domingo, 21 de febrero de 2021

EL CENTURIÓN DE CAPERNAUM

 


1)   Sus virtudes y su fe: Lucas 7:1-8.

2)   La ayuda del Señor: v. 9-11.

Explicación y enseñanza: El tema principal de la historia: la fe del centurión.

1)   El centurión (jefe de 100 hombres) era un dis­tinguido pagano que, como Cornelio, temía a Dios (Hechos 10:2). Amaba a sus siervos. A menudo, los esclavos eran tratados cruelmente, no tenían derechos y eran propiedad de su amo. En cambio, ¡cuán amable fue este centurión que intercedió a favor de su siervo enfermo! Tenía compasión y humildad. Envió a unos ancianos de los judíos, luego a sus amigos y, final­mente, él mismo se hizo presente (compárese con Mateo 8:5). El centurión amaba también a los israeli­tas, pese a su inferior condición; los amaba como pue­blo de Dios y les edificó una sinagoga. Los judíos respondieron a ese amor, aunque, por costumbre, odia­ban a los romanos. Es un hermoso testimonio de la generosidad del romano.

2)    El centurión tenía muchas virtudes, pero el siervo fue sanado sólo a causa de su fe y él mismo segu­ramente fue salvo (léase Marcos 11:24). ¡Cuán grande debió de ser su fe para que el Señor se maravillase de ella! El centurión no era un rabí ni un fariseo o escriba que esperaba al Mesías; era un pagano, pero humilde, y se inclinó ante Jesús, le honró y reconoció su grandeza y su poder. Dijo: "No soy digno de que entres bajo mi techo... di la palabra, y mi siervo será sano" (léase Salmo 107:20-22). Mediante la fe, el centurión fue hecho partícipe de las bendiciones del Hijo de Dios, mientras que Israel, que se vanagloriaba de su descen­dencia de Abraham, se excluía de las bendiciones en la tierra y en el cielo a causa de su incredulidad.

En todo tiempo, el camino hacia Dios permanece abierto a la fe (léase Juan 3:36; 10:16; Romanos 11:17-21).

E. Dónges y O. Kunze

Creced, 1997

RECEPCIÓN DE UNA VIDA NUEVA

 


¿Has visto alguna vez a una hormiga apresurándose a llevar un huevo a algún lugar seguro? […] La hormiga reina [es la] pone el huevo […] Después de unos cuantos días, el huevo se transforma en larva. Una larva es una cria­tura de forma de gusano, ciega y sin patas. No puede hacer nada por sí misma. Las hormigas obreras la alimentan y cuidan de ella para que crezca.  […] La larva se torna en pupa. La pupa se transforma en hormiga. Una hormiga puede ver, oler, gustar, tocar y dar mensajes a otras. Tiene papilas gustati­vas en la boca. Tiene antenas en la cabeza para oler y tocar. Sus mandíbulas son fuertes como tenazas. Estas poderosas mandíbulas pueden sostener y transportar muchos objetos diferentes.

 

Una persona ciega

Hay miles de personas en el mundo que son ciegas. Algunas nacen ciegas, y otras se vuelven ciegas por accidente o enferme­dad. Una persona que sufre de ceguera total no puede ni siquiera distinguir entre la luz y las tinieblas.

        La ceguera se produce por diferentes causas [… Pero] hay una peor ceguera que la de ser físicamente ciego. Dios nos dice en su Palabra que la raza humana está en tinieblas espirituales. Sin embargo, no fue siempre así. Dios creó el mundo, y lo hizo todo bien, Génesis 1:31, pero el hombre pronto desobedeció y cayó en pecado, Génesis 3. Perdió la entrañable comunión que había go­zado con Dios. Desde entonces, todos los que nacen en este mundo son pecadores delante de Dios, Romanos 3:23. Todos están en tinieblas espirituales, lo mismo que la ciega larva, que no puede ver, gustar ni recibir mensajes.

¿Puede el hombre ser sanado de esta ceguera espiritual? ¡Sí que puede! Entonces, ¿por qué hay tantos ciegos? Quizá se deba a que no saben que Dios ha dispuesto un camino para llevarlos a la luz. El Hijo de Dios, el Señor Jesucristo, es la Luz del Mundo, Juan 8:12. Él no tenía pecado en sí mismo, 1 Pedro 2:22, por lo que pudo morir por los pecados de otros, 1 Pedro 2:24; Romanos 5:8. Dios quiere que cada persona deje las tinieblas del pecado y llegue a la luz que m; encuentra en Cristo, 2 Corintios 4:6; 1 Pedro 2:9b. Nadie puede presentar la excusa de que no puede pagar el precio para conseguir la luz espiritual. Es una dádiva gratuita de Dios, Romanos 6:23. Dios ha prometido tomar a la persona espiritualmente ciega y transformarla en una persona que pueda ver verdades espirituales. Esta nueva persona es una maravillosa creación de Dios, 2 Corin­tios 5:17. Es una persona cambiada que puede emplear sus dones de muchas maneras…

 

Una nueva criatura

Una hormiga recién nacida […] nos puede enseñar algunas de las maravillas que pueden acontecer cuando una persona llega a ser un creyente renacido. La inerme y ciega larva no puede hacer nada por los de­más, pero la nueva criatura, la hormiga, puede hacer muchas cosas.

La nueva criatura puede ver. […] Verá nuevas verdades espirituales en la Palabra de Dios por cuanto sus ojos han sido abiertos. Cosas que no tenían significado antes, 1 Corintios 2:14, le llegarán a ser muy queridas...

La nueva criatura puede dar y recibir mensajes. […] tenemos el privilegio de escuchar a Dios hablándonos a tra­vés de su Palabra. Dios nos ha dado la oportunidad de hablarle directamente a Él en oración, 1 Juan 5:14; Filipenses 4:6. Dios nos habla a nosotros, y nosotros podemos dirigimos a Él

La nueva criatura puede trabajar. Una persona recibe «luz» y «vida» de parte de Dios y luego puede comenzar a hacer buenas obras para Él. Efesios 2:10; 5:8,9. La criatura recién nacida es débil al principio, pero pronto se vuelve activa y enérgica en el trabajo…

Tomado del capitulo 1, del libro “Las asombrosas hormigas” de Adela de Letkeman

“NO SABÍA MOISÉS”; “NO SABÍA SANSÓN”

 

No sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía, después que hubo hablado con Dios, Éxodo 34.29. Él [Sansón] no sabía que Jehová ya se había apartado de él, Jueces 16.20.


            La Biblia está llena de comparaciones y contrastes por los cuales podemos aprender muchas lecciones importantes. Así es el caso con Moisés y Sansón. Los dos fueron escogidos por Dios antes de nacer para llevar a cabo una obra especial. Eran hijos de padres piadosos que los criaron fielmente en el temor de Dios.

            Cada cual fue divinamente aparejado. Moisés recibió su preparación durante cuarenta años que pasó como pastor de las ovejas de su suegro en el desierto y por la visión que recibió allí. Sansón por su parte recibió la bendición de Dios para principiar su obra y con ella el poder sin límite del Espíritu Santo. Moisés fue escogido para liberar al pueblo de Israel de la servidumbre de Egipto, mientras que la misión de Sansón era la de libertar al pueblo de Israel del dominio de los filisteos.

            Pero, Moisés fue inspirado por un celo santo por la gloria de Dios y en contraste Sansón permitió que la carne se apoderara de él. Moisés subió de Egipto y todo el pueblo de Dios le siguió, Éxodo 13.18. Sansón en cambio descendió a Timnat, a una hija de los filisteos, y llevó consigo a sus padres, Jueces 14.1. Así es el poder del ejemplo. Cuando tomamos un paso hacia arriba, como Moisés, hay quienes nos siguen, y de la misma manera hay algunos que serán desviados si tomamos un paso falso. Por lo tanto, debemos tener mucho cuidado, reflexionando bien, antes de tomar un paso decisivo.

            La bibliografía breve que encontramos en Hebreos 11.24 al 27 nos revela a Moisés como hombre de convicción y fe, con una inteligencia perfecta en cuanto a los propósitos divinos. Observamos que él nunca volvió atrás una vez escogido. Sansón, siendo nazareo desde el vientre, tenía una gran responsabilidad de llevar una vida santa y separada del mundo, pero él desobedecía la voz de su conciencia hasta que por fin fue puesto a dormir sobre las rodillas de Dalila. Ella le despertó y le avisó tres veces de su peligro, pero se volvió a dormir y la cuarta vez no hubo remedio.

            En Éxodo 34 Dios llamó a Moisés a subir a la cumbre del monte, donde permaneció en la presencia de Dios por cuarenta días y cuarenta noches. Allí gozó de la más íntima comunión con Dios cual ningún otro, y leemos que “nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, a quien haya conocido Jehová cara a cara”, Deuteronomio 34.10. Al descender, él no sabía que la piel de su rostro resplandecía, una vez que Dios le había hablado; separado del mundo, en la figura de Egipto, y en la presencia divina, había adquirido un rostro radiante. Esta es la recta infalible para nosotros, y hace para el creyente lo que los cosméticos nunca pueden hacer.

            En cambio, encontramos a Sansón yendo como si fuera de mal en peor hacia abajo hasta llegar al valle de Sorec, donde es seducido por aquel instrumento de Satanás, Dalila. Al despertarse sobre las rodillas suyas, él no sabe que Dios le ha dejado. La carrera de este hombre era hacia el mundo y el alejamiento de Dios.

            Moisés murió con un rostro radiante; Sansón, cuyo nombre quiere decir “como el sol”, terminó con los ojos sacados y sumergido él en tinieblas. En lugar de ser libertador de Israel, él mismo llegó a ser esclavo de los filisteos; le quitaron sus siete guedejas, marca distintiva de su separación y cosa hermosa en los ojos de Dios, pero causa de oprobio delante del mundo.

El mundo y el pecado quitan del creyente:

 

·         su espiritualidad; la carne le vence

·         su ejercicio; su conciencia se duerme

·         su poder; él contrista al Espíritu Santo

·         su testimonio; no puede glorificar a Dios

·         su visión; anda sin luz

·        su gozo; Satanás, como los filisteos, le atormenta

·        su vida; él llega a ser un náufrago espiritual

           

            Moisés escogió bien y vivió su vida en servicio fiel para Dios y su pueblo. Nos dejó un ejemplo noble: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma semejanza, como por el Espíritu del Señor”, 2 Corintios 3.18.

En cambio, vemos en Sansón un aviso solemne, especialmente para el creyente joven, del peligro de amar este mundo presente. Como Demas, es posible que permitamos a la naturaleza carnal dominar en nuestras vidas, conduciéndonos a la sequedad espiritual y, al fin, al naufragio de la fe.

NUESTRO INCOMPARABLE SEÑOR (2)

 La deidad y humanidad de nuestro Señor

¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo? Mateo 22.41

Darás a luz un hijo. El Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios. Lucas 1.31,35


            El tema es tan grande y el espacio reducido, así que será mejor limitarnos mayormente a lo que está escrito en los Evangelios acerca de la deidad y humanidad de nuestro Señor.

El Mesías

            No podemos comenzar mejor que reflexionando sobre lo que nuestro Señor y Cristo enseñó acerca de su propia persona. El Antiguo Testamento había predicho la venida de uno, el Mesías, la esperanza del mundo, y el pueblo judío aguardaba ansiosamente su llegada. Bien sabían que vendría de la casa de David, por cuanto muchas de sus escrituras ponían a descubierto que este sería su linaje humano.

            Pero nuestro Señor hace saber que esta creencia, siendo correcta, era sólo una parte de la verdad. “¿Qué pensáis del Cristo?” preguntó a los líderes; “¿De quién es hijo?” Su propósito era mostrarles que el Mesías no sería meramente hombre, sino que también Dios. Y esto, estoy seguro, era una idea que jamás había entrado en los pensamientos de aquellos señores.

            Miqueas el profeta había predicho el nacimiento del Señor: “Tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad”, 5.2.

            Claro era, entonces, que aquel que nacería en Belén no iba a comenzar allí su historia. Ciertamente, su llegada a Belén sería sólo una etapa en una secuencia eterna, ya que el Antiguo Testamento manifiesta que sería más que hombre el Mesías al cual los hombres fueron instruidos a esperar. Él uniría en su propia persona verdadera humanidad y verdadera deidad.

Renuevo y raíz

            El capítulo 11 de Isaías habla de un vástago que retoñará de las raíces de Isaí (padre de David), pero más adelante el mismo capítulo habla de la misma persona como la raíz de Isaí (versículos 1 y 10) y antes que cierra la Biblia encontramos el problema presentado una vez más, por cuanto Cristo afirma en el último capítulo del Libro: “Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana”.

            Nuestro Señor afirmaba a menudo su preexistencia, haciendo saber que su historia no comenzó aquí en el tiempo. Todos nos acordamos que en esa oración sacerdotal antes de ir a la cruz, una de sus primeras peticiones fue ésta: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú para contigo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”. Él estaba refiriéndose a que volvería al lugar de gloria al lado de Dios, donde estaba aun antes de la creación.

            La deidad ha sido y es suya, y sin interrupción. Hay muchos que piensan que su descenso al asumir humanidad acarreó la renuncia de su divinidad, pero en ninguna parte toleran las Escrituras semejante idea. Es mucho más acorde con el testimonio bíblico decir que lo que sucedió en la Encarnación fue que nuestro Señor incorporó humanidad en su deidad.

El Eterno

            La deidad no admite cambio. Un hiato, una interrupción, en deidad es inconcebible; durante todo el período de la humanidad del Señor aquí sobre la tierra, siguió siendo verdadero Dios.

            Él se atribuye a sí cualidades y capacidades que son concebibles sólo en relación con Dios. Al parecer humano era un hombre de la clase obrera, un artesano criado en un pequeño pueblo de fama dudosa, pero hablaba de un día cuando todas las naciones de la tierra se presentarán delante de él para ser divididas al estilo que un pastor separa sus ovejas de las cabras. Sólo Dios, únicamente la deidad, podría afirmar legítima y seriamente que juzgará a la humanidad entera, discerniendo los secretos de todo hombre. Para semejante tarea se precisa de la omnisciencia, y la omnisciencia la tiene sólo Dios. Efectivamente, todo juicio ha sido dado al Hijo, Juan 5.22.

            Si hay una cosa clara en el Nuevo Testamento, es que nuestro Señor, estando aquí en humillación, hizo saber que era divino. Así fue que le entendieron aquellos que escucharon sus palabras. En una ocasión algunos de ellos tomaron piedras para lanzárseles porque afirmó ser igual a Dios. Ningún intento hizo para   sus experiencias le tocó todo lo que es típico de la verdadera humanidad. Pecado exceptuado, Él conoció los sucesos típicos de los hombres. La indignación entró en su alma: “... mirándolos alrededor con enojo”, Marcos 3.5. Sabía qué era lamentar una pérdida. Cansancio, sed, hambre: todo esto también. Sabía qué era obtener información por los procesos ordinarios que los hombres emplean para estar al tanto. También examinó una higuera para ver si tendría fruto. Preguntó una vez: “¿Dónde le pusisteis?” Sus experiencias eran las que evidencian una humanidad legítima.

            A la vez, había una diferencia enorme entre la humanidad suya y la de otros hombres, por cuanto la dé él era sin pecado. Sobre ella no había mancha alguna, ni la menor nota infamante.

            El pecado no es propio de la naturaleza humana; es un intruso, y un objetivo de la redención que es en Cristo Jesús es el de echar afuera ese intruso, llevando así a Dios una raza redimida; una raza de la cual ha sido proscrita para siempre toda consecuencia de mal. Por consiguiente, el Señor pudo enfrentar a aquellos que le perseguían paso tras paso, examinando con sentido crítico todas y cada una de las palabras de su boca, y retarles: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?”

Yo sé que me oyes

            Es más: su humanidad no sólo era legítima, real, sino que encerraba una actitud de dependencia, y aquella es la actitud que todo humano debe tener para con Dios. Se nos dice que la palabra adán —hombre— tiene como sentido subyacente la idea de mirar hacia arriba. El hombre fue hecho para recibir todo su bien de Dios y andar en el reconocimiento de que toda bendición le viene de la mano de un Hacedor benéfico. El hombre fue hecho para depender de ese Dios.

            En todo momento nuestro Señor man-tuvo esa actitud. Le escuchamos relatar que las palabras que Él hablaba eran las palabras que el Padre le había dado para que las hablara, y que las obras que Él hacía eran las que el Padre le había dado para que las hiciese. Él esperaba la dirección del Padre, sin tolerar estorbo alguno en su senda. Paso a paso andaba en conformidad con todas las directrices que Dios le dio, y ésta es la actitud acertada que el hombre debería asumir siempre ante su Creador.

Un hombre en la gloria

            Y, su humanidad permanece. El ser humano fue hecho para la eternidad. Cuando Dios dio el soplo de vida en las narices de su criatura, la humanidad recibió en el acto la calidad de existencia eterna. Nuestro Señor, habiendo asumido humanidad, será hombre para siempre jamás; aún ahora, allá sobre el trono, glorificado, Él es hombre.

            En el primer versículo del Salmo 110 se enseña esta verdad: “Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies”. David fue trasladado, como si fuera, al momento cuando Cristo regresaría de sus triunfos terrenales para asumir su puesto a la derecha del Padre, y a David le es dado escuchar el saludo que recibe el Triunfante: “Siéntate”. La humanidad, sepamos, está levantada y exaltada en la persona de Cristo, allá en el pináculo del poder, sobre el trono de Dios.

            Dios, pues, le ha dicho: “Entrónate”. Prudente es el hombre que está de acuerdo con Dios en esto. Sabio el hombre que, en lo que se refiere a su propia vida, ha dicho al Cristo que se hizo hombre, que vivió en dependencia de Dios, que obedeció hasta la muerte y muerte de cruz, que está tan sublimemente exaltado a la diestra de Dios. Sabio, repetimos, el que le ha dicho a éste: “Entrónate en mí; sé Tú el soberano de la humanidad mía”.

¡Oh qué triunfo más brillante! ¡En el cielo un hombre entró,

Y es allá representante de su pueblo a quien salvó.

Santo amor fue revelado por el hecho de la cruz,

Y Jesús ha demostrado su justicia en plena luz

 

Sí, descansan los creyentes viendo en gloria a su Señor.

Paz y gozo permanentes tienen por su fiel amor.

Y los fuertes eslabones —simpatía y comunión—

Unen ya sus corazones con los que de Cristo son.

Escrito por “R.D.E”.

Señor, creo

¿Cómo moran la humanidad y la deidad en una misma Persona a una misma vez? ¿Cómo puede Cristo ser Dios y todavía hombre de veras? ¿Cómo moran los atributos divinos con aquellos que son propios de los humanos? ¿Cómo es que aprende, siendo Dios omnisciente?

            No sé.

            Es una revelación para la fe; no es tema a ser indagado. Es uno ante el cual está establecido que nos paremos con corazones latiendo en adoración, sin que sea permitido que averigüemos con nuestro microscopio tan inadecuado. No; es revelación: el perfecto Dios es el perfecto Hombre, es el Cristo.

            La personalidad es profunda, honda, en todos nosotros. “Hombre, conócete”, dijo el filósofo antiguo, y no hemos logrado mayor cosa siquiera en este estudio. Si es así en cuanto a nuestra propia personalidad, consideremos el misterio infinitamente mayor: el misterio de Uno que abarca en su propia y sola persona la deidad y la humanidad. ¡Hondo misterio! ¡Dios manifestado en carne!

            Es un reto a la fe. La Biblia está llena de verdades que no pueden ser reconciliadas por capacidades intelectuales. En nuestro Señor Jesucristo mora deidad; en él mora humanidad a la vez. Cómo pueden morar juntas y en armonía, no comprendemos. Pero baste que la fe se arrodille a sus pies y magnifique la gracia que trajo Aquel al rescatarnos, adorando a la vez nuestra fe la santidad de Dios que le ha dado el puesto de honor y poder a su derecha.

 

Él era coigual con Dios, el centro de la adoración,

Pero, en su incomparable amor, al miserable pecador,

Para buscar y rescatar —dejando su celeste hogar—

Buscóme. ¡Al Señor load!

 

Fue solo Él en su senda aquí, sin simpatía en derredor,

Y sólo el Padre en gloria allí del Hijo supo el amargor.

 Mas no cedió ni vaciló. Y estando yo sumido en mal,

Hallóme. ¡Al Señor load!

 G. M. J. Lear; Argentina

            Que seamos guardados en la viva creencia de estos fundamentos de la fe. Nuestro Señor Jesucristo no es sólo Hijo de David; Él es también Señor de David.

Preguntas y Respuestas

 


1. Mencione algunas de las ideas erróneas que la gente tiene sobre la «Iglesia» (Asamblea).

àPara muchos, ella es un edificio de madera, o ladrillo, o de piedra, en el cual se celebran reuniones religiosas; o una denominación de cristianos (Metodista, Presbiteriana, Bautista, etc.); o un sistema religioso (la Iglesia Católica Romana); o un grupo religioso (la Iglesia de la Ciencia Cristiana, la Iglesia Unitaria, etc.).

2. Si alguien preguntase: «¿Qué es la Asamblea?», ¿qué le respondería usted, a los fines de entrar en una discusión escritural sobre el asunto?

àLa Asamblea es el Cuerpo de Cristo, del cual Él, el Cristo resucitado y glorificado en el cielo, es la Cabeza, y del cual todos los cre­yentes verdaderos que están sobre la tierra son miembros.

3. Cite una escritura que demuestre que la Biblia enseña esto.

àEf 1:22, 23: «Y sometió todas las cosas bajo de Sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia, la cual es Su Cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo».

4. ¿Cuántas cabezas tiene la Asamblea, el Cuerpo de Cristo?

àLa Asamblea, el Cuerpo de Cristo, tiene sólo una Cabeza, que lo es el Señor Jesucristo, y Él está en el cielo (Col 1:18).

5. ¿Cuántos cuerpos sobre la tierra tiene Cristo? ¿Quién es la Cabeza de la Asamblea y Quién está en el cielo?

àCristo, la Cabeza de la Asamblea, y Quien está en el cielo, tiene sólo un Cuerpo en la tierra (Ef 4:4).

6. La Biblia dice explícitamente cómo se forma la Asamblea, el Cuerpo de Cristo. Cite el versículo y diga dónde se encuentra.

à«Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un Cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu» (1 Co 12:13). Nota: El Cuerpo de Cristo en la tierra toma aumento de estatura, pero nunca se contem­pla como fragmentado o roto o falto de miembros o de partes.

7. Esos «todos», quienes son bautizados por el Espíritu Santo en el Cuerpo de Cristo, la Asamblea, son creyentes. ¿Qué creyeron éstos para que se denominen creyentes?

àCreyeron al Evangelio (1 Co 15:1-4; Ef. 1:13).

8. ¿Es el bautismo con el Espíritu Santo lo mismo que el bautismo de agua?

àEl bautismo del Espíritu Santo no es lo mismo que el bautismo de agua (léase Hch 11:16). El Espíritu Santo es una persona divina.

La Trampa de las Transgresiones Toleradas (2)

LA PREOCUPACIÓN


“No somos lo que pensamos, sino que lo que pensamos, eso somos”. La manera en que pensamos y lo que permitimos que nuestras mentes mediten juega un papel notable en la definición de nuestro carácter. Uno no puede tener una vida positiva con una mente negativa.

            La preocupación es un pecado que nos es común a todos. A lo mejor es una de las formas más consumidoras de pensamientos negativos. Alguien bien ha dicho: “Las inquietudes nos llevan a Dios; la preocupación nos aleja de Él”. La preocupación no hace nada para quitar las dificultades del día de mañana. Lo que sí hace es quitar cualquier fuerza para el día de hoy.

            La preocupación empieza en la mente, y realmente es una manifestación de que estoy confiando en mí mismo en vez de en el Señor. Está comprobado que uno puede preocuparse hasta el punto de enfermarse. Entonces, ¿por qué nos preocupamos?

            Los pensamientos tienen mucho poder. Todo nuestro pensar se lleva a cabo en nuestra mente consciente, y ejercemos mucha influencia en esta parte de nuestra mente. Nuestra mente subconsciente está activa cuando estamos dormidos, soñando o aún bajo los efectos de la anestesia. Sin embargo, nuestra mente consciente constantemente alimenta y moldea nuestra mente subconsciente. Entonces, lo que dejamos que nuestra mente medite moldea lo que realmente llegamos a ser.

            Tenemos que entender en primer lugar qué es la preocupación. En las Escrituras se nos enseña que en realidad es una falta de fe en Dios. De hecho, esto viene siendo un pecado de parte nuestra. Nuestro amoroso Padre celestial sabe esto mejor que nosotros. “Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo”, Salmo 103.14, y a El le agrada cuando confiamos en El. En el Salmo 37 David escribe cinco frases cortas que nos ayudarán a vencer este pecado. “Confía en Jehová”, v. 3; “Deléitate asimismo en Jehová”, v. 4; “Encomienda a Jehová tu camino”, v. 5; “Guarda silencio ante Jehová”, v. 7; y “Espera en Jehová”, v. 34. En un solo salmo tenemos cinco frases o mandatos con promesas que nos dan el antídoto contra la preocupación. Pero, ¡qué difícil es aprender estas joyas, y ponerlas en práctica a diario!

            Se ha comprobado que de todo lo que uno se preocupa, el 92% nunca sucede. Del 8% que sí sucede, sólo podemos tener algún tipo de efecto en no más de la mitad, o sea, el 4%. Por lo tanto, la preocupación es irrelevante. Se dice que un filósofo famoso dijo en su lecho de muerte: “Mi vida ha estado repleta de terribles tragedias, numerosas enfermedades, y calamidades indescriptibles, que en suma nunca me han acontecido”.

            La preocupación también es irreverente. Cada vez que perdemos algo de sueño o nos sale otra úlcera por reflexionar en una infinidad de pensamientos negativos, estamos asumiendo la carga que debería ser entregada al Señor. Las cinco frases arriba tienen que ver con El. La preocupación, sin embargo, tiene que ver conmigo mismo. En esta era de creciente egoísmo (2 Ti 3.2), la preocupación en sí es un acto de egoísmo de parte mía. Cada vez que me obsesiono sobre lo que debería dejar en las manos del Señor, es un acto de pecado e irreverencia.

            La preocupación muestra una vergonzosa falta de fe. Alguien ha dicho que como cristianos debemos dejar el ámbito de la preocupación y entrar en el terreno de la fe. La preocupación es pensar mal, lo que me lleva a tener sentimientos equivocados. Antes de que nos demos cuenta, nuestros corazones y mentes están devastadas, y la preocupación incesante nos puede ahorcar. Es por eso que Pablo les dice a los creyentes que es una necesidad absoluta llevar cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo (2 Co 10.5). Un escritor cristiano, Warren Wiersbe, notó: “La preocupación es evidencia de incredulidad. La incredulidad es evidencia de desobediencia. Y la desobediencia es evidencia de desobediencia. Y la desobediencia es evidencia de que algo está mal adentro”

            Todos enfrentamos estas luchas. Todos nos preocupamos. Muy pocos han aprendido a pasar por la vida, día tras día, confiando en el Señor para cada aspecto de sus vidas abrumadas con el pecado. Con demasiada frecuencia, nos deslizamos a la mentalidad de “Yo soy el capitán de mi barco”. Y luego, confrontados con la realidad de nuestra fe y capacidad defectuosa y fallida, nos desesperamos. Y durante todo ese tiempo hemos tenido a nuestro Señor Todopoderoso queriendo ser el Capitán de nuestras almas, si se lo permitimos.

            Isaías trata con eso (26.3-4) en una de las secciones cortas más bellas en las Escrituras. “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado. Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos”. O como dice otra versión: “Porque en Dios el Señor, tenemos una Roca eterna” (NBLH). Hay tres grandes verdades aquí. La palabra hebrea para “completa paz” de hecho significa “paz, paz”. El Señor promete una doble porción de paz para el que fija su mente en el Señor. En segundo lugar, es el Señor mismo quien mantiene nuestras mentes tranquilas si confiamos en El. Finalmente, la “Roca eterna” en realidad nos hace ver que es la “Roca de los siglos”. “Roca abierta ya por mí, tengo abrigo siempre en Ti”.

            Pablo tuvo que enfrentar indescriptibles pruebas y horrores en su vida. Al final de 2 Corintios 11 se nos dice un poco de lo que él enfrentó. Tal vez nadie ha expresado o aprendido a no preocuparse mejor que Pablo. Él le recordó a Timoteo que “no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”, 2 Timoteo 1.7. Y les dijo a los filipenses: “Por nada estéis afanosos”, 4.6. En esencia lo que dijo fue: “No se preocupen por nada”. Entonces, ¿cómo podemos aprender a pensar como Pablo pensaba? Encontramos la respuesta en el contexto de Filipenses 4. En primer lugar, tenemos que aprender a orar apropiadamente (w 6-7). Luego tenemos que aprender la forma correcta de pensar (v. 8). Finalmente, el versículo 9 nos da la fórmula para vivir correctamente. Siguen dos promesas increíbles: la paz de Dios (v. 7), y la presencia del Dios de paz (v. 9). Wiersbe resumió estas verdades así: “Con la paz de Dios para guardarnos, y el Dios de paz para guiarnos, ¿por qué nos preocupamos?”

            Otra ayuda valiosa es lo que Pedro escribió en 1 Pedro 5.7: “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros”. Una explicación de “echar” es dejar caer una carga pesada que está sobre los hombros, oírla golpear el suelo, y seguir caminando sin mirar jamás hacia atrás. Sencillamente significa darle al Señor todas mis ansiedades y preocupaciones, y dejarlas allí.

            A una apreciada creyente mayor, cuya vida había estado repleta de múltiples pruebas y tristezas, se le preguntó si podía dormir bien en la noche. Ella sonrió y contestó: “Duermo como un bebé. Le digo al Señor todas mis preocupaciones y luego me duermo. Supongo que Él va a estar despierto toda la noche de todos modos, ¡así que no tiene caso que los dos estemos despiertos!”

            Que todos aprendamos, empezando con el autor, este tipo de fe y confianza sencilla. 

ESTÉFANAS

 

1 Corintios capítulo 16

            Fue este un creyente cuya recomendación es digna de imitar, pues no hay pecado ni crítica alguna en imitar las cosas buenas y la sana conducta de aquellos que tenemos, por ejemplo. (Filipenses 3:17)

           


De Estéfanas tenemos la experiencia de su vida cristiana en un orden claro y real que no hay lugar a dudas ni confusión. Son cuatro los pasos destacados en la vida de Estéfanas.

            Primero, su conversión. Esto sucedió en el primero o el segundo viaje misionero de Pablo, éste habiendo pasado de Corinto a Acaya, probablemente en el año y medio que pasó en eta región. (Hechos 18:11, 19:21) Predicó el evangelio en Acaya, y Estéfanas, que pertenecía a una familia respetable, fue de los primeros que oyó el mensaje y creyó en el Señor Jesús.

            Entonces el apóstol dice: “Estéfanas y su casa son las primicias de Acaya.” (1 Corintios 16:15) ¡Qué preciosa suena la palabra primicias!

El creyente que da primicias

tendrá en sus trojes la abundancia,

por huésped de su casa la delicia,

y en el cielo mayor ganancia. (Proverbios 3:9,10) 

 

            Hay hermanos que parece que nunca tuvieron primicias; esto se manifiesta en su obra y carácter, los frutos son casi nulos. Otros son los que se gozan en su confesión; en su carácter no hay separación, y sus frutos son como los de la tierra de Jericó. (2 Reyes 2:19)

            El segundo paso de Estéfanas es su bautismo. “Y también bauticé la familia de Estéfanas.” (1 Corintios 1:16) No sabemos si esta vez fue bautizado junto con su familia. Una cosa sabemos, que era una familia y que todos obedecieron a la fe y al bautismo. ¡Qué tiempos aquellos de abundantes primicias, cuando en las casas que recibían el Evangelio se convertía toda la familia!

            En aquel tiempo no era conocido el “papaíto” sino el padre y cabeza de casa, y eso que era paganos. El Evangelio hace un cambio en la familia; como fruto se muestra el amor, el respeto y la gratitud a los padres. En aquel tiempo no había Consejo de Niño que prohíbe el castigo y la disciplina a los niños, que patrocina la independencia del niño, “que no le estorbe las ideas al niño.”

            Hoy muchas naciones están cosechan-do la siembra de su mala enseñanza en los niños, con una juventud sin temor a Dios, sin respeto a los padres, ni a las leyes, ni al gobierno. La delincuencia juvenil se incrementa cada día con una juventud criminal. Para ellos, matar a un hombre es como matar a un perro. Violan una niña y la asesinan para después exhibirse en las planas de los periódicos sin vergüenza ninguna.

            Hoy la educación y el deporte lo absorbe todo. Es prohibido poner a los niños a trabajar; por tanto, muchos tienen la oportunidad de especializarse en el robo y el asalto a mano armada. Las cárceles están llenas y muchos de ellos se tropiezan en las calles, fungen de “gran cacao” y hasta se codean con cierta sociedad. ¡Gracias a Dios! por los que nos hicieron trabajar de día e ir a la escuela de noche.

            Años atrás al niño se le enseñaba que Dios está en todas partes; hoy Dios está muy lejos de sus pensamientos. Los banderines con nombres e insignias de los líderes y símbolos del comunismo se muestran en las paredes de las casas de los cristianos. Prefiero pasar por montuno y fanático, teniendo conmigo al Señor, que por civilizado y científico vacío de Cristo. La poeta uruguaya dijo:

 

Así avanzo son saber adónde,

andando no por visto, más por fe

Prefiero con Cristo caminar a oscuras

que a la luz de todo lo que sé.

            El tercer paso de Estéfanas fue la consagración de su casa. Él y su familia se habían dado primero al Señor. Luego, viendo la dificultad que tenían para reunirse en sus cultos los santos en Acaya, oraron al Señor y ofrecieron su casa para que la iglesia se reuniese, y “se dedicaron al ministerio de los santos.” ¡Oh benditas primicias!

            Es considerado un privilegio servir a los santos. “he aquí tu sierva, para que sea sierva que lave los pies de los siervos de mi señor.” (1 Samuel 25:41) La familia de Estéfanas tenía un testimonio que les acreditaba; los santos de Acaya aceptaron su proposición “y se sujetaron a ellos.” El Espíritu Santo también hace que los nombres de esta familia cristiana figuren en las páginas bíblicas y las generaciones alaben al Señor por su misericordia.

            El cuarto paso de Estéfanas fue la suplencia que hizo. (1 Corintios 16:17) Lo que no hicieron los otros lo hizo Estéfanas, Fortunato y Acaico. Ellos suplieron en amor, en noticias, en consolación. Habían pasado algunos años, pero las primicias seguían en abundancia.

            Hay hermanos y hermanas que saben suplir lo que a los santos falta; estos son verdaderos diáconos y diaconisas que como Febe han ayudado a muchos. (Romanos 16:1,2). ¡Ojalá que el Señor nos dé más amor a su obra! para que con íntegra consagración podamos suplir con entereza lo que otros no pueden hacer por incapacidad o dificultad, o lo que otros no quieran hacer por negligencia.

Ganando Almas a la manera bíblica (2)

 


            La regla de oro para el obrero puede encontrarse claramente en las palabras del Salvador: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres” (Mateo 4:19). Es fácil leer este versículo con indiferencia y pasar por alto su significado. Observe que no dice: “Seguid una lista de reglas, y os haré pescadores de hombres”. En lugar de eso, nos enseña a seguirlo; si hacemos eso, Él nos HARA ganadores de almas. En otras palabras, si vivimos cerca del Señor, si caminamos en comunión con Él, Él se encargará de que pesquemos hombres. Nuestra responsabili­dad es seguirlo; la Suya, hacernos pescadores de hombres.

            Un pensamiento muy parecido se expresa en Juan 15:4: “Perma­neced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí”. La única manera en que una rama puede dar fruto es estando tan íntimamente conectada a la vid, que de allí ob­tenga toda su fortaleza y nutrientes. De la misma forma, solo podemos ser fructíferos para Dios si permitimos que la vida del Señor Jesús fluya dentro y a través de nosotros hacia los demás.

            Es necesario enfatizar esta verdad porque, aunque no es la manera conocida, es el único método bíblico. Hoy es común sentirse tentados a menospreciar la vida personal y simplemente depender de una fór­mula ordenada, de la rutina de una lista de preguntas, de la elocuencia humana, de una personalidad atractiva o de argumentos astutos. Esto puede resultar muy interesante y hasta quizá parezca dar resultados, pero el hecho es que no hay substituto para la santidad de una vida, para la verdadera espiritualidad. Debemos comenzar aquí, porque allí es donde Dios comienza.

            Ahora, si el creyente está siguiendo a Cristo verdaderamente, o permaneciendo en Él, su vida estará marcada por ciertas característi­cas específicas.

            Primeramente, tendrá una vida de ora-ción. Aprenderá lo que significa “orar para que las almas entren al reino” (Romanos 10:1). Él comenzará cada día poniéndose a disposición del Señor—en espíritu, alma y cuerpo. Será un hábito diario pedirle al Señor que le dé oportunidades para testificar. Buscará ser guiado hacia aquellos a quienes debe hablar. Orará así:

 

“Guíame hoy a algún alma,

Muéstrame, Señor, lo que tengo que decir;

Tengo amigos que están perdidos en el pecado,

no pueden encontrar la salida.

Hay pocos a los que parece importarles,

hay pocos que siquiera oran;

Derrite mi corazón y llena mi vida,

Dame un alma hoy.”

 

O también:

 

“Señor, pon un alma en mi corazón

ama a esa alma a través de mí;

Que con toda nobleza pueda hacer mi parte

Para ganar esa alma para ti.”

 

            Segundo, será humilde. En vez de buscar ser visto o notado por otros, su ambición será que Cristo pueda ser visto en él. Juan el Bautista ejemplificó esto maravillosamente. Cuando se le preguntó quién era, contestó: “Yo soy la voz de uno que clama en el desierto” (Juan 1:23). Una voz no se ve, solo se escucha. Juan no quería ser vis­to; solo quería que los hombres vieran al “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" 0uan 1:29).

3.Además, será amable (1 Corintios 13:4). Buscará oportunida­des para hacer el bien a otros, para tener más posibilidades de alcan­zarlos con el evangelio. No mostrar interés por nuestros prójimos, ex­cepto cuando les hablamos del Señor, es un testimonio bastante parcial. En lugar de eso, deberíamos servirlos en su necesidad, consolar­los en su dolor, compartir las cargas y servirlos desinteresadamente. Entonces estarán mucho más interesados en escuchar del Salvador a quien representamos.

            Vivirá sacrificialmente por causa de la extensión del evangelio. El apóstol Pablo habló de su disposición para gastar y gas­tarse (2 Corintios 12:15). Nosotros también debemos estar dispuestos a prescindir de ciertas necesidades, ni qué hablar de comodidades y lujos, para que las almas no perezcan por carecer del conocimiento de Cristo, y anhelar una cosecha de almas (Salmos 126:5-6).

            Tendrá fe ilimitada, tanto en la capaci-dad como la volun­tad del Señor para salvar a los pecadores. Al igual que Pablo, es consciente de que el evangelio es “poder de Dios para salvación a to­do aquel que cree; al judío, primeramente, y también al griego” (Ro­manos 1:16). Como Pedro, tendrá la certeza de que Dios desea que nadie perezca (2 P. 3:9).

            Finalmente, se esforzará por mostrar a Cristo en todos sus caminos y palabras. El ejemplo de una vida dedicada, sumado a la confesión de labios consagrados, es lo que este mundo necesita hoy en día. Debe ser nuestro deseo que Cristo sea magnificado por medio de nosotros (Filipenses 1:20).

Esto genera una pregunta importante. Suponga que un cristiano está fuera de la comunión con el Señor. Se ha apartado y su corazón se ha enfriado. ¿Debería permitir que los incrédulos supieran que es un creyente, o sería mejor no decir nada al respecto? ¿Es posible que esta persona pueda hacer más daño que beneficio para la causa de Cristo al intentar testificar?

            Sugeriría que para evitar la más mínima posibilidad de blasfemar el Nombre de Cristo (Romanos 2:24), deberíamos estar seguros de que vivimos en comunión con el Salvador cada día, a cada hora, en cada momento.

Claro que tampoco ningún cristiano debería usar su bajo nivel de espiritualidad como una excusa para no testificar. Su obligación inelu­dible es confesar y abandonar su pecado, y ser así restaurado por el Se­ñor para tener una vida útil para El.

            Para concluir, simplemente repetiremos que el gran secreto para ganar almas para el Señor Jesús es estar tan entregado y arraigado a Él, de forma que Él pueda hacer la obra a través de nosotros. Una co­sa es orar: “Señor, permíteme ganar almas para ti”; y otra muy dife­rente es orar: “Señor, vive tu vida por medio de la mía, y gana así al­mas para Ti mismo”.