viernes, 13 de diciembre de 2019

Extractos


La carne no mortificada
La carne siempre está con nosotros y, a menos que la venzamos cotidianamente, lo único que nos acarreará serán problemas. No puedes negociar con la carne no mortificada (insumisa): al final siempre saldrá ganando.
Esta carne no mortificada nos irá cansando hasta que estemos totalmente agotados, y al final cedamos a sus deseos. La única manera de tratar con ella es crucificarla, llevarla a la cruz de Cristo, lo cual es un acto radical por nuestra parte. Quienes intentan negociar con la carne y llegan a algún tipo de acuerdo con ella normalmente acaban perdiendo. La dificultad presente en esta área de peligro es que pasa cada día. No es algo que podamos solucionar hoy y olvidarnos de ello. La carne está con nosotros día tras día y, si no tenemos cuidado y no somos conscientes de su peligro fatal, gobernará nuestra vida diaria.
La norma general en esta área es vencer a la carne, porque si no la carne te vencerá, y eso no es nada agradable.
Estas fuentes de peligro (el mundo, el diablo y nuestra carne) son muy reales. El peligro no es imaginario, y los únicos que no lo tendrán en cuenta serán los temerarios. Si eres un cristiano responsable, no aceptarás esto como una mera advertencia más. Los sabios quieren saber dónde están los peligros, cuáles son y cómo pueden reconocerlos y superarlos.
David dijo: “Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador” (Sal. 18:2). Necesitaba ayuda, de manera que dijo: “Invocaré a Jehová, quien es digno de ser alabado, y seré salvo de mis enemigos” (v. 3). Dijo: “[Dios] Envió desde lo alto; me tomó, me sacó de las muchas aguas. Me libró de mi poderoso enemigo, y de los que me aborrecían; pues eran más fuertes que yo... Me sacó a lugar espacioso; me libró, porque se agradó de mí” (vv. 16-17, 19).
Creo que la liberación no solo es posible, sino también normal para los hijos de Dios, siempre que tengamos los ojos abiertos. Dios no quiere que vayamos por ahí con los ojos cerrados. Si tenemos los ojos abiertos, no hay necesidad de que nos golpeen ni de que caigamos. Independientemente de dónde venga el ataque, da igual quiénes sean los enemigos: tenemos al Dios de David que nos ayuda. Si clamamos al Señor, nos escuchará desde su santo templo y enviará ayuda de lo alto, nos tomará y nos librará de las muchas aguas, y nos salvará porque se deleita en nosotros.
Creo que nunca ha habido otro momento de la historia en que el pueblo de Dios deba ser más optimista que ahora. Nunca ha habido un momento en el que deban animarse más que ahora en Dios. Vivimos días salvajes, turbulentos, peligrosos, dramáticos, y los cuatro vientos soplan con fuerza sobre el gran mar, y la luna lamenta aquel momento en que se convertirá en sangre; pero tú y yo no debemos temer. Dios está de nuestro lado, Dios está en su trono santo y en su templo sagrado, y para el hombre o la mujer que se atreve a creer no hay peligro alguno.
A.W.Tozer, Los peligros de la fe superficial,

TRES PELIGROS


(Léase Deuteronomio 13)
“Vuestro Dios os está probando, para saber si amáis a… vuestro Dios con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma. En pos de Jehová vuestro Dios anda­réis; a él temeréis, guardaréis sus mandamientos y escucharéis su voz, a él serviréis, y a él seguiréis”. Deuteronomio 13:3-4

Al leer este capítulo, podríamos preguntarnos si verdadera­mente concierne a los hijos de Dios que viven en la época de la gracia. Pero la afirmación del apóstol Pablo en 1 Timo­teo 3:16-17, nos saca de toda duda: “Toda escritura es ins­pirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”. Intentaremos, con la ayuda del Espíritu de Dios, sacar de este capítulo una enseñanza para el tiempo actual.
En este capítulo 13 de Deuteronomio, Moisés nos presen­ta tres peligros a los cuales los hijos de Israel iban a estar expuestos. El primero ocupa los versículos 1 al 5, el segundo va del 6 al 11 y el tercero del 12 al 18. Cada uno de ellos se considerará por separado. En resumen, estos tres peligros se encuentran en:
1.   Una señal o milagro (v. 1);
2.   Las relaciones de familia o amistad (v. 6);
3.   El rechazo de la solidaridad entre las ciudades de Israel (v. 12-18).
Primer peligro: La señal o el milagro
La Palabra de Dios emplea tres términos, reunidos en Hechos 2:22 y en otros pasajes, los que vamos a definir brevemente:
Señal: Atestación, prueba visible de algo que no se ve. La señal puede ser natural o sobrenatural. Génesis 9:13, menciona una señal natural y 2 Reyes 20:8-11, una señal sobrenatural. Por su parte, el prodigio es una señal sola­mente sobrenatural o milagrosa (véase Éxodo 11:10; Nehemías 9:10).
Milagro: Hecho extraordinario porque no obedece a las leyes de la naturaleza, por ejemplo, vea 2 Reyes 6:5-7.
En Deuteronomio 13 hay instrucciones para cuando un profeta se levantaba en Israel, y anunciaba un mensaje que iba destinado a desviar a sus oyentes del camino del Señor. Como prueba del valor de su mensaje daba una señal o un milagro, y cosa extraordinaria, lo que había anunciado se producía. El israelita no precavido habría estado tentado a escuchar a tal hombre e ir en pos de dio­ses ajenos. Pero en el versículo 3 se le da una solemne advertencia: “No darás oído a las palabras de tal profeta, ni a tal soñador de sueños; porque Jehová vuestro Dios os está probando, para saber si amáis... a vuestro Dios con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma”. Por lo tan­to el israelita debía rechazar a tal hombre; de lo contrario, era culpable.
En nuestros días, ¿no deseamos también, muchas veces con intenciones loables, que se produzcan manifestacio­nes externas de potencia? Sin embargo, la Palabra de Dios nos dice: “Tienes poca fuerza” (Apocalipsis 3:8). Cier­tos queridos hijos de Dios han sido arrastrados fuera del camino de la obediencia porque han constatado una demostración de poder. Es verdad que Dios puede hacer milagros; y muy a menudo los hace, incluso sin que nos demos cuenta de ello; pero no debemos buscarlos noso­tros ni mucho menos exigírselos (1 Corintios 1:22; Mateo 12:38-42). La certidumbre de la fe no reposa, loado sea el Señor, en los milagros. ¡Cuán preciosa es la palabra que Jesús dirigió a Tomás: “Bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:29).
Segundo peligro: Las relaciones de familia o amistad
A menudo nos es difícil resistir la influencia de un pariente o de un amigo íntimo. No obstante, la Palabra de Dios nos enseña que la obediencia a Dios debe prevalecer a los afectos naturales, aunque estos, por supuesto, no pueden ser suprimidos. Los hijos de Leví fueron bendecidos por­que colocaron la gloria de Dios por encima de sus legíti­mos sentimientos (Éxodo 32:26-29; Deuteronomio 33:9-11).
¡Qué terrible reproche hizo Dios al piadoso anciano Eli!: “Has honrado a tus hijos más que a mí” (1 Samuel 2:29). Y más tarde el mismo Señor se expresó en estos términos: “El que ama padre o madre más que a mí, no es digno de mí” (Mateo 10:37).
Tercer peligro: Rechazo de la solidaridad
En los versículos 12 a 14 leemos: “Si oyeres que se dice de alguna de tus ciudades que Jehová tu Dios te da para vivir en ellas, que han salido de en medio de ti hombres impíos que han instigado a los moradores de su ciudad, diciendo: Vamos y sirvamos a dioses ajenos, que vosotros no conocisteis; tú inquirirás, y buscarás y preguntarás con diligencia...”. El israelita, al saber que los habitantes de una ciudad que no era la suya se habían rebelado contra Dios, podría haber pensado: Este no es asunto mío. Sin embargo, su obligación era la de informarse con certeza y no fiarse ni de los chismosos ni de los malvados. Ocurre lo mismo en una asamblea o congregación. Existe una soli­daridad que nos llama a interesarnos los unos por los otros con amor, y en caso que sea preciso, también a repren­dernos con amor. El «cada uno por sí» no es según Dios cuando se trata de las relaciones entre personas que desean andar en comunión con el Señor. Más bien, debe­mos prestar cuidadosa atención a la exhortación de Deuteronomio 13:14: “Tú inquirirás, y buscarás y preguntarás con diligencia; y si pareciere verdad, cosa cierta, que tal abominación se hizo en medio de ti...”.
      Que el Señor nos permita reflexionar en estas tres precio­sas enseñanzas que Moisés dirigió al pueblo cuando se encontraba a punto de entrar en la tierra prometida de Canaán.  
Que de Ti nada pueda apartarme
Y si de nuevo, Señor Jesús,
En mi flaqueza, vuelvo a desviarme,
Haz que muy pronto torne a tu luz.

AL AIRE DEL DÍA


Oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día. Génesis 3.8


La hora de la comunión
Entendemos por las palabras de este versículo que Dios solía tener comunión con sus criaturas en esa hora del día, porque era el tiempo más propicio para la reflexión y meditación. Cuando Adán y Eva pecaron, enseguida fue interrumpida la comunión. Ellos se encontraron con la conciencia perturbada, y fracasó su esfuerzo en cubrirse con hojas de higuera para la presencia de Dios. El miedo se apoderó de ellos al oír la voz de su Creador. Se escondieron.
Pero, el Dios de luz es también el Dios de amor, y El “arbitra medio para que su desviado no sea de él excluido”. Cristo padeció una vez por los pecados, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios; 1 Pedro 3.18. El solo puede decir, “Nadie viene al Padre sino por mí”.

La hora del abandono
Las horas más calurosas del día en países de la Biblia son desde las 9:00 de la mañana hasta las 3:00 de la tarde. Estas fueron precisamente las horas cuando Cristo fue levantado en cruz. Allí sufrió El por tres horas bajo los rayos del sol sin protección alguna, su cabeza atormentada no solamente por la corona de espinas sino también por el furor del sol al cual fue expuesta. Su sed ha debido ser insoportable, pues clamó: “Sed tengo”. Pero no le dieron agua.
Vinieron tinieblas sobre aquella escena en las cuales nuestro Salvador sintió los horrores de un alejamiento abismal entre su alma y Dios. Él tuvo que soportar el peso tremendo de nuestros pecados y el juicio correspondiente.
Durante toda la época de la ley se sacrificaba en holocausto a Dios un cordero cada mañana y otro cada tarde. El cordero de la tarde se sacrificaba a las 3:00, y ésta fue la hora cuando Cristo clamó, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Fue entonces que se rasgó el velo del templo y Dios abrió un camino nuevo para nosotros hasta su misma presencia; Hebreos 10.19,20. Cristo fue el cumplimiento del tipo del cordero, y el velo un tipo de su cuerpo herido en la cruz.

La hora de la oración
Él nos dio, entonces, el privilegio que nuestros primeros padres perdieron a causa de su pecado. El creyente en Cristo tiene ahora acceso a la presencia inmediata de su Dios, y la invitación es, “Acerquémonos pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro”, Hebreos 4.16.
En Esdras 9.5 leemos del profeta levantándose de su aflicción, al sacrificio de la tarde, para orar a Dios. El sacrificio de la tarde sincronizaba con la hora de la oración. Cuando llegó esa hora el profeta podía echar su carga sobre Jehová e invocar la ayuda suya a favor de su pueblo. En Hechos 3.1 leemos que Pedro y Juan subían al templo a la hora 3:00, que era la de oración.
Que el Señor nos ayude siempre a apreciar la hora de oración. Después del rigor de la vida diaria con sus faenas y luchas, ¡qué agradable es para el creyente reunirse con sus hermanos en el culto de la oración en tranquilidad y comunión hermanable, y recibir de nuevo refrigerio y fortaleza espiritual!

La hora de la meditación
Isaac, cuando estaba pendiente de la llegada de su novia Rebeca, salió al campo a orar “a la hora de la tarde”. Dios contestó sus súplicas en darle la esposa idónea para él. ¡Cuántos jóvenes fracasan en la vida de casados por no confiar en Dios en la oración! Isaac es un tipo precioso de nuestro Señor Jesucristo, el cual actualmente espera el momento cuando recibirá a su esposa, la Iglesia. Mientras tanto estamos atravesando el desierto y El no cesa de interceder por nosotros.
Hermanos, no descuidemos estos santos privilegios que nuestro Salvador compró para nosotros a precio infinito: la comunión, la oración y la meditación. Ellos refrescan el espíritu, como el aire fresco de la tarde es tan agradable al cuerpo.
S. J. Saword


USE CAMBIO DE LUCES

Absalón, Ahitofel, Lot



Su luz puede radiar con destellos que encandilen a otros y los haga precipitar al abismo. La reflexión de su luz puede encandilar a usted mismo y hacerle perecer. Su luz muy baja enfocada hacia abajo puede traerle un grave accidente. Su lámpara sin luz puede ser ocasión de choque y escándalos para muchos. Si está accidentado o estacionado, ponga su luz en roja, señal de peligro. Su luz debe ser de tal manera que le traiga beneficio a usted y a los demás. No me propongo dar clases de señales de luces para el tráfico, sino lecciones espirituales de varios personajes bíblicos y cómo usaron sus luces.
Absalón se presenta como luz alta; encandiló a otros que perecieron, y él mismo se estrelló en la propia columna de su soberbia. (2 Samuel 18:18) Absalón se ganó mucho pueblo con su astucia y traición. Con sus engañosas promesas de justicia le siguieron, y se precipitaron en una guerra interna donde perecieron veinte mil hombres. (2 Samuel 15:1-15; 18:1-9) Para los días que vivimos aparecen muchos semejantes a Absalón que con mucha bulla y aparato de altilocuencia mundana encandilan y “con suaves palabras y bendiciones engañan los corazones de lo simples”.
Ahitofel con su consejo se presenta como el que se encandiló a sí mismo por la reflexión de su propia luz. “El consejo que daba Achitophel en aquellos días, era como si consultaran la Palabra de Dios.” (2 Samuel 16:23) Se hizo sabio en su opinión. Puso su corazón como corazón de Dios. Su propia luz le cegó y pereció de muerte fea. Hay muchos orgullosos que se creen saberlo todo y se encandilan a sí mismos. “Aún no saben nada como deben saber.” (1 Corintios 8:2)
Lot presenta su testimonio como una luz muy baja enfocada en tierra; salvó la vida de casualidad. La luz de Lot en Sodoma fue muy opaca; su testimonio no tuvo ningún poder. Hay los que han de ser salvos como por fuego, y hay muchos con “una lámpara sin aceite.” Su visión terrena no les permite ver la perdición de los demás.
Los discípulos que volvieron atrás, éstos se presentan como farol sin luz, tropiezo y escándalo para muchos. “Desde esto, muchos de los discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con Jesús.” (Juan 6:66) Cuántos hay que son piedras decaídas y obstáculos para muchos no seguir. “Demas me ha desamparado, amando este siglo.” (2 Timoteo 4:10) Los tales deben ser luz roja oscilante, señal de peligro inminente.
La luz del cristiano debe ser resplandeciente, que alumbre a sí mismo a beneficio a otros. (Lucas 8:16) Cristo es la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. (Juan 1:9) En esta luz se iluminó Pablo y la llevó incandescente para alumbrar las regiones del paganismo. A esa diáfana luz andan muchas naciones de este mundo. Nuestro Señor Jesucristo es el poder generador de luz para los fieles. “La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto.” (Proverbios 4:18).
José Naranjo, en la revista “La Sana Doctrina”

LA PRIMERA EPÍSTOLA A TIMOTEO (12)

6. Advertencias contra el Orgullo de la Carne y Enseñanzas en la Piedad (1 Timoteo 6)





El apóstol nos ha advertido contra la carne religiosa que apostata de la verdad y adopta el ascetismo (1 Timoteo 4); y contra la carne mundana, que conduce a la rebelión y a la autoindulgencia (1 Timoteo 5); ahora, en el capítulo final, se nos advierte contra el orgullo de la carne que codicia dinero y ventajas mundanas. Para enfrentar estos males el apóstol nos insiste nuevamente sobre la piedad práctica (versículos 3, 5, 6, 11).
En el curso de su exhortación el apóstol nos presenta el esclavo Cristiano (versículos 1, 2); el soberbio e ignorante profesante del Cristianismo (versículos 3-8); el reincidente, atraído por las riquezas del mundo (versículos 9, 10); el hombre de Dios (versículos 11, 12); Cristo, el Ejemplo perfecto (versículos 13-16); el creyente que es rico en este mundo )versículos 17-19); y el que profesa ser científico ( versículos 20, 21).


(a)Esclavos Cristianos (versículos 1, 2)
(V. 1). El capítulo comienza adecuadamente con enseñanza para el esclavo cristiano. Un tal podría intentar utilizar el cristianismo como un medio de mejorar su posición social. La institución de la esclavitud puede ser, en efecto, completamente contraria al espíritu del cristianismo. Sin embargo, el gran objetivo de la casa de Dios no es corregir el mundo, ni hacer progresar los intereses mundanos de aquellos que forman la casa, sino mantener la gloria del Nombre de Dios y dar testimonio y ser baluarte de la verdad. El esclavo cristiano, entonces, debía mostrar todo honor a sus amos incrédulos, para que no hubiese nada en su conducta que pudiese echar, justamente, una mancha sobre el Nombre de Aquel que habita en la casa, o que negase la verdad que la casa de Dios debe mantener.
 (V. 2). El apóstol da una advertencia especial al esclavo cristiano con un amo creyente. El hecho de que su amo era un hermano en el Señor no debía ser utilizado para invalidar el respeto que el siervo debía a su amo. Cualquier carencia en este apropiado aspecto sería un intento por parte del esclavo de utilizar el cristianismo para elevar su posición social, buscando así su propia ventaja mundana.
En la asamblea, el esclavo y el amo estaban en un terreno común, iguales delante del Señor. Allí el esclavo podía, efectivamente, a causa de su espiritualidad, o don, ser más prominente que su amo terrenal. Que los esclavos creyentes, sin embargo, se cuiden de ser tentados a abusar de los privilegios de la asamblea haciendo de ellos un terreno para una familiaridad indebida hacia sus amos en los asuntos diarios de la vida. Lejos de volverse negligentes en sus deberes para con sus amos que eran creyentes, ellos debían rendirles servicio debido a que eran creyentes y amados y partícipes de los beneficios cristianos.


(b) El profesante ignorante, destituido de la verdad (versículos 3-8)
(V. 3). Claramente, entonces, el cristianismo no es un sistema para el progreso de nuestra posición social en este mundo. Es verdad que el creyente, mientras pasa por este mundo, debe hacer lo bueno, y que la presencia del cristiano y de la correcta conducta cristiana han de tener un efecto beneficioso. No obstante, el gran objetivo de la casa de Dios no es mejorar el mundo, sino dar testimonio de la gracia de Dios para que los hombres puedan ser salvos del mundo que, a pesar de la civilización y cualquier mejora social, continua hacia el juicio.
Aparentemente, en esos días tempranos existían los que enseñaban otra cosa. Ellos veían el cristianismo meramente como un medio de mejorar la condición social de hombres y mujeres, haciendo así que este mundo fuera un lugar mejor y más resplandeciente. Probablemente ellos estaban enseñando que el esclavo convertido, habiendo llegado a estar bajo el Señorío de Cristo, podía considerarse a sí mismo libre de su amo terrenal. Tales opiniones, sin embargo, eran contrarias a las sanas palabras, las de nuestro Señor Jesucristo, y a la enseñanza que es conforme a la piedad.
De este modo, nuevamente, el apóstol introduce la piedad como la salvaguardia contra el abuso de nuestros privilegios cristianos. La piedad camina en el temor de Dios, confiando en el Dios viviente, que es el Salvador de todos los hombres. Caminando así deberíamos ser preservados de procurar utilizar el cristianismo simplemente como un medio de mejorar nuestra posición mundana.
(Vv. 4, 5). Habiendo mostrado que la piedad es la salvaguardia contra el abuso del cristianismo, el apóstol declara que aquel que enseña otra cosa es movido por el orgullo de la carne. ("el tal es hinchado de orgullo, no sabiendo nada..." versículo 4 - VM). El orgullo que confía en el yo, y procura mantener la presunción propia, es totalmente opuesto a la piedad que confía en Dios y procura Su gloria.
Detrás de este orgullo está la ignorancia de la mente del Señor tal como está comunicada en Sus palabras. Esta ignorancia de la mente del Señor surge del hecho de permitir que la mente humana se ocupe de cuestiones interminables planteadas por los hombres y de contiendas de palabras. Completamente indiferentes al poder moral de la fe cristiana que obra en el alma y conduce a la vida de piedad, los hombres tratan el cristianismo como si fuera un asunto de "cuestiones y contiendas de palabras".
Semejantes contiendas de palabras, en lugar de fortalecer la piedad, sólo brindan la ocasión para la manifestación de las obras de la carne. El orgullo que procura exaltar el yo mediante estas cuestiones interminables conduce inevitablemente a las "envidias", pues el hombre orgulloso no puede tolerar a ningún rival. Naturalmente la carne contenderá contra aquel de quien está envidiosa. De este modo la envidia lleva a la contienda, y el contender contra otro conducirá a las "blasfemias" acerca de él. El conocimiento de que las "blasfemias" están siendo pronunciadas hará surgir "malas sospechas" ("sospechas siniestras" - VM) y "disputas necias" ("constantes rencillas" - LBLA). Tal es la mala cosecha que surge de la envidia. No hay poder más grande para el mal entre los santos de Dios que la permisión de la envidia en el corazón. "Cruel es la cólera, y diluvio destructor es la ira; más", dice el predicador, "¿quién podrá estar en pie delante de la envidia?" (Proverbios 27:4 - VM). Fue envidia lo que condujo al primer asesinato en este mundo; y fue envidia lo que condujo al mayor asesinato en este mundo. Pilato "sabía que por envidia le habían entregado," (Mateo 27:18).
¡Es lamentable! esta envidia puede mostrarse entre el pueblo verdadero del Señor. Aquí el apóstol le sigue el rastro a la envidia hasta el orgullo de un corazón que es corrupto y que está destituido de la verdad del cristianismo. El motivo subyacente de un corazón tal es la ganancia terrenal; de ahí que ellos supongan que la "ganancia" es el objetivo de la piedad. ("constantes rencillas de hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que suponen que la piedad es una fuente de ganancia; apártate de los tales." Versículo 5 - RVR1977). En otras palabras, ellos enseñan que el cristianismo es meramente un medio de mejorar nuestra condición y de añadir a nuestra ventaja mundanal. Sabemos que esto, y lo obtenemos de la historia de Job, es realmente una sugerencia del diablo. Job era un hombre piadoso y uno que temía a Dios, pero Satanás dice, "¿Acaso teme Job a Dios de balde?" La vil sugerencia de Satanás es que no existe una cosa tal como la piedad, y que, si un hombre hace profesión de piedad, no es que él tema a Dios, o se preocupe de Dios, sino que es simplemente que él sabe que es rentable y que es para su ventaja terrenal. Satanás dice a Dios, "extiende ahora tu mano, y toca todo lo que tiene, y verás si no te blasfema en tu rostro." (Job 1:11 - LBLA). El Señor permite que esta terrible mentira del diablo sea totalmente expuesta. Se le permite a Satanás despojar a Job de todo lo que tiene, y, como resultado, Satanás es expuesto como un mentiroso. En lugar de blasfemar contra Dios, Job se postró en tierra y adoró, diciendo, "Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito." (Job 1: 8-12, 20, 21).
(Vv. 6-8). "Mas en verdad es grande ganancia la piedad, unida con un espíritu contento; porque nada trajimos al mundo, ni tampoco podremos sacar cosa alguna. Teniendo pues con qué alimentarnos y con qué cubrirnos, estemos contentos con esto." (VM). De este modo la verdad, así como la experiencia del pueblo de Dios, no sólo demuestra que la piedad es ganancia, sino que, cuando está acompañada de contentamiento que confía en Dios, es una gran ganancia. No trajimos nada al mundo, y cualesquiera sean las posesiones que podamos adquirir mientras pasamos a través del mundo, es evidente que no nos podemos llevar nada. Teniendo "sustento y abrigo" (RVR60) - y el esclavo tenía estas cosas - estemos contentos con ello.

LA OBRA DE CRISTO (10)


Su Obra Futura
Nuestro Señor Jesucristo, que concluyó en la tierra la obra que el Padre le había encomendado, que está ahora corporalmente presente en el cielo altísimo ocupando el trono del Padre y ejerciendo su sacerdocio por su pueblo, es también Rey. A El per­tenece el reino y la majestad de la gloria. Tiene, pues, que cumplir una obra real. Aunque su obra pasada fue predicha por el Espíritu de Dios, y su obra sacerdotal presagiada en el Antiguo Testamento, su obra como Rey y su glorioso reino venidero son temas asimismo del Verbo de Dios.

Su obra como Rey fue anunciada por Gabriel a la virgen: “Le dará el Señor Dios el trono de David su padre: y reinará en la casa de Jacob por siempre; y de su reino no habrá fin” Lc. 1.32,33. Según este mensaje Él ha de ocupar el trono de su padre David, ha de reinar y poseer un reino, lo cual no es sino la ratificación celestial de lo que ya los profetas de Dios habían dicho al anunciar la venida del Mesías. Toda la palabra profética culmina en las visiones del Rey y del reino que habrá de recibir en la tierra. Estas visiones venideras, destinadas a Él, el despreciado y desechado por los hombres, son estrellas fulgentes iluminando en todas partes la noche oscura de la era pasada y presente. Ellas en­cantan el ojo de la fe e inspiran esperanza y valor. A continuación, transcribimos algunos pasajes bíbli­cos que se refieren a Cristo como Rey,
“Yo empero he puesto mi rey sobre Sión monte de mi santidad. Yo publicaré el decreto: Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te engen­dré hoy. Pídeme y te daré por heredad las gentes, y por posesión tuya los términos de la tierra” Sal- 2.6-8; "Porque el justo Jehová ama la justicia: al recto mirará su rostro” Sal. 11.7; “Acordarse han, y volveránse a Jehová todos los términos de la tierra; y se humillarán delante de ti todas las familias de las gentes. Porque de Jehová es el reino, y él se enseñoreará de las gentes” Sal. 22.27,28; “Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria. ¿Quién es este Rey de gloria? Jehová de los ejérci­tos, Él es el Rey de gloria” Sal. 24.9,10; “Pueblos todos, batid las manos, aclamad a Dios con voz de júbilo. Porque Jehová el Altísimo es terrible; Rey grande sobre toda la tierra” Sal. 47.2; “El juzga­rá tu pueblo con justicia, y tus afligidos con juicio... y arrodillarse han a él todos los reyes; le servirán todas las gentes.... será su nombre para siempre... y benditas serán en él todas las gentes” Sal. 72.2, 11, 17, “Yo también le pondré por primogénito, alto sobre los reyes de la tierra” Sal. 89.27; “He aquí que en justicia reinará un rey” Is. 32.1; “He aquí que vienen días, dice Jehová, y despertaré a David renuevo justo, y reinará Rey, el cual será dichoso y hará juicio y justicia en la tierra” Jer. 23;5; “Mi­raba yo en la visión de la noche, y he aquí en las nubes del cielo, como un hijo de hombre que ve­nía... y fuéle dado señorío, y gloria, y reino; y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron; su se­ñorío, señorío eterno, que no será transitorio, y su reino que no se corromperá” Dn. 7.13,14; “He aquí el varón cuyo nombre es Retoño, el cual ger­minará de su lugar, y edificará el templo de Jehová: él edificará el templo de Jehová, y él llevará glo­ria, y se sentará y dominará en su trono, y será sacerdote en su solio; y consejo de paz será entre ambos a dos” Zac, 6.12,13; “Y Jehová será rey sobre toda la tierra” Zac. 14.9.
Todas estas profecías, e infinitas otras, hablan del Señor Jesús como Rey y prestan testimonio de su reino. Las glorias de su reino están asimismo des­critas por los hombres santos de Dios, los pregone­ros del Espíritu de Dios.
¿Se han cumplido estas predicciones desde que nuestro Señor Jesucristo sufrió en la cruz? ¿Se han cumplido después de su ascensión a la presencia del Padre en la gloria? ¿Está Cristo ejerciendo el mando real y la autoridad de tal? ¿Está ahora aquí en la tierra el reino prometido de justicia y paz, de poder y gloria?
Preguntas son estas que ocurren al leer estas predicciones divinas, y a las que se ha de contes­tar negativamente porque la obra de nuestro Señor Jesucristo, su obra como Rey, ni siquiera está co­menzada; Cristo no ha tomado aún posesión del reino prometido; todavía tal reino de gloria y poder no ha llegado a la tierra.

La Evidencia del Nuevo Testamento
El Nuevo Testamento presenta la evidencia com­pleta de que nuestro Señor no es Rey en toda la extensión de la tierra, y que su mando real es toda­vía cosa del porvenir. La opinión de que la Iglesia es el reino en que nuestro Señor Jesucristo rige co­mo Rey, y de que las predicciones del reino de glo­ria contenidas en el Antiguo Testamento están espiritualmente cumplidas en la Iglesia, no es sino pura invención. En ninguna de ellas hallamos que a la Iglesia se le llame el reino, ni tampoco que a Jesucristo se le designara nunca con el título de “Rey de la Iglesia”. Cristo es la cabeza de la Igle­sia, que es su cuerpo. El Nuevo Testamento espera aún por la llegada del reino. “Un hombre noble partió... para tomar para sí su reino, y volver” Le, 19.11-28. Cristo ocupa temporalmente el trono de su Padre, pues que habrá de tener un trono pro­pio suyo. “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará sobre el trono de su gloria” Mt. 25.31; "Esperando lo que resta, hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies” He. 10.13; “Mas aun no vemos que todas las cosas le sean su­jetas” He. 2.8. Ninguna nación durante esta era es súbdita suya, ni los reinos de la tierra son suyos; más habrán de serlo, y entonces los cielos retumba­rán con atronadora algazara aclamando: “Los reinos del mundo han venido a ser los reinos de nuestro Señor, y de su Cristo: y reinará para siempre jamás” Ap. 11.15. Empero, esto pertenece al porvenir. Cuando el séptimo ángel toque la trompeta, cuando se abra el cielo y aparezca Él como el Rey de los reyes, coronado con muchas coronas (Ap. 19.11-16) entonces, y sólo entonces, tomará posesión de las naciones que le pertenecen por herencia legítima.

I.-La Manera en que Cristo Comienza su Obra Futura
El comienzo de su obra futura se revela en 1 Tesalonicenses 4.15-18. Esta Escritura contiene una grande y singular revelación ajena al Antiguo Tes­tamento. El Señor había hecho una promesa a los discípulos, diciéndoles: “Vendré otra vez, y os toma­ré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” Jn. 14.3. No les dijo de qué manera cumpliría su preciosa promesa. En la primera epís­tola a los Tesalonicenses el Señor detalla su vuelta al mundo para beneplácito de los suyos, y la manera en qué se cumplirá su promesa a los discípulos. Pro­mete descender de los cielos con un grito, clamando con voz recia; “TETELESTAI”—“¡Consumado es!” co-mo Cristo resucitado encontró a sus amados y dijo: “¡Salve!” El griego da sólo una palabra “CHAIRETE”—“¡Aleluya!” grito de resurrección, de alegría y victoria. “Subió Dios con júbilo, Jehová con sonido de trompeta” Sal. 47.5. La primera epís­tola a los tesalonicenses 4.16 nos dice que va a des­cender con un grito. Cristo penetró los cielos en su gloriosa ascensión y llegó a la presencia de Dios, su Padre. Algún día se levantará del puesto que ocupa en el trono de Dios, y saldrá marchando de la diestra del Monarca de las alturas para entrar en el tercer cielo. Volverá a penetrar los cielos, no ascendiéndolos sino bajándolos. Viene a llamar a sus santos para que se reúnan con Él; va a encontrarles, no en el Monte de las Olivas, ni en Jerusalén, ni en ningún otro punto terrenal; se encontrarán en los aires. Lo repetimos, esta revelación no se halla en la palabra profética del Antiguo Testamento, ni tampoco fue anunciada del todo por el Señor durante su ministe­rio terrenal. Según el pasaje que contiene esta reve­lación, al grito del Señor en su descenso por los aires seguirá la resurrección de los que murieron en la fe de Cristo; todos los santos de Dios se levantarán en cuerpo de sus sepulcros. Esto comprende tanto a los que creen en el Antiguo Testamento como a los que creen en el Nuevo. Cuando se oiga ese grito y resu­citen los justos, todos los que entonces vivan en la te de Cristo, serán llevados con ellos por nubes que los conducirán adonde en los aires esté el Señor aguardándoles. En obsequio de algunos, agregaremos que todos cuantos han aceptado al Señor como su salvador, que todos los que hayan recibido la vida eterna y el Espíritu de Dios, pertenecen, a Cristo; y su bienaventurada esperanza y su destino es ser lle­vados por nubes que los conduzcan adonde en los aires esté el Señor esperándoles. Hay quienes predican que para participar de este éxtasis se exi­gen ciertos requisitos, lo que dista mucho de ser exacto. Ningún culto, penitencia, reclusión u obra que hagamos podría hacernos dignos de acontecimien­to tan maravilloso. Por la gracia lo somos. En 1 Co­rintios 15.51 leemos: “He aquí, os digo un misterio: todos ciertamente no dormiremos, mas todos seremos transformados, en un momento, etc.” Ese “todos” quiere decir, todos Jos que sean de Cristo cuando El venga, aun cuando ignoren las verdades de la dispen­sación, aun cuando no estén esperándole; la circuns­tancia de pertenecerle y de estar redimidos con su preciosa sangre es título suficiente para ser llevados por las nubes adonde en los aires esté el Señor esperando.
De este doble séquito compuesto de santos que murieron y que resucitarán de entre los muer­tos, y de santos que viven y serán transformados en un instante y llevados a encontrarse con El, halla­mos una velada alusión en sus palabras en Juan 11. 25,26: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá (resurrección). Y todo aquel que viva [cuando Él venga] y cree en mí, no morirá eternamente (la transformación de los creyentes vivos). ¿Crees esto?” Nosotros podemos responderle, “Sí. Señor nuestro, creemos.” Tal vez no comprendamos bien los detalles de este aconte­cimiento glorioso que se efectuará súbitamente, pero bien podemos creer su promesa y esperar día por día su gloriosa ejecución. Esto constituye la bienaven­turada esperanza de la Iglesia. Por ella nos exhortan a esperar. Antes que El comience a juzgarnos, antes que puedan verificarse en la tierra las últimas esce­nas de tribulación y da ira. y antes de volver como el Rey de gloria a reclamar la herencia adquirida con su sangre. El bajará a los aires para encontrarse allí con su ejército redimido y participante de su herencia. Tal es el primer evento de su obra del porvenir.

Todo juicio será ejecutado por el Señor Jesu­cristo. “Porque el Padre a nadie juzga, mas todo el juicio dio al Hijo” Jn. 5,22, Hasta hoy Cristo no ha juzgado a nadie, ni tampoco ha sido su pueblo coro­nado ni premiado por su culto y su fe. Al encuentro de los santos en la presencia del Señor seguirá inmediatamente el tribunal de Cristo. “Porque todos hemos de estar ante el tribunal de Cristo” Ro. 14. 10. “Porque es menester que todos nosotros comparez­camos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que hubiere hecho por medio del cuerpo, ora sea bueno o malo” 2 Co. 5.10. Nadie que no esté redimido parecerá en este juicio, porque ellos no serán resucitados de entre los muertos, ni serán transformados. Este juicio concierne solamente a los creyentes, sin embargo, no decide de su salvación eterna. Esto quedó ya decidido cuando se hicieron creyentes en nuestro Señor Jesucristo. Las palabras del Señor en Juan 5.24 lo establecen terminante­mente así: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me ha enviado, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, más pasó de muerte a vida”; “Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” Ro. 8.1. La obra y el culto de su pueblo se juzgará por el Señor en el primer acto de juicio en su obra del porvenir. De esto leemos en 1 Corintios 4.5: “Así que, no juz­guéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual también aclarará lo oculto de las tinieblas, y manifestará los intentos de los corazones: y enton­ces cada uno tendrá de Dios la alabanza.”
Todo se declarará ante el tribunal de Cristo. Los pecados inconfesos cometidos durante la vida de los creyentes se sacarán a luz, y se descubrirán todas las cosas ocultas. Entonces las obras de los creyentes se diafanarán. “La obra de cada uno será manifestada: porque el día la declarará; porque por el fuego será manifestada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego hará la prueba. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno fuere quemada, será perdida: él empero será salvo, mas, así como por fuego” 1 Co.8. 13-15. El tiempo vendrá en que el pueblo de Dios re­cibirá sus premios y galardones. Entonces los após­toles, los fieles mártires, los abnegados misioneros y los siervos de Dios recibirán loores y premios por sus obras. El tribunal es la corte donde Cristo dicta sentencia. Por esta razón el apóstol escribió a los fieles Tesalonicenses: “Porque ¿cuál es nuestra es­peranza, o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo en su venida? Que vosotros sois nuestra gloria y gozo” 1 Ts. 2.19,20. Y el apóstol Juan exhorta: “Y ahora, hijitos, perseverad en él; para que cuando apareciere, tengamos (los apóstoles y maestros) confianza, y no seamos confundidos de él en su venida” 1 Jn. 2.28. Todos los que creen en Cristo están salvados y go­zarán de una vida eterna, mas no todos reciben premios. Sus obras serán consumidas por el fuego de ese juicio por no ser más que madera, heno y hojarasca, 1 Co 3 12. A éstos no se les premiará mientras que los santos fieles que trabajaron y pres­taron culto, que se fatigaron siguiendo de cerca las huellas de Cristo, recibirán el fruto de su fiel abne­gación, pero cuáles sean estas recompensas ningún santo lo sabe.
Cuando se haya cumplido todo lo relativo a ese tribunal de Cristo, El llevará a los santos suyos a la casa del Padre para contemplar la gloria que Dios le ha dado, Jn, 17.24. Cristo se presentará la Iglesia a Sí mismo una Iglesia gloriosa, “que no tuviese mancha ni arruga, ni cosa semejante; sino que fuese santa y sin mancha" Ef. 5.27. Cristo presenta su Iglesia irreprensible delante de su gloria con gran­de alegría, Jud. 24.

LAS EXPRESIONES "ESTE SIGLO" Y "EL SIGLO VENIDERO"


Pregunta: ¿Qué significado tienen las expresiones "este siglo" (o "este tiempo"), y "el siglo venidero", empleadas por el Señor en los pasajes de Mateo 12:32; Marcos 10: 30; Lucas 16: 8, etcétera?
Respuesta: La expresión "el fin del mundo" o "fin del siglo" (Mateo 28:20) (o: "consumación del si­glo" VM) que hallamos repetidas veces en el evangelio de Mateo (véase Mateo 13:39; Mateo 24: 3, 6 y 14; Mateo 28:20) se relaciona con aquel estado de cosas durante el cual Israel se halla bajo la ley y privado de su Mesías. Al contrario, "el siglo venidero" será caracterizado por el hecho de que Israel se hallará bajo el nuevo Pacto, reinando en gloria su Mesías sobre él.
El Antiguo Testamento, no solamente habla de aquellos dos "siglos", sino que también nos da a conocer los tiempos que los precedieron, así como el Nuevo Testamento revela la eternidad que se­guirá.
        Prácticamente, tanto el Nuevo como el Antiguo Testamento, hablan de esos dos "siglos" en relación con Israel. El período represen­tado por el término "este siglo" o "este tiempo" existía cuan­do Cristo vino y fue rechazado, y "el siglo venidero" será establecido, y empezará cuando Cristo vuelva para reinar. Observemos también que "este siglo" está caracterizado por una mezcla del bien y del mal, que acabará con una lucha terrible en la cual caerán la bestia y el falso profeta; y que en "el siglo venidero", que es el milenio, Satanás será atado (Apocalipsis 20:2) y el Señor gobernará la tierra, manifestando públicamente Su poder y Su gloria.
Es pues de suma importancia distinguir entre aquellos dos "siglos" o períodos. De no hacerlo, caeríamos en la más deplorable confusión, en cuanto al pensamiento o alcance de la Palabra y a la aplicación de las verdades. Actualmente vivimos el tiempo de la gracia y de la fe, permitiendo Dios que el mal triunfe aparentemente, como lo vemos en la cruz. En el siglo venidero, el mal será exteriormente reprimido y juzgado, y el bien dominará toda la tierra y llenará el mundo entero del conocimiento de Jehová y de su gloria. El fin o la consumación del siglo (o del mundo) es, por consiguiente, y evidentemente, un acontecimiento venidero.
El "presente siglo malo" representa pues el período ac­tual, y la muerte de Cristo nos ha librado de este siglo malo (Gálatas 1:4); en el siglo venidero, reinará el bien, y no el mal.
Igualmente, si en vez de pensar en la Iglesia, nos ocupamos de Israel, podemos decir que "este siglo'" empezó con la sujeción de Israel a la ley cuando aún no había venido el Mesías. El "siglo venidero" empezará cuando el Mesías haya vuelto y establecido Su reino, pues la presencia del Mesías humillado entre Su pueblo no interrumpió el siglo, como tam­poco Su rechazamiento introdujo el siglo venidero. Pero no olvidemos que actualmente Dios hace otra obra gloriosa, fun­damentada sobre la gloria celestial de Cristo y la presencia personal del Espíritu Santo, y esta obra es caracterizada por la Iglesia. Mientras dure este tiempo, la gracia es derramada hacia las naciones: es pues 'el paréntesis gentil de la gracia', es decir, el paréntesis de gracia para los gentiles. Antes de este tiempo, y completamente distinto a él, hubo el "tiempo de las naciones", pues Dios, en Su providencia, dio a las nacio­nes el gobierno del mundo, empezando por Nabucodonosor, la cabeza de oro de la gran estatua: aquel tiempo, podemos lla­marle 'el paréntesis gentil del juicio', es decir el paréntesis de juicio para los gentiles. Ambas épocas, o paréntesis, están encerrados en los límites del "siglo presente" que dura toda­vía. El "siglo venidero" será introducido por la venida del Señor en las nubes, para reinar.
En conclusión, existían tres siglos o períodos de tiempo (edades) para los judíos: el siglo anterior a la ley, el siglo de la ley (que dura todavía, siendo la Iglesia un paréntesis en este siglo), y el siglo posterior a la ley, o milenio.
Traducido al español de la revista "Le Messager Evangélique"
Revista "VIDA CRISTIANA", Año 1962, No. 57.-

MEDITACIÓN

 "Porque ciertamente allí será Jehová para con nosotros fuerte, lugar de ríos, de arroyos muy anchos, por el cual no andará galera de remos, ni por él pasará gran nave." Isaías 33: 21.


El Señor será para nosotros el bien supremo, sin ninguna de las desventajas que necesariamente parecen acompañar a las mejores cosas terrenales. Si una ciudad es favorecida con anchos ríos, tiene la propensión a ser atacada por galeras de remos y otros barcos de guerra. Pero cuando el Señor representa la abundancia de Su munificencia bajo esta figura, se cuida expresamente de excluir el miedo que esta metáfora podría sugerir. ¡Bendito sea Su perfecto amor!
       Señor, si Tú me enviaras riquezas como anchos ríos, no permitas que venga la galera de remos en la forma de mundanalidad u orgullo. Si me concedieras abundante salud y un estado de ánimo feliz, no permitas que "la gran nave" del ocio carnal venga navegando sobre las abundantes aguas. Si tengo éxito en el santo servicio, extenso como el Rin alemán, no permitas que me enfrente nunca a la galera de la arrogancia y de la confianza en mí mismo surcando sobre las olas de mi utilidad. Si yo fuera tan supremamente feliz como para gozar de la luz de Tu rostro año tras año, no permitas que desprecie nunca a Tus santos débiles, ni dé cabida a la vana noción de mi propia perfección para que navegue por los anchos ríos de mi plena seguridad. Señor, dame esa bendición que enriquece, y que no agrega tristeza ni favorece al pecado.

ESCENAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO (39)

Samuel el profeta



En los días en que el pueblo de Israel era gobernado por “jueces” —gobernadores con responsabilidades civiles y religiosas a la vez— la nación entró en una gran decadencia espiritual, moral y económica. Cada uno hacía según les parecía bien a sus propios ojos, y no conservaba el temor del Señor ni el respeto del prójimo: dos cosas que siempre están en pie o caen juntos.
Los sinceros del pueblo clamaban al Señor que les enviara un juez piadoso y santo que les guiara de nuevo en los senderos divinos. Entre estos había Ana, mujer de Elcana. Ella rogaba al Señor en cuanto al apuro de su pueblo, ofreciéndose como la sierva de Dios, si en algo le sirviera a ese fin, pero no tenía hijos que pudiera dedicar al servicio del Señor.
Con todo el corazón de esta piadosa mujer se puso a orar a Dios, pidiéndole un hijo varón. Fue oída, y al nacer le dio al niño el nombre de Samuel, que significa “demandado de Dios”. ¡Cuán contenta estaba al recibir tal respuesta a sus ruegos! En una alabanza espontánea dijo:”
Samuel, cuando todavía niño, fue llevado al templo de Israel y consagrado al servicio de Dios, pero los sacerdotes, hijos de Elí, eran hombres impíos, y no tenían conocimiento del Señor. Su avaricia y vida inmoral causaban bastante escándalo en Israel. Sin embargo, a aquellos impíos les llegó su día de castigo. ¿Cuántas veces desde ese entonces han hecho tropezar a los sencillos los sacerdotes impíos y sin el verdadero conocimiento del Señor? Se atreven a representar al Señor sin conocerle de corazón por medio de su revelación divina, la Santa Biblia.
Llegó la hora en que Dios llamara al joven Samuel. Hasta entonces él tampoco conocía al Señor. Dormido en su lugar, oyó una voz que decía: “¡Samuel!” y respondió: “Heme aquí”. Corriendo a Elí, el sumo sacerdote, le preguntó por qué le había llamado. Pero Elí le mandó volver a acostar, diciendo no haberle llamado. Esto sucedió tres veces, y ya Elí comprendió que el Señor le llamaba al niño. A la cuarta vez Samuel, instruido por Elí, dijo: “Habla, que tu siervo oye”. El niño Samuel llegó a conocer al Señor, no por una ceremonia religiosa, sino por la Palabra de Dios. Hoy día es lo mismo.
Si usted desea conocer al Señor y entrar en viva comunión con él, consiga una Biblia como primer paso. Lea primeramente los cuatro Evangelios de Jesucristo, por quien Dios se manifiesta a los hombres, y llegará a ver que su sangre fue derramada para pagar nuestra deuda a Dios y traernos una perfecta redención. Si desecha la justicia propia, la confianza en sus buenas obras y las ceremonias religiosas que le hayan hecho algunos, y acepta para sí personalmente la obra redentora de Cristo en el Calvario, tendrá la salvación. Dice el apóstol Pablo en Romanos 4.4: “Al que obra no se le cuenta el salario por gracia, sino por deuda. Mas al que no obra, pero cree en Aquel que justifica al impío, la fe le es contada por justicia”.
Desde aquella hora Samuel conocía y servía al Señor. Él era el último de los jueces y el primero de los profetas de Israel, llenando el oficio de ambos en el temor de Dios, y con sumo provecho espiritual y temporal a la nación. En su vejez accedió al clamor de su pueblo para tener un rey como las demás naciones, y ungió a Saúl para llenar el cargo. Cuando éste no era fiel en cumplir el mandamiento de Dios, ungió a David para ocupar su puesto, aunque no llegó éste al trono sino después de la muerte de Samuel.