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viernes, 2 de noviembre de 2018

EL CORDERO DE DIOS (Parte III)

Contempla en Jesús EL CORDERO PROVISTO PARA TAL FIN
Dios cumple siempre lo que promete. Dios cumplió en el Señor Jesús cada promesa, cada profecía, cada símbolo sa­crificatorio de Él anotado en la Biblia. Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo colgado en la histórica cruz del Calvario. Quiere decir, entonces, que Dios mismo proveyó el Cordero, y cumplió en la historia lo que había prometido en las profecías. El apóstol Pablo fue a las naciones con el mensaje de Cristo crucificado. Lo trans­formó en un mensaje vivido. A cierto grupo que escuchaba su predicación le habló de esta manera, "...ante cuyos ojos Jesucristo fue ya descripto [presentado] como crucificado entre vosotros” (Gálatas 3:1). La palabra descripto que aparece en la fra­se, en el original griego dice gráficamente, es decir, ver algo de un modo objetivo. Pablo no tuvo consigo ninguno de los adminículos modernos que se emplean para presentar dibujos en público; pero trazó un cuadro de Jesucristo crucificado por medio de su palabra, y lo hizo de un modo tan vivido y real que los oyentes pudieron casi verlo. Aquella gente contempló el Cordero de Dios.
Hace mucho tiempo leí una narración que interpreta muy bien lo que Pablo quiso decir con la frase, “...ante cuyos ojos Jesucristo fue ya descripto como crucificado en­tre vosotros”, y es una ilustración de las palabras de Juan el Bautista, “He aquí el Cordero de Dios que quita el pe­cado del mundo”.
Stenberg, artista de Düsseldorf, Alemania, había sido con­tratado para pintar un cuadro de la crucifixión de Cristo. Tenía el cuadro ya casi terminado cuando sintió un gran deseo de salir al campo a respirar el aire primaveral. Tomó la paleta y los      pinceles y se dirigió a la campiña que rodeaba a la ciudad. Buscando un paisaje que lo inspirara, vio, a corta distancia suya, a una niña, con cabello rene­grido, que tejía una canasta. De pronto la niña se dio vuelta y vio al artista. Levantarse y comenzar a danzar de­lante de él fue obra de un segundo de tiempo. El pintor logró verla en determinada pose y le dijo: “¡Quédate quieta!” La niña permaneció inmóvil mientras el artista trazaba rápidamente el bosquejo, diciéndose para su coleto [para si], “La voy a pintar como danzarina española”. La niña re­sultó ser una gitana y convino con ella que iría a su estudio a posar tal cual él la había bosquejado ya, para perfec­cionar el cuadro.
En la primera visita que ella hizo al estudio, sus ojos captaron en seguida el grandioso cuadro de la crucifixión de Cristo, y de inmediato se sintió atraída al lienzo y a la figura central: Cristo en la cruz. Le preguntó a Stenberg quién era y que había hecho. Como el artista no sabía na-da del poder del evangelio, contestó fríamente a la gitana. Le dijo que la figura central representaba a Cristo, que era un hombre bueno, y que no había hecho nada como para que lo mataran. En esa ocasión no le dijo más nada.
Cuando volvió al día siguiente, los ojos de la muchacha volvieron a clavarse en el cuadro al tiempo que pregun­taba al artista, “Si Él fue un hombre bueno, ¿por qué lo trataron de esa manera?” Stenberg, para que se dejara de hacer preguntas, le narró la historia de la crucifixión de Cristo Jesús. Pero fue una narración que carecía de un mensaje evangélico.
En la última visita, el pintor le dijo a la gitana que el cuadro estaba vendido y que ella recibiría su paga y, además, una moneda de oro extra. Echando una mirada lánguida al cuadro de la crucifixión mientras se iba, la mu­chacha le dijo a Stenberg, “Señor, usted debe amar mucho a quien hizo tanto por usted, ¿verdad?” Las palabras de la gitana penetraron como una flecha en el corazón del pintor. No amaba al Señor Jesús, y lo sabía, pero, por me­dio del cuadro que había pintado quedó convicto de tu necesidad de salvación. Supo de un predicador que estaba evangelizando en las cercanías de la ciudad, y fue a escu­charlo. Por primera vez en la vida Stenberg oyó el verdadero mensaje de salvación por medio de Cristo crucificado, y lo aceptó como su Salvador.
Al regresar al estudio se preguntaba, “¿Qué puedo hacer para predicar a Cristo?... Pero yo no sé predicar... ¡Ya se lo que haré!... ¡Pintaré el Evangelio del amor de Dios! El cuadro que acabo de pintar no tiene amor. Voy a pin­tar otro cuadro de la crucifixión de Cristo; pero esta vez le daré vida expresándole amor y compasión”. Así lo hizo, y lo ofreció al museo de arte como un regalo. Después solía visitar el museo, se colocaba detrás del cuadro y oraba para que el Señor bendijera su sermón pintado.
Una tarde, momentos antes de que se cerrara el museo, vio que una niña se había quedado parada delante del cuadro. Fue hacia ella y reconoció que era la gitana de su cuadro. Estaba llorando. Inmediatamente el pintor la llamó por su nombre. “Pepita, ¿qué te pasa?” Ella le dijo que deseaba que Cristo la amara, así como Él había amado al artista: pero que ella era una pobre muchacha gitana. Entonces Stenberg le contó la historia verdadera del Evan­gelio. Le explicó que el Señor Jesús había muerto también por ella en la cruz del Calvario. Pepita miró al Cordero de Dios, creyó y fue salva también.
Muchos años después que Stenberg y Pepita habían ya traspuesto los umbrales de la eternidad, un joven noble franqueó las puertas del museo de Dusseldorf, y muy pronto se encontró parado ante el cuadro de la crucifixión del Cordero de Dios pintado por Stenberg. Se sintió cap­tado por el lienzo. De pronto se fijó en la leyenda clavada en el marco del cuadro. “Todo esto yo he hecho por ti. ¿Qué has hecho tú por Mí?” El joven salió del museo hecho un hombre nuevo. ¿Quién era? Nada menos que el Conde Zinzerdorf, el que llegó a ser el fundador de tan­tas misiones moravas.
Dice Juan “Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios”. Tales palabras fueron diri­gidas a dos hombres. ¿Miraron? Si. “Y oyéronle los dos discípulos hablar, y siguieron a Jesús” (Juan 1:37). Estos dos discípulos eran Juan y Andrés, quienes llegaron a ser discípulos de Cristo y se contaron entre los más útiles de la era apostólica. Andrés se constituyó en el gran ganador de almas del grupo apostólico, y Juan llegó a ser el dis­cípulo a quien Jesús amó. Este gran cambio se produjo en el corazón y en la vida de ellos porque miraron al Cordero de Dios.
Mi amigo lector que todavía no eres salvo: Tú también puedes mirar, si quieres, al Cordero de Dios, al Señor Je­sucristo, crucificado por ti, y con esa mirada ser salvo y poseer actualmente la vida eterna, y pasar la eternidad con el Señor Jesús.

Jesús será EL CORDERO PERPETUAMENTE
No puedo terminar este sermón sin dirigir una palabra a los que ya están salvos, a los cuales la Palabra de Dios lla­ma santos, “los que hicieron conmigo (Dios) un pacto con sacrificio” (Salmo 50:5). Para vosotros, mis estimados amigos, Jesús será EL CORDERO PERPETUAMENTE. El último libro de la Biblia llama a Jesús "el Cordero” 28 veces. Pero mencionaré solamente donde aparece como el CORDERO PERPETUO: “Y miré, y he aquí en medio del trono y de los cuatro animales, y en medio de los an­cianos, estaba un Cordero como inmolado” (Apoc. 5:6). Allí se le ve “en medio del trono” y “en medio de los ancianos” con las marcas de la crucifixión sobre El. Son las que tenía en el cuerpo de la resurrección (Juan 20:27), y las tiene en Su cuerpo glorificado.
Una vez le oí decir al Dr. Juan R. Rice, el bien cono­cido evangelista, mientras predica en Seattle, que, en el cielo, cuando los redimidos tengan el cuerpo glorifi­cado, libre de las cicatrices contraídas en el servicio cris­tiano en la tierra, habrá Un Cuerpo que para siempre jamás mostrará las cicatrices contraídas en el servicio de Dios, contraídas al ofrecer la expiación, y que ese cuerpo será el del Señor Jesucristo. El Dr. Rice tiene razón en lo que afirma, porque el pasaje de Apocalipsis 5:6 muestra al Cor­dero, al Señor Jesús, como si hubiera sido sacrificado y con las, marcas de la crucifixión sobre El.
Cuando, contemplemos al Señor Jesús a través de las edades de los siglos sin fin, jamás podremos olvidar que estamos allí gracias a Él, porque con sus sufrimientos en la cruz hizo posible nuestra redención. Las manos, los pies y el costado herido harán que para siempre le amemos y le adoremos.
      El Señor Jesús, como EL CORDERO PERPETUO, pas­toreará a quienes “han lavado sus ropas, y las han blan­queado en la sangre del Cordero” (Apoc. 7:14), porque se nos dice que “el Cordero que está en medio del trono los pastoreará” (Apoc. 7:17). Finalmente, el libro de Apoca­lipsis nos dice que el Señor Jesús, como “el Cordero”, rei­nará, con Dios el Padre, a través de todos los siglos de la eternidad. “El trono de Dios y del Cordero estará en ella” (Apoc. 22:3).

lunes, 1 de octubre de 2018

EL CORDERO DE DIOS (Parte II)


Contempla en Jesús al CORDERO DE LA PROPI­CIACION, al CORDERO DE LA EXPIACION.
Fue Juan el Bautista también que dijo, “He aquí el Cor­dero de Dios que quita el pecado del mundo’’ (Juan 1:29). Esta afirmación nos transporta al día eclesiástico más im­portante del calendario              del pueblo hebreo: el día de la expiación. Ese día los israelitas presenciaban una de las escenas más inolvidables. Nadie que la viera podía olvidar­la El pueblo tenía que llevar dos machos cabríos al sumo sacerdote. Uno de ellos era muerto y su sangre llevada al lugar santísimo del Tabernáculo. Esta parte de la ceremo­nia representaba a Cristo, quien “por su propia sangre, entró una sola vez en el santuario, habiendo obtenido eterna salvación” (Hebreos 9:12).
Pero con el otro macho cabrío se hacía algo maravilloso y pintoresco. Este otro animal era llamado “el macho emi­sario”. La palabra hebrea es “Azazel” que significa “remo­ción”. Ante los ojos del pueblo congregado, el sumo sacer­dote colocaba “las dos manos sobre la cabeza                             del macho cabrío vivo” y confesaba sobre él “todas las iniquidades de los hijos de Israel y todas las transgresiones de sus pecados, colocándolas sobre la cabeza del macho cabrío” (Levítico 16:21). Después una persona elegida al efecto lo llevaba con la mano al desierto (Levítico 16:21), y ese macho cabrío iba al desierto llevando sobre él los peca­dos del pueblo, “a tierra inhabitada” (Levítico 16:22), de modo que el pueblo no veía más sus pecados.
Este es el cuadro exacto que Juan el Bautista tenía en mente cuando dijo de Jesús, “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Nuestro Señor hizo por nosotros lo que figuradamente hacía el macho cabrío para los israelitas el día de la expiación. Cuando cada israelita veía a Aarón colocar las manos sobre la cabeza del macho cabrío y oía confesar los pecados del pueblo, poniéndolos sobre la cabeza del animal, podía decir, “Ahí están mis pecados. Todas mis transgresiones están so­bre la cabeza del macho cabrío”. Y Dios aceptaba esa fe en el símbolo del mismo modo que acepta nuestra fe en la realidad, su Hijo, Cristo, el Cordero de Dios.
Es a esta remoción típica de los pecados del pueblo hebreo a que se refieren las palabras, “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones” (Salmo 103:12).
Mi estimado lector que aún no te encuentras salvo: Dios ha hecho todo lo necesario para que tú recibas el perdón de todos tus pecados y de todas tus transgresiones. El Señor Jesucristo, el amado Hijo de Dios, es el Cordero de Dios que llevó tus pecados sobre la cruz del Calvario. “Cristo fue ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos”, y estos incluyen los tuyos, estimado lector.

7. Contempla en Jesús AL CORDERO DE LA PROFECIA
Cuando Juan el Bautista dijo de Jesús, “He aquí el Cordero de Dios”, tenía su vista puesta en la profecía de Isaías. Bajo la inspiración del Espíritu Santo este profeta dijo, “Como cordero fue llevado al matadero” (Isaías 53:7). El capítulo 53 de Isaías contiene la profecía principal de la Biblia relacionada con la obra substitutoria que Cristo efectuó en la cruz del Calvario. Todo el capítulo habla del Señor Jesús. El gran predicador José Parker, de Londres, refiriéndose a este capítulo, dijo, “Con excepción de un sólo Nombre conocido en la historia, no hay nadie a quien se le pueda aplicar cada versículo y cada línea y cada par­tícula” (Peoples’ Bible, Isaías 53). La Biblia misma es el mejor comentario y ella dice claramente que este capítulo de Isaías se refiere a Jesús.
En el capítulo 8 del libro de Los Hechos de los Após­toles aparece el relato del alto empleado del gobierno de Etiopía que leía precisamente este trozo de la profecía de Isaías. Leyó y leyó hasta que se encontró con cierta persona que se menciona en el pasaje, y quedó intrigado por saber de quién habla el profeta. El Señor envió al evangelista Felipe para que le explicara el trozo en cuestión, y, de inmediato le expuso el contenido del capítulo y le dijo al alto funcionario gubernamental que bastaba agregar un nombre al pasaje para saber de quién escribió el profeta. ‘‘Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta escritura, le anunció el evangelio de Jesús” (Hechos 8:35). Felipe tomó ese capítulo y predicó un sermón com­pleto y evangélico al tesorero de la reina de Candace. Le explicó cómo Jesús es el Cordero de Dios y cómo murió en la cruz en la ciudad de Jerusalén, y no cabe la menor duda que se refirió una y otra vez a Él mientras leyó en el capítulo 53 de Isaías, “El herido fue por nuestras rebelio­nes, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre El, y por sus llagas fuimos nosotros curados”. También es indudable que le dijo que, a pesar de que todos nos hemos extraviado e ido cada cual, por su propio camino, el Señor colocó sobre Jesús “las iniquidades de todos nosotros”.
Enrique Moorhouse, que fuera amigo de Dwight L. Moody, consiguió que una muchacha norteamericana leyera el pasaje de Isaías 53:5 de esta manera: “Él fue herido por mis rebeliones, molido por mis pecados; el castigo de mi paz sobre Él, y por su llaga fui yo curada”. Y allí mismo y en ese momento fue salva. Moorhouse tuvo oportunidad de verla varias veces después y pudo constatar que su con­versión era genuina; después se unió en matrimonio con un joven cristiano y desarrolló una vida de servicio cristiano.
      Lector: ¿No quieres también tú leer el pasaje de Isaías del mismo modo y hacerlo tuyo, personalmente tuyo? Jesús es “el Cordero” de Isaías 53, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

miércoles, 1 de agosto de 2018

EL CORDERO DE DIOS (Parte I)

Contempla en Jesús AL CORDERO PASCUAL
Está fuera de toda duda que cuando Juan el Bautista dijo de Jesús, “He aquí el Cordero de Dios”, vio en Él el Cordero de Dios, tan bien conocido a todo judío piadoso. La Pascua es el suceso más importante relatado en los cuarenta capítulos del libro del Éxodo. Es un acontecimiento tan grande que se dio orden de que habría de ser conmemorado para siempre (Éxodo 12:14, 17). Es tan importante que para relatarlo tiene una sección separada en el libro de Éxodo. Es el acontecimiento que dio origen a la nueva vida y al año nuevo de la nación.
¿Qué fue la Pascua?           Fue el método       y el modo que empleó Dios para redimir a un pueblo esclavizado, prefigura del método y el modo que   Él emplea para redimirte a ti, estimado lector. Había que     elegir un cordero y separarlo durante cuatro días antes de sacrificarlo. La gente podía mirar ese cordero durante cuatro días sabiendo que al décimo cuarto día sería sacrificado a favor de ellos. Este es el cuadro y figura de nuestro Señor Jesucristo. Él fue apartado y elegido por Dios cuatro mil años antes que se encarnara por nosotros (Génesis 3:15). Los profetas hablaron de Él y lo presentaron durante todo ese tiempo, desde los días del Edén hasta los del último de los mensajeros del Antiguo Testamento; y entonces vino.
Llegado el momento, el cordero pascual era sacrificado, y la sangre era rociada “en los dos postes y en el dintel de las casas” (Éxodo 12:7). Además, estaba la sangre que se colocaba “al lado de la puerta”, que es lo que dice la versión griega de Éxodo 12:22, de modo que la gente tenía que entrar a la vivienda atravesando y pasando por encima de la sangre del cordero pascual. Sólo así podía sentirse segura. Las palabras de Dios para ellos eran: “Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre, y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad, cuando heriré la tierra de Egipto.” (Éxodo 12:13).
Lector: Este es el mensaje que Dios mismo envía para ti. Tú puedes ser salvo y resguardado de la ira de Dios, ahora mismo y para siempre, si es que quieres ampararte bajo la sangre del Señor Jesucristo. Toda esta historia de la redención por medio de la sangre es el método y el medio que Dios emplea para enseñar al mundo cómo puede sal­varse. Dios, hablando de la muerte de Jesús en la cruz, lo hace en una forma altamente significativa y dice que, “porque nuestra pascua, que es Cristo, fue sacrificada por nosotros” (1 Corintios 5:7). Esta frase recuerda aquel episodio inolvidable de la noche pascual y la forma cómo Dios sacó a su pueblo de la esclavitud para conducirlo a una vida de libertad. No hubo otro medio que el de la sangre del cordero inocente sacrificado. Y no hay otro medio para ti, lector, para escapar de la esclavitud del pecado: sino por la sangre del Cordero de Dios, el Señor Jesucristo mismo.
Y ahora te pregunto estimado lector: ¿Estás a salvo? ¿Estás seguro? Porque no hay otro lugar salvo y seguro, en esta vida y en el más allá, que DEBAJO DE LA SANGRE de Jesús, tu Cordero Pascual.
Cuando Sir Walter Raleigh, famoso explorador inglés, tuvo que enfrentar, la muerte en el cadalso sabía el valor que tiene la sangre protectora de Cristo, y pudo escribir el poema que llamó Mi Peregrinaje, en el cual dice,
La sangre será el bálsamo de mi cuerpo,
Ningún otro bálsamo tendrá,
Mientras el alma, cual tranquilo peregrino
A 'las mansiones celestiales subirá.

Cuando el verdugo le indicó que colocara la cabeza en cierta forma, Sir Walter Raleigh le contestó: “No importa la postura en que esté colocada la cabeza, con tal que el corazón esté bien'’.
Hace ya muchos años que un evangelista predicaba en Inglaterra a las multitudes que acudían para escucharle. Después de una de las reuniones un anciano le pidió que lo visitara en su hogar para explicarle el camino de salvación. El evangelista así lo hizo y le narró la historia y el significado del cordero pascual, y cómo el pueblo roció con sangre los dinteles de las casas como señal de su fe en la salvación del juicio y de la ira de Dios.
Pocas noches después el evangelista observó que el anciano se encontraba en la pieza donde se congregaban las personas que querían aceptar a Cristo como su Salvador personal. El evangelista fue hablando y aconsejando de persona a persona y, cuando llegó cerca de donde estaba ubicado el anciano, éste lo llamó a su lado e inclinando la cabeza le dijo al oído, “La sangre está en el dintel y los postes de la puerta, y yo estoy salvo”. Había aplicado a su corazón la sangre de Cristo y encontrado salvación.
Mi amigo lector: Cristo ha muerto como tu Cordero Pascual. ¿No quieres creer que tú puedes encontrar salvación y seguridad en Su sangre? ¿No quieres resguardar tu alma y tu vida debajo de Su sangre?
Contempla en Jesús AL CORDERO DEL PERDON
Es bien seguro que cuando Juan el Bautista dijo de Jesús, “He aquí el Cordero de Dios”, sabía del cordero que era ofrecido cada mañana y del cordero que era ofrecido cada tarde de acuerdo con el ritual hebreo del culto. Los hebreos los conocían por el nombre de sacrificios de la ma­ñana y de la tarde. Mateo Henry dice que se ofrecían “por los pecados diarios del pueblo”. Los intérpretes judíos afirman que esos corderos eran ofrecidos por las ofensas y transgresiones de la noche y por las ofensas y transgresiones del día, y agregan, “Quien tiene perdón puede mirar a su juez en la cara”.
Lector: Esos dos corderos señalan a Jesús, el Cordero de Dios quien, en el cumplimiento de los tiempos vino a este mundo y tomó el lugar de esos dos corderos. Fue clavado en la cruz por la mañana y a la hora del sacrificio de la tarde, entregó el espíritu a Dios. Al hacerlo, abrió el camino para que tus pecados pudiesen ser perdonados. Dios pudo tener tratos con su pueblo hebreo por medio de los corderos de la mañana y de la tarde, y la muerte de Cristo, quien fue colgado en la cruz por la mañana y mu­rió por la tarde sacrificatoriamente, hizo posible que el Dios santo pueda tratar con toda la humanidad. Este es el sig­nificado de las palabras un tanto enigmáticas de 1 Timo­teo 4:10, “...porque esperamos en el Dios Viviente, el cual es Salvador de todos... los que creen”.
La expiación estaba en el corazón de Dios desde toda eternidad; la expiación que fue anticipada en el jardín del Edén, y en todos los sacrificios hebreos, hace que sea posible que Dios, en su misericordia, trate con una raza de pecadores. Quiere decir lo que ya hace muchos siglos ex­presó Agustín: que la salvación provista por Cristo en la cruz es suficiente para todos los seres humanos, pero que es eficiente solamente para aquellos que creen.
Lector: La muerte de Cristo en la cruz, del Cordero de Dios, es suficiente para perdonar todos tus pecados. ¿Por qué no la conviertes en eficiente creyendo en El y confiando en El ahora mismo?

lunes, 6 de noviembre de 2017

El Cordero de Dios

"Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios”. Juan 1:36.
Estas palabras fueron pronunciadas por Juan el Bautista. Ninguna otra persona viviente en aquel momento conocía mejor que él la honda significación que tienen. El padre y la madre de él se contaron entre los estudiosos más destaca­dos de las Escrituras de su tiempo. “Y eran ambos justos delante de Dios, andando sin reprensión en todos los man­damientos y estatutos del Señor” (Lucas 1:6).
Juan el Bautista era sacerdote, y había que serlo para comprender cabalmente el significado de la frase “el Cordero de Dios”. Además, es probable que Juan el Bautista fuera la persona más preparada del mundo de aquel entonces. Desde la niñez conoció las Escrituras, tal como se las enseñaron el padre y la madre. Es indudable que dominó bien el libro de Levítico y las leyes de las ofrendas. Además, se nos dice que estaba “lleno del Espíritu Santo, aun desde el seno de su madre” (Lucas 1:15), y que fue enseñado por Dios en el desierto “hasta el día que se mostró a Israel” (Lucas 1:80). Decir que Jesús es “el Cordero de Dios”, es afirmar que Jesús cumplió todas las enseñanzas relacionadas con el Cordero, como figura y profecía que se encuentran en la Biblia. El tema de nuestro sermón es, pues, “Jesús, el Cordero de Dios”.

El Cordero PREDESTINADO
Mucho tiempo antes que el Señor Jesucristo se encarnara y viviera en este mundo, estuvo designado como el Cor­dero de Dios. Fue predestinado a ser el Cordero de Dios antes de la creación de los cielos y de la tierra. Desde la eternidad la redención del ser humano estuvo en el corazón de Dios. Dios decidió lo concerniente a la redención del hombre antes de crearlo. Mi amigo lector: Dios colocó los fundamentos de tu nacimiento espiritual antes que nacie­ras. Esta es la enseñanza de la Biblia, porque el apóstol Pe­dro escribe, “Habéis sido rescatados... con la sangre pre­ciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin con­taminación, ya ordenado de antes de la fundación del mun­do” (la Pedro 1:18-20).
Que el Señor Jesús fuera el Cordero de Dios no es un pensamiento que se le ocurrió después a Dios: Él es el Cor­dero Predestinado. Tal es lo que escribe el apóstol Pablo a los creyentes en Cristo Jesús: “...según nos escogió en él antes de la fundación del mundo... habiéndonos predesti­nado para ser adoptados hijos por Jesucristo, a sí mismo” (Efesios 1:4, 5).
Reconocemos que esta es una afirmación de tremendo sig­nificado, pero es la verdad bíblica de que el Señor Jesu­cristo es el Cordero de Dios desde toda eternidad; que Dios previo la necesidad de la expiación; que Dios planeó todo el plan de la redención humana antes de que creara el hombre sobre la tierra. Y, mi estimado lector, ¡todo esto lo planeó para ti!

Jesús es el Cordero DEL PARAISO
A Jesús se lo llama “el Cordero, el cual fue muerto desde el principio del mundo” (Apoc. 13:8). Esta afirmación con­templa una escena que tuvo lugar en el paraíso. Después que Adam y Eva hubieron pecado en el jardín del Edén, el Señor Dios se acercó para conversar con ellos. Yo creo que la persona que descubrió era nada menos que Jehová-Jesús.
El pecado de Adam y Eva laceró e hirió el corazón de Dios, y fue entonces que el Señor se constituyó en “el Cordero muerto desde el principio del mundo”.
Lo que aconteció después no es nada más que la expre­sión externa de lo que ya había tenido lugar en el corazón de Dios. El Señor dijo a Adam y Eva que la Simiente de la mujer sería herida por la serpiente, palabras que constituyen la primera promesa del Evangelio, y que indica la futura crucifixión de Cristo en el Calvario. Es muy posible que en ese momento el Señor tomara dos corderos, uno para cada uno de los transgresores, los matara e hiciera “tú­nicas de pieles, y vistióles” (Génesis 3:21).
“De modo que lo primero que murió fue un sacrificio que tipificaba a Cristo, de quien se dice que es el Cordero muerto desde la fundación del mundo” (Mateo Henry).
Es indudable que Adam y Eva fueron informados del mo­do cómo debían acercarse a Dios. Abel trajo a Dios “las primicias de su ganado” porque su padre le había enseña­do así, y porque desde entonces expresó su fe en "el Cor­dero muerto desde el principio del mundo”. En el jardín del Edén quedaron establecidas las bases del modo cómo Dios trataría a la raza de pecadores. Desde entonces todos los sacrificios miraron hacia atrás, indicando al que Jehová- Jesús ofreciera en el jardín del Edén al constituirse en “el Cordero muerto desde el principio del mundo”, y miraron hacia adelante indicando el sacrificio que Cristo haría en la cruz del Calvario. Esto fue lo que Abel creyó y por lo cual Dios lo aceptó.
Lector: Tú también puedes y debes creerlo si es que quie­res que Dios te acepte, y sin dudas de ninguna clase decla­ramos que Jesús es el Cordero del Paraíso, “el Cordero que fue muerto desde la fundación del mundo”.

Jesús es EL CORDERO DE LA PROMESA
“Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: “He aquí el Cordero de Dios”. Esta declaración está vinculada con una de las escenas más notables de la historia de la reden­ción. Abraham e Isaac su hijo, subían por la ladera del Monte Moria. Isaac llevaba la carga de la leña sobre los hombros, y Abraham llevaba el fuego y el cuchillo. Los dos iban a adorar (Génesis 22:5). De pronto Isaac se da cuenta de que algo falta y pregunta al padre: “¿Dónde está el cor­dero para el holocausto?’’, a lo que Abraham le contesta, Dios mismo proveerá el (en hebreo) cordero para el holo­causto (Génesis 22:8).
La respuesta de Abraham comprende una de las verdades más profundas del plan de la redención. Literalmente debe ser leída así: “Dios se proveerá El mismo el cordero para el holocausto”. El cordero a proveerse tenía que satisfacer a Dios mismo; tenía que ser aceptable a Dios; tenía que ser aprobado por Dios. Dios tenía que resolver un problema relacionado con el plan de salvación de la raza de pecado­res, porque no solo planeó ser “el justificador” de los cre­yentes en Jesús sino que también planeó ser “justo” al des­arrollar el plan de salvación. Solamente podía El mismo ser justificador y justo a la vez en Jesús como el Cordero de Dios. Por eso en Génesis 22:8 se dice que “Dios mismo se proveerá el cordero para el holocausto”. Había algo en Dios que tenía que ser satisfecho, y solamente el Señor Jesús po­día hacerlo y lo satisfizo. ¡Demos gloria a Dios por ello!
Pero hay algo más en la lectura del pasaje de Génesis 22 que tiene un gran significado en el plan de la redención. Expresado con claridad es como sigue: "Dios se proveerá Él mismo el cordero para el holocausto”. Si alguien lee mal el versículo constatará lo que quiero decir: “Dios mismo proveerá el cordero para el holocausto”. Naturalmente esto no es lo que dice el texto, pero si alguien lo lee mal le quita toda la fuerza y significado que tiene en las Escrituras, porque en realidad Dios mismo proveyó el Cordero que fue ofrecido en la expiación. Las Sagradas Escrituras dicen que “Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a si” (2 Corintios 5:19), y de ese modo Dios se proveyó a sí mismo el cordero para el holocausto.

Fue en esta escena sobre el Monte Moria que Abraham vio a Jesús como el Cordero de la Promesa después de pro­nunciar las palabras “Dios se proveerá El mismo el Cordero para el holocausto” y después que el cordero hubo sido provisto. Abraham dio a ese lugar el nombre de “Jehová-jíreh” (Génesis 22:14), y cuando Moisés escribió la histo­ria todavía decían, “El será visto en el monte del Señor”. Tipificó a Jesús crucificado como el Cordero de Dios sobre el monte Calvario, y a esta escena es a la que se refiere nuestro Señor cuando dijo, “Abraham se gozó por ver mi día; y lo vio, y se gozó” (Juan 8:56). Tal promesa fue lo que sustentó la esperanza de todos los creyentes anteriores a la encarnación de Cristo.