarse: ¿No hay ninguna forma en que una mujer pueda tomar parte en la obra del Señor? Seguramente que sí. En Lucas 8:2-3 leemos de ciertas mujeres que gozaban del elevado privilegio de ministrar directamente al mismo Señor; y en Filipenses 4:3, leemos de otras mujeres que trabajaron o combatieron junto con el apóstol en el Evangelio. Hay un sinnúmero de formas en que una mujer puede colaborar en la obra del Señor sin salir de la esfera de actividad que le ha sido divinamente asignada y actuar en oposición a la voz de la naturaleza y a la autoridad de las santas Escrituras.

C.H. MACKINSTOSH

Cristianos de un solo ojo

 

Todos los de Jabes dijeron a Nahas: “Haz alianza con nosotros, y te serviremos”. Y Nahas amonita les respondió: “Con esta condición haré alianza con vosotros, que a cada uno de todos vosotros saque el ojo derecho, y ponga esta afrenta sobre todo Israel”.

 ... Los de Jabes dijeron a los enemigos: “Mañana saldremos a vosotros, para que hagáis con nosotros todo lo que bien os pareciere”. Aconteció que al día siguiente dispuso Saúl al pueblo en tres compañías, y entraron en medio del campamento a la vigilia de la mañana, e hirieron a los amonitas hasta que el día calentó; y los que quedaron fueron dispersos, de tal manera que no quedaron dos de ellos juntos. 1 Samuel 11


La historia de la antigüedad

Este incidente es tal que podría despertar la indignación de cualquier corazón humano. Nahas el amonita, enemigo de Israel, tenía bajo su poder a los habitantes indefensos de la comunidad de Jabes en Galaad. Estos no presentaron resistencia alguna a sus amenazas, sino que ofrecieron sujetarse, y rogaron que él hiciese pacto con ellos.

La demanda de Nahas, hombre despiadado, fue que ellos le permitiesen sacar el ojo derecho de cada cual. Esto significaría la pérdida de su línea principal de visión. “A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido”, Salmo 16.8.

Figura como el acto más encomendable de toda la vida de Saúl la pronta y noble respuesta que él dio al mensaje urgente de los de la ciudad asediada. El libró a la gente de Jabes. La gratitud de ellos nunca menguó, ya que leemos de aquella gente en la triste historia que figura en el último capítulo del libro. Cuando en son de burla los filisteos colgaron el cuerpo de Saúl, con los de sus hijos también muertos, en el muro de Bet-San, los hombres valientes de Jabes quitaron los restos mortales de allí y los enterraron, y luego ayunaron por siete días.

La lección para nosotros

¿Hay una lección espiritual en esta historia inspirada? Creo que sí.

Jabes significa “seco”. Así nos encontramos cuando no estamos gozando de la bendición de las fuentes de arriba, tipo de nuestra comunión con Dios, y de las fuentes de abajo, tipo de nuestra comunión con el pueblo del Señor. (Jueces 1.15) Cuando están abiertos y limpios estos canales del amor de Dios hacia nosotros, nuestras almas están guardadas. “Con amor eterno te he amado”, dice El en Jeremías 31.3, “por tanto, te prolongué mi misericordia”. Dice el versículo 12 del mismo capítulo: “Su alma será como huerto de riego, y nunca más tendrán dolor”. Pero, cuando robamos a Dios de su debido lugar, llegamos a ser como jardín sin agua, secos. Así pasó con Israel: “Seréis como encina a la que se le cae la hoja, y como huerto al que le faltan las aguas”, Isaías 1.30.

Nahas quiere decir “serpiente”, y él es un tipo de Satanás, el gran adversario de nuestras almas. Nos tiene en desventaja cuando estamos secos y carecemos de resistencia contra sus intenciones maliciosas. Como Nahas, Satanás busca cómo conseguir una ventaja estratégica sobre el creyente. Es posible que alguno piense que no importa tanto el contar con un solo ojo, y se conformarían con ése. En lo físico puede suceder así, pero en lo espiritual ese ojo es nuestra facultad de discernimiento para ver las cosas como Dios las ve. El ojo izquierdo nos significaría aquella línea de visión inferior que es el punto de vista humano o natural.

¡Qué tragedia cuando nuestra visión espiritual se encuentra deteriorada! Se cuenta del almirante Nelson de la armada británica, que puso el telescopio a su ojo ciego sin ninguna consecuencia que lamentar para él, pero el cristiano no puede hacer esto en la oración. Si lo hace, pide mal; la gloria de Dios no será lo que persigue. El creyente de un solo ojo considera las cosas como el hombre natural y resuelve sus asuntos con criterios humanos. Al fin y al cabo, le resulta para mal en lo espiritual.

El ejemplo de Lot

Lot consideraba solamente la ventaja que parecía haber en lo personal cuando puso la vista hacia Sodoma. Aparentemente le sería un negocio excelente ubicarse allí, pero ¿cuál fue el resultado de no haber escogido su rumbo desde un punto de vista espiritual? Él llegó a afligir su alma justa cada día, viendo y oyendo los hechos inicuos de sus vecinos; 2 Pedro 2.8.

El trajo sobre sí el desprecio y el enojo de los impíos; vio el terrible juicio de Dios sobre su esposa; perdió sus posesiones; terminó la vida en una cueva, víctima del trato contrario a la naturaleza que le dieron sus propias hijas.

¡Cuán bueno es someternos a la dirección y disposición de nuestro Señor! Si no lo hacemos, tarde o temprano tendremos por qué lamentar una pérdida espiritual.

Hay quien nos ayuda

El pueblo de Jabes fue atacado por un poder abrumador, pero encontró ayuda en Saúl. Si el creyente se encuentra víctima del ataque de uno mayor, Satanás, él cuenta con otro quien es infinitamente más poderoso que Saúl. Es Uno que entiende, simpatiza y está siempre listo para librarnos del maligno.

Es el gran sumo sacerdote que está arriba; “En cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados”, Hebreos 2.18. Fue así que Pablo pudo exclamar: “A Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo”, 2 Corintios 2.14.

Nahas tenía por delante un propósito de largo alcance; él quería traer reproche sobre todo el pueblo de Dios. Así es el creyente que pierde su visión espiritual y ve las cosas como las ven los inconversos. El no sólo trae problemas sobre sí, sino da ocasión al enemigo de blasfemar el nombre de Cristo y reprochar a los que se congregan en ese nombre.

Ninguno de nosotros vive para sí. Si un miembro del cuerpo espiritual de Cristo padece, todos los miembros se duelen con él; si uno recibe honra, todos los miembros se gozan con él. Que no seamos ciegos en cuanto a las cosas divinas; que aprendamos más y más a apreciar la facultad de la vista espiritual, estimando todo con miras a la eternidad.

Santiago Saword

El sufrimiento en el Señor siempre tiene motivos específicos

 

Los que viven una religión barata han hecho mucho daño al evangelio


¿Quién quiere sufrir? Millares de personas han abrazado una causa que les ha ocasionado muchos sufrimientos, y miles han perdido la vida por un ideal determinado, a pesar de saber que, aunque llegaran a conquistar la meta de su preocupación, no pasaría de ser un logro temporal y perecedero, y al fin todos terminan desengañados y perplejos. Ahí está el ejemplo del “Che” Guevara; y el mismo Bolívar dejó traslucir algo de esto en su histórica filosofía: “He arado en el mar”.

Pero, ¡cuán diferente es el sufrimiento por Cristo! pues Él mismo nos da el ejemplo. “Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios”. (Hebreos 12:2) Y encontramos que el apóstol Pedro, en su primera epístola, nos muestra cinco formas o motivos específicos del sufrimiento por la causa del Señor, las cuales revisaremos de inmediato.

Sufrir por causa de la conciencia

“Esto merece aprobación, si alguno a causa de la conciencia delante de Dios, sufre molestias padeciendo injustamente”. (1 Pedro 2:18-20)

Este sufrimiento nos proporciona paz. No hay inquietud, pues se ha hecho lo recto delante de un jefe brusco; no hay temor, pues se ha contestado con educación a las palabras torpes, inmorales y ofensivas de un iracundo; ni es miedo cuando se trata de calmar a un guapetón que quiere pegarnos, sino que debemos actuar como dijo el salmista: “Antes he libertado al que sin causa era mi enemigo”. (Salmo 7:4)

Y en esa forma siempre ha resultado que el juicio que se hace el mundano es uno de ganar para perder, pero el juicio que se hace el cristiano es uno de perder para ganar. Muchos creyentes en el principio han sufrido desprecio y maltratos, y han sido considerados como tontos porque a causa de su conciencia no se han defendido, no han reclamado, ni participan en huelgas ni disturbios. Pero ha llegado el momento de su vindicación: José en Egipto, Daniel en Babilonia, Mardoqueo en Susa. Procediendo de esta manera tenemos paz porque nuestra conciencia no nos reprocha mala conducta.

Sufrir por hacer bien

“Mejor es que padezcáis haciendo el bien, si la voluntad de Dios así lo quiere, que haciendo el mal”. (1 Pedro 3:17)

Este sufrimiento nos proporciona gozo, con sólo observar la regla que el Señor puso por delante: “Cómo queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos”. (Lucas 6:31) Hacer bien no es solamente expresar nuestra liberalidad de por una comunión generosa, o por dar una limosna, pues habiendo nosotros recibido vida espiritual, es el deseo del Señor que abundemos en buenas obras (Tito 3:1), aunque como patrimonio de nuestros primeros padres hayamos recibido ese mal de la ingratitud.

Así que muchas veces debemos esperar que nos devuelvan mal por bien, y nuca decir: “En pago de mi amor me han sido adversarios; más yo oraba. Me vuelvan mal por bien, y odio por amor”. (Salmo 109:4,5)

Unos creyentes fueron a un lugar nuevo a predicar el evangelio; iban para hacer todo el bien a su alcance, pero les tiraron piedra, casi para matarlos. Sin embargo, algún tiempo después se supo que un joven había creído en el Señor por la influencia de aquella visita, y ese joven fue el principio para la conversión de otros. Produce mucho gozo hacer bien, y no debemos desanimarnos si somos mal recompensados, porque el bien que se hace para el Señor, Él sabe diferenciarlo. (Malaquías 3:18)

Sufrir por la separación

“Les parece cosa extraña que vosotros no corráis con ellos en el mismo desenfreno de disolución, y os ultrajan”. (1 Pedro 4:3-5)

Este sufrimiento nos proporciona poder. Y digo sin ambages que hay muchas vidas de hermanos en el evangelio que sufren anemia espiritual crónica, y ese mal les ha venido por contagio, ya que nunca han querido llegar a la entera separación; lo que alcanzan a recibir del Señor se diluye por la mezcla con lo que reciben del mundo, y en su vida no hay poder para detener ni para desbordar. Las grandes represas para abastecer de agua a las ciudades tienen sus plantas generadoras para purificar el agua; los grandes filtros van deteniendo las impurezas, y al otro lado un grueso chorro de agua limpia desborda para saciar a una ciudad entera. (Juan 7:38,39)

Si el creyente marca su límite de separación “al tiempo pasado de haber hecho lo que agrada a la carne”, va a sufrir ultrajes de aquéllos con quienes antes corría, pero su fe en el Señor le va a dar poder para resistir y para vencer. (Romanos 8:37)

Sufrir por el nombre de Cristo

“Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados”. (1 Pedro 4:14)

Este sufrimiento nos proporciona bienaventuranza. Es una gran dicha asegurada para el que sufre por el nombre de su Salvador. “Quien cuida la higuera comerá su fruto, y el que mira por los intereses de su señor, tendrá honra”. (Proverbios 27:18) El Señor no escondió a los suyos los sufrimientos que vendrían por su nombre. (mateo 10:16, Juan 16:1) Sus palabras son de fuego: “Si alguno me sirve, sígame, y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará”. (Juan 12:26)

 Sufrir como cristiano

“Si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello”. (1 Pedro 4:16)

 Este sufrimiento nos hace dar fruto. Son las pruebas patentes de un verdadero cambio en el hombre o mujer que ha nacido de nuevo. Los sufrimientos seguidos de los frutos le dan mucho pundonor a una religión que cuesta. Por la evidencia de los hechos, aquel creyente muestra que no lleva una religión de nombre solamente, pues, un cristiano verdadero le da mérito a su confesión que propende el engrandecimiento del nombre del Señor. Los que viven una religión barata han hecho mucho daño al evangelio. La gracia del Señor llenará siempre aquel que procura vivir para su Señor. (Tito 2:11-14)

José Naranjo

Viviendo por encima del promedio (8)

 El general que se humilló así mismo


La Guerra Civil había terminado y los preparativos para un desfile de la gran victoria en Washington estaban en marcha. El General William Tecumseh Sherman estaba a cargo del plan. La ruta del desfile sería a lo largo de la Avenida Pennsylvania y pasaría por la Casa Blanca. El protocolo dictaba que cada general cabalgaría al frente de la división que había comandado.

En la mañana del desfile se presentó un obstáculo. El General Sherman se veía preocupado a medida que se acercaba al General Oliver O. Howard. Las tropas de este General habían ayudado a ganar las victorias en las campañas de Tennessee y Atlanta. Siendo ascendido para comandar el ejército de Tennessee, había tomado parte en la famosa "marcha hacia el mar" de Sherman.

"General Howard, está previsto que usted desfile delante de su división."

"Sí, señor."

"Bueno, me gustaría pedirle un favor."

"A sus órdenes, señor."

"El General _______, quien le precedió en el mando, quiere desfilar a la cabeza de esta división. Sé que usted estuvo al mando durante las últimas campañas. Pero, Howard, sé que usted es cristiano, y que puede permitirse esta desilusión. ¿Cedería el cargo y le permitiría al General _______ que tuviera el honor de guiar las tropas en el desfile?

"El General Howard quedó momentáneamente pasmado. Había anhelado desfilar con las tropas que lo habían servido tan sacrificada y lealmente. Se había desarrollado un gran espíritu de unidad a medida que vivían y peleaban juntos. Aquellos hombres habrían muerto por él o por alguno de ellos. Él mismo había perdido un brazo en el servicio. Ahora se le estaba pidiendo perder el derecho a su lugar de honor para otro oficial que estaba realizando un pedido sin precedentes e injustificado.

Pero el General Howard se recuperó prontamente. Fiel al dictamen militar "Sus deseos son órdenes," se quedó parado ante su comandante en jefe y dijo: "Sí, señor. Debido a que usted lo ha determinado de esa manera y debido a que soy cristiano, lo haré con alegría. El General ______ puede desfilar como cabeza de la división.

Sherman lo miró con alivio y admiración.

Contrariamente al comportamiento humano normal, el General Howard hizo lo que era cristiano. Él había aprendido que la humildad poco común viene por adoptar la mente de Cristo. Tomar el lugar más bajo iba en contra de la naturaleza. Pero Sherman lo honró de una manera que de otro modo nunca habría sucedido.
William Macdonald

EL VARÓN DE DOLORES

 

Ciertamente llevó Él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. (Isaías 53:4)


Jesús no suspiró y lloró por sí mismo, sino por los demás. Él hubiera querido quitar todo dolor de sus corazones, y se habría regocijado grandemente en hacerlo, pero no quisieron; eran ciegos a las ben­diciones recibidas, se complacían en sus pecados y lo rechazaron.

Él lloró por ellos. En medio de los hombres, y a causa de lo cue ellos eran (amantes del pecado, engañados por el diablo, con odio a Dios), Él fue el Varón de dolores. Sin embargo, su enemistad no varió Su amor. ¡Con qué amor los amó! Él los sirvió con incansa­ble misericordia hasta el último día. Sanó a sus enfermos; tocó sus labios con sus manos bondadosas y poderosas; dio vista a sus cie­gos; y libertó a multitudes del poder tiránico de los demonios. Y cue nadie suponga que estos fueron actos de poder ejecutados como cuando creó los mundos. No, Él sintió la miseria y esclavitud de ellos; con un corazón bondadoso, llevó sus cargas; fue afligido en medio de ellos porque eran ellos los que estaban afligidos; virtud salió de Él para sanarlos, y su espíritu se abrumó por el peso cue descargó de ellos. Sintió todas estas cosas sobre su espíritu, porque su santo e inmaculado cuerpo no podía ser alterado o contaminado por la enfermedad—aunque sus enemigos dijeron; “Tiene alguna enfermedad fatal” (Sal. 41:8 NTV).

Cuando vieron su dolor, pensaban que Dios estaba contra Él; cue era azotado y herido de Dios. ¿Por qué era tan pobre si tenía el favor de Dios? ¿Por qué suspiraba y lloraba? Si Dios se complacía en Él, ¿no debería ser popular entre los fariseos y principales sacerdotes? Así razonaban, juzgando las cosas a su manera, logrando apaciguar sus conciencias cuando lo rechazaban.

¿Puede el creyente caído ser restaurado?

 


                ¡Sí! es la respuesta sencilla. La mayoría de nosotros sabe lo fácil que es desviarse del Señor Jesús y deslizarse en los caminos de un mundo sin Dios. Sin embargo, nuestro Dios es tan misericordioso que anhela recibir de nuevo a todos aquellos que se descarriaron de sus caminos. Esta, sin duda, es la enseñanza principal de la parábola del hijo pródigo: el arrepentimiento del que cayó, su regreso y recepción.

                Pero mejor que la restauración es la prevención. Como adolescente yo ocasionalmente suspiraba por unas de esas dramáticas experiencias de conversión que tendían (erróneamente, sospecho) a ser tan ampliamente difundidas. Oportunamente alguien me sugirió sabiamente que era marcadamente mejor construir una defensa sólida en la cima del precipicio que un hospital en el fondo del mismo, y comencé a reconocer el valor del desarrollo cristiano. Lo mismo puede aplicarse a la caída del creyente. Aunque Dios puede restaurar al pródigo arrepentido, y lo hará, esa no es excusa para un comportamiento negligente entre los jóvenes cristianos. Vamos a desear, como Pablo, proseguir por Dios: “Una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13,14).

                ¿Cómo, entonces, puede el joven guardarse de caer? Hemos de aprender que la caída no es nunca un desastre que viene de la noche a la mañana, sino más bien el fruto de un extenso y gradual período de alejamiento. Sus síntomas son muchos y variados, pero la enfermedad es siempre la misma: “has dejado tu primer amor” (Apocalipsis 2:4). Hace poco, un estudiante cristiano me expresaba su inquietud acerca del conflicto entre la creación bíblica y la teoría de la evolución. Sintiendo que esto no era sino una indicación de un malestar más profundo, investigué a fondo hasta descubrir que él había dejado de orar y leer la Palabra. En su caso, el problema creación / evolución puede esperar hasta que él esté en comunión con el Señor de nuevo; de esta manera él estará en la única posición espiritual segura para considerarlo adecuadamente.

                El fracaso de Pedro, como se nos cuenta en Lucas 22, es a la vez un testimonio histórico (¡y cuánto nos ayuda saber que tales hombres también tuvieron sus dificultades!) y un aviso divino para todos nosotros. Veamos siete pasos por los que atravesó Pedro:

1. Confianza en sí mismo (v. 33) 

                “Señor, dispuesto estoy”. ¡Pobre Pedro! Esa admirable afirmación de su perdurable amor por el Maestro, expresada con tanta sinceridad, era el principio de su caída. En el mismo momento en que anteponemos nuestro amor por Cristo a su amor por nosotros, estamos en peligro. ¡Cuidado joven! Al Diablo le encanta dar ánimos a tu confianza y complacencia en ti mismo, produciendo un sentimiento de que estás realmente avanzando espiritualmente. O, por lo menos, ¡que estás mejor que muchos de tus amigos! Juan, por el contrario, se llama a sí mismo, no el discípulo que amaba a Jesús, sino el a quien Jesús amaba (Juan 21:20). El único recurso del creyente es no confiar en la carne (Filipenses 3:3), ni en nuestros hermanos (Salmo 118:8,9), sino en Cristo solamente.

                Obviamente esto es doctrina básica, pero necesita ser cultivada. Somos débiles, pero tenemos un Salvador omnipotente.

2. Ausencia de oración (vv. 45,46) 

                Si puedo arreglármelas yo solo, no necesito orar. Pedro, consecuente a un falso concepto de sí mismo, se durmió cuando ha debido estar orando (Mateo 26:40).

                La oración es la expresión más preciosa y enriquecedora de nuestra relación con Dios, y cuando es restringida, toda nuestra vida espiritual lo sufre. Cuando el Señor Jesús refirió una parábola sobre “la necesidad de orar siempre y no desmayar” (Lucas 18:1), estaba afirmando que, si no oramos siempre, desmayaremos. Contamos con el ejemplo de Daniel, quien, con todas sus responsabilidades en el gobierno, puso aparte tiempo para la oración regular y continuada (Daniel 6:10). Ese hábito no se adquiere de forma repentina, sino es la disciplina arraigada de muchos años. Es hora de que la cultivemos.

3. Impetuosidad (vv. 49 al 51) 

                Intenta imaginar la escena y ambiente en el huerto. Los soldados avanzan para arrestar el Señor; entre los discípulos empieza a cundir el pánico; preguntan si deben oponer resistencia ... ¡y Pedro prende la mecha! La pregunta figura en el versículo 49, la respuesta en el 51 y la reacción errónea de Pedro en el 50; compárese con Juan 18:10.

                Confiado en sí mismo, fuera de contacto con el Señor, Pedro hace lo que no debiera. Aunque esta reacción puede ser comprensible, nos marca la diferencia entre la mente suya y la del Señor. ¡Cuánto daño se causa a las asambleas debido a las iniciativas apresuradas!

4. Distancia (v. 54) 

                Las Escrituras reflejan el alejamiento espiritual de Pedro con una descripción física; él “le seguía de lejos”. Pedro todavía está allí pero no desea que se le asocie con el despreciado nazareno. Todavía la gente desprecia al Salvador, y aquellos que están con Él deben esperar enfrentarse con el desdén del mundo. ¡Ojo abierto! no sea que el miedo o la opinión de otros te hagan volver atrás, a la penumbra.

5. Compañeros indebidos (v. 55) 

                Ahora leemos de un ejemplo grave y a la vez esclarecedor de la enseñanza de Pablo en
2 Corintios 6:14 al 18. Es probablemente la mayor causa de las caídas de los creyentes jóvenes en nuestros días. Si persistimos en juntarnos con el mundo, seremos cambiados a su modo de ser. Lejos de elevar a los inconversos a nuestro nivel, ellos nos arrastrarán insensiblemente abajo al suyo. Le sucedió a Lot (Génesis 19), a Sansón (Jueces 16:4 al 21), a Salomón (1 Reyes 11:1 al 4) ... y a Pedro.

                Así que, seamos positivos, mantengámonos entre amigos sanos. Como los cristianos primitivos, deberíamos estar unidos a una asamblea a la cual pueden referirse cuando hablan de nosotros como “los suyos” (Hechos 4:23). Asiste a todas las reuniones y, si te queda tiempo libre, busca otras actividades con base bíblica en asambleas cercanas. Todos necesitamos decididamente la comunión de los santos.

6. Olvido de la Palabra (vv. 57 al 60) 

                ¿No hubieras pensado que la primera negación (v. 57) le haría a Pedro recordar las palabras del Señor en el versículo 34? Pero no fue así. Solamente cuando el Señor lo miró fue sacudida su memoria torpe (v. 61). Cuando nos deslizamos en el mundo, tendemos a olvidar todos los consejos de la preciosa Palabra de Dios.

                Quizás ha llegado la hora de una comprobación personal o un reconocimiento general de tu vida. ¿Puedes decir como el salmista, “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Salmo 119:11)?

7. Negación absoluta (vv. 57 al 60) 

                Una caída tras otra puede llevar a la larga al abandono de una profesión siquiera superficial de la fe cristiana. Como el Salvador enseñó, es imposible servir a dos señores (Mateo 6:24). La posición de Pedro es el resultado lógico de esa confianza en sí mismo mostrada en el versículo 33. “Aprendemos”, escribe C. H. Mackintosh, “que no podemos confiar en nosotros mismos ni siquiera un momento; porque, si no somos sostenidos por gracia, no hay profundidad de pecado en la que no seamos capaces de caer”.

¿La respuesta? Un voto de no confianza en sí mismo y un acercamiento de todo corazón al Señor, como Bernabé recomienda en Hechos 11:23. ¡Ojalá que el ejemplo de Pedro nos anime a andar humildemente con nuestro Dios! Es evidente que uno no tiene que sufrir una caída.