jueves, 9 de abril de 2020

ANA



Muchas veces la gente llega a pensar que cuando hay dificultad y tristeza en la vida del creyente que uno está fuera de la voluntad de Dios, o envuelto en algún pecado. La historia de Ana, esposa de Elcana, nos enseña todo lo contrario. Allí encontramos a una mujer que Dios iba a usar grandemente para el bien de la nación, pero que a la vez estaba pasando por una gran prueba. El mes pasado consideramos a otra Ana, del Nuevo Testamento, casi al final de su vida, y de igual forma ella tampoco tuvo una vida fácil. Ahora veremos a Ana, afligida, en amargura de alma, y atribulada (1 S 1.8,10,15).
            Piense en las razones por las cuales esta Ana, una mujer mucho más joven, estaba afligida. En primer lugar, vemos su inteligencia espiritual, porque estaba muy consciente de la condición tan pobre en la cual se encontraba la nación. Había una falta de sumisión a la voluntad de Dios (Jue 21.25), y una falta de santidad aun entre los líderes religiosos (1 S 2.13, 22).
            Vemos también su incapacidad para tener hijos, lo que más anhelaba. Seguramente sabía las historias de antaño, de cómo Dios había abierto el vientre de otras mujeres judías, pero   Ana seguía infértil. (Sabemos que hay parejas que tienen dificultades para tener hijos, una situación bastante difícil).

            Note también los insultos de parte de Penina, la otra esposa de Elcana. Que el marido tuviera otra esposa era algo de por sí difícil, pero esta rivalidad aumentaba la aflicción y amargura en el alma de Ana. Uno puede imaginarse que iban empeorando los insultos, ya que cuando subían a adorar, Penina tenía más y más hijos, y Ana seguía sin ninguno. Vemos que en lo que deberían ser los momentos más preciosos, el tiempo en adoración, es muy posible que los conflictos entre nosotros causen tristeza en el creyente más espiritual. También encontramos otra lección práctica aquí: salirnos de la voluntad y del plan divino siempre traerá consecuencias. Tener dos esposas le costó a Elcana la tranquilidad en la casa, entre otras cosas.
            Sin querer criticar a Elcana, la pregunta que le hizo a Ana obviamente no la ayudó mucho: “¿No te soy yo mejor que diez hijos?” (1 S 1.8). Su amor por Ana era obvio, ya que le daba “una parte escogida”, v. 5, pero se ve un poco de insensibilidad en Elcana. No conocía bien el corazón de Ana, sus más íntimos deseos, y la razón principal por la cual quería tener un hijo. Las palabras de Elcana no quitaron el lloro ni la amargura del alma de su esposa, v. 10. Pero debemos notar que estaba pendiente de su esposa y por lo menos vio su tristeza, porque es posible que ese no sea el caso en algunos matrimonios hoy en día.
            Observe la respuesta del corazón de Ana durante esta larga prueba. No leemos de represalias ni de alguna reacción verbal. Leemos que “su rival la irritaba, enojándola y entristeciéndola” (v. 6), pero Ana no respondía de la misma manera.
            Finalmente considere el resultado de su aflicción. Ana entendió que no había respuesta humana a su congoja, y fue directamente con Dios, pero esto lo tendremos que dejar para otra ocasión. Eso es lo que Dios quiere que hagamos en nuestras pruebas, que se lo contemos todo y que dependamos de Él, confiando en su poder para contestar conforme a su perfecta voluntad.
Marcos Caín


LA ORACIÓN DE JABES


Sus orígenes
                        ¿Acaso Jabes es sólo una persona desconocida que por algún oscuro motivo aparece en los registros de las Crónicas? Sería erróneo pensar así, pues el Espíritu de Dios le dedica a este hombre dos importantes versículos, los cuales no sólo no han perdido su valor, sino que además logran que nos interesemos en la lista de nombres que aparecen allí. ¿Quién fue Jabes? Es probable que haya sido un descendiente de los Ceneos que luego fue incorporado a la tribu de Judá (Jueces 1:16; 4:11; 1° Samuel 1:6; 1° Crónicas 2:55). Por lo tanto, inicialmente él no pertenecía al pueblo de Dios. Utilizando las palabras que Pablo escribió en Efesios 2:12, podemos decir que Jabes estaba alejado de la ciudadanía de Israel y ajeno a los pactos de la promesa. Efectivamente, sólo por la bondad de Dios, él recibió un lugar en dicha nación, y nada menos que en la tribu de Judá, que significa «alabanza».
                        En este pasaje de 1° Crónicas 4, hallamos la oración que Jabes eleva para alabar a su Dios, al nuevo Dios que había hallado. Como leemos en estos versículos, él invoca al Dios de Israel. Esto confirma el pensamiento de que como extranjero él se había unido a la nación de Dios y había hallado refugio en el Dios de Israel, tal como en tiempos anteriores lo habían hecho Rahab y Ruth. Jabes comprendió que estaría seguro bajo la protección de este Dios, el Dios vivo y verdadero, por lo cual se encomienda por completo a Él. La oración de este hombre es un testimonio de su gran fe.

Su nombre
                        La historia de Jabes comienza con dolor y tristeza. La palabra "dolor" es utilizada doce veces. Su madre le había dado el nombre de Jabes (=que causa dolor), debido a que ella lo había dado a luz con mucho sufrimiento (v. 9c). Jabes pide en oración ser librado del daño del mal (v. 10d). Aun cuando fue un hijo nacido del dolor, él fue prominente entre sus hermanos. Leemos que incluso fue más ilustre que sus hermanos (v. 9 a). Jabes nos hace pensar en Benjamín, quien fue llamado por Raquel "hijo de mi aflicción", pero a quien Jacob llamó "hijo de mi diestra" (Génesis 35:18). El sufrimiento y la aflicción son consecuencias del pecado del hombre ("con dolor darás a luz los hijos" Génesis 3: 16).
Pero a estos sufrimientos les sigue la gloria: la gloria de Dios que se revela en toda la tierra, la gloria que a la diestra de Dios es ahora real para la fe. Esto fue real para Benjamín, como también lo fue para Jabes. Pero, por sobre todo, es aplicable al Señor Jesús, y a nosotros, cristianos, también. Los sufrimientos de la cruz fueron seguidos por la exaltación de Cristo a la diestra de Dios en los cielos. Como creyentes, también somos llamados a participar de los sufrimientos de Cristo, y debido a que el Espíritu de gloria reposa sobre nosotros, sabemos que un día seremos glorificados juntamente con Cristo (1.a Pedro 4: 13,14).

Su oración
                        Detengámonos en algunos detalles de la oración de Jabes. Podemos dividirla en cinco partes:

            La primera parte es: "¡Oh, si me dieras bendición...!" Jabes reconocía que el Dios de Israel al que él estaba invocando era la Fuente de toda bendición. Como también nos enseña Santiago: "Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces..." (Santiago 1:17). Jabes, consciente de esto, tenía una gran fe y podía entonces orar por una bendición abundante. Sin lugar a dudas, su fe no fue despreciada. Esto mismo puede aplicarse a nosotros. Nuestro Señor, en su gracia, nos ha dado vida, y vida en abundancia (Juan 10:10). Como cristianos sabemos que hemos sido bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo (Efesios 1:13).
            Todo esto nos conduce a considerar la segunda parte. Jabes oraba para que su territorio fuera ensanchado. Cristo se hizo pobre para que nosotros fuéramos enriquecidos. En Él, en el Hombre que está a la diestra de Dios, nosotros tenemos una herencia celestial. Poseemos un rico campo de bendiciones espirituales y eternas en los lugares celestiales, un hogar mucho mejor que la tierra de Canaán. En este sentido, todos los creyentes somos «hacendados» que esperan un ensanchamiento de su territorio. Hallamos un hermoso ejemplo de esto en el Antiguo Testamento, cuando Josué recibió la promesa: "Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar que pisare la planta de vuestro pie" (Josué 1:3). Nosotros también deberíamos conquistar paso a paso la Tierra Prometida y reclamar la herencia que nos ha sido dada en Cristo. Cuando Él nos otorga la victoria sobre nuestros enemigos, podemos decir como Isaac: "Porque ahora Jehová nos ha prosperado, y fructificaremos en la tierra" (Génesis 26:22c).
                        En este sentido es que Jabes deseaba ensanchar su territorio. Acsa, la hija de Caleb, tenía un deseo similar. Ella pidió tierras y también fuentes de aguas (Josué 15:18,19; Jueces 1: 14,15). Y a ella se le concedió lo que pedía. De la misma manera leemos aquí acerca de Jabes: "Y le otorgó Dios lo que pidió". Dios desea bendecirnos; es su deseo porque Él nos contempla, en Cristo, favorablemente.
            En tercer lugar, Jabes le ruega a Dios: "...y si tu mano estuviera conmigo..." Él no confiaba en sus propias fuerzas ni en su conocimiento, sino que descansaba en la ayuda y la guía de Dios. Él deseaba ser llevado por la mano de Dios, de manera que pone -por así decirlo- su mano en la mano de Dios. Jabes conocía muy bien los milagros que esas poderosas manos eran capaces de hacer. Con "mano poderosa" Israel había sido librada de Egipto y traída a la tierra de Canaán (Éxodo 6:1; 14:8). ¿Acaso la mano del Señor puede acortarse? (Números 11:23). "La mano de Dios es para bien sobre todos los que le buscan" (Esdras 8:22). ¿Hemos puesto nuestra mano en la mano de Dios? ¿Reconocemos que el Señor está a nuestro favor y que por lo tanto todos los poderes que nos hostigan deben retroceder? (Romanos 8:31).
            "Y me libraras de mal", es la cuarta parte de la oración de Jabes. Esta expresión puede interpretarse de dos maneras: el mal como pecado o el mal como algo que nos daña, por ejemplo, algo adverso. Nosotros no seremos guardados siempre de recibir daños. Para los israelitas, sin embargo, la prosperidad terrenal era una clara señal del favor de Dios. Cuando un israelita era protegido de sufrir daños, esto significaba que la mano de Dios estaba sobre él. Para nosotros, que somos cristianos, las cosas son muy diferentes ya que nuestras bendiciones pertenecen a otro nivel, tienen un carácter espiritual y celestial. No obstante, como discípulos de Cristo, también debemos pedir en oración que seamos guardados de la tentación y librados del mal (cfr. Mateo 6:13). En cuanto al mal en el sentido de cometer actitudes o hechos pecaminosos, también es nuestra responsabilidad huir de tales males (cfr. Job 1:1).
            Todos estos conceptos pueden ser aplicados a la quinta parte de la oración: "Para que no me dañe" o "para que no me cause dolor" (V.M). Es muy triste que las personas cedan al mal y luego sean traspasadas con muchos dolores (1.a Timoteo 6:10). El Señor desea protegernos de todo esto, pero debemos caminar con Él. No obstante, vivimos en una creación sujeta a la futilidad, en un valle de lágrimas y de dolores, de manera que, tarde o temprano, hallaremos en nuestros caminos dolores y tristezas. Pero, si nos encomendamos al Señor, el daño nunca más nos provocará "dolor".
            La oración de Jabes, que seguramente tiene mucho más para enseñarnos, fue contestada. El versículo 10 concluye: "Y le otorgó Dios lo que pidió". Dios escucha nuestras oraciones: estemos absolutamente seguros de ello. ¡Es el feliz mensaje que resuena en estas palabras finales y que nos alienta a seguir el ejemplo de Jabes!

LA INTERVENCIÓN DIVINA


"Entonces Faraón mandó a todo su pueblo, diciendo: Echad en el río todo hijo que naciere, y a toda hija reservad la vida” (Ex. 1.22). ¡He aquí el poder de Satanás!
El río era el lugar de la muerte, y por la muerte, el enemigo procuraba desvanecer el designio de Dios. En todos los tiempos, la serpiente antigua ha velado con ojo maligno sobre los instrumentos que Dios quería usar para cumplir sus propósitos y consejos de misericordia. El enemigo procuró interrumpir, por medio de la muerte, la corriente de la acción divina, pero cuando Satanás ha agotado su potencia, Dios empieza a manifestarse.
“Y la hija de Faraón descendió a lavarse al río, y paseándose sus doncellas por la ribera del río, vio ella la arquilla en el carrizal, y envió una criada suya a que la tomase. Y como la abrió, vio al niño; y he aquí que el niño lloraba, Y teniendo compasión de él. dijo: De los niños de los hebreos es éste” (Ex. 2.5,6).
La respuesta divina empieza a hacerse oír en los oídos de la fe, con los más dulces acentos. Dios intervenía en todo esto. Qué importa que el racionalista, el incrédulo, el ateo, se rían de ello; la fe también se ríe, pero de muy distinta manera. La risa de los primeros es la risa fría, desdeñosa que no acepta la idea de la intervención divina en un acontecimiento tan trivial, como es el paseo de una princesa; la risa de la fe es la risa de la felicidad, de gozo, al pensar que Dios interviene en todo lo que acontece, y si alguna vez la intervención de Dios se ha mostrado de una manera especial y palpable fue, sin duda alguna, en este paseo de la hija de Faraón, aunque ni ella misma lo sabía.
Una de las más dichosas ocupaciones del alma regenerada, es seguir las huellas de la intervención divina en las circunstancias y acontecimientos, en los cuales un espíritu ligero no ve más que el ciego azar, o el destino cruel. Sucede con frecuencia que la cosa más insignificante viene a ser un importante eslabón en la cadena de acontecimientos que Dios hace concurrir para desarrollar sus grandes designios.
¡Cuán lejos estaba la princesa de pensar que con su paseo iba a contribuir al desarrollo de los planes de "Jehová, el Dios de los Hebreos” ¡No soñaba ciertamente, que ese niño, llorando en la arquilla de juncos, era el instrumento escogido por Jehová para quebrantar a Egipto hasta sus cimientos! Sin embargo, así era. Jehová puede hacer que la ira del hombre, le acarree alabanza (Sal. 76.10).
"Entonces su hermana dijo a la hija de Faraón; ¿Iré a llamarte un ama de las hebreas, para que te críe este niño? Y la hija de Faraón respondió; Ve, Entonces fue la doncella, y llamó a la madre del niño, a la cual dijo la hija de Faraón: Lleva este niño, y críamelo, y yo te lo pagaré. Y la mujer tomó al niño, y criólo. Y como creció el niño, ella lo trajo a la hija de Faraón, la cual lo prohijó, y púsole por nombre Moisés, diciendo: porque de las aguas lo saqué”.
La fe de la madre de Moisés halla aquí su plena recompensa; Satanás es confundido y la maravillosa sabiduría de Dios es manifestada. ¿Quién se hubiera imaginado que aquél mismo que había dicho: ‘‘Si fuere hijo, matadlo”’, y que añadió luego: ‘‘Echad en el río todo hijo que naciere”, tendría en su corte uno de los tales hijos, y tal hijo?
EL DIABLO FUE VENCIDO POR SUS PROPIAS ARMAS, porque Faraón de quien quería servirse para destruir el propósito de Dios, fue usado por Dios mismo para alimentar y educar a ese Moisés, que debía ser su instrumento para confundir el poder de Satanás.
Todo el poder de la tierra y del infierno juntos no pueden cambiar o frustrar los planes y propósitos de Dios. Ciertamente, ‘‘También esto salló de Jehová de los ejércitos, para hacer maravilloso el consejo y engrandecer la sabiduría” (Is. 28.29).
Confiemos en Él con más sencillez, y entonces nuestro sendero será más gozoso y nuestro testimonio más eficaz.
‘‘Y todos los moradores de la tierra por nada son contados; y en el ejército del cielo, y en los habitan­tes de la tierra, hace según su voluntad: ni hay quien estorbe su mano, y le diga: ¿Qué haces?” Dn. 4.35.
Contendor por la fe, 1944, N° 51 y 52

ABRAHAM NUESTRO PADRE


Por José Naranjo, revista La Sana Doctrina 
Abraham en Romanos 4

A excepción de nuestro Señor Jesucristo, Abraham es el hombre con muchos títulos, honores y bendiciones que alcanzó por su fe robusta en el Dios vivo.

Escudriñando mucho las Escrituras, por los capítulos 10 y 11 del Génesis uno puede entender que la corrupción en el mundo era tan general que el linaje que Dios había escogido desde el principio había sido interrumpido.
En tal condición de ruina moral y espiritual Dios llamó un hombre de en medio de este mundo perverso. Este hombre fue Abraham. Aunque él había sido levantado en el paganismo, Dios, que conoce los corazones, vio que aquel hombre no estaba satisfecho en el ambiente malsano de aquella generación.
La fe de Abraham, pura como el oro por las pruebas que pasó, es única en su clase. De Noé sabemos que recibió respuesta. Esto presupone que él demandaba de Dios. De Enoc sabemos que Dios se identificó con él, porque Enoc anduvo con Dios. De Abel creemos que fue instruido por sus padres en el conocimiento de Dios, pero, “Por fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir por heredad, y salió sin saber a dónde iba.” (Hebreos 11:8)
Otra cosa singular de Abraham es su paternidad quíntupla que alcanzó como honor a su fe. En Romanos capítulo 4 leemos:

·         v. 1           Padre según la carne
·         v. 11         Padre de los gentiles creyentes
·         v. 12         Padre de la circuncisión
·         v. 16         Padre de todos nosotros
·         v. 17         Padre de muchas naciones
Padre según la carne: Esto es en cuanto al principio fundamental y político de la nación de los hebreos. Él era cabeza y fundador que, con su tienda y un altar de peregrino, creyó que el que había prometido era fiel.
Padre de los incircuncisos: Siendo Abraham el primer pagano “evangelizado”, vio al Señor Jesús con anticipación. (Gálatas 3:8; Juan 8:56) Dios le otorgó el honor de ser padre de los creyentes incircuncisos.
Padre de la circuncisión: Esto es en cuanto al pacto. Era esta señal en la carne que identificaba a los hebreos como el pueblo de Dios entre los demás pueblos del mundo. Esta señal está muy relacionada con su separación. Hoy la circuncisión para los hijos de Dios es en el corazón, y son conocidos por su separación de las vanidades de este mundo, por su andar en los pasos de fe que anduvo Abraham.
Padre de todos nosotros, de los que son de la fe. Muy temprano aprendió Abraham a confiar en la gracia de Dios; que la salvación no es por obras para que nadie se gloríe. Siendo Abraham el primer creyente en Cristo, nosotros también creemos; no hay pretensión si llamamos a Abraham padre.
Padre de muchas naciones: Esto es en cuanto a las promesas. Por la obediencia y amor a su Señor, Abraham recibió de Dios sublimes promesas, que ha cumplido fielmente. Más que todos los sacrificios, agrada a Dios la obediencia. Por esto el Señor dijo: “Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará.” (Juan 12:26)

El significado de la cruz para nosotros


El aspecto colectivo
Por medio de la cruz se abre ante la humanidad un régimen nuevo en el que vemos:

     La anulación del poder de la ley, que crea una nueva situación interna.
     La admisión de todas las naciones a la esfera de la salvación, que ha creado una nueva situación externa.
     El triunfo universal del Crucificado que ha creado una nueva situación universal.

En la vida interior del creyente la cruz significa el cumplimiento y la abolición de todos los sacrificios levíticos, y por lo tanto, la abolición de la ley levítica en general, porque los sacrificios eran la base de la función sacerdotal, de la forma en que ésta lo era de la ley misma (He. 10:10, 14; 7:11, 18). Así por la cruz, Cristo llegó a ser fin de la ley, como también Fiador de un pacto nuevo y mejor por medio del cual los llamados “reciben promesa de la herencia eterna” (Ro. 10:4; Mt. 26:28; cp. He. 7:22; He. 9:15-17). Pero siendo disuelto el sacerdocio levítico, ha pasado también el primer tabernáculo, se ha rasgado el velo del templo, el camino al lugar santísimo está expedito y todo el pueblo de Dios se ha transformado en un reino de sacerdotes espirituales (He. 9:8; Mt. 27:51; He. 10:19-22; 1 P. 2:9; Ap. 1:6).
Lo antedicho no obsta a que la ley siga cumpliendo su función de dar el conocimiento del pecado a los hombres, siendo buena en sí, y necesario freno en un mundo de impíos (1 Ti. 1:8-11; Ro. 3:20; 7:12).

La admisión de todas las naciones en la esfera de la salvación
No sólo ha perdido la ley su poder interior, en la vida de los creyentes, sino que ha cesado de ser barrera entre Israel y las nacio­nes. Hasta el momento de cumplirse la obra de la cruz la ley —que actuaba de ayo para conducir a Israel a Cristo (Gá. 3:24)— consti­tuía una valla que separaba el pueblo hebreo de los demás pueblos del mundo (Ef. 2:14). Por eso las naciones se hallan sin ley y extranjeras a los pactos de la promesa, lo que producía una tensión entre ambas partes: una especie de enemistad en los anales de la salvación que impedía que aquellos “de lejos” se acercasen a los otros “de cerca”. Pero ahora, Cristo, que es nuestra paz, por el cumplimiento de la ley en la cruz, ha derribado la “pared intermedia de separación”, reconciliando, a ambos pueblos, no sólo entre sí, sino también con Dios, formando las dos partes un solo cuerpo, que es su Iglesia (Ro. 2:12; Ef. 2:11-22).
Vemos que el cumplimiento de la ley por la muerte de Cristo ha roto el cerco de la ley mosaica (cp. Gn. 12:3; cp. Gá. 3:13-14), ensanchando así la esfera de la salvación que no se limita ya por las fronteras de Israel, sino que abarca todos los pueblos del mundo. El camino de la cruz fue en extremo angosto y angustioso, pero condu­ce a una esfera sumamente amplia, que incluye a toda alma sumisa, y así pasamos de la estrechez del período de la preparación hasta la universalidad del cumplimiento del plan de salvación: “Y yo —dice Cristo— si soy exaltado de dentro de la tierra, a todos traeré a mí mismo” (Le. 12:50; Jn. 11:52; 12:32, trad. lit.).

El triunfo universal del Crucificado
La declaración del Señor en Juan 12:31 es de gran importancia, y debiera leerse como en la Versión Hispano-Americana margen: “Ahora hay un juicio de este mundo; ahora será echado fuera el príncipe de este mundo.” Cristo profirió estas palabras en la sombra de la cruz, cuando pronto había de consumarse el triunfo de aquel que murió: el triunfo que había de despojar de sus armas a los principados de las tinieblas y destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte. Fue en vista del “juicio de este mundo” y la derrota del “príncipe” que Cristo pudo dar su grito triunfal al expi­rar: “¡Consumado es!” (Jn. 12:31-32; Col. 2:14-15; He. 2:14; Jn. 19:30).
En cuanto a la derrota de Satanás vemos:
    La potencia para ella brota de la obra de la cruz (Jn. 12:31).
    Su realización y manifestación necesitarán un proceso gradual por el que el “hombre más fuerte” atará “al fuerte” (Mt. 12:29).
    Su consumación será absoluta y final (Ap. 20:10).
Es importante notar que la Escritura emplea el verbo “levantar” (hupsoo) en sentido doble cuando se refiere a la obra de la cruz, pues abarca no sólo el levantamiento en la cruz para morir, sino también el ser exaltado hasta la diestra de la Majestad de las Alturas, siendo íntimamente relacionados estos dos aspectos. El Crucifi­cado es también el Coronado y es necesario que sea echado fuera el príncipe usurpador y antiguo de este mundo para que tome posesión de sus dominios el nuevo monarca legítimo. Los dos aspectos se pueden estudiar en los siguientes pasajes: Juan 3:14; 8:28; 12:32; Filipenses 2:8-11; y Hebreos 2:9.
No debe extrañamos, pues, que la tierra temblara cuando el Se­ñor murió o que el sol rehusara dar su luz (Mt. 27:52; Le. 23:44-45) porque en la cruz de Cristo Dios pronunció su ¡NO! frente a toda manifestación del pecado (Jn. 12:31). De igual forma la tierra será conmovida en el día cuando sea juzgada. Al mismo tiempo se cubrirá de vergüenza el sol, la luna no dará su luz y palidecerán las estrellas, y los cielos y la tierra huirán de la presencia de aquel que se sentara sobre el gran trono blanco (Hag. 2:6; He. 12:26-27; Is. 24:23; Ap. 20:11).
            Pero entonces, por la transmutación de los elementos del antiguo mundo material —“siendo abrasados”, como dice el apóstol Pe­dro— surgirá un mundo nuevo y glorioso. Al final de los tiempos, pues, el mundo también experimentará su “muerte” para pasar in­mediatamente a su “resurrección” sobre la base de la muerte y la resurrección de Cristo, y así amanecerá su “mañana de Pascua” por el poder transformador de Dios. He aquí el significado profético del oscurecimiento del sol y del estremecimiento de la tierra en el momento de la muerte del Redentor.


Erich Sauer, Triunfo de Crucificado, pag.54-57


¿TRAERÁ EL HOMBRE PROVECHO A DIOS?

Por S. J. Saword



En el capítulo 21 del libro que lleva su nombre, Job denuncia el egoísmo que prevalecía en su tiempo, protestando que el hombre natural quiere excluir a Dios de sus pensamientos. “¿Quién es el Todopoderoso, para que le sirvamos”, dice, “y de qué nos aprovechará que oremos a él?” ¡En estos tiempos de materialismo, su protesta sigue vigente!
Elifaz le contesta en el capítulo 22, comenzando con preguntas que retan al creyente en Cristo: (1) ¿Traerá el hombre provecho a Dios? (2) ¿Tiene contentamiento el Omnipotente en que tú seas justificado, o provecho de que tú hagas perfectos tus caminos? (3) ¿Acaso te castiga, o viene a juicio contigo, a causa de tu piedad?
A todo esto, contestamos que sí. El hombre puede traer provecho a Dios; sí le complace al Omnipotente justificar al que cree; y, El sí castiga a todo hijo que recibe.
Pero la primera pregunta — la que nos interesa por el momento — suscita otra en el corazón del cristiano: ¿Por qué debo ser provechoso a Dios? O, si quiere, ¿por qué perfeccionar mi camino?
Podemos ofrecer de una vez tres razones:
1.    Porque todo creyente en Cristo ha sido comprado a precio infinito. “Habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”, 1 Corintios 6.20.
2.    Porque hemos sido salvos con el fin de glorificar a Dios y ser sus testigos fieles por vida y labios mientras Él nos deje aquí. “No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor...”, 2 Timoteo 1.8.
3.    Porque el tribunal de Cristo está por delante. “Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa”, 1 Corintios 3.14. Si le servimos a él fielmente aquí, habrá oro, plata y piedras preciosas para nosotros en aquel día. Si no, veremos consumidos la madera, heno y hojarasca que hemos acumulado aquí.
Esto es algo de interés a todos en la familia de la fe. Se observa un gran afán por la preparación que permitirá a uno obtener un buen empleo o superarse en las ocupaciones lícitas que ofrecen buenas perspectivas. Hay muchos que quieren traer provecho a sí mismos, aunque no negamos que puedan tener a la vez ideales altruistas.
Esta diligencia es loable hasta cierto punto, porque una norma que debe prevalecer en el cristiano es: “En lo que requiere diligencia, no perezosos”, Romanos 12.11. Pero otra en el mismo versículo es, “Sirviendo al Señor”. El lenguaje nuestro debe ser siempre, “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” Para saber cómo es la sabiduría que es de lo alto, uno va a Santiago 3.17.
La educación más avanzada es la que se obtiene en la escuela de Dios, donde Cristo mismo es el Director. Allí aprendemos “a Cristo” y somos por él enseñados”, Efesios 4.20, 21. Él quiere que aprendamos de él, porque Él es manso y humilde de corazón, y quiere imponer su yugo y su carga sobre los suyos.
Es de esta manera que Dios nos prepara para traerle provecho a él. El Omnipotente tiene contentamiento en llamar a un servicio especial suyo, sea en su propia tierra o en otra, a los que han aprendido a Cristo, sea para que les presenten a otros en ministerio público o en otra esfera.

LA LEY Y LA GRACIA(2)

POR C. H. Mackintosh

Éxodo 20




No se puede obtener la vida por la ley

Hay, pues, una imposibilidad manifiesta de que el hombre obtenga la vida y la justificación por medio de una cosa que no puede hacer más que maldecirlo; y a menos que la condición del pecador y el carácter de la ley sean totalmente cambiados, la ley no puede hacer otra cosa más que maldecir al pecador. La ley no es contemplativa con las debilidades, ni se satisface con una obediencia sincera pero imperfecta. Si hiciera estas concesiones, no sería lo que la Biblia dice que es: “santa, justa y buena” (Romanos 7:12). Precisamente porque la ley es así, el pecador es completamente incapaz de obtener la vida por su medio. Si el hombre pudiese obtener la vida por ella, la ley no sería perfecta o bien el hombre no sería pecador. Es imposible que un pecador adquiera la vida por medio de una ley perfecta, pues por el mismo hecho de ser perfecta, debe necesariamente condenarlo. Su absoluta perfección manifiesta la absoluta ruina y la condenación del hombre, y pone así su sello. “Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20). El apóstol no dice que por la ley es el pecado, sino únicamente “el conocimiento del pecado”. “Pues antes de la ley, había pecado en el mundo; pero donde no hay ley, no se inculpa de pecado” (Romanos 5:13). El pecado ya existía “antes de la ley”, y sólo precisaba que la ley lo manifestara bajo la forma de “transgresión”. Si yo le digo a mi hijo: «No toques este cuchillo», mi misma prohibición prueba la tendencia de su corazón a hacer su propia voluntad. Mi prohibición no crea la tendencia, sino que simplemente la revela.
Para que tenga lugar la “transgresión”, es preciso que se haya establecido una regla o línea de conducta definida. Porque «transgresión» significa franquear una línea prohibida; esa línea la tengo en la ley. Tómese cualquiera de sus prohibiciones, tales como “No matarás”, “No cometerás adulterio”, “No hurtarás”: una ley o regla ha sido puesta delante de mí. Pero yo descubro dentro de mí los mismos principios contra los cuales estas prohibiciones han sido expresamente dirigidas. En efecto, el solo hecho de que se me diga “no cometerás homicidio”, me muestra que soy por naturaleza un homicida (cf. Romanos 7:5). No existe la menor necesidad de prohibirme hacer algo si yo no tuviera ninguna inclinación a hacerlo. Pero la manifestación de la voluntad de Dios respecto a lo que yo debiera ser, pone de manifiesto la tendencia de mi voluntad a ser lo que no debiera ser. Esto es claro, y perfectamente conforme a todas las enseñanzas del apóstol sobre este asunto.

La ley no es la regla de vida del cristiano
Sin embargo, muchas personas que admiten que no podemos obtener la vida por la ley, sostienen al mismo tiempo que la ley es nuestra regla de vida. El apóstol, declara: “Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios” (Romanos 3:19). Y de nuevo: “Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición” (Gálatas 3:10). Poco importa su condición individual: si ocupan el terreno de la ley, necesariamente están bajo su maldición. Puede que alguno diga: «Yo soy un hombre nacido de nuevo y, por lo tanto, no estoy expuesto a la maldición»; pero si el nuevo nacimiento no transporta al hombre fuera del terreno de la ley, ella no puede ponerlo más allá de los límites de la maldición. Si el cristiano se halla bajo la ley, está necesariamente expuesto a su maldición. Pero ¿qué tiene que ver la ley con el nuevo nacimiento? ¿Acaso alguna parte del capítulo 20 de Éxodo trata del nuevo nacimiento? La ley no hacía sino dirigir una pregunta al hombre; una pregunta corta, seria y discreta, a saber: «¿Eres tú lo que deberías ser?» Si la respuesta es negativa, la ley no puede menos que lanzar sus terribles maldiciones y matar al hombre. ¿Y quién reconocerá más pronto y profundamente que no es en sí mismo nada de lo que debiera ser, sino el hombre que ha nacido verdaderamente de nuevo? Así que, si está bajo la ley, se halla inevitablemente bajo la maldición. Es imposible que la ley disminuya sus exigencias o que se mezcle con la gracia. Los hombres, sintiendo que no pueden elevarse a la altura de la ley, tratan continuamente de acomodarla a su medida. Pero el esfuerzo de esto es vano: la ley permanece tal cual es, en toda su pureza, majestad y severa inflexibilidad, y no aceptará una pizca menos que una obediencia absolutamente perfecta. Y ¿cuál es el hombre, que haya nacido de nuevo o no, que pueda intentar obedecer así? Se dirá tal vez: «Nosotros tenemos la perfección de Cristo.» Es verdad; pero ello no es por la ley, sino por la gracia, y de ninguna manera podemos confundir las dispensaciones. Las Escrituras nos enseñan claramente que no somos justificados por la ley; y, por lo tanto, la regla no es nuestra regla de vida. Aquello que sólo puede maldecir, no puede nunca justificar; y lo que sólo mata, no puede ser lo que regula y gobierna la vida. Sería lo mismo que si un hombre intentara hacer fortuna valiéndose del balance que lo declara en quiebra.

Hechos 15 prueba que la ley no es la regla de vida del cristiano
 La lectura del capítulo 15 de los Hechos nos enseña cómo el Espíritu Santo responde a toda tentativa que se quisiera hacer para poner a los creyentes bajo la ley como regla de vida.
 “Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían creído, se levantaron diciendo: Es necesario circuncidarlos, y mandarles que guarden la ley de Moisés” (Hechos 15:5).
            La insinuación tenebrosa e inoportuna de esos legalismos de los tiempos primitivos no era otra cosa que el silbido de la serpiente antigua. Más la poderosa energía del Espíritu Santo, y la voz unánime de los doce apóstoles y de toda la Iglesia respondieron a ello como leemos en los versículos 7 y 8:
            “Y después de mucha discusión, Pedro se levantó y les dijo: Varones hermanos, vosotros sabéis cómo ya hace algún tiempo que Dios escogió que los gentiles oyesen.” ¡¿Qué?! ¿Las exigencias y maldiciones de la ley de Moisés? ¡No, bendito sea su Nombre! No era éste el mensaje que Dios quería hacer llegar a oídos de pobres pecadores privados de toda fuerza, sino que “oyesen por mi boca la palabra del evangelio y creyesen”. He aquí el mensaje que estaba de acuerdo con el carácter y la voluntad de Dios, mientras que esos fariseos que habían creído y que se levantaron contra Bernabé y Saulo, no eran enviados por el Señor, lejos de esto; ellos no anunciaban las buenas nuevas, ni publicaban la paz; sus “pies” no tenían nada de “hermosos” delante de Aquel que sólo se complace en la misericordia.
 “Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar?” (Hechos 15:10). Este lenguaje es grave y serio. Dios no quería que se pusiese “un yugo” “sobre la cerviz” de aquellos cuyos corazones habían sido libertados por el Evangelio de paz; antes, al contrario, deseaba exhortarles a permanecer firmes en la libertad de Cristo para no estar “otra vez sujetos al yugo de esclavitud” (Gálatas 5:1). Dios no quería enviar a aquellos que Él había recibido en su seno de amor “al monte que se podía palpar” para aterrarles con el ardiente “fuego”, “la oscuridad”, “las tinieblas” y “la tempestad” (Hebreos 12:18). ¿Cómo podríamos admitir jamás la idea de que Dios quisiera gobernar por la ley a los que ha recibido en gracia? Pedro dice: “Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos” (Hechos 15:11). Los judíos que habían recibido la ley, y los gentiles que no la recibieron, todos debían ser en adelante salvos por la gracia. Y no solamente debían ser salvos “por gracia”, sino que debían “estar firmes” en la gracia, y “crecer en la gracia” (Romanos 5:1-2; 2 Pedro 3:18). Enseñar otra cosa es tentar a Dios. Estos fariseos derriban el fundamento de la fe del cristiano; y lo mismo hacen todos aquellos que procuran poner a los creyentes bajo la ley. No hay un mal peor ni más abominable ante los ojos de Dios que el legalismo. Escuchemos el lenguaje enérgico y los acentos de justa indignación de que se sirve el Espíritu Santo, respecto a estos doctores de la ley:

“¡Ojalá se mutilasen los que os perturban!” (Gálatas 5:12).

¿Han cambiado los pensamientos del Espíritu Santo respecto a este punto? ¿No es todavía “tentar a Dios” poner el yugo de la ley sobre la cerviz de un pecador? ¿Es según Su voluntad de gracia que la ley sea recomendada a los pecadores como si fuese la expresión del plan de Dios respecto a ellos? Responda el lector a estas preguntas a la luz del capítulo 15 del libro de los Hechos y de la epístola a los Gálatas. Estos dos pasajes de la Escritura son suficientes, si no hubiese otros, para probar que la intención de Dios no ha sido jamás que los gentiles oyesen la palabra de la ley. Si tal hubiese sido su plan, seguramente habría escogido a alguien para que se la anunciase. Mas no vemos esto; cuando Jehová proclama su “ley terrible”, no habla más que en una sola lengua; “lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley” (Romanos 3:19); pero cuando publica las buenas nuevas de salvación por la sangre del Cordero, habla la lengua de “todas las naciones debajo del cielo”. Dios habla de tal manera que “cada uno en su propia lengua” podía oír el dulce mensaje de la gracia (Hechos 2:1-11).
Cuando Dios, desde lo alto del Sinaí, proclama las duras exigencias del pacto de las obras, se dirige exclusivamente a un solo pueblo; su voz fue oída solamente dentro de los estrechos límites del pueblo judío. Pero cuando Cristo resucitado envió sus mensajeros de salvación, les dijo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15; comp. Lucas 3:6). El caudaloso río de la gracia de Dios, cuyo lecho había sido abierto por la sangre del Cordero, debía desbordar, por la irresistible energía del Espíritu Santo, mucho más allá del estrecho recinto del pueblo de Israel, y derramarse en abundancia sobre un mundo manchado por el pecado. Es necesario que “toda criatura” oiga, en su propia lengua, el mensaje de la paz, la palabra del Evangelio, la nueva de salvación por la sangre de la cruz. Y por fin, para que nada falte para dar a nuestros pobres corazones legales la prueba de que el Sinaí no era de ninguna manera el lugar donde los secretos de Dios fueron revelados, el Espíritu Santo ha dicho por boca de un profeta y por la de un apóstol: “¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!” (Isaías 52:7; Romanos 10:15). En cambio, el mismo Espíritu dice de aquellos que querían ser doctores de la ley: “¡Ojalá se mutilasen los que os perturban!”
Es, pues, evidente que la ley no es el fundamento de vida para el pecador, ni tampoco la regla de vida para el cristiano. Cristo es ambas cosas. Él es nuestra vida y la regla de nuestra vida. La ley sólo puede maldecir y matar. Cristo es nuestra vida y nuestra justicia. Él fue hecho maldición por nosotros al ser colgado en el madero. Jesús descendió al lugar donde yacía el pecador sumido en estado de muerte y de condenación; y, al habernos librado, por su muerte, de todo aquello que era, o que podía estar contra nosotros, fue constituido, por su resurrección, en la fuente de vida y en el fundamento de justicia para todos aquellos que creen en su nombre. Una vez que poseemos así la vida y la justicia en Él, somos llamados a andar, no como la ley ordena, sino a “andar como él anduvo” (1 Juan 2:6). Parecerá casi superfluo afirmar que matar, cometer adulterio y hurtar, son actos directamente opuestos a la moral cristiana. Pero si un cristiano regulara su vida según esos mandamientos o según el decálogo entero, ¿produciría esos preciosos y delicados frutos de que nos habla la epístola a los Efesios? ¿Podrían hacer los diez mandamientos que el ladrón no hurte más, sino que trabaje a fin de tener de qué dar? ¿Transformarían alguna vez a un ladrón en un hombre laborioso y honorable? Seguramente que no. La ley dice: “No hurtarás”; pero ¿añade ella: «ve y da a aquel que padece necesidad; ve y da de comer a tu enemigo, vístele y bendícele»? ¿Ordena la ley: «ve y regocija con tu benevolencia, por tus actos de bondad, el corazón de aquel que sólo ha procurarte dañarte»? ¡No, por cierto! Y, sin embargo, si yo estuviese bajo la ley como regla, sería maldito y muerto por ella. ¿Cómo puede ser esto siendo que la santidad cristiana es mucho más elevada que la de la ley? Porque yo soy débil, y la ley no me concede ninguna fuerza, ni me manifiesta ninguna misericordia. La ley exige la fuerza de aquel que no tiene ninguna, y lo maldice si no puede mostrarla. El Evangelio da la fuerza al que no la tiene, y le bendice en la manifestación de esta fuerza. La ley presenta la vida como fin de la obediencia; el Evangelio da la vida como el único fundamento verdadero de obediencia.